L O S R A R O S
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PROLOGO
Fuera de las notas sobre Mauclair y Adam, todo lo contenido en este libro fué escrito hace doce años, en Buenos Aires, cuando en Francia estaba el simbolismo en pleno desarrollo. Me tocó dar a conocer en América ese movimiento y por ello y por mis versos de entonces, fuí atacado y calificado con la inevitable palabra «decadente...» Todo eso ha pasado,—como mi fresca juventud.
Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admiración sincera, mucha lectura y no poca buena intención. En la evolución natural de mi pensamiento, el fondo ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no obstante, que me he acercado a algunos de mis ídolos de antaño y he reconocido más de un engaño de mi manera de percibir.
Restan la misma pasión de arte, el mismo reconocimiento de las jerarquías intelectuales, el mismo desdén de lo vulgar y la misma religión de belleza. Pero una razón autumnal ha sucedido a las explosiones de la primavera.
Rubén Darío.
EL ARTE EN SILENCIO
O se ha hecho mucho comentario sobre L’Art en silence, de Camilo Mauclair, como era natural. ¡El «Arte en silencio», en el país del ruido! así debía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más hermosos y más nobles que éste, fruto de joven, impregnado de un perfume de cordura y de un sabor de siglos. Al leerle, he aquí el espectáculo que se ha presentado a mi imaginación: un campo inmenso y preparado para la labor; un día en su más bello instante, y un labrador matinal que empuja fuertemente su arado, orgulloso de que su virtud triptolémica trae consigo la seguridad de la hora de paz y de fecundidad de mañana. En la confusión de tentativas, en la lucha de tendencias, entre los juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imitación de titubeantes sectarios, la voz de este digno trabajador, de este sincero intelectual, en el absoluto sentido del vocablo, es de una transcendental vibración. No puede haber profesión de fe más transparente, más noble y más generosa.
«Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de mi profesión y del talento por sí mismo. Creo en la misión difícil, agotadora y casi siempre ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de ideas; creo que, el hombre que en nombre del talento que Dios le ha prestado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los deberes urgentes de la existencia humana, desobedece a la humanidad y es castigado. Creo en la aceptación de todos los deberes por la ayuda de la caridad y del orgullo; creo en el individualismo artístico y social. Creo que el arte, ese silencioso apostolado, esa bella penitencia escogida por algunos seres cuyos cuerpos les fatigan e impiden más que a otros encontrar lo infinito, es una obligación de honor que es necesario llenar, con la más seria, la más circunspecta probidad; que hay buenos o malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y los sinceros serán premiados en el altísimo cielo de la paz, en tanto que los brillantes, los satisfechos, los mentirosos, serán castigados. Creo todo eso, porque ya he visto pruebas alrededor mío, y porque he sentido la verdad en mí mismo, después de haber escrito varios libros, no sin sinceridad ni trabajo, pero con la confianza precipitada de la juventud.»
En efecto, ¿quiénes habrían podido prever, en el autor de tantas páginas de ensueños,—«corona de claridad» o «sonatitas de otoño»—este rumbo hacia un ideal de moral absoluta, en las regiones verdaderamente intelectuales donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser escuchado? El ha agrupado en este sano volumen a varios artistas aislados, cuya existencia y cuya obra pueden servir de estimulantes ejemplos en la lucha de las ideas y de las aspiraciones mentales. Mallarmé, Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops, entre los muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes, conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobre Jules Laforgue y Auguste Rodin.
Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin sombras de Edgar Poe, desde su prestigiosa introducción por Baudelaire, coronada luego por el espíritu transcendentalmente comprensivo y seductor de Stephane Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto al desgraciado poeta norteamericano, muy poco llegará a la profundidad y belleza que se contienen en el ensayo de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la psicología de la desventura, que producirá en ciertas almas el bien de una medicina, la sensación de una onda cordial y vigorizante. Luego el espíritu penetrante y buscador, hace ver con luz nueva la ideología poeana, y muchos puntos que antes pudieran aparecer velados u obscuros, se ven en una dulce semiluz de afección que despide la elevada y pura estética del comentarista.
Una de las principales bondades es la de borrar la negra aureola de hermosura un tanto macabra, que las disculpas de la bohemia han querido hacer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui. En este caso, como en otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por ejemplo, el vicio es malignamente ocasional, es el complemento de la fatal desventura. El genio original, libre del alcohol, u otro variativo semejante, se desenvolvería siempre, siendo, en esa virtud, sus floraciones, libres de obscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe queda para el ensayista, «sin imitadores y sin antecesores, un fenómeno literario y mental, germinado espontáneamente en una tierra ingrata, místico purificado por ese dolor del que ha dado la inolvidable transposición, levantado en ultramar, entre Emerson misericordioso y Whitman profético, como un interrogador del porvenir.»
De Flaubert—ese vasto espectáculo—presenta una nueva perspectiva. La suma de razonamientos nos conduce a este resultado: «Flaubert no tiene de realista sino la apariencia, de artista impasible la apariencia, de romántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí sus rasgos esenciales.» Y las demostraciones son llevadas por medio de la amable e irresistible lógica de Mauclair, que nos presenta la figura soberbia del «buen gigante», por ese aspecto que permanece ya definitivo. Es también de un fin reconfortante, por el ejemplo de voluntad y de sufrimientos, en la pasión invencible de las letras, la enfermedad de la forma, soportada por otros dones de fortaleza y de método.
Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud que concreta una moral superior. ¿Acaso no va ya destacándose en toda su altura y hermosura ese poeta a quien la vida no consentía el triunfo, y hoy baña la gloria, «el sol de los muertos», con su dorada luz?
La simbólica representación está en la gráfica idea de Felician Rops: el harpa ascendente, a la cual tienden, en el éter, innumerables manos de lo invisible. La honorabilidad artística, el carácter en lo ideal, la santidad, si posible es decir, del sacerdocio, o misión de belleza, facultad inaudita que halló su singular representación en el maravilloso maestro, que a través del silencio, fué hacia la inmortalidad. Una frase de Mme. Perier en su «Vida de Pascal», sirve de epígrafe al ensayo afectuoso, admirable y admirativo, justo, consagrado al doctor de misterio: «Nous n’avons su toutes ces choses qu’apres sa morte.»
La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un expositor que se aleje de las fáciles tentativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas de varios teorizantes, como de las blindadas oposiciones de la retórica escolar, o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad que no razona, la embrolladora disertación de más de un pseudo-discípulo.
Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la juventud le une más cercanamente, en una afección artística fraternal, mitigan su tristeza en la afirmación de un generoso y sereno carácter, de una vida como autumnal, iluminados crepuscularmente de poesía y de gracia interior. «Le hemos conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervioso; pero era, ante todo, un melancólico, aun en la sonrisa. Le sentíamos menos extraño por su voz y ciertos signos exteriores, que lejano por una singular facultad de reserva. Ese cordial era aislado de alma. Había en esa faz rubia y fina, en esa boca fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y un fatalismo que no dejaban de extrañar. Es feliz, pensábamos, y, sin embargo, ¿qué tiene? Tenía el gusto atento y la comprensión de la muerte. Se detenía en el dintel de la existencia, y no entraba, y desde ese dintel nos miraba a todos con una tristeza profundamente delicada. Ha vuelto a tomar el camino eterno: era un transeunte encantador que no ha dicho todo su pensamiento en este mundo. Estaba «hanté» por su misticismo minucioso y extraño, evocaba todo lo que está difunto, recogido, purificado por la inmóvil palidez de los reposos seculares. Llevaba por todas partes su claustro interior, y si ha deseado ser enterrado en esa Bruges que amó tanto, puede decirse que su alma estaba dormida ya en la pacífica belleza de una muerte harmoniosa.» Decid si no es este camafeo de un encanto sutil y revelador, y si no se ve a su través el alma melancólica del malogrado animador de «Bruges la muerta.» Estos párrafos de Mauclair son comparables, como retrato, en la transposición de la pintura a la prosa, al admirable pastel en que perpetúa la triste faz del desaparecido, el talento comprensivo de Levy Dhurmer.
Algunos vivos, son también presentados y estudiados, y entre ellos uno que representa bien la fuerza, la claridad, la tradición del espíritu francés, del alma francesa, el talento más vigoroso de los actuales escritores de este país.
He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges de obra poco resonante, pero muy estimado por los intelectuales, consagra algunas notas, como sobre León Daudet.
La parte que denomina «El crepúsculo de las técnicas», debía traducirse a todos los idiomas y ser conocida por la juventud literaria que en todos los países busca una vía, y mira la cultura de Francia y el pensamiento francés, como guías y modelos. Es la historia del simbolismo, escrita con toda sinceridad y con toda verdad; y de ella se desprenden utilísimas lecciones, enseñanzas cuyo provecho es inmediato, así el estudio sobre el sentimentalismo literario, en que el alma de nuestro siglo está analizada con penetración y cordura a la luz de una filosofía amplia y generosa, poco conocida en estos tiempos de egotismos superhombríos y otras nieztschedades. No sabría alabar suficientemente los capítulos sobre arte, y el homenaje a altos artistas—artistas en silencio—como Puvis y Felician Rops, Gustave Moreau y Besnard, así como los fragmentos de otros estudios y ensayos que ayudan en el volumen a la comprensión, al peso, y para decirlo con mi sentimiento, a la simpatía que se experimenta por un sincero, por un laborioso, por un verdadero y grande expositor de saludables ideas, que es al propio tiempo, él también, un señalado, uno que ha hallado su rumbo cierto, y como él gustará que se le llame, un artista silencioso.
Edgar Allan Poe
EDGAR ALLAN POE
N una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de los Estados Unidos. Iba el «steamer» despacio, y la sirena aullaba roncamente por temor de un choque. Quedaba atrás Fire Island con su erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al paso el barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes, bajo el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos arromadizados, el humo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas, las mismas ondas ventrudas de aquel mar estañado, el vapor que caminaba rumbo a la gran bahía, todo decía: «all right.» Entre las brumas se divisaban islas y barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta de sus costas, y Staten Island, como en el marco de una viñeta, se presentaba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que no, por la falta de sol, la máquina fotográfica. Sobre cubierta se agrupan los pasajeros: el comerciante de gruesa panza, congestionado como un pavo, con encorvadas narices israelitas; el clergyman huesoso, enfundado en su largo levitón negro, cubierto con su ancho sombrero de fieltro, y en la mano una pequeña Biblia; la muchacha que usa gorra de jokey y que durante toda la travesía ha cantado con voz fonográfica, al son de un banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al box, tiene los puños de tal modo, que bien pudiera desquijar un rinoceronte de un solo impulso... En los Narrows se alcanza a ver la tierra pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza la antorcha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de la Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la salutación: «A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora de la Libertad. A ti, cuyas mamas de bronce alimentan un sinnúmero de almas y corazones. A ti, que te alzas solitaria y magnífica sobre tu isla, levantando la divina antorcha. Yo te saludo al paso de mi «steamer», prosternándome delante de tu majestad. ¡Ave: Good morning! Yo sé, divino icono, oh magna estatua, que tu solo nombre, el de la excelsa beldad que encarnas, ha hecho brotar estrellas sobre el mundo, a la manera del fiat del Señor. Allí están entre todas, brillantes sobre las listas de la bandera, las que iluminan el vuelo del águila de América, de esta tu América formidable, de ojos azules. Ave, Libertad, llena de fuerza; el Señor es contigo: bendita tú eres. Pero ¿sabes? se te ha herido mucho por el mundo, divinidad, manchando tu esplendor. Anda en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y que, en vez de la antorcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana sagrada de las incomparables flechas: es Hécate.»
Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enorme que está al frente, aquella tierra coronada de torres, aquella región de donde casi sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de hierro, New-York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la tormentosa, la irresistible capital del cheque. Rodeada de islas menores, tiene cerca a Jersey; y agarrada a Brooklin con la uña enorme del puente, Brooklin, que tiene sobre el palpitante pecho de acero un ramillete de campanarios. Se cree oir la voz de New-York, el eco de un vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán distinta de la voz de París, cuando uno cree escucharla, al acercarse, halagadora como una canción de amor, de poesía y de juventud! Sobre el suelo de Manhattan parece que va a verse surgir de pronto un colosal Tío Samuel, que llama a los pueblos todos a un inaudito remate, y que el martillo del rematador cae sobre cúpulas y techumbres produciendo un ensordecedor trueno metálico. Antes de entrar al corazón del monstruo, recuerdo la ciudad que vió en el poema bárbaro el vidente Thogorma:
Thogorma dans ses yeux vit monter des murailles
De fer dont s’enroulaient des spirales des tours
Et des palais cerclés d’arain sur des blocs lourds;
Ruche énorme, gékenne aux lúgubres entrailles
Où s’engouffraint les Forts, princes des anciens jours.
............................................
Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, viven en sus torres de piedra, de hierro y de cristal, los hombres de Manhattan.
En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la urna electoral. El edificio Produce Exchange entre sus muros de hierro y granito reune tantas almas cuantas hacen un pueblo... He allí Broadway. Se experimenta casi una impresión dolorosa; sentís el dominio del vértigo. Por un gran canal cuyos lados los forman casas monumentales que ostentan sus cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías, ómnibus, hombres-sandwichs vestidos de anuncios, y mujeres bellísimas. Abarcando con la vista la inmensa arteria en su hervor continuo, llega a sentirse la angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del hormiguero: un hormiguero de percherones gigantescos, de carros monstruosos, de toda clase de vehículos. El vendedor de periódicos, rosado y risueño, salta como un gorrión, de tranvía en tranvía, y grita al pasajero ¡intanrsooonwoood! lo que quiere decir si gustáis comprar cualquiera de esos tres diarios el «Evening Telegram», el «Sun» o el «World.» El ruido es mareador y se siente en el aire una trepidación incesante; el repiqueteo de los cascos, el vuelo sonoro de las ruedas, parece a cada instante aumentarse. Temeríase a cada momento un choque, un fracaso, si no se conociese que este inmenso río que corre con una fuerza de alud, lleva en sus ondas la exactitud de una máquina. En lo más intrincado de la muchedumbre, en lo más convulsivo y crespo de la ola de movimiento, sucede que una lady anciana, bajo su capota negra, o una miss rubia, o una nodriza con su bebé quiere pasar de una acera a otra. Un corpulento policeman alza la mano; detiénese el torrente; pasa la dama; ¡all right!
