NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la presente edición de esta obra fue publicada, en 1908, eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó", "ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

El lenguaje utilizado es peculiar al modo de hablar de los argentinos. Es oportuno agregar que el autor, además, hace hablar a algunos de los personajes en un lenguaje con expresiones y giros que son típicos del interior de la Argentina.

Por lo demás, el criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

La cubierta del libro en la versión HTML fue modificada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.

El Índice de capítulos ha sido trasladado al principio de la obra.

PAGO CHICO

OBRAS DEL MISMO AUTOR

La Australia Argentina (dos volúmenes, Rodríguez Giles, editor).

El Falso Inca (cronicón de la conquista).

El Casamiento de Laucha (novela picaresca,
Rodríguez Giles, editor).

Sobra las ruinas (drama en cuatro actos).

Marco Severi (drama en tres actos).

El Triunfo de los otros (drama en tres actos).

EN PRENSA

VIOLINES Y TONELES

AGOTADAS.—Ensayos poéticos.Antígona (novela).—Scripta (cuentos).—Novelas y fantasías.Los italianos en la Argentina.Emilio Zola.


—Talleres tipográficos de la Casa Editorial "Mitre"—Barcelona—

ROBERTO J. PAYRÓ

Pago Chico

EDITORIAL MINERVA
AVENIDA DE MAYO 560
BUENOS AIRES

Al Dr. Genaro Sisto,
con fraternal cariño.

ÍNDICE

Pág.
I La escena y los actores [7]
II Libertad de la imprenta [21]
III En la policía [39]
IV El caudillo [43]
V El juez de paz [51]
VI La elección municipal [59]
VII Ladrillo de máquina [85]
VIII Beneficencia pagochiquense [93]
IX Poncho de verano [99]
X Para barrabasadas [113]
XI Los patos [119]
XII Metamorfosis [127]
XIII Con la horma del zapato [137]
XIV El desquite de don Ignacio [149]
XV Las memorias de Silvestre [157]
XVI Fiestas patrias [187]
XVII Poesía [203]
XVIII Sitiado por hambre [212]
XIX El diablo en Pago Chico [225]
XX Guerra á Silvestre [245]
XXI Altruismo [251]
XXII Libertad de sufragio [257]
XXIII Epílogo [263]

LA ESCENA Y LOS ACTORES

Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido cristalizando á su alrededor una población heterogénea y curiosa, compuesta de mujeres de soldados,—chinas,—acopiadores de quillangos y pluma de avestruz, compradores de sueldos, mercachifles, pulperos, indios mansos, indiecitos cautivos,—presa preferida de cuanta enfermedad endémica ó epidémica vagase por allí.

El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales, permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población que el vegetativo,—casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba casi los nacimientos, pero cuyos claros venían á llenar los nuevos contingentes de tropas enviados por el gobierno.

Mas, cuando los indios quedaron reducidos á su mínima expresión,—«civilizados á balazos»,—la comarca comenzó á poblarse de «puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron, fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo de toda aquella vida incipiente y vigorosa.

Cuando ese núcleo adquirió cierta importancia, el gobierno provincial de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en «partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo fuerte, á punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con esto una nueva unidad electoral que oponer á los partidos centrales, más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente á frente para fiscalizarlo y encarrilarlo.

Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales, el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad, comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía, encargados de suministrarle los legisladores á su imagen y semejanza que habían de mantenerlo en el poder.

La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los inconmovibles bourgs pourris, baluartes en que se estrellaba todo conato de oposición. Los «partidos» incondicionalmente oficiales, eran el gran cimiento de la situación, y entre ellos Pago Chico aparecía como una de las herramientas más dóciles y eficaces. Recibía en cambio algunos subsidios para el sostenimiento de sus autoridades, y de vez en cuando gruesas sumas destinadas á obras públicas y de fomento, que las mismas autoridades se repartían en santa paz, cubriendo las apariencias con algún conato de construcción, v. g. la del puente sobre el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia, siempre en las mismas, la terminación de la Municipalidad, ó la mejora de los caminos, las acequias ó los mataderos...

Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización más grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún desdeñado ó perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia ó los periódicos de la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora simples especies calumniosas y envenenadas.

El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate para que yo me ponga», de manera que la oposición no salía nunca de su estado de nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse, los más ardientes recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la tolerancia.

Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión que pidiera á la Municipalidad, proclamó urbi et orbe que iba á revelar los latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando á la prensa bonaerense la verdadera inversión de los fondos, robados por los municipales como en una carretera. Hizo, en efecto, una exposición circunstanciada de las defraudaciones, á la que agregó cálculos de precio de materiales, la descripción de lo hecho y un cúmulo de comprobantes... Firmó el terrible documento, consiguió que otros vecinos espectables lo refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el factum ante un grupo numeroso en el café y confitería de Cármine, agitó los ánimos, despertó el patriotismo pagochiquense, convulsionó el pueblo pronto ya á la revolución y el sacrificio...

—Vd. es un sonso, amigo Bermúdez,—le dijo en esta emergencia el escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle.

—¿Por qué?—preguntó el prohombre opositor muy sorprendido.

—Porque ha obligado al intendente á romper el contrato por diez años del peaje del puente.

—¿Y á mí qué?

—Que la Municipalidad se lo concedía á usted por una bicoca... ¡Un regalito de tres á cuatro mil pesos al año!...

Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate, en seguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la mano trémula de emoción y avaricia:

—¿Y eso no se podría arreglar?—preguntó.

Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dió vuelta el poncho. Los parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro hombre, desollado y todo, siguió tan campante, enriqueciéndose y figurando cada vez más...

Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto, dejar de convertirse en centros de difamación, y lo fueron con tal eficacia que al cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en varios bandos que se odiaban á muerte, y cuya lucha iba á dar origen á una oposición organizada.

