NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
Las reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción.
Por ejemplo vió, fué, dió, lo mismo que conjunciones como "á", "ó", "ú", en esa época llevaban acento ortográfico, mientras que vocablos que actualmente llevan acento ortográfico, como "reír" y "oír", cuando la obra fue publicada no llevaban acento ortográfico.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar la ortografía original, salvo en caso de errores evidentes de ortografía, impresión y/o puntuación, los cuales han sido corregidos.
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El Índice de capítulos ha sido agregado por el Transcriptor.
DIVERTIDAS AVENTURAS
DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
OBRAS DEL MISMO AUTOR
(De venta en la Biblioteca de LA NACIÓN y en las principales librerías).
La Australia Argentina, (dos volúmenes).
El Falso Inca, (cronicón de la Conquista).
El Casamiento de Laucha, (novela picaresca).
Sobre las ruinas... (drama en cuatro actos).
Marco Severi, (drama en tres actos).
El Triunfo de los otros, (drama en tres actos).
Pago Chico.
Violines y toneles.
Crónicas.
En las tierras de Inti.
AGOTADAS
—Ensayos poéticos. —Antígona,(novela).
—Scripta.(cuentos).
—Novelas y fantasías.
—Los Italianos en la Argentina.
—Emilio Zola, etc., etc.
ROBERTO J. PAYRÓ
Divertidas aventuras
Del nieto de Juan Moreira
BUENOS AIRES
CASA EDITORA É IMPRESORA
M. RODRÍGUEZ GILES
Corrientes, núm. 1379
Imp. Sopena, Provenza, 95.—BARCELONA
ÍNDICE
| PÁG. | |
| PRIMERA PARTE | [5] |
| SEGUNDA PARTE | [147] |
| TERCERA PARTE | [257] |
DIVERTIDAS AVENTURAS
DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
PRIMERA PARTE
I
Nací á la política, al amor y al éxito, en un pueblo remoto de provincia, muy considerable según el padrón electoral, aunque tuviera escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de industria y lo demás en proporción. El clima benigno, el cielo siempre azul, el sol radiante, la tierra fertilísima, no habían bastado, como se comprenderá, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester otra cosa. Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al levantarse el último censo, por arte de birlibirloque habían dotado al departamento con una importante masa de sufragios—mayor que el natural,—para procurarle decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del país. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los sunchalenses confiaban más en sus propias luces y patriotismo, que en el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas, y de que se esforzaban por gobernar con espíritu puramente altruista. El hecho es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse, alcanzaban tácita ó manifiesta ingerencia en el manejo de la res pública. Pero esto, que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia incipiente, no es divertido y no hace, tampoco, al caso. Lo que sí hace y quizá resulte divertido, es que mi padre fuera uno de los susodichos dirigentes, quizá el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi aristocrática cuna me diera—como en realidad me dió,—vara alta en aquel pueblo manso y feliz, holgazán bajo el sol de fuego, soñador bajo el cielo sin nubes, cebado en medio de la pródiga naturaleza. Hoy me parece que hasta el aire de Los Sunchos era alimenticio, y que bastaba masticarlo al respirar para mantener y aun acrecentar las fuerzas: milagro de mi país, donde, virtualmente, todavía se encuentran pepitas de oro en medio de la calle.
Desde chicuelo era yo, Mauricio Gómez Herrera, el niño mimado de vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados públicos de menor cuantía, quienes me enseñaron pacientemente á montar á caballo, vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi capricho era ley para todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho, los subalternos y los humildes amigos ó paniaguados de las autoridades; y cuando algún opositor, víctima de mis bromas, que solían ser pesadas, se quejaba á mis padres, nunca me faltó defensa ó excusa, y si bien ambos prometían á veces reprenderme ó castigarme, la verdad es que—especialmente el «viejo»—no hacían sino reirse de mis gracias.
Y aquí debo confesar que yo era, en efecto, un niño gracioso si se me consideraba en lo físico. Tengo por ahí arrumbada cierta fotografía amarillenta y borrosa que me sacó un fotógrafo trashumante al cumplir mis cinco años, y aparte la ridícula vestimenta de lugareño y el aire cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie puede considerarse la de un lindísimo muchacho, de grandes ojos claros y serenos, frente espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien dibujada, en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia y en la juventud fuí lo que mi niñez prometía, todo un buen mozo, de belleza un tanto femenil, pese á mi poblado bigote, mi porte altivo, mi clara mirada, tan resuelta y firme; y estos dotes de la Naturaleza me procuraron siempre, hasta en épocas de madurez... Pero, no adelantemos los acontecimientos...
Tenía yo por aquel entonces un carácter de todos los demonios que, según me parece, la edad y la experiencia han modificado y mejorado mucho, especialmente en las exteriorizaciones. Nada podía torcer mi voluntad, nadie lograba imponérseme, y todos los medios me eran buenos para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad. Recomiendo á los padres de familia deseosos de ver el triunfo de su prole, que la fomenten en sus hijos, renunciando, como á cosa inútil y perjudicial, á la tan preconizada disciplina de la educación, que sólo servirá para crearles luego graves y quizás insuperables dificultades en la vida. Estudien mi ejemplo, sobre el que nunca insistiré bastante: desde niño he logrado, detalle más, detalle menos, todo cuanto soñaba ó quería, porque nunca me detuvo ningún falso escrúpulo, ninguna regla arbitraria de moral, como ninguna preocupación melindrosa, ningún juicio ajeno. Así, cuando una criada ó un peón me eran molestos ó antipáticos, espiaba todos sus pasos, acciones, palabras y aun pensamientos, hasta encontrarlos en falta y poder acusarlos ante el tribunal casero; ó—no hallando hechos reales,—imaginaba y revelaba hechos verosímiles, valiéndome de las circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente estudiadas. ¡Y cuántas veces habrá sido profunda é ignorada verdad lo que yo mismo creía dudoso por falta de otras pruebas que la inducción y la deducción instintivas!
Pero esto era, sólo, una complicación poco evidente—para descubrirla he debido forzar el análisis,—de mi carácter que, si bien obstinado y astuto, era, sobre todo—extraña antinomia aparente,—exaltado y violento, como irreflexivo y de primer impulso, lo que me permitía tomar por asalto cuanto con un golpe de mano podía conseguirse. Y como en el arrebato de mi cólera llegaba fácilmente á usar de los puños, los pies, las uñas y los dientes, natural era que en el ataque ó en la batalla con el criado ú otro adversario eventual, resultara yo con alguna marca, contusión ó rasguño que ellos no me habían inferido quizá, pero que, dándome el triunfo en la misma derrota, bastaba y aun sobraba como prueba de la ajena barbarie, y hacía recaer sobre el enemigo todas las iras paternas:
—¡Pobre muchacho! ¡Miren cómo me lo han puesto! ¡Es una verdadera atrocidad!...
Y tras de mis arañones, puntapiés, cachetadas y mordiscos, llovían sobre el antagonista los puñetazos de mi padre, hombre de malas pulgas, extraordinario vigor, destreza envidiable y amén de esto grande autoridad. ¿Quién se atrevía con el árbitro de Los Sunchos? ¿Quién no cejaba ante el brillo de sus ojos de acero, que relampagueaban en la sombra de sus espesas cejas, como intensificados por su gran nariz ganchuda, por su grueso bigote cano, por su perilla que en ocasiones parecía adelantarse como la punta de un arma?
Vivíamos con grandeza—naturalmente en la relatividad aldeana, que no da pretexto á los lujos desmedidos,—y «tatita» gastaba cuanto ganaba ó un poco más, pues á su muerte sólo heredé la chacra paterna, gravada con una crecida hipoteca que hacían más molesta algunas otras deudas menores. Sí; sólo teníamos una chacra, pero hay que explicarse: era una vasta posesión de cuatrocientas varas de frente por otras tantas de fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro del pueblo. Su cerco, en parte de adobe, en parte de pita, cina-cina y talas, interceptaba las calles de Libertad, Tunes y Cadillal, que corrían de norte á sud, y las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este á Oeste. Los cuatro grandes frentes daban sobre San Martín, Constitución, Blandengues y Monteagudo. Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martín y Constitución, la más próxima á la plaza y los edificios públicos, y era una amplia construcción de un solo piso, á lo largo de la cual corría una columnata de pilares delgados, sosteniendo un ancho alero. En ella habitábamos nosotros solos, pues las cocinas, cocheras, dependencias y cuartos de la servidumbre, formaban cuerpo aparte, cuadrando una especie de patio en que mamita cultivaba algunas flores y tatita criaba sus gallos. En el resto de la chacra había algunos montecillos de árboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero, y varios potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo idea de que alguna vez se plantaron hortalizas en un rincón de la chacra, pero en todo caso no fué siempre, ni siquiera con frecuencia, sin duda para no desdecir mucho del indolente carácter criollo que en aquel tiempo consideraba «cosa de gringos» ordeñar las vacas y comer legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y nuestra chacra un vergel, comparadas con las demás mansiones señoriales de Los Sunchos, y nuestras costumbres de familia tenían un sello aristocrático que más de una vez envenenó las malas lenguas del pueblo, que zumbaban como avispas irritadas, aunque á respetable distancia de los oídos de tatita. Esta especie de refinamiento, cada vez más borroso, se explica naturalmente: mi padre pertenecía á una de las familias más viejas del país, una familia patricia radicada en Buenos Aires desde la guerra de la Independencia, vinculada á la alta sociedad y dueña de una respetable fortuna que varias ramas conservan todavía. Menos previsor ó más atrevido que sus parientes, mi padre se arruinó—ignoro cómo y no me importa saberlo,—salió á correr tierras en busca de mejor suerte, y fué á varar en Los Sunchos, llevando hasta allí algunos de sus antiguos hábitos y aficiones.
