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LA CARAVANA PASA
POR
Rubén Darío
Prólogo
de
Alberto Ghiraldo
Volumen I de las obras completas.
Administración: Editorial
MUNDO LATINO
Madrid
Es propiedad
Queda hecho el depósito
que marca la ley
PRÓLOGO
RUBÉN DARÍO
El alma de América ha repercutido en el mundo a los sones portentosos de la lira de este admirable poeta. Admirable y único, porque en él se ha concentrado el esfuerzo de infinitas generaciones, siendo algo así como la resultante de la evolución de la gran raza hispana que, allende el mar Atlántico, condujo el fuego latino sobre el lomo de las carabelas conquistadoras.
La hora es llegada, pues; la hora de las grandes afirmaciones sobre la obra de Rubén Darío. Levantemos la voz entonces para afirmar, definitivamente, lo que ha tiempo viene concretándose en el fondo de los espíritus: La influencia decisiva de este poeta en la literatura española, ya que él es un fruto, el mejor fruto del árbol padre, pero enriquecido por el aura de las florestas vírgenes, coloreado por luces de cielos de libertad y sazonado por el sol esplendoroso de los trópicos que doró su frente de predestinado.
Y sin caer en la vulgaridad de exaltar, vanamente, la figura de Darío al nivel del creador de una nueva literatura, cosa fuera de ley natural, establezcamos el lugar verdadero ocupado por este magnífico poeta, creador, a su vez, eso sí, de un nuevo valor, de una nueva sensibilidad, de la que va impregnándose toda la literatura española y española-americana, contagiada por su numen.
Contra la opinión general creo, como lo he dicho en una reciente impresión literaria, que es a través de Darío, que la joven literatura española se satura de Francia y de Verlaine... Pero es también a través de Darío—el poeta que, para quienes saben mirar y ahondar en las cosas y en los seres, atesora en su espíritu mayor cantidad de luz americana—, que la joven literatura española adquiere una ductilidad, una maleabilidad, una tersura, una sutileza, una sugestión, una energía nuevas, bebidas por el precursor en sus Momotombos amenazantes y tronadores, en sus florestas bellamente salvajes, en sus cielos límpidos, en sus soles ardientes y en las gotas de sangre que sus ascendientes, chorotegas o nagrandanos, mezclaron al tronco hispano, místico y guerrero.
Y he aquí cómo, a pesar de la influencia de París, americana es la fuerza, americano el fuego, americana la sugestión del estilo que da modalidad y carácter a este admirable movimiento literario de que es bandera Darío.
Escuchad cómo, él mismo, ha explicado su situación artística en estos párrafos, tan llenos de sugestividades, que extraigo de la Historia de mis libros:
«En el fondo de mi espíritu, a pesar de mis vistas cosmopolitas, existe el inarrancable filón de la raza; mi pensar y mi sentir continúan un proceso histórico y tradicional; mas de la capital del arte y de la gracia, de la elegancia, de la claridad y del buen gusto, habría de tomar lo que contribuyese a embellecer y decorar mis eclosiones autóctonas...
»En Del campo (véase Prosas Profanas) me amparaba la sombra de Banville, en un tema y en una atmósfera criollos. La Canción de Carnaval es también a lo Banville, una oda funambulesca, de sabor argentino, bonaerense. La Sinfonía en gris mayor trae, necesariamente, el recuerdo del mágico Theo, del exquisito Gautier y su Symphonie en blanc majeur.
»La mía es anotada d'apres nature, bajo el sol de mi patria tropical. Yo he visto esas aguas en estagnación, las costas como candentes, los viejos lobos de mar que iban a cargar en goletas y bergantines maderas de tinte y que partían, a velas desplegadas, con rumbo a Europa. Bebedores, taciturnos o risueños, cantaban en los crepúsculos, a la popa de sus barcos, mientras exhalaban los bosques y los esteros cercanos, rodeados de manglares, bocanadas cálidas y relentes palúdicos...
»Y tal es ese libro (se refiere a Prosas Profanas) que amo intensamente y con delicadeza, no tanto como obra propia, sino porque a su aparición se animó en nuestro Continente toda una cordillera de poesía poblada de magníficos y jóvenes espíritus.»
Y, ya seguro del triunfo, agrega:
«Y nuestra alba se reflejó en el viejo solar.»
Después, aludiendo a Cantos de Vida y Esperanza, dice:
«Español de América y americano de España, canté, eligiendo como instrumento al hexámetro griego y latino, mi confianza y mi fe en el renacimiento de la vieja Hispania, en el propio solar, y del otro lado del Océano, en el coro de naciones que hacen contrapeso, en la balanza sentimental, a la fuerte y osada raza del norte.»
Y siempre, desde la Sinfonía en gris mayor de Prosas Profanas hasta el Allá lejos de Cantos de Vida y Esperanza, un «rememorar constante de paisajes tropicales» lo embarga, refloreciendo perpetuamente en toda su obra «el recuerdo de la ardiente tierra natal».
He hablado de predestinación, y nunca como en este caso podría justificarse el uso de tal vocablo, puesto que una fuerza oculta, secreta y soberana, parece impulsar a este peregrino del arte que, zaherido por los necios y por los que no entienden—celui qui-ne-comprends-pas, ¡oh, Gourmont!—injuriado en su amor propio—más bien dicho, en su orgullo inmenso de forjador de belleza—por el insulto, rastreante y baboso, de toda especie de pedantes y pendolistas sin estro, anquilosados y grises moluscos sin alma y sin brillantez; perseguido y calumniado, al iniciarse en su carrera de escritor, por el cúmulo de analfabetos zafios y leguleyos circundantes; en plena y triunfante juventud, guiado sólo por el hada milagrosa que lo besó al nacer, échase a andar por el mundo, el nuevo mundo de su cuna, recorre los lindes de su pueblo y, después, con su lira al brazo, sale de su Nicaragua lujuriante, va al Salvador, va a Guatemala, va a Costa Rica, va a Honduras, cruza por segunda vez, en un vuelo de águila, a Chile, y allí, a raíz de una brega fantástica con la vida, con la mísera vida que pretende, inútilmente, atarlo por el corazón y el estómago, a la piedra de sus molinos, en pleno vértigo de iluminado, lanza a los vientos de la gloria el génesis de toda su obra futura, encerrado, envuelto en el Azul de sus ensueños. Después... Después, escuchad: Vuelve de Chile a su Momotombo. Permanece una corta temporada en la tierra que le vió nacer, tal como si hubiera ido a ella sólo para acumular algunas fuerzas complementarias de su energía, y el incansable peregrino del arte, lira al brazo de nuevo, parte esta vez en busca de la Cruz del Sur... Regresa a Chile para entrar a la Argentina por en medio de sus altas cumbres, y allí, en ese pueblo nuevo, fuerte y predestinado también a cosas grandes, hace su aparición triunfal.
Ha llegado a su primera y grande etapa. Allí, en la Argentina, trabajará denodadamente, luchará como un esforzado, bandera y verbo de su arte, contra todo y contra todos. Convertido en fuerza dinámica, reunirá a su alrededor a la flor de la juventud llena de ideales y ansiosa de expandirse; fundará revistas donde ensayarán sus vuelos los pichones que hoy tienen alas de cóndor; hará periodismo alto, fuerte, educador, sin mácula; será caudillo literario, a cuyo paso se abrirán rosas perfumadas y ardientes y se erguirán cactus malignos y punzadores; hará oir su palabra serena, armoniosa, llena de fuego y de música extraña y sugestiva, en defensa de su credo renovador; escribirá dos de sus libros fundamentales, Prosas Profanas y Los Raros, y, por fin, en el cenáculo nocturno, rodeado de los elegidos de su espíritu, agitado y nervioso, presa del estimulante alcohólico y trágico, será siempre el apóstol del arte, exaltado hasta el delirio si queréis, embriagado hasta la locura, pero soñando, perennemente, con la belleza y la luz.
En la Argentina debía terminar su viaje por América. Ya de allí vendría a Europa para irradiar desde aquí con más poder en todo el orbe de habla castellana. Cumple así su peregrinación, y durante quince o más años de batalla sin tregua—porque Darío fué un laborioso, hombre de arte siempre, absorbido por la idea de la superación, evolucionando y ascendiendo por la luminosa cuesta de su montaña de ensueño—, realiza esa obra admirable, de la que son jalones soberbios sus Cantos de Vida y Esperanza, El poema de Otoño, Peregrinaciones, La caravana pasa, el Canto a la Argentina y el Canto errante, broche diamantino con que cierra el ciclo de su acción fecunda interrumpida por temprana muerte.
¿Poeta por antonomasia? Sí, poeta, el poeta, el ser entregado, todo entero, al arte, a su arte, que era el de poner música perdurable al pensamiento.
Apóstol de la belleza, cuya alma, todo sinceridad,
¡Si hay un alma sincera esa es la mía!
alentó vibrando siempre al ritmo musical de la naturaleza, percibiendo los sonidos más armoniosos, sutiles y puros, para trasmitirlos, hechos notas de luz, en sus estrofas aladas.
En la lírica española queda para siempre marcada la influencia de este poeta concretador, envidiable y generoso, de una nueva sensibilidad, la sensibilidad de su época, que él supo hacer palpable en su estilo de magno y mágico artífice.
Alberto GHIRALDO
Madrid, 1917.
LIBRO PRIMERO
I
ESDE el aparecer de la primavera he vuelto a ver cantores ambulantes. Al dar vuelta a una calle, un corro de oyentes, un camelot lírico, una mujer o un hombre que vende las canciones impresas. Siempre hay quienes compran esos saludos a la fragante estación con música nueva o con aire conocido. El negocio, así considerado, no es malo para los troveros del arroyo. ¿Qué dicen? En poco estimables versos el renuevo de las plantas, la alegría de los pájaros, el cariño del sol, los besos de los labios amantes. Eso se oye en todos los barrios; y es un curioso contraste el de que podéis oir por la tarde la claudicante melodía de un aeda vagabundo en el mismo lugar en que de noche podéis estar expuesto al garrote o al puñal de un terror de Montmartre, o de un apache de Belleville. Mas, es grato sentir estas callejeras músicas, y ver que hay muchas gentes que se detienen a escucharlas, hombres, mujeres, ancianos, niños. La afónica guitarra casi ya no puede; los pulmones y las gargantas no le van en zaga, pero los ciudadanos sentimentales se deleitan con la romanza. Se repite el triunfo del canto. Las caras bestiales se animan, las máscaras facinerosas se suavizan; Luisa sonríe, Luisón se enciende. El mal está contenido por unos instantes; el voyou ratero no piensa en extraer el portamonedas a su vecino, pues la fascinación de las notas lo ha dominado. Los cobres salen después de los bolsillos, con provecho de los improvisados hijos de Orfeo—o de Orfeón—. El cantante sigue su camino, para recomenzar más allá la misma estrofa. La canción en la calle.