Entre estos bandos destacábase el de D. Ignacio Peña (don Inacio allí) y su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este último del intendente y su camarilla, porque el médico municipal, doctor Carbonero, habilitó á un italiano para que abriese otra farmacia contando con la clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos de la municipalidad para el hospital, y los de la comisaría para su botiquín, pues Carbonero acumulaba también las funciones de médico de policía y director del hospital.

Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto, español, sin cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores á todo trance.

Añádase á esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí misma, y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para algunos llegaba á extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las envidias de los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi total de horizontes, y se tendrá idea de aquel terreno preparado ya para convertirse en teatro de una lucha homérica.

El primer síntoma de guerra fué una disputa ocurrida en el Club del Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de paz don Pedro Machado, á raíz de un envite en que el juez cantó treinta y dos y se fué á baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después de no querer el rabón. Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido mejor, porque la venganza de Machado, á quien el intendente llamara «tramposo» con todas sus letras, fué terrible: fundó un periódico, El Justiciero, para atacar á su enemigo y sacarle los cueritos al sol. «Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque allí se acostumbra que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando éstas se sacan á la luz... ya se adivina el resto!

Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había dragoneado de periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese «overo» al intendente, sin asco y sin lástima.

El Justiciero debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos. Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el deus ex machina pagochiquense, el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los príncipes cristianos.

—Mire, don Pedro—declaró al belicoso juez de paz;—esto va á ser como pelea de comadres de barrio: «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto pueda decirle á Luna, él se lo puede repetir á usté, porque todos hemos hecho y estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca, porque lo más que sacará será lo que el negro del sermón: los pies fríos y la cabeza caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo no más. Sino, vamos á tener que enojarnos con usté, se va á enojar el gobierno, ya no le caerá ni un negocito para hacer boca, y en cambio Luna se encargará de decirle cuántas son cinco, y él y usté, usté y él serán la risa de todo el mundo.

Como don Pedro no cediera á las primeras de cambio, Ferreiro se entretuvo en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos en que había tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas en el desempeño de su cargo...

—¡Piór ha hecho él!—gritaba Machado, como lo pronosticara el escribano, que le tapó la boca con esto:

—Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un campo sin título de propiedad, ni de seis ó siete lotes urbanos, que la Intendencia puede reivindicar de un momento á otro...

El Justiciero no reapareció hasta meses más tarde, cuando La Pampa de Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición, provocando por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo la virtud de acabar con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños del pueblo».

Este Viera, hijo de Pago Chico,—joven de veintidós años que había vivido algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias á su pequeña fortuna, con la juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y comités,—era un bien intencionado y un cándido, con escasa ilustración y más escasa experiencia, á quien el surgimiento de la Unión Cívica infundió ideas redentoras. Á raíz de aquel vasto movimiento de opinión volvió al Pago resuelto á reformar el mundo, y para hacerlo compró también una imprentita, gastándose la mitad de su capital, y fundó La Pampa, dispuesto á sostenerla con la otra mitad.

Ya lo veremos en la acción. Entre tanto pasemos á otra cosa, para dar una idea general de aquel pueblo privilegiado.

Las reuniones más chic y mejor concurridas eran las que Gancedo celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad que pudiera llevarlo á la diputación,—sin darse cuenta de que en Ferreiro tenía un rival tanto más peligroso cuanto más discreto y solapado.

Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían serlo en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según el dueño de casa, «un banquete» según los invitados no venenosos. Llenábase de gente el vasto comedor, y como la ciencia culinaria pagochiquense estaba todavía en pañales, el menú se componía generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda especie y empanadas criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de viajeros en una parada del camino.

Terminada la comida y apuradas las últimas botellas de buen vino de postre, comenzaba á llegar el resto de los invitados, las niñas con sus mamás, los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado sin darse tregua, y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían hasta muy cerca del amanecer.

Las demás reuniones eran muy parciales y escasas, excepto las masculinas del Club del Progreso y la confitería de Cármine,—los dos puntos de reunión que se disputaban opositores y oficialistas, quedando el uno y el otro tan pronto en manos de éstos, tan pronto en manos de aquéllos, como en las figuras de una contradanza.

Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y odio manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo, la boda, el velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense. Era de regla olvidar aparentemente las pequeñas rencillas en estas solemnidades.

Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile, abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando aquí á las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas á su vez por aquéllas y por otras, en una madeja de chismes, embustes, habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job con toda la paciencia que se le atribuye aun, pese á las protestas, clamores y vociferaciones que llenan su libro del viejo testamento. Tales misteriosos cuchicheos empañaron más de una fama limpia y pura, y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre decente ni mujer honrada.

—Si uno fuera á creer tanta inmundicia—decía Silvestre,—tendría vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos.

Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia de la difamación...

La Pampa atacó el mal en varios artículos violentos contra los calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió, ensalzó; pero todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo, y hasta puede que exagerando la nota. De aquella célebre campaña periodística sólo quedó el dicho de «Pago Chico, infierno grande», epígrafe de uno de los artículos de Viera, y el buen efecto causado por este párrafo, glosa de la frase silvestrina:

«Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el pueblo y convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio y reclusión de mujeres perdidas.»

El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el ferrocarril, pues entonces comenzaron á establecerse «barracas» para el acopio de frutos del país,—lana, cueros, etc. Estos establecimientos fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando á efectuar ciertas operaciones bancarias,—depósitos en cuenta corriente y á plazo fijo, descuentos, giros—que antes hacían difícilmente las principales casas de comercio.

Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de madera, hierro y tejas, mueblería, armería, hojalatería, ferretería, pinturería, ropería, librería, papelería y droguería, amén de otras especialidades.

Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia, y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías, almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías, zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un conato de librería y una cigarrería pequeña,—casas entre las que sobresalía como una perla de incomparable oriente la

Sapateria e Spacio di bevida
di Romolo e Remo
di Giuseppe Cardinali

Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes que París, ó al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda reaparecer cuando se complete el ciclo de su evolución progresiva.

La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En un principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente se nota la necesidad de una herrería y carpintería para componerlos. Establecida ésta, por poco que la población adelante, el taller prospere y el obrero no sea muy torpe, la simple herrería se convierte en fábrica y la industria ha nacido sin esfuerzo.

Á la fábrica de rodados había ya que agregar en Pago Chico el floreciente molino y fidedería de Guerrini, construcción chata y mezquina emplazada á orillas del arroyo presuntuosamente llamado Río Chico, cuya escasa corriente bastaba apenas para mover una pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como desganada. Las tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de ladrillo sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero característica.—Había que agregar también, fuera de los hornos de ladrillos y las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la talabartería de Tortorano, que realizando buenos negocios sin embargo, debía luchar con la competencia de los trenzadores criollos, que en los ranchos de las afueras hacían primorosos maneadores, lazos, bozales, maneas, prendas de gran lujo disputadas por los paisanos y los mismos «paquetones» del pueblo, y en las que un solo botón llevaba á veces más de un día de trabajo. Tortorano tenía que limitarse á vender arreos ordinarios, pero cobrándolos á peso de oro se vengaba del arte purísimo que convertía los «tientos», el simple cuero sobado, en bridas moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes, sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban tres y más veces el valor de la materia prima. Y, á la larga, Tortorano venció: hizo que los trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó sus obras sin venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación, y cuando logró que se olvidara la moda de los aperos criollos, dejó sin trabajo á los trenzadores que debieron levantar campamento para no morirse de hambre.

Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los desmirriados racimos de las parras de su quinta y otros ingredientes menos inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto á olor de ratón», que luego expendía con el ingenioso título de «Vino Cható».

Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares de hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores, blanqueadores y empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas, cigarreras, carniceros con tienda abierta y verduleros que también vendían carbón, leña, maíz y afrecho...

...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulo á relatar y puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense, preñada de hechos transcendentales, rica en filosófica enseñanza, espejo de pueblos, regla de gobiernos, pauta de administraciones progresistas, norma de libertad, faro de filantropía, trasunto ejemplar de patriotismo...

—¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto!—agregaría Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores de Pago Chico.


LIBERTAD DE IMPRENTA

Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política enardecía los ánimos y La Pampa y El Justiciero se dirigían los cumplidos de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja de papel. Estaban cercanas las elecciones municipales, y cívicos y oficialistas abrían ruda campaña, los unos para conquistar, los otros para retener el gobierno de la comuna. La Pampa no dejó de aprovechar el desfalco descubierto en la tesorería municipal, y no dirigió sus golpes al culpable tesorero, sino que se encaró con el intendente mismo. Un parrafito:

«Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente en la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese cometido ese robo escandaloso, que una vez más viene á demostrar cómo la pobre provincia que sufre la canalla entronizada de un gobierno que es la cueva de Alí Babá, va á ser esquilmada hasta el último peso por los secuaces que ese gobierno mantiene en todas partes, ya que no hay persona decente que quiera servir sus planes ignominiosos, y sí puramente hombres sin honor ni vergüenza.»

Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en intenciones, enfureció á don Domingo de tal modo, que se fué como un cohete á consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor en las grandes emergencias. Quería acusar la publicación. Ferreiro, sudoroso, leyó atentamente el artículo, dejando oir ligeros ¡hum! ¡hum! intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció:

—No es acusable.

Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira:

—¿Quiere decir que porque á un miércoles se le ocurre robarse la plata de la municipalidad, á mí me puede decir que debo estar en la cárcel de Sierra Chica ese canalla de Viera?...

—No lo dice, lo da á entender,—repuso tranquilamente Ferreiro.

El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso, gruñendo entre dientes:

—Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá! ¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda!

Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte y al oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo tintas sucias, un color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento caliente como si saliera de un horno, barrían las calles calcinadas por el sol. Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un malestar creciente, con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en la inmovilidad. En sus ráfagas el viento traía olor á paja quemada. El bochorno aumentaba por minutos.

Avanzando la tarde el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla tomaba resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que forma montones de arena en las aceras y los pasea triunfante de un lado á otro de la calle, no disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo; quería achicharrarlo todo.

Cuando obscureció completamente, se notaron en el cielo de azul profundo, dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas, semejantes—menos en el tono—á la claridad difusa que por la noche y desde lejos se ve flotar sobre las ciudades bien alumbradas. Tras de ese velo transparente, de color naranja, titilaban las estrellas en el cielo sin una nube...

Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los grandes desastres como se verá cuando se lea «El diablo en Pago Chico».

La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política de ésas que concluyen á garrotazo limpio; y como el señor intendente había tenido tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don Pedro Machado, para pedirle la aprobación de su plan, y con el comisario Barraba para que le prestase cuatro vigilantes vestidos de particular, aguardaba al pobre Viera una que «había de dolerle» según declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del Progreso, delante de los concejales gubernistas, el comisario del mercado de frutos y el inspector del riego.

Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de La Pampa hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de Gancedo—en el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas de sauce y yedra—iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no era posible faltar. Se dió una tarea espantosa para llenar el diario, y á las ocho y media salió para ir á mudarse ropa: estaba de tinta de imprenta y kerosene, de no poder acercársele. Llevaba su bastón en la mano y el infaltable Smith-Wesson en el bolsillo de atrás del pantalón.

Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca de la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el quicio de la puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar el castigo de su insultador.