No se ocupaba más que de la política activa, y de la tramitación de toda clase de asuntos ante las autoridades municipales y provinciales. Intendente y presidente de la Municipalidad, en varias administraciones, había acabado por negarse á ocupar puesto oficial alguno, conservando, sin embargo, meticulosamente, su influencia y su prestigio: desde afuera, manejaba mejor sus negocios, sin dar que hablar, y siempre era él quien decidía en las contiendas electorales, y otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba á la capital de la provincia, llevado por asuntos propios ó ajenos—en calidad de intermediario,—pasaba el día entero en el café, en la «cancha» de carreras ó de pelota, en el billar ó la sala de juego del Club del Progreso, ó de visita en casa de alguna comadre. Tenía muchas comadres, y mamá hablaba siempre de ellas con cierto retintín y á veces hasta colérica, cosa extraña en una mujer tan buena, que era la mansedumbre en persona. Tatita solía mostrarse emprendedor. Á él se debe, entre otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundación del Hipódromo que acabó con las canchas derechas y de andarivel, é hizo, también, para las riñas de gallos, un verdadero circo en miniatura. Leía los periódicos de la capital de la provincia, que le llegaban tres veces por semana, y gracias á esto, á su copiosa correspondencia epistolar y á las noticias de los pocos viajeros y de Isabel Contreras, el mayoral de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al corriente de lo que sucedía y de lo que iba á suceder, sirviéndole para prever esto último su peculiar olfato y su larga experiencia política, acopiada en años enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad práctica de esta clase de información fué, sin duda, lo que le hizo mandarme á la escuela, no con la mira de hacer de mí un sabio, sino con la plausible intención de proveerme de una herramienta preciosa para después.
Esto ocurrió pasados ya mis nueve años, puede también que los diez. Mi ingreso en la escuela fué como una catástrofe que abriera un paréntesis en mi vida de vagancia y holgazanería, y luego como una tortura, momentánea sí, pero muy dolorosa, tanto más cuanto que, si aprendí á leer, fué gracias á mi santa madre, cuya inagotable paciencia supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya bondad tímida y enfermiza, premiaba cada pequeño esfuerzo mío tan espléndidamente como si fuera una acción heroica. Me parece verla todavía, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, pálida bajo sus bandós castaño obscuro, hablando con voz lenta y suave y sonriendo casi dolorosamente, á fuerza de ternura. Mucho le costaron las primeras lecciones, como le costó hacerme ir á misa é inculcarme inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por mi inquietud indómita; pero á poco cedí y me plegué, más que todo, interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, aún más maravillosos, de una costurerita española, jorobada, que decía á cada paso «interín», que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien creía yo ver la encarnación de un diablillo entretenido y amistoso ó de una bruja momentáneamente inofensiva. «Interín» me contaban las unas las hazañas de Pedro Urdemalas (Rimales, decían ellas), y la otra los amores de Beldad y la Bestia, ó las terribles aventuras del Gato, el Ujier y el Esqueleto, leídas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi naciente raciocinio me decía que mucho más interesante sería contarme aquello á mí mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda abundaría la letra menudita y cabalística de los libros. Y aprendí á leer, rápidamente, en suma, buscando la emancipación, tratando de conquistar la independencia.
II
Acabé por acostumbrarme un tanto á la escuela. Iba á ella á divertirme, y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias á mí, se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma ó en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo ó la nariz, bolitas de pan ó de papel, cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar el salto ó lanzar el chillido provocados por la pluma, ó levantarse con la silla pegada á los fondillos, ó llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que, para atreverse á tanto, era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y de posición.
Don Lucas tenía la costumbre de restregar las manos sobre el pupitre—«cátedra» decía él,—mientras explicaba ó interrogaba; después, en la hora de caligrafía ó de dictado, poníase de codos en la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta peculiaridad, procurarme pica-pica y espolvorear con ella la cátedra, fueron para mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí á menudo la ingeniosa operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver á don Lucas rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en seguida rabioso, por último frenético hasta el estallido final:
—¡Todo el mundo se queda dos horas!
Iba á lavarse, á ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase abandonada se convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta á mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los tinteros—quebrada la inercia de mis condiscípulos,—mientras los instrumentos musicales más insólitos ejecutaban una sinfonía infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas rojo y barnizado de ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas—espectáculo bufo si los hay,—y, exasperado por la intolerable picazón, comenzaba á distribuir castigos suplementarios á diestro y siniestro, condenando sin distinción á inocentes y culpables, á juiciosos y traviesos, á todos, en fin... Á todos menos á mí. ¿No era yo, acaso, el hijo de don Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona», según solían decir mis camaradas?
¡Vaya con mi don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos, ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre sonrisas, y aunque aprecie debidamente á los que, como tú entonces, saben acatar la autoridad política en todas sus formas, en cada una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este acatamiento es la única base posible de la felicidad de las naciones, y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas demasiado, olvidando que eras, también, «autoridad», aunque de ínfimo orden. Y esta flaqueza es, para mí, irritante é inadmisible, sobre todo cuando llega á extremos como éste.
Una tarde, á la hora de salir de la escuela y á raíz de un alboroto colosal, don Lucas me llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar conmigo. Sospechando que el cielo iba á caérseme encima, me preparé á rechazar los ataques del magíster hasta en forma viril y contundente, si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni yo continuara bajo su férula ni él regentando la escuela, su único medio de vida: un arañazo ó una equimosis no significaban nada para mí—era y soy valiente,—y con una marca directa ó indirecta de don Lucas, obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de algunas otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues, mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y académico lenguaje, ó, mejor dicho, prosodia:
—Después de recapacitar muy seriamente, he arribado á una conclusión, mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba á todos los demás), usted es el más inteligente y el más fuerte de la escuela, aunque no el más juicioso ni el más aplicado... No, no se enfade todavía, permítame terminar, que no ha de pesarle... Pues bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, sí, con la mayor eficacia, á conservar el orden y mantener la disciplina en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es la carcoma de este país...
Aunque sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas con solemne gravedad, como en una tribuna, comencé á esperar más serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna celada.
—Pero no he querido—continuó don Lucas, en el mismo tono,—adoptar una resolución, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.
El aula estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde. Junto á la puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío, cubierto de gramíneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y las mesas, en la que parecía flotar aún el ruido y el movimiento de los alumnos ausentes. Esta doble visión de luz y de sombra me absorbió, sobre todo, durante una pausa trágica del maestro, para preparar esta pregunta:
—¿Quiere usted ser monitor?
¡Monitor! ¡El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la autoridad más alta en ausencia de don Lucas, quizás en su misma presencia, ya que él era tan débil de carácter!... ¡Y yo apenas sabía leer de corrido, gracias á mamita! ¡Y en la escuela había veinte muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y mayores que yo! ¡Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido honor, la proposición me pareció tan natural y tan ajustada á mis merecimientos, que la acepté, diciendo sencillamente, sin emoción alguna:
—Bueno, don Lucas.
Yo siempre he sido así, imperturbable, y aunque me nombraran papa, mariscal ó almirante, no me sorprendería ni me consideraría inepto para el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregaré que el «don Lucas» de la aceptación había sido, desde tiempo atrás, desterrado de mis labios, en los que las contestaciones se limitaban á un sí ó un no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de señor ó don, como nos enseña la cortesía. Y ésta fué una evidente demostración de gratitud...
Después he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como un filósofo ó como un canalla: como un filósofo, si quiso modificar mi carácter y disciplinarme, haciéndome, precisamente, custodio de la disciplina; como un canalla, si sólo trató de comprarme á costa de una claudicación moral, mucho peor que la música de su pata coja. Pero, meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como otra cosa, sino, apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza para ello los medios políticos á su alcance—medios poco sutiles á la verdad, porque la sutileza política no es el dote de los simples.—Para los demás muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico, desastroso como disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar con la cabra y con la col; pero ¡bah! yo tenía tanto prestigio entre los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso había de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi regencia.
Comencé, pues, desde el día siguiente, á ejercer el mando, como si no hubiera nacido para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande autoridad, sobre todo desde el famoso día en que presenté á don Lucas mi renuncia indeclinable...
He aquí por qué:
Irritado contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo en el patio, á la hora del recreo, me llevó por delante, levanté la mano, y sin ver lo que hacía le di una soberbia bofetada. Mientras el chicuelo se echaba á llorar á moco tendido, uno de los más adelantados, Pedro Vázquez, con quien estábamos en entredicho desde mi nombramiento de monitor, me faltó audazmente al respeto, gritando:
—¡Grandulón! ¡Sinvergüenza!
Iba á precipitarme sobre él con los puños cerrados, cuando recordé mi alta investidura, y, conteniéndome, le dije con severidad:
—¡Usted, Vázquez! ¡Dos horas de penitencia!
Me volvió las espaldas, rudamente, y se encogió de hombros, refunfuñando no sé qué, vagas amenazas, sin duda, ó frases despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba á desempeñar un papel bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy pálido, de ojos grandes, azul obscuro, verdosos á veces, cuando la luz les daba de costado, frente muy alta, tupido cabello castaño, boca bondadosamente risueña, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuición científica y voluntad desigual, tan pronto enérgica, tan pronto muelle.
Aquel día, cuando volvimos á entrar en clase, Pedro, que estaba en uno de sus períodos de firmeza, apeló del castigo ante don Lucas, que revocó incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.
—¡Pues si es así, caramba!—grité,—no quiero seguir de monitor ni un minuto más. ¡Métase el nombramiento en donde no le dé el sol!
Don Lucas recapacitó un instante, murmurando: «¡Calma! ¡calma!» y tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la mano derecha. Sin duda evocaría el punzante recuerdo de las puntas de pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el urticante de la pica-pica, pues con voz melosa, preguntó, tuteándome contra su costumbre:
—¿Es decir que renuncias?
—¡Sí! ¡Renuncio in-de-cli-na-ble-mente!—repliqué, recalcando cada sílaba del adverbio, aprendido de tatita en sus disquisiciones electorales.
