Notas del Transcriptor
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ESPAÑA CONTEMPORÁNEA
RUBÉN DARÍO
ESPAÑA CONTEMPORÁNEA
VOLUMEN XIX
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID
ES PROPIEDAD
ESPAÑA CONTEMPORÁNEA
A EMILIO MITRE Y VEDIA
DIRECTOR DE «LA NACIÓN» DE BUENOS AIRES
AMISTAD Y GRATITUD
R. D.
ÍNDICE
| Páginas. | |
| En el mar | [1] |
| En Barcelona | [8] |
| Madrid | [19] |
| La Legación argentina.—En casa de Castelar | [29] |
| Notas teatrales | [38] |
| Cyrano en casa de Lope | [45] |
| La Coronación de Campoamor | [54] |
| Carnaval | [62] |
| Una casa museo | [68] |
| La Joven literatura | [74] |
| La España negra | [85] |
| Semana santa | [94] |
| Toros | [103] |
| La Pardo-Bazán en París.—Un artículo de Unamuno | [112] |
| El Rey | [119] |
| Una Exposición | [130] |
| La Fiesta de Velázquez | [139] |
| La cuestión de la revista.—La Caricatura | [148] |
| Alrededor del teatro | [158] |
| Libreros y editores | [169] |
| Novelas y novelistas | [180] |
| Los Inmortales | [194] |
| Los Poetas | [204] |
| Un meeting político | [213] |
| Un paseo con Núñez de Arce | [220] |
| Tenorio y Hamlet | [226] |
| Una Embajada | [231] |
| Una novela de Galdós | [233] |
| La Enseñanza | [241] |
| Fiesta campesina | [248] |
| Homenaje a Menéndez Pelayo | [255] |
| El modernismo | [269] |
| Una reina de Bohemia | [275] |
| El Cartel en España | [281] |
| La Novela americana en España | [287] |
| La Crítica | [295] |
| La joven aristocracia | [302] |
| Congreso social y económico ibero-americano | [311] |
| La mujer española | [321] |
| Certámenes y Exposiciones | [329] |
EN EL MAR
3 de diciembre de 1898.
El agua glauca del río se va quedando atrás y el barco entra al agua azul. Me encuentro trayendo a mi memoria reminiscencias de Childe Harold. Siento que estoy en casa propia; voy a España en una nave latina; a mi lado el sí suena. Sopla un aire grato que trae todavía el aliento de la Pampa, algo que sobre las olas conduce aún efluvios de esa grande y amada tierra argentina. Y mientras esta vida de a bordo que ha de prolongarse por largos días comienza, siento que vuelan sobre la arboladura del piróscafo enjambres de buenos augurios. De nuevo en marcha, y hacia el país maternal que el alma americana—americanoespañola—ha de saludar siempre con respeto, ha de querer con cariño hondo. Porque si ya no es la antigua poderosa, la dominadora imperial, amarla el doble; y si está herida, tender a ella mucho más. Los hombres cambian; hay estaciones para los pueblos, el espíritu vital de la raza puede enfriarse en nivoso; pero ¿floreal y fructidor no anuncian que la vida primaveral y copiosa ha de llegar, aun cuando en el campo se miren hoy las ramas sin hojas y la tierra cubierta del sudario? Así pienso en tanto se inicia a bordo una existencia de monotonía que conocéis bien los que habéis cruzado el Océano. No os haré la clasificación de Sterne; pero, para un hombre de arte, en todo viaje hay algo de «sentimental». Las instantáneas se toman también al paso de los minutos, ya que hay un pequeño mundo humano en movimiento, en todo lugar en donde se reunen dos personas. La máquina social en miniatura; un lindo laboratorio de psicología; ejemplares balzacianos si gustáis, al mover vuestros ojos de un punto a otro del círculo en que hacéis el obligatorio comercio de la conversación. Una reducción de la gran capital del Plata podría observarse, un Buenos Aires para escaparate: banqueros, comerciantes, artistas, periodistas, médicos, abogados, cómicos y bailarinas; y en todos la misma representación que en la vida ciudadana; los círculos, las «afinidades electivas», las simpatías; y una poliglocia que os obliga a entraros por todas las lenguas vivas, así corráis el riesgo de matarlas. Impera, naturalmente, la música del italiano. Después del crepúsculo, he ahí que estamos alrededor de una mesa, un argentino, un italiano, un suizo, un venezolano, un belga, un francés, un centroamericano, un oriental, un español...; no hay duda de que venimos de Buenos Aires. Y se habla del centro inmenso que ya queda allá lejos y no puedo dejar de recordar el apóstrofe admirable: «¡Nave del porvenir, cara nave argentina!...» Y como vamos sobre el mar, que nos ase el espíritu, surge en creación súbita ante mis ojos mentales la visión del soberbio navío continental, encendidos sus mil fuegos, al cielo su bosque de árboles, en cuyo más alto mástil flamea el pabellón del Sol; pujante la máquina ciclópea; en lo hondo la carga de riquezas, con rumbo hacia un imperio de paz y de bienandanza, a la hora de la aurora, para la gloria de la Humanidad.
14 de diciembre.
Mientras el banquero belga conversa de finanzas con el explorador italiano, que es también un escritor, el médico suizo ha entablado una partida de piquet con el comerciante venezolano, y la profesora alemana ataca a Chopín. Le ataca correctamente, demasiado correctamente, pero Chopín acaba por triunfar de esa ejecución tudesca de institutriz. Chopín sobre las olas y en una suave hora nocturna; hace falta la luna; pero no importa, el canto mágico crea el clair de lune en la misma sustancia musical y el hombre propicio al ensueño puede fácilmente ejercer la amable función. Y no sé como, vengo a pensar en ese individuo. ¿Cuál? Voy a deciros. Hay allá entre los pasajeros de tercera clase, en ese montón de hombres que se aglomera como en un horrible panal, en la proa del barco, un prisionero. Es un criminal italiano que camina, por obra de la extradición, a cumplir con la condena de veintiún años de presidio que ha caído sobre él a causa de un asesinato. Logró escapar a las Autoridades de Italia y vivió en Buenos Aires cinco años de honrada vida, a lo que parece. Alguien le descubrió en su incógnito, y la legación italiana pidió le fuera entregado el reo; el tratado tuvo cumplimiento y el asesino va hoy a que le pongan la cadena en su patria. Le he visto hosco, zahareño; su cara, una ilustración de un libro de Lombroso. Esquiva el trato, rehuye la mirada, y en la muchedumbre de sus compañeros de viaje, va libre y suelto. Estamos en alta mar; un incendio, un choque, un naufragio, podrían ocurrir, y ese presidiario tiene igual derecho que cualquiera de nosotros para salvar su existencia. Es la lógica del marino, y es hermosa. Hoy penetré en el ambiente infecto de ese rebaño humano que exigiría la fumigación. Era la hora de la siesta. Quienes dormían en los pasadizos o a pleno sol, quienes en círculos y grupos jugaban a las cartas, o a la lotería. Aislado por su voluntad, el condenado, cerca de la borda, miraba al mar. Procurando una especial diplomacia logré entrar en conversación con él; y a los pocos momentos ese rostro rudo se aviva, se excita. No, él no es culpable; ha matado en defensa propia; él no procurará evadirse; va a Italia contento, porque ya se volverá a abrir la causa y entonces se verá cómo va a brillar su inocencia. Los ojos convencidos, la palabra sale fácil, el gesto atornilla la palabra. Italiano y asesino, pienso yo: el amor de seguro anda por medio. Pero no; se trata de un vil asunto de intereses, de una miserable cuestión de quattrini. Y entonces siento en verdad que ese hombre es culpable, tristemente culpable. No ha sido la bella vendetta del que mata porque le roban la querida o le burlan con la esposa, o le manchan la hija o la hermana; es el asco del crimen que triplica su infamia. Pero ese desventurado, sin embargo, ha estado llevando, en un país lejano, una vida de labor y de honradez. En parte ha lavado su delito. Ha creído estar ya libre, y de pronto he aquí que la justicia le ase y le arrastra al presidio por el término de una existencia de hombre. Aquí va en libertad, pero la evasión sería la muerte. ¿Qué pasa por ese cerebro tosco? ¿Habrá llegado lo autosugestivo hasta hacer que esté convencido ese infeliz de que es inocente? Y luego vendrá el grillete, el número, el vivir de muerte de los penados; y si el tiempo le permite acabar su condena, saldrá el viejo de cabellos blancos, si no a la morte civile de su paisano Giacometti, a caminar dos duros pasos más en la libertad y caer en la tumba... La profesora alemana ha dejado a Chopín dormir sobre el atril.
19 de diciembre.
Grado 0. Paso de la línea ecuatorial. Un mar estañado, cuya superficie invitaría a patinar en un giro infinito. El cielo pesa en la atmósfera caliente sobre el ondulado desierto. En soledad oceánica semejante, recuerdo el raro encuentro de un digno ejemplar yanqui. Era en 1892 y a bordo de un vapor de la Transatlántica Española, en viaje de la Habana a Santander. Casi al paso de la Línea, una mañana muy temprano, despertó a los pasajeros la noticia de que había náufragos a la vista. Nos vestimos apresuradamente y en un instante la cubierta estaba llena de ojos curiosos. Se sentía cierta emoción. ¿Quién no ha leído a Julio Verne? Yo, por mi parte, pensaba ya en una viva reproducción de Gericault: un Radeau de la Méduse animado y aterrorizador. Probablemente escenas de canibalismo; aspectos de espanto y de muerte: Tartarin-Pim, ¡Dios mío! El vapor aminoraba la marcha y ponía su proa al objeto de nuestras miradas: un barquichuelo que a alguna distancia se advertía, y en el cual, con ayuda del anteojo, podía notarse un hombre en pie. Pronto llegamos a acercarnos, y al detenerse el steamer, se oyó una voz que venía del barquichuelo y que decía en un inglés ladrante del Norte: «¿A qué grados estamos?» El capitán, conciso, contestó a la pregunta. Preguntó luego: «¿Náufragos?» El hombre desconocido escribió en un papel, colocó el escrito en una caja de sardinas y lanzó su proyectil: «Soy el capitán Andrews y voy solo, en este bote, por la misma ruta de Colón, al puerto de Palos, enviado por la casa del jabón Sapolio, de Nueva York. Ruego avisar por cable al llegar al continente, el punto en que se me ha encontrado». «¿Necesita usted algo?» Por toda respuesta el hijo del tío Samuel nos bombardeó con dos tarros de penmican y otros dos de arvejas, y, poniendo su vela al viento, nos dejó, no sin el indispensable all right. Efectivamente, aquel curioso commis voyageur de la jabonería yanqui, era el Colón de los Estados Unidos que iba a descubrir España...
20 de diciembre.
El hormiguero de la proa se aglomera; ha advertido que tiene delante el ojo fotográfico. Un distinguido caballero, miembro de la Sociedad fotográfica de Aficionados, de Buenos Aires, y el excelente comandante Buccelli, se ofrecen galantemente como operadores. Desde el momento en que se ha visto la máquina en el puente, cada cual «posa» a su manera; quien se encarama a los lugares dominantes, quien se acomoda la gorra, quien toma aires arrogantes, o falsos, o esquivos, o graciosos. Esa gente comprende que es objeto de curiosidad, y procura ser mejor en ese instante. La vieja piamontesa sienta y arregla en la falda al bambino; una muchacha pálida, de un bello tipo napolitano, se alisa con dos pases de peineta el cabello oscuro y copioso; un abyecto bausán hace un gesto obsceno, otro una mueca; éstos abajo, aquéllos en el centro, aquéllos arriba, forman su torre de carne humana iluminada de ojos de Italia. El fondo es el cielo lleno de luz difusa, sobre el cual se recortan las figuras agrupadas. Entre esas gentes van marineros, obreros, trabajadores que han estado en el Plata por algún tiempo, unos con su pequeña hucha llena, otros en situación idéntica a la que trajeron de inmigrantes; no han podido resistir al deseo de volver a mirar su musical y dulce tierra. Hay que observar cómo en ese cafarnaum en que van confundidos como las cabezas en un barco conductor de ganado en pie, no les abandona su alegre numen latino. De noche, oís que a la claridad estelar brota de pronto un coro jubiloso, una barcarola, armoniosamente acordadas las voces; o una voz sola, impregnada de las ardientes gracias de Nápoles, de la amorosa melodía de Venecia, o que da al aire marino una de esas canciones de Sicilia que tienen tan buen perfume de antiguo vino griego. En el día, las mujeres que lavan sus trapos, los viejos aporreados por la vida, los mocetones de potentes puños, las testas diversas cubiertas de boinas, gorros o chambergos, los niños de grandes ojos y magníficas cabelleras, tienen siempre en la faz un rayo de sol que denuncia la floración inextinguible de la raza, la multiplicada marca del goce de la existencia que lleva todo el que nace en los países solares de otoños de oro e incomparables primaveras en triunfo.
Se procede a retratar al criminal. Desde que nos mira llegar, no cabe en sí de humor gris, y por los ojos se le sale el disgusto. Quiere ir a ocultarse, pero el comandante le prohibe que se retire, y con modos amables le indica que no se pretende nada que sea en su contra; que, al contrario, se le va a hacer el regalo de su fotografía. El sujeto hace un mal signo, las miradas nos echan brasas, y los labios torcidos no dejan pasar de seguro, sordamente, bendiciones para los que vamos a perturbarle. Se sienta de pésima gana en una silla, ve a un lado y otro, saetando con las pupilas, ya a derecha, ya a izquierda; parece que luchase porque no se le coja el pensamiento con la mirada; y dirigiéndose al comandante: «¿Para qué me están retratando ahora? Allá en Buenos Aires hicieron lo mismo. ¡De seguro para vender el retrato y sacar dinero!» Un momento se ha quedado en tranquilidad, fijo en una pasajera elegante que curiosea, y entonces la placa hace la figura, el gesto suspenso bajo el gorro de lana. Él se va a un punto aislado, saca su pipa, la llena, la enciende y echa una bocanada de humo sobre las olas.
21 de diciembre.
Estamos a la vista de Las Palmas. Tierra española.
EN BARCELONA
1.º de enero de 1899.
Al amanecer de un día huraño y frío, luchando el alba y la bruma, el vapor anclaba en Barcelona. A la izquierda se alzaba recortada la altura de Montjuich; en frente, en un fondo de oro matinal, el Tibidabo; y cerca, sobre su columna, Colón, la diestra hacia el mar. Como todavía no llegase el visitador y médico oficiales, se iban aglomerando alrededor del steamer las embarcaciones de fruteros y agentes de hotel, y entre nuestros pasajeros de tercera y la gente hormigueante de los botes, se iniciaron diálogos vivos. De ellos así uno que gran cosa significa. Lástima es que no pueda darlo en catalán como lo oí, pues ganaría en hierro. De todos modos, la cosa es dura.
—¿Cómo te va, noy?
—Bien, como que vengo de América. ¿Qué de nuevo?
—¿Qué de nuevo? Lo mismo de siempre: miseria. Ayer llegaron repatriados. Los soldados parecen muertos. Castelar se está muriendo.
—¡Mira qué hermosa la estatua de Colón, al amanecer!
—¡... en Deu! Más valiera le hubiesen sacado los ojos a ese tal.
La palabra fué peor.
Ya en la claridad del día, las conversaciones se animan. Se mira una roja barretina; se pescan compras desde a bordo; al extremo de una vara van las naranjas y las manzanas; y en el día completo, con el pie derecho, piso el continente y la tierra de España.