—¡Hum!—se dijo el periodista—¡esto es algo!

Apenas le vieron, los vigilantes—las sombras—se echaron sobre él, blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado por la escena que iba á desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de entrar en el radio de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le reconoció, y haciendo una gambeta á los presuntos apaleadores, cruzó la calle como un rayo, alzó el bastón cuando estuvo cerca del intendente, le cruzó dos veces la cara con dos soberbios garrotazos, «¡Tomá, tomá, canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de Troncoso, que comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión de los otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó á la calle, y amparándose en la sombra, se fué á su casa...

Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso; pero los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las habitaciones, dando á Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista, incauto, había ido á mudarse ropa en vez de buscar sitio seguro, y no tardó en ser aprehendido bajo la acusación de «desacato á la autoridad». El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro Machado, había prometido firmar al día siguiente—antedatada, como es natural—una orden de allanamiento para la casa de Troncoso y para cualquiera donde pudiese estar ese «chancho». No había, pues, que temer ulterioridades, y se haría justicia.

Gracias á esta rapidez de procedimiento—excepcional en Pago Chico—el comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió la casa de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo para no salpicar los zapatos de charol.

—¡Marche!

—¡Pero hombre, no he de ir desnudo!

—¡Marche, canalla!

Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas zapatillas, y en camiseta lo llevaron á empellones, por el medio de la calle, hasta la comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron.

—¡Yo t'enseñar!—le gritó Barraba sacudiendo la mano en el aire, apenas le vió encerrado.

Y allí pasó la noche Viera echando por esa boca cuanto terno figura en el vocabulario de Pago Chico, que es uno de los completos en la materia.

Al día siguiente La Pampa salió «tremenda.»

Informados á tiempo los amigos, primero por Tortorano, que lo había visto todo, pero que no se animó á terciar, luego por Troncoso, que protestaba contra el atropello de su domicilio, después por Silvestre, el boticario, que nada había visto, pero que todo lo sabía y aun agregaba detalles de su cosecha, y en seguida por Pago Chico entero, que se arremolinó cuchicheando en el club, en los cafés, en la plaza, hasta en el baile de Gancedo, y que hacía silencio apenas asomaba un oficialista—informados á tiempo, repetimos, se encargaron de dar la nota del día en el periódico, hicieron parar la máquina, aflojaron las formas y añadieron un primer editorial cortito, pero sabroso, que se atribuyó generalmente á la bien cortada pluma del Dr. Don Francisco de Pérez y Cueto, que aunque español, era muy patriota y un liberal hasta allí.

—No podemos renunciar al placer de exhibir ese documento histórico, ya que está al alcance de la mano:

«La infamia entronizada en este desgraciado pueblo de Pago Chico, por culpa de un gobernador de la provincia de Buenos Aires que no merece más que el desprecio, y que cometen cuantas tropelías harían poner rojo de vergüenza á cualquier hombre con ciertos ápices de dignidad, ha llegado hasta un extremo que no puede concebirse en un país libre donde todo el pueblo y los ciudadanos además quieren la libertad de las instituciones.

«La prensa, que es el cuarto poder del estado, y que es una institución simultáneamente y al mismo tiempo, no se ve libre de las asechanzas de esos malvados que roban y esquilman al pueblo á mansalva y sin que haya quien les castigue, porque tienen el poder en la mano, y no contentos con eso echan mano de la fuerza bruta para hacer callar la protesta indignada de un pueblo que sufre sus desmanes y sus depredaciones.

«Como ven que la valiente propaganda de este diario no se detiene ni tergiversa, han llegado en su infamia y su traición hasta asaltar en plena vía pública á nuestro valiente y noble director, y no satisfechos con ese brutal é incalificable atentado, le han sumergido luego en un estrecho é inmundo calabozo infecto, casi desnudo, después de arrancarlo de su casa donde se estaba mudando ropa para ir al baile de lo de Gancedo, y no sin antes haber violado su domicilio como violaron el de la casa del señor Troncoso para buscarlo los emponchados que con el intendente á la cabeza trataban de darle una paliza de la que el intendente fué el que salió mal parado.

«Y entre tanto nuestro director está preso inicuamente.

«¡Así obran la autoridades gubernistas!

«¡¡Así se respeta el domicilio privado de las casas de familia!!

«¡¡¡Así se respeta, también, la prensa por esos canallas ensoberbecidos, bandoleros del poder!!!

«¡¡¡¡¡Pero no nos harán callar!!!!!

«¡¡¡Hemos de decirles todas sus porquerías, y hemos de sacar muchos cueros al sol!!!

«¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!!

«Mañana nos ocuparemos más extensamente de este atentado brutal. Hoy la indignación nos pone mudos y á más la falta absoluta de espacio nos impide tratar el tema con la extensión que merece.»

Como se ve no habían alcanzado los puntos de admiración para el último párrafo. El regente quiso distraer dos de ¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!! ó de alguna de las frases anteriores, pero no se lo permitieron, porque al fin y al cabo, el último párrafo era puramente explicativo.

Por su parte El Justiciero,—el papel oficial—no se quedó corto tampoco en aquel memorable día. He aquí lo que escribió:

«El individuo Viera, que no se detiene en sus asquerosos avances de pasquinero soez ni ante el sagrado del hogar, ha llevado ayer su justo merecido, recibiendo una paliza de padre y muy señor mío que le propinó nuestro distinguido amigo y correligionario señor Domingo Luna, que con tan empeñoso acierto rige las funciones de intendente municipal de este progresista pueblo.»