La clase entera abrió tamaña boca, espantada, creyendo que la palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisión más formidable aún; pero volvió á la serenidad, al ver que don Lucas se levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo, me decía:
—Pues no te la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha, pero mucha dignidad, hijo mío. ¡Este niño irá lejos, hay que imitarle!—agregó, señalándome con ademán ponderativo á la admiración de mis estupefactos camaradas.—¡La dignidad es lo primero!... Mauricio Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de monitor, y Pedro Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho... ¡Y silencio!
La clase estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los momentos difíciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se produzca ni siquiera un conato de rebelión; aquel «¡silencio!» era, en suma, una declaración de estado de sitio, que yo me encargaría de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el papel de ejército y policía al mismo tiempo.
Sólo Vázquez se atrevió á intentar una protesta, balbuciendo entre indignado y lloroso un:
—¡Pero, señor!...
—¡Silencio he dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.
Acostumbrado á obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me hacía subir los colores á la cara, la sonrisa á los labios, el fuego á los ojos.
III
Este acontecimiento, que debió abrir un abismo entre Vázquez y yo, provocando nuestra mutua enemistad, resultó luego, de manera lógica, punto de partida de una unión, si no estrecha, bastante afectuosa, por lo menos. Para esto fué, naturalmente, necesaria una crisis.
Sufrió el castigo con estoica serenidad, quedándose en la escuela, durante dos días, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes de la hora de clase, me esperó en un campito de alfalfa que yo cruzaba siempre, y, en aquella soledad, me desafió á singular combate, considerando que mis fueros desaparecían extraterritorialmente de los dominios de don Lucas.
—¡Vení, si sos hombre! ¡Aquí te voy á enseñar á que les pegués á los chicos!
Todo mi amor propio de varón, sublevándose entonces, me hizo renunciar por el momento á las prerrogativas que él consideraba, erróneamente, suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que caracteriza á nuestros compatriotas. Sentí necesaria, con romántica tontería, la afirmación de mi superioridad hasta en el terreno de la fuerza, y contesté:
—¡Aquí no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una zurra, para que aprendás á meterte á sonso.
—¡Vamos donde querrás, maula!
Nos dimos de moquetes, no lejos de allí, en un galpón desocupado, supletorio depósito de lanas, y debo confesar que saqué la peor parte en la batalla. La excitación nerviosa dió á Vázquez una fuerza y una tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde á la escuela, con la cara amoratada, pero él no habló ni yo me quejé, aunque me hubiera sido muy fácil la venganza. Aquel era mi primer duelo formal—toda proporción guardada,—y el duelo, aun entre muchachos, ha sido siempre para mí, no una costumbre, sino una institución respetabilísima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio á veces, si se quiere, pero no más aleatorio y más arbitrario que muchas de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvió para zanjar entre Vázquez y yo, diferencias que con otros trámites hubieran podido llegar al odio, y que, gracias á él, no dejaron huellas, pues mi adversario no supo nunca cómo agradecer mi caballerosidad después del combate, y hasta creo que se consideró vencido, para retribuir de algún modo mi hidalguía. Los mismos tribunales, á quienes muchos querrían confiar la solución de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral, dejan á menudo heridas más incurables y dolorosas que las de una partida de armas... ó de puños.
Esta manera de considerar el duelo—confusa é instintiva entonces, pero clara y lógica hoy—me había sido inspirada por algunas lecturas, pues ya comenzaba á devorar libros,—novelas, naturalmente.—Y si Don Quijote me aburría, porque ridiculizaba las más caballerescas iniciativas, encantábanme las otras gestas, en que la acción tenía un objeto real y arribaba á un triunfo previsto é inevitable. No me preocupaban las tendencias buenas ó malas del héroe, su concepto acertado ó erróneo de la moral, porque, como el obispo Nicolás de Osló, «me hallaba en estado de inocencia é ignoraba la distinción entre el bien y el mal», limbo del que, según creo, no he llegado á salir nunca. Las hazañas de Diego Corrientes, de Rocambole, de José María, de Men Rodríguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan y de otros cientos, eran para mí motivo de envidia, y sus peregrinas epopeyas formaban mi único bagaje histórico, sociológico y literario, pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Deán Funes me aburría como un libro de escuela. El universo, más allá de Los Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera hacer buena figura en el mundo, imponíase la imitación de alguno de los admirables personajes, héroes de tan estupendas aventuras, siempre coronadas por el éxito. Cambiábamos libros con Vázquez, desde que la conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba poco lo que él me daba—narraciones de viaje y novelas de Julio Verne, principalmente,—mientras que él desdeñaba un tanto mis divertidas historias de capa y espada, considerándolas tejido de mentiras.
—Como si tus «Ingleses en el Polo Norte» no fueran una estúpida farsa—le decía yo.—José María será un bandido, pero es, también, un caballero valiente y generoso, y Rocambole era más «diablo» que cualquiera...
Sólo estábamos de acuerdo en la admiración por las «Mil y una noches», pero nuestros conceptos eran distintos: él se encantaba con lo que llamaré su «poesía» y yo con su acción, con la fuerza, la riqueza, el poder que suelen desbordar de sus páginas. Este modo de ver, esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente aún, me llevó á acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y semisalvajes, que me proclamaron capitán, apenas reconocieron mi espíritu de iniciativa, mi imaginación siempre llena de recursos, mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revestía mi apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figuró Vázquez, hacíamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares, zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los comienzos era uno de los más entusiastas, como si lo embriagara aquel ambiente de desmedida libertad, desertó desde la noche en que bañamos en petróleo á un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la obscuridad como un ánima en pena. Yo también me arrepentí de semejante atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaña, solía decirles con sonrisa prometedora:
—Cuando cacemos un gato...
Pero no reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella escena neroniana que había resultado tan terrible. No nos faltaban, por fortuna, otros entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría por volver, siquiera un instante, á los dulces años de mi infancia! ¡Cuánto! ¡y sólo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos como en sueños al escribir estos garabatos!
¡Qué magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin duda, por la displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado vehículo, atestado de carga y pasajeros,—proeza que realizamos una vez.—Atravesábamos la calle con una cuerda, á una cuarta del suelo, para que rodaran los caballos, ó quitábamos las chavetas de los carros abandonados un instante á la puerta de los despachos de bebidas para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en escena, episodios de Gil Blas ó de Paquillo Aliaga, que yo contaba compendiosamente á «mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de Rolando ó de Juan Bautista Balseiro, y la imaginación se encargaba de complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estéril: con el pensamiento despojábamos coche y pasajeros, jinete y montura, carro y conductor, llevándonos á la madriguera á las personas de fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras proezas eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos un gato previamente enfurecido, ó un perro asustado, con una lata llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo á los vecinos alarmados asomarse en paños menores á puertas y ventanas bajo la lluvia torrencial y el viento helado.
En primavera, gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos de las plantas, y podando éstas hasta el tronco ó despojándolas simplemente de todos sus botones. ¡Qué cara la de los dueños al encontrarse, por la mañana, con la desolación aquélla! ¡Ni la de un candidato frustrado cuando creía más segura su elección!
En verano pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas de los que dormían con la ventana abierta, y luego quemábamos ó enterrábamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer daño y reirnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco dinero que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos, como en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que compraba ó consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los más menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin más trascendencia que la que debe atribuirse á una inocente travesura, y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las sufrían las personas antipáticas por su excesiva severidad, ó las que habían merecido el desdén, el desprecio ó el odio de mi padre; los amigos políticos, ó de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque siempre ha existido en mí el espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan necia que, en vez de dar á nuestros juegos su verdadero y limitado alcance, considerándolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas, se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una horda de rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ó ahuyentarlos. ¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen siempre opositores ó indiferentes, la policía y la municipalidad se preocuparon de defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo de acción y cesara de respetar á los partidarios de la buena causa. Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiéramos sido descubiertos inevitablemente, á no mediar una circunstancia salvadora: tatita, siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:
—Por fin, nos vamos á sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche caerán, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos serán si consiguen escaparse!
Yo no eché la noticia en saco roto, corrí á prevenir á los camaradas, y aquella noche y las siguientes nos quedamos más quietos que en misa. Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.
En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás. No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima. Hubo—análogo á la batalla del Piojito,—un gran combate, al caer la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.
Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...
IV
Antes de los quince años había comenzado ya mi historia pasional—que así debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo.—Bajo la influencia del clima y las costumbres—ardiente el uno, libres las otras por su mismo carácter patriarcal,—en los pueblos de provincia y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo del niño cuando en otros países apenas si apuntarían las primeras vislumbres de la adolescencia. La iniciación de los muchachos era siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y más aún las provincianas y campesinas, con tres grandes patios y, á veces, huerta, llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la gente mayor, hacían ineficaz la vigilancia paterna despertada por algún síntoma ó indicio que aconsejara la represión, tanto más cuanto que los criados eran por lo común cómplices y encubridores, á cambio de reciprocidad[1]. Poco á poco, este defecto de nuestra organización doméstica, tan contrario á los principios entonces imperantes, ha venido modificándose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor á la tierra, han empequeñecido las casas, facilitando la observación y agrupando más la familia. Véase cómo causas al parecer muy lejanas en la materialidad de las cosas, producen en la conducta de los hombres los más inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir, por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.
Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no podía estar menos vigilado ni gozar de mayores libertades; era dueño de mí mismo, y en esta independencia total realicé actos que no son para contarlos y á los que sólo me refiero por la influencia que tuvieron después sobre mi carácter. Mamita pasaba los días taciturna y casi inmóvil, cosiendo, tomando mate ó rezando, presa de incurable melancolía, que sólo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte enfermizo. Tatita, siempre ocupado ó entretenido fuera de casa, no tenía tiempo ni quizás interés de imponerme una moral medianamente rígida. No los critico ni hay para qué. Sin duda, ella, en su candor de mujer siempre aislada, no llegó nunca á sospechar que mi inocencia corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tenía por qué preocuparse de cosas que habían de suceder más tarde ó más temprano, tratándose de un muchacho robusto, de salud de hierro, alegre, decidido, apasionado, que sólo se enfermaba, ó mejor, enervaba con la oposición á sus antojos y la restricción á su autonomía. ¿Qué quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la vida y sepan manejarse por sí solos, en lo sentimental como en lo material, en lo intelectual como en lo físico?