Una hora después estoy en el hervor de la Rambla. Es esta ancha calle, como sabréis, de un pintoresco curioso y digno de nota, baraja social, revelador termómetro de una especial existencia ciudadana. En la larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera, el smoking y la blusa, la señorita y la menegilda. Entre el cauce de árboles donde chilla y charla un millón de gorriones, va el río humano, en un incontenido movimiento. A los lados están los puestos de flores variadas, de uvas, de naranjas, de dátiles frescos de África, de pájaros. Y florecida de caras frescas y lindas, la muchedumbre olea. Si vuestro espíritu se aguza, he ahí que se transparenta el alma urbana. Allí, al pasar, notáis algo nuevo, extraño, que se impone. Es un fermento que se denuncia inmediato y dominante. Fuera de la energía del alma catalana, fuera de ese tradicional orgullo duro de este país de conquistadores y menestrales, fuera de lo permanente, de lo histórico, triunfa un viento moderno que trae algo del porvenir; es la Social que está en el ambiente; es la imposición del fenómeno futuro que se deja ver; es el secreto a voces de la blusa y de la gorra, que todos saben, que todos sienten, que todos comprenden, y que en ninguna parte como aquí resalta de manera tan palpable en magnífico alto relieve. Que la ciudad condal, que estos hombres fuertes de antiguo, que tuvieron poetas en el Roussillón y duques de Atenas, que anduvieron en cosas de conquistas y guerras por las sendas del globo, y extendieron siempre su soberbia como una bandera; que esta tierra de trabajadores, de honradez artesana y de vanidad heroica, esté siempre de pie manifestando su musculatura y su empuje, no es extraño; y que el desnivel causante de la sorda amenaza que hoy va por el corazón de la tierra formando el terremoto de mañana, haya aquí provocado más que en parte alguna la actitud de las clases laboriosas que comprenden la aproximación de un universal cambio, no es sino hecho que se impone por su ley lógica; pero la ilustración del asunto vale por un libro de comentarios, y esa ilustración os la haré contándoos algo que vi al llegar en el café Colón. Es éste un lujoso y extenso establecimiento, a la manera de nuestra confitería del Águila, pero triplicado en extensión; la sala inmensa está cuajada de mesitas en donde se sirven diluvios de café; es un punto de reunión diaria y constante; pues en España, aun estando en Cataluña, la vida de café es notoria y llamativa; y en cada café andáis como entre un ópalo, pues estas gentes fuman como usinas, y el extranjero siente al entrar en los recintos la irritación de los ojos entre tanta humana fábrica de nicotina. ¿Quién sabe la influencia que los alcaloides del café y del tabaco han tenido en estas razas nerviosas, que por otra parte calientan luminosas y enérgicas llamas y brasas de sol y de vino?
Pues bien, estaba en el café Colón, y cerca de mí, en una de las mesitas, dos caballeros, probablemente hombres de negocios o industriales, elegantemente vestidos, conversaban con gran interés y atención, cuando llegó un trabajador con su traje típico y ese aire de grandeza que marca en los obreros de aquí un sello inconfundible; miró a un lado y otro, y como no hubiese mesas desocupadas cerca de allí, tomó una silla, se sentó a la misma mesa en que conversaban los caballeros y pidió como lo hubiera hecho el mismo Wifredo el Velloso, su taza. Le fué servida, tomóla; pagó y fuése como había entrado, sin que los dos señores suspendiesen su conversación, ni se asombrasen de lo que en cualquiera otra parte sería acción osada e impertinente. Por la Rambla va ese mismo obrero, y su paso y su gesto implican una posesión inaudita del más estupendo de los orgullos; el orgullo de una democracia llevada hasta el olvido de toda superioridad, a punto de que se diría que todos estos hombres de las fábricas tienen una corona de conde en el cerebro.
Como voy de paso apenas tengo tiempo de ir tomando mis apuntes. Observo que en todos aquí da la nota imperante, además de esa señaladísima demostración de independencia social, la de un regionalismo que no discute, una elevación y engrandecimiento del espíritu catalán sobre la nación entera, un deseo de que se consideren esas fuerzas y esas luces, aisladas del acervo común, solas en el grupo del reino, única y exclusivamente en Cataluña, de Cataluña y para Cataluña. No se queda tan solamente el ímpetu en la propaganda regional, se va más allá de un deseo contemporizador de autonomía, se llega hasta el más claro y convencido separatismo. Allí sospechamos algo de esto; pero aquí ello se toca, y nos hiere los ojos con su evidencia. Dan gran copia de razones y argumentos, desde que uno toca el tema, y no andan del todo alejados de la razón y de la justicia. He comparado, durante el corto tiempo que me ha tocado permanecer en Barcelona, juicios distintos y diversas maneras de pensar que van todos a un mismo fin en sus diferentes modos de exposición. He recibido la visita de un catedrático de la Universidad, persona eminente y de sabiduría y consejo; he hablado con ricos industriales, con artistas y con obreros. Pues os digo que en todos está el mismo convencimiento, que tratan de sí mismos como en casa y hogar aparte, que en el cuerpo de España constituyen una individualidad que pugna por desasirse del organismo a que pertenecen, por creerse sangre y elemento distinto en ese organismo, y quien con palabras doctas, quien con el idioma convincente de los números, quien violento y con una argumentación de dinamita, se encuentran en el punto en que se va a la proclamación de la unidad, independencia y soberanía de Cataluña, no ya en España sino fuera de España. Y como yo quisiese oponer uno que otro pensamiento al alud, en la conversación con uno de ellos, habló sencillo, en parábola y en verdad, con una elocuencia práctica irresistible: «Vea usted, somos como una familia. España es la gran familia compuesta de muchos miembros; éstos consumen, éstos son bocas que comen y estómagos que digieren. Y esta gran familia está sostenida por dos hermanos que trabajan. Estos dos hermanos son el catalán y el vasco. Por esto es que protestamos solamente nosotros; porque estamos cansados de ser los mantenedores de la vasta familia. Dos ciudades hay que tienen los brazos en movimiento para que coman los otros hermanos: Barcelona y Bilbao. Por eso en Barcelona y en Bilbao es donde usted notará mayor excitación por el ideal separatista; y catalanistas y bizkaitarras tienen razón. Debería comprender esto, debería haber comprendido hace mucho tiempo la agitación justa de nuestras blusas, la capa holgazana de Madrid».
Y riente, alegre, bulliciosa, moderna, quizá un tanto afrancesada y por lo tanto graciosa, llena de elegancia, Barcelona sostiene lo que dice, y dice que habría hecho mucho más de lo que hoy nos asombra y nos encanta, si se lo hubiese permitido la tutela gubernativa, pues no puede abrir una plaza si no va la licencia de la Corte, y de la Corte van los ingenieros y los arquitectos y los empleados a agriar más la levadura; y así, a pasos, a pasos cortos, han adelantado, se han puesto los catalanes a la cabeza. ¿Qué habría hecho Cataluña autónoma, esta gran Cataluña a cuya faz maravillosa he creído contemplar bajo el azul, ya a la orilla de su bravo mar, ya en momentos crepusculares y apacibles, sobre los juegos de agua de su paseo favorito, en donde un simulacro divino rige armoniosamente una cuadriga de oro? Sano y robusto es este pueblo desde los siglos antiguos. Sus hijos son naturales y simples, llenos de la vivaz sangre que les da su tierra fecunda; sus mujeres, de firmes pechos opulentos, de ojos magníficos, de ricas cabelleras, de flancos potentes; el paisaje campestre, la costa, la luz, todo es de una excelencia homérica. Hay niños, hay hembras, hay campesinos, que se dirían destinados a uno de esos cuadros de Puvis de Chavannes en que florecen la vida y la gracia primitiva del mundo. Los talleres se pueblan, bullen; abejean en ellos las generaciones. Por las calles van la salud y la gallardía; y la fama de grandes pies que tienen las catalanas, no tengo tiempo de certificarla, pues la euritmia del edificio me aleja del examen de su base. La ciudad se agita. Por todos lugares la palpitación de un pulso, el signo de una animación. Las fábricas a las horas del reposo, vacían sus obreros y obreras. El obrero sabe leer, discute; habla de la R. S., o sea, si gustáis, Revolución Social; otro mira más rojo, y parte derecho a la anarquía. No muestran temor ni empacho en cantar canciones anárquicas en sus reuniones, y sus oradores no tienen que envidiar nada a sus congéneres de París o de Italia. Ya recordaréis que se ha llegado aquí a la acción, y memorias sonoras y sangrientas hay de terribles atentados. Y eso que, en la fortaleza de Montjuich, parece que la inquisición renovó en los interrogatorios, no hace mucho tiempo, los procedimientos torquemadescos de los viejos procesos religiosos. Así al menos lo demostró en la Revue Blanche y luego en un libro que tuvo un momento de resonancia, el escritor Tarrida del Mármol. La propaganda continúa, subterránea o a la luz del día, con todo y tener ojos avizores la justicia. Hace poco, en una fiesta industrial, en momentos en que llegaban amargas noticias de la guerra, ciertos trabajadores arrancaron de su asta una bandera de España y la sustituyeron por una bandera roja. Mientras esto pasa en la capa inferior, arriba y en la zona media, cada cual por su lado, se mueven los autonomistas, los francesistas y los separatistas. Los unos quieren que Cataluña recobre sus antiguos derechos y fueros, que no le fueron quitados sino al comenzar este siglo; los otros pretenden la anexión a Francia, yo no sé por qué, pues la centralización absoluta de allá les pondría, a lo mejor, en el mismo caso que el Poitou o la Provenza, y las reales relaciones y simpatías con el vecino francés no pasan de vagas y platónicas manifestaciones de felibres; una cigarra canta de este lado, otra contesta del otro: no creo que entre Mistral y Mossen Jacinto Verdaguer vayan a lograr mejor cosa. Los otros sueñan con una separación completa, con la constitución del Estado de Cataluña libre y solo. Claro es que, además de estas divisiones, existen los catalanes nacionales, o partidarios del régimen actual, de Cataluña en España; pero éstos son, naturalmente, los pocos, los favorecidos por el Gobierno, o los que con la organización de hoy logran ventajas o ganancias que de otra manera no existirían.
Entretanto, trabajan. Ellos han erizado su tierra de chimeneas, han puesto por todas partes los corazones de las fábricas. Tienen buena mente y lengua, poetas y artistas de primer orden; pero están ricamente provistos de ingenieros e industriales.
No bien acabaron de pelear, al principio de la centuria, se pusieron a la obra productiva. En la labor estaban, y el clarín de don Carlos les perturbó de nuevo. Desde el año 1842 volvieron a la tarea, no sin bregar con la prohibición de Inglaterra que a la sazón impedía se exportasen sus máquinas; se logró que se revocase dicha prohibición y el dinero catalán cuajó sus fábricas de máquinas inglesas. He de volver a Cataluña, donde no he estado sino rápidamente, y he de estudiar esa existencia fabril que se desarrolla prodigiosa en focos como Reus, Mataró, Villanueva, y entre otros tantos, Sitges, donde tiene su morada el singular y grande artista que se llama Santiago Rusiñol.
El nombre de Rusiñol me conduce de modo necesario a hablaros del movimiento intelectual que ha seguido, paralelamente, al movimiento político y social. Esa evolución que se ha manifestado en el mundo en estos últimos años y que constituye lo que se dice propiamente el pensamiento «moderno» o nuevo, ha tenido aquí su aparición y su triunfo, más que en ningún otro punto de la Península, más que en Madrid mismo; y aunque se tache a los promotores de ese movimiento de industrialistas, catalanistas, o egoístas, es el caso que ellos, permaneciendo catalanes, son universales. La influencia de ese grupo se nota en Barcelona no solamente en los espíritus escogidos, sino también en las aplicaciones industriales, que van al pueblo, que enseñan objetivamente a la muchedumbre; las calles se ven en una primavera de carteles o affiches que alegran los ojos en su fiesta de líneas y colores; las revistas ilustradas pululan, hechas a maravilla: las impresiones igualan a las mejores de Alemania, Francia, Inglaterra o Estados Unidos, tanto en el libro común y barato como en la tipografía de arte y costo.
Cuando vuelva a Barcelona he de ver a Rusiñol en su retiro de Sitges, una especie de santuario de arte en donde vive ese gentilhombre intelectual digno de ser notado en el mundo. Entretanto, sabed que Rusiñol es un altísimo espíritu, pintor, escritor, escultor, cuya vida ideológica es de lo más interesante y hermoso, y cuya existencia personal es en extremo simpática y digna de estudio. Su leonardismo rodea de una aureola gratamente visible, su nombre y su obra. Es rico, fervoroso de arte, humano, profundamente humano. Es un traductor admirable de la naturaleza, cuyos mudos discursos interpreta y comenta en una prosa exquisita o potente, en cuentos o poemas de gracia y fuerza en que florece un singular diamante de individualidad. En este movimiento, como sucede en todas partes, los que se han quedado atrás, o callan, o apenas son oídos. Balaguer es ya del pasado, con su pesado fárrago: el padre Verdaguer apenas logra llamar la atención con su último libro de Jesús: vive al reflejo de la Atlántida, al rumor de Canigó. Guimerá, que trabaja al sol de hoy, va a Madrid a hacer diplomacia literaria, y los madrileños, que son «malignos», le dicen que conocen su juego, y que hay en el autor de Tierra Baja un regionalista de más de la marca. Bellamente, noblemente, a la cabeza de la juventud, Rusiñol, que no escribe sino en catalán, pone en Cataluña una corriente de arte puro, de generosos ideales, de virtud y excelencia trascendentes. Por él se acaba de levantar al Greco una estatua en Sitges; por él los nuevos aprenden en ejemplo vivo, que el ser artista no está en mimar una Bohemia de cabellos largos y ropas descuidadas y consumir bocks de cerveza y litros de ajenjo en los cafés y cabarets, sino en practicar la religión de la Belleza y de la Verdad, creer, cristalizar la aspiración en la obra, dominar al mundo profano, demostrar con la producción propia la fe en un ideal; huir de los apoyos de la crítica oficial, tanto como de las camaraderías inconscientes, y juntar, en fin, la chispa divina a la nobleza humana del carácter.
Me dijeron que podía encontrar a Rusiñol en el café de los Quatre Gats. Allá fuí. En una estrecha calle se advierte la curiosa arquitectura de la entrada de ese rincón artístico. Pasé una verja de bien trabajado hierro y me encontré en el famoso recinto con el no menos famoso Per Romeu. Es éste el dueño o empresario principal del cabaret; alto, delgado, de larga melena, tipo del Barrio Latino parisiense, y cuya negra indumentaria se enflora con una prepotente corbata que trompetea sus agudos colores, no sé hasta qué punto pour épater le bourgeois. Pregunté por Rusiñol y se me dijo que estaba en su mansión de Sitges; por Pompeyo Gener, que acababa de llegar de París, y se me dijo que a ése no le buscase, pues solamente la casualidad podría hacer que le encontrara. Y como era día de marionetas, se me invitó a ver el espectáculo. Los Cuatro Gatos son algo así como un remedo del Chat Noir de París, con Per Romeu por Salis, un Salis silencioso, un gentilhombre cabaretier que creo que es pintor de cierto fuste, pero que no se señala por su sonoridad. Amable, él fué quien me condujo a la salita de representación. En ella no cabrán más de cien personas; decóranla carteles, dibujos a la pluma, sepias, impresiones, apuntes y cuadros también completos, de los jóvenes y nuevos pintores barceloneses, sobresaliendo entre ellos los que llevan la firma del maestro Rusiñol. Los títeres son algo así como los que en un tiempo atrajeron la curiosidad de París con misterios de Bouchor, piececitas de Richepin y de otros. Para semejantes actores de madera compuso Maeterlinck sus más hermosos dramas de profundidad y de ensueño. Allí en los Cuatro Gatos no están mal manejados. Llegué cuando la representación estaba comenzada. En el local, casi lleno, resaltaba la nota graciosa de varias señoritas, intelectuales según se me dijo, pero que no eran ni Botticelli ni Aubrey Beardsley, ni el peinado ni el traje enarbolaban lo snob.
Abundaban los tipos de artistas del Boul'Miche; jóvenes melenudos, corbatas mil ochocientos treinta, y otras corbatas. Los bocks circulaban, al chillar la vocecilla de los títeres. Naturalmente, los títeres de los Quatre Gats hablan en catalán, y apenas me pude dar cuenta de lo que se trataba en la escena. Era una pieza de argumento local, que debe de haber sido muy graciosa, cuando la gente reía tanto. Yo no pude entender sino que a uno de los personajes le llovían palos, como en Molière; y que la milicia no estaba muy bien tratada. Las decoraciones son verdaderos cuadritos; y se ve que quienes han organizado el teatro diminuto lo han hecho con amor y cuidado. En el local suele haber además exposiciones, audiciones musicales y literarias y sombras chinescas. Ya veis que el alma de Rodolphe Salis se regocijaría en este reflejo. Al salir volví a ver a Per Romeu, quien puso en mis manos un cartelito en que se anuncia su coin de artista, en gótica tipografía de antifonario o de misal antiguo, y en la cual se dice que «Aital estada es hostal pels desganats, es escople de calin pels que sentin l'anyorança de la llar, es museu pels que busquin lleminadures per l'ánima; es taverna y emparrat, pels que aimen l'ombra deis pampols, y de l'essencia espremuda del rahim; es gótica cerveceria, pels enamorats del Nort, y pati d'Andalucía, pels aimadors del Mig-die; es casa de curació, pels malalts del nostre segle, y cau d'amistat y harmonia pels que entrin a roplugar-se sota ls portics de la casa. No tindrán penediment d'haver vingut y si recança si no venen». Ese cabaret es una de las muestras del estado intelectual de la capital catalana, y el observador tiene mucho en donde echar la sonda. Desde luego sé ya que en Madrid me encontraré en otra atmósfera, que si aquí existe un afrancesamiento que detona, ello ha entrado por una ventana abierta a la luz universal, lo cual, sin duda alguna, vale más que encerrarse entre cuatro muros y vivir del olor de cosas viejas. Un Rusiñol es floración que significa el triunfo de la vida moderna y la promesa del futuro en un país en donde sociológica y mentalmente se ejerce y cultiva ese don que da siempre la victoria: la fuerza.