El dicho de que en Francia todo acaba en canciones es de la más perfecta verdad. La canción es una expresión nacional y Beranger no es tan mal poeta como dicen por ahí. La canción que sale a la calle, vive en el cabaret, va al campo, ocupa su puesto en el periódico, hace filosofía, gracia, dice duelo, fisga, o simplemente comenta un hecho de gacetilla. Ya la talentosa ladrona señora Humbert anda en canciones, junto con la catástrofe de la Martinica, y la vuelta de Rusia de M. Loubet. En Buenos Aires hay poetas populares que dicen en verso los crímenes célebres o los hechos sonoros, como en Madrid los cantan los ciegos. En Londres se venden también canciones que dicen el pensar del pueblo, lleno de cosas hondas y verdaderas, «a tres peniques los cinco metros» de rimas. Ese embotellamiento castalioperiodístico es útil a la economía de las musas.
Dos cancionistas acaban de irse a hacer una jira alrededor del mundo. Conozco a uno de ellos, a Bouyer, excelente muchacho que hace versos lindos. Ese viaje alrededor del mundo es con el objeto de hacer dinero. La empresa es loable, aunque un poco difícil. Esas cigarras corren el peligro de abandonar la lira en el camino a pesar de la réclame de Le Figaro, de la protección de las colonias y del talento de los viajeros. La canción y el cancionista parisienses fuera de París, no resultan. Siempre consideré la bella y generosa idea del Dr. Cané, en uno de sus artículos, el establecimiento de un cabaret artístico en Buenos Aires, como irrealizable. La canción de aquí necesita primero su idioma, sus oficiantes melenudos, su ambiente singular, la cultura de un auditorio ático. Ya me imagino en un café criollo, una especie de Quat'z-arts, la figura de Yon Lug, por ejemplo, cantando, con su melena, y sus pantalones. ¡Pobre melena, pobres pantalones y pobre Yon Lug! Louise France no saldría dos veces. Y en cuanto a los hyspas que quisiesen ridiculizar a tales o cuales personajes mundanos o políticos, no quiero pensar en los percances que les sucederían.
La calle y el aire libre dan su nota especial a todo lo que en ellos pasa, cortejo, personas, música o palabra. El mismo ensueño brota en veces de la calle. ¿Quién no se ha sentido vagamente sentimental, en la tristeza de una tarde, al oir cómo brota en fatigadas ondas de melancolía la música soñadora de un organillo limosnero? ¿No ha escrito un altísimo poeta un maravilloso poema en prosa con ese motivo?
La canción anda por las calles y callejuelas de París desde hace tiempo. Los triolés de Saint Amand nos dicen algo de las que se oían por aquí por mi vecindad, en el Pont Neuf. «Se las oye entre ocho y nueve, las raras canciones del Pont Neuf. Su papel es menos blanco que un huevo, pero mi lacayo las encuentra bellas. Las canciones del Pont Neuf se unen a los raros libelos.» El espíritu popular ha florecido siempre en las canciones, en blancos amorosos, en rosados alegres, o en los rojos furiosos de las locas carmañolas. Charles Arzano nos renueva la historia de la canción callejera desde su aparición en ese Pont Neuf y sus alrededores,
...rendez-vous des charlatans,
Des chanteurs de chansons nouvelles.
Los cancionistas eran un poco bohemios, un poco prestidigitadores o maestros de animales sabios, perros o monos. Y sus cantos eran solos o acompañados de lamentables violas o violines. Un pobre diablo de poeta del tiempo de Saint Amand se llamaba el Perigourdin, andaba hecho una lástima, vendiendo sus composiciones o haciendo que las vendía. Luego hay otros, como el loco Guillaume, que divertía a Enrique IV y a Luis XIII. Las mazarinadas aparecieron. Scarron afilaba sus tijeras. La sátira de todos se encarnaba en volantes estrofas.
Un vent de fronde
A souflé ce matin:
Je crois qu'il gronde
Contre le Mazarin.
Las mujeres no faltan. Ya es la Mathurine compañera de Guillaume el bufón, ya la terrible verdulera «dame Anne» que andaba en el mercado y fuera de él esparciendo invectivas contra su regia tocaya de las bellas manos, Ana de Austria. Desfilan en la curiosa lista de la canción flotante, Phillipof el ciego, que
...a gueule ouverte et torse
A voix hautaine et de toute sa force
Se gorgiase a dire des chansons;
el cojo Guillaume de Limoges, el Apolo de la Grève, Mondor y Tabarin su criado, Bruscambille, Duchemin, y el gran charlatán barón de Grattelard. Bajo Luis XV, Minart y Leclerc, Valsiano y esa hermosa Fanchon, cantora atrevida, pródiga de su cuerpo, que llevaba encajes de Chantilly en su delantal. «Verdadera cancionista de las calles, a la Watteau, ningún souper fin digno de ese nombre se podía dar sin la presencia de la bella Fanchon, a quien se festejaba y se llamaba por todas partes.»
Bajo la Revolución no surge más figura que la de Angel Pitou, tan famoso en el mundo gracias a Dumas. Pero la canción callejera entonces va en coro, en grandes coros trágicos. Lleva el gorro frigio, rojo como la sangre, y en las puntas de las picas, cabezas. Después la canción ha degenerado. No aparecen figuras concretas y notables. Los caricaturistas, como Daumier y Gavarni, se ocupan de ella como una página de miseria al servicio de la filosofía de su lápiz.
Hoy los cantores ambulantes, como he dicho, son siempre camelots que venden canciones con ocasión de un suceso cualquiera, así como venden juguetes, grabados, tarjetas postales o abanicos. Y cantan ellos del mismo modo que pronuncian discursos o bonimenst. La primavera es un pretexto, Víctor Hugo otro, Boulanger otro, el 14 de Julio otro; y la venta aumenta con un hecho criminal de resonancia como el asesinato de Corancez:
Ecoutez le terrible drame
Qu'à tous ici je vais chanter,
Vous en s'rez tous épouvantés
Et pleurerez á chaudes larmes.
¡Faudrait qu'vous n'ayez rien dans l'âme
Si vous réfusez de me l'acheter!
Un père, un inmonde assassin
Dont le cœur n'était pas humain
Et quin n'est poín digne d'estime,
Commit les plus horribles crimes.
La colère guidant sa main,
Il assomma tout's ses victimes.
La canción, editada generalmente en el Faubourg Saint-Denis o en la calle du Croissant, lleva su ilustración, su grabado espeluznante, o amoroso, o patriótico. Así la canción en la calle va presentada por la pintura, por la música y por la poesía. No podrá quejarse el aficionado. Los temas cambian como la actualidad, y de este modo la profesión no tiene tiempo perdido, y la ganancia es segura. Vale más que asaltar, robar o hacer el oficio de los célebres, por ahora, Leca y Manda, dueños que fueron de la innominable Casque d'or.
Eugenie Buffet logró gran fama, hace algunos años, saliendo a cantar para los pobres; y en las calles de París recogió muy buenas cantidades, ayudada por su agradable figura, su buena voz y su buen talento. La vi en tiempo de la Exposición, en el París viejo, en el Cabaret de la pomme de pin. Y la he vuelto a ver en otro cabaret que ha hecho ruido al fundarse en Montmartre, pues no se podía conseguir el permiso para su fundación: La Purée. En esos cabarets montmartreses y en algunos del barrio Latino, se refugia la canción que guarda las tradiciones y las preeminencias de antaño, aunque muy venida a menos. Los poetas cancionistas de esos lugares son casi todos comerciantes al pormenor de talentos sin salida o sin colocación. Esos artistas que tanto han dicho y dicen de la burguesía, son servidores de ella, histriones de ella. El renombrado Fursy tiene como clientela la flor mundana y demi-mundana. Los poetas de su boîte divierten a las cortesanas y a las gentes de dinero, diciendo sátiras más o menos graciosas contra personalidades conocidas, y formando, por así decir, una gaceta lírica con todos los sucesos que llaman la atención pública. El cabaret de Fursy es caro como un teatro de primer orden, y se va a él después de comer en casa de Paillard... Esa no es la canción en la calle. Es la canción del tiempo en que vivimos.
¡Ah! las ilusiones de tantos jóvenes americanos cuyas cartas recibo, en que me hablan como de un soñado paraíso intelectual de esos centros en que ellos juzgan triunfantes a la bella Poesía y al Arte adorado.
Hay, en esos centros, unos cuantos hombres de bastante talento, aquí donde todo el mundo tiene talento, que le saben sacar su provecho al oficio de rimar; y unos cuantos pobres diablos que cantan por unos pocos francos la romanza sentimental o la canción de faits divers. Y entre los concurrentes, gentes de todo pelaje, mujercitas fáciles, botticellis que se dicen eterómanas, poetastros, viejos ratés, o muchachos con fortuna que van a pasar el rato con su amiga. Por una hermosa poesía, muchas mediocres, escatológicas, o tontamente obscenas. Por una manifestación de arte, o de sentimiento, un sinnúmero de bufonadas sin sal ni gracia. No faltan exóticos y rastacueros que aparentan gozar con todo lo que allí se ve y oye, dando por un hecho que, para ser parisiense, hay que gustar de ello.
La época actual ha bastardeado las cosas del espíritu y del entendimiento y corazón. El utilitarismo y la poca fe han mermado el soñar y el sentir. La vieja lira se ha vuelto un instrumento que hay que poseer a escondidas, en catimini, como dicen por acá.
Las rimas en Francia están de baja. A pesar de ser Hugo divinizado, los libros de versos no tienen salida en las librerías, ni los poetas nuevos logran romper el hielo general. No debe ser esto signo de progreso, porque en Inglaterra y en los Estados Unidos no hay familia que no tenga su poeta favorito junto a la biblioteca del hogar.
Los poetas oficiales son como M. Rostand o como M. Sully Prudhomme... Ni unos ni otros llenan el vacío ideal. Los otros se van cada cual por su camino, mientras las sombras de Verlaine y Mallarmé desaparecen entre los cipreses obscuros de una hermosa leyenda. La canción se echa a la calle...
Prefiero oir el organillo, el «orgue de Barbarie»...
II
A habido en estos días dos exposiciones que han atraído la atención parisiense, sobre todo la de la gente elegante: una de perros, otra de flores. Tan de buen tono es una perrera de distinción, como una colección de orquídeas o crisantemos.
En la plaza de la Concordia, frente a la exposición canina, se ha instalado todos los días un grupo singular de hombres y canes, una especie de pequeño mercado al aire libre: los perros pobres, los perros de la calle, los «cuatro patas de París» cantados por Bruant cuando Bruant no tenía rentas. Es algo como el Salón de los Independientes, ante los medallados y ricos...
Ciertamente, en todo hay clases, hay jerarquías. Los perros del coloquio de Cervantes no eran del mismo rango que los que acompañan, decorativos, a los príncipes, en los retratos de Velázquez, y un perro de ciego no es igual a un perro de millonario. El otro día, en el hall del Elysée Palace Hôtel, he visto algo que preocupaba a la servidumbre. Los larbins sonreían, casi se humillaban... Solicitaban una caricia, una mirada, quizá una mordida... Se trataba de los perros de la baronesa Hirch, que andaban ahí por los salones, señores distinguidos aunque importunos y mal educados.
Allí en la exposición se ha reunido una larga cantidad y variedad del quizá extremadamente alabado animal, que usufructúa la mejor fama de fidelidad y de nobleza. Todos los pelajes y todas las formas, desde los enormes mastines hasta los perrillos redondeados como pelotas para alfileres o semejantes a manguitos. Entre los visitantes he visto personas que miraban con verdadera ternura a las notables bestias y he recordado la suscripción abierta por el New York Herald para un hospital de perros, y a la cual han contribuído con buenas sumas, nobles foxterriers y blasonados galgos. Y hay, en una isla del Sena, un cementerio cínico que...