Á un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso. Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar á mi padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo indiscutible del pueblo, y todos le rendían pleito homenaje; porque siempre fué «muy hombre», es decir, capaz de ponérsele delante al más pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque tenía una libertad de palabra demostrativa de la más plena confianza en sí mismo; porque montaba á caballo como un centauro y realizaba sin aparente esfuerzo los ejercicios camperos más difíciles, las hazañas gauchescas más brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, ó en las carreras, en el juego del pato, en las domadas; porque se distinguía en la taba, el truco, la carambola, el casín, el choclón y la treinta y una, amén de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores gallos de riña del departamento en una serie de cajones puestos en fila, en el patio de casa, frente á mi cuarto; porque, gracias á él, con quien nadie se atrevió nunca, yo podía atreverme impunemente con cualquiera. En suma, era para mí un dechado de perfecciones, y yo me sentía demasiado orgulloso de él, demasiado satisfecho de su protección directa é indirecta para que este orgullo y esta satisfacción no se tradujeran en un gran cariño y en una veneración sui generis, semejante al afecto admirativo hacia el camarada más fuerte, más apto y más poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente á todos nuestros caprichos.
Como más de una vez, siendo yo muy niño aún, me llevó á las carreras, las riñas y otras diversiones públicas, y como nunca tomaba á mal mi presencia en aquellos sitios—ni á bien tampoco, porque siempre hizo como que no me veía,—pronto me aficioné y acostumbré á correr también, la caravana, y no tardé en conocer todos los rincones más ó menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y demás. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar la escuela, pese á mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque, sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien poca cosa más—quizá la ortografía, que he ido aprendiendo luego, en el camino.—Pedro Vázquez no faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis correrías á la hora de clase.
—¡Sos un sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!
—Papá dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra á la disciplina y el trabajo, y como me va á mandar á estudiar en la ciudad...—me contestaba Pedro, gravemente, muy cómico con su gran «chapona» crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas alas.
—¡Se necesita ser pavo!—reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo á mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta de la humanidad.
Entretanto mi educación se completaba en otros sentidos: iniciábame rápidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero que luego me han servido por igual: la fantástica, que me ofrecían los libros de imaginación, y la real, que aprendía en plena comedia humana. Esta última forma me parecía trivial y circunscrita, pero consideraba que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea, y que su campo de acción estrecho, embrionario, se ensancharía y agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aun no sentía el deseo de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y el mismo proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia; bastábame imaginarla y soñar con ella, porque estaba entonces harto absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me decía por instinto, sin reminiscencia histórica alguna: «Más vale ser el primero aquí, que el segundo en Roma». Es que, en realidad, me divertía, satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que más arriba dejo anotada. Para no ser demasiado explícito, agregaré, tan sólo, que me había hecho asiduo lector de Paul de Koch, de Pigault Lebrun, del abate Prevost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me divertían, no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosímiles intrigas. Me hacían, sí, soñar, en ocasiones, con aventuras imposibles ó difíciles, más altas y envanecedoras que la resignada pasividad del estropajo ó su servil provocación. Con las vulgares realizaciones de los libros humorísticos, luchaba en mi imaginación el idealismo sensual de algunas novelas románticas, y estas dos fases de la sensación, conviviendo en mi cerebro, me hacían pensar ora en la mujer tal cual la conocía, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior de la «gran dama», golosina exquisita y complicada.
Estos sueños, no me cabía duda, eran realizables y se realizarían después, mucho después, cuando hubiera conquistado brillante posición, cuando hubiera hecho... ¿Hecho, qué? Lo ignoraba, pero debía ser alguna hazaña notable, algo dentro del género guerrero ó político, una victoria decisiva sobre el enemigo—¿qué enemigo?—que me hiciera un nuevo Napoleón; ó un triunfo colosal sobre mis adversarios—¿qué adversarios?—llave que me abriese de par en par las puertas del poder; ó la adquisición de una fortuna inmensa—¿por qué herencia, lotería ó hallazgo?—que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba indecisa y como ciega, sin acertar á trazarse un camino, una norma de conducta que la llevara á las grandes realizaciones. Las circunstancias no eran propicias, y largo tiempo esperé en vano una oportunidad que me iluminara, invitándome á la acción.
Sin embargo, la princesa ó su sucedáneo, estaba muy cerca y en forma tangible: vivía frente á casa, en un bosque durmiente, aguardando que yo fuera á despertarla...
Era la hija única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo), personaje que compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección política del departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan vulgar como su nombre (¿ó es que el nombre me parece vulgar porque lo llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para mí la flor de la maravilla, porque tenía el divino prestigio de la juventud, y porque en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto análogo al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin corona. Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable, tenía, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las redondas mejillas, que era un verdadero encanto é invitaba á besarla, ó á morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, parecía bajita y esto le afeaba un tanto el cuerpo que, más esbelto, hubiera resultado gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con su mirada bondadosa y suave, como lejana ó dormida, y con su palabra lenta y melosa á causa de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz. Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos hubiera obtenido el primer premio, á estilarse allí los concursos de belleza. Siempre á una ventana del viejo caserón que, rodeado de árboles, daba frente á casa en la calle de la Constitución, Teresa, que fué mi compañera en la primera infancia, me seguía infatigablemente con los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes en aquel interés, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé á soñar en la mujer ideal, el instinto me llevó á fijar la vista en ella, como en la posible realización de mi deseo poético de conquistar el primer perfume de una flor de invernáculo, ó por lo menos de jardín cultivado y custodiado. Aquel «hortus conclusus» llegó, en fin, á detener mi atención y á despertar en mí un sentimiento exteriormente parecido al amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginación en consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta de que lo experimentaba...
Era una noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía con entusiasmo la Mademoiselle de Maupin, de Teófilo Gautier; como á Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual me produjo extraordinario y repentino vértigo. La sugestión surgió, imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había presentado á mis ojos ni á mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo y fascinador. Tan poderoso fué este choque recibido por mi espíritu, que—cual si se tratara de una cita convenida de antemano,—salté de la cama con arrebato infantil, me vestí á toda prisa, y sin pensar en la ridiculez y la inutilidad de mi acción, salí á la calle y, envuelto en la sombra de la noche, sola ánima viviente en el pueblo amodorrado, comencé á tirar piedrecitas á los vidrios de la que, improvisamente llamaba ya «mi novia», con la esperanza de verla asomarse y de trabar con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasión... Como ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de salvas inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.
¡Oh, imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa que el propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio, lloré, mordí las almohadas y representé para mí solo toda una larga escena de violencias románticas?... Hoy quizá me explique aquel estado de ánimo. De mí podía decirse, seguramente, que por la edad y el temperamento, amén de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente en que se comienza á amar el amor; situación difícil y peligrosa, á poco que falten los derivativos.
Pero, con toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla en vigilia cedió su lugar al sueño sin ensueños de la adolescencia que se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo físico de largas horas.
V
Al día siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño hubiese sido sólo un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto y con la cabeza despejada, reanudóse la pesadilla y la imaginación recobró sobre mí su imperio tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me vestí con un esmero que no acostumbraba, y me dirigí á casa de Teresa, resuelto á aclarar la situación, absolver posiciones, y, si á mano venía, enrostrarle su desvío y acusarla de traición. Y, en pleno drama, me sentía alegre.
Ya he hablado de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para realizar mi voluntad; no extrañará, pues, que en aquella época estas peculiaridades llegaran á la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta, por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontería no resultaría para ella ridícula, sino dramática, y por otra, que aquella mañana primaveral hacía un calor bochornoso y enervante, soplaba el viento norte, enloquecedor, el sol, á pesar de la hora temprana, echaba chispas, y la tierra húmeda con las lluvias recientes, desprendía un vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.
Don Inginio acababa de salir á caballo, y Teresa tomaba mate, paseándose lentamente en el primer patio, cuando yo llegué. Al atravesar nuestro jardín asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el cerebro, y toda mi tranquila frescura desapareció. No vi á Teresa, no vi más que una imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada en mi cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con arrebato, como si la niña estuviera ya al corriente de cuanto había pasado ó yo imaginara.
—¿Por qué sos así?
Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica comprendí, aunque no estuviese acostumbrado á tales repulsas. No se trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la espantó, la indignó. Con violento ademán, se libertó de mi brazo, y en su movimiento medroso y brusco dejó caer y rodar por las baldosas el mate que se rompió con sordo ruido, mientras la bombilla de plata saltaba repicando con notas argentinas.
La reacción se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal siguió una timidez extrema. Quise decir algo y sólo acerté á iniciar la frase con un risible «pero... pero...» varias veces repetido. Traté, nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia análoga, leída en los libros, pero no evoqué sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente fuera de situación, y, con el amor propio herido por la vergüenza, allí hubiese puesto fin á las cosas, si la muchacha, magnífica é instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado toda importancia á la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras recogía la bombilla y los restos del mate:
—¡Qué zuzto me haz dado! Eztaba diztraída.
No agregó más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque. Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto enemigo podía ver un secreto aliado, comencé por donde primero se me ocurrió, es decir, por la más tonta de las trivialidades.
—¿Has visto—pregunté con acento indiferente,—la cantidad de macachines que hay en el campo?
Como si aquello la interesara de veras, sonrió, dió un paso hacia mí, é inquirió, clavándome los ojos, negros y francos:
—¿Hay muchoz?
—¡Muchísimos! ¿Querés que te traiga?
—¿Con ezte zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque á la cabeza.
—¡Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace nada.
—Ademáz, no me guztan.
Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.
—¿Y los huevos de gallo?
—¡Oh! Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con los penachos de cortadera, y resultan máz bonitoz...
—¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo!—exclamé con resolución, como si prometiera realizar una hazaña, tanto que, alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo salía ya á toda prisa:
—¡No vayas á hacer ningún dizparate, Mauricio!—suplicó.