Ocasión habrá de hablaros de la obra de Rusiñol y los artistas que le siguen, cuando torne a Barcelona a sentir mejor y más largamente las palpitaciones de ese pueblo robusto.
He llegado a Madrid y próximamente tendréis mis impresiones de la Corte.
MADRID
4 de enero.
Con el año entré en Madrid; después de algunos de ausencia vuelvo a ver el «castillo famoso». Poco es el cambio, al primer vistazo; y lo único que no ha dejado de sorprenderme al pasar por la típica Puerta del Sol, es ver cortar el río de capas, el oleaje de características figuras, en el ombligo de la villa y corte, un tranvía eléctrico. Al llegar advertí el mismo ambiente ciudadano de siempre; Madrid es invariable en su espíritu, hoy como ayer, y aquellas caricaturas verbales con que don Francisco de Quevedo significaba a las gentes madrileñas, serían, con corta diferencia, aplicables en esta sazón. Desde luego el buen humor tradicional de nuestros abuelos se denuncia inamovible por todas partes. El país da la bienvenida. Estamos en lo pleno del invierno y el sol halaga benévolo en un azul de lujo. En la Corte anda esparcida una de los milagros; los mendigos, desde que salto del tren me asaltan bajo cien aspectos; resuena de nuevo en mis oídos la palabra «señorito»; don César de Bazán me mide de una ojeada desde la esquina cercana; el cochero me dice: «¡pues, hombre!...» dos pesetas, y mi baúl pasa sin registro: con el pañuelo que le cubre la cabeza, atadas las puntas bajo la barba, ceñido el mantón de lana, a garboso paso, va la mujer popular, la sucesora de Paca la Salada, de Geroma la Castañera, de María la Ribeteadora, de Pepa la Naranjera, de todas aquellas desaparecidas manolas que alcanzaron a ser dibujadas a través de los finos espejuelos del Curioso Parlante; una carreta tirada por bueyes como en tiempo de Wamba, va entre los carruajes elegantes por una calle céntrica; los carteles anuncian, con letras vistosas La Chavala y El Baile de Luis Alonso; los cafés llenos de humo rebosan de desocupados, entre hermosos tipos de hombres y mujeres, las getas de Cilla, los monigotes de Xaudaró se presentan a cada instante; Sagasta Olímpico está enfermo, Castelar está enfermo; España ya sabéis en qué estado de salud se encuentra; y todo el mundo, con el mundo al hombro o en el bolsillo, se divierte: ¡Viva mi España!
Acaba de suceder el más espantoso de los desastres; pocos días han pasado desde que en París se firmó el tratado humillante en que la mandíbula del yanqui quedó por el momento satisfecha después del bocado estupendo: pues aquí podría decirse que la caída no tuviera resonancia. Usada como una vieja «perra chica» está la frase de Shakespeare sobre el olor de Dinamarca, si no, que sería el momento de gastarla. Hay en la atmósfera una exhalación de organismo descompuesto. He buscado en el horizonte español las cimas que dejara no hace mucho tiempo, en todas las manifestaciones del alma nacional: Cánovas muerto; Ruiz Zorrilla muerto; Castelar desilusionado y enfermo; Valera ciego; Campoamor mudo; Menéndez Pelayo... No está por cierto España para literaturas, amputada, doliente, vencida; pero los políticos del día parece que para nada se diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus energías en chicanas interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos parciales de partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar el remedio al daño general, a las heridas en carne de la nación. No se sabe lo que puede venir. La hermana Ana no divisa nada desde la torre. Mas en medio de estos nublados se oye un rumor extraño y vago que algo anuncia. Ni se cree que florezcan las boinas de don Carlos, y los republicanos que fueran esperanza de muchos, en escisiones dentro de su organización misma, casi no alientan. Entretanto van llegando a los puertos de la Patria los infelices soldados de Cuba y Filipinas. Quienes a morir como uno que—parece caso escrito en la Biblia—fué a su pueblo natal ya moribundo, y como era de noche sus padres no le abrieron su casa por no reconocerle la voz, y al día siguiente le encontraron junto al quicio, muerto; otros no alcanzan la tierra y son echados al mar, y los que llegan, andan a semejanza de sombras; parecen, por cara y cuerpo, cadáveres. Y el madroño está florido y a su sombra se ríe y se bebe y se canta, y el oso danza sus pasos cerca de la casa de Trimalción. A Petronio no le veo. He pensado a veces en un senado macabro de las antiguas testas coronadas, como en el poema de Núñez de Arce, bajo la techumbre del monasterio
Que alzó Felipe Segundo
Para admiración del mundo
Y ostentación de su imperio.
¿Cómo hablarían ante el espectáculo de las amarguras actuales los grandes reyes de antaño, cómo el soberbio Emperador, cómo los Felipes, cómo los Carlos y los Alfonsos? Así cual ellos el imperio hecho polvo, las fuerzas agotadas, el esplendor opaco; la corona que sostuvieron tantas macizas cabezas, así fuesen las sacudidas por terribles neurosis, quizá próxima a caer de la frente de un niño débil, de infancia entristecida y apocada; y la buena austriaca, la pobre madre real en su hermoso oficio de sustentar al reyecito contra los amagos de la suerte, contra la enfermedad, contra las oscuridades de lo porvenir; y que está pálida, delgada, y en su majestad gentilicia el orgullo porfirogénito tiene como una vaga y melancólica aureola de resignación.
El mal vino de arriba. No dejaron semillas los árboles robustos del gran cardenal, del fuerte duque, de los viejos caballeros férreos que hicieron mantenerse firme en las sienes de España la diadema de ciudades. Los estadistas de hoy, los directores de la vida del reino, pierden las conquistas pasadas, dejan arrebatarse los territorios por miles de kilómetros y los súbditos por millones. Ellos son los que han encanijado al León simbólico de antes; ellos los que han influído en el estado de indigencia moral en que el espíritu público se encuentra; los que han preparado, por desidia o malicia, el terreno falso de los negocios coloniales, por lo cual no podía venir en el momento de la rapiña anglo-sajona, sino la más inequívoca y formidable débâcle. Unos a otros se echan la culpa, mas ella es de todos. Ahora es el tiempo de buscar soluciones, de ver cómo se pone al país siquiera en una progresiva convalecencia; pero todo hasta hoy no pasa de la palabrería sonora propia de la raza, y cada cual profetiza, discurre y arregla el país a su manera. En palacio, ya que no Cisneros o Richelieu, falta siquiera el Dubois que prepare para Alfonso XIII lo que el francés para Luis XV, niño y débil: la política interior en caso de vida, la política exterior en caso de muerte. Cánovas no fué purpurado, en la Monarquía de S. M. Católica, pero quizás era el único, a pesar de sus defectos, que tuviese buena vista en sus ojos miopes, buena palabra de salvación o de guía en su lengua andaluza; mas de los horrores inquisitoriales de Montjuich salió el rayo rojo para él.
Entre las cabezas dirigentes hay quienes reconocen y proclaman en alta voz que la causa principal de tanta decadencia y de tanta ruina estriba en el atraso general del pueblo español; reconocen que no se ha hecho nada por salir de la secular muralla que ha deformado el cuerpo nacional como el cántaro chino el de un enano; y si se ha dejado enmohecer la literatura, si ha habido estancamiento y retroceso en el profesorado, a punto de que de las célebres Universidades lo que brilla como una joya antigua es el nombre; fuera de pocas excepciones para el juicio público, el oráculo de la ciencia se encierra en urnas como el comodín periodístico del señor Echegaray, el teatro que llaman chico atrae a las gentes con la representación de la vida chulesca y desastrada de los barrios bajos, mientras en el clásico Español, en las noches en que he asistido, María Guerrero representaba ante concurrencia escasísima, y eso que el paseo por Europa y sobre todo el beso de París, le han puesto un brillo nuevo en sus laureles de oro; la nobleza... La otra noche, en un café-concert que se ha abierto recientemente y con un éxito que no se sospechaba, me han señalado en un palco a gastados y encanecidos grandes de España que se entretenían con la Rosario Guerrero, esa bailarina linda que ha regocijado a París después de la bella Otero; soy frecuentador de nuestro Casino de Buenos Aires y no me precio de pacato; pero el espectáculo de esos alegres marqueses de Windsor, aficionados tan vistosamente a suripantas y señoritas locas de su cuerpo, me pareció propio para evocar un parlamento de Ruy Gómez de Silva, delante de los retratos, en bravos alejandrinos de Hugo, o una incisión gráfica de Forain con sus incomparables pimientas de filosofía. En lo intelectual, he dicho ya que las figuras que antes se imponían están decaídas, o a punto de desaparecer; y en la generación que se levanta, fuera de un soplo que se siente venir de fuera y que entra por la ventana que se han atrevido a abrir en el castillo feudal unos pocos valerosos, no hay sino la literatura de mesa de café, la mordida al compañero, el anhelo de la peseta del teatro por horas, o de la colaboración en tales o cuales hojas que pagan regularmente; una producción enclenque y falsa, desconocimiento del progreso mental del mundo, iconoclasticismo infundado o ingenuidad increíble, subsistente fe en viejos y deshechos fetiches. Gracias a que escritores señaladísimos hacen lo que pueden para transfundir una sangre nueva, exponiéndose al fracaso, gracias a eso puede tenerse alguna esperanza en un próximo cambio favorable. Mal o bien, por obra de nuestro cosmopolitismo, y, digámoslo, por la audacia de los que hemos perseverado, se ha logrado en el pensamiento de América una transformación que ha producido, entre mucha broza, verdaderos oros finos, y la senda está abierta; aquí hasta ahora se empieza, y se empieza bien: no faltan almas sinceras, bocas osadas que digan la verdad, que demuestren lo pálida que está en las venas patrióticas la sangre en que se juntaran, como diría Barbey, la azul del godo con la negra del moro; quienes llevan al teatro de las gastadas declamaciones el cuadro real demostrativo de la decadencia; quienes quieren abrir los ojos al pueblo para enseñarle que la Tizona de Rodrigo de Vivar no corta ya más que el vacío y que dentro de las viejas armaduras no cabe hoy más que el aire.
Ahora uno que otro habla de regenerar el país por la agricultura, de mejorar las industrias, de buscar mercados a los vinos con motivo del tratado último franco-italiano, y hay quienes se acuerdan de que existimos unos cuantos millones de hombres de lengua castellana y de raza española en ese continente. Por cierto, la industria pecuaria, dicen, debe ser protegida. ¿Y la agricultura? Ya en la Instrucción de 30 de noviembre de 1883 se señalaban causas locales del atraso agrícola de España, como la intervención de la Autoridad municipal en señalar la época de las vendimias, o la de la recolección de los frutos o esquilmos: la libertad de que en los rastrojos de uno pazcan los ganados de todos: los privilegios que no admiten al consumo de una ciudad más que los vinos que produce su término; los que no permiten entrar una carga de comestibles en un pueblo sin que se extraiga otra de los productos de su agricultura o de su industria, y otras mil anomalías; poco se ha adelantado desde entonces, y lo que os dará una idea del estado de estas campañas en lo relativo a agronomía, es que sepáis que las máquinas modernas son casi por completo desconocidas; que la siega se hace primitivamente con hoces, y la trilla por las patas del ganado; ¿qué pensarán de eso en la Argentina, donde nos damos el lujo de tener a lo yanqui un Rey del trigo? Se trata ahora de la creación de un ministerio de Agricultura; de instruir al campesino, que como sabéis, ha permanecido hasta ahora impermeable a toda noción; pero ya se ha hablado, a propósito de la enseñanza agrícola, de aumentar, Dios mío, el número de los doctores: ¡hacer doctores en agricultura!
Hay felizmente quien en oportunidad ha combatido el plan de los dómines agrícolas y señalado un proyecto en que quedarían bien organizadas las escuelas para capataces, peritos agrícolas e ingenieros agrónomos, estudios prácticos, de utilidad y aplicación inmediata, sin borla ni capelo salamanquino. Las campañas están despobladas, y podrían, si hubiese hombres de empresa y de buen cálculo, repoblarlas; para hacerlo la misma República Argentina estaría llamada a ser la proveedora de cabezas; las praderas andaluzas son excelentes para el engorde, y nuevas fuentes de negocios estarían abiertas para las actividades que a ello se dedicasen en la Península. Así habría que entrar en arreglos especiales por las restricciones que existen en las leyes. Mucho podría ser el comercio hispanoargentino, y al objeto, según tengo entendido, no ha cesado de trabajar el señor ministro Quesada. Aquí podrían venir las carnes argentinas, ya que no en la común forma del tasajo, conservadas por los muchos procedimientos hoy en uso; y la mayoría de este pueblo que tiene casi como base principal de alimentación el bacalao, que importa de Suecia y Noruega, comería carne sana y nutritiva. Luego sería cuestión de ver si se adaptaba para el consumo del ejército y marina. Por lo pronto, la Sociedad Rural de Buenos Aires podría hacer el ensayo, enviando en limitadas cantidades la carne conservada, y por los resultados que se obtuvieran, se procedería en lo de adelante. España enviaría sus lienzos, sus sederías, sus demás productos que allí tendrían colocación; no habría en ningún viaje el inconveniente del falso flete. Estas apuntaciones pueden ser estudiadas detalladamente por aquellos a quienes corresponde la tarea. Tales formas de relación entre España y América serán seguramente más provechosas, duraderas y fundamentales que las mutuas zalemas pasadas de un ibero-americanismo de miembros correspondientes de la Academia, de ministros que taquinan la musa, de poetas que «piden» la lira.
Nótase ahora una tendencia a conocer, siquiera lo americano nuestro—¡lo del Norte!, ¡ay!, ¡lo tienen ya bien conocido!—, y no hace muchos días, con motivo de un banquete a escritores y artistas ofrecido por el representante de Bolivia señor Ascarrunz, hubo declaraciones de parte de ciertos intelectuales, que son de tenerse muy en cuenta. «En cualquier otro momento—decía un escritor de los más diamantinos y pensadores, he nombrado a Julio Burell—, en cualquier otro momento la galantería del señor Ascarrunz habría sido digna de hidalga gratitud, pero en fin, numerosas han sido las fiestas hispanoamericanas a cuyo término apenas si ha quedado otra cosa que un poco de dulzor en la boca y otro poco de retórica en el aire; después, americanos y españoles han permanecido en sus desconfiadas soledades, colocados en actitud y con mirada recelosa, cada cual a un lado del gran abismo de la historia...» Y más adelante: «No, la guerra no levantará ya entre España y América española sus fieras voces de muerte; lo que estaba escrito, escrito queda. Rebuscadores de la Historia, curiosos y eruditos, podrán volver la mirada hacia los negros días de lucha; pero las almas que tienen alas, las almas que tienen luz, los hombres confesados a un ideal de paz y de amor, no descenderán al antro sombrío; volarán más alto y bañarán su espíritu en la claridad de una nueva aurora...» Todo esto se pudo decir hace mucho tiempo; se pudo hace mucho tiempo combatir el alejamiento de la madre patria del coro de las dieciséis repúblicas hermanas; pero no se hizo, ni se paró mientes en ello.