«Esos cíclopes...» dice Groussac; «esos feroces calibanes...» escribe Peladan. ¿Tuvo razón el raro Sar al llamar así a estos hombres de la América del Norte? Calibán reina en la isla de Manhattan, en San Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con Edison, hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de Chicago. Calibán se satura de wishky, como en el drama de Shakespeare de vino; se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni martirizado por ningún genio del aire, engorda y se multiplica; su nombre es Legión. Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos poderosos monstruos, algún sér de superior naturaleza, que tiende las alas a la eterna Miranda de lo ideal. Entonces, Calibán mueve contra él a Sicorax, y se le destierra o se le mata. Esto vió el mundo con Edgar Allan Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la muerte...
¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar, armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de plata de un místico ensueño? Es porque tú eres hermana de las liliales vírgenes cantadas en brumosa lengua inglesa por el soñador infeliz, príncipe de los poetas malditos. Tú como ellas eres llama del infinito amor. Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el Paraíso asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y te saludan con una sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh mi ángel consolador, oh mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama brillante de palidez extraña, venida de allá, de los mares lejanos; la segunda es Eulalia, la dulce Eulalia de cabellos de oro y ojos de violeta, que dirige al cielo su mirada; la tercera es Leonora, llamada así por los ángeles, joven y radiosa en el Edén distante; la otra es Frances, la amada que calma las penas con su recuerdo; la otra es Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, cerca del sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista por la primera vez a la luz de perla de la luna; la otra Annie, la de los ósculos y las caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que amó con un amor envidia de los serafines del cielo; la otra Isabel, la de los amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda, envuelta en un velo de extraterrestre esplendor... Ellas son, cándido coro de ideales oceanidas quienes consuelan y enjugan la frente al lírico Prometeo amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, más cruel aun que el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tortura el corazón del desdichado, apuñalándole con la monótona palabra de la desesperanza. Así tú para mí. En medio de los martirios de la vida, me refrescas y alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu sér inmortal, cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro arco. Entonces, Alma, Stella, oigo sonar cerca de mí el oro invisible de tu escudo angélico. Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de mis noches como un incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo el incienso y la mirra a la cuna de la eterna Esperanza.
I.—El hombre
La influencia de Poe en el arte universal ha sido suficientemente honda y transcendente para que su nombre y su obra no sean a la continua recordados. Desde su muerte acá, no hay año casi en que, ya en el libro o en la revista, no se ocupen del excelso poeta americano, críticos, ensayistas y poetas. La obra de Ingram iluminó la vida del hombre; nada puede aumentar la gloria del soñador maravilloso. Por cierto que la publicación de aquel libro cuya traducción a nuestra lengua hay que agradecer al señor Mayer, estaba destinada al grueso público.
¿Es que en el número de los escogidos, de los aristócratas del espíritu, no estaba ya pesado en su propio valor, el odioso fárrago del canino Griswold? La infame autopsia moral que se hizo del ilustre difunto debía tener esa bella protesta. Ha de ver ya el mundo libre de mancha al cisne inmaculado.
Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pasado su vida bajo el flotante influjo de un extraño misterio. Nacido en un país de vida práctica y material, la influencia del medio obra en él al contrario. De un país de cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológico parece nacer en él por lejano atavismo y vese en su poesía un claro rayo del país de sol y azul en que nacieron sus antepasados. Renace en él el alma caballeresca de los Le Poer alabados en las crónicas de Generaldo Gambresio. Arnoldo Le Poer lanza en la Irlanda de 1327 este terrible insulto al caballero Mauricio de Desmond: «Sois un rimador.» Por lo cual se empuñan las espadas y se traba una riña que es el prólogo de guerra sangrienta. Cinco siglos después, un descendiente del provocativo Arnoldo glorificará a su raza, erigiendo sobre el rico pedestal de la lengua inglesa, y en un nuevo mundo, el palacio de oro de sus rimas.
El noble abolengo de Poe, ciertamente, no interesa sino a «aquellos que tienen gusto de averiguar los efectos producidos por el país y el linaje en las peculiaridades mentales y constitucionales de los hombres de genio,» según las palabras de la noble señora Whitman. Por lo demás, es él quien hoy da valer y honra a todos los pastores protestantes, tenderos, rentistas o mercachifles que lleven su apellido en la tierra del honorable padre de su patria, Jorge Washington.
Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo Sir Rogerio que batalló en compañía de Strongbow, un osado Sir Arnoldo que defendió a una lady acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre «Condesa» del tiempo de Cromwell; y pasando sobre enredos genealógicos antiguos, un general de los Estados Unidos, su abuelo. Después de todo, ese sér trágico, de historia tan extraña y romanesca, dió su primer vagido entre las coronas marchitas de una comedianta, la cual le dió vida bajo el imperio del más ardiente amor. La pobre artista había quedado huérfana desde muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de esa dulce gracia nació el pálido y melancólico visionario que dió al arte un mundo nuevo.
Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De todos los retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial hermosura que en descripciones han dejado muchas de las personas que le conocieron. No hay duda que en toda la iconografía poeana, el retrato que debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke para publicar un grabado que copiaba al poeta en el tiempo en que éste trabajaba en la empresa de aquel caballero. El mismo Clarke protestó contra los falsos retratos de Poe que después de su muerte se publicaron. Si no tanto como los que calumniaron su hermosa alma poética, los que desfiguran la belleza de su rostro son dignos de la más justa censura. De todos los retratos que han llegado a mis manos, los que más me han llamado la atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilustrada de Quantin, de los «Cuentos extraordinarios,» y el grabado por R. Loncup para la traducción del libro de Ingram por Mayer. En ambos Poe ha llegado ya a la edad madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito sensitivo que al conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y sin voz, como el Dante de la «Vita Nuova...» Es el hombre que ha sufrido ya, que conoce por sus propias desgarradas carnes cómo hieren las asperezas de la vida. En el primero, el artista parece haber querido hacer una cabeza simbólica. En los ojos, casi ornitomorfos, en el aire, en la expresión trágica del rostro, Chiffart ha intentado pintar al autor del «Cuervo,» al visionario, al «unhappy Master» más que al hombre. En el segundo hay más realidad: esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca apretada, ese vago gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en donde se entronizó la palidez fatal del sufrimiento, pintan al desgraciado en sus días de mayor infortunio, quizá en los que precedieron a su muerte. Los otros retratos, como el de Halpin para la edición de Amstrong, nos dan ya tipos de lechuguinos de la época, ya caras que nada tienen que ver con la cabeza bella e inteligente de que habla Clark. Nada más cierto que la observación de Gautier:
«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea conocido bajo su primer encantador aspecto. La reputación no le viene sino muy tarde, cuando ya las fatigas del estudio, la lucha por la vida y las torturas de las pasiones han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una máscara usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por estigma una magulladura o una arruga.»
Desde niño Poe «prometía una gran belleza.»[1]
Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y robustez. Su imaginación y su temperamento nervioso estaban contrapesados por la fuerza de sus músculos. El amable y delicado ángel de poesía, sabía dar excelentes puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: «Era un muchacho bonito.»[2]
Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, Mr. Gibson, su «mirada cansada, tediosa y hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.» Una persona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la mejor realización de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» Un precioso retrato es hecho de mano femenina: «una talla algo menos que de altura mediana quizá, pero tan perfectamente proporcionada y coronada por una cabeza tan noble, llevada tan regiamente, que, a mi juicio de muchacha, causaba la impresión de una estatura dominante. Esos claros y melancólicos ojos parecían mirar desde una eminencia...»[3] Otra dama recuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad, eran el rasgo que más impresionaba y era a ellos a los que su cara debía su atractivo peculiar. Jamás he visto otros ojos que en algo se le parecieran. Eran grandes, con pestañas largas y un negro de azabache: el iris acerogris, poseía una cristalina claridad y transparencia, a través de la cual la pupila negraazabache se veía expandirse y contraerse, con toda sombra de pensamiento o de emoción. Observé que los párpados jamás se contraían, como es tan usual en la mayor parte de las personas, principalmente cuando hablan; pero su mirada siempre era llena, abierta y sin encogimiento ni emoción. Su expresión habitual era soñadora y triste: algunas veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera, de soslayo, sobre alguna persona que no le observaba a él, y, con una mirada tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo el calibre de la persona que estaba ajena de ello.—¡Qué ojos tan tremendos tiene el señor Poe!—me dijo una señora. Me hace helar la sangre el verle darse vuelta lentamente y fijarlos sobre mí cuando estoy hablando.»[4] La misma agrega: «Usaba un bigote negro esmeradamente cuidado, pero que no cubría completamente una expresión ligeramente contraída de la boca y una tensión ocasional del labio superior, que se asemejaba a una expresión de mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y se manifestaba por un movimiento del labio, apenas perceptible y, sin embargo, intensamente expresivo. No había en ella nada de malevolencia; pero sí mucho sarcasmo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y extraña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que la distinción y dotes físicas deberían ser nativas en todos los portadores de la lira. ¿Apolo, el crinado numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril? Mas no todos sus hijos nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados se llaman Goethe, Byron, Lamartine, Poe.
Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir esa terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad «la enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasionado, un nervioso, uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano, lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal tienen su calle de la amargura, sus espinas y su cruz. Nació con la adorable llama de la poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio. Desde niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás podría conocer el valor intelectual de su hijo adoptivo. El señor Allan—cuyo nombre pasará al porvenir al brillo del nombre del poeta—jamás pudo imaginarse que el pobre muchacho recitador de versos que alegraba las veladas de su «home», fuese más tarde un egregio príncipe del arte. En Poe reina el «ensueño» desde la niñez. Cuando el viaje de su protector le lleva a Londres, la escuela del dómine Brandeby es para él como un lugar fantástico que despierta en su sér extrañas reminiscencias; después, en la fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada y del viejo profesor han de hacerle producir una de sus subyugadoras páginas. Por una parte, posee en su fuerte cerebro la facultad musical; por otra, la fuerza matemática. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de cifras como la carta de un astrólogo. Vuelto a América, vémosle en la escuela de Clarke, en Richmond, en donde al mismo tiempo que se nutre de clásicos y recita odas latinas, boxea y llega a ser algo como un «champion» estudiantil; en la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y aspiraba a los lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y descuella intelectual y físicamente entre sus compañeros, los hijos de familia de la fofa aristocracia del lugar miran por encima del hombro al hijo de la cómica. ¿Cuánta no ha de haber sido la hiel que tuvo que devorar este sér exquisito, humillado por un origen del cual en días posteriores habría orgullosamente de gloriarse? Son esos primeros golpes los que empezaron a cincelar el pliegue amargo y sarcástico de sus labios. Desde muy temprano conoció las acechanzas del lobo racional. Por eso buscaba la comunicación con la naturaleza, tan sana y fortalecedora. «Odio sobre todo y detesto este animal que se llama Hombre», escribía Swift a Pope. Poe a su vez habla «de la mezquina amistad y de la fidelidad de polvillo de fruta (gossamer fidelity) del mero hombre.» Ya en el libro de Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto más el hombre abominable y vil que bebe como la iniquidad?» No buscó el lírico americano el apoyo de la oración; no era creyente; o al menos, su alma estaba alejada del misticismo. A lo cual da por razón James Russell Lowell lo que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. «Hasta su misterio es matemático, para su propio espíritu.» La ciencia impide al poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades ideales. Su necesidad de análisis, la condición algebraica de su fantasía, hácele producir tristísimos efectos cuando nos arrastra al borde de lo desconocido. La especulación filosófica nubló en él la fe, que debiera poseer como todo poeta verdadero. En todas sus obras, si mal no recuerdo, sólo unas dos veces está escrito el nombre de Cristo.[5] Profesaba sí la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hombre, creía en una ley divina, en un fallo inexorable. En él la ecuación dominaba a la creencia, y aun en lo referente a Dios y sus atributos, pensaba con Spinoza que las cosas invisibles y todo lo que es objeto propio del entendimiento no puede percibirse de otro modo que por los ojos de la demostración[6] olvidando la profunda afirmación filosófica: «intelectus noster sic ¿de habet? ad prima entium quœ sunt manifestissima in natura, sicut oculus vespertilionis ad solem.» No creía en lo sobrenatural, según confesión propia; pero afirmaba que Dios, como creador de la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En la narración de la metempsícosis de Ligeia hay una definición de Dios, tomada de Granwill, que parece ser sustentada por Poe: Dios no es más que una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su intensidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo Tomás en estas palabras: «Si las cosas mismas no determinan el fin para sí, porque desconocen la razón del fin, es necesario que se les determine el fin por otro que sea determinador de la naturaleza. Este es el que previene todas las cosas, que es ser por sí mismo necesario, y a éste llamamos Dios...»[7] En la «Revelación Magnética», a vuelta de divagaciones filosóficas, Mr. Vankirk—que, como casi todos los personajes de Poe, es Poe mismo—afirma la existencia de un Dios material, al cual llama materia suprema e imparticulada. Pero agrega: «La materia imparticulada, o sea Dios en estado de reposo, es en lo que entra en nuestra comprensión, lo que los hombres llaman espíritu.» En el diálogo entre Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia; así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.
Leconte de Lisle
LECONTE DE LISLE
A muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario de Hugo; las campanas de la Basílica lírica están tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la sangre de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo sacerdote, aquella testa coronada,—coronada de los más verdes laureles—llena de augusta hermosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve de la medalla y la consagración olímpica del mármol.
Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de Lisle. En hoguera encendida con maderos olorosos, allá en el corazón de la isla maternal, en donde por primera vez vió la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo al vuelo de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo de la Lira, recitaríanse estrofas que recordarían a Orfeo encadenando con sus acordes la furia de los leopardos y leones, o a Melesigenes cercado de las musas en la maravilla de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para quien fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cordaje de su lira, por la soberana expresión y el vuelo soberbio, por la impasibilidad casi religiosa, por la magnificencia monumental estatuaria de su obra, en la cual, como en la del Padre de los poetas, pasan a nuestra vista portentosos desfiles de personajes, grupos esculturales, marmóreos bajorrelieves, figuras que encarnan los odios, los combates, las terribles iras; homérida por ser de alma y sangre latinas y por haber adorado siempre el lustre y el renombre de la Hélade inmortal! Griego fué, de los griegos tenía, como lo hizo notar muy bien Guyau, la concepción de una especie de mundo de las formas y de las ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose colocado por una ascensión de la voluntad, sobre el mundo del sentimiento, en la región serena de la idea, y revistiendo su musa inconmovible el esculpido peplo cuyo más ligero pliegue no pudiera agitar el estremecimiento de las humanas emociones, ni aun el aire que el Amor mismo agitase con sus alas. «Vuestros contemporáneos,—díjole Alejandro Dumas (hijo),—eran los griegos y los hindus.» Y es, en efecto, de aquellos dos inmensos focos de donde parten los rayos que iluminan la obra de Leconte de Lisle, conduciendo uno la idea brahamánica desde el índico Ganges cuyas aguas reflejaran los combates del Ramayana y el otro la idea griega desde el harmonioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la desnudez celeste de la virgen Diana.
La India y Grecia eran para su espíritu tierras de predilección: reconocía como las dos originales fuentes de la universal poesía, a Valmiki y a Homero. Navegó a pleno viento por el océano inmenso de la teogonía védica, y profundo conocedor de la antigüedad griega, y helenista insigne, condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las edades primeras, la grandiosa infancia de las razas, en la cual empieza el Génesis de lo que él llamara con su verbo solemne «la historia sagrada del pensamiento humano en su florecimiento de harmonía y de luz;» la historia de la Poesía.
El más griego de los artistas, como le llamara un joven esteta, cantó a los bárbaros, ciertamente. Como había en su reino poético, suprimido todo anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioeval no tenía para él ningún fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abominable barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, después de Hugo, ha sabido poner delante de los ojos modernos, como Leconte de Lisle, la vida de los caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épocas, los hechos y aventuras trágicas de aquellos combatientes y de aquellos tiranos; los sombríos cuadros monacales, los interiores de los claustros, los cismas, la supremacía de Roma, las musulmanas barbaries fastuosas, el ascetismo católico, y el temblor extranatural que pasó por el mundo en la edad que otro gran poeta ha llamado con razón, en una estrofa célebre, «enorme y delicada.»
Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su obra se escucha un solo eco de sentimiento; nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros mismo, si pasa por esas inmensas florestas, es como un ave desolada. No se atrevería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate serenísimo; y las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asustadas delante del cuervo centenario que dialoga con el abad Serapio de Arsinoe.
Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de sol, florestas y pájaros, que siente de cerca la respiración de la negra Africa, sintióse poeta el «joven salvaje»; la lengua de la naturaleza le enseñó su primera rima, el gran bosque primitivo le hizo sentir la influencia de su estremecimiento, y el mar solemne y el cielo le dejaron entrever el misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir su corazón, deseoso de algo extraño, y sus labios estaban sedientos del vino divino. Copa de oro inagotable, llena del celeste licor, fué para él la poesía de Hugo. Al llegar «Las Orientales» a sus manos, al ver esos fulgurantes poemas, la luz misma de su cielo patrio le pareció brillar con un resplandor nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, las aves de las florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo para él voces despertadoras que le iniciaron en un culto arcano y supremo.
Imaginaos un Pan que vagase en la montaña sonora, poseído de la fiebre de la harmonía, en busca de la caña con que habría de hacer su rústica flauta, y a quien de pronto diese Apolo una lira y le enseñase el arte de arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo aconteció al poeta que debiera salir de la tierra lejana en donde nació, para levantar en la capital del Pensamiento un templo cincelado en el más bello paros, en honor del Dios del arco de plata.
El que fué impecable adorador de la tradición clásica pura, debía pronunciar en ocasión solemne, delante de la Academia francesa que le recibía en su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son la expresión necesaria de las concepciones originales.» Digna es tal declaración de quien sucediera a Hugo en la asamblea de los «inmortales» y de quien como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe de escuela, y de escuela que tenía por fundamento principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad para él la encarnación de la poesía. Leconte de Lisle no reconocía de la Trinidad romántica, sino la omnipotencia del «Padre»; Musset, «el Hijo», y Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una mirada rápida de sus ojos sacerdotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral de los genios individuales y absolutos; el hijo de la isla oriental fué iniciado en el secreto del arte por el autor de «Las Orientales»; el que debía escribir los «Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros», no podía sino contemplar con estupor la creación de ese orbe constelado, vario, profuso y estupendo que se llama «La Leyenda de los siglos.» Luego, fué a él, barón, par, príncipe, a quien el Carlomagno de la lira dirigiera este corto mensaje imperial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después, él fué siempre el privilegiado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué conducido al Pantheón, fué Leconte de Lisle quien entonó el himno más ferviente en honor de quien entraba a la inmortalidad. Posteriormente, al ocupar su sillón en la Academia, colocó aún más triunfales palmas y coronas en la tumba del César literario. Recorrió con su pensamiento la historia de la poesía universal, para llegar a depositar sus trofeos en aras del daimon desaparecido, y presentó con la magia de su lenguaje la creación toda de Hugo. Hizo aparecer con sus prestigios incomparables «Las Orientales», cuya lengua y movimiento, según confesión propia, fueron para él una revelación; el prefacio de «Cromwell», oriflama de guerra, tendido al viento; las «Hojas de otoño», los «Cantos del crepúsculo», las «Voces interiores», los «Rayos» y las «Sombras», a propósito de los cuales lanzó una flecha de su carcaj dirigida al sentimentalismo; los «Castigos», llenos de rayos y relámpagos, bajo los cuales coloca los «Yambos» de Chenier y las «Trágicas» de Agrippa d’Aubigné; «La Leyenda de los siglos», «que permanecerá como la prueba brillante de una potencia verbal inaudita, puesta al servicio de una imaginación incomparable.» Y todos los poemas posteriores, «Canciones de calles y bosques», «Año terrible», «Arte de ser abuelo», el «Papa», la «Piedad suprema», «Religión y religiones», «El asno», «Torquemada» y los «Cuatro vientos del Espíritu.» De todas estas últimas obras nombradas, la que llama su atención principal es «Torquemada.» ¿Por qué? Porque Leconte de Lisle sentía el pasado con una fuerza de visión insuperable, a punto de que Guyau llama a la Trilogía «Nueva leyenda de los siglos.» «Bien que ningún siglo, escribe el poeta, haya igualado al nuestro en la ciencia universal; que la historia, las lenguas, las costumbres, las teogonías de los pueblos antiguos nos sean reveladas de año en año por tantos sabios ilustres; que los hechos y las ideas, la vida íntima y la vida exterior; que todo lo que constituye la razón de ser, de creer, de pensar de los hombres desaparecidos, llama la atención de las inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han raramente intentado volver intelectualmente la vida al pasado.» Tiempos primitivos, Edad Media, todo lo que se halla respecto a nuestra edad contemporánea como en una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del vate severo. La exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, dióle motivo para lanzar otra flecha que fué directamente a clavarse en el pecho robusto de Zola, cuando habló de «la epidemia que se hace sentir directamente en una parte de nuestra literatura, y contamina los últimos años de un siglo que se abriera con tanto brillo y proclamara tan ardientemente su amor a lo bello» y de «el desdén de la imaginación y del ideal que se instala imprudentemente en muchos espíritus obstruídos por teorías groseras y malsanas.» «El público letrado, agrega, no tardará en arrojar con desprecio lo que aclama hoy con ciega admiración. Las epidemias de esta naturaleza pasan y el genio permanece.»
Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejandro Dumas, hijo, entre sonrisa y sonrisa, quemó en honor del recién llegado este puñado de incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha tenido desde la infancia el hábito de frecuentar un círculo de genios anteriores, entre los cuales Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneille y Moliére no ocupan sino un segundo término y en donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet, La Bruyere no penetran, se comprende fácilmente que el día en que ese gran genio distingue entre la muchedumbre que se agita a sus pies un poeta y le marca en la frente con el signo con que ha de reconocer, en lo porvenir, a los de su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de estar orgulloso. Ese poeta sois vos, señor.»
Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la anunciación espléndida de un grande y nuevo poeta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables de los pasados siglos, los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros evocados por un latino que emplea para su obra versos de bronce, versos de hierro, rimas de acero, estrofas de granito. Caín surge en el ensueño del vidente Thogorma, en un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla en la misteriosa, inmemorial «ciudad de la angustia», en el país de Hevila. Caín es el mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia donde se halla el origen de otros poemas; la viña de Naboth, el Eclesiastés, que declara cómo la irrevocable Muerte es también mentira; después el poeta va de un punto a otro, extraño cosmopolita del pasado; a Tebas, donde el rey Khons descansa en su barca dorada; a Grecia donde surgirá la monstruosa Equidna, o un grupo de hirsutos combatientes; a la Polinesia, en donde aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los Nornos y escaldas, donde Snorr tiene su infernal visión; a Irlanda, tierra de bardos. Y se advierten blancas pinturas de países frígidos, figuras cinceladas en nieve; Angantir que dialoga con Hervor; Hialmar que clama trágicamente, el oso que llora, los cantos de los cazadores y runoyas; el norte aun, el país de Sigurd; los elfos que coronados de tomillo danzan a la luz de la luna, en un aire germánico de balada; cantos tradicionales; Kono de Kemper; el terrible poema de Mona; cuadros orientales como la preciosa y musical «Verandah»; las frases ásperas de la naturaleza; el desierto; la India y sus pagodas y fakires; Córdoba morisca; fieras y aves de rapiña; fuentes cristalinas, bosques salvajes; la historia religiosa, la leyenda, el Romancero; América, los Andes...; y sobre todo esto, el «Cuervo», el cuervo desolador, y la silenciosa, fatal, pálida y como deseada imagen de la Muerte, acompañada de su obscuro paje, el dolor.
En los «Poemas antiguos» resucita el esplendor de la belleza griega, lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y Sófocles que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu humano. En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante, Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual; su lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra, admirable en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues, de los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas individualidades potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad. La poesía moderna, reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron, de la religiosidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La paciencia pública se ha cansado de esta comedia sonoramente representada a beneficio de una autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o quieren callarse, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en medio de sus obras infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez precoz de una estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar en las fuentes eternamente puras la expresión usada y debilitada de los sentimientos generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado repetidas, han agotado la atención; con justicia ha venido la indiferencia, pero si es posible abandonar a la mayor brevedad esa vía estrecha y banal, es preciso aun no entrar en un camino más difícil y peligroso, sino fortificado por el estudio y la iniciación.
«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada será abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado la savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si todavía la elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación más alta, tal vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e inmediato del alma humana...»
Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se refugiaba, como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer.
Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos, reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de asuntos legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes de Meca y emires de Oriente.
Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La palabra más usada en ellos es noir. Libro rojo es éste, ciertamente, que comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y concluye en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las Erinnias o Furias.
Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto, clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el albatros, el «prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos como Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin duda alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray Martín»; monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del romancero español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la villanelle como su amigo Banville.
Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas egregios ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un sueño de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos.
Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el desventurado parricida, armado por el destino y la venganza, castigador del materno crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han llevado a la escena al trágico personaje.
Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra, en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro de ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará, apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las Furias le persiguen entre clamores de horror.
El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo, Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales. Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen a la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras.
Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo menos que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por quien hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal.
«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza, el horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la poesía francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes, desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la brega, y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que los niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte de Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y yo, tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,—M. Luis Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,—desde el día en que tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María de Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente, nuestra historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando nuestra adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra juventud de ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero dejamos todo eso a la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un vestido de carnaval, para llegar a la casa familiar. Teníamos alguna semejanza con esos jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de bellas muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, casi austero, para entrar al taller del Ticiano.
»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón, alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos, llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros camaradas y de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo mutuo, los que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia consigo mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que ninguno de nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a formular un elogio o una crítica sin llevar íntimamente la convicción de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio, que acerba la desaprobación.
»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle nos daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones. Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de esos genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no aman en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El autor de «Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y de las obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que nadie sea lo que él es magníficamente. La sola disciplina que imponía—era la buena—consistía en la veneración del Arte, y el desdén de los triunfos fáciles. El era el buen consejero de las probidades literarias, sin impedir jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones diversas, él fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a quien pedimos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El condena, o absuelve y estamos sometidos.
»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces, sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta época felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en que todo el triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de elegías y verseros de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños; en que era suficiente hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una opereta para ser una especie de grande hombre; en esta época era un bello espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del arte verdadero, perseguidores del ideal, pobres la mayor parte, y desdeñosos de la riqueza, que confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe de poetas, y que se agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la libertad de pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como ellos!
»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que pretenden apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por tanto mi conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las sonrientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos, de las cordialidades de camarada que tenía con nosotros el gran poeta, ni de las charlas al amor del hogar—porque se era serio, pero alegre—ni todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, pero tan neto y siempre en orden, como una estrofa bien compuesta; mientras la presencia de una joven en medio de nuestro amistoso respeto, agregaba su gracia a la poesía esparcida.»
Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le rodeaban, como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual cenáculo ha consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues quien en «Las Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y amor absoluto a la belleza.
Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente Mendés—ese hermano menor de Leconte de Lisle—que hasta el árbol genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal artífice revolucionario en 1830?
La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los letrados, los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus seguidores, uno hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia, también como él nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas es conocido Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya traducido, exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy estimado, quien ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»—con motivo de lo cual el poeta francés le envió una real esquela—, «El sueño del cóndor», «El desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de Angantir», todo de los «Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya traducción es la siguiente:
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Del bosque por arduo y angosto sendero
en corcel obscuro marcha un caballero.
Sus espuelas brillan en la noche bruna,
y, cuando en su rayo le envuelve la luna
fulgurando luce con vivos destellos,
un casco de plata sobre sus cabellos.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Cual ligero enjambre, todos le rodean,
y en el aire mudo raudos voltegean.
—Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa?
La reina pregunta, con suave sonrisa.
Fantasmas y endriagos hallarás doquiera;
ven, y danzaremos en la azul pradera.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
—¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos
me espera y mañana seremos esposos.