—¡Dejá, dejá no más!
Y salí corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho menos tirante que en un principio, no dejaba, todavía, de serme embarazosa; porque aquel pretexto, aunque traído de los cabellos, me servía á maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto romántico que, trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran efecto en el corazón femenino. Huevos de gallo, no había, por el momento, sino en una barranca á pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo, apenas más arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores de sitios inaccesibles para instalar su nido.
Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada, sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras, tenían toda mi admiración, no sólo por su heroísmo, sino también porque su voluntad les llevaba á la realización de sus apasionados deseos. ¡Ésos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin fijarse en el precio, más grandes que quien tira su fortuna por un capricho, aunque éste sea muy grande también, pese al ridículo de que suelen rodearlo los que no comprenden su acción heroica. Yo me sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregaré que aun me sentiría con disposiciones análogas, si el motivo determinante fuera de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fuí capaz de exponerme por ofrecer huevos de gallo á una chiquilla, así también, ahora que peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico ó no, loable ó vituperable, si de él depende el logro de un fin que me importe mucho. Qué fin no hace el caso. Bástame con afirmar mi capacidad de acción.
Una hora después de mi brusca partida, volvía yo á casa de Teresa con el pañuelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se destacaban sobre el verde más obscuro y sucio de las hojas. La niña recibió el regalo con regocijo y se empeñó en que le contara dónde y cómo había hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco é impreciso que era entonces mi único medio de expresión, relaté la aventura, el descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome de una cuerda atada á un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la cuerda en el vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la dificultad de la ascensión final, cuando hubiera sido tan fácil, si la cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corría á diez metros de mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba á preguntas, obligándome á completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados ó evocados de mis lecturas, para dar más realce á la proeza. Los ojos le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos, sonreían con expresión admirativa, y, al propio tiempo, angustiada, y sus mejillas se coloraban y empalidecían alternativamente. Cuando terminé:
—¡Muchaz graciaz!—murmuró.—¡Zos muy valiente!
Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista para mirar las frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.
Pensé que la situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví á utilizar sus ventajas, ó no encontré el medio de aprovecharlas. Limitéme á decir que aquello no tenía importancia, que cualquiera hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto á todo por complacerla... Me dió, en premio, un ramito de jazmines del país, que ella misma cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:
—Y no hagáz como antez, no seaz tan «chúcaro». Vení á vernos de cuando en cuando.
—¡Ya lo creo que vendré!
Y fuí todos los días, á veces mañana y tarde, preferentemente cuando don Inginio no estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez, pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque cándida y confiada, Teresa se mantenía en una reserva que, en otra mujer, hubiera parecido calculada y hábil. Sin tomar demasiado á mal mis avances, sabía tenerme á distancia y rechazar sin acrimonia toda libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de palabra me tomaba. Éstas no eran muchas, á decir verdad, porque los abstrusos ó almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me parecían incomprensibles para ella, é inadecuados por añadidura, mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico é ignorante, las burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la frase cruda, grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, á mis labios, pero no salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, más bien, buen gusto innato comenzando á desarrollarse. Jugábamos, en suma, como chiquillos, corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y había en ella una mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el candor de la niña, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis pasiones...
VI
Tal fué la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron, naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso obstáculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gómez Herrera y la hija de Rivas estaban destinados el uno á la otra, por la ley sociológica que rige á las grandes casas solariegas, en el sentir de los creyentes, todavía numerosos, en estas aristocracias de nuevo ó de viejo cuño. Aquel astuto político de aldea, calculaba, sin duda, que si bien mi padre no poseía una fortuna muy sólida, el porvenir que se me presentaba no dejaría de ser, gracias á mi nombre, fácil y brillante, sobre todo si tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni al uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podrían hacer cuanto quisieran.
Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas é hirsutas, la tez tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio parecía, físicamente, un viejo león manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no afectaba á su interés, servicial con sus amigos, cariñoso con su hija, libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elástica en política y administración, como si el país, la provincia, la comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para servirse de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, á estilo de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperías. Rara vez se quedaba entre Teresa y yo; prefería dejar que el destino urdiera su tela, pronto, sin embargo, á intervenir en el momento oportuno para la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y excesos, parecía no temer que yo abusara de la situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá, también, porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio interés. Para demostrarme cuál era éste, me decía, á menudo, que mi padre y él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y el éxito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin poder adivinar sus planes, é intrigado con ellos.
—¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un hombre»?—pregunté un día á Teresa.—¿Te ha dicho algo sobre eso?
—Puede ser—contestó con sonrisa indefinible, llena de reticencias.—Lo único que puedo decirte—agregó, muy afirmativa,—es que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.
No tardaría, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que habían de darme los primeros días desgraciados de mi vida.
Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiración, dulce caricia á mi amor propio y causa de obscura felicidad.
Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción, en las antiguas correrías picarescas con los pillastres del pueblo que, ya mayorcitos, habían ensanchado, como yo, el teatro de sus diversiones, refinando y complicando también los elementos de éstas. Pero cada vez me sentía menos interesado por mis camaradas. Más precoz que casi todos ellos, atraíanme los hombres hechos y derechos, cuyos placeres me parecían más intensos y picantes, más dignos de mí, y por esto se me veía continuamente en los cafés, donde se jugaba á los naipes, en el reñidero, en las canchas, en todos los puntos de alegre reunión, donde si no se me recibía con regocijo, tampoco se me demostraba enfado ni desdén.
Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron á un tiempo, de allí á poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe después—y aquí comienza la realización de los misteriosos proyectos de éste,—declaró un día que la enseñanza de don Lucas era demasiado rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y que había resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, á la que me destinaba, ambicionando verme un día doctor, quizá ministro, gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo hizo, agregando juiciosas consideraciones:
—El saber no ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te relacionarás muy bien, gracias á mis amigos y correligionarios, y una relación importante, una alta protección, valen más en la vida que todos los méritos posibles. También, sepas ó no sepas, el título de doctor ha de servirte de mucho. Ese título es, en nuestro país, una llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera política, donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto. Algunos han subido sin tenerlo, pero á costa de grandes sacrificios, porque no ostentaban esa patente de sabiduría que todo el mundo acata. Pero, en fin, aunque no llegaras á ser doctor, siempre habrías ganado, en la ciudad, buenas cuñas para los momentos difíciles y para el ascenso deseado, conociendo y conquistándote á los que tienen la sartén por el mango y pueden «hacerte cancha» cuando estés en edad.
La resolución de mi padre me dió un gran disgusto, pues preví que cualquiera cosa nueva sería peor que la vida de holganza y libertad á que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protesté, hasta lloré, tiernamente secundado por mamita, que no quería separarse de mí, y para quien mi ausencia equivalía á la muerte, siendo yo el único lazo que la ligaba á la tierra. Mi resistencia, airada ó afligida, según el momento, fué tan inútil como las súplicas maternas: tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo había convencido don Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses antes á la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la nuestra.
—Mire, misia María—dijo irónicamente mi padre á mamá, que insistía en tenerme á su lado.—Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido á la pretina de sus polleras, no servirá nunca para nada.
Mi madre calló y se limitó á seguir llorando en los rincones, de antiguo sometida sin réplica á la voluntad de su marido. Rogó y consiguió, tan sólo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no hubiera malos ejemplos, perdición de los jóvenes, juzgándome, en su candor, tan blanco é inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto, fuí á desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.
¡Con qué asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lágrimas, en su lenguaje indeterminado á veces, que mi partida era para ella un desgarramiento, que me iba á echar mucho de menos y le parecería estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme á ver hecho un personaje.
—Además—agregó,—la ciudad te va á gustar mucho, te vas á divertir, te vas á olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto sería lo peor!—suspiró tristemente.—¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás volver!
—¡No seas tonta! ¡Lo único que yo quisiera sería quedarme!...
Llegó el día de la partida. Momentos antes de la hora corrí á despedirme de Teresa que me abrazó por primera vez, espontáneamente, llorando, desvanecida la entereza que se había impuesto para infundirme ánimo. Yo me conmoví, sintiendo por primera vez también que quería de veras á aquella muchacha ó que tenía un vago temor de lo futuro desconocido y me aferraba conservadoramente á la familia.
En casa, mamita, hecha una mar de lágrimas, renovó la escena, dramatizándola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en mí una extraña sensación. No había que exagerar tanto; yo no me iba á morir y puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en la ciudad... La desesperación materna tuvo la virtud de devolverme la sangre fría.
Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces por semana, iba de Los Sunchos á la ciudad y de la ciudad á Los Sunchos, habían llegado en manifestación de despedida los notables del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, protector conmigo, servil con tatita, el comisario de policía, don Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la amabilidad de explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz como aquí. Allí no hay tatita que valga, y á los traviesos los atan muy corto.» Entre otros muchos, no olvidaré á don Lucas que creyó de su deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carácter, y vaticinarme una serie indefinida de triunfos:
—¡Este joven irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria para su familia, para sus maestros—entre los cuales tengo el honor de contarme, aunque indigno,—para sus amigos y para su pueblo!... Estudie usted, Mauricio, que ningún puesto, por elevado que sea, resultará inaccesible para usted...
En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realización, agregó:
—Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por Los Sunchos.
—¡Sí! ¡Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!—dijo burlonamente don Inginio.
Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quería ser tomado en serio.
Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, subía entretanto nuestro equipaje á la imperial—la valija de tatita y dos ó tres maletas atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amén de una canasta con vituallas para almorzar en el camino.—Muchos apretones de manos. Mamita me abrazó, llorando desgarradoramente.
—¡Vamos! ¡Arriba, que se hace tarde!
Papá y yo ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera echó á andar con gran ruido de hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los postillones y ladridos de perros, seguida á la carrera por una pandilla de muchachos desarrapados que la acompañaron hasta el arrabal. Teresa se había asomado á la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle Constitución, todavía vi flotar en el aire su pañuelito blanco...