Antes al contrario, apartando a un grupo escasísimo de hombres como Valera y Castelar, se nos procuró ignorar lo más posible, y como lo he demostrado en La Nación, de Buenos Aires, y en la Revue Blanche, de París, la culpa no fué del tiempo esta vez, sino de España. Gloríanse los ingleses de los triunfos conseguidos por la República norteamericana, hechura y flor colosal de su raza: España no se ha tomado hasta hoy el trabajo de tomar en cuenta nuestros adelantos, nuestras conquistas, que a otras naciones extranjeras han atraído atención cuidadosa y de ellas han sacado provecho. En las mismas relaciones intelectuales ha habido siempre un desconocimiento desastroso. Los escritores que entre nosotros valen se han cuidado poco del juicio de España, y con raras excepciones no han enviado jamás sus libros a los críticos y hombres de letras peninsulares; en cambio, nuestras docenas de mediocres, nuestros vates de amojamados pegasos, nuestros prosistas imposibles, han sido pródigos de sus partos; de aquí que, en parte, se justifiquen los Clarines y Valbuenas de tiempos recién pasados. Más; en las mismas redacciones de los diarios en que se dedica una columna a la tentativa inocente de cualquier imberbe Garcilaso, no se escribe una noticia por criterio competente de obras americanas que en París o en Londres o Roma son juzgadas por autoridades universales. Concretando un caso, diré que la Legación Argentina se ha cansado de enviar las mejores y más serias producciones de nuestra vida mental, de las cuales no se ha hecho jamás el menor juicio. Cierto es que, fuera de lo que se produce en España—con las excepciones, es natural, de siempre, pues existen un Altamira, un Menéndez y Pelayo, un Clarín, este amable cosmopolita de Benavente—, fuera de lo que se produce en España, todo es desconocido.
Antes de concluir estas líneas debo declarar que no creo sea yo sospechoso de falto de afectos a España. He probado mis simpatías, de manera que no admite el caso discusión. Pero por lo mismo no he de engañar a los españoles de América y a todos los que me lean. La Nación me ha enviado a Madrid a que diga la verdad, y no he de decir sino lo que en realidad observe y sienta. Por eso me informo por todas partes; por eso voy a todos lugares y paso una noche del «saloncillo» del Español a las reuniones semibarriolatinescas de Fornos; en un mismo día he visto a un académico, a un militar llegado de Filipinas, a un actor, a Luis Taboada y a un torero. Y anoche, a última hora, he ido del Real al Music-hall, y mis interlocutores han sido: el joven conde de O'Reily, Icaza, el diplomático escritor, Pepe Sabater, Pinedo y un joven reporter... Ya veis que estoy en mi Madrid.
¡Buenos Aires! Hay que mirarlo de lejos para apreciarlo mejor. Aquí está la obra de los siglos y el encanto de un país de sol, amor y vino; París es París; las grandes capitales europeas nos atraen y nos encantan: pero
¡J'aime mieux ma mie, ô gué!
LA LEGACIÓN ARGENTINA EN CASA DE CASTELAR
10 de enero.
La legación argentina está situada en un elegante hotel de la calle Alcalá Galiano, núm. 6. Es en el barrio aristocrático de la Corte, el faubourg Saint-Germain de Madrid. Allí concurrí anoche, por amable invitación del ministro Quesada, que había quedado de presentarme a algunos «representativos» de la vida social e intelectual madrileña: en el arte, Moreno Carbonero; en el periodismo, el marqués de Valdeiglesias; estos dos me interesaban en gran manera. Fueron puntuales. Es el primero un tipo nervioso, delgado, de mirada inteligente, no revela al artista desde luego, pero cuando habéis hablado con él las iniciales palabras, la chispa ha saltado, iluminando, bajo un bigote fino y negro, una sonrisa bon enfant. El segundo, de pequeña estatura, rubio, calvo, comunicativo, meridional; de seguida se manifiesta el clubman, el mundano, el infaltable a las fiestas y reuniones de la aristocracia, el título reporter, que hace en su diario, La Época, lo que el príncipe de Sagán hacía en un tiempo en Le Figaro. La Nación estaba representada dos veces, pues a mi derecha, en la mesa de la casa argentina, tenía yo al estimado compañero Ladevese. Pocos momentos después, y ya la conversación versaba sobre nuestra Prensa y la española. Reconocía el marqués la inferioridad informativa, por ejemplo, de los diarios peninsulares, y explicaba cómo en España interesaba poco a la generalidad lo que sucede fuera de los términos de la tierra propia. No se sigue, como entre nosotros, el movimiento de los sucesos del mundo; del asunto Dreyfus, de lo que hay ahora de más sonoro en el periodismo universal, se publican unas pocas líneas telegráficas. Naturalmente, el interés público, en tiempo de la guerra, hizo aumentar la vida de los diarios, y la información tuvo su preferencia; telegrama recibió El Imparcial, o El Liberal que costó diez mil francos. Mi bonaerensismo se manifiesta; hago un rápido croquis del desarrollo y fuerza de La Nación; comento al Diario, etc. Y a propósito de corresponsales, se protesta por una carta que publica La Época del suyo de Buenos Aires, en que se dice, entre otras cosas, que todos andamos con el revólver en el bolsillo, y que no vayan más españoles a la República Argentina, pues son repetidos con frecuencia los casos en que hay que levantar suscripciones en la colonia para poder repatriar a los numerosos compatriotas que allá se mueren de hambre. De esos náufragos hay en todas partes; y, no hay duda de que aquel periodista exagera.
El actual marqués de Valdeiglesias ha recibido La Época de manos de su padre, cuyo tacto y largas vistas en asuntos periodísticos demuéstranse no solamente en la propia hoja sustentada por él, sino en la antigua Correspondencia de Santa Ana. La Correspondencia de hoy ha perdido su antiguo carácter; gorro de dormir, pertenece al pasado. La Época es en Madrid una especie de Temps, el periódico serio, asentado, autorizado; con su poco de Fígaro por el mundanismo y el cuidado de la forma, con la particularidad, digna de elogio, de que demuestra cierta preferencia por lo intelectual. Es un diario gran-señor; no se vende por las calles, y si los demás cuestan cinco céntimos, número suelto, y una peseta la suscripción por mes, La Época vale cuatro pesetas suscripción mensual y quince céntimos número suelto. Claro es que el tiraje es relativamente reducido. No hay que buscar, por otros puntos, comparación con nuestros grandes matinales.
Valdeiglesias es un hombre encantador; su distinción no excluye la abierta gentileza; habla de todo, y sobre todo de arte y vida social, con una volubilidad y amenidad que hacen de él un conversador deseable. Desde luego, se me ofrece como cicerone en mis «viajes alrededor y al centro de Madrid». En un momento me interesa en las colecciones artísticas y de alto mérito histórico que posee el conde de Valencia de Don Juan; me habla de los autores de la nobleza, bibliófilos, conocedores de arte y sportmen, casi por completo desconocidos en el público, escritores de libros que circulan en ediciones cortísimas y para especialistas; y a propósito de la obra reciente de Monte-Cristo sobre los salones de Madrid, diserta de entusiástica manera sobre el movimiento social de esta corte, que es indiscutiblemente una de las que tienen para sus mantenedores del gran mundo y para sus huéspedes, singulares atractivos y goces de lo que se puede llamar la estética de la existencia, en un país en donde, aun en el duelo, parece que siempre se escuchara como un canto a lo grato del mundo. El Marqués cuando habla parece que dictase uno de sus artículos amenos y discretos, de una verba correcta; y ya pasemos a hablar de lo mucho que él ha trabajado y piensa trabajar para favorecer, después de un ensayo de aplicación que él costearía, la introducción de las carnes argentinas en España o trate de una reciente publicación sobre esgrima antigua hecha por un título de Castilla o detalle las reuniones femeninas, famosas, por vida mía, en Madrid, de nuestra legación, en donde, hermosa y ricamente, el doctor Quesada sabe recibir a la flor de la Corte, con bríos y humor que mantiene su vejez fresca y firme, una vejez a lo Juan Valera—y a lo doctor Quintana—; Valdeiglesias siempre encarna el periodista, es el polílogo vario y chispeante.
Luego Moreno Carbonero. Estaban conversando con el novelista y diplomático Ocantos, secretario de la legación como sabéis; y a propósito de un decir del ministro sobre una cabeza que un inglés encontrara en España y se atribuye hoy a Miguel Ángel o a Donatello...—desde luego dos maneras tan distintas, dos espíritus de arte tan diversos—oigo, pues, a Moreno Carbonero que dice: «Yo por mi parte, prefiero, entre Miguel Ángel y Donatello, a Donatello». Parecióme muy simpáticamente desenvainada aquella opinión por un maestro que, a pesar de su gran talento, es lo que se llama un «normal»; pero luego caí de mi ascensión, pues a propósito de la pintura «moderna» y por traer nosotros el recuerdo del insigne catalán Rusiñol, manifestó que ese arte—y decía esto después de inclinarse delante del talento del catalán—, que ese arte—el del mejor Rusiñol, el Rusiñol libre y poeta—era solamente bueno para el industrialismo del cartel; algo así como la brocha gorda de los telones teatrales, para ser visto de lejos... Y yo pensaba, aun deteniéndome únicamente en el affiche, que en uno de Chéret, de Mucha, del admirable Grasset, del mismo Rusiñol, hay más arte de artista que en muchas telas de canónicos medallados. Es, por cierto, uno de los mayores pintores de la España de hoy Moreno Carbonero, y me explico perfectísimamente la razón de su manera de mirar el contemporáneo arte «intelectual». Él respira su ambiente; ha vivido en París y ha pasado los años indispensables de Italia; pero queda en él el meridional absoluto, o mejor, el español inconmovible. Y esto por otra parte puede ser o será una gran virtud. Ya sabéis, con todo, que es un idealista al ser nacional; su amor por el Quijote es conocido, y el último cuadro suyo que he visto representa la aventura del caballero de la Mancha con los carneros. Picarescamente, esa noche, un respetable amigo suyo calificó ese cuadro como un símbolo... De lo cual resultaría, por esta vez Moreno Carbonero simbolista malgré lui. Ahora prepara otro cuadro cuyo tema está extraído de la enorme usina quijotesca; y nos decía que andaba en busca de un tipo campesino que tuviese la figura del Sancho que él se imagina; y que creía haberla encontrado en un bauzán manchego que había visto, como para ser reconocido por Teresa, Sanchica y el rucio.
Recorremos la casa. Desde luego llama el ojo la buena cantidad y calidad de viejos tapices en los salones principales, y de los salones, el amarillo, para el que se ha escogido con sabio gusto esa antigua y rica tela española que impone su aristocracia arcaica a las imitaciones chillonas y estofas advenedizas. Por cierto punto la Legación es un pequeño y valioso museo, pues fuera de tapicería y chirimbolos está lo preferido y mejor entre todo las tallas, esas obras admirables de la famosa talla española que hoy se podría llamar un arte olvidado; pues la que ahora se hace no admite ni un lejano término de comparación con la labor perfecta, aun en la misma tosquedad de lo primitivo, que antaño se acostumbraba. Aquellos maestros perdidos en el tiempo no han vuelto a encarnarse, y los escultores de hoy—con rarísimas excepciones, como ese incomparable Bistolfi, de Italia, y algunos pocos franceses—desdeñan en todas partes, no sé por qué, la madera, que para ciertas cosas supera infinitamente a la piedra o el bronce. Y ante un trabajo de algún desconocido Berruguete... «Vea usted, ¿se puede realizar esto en mármol?...» Moreno Carbonero se ocupa actualmente en hacer el catálogo de las colecciones artísticas del ministro argentino, y una vez concluída la obra, debe resultar por muchos motivos interesante.
¿Y el arte? Y el arte, ¿cómo va en España?
Pues si algo ha quedado sosteniendo la tradición diamantina del arte español es la pintura. Allí Artal ha dado a conocer reflejos de la hoguera subsistente. Hay pintores, hay grandes pintores. En el Museo de Arte Moderno, del que ya os hablaré, he tenido nobles impresiones, como las que tuve en la iglesia de San Francisco el Grande. La escuela española contemporánea, de la cual Buenos Aires posee algunas valiosas muestras—y ya que hablamos de Moreno Carbonero, un cuadro de este pintor que, según me dijo él mismo, es de los que más quieren entre los suyos y fué adquirido por el doctor del Valle—, la escuela española contemporánea tiene justa fama, representada por sus firmas principales, en toda Europa; y algunos pintores españoles hay, de fuerza y valía, que cabalmente en Europa son más conocidos que en España, como me lo decía un artista. Por ejemplo, Baldomero Galofre que, fuera de su ya larga labor, logrará un bello triunfo si realiza conforme con el plan que conozco su vasto poema pictórico España. Roma detiene a varios maestros de luz españoles, de los cuales conocéis más de un cuadro cuajado de sol; París lo propio, desde en tiempos de los Fortuny y los Madrazos. No he averiguado aún los detalles de la salida de la producción, de los encargos, de la parte comercial del asunto. Pero desde luego, os aseguro que en este inmenso imperio del color, no se agotará jamás la llama artística; y desde Plasencia o Moreno Carbonero hasta el último pintaplatos que os fastidiará en el café sirviéndoos la marina o el bodegón como un par de salchichas, todos tienen en la pupila un don solar que se proclama a cada instante.
—«¿Y el arte en Buenos Aires?» Digo lo que puedo, alabo los esfuerzos del director del Museo, cito tres o cuatro nombres y me salvo.
Luego he estado en casa de Castelar. Ya convalece de su enfermedad última, en la que llegó momento en que se creyera lo llevase a la muerte. Fuimos tres los que en el momento de la entrevista estuvimos presentes. Uno, su amigo el banquero Calzado, que hace tanto tiempo reside en París, y cuya intimidad con el orador data de larga fecha. Otro el ministro de Bolivia. Desde mi llegada cumplí con informarme en nombre de la La Nación y propio del estado del antiguo e ilustre colaborador. Sus primeras palabras, al verme, fueron: «¡Oh, qué diferencia, del 92, cuando usted me vió por última vez!» En efecto. Recordarán mis lectores en este diario aquella carta color de rosa que escribí hace siete años con motivo de un almuerzo que Castelar me ofreciera en su misma casa de hoy, en la calle de Serrano. Aquel Castelar brillaba aún en la madurez lozana de una vida que apenas demostraba cansancio, aun cuando en la cúpula había nevado ya bastante. El orador todavía se afirmaba sobre los estribos de su pegaso. Los ojos chispeaban vivos en la cara sonrosada; el gesto adornaba la frase elocuente; la potencia tribunicia se denunciaba a relámpagos. El apetito se revelaba en aquellas perdices regalo de la duquesa de Medinaceli, aquellas perdices episcopales regadas con exquisitos vinos de abad. Y Abarzuza, que todavía no había sido ministro, estaba a su lado. Y sobre la gran calva popular se encendía en su apogeo un círculo de gloria. Hoy... Me dió ciertamente tristeza el cuerpo delgado por la dolencia, los ojos un tanto apagados, la voz algo cansada, el rostro de fatiga, todo el célebre hombre en decadencia. Todo no; porque en cuanto empezó a hablar, como le tocara el punto delicado de la política primero y de los asuntos internacionales después, irguió la antigua cresta, cantó. De lo primero, como quien mira las cosas desde su voluntario aislamiento; pero expresando su disgusto por las añagazas y trampas al uso; y su desconsuelo airado por el estado a que han reducido al país los malos dirigentes. De los segundos, lapidando a frases violentas a los Estados Unidos. Hay que recordar como ha sido el entusiasmo de Castelar por la república norteamericana antes de la iniquidad. Y lo mucho que a Castelar han admirado los yanquis—sin duda alguna por lo que ha tenido de greatest in the world, a título de Niágara oratorio—. Y el Crisóstomo peninsular hablaba con el despecho razonado de quien ha sido víctima de un engaño, de un engaño digno del país colosal de los dentistas. «¡Cosas de este fin de siglo!» nos decía. «Mientras la autocrática Rusia pide a los pueblos el desarme y aboga por la paz, los Estados Unidos, tierra de la democracia, son los que proclaman la fuerza por ley y se tornan guerreros. ¡Oh, es esto para mí como si los castores se hubieran de pronto vuelto tigres! Tengo en mi casa un retrato de Wáshington, regalo de un ilustre amigo mío norteamericano; y otro amigo y compatriota me hacía cargos porque tenía yo al gran anglo-sajón en lugar preferido de mi alcoba». Le contesté que el pobre no tenía la culpa de lo que hacían sus descendientes, y que el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el corazón de sus conciudadanos, sería el primero en avergonzarse de ellos en esta sazón en que se han convertido en heraldos y ministros de la violencia y de la injusticia.