—«Cuanto más vivo entre los hombres, amo más a los perros», dejó dicho alguien. «Yo, agregó un filósofo bastante cuerdo, con quien departía junto a la gran perrera de las Tullerías, cuanto más vivo entre los hombres envidio más a los perros. De ellos es la tierra prometida y sus sucursales: París, Londres, New York. «La más noble conquista del hombre» y el perro, han logrado gran parte en el imperio del mundo.
La ocurrencia de Calígula fué un presentimiento. Antes que en París, en los Estados Unidos los perros han llegado, merced a la complacencia y al capricho de sus amos millonarios, a la filozoología, parangón de las obras y del sentimiento de los filántropos. Los perros ricos han dado dinero a los perros pobres, sus hermanos desheredados. La caridad es una noble virtud.
Los perros parisienses de la élite, gozan de todas las ventajas de su excepcional posición. Disfrutan de ésta con un exceso chocante. Los hay que no disimulan su petulancia y su vanidad. Los hay que van solos, en los carruajes de sus amos al Bosque, en estas dulces tardes doradas de sol. Miran, desde sus cojines, con un desdén manifiesto; no bajan de su preeminencia social. Su desdén abarca a los hombres, a los hombres pobres. Son autoritarios con los perros de la clase media, y tiranos con los perros callejeros.
Jamás consentirían en una messaliance; tienen decoro. Hasta hoy, en este favoritismo de que gozan, la gente de buena voluntad veía algo como una coerción benéfica en los caballos y en los gatos; pero los gatos se han dado demasiado a la literatura desde Beaudelaire; y sufren, a causa del civet de liebre, la predilección de los cocineros de rotiserías mediocres. En cuanto a los caballos que se dirían exclusivamente favorecidos por las sociedades protectoras de animales, están demasiado degenerados y abatidos por un servilismo que retrogradará muchos siglos su progreso... ¡Hay el gran Prix, sí; pero hay también la hipofagia! En tanto que los perros...
Haraposos, hombres y mujeres, los del mercado improvisado de perros, estaban allí frente a la terraza de Orangerie. Les rodeaban un grupo de pobres diablos y de curiosos; y por el aspecto, muchos de ellos necesitados, hambrientos. Dentro se oía la algazara de los perros ilustres; perros que valen una fortuna y que lo saben; perros titulados y con holgadas rentas anuales; perros que tienen cocinero, veterinario y modisto; perros parvenus, hijos del azar, perros cristianos y perros judíos.
¡Ah! admirable Teufelsdroeckh.
«A los ojos de la lógica vulgar, ¿qué es el hombre?—¡Un bípedo omnívoro que usa calzones!» Tú serías hoy impagable para una conferencia trascendente sobre la psicología de los perros y su relación con los humanos.
A la puerta de la exposición, un gran perro, vagabundo, un verdadero «quat'patt's de París», sarnoso, flaco, lleno de remiendos y peladuras, pero fuerte, con una gran boca que deja ver muy firmes y agudos dientes, mira hacia adentro con ojos que sin ser humanos podrían decir muchas cosas.
¡Si él pudiera!...
Turno de las flores.
Esto es más grato. ¿Recordáis las maravillas florales de la Exposición Universal? Habría que repetir el mismo himno, que glosar el mismo canto. Flores de todos los climas, de todos los colores y de todas las formas se presentan en las serres nuevas, en el jardín de las Tullerías, al lado de la rue Rívoli La jardinería confina ya con la escultura, con la pintura, con la literatura. Hay aquí también nobleza y distinción. Junto a las rosas reinas y las princesas exóticas, están las flores de los campos, las flores rústicas que han recibido educación, que han aprendido a ser elegantes, que han aumentado y afinado sus trajes, que saben, al paso del aire, hacer cumplidas reverencias y que pueden ser cortejadas por las más exigentes mariposas. Un soplo de penetrantes aromas brota de tantas delicadas carnes, de tantas magníficas corolas. Mil formas se combinan, se juntan, y todos los tintes lucen a la luz que pasa amorosa por los vidrios de las galerías. ¡Qué vasta nomenclatura! Las familias se multiplican y se llega en ocasiones a perder el conocimiento. Rosas, ¿cuántas rosas? Claveles, ¿cuántas especies de claveles? Llaman las clemátides japonesas de colores episcopales; los geranios de todos los colores, los caladiums tropicales, las otras flores de sonantes nombres latinos y griegos; las rosas siempre, de cien, de mil nombres, desde los de las leyendas hasta los de las vulgares dedicadas a subprefectos y propietarios; las reina-margaritas, los jazmines, las múltiples violetas; las cestas de amapolas civilizadas; la anémona antigua que en el latín de Plinio como bajo el cielo se abre al soplo del aire: Flos numquam se aperit nisi vento spirante, unde et nomen ejus. Y otras, y otras, infinitas joyas de los parterres.
Las marquesas, los ministros, militares, ricos mundanos iban y venían gozando en la fiesta primaveral y perfumada.
El filósofo, silencioso, meditabundo me dijo de pronto:
—La verdad es que el derecho al pan es indiscutible.
—Sí, le contesté.
—Y también este otro: que cada cual tenga en la vida su parte de rosas.
III
ndrianamanitra mby an-trano, en correcto malgacho, quiere decir: «El buen Dios está en la casa», lo cual se aplica, allá en Tananarive, cuando la luz del sol invade las habitaciones. Es una manera de expresarse poética, sencilla, religiosa, como conviene a gentes salvajes, negras, desprovistas de toda civilización.
En París, capital de la cultura, cuando llega oficialmente cornacqueada la pobre reina Ranavalo, se la llama «la negrita de la rue Pauquet», se la aloja en un «garni» de segundo orden, se la pinta como una mona, en los periódicos; lo cual no obsta para que, en la estación, al llegar su majestad hova, se haya gritado, a falta de algo mejor: «¡vive la reine!»
La reinita morena—nigra sum sed formosa—es bastante agradable y simpática; no es, ni mucho menos, una salvaje, puesto que pedalea y lee novelas francesas. Si la pensión que se la pasa no fuese tan limitada, se entregaría quizá al automovilismo. Prisionera, después de ser destronada de un modo completamente progresista, ha vivido en una villa que la sirve de jaula en Argel. Es algo en cambio de su palacio de plata, en la capital de su reino, en donde, soberana, gozaba de su libertad poderosa y de sus caprichos. La tierra de su nacimiento es de singular hermosura; y al llegar a París, no ha dejado de recordarla.
Ese país, hoy bajo la fuerza francesa, es descrito así por Pierre Mille: «Allí, dice, las tempestades mismas no obscurecen la claridad del cielo. Las estrellas no son las mismas que en Europa, y la luna es tan bella y majestuosa que los niños la llaman «abuela», queriendo significar así su respeto y su afecto por ese astro. La tierra en ese país es roja y casi sin árboles.
«Los ríos, detenidos por diques frecuentes, se extienden en los valles y favorecen así el cultivo del arroz, que rinde ciento por uno. En fin, los habitantes, siendo de origen polinesio, tienen más inocencia que virtud. Aman el amor, los niños, los cantos fáciles, y, sobre todo, la luz.»
Como véis son absolutamente bárbaros; y se ha procurado y se procura infundirles ideas nuevas e importarles diferentes artefactos, así como iniciarles en los refinados adelantos de nuestro ilustre Occidente. Como Ranavalo lee los periódicos, se ha encontrado, a su llegada, con el asunto de la secuestrada de Poitiers, una señorita encerrada por su distinguida madre y su ex suprefecto hermano, durante un período de veinticinco años, y encontrada medio podrida en un infecto cuarto; varios procesos de delitos contra natura; un obispo estafador; un tal príncipe de Vitenval, pontificio, preso por idénticos motivos; descubrimiento de torturas y castigos vergonzosos en el ejército; la cuestión dudosa del Figaro; y los odios antisemitas y nacionalistas. Y al enterarse habrá exclamado: ¡Andrianamanitra mby an-trano! lo que, como ya sabéis, quiere decir en lengua de Madagascar: ¡El buen Dios está en la casa!
A la reina se la dan—hay que ser justos—25.000 francos al año; lo cual representan el revenu de cualquiera buena burguesa retirada de sus negocitos. En cambio, el militarismo nacional impuso a la honesta república la conquista de un país ya unido a Francia por lazos morales y políticos, desde el tiempo de Luis XIV. El dulce Mercier fué el alma de esta campaña heroica que costó a los franceses siete mil soldados muertos de disentería y fiebres tropicales. La toma de Tananarive no costó un solo cañonazo: la reina y los príncipes se entregaron a la generosidad de los invasores. Francia asumió el protectorado directo de la isla. Las cosas andaban muy bien y ya empezaba a reinar el bienestar en el país, cuando, con pretextos más o menos fútiles, el general Galieni, secuestró violentamente a Ranavalo, la despojó de toda autoridad, e hizo fusilar en la plaza pública a los parientes y ministros de la pobre soberana esclava.
Por eso cuando ahora la preguntan a ésta si ha tenido noticias de la bas se pone casi a temblar y olvida el francés que ha aprendido.—«Des nouvelles? Non, non. Jamais des nouvelles. Rasanjy? Sais pas. Philippe Razafimandimby? Sais pas!» No, no quiere saber nada. Se imaginará que la van a fusilar.
Y la sobrinita María Luisa, que se llama en malgacho Zatú, tiene ya nociones de lo que es la civilización europea. Y cuando la preguntan: «¿Qué quieres ser tú cuando seas grande?» contesta:
—«¡General!»
El año pasado, en la Exposición, tuve oportunidad de conocer a una señora francesa que había habitado por largo tiempo en Madagascar. Llevaba consigo a una morenita hova, como de siete años, vestida con su traje nacional, de lanas y sedas rojas y blancas. El pequeño bronce vivaz tenía los más lindos ojos negros y una graciosa sonrisa que enseñaba la finura de sus preciosos dientes. Hablaba la malgachita con toda facilidad el francés y el inglés, y sus gestos y movimientos denunciaban selección de raza y origen principal. La señora contaba la historia de su bello hallazgo exótico, y es singular. Era la niña hija de un alto dignatario. Cuando los pacificadores de Galieni quisieron sofocar una pretendida rebelión, cuya causa mayor eran exacciones de colonos aventureros, no encontraron mejor medio que imponer el terror, y así fusilaron a gran parte de personajes influyentes, cuyo concurso habría sido justamente indispensable para calmar cualquier movimiento sedicioso o de protesta. Refugiados los sobrevivientes en lo intrincado de las selvas, vivieron allí meses de hambre y angustia. Los que se atrevían a salir servían de blanco a los soldados. Por otra parte no era un sport nuevo. Los ingleses lo conocen.
Un día, después de una matanza de indígenas, encontraron abandonada a esa chicuela, en un estado de lamentable extenuación. La buena señora la recogió y después de muchos cuidados, logró salvarla. La niña contaba que por largo tiempo había vivido alimentándose de raíces. La misma señora no cesaba de alabar la inteligencia de su protegida. La raza hova—decía—es de las más nobles y fáciles de gobernar. Es verdaderamente una inmensa injusticia la que se ha cometido imponiendo el régimen militar con su séquito de excesos y sus crueldades. Actualmente todavía se impone allá la ley marcial. Fusiles y espadas dominan.