VII
El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre todo á la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos en algo, resultó á la larga interminable y molesto, aun para nosotros que no íbamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices pasajeros del interior.
—¡Qué brutos hemos sido en no venirnos á caballo!—decía mi padre.
Él utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y después de los cuales afirmaba con naturalidad no exenta de satisfacción:
—Veinte leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen «montado» y otro de tiro.
Pero temía que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues consideraría menoscabada con ello su fama de eximio jinete, ó, más bien, de «buen gaucho». En cuanto á mí, doce leguas era el maximum que había alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en mi petulancia juvenil.
Nuestra única diversión era mirar el campo, que parecía ensancharse inacabablemente delante de la galera, lanzada á todo galope de sus doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con cueros que ya no tenían ó nunca habían tenido la forma de un arnés, y tres de ellos, á la izquierda, montados por otros tantos postillones harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente, sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante, con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios á un tiempo.
Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte del país—hoy océano de trigo,—estaban levantadas ya, los rastrojos tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba caprichosamente, más obscuro sobre el fondo amarillento del campo, descendiendo á los bañados en línea casi recta, como un triángulo isósceles de base inapreciable, ó subiendo á las lomas en curvas serpentinas que desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas. Pocos árboles, unos, verdes y melenudos, como bañistas que salieran de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como muertos de sed, salpicaban la campiña, cortada á veces por la faja caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el curso de un arroyo, pero sin interés, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en suma, para la mayoría, y mucho más para mí, que, medio adormecido, pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa, un poco en mi madre, desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?
En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones «ociosos», lentos y malhumorados, reunían los caballos, siempre dispersos, aunque la galera tuviese días y horas fijos de «paso», los pasajeros todos bajábamos á estirar las piernas entumecidas en la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina ó pulpería—pongamos mesón, para hablar castellano y francés al mismo tiempo,—se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico, con la imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa á todo el mundo, y la caña con limonada, la ginebra ó el suisé,[2] daban nuevas fuerzas á nuestros compañeros de viaje para seguir desempeñando resignadamente el papel de sardinas. ¡Cómo lo adulaban, exteriorizando familiaridades que parecerían excluir toda adulación! ¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan servilmente acatado!...
Llegamos, por fin, á la ciudad, anquilosados por tan largas horas de traqueo. La galera rodó por las calles toscamente empedradas, despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse á las puertas las comadres que nos seguían con la vista, curiosas, inmóviles y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos, cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusión de los instintos y las sensaciones.
Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la galera nos depositó frente á la casa de don Claudio Zapata, «la casa cristiana, donde no había malos ejemplos, perdición de los jóvenes», reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban á la puerta.
Ambos hicieron grandes agasajos á tatita, casi sin parar mientes en mí, lo que me lastimó mucho, pensando que estaban llamados á constituir provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y el apasionamiento de mi madre se llegaba á un término medio mucho más caluroso. Y esta primera impresión tuvo una fuerza incalculable: de semihombre que era en Los Sunchos, me sentí, de pronto, rebajado á niño, regresión que iba á seguir experimentando después, y que se manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno en la vida bonaerense, años más tarde...
La hembra de aquella pareja—¿era la hembra, aquel sargentón de fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera castaña—postiza, claro,—bozo negro en el labio, mano de gañán, mirada imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? ¿Era el macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos (caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?—La hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo al borde de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel femenino, mostrándose algo afectuosa, y se dirigió á mí, diciéndome las palabras más agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su voz tenía inflexiones desapacibles, y pese á sus melosos aspavientos, me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas desazones. Tan honda fué esta impresión que—vuelto á ser niño, como ya dije,—los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como pude porque nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba en realidad, pero que hubiera desconsolado á mamita, si la hubiese supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto...
Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron á saludarlo, y poco á poco llenóse de gente la vasta sala desmantelada, de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas con asiento de paja—las de enea ó anea de los españoles—dos sillones de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas, paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios, como las de Epinal, ó las aleluyas, una consola de jacarandá muy lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad, como si tuvieran lepra.
Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza floreada, atadas á la cintura formando buches irregulares y sin gracia, con las trenzas de crin, azul á fuerza de ser negro, pendientes á la espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos é indecisos, como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa—que no he descrito,—pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas y más desarrapadas también.
Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que formaban las visitas, sentado en un rincón obscuro, olvidado por todos, muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de escuchar un rato la chismografía social y política á que se entregaban aquellos ciudadanos, hablando á ratos cuatro y cinco á la vez, mi atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo que sólo me permitía oir palabras sueltas, que no me sugerían sino imágenes borrosas é inconexas. Mi padre puso, por fin, término á esta situación, proponiendo un paseo «para estirar las piernas», frase cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café ó el club á jugar al billar ó el truco, y á beber el vermouth de la tarde. Fuí el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberación. De los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron á acompañar á tatita.
—¡No vuelvan tarde, que pronto va á estar la cena!—recomendó misia Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su corto repertorio.
Salimos, pues, y en el trayecto comencé á conocer la «maravillosa» ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones á la antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos, pretendidamente dibujados á lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S., flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y toscas rejas de hierro forjado. Á cada cien varas ó menos se veía la fachada, el costado ó el ábside de alguna iglesia ó capilla, el largo paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas, análogas á la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de ladrillo ó de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas é ingenuos adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes de yeso, y á veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo. Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es muy posterior á mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle! ¡Nadie nace sabiendo!
Sin embargo, más que todo aquello, me gustó la plaza pública, muy vasta y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos cuyas redondas copas verde obscuro se unían entre sí formando una techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros de jóvenes que las devoraban con los ojos ó las requebraban al pasar, mientras que los viejos—padres benévolos y madres ceñudas,—sentados en los escaños de piedra ó de listones pintados de verde, mantenían con su presencia la disciplina y el decoro.
Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice perdiz y corrí á fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción. Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel, para mí enorme, hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado,—como si aquel cinturón de colinas me separara del mundo,—en medio de tanta gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió el porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volví á experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja del estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una espectativa temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la costurera jorobada me sugerían la presencia virtual de algún espíritu maléfico ó la aproximación de algún peligro desconocido. ¡Me sentí tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo exceso de esta sensación hizo que la sacudiese, levantándome de pronto y corriendo hacia el Café de la Paz.
Cuando entré, las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre y sus amigos me devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me había perturbado—ayudándola el cansancio y el trasplante,—la intensa melancolía del crepúsculo.
VIII
En casa de Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como toda comida de gala en provincia.
Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, además de don Claudio, misia Gertrudis, mi padre y yo, sentáronse varios convidados de importancia: don Néstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argüello, abogado y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la ciudad, y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra cosa, con gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.
El que absorbió toda mi atención en los primeros momentos fué, con justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco á sesenta años, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeños y vivísimos, cutis aceitunado y rugoso, nariz aguileña algo rojiza en el extremo, gran cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba á lo Napoleón III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, decía pocas palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre sentencioso y dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo, el mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar, como médico, la misma capital de la república. Esto no me admiró tanto como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la circunstancia, había puesto cuidadosamente sobre una de las consolas de jacarandá. También me ocupó don Néstor, anciano bajo y grueso, blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueño siempre, amable conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los tiempos de antes», y al referirse á su juventud parecía buscar el testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva. Varias veces se insinuó en la mesa que «había sido muy diablo», cosa que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replicó:
—Y no lo tienten al diablo... Porque todavía, todavía... Y acuérdense que más sabe por viejo que por diablo... ¿No es así, misia Gertrudis?
—¿Qué quiere que yo sepa, don Néstor?—contestó evasivamente el sargentón, con un tono de enfado que hizo sonreir á todos menos el marido.
Cuando mi padre habló, por fin, de mí, al servirse los postres—arroz con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo y tabletas y confites de Córdoba—yo me estremecí en el extremo de la mesa á que me habían relegado con la orden tradicional de «no meter mi cuchara», vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que «aprendiese para estatua». Me estremecí porque tatita dijo:
—Aquí tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene á estudiar para «doctor» y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los amigos. Es muy pollo todavía, pero tiene enjundia suficiente para no quedarse aplastado á lo mejor. Va á entrar al Colegio Nacional, y usted, don Néstor, bien puede darle una manito.
—Con mucho gusto—contestó el interpelado.—Hasta le pondremos cuarta si es preciso—agregó mirándome con sonrisa entre burlona y afectuosa.—¿Estás bien preparado para el examen de ingreso?
—¿Cómo dice?—balbuceé, no entendiendo la pregunta y con toda mi indígena descortesía, como si fuera el más «chúcaro» de mis jóvenes convecinos.
—Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.
Comprendiendo á medias, contesté, no sin cierto orgullo:
—Era monitor.
—¡Ah!—exclamó don Néstor, divertidísimo.—¿Conque, monitor? ¡está bueno! ¡está bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero...
Tatita corrió en mi auxilio diciendo socarronamente:
—La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de campaña... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve ni para «rejuntar» leña... ¡Vaya, don Néstor, no se haga el malo y no me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...! ¡Y usted, doctor—dirigiéndose á Orlandi,—dé un «arrempujoncito», pues hombre!
Esto fué dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron á reir; todos menos, naturalmente, doña Gertrudis, que no conseguía llegar á mostrarse amable ni aun para adular á tatita.
—Tien l'aspetto mucho inteliguente—sentenció el doctor, examinándome con sus ojillos escrutadores.—Y los cóvenes creollos aprenden muy fáchile.
—Eso es verdad—asintió don Néstor.—Nuestra muchachada es viva como la luz. En cuanto á éste, ya se despertará en el Colegio. Si para admitir á los que vienen del campo exigiéramos que se presentaran al examen de ingreso como unos Picos de la Mirándola, el Colegio quedaría monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es, á veces, una mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesión, confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de nuestros profesores. Sí, amiguito; el Colegio Nacional no es la escuela primaria de Los Sunchos. ¡Aquí se hacen hombres!