Calzado nos decía que durante la enfermedad no ha cesado un momento Castelar en su labor de siempre. Que su humor no se ha entibiado, ni sus ejercicios mentales de costumbre han sufrido el menor cambio ni menoscabo. Es el trabajador de antaño. Entonces él nos dijo de qué manera había perdido personalmente en su presupuesto constante una renta que no bajaba de dos mil quinientos a tres mil francos mensuales, pues por voluntad invencible ha resuelto, desde la última guerra, no escribir una sola línea para el público de Norte-América. Y en verdad, Castelar ha sido pagado por los yanquis como muy pocos escritores. Diarios y magazines ha habido que desembolsasen por un solo artículo quinientos dollars, mil dollars. Era un Klondike en la imperial Nueva York, o en la estudiosa Boston, o en la regia Porcópolis. Ese Klondike se lo ha cerrado la lírica sangre gaditana que corre en sus venas. Un yanqui en su caso escribiría el doble y pediría el triple por un artículo. Pero ¿qué dirían el Cid y Don Pelayo?
Me despedí de él no sin antes contestar a sus preguntas sobre América, sobre la salud del general Mitre, sobre nuestros progresos. Me cita para una larga entrevista próxima, y me encarga envíe sus mejores recuerdos a sus antiguos compañeros de La Nación. Yo cumplo con ese grato deber, y ruego a mis colegas de la casa que no se imaginen al Castelar enfermo y débil de ahora al recibir ese saludo, sino al que tenemos allí retratado en la sala de redacción: la cabeza fuerte y noble como para contener un vasto mundo de ideas, los ojos que anuncian la victoria de la palabra, y bajo el gran bigote, la boca expresiva de donde ha brotado tanta sonora tempestad verbal, tanta música, tanta encantadora mentira y tanta voluntad de Dios. Pues nadie puede decir en este siglo lo que escuché de él, ciertamente conmovido, momentos antes de estrechar su mano al despedirme: «Yo he libertado a doscientos mil negros con un discurso».
NOTAS TEATRALES
20 de enero.
Varios estrenos: La Walkiria en el Real; Los Reyes en el destierro, en la Comedia; Los caballos, en Lara. La impresión dominadora que me ha producido la estupenda obra de Wagner, es de aquellas fascinaciones de arte que eternamente nos duran. El día está un tanto escandinavo: a través de los vidrios del balcón veo caer tenaz y triste la nieve. Es, pues, a propósito el momento para hablaros del estreno de la ópera del Wottan de la música. Mirad primero del palco escénico al público: es noche de gran pompa; el deslumbramiento es semejante al de la sala de nuestra Ópera una noche de 9 de julio o de 25 de mayo. Los hermosos tipos españoles son de beldad famosa, y tan vario caudal de gracia y de maravilla plástica se aumenta y se ilumina con las constelaciones de la pedrería y la elegancia de los trajes. La española tiene su estilo de vestir, como la vienesa, como la bonaerense, como la neoyorkina; pero lo que en la una hace que porte un Paquin o un Worth con cierta suntuosidad un tanto abullonada, como inflada de valses, y en la argentina produce la confusión prodigiosa de la manera con la parisiense y en la otra pone una especie de matematecidad gimnástica, en estas damas hace que la elegancia francesa se mezcle en limitada parte con el aire nativo, y para mejor daros una idea de ciertos ejemplares soberanos, pongo por caso la andaluza marquesa de Alquibla—os digo que os imaginéis a una maja de Goya vestida por Chaplin.
Desde luego, las observaciones de Graindorge no han caducado, y probablemente mientras en el mundo haya le monde, tendrán su inmediata confrontación en toda sociedad de la tierra. Mas aquí, donde la cultura no es de aluvión, sino que está filtrada a través de rocas multiseculares, fuera de aquello frívolo y pasajero que la moda traiga con su imposición, el sentido social está bien cimentado; y pongo esto a cuento porque lo primero que noté en la sala regia, con pocas excepciones, es que la alta sociedad madrileña va al Español para ver y para oir, y al Real para oir y para ver. Hay en el público de palcos y plateas conocedores insignes en cuestión musical, y en cuanto al paraíso, como en Buenos Aires, es allí donde se encuentran los que, según se dice, imponen o rechazan una obra. Mas no oiréis la conversación molesta del advenedizo enriquecido que llega a su palco a hacerse notar por su desdén a lo que en la escena pasa; y los fanáticos de Wagner no han tenido que protestar a causa de ninguna incoherencia en la ocasión presente. Conforme con los preceptos wagnerianos, nadie llegó retrasado a la función.
Pues, os digo que aun impera en mí el prodigio de la armonía y de la melodía, «elementos de la música más espiritual que el simple ritmo», de Hanslick, y jamás he visto alzarse sobre un trono más glorioso el alma suprema del gran Germano. Toda alma de artista, en esa noche, sintió allí clavada la espada divina del genio cual la que está en el fresno hundida hasta la empuñadura. Yo recordaba que uno de mis mayores disgustos había sido con un amigo cordial, de más corcheas que yo, pero a quien no podía demostrar mi sinceridad por Wagner delante de su obstinada sospecha de ver en mi amor profundo por ese orbe de poesía absoluta un mal pertrechado entusiasmo de snob... ¡Oh, no! Allí habéis sentido y pensado a Wagner los que sabéis y podéis sentirle y pensarle; y muchos de vosotros habéis ido a oir la Misa del Arte a la iglesia de Bayreuth. Pues aquí es mayor, incomparablemente mayor el número de los adoradores, de los verdaderos adoradores del santo culto que renueva a Pitágoras... y mi modesta afición, sin pretensión alguna, sin herir ninguna cuerda, ni soplar madera ni cobre, ha sido bien acogida. Se me ha dejado rezar, y eso basta. Madrid es capital que por su gusto musical se distingue, el Real es de los teatros señalados artísticamente, y entre otras cosas, existe una Sociedad de conciertos que puede enorgullecer a cualquier gran centro lírico. No es sino de entusiasmo la impresión que han llevado últimamente Saint-Saëns y Lamoureux. Pero ¿y La Walkiria?
La sala se dejó subyugar por la potencia sublime, desde los compases directores de la introducción, corta y llena de magnificencia, y las primeras frases de Siegmund—desgraciada y necesariamente traducido en Segismundo—hasta el momento final en que al golpe de la lanza brota el misterioso fuego, todo fué como el paso de un vasto huracán de mágicos números, de cadencias únicas, de revelaciones armoniosas; ya Siglinda surja, encarnación de portento, o Hunding truene o Siegmund en un solo ideal se lamente; o el dúo del amoroso y deleitoso y único amor de los dos hermanos se cristalice soberbiamente en la expresión del divino incesto: «Esposa y hermana eres para mí. ¡Surja, pues, de nosotros la sangre de los Welsas!» o Brunilda arrebate a Siglinda o pase la prestigiosa y sonora cabalgata, o por fin, Wottan, dando el sueño con un beso a la Walkiria, ordene el incendio al dios del fuego maravilloso. El conjunto se destaca como una selva mágica en la que casi sensible físicamente, el influjo del deus precipita nuestras emociones también en cabalgata magnífica e incontenible. Cada mente se siente abrasada, cada espíritu contiene a Gerilda, Waltranta, Schwerleita, Ortlinda, Helmwigia, Sigruna, Rosweisa, Grimguerda... Y el público de Madrid, en general, supo apreciar el don olímpico. Aunque hay quien afirme que del ciclópeo drama musical lo único que ha admirado son las bellezas de la cabalgata y del fuego encantado...
En la Comedia, el estreno de Los reyes en el destierro, como comprenderéis, extraída de la novela de Daudet. Autor de la pieza y gozador del triunfo y del provecho, Alejandro Sawa. De Sawa también os he hablado desde París—pues en verdad he sido yo el judío errante de La Nación—hace algunos años. Él fué quien me presentó a Jean Carrère, cuando la émeute de los estudiantes y los escándalos del café D'Arcourt, en el 93. Allá en París hacía Sawa esa vida hoy ya imposible, que se disfrazó en un tiempo con el bonito nombre de Bohemia. Es más parisiense que español y sus aficiones, sus preferencias y sus gustos tienen el sello del Quartier Latin. Lo cual no obsta para que sea casado, hombre de labor de cuando en cuando—y querido de todos en Madrid—. A su vuelta, después de muchos años, de Francia, ha sido recibido fraternalmente, y la suerte buena no le ha sido esquiva, pues con el arreglo que ha hecho ahora para el teatro, ha obtenido una victoria intelectual y positiva. Para Buenos Aires sé que no tengo que entrar a detallar o recordar los tipos especiales que se barajan en la producción del pobre Petit-Chose. Sólo diré que Sawa ha logrado hilvanar bien su scenario y tejer su juego con habilidad y con el talento que todo el mundo le reconoce.
Sawa—debo decirlo—continúa, a pesar de su triunfo, de su encantadora hijita y de su barba que anuncia ya la vejez entrante, tan formal como hace siete años. Me había prometido una escena de su obra para este correo, primicia muy agradable. En efecto, no le he vuelto a ver.
A Sellés sí le he visto, un día después del estreno de Los caballos. Es personal y literariamente muy simpático, y pongo el vulgar adjetivo porque así se comprenderá mayormente. Este académico de la Española es, sin duda alguna, el más juvenil de los inmortales; no el más joven, porque el conde la Viñaza y el poeta Ferrari son los benjamines. El más anciano ya se sabe que es Menéndez y Pelayo. Y he aquí que en un teatro de arte chico, de chulerías y cosas de esa guisa, se presenta Sellés con esta obra, parte de una trilogía que, según él deja decir, es simbolista. Altamente estimo al autor del Nudo gordiano, y sobre todo, su tendencia a hacer un teatro de ideas, aquí en la tierra del parlar y del inflar.
Pero crea el señor Sellés que es infantil, que es de una ingenuidad conmovedora el nombrar a Ibsen, o a Hauptmann, o a Sudermann, como alguien lo hiciera delante de mí, a propósito de sus obras. Llamar teatro simbolista al del señor Sellés, es como poner bajo las tentativas del dibujante Chiorino: «dibujo prerrafaelita». En el teatro de Antoine, en el de l'Œuvre, su obra difícilmente habría sido admitida; porque el reconocer su castiza y propia lengua no significa en este caso nada; cuando se quiere hacer obra de ideas no se hace obra de palabras. Esta pieza, como dejo apuntado, pertenece a una trilogía, cuya primera parte ha sido puesta en escena por Novelli. Hay una tendencia social que se ruboriza de su mismo impulso a la libertad futura. Parece que no ha estudiado el señor Sellés como debía el más arduo de los problemas contemporáneos, y el anarquismo «para familias» que ha procurado presentar en su pieza, no provocará en los intelectuales sino una sonrisa. El río es más vasto y más profundo; y, para citar un tipo, venir a encarnar en el maestro de escuela, en España, la tendencia salvadora de la obra social—¡aquí donde el pobre maestro de escuela es sinónimo de atorrante!—, es simplemente inefable. La tela paradojal está bien bordada de oro fino castellano; la forma regocija el amor patrio gramatical, y el poeta es el poeta de siempre. Aquí se da del cher maître; y yo le digo por eso: Querido maestro, sus caballos se han desbocado, pero... à rebours.
Y el miércoles próximo en el Español, estreno de Cyrano de Bergerac. Nada diré hasta después de la representación; pero os mando los versos que me encargara la revista Vida Literaria con tal motivo.
CYRANO EN ESPAÑA
He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa
De un salto el Pirineo. Cyrano está en su casa.
¿No es en España, acaso, la sangre vino y fuego?
Al gran gascón saluda y abraza el gran manchego.
¿No se hacen en España los más bellos castillos?
Roxanas encarnaron con rosas los Murillos,
Y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña
Conócenla los bravos cadetes de Gascuña.
Cyrano hizo su viaje a la luna: más antes
Ya el divino lunático de don Miguel Cervantes
Pasaba entre las dulces estrellas de su sueño
Jinete en el sublime pegaso Clavileño.
Y Cyrano ha leído la maravilla escrita
Y al pronunciar el nombre del Quijote, se quita
Bergerac el sombrero: Cyrano Balazote
Siente que es lengua suya la lengua del Quijote.
Y la nariz heroica del gascón se diría
Que husmea los dorados vinos de Andalucía.
Y la espada francesa, por él desenvainada,
Brilla bien en la tierra de la capa y la espada.
¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Castilla
Te da su idioma, y tu alma como tu espada brilla
Al sol que allá en tus tiempos no se ocultó en España.
Tu nariz y penacho no están en tierra extraña,
Pues vienes a la tierra de la Caballería.
Eres el noble huésped de Calderón. María
Roxana te demuestra que lucha la fragancia
De las rosas de España con las rosas de Francia.
Y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas
Y sus miradas, astros que visten negras túnicas
Y la lira que vibra en su lengua sonora
Te dan una Roxana de España encantadora.
¡Oh poeta! ¡Oh celeste poeta de la facha
Grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin tacha
Príncipe de locuras, de sueños y de rimas:
Tu penacho es hermano de las más altas cimas,
Del nido de tu pecho una alondra se lanza,
Un hada es tu madrina, y es la Desesperanza;
Y en medio de la selva del duelo y del olvido
Las nueve musas vendan tu corazón herido.
¿Allá en la luna hallaste algún mágico prado
Donde vaga el espíritu de Pierrot desolado?
¿Viste el palacio blanco de los locos del Arte?
¿Fué acaso la gran sombra de Píndaro a encontrarte?
¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas
Albas forma el castillo de las Vírgenes locas?
¿Y en un jardín fantástico de misteriosas flores
No oíste al melodioso Rey de los ruiseñores?
No juzgues mi curiosa demanda inoportuna,
Pues todas estas cosas existen en la luna.
¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Cyrano
De Bergerac, cadete y amante, y castellano
Que trae los recuerdos que Durandal abona
Al país en que aun brillan las luces de Tizona.
El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte
El que vence el espacio y el tiempo; su estandarte.
Pueblos, es del espíritu el azul oriflama.
¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?
Y a través de los siglos se contestan, oid:
La Canción de Rolando y la Gesta del Cid.
Cyrano va marchando, poeta y caballero
Al redoblar sonoro del grave Romancero.
Su penacho soberbio tiene nuestra aureola.
Son sus espuelas finas de fábrica española.
Y cuando en su balada Rostand teje el envío,
Creeríase a Quevedo rimando un desafío.
¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! No seca
El tiempo el lauro; el viejo Corral de la Pacheca
Recibe al generoso embajador del fuerte
Molière. En copa gala Tirso su vino vierte.
Nosotros exprimimos las uvas de Champaña
Para beber por Francia y en un cristal de España.
CYRANO EN CASA DE LOPE
2 de febrero de 1899.
En efecto, como os lo había anunciado, «Cyrano está en su casa». Ha llegado a España con muy buen pie y mediante los ocho o diez mil francos que, según tengo entendido, recibió de antemano el excelente poeta Rostand. El triunfo ha sido sonoro: y nariz por nariz, la de Díaz de Mendoza, en Madrid, ha valido lo que la de Coquelin en París. En la de Bergerac, ha dicho con su oportuno chiste de siempre Mariano de Cávia, que quedarían muy bien plantados los quevedos en España. Me place haber coincidido en lo del noble caballero de la torre de San Juan Abad, en unos de mis versos anteriores, con el vibrante y agudo periodista. El Cyrano español no es otro que Quevedo; en ambos puso la Luna «madre nutriz, con su leche, quilo del mundo», que dice la sabia doña Oliva de Sabuco, el rayo que hace los locos de poesía; y ambos fueron hombres de amor y de generosas empresas de espada.