Y la niña como que quería agregar:—Andrianamanitra mby an-trano!...
El redactor de un periódico, recién llegada la reina Ranavalo, recibió una carta en estos términos: «Señor, quedaré muy agradecido si me explicáis porqué la reina Ranavalo ha sido recibida de otra manera que el presidente Krüger. El caso es idéntico. Ambos, víctimas de la violencia, han tenido que abandonar su patria invadida por el estranjero. La única diferencia está en que la reina ha sido despojada por hombres que usan guerreras obscuras y pantalones rojos y el presidente por soldados que tienen guerreras rojas y pantalones obscuros. Esta diferencia es muy poco importante para que la suerte de la una sea menos interesante que la suerte del otro y despierte menos simpatías. Por lo tanto, me preguntó: ¿a qué causa atribuir la actitud tan contradictoria de la población parisiense?
La respuesta es sumamente sencilla y el periodista ha contestado en consecuencia. El inglés encuentra muy legítima su acción en el Transvaal, y condena la del francés en Madagascar; el francés considera que tenía derecho a tomarse Madagascar; pero que el inglés, al conquistar el Transvaal, se ha portado como un salteador. «Resulta, decía una notable carta publicada en La Nación, de Buenos Aires, que cuando la mueve su pasión, su interés o su conveniencia, la civilización europea es más bárbara que los bárbaros».
Ciertamente, entre Krüger y Ranavalo hay considerable diferencia. El viejo boer está libre y la reina no; Krüger tiene salva toda su fortuna—quince millones, por lo menos, de pesos oro—, y la reina no dispone sino de lo que el gobierno de Francia la quiere dar, en pupilaje; Krüger lee la Biblia, y a Ranavalo se le ha contaminado de Ohnet, Mary, y compañía. Y para colmo de desventuras de la infeliz, cuando ha adoptado las modas europeas, comprado bicicleta, aprendido un poco de piano y venido a París con licencia, se la recibe como a una macaca, se la llama negra y fea a cada paso, y poco falta para que se la proponga una contrata en un circo, para bailar la bámbula al lado de Chocolat.
Entretanto, ella recibe su pensioncita, que la viene a ser como el coronelato de Namuncurá.
Y el mariscal Waldersee vuelve ya de la China, en donde los soldados de la civilización desventraron chinitas tan monas como María Luisa Zatú. En el sur de Marruecos se pacifica. En Cuba la enmienda Platt protege a la isla ex española. Tacna y Arica no saben a qué atenerse. En el Transvaal, Cecil Rhodes hospeda a Jameson, el del raid, en su mansión que tiene un jardín, según nos cuenta Jean Carrère, como no lo tuvieron Césares romanos, lleno de flores raras y de leones enormes prisioneros...
Decididamente, Andrianamanitra mby an-trano.
IV
UELO encontrarme con gentes imaginativas y con gentes prácticas, con caballeros de la célula y doctores místicos, con personas que todo lo arreglan como dos y dos son cuatro y con personas que están esperando en estos momentos el caballo blanco del Apocalipsis. Toda la biblioteca Alcan me merece mucho respeto, y doble la figura de los santos padres que inspiran esa y otras bibliotecas parecidas. Los espiritualistas hasta el éxtasis y los swedenborguianos de la rue Thouin, me inspiran vagos temores que algunas risueñas ideas suelen aminorar. A propósito de una autopsia ruidosa que tuvo por anfiteatro el del hospital Saint-Antoine, y en la cual unos estudiantes de buen humor rellenaron de periódicos el cráneo de un ex gendarme—simbólica ocurrencia,—multiplicaron su hígado y desparramaron sus demás miembros, se ha hablado y escrito mucho en París. He oído la opinión de los de la célula, y no encuentran de particular en el hecho sino la mala administración del hospital; los del caballo blanco, por el contrario, me han prometido para dentro de muy poco tiempo, la destrucción del mundo por el fuego del cielo. No sé qué dirá la «Camarde» de la sabia tranquilidad de los unos y de las bíblicas seguridades de los otros; pero algo debe preparar después de tantas ofensas, olvidos y burlas ante los cuales ese cómico descuartizamiento de un difunto agente de orden público, es poca cosa. La verdad es que No hay que jugar con la muerte, y París está jugando con ella, sin mirar que desde lo obscuro de su abismo, horrible como en el fresco del campo-santo pisano, esa flaca fatal ve mucho más allá de sus ausentes narices.
Desde luego el olvido. ¿Quién recuerda, en el bullicio de esta vida de continuos placeres en la lucha incesante por el dinero, por la posición o por la fama—que todo en el fondo es uno,—quién recuerda que tiene que morir? Es el perpetuo ejercicio de los sentidos, y la fatiga consiguiente. Cuando llega la hora, todo el mundo está desprevenido. Si se es algo, la noticia irá en las secciones de crónica social de los periódicos, y a nadie se le ocurrirá que tal cosa pueda acontecerle. Las ofensas son más. La frecuencia del duelo es una de tantas manifestaciones. Otra, la destrucción de la vida en su germen, los fraudes del amor, las connivencias de M. y Mme Saturno. La estadística enseña resultados increíbles, y la simple conversación con un portero instruye como un libro. Las «hacedoras de ángeles» han ocupado tanto a la justicia, como la cirugía galante que abelardizó una crecida clientela de damas ultraprudentes, partidarias de la despoblación francesa. Estos terribles menoscabos a la vida, son otros tantos insultos a la Muerte, que se ve privada de gran parte de su cosecha y suplantada en sus futuras funciones.
La burla es peor. Existe en Montmartre un cabaret, que puede ser considerado como uno de los templos en que mayor culto recibe la estupidez y la grosería humanas. Se llama el cabaret du Néant, y es una de las «curiosidades» que el recién llegado a París se ve obligado a visitar, inducido por el cicerone, por el amigo bromista, por la guía o por haber oído hablar del obscuro rincón en que se toma a la muerte como un inconcebible pretexto de bufonería. Atenas no habría consentido ese infecto bebedero, y en otra capital que no se llamase París no habría ni policía ni público para la siniestra farsa. La fachada del cabaret está pintada de negro y una lámpara verdosa ilumina la entrada. Ya en lo interior, os reciben unos cuantos croquemorts con saludos fúnebres, y os llaman la atención las decoraciones absolutamente mortuorias. Calaveras, tibias, esqueletos, inscripciones tumbales hieren la vista en las paredes; y las mesitas para los consumos, están substituídas por ataúdes. El croquemort que hace de mozo, al servir lo que se le pide, no deja de acompañarlo con comentarios escatológicos, y de evocar ideas de carroña y de inmundicia; las provocaciones al asco suelen ir acompañadas de insultos grotescos, y todo esto, por lo general, es recibido por un público singular, con risas aprobativas:
Luego se pasa a una especie de teatrito, en donde, por un juego óptico, se presencia la descomposición de un cadáver. Y he encontrado un típico personaje en ese antro: una infeliz muchacha, que cuando el lúgubre barnum pregunta al público: «¿No hay quien quiera hacer de muerto? y no surge de los asistentes el mozo ocurrente, o la joven lista, se presta—dos francos la noche—a la macabra apariencia. Se ve entrar a la persona en el ataúd, y se va advirtiendo poco a poco la lividez, la podredumbre, la cuasi liquefacción y el esqueleto. El resultado es un ¡uff! de desahogo, al salir de tan abyecta cueva. ¡Cuán lejos, en el camino de lo infinito, el fresco de Lorenzetti!»
Tengo gran estimación por los médicos y gran devoción por la medicina, entre otras cosas, porque Esculapio es hijo de Apolo. Por esto mismo he sentido correr frío por mis venas cuando he oído a varios estudiantes de medicina ciertos informes y juicios. «Yo, señor, me dijo uno, voy a recibir mi título dentro de poco, pero ni ejerceré mi profesión, ni me pondré jamás en manos de un colega.» ¿Me habla usted del desprecio de la muerte, de los chistes cadavéricos, de bromas de carabin? Aún hay algo peor en los internados. ¿Qué diría usted si le dijese que suelen verse y no con rara frecuencia, casos de absurdas necrofilias, e inconcebibles profanaciones por inicuos farsantes? Pues bien, el desprecio de la vida, la burla de la vida, es algo que da escalofríos. ¿Ha leído usted Les Morticoles, de León Daudet? ¿Le han narrado casos curiosos? Yo le diré de uno observado por mí.
Llega un infeliz, el profesor diagnostica: apendicitis. Ya sabe usted la enfermedad que estuvo hace poco de moda. Va uno a operar. Se le abre el vientre al pobre paciente, se ve, y se encuentra que no tiene en absoluto tal apendicitis. El profesor, muy tranquilo: «¡Está bien, cósanle!» ¿No es esta la peor de las vivisecciones y la más horrible de las infamias?
Otro caso. Un marido, recién casado, va a consultar a un médico, acompañado de su señora. Era un asunto ginecológico. El matrimonio, rico. El doctor asegura al marido que hay que hacer una operación, una operación muy ligera, cosa de cortos instantes, «mientras usted se fuma un cigarrillo». Y el marido enciende el suyo, y se queda, no sin cierto temor, esperando los resultados de la carnicería, en la antesala. Yo, me dice mi amigo, tenía el cloroformo y otro ayudante el pulso; el doctor comenzó a operar, y a poco vi un chorro de sangre que se elevaba casi hasta el techo. No hubo remedio posible.
El médico, asustado, dijo: ¡Ça y est! Unos instantes después la mujer era cadáver; el ayudante tuvo que salir a dar la noticia al marido, pues el doctor tenía, y con razón, miedo de que le matara. Y como éste, otros tantos casos. Naturalmente, esto no lo dicen los Doyen, los Albarrán, los Mauclair. Otros me narran historias que serían hoffmanescas si no fuesen netamente repugnantes, de las horas inútiles del internado. Cuando el reciente hombre descuartizado, que es todavía incógnita para la policía, se supuso una broma de estudiantes. ¡Ah, las bromas! hay imbéciles que para asustar al profano, se lanzan hasta hacer sospechar, con ambiguas reticencias, ocurrentes antropofagias. Ante esta clase de internos, futuros doctores, me complazco en recordar a buenos amigos míos, del hospital San Roque de Buenos Aires, excelentes muchachos que cuando las fatigas de la obligación y del estudio concluían, pasaban sus horas libres hablando de arte, dibujando o interpretando en el armonium a Wagner, a Beethoven, a Grieg.
¿Y los vagos rumores de enfermedades sostenidas, de monstruosos abortos, de verdaderos asesinatos en favor de impertérritos herederos, de esos que han tenido su comentario mejor en una popularísima caricatura de Caran D'Ache, y los encierros de gentes en su sana razón en manicomios y casas de salud? Cierto; esto sucede en todas partes, y entre vosotros podéis señalar algunos ejemplos que la prensa ha hecho visibles y resonantes; pero en esta vastísima capital del placer, del oro, del amor, los hechos son muchos.