Ya apareció aquello: «¡Se hacen hombres!» Este idiotismo había de perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere decir.
—Preséntese el niño sin cuidado—continuó don Néstor, volviendo á su húmeda sonrisa que había abandonado un instante.—Ahora lo tratarán como si lo presentaran en bandeja. Pero, después, ¡cuidado con los exámenes de fin de curso! ¡Entonces... entonces habrá que saber, amiguito; hay que hamacarse!
Todo aquello de exámenes, colegio, profesores, plan de estudios, me parecían á veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias á mi profunda ignorancia; pero, inmediatamente después me intimidaban, como algo cabalístico y misterioso, como un rito terrible y arcano que sólo el poder de mi padre hacía accesible para mí,—tan accesible que todas las primeras dificultades se desvanecían ante su conjuro.—¿Por qué no habría de seguir siempre siendo así?... Y, ahito de comidas pesadas, mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente rendido por la fatiga del viaje, comencé á dar cabezazos sobre la mesa, «á pescar» como decía tatita, soñando ya, semidespierto, con las pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si se impusieran á un ser que, ajeno á mí, fuese al propio tiempo yo mismo.
—¡Se le van los bueyes, amigo!—gritó mi padre al verme dar con la frente en el mantel maculado de salsas y de vino.—Váyase á hacer nono. Mísia Gertrudis, ¿dónde es el cuarto del chacho?
—Yo lo he de llevar—dijo la vieja, levantándose y haciendo terminar para mí aquella comida que debió asumir colosales proporciones, pues mucho más tarde parecióme oir, entre sueños, gran vocerío é inextinguibles carcajadas.
Algo monótonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi papel de cola de tatita, á quien seguía á todas partes, esquivándome en todas para fumar ó corretear, pasaron los días que me separaban del misterioso y vagamente temido examen de ingreso.
Entré en la vasta aula, abovedada y solemne, pese á su poca elevación y merced á su aspecto alargado de catacumba, y me mezclé con otros chicos, más azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, allá, en el extremo de la sala, destacándose con su tapete verde, su campanilla de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual se sentaban, en el medio don Néstor con su sonrisa, á la derecha el doctor Orlandi con el bigote y la perilla más negros que el betún, y á la izquierda un hombrecillo pálido y enjuto como un haz de sarmientos, quien, según después supe, era el doctor Prilidiano Méndez, profesor de latín, idólatra de esta lengua que, muerta y todo, era para él el Paladión del saber y la civilización humanos: quien ignorara el latín «estaba dispensado de tener sentido común», y quien lo supiera podía, á su juicio, ignorar todo lo demás y ser, sin embargo, una deslumbrante lumbrera.
No entendí nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para mí un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia desconocida. Pero una desazón me oprimía el pecho, perdido ya completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me llegó la vez, á pesar de mi convicción de invulnerabilidad, tiritando me acerqué á la silla que, en medio de un espacio vacío y frente al tapete verde, me parecía el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte...
¿Qué me preguntaron primero? ¿Qué contesté? ¡Imposible reconstituirlo! Sólo recuerdo que don Prilidiano se inclinó al oído de don Néstor, y murmuró, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por el temor:
—¡Pero si no sabe una palabra!
—¡Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gómez Herrera—dijo don Néstor.
—¡Ah! entonces...
El doctor Orlandi cortó el aparte, preguntándome:
—¿Cuále é il gondinende más grande del mondo?
Un relámpago de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que había oído de la grandeza de nuestro país, y contesté, resuelta, categóricamente:
—¡La República Argentina!
Los tres se echaron á reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta, don Néstor, estirando de oreja á oreja la gruesa boca húmeda, don Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me subió á la cara. Don Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:
—No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No aprenden geografía en la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...
Hice ademán de levantarme, considerando terminado el martirio con la muerte moral; pero el latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta fulminante:
—¿Cuál es la función del verbo?
Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla, clavé en él los ojos espantados y balbucí:
—¡Yo... yo no la he visto nunca!
La ira de don Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de los otros dos, entre cuyos estallidos oí que don Néstor repetía:
—¡Está bien, siéntese! ¡Está bien, siéntese!
Completamente cortado volví á sentarme en el banquillo, diciéndome que aquella tortura no acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero el rector acertó á contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:
—No, no. Vaya á su asiento. Vaya á su asiento.
Los oídos me zumbaban, pero, al pasar junto á los bancos, parecióme oir: «Es un burro», y pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos, pero no tuve fuerzas. Caí desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían reído de mí profesores y alumnos! ¡de mí, de quien, en mi pueblo, no se había atrevido nadie á reirse, de mí, de Mauricio Gómez Herrera!...
IX
Como era lógico—aunque ahora quizá no lo parezca,—entré á cursar el primer año del Colegio Nacional, y con este favor empezó el primer calvario de mi vida, quizás el único hasta hoy.
En cuanto supo que «había pasado», tatita se volvió á Los Sunchos, dejándome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ¡ay! muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la antítesis de la tolerancia cariñosa ó servil á que estaba acostumbrado. En un principio, traté de rebelarme contra esta tiranía sobre todo contra la de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carácter inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia dulzona.
—¡Es por tu bien!—me decía, después de arrancarme á las más inocentes diversiones.—¿Qué diría tu padre, si te dejáramos hacer lo que quisieras, y perder el tiempo á tu antojo?
—Tatita—replicaba yo airado,—no me ha tenido nunca encerrado como un preso, y no me perseguía como usted.
—¡Es por tu bien, te repito! Y, además, seguimos las instrucciones del mismo don Fernando. Acuérdate de que, cuando don Néstor le dijo que, si no estudiaba mucho, te quedarías en primer año, tu padre me recomendó: «Átemelo á soga corta, misia Gertrudis. ¡Téngamelo en un puño!» ¡Ni más ni menos! ¡Y... basta de discusión!
Se marchaba y yo me quedaba temblando de cólera y de impotencia. ¿Qué se había hecho de mi indomable voluntad? ¡Ay! desterrado, en el aislamiento, en un mundo desconocido y hostil, sin los sólidos puntos de apoyo de mamita, de los sirvientes, de todos cuantos me adulaban para adular á mi padre, sentíame deprimido, incapaz de iniciativa y de rebelión, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios sólo arribaron á hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los Zapata lo eran: no me dejaban ni á sol ni á sombra, no me permitían salir solo; inspirado por su mujer, don Claudio me llevaba todos los días al Colegio, para hacerme imposible el dulce vagar de la «rabona». Los domingos y fiestas tenía que ir con ellos á misa, al sermón, á la doctrina, y, en los intervalos, me hacían acompañarles á recorrer las calles como un bobo, cuando no á hacer visitas que me daban un tedio mortal y acababan con mi resto de energía. La vigilancia de misia Gertrudis no se adormecía un momento. Me había dado un cuarto contiguo al suyo, para tenerme siempre á la vista ó al alcance de la mano y de la voz; limitaba mis relaciones con las chinitas á lo más estrictamente necesario para mi servicio, sin dejarme charlar ni jugar con ellas; registraba todas las noches mi habitación y mis bolsillos para confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me procurara á hurtadillas; á media noche se levantaba para hacer una ronda por la casa, ver si las criadas dormían y si todo estaba en orden, celosa, hasta la manía, de una moral que, según las malas lenguas, no había sido su culto cuando moza, ni aun en los umbrales de la vejez. «Era de las que daban vuelta los santos cara á la pared—contábanme sus contemporáneos, años más tarde,—y don Néstor Orozco no fué ni el primero ni el último de sus amigo», y añadían nombres y detalles que no hacen al caso, riéndose unos de don Claudio, denigrándolo otros por su tolerancia según ellos interesada. En mi tiempo, misia Gertrudis trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la monástica austeridad de los últimos años, ya fríos, sin sol ni flores. ¡Dios la haya perdonado en mérito de lo que hizo gozar y luego sufrir á los demás, si no en gracia de los interminables rosarios que nos hacía rezar todas las noches, de rodillas sobre el rudo enladrillado de la sala semi á obscuras!
Con todo, mi ingenio me permitía burlar de cuando en cuando su espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial como misia Gertrudis y don Claudio, podía haber juzgado benéficos y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, había hecho un muchachón disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca, como un perro perseguido. Ocultamente también escribí varias veces á mi madre, quejándome de la horrible sujeción y pidiendo que le pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada podía contra la voluntad de mi padre, que éste estaba resuelto á «hacerme hombre», y mandándome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco, porque tatita se lo había prohibido por consejo y exigencia de los Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que siempre le preguntaba con mucho interés por mí... Estas cartas, lejos de consolarme un tanto, hacían mayor mi desaliento y mi depresión, privándome de mis últimas esperanzas.
Acababa de quitarme toda energía mi situación en el Colegio, donde los condiscípulos me demostraban la mayor antipatía, un poco por mi culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de mi admisión, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque á veces recordaran, burlándose, el famoso «Yo no la he visto nunca». Y es que, en un principio, falto de experiencia é iniciando una política inhábil y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde «era monitor». Esta pretensión, mezclada quizás á un poco de envidia por mi buena figura, y de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencadenó la enemistad de los muchachos, y el «monitor-pajuerano», como me decían, fué la víctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera, tras él, la sombra omnipotente y amenazadora del papá. Esta enemistad, que se traducía en agresiones colectivas, manteos, «ronga-catonga» bailadas en torno mío, no sin puñetazos, puntapiés, escupidas y otras amenidades escolares, de que nunca me quejé á los superiores por caballeresco puntillo, cedió un tanto, casi por completo, después de varios combates con «los más guapos», en los que, por fortuna, resulté casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no cesó nunca, porque, envalentonado con mi triunfo, me mostré altivo en demasía, y porque mi forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en los claustros sombríos ó en el gran patio del Colegio, no me permitía cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vázquez, alumno de segundo año ya. ¿Cómo hacerme de camaradas íntimos, si don Claudio ahuyentaba en la calle á mis condiscípulos, que de otro modo quizás se hubieran unido á mí?