La comedia heroica de Rostand, por otra parte, no es otra cosa que una obra de capa y espada de la más buena cepa española, como me lo hiciese notar al llegar el libro del Cyrano a Buenos Aires, un culto y sagaz compañero. Es una comedia de capa y espada que ha podido escucharse en el modernizado Corral de la Pacheca, como si fuese obra legítima de cualquier resucitado, porque los actuales, con las excepciones que sabéis, no encuentran mejor ni más provechosa fuente que las hazañas, hechos y gestos del chulo, ese «compadrito» madrileño. El éxito, pues, ha sido absoluto. La noche del estreno estaba en el Español el todo Madrid de las letras, y la belleza social tenía soberbia representación. No os supongáis que se trate de algo semejante a una «primera» de la Comédie Française; aquí no existe aristocracia literaria; todo va revuelto y el veterano de la gloria castellana se codea con el tipo interlope que han bautizado con el extraño nombre de Currinche. Un diario como El Nacional, con motivo de haber invitado Fernando Mendoza a los ensayos, y sobre todo al ensayo general, a personas extrañas al teatro, decía con loable franqueza: «Allá en París se invita en tales casos a la Prensa, a los autores dramáticos, novelistas, críticos, académicos, actrices vacantes, personalidades del gran mundo... En una ciudad de dos millones de habitantes, donde nadie tiene por qué combatir una obra, se puede invitar a mil espectadores que van sin prevenciones, ni envidias, ni espíritu de concurrencia, a presenciar un ensayo general; y a la crítica para que pueda con tiempo estudiar la obra y dar cuenta de ella dos días después, cuando ya el público de pago la haya visto; y un ensayo general es una especie de consagración del drama o comedia que el público irá a ver confiado en la nota, siempre benévola para el autor reputado, que la Prensa seguramente dará. ¿Pero aquí? Aquí, en esta cabeza de partido de Europa que se llama Madrid, y en la que todos nos conocemos, nos abrazamos y nos odiamos... aquí, donde hay un estado constante de celos y de envidias y de pequeñeces inevitable en el estrecho medio ambiente en que vivimos; aquí, donde toda la vida literaria está circunscrita a la Carrera de San Jerónimo y la calle del Príncipe... aquí, en fin, donde las Empresas viven de diez docenas de familias ricas y de doscientos espectadores pobres, de los cuales la mitad son autores rencorosos o Empresas rivales... permitir que asistan a un ensayo general los amigos y los enemigos, los autores españoles que han de ver gastos enormes y cultos rendidos a autores franceses, los empresarios del frente y los de al lado... ¡Qué equivocación tan lamentable y qué desconocimiento del país en que se vive!» Quien esas líneas escribió parece que tuviese bien conocido su ambiente; pues, en realidad, nada menos que por intermedio de Eusebio Blasco se ha manifestado en público lo que antes escuchara yo en privado: la miserable cuestión de las «perras» chicas y grandes... Ved como, al día siguiente del estreno, ese escritor cuyo arte singular es harto y de antiguo famoso, se expresa, agrediendo de paso a la América que ignora: «Podremos creer que en la casa de Lope de Vega no deben hacerse traducciones; podremos creer también que, de estrenar una obra extranjera cuyo éxito ha sido esencialmente literario en París, debieron haberla adaptado en verso castellano poetas de nombre. Aquí donde tenemos desde Núñez de Arce hasta Manuel Paso, desde Dicenta a José Juan Cadenas; desde Manuel del Palacio hasta Rodolfo Gil, desde Sellés hasta Gil (Ricardo), tantos y tantos poetas notabilísimos, los catalanes, regionalistas furibundos teniendo en Barcelona unos teatros tan hermosos, en cuanto hacen un drama o una traducción se vienen a Madrid y se imponen en el primer teatro de la nación, y se pone a su disposición todo el dinero de las Empresas. Todo esto vemos y de ello protestamos, sin ánimo de ofender a nadie y en defensa de los autores de Madrid, que son, hoy por hoy, en los tres teatros de verso que hoy funcionan, pospuestos a los autores franceses. El Cyrano de Bergerac le gustó mucho al público anoche. Es obra de dinero, como se dice en la jerga teatral. Melodrama para la exportación a Buenos Aires, Chile, Bolivia, y allí alborotará. ¿Cómo no? Lo encontrarán lindo y el estilo parecerá de perlas».
El que habla es Eusebio Blasco, instruído sobre el estado de las aduanas literarias sudamericanas por los poetas de Sucre o de Cochabamba, a quienes ha prologado, o quizá, casi estamos seguros, por persona a quien él conoce bastante, poeta de peso—el hombre de Huanchaca, el boliviano expresidente Arce, que compró la cama de la emperatriz Josefina. Y fijáos primero en la generosidad del artista de Los curas en camisa e introductor de Pañuelos blancos y de toda clase de lencería francesa: la casa de Lope cerrada a toda idea que no huela al aceite de las propias olivas, cuando la casa de Molière y la casa de Shakespeare no se cierran; proteccionismo de las vejeces más o menos gloriosas, a cuyo regimiento pertenece, o de amistades y simpatías personales, con daño de tres jóvenes modestos que han hecho un plausible esfuerzo; repudio de lo catalán, sin duda por las lecciones de arte y trabajo que Barcelona da; expulsión de lo bello francés a causa seguramente de que lo propio anda escaso; y, punto de mira principal, el dinero, el ansiado dinero—, cuya lindeza no nos atrevemos a contradecirle. ¿Cómo no? ¡Oh, no, buen señor!
Primero ha sido el talento de Rostand y después han llegado los miles de francos; y en cuanto a Cyrano de Bergerac, si como en el diálogo de Cávia se encontrase en la villa y corte a estas horas buscaría en vano la hidalguía de Quevedo y se volvería a su París, con Dreyfus y todo.
Pero, hablemos del estreno.
Un escritor de la nueva generación y de un talento del más hermoso brillo—he nombrado a Manuel Bueno—ha escrito que «el nombre de Cyrano de Bergerac parece un reto». «Hay—dice—en las seis sílabas que lo componen, un no sé qué de ostentoso atrevimiento que desafía». Ello es un hecho, que al oído se comprueba sin necesidad de haber leído el Cratilo de Platón. Entre las letras que componen ese nombre suenan la espada y las espuelas, y se ve el sombrero del gran penacho. ¿Y admitirás que el nombre es una representación de la cosa?—pregunta Sócrates en el diálogo del divino filósofo—Cratilo asiente. Cyrano tiene un nombre suyo como Rodrigo Díaz de Vivar, como Napoleón, como Catulle Mendés. Los nombres dicen ya lo que representan. Pues ese poeta farfantón y nobilísimo, de sonoro apelativo, debía ser bien recibido en un país en donde por mucho que se decaiga, siempre habrá en cada pecho un algo del espíritu de Don Quijote, algo de «romanticismo». ¡Romanticismo! «Sí—clama Julio Burell—romanticismo. Pero hoy el romanticismo que muere en Europa revive en América y en Oceanía. Cyrano de Bergerac—una fe, un ideal, una bandera, un deprecio de la vida—se llama Menelik en Abysinia, Samory en el Senegal, Maceo en Cuba y en Filipinas Aguinaldo...»
Verter el prestigioso alejandrino de Rostand al castellano era ya empresa dificultosa. Ni pensar siquiera en conservar el mismo verso, pues hay aquí crítica que aseguraría estar escrita en «aleluyas» la Leyenda de los siglos. Todo lo que no sea en metros usuales, silva, seguidilla, romance, sería mal visto, y renovadores de métrica como Banville, Eugenio de Castro o D'Annunzio, correrían la suerte del buen Salvador Rueda... Los tres catalanes—Martí, Vía y Tintorer—que tradujeron la obra, se fueron directamente a la silva y al romance; y ni siquiera intentaron poner en versos de nueve sílabas la balada o la canción llena de gracia heroica y alegre:
Ce sont les cadets de Gascogne
De Carbon de Castel-Jaloux
Bretteurs et menteurs sans vergogue
Ce sont les cadets de Gascogne...
y tan desairadamente se convirtió en:
Son los cadetes de la Gascuña
Que a Carbón tienen por capitán...
Luego hicieron cortes lamentables, como en el parlamento de Cyrano, sobre la nariz, y cambios más lamentables aún, como trocar la frase final, la frase básica de ¡Mon panache! por: La insignia de mi grandeza... ¡Qué queréis! por una palabra castiza se dan aquí diez ideas; y es muy posible que si Cyrano dice claramente: Mi penacho, nadie hubiera comprendido, o ese galicismo arruina la obra. De todos modos, los catalanes han llenado bien su tarea, hasta donde es posible en el medio en que tenían que presentarse.
La evocación teatral, el scenario, fué de una deliciosa impresión desde el primer momento, desde que apareció el local del Palacio de Borgoña, lugar de las representaciones dramáticas en el París de 1640. Creo demás, para el público de Buenos Aires, hablar del argumento del Cyrano de Rostand; todo se ha publicado cuando el estreno en París, y los que se interesan en estos asuntos han leído la comedia en el original. La nota principal del comienzo de la obra la señaló la aparición de María Guerrero, una Roxana que, eso sí, no han tenido los parisienses, encantadoramente caracterizada, una «preciosa», preciosísima. Los detalles perfectamente estudiados, artistas bellas y cómicos discretos; cuando el gordinflón Montfleuri aparece y Cyrano surge y Roxana sonríe, ya la concurrencia está dominada. Fernando Mendoza, que ha progresado mucho con sus viajes, se conquista los aplausos desde luego; las simpatías, que tanto hacen con el público, están ganadas de antemano.
Las gasconadas se suceden, y al llegar la escena del desafío con Valvert, el triunfo se deja divisar: y al final, cuando Cyrano se va a acompañar a su amigo Lignière para defenderlo contra cien—¡Con quince luché en Zamora!—la ovación primera estalla, al sonar en silva castellana los últimos alejandrinos:
Ne demandiez-vous pas pourquoi, mademoiselle,
Contre ce seul rimeur, cent hommes furent mis?
C'est parce qu'on savait qu'il est de mes amis.
En el acto segundo, en su hostería aparece el poeta y pastelero Ragueneau, encarnado por aquel tan buen cómico que conocéis, Díaz, un gracioso que en la Renaissance supo hacer admirar la tradición de su clásico carácter. La llegada de Cyrano, los poetas, famélicos; la carta escrita a Roxana, la entrevista con ésta, la confidencia de ella y el desengaño de él; la llegada de los cadetes; la provocación de Christian—hecha con gran propiedad por el joven artista que también conocéis, Allens Perkins—la conversación entre Cyrano y Christian; el final del acto en versos en que los traductores se han llenado indudablemente del espíritu del original—¡Non, merci!—; todo esto hace que el telón caiga en una tempestad triunfante de entusiasmo.
El acto tercero entra en plena victoria. La escena del balcón agrada, por la justeza con que la silva ha podido interpretar el verso de Francia. Matrimonio de Christian y Roxana, y venganza de De Guiches, que manda a los cadetes de Gascuña a levantar el sitio de Arras, contra los españoles. El entusiasmo se duplica.
El cuarto es el del campamento, admirablemente puesto; los cadetes hambrientos; Castel Jaloux—muy bien esculpido por Cirera—y Cyrano, figuras sobresalientes; y la escena hermosa del pífano conmueve al auditorio... Ah, los alejandrinos de Rostand; pero la silva sigue haciendo lo que puede, y el espíritu triunfa. Y he ahí a Roxana; aparece en la carroza que sabéis, con el buen Ragueneau, de cochero, que enarbola su látigo de salchicha; el lunch inesperado; la llegada de De Guiches, el diálogo de Roxana y Christian, la nobleza de ese cordial sin talento; triunfo del alma de Cyrano; la lucha; la muerte de Christian; y, con el pañuelo de Roxana por bandera, el combate con los españoles; el triunfo de éstos; y la pregunta; «¿Quiénes son esos locos que así saben morir?», con la respuesta de Cyrano.
Ce sont les cadets de Gascogne,
de Carbon de Castel-Jaloux...
Ciertamente os digo, que todo eso fué merecedor de la tormenta de aplausos y exclamaciones que coronó el acto. Para llegar al último, suave, otoñal, crepuscular, vespertino, a la caída de las hojas. De esos adjetivos tomad el que gustéis para la figura de María Guerrero, de religiosa, con su toca como una gran mariposa negra sobre la frente—Cyrano llega a morir, después de tantos años de silenciosa pasión, delante de la que ama; y en una escena de delirio glorioso y melancólico, al amor de la luna triste. La lune s'attristait... Y yo no he visto a Coquelin, ni a Richard Mansfield, los dos mejores Cyranos, como que el uno es el acreedor y ha encarnado su «alma» según dice Rostand en la dedicatoria; pero Díaz de Mendoza ha creado bravamente, muy bravamente su papel; y, como le dice en una carta cierto linajudo marqués, al artista grande de España: «Si hasta ahora fuiste el cómico de los señores, desde ayer eres el señor de los cómicos». He ido a saludarle al «saloncillo» en un entreacto, a ese saloncillo de descanso en donde los infaltables Echegaray, Llana, Ladevese y otros más, hacen su tertulia todas las noches, rodeados de retratos de autores y presididos por la gracia de María Guerrero. Y he encontrado al hidalgo entusiasta del arte, y que, signo de su tiempo, lo es altivamente y gallardamente, sobre preocupaciones de linaje, siguiendo una vocación imperiosa y pudiendo agregar a sus armas de conde de Bazalote las dos máscaras.
El aparecimiento de Cyrano de Bergerac, en estos momentos podría ser y debía ser saludable y reconfortante. A propósito de estos actores, recuerdo que Paul Costard hizo una muy atinada observación. La de que Cervantes se hubiese arrepentido de su victoria contra la bella locura de la caballería. Don Quijote, después de todo, no es más que la caricatura del ideal: y sin ideales, pueblos e individuos no valen gran cosa. Ni Cyrano habría cedido a las añagazas de los políticos de la débâcle «¡Non merci!» ni quien se quedó manco en Lepanto habría quedado sin perecer glorioso en Cavite o en Santiago de Cuba. El espíritu sanchesco sirve de lastre a las almas nacionales o individuales, impide toda ascensión; el romántico espíritu de la caballería es capaz de convertir a un seco y aritmético yanqui en un héroe, a un cow-boy en un Bayardo. Y por el contrario, todo pueblo, como todo hombre que desdeña el ideal, esto es el honor, el sacrificio, la gloria, la poesía de la historia y la poesía de la vida, es castigado por su propio olvido. A través de las lanzas prusianas se ve pasar el cisne de Lohengrin, y mientras España fué caballeresca y romántica, siempre tuvo la visión del celeste caballero Santiago. Esta triste flacidez, esta postración y esta indiferencia por la suerte de la patria, marcan una época en que el españolismo tradicional se ha desconocido o se ha arrinconado como una armadura vieja. Los politiciens y los fariseos de todo pelaje e hígado prostituyeron la grande alma española. Y aun la religión, que ha perdido hasta su vieja fiereza inquisitorial en la tierra fogosa de los autos de fe, se convirtió en una de las ventosas cartaginesas que han ido poco a poco trayendo la anemia al corazón de la Patria; y si por el sable sin ideales se perdieron las Antillas, por el hisopo sin ideales y sin fe se perdieron las Filipinas. Y el honor, ¿por qué se perdió? Creo que el fuerte vasco Unamuno, a raíz de la catástrofe, gritó en un periódico de Madrid de modo que fué bien escuchado su grito: ¡Muera don Quijote! Es un concepto a mi entender injusto. Don Quijote no debe ni puede morir; en sus avatares cambia de aspecto, pero es el que trae la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo. Un tiempo se llamó el Cid, y aun muerto ganó batallas. Otro, Cristóbal Colón, y su Dulcinea fué la América. Cuando esto se purifique—¿será por el hierro y el fuego?—quizá reaparezca, en un futuro renacimiento, con nuevas armas, con ideales nuevos, y entonces los hombres volverán a oir, Dios lo quiera, entre las columnas de Hércules, rugir al mar, con sangre renovada y pura, el viejo y simbólico león de los iberos.
LA CORONACIÓN DE CAMPOAMOR
19 de febrero.
Salgo de casa de Campoamor con una impresión de tristeza. Se trata de su coronación... Romero Robledo, al cerrarse la exposición de las obras de Casimiro Sáinz—ese pobre artista que como André Gill fué a parar a un manicomio—, el célebre político ha iniciado ahora la pintoresca apoteosis que han obtenido en este siglo en España, Quintana, Zorrilla y Núñez de Arce. No es la primera vez que de ello se trata. Parece que anteriormente por dos ocasiones se ha intentado esa espléndida humorada en acción, pero el poeta ha protestado por tan vistosos honores y se ha encerrado en su casa a pasar sus últimos años en la burguesa existencia de un rentista que padece de reumatismos. ¡Así fué el gran gesto de nuestro Guido, negándose a la apoteosis con que se le hubiera querido obsequiar! Pero ¡qué gran diferencia de poeta a poeta! La bella cabeza del lírico argentino, la máscara del viejo Pan, las barbas fluviales, la conversación juvenil, el alma fresca, la confianza en la vida de su patria vigorosa y nueva; ir a visitar a Guido es un placer intelectual, alegre y reconfortante; y a veces toca, como sabéis, helénica y admirablemente, la flauta, mientras le hacen de bajos sus vecinos, los leones de Palermo. Y Campoamor, caduco, amargado de tiempo a su pesar, reducido a la inacción después de haber sido un hombre activo y jovial, casi imposibilitado de pies y manos, la facies penosa, el ojo sin elocuencia, la palabra poca y difícil... y cuando le dais la mano y os reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente de su tierra dolorida, de la vida que se va, de su impotencia, de su espera en la antesala de la muerte... os digo que es para salir de su presencia con el espíritu apretado de melancolía.