Los camelots venden juguetes macabros, el esqueleto se prodiga en dijes y pisapapeles. En una ocasión no lejana se dió un concierto en las catacumbas y se flirtó al amor de una sensación nueva. La poesía de Rollinat, que hoy ya nadie recuerda, tuvo muchos aficionados, y Mademoiselle Squelette muchos intérpretes. La Gran Histrionisa genial Sarah Bernhardt, hizo famoso su féretro-lecho. La duquesa de Pomar, tocada de teosofía, daba bailes en donde aparecía, según se dice, el espectro de María Stuart; y el de Esseintes de Huysmans, cuyo modelo en carne y hueso es el conde Robert de Montesquieu Fezensac, ofrecía comidas negras, a las que no hubiera tenido inconveniente en sentarse la sombra del Comendador.
Hay una literatura faisandée, que huele mucho a cadaverina con su poco de cantárida; a ella pertenecen, para señalar un ejemplo, ciertos cuentos de M. Jean Lorrain, caro a lectores reblandecidos.
La guillotina ha sido llamada por un escritor «el espectáculo nacional», como los toros de España; y hay gentes, sobre todo en un especial medio femenino, que buscan esos sangrientos pimientos eróticos, para condimentar deseos insaciados y animar ensueños viciosos.
Claro, que no es todo París, hay que fijarse bien y claramente, no es todo París, sin excepción; pues hay un París que trabaja y es inmenso ese París, y hay un París que reza, inmenso también, aunque parezca esto una eminente paradoja. Gran parte de la enfermedad está sostenida por la carne cosmopolita que dominguea en la ciudad fabulosa y maelstrómica.
Pero de un modo o de otro, París, en medio de su gloria, en medio de la alegre agitación de sus pecados amables y terribles; en medio de la avalancha de oro que un solo soplo de sus labios hace rodar al abismo; en medio de tantas músicas y canciones que no hacen oir las quejas de los de abajo, de los que están, como los muertos, en sus negras catacumbas, miseria y hambre; en medio de una primavera que presenta incesantemente sus flores y un otoño continuo que da sus frutos a los paladares favorecidos de la suerte; en medio de un paraíso de locura en que la mujer en su sentido más carnal y animal, es la reina invencible y la devoradora todopoderosa, ha olvidado que hay algo inevitable y tremendo, sobre los besos, sobre los senos, sobre la alegría, sobre la música, sobre el capital, sobre la lujuria, sobre la risa, sobre la primavera y sobre el otoño; y este algo es sencillamente la Muerte; la Muerte, a la cual se olvida, o se ofende, o se burla.
No hay que meter periódicos en el cráneo de los muertos, como el mozo del hospital Saint-Antoine. Se pueden poner al tanto de lo que pasa.
No hay que dar conciertos en las catacumbas. Se puede despertar la Muerte; y ponerse a bailar, como en la Edad Media...
Ese sería el desquite de la Muerte...
V
N distinguido asesino inglés, o al menos apellidado Smith, ha intentado, con mal éxito, degollar a una vieja cortesana retirada, ya sin cotización en plaza, pero que tiene automóvil. Las señoritas de Pougy y otras Oteros, se han estremecido ante sus diamantes. En Maxim's la noticia del suceso hizo palidecer muchas caras bonitas. El hecho del día ha sido la preocupación de esas damas, que por mucho tiempo tendrán que pensar en los inconvenientes de su lucrativa carrera. Han parado mientes en que, en Babilonia y en el mundo ou l'on s'amuse, bajo una buena levita se oculta un buen estrangulador, y en que Smith es uno más en la lista de los Pranzinis, Prados y compañía.
¡Ah! estas graciosas desplumadoras de pichones y gallos viejos, encuentran de repente la garra de la bestia bruta que por quitarlas el collar les quiebra el lindo cuello, o les pega una puñalada, o les ahoga, o emplea las armas principio de siglo del héroe de ahora: la pelota de plomo en la cáscara de la mandarina, y el anillo atado a la fina cuerda. Y no será quien las mate el hambriento desesperado de los suburbios o el marlou de gorra y blusa. Será uno de esos desechos humanos, uno de esos intrusos de todas partes, caballeros de industria, «rastas» empobrecidos y sin oficio, rondadores de mesas de juego, componedores de amor ajeno a tanto la pieza, parásitos de hetairas y candidatos a la momentánea o larga celebridad que ofrece el aparato de M. Deibler.
En los cafés de mujeres elegantes y venales, habéis visto esos extraños tipos, de nacionalidades dudosas, valacos, griegos, levantinos, americanos del norte y también del sur, rubios u obscuros, elegantemente vestidos, con prendedores hirientes, bigotes tziganos, conocidos de muchos sin que ninguno sepa a punto fijo quiénes son, amigos confianzudos de las más señaladas Emilianas y Margaritas, y que levantan a su paso vagas interrogaciones: «¿De qué vive éste? ¿Cómo gasta, cómo derrocha?» Vive, casi siempre, de los calaveras que le prestan y de las mujeres que le dan. Pero de repente, una noticia circula al son de los valses húngaros, por las mesas envanecidas de champaña: «¡Sabes! Fulano, preso. Una estafa. O un robo.» Cuando el aventurero es de hígados negros, la campanada anuncia un asesinato. ¿Cuántos de esos van por el bosque, haciendo el rico, en equipajes ajenos? ¿Cuántos se sientan a jugar en los casinos al lado de títulos y personajes, hasta que un día se les agarra en la engañifa, se les echa a puntapiés, o se les desenmascara?
Mas, es cerca de «esas damas» donde ellos aprovechan con más frecuencia, pseudo protectores, «señores de compañía» como el grotesco tipo que acaba de presentar Coolus, secretarios, o perros de presa. Por ese camino se llega a todo. El dinero a que están acostumbrados les hace falta de pronto, y hay que buscarlo de cualquier manera. Tienen muchas amigas de las carreras, del aperitivo, de la cena, del teatro, conocen sus joyeros, sus habitaciones, sus hábitos. Y así, de cuando en cuando, una pobre pecadora muere de sangrienta y trágica muerte.
Esas damas...
¡Preciosas estatuas de carne, pulidas y lustradas como dijes, como joyas, flores, o animales encantadores, estuches de placer, maestras de caricias, dignas de una corona de emperatriz, ducales, angelicales, y tan brutas, tan ignorantes, tan plebeyas en su mayoría!
Cuando más os deleitan un gesto atávico, un modal hereditario, os revelan la antigua granja, el gallinero, el lavadero o la cocina maternales. Todas las aguas de Lubín, todas las invenciones de Lenteric no bastarán a quitar la original mancha nativa; todos los roces con Gales, con Borbón o con Sagán no las suavizarán la aspereza de generaciones de servidumbre y vulgaridad, y cuando el carácter exalta o se agria brotan de los más bellos labios palabras y hacen los más blancos brazos gestos, que piden la portería o el mercado.
Ésta nació en un pueblecito de provincia; vino a París no se sabe cómo; quiso trabajar y no pudo; le cayó del cielo de un lecho casual una liga medianamente favorable. Abandonada, fué soubrett, y de criada de señora alegre, fué arrebatada por tal viejo vicioso que la lanzó, es el término. Tuvo suerte, y hoy posee una mediana educación, un hotelito, caballos, y su nombre figura en las crónicas del Gil Blas.
Esa otra es gallega. Sirvió en Madrid en una casa de huéspedes. Todos los estudiantes supieron en su pensión de a dos pesetas lo que era el amor de la sirvientita, cuya cara primaveral era un plantío de sonrisas, y cuya generosidad no tuvo límites. ¿Quién le enseñó a bailar el vito y el fandango? ¿Quién la levantó de tan bajo como había caído? ¿Qué ángel le mostró el camino de París, y quién la hizo descaderarse ante un concurso de periodistas? Es el hecho que triunfó en un instante, y sus castañuelas hicieron llover luises. Los jóvenes vivos y los viejos bobos la llenaron de diamantes. ¡Qué de diamantes! Sus diamantes fueron tan célebres como sus conquistas. Torpe como un pato, tiene en su época la celebridad de una Aspasia. Tiene hotel, casas que alquila, todavía más diamantes, y mil trompetas que anuncian al mundo el reinado de su belleza.
Aquélla, tuvo por cuna un montón de coles, se corrompió casi en la niñez, circuló por los barrios parisienses, en noches de frío, en busca del paseante trasnochador. La casualidad la hizo hallar su suerte buena en un desconocido. Ascendió. Ganó. Acaparó. Juega a los caballos. Su llegada a Niza y Monte-Carlo causa siempre sensación.
Aquella otra, ¿se acordará del pobre pintor que fué su amor primero en un cuartucho del barrio Latino? ¿Se acordará de las noches danzantes de Bullier? ¿De la escasa cena a la madrugada, en los mercados? Quizá, porque se la suele ver en ocasiones pasear sus trajes de Doucet por cafetines del Boul' Mich y saludar a sus antiguos conocimientos.
Las obreritas miran con envidia a estas desdichadas con fortuna, cuyas faldas, cuyos sombreros, valen un año de trabajo en un taller matador. El lujo las fascina, ese lujo gritón y exhibicionista; y el ver a las ilustres pelanduscas en compañía del lord, del conde y del millonario. Y no sospechan los lados duros y trágicos de esos aparatos de placeres, a quienes el placer mismo martiriza.
Algunas empiezan ya a guardar dinero, a poner en el Banco economías, y suelen ser menos frecuentes los fines de fiesta a lo Cora Peral. Pero la riqueza no es segura y un crecido tanto por ciento va siempre a los hospitales y a la miseria degradada, cuando un ímpetu salvador no lleva la vieja carne inútil al Sena. Las que logran asegurar los años últimos, ya se sabe en lo que paran. Como el diablo viejo, en fraile; la diablesa gastada, en devota.
Hay sus raros ejemplos de afición a la literatura, y sobre todo a las tablas. Lo primero no deja de ser una especie de réclame, como en el caso de Mlle. de Pougy; y lo otro no es más que el affiche viviente, la muestra plástica, el escaparate del «restaurador» que pone a la vista lo que atrae a los amantes de la bonne chére, o si queréis, bonne chair...
¿Habéis estado alguna vez, pasada la media noche, en casa de Maxin? Cito este lugar, por ser uno de los que más ha estado de moda en este último tiempo. Una muchedumbre de beldades caras se instala en las mesas, que no tardáis en ver coronadas del indispensable cordon-rouge o extrady. Caballeros de todos portes invaden el recinto y entablan la partida amorosa de la cena, mientras los tziganos, que casi siempre son españoles, italianos y franceses, martirizan los violines en un suplicio orféico que no cesa. Jovencitos adinerados y más que maduros marcheurs se disputan la primacía del halago a las mujeres, radiantes de joyas, maravillosamente vestidas, irresistibles de vicio. Hay sonrisas, charlas, risas, y no son raros los insultos. Allí están las varias Guerreros, estranguladas de perlas, repartiendo sus tentaciones españolas; allí varias yanquis, soberbias y duras, con las manos pesadas de brillantes; y las innumerables Fulanas de Tal Cosa, Perengana de Tal Otra, francesas con su falso apelativo nobiliario, graciosas, atrayentes, pálidas de noches blancas, a pesar de los afeites. Y se come y se bebe; y cuando llega la madrugada, ya las mesas se han apartado y el baile se inicia, y dale Valse bleue y demás músicas en boga. Por el lado del bar pasan los equívocos chasseurs que llevan mensajes; por otro circulan los mozos serviles, renovando la champañada. Y la quête de los músicos, completa los indispensables desembolsos. (¿Qué diríais al saber que los violineros del Café de París se han ganado en un año de propinas setenta y tantos mil francos?) Y las mozas se alegran más y más. Cada cual cuenta con su presa. Y el inadvertido mozalbete no consulta su cartera; y el animado gagá no halla qué hacer con su emperatriz de a tantos luises. Y hay entre ellas celos y recelos. La ninfa no esconde a veces a la verdulera, y la marquesita Watteau no oculta que sabe el vocabulario de su papá el cochero.