El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los cuentos insípidos del Compendio de Historia Sagrada, prefería quedarme horas enteras mirando al aire, evocando las risueñas imágenes de Los Sunchos, ó rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el más «burro» de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo más mínimo, ni por mis condiscípulos ni por los profesores, olfateando instintivamente en estos últimos, quizás, una insuficiencia si no mayor, más perniciosa aún. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se limitaban á tomar las lecciones con el texto en la mano, «docti cum libro», y contestaban rara vez á las preguntas que se les hacía para aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una época en que las «cátedras» eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenían profesión ni aptitudes para ganarse el pan.
Mi vida, pues, no era vida. Moríame de hastío en casa de Zapata, que apenas recibía á dos ó tres personas, además del cura Ferreira y de fray Pedro Arosa, franciscano, y que no dió fiesta alguna después de la comida en honor de tatita; sufría y rabiaba en el Colegio, donde lo que aprendí fué de oirlo repetir á los demás; cada día me era más difícil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues, como repetía misia Gertrudis:
—Aquí tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdición de los muchachos, sobre todo en una ciudad como ésta—considerando que la dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un París.
¿Qué hacer, entonces? ¡Volverme á Los Sunchos! Esta idea llegó á convertirse en obsesión. Pero, ¿cómo realizarla, sin medios, sin recursos? En último extremo, cansado de quejarme inútilmente á mi madre, había escrito á tatita, pintándole mis padecimientos con los más negros colores, y pidiéndole que me llamara á su lado, ó, por lo menos, me hiciera tratar de un modo más humano; pero él, convencido de que yo exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engañado por las cartas de don Claudio, me contestó diciéndome que aguantara, porque en la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejerías había pasado él cuando muchacho para «hacerse hombre». Todavía no me doy cuenta de lo que se proponían doña Gertrudis y su marido tratándome así, y, á lo más que puedo llegar, es á decirme que daban libre curso á su carácter con los que estaban bajo su dependencia—las chinas y yo,—y que era más sabroso para ellos dominarme, engañando á tatita, so color de rigidez de principios. No cejé, sin embargo, y volví al asalto por la parte más débil, escribiendo una y otra carta á mamá, con tantas jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografía, que la buena señora se resolvió, por fin, á desobedecer de lleno, y quizá, por primera vez, á su marido, enviándome algunos pesos bolivianos que yo le pedía con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar libros y otras cosas necesarias.
Una vez dueño de este capital maduré mi proyecto de fuga, no tan fácil como á primera vista podría creerse: me costó días enteros de meditación, pero el plan resultó de una pieza.
La galera para Los Sunchos salía los lunes, miércoles y viernes muy temprano, de una posada céntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y después de atravesar la ciudad, se detenía en una pulpería de las afueras—la Esquina del Poste Blanco,—especie de sub-agencia para encomiendas y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real adelante. Allí había que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la galera, había de verme, necesariamente.
Los hábitos recién adquiridos de disimulo me sirvieron en la circunstancia como si sólo para ella me los hubieran inculcado; después tuve ocasión de utilizarlos muchas veces con éxito, probando que los frutos de la buena educación no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tenía que despertarme tres y cuatro veces cada mañana, comencé á madrugar por iniciativa propia, y á dar cortos paseos, con el libro en la mano, como quien estudia, primero en la huerta, después en la acera de la calle, casi siempre á la vista de la vigilante centinela, pero cuidando de desaparecer á veces un momento, para que fueran adormeciéndose sus sospechas. Cuidé también de hablar mucho por aquellos días, de un paraje pintoresco, á una legua ó poco más de la ciudad, al otro extremo del Poste Blanco, que habíamos visitado en una excursión con los Zapata, y donde el río, que más cerca era apenas un hilo de agua tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofrecía entonces, gracias á una especie de dique natural, un buen bañadero y un excelente sitio para pescar bagres y dientudos. El «Mojarral» con sus sauces, sus peces y su bañadero no se me caía de la boca, y cualquiera hubiese jurado que yo no pensaba en otro paraíso.
—¡Así me gusta! ¡Estás muy estudioso!—decía misia Gertrudis, no sin sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi de madrugada.—Si seguís así, un día de estos te vamos á llevar al «Mojarral».
—¡Sí! Pero que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!
En fin, un martes por la noche deposité una maletita con parte de mi ropa en el fondo de la huerta, que daba á una calle excusada, y en un rincón de donde podría sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté, en seguida, pero no me fué posible dormir: la fiebre me devoraba, considerábame libre ya, y renacía en mí el muchacho inventivo y resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo vengarme de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza, jurándome, sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como, apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían descubierto, resolví levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque misia Gertrudis gritó de pronto:
—¿Quién anda ahí?
Volví á meterme en cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba á su vez precipitadamente, encendía luz, se asomaba á mi cuarto y luego salía al patio á hacer una ronda extraordinaria.
—¡Esta es la mía!—me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande amiga, la oportunidad.
Y precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis—don Claudio tenía cuarto aparte,—tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus magníficas trenzas castañas, que sólo se ataba á la cabeza una vez terminadas las faenas matinales. ¿Qué iba á hacer con ellas? No lo sabía ni me importaba por el momento.
Amaneció poco después, sin que misia Gertrudis volviera de su inspección, y yo salí, como de costumbre, con el libro en la mano. La vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corrí á la huerta, tiré en el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que los «cuchis» se encargarían de devorar ó destrozar, por lo menos, como un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por las calles solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fuí al boliche del Poste Blanco, á esperar la galera de Los Sunchos que ya estaría por llegar. En efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados. El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron á tomar su segunda «mañanita», de caña pura, caña con limonada ó ginebra, sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y á recoger encomiendas, correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.
Contreras, que como miembro conspicuo de la población flotante de Los Sunchos, me conocía como á sus manos, y respetaba á tatita, á quien, según ya dije, servía de correo especial y de informante celoso, me hizo la mejor acogida, no se metió en indiscretas averiguaciones á propósito de mi presencia allí, y me dispensó el señalado honor de invitarme á que lo acompañara en el pescante, mientras ponía él mismo mi valija en la imperial. Cuando hice mención de pagar el pasaje, rechazó el dinero.
—Ya me pagará don Fernando.
¡Si yo hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la zapatil mazmorra!
Charlando durante el viaje, y animado por alguna libación en las postas, con la falta de reserva que caracteriza á la petulancia infantil, y que no había corregido del todo, todavía, pese á la inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté por lo largo á Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no podía aguantar más». Sobresaltóse el buen paisano en un principio, pensando en sus responsabilidades, y ya iba á arrepentirme de mi desmedida confianza, cuando reaccionó, echóse á reir á carcajadas, y, haciendo restallar su largo látigo, exclamó:
—¡Hijo é tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!
Se rió mucho más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se la merecía la «perra vieja» aquella, y después, como hombre ducho, me aconsejó que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre, porque las madres son siempre las «mejores tapaderas» para los hijos, y porque «hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando». Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, á corta distancia de casa, guardó la maleta para enviármela más tarde, y me estrechó campechanamente la mano con la suya, como papel de lija, diciéndome:
—Y ahora, compadre, bajesé y vaya corriendo á su mamá, que es la única que tendrá lástima de sus penurias... Dígale que aquí, como en cualquiera otra parte puede «hacerse hombre».
¡Hacerse hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé inmóvil, alelado, entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la ciudad, el Colegio, doña Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno, como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en mi teatro, y aunque receloso de lo que iba á ocurrir, me sentía con más valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo, en fin!
X
Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó á llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y frases de cariño. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada como estaba por los hombres y las cosas, y que sólo se desahogaba en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por la superstición, ó mejor dicho, por una especie de iconolatría quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos de mi regreso—que adivinaba perfectamente,—y se condolió de mis padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover á otra que mi madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.
—¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre mi hijo!—exclamaba.—Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que tienes razón.
Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:
—¡Me hacías tanta falta!
Cuando, á la hora de comer, tatita volvió de sus quehaceres ó diversiones acostumbrados, mamá, que me había hecho quedar en mi cuarto, le habló largo rato á solas. De tiempo en tiempo, llegaban hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china diciéndome desde la puerta:
—¡Niño! ¡Don Fernando que vaya al comedor!
Mi temerosa incertidumbre desapareció como por encanto: iba á verme frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Además, auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque: si tatita no estuviera pronto á ceder y quisiera castigarme, se precipitaría furioso á mi cuarto, no me llamaría al comedor.
Sin embargo, me recibió con una piedra en cada mano, colérico en apariencia, llenándome de improperios y amenazándome con «darme de lazazos hasta que me corriera la sangre». Me afirmé en mi opinión de que era una tormenta de verano y que ya comenzaba á aclarar, pero no dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:
—Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, verías lo que te pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento con que te vayas inmediatamente á casa de Zapata, le pidas perdón y no vuelvas á hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la galera!...
Yo me encabrité, y con el pecho oprimido, casi á punto de romper á llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:
—¡Pero, tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos! ¡Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... ¡No, tatita! puede matarme, pero yo no iré... ¡Prefiero que me mate!
—¿Que no irás?—estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque no toleraba la abierta oposición.—¡Eso será lo que tase un sastre! ¡Habráse visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás á la ciudad y les pedirás perdón, canejo!
—¡Fernando, por Dios!—clamó mi madre.
—No tengas miedo. No le voy á hacer nada. Pero, en cuanto á lo otro, ¡no hay tu tía! ¡Irá á la ciudad, y más pronto que ligero!
—No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!
Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me lo juré á mí mismo. Á decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.
Hubo un largo silencio.
—¡Bueno! ¡Ahora, á comer!—ordenó tatita, por fin, calmado ya.
La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras, asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el asado de tira con ensalada de lechuga—aún me parece verlo en la fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando todavía,—mi padre me preguntó con tono natural:
—¿Y cómo ha sido eso?
Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina clarividencia, inventándolos á veces. Y, por último, indignado de veras, exclamé:
—Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...
¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva? Sea quien sea, dijo una gran verdad.