Hay que hacer notar que este párrafo—y alguno de los que siguen,—fué escrito antes del suceso. Luego hubo que cambiar algo en la redacción por la inesperada vuelta de la tortilla. Pero ¡qué diablos! el artículo quedó bien de todos modos y no era cosa de que los cajistas se estuvieran toda la noche en la imprenta. Además ¿cómo decir que el apaleado había sido don Domingo? El artículo continuaba:

«Como á Viera no se le hace más caso á sus ataques que á un perro sarnoso, se le hizo el campo orégano, y no contento con insultar desde su pasquín inmundo, quiso también echárselas de matón y agredió infamemente al señor Luna, pero le salió la torta un pan, porque fué por lana y salió trasquilado y se metió á apaleador y casi no le dejan hueso sano!»

—¡Coñe! ¡Así se escribe la historia!—exclamaba el doctor Pérez y Cueto al llegar aquí de la lectura.

«Habíamos pronosticado que esto iba á suceder matemáticamente, porque no podía ser de otro modo, porque estos advenedizos llenos de desvergüenza, y cínicos, y que tienen por arma la calumnia soez, infame y asquerosa, para conseguir cuatro suscripciones de otros tan despechados y tan procaces como ellos, no hacen más que insultar á los que valen más que ellos, sin comprender que con eso no se puede transgredir ni paliar la opinión pública.

«Esa escoria social en la prensa, cuya misión es tan elevada y tan seria y que alguien ha dicho que los periodistas son patronos de almas, da hálitos de podredumbre inmunda á los pueblos que infestan y debían preocuparse los gobiernos de poner á raya con sabias limitaciones reglamentarias y leyes al propósito á esa prensa brava que destila baba sobre todos los que no comulgan con sus ruedas de molino.

«Una ley de imprenta que enfrene á esos insultadores de oficio se hace necesaria inminentemente. Si no, sería necesario hacerse justicia por su propia mano, como en el caso de ayer.

«En cuanto á éste, sobre el cual mucho tendríamos que decir porque pertenece á esa calaña; pero que nos callamos por la circunstancia misma de ser nuestro enemigo político, (lealtad que no tiene él en sus desbordes infames, entre paréntesis) está preso en la comisaría y hoy mismo será puesto á disposición del digno juez de paz de este partido señor don Pedro Machado.

«El señor intendente sigue algo mejor, y los doctores Carbonero y Fillipini decían anoche que dentro de dos ó tres días podrá salir á la calle.»

Ante la lectura de ambos diarios había para quedar perplejo. Al fin de cuentas ¿quién había dado á quién? ¡Problema! Pero para eso estaba Silvestre que en cierta ocasión, encarándose con Viera, y refiriéndose á La Pampa y á su propaganda, había exclamado, orgulloso:

—¡Ella sale una vez al día, y yo salgo á todas horas!

Así es que no faltó buena y bien exagerada información en Pago Chico: Luna, que preparaba una celada á Viera para vengarse de sus justos ataques, había recibido una paliza que lo había «dejado mormoso», después de lo cual el comisario con treinta vigilantes armados á rémington, habían asaltado la casa del periodista, y no sin que éste opusiera una resistencia heroica, en que hubo tiros, pero no heridos, (los tiros los oyó todo el mundo, aunque no sonaron), fué reducido y se le condujo preso al más sucio y poblado de sabandija de los calabozos policiales... Allí estaba Viera aún. ¡Quién sabe si no lo habían estaqueado!

La población de Pago Chico despertó al otro día incómoda y cuchicheante. Sin embargo, escaldada tantas veces, no alzaba mucho el diapasón... ¡Claro! ¿Y las consecuencias?... No era cosa de meterse á redentor y salir crucificado.

Verdad es que en la cantina de la estación del ferrocarril, donde no acostumbraba presentarse oficialista alguno, un grupo que absorbía el vermouth matinal se ocupó calurosamente del suceso, y después de una arrebatadora é inspirada alocución de Lobera, secretario del comité y oficial de la peluquería de Bernardo, declaró y juró que era deber nacional devolver la libertad á Viera, y que lo harían «si á las buenas, á las buenas; si á las malas... ¡á las malas!» palabras textuales del arrebatado Tortorano, que la noche anterior había juzgado de alta política no asomar las narices á la puerta.

—¡En último caso—exclamó Lobera, que destilaba agua de violeta por todas partes y entusiasmo por la boca—en último caso asaltaremos la comisaría y le daremos una paliza á Barraba!

—¡Muy bien dicho!—exclamaron unos.

—¡Eso es! ¡una paliza al comisario!—gritaron otros.

—¡Bravo! ¡Bravo!—aullaron los demás.

Silvestre, que entraba, vociferó, aunque estaba ronco desde la noche antes:

—¡Es un atropello infame! ¡Que suelten á Viera!

Y durante un rato continuó la discusión, en voz muy baja pero acaloradamente, y lo curioso es que el grupo se fué desgranando poco á poco de una manera casi imperceptible. Bebían su vermouth ó su biter, y se evaporaban, uno á uno, silenciosos, yéndose cada cual por su lado, no sin dirigir á la salida una sonrisita amistosa al vigilante que, de acera á acera y observando el interior del café, se paseaba por la esquina.

—¿Se ha ido Lobera?

—Hombre, sí; y Silvestre también.

—¿Y Tortorano?

—Acaba de salir.

—¡Así no se puede hacer nada nunca!—exclamó Pedrín, que también tomó la puerta encogiéndose de hombros.

Al pasar por la comisaría miró hacia adentro, apretó el paso y se metió en su casa. El «hotel del poco trigo», como le solía llamar, no era de sus aficiones.

Sin embargo podría—él tan curioso—haberse detenido á observar lo que pasaba en la comisaría.

En medio del patio, bajo el sol rajante, un agente de plantón, tieso como el Apolo del jardín de Bermúdez—aquella estatua de yeso pintado imitando mármol veteado, que tanto podía representar á un tullido—miraba de reojo á sus compañeros que tomaban mate, y de frente á las oficinas.