El triunfo está a la salida, cuando cada víctima se lleva a su compañera del brazo. No se cambiaría un caballero de éstos, en ese instante, por el mismo ex príncipe de Gales.
Allí he visto auténticos potentados asiáticos e inconfundibles majestades yanquis; conocidos lores, y, ¡qué honor para el continente! gran variedad de afortunados hispano-americanos.
Allí he visto—y ya comprenderéis que no he asistido como uno de tantos, pues no tengo inconveniente en manifestaros que no me llamo Vanderbildt, y que la buena mensualidad que me paga La Nación no me alcanzaría para dos noches;—allí he visto, con cierto pesar, a ricos argentinos, desparramar los billetes azules, esfumar los oros con prodigalidades que no dejaban mal puesta la bandera... Pero os juro que más de una vez he tenido la tentación de decir a uno de esos notables gozadores de la vida: «Señor, es una bella pasión la pasión de la belleza, y la grata compañía de estas princesas, envidiable desde todo punto de vista, de oído, de olfato, de tacto. Tenéis un capital que no palidece ante el de algunos de estos nababs cosmopolitas. No sería yo quien os aconsejara tomar la vida por su lado obscuro, cuando las estancias producen tanto y no gastáis sino los intereses de vuestro haber total. Pero permitidme que os haga esta pequeña observación. Con lo que gastáis en una semana de superfluos derroches, podría seguir por mucho tiempo sus estudios un joven pintor, músico, escultor, escritor, de los muchos que en vuestro país son pobres, y podrían más tarde dar honra y brillo a la patria. Con lo que gastáis en dos semanas podríais obsequiar al Museo nacional de Bellas Artes, una hermosa obra, que acrecentaría al naciente emporio artístico; con lo que gastáis en un año—y hablo de gastos absolutamente sin razón—¡calculad lo que podríais hacer!»
Pero, casi siempre, cuando voy a hablar esto, suenan los violines, se esparce la Valse bleu, se interponen los chasseurs, hace cuatro reverencias el sommelier...
¡Y esas damas...!
VI
O que se llama aquí la Gran Semana, es dedicada principalmente a «la más noble conquista del hombre»; «la más noble conquista del hombre» ya se sabe que es el caballo.
Ya fué la fiesta de Auteuil, en donde, con la complacencia de un día amoroso y dorado, se vió un brillante ejército de mujeres deliciosas, vestidas con el arte de encantamiento que los costureros saben; irrupción de rostros sonrientes, trajes de primavera, sombreros y sombrillas que alegran de armoniosos colores el espectáculo: un ir y venir de gentes elegantes; en las tribunas una aglomeración de notas encantadoras; y cerca, los lagos, los carruajes ostentosos, también con su carga de belleza y de riqueza; ya Chantilly, con su Derby que hace competencia y vence en Epsom, Chantilly, lugar aristocrático y deleitoso; ya Longchamps, adornado de lujo e hirviente de mundo; al Gran Prix, con sus pompas y ruido.
El entusiasmo que hay en París por las carreras, sólo puede compararse al que hay en España por los toros. Se juega mucho, se juega demasiado. El sport actual no ve la mejora de la raza caballar sino en la ganancia. El cuadro estético interesa poco. La equitación, atacada por la bicicleta y el automóvil, está en decadencia. Saxon, Jocely, Chéri son aclamados, más que como «violentos hipógrifos», como fuentes de entradas, de francos o de luises. Los que pierden, ciertamente, no aclaman al cuadrúpedo triunfante. Pero por el momento los nombres de los ganadores van hasta las constelaciones. Desde 1873, una larga lista señala triunfos sucesivos—tal una enumeración de papas, de reyes o de generales: The Ranger, Vermont, Gladiateur, Ceylan, Férvacques, The Earl, Glaneur, Sornette, Cremome, Boïard, Trent, Salvator, Kisber, Si-Cristope, Thurio, Nubienne, Robert-Devil, Foxhall, Bruce, Frontín, Little Duhk, Paradox, Mintin, Tenebreuse, Stuart, Vasistas, Fitz, Roya, Clamart, Rueil, Ragotski, Dolman Baghtche, Andree Arreau, Doge, Le Roi Soleil, Pert, Semandria, hasta el glorioso bruto de ahora, Chéri, cuyo propietario, Caillaut, no cabe en su orgullo. Calígula no andaba muy errado. Las publicaciones sportivas son numerosísimas y el público las compra como el periódico noticioso, el diario preferido. Los principales cafés y bars tienen un servicio de información inmediata para las carreras; las gentes del alto mundo, tanto como las del bajo, tienen su animal favorito y apuestan. Los suicidios a consecuencia de pérdidas en los hipódromos no son escasos. Hay quienes opinan que las carreras son útiles y de alta moralidad política. Las ha llamado alguien «pararrayos de las revoluciones», exactamente como Huysmans llama pararrayos de las tempestades diurnas a los conventos. El pueblo se divierte, dicen, y así no hay temor de que se subleve. Panem et circenses. Mas no se fijan que las carreras sin el pan, no contentan a los proletarios; y lo que se está preparando en lo nebuloso del porvenir, por obra del fermento popular, y de la miseria negra que contrasta con la insolencia de la riqueza exhibicionista, no es la caída de un ministerio más o menos Waldeck, o de una república más o menos radical o clerical; es algo que soñó demasiado hermoso Hugo y que previó demasiado rojo Heine; algo que le va a quitar el automóvil al príncipe D'Arenberg y las caballerizas a M. Edmond Blanc. Eso no lo sabe tanto orgulloso satisfecho de los que tienen por Homero a Jean Lorrain y por gráfico retratista al mordiente Sem.
Grandes sportwomen hay, que se apasionan por el juego elegante, y otras que son dueñas de haras. Por mucho tiempo la vizcondesa d'Harcourt hizo lucir sus caballos, con sus jockeys blanco y oro. Hoy se ve siempre en la tribuna a la duquesa d'Uzés, a la de Noailles, a muchas duquesas; a las condesas de Roederer, de Le Marois, de Saint-Phallier, de Portales, a la princesa Murat, y cien otras nobles más, y señoras de propietarios de écurie, y mundanas en profusión tanto como semi-mundanas... Y es desde luego una parada de elegancias, una exposición de trajes y joyas, en competencia; visión de sedas y encajes sutiles, visión de flores y de sombreros, de sonrisas, de gestos graciosos. Del lado de los hombres, el todo d'Hozier, la banca, los negocios, los clubs. Entre las barbas blancas, la del duque de Chartres y del rey Leopoldo, y las patillas que enmarcan la cara dura del barón Alfonso de Rothschild. Luego el grupo de los comisarios, dueños de caballos, corredores, etc., y la tribuna de entraîneurs y jockeys.
Los jugadores y curiosos pobres están más allá, bajo los árboles, a la hora del salchichón al aire libre, y junto a la reja en el momento de la corrida de las ligeras bestias.
Y cuando la carrera empieza es el enorme griterío, la expectación, la impaciencia por saber cuál ha de ser el dichoso ganador; y los nombres de los animales que corren en competencia se pronuncian entre el ruido, mientras los caballos van por la pista como la bola en la ruleta. Así, como el entraîneur de M. Caillaut, propietario de Chéri, llegase tarde cuando el Gran Prix se corría, no encontró lugar en la tribuna en que le correspondía estar, y no supo la victoria de los caballos de su amo sino por las exclamaciones que entre la tempestad de gritos llegaban a sus oídos: se nombraba a Saxon, el ganador de Chantilly, y al inglés Lady Killer, hasta que el hábil hombre de caballeriza sintió un soplo de alegría al oir aclamar en último instante a Tibère y a Chéri.
Desde el presidente de la República al último camelot, pasa en triunfo el nombre del vencedor, los colores del patrón adquieren un nuevo brillo y como que, al pasear al bruto triunfante, se dejase ver, en cuatro patas flacas y con una cabeza soberbia, la imagen de la vanidad, pasajera y momentánea. Pues el doble event es cosa rara, y Saxon, ganador en Chantilly, no tuvo el gran premio. Y ese principado hípico tiene el fin de todos los principados humanos. Arquías hacía ya lamentarse al corcel antiguo triunfador en la carrera; «me he visto, dicen los versos de la Antología, coronado, en otra época, en las orillas del Alfeo; gané dos veces el premio junto a la fuente Castalia; y obtuve aclamaciones de la muchedumbre y aplausos, en Nemea y en el Istmo; a la piedra de Nisipo pasaba como llevado por el aire, ¡Oh desdoro! hoy doy vueltas a la piedra de un molino, en ruin ocupación, y sufro el látigo». Los Saxon y los Chéri no irán, gracias a los progresos de la industria, a hacer harina; pero no está en lo imposible que sus gloriosas carnes sean mañana, cuando la vejez llegue, consumidas en beefteaks de culinaria subrepticia, o claramente ofrecidos a la hipofagia parisiense. No serán los primeros outsiders víctimas del apetito.
Un bello espectáculo es sin duda alguna el desfile, cuando las horas doradas de la tarde ponen en el Bosque su ambiente de amorosa alegría, en esta estación que hace hervir las savias y precipitarse la sangre. El presidente de la República se retira, y generalmente es aclamado a su paso. Una interminable procesión de vehículos se extiende, en un resonar sordo de cascos y un sacudimiento de sonorosos arneses. Pasa el mundo oficial, el gran mundo, los batallones de clubmen. Las hetairas no son las menos miradas como comprenderéis—, la Emilienne d'Alençon en su cab inglés, la Otero en su equipaje superior al del mismo millonario Chauchard, y todas las celebridades de la gracia en venta y del amor profesional. Se disemina el inmenso río de carruajes y automóviles y bicicletas. Quiénes van a los restaurants del Bosque, quiénes a la ciudad. París murmura, se estremece, bañado de fuego vespertino, y al entrar a la plaza de la Concordia, al ver el casco de oro de los Inválidos, las lejanas agujas de Santa Clotilde y, en el inmenso forum que engrandece y alegra el espíritu al propio tiempo, el obelisco sobre el fondo verde de las Tullerías; al respirar este ambiente y sentir filtrarse en uno el alma del día, se experimenta un singular placer. Se viene de coronar a un caballo; pero no importa. Allá está enterrado Napoleón, aquí respiró Víctor Hugo; sentimos como que vamos sobre el pecho del mundo.
Venimos de la coronación de un caballo; en Atenas también se hacía lo mismo. Un caballo bueno vale más que un general malo. Y luego, «la más noble conquista del hombre» siempre ha sido compañera de la gloria; no se concibe a Alejandro sin Bucéfalo, al Cid sin Babieca; no puede haber Santiago en pie, Quijote sin Rocinante ni poeta sin Pegaso. El caballo es noble, es generoso, es bueno. Merece más que los elogios de M. de Buffon.