Dejadme prosiga, Elfos encantados,
que holláis vaporosos el musgo en los prados.
Lejos estoy, lejos de la amada mía,
y ya los fulgores se anuncian del día.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
—Queda, caballero, te daré a que elijas
el ópalo mágico, las áureas sortijas
y, lo que más vale que gloria y fortuna:
mi saya tejida con rayos de luna.
—¡No!—dice él.—¡Pues anda!—Y su blanco dedo
su corazón toca e infúndele miedo.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,
parte, corre, salta, sin retardo vuela,
mas el caballero, temblando, se inclina:
ve sobre la senda forma blanquecina
que los brazos tiende, marchando sin ruido.
—¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
—¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!
Voy a desposarme con mi prometida.
—Oh, mi amado esposo, la tumba perenne
será nuestro lecho de bodas solemne.
¡He muerto!—dice ella, y él, desesperado,
de amor y de angustia cae muerto a su lado.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.
Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes, Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas, impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido, camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes.
Paul Verlaine
PAUL VERLAINE
al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida, complicado en ti con la maligna influencia de Saturno.
Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y de las duras miserias parisienses.
Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu escuela, ¡oh, lírico Sócrates de un tiempo imposible!
Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a triunfar, y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores de arte, aun en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir que hoy, en el mundo entero, tu figura, entre los escogidos de diferentes lenguas y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea delante del trono del enorme Wagner.
El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los fieles que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le compara con Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria; antes León Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso tríptico de su «Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño Terrible y del Loco: Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su vida así! Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un sér que haya llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano mío!»
Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros, después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de ver esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón un doloroso cariño que junté a la grande admiración por el triste maestro.
A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital. Su rostro enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las figuras pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo del cigarro. Sus labios gruesos que se entreabren para recitar con amor las estrofas de Villón o para maldecir contra los poemas de Ronsard, conservan siempre su mueca original, en donde el vicio y la bondad se mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho.»
Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era éste en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse, antes bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas espantosas y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura y misteriosa de su vida, se complicaban con la tristeza y el terror alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, a veces en un penoso aislamiento, abandonado y olvidado, a pesar de las bondadosas iniciativas de los Mendés o de los León Deschamps.
¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine; tiorba alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde de «Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia; y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio.
Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre—inseparable del poeta—y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después, hay tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le atacaba; se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del monte sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica de la culpa.
Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por Anatole France de viejas narraciones hagiográficas, en las cuales hay sátiros que adoran a Dios, y creen en su cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta ser santos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo flautista de la selva, violador de hamadriadas, mitad asceta del Señor, eremita que, extático, canta sus salmos. El cuerpo velloso sufre la tiranía de la sangre, la voluntad imperiosa de los nervios, la llama de la primavera, la afrodisia de la libre y fecunda montaña; el espíritu se consagra a la alabanza del Padre, del Hijo, del Santo Espíritu, y, sobre todo, de la maternal y casta Virgen; de modo que al dar la tentación su clarinada, el espíritu ciego, no mira, queda como en sopor, al son de la fanfarria carnal; pero tan luego como el sátiro vuelve del boscaje y el alma recobra su imperio y mira a la altura de Dios, la pena es profunda, el salmo brota. Así, hasta que vuelve a verse pasar a través de las hojas del bosque, la cadera de Kalixto...
Cuando el Dr. Nordau publicó la obra célebre digna del Dr. Triboulat Bonhoment, «Entartung», la figura de Verlaine, casi desconocida para la generalidad—y en la generalidad pongo a muchos de la élite en otros sentidos—surgió por la primera vez, en el más curiosamente abominable de los retratos. El poeta de «Sagesse» estaba señalado como uno de los más patentes casos demostrativos de la afirmación pseudocientífica de que los modos estéticos contemporáneos son formas de descomposición intelectual. Muchos fueron los atacados: se defendieron algunos. Hasta el cabalístico Mallarmé descendió de su trípode para demostrar el escaso intelectualismo del profesor austro alemán, en su conferencia sobre la Música y la Literatura dada en Londres. Pauvre Lelian no se defendió a sí mismo. Comentaría cuando más el caso con algunos ¡dam! en el François I o en el D’Harcout. Varios amigos discípulos le defendieron; entre todos con vigor y maestría lo hizo Charles Tennib, y su hermoso y justificado ímpetu correspondió a la presentación del «caso» por Max Nordau:
«Tenemos ante nosotros la figura bien neta del jefe más famoso de los simbolistas. Vemos un espantoso degenerado, de cráneo asimétrico y rostro mongoloide, un vagabundo impulsivo, un dipsómano... un erótico... un soñador emotivo, débil de espíritu, que lucha dolorosamente contra sus malos instintos y encuentra a veces en su angustia conmovedores acentos de queja, un místico cuya conciencia humosa está llena de representaciones de Dios y de los santos; y un viejo chocho, etc.»
En verdad que los clamores de ese generoso De Amicis contra la ciencia que acaba de descuartizar a Leopardi después de denventrar al Tasso, son muy justos, e insuficientemente iracundos.
En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyenda que ha hecho crecer una verde pradera en que ha pastado a su placer el «pan-muflisme.» No me detendré en tales miserias. En estas líneas escritas al vuelo, y en el momento de la impresión causada por su muerte, no puedo ser tan extenso como quisiera.
De la obra de Verlaine, ¿qué decir? El ha sido el más grande de los poetas de este siglo. Su obra está esparcida sobre la faz del mundo. Suele ya ser vergonzoso para los escritores apteros oficiales, no citar de cuando en cuando, siquiera sea para censurar sordamente, a Paul Verlaine. En Suecia y Noruega los jóvenes amigos de Jonas Lee, propagan la influencia artística del maestro. En Inglaterra, a donde iba a dar conferencias, gracias a los escritores nuevos, como Symons, y los colaboradores del Yellow Book, el nombre ilustre se impone; la New Rewiew daba sus versos en francés. En los Estados Unidos antes de publicarse el conocido estudio de Symons en el «Harpers’s»—«The decadent movement in literature»—la fama del poeta era conocida. En Italia, D’Annunzio reconoce en él a uno de los maestros que le ayudaran a subir a la gloria; Vittorio Pica y los jóvenes artistas de la Tavola Rotonda exponen sus doctrinas; en Holanda la nueva generación literaria—nótese un estudio de Werwey—le saludan en su alto puesto; en España es casi desconocido y serálo por mucho tiempo: solamente el talento de Clarín creo que lo tuvo en alta estima; en lengua española no se ha escrito aún nada digno de Verlaine; apenas lo publicado por Gómez Carrillo; pues las impresiones y notas de Bonafoux y Eduardo Pardo, son ligerísimas.
Vayan, pues, estas líneas, como ofrenda del momento. Otra será la ocasión en que consagre al gran Verlaine el estudio que merece. Por hoy, no cabe el análisis de su obra.
«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me proporciona, en cambio, más comodidad que mis versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no fuese por el reumatismo yo no podría vivir de mis rentas. Estando bueno, no lo admiten a uno en el hospital.»
Esas palabras pintan al hermano trágico de Villón.
No era mala, estaba enferma su animula, blandula, vagula... ¡Dios la haya acogido en el cielo como en un hospital!
El conde Matías Augusto de Villiers de L’Isle Adam
EL CONDE MATÍAS AUGUSTO
DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM
¡Va oultre!
(Divisa de los Villiers de L’Isle Adam.)
STE era un rey...» Así, como en los cuentos azules, hubiera debido empezar la historia del monarca raté, pero prodigioso poeta, que fué en esta vida el conde Matías Felipe Augusto de Villiers de l’Isle Adam. Puédese construir este fragmento de historia ideal: «Por aquel tiempo—fué a mediados del indecoroso siglo XIX,—el país de Grecia vió renacer su esplendor. Un príncipe semejante a los príncipes antiguos, se coronó en Atenas, y brilló como un astro real. Era descendiente de los caballeros de Malta; había en él algo del príncipe Hamlet y mucho del rey Apolo; hacía anunciar su paso con trompetas de plata; recorría los campos en carrozas heroicas, tiradas por cuadrillas de caballos blancos; echó de su reino a todos los ciudadanos de los Estados Unidos de Norte América; pensionó magníficamente a pintores, escultores y rimadores, de modo que las abejas áticas se despertaban a un sonido de cinceles y de liras; pobló de estatuas los bosques; hizo volver a los ojos de los pastores la visión de las ninfas y de las diosas; recibió la visita de un soberano soñador que se llamaba Luis de Baviera, señor hermoso como Lohengrin, y a quien amaba Loreley y vivía junto a un lago azul nevado de cisnes; llevó a Wagner a la harmoniosa tierra del Olimpo, de modo que el bello sol griego puso su aureola de oro en la divina frente de Euforión; envió embajadas a los países de Oriente y cerró las puertas del reino a los bárbaros occidentales; volvió gracias a él la gloria de las musas; y cuando murió no se supo si fué un águila o un unicornio quien llevó su cuerpo a un lugar misterioso.»
Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta! no quiso que se realizase ese adorable sueño, en este tiempo que ha podido envolver en la más alta apoteosis la abominable figura de un Franklin!
Villiers de l’Isle Adam es un sér raro entre los raros. Todos los que le conocieron conservan de él la impresión de un personaje extraordinario.
A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un tipo de ilusión, un solitario,—como las más bellas piedras y las más santas almas:—además, en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si queréis, poético, fantástico; pero un rey. Luego un genio. «El joven más magníficamente dotado de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés exclama a propósito de Villiers, en 1884:
«¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos de nosotros para que les amemos como hermanos y demasiado cerca para que les adoremos como a maestros.» El tipo del semi-genio, descripto por el poeta de «Panteleia», es verdadero. Más de una vez habréis pensado en ciertos espíritus que hubieran podido ser, como una chispa más del fuego celeste con que Dios forma los genios, genios completos, genios totales; pero que, águilas de cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como los condores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores.
Van más allá del talento los semi-genios; pero no tienen voz para decir, como en la página de Hugo, a las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy el Dante.» Por lo tanto flotan aislados sin poder subir a las fortalezas titánicas de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos de Gautier. Y son desgraciados.
Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l’Isle Adam, no hay casi vacilación alguna en poder saludarle entre los espíritus augustos y superiores. Si genio es el que crea, y el que ahonda más en lo divino y misterioso, Villiers fué genio.
Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descendiente de nobilísima familia, vivió pobre, casi miserable; aristócrata por sangre, arte y gustos, tuvo que frecuentar medios impropios de su delicadeza y realeza. Bien hizo Verlaine en incluirle entre sus poetas Malditos. Aquel orgulloso, del más justo orgullo; aquel artista que escribía: ¿«Qué nos importa la justicia? Quien al nacer no trae en su pecho su propia gloria no conocerá nunca la significación real de esa palabra»,—hizo su peregrinación por la tierra acompañado del sufrimiento, y fué un maldito.
Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y primo R. du Pontavice de Heussey, comenzó por escribir versos. Despertó a la poesía en la campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una ilusión dulce y pura que se llevó la muerte. Es de notarse que casi todos los grandes poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí esa bella constelación de divinas difuntas que brillan milagrosamente en el cielo del arte, y que se llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laud de Dante Gabriel Rossetti. Villiers a los diecisiete años, cantaba ya:
¡Oh! vous souvenez vous, forêt délicieuse,
de la jolie enfant qui passait gracieuse,
souriant simplement au ciel, à l’avenir,
se perdant avec moi dans ces vertes allées?
¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées
vous ne la verrez plus venir.
Villiers no volvió a amar con el fuego de sus primeros años; esa casi infantil pasión, fué la más grande de su vida.
Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques», de Chapelain, cómo la familia de éste, contrariando el natural horror que los padres tienen por la carrera literaria, se propuso dedicarle a la poesía. El resultado fué dotar a las letras francesas de un excelente mal poeta. No fué así por cierto el caso de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas de artista; desde los primeros años; por ley atávica existía en toda esa familia el sentimiento de las grandezas y la confianza en todas las victorias. Jamás dejaron de tener esperanza los buenos viejos,—principalmente ese soberbio marqués, buscador de tesoros,—en que la cabeza de su Matías estaba destinada para la corona, ya fuese la de los reyes, o la verde y fresca de laurel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos días de su existencia,—a punto de que Verlaine le llamase «tres glorieux»—la de crucificado del arte llevó siempre clavada, el infeliz soñador.
Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que surgía el alba del Parnaso. Entre todos aquellos brillantes luchadores su llegada causó asombro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saludaron como a un triunfante capitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, publicadas en un volumen dedicado al conde Alfred de Vigny. Luego, en la «Revue Fantaisiste» que dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más sorprendente que haya animado la literatura de este siglo: el Dr. Tribulat Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare hubiera podido hacer vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupendo que encarna nuestro incomparable tiempo.
El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don Quijote trágico y maligno, perseguidor de la Dulcinea del utilitarismo y cuya figura está pintada de tal manera, que hace temblar. La influencia misteriosa y honda de Poe ha prevalecido, es innegable, en la creación del personaje.
Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: «Entonces se dirigía a Villiers de l’Isle Adam, en cuya obra esparcida notaba observaciones aún sediciosas, vibraciones aún espamóticas; pero que ya no dardeaban—a excepción de su Claire Lenoir, al menos—un horror tan espantable...»
La historia de «discréte et scientifique personne, dame veuve Claire Lenoir», que es la misma en que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas en que se cree ver un punto más allá de lo desconocido.
Shakespeare y Poe han producido semejantes relámpagos, que medio iluminan, siquiera sea por un instante, las tinieblas de la muerte, el obscuro reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo arcano de la vida persiste en obras posteriores, como los «Cuentos crueles», los «Nuevos cuentos crueles», «Isis» y una de las novelas más originales y fuertes que se hayan escrito: «La Eva futura.» Espiritualista convencido, el autor, apoyado en Hegel y en Kant, volaba por el orbe de las posibilidades, teniendo a su servicio la razón práctica, mientras tomaba fuerza para ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis. Tullia Fabriana, primera parte de «Isis», acusa en Villiers, a los ojos de la crítica exigente, exageración romántica.
A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana fué el «Han de Islandia» de Villiers de l’Isle Adam.
Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De ella veamos, por ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, apoyados en las narraciones de Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice el último: «En el año de gracia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irradiaba con su más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de los helenos. Las grandes potencias que protegían a la heroica y pequeña nación a que Byron sacrificó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a buscar un joven tirano constitucional para darlo a su protegida. Napoleón III tenía en esta época voz preponderante en los congresos, y se preguntaban con ansiedad si él presentaría un candidato y si éste sería francés. En fin, los diarios aparecían llenos de decires y comentarios sobre ese asunto palpitante: la cuestión griega estaba a la orden del día. Los noticieros podían sin temor dar rienda suelta a la imaginación, pues mientras que las otras naciones parecían haber definitivamente escogido al hijo del rey de Dinamarca—el emperador, tan justamente llamado «el príncipe taciturno» por su amigo de días sombríos, Carlos Dickens, el emperador, digo, continuaba callado y haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas, cuando una mañana de principios de Marzo, el gran marqués (habla del padre de Villiers) entra como huracán en el triste salón de la calle Saint-Honoré, blandiendo un diario sobre su cabeza y en un indescriptible estado de exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí en efecto la extraña noticia que publicaban esa mañana muchas hojas parisienses: «Sabemos de fuente autorizada que una nueva candidatura al trono de Grecia acaba de brotar. El candidato esta vez es un gran señor francés, muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, último descendiente de la augusta línea que ha producido al heroico defensor de Rodas y al primer gran maestre de Malta. En la última recepción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado uno de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener esta candidatura, su majestad ha sonreído de una manera enigmática. Todos nuestros votos al nuevo aspirante a rey.» «Los que me han seguido hasta aquí se figurarán seguramente el efecto que debió producir en imaginaciones como las de la familia de Villiers semejante lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice. Sea, pase que haya habido en la noticia antes copiada, engaño o broma de algún mistificador; pero es el caso que en las Tullerías se le concedió una audiencia al flamante pretendiente, para tratar del asunto en cuestión. He allí que bien trajeado—¡no, ah, con el manto, ni la ropilla, o la armadura de sus abuelos!—fué recibido el conde en el palacio real, por el duque de Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus ensueños, y cualquier monarca moderno hubiera sido un buen burgués delante de él, a excepción de Luis de Baviera, el loco. Matías I, el poeta, desconcertó con sus rarezas al chambelán imperial; creyó ser víctima de ocultos enemigos, pensó una tragedia shakespeariana en pocos minutos; no quiso hablar sino con el emperador. «Il vous faudra done prendre la peine de venir une autre fois, monsieur le comte, dis le duc en se levant; sa majesté était occupée et m’avait chargé de vous recevoir[8].» Así concluyó la pretensión al trono de Grecia, y los griegos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos de Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera tenido un verdadero cetro, una verdadera corona, un verdadero manto; y que desterrando las abominaciones occidentales—paraguas, sombrero de pelo, periódicos, constituciones, etc.,—la Civilización y el Progreso, con mayúsculas, haría florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar el triunfo de Homero, en templos de mármol, bajo los vuelos de las palomas y de las abejas, y al mágico son de las ilustres cigarras.
Hay otras páginas admirables en la vida de este magnífico desgraciado. Los comienzos de su vida literaria los han descripto afectuosamente y elogiosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujol; los últimos momentos de su vida, nadie los ha pintado como el admirable Huyssmans. El asunto del progreso con motivo de «Perrinet Lecrerc», drama histórico de Lockroy y Anicet Bourgeois, dió cierto relieve al nombre de Villiers; pues únicamente una alma como la suya hubiera intentado, con todo el fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de un tan antiguo antepasado como el mariscal Jean de l’Isle Adam, difamado en la pieza dramática antes nombrada. Después el duelo con el otro Villiers militar, que desdeñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza y reconoce su nobleza.
Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée:
Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parnasiano: «Súbitamente en la asamblea de poetas un grito jovial fué lanzado por todos: ¡Villiers! ¡Es Villiers! Y de repente un joven de ojos azul pálido, piernas vacilantes, mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su cabellera desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, entra con aire turbado, distribuye apretones de mano distraídos, ve el piano abierto, se sienta, y, crispados sus dedos sobre el teclado, canta con voz que tiembla, pero cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará ninguno de nosotros, una melodía que acaba de improvisar en la calle, una vaga y misteriosa melopea que acompañaba duplicando la impresión turbadora, el bello soneto de Beaudelaire:
Nous aurons des lits pleins d’odeurs légers.
Des divans profonds comme des tombeaux, etc.
Después, cuando todo el mundo está encantado, el cantor, mascullando las últimas notas de su melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta, se aleja del piano, va como a ocultarse a un rincón del cuarto, y enrollando otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo desconfiado y circular, una mirada de Hamlet a los pies de Ofelia, en la representación del asesinato de Gonzaga. Tal se nos apareció, hace diez y ocho años en las amistosas reuniones de la rue de Douai, en casa de Catulle Mendés, el conde Auguste Villiers de l’Isle Adam.»
El año de 1875 se promovió un concurso en París, para premiar con una fuerte suma y una medalla, «al autor dramático francés que en una obra de cuatro o cinco actos, recordara más poderosamente el episodio de la proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema habría regocijado al Dr. Tribulat Bohomet. Villiers se decidió a optar al premio y a la medalla.
El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, de Augier, Feuillet, Legouvé, Grenville, Murray, del «Herald» de New York, Perrin y, como presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra ideal en un terreno prosaico y difícil.
No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los «Cuentos extraordinarios.» En resumen, y, naturalmente, no se ganó el premio.
Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa del dios Hugo, que en aquellos días estaba en la época más resplandeciente y autocrática de su imperio. Entró y lanzó sus protestas a la faz del César literario, a quien llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió.
Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que se encaró con Villiers y le arrojó esta frase: «¡La probidad no tiene edad, señor!»
Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulcemente respondió al viejo: «Y la tontería tampoco, señor[9].»
Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo antisemita, con la publicación de la France juive, los poderosos israelitas de París buscaron un escritor que pudiese contestar victoriosamente la obra formidable del panfletista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era conocida; y se creyó comprar su limpia conciencia, y su pluma. Enviáronle con este objeto un comisionado, sujeto de verbo y elegancia, comerciante y hombre de mundo. Este penetró a la humilde habitación del poeta insigne, le babeó sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el techo de la sinagoga, le expuso las injusticias persistentes e implacables del rabioso Drumont y, por último, suplicó al descendiente del defensor de Rodas, dijese cuál era el precio de sus escritos, pues éste sería pagado en buenos luises de oro inmediatamente. Quizá no habría comido Villiers ese día en que dió esta incomparable respuesta: «¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde Nuestro Señor Jesucristo: ¡treinta dineros!»
A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos sobre sus antepasados:
«—¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maestre y del célebre mariscal, mis antepasados, así no más, en pleno sol y a las diez de la mañana!»
En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se retiraba llorando avergonzado:
«—Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!»
En sus últimos días, a un amigo:
«—¡Mi carne está ya madura para la tumba!»
Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que llenarían un volumen.
Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría: resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro extraordinario», Poe y Swift aplauden.
El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible, falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama confuso en el cual cruza como una creación fantástica la protagonista—obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers—, «Le Nouveau Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una de las manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El esfuerzo estético principal consiste a mi modo de ver, en la presentación de un personaje como mistress Andrews—en el medio norteamericano, de suyo refractario a la verdadera poesía—, tipo rodeado de una bruma legendaria, hasta convertirse en una figura vaporosa, encantada y poética. A Edilh Evandale sonríen cariñosa y fraternalmente las heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no tiene precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sabio y de poeta; obra de la cual no puede hablarse en pocas palabras. Sea suficiente decir que pudieran en su frontispicio grabarse, como un símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida creada por Villiers no admite comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del Eterno Padre; y que al acabar de leer la última página, os sentís conmovidos, pues creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que el Brujo es el principal protagonista. El inventor del fonógrafo quedó sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera: ¡yo invento; él crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega sus juegos de colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con sus prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un poema de Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y suprema, vencedora en su esplendorosa majestad.
No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las obras de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el drama que acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una noble y valiente escritora: Madame Tola Doirán.
«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la posesión. Llégase hasta renegar—según la frase de Janus—de la naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel como Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede tener más desenlace que la muerte.
Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diamantino lenguaje, representado por excelentes artistas, y aplaudido por una muchedumbre de admiradores de poetas, de oyentes escogidos—sin que dejase de haber, según las crónicas, gentes «malfilatres», como diría el inmortal maestro,—hubiera sido para él conquista soberana en vida. ¡Mas quien fué tan desventurado, no tuvo ni esa realización de uno de sus más fervientes deseos, en tiempos en que se ponía los pantalones de su primo y tomaba por todo alimento diario una taza de caldo!
En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San Juan de Dios, de París, el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, descendiente de los señores de Villiers de l’Isle Adam, de Chailly, originarios de la Isla de Francia; quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran maestre y porta-oriflama de Francia; a Felipe gran maestre de la orden de Malta y defensor de la isla de Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de Solimán; y a Francisco, marqués, «gran louvetier de France» en 1550; se unía, en matrimonio, en el lecho de muerte, a una pobre muchacha inculta con la cual había tenido un hijo. El reverendo padre Silvestre, que había ayudado a bien morir a Barbey d’Aurevilly, casó al conde con su humilde y antigua querida, la cual le había amado y servido con adoración en sus horas amargas de enfermo y de pobre;—y el mismo fraile preparóle para el eterno viaje. Luego, después de recibir los sacramentos, rodeado de unos pocos amigos, entre los cuales Huyssmans, Mallarmé y Dierx, entregó su alma a Dios el excelso poeta, el raro artista, el rey, el soñador. Fué el 20 de Agosto de 1889. Sire, «¡Va oultre!»
LEON BLOY
Je suis escorté de quelqu’un qui me chuchote sans cesse que la vie bien entendue doit être une continuelle persécution, tout vaillant homme un persécuteur, et que c’est la seule manière d’être vraiment poète. Persécuteur de soi-même, persécuteur du genre humain, persécuteur de Dieu. Celui qui n’est pas cela, soit en acte, soit en puissance, est indigne de respirer.
León Bloy. (Prefacio de «Propos d’un entrepreneur de démolitions».)
UANDO William Ritter llama a León Bloy «el verdugo de la literatura contemporánea», tiene razón.
Monsieur de París vive sombrío, aislado, como en un ambiente de espanto y de siniestra extrañeza. Hay quienes le tienen miedo; hay muchos que le odian; todos evitan su contacto, cual si fuese un lazarino, un apestado; la familiaridad con la muerte ha puesto en su sér algo de espectral y de macabro; en esa vida lívida no florece una sola rosa. ¿Cuál es su crimen? Ser el brazo de la justicia. Es el hombre que decapita por mandato de la ley. León Bloy es el voluntario verdugo moral de esta generación, el Monsieur de París de la literatura, el formidable e inflexible ejecutor de los más crueles suplicios; él azota, quema, raja, empala y decapita; tiene el knut y el cuchillo, el aceite hirviente y el hacha: más que todo, es un monje de la Santa Inquisición, o un profeta iracundo que castiga con el hierro y el fuego y ofrece a Dios el chirrido de las carnes quemadas, las disciplinas sangrientas, los huesos quebrantados, como un homenaje, como un holocausto. «¡Hijo mío predilecto!» le diría Torquemada.
Jamás veréis que se le cite en los diarios; la prensa parisiense, herida por él, se ha pasado la palabra de aviso: «silencio.»
Lo mejor es no ocuparse de ese loco furioso; no escribir su nombre, relegar a ese vociferador al manicomio del olvido... Pero resulta que el loco clama con una voz tan tremenda y tan sonora, que se hace oir como un clarín de la Biblia. Sus libros se solicitan casi misteriosamente; entre ciertas gentes su nombre es una mala palabra; los señalados editores que publican sus obras, se lavan las manos; Tresse, al dar a luz «Propos d’un entrepreneur de démolitions», se apresura a declarar que León Bloy es un rebelde, y que si se hace cargo de su obra, «no acepta de ninguna manera la solidaridad de esos juicios o de esas apreciaciones, encerrándose en su estricto deber de editor y de «marchand de curiosités litteraires.»
León Bloy sigue adelante, cargado con su montaña de odios, sin inclinar su frente una sola línea. Por su propia voluntad se ha consagrado a un cruel sacerdocio. Clama sobre París como Isaías sobre Jerusalén: «¡Príncipes de Sodoma, oid la palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra!» Es ingenuo como un primitivo, áspero como la verdad, robusto como un sano roble. Y ese hombre que desgarra las entrañas de sus víctimas, ese salvaje, ese poseído de un deseo llameante y colérico, tiene un inmenso fondo de dulzura, lleva en su alma fuego de amor de la celeste hoguera de los serafines. No es de estos tiempos. Si fuese cierto que las almas transmigran, diríase que uno de aquellos fervorosos combatientes de las Cruzadas, o más bien, uno de los predicadores antiguos que arengaban a los reyes y a los pueblos corrompidos, se ha reencarnado en León Bloy, para venir a luchar por la ley de Dios y por el ideal, en esta época en que se ha cometido el asesinato del Entusiasmo y el envenenamiento del alma popular. El desafía, desenmascara, injuria. Desnudo de deshonras y de vicios, en el inmenso circo, armado de su fe, provoca, escupe, desjarreta, estrangula las más temibles fieras: es el gladiador de Dios. Mas sus enemigos, los «espadachines del Silencio», pueden decirle, gracias a la incomparable vida actual:
«los muertos que vos matáis,
gozan de buena salud.»
¡Ah, desgraciadamente es la verdad! León Bloy ha rugido en el vacío. Unas cuantas almas han respondido a sus clamores; pero mucho es que sus propósitos de demoledor, de perseguidor, no le hayan conducido a un verdadero martirio, bajo el poder de los Dioclecianos de la canalla contemporánea. Decir la verdad es siempre peligroso, y gritarla de modo tremendo como este inaudito campeón es condenarse al sacrificio voluntario. El lo ha hecho; y tanto, que sus manos capaces de desquijadar leones, se han ocupado en apretar el pescuezo de más de un perrillo de cortesana. He dicho que la gran venganza ha sido el silencio. Se ha querido aplastar con esa plancha de plomo al sublevado, al raro, al que viene a turbar las alegrías carnavalescas con sus imprecaciones y clarinadas. Por eso la crítica oficial ha dejado en la sombra sus libros y sus folletos. De ellos quiero dar siquiera sea una ligera idea.