—Che, Avellanera, alcanzá uno—dijo el plantón al cebador del amargo, viendo que los oficiales estaban de jarana en el despacho.

—¡Sí! ¡P'a que me frieguen! Andá que te dé Viera.

Los otros, formando grupo alrededor de la pava que hervía sobre un fueguito de virutas en la sombra del paredón, se rieron á carcajadas de la ocurrencia. Viera, medio desnudo, estaba en el calabozo, y Fernández, el agente de plantón, era el jefe de la partida que debió apalearlo. Barraba lo había castigado «por sonso», y porque sospechó quizá que tenía afición al «pasquinero».

Casualmente, el comisario entró en aquel momento.

—¡Á ver vos, Fernández, vení acá!

El plantón hizo la venia, y con los sesos tostados por el sol, se acercó miedoso y cariacontecido. Los otros se habían levantado y estaban firmes, con la mano á la frente y expresión de la más absoluta humildad.

Barraba entró en su oficina, se sentó junto al escritorio, y viendo que Fernández, cuadrado, se quedaba á la puerta, le gritó con voz áspera y frunciéndole las cejas:

—¡Entrá!

Casi temblando entró y se cuadró de nuevo, silencioso.

—Vos andas con Viera ¿no?

—Yo... señor...—balbuceó el infeliz, que al oir tan terrible acento, hubiera querido hallarse á veinte leguas.

—¡Es inútil que negués! ¡Yo mismo t'he visto! ¿Qué te decía ayer en la puerta de la imprenta?

—Nada, señor comisario.

—¿Cómo nada? ¡Algo te había de decir!

—Me preguntaba por m'hijo Pancho; que quería hablar con él, me dijo:

—Sí, ¿y vos le avisarías lo de anoche, no? Ya sabés que yo no quiero que te metás á mulo grande ¿entendés? ¡Cuidadito conmigo, que si yo sé que te metés en otra, te hago estaquear. Ahora andáte y ¡cuidadito!...

El agente salió que no sabía lo que le pasaba. Le temblaban las piernas y sudaba y trasudaba, tan lejos de Juan Moreira como Pago Chico de la capital federal.

Barraba llamó á otro agente.

—Traigamé el preso,—dijo.

—¿Á cuál? ¿Al señor Viera?

—¡Qué señor, ni qué señor! ¡Vaya y traigamé al preso, le digo!

Un momento después Viera aparecía en el despacho, escoltado por el agente. Llegaba pálido y desgreñado, en camiseta y zapatillas, pero entero y altivo como cuadra á todo periodista perseguido por el poder.

El comisario estuvo largo rato sin alzar la vista, fingiendo que examinaba unos papeles. Viera de pie y en silencio se mordía los labios de rabia.

—¿Por qué está preso?—preguntó al fin Barraba, clavando en él una mirada iracunda.

—No sé.

—¿Qué? ¡no sabe! ¡Qué no ha de saber!

—¡Lo que puedo asegurarle es que no soy yo quien debía estar preso!...

—¡No se me insolente!—gritó iracundo.

—No me insolento. Me pregunta y le contesto.

El agente dió un paso hacia Viera, aunque éste estaba aparentemente impasible. Barraba se reprimió, pero le hubiese gustado hallar ocasión de «darle unos planazos al pasquinero».

—Bueno. Usted lo ha lastimado al señor Luna.

—Él me agredió... me he defendido. Después se trataba de una emboscada... y si no ya ve cómo me asaltaron cuatro emponchados que de seguro me matan si no me meto en casa de Troncoso.

El comisario pareció reflexionar.

—Bueno,—dijo por fin,—ésa es su versión. Pero el señor intendente no dice lo mismo, y los testigos tampoco.

—¿Quiénes son los testigos? ¿Los vigilantes disfrazados? ¡Los he conocido bien!

Barraba, ciego de ira, se levantó á medias de su asiento, pero logró reprimirse otra vez, y tras una larga pausa, fingiendo tranquilidad, dijo lentamente, cantando las palabras casi sílaba por sílaba:

—¡Qué quiere, amigo! ¡Diga lo que se le antoje! Aquí no hay más agresor que usted, y yo tengo la obligación de pasarlo al juez de paz por su delito de desacato á la autoridad!

—¡Pero eso es una injusticia! ¡Usted es mi enemigo y abusa de su puesto!—exclamó Viera que ya estaba viendo quince días ó un mes de prisión en el calabozo, los interrogatorios intolerables, las vejaciones sin término, y para fin de fiesta el viajecito á La Plata entre dos vigilantes, y quizá con grillos...

—¡Enemigo! ¡injusticia, eh!—gritó Barraba, morado de cólera.—¡Mire, amiguito, no me cargue la paciencia, canejo!

—¡Es que es la verdad!—repuso el otro con indignación.

—¡Conque enemigo, eh! Pues ande con cuidao, cuando salga, con el enemigo y con lo que escribe en su pasquín, si no quiere probar un buen guiso de lonja!

Y dirigiéndose á la puerta de la otra oficina, gritó:

—¡Benito! Hacé l'ata de Viera.

El escribiente tenía el acta preparada ya y acudió á leerla con voz monótona:

«Llamado á mi presencia el acusado Pedro Viera, dijo que él había sido agredido por don Domingo Luna y que se defendió en defensa propia y que le pegó unos palos, y que entonces vinieron otros emponchados, y que él entonces se metió en casa de Troncoso y que entonces los otros lo dejaron irse. Preguntado el delincuente si conocía á los hombres que decía que lo habían querido asaltar, el declarante dijo que no, y que no los había podido conocer, porque dijo que la noche estaba muy obscura y que no había luz. Y leída que le fué su declaración se ratificó y firmó conste.»

—Yo no firmo,—dijo sencillamente Viera.