Lo lamentable es que en el sport moderno, lo repito, en las carreras, no se tenga por mira el espectáculo estético, sino el lucro, el azar, la ganancia. La gran pelousse equivale a una mesa de billar, a una carpeta de juego. La Gran Semana es la semana de la ostentación del lujo por un lado y la apoteosis del juego por otro. Dicen que esto es el 14 de Julio sportivo. Hay razón en decir eso. Mas no es envidiable la celebración desde aquel punto de vista.
Mejorar la raza caballar es una gran cosa. Se ha llegado en esto a resultados admirables. Mejorar las razas humanas sería indiscutiblemente mejor. Mejorar los cuerpos, mejorar las almas. No la persecución imposible de una humanidad perfecta, pues esto no está en la misma naturaleza; pero sí un progreso relativo, seguir el camino que muchos conductores de ideas han señalado y señalan para bien de los pueblos. Es mucho el contraste entre la maravillosa exposición de bienestar y de riqueza sobrante y desafiadora, y la enorme miseria que se agita, y el enorme aplastamiento del obrero por la masa del capital.
La noche del Grand Prix he visto a la célebre Fagette, una mediocre divette que sale a las tablas con un «bolero» que cuesta millón y medio. No es equivocación del corrector: millón y medio.
Luego, se asustan de Ravachol.
La mejor conquista del hombre tiene que ser, Dios lo quiera, el hombre mismo.
VII
udus.
O para decirlo en moderno, sport; o para decirlo en castizo, deporte. Yo, por mi parte, nunca diré deporte; primero, porque así dicen los puristas, y luego, porque esa palabra no quiere decir las fiestas de agilidad y los concursos de fuerzas, que, en nuestros días, dominan el aburrimiento de los desocupados del mundo.
Ludus es en latín, y esto puede ya hacer que me perdonen ciertos jueces que no me permito atender, sobre todo cuando voy a hablaros del sport francés, asunto agradable.
Hay aquí desde hace tiempo un despertamiento de afición a las cosas sportivas que tanto dan que hacer a los anglosajones, a punto que se creería que ellos son los inventores. El ejercicio es humano; la fuerza sorda es bárbara; la gracia en la fuerza es latina; la elegancia es latina. Por eso se ha necesitado descender en el concepto de la ornamentación personal hasta la chatura de nuestro tiempo, para que Pool sea el árbitro de la sastrería masculina, y que la elegancia tenga su papa en Londres. La elegancia es helénica y latina. Ella hace que el gladiador busque un bello gesto para la muerte, y que al toro del sacrificio se le pongan pámpanos y rosas en los cuernos. Ella hace que los aspectos de los centauros y lapitas en el mármol de las metopas se afirmen hermosos y decorosos.
No puede haber comparación, sino para mengua de lo moderno, en el concepto de la hermosura, entre los juegos antiguos que celebraba Píndaro y los de ahora, que cantan el Auto-Vélo o el París Sport. Pero aun así, los actuales ejercicios y divertimientos ofrecen cuadros y escenas de innegable atractivo. El teufteur, el pneu y los diversos matchs de velocidad o agilidad, que hoy están de moda, entrarían difícilmente en la oda. El automóvil ha encontrado un robusto poeta en prosa en Paul Adam, y algún pequeño poeta ha celebrado a las varias bellezas que se visten de oso y se ponen caretas extraordinarias para ir a gozar de las delicias del torbellino de polvo, sobre el demonio de caucho y hierro, fulminador de pavos, patos, gallinas y perros, cuando no del desventurado peatón.
Otra vez he hablado de las carreras de caballos. Hoy se interesa el público por las carreras de automóviles. «¡El caballo se muere! ¡El caballo ha muerto!» gritan algunos. Pero el Grand Prix no deja de ser la fiesta por excelencia, y Auteuil y Chantilly y demás lugares de hipógrifos con pedigree, se siguen viendo tan concurridos como siempre. Un periodista afirma que «un simple Rothschild puede franquear en una armazón eléctrica, en diez y siete horas y media, la distancia que separa Stuttgard de París; es decir, setecientos fulgurantes kilómetros, y eso en el momento mismo en que la pobre Kizil Kourgan—ilustre yegua—hija de Eolo, gana el antiguo premio de los hipódromos vieux jeu, y da vueltas ante el presidente de la República. ¿Qué decís, oh días del corcel caro a Píndaro, y qué vais a hacer? Triste sport de tortugas, ¿qué nos quieres? El Grand Prix de París me parece tan lejano en la historia como las lupercales en honor del dios Pan. Epsom, Longchamps, Auteuil y Chantilly, otros tantos nombres que suenan a viejo régimen, viejos principios y radotage. Yo estoy por los pneus, por los teuf-teufs, por los autos,—y los express son nuestras diligencias.» A lo cual otro le contesta que el automóvil no es para todo el mundo, pues hay que ser rico para pagarse las delicias de los 100 por hora. No ha llegado tampoco el tiempo en que el caballo sea únicamente un comestible en las carnicerías hipofágicas. «Creemos, dice el bravo defensor del animal poético que relincha en Job y galopa en Virgilio, creemos que los autos no reemplazarán jamás nuestra caballería armada, la cual, con las actuales máquinas de guerra y con las que nos prepara el porvenir, se hacen más y más indispensables. Esas solemnidades hípicas cuya ironía os parece risible, son, pues, más útiles y de un orden más elevado que nunca, y el día que anunciáis en que se abolirán las corridas de caballos, mientras el caballo volverá a las pampas; el día, en fin, en que «los coraceros cargarán en triciclos a petróleo»—no es broma, eso está en el artículo—ese día encontrará mejor su lugar en carnaval que aquel predicho por vos, en que «el caballo gordo, despacio, coronado de pámpano, mitológico y comestible», desfilará por el bulevar. El mismo Paul Adam ha preconizado la potencia destructora de los automóviles de guerra, y lo que se creía una imaginación suya se ha visto confirmado por la opinión de revistas técnicas y algún ensayo práctico en el ejército inglés. Pero nada le quitará al caballo su triunfo estatuario y su belleza lírica. No hay que olvidar que Pegaso es caballo.
El ping-pong revoluciona las horas del salón, sin el encanto del aire libre del lawn-tennis. Pero vino de Inglaterra y vence. La pesca tiene sus aficionados, los de la paciencia inaudita con caña, y los de la red, a l'épervier en los ríos cercanos, sobre todo en el amable Marne; o en el mismo Sena, o en Lagny, Andresy, Chelles o Poissy. El caballo de silla tiene sus campeones y amadores, como ese pobre millonario, el joven Sterne, sobrino del pintor Carolus Durad, que acaba de matarse en un steeple. Hace poco se han efectuado los steeples militares en Verie-Saumur, donde hará un año se ejercitaba con lucimiento algún jinete argentino. Los concursos hípicos se verifican en Vichy, Limoges, Roubaix, Brest, Rouen, Nancy, Poitiers, Bologne-sur-Mer y Spa. Por lo general, son pruebas de obstáculos, saltos de fosos, de barreras y de ríos. Son famosos los Habits-Rouges de París. Y hay luego los tiradores de armas, desde los de la esgrima de sala hasta los aficionados al cañón, que van a probarse en Fontainebleau.
El jockey es un personaje; el pelotari aún figura; el maestro de billar se hace nombrar; los entraîneurs tienen como los Watson, de las caballerizas Rotschild, sueldos de embajadores. Y aquellos hombrecitos que corren los caballos, monos de seda, ligeros y osados, con los colores tales o cuales, logran conquistas amorosas que tan solamente tuvieron un tiempo los tenores, y que hoy pudieran apenas disputarles los toreros. Dígalo ese muchacho yanqui, de diez y ocho años, Rieff...
Los concursos ciclistas van uno tras otro, en donde se ponen en liza Meyers, Grogna, Ellegaard y cien más, cuando no negro prodigio, como Major Taylor.
Los más a la antigua son los atletas. Desde la resurrección de los famosos juegos olímpicos, hay todos los años campeones que, como en la vieja Grecia, se disputan el lauro de la carrera, del disco, del salto. Los triunfadores, en imagen, son popularizados por la fotografía, como antes el bronce o el mármol en Pitia u Olimpia honraba a los corredores, gimnastas o pancraciastas. En los vasos de Volci o en la estatua de Mirón se admiran los antiguos cuerpos amacizados de ejercicio y en posturas nobles y gallardas, que, por más que hagan, no pueden igualar los gimnastas, luchadores y discóbolos de ahora. Antes que el maravilloso estadio que inmortalizan las helénicas antologías, lo que evocan, vencedores y todo, es la feria, el tablado de Neuilly, las barracas anuales de los bulevares exteriores.
Otros son los del remo, como los que tuvieron también su celebración de campeonato el día mismo en que se concluía la carrera automovílica París-Viena y se verificaba la fiesta del Grand Prix de Paris Cycliste. El Rowing Club proclamó a Roche y d'Helley campeones de Francia en doble-scull; a Hiser campeón de los juniors en skiff, y a Prével campeón de Francia en skiff. No hay la locura seria de los oxfordianos y cambridgianos; los aficionados se ejercitan con pasión, pero no con la decidida convicción patriótica que los colegas de ultra Mancha.
¡Ah! y esa carrera París-Viena, ¡lo que ha dado que hablar! No hay carrera de esas en que no haya su muerto, o cuando menos su herido. Como los que tienen automóvil son gentes de fortuna, nobles o burgueses, sucede que los anarquistas tienen en la máquina violenta una colaboradora de más de la marca. Ya van varios millonarios muertos por la pasión de la velocidad. Aquí sí que confunden precipitación con velocidad; y así un Cahan d'Anvers fué lanzado por su auto a la otra vida; y Vanderbilt estuvo el otro día en gran peligro de perder la suya; y muchos otros eminentes automovilistas, aun testas coronadas como el rey de Italia, han pasado por ciertos peligros que el modesto y elegante caballo, y aun mejor el vehículo de San Francisco, no ofrecen a quienes se dedican a ellos.
No niego que hay su belleza en el automóvil, y que una vez puesto uno en la silla, se va ensanchando Castilla delante del armatoste formidable y no se acuerda uno más de los aplastados, desde el momento en que se siente aplastador. La gloria de ir como en un vuelo fabuloso, dominando el espacio en un monstruo casi mitológico o bíblico, puesto que ha habido quien crea que Eliseo al dejar su manto lo hizo yéndose en un automóvil avant la lettre; el placer físico de la ligereza, de sentirse liviano como el aire mismo, son cosas innegables, pese a los que, como yo, no pueden ver pasar una máquina de esas sin cierta sublevación de ánimo. Pero, tal como se usa, es un placer inestético y sucio. Inestético, porque jamás la mejor dion o mercedes, o deschamps, equivaldrá en gracia y elegancia a un soberbio carruaje tirado por tronco más soberbio aún de brillantes caballos; y porque para hacer esas vertiginosas caminatas hay que vestirse de máscara, con inusitados balandranes o capas esquimalescas; y sucio, porque mientras no se rieguen con petróleo todos los caminos del mundo, el que se atreva a correr parejas con el huracán resultará lleno de polvo, negro de tierra, incómodo y feo. Y luego, es un sport para privilegiados. La más barata máquina cuesta cuatro mil, seis mil, y ocho mil francos. Las hay de cincuenta mil, de cien mil, y no sé si de doscientos mil. Y no todos somos el cha.