La figura de Campoamor resalta en la poesía española de este siglo con singular magnitud. Si aquí hubiese un Luxemburgo en que habitasen, reconocidos por los pájaros, las rosas y los niños, los poetas de mármol y de bronce, los simulacros de los artistas cristalizados para el tiempo en la obra del arte, las tres estatuas que se destacarían representando esta centuria lírica, serían la de Zorrilla en primer término, la de Núñez de Arce y la de Campoamor. No lejos, por fondo un macizo de flores apacibles, tendría su busto Becquer, que por tener algo de septentrional ha sido excomulgado alguna vez por ciertos inquisidores de la Academia de la Lengua y de la tradición formalista.
Zorrilla encarna toda la vasta leyenda nacional, y es su espíritu el espíritu más español, más autóctono de todos, desde el mundo múltiple en que se desbordó su fantasía, una de las más pletóricas y musicales que haya habido en todas las literaturas, hasta la impecabilidad clásica y castiza de su forma, en medio de las gallardías de expresión y de los caprichos de ritmo que le venían en antojo. Núñez de Arce, con vistas a Francia, y muy particularmente hacia el castillo secular y formidable de Leconte de Lisle, representa un momento del pensamiento universal en el pensamiento de su generación en España, una tentativa de independencia de la tradición, la duda filosófica de mediados de siglo; su fray Martín habla como el abad Hieronimus de los Poemas Bárbaros, y los alejandrinos del impasible francés hallan resonancia paralela en los endecasílabos del nervioso y vibrante castellano. Campoamor ha realizado en cierto modo una dualidad que se creería imposible, al ser al mismo tiempo aristocrático y popular: aristocrático por su elegante y amable filosofía, por su especialísima gracia verbal y métrica; popular, porque siempre va por llanos caminos, y su expresión es semejante a un arroyo donde cualquier caminante puede beber el agua a su gusto con sólo darse el trabajo de inclinarse a cogerla. De los tres, el poeta más poeta fué, sin duda alguna, Zorrilla, «el que mató a don Pedro y el que salvó a don Juan», poeta en su vida, poeta hasta su muerte en todo y por todo, a término de hacer oir un discurso en verso a los académicos de la Española; poeta delante del cadáver de Larra, poeta triunfante con su Tenorio, poeta cortesano del emperador de la barba de oro en Méjico; poeta ya viejo y necesitado, cuando Castelar sostuvo en las Cortes la urgencia de proteger con una pensión a esa viva reliquia gloriosa, a ese millonario de sueños y de rimas, propietario del cielo azul «en donde no hay nada que comer». Núñez de Arce ha sido ministro, hombre político, y hoy mismo gobernador del Banco Hipotecario; la juventud intelectual, por lo que he observado, tiene pocas simpatías por él. Campoamor es un buen burgués de provincia que ha sido también senador y consejero de Estado, y que continúa gozando de la renta que le dan sus tierras. Los jóvenes le tienen gran estima y afecto. A Zorrilla se le coronó, allá en Granada, en fiesta en que él puso a danzar todos sus gnomos y silfos; a Núñez de Arce se le coronó hace poco tiempo; ahora, como os he dicho, se piensa en coronar a Campoamor.
Yo no sé cómo aquí realizarán esta fiesta, indudablemente plausible en cuanto se trata de honrar la divina virtud, la suma gracia del arte, pero fácil a la sonrisa, inevitable en el humor de nuestro tiempo en que francmasonería, filatelia, volapuk, librepensamiento y versos, en el sentido melenudo de la palabra, pasan bajo la mirada irresistible de la diosa Eironeia. Mirad que resucitar a estas horas ceremonias contemporáneas de Corina, colocarle a nuestro eminente vecino don Fulano de Tal el gajo verde que circunda la cabeza de Tasso o de Dante, ante un concurso, por obra de su época, iconoclasta, que ha oído desde hace largos años decir a don Gaspar: «Ya venciste, Voltaire, ¡maldito seas!», que apenas compra los libros de rimas y que acaba de introducir de París el café-concert, el modernismo en el arte y los automóviles, es asunto que en Buenos Aires se prestaría maravillosamente para glosas de un picor en que son especiales los jengibres criollo-cosmopolitas.
He dicho que al ilustre anciano se le había antes querido coronar dos veces, y que en ambas había declinado la manifestación.
Para saber su temperamento en el caso actual, le hice una visita en unión de uno de los más notables talentos del Madrid de ahora, el médico y escritor José Verdes Montenegro, que, entre paréntesis, acaba de publicar una interesante introducción a la versión que de una novela reciente del hijo de Tolstoi—El preludio de Chopín—ha hecho un autor de esta Corte. Ciertamente no fué de agrado el gesto que vi cincelarse en la enferma faz de Campoamor cuando le pregunté el estado de su ánimo sobre la coronación, y de sus labios, que apenas permiten pasar las palabras, entre una tentativa de protesta dejó escapar una interjección absolutamente española, pero quizá de origen griego, pues el hermano de Safo tuvo el mal gusto de tenerla por nombre. Mientras un criado le llevaba el alimento a la boca—«¡santo Dios, y éste es aquél!»—aquella ruina venerable movía la cabeza, y con la mirada decía muchas doloras crepusculares llenas de cosas tristísimas. ¡Coronación a estas alturas de vejez en que la nieve se ha amontonado tanto sobre la vida que ya uno apenas puede darse cuenta de que existe! Podría él preguntarse: «¿es que vivo aún?» Se le decía que todo se haría bien hecho, que dada la persona que encabeza la iniciativa, no podía la fiesta ser sino un regio triunfo social e intelectual. ¿Oía? ¿entendía?
El seguía haciendo sus dolorosos movimientos de cabeza; hasta que, cuando nombramos a Romero Robledo, dejó caer estas palabras: «¡A ese no le hacen justicia!»
De todos modos, la fiesta, según tengo entendido, va a realizarse, y esta misma noche he de asistir en casa de doña Emilia Pardo-Bazán a una reunión de hombres de letras y de política, reunión convocada por la célebre escritora para tratar de ese tópico.
Ya era hora de despedirnos. Campoamor, en el estado en que está, en cuanto se levanta de la mesa tiene que ir al lecho. Todavía nos mira fija, fijamente: nos da la mano, que apenas puede apretar la nuestra; y de pronto se le enrojecen los ojos, va a llorar... Mi compañero me dice: «Vámonos». Salimos con rapidez.
11 de febrero.
Reunión, anoche, en casa de doña Emilia Pardo-Bazán. Sorpresa mía, al oir anunciar a doña Emilia, a sus invitados, que la fiesta es dedicada mitad al asunto Campoamor y mitad a quien estas líneas escribe. Fijáos: ese anciano hidalgo que llega ceremonioso a saludar a la condesa douairière de Pardo-Bazán, es el duque de Tetuán; y el hidalgo joven que cojea un poco apoyado en un bastón, al lado de don José Echegaray, es el conde de las Navas. Cerca de Eugenio Sellés, académico, está el próximo «inmortal» Emilio Ferrari. Carlos M. Ocantos conversa con el periodista francés René Halphen. El doctor Tolosa Latour está entre los dos celebérrimos cronistas de salón, Kasabal y Monte-Cristo. Más allá, dos o tres marqueses, cuyos títulos no se me quedan en la memoria; y las señoritas de Quiroga, hijas de doña Emilia. Le doy la mano a un tuerto, de la dinastía bretoniana; es Luis Taboada. Un ciego se adelanta—siempre ducal, siempre suscitando rumores afectuosos a su paso, siempre con una elegancia que es proverbial desde su juventud, a punto de que en los salones de Wáshington se le apellidaba Bouquet; se diría que su ceguera realza ahora su distinción: es el autor de Pepita Jiménez—es don Juan Valera. En un grupo oigo decir entre otras palabras: «Buenos Aires... La Nación... Mitre... Centenario de Colón...» A un caballero, a quien reconozco en seguida, recuerdo que le he sido presentado por Cánovas en otro tiempo: es el señor Romero Robledo. Se forman corrillos. Heme aquí de pronto colocado por doña Emilia entre dos altas damas que representan lo más intelectual de la nobleza femenina de España: la marquesa de la Laguna y la condesa de Pinohermoso. Desde luego es ya mucho que estas dos linajudas señoras se interesen por cosas de la literatura. De antiguo la nobleza, con las excepciones sabidas, fué ignorante y poco amiga de asuntos que hicieran pensar. Hoy, con excepciones más sabidas aún, las cortes europeas son como las aristocracias plutocráticas de países sin armoriales; hay la cultura precisa para no hacer resaltar una ignorancia que sería desdorosa, pero lo principal se va al sport y demás conocimientos mundanos.
La poca conversación con estas damas me da a entender que hay justicia en tenerlas en la estima mental que se las tiene, quedando resaltantes, a mi juicio, la duquesa de la Laguna por el esprit, la condesa de Pinohermoso por las opiniones discretas.
¿Y el asunto Campoamor a todo esto? Nadie habla de ello por el momento. Apenas un señor que ha visto al viejo poeta esta misma tarde, cuenta que le ha preguntado: «¿Y usted se dejará por fin coronar?», y que él le ha contestado: «Yo no me dejo, pero me van a coronar». Observo que todo el mundo mira a Romero Robledo como a un sér más o menos olímpico. Él habla de que la coronación se realice en el Retiro. Se levantaría una tribuna especial; se decoraría todo con el arte y el fausto de que se puede disponer; y luego, el recinto guarda memorias ilustres de los tiempos en que Felipe IV sabía ser un monarca intelectual. Y doña Emilia habla de lo que ha dicho Castelar en el banquete de hace dos días: que a él no le parece bien la coronación de un poeta lírico, porque éste expresa opiniones y sentimientos individuales; a un poeta épico, se explica, porque representa el alma de una colectividad, de un pueblo... Y doña Emilia, a defender a Campoamor, y a decir que cabalmente los poetas llamados épicos—¿han todos expresado epopeyas en el alto sentido?—son momentáneos y manifiestan pensamientos y sentimientos que pasan; en tanto que los poetas líricos o individuales han puesto en la expresión de su yo la expresión del alma eterna de los hombres; y así, lo que han cantado y rimado hace muchos siglos, subsiste hoy como emergido de almas y corazones contemporáneos nuestros. Homero nos interesa en la despedida de Andrómaca, porque eso es humano y particular a cada sér que tenga sensibilidad cordial; pero cuando es absolutamente épico, no interesa hoy, sino a la erudición o a la pedantería. Cuando doña Emilia demostraba esto a Valera, yo decía en mi interior lo que Víctor Hugo en otra ocasión dijese a la misma doña Emilia: ¡Voilà bien l´Espagnole!
Como entre los humos del té pidiese yo al señor Romero Robledo detalles sobre la próxima coronación, me dice que todavía no hay nada definido; que se ha iniciado nada más el asunto, pero que marcha con tan buen aire, que todo augura un éxito colosal. Y aquí dos cosas curiosas, una del señor Romero Robledo y otra de la señora Pardo-Bazán. El uno dice: «¡Vamos a hacer algo que dejará eclipsado lo que París hizo por Víctor Hugo!...» Y la otra cuenta esta anécdota que el periodista francés la dejaría pasar, pero yo no: «Cuando se publicaron las Doloras de Campoamor, Víctor Hugo, celoso de esa gloria, dijo: «Voy a hacer un volumen de Doloras, como las de Campoamor», y escribió ¡Chansons des rues et des bois!»
¡Oh, doña Emilia! Es el caso que en esta ocasión no podría decir la frase huguesca de su autobiografía de los Pasos de Ulloa: «¡Voilà bien l´Espagnole!»... Y si ella arguyera, casi me pondría yo de parte de la señora de Lockroy...
Nos quedamos en petit comité; se despide la mayor parte de los invitados, y nos instalamos cerca de una roja y buena chimenea. Valera encanta y divierte, castellano y florentino, con su conversación especial; doña Emilia hace recitar a Ferrari, y dice ella versos alemanes e italianos. Y está más brillante que nunca, más brava que nunca, después de una de esas gallardas anécdotas de Valera, cuando a alguien se le antoja hablar de las inmediatas desventuras de España, y a este propósito un conde ignorante expele dos o tres inepcias estadísticas, y con un desconocimiento completamente ibero-americano, lanza esta frase: «La Habana era, al perderla España, la ciudad más grande, culta y rica de la América española».
El secretario argentino se pone nervioso, me hace señas y me voy a mi casa pensando en la «azul y blanca» de Obligado, a escribir, contento de mi continente, y de la capital de mi continente, para mi diario.
CARNAVAL
17 de febrero.
Le carnaval s'amuse... y Madrid se disfraza y danza y toca las castañuelas. Se ha divertido el pueblo con igual humor al que hubiese tenido sin Cavite y sin Santiago de Cuba. Hay filósofos de periódico que protestan de tan jovial e inconmovible ánimo; hay humoristas que defienden la risa y la alegría nacionales y que creen que «bien merecen la fiesta los pueblos que saben divertirse». ¡En hora buena! Yo me siento inclinado a estar de parte de los últimos y reconozco la herencia latina. Tácito y Suetonio (Anal. III, 6, Cal. 6) nos han dejado constancia de que los duelos públicos se suspendían en Roma los días de juegos públicos, o mientras se celebraban ciertos sagrados ritos. El luto español no se advierte al paso del cortejo de la Locura, y aquí, más que en ninguna parte, los duelos con pan—y ¡toros!—son menos.
Se ha enterrado la Sardina en su día, en el día de la simbólica ceniza; y en medio de la pompa carnavalesca, un periódico ha hecho desfilar una carroza macabra con el entierro de Meco, ese típico personaje que representa a la España de hoy. La mascarada en cuestión era de un pintoresco bufo-trágico indiscutible: la caricatura de los políticos del desastre, las ollas del presupuesto por incensarios; Meco camino del cementerio y tras la fúnebre mojiganga, una murga trompeteando a todo pulmón la marcha de Cádiz. Decid si no es un modo de divertirse con lívidos reflejos a lo Poe, y si en este carnaval no ha habido, si no la mascarada de la muerte roja, la mascarada de la muerte negra. Y como un diario hablase de una broma política dada a Sagasta en su casa, la grave Época ha publicado con terrible intención, que «no informado del todo el apreciable colega, ha omitido dar cuenta de otra broma, o, mejor, bromazo que después dió al jefe del Gobierno una numerosa comparsa vestida con más propiedad que la ya célebre compañía de los cadetes de la Gascuña. Fué el caso que al filo de la media noche, cuando más plácidamente reclinado estaba en cómoda butaca el señor Sagasta contemplando cómo se reducían a cenizas los troncos de su chimenea, ni más ni menos que nuestras posiciones ultramarinas, y evocando mentalmente los hechos todos de su larga y aprovechada vida, sonó en la antesala ruido de extraña música, así como el rascar de huesos con que suelen acompañar sus tangos los negros de Cuba. Se abrió la puerta y entró la mascarada. Precedíale un estandarte enlodado que en otro tiempo fué rojo y amarillo, adornado ahora de oro y azul. A pesar de los desgarrones y manchas del carnavalesco estandarte, podían leerse estos nombres: Cavite, Santiago, San Juan de Puerto Rico. Seguían luego con carátulas que representaban rostros demacrados y cadavéricos, unos cuantos jóvenes que parecían viejos, cojos unos, mancos otros, con el traje de rayadillo hecho jirones por las malezas de la manigua... Éstos ofrecieron al señor Sagasta una caja de guyaba fina. Tan grotesca era la catadura de las susodichas máscaras y tan oportuno le pareció el susodicho regalo al presidente, que el buen señor prorrumpió en ruidosas carcajadas. También le hicieron desternillar de risa los prisioneros de Filipinas. Iban disfrazados, con propiedad casi deshonesta, de desnudos y traían en azafate de abacá, ramos de sampaguitas. Mezclado con los anteriores entraron en el gabinete del señor Sagasta marinos de Cavite y de Santiago con cabezas tan artísticas y muecas tan significativas, que no parecía sino que sus poseedores habían estado meses enteros debajo del agua...» Ese acero fino es del marqués de Valdeiglesias. Y esa pintura que hace resaltar que estamos en un país en que aun flota el espíritu de Goya, es un comentario mejor que cualquier otro, del estado moral que aquí se impone en estos momentos. Ese capricho dice la verdad de una manera risueñamente sombría. Pues bien, me temo que pocos ojos se hayan fijado en la corrosión del agua fuerte, mientras se apagaba en los aires el son de las dulzainas de Valencia.