¡Este Isaías, o mejor, este Ezequiel, apareció en el «Chat Noir!»
«Llego de tan lejos como de la luna, de un país absolutamente impermeable a toda civilización como a toda literatura. He sido nutrido en medio de bestias feroces, mejores que el hombre, y a ellas debo la poca benignidad que se nota en mí. He vivido completamente desnudo hasta estos últimos tiempos, y no he vestido decentemente sino hasta que entré al «Chat Noir.»[10] Fué Rodolfo Salis, «le gentil homme cabaretier», quien le ayudó a salir a flote en el revuelto mar parisiense.
Escribió en el periódico del «cabaret» famoso, y desde sus primeros artículos se destacaron su potente originalidad y su asombrosa bravura. Entre las canciones de los cancioneros y los dibujos de Villete, crepitaban los carbones encendidos de sus atroces censuras; esa crítica no tenía precedentes; esos libelos resplandecían; ese bárbaro abofeteaba con manopla de un hierro antiguo; jinete inaudito, en el caballo de Saulo, dejaba un reguero de chispas sobre los guijarros de la polémica. Sorprendió y asustó. Lo mejor, para algunos, fué tomarlo a risa. ¡Escribía en el «Chat Noir!» Pero llegó un día en que su talento se demostró en el libro; el articulista «cabaretier» publicó «Le Revelateur du Globe», y ese volumen tuvo un prólogo nada menos que de Barbey d’Aurevilly.
Sí, el condestable presentó al verdugo. El conde Roselly de Lorgues había publicado su «Historia de Cristóbal Colón» como un homenaje; y al mismo tiempo como una protesta por la indiferencia universal para con el descubridor de América. Su obra no obtuvo el triunfo que merecía en el público ébrio y sediento de libros de escándalo; en cambio, Pío IX la tomó en cuenta y nombró a su autor postulante de la Causa de Beatificación de Cristóbal Colón, cerca de la Sagrada Congregación de los Ritos. La historia escrita por el conde Roselly de Lorgues y su admiración por el «Revelador del Globo» inspiraron a León Bloy ese libro que, como he dicho, fué apadrinado por el nobilísimo y admirable Barbey d’Aurevilly. Barbey aplaudió al «obscuro», al olvidado de la Crítica. Hay que advertir que León Bloy es católico, apostólico, romano intransigente—, acerado y diamantino. Es indomable e inrayable: y en su vida íntima no se le conoce la más ligera mancha ni sombra. Por tanto, repito, estaba en la obscuridad, a pesar de sus polémicas. No había nacido ni nacería el onagro con cuya piel pudiera hacer sonar su bombo en honor del autor honrado, el periodismo prostituído.
La fama no prefiere a los católicos. Hello y Barbey, han muerto en una relativa obscuridad. Bloy, con hombros y puños, ha luchado por sobresalir, ¡y apenas si lo ha logrado! En su «Revelador del Globo» canta un himno a la Religión, celebra la virtud sobrenatural del Navegante, ofrece a la iglesia del Cristo una palma de luz. Barbey se entusiasmó, no le escatimó sus alabanzas, le proclamó el más osado y verecundo de los escritores católicos, y le anunció el día de la victoria, el premio de sus bregas. Le preconizó vencedor y famoso. No fué profeta. Rara será la persona que, no digo entre nosotros, sino en el mismo París, si le preguntáis: «¿Avez-vous la Baruch?» ¿ha leído usted algo de León Bloy? responda afirmativamente. Está condenado por el papado de lo mediocre: está puesto en el índice de la hipocresía social; y, literariamente, tampoco cuenta con simpatías, ni logrará alcanzarlas, sino en número bastante reducido. No pueden saborearle los asiduos gustadores de los jarabes y vinos de la literatura a la moda, y menos los comedores de pan sin sal, los porosos fabricantes de crítica exegética, cloróticos de estilo, raquíticos o cacoquimios. ¡Cómo alzará las manos, lleno de espanto, el rebaño de afeminados, al oir los truenos de Bloy, sus fulminantes escatalogias, sus «cargas» proféticas y el estallido de sus bombas de dinamita fecal!
Si el «Revelador del Globo» tuvo muy pocos lectores, los «Propos», con el atractivo de la injuria circularon aquí, allá; la prensa, naturalmente, ni media palabra. Aquí se declara Bloy el perseguidor y el combatiente. Vese en él una ansia de pugilato, un gozo de correr a la campaña semejante al del caballo bíblico, que relincha al oir el son de las trompetas. Es poeta y es héroe y pone al lado del peligro su fuerte pecho. El escucha una voz sobrenatural que le impulsa al combate. Como San Macario Romano, vive acompañado de leones, mas son los suyos fieros y sanguinarios y los arroja sobre aquello que su cólera señala.
Este artista—porque Bloy es un grande artista—se lamenta de la pérdida del entusiasmo, de la frialdad de estos tiempos para con todo aquello que por el cultivo del ideal o los resplandores de la fe nos pueda salvar de la banalidad y sequedad contemporánea. Nuestros padres eran mejores que nosotros, tenían entusiasmo por algo; buenos burgueses de 1830, valían mil veces más que nosotros. Foy, Beranger, la Libertad, Víctor Hugo, eran motivos de lucha, dioses de la religión del Entusiasmo. Se tenía fe, entusiasmo por alguna cosa. Hoy es el indiferentismo como una anquilosis moral; no se piensa con ardor en nada, no se aspira con alma y vida a ideal alguno. Eso poco más o menos piensa el nostálgico de los tiempos pasados, que fueron mejores.
Una de las primeras víctimas de «Propos» elegida por el Sacrificador, es un hermano suyo en creencias, un católico que ha tenido en este siglo la preponderancia de guerrero oficial de la Iglesia, por decir así, Luis Veuillot. A los veintidós días de muerto el redactor de «L’Univers», publicó Bloy en la «Nouvelle Revue» una formidable oración fúnebre, una severísima apreciación sobre el periodista mimado de la curia. Naturalmente, los católicos inofensivos protestaron, y el innumerable grupo de partidarios del célebre difunto señaló aquella producción como digna de reproches y excomuniones. Bloy no faltó a la caridad—virtud real e imperial en la tierra y en el cielo—; lo que hizo fué descubrir lo censurable de un hombre que había sido elevado a altura inconcebible por el espíritu de partido, y endiosado a tal punto que apagó con sus aureolas artificiales los rayos de astros verdaderos como los Hello y Barbey. Bloy no quiere, no puede permanecer con los labios cerrados delante de la injusticia; señaló al orgulloso, hizo resaltar una vez más la carneril estupidez de la Opinión—esfinge con cabeza de asno, que dice Pascal—, y demostró las flaquezas, hinchazones, ignorancias, vanidades, injusticias y aun villanías del celebrado y triunfante autor del «Perfume de Roma.» Si a los de su gremio trata implacable León Bloy, con los declarados enemigos es dantesco en sus suplicios; a Renán ¡al gran Renán! le empala sobre el bastón de la pedantería; a Zola le sofoca en un ambiente sulfídrico. Grandes, medianos y pequeños son medidos con igual rasero. Todo lo que halla al alcance de su flecha, lo ataca ese sagitario del moderno Bajo Imperio social e intelectual. Poctevin, a quien él con clara injusticia llama «un monsieur Francis Poctevin», sufre un furibundo vapuleo; Alejandro Dumas padre es el «hijo mayor de Caín»; a Nicolardet le revuelca y golpea a puntapiés; con Richepin es de una crueldad horrible; con Jules Vallés despreciativo e insultante; flagela a Willette, a quien había alabado, porque prostituyó su talento en un dibujo sacrílego; no es miel la que ofrece a Coquelin Cadet; al padre Didon le presenta grotesco y malo; a Catulle Mendés... ¡qué pintura la que hace de Mendés!; con motivo de una estatua de Coligny, recordando «La cólera del Bronce», de Hugo, en su prosa renueva la protesta del bronce colérico... azota a Flor O’Squarr, novelista anticlerical; la fracmasonería recibe un aguacero de fuego. Hay alabanzas a Barbey, a Rollinat, a Godeau, a muy pocos. Bloy tiene el elogio difícil. De «Propos» dice con justicia uno de los pocos escritores que se hayan ocupado de Bloy, que son el testamento de un desesperado, y que después de escribir ese libro, no habría otro camino, para su autor, si no fuese católico, que el del suicidio. No hay en León Bloy injusticia sino exceso de celo. Se ha consagrado a aplicar a la sociedad actual los cauterios de su palabra nerviosa e indignada. Donde quiera que encuentra la enfermedad la denuncia. Cuando fundó «Le Pal», despedazó como nunca. En este periódico que no alcanzó sino a cuatro números, desfilaban los nombres más conocidos de Francia bajo una tempestad de epítetos corrosivos, de frases mordientes, de revelaciones aplastadoras. El lenguaje era una mezcla de deslumbrantes metáforas y bajas groserías, verbos impuros y adjetivos estercolarios. Como a todos los grandes castos, a León Bloy le persiguen las imágenes carnales; y a semejanza de poetas y videntes como Dante y Ezequiel, levanta las palabras más indignas e impronunciables y las engasta en sus metálicos y deslumbrantes períodos.
«Le Pal» es hoy una curiosidad bibliográfica, y la muestra más flagrante de la fuerza rabiosa del primero de los «panfletistas» de este siglo.
Llegamos a «El Desesperado», que es a mi entender la obra maestra de León Bloy. Más aun: juzgo que ese libro encierra una dolorosa autobiografía. «El Desesperado» es el autor mismo, y grita denostando y maldiciendo con toda la fuerza de su desesperación.
En esa novela, a través de pseudónimos transparentes y de nombres fonéticamente semejantes a los de los tipos originales, se ven pasar las figuras de los principales favoritos de la Gloria literaria actual, desnudos, con sus lunares, cicatrices, lacras y jorobas. Marchenoir, el protagonista, es una creación sombría y hermosa al lado de la cual aparecen los condenados por el inflexible demoledor, como cadena de presidiarios. Esos galeotes tienen nombres ilustres: se llaman Paul Bourget, Sarcey, Daudet, Catulle Mendés, Armand Silvestre, Jean Richepin, Bergerat, Jules Vallés, Wolff, Bounetain y otros, y otros. Nunca la furia escrita ha tenido explosión igual.
Para Bloy no hay vocablo que no pueda emplearse. Brotan de sus prosas emanaciones asfixiantes, gases ahogadores. Pensaríase que pide a Ezequiel una parte de su plato, en la plaza pública... Y en medio de tan profunda rabia y ferocidad indomable, ¡cómo tiembla en los ojos del monstruo la humedad divina de las lágrimas; cómo ama el loco a los pequeños y humildes; cómo dentro del cuerpo del oso arde el corazón de Francisco de Asis! Su compasión envuelve a todo caído, desde Caín hasta Bazaine.
Esa pobre prostituta que se arrepiente de su vida infame y vive con Marchenoir, como pudiera vivir María Egipciaca con el monje Zózimo, en amor divino y plegaria, supera a todas las Magdalenas. No puede pintarse el arrepentimiento con mayor grandeza y León Bloy, que trata con hondo afecto la figura de la desgraciada, en vez de escribir obra de novelista ha escrito obra de hagiografo, igualando en su empresa, por fervor y luces espirituales, a un Evagrio del Ponto, a un San Atanasio, a un Fra Domenico Cavalca. Su arrepentida es una santa y una mártir: jamás del estiércol pudiera brotar flor más digna del paraíso. Y Marchenoir es la representación de la inmortal virtud, de la honradez eterna, en medio de las abominaciones y de los pecados; es Lot en Sodoma. «El desesperado» como obra literaria encierra, fuera del mérito de la novela, dos partes magistrales: una monografía sobre la Cartuja, y un estudio sobre el Simbolismo en la historia, que Charles Morice califica de «único», muy justamente.
«Un brelan d’excomunniés», tríptico soberbio, las imágenes de tres excomulgados: Barbey d’Aurevilly, Ernest Hello, Paul Verlaine: «El Niño terrible», «El Loco» y «El Leproso.» ¿No existe en el mismo Bloy un algo de cada uno de ellos? El nos presenta a esos tres seres prodigiosos; Barbey, el dandy gentilhombre, a quien se llamó el duque de Guisa de la literatura, el escritor feudal que ponía encajes y galones a su vestido y a su estilo, y que por noble y grande hubiera podido beber en el vaso de Carlomagno; Hello, que poseyó el verbo de los profetas y la ciencia de los doctores; Verlaine, Pauvre Lelian, el desventurado, el caído, pero también el harmonioso místico, el inmenso poeta del amor inmortal y de la Virgen. Ellos son de aquellos raros a quienes Bloy quema su incienso, porque al par que han sido grandes, han padecido naufragios y miserias.
Como una continuación de su primer volumen sobre el «Revelador del Globo», publicó Bloy, cuando el duque de Veraguas llevó a la tauromaquia a París, su libro «Christophe Colombo devant les taureaux.» El honorable ganadero de las Españas no volverá a oir sobre su cabeza ducal una voz tan terrible hasta que escuche el clarín del día del juicio. En ese libro alternan sones de órgano con chasquidos de látigos, himnos cristianos y frases de Juvenal; con un encarnizamiento despiadado se asa al noble taurófilo en el toro de bronce de Falaris. La Real Academia de la Historia, Fernández Duro, el historiógrafo yankee Harisses, son también objeto de las iras del libelista. Dé gracias a Dios el que fué mi buen amigo don Luis Vidart de que todavía no se hubiesen publicado en aquella ocasión sus folletos anticolombinos. Bloy se proclamó caballero de Colón en una especie de sublime quijotismo, y arremetió contra todos los enemigos de su Santo genovés.