—¿Por qué?—preguntó Barraba indignado de ver desconocida su omnipotencia.

—Porque eso es una barbaridad.

Ya era como para no aguantar más; pero Barraba tenía mucha fuerza de voluntad y mucha prudencia, y se limitó á ordenar:

—¡Volvélo al calabozo!

Y cuando Viera salió, se quedó murmurando un «de nada te ha'e valer» que sólo terminó cuando tuvo á bien regalar á Benito con este cumplimiento á propósito de la redacción del acta.

—¡También vos sos más bruto que un par de botas!

El escribiente se quedó impasible; ya estaba acostumbrado á esas rebuscadas galanterías.

—Á ver si ponés en el libro la entrada de ese sonso: «Por desacato á la autoridá á mano armada del intendente».

Y el involuntario epigrama, retratando una época, sonríe aún en el libro de entradas y salidas de la comisaría de Pago Chico.

...Los telegramas habían llegado á todos los diarios de oposición de Buenos Aires y La Plata, y el hecho asumía las proporciones de un verdadero escándalo. ¡Qué arma aquélla, y en qué momentos! Asustados del ruidoso asunto, los caudillos platenses juzgaron conveniente ahogarlo al nacer echándole tierra, y el diputado Cisneros, mandón de Pago Chico, sirviendo de truchimán á los jefes del partido oficial todavía no endurecidos en la brega, hizo al juez de paz, don Pedro Machado, el siguiente despacho:

«Dejen Viera. Conviene altos intereses partido. Aquí laméntase, brutal atentado contra digno intendente Luna. Pero hay demostrar oposición tranquilidad espíritu. Ponga asaltante inmediatamente libertad.—Cisneros.»

El escribano Ferreiro había criticado acerbamente la aventura y el desmán, abundando en las mismas opiniones.

—Eso es querer hacer callar un chancho á palos,—dijo á Luna y á Barraba.—Otra vez no sean tan bárbaros. Á hombres como Viera hay que matarlos ó dejarlos. Nada de palizas. Sítienlo por hambre más bien.

...La orden del diputado se cumplió sin pérdida de momento. El consejo de Ferreiro comenzó también á ponerse inmediatamente en práctica.


EN LA POLICÍA

No siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico; necesitóse de graves acontecimientos políticos para que tan alta personalidad policial fuera á poner en vereda á los revoltosos pagochiquenses.

Antes de él, es decir, antes de que se fundara La Pampa y se formara el comité de oposición, cualquier funcionario era bueno para aquel pueblo tranquilo entre los pueblos tranquilos.

El antecesor de Barraba fué un tal Benito Páez, gran truquista, no poco aficionado al porrón y por lo demás excelente individuo, salvo la inveterada costumbre de no tener gendarmes sino en número reducidísimo,—aunque las planillas dijeran lo contrario,—para crearse honestamente un sobre sueldo con las mesadas vacantes.

—¡El comisario Páez—decía Silvestre—se come diez ó doce vigilantes al mes!

La tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la pulpería de La Polvadera[1], las riñas de gallos dominicales, y otros quehaceres no menos perentorios, obligaban á D. Benito Páez á frecuentes, á casi reglamentarias ausencias de la comisaría. Y está probado que nunca hubo tanto orden ni tanta paz en Pago Chico. Todo fué ir un comisario activo con una docena de vigilantes más, para que comenzaran los escándalos y las prisiones, y para que la gente anduviera con el Jesús en la boca, pues hasta los rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos al cuento aunque quizá algún lector lo haya oído ya, pues se hizo famoso en aquel tiempo, y los viejos del pago lo repiten á menudo.

Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como mal inspirado, resolvió conocer el manejo y situación de los subalternos rurales y sin decir ¡agua va! destacó inspectores que fueran á escudriñar cuanto pasaba en las comisarías. Como sus colegas, D. Benito ignoró hasta el último momento la sorpresa que se le preparaba, y ni dejó su truco, sus carreras y sus riñas, ni se ocupó de reforzar el personal con gendarmes de ocasión.

Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso, dos hombres á caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo, y se dirigieron á la plaza principal, calados por la lluvia y recibiendo las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la Municipalidad corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo de intransitabilidad.

Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos personajes de novela caballeresca, y llegaron á la puerta de la comisaría, herméticamente cerrada. Una de ellas, la que montaba el mejor caballo,—y en quien el lector perspicaz habrá reconocido al inspector de marras, como habrá reconocido en la otra á su asistente—trepó á la acera sin desmontar, dió tres fuertes golpes en el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...

Y esperó.

Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y refunfuñando un terno volvió á golpear con mayor violencia.

Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se notaba movimiento alguno.

Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo cada una de ellas con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin allá á las cansadas entreabrióse la puerta, vióse por la rendija la llama vacilante de una vela de sebo, y á su luz un ente andrajoso y soñoliento, que miraba al importuno con ojos entre asombrados y dormidos, mientras abrigaba la vela en el hueco de la mano.

—¿Está el comisario?—preguntó el inspector bronco y amenazante.

El otro, humilde, tartamudeando, contestó:

—No, señor.

—¿Y el oficial?

—Tampoco, señor.

El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echóse un poco para atrás, y ordenó, perentoriamente:

—¡Llame al cabo de cuarto!

—¡No... no... no hay señor!

—De modo que no hay nadie aquí, ¿no?

—Sí se... señor... Yo.

—¿Y usted es agente?

—No, señor... yo... yo soy preso.

Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que temblaba de pies á cabeza.

—¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?

—Sí se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la esquina bo... borracho, ¡sí se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.

Una hora después D. Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones de su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera. Pero afirman las malas lenguas, que cuando no se limitó á dar simples explicaciones, todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría el hecho de que su sistema no sufrió modificación, y de que el preso-portero y protector de agentes descarriados, siguió largos meses desempeñando sus funciones caritativas y gratuitas.