Las dulzainas las trajeron los estudiantes valencianos que han venido a la Corte, con naranjas y claveles, con muchachas hermosísimas, a cantar y a bailar y a pedir para un sanatorio que pronto ha de llenarse de repatriados. Ha sido esa estudiantina una nota vibradora y sana, por más que puedan visarla los cronistas a ultranza, en el cuadro de la fiesta general. Aun queda en esta juventud escolar un resto de las clásicas costumbres de sus semejantes medioevales, un rayo de la alegría que sorbían con el vino los estudiantes de antaño, un buen ánimo goliardo, la frescura de una juventud que no empaña el aliento de las grandes capitales modernas. Y entre lo bueno que han hecho al llegar a ésta, ha sido la visita al palacio, pues han ido a llevarle ciertamente un poco de sol a ese pobre reyecito enjaulado que ha tenido una ocasión de sonreir.
Lucen los estandartes de las distintas facultades; con extrañas vestimentas, los dulzaineros que han tenido por principal kapellmeister a un ruiseñor, como el pifanista de Daudet; la comparsa de la boda, florida de pañuelos y de ramos frescos y de mejillas finas como de seda de flor, y en los ojos de esas mujeres la salvaje y agresiva luz levantina; y los cuerpos eurítmicos y ricos de gracia sensual, cuellos de magnífica pureza, senos y piernas armoniosas; son el vivo encanto entre las notas detonantes y decorativas de las mantas y de los cestos de frutas. Y en la sala del palacio en que se les recibe, los que fingen labradores se ponen a departir echados en el suelo, los de las bandurrias y guitarras se ordenan, y al aparecer la reina y su familia, un trueno de cuerdas inicia la marcha real. Los que representan la boda animan su risueño grupo de trajes vistosos. Luego es la danza regional del U y el Dos; y las canciones y las coplas que dos estudiantes improvisan, a dos versos cada uno, y los donsainers que tocan en sus instrumentos de legado arábigo sones originales que danzan las parejas, músicas perfumadas de rosas de la Huerta, cadencias y ritmos de una melodía que en vano procuraría esquivar su origen muslímico; y el canto y la danza bordan, cincelan paisajes que en una lejanía histórica puede evocar el soñador. La austriaca triste se ve como iluminada de música, el reyecito anémico debe sentir correr por sus venas un rojo estremecimiento; las princesas y los cortesanos sienten en medio de los muros antiguos y de los solitarios y maravillosos habitáculos, una invasión de aire libre, una irrupción de la vigorosa naturaleza, una momentánea aparición del alma sonora de la España popular; es un sorbo de licor latino apurado en horas de decaimiento en una copa labrada por el moro. La reina admira un rico pañuelo de randas que una valenciana luce en la cabeza, y la valenciana se quita de la cabeza el pañuelo y se lo da a la reina. Un estudiante ofrece a una princesita un cesto de limones con el mismo gesto que si fuesen de oro. El señor rector anda por allí con su frac y su discurso, negro entre la fiesta de colores. En los ojos del rey niño juega una inusitada llama, y la buena Borbón de la infanta Isabel está en su elemento. Ya el rector leyó su pliego, ya vuelven a sonar las dulzainas morunas y las valencianas a tejer estrofas con caderas, piernas y brazos. Ya se va la comparsa, ya quedan los príncipes solos con su grandeza; ya va a su retiro el pequeño monarca, acompañado de una aya invisible... pero que el ojo del poeta alcanza a distinguir y a reconocer, pálida, muy pálida.
Entretanto Madrid ha bailado como nunca. No hay recuerdo de una época en que las gentes se hayan entregado a tal ejercicio con mayor entusiasmo. En el Real, en todos los teatros, bailes de sociedades y gremios; en los salones mundanos bailes de cabezas y de trajes; en las calles mismas, mascaradas con una guitarra y unas castañuelas por toda música, se han descaderado a jotas. Los disfraces han abundado; y mientras uno materialmente no puede dar un paseo por las calles sin que le impidan el paso los mendigos, mientras la prostitución, comprendida la de la infancia y causada por el hambre en este buen pueblo, se instala a nuestros ojos a cada instante; mientras los atracos o robos en plena calle hacen protestar a la Prensa todos los días, se han gastado en los tres de carnaval trescientas mil pesetas en confetti y serpentinas. Parece que pasase con los pueblos lo que con los individuos, que estas embriagueces fuesen semejantes a la de aquellos que buscan alivio u olvido de sus dolores refugiándose en los peligrosos paraísos artificiales. O que la cigarra española después de haber pasado cantando tanto tiempo, a la hora de los cierzos y en el frío del invierno siguiese el consejo de la hormiga: «¡Bailad ahora!» De todas maneras os aseguro que esta alegría es un buen síntoma: enfermo que baila no muere. Y la belleza de estas mujeres españolas, la abundancia de belleza sobre todo, y de frescura y de vida sana, dan idea de la más fecunda mina de almas y de cuerpos robustos, de donde pueden salir los elementos del mañana. Y yo no sé si me equivoque, pero noto que a pesar del teatro bajo y de la influencia torera—en su mala significación, es decir, chulería y vagancia—, un nuevo espíritu, así sea homeopáticamente, está infiltrándose en las generaciones flamantes. Mientras más voy conociendo el mundo que aquí piensa y escribe, veo que entre el montón trashumante hay almas de excepción que miran las cosas con exactitud y buscan un nuevo rumbo en la noche general.
He de ocuparme especialmente en estas manifestaciones de una reacción saludable y que auguraría, con tal de que esos luchadores se uniesen todos en un núcleo que trabajase por la salud de España, un movimiento digno de la patria antigua. Por lo demás, las fiestas no hacen daño, y con fiestas y toros hubo un Gran Capitán y un duque de Alba. El Aranjuez de la princesa de Éboli corresponde en cierto modo al Retiro de Felipe IV. Las máscaras suelen ser del agrado de los héroes, y cuando el Cid se casa y va el rey sacando los granos de trigo de entre los senos de Jimena, divierte a las gentes un hombre de buen humor que va vestido de diablo.
Lo que hay es que los que quieran proclamar la reconstrucción con toda verdad y claridad han de armarse de todas armas en esta tierra de las murallas que sabéis. Hay que luchar con la oleada colosal de las preocupaciones; hay que hacer verdaderas razzias sociológicas, hay que quitar de sus hornacinas ciertos viejos ídolos perjudiciales, hay que abrir todas las ventanas para que los vientos del mundo barran polvos y telarañas y queden limpias las gloriosas armaduras y los oros de los estandartes; hay que ir por el trabajo y la iniciación en las artes y empresas de la vida moderna, «hacia otra España», como dice en un reciente libro un vasco bravísimo y fuerte—el señor Maeztu—; y donde se encuentran diamantes intelectuales como los de Ganivet—¡el pobre suicida!—, Unamuno, Rusiñol y otros pocos, es señal de que ahondando más, el yacimiento dará de sí.
UNA CASA MUSEO
24 de febrero.
Ni del borrascoso conde de las Almenas que al abrirse las cortes ha vuelto a ser la voz que clama después del desastre, el hombre que dice a los generales verdades corrosivas y heridoras; ni del banquete que se le ha dado a Luis París, empresario de la Ópera, por su triunfo de la reciente temporada del Real bajo cuyas techumbres aun resuena el paso de la cabalgata de las Walkirias; ni de la próxima venida, en la primavera, de la compañía de Bayreuth, con sus directores y orquesta, lo cual implica una excepcional victoria de Wagner en este país del Sol; ni del maestro Zumpe, que ha traído con su batuta alemana un aliento de vida nueva al movimiento musical de esta Corte que es por cierto digno de larga atención; ni de las reuniones de Zaragoza en donde se ha tratado de la regeneración de España en sonoras y pintorescas arengas; ni de otros tópicos de ocasión os hablaré, por transmitiros las sensaciones de arte que acabo de experimentar en una casa que es al mismo tiempo un museo, y que, indiscutiblemente es la mejor puesta a este respecto, de todo Madrid, con ser famosa y admirable la del conde de Valencia de Don Juan; me refiero a la garçonnière que en la cuesta de Santo Domingo habita el director de La España Moderna, José Lázaro y Galdeano.
Es José Lázaro acreedor al elogio por su amor a las letras y artes; ha sostenido y sostiene la revista de más fuerza que hoy tiene España entre los grandes periódicos: ha publicado más de quinientos libros de autores extranjeros, haciéndolos traducir para su propagación en ediciones baratas y elegantes; su correspondencia, en ese punto, ha sido con escritores que se llaman Tolstoi, Gladstone, Ibsen, Richepin; ha llenado su casa de preciosidades antiguas, de armas, libros, joyas, encajes, cuadros, bronces, autógrafos; ha viajado por toda Europa y se prepara este año para ir a Spitzberg; es el amigo de todo sabio, de todo escritor, de todo artista que visita este país; es joven, soltero, muy rico; sus aficiones intelectuales no le impiden hacer una vida mundana; y cuando vuelve, por ejemplo, de una excursión del interior de España, ocupa la tribuna del Ateneo y obtiene el aplauso y la aprobación de todos; creo que su camisa está muy cerca de ser la camisa del hombre feliz. Yo le fuí presentado hace siete años, al mismo tiempo que dos escritores extranjeros, el novelista griego Bikelas—de quien os he hablado ya ha tiempo en La Nación—Maurice Barrès. A este propósito recuerdo una curiosa anécdota referente al célebre jardinero de su «yo». Sucedió que Barrès tenía gran interés en presenciar una corrida de toros; era el momento en que se movía en su cerebro más de un capítulo «de la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte». Quería ya que no documentarse, impresionarse, y manifestó a Lázaro el deseo que tenía de ir a la plaza, en compañía de una moza que se trajera de París, graciosa de su persona, fina y pimpante, flor de bulevar. Lázaro le consiguió un palco; pero el amigo y prologuista del general Mansilla díjole que prefería impregnarse de color local, de ambiente, y que para ello deseaba ver la función desde el tendido, mezclado a la gente popular. Se le hicieron algunas observaciones, mas no se pudo vencer el capricho de los parisienses, y se enviaron a Barrès dos asientos de tendido, a la sombra. Cuéntase por acá que el viejo Dumas se presentó en la plaza de toros de Sevilla, en una tarde de oro y alegría, con chaqueta de torero, pantalón ajustado, faja y... sombrero de copa. Os podéis imaginar la «ovación» de que sería objeto entre los habitantes del barrio de Triana el hombre del Monte-Cristo. Algo semejante ocurrió cuando en el tendido de Madrid se vió aparecer una pareja originalísima: él trajeado como para el Grand Prix, y ella con una de esas toilettes primaverales que encantan la Cascada o Armenonville. Pero la cosa fué en aumento cuando al comenzar los banderilleros sus suertes, el francés y su compañera aplaudían desusadamente; y cuando, al llegar los picadores, comenzó el desventrar de los caballos por los toros, Barrès se puso de pie, y sus protestas a gritos desolados llamaron la atención, y las aceitunas de sus vecinos, que comían rebanadas de salchichón y bebían vino en bota. Las interjecciones llovieron y hubo que ir a sacar de su puesto a la dama desmayada y al cultivador del «yo». He recordado esta historia divertida, tiempos después, al leer esas páginas supremas de pensamiento y de hondura psicológica, con ese estilo personalísimo del renaniano y stendhaliano—¡poderosa suma!—que ha dado tan bello libro sobre la sangre, la voluptuosidad y la muerte.
La casa de Lázaro está cerca de la de don Juan Valera y el general Martínez Campos; y enfrente de la del duque de Frías, el gran señor de romántica vida que arrebatara en época hoy legendaria la mejor joya de la embajada inglesa... De los balcones se ve la casa de la novela—que costó la inmensa fortuna del duque—y, al dulce oro de una tarde que hubiera podido ser de primavera, hablábamos de esos sueños vividos.
Luego fuí a visitar las telas viejas, los cuadros auténticos y admirables—¡oh, mi buen amigo Schiaffino, y cómo le he recordado!—Lo de Tiépolo, cabezas dibujadas con la conocida magistral manera. Un hermosísimo cuadro de la época rafaelita, de tonalidad única, a modo de creerse imposible que se haya podido lograr la conservación de tanta riqueza de color. Un Ribera que desearían muchos Museos; riquísimos trípticos bizantinos; retratos de valor histórico y de un abolengo artístico que desde luego se impone; y más y más preciadas cosas en que resalta con aristocracia absoluta, como soberano, santa «panagia» de esa casa del Arte, un Leonardo de Vinci.
Esta presea de la pintura es un cuadrito pequeño, un retrato, el de un tipo seguramente contemporáneo de la Gioconda; maravilloso andrógino, de una fisonomía sensual y dolorosa a un tiempo, en la cual todo el poema de la visión del artista incomparable está cristalizada, como en un suave y prodigioso diamante. Es una «ficción que significa cosas grandes», como decía el maestro en palabras que han florecido en el alma d'annunziana. Me gusta más todavía este retrato enigmático que el mismo sublime retrato de Monna Lissa. La mirada está impregnada de luz interior; el cabello es de un efecto que sobrepasa los efectos esencialmente pictóricos; el ropaje—que es hermano de la Gioconda—muestra la mano original; y el fino y delicado plasticismo de las armoniosas facciones, denuncia, clama la potencia del porfirogénito poeta-sapiente de la Anatomía, del príncipe de los maestros de la pintura de todos los siglos. Del Museo de Berlín vinieron a intentar llevarse tan magnífica obra, pero el dueño no quiso la buena suma del oro alemán. Al Louvre fué en persona a mostrar su tesoro, y también recibió propuestas. El cuadrito sigue imperante en tierra española.
Entre tanta rica colección de cosas de arte, me llaman la atención dos mantillas que pertenecieron a una altísima dama de la nobleza madrileña, que pasó sus últimos años en apuros y pobrezas y tuvo un entierro modesto, humilde, después de haber recibido, en tiempos de pompa, a los monarcas en sus salones. De ella era también un anillo de solitaria belleza, una perla cuyo oriente se destaca singular entre finas chispas, todo de un gusto de exquisitez hoy no usada, y que seguramente adornó en no muy lejanos tiempos dedos principales que muestran su gracia nobiliaria en los retratos de Pantoja. De ella asimismo una peineta que ostenta en su semicírculo tantas amatistas como para las manos de diez arzobispos.
De las joyas en mi rápida visita paso a los libros: primero los incunables alemanes e italianos; eucologios de Amsterdam; hermosas ediciones de España, las espléndidas de Montfort, de Sancha, de la Imprenta Real; varios infolios pertenecientes a la biblioteca del infante Don Sebastián; una crónica de Pero Niño, de severa elegancia tipográfica; rollos hebreos, pergaminos gemados de mayúsculas que revelan la fina y paciente labor de la mano monacal; sellos de Don Alfonso el Sabio; prodigiosas caligrafías arábigas, autógrafos de un valor inestimable. Buena parte de todo lo que adorna esta mansión fué expuesta en la Exposición Histórica europea y americana que se celebró en esta capital, con motivo del Centenario de Colón, y en el actual palacio de la Biblioteca y Museo de Arte Moderno.
Al ir revistando tan estupenda colección de riqueza bella, pensaba yo en cómo muchas de las cosas que atraían mis miradas eran parte del desmoronamiento de esas antiquísimas Casas nobles que, como la de los Osunas, han tenido que vender al mejor postor objetos en que la historia de un gran reino ha puesto su pátina, oros y marfiles rozados por treinta manos ducales en la sucesión de los siglos, hierros de los caballeros de antaño; muebles, trajes y preseas que algo conservan en sí de las pasadas razas fundadoras de poderíos y grandezas... Y recordaba la amarga comedia de Jacinto Benavente: La comida de las fieras...
Y antes de partir fuí otra vez a dar mi saludo de despedida a la creación del divino Leonardo. Y parecíame que la majestad del arte diese razón a la caída de todo edificio que no tenga por base la potencia mental. Esa faz reproducida o imaginada por el maestro luminoso vive y comunica su inmortal misterio, su hechizo supremo, a toda alma que se acerque a su mágica influencia, cual si desprendiese de la obra del pincel la maravilla avasalladora de una virtud secreta. Y a través de la fugaz onda temporal, esa dominación arcana se perpetúa, y la imperecedera diadema se hace más radiosa al tocar sus perlas invisibles el vuelo de las horas.