Y he aquí una obra de pasión y de piedad, «La caballera de la muerte.» Es la presentación apologética de la blanca paloma real sacrificada por la Bestia revolucionaria, y al propio tiempo la condenación del siglo pasado, «el único siglo indigno de los fastos de nuestro planeta, dice William Ritter, siglo que sería preciso poder suprimir para castigarle por haberse rebajado tanto.» En estas páginas, el lenguaje, si siempre relampagueante, es noble y digno de todos los oídos.
El panegirista de María Antonieta ha elevado en memoria de la reina guillotinada un mausoleo heráldico y sagrado, al cual todo espíritu aristocrático y superior no puede menos que saludar con doloroso respeto.
Los dos últimos libros de Bloy son «Le Salut par les juifs» y «Sueur de sang.»
El primero no es por cierto en favor de los perseguidos israelitas; más también los rayos caen sobre ciertos malos católicos: la caridad frenética de Bloy comienza por casa. El segundo es una colección de cuentos militares, y que son a la guerra francoprusiana lo que el aplaudido libro de d’Esparbés a la epopeya napoleónica; con la diferencia de que allá os queda la impresión gloriosa del vuelo del águila de la leyenda, y aquí la Francia suda sangre... Para dar una idea de lo que es esta reciente producción, baste con copiar la dedicatoria:
A LA MÉMOIRE DIFFAMÉE
de
François-Achille Bazaine
Maréchal de l’Empire
Qui porta les péchés de toute la France.
Están los cuentos basados en la realidad, por más que en ellos se llegue a lo fantástico. Es un libro que hace daño con sus espantos sepulcrales, sus carnicerías locas, su olor a carne quemada, a cadaverina y a pólvora. Bloy se batió con el alemán de soldado raso; y odio como el suyo al enemigo, no lo encontraréis. «Sueur de sang» fué ilustrado con tres dibujos de Henry de Groux, macabros, horribles, vampirizados.
Robusto, como para las luchas, de aire enérgico y dominante, mirada firme y honrada, frente espaciosa coronada por una cabellera en que ya ha nevado, rostro de hombre que mucho ha sufrido y que tiene el orgullo de su pureza: tal es León Bloy.
Un amigo mío, católico, escritor de brillante talento, y por el cual he conocido al Perseguidor, me decía: «Este hombre se perderá por la soberbia de su virtud, y por su falta de caridad.» Se perdería si tuviese las alucinaciones de un Lamennais, y si no latiese en él un corazón antiguo, lleno de verdadera fe y de santo entusiasmo.
Es el hombre destinado por Dios para clamar en medio de nuestras humillaciones presentes. El siente que «alguien» le dice al oído que debe cumplir con su misión de Perseguidor, y la cumple, aunque a su voz se hagan los indiferentes los «príncipes de Sodoma» y las «Archiduquesas de Gomorra». Tiene la vasta fuerza de ser un fanático. El fanatismo, en cualquier terreno, es el calor, es la vida: indica que el alma está toda entera en su obra de elección. ¡El fanatismo es soplo que viene de lo alto, luz que irradia en los nimbos y aureolas de los santos y de los genios!
M. Jean Richepin
JEAN RICHEPIN
A propósito de «Mes Paradis»
ARA frontispicio de estas líneas, ¿qué pintor, qué dibujante puede darme retrato mejor que el que ha hecho Teodoro de Banville, en este precioso esmalte?
«Este cantor, de toisón y negro rostro ambarino, ha resuelto parecerse a un príncipe indio, sin duda con el objeto de poder desparramar, sin llamar la atención, un montón de perlas, de rubíes, de zafiros y de crisólitos. Sus cejas rectas casi se juntan, y sus ojos hundidos, de pupilas grises, estriados y circulados de amarillo, permanecen comunmente como durmientes y turbados, coléricos, lanzan relámpagos de acero. La nariz pequeña, casi recta, redondamente terminada, tiene las ventanillas móviles y expresivas; la boca pequeña, roja, bien modelada y dibujada, finamente voluptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos, blancos, bien ordenados, sólidos como para comer hierro; dan una original y viril belleza al poeta de las «Caricias.» La largura avanzada de la mandíbula inferior, desaparece bajo la linda barba rizada y ahorquillada; y ocultando sin duda una alta y espaciosa frente, de la cima del cráneo se precipita hasta sobre los ojos una mar de hondas apretadas: es la espesa y brillante y negra y ondulante cabellera.» Confrontando esta pintura con la agua-fuerte de León Bloy, la fisonomía adquiere sus rasgos absolutos: sea al amor de aquella cariñosa efigie, o al corrosivo efecto de los ácidos del panfletista, la figura de Richepin es interesante y hermosa. Robusto y gallardo, tiene a orgullo el ser turanio, bohemio, cómico y gimnasta. Hace sus versos a su imagen y semejanza, bien vertebrados y musculosos; monta bien en Pegaso como domaría potros en la pampa; alza los cantos metálicos de sus poemas como un hércules sus esferas de hierro, y juega con ellos, haciendo gala de bíceps, potente y sanguíneo. En el feudalismo artístico en que Hugo es Burgrave, Richepin es barón bárbaro, gran cazador cuyo cuerno asorda el bosque y a cuyo halalí pasa la tempestuosa tropa cinegética, en un galope ronco y sonoro, tras la furia erizada y fugitiva de los jabalíes y los vuelos violentos de los ciervos.
Los que le colocan en el principado del «cabotinismo», ¿no creen que tenga derecho este hombre fuerte a cortarle la cola a su león?
No son pocos los golpes que ha recibido y recibe, desde la catapulta de Bloy hasta las flechas rabelesianas de Laurent Tailhade. A todos resiste, acorazando su carne de atleta con las planchas de bronce de su confiada soberbia. Busca lo rojo, como los toros, los negros y las mujeres andaluzas, princesas de los claveles: de sus instrumentos el tímpano y la trompeta; de sus bebidas el vino, hermano de la sangre; de sus flores las rosas pletóricas: de su mar las ásperas sales, los iodos y los fósforos. Como Baudelaire, revienta petardos verbales para espantar esas cosas que se llaman «las gentes.» No de otro modo puede tomarse la ocurrencia que Bloy asegura haber oído de sus labios, superior, indudablemente, a la del jardinero de las «Flores del Mal», que alababa el sabor de los sesos de niño...
La «chanson des gueux», fué la fanfarria que anunció la entrada de ese vencedor que se ciñó su corona de laureles en los bancos de la policía correccional. «Mon livre n’a point de feuille de vigne et je m’en flatte.» Voluntariamente encanallado, canta a la canalla, se enrola en las turbas de los perdidos, repite las canciones de los mendigos, los estribillos de las prostitutas; engasta en un oro lírico las perlas enfermas de los burdeles; Píndaro «atorrante» suelta las alondras de sus odas desde el arrollo. Los jaques de Quevedo no vestían los harapos de púrpura de esos jaques; los borrachos de Villón no cantaban más triunfantemente que esos borrachos. Cínica y grosera, la musa arremangada baila un «chahut» vertiginoso; vemos a un mismo tiempo el Moulin Rouge y el Olimpo; las páginas están impregnadas de acres perfumes; brilla la tea anárquica; los pobres cantan la canción del oro; el coro de las nueve hermanas, ya en ritmos tristes o en rimas joviales, se expresa en «argot»; la Miseria, gitana pálida y embriagada, danza un prodigioso paso, y de Orión y Arturo forma sus castañuelas de oro. La creación tiene su himno; las bestias, las plantas, las cosas, exhalan su aliento o su voz; los jóvenes vagabundos se juntan con los ancianos limosneros; el son del pifferaro responde a la romanza gastada del organillo. Oid un canto a Raul Pouchon, valiente cancionero de París, mientras rimando una frase en griego de Platón, se prepara el juglar a disculparse de su amor por las máscaras, apoyado en el brazo de Shakespeare.
Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos «gueux» la que ha sonado en la bocina de Richepin, y que su sentimiento popular es falsificado; el mismo Arístides Bruant, clarín de la canción, le aplaude con reservas y señala su falta de sinceridad. No he de juzgar por esto menos poeta a quien ha revestido con las más bellas preseas de la harmonía el poema vasto y profundo de los miserables.
En «Las Caricias» se ve al virtuoso, al ejecutante, al organista del verso; acuña sonetos como medallas y esterlinas; tiene la ligereza y el vigor; chispas y llamaradas, saltantes «pizzicati» y prestigiosas fugas.
Como tirada por catorce cisnes, la barca del soneto recorre el lago de la universal poesía; a su paso saluda el piloto paraísos de Grecia, encantadas islas medioevales, soñadas Cápuas, divinos Eldorados; hasta anclar cerca de un edén Watteau, que se percibe en el país de un abanico de catorce varillas. La delicadeza y distinción del poeta dan a entender que lo púgil no quita lo Buckingham.
En este poema, como en todos los poemas, como en todos los libros de Richepin, encontraréis la obsesión de la carne, una furia erótica manifestada en símiles sexuales, una fraseología plástico-genital que cantaridiza la estrofa hasta hacerla vibrar como aguijoneada por cálida brama; un culto fálico comparable al que brilla con carbones de un adorable y dominante infierno en los versos del raro, total, soberano poeta del amor epidérmico y omnipotente: Algernon C. Swinburne.
Al eco de un rondó vais al país de las hadas y de los príncipes de los cuentos azules; huelen los campos florecidos de madrigales; tras el reino de Floreal, Thermidor os enseñará su región, en donde a la entrada, se balancea un macabro ahorcado alegre, que me hace recordar cierta agua-fuerte de Felicien Rops, que apareció en el frontispicio de las poesías del belga Théodore Hannon. Tras las brumas de Brumario, Nivoso dirige sus bailarinas en un amargo cancán; y después de estas caricias, de estas «Caricias», queda en el ánimo una pena tan honda, como la que aprieta y persigue a los fornicarios en los tratados de los fisiólogos y la anunciada en los versículos de los libros santos.
En «Las Blasfemias» brota una demencia vertiginosa. El título no más del poema, toca un bombo infamante. Lo han tocado antes, Baudelaire con sus «Letanías de Satán» y el autor de la «Oda a Priapo.» Esos títulos son comparables a los que decoran, con cromos vistosos los editores de cuentos obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy a blasfemar!» ¿Se quiere mayor atractivo para el hombre, cuyo sentido más desarrollado es el que Poe llamaba el sentido de perversidad? Y he aquí que aunque la protesta de hablar palabras sinceras manifestada por Richepin, sea clara y franca, yo,—sin permitirme formar coro junto con los que le llaman cabotín y farsante,—miro en su loco hervor de ideas negativas y de revueltas espumas metafísicas, a un peregrino sediento, a un gran poeta errante en un calcinado desierto, lleno de desesperación y de deseo, y que por no encontrar el oasis y la fuente de frescas aguas, maldice, jura y blasfema. Cuando más, me acercaría a la sombra de Guyau, y vería en esta obra única y resonante, un concierto de ideas desbarajustadas, una harmonía de sonidos en un desorden de pensamientos, un capricho de portalira que quiere asombrar a su auditorio con el estruendo de sonatas estupendas y originales. De otro modo no se explicaría ese paradojal grupo de sonetos amargos, en el que las más fundamentales ideas de moral se ven destrozadas y empapadas en las más abominables deyecciones.
Ese soneto sobre Padre y Madre, forma pareja con la célebre frase frigorífica que León Bloy asegura haber oído de boca de Richepin. El carnaval teológico que en las «Blasfemias» constituye la diversión principal de la fiesta del ateo, con sus cópulas inauditas y sus sacrílegos cuadros imaginarios, sería motivo para dar razón al iconoclasta Max Nordau, en sus diagnósticos y afirmaciones. Pocas veces habrá caído la fantasía en una histeria, en una epilepsia igual; sus espumas asustan, sus contorsiones la encorvan como un arco de acero, sus huesos crujen, sus dientes rechinan, sus gritos son clamores de ninfomaníaca; el sadismo se junta a la profanación: ese vuelo de estrofas condenadas precisa el exorcismo, la desinfección mística, el agua bendita, las blancas hostias, un lirio del santuario, un balido del cordero pascual. La cuadrilla infernal de los dioses caídos no puede ser acompañada sino por el órgano del Silencio. Habla el ateo con las estrellas, para quedar más fuerte en su negación, y su plegaria, cuando parodia la oración, como un pájaro sin alas, cae. El judío errante dice bien sus alejandrinos y prosigue su marcha. Las letanías de Baudelaire tienen su mejor paráfrasis en la apología que hace Richepin del Bajísimo.
Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos, entona, él también su ¡Pape Satán, Pape Satán alepe! Mas donde se retrata su tipo desastrado, es en las que él llama canciones de la sangre: su árbol genealógico florece rosas de Bohemia: sus antepasados espirituales están entre los invasores, los parias, los bandidos cabalgantes, los soldados de Atila, los florentinos asesinos, los atormentadores, los sucubos, los hechiceros, y los gitanos.
En esas canciones se encuentra una estrofa harmoniosísima que Guyau considera como la mejor imitación fonética del galope del caballo, olvidando el ilustre sabio el verso que todos sabemos desde el colegio:
Cuadrupedantem puten sonitu quatit
ungula campum...
Nada existe de divino para el comedor de ideales; y si hace tabla rasa con los dioses de todos los cultos y con los mitos de todas las religiones, no por eso deja de decir a la Razón desvergüenzas, de abominar a la Naturaleza, montón de deyecciones, según él, y de reirse, tonante y burlón, del Progreso, para señalarse como precursor de un Cristo venidero cuya aparición saluda, el blasfemo, con los tubos de sus trompetas alejandrinas. Eran sus intenciones, según confesión propia, cuando echó al mundo ese poema candente y escandaloso, instaurar a su modo una moral, una política y una cosmogonía materialista. Para esto debía publicar después de las «Blasfemias», el «Paraíso del Ateo», el «Evangelio del Antecristo» y las «Canciones eternas.» El poema nuevo «Mis paraísos» corresponde a aquel plan.