Todo sport tiene su encanto, su placer relativo; natación, caza, pesca, remo, duelos a primera sangre, billar, turf, teuf-teuf y compañía El placer está en no llegar a la exageración, en no romperse el alma por hacer 101 kilómetros; el no ahogarse por querer pasar el Canal de la Mancha; el no pescar una insolación antes que una trucha, caña en mano. El ejercicio y la distracción hacen más amable la vida con tal de que ésta no se exponga inútilmente.
Si el perilustre Mr. Vanderbilt, conocido del payo Roqué, me dijese.—«Voy a regalar a usted un automóvil, y va usted a hacer 103 por hora», yo le contestaría:—«Muchas gracias, Mr. Vanderbilt, J'aime mieux ma mie ô gue! J'aime mieux ma mie!»
VIII
A vuelta de Jules Bois de la India ha coincidido con un despertamiento de curiosidad para los estudios psíquicos. Le Journal y Le Matin han publicado relaciones de milagros, reportajes de personas iniciadas en los asuntos del au-delà; y han hablado sacerdotes, médicos, magos, espiritistas y videntes. He creído oportuno, pues ocuparme en este asunto; y me he dirigido a un amigo mío muy versado en lo que pasa de tejas arriba, artista y teólogo, perteneciente a los círculos swendemborguianos y espíritu convencido. He hablado ya de él en otra ocasión: me refiero a G. Núñez.
Era una tarde opaca, como de comienzos otoñales; llegué a la casa de mi amigo con objeto de saber su opinión a propósito de los milagros de Lourdes. Le encontré en medio de su familia y en unión de su inseparable Henri De Groux. Una gran Biblia estaba abierta en una mesa. Mientras el crepúsculo penetraba por los vidrios de los balcones, una de las hijas del artista despertaba suavemente en el piano, música vaga, triste, como adecuada al momento.
Debo advertir que creo en absoluto en la sinceridad de mi amigo. A pesar de que muchas veces he oído de sus labios narraciones, sucedidos y hechos personales que parecerían increíbles, no me han sorprendido tanto, después de haberme dedicado, en otros tiempos, a lecturas teosóficas y ocultistas. Las historias y experimentos de Núñez, no me parece que sobrepasen a lo que todos conocemos en William Crookes, H. P. Blavatsky, Richet, Lombroso y tantos otros. Núñez es un oculista cristiano; y, repito, es un hombre sincero. Es este el principal valor de su opinión.
Sentadas mis proposiciones y hechas mis preguntas, quedóse mi amigo meditando. Luego, comenzó a hablar:
—No pueden, me dijo, negarse los hechos. El mismo canónigo Brettes, dice que esas maravillas están anunciando en renacimiento de fe.
Animado por la lectura de esas polémicas y opiniones, había creído oportuno publicar algo de lo que yo creo comprender sobre los innegables milagros que se han producido y se siguen produciendo en Lourdes. Es muy cierto que la humanidad está esperando hoy un nuevo fiat lux.
Es muy cierto que aguardamos ese fiat lux, que venga a restablecer el orden moral que todos ansiamos.
Nos encontramos en plena era de lo metafísico.
Tenemos, por lo tanto, que hablar de todos los asuntos metafísicamente. Lo que es del «espíritu», «espíritu es», como dice el Evangelio, y lo que es de la «carne», «carne es». Tenemos, pues, que estudiar los milagros de Lourdes, desde el punto de vista espiritual, pues son un efecto material que nos admira, y para comprender su significación hay que estudiar sus causas.
Yo, como todos los que amamos la verdad, he estado durante años esperando el santo advenimiento de esa fe tan deseada, y después de muchos estudios he llegado a conseguir aquella voz del alma que Dios concede a los que buscan sinceramente. Fundando mis razones en esa verdad, en esa fe, voy a decir lo que sé sobre este singular y discutible fenómeno de los milagros de Lourdes y a poner de acuerdo a los que, como facciones opuestas todas ellas en guerra, buscan la solución y no la encuentran.
Tenemos enfrente una dificultad parecida a la del huevo de Colón. Vamos a verla. Vamos a romperla.
Según declaraciones personales del canónigo Brettes, el clero romano no quiere imponer al mundo católico la creencia en los milagros de Lourdes, y en sus palabras textuales califica de ignorante, de hombre de mala fe y de otras cosas que se abstiene de escribir, a todo aquel que se atreva a asegurar que el rebaño católico está obligado por Roma a sostener como artículo de fe que los milagros de Lourdes son auténtica obra del cielo.
M. Brettes sabe muy bien lo que está diciendo. Sus palabras son la expresión de todo el clero romano.
Este sabio e inteligente prelado añade a renglón seguido que los hombres pueden salvarse sin que sea para ello indispensable creer en los milagros de Lourdes, pero que su salvación sería más segura y fácil si creyeran. Por otra parte, monsieur Brettes cree firmemente en ellos y declara haber presenciado diez y siete curaciones milagrosas que se efectuaron entre cincuenta enfermos que él personalmente condujo en peregrinación al santo lugar de las aguas encantadas.
El que sepa leer entre renglones observará que el clero romano no se atreve a imponer la creencia en los milagros de Lourdes como dogma de la religión romana, porque en presencia de los hechos imposibles de negar, hay un vago presentimiento que les está diciendo que Lourdes puede llegar a ser su propia ruina, pues si por un lado la evidencia de los hechos los obliga a defender la existencia de los milagros, por otra parte ve y palpa que dichos milagros no tienen carácter divino; y si se niegan a reconocerlos como verdades del cielo, no por eso dejan de preconizarlos, de predicarlos y de desplegar en su honor todo el culto y respeto y pompa eclesiástica, con toda la grandeza y lujo que son capaces de ostentar cuando lo crea necesario.
El clero romano está dando al mundo el ridículo espectáculo de un pueblo arrodillado ante un rey que ellos mismos han reconocido, y que no se atreven a coronar, porque le temen. Esa misma es la actitud de M. Brettes. En su carácter de prelado romano no le es posible reconocer a Lourdes como una verdad, pero en su opinión particular se postra ante esa verdad que le es imposible negar.
Estas cosas tienen un sentido muy hondo, pues al mismo tiempo que Roma desconfía de Lourdes, las medallas, las imágenes, las reliquias y las aguas embotelladas como de Vichy o las de Huyady Janos circulan por el mundo católico recomendadas por todos los clérigos, dando con este proceder una prueba irrefutable de que sin querer dar la cara, están ellos mismos persuadidos de una verdad que no comprenden y temen reconocer abiertamente. Los milagros de Lourdes han puesto a Roma en un triste predicamento.
La ausencia completa de grandeza y majestad que se observa en ellos, los tiene perplejos, pues si es incontestable que hay curaciones milagrosas (eso no lo puede negar nadie), esos milagros no llegan nunca a la altura de dignidad y nobleza de los milagros que se relatan en los Evangelios y en el Viejo Testamento. Son de carácter interior y limitado. Imperfectos.
Monsieur Naudeau, hombre inteligente y sincero, presintiendo la verdad simple y sencilla, pregunta al canónigo de Brettes por qué no se ve nunca en Lourdes el renacimiento de un brazo o de una pierna amputada.
Si yo hubiera estado presente le hubiera preguntado a M. de Brettes por qué no se ha visto nunca en Lourdes un muerto resucitado por las aguas milagrosas.
Todo el clero romano, empezando por el papa y acabando por el sacristán, se hubiera visto imposibilitado de dar una respuesta satisfactoria.
¿Es que Dios le ha señalado un límite a la Reina de los Angeles, para producir milagros?
¿Por qué no se ven en Lourdes otros milagros sino el de la curación de enfermos?
Jesucristo resucitaba muertos, calmaba tempestades, convertía el agua en vino, andaba sobre los mares, dividía cinco panes para que comieran y se hartaran 5.000 personas.
¿Cómo es que a su Santísima Madre en Lourdes no le ha permitido curar sino a un diez por ciento de miles de enfermos que imploran la salud?
El clero romano, que sabe estas cosas, no ha establecido a Lourdes artículo de fe católica, porque no tiene mucha confianza en el autor del milagro, y tiene razón; pues si esos milagros dimanaran de la Divina Providencia, las virtudes de las aguas no estarían tan circunscriptas como se ve que están.
Los milagros verdaderos que proceden de Dios, no están limitados en manera alguna: son netos, redondos, francos, completos.
San Pedro y San Pablo resucitaron muertos, como consta en los Actos de los Apóstoles.
Según la teneduría de libros de las oficinas de Lourdes, los enfermos restablecidos en salud no han pasado nunca de un diez por ciento (información que se le dió a M. Emile Zola), y, sin embargo, es sabido que hay gente que ha hecho el viaje a Lourdes durante ocho y diez años consecutivos sin lograr que el milagro los toque.
No puede darse mayor fe que la de esos desgraciados. Nunca logran su curación, a pesar de su persistencia, y, sin embargo, Jesús ha dicho que la fe transporta las montañas. Jesús no ha mentido, pero los hombres trastornan su fe; ahí está la explicación.
¿Debemos creer, por los fiascos de Lourdes, que los poderes de Dios sean limitados o encuentren en el mundo material obstáculos imprevistos para realizarse?
No. Pero es lo cierto que nos encontramos en Lourdes con un dilema colosal. Hélo aquí: O Dios se encuentra imposibilitado para curar a todos los enfermos que van allí, o le ha puesto un freno al autor de los milagros para que no traspase los límites determinados por su infinita sabiduría.
El mismo M. de Brettes reconoce que hay en todo eso un designio particular de Dios que nosotros los hombres ignoramos. Tiene razón. Eso no puede negarse, como ha habido también un designio de Dios, y esto tampoco puede negarse—en las apariciones de espíritus (que M. de Brettes reconoce) y sus hechos ampliamente demostrados por los hombres de ciencia que no son capaces de mentir, y entre los cuales se nombra a M. Camille Flammarión, William Krookes, Zoelner y otros.
También ha habido designio particular de la Providencia cuando permitió que el príncipe de Gales, hoy rey de Inglaterra, presenciara los milagros portentosos hechos por los fakires indios, y que han sido relatados en sus viajes para asombro de los que los leen. Ya se ve por todo eso que Dios prepara un renacimiento de fe, como dice M. de Brettes.
El clero romano sabe o debe saber estas cosas. El mismo canónigo dice en su conferencia con Naudeau, que la aparición de los espíritus es un hecho, y si él y el clero romano saben a qué atenerse con respecto a los espíritus y a sus mentirosos milagros, habrán observado también que todos ellos tienen un mismo carácter, que todos están limitados a ciertos casos y a condiciones determinadas. Como pasa en Lourdes.
Los fines de la Providencia al permitir esos milagros, no son otros que el restablecimiento de la fe contra la ciencia experimental, contra el materialismo moderno y la filosofía positiva, que sin esos obstáculos que se oponen a su progreso se despeñarían como un torrente maligno. Dios ha querido desacreditar y destruir la ciencia de mala ley que se esfuerza en atacar el principio espiritual de la naturaleza.