NOTAS:

[1] Ver «El casamiento de Laucha».

EL CAUDILLO

Don Ignacio era el hombre de la oposición en Pago Chico. Las autoridades lo miraban como su bestia negra, y el pueblo, siempre descontento, tenía puestas en él sus esperanzas, seguíalo en todas sus empresas políticas, le daba á defender sus intereses. Sin D. Ignacio, Pago Chico hubiera sido un cementerio de vivos; con él, siquiera se ejercía el derecho del pataleo.

No era D. Ignacio muy largo, pero alguno de sus correligionarios hallaba modo de lograrle préstamos y donativos, ya para sus necesidades personales, ya para lo mismo, pero bajo el pretexto de gastos de propaganda. Él se sometía refunfuñando, pues, ¿cómo ser jefe de partido si se comienza por descontentar á los partidarios? Pero apuntaba... Su viejo cuaderno de notas, tenía páginas como ésta:

PESOS
Prestado al gordo, que está sin trabajo5'00
Á Juan para la copa0'20
Un letrero y una bandera para el comité15'50
Á la china Dominga para que haga venir
á sus hijas á la inscripción25'00
Una docena de bombas6'00

Sumaba cuidadosamente D. Ignacio estas partidas, que en tres años de oposición á todo trance habían alcanzado á formar una gruesa suma,—cuatro ó cinco mil pesos—y no examinaba su cuaderno sin lanzar un suspiro y sumirse en profunda meditación.

—¿Quién pagará estas misas?—se decía.

Ó, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes del ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la libertad, de la abnegación que exigen los partidos de principios, para terminar diciendo:

—Yo soy el pavo de la boda.

Silvestre, el boticario, se encogía de hombros instruido de las alusiones de D. Ignacio, y considerando que de todos modos su popularidad le salía barata en estos tiempos en que no se puede ser popular sin dinero. Alguna vez le insinuó, con frase no muy atildada:

—El que quiera pescao, que se moje... el que le dije.

Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por la importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una válvula de escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las municipalidades de campaña.

Pero esta resolución no era conocida, y la efervescencia popular continuaba á más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín, ó cosa así, que debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos, único local fuera de la cancha de pelota, apropiado para la solemne circunstancia, puesto que el teatro—un galpón de zinc—pertenecía á don Pedro González, gubernista, que no quería ni prestarlo ni alquilarlo á sus enemigos de causa.

Llegado el día, D. Ignacio,—que había contratado la banda á su costa, hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de estruendo—esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil veces repetido en todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante sus tres años de caudillaje.

Cuando subió á la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante y entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, á la lucha, al atrio, á las urnas. D. Ignacio estaba radioso. Sus palabras hicieron el acostumbrado efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes gritos y violentos ademanes, reprodujo la frase:

«Los mandatarios impuros que engordan á costillas del abdomen del pueblo, no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local tiene que entregarse á personas honradas que no roben, á hombres sanos que no se apoderen de las rentas, á ciudadanos que sean capaces de relamberse junto al plato de caldo gordo sin tocarlo con un dedo.»

Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, ó por mejor decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin logró dominar el bullicio, gritando:

—¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa!

—¡¡Vivaaa!!

—¡Abajo los espoliadores del pueblo!

—¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el patriota!

¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de pistón... y otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio! ¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un jubileo como nunca se vió en Pago Chico, tanto que el batarás encerrado en un cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las alas y lanzó un ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del vencimiento.

—¿Qué le ha parecido el métin, don Inacio?—preguntábale por la noche Silvestre.

—¡Oh! ¡Magnífico! ¡Me ha costado más de quinientos pesos!

Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad...

Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros, clavóle la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, exclamó:

—Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular.

D. Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de ira.

—¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y á mí qué m'importa la plata?... ¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada una porretada de pesos, sin que nadies miagradezca.

Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la guitarra—estaban en la botica—y cantaba acompañándose con grandes golpes de uña en las seis cuerdas:

Y ásime... gustáun... tirano
c'abra labocay... ¡no grite!

El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para preparar las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados, trataron de provocar una entrevista con D. Ignacio, para hacerle proposiciones. Pero Silvestre—la oposición dentro de la oposición—estaba allí oído alerta, ojo avizor, husmeando como politiquero de raza la componenda en ciernes, adivinándola antes de que se hubiera iniciado.

Viera, á todo esto, había visto obscurecerse su estrella, eclipsada por la triunfante de D. Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo escribió en La Pampa. Inútilmente, porque el meeting había dado el mando á su rival, sostenido por los envidiosos de la popularidad del periodista, y por los que sólo hacían política opositora buscando una ubicación, amén de los que D. Ignacio compraba como se ha visto. No faltaron, pues, las previsiones, los vaticinios, las amenazas de perder lo hecho sin esperanza de rehacerlo más tarde...

Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, D. Ignacio no pudo resistir á una transacción que lo llevaba de golpe y zumbido á la Municipalidad, que él creía tan verde aún, y el domingo siguiente resultó electo concejal, á pesar de los aspavientos de Silvestre, de los artículos-brulote de Viera, y la agria censura de gran parte de sus partidarios del día anterior.

Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los delegados de la capital—no era la primera zorra que desollaban éstos—lo designaron para intendente.

—En una semana se habrá desmonetizado,—decían aquellos profundos políticos.

Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra lo que consideraba una cruel é inmerecida derrota; en cambio, el ex-intendente, un cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba divertidísimo que aquella evolución era «de mi flor».

—¿No le parece una barbaridá, Paisano—así le llamaban—que hayan hecho intendente á don Inacio?

El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la boca, contestaba con toda calma, y no sin algo de burla:

—¡Dejenló pastiar qu'engorde!