Una palabra siquiera sobre una de las obras más fuertes, quizá la más fuerte, de Jean Richepin: «El Mar.» Desde Lucrecio hasta nuestros días, no ha vibrado nunca con mayor ímpetu el alma de las cosas, la expresión de la materia, como en esa abrumadora sucesión de consonantes que olea, sala, respira, tiene flujo y reflujo, y toda la agitación y todo el encanto vencedor de la inmensidad marina. De todos los que han rimado o escrito sobre el mar, tan solamente Tristán Corbiére (de la academia hermética de los escogidos), ha hecho cantar mejor la lengua de la onda y del viento, la melodía oceánica. Hay que saber que Richepin, como Corbière, conoce prácticamente las aventuras de los marineros y de los pescadores, y bajo sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel azul de la hidra. No sé si de grumete empezó; pero sí que ha hecho la guardia, a la media noche, delante de la mirada de oro de las estrellas; y envuelto en la bruma de las madrugadas, ha dicho entre dientes las canciones que saben los lobos de mar. Loti delante de él es un «sportman», un «yachtman»; René Maizeroy, un elegante que va a tomar las aguas a Trouville; Michelet, un admirable profesor; solamente Corbière le presta su pipa y su cuchillo y le aplaude cuando salmodia sus cristalizadas letanías, o enmarca maravillosas marinas que no han sabido crear los pintores de Holanda, o retrata y esculpe los tipos de a bordo, o con la linterna mágica de un poder imaginativo excepcional ilumina cuadros fantasmagóricos sobre las olas, concertando la muda melodía de los castos astros con la polémica eterna de las ebrias espumas.
El Richepin prosista ha cosechado laureles y silbas; pues si con sus cuadros urbanos de París ha realizado una obra única, con sus novelas ha llegado hasta las puertas aterradoras del folletín. Jamás creería yo en un rebajamiento intelectual de tan alado poeta, y no seré de los que lo aburguesan, a causa de tal o cual producción; y que son los mismos que llaman a Zola «un monsieur a génie.» Mme. André se va con sus tristezas humanas; y «Braves gens» junto con Miark, ceden el paso al «conteur.» Pues si algún poder tiene Richepin después del de lírico, es el que le dá la forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte las intimidades de los cómicos, a los cuales le acerca una simpatía irresistible; ya vaya al jardín de Poe a cortar adelfas o arrancar mandrágoras, al lívido resplandor de las pesadillas; ya juegue con la muerte, o se declare paladín de anarquistas, humillando, mal poeta en esto, la idea indestructible de las jerarquías, su palabra tiene carne y sangre, vive y se agita, y os hará estremecer.
En «Mes Paradis» hay ya una ascensión. Como las «Blasfemias», el poema está dedicado a Maurice Bouchor. Quien, espiritual y místico, deberá aplaudir el cambio experimentado en el ateo. Ya no todo está regido por la fatalidad, ni el Mal es el invencible emperador. La explicación podrá quizá encontrarse en esta declaración del poeta: «Las Blasfemias» fueron escritas de veinte a treinta años, y «Mis Paraísos», de treinta a cuarenta.» Comienza su último poema con un tono casi prosáico, y protesta su buena voluntad y la sinceridad de su pensamiento. Buen gladiador, hace su saludo antes de entrar en la lucha. Luego, las primeras bestias fieras que le salen al encuentro son dragones de ensueño, o frías víboras bíblicas que nos vienen a repetir una vez más que en el fondo de toda copa hay amargura, y que la rosa tiene su espina y la mujer su engaño. Vuelve Richepin a ver al diablo, a quien canta en sonoros versos de pie quebrado; antes le había visto igual físicamente a un hermano de Bouchor, ahora le adula, le ruega y le habla en su idioma, como un ferviente adorador de las misas negras.
Pero no todo es negación, puesto que hay una voz secreta que pone en el cerebro del soñador la simiente de la probabilidad.
Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa demasiado, y, sobre todo, el tejido de su filosofía sopla un buen aire que augura tiempo mejor. La barca en que va, con rumbo a las Islas de Oro, pasa por muchos escollos, es cierto; pero esto nos da motivo para oir el suave son de muy lindas baladas. Sensual sobre todo, el predicador del culto de la materia nos dice cosas viejas y bien sabidas. ¿Es acaso nuevo el principio que resume la mayor parte de estas primeras poesías: «comamos, bebamos, gocemos, que mañana todo habrá concluído?» ¿O este otro: «vale más pájaro en mano que buitre volando?» Oh, sí; los panales, las rosas, los senos de las mujeres, las uvas y los vinos, son cosas que nos halagan y encantan; pero ¿esto es todo? Diré con el mismo Richepin: «Poète, n’as tu pas des ailes?»
El amor a los humildes se advierte en toda esta obra; no un amor que se cierne desde la altura del numen, sino un compañerismo fraternal que junta al poeta con los «gueux» de antaño. Las canciones transcienden a olores tabernarios. Decididamente, ese duque vestido de oro tiene una tendencia marcada al «atorrantismo.» Gracias a Dios, que buen aire ha inflado las velas y tenemos a la vista las costas de las anunciadas áureas islas. Sabemos aquí que la vida vale la pena de nacer; que nuestro cuerpo tiene un reino extenso y rico; que nada hay como el placer, y que la felicidad consiste en la satisfacción de nuestros instintos. Islas de oro pálido, islas de oro negro, islas de oro rojo, ¿son estas las flores que brotan en vuestras maravillosas campiñas?
Lo que llama al paso mi atención son dos coincidencias que no tocan en nada la amazónica originalidad de Richepin, pero me traen a la memoria conocidísimas obras de dos grandes maestros. En la página 229 de «Mes Paradis» tiembla la cabellera de Gautier, y en página 368 se lee:
Enivre-toi quand même, et non moins follement,
de tout ce qui survit au rapide moment,
des chimères, de l’art, du beau, du vin, des rêves
qu’on vendange en passant aux réalités brèves, etc.
Lo cual se encuentra más o menos en uno de los admirables poemas en prosa de Baudelaire.
Todo hay, en fin, en esas islas de oro: maravillas de poesía satiriaca, estrofas en que ha querido demostrar Richepin como él también puede igualar las exquisiteces de la poética simbolista; paisajes de suprema belleza, decoraciones orientales, ritmos y estrofas de una lengua asiática en que triunfa el millonario de vocablos y de recursos artísticos; relámpagos de pasión y ternuras súbitas; las apoteosis del hogar y la poetización de las cosas más prosáicas; las flautas y harpas de Verlaine se unen a las orquestas parnasianas; el treno, el terceto monorrimo de los himnos latinos precede al verso libre; el elogio de la palabra está hecho en alejandrinos que parecen continuación de los célebres de Hugo, y si turba la harmonía órfica la obsesión de la metafísica, pronto nos salva de la confusión o del aburrimiento al galope metálico y musical de las cuádrigas de hemistiquios. En largo discurso rimado nos explicará por qué es a veces prosáico, o trivial. Su pensamiento pesa mucho, y no pueden arrastrarlo en ocasiones las palabras.
Islas de oro pálido, islas de oro rubio, islas de oro negro, todas sois como países de ensueño. No hay arcos de plata y flores para recibir al catecúmeno. Richepin no es aún el elegido de la Fe. Lo que hay de consolador y de divino en este poema es que al concluir presenciamos la apoteosis del amor. Y el Amor lleva a Dios tanto o más que la Fe. Amor carnal, amor ideal, amor de todas las cosas, atracción, imán, beso, simpatía, rima, ritmo, ¡el amor es la visión de Dios sobre la faz de la tierra!
Y pues que vamos a esos paraísos, a esas islas de oro, celebremos la blancura de las velas de seda, el vuelo de los remos, el marfil del timón, la proa dorada, curva como un brazo de lira, el agua azul, ¡y la eterna corona de diamantes de la Reina Poesía!
JEAN MOREAS
L retrato que el holandés Byvanck hizo de Moreas en un libro publicado no ha mucho tiempo, no es de una completa exactitud. Moreas no está contento con la imagen pintada por el Teniers filólogo, como llama Anatole France al profesor de Hilversum. Ha llegado hasta calificar a éste, en el calor de la conversación, sencillamente de «imbécil.» Palabra que no osé contradecir, aunque me pareció harto dura e injusta, y de todo punto inaplicable para el excelente villonista, para el «sabio pensativo» para quien, según el mismo France, con todo y ser filólogo, se interesa por el movimiento intelectual...
Cierto es que en su libro, a vuelta de justos elogios y de una admiración que demuestra indudablemente su sinceridad, nos ha dado un Moreas caricatural, un Moreas inadmisible para los que tenemos el gusto de conocerle. Y no puede ser excusa salvadora, el que las anécdotas bufas referentes al poeta estén en la narración de Byvanck puestas en los labios de antiguos amigos del hoy jefe de la escuela romana. ¡Todo lo contrario! Bien sabe el pensador de Holanda que del «cher confrère» y del «cher maître» gustan mucho los dientes literarios en todas partes del mundo... Un mordisco al «querido compañero», un arañazo al «querido maestro», no hay nada mejor, principalmente cuando ello va acompañado con la salsa del ridículo! Es un don especial del lobo humano. Al lobo humano parece que el arte le pusiese en el hígado una extraña y áspera bilis. Hasta hoy no se ha visto sino muy raras veces una amistad profunda, verdadera, desinteresada, y dulcemente franca, entre dos hombres de letras. ¡Y los poetas, esos amables y luminosos pájaros de alas azules! Los triunfos de Moreas, enconaron a muchos de sus colegas. El banquete que se dió, cuando la aparición del primer «Pelerin Passionné» fué causa de bastantes rencores. No impunemente se logra una victoria.
Moreas, si es que era tal como aparece retratado en el libro de Byvanck, ha cambiado en dos años muy mucho. Cierto es que hay algo en él del espadachín idealizado en sus hermosos versos:
La main de noir gantée a la hanche campée,
avec sa toque à plume, avec sa longue epée,
il passe sous les hauts balcons indolemment.
Por lo demás, si usa siempre el «monocle», no dice «Píndaro y yo», ni se admira de tener las manos blancas y finas. La «toque a plume» es un flamante sombrero de copa; su traje es correcto, de intachable corte. Alta y serena frente; cabello de klepto; porque, como en París se sabe, Moreas, es griego de Galia.
«No es un pachá, es un klepto de negra cabellera.» Cuerpo fuerte y bien erguido, manos aristocráticas, el aire un si es no es altivo y sonrientemente desdeñoso; gestos de gran señor de raza; bigotes bien cuidados. Y entre todo esto, una nariz soberbia y orgullosa, a propósito de la cual, un periodista risueño, ha dicho que Moreas es semejante a una cacatúa.
¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice facial llame tanto la atención de la crítica? La nariz de Moreas es, vuelvo a repetirlo, una soberbia y orgullosa nariz, ni atrozmente aumentada con un garbanzo, como la de Cicerón, ni tan desarrollada como la de Cornéille, ni fea hasta la provocación y el insulto, como la de Cyrano de Bergerac. En resumen, nuestro poeta tiene un gallardo tipo de caballero.
Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: «Velázquez pinxit.» Como Ronsard y como Chenier tiene en las venas sangre de Grecia. Su familia es originaria del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto; precedido de la palabra Papa, y seguido de la terminación «poulos», lo primero para indicar que hay entre los miembros que ilustran la casa, un gerarca de la iglesia, y lo segundo, que es en griego equivalente al «off», al «vitch» o al «ski» slavos. A principios del siglo, esa familia de nombre inmenso, «Papadiamantopoulos», emigró al Peloponeso, a la Morea; y de aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy en uso. El poeta es de raza de héroes. Su abuelo fué un gran luchador por la libertad de la Grecia. Su padre había quedado en la capital y era dignatario de la corte del rey bávaro Othon, impuesto por las potencias. «Y aquí,—decía Moreas a Byvanck,—y aquí comienza la historia de mi rebelión. Mis padres habían concebido una alta idea de mi porvenir y querían enviarme a Alemania, donde recibiría una buena educación. Hay que recordar que la influencia alemana prevalecía en la corte. Había aprendido a un tiempo griego y francés, y no separaba ambas lenguas. Quería ver la Francia; niño aun, ya tenía la nostalgia de París. Creyeron forzar mi resistencia, enviándome a Alemania, y me volví dos veces. En fin, me fuí a Marsella y de allí a París. Era que el destino me señalaba mi ruta; pues yo era aún muy joven para darme cuenta de mis acciones. He sufrido horriblemente; pero no me he dejado abatir y he mantenido alta la cabeza. Mi familia me reprochaba mi pereza,—según sus palabras,—y hacía espejear ante mis ojos el alto empleo que hubiera podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente uno herido en lo más vivo cuando las personas que ama no le comprenden, y aun le hieren. Yo nunca he hablado de esto con nadie...»
Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la gloria a conquistarse un envidiado nombre. Después de brega y sufrimiento, el desconocido es ya «alguien.» Anatole France, a quien siempre habrá que citar, le llama «el poeta pindárico de palabras lapidarias.» Si Moreas no fuese tan descuidado de su renombre, si tuviese el don de intriga y de acomodaticia humildad de muchos de los que fueron antaño sus compañeros, su gloria habría sido sonoramente cantada por el clarín prostituído de la Fama fácil. Mas el joven «centauricida» está acorazado de orgullo, casqueado de desdén olímpico. Alrededor de ese orgullo y ese desdén, se ha formado más de una leyenda, que circula por los cafés estudiantiles y literarios del Barrio Latino.
Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso con los genios, con los Santos Padres de las letras, que observa con su «monocle» a Píndaro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisle; ya es el Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de cervecería; ya es el corifeo de las primeras armas, que entraba al café seguido de una cohorte de acólitos papanatas; ya es el rival de Verlaine, que ve de reojo al fauno maldito; ya el recitador de sus propios versos, que se alaba pontifical y descaradamente, delante de un concurso asombrado o burlón. Después de todo, la mala voluntad ha quedado vencida. No hay sino que reconocer en el autor del «Pelerin Passionné», a un egregio poeta. «El único,—dice el escritor holandés,—que en todo el mundo civilizado puede hablar de su Lira y de su Musa, sin caer en ridículo.» Moreas ha tomado muchos rumbos antes de seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de las letras, como revolucionario. Una nueva escuela acababa de surgir, opuesta hasta cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo y sus hijos los parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del naturalismo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador de ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los espíritus enamorados de lo bello, de la peste Rougon y de la plaga Macquart. Artistas, ante todo, eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del Arte.
Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y después separados por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y curiosos cenáculos. Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros combatientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo que sostener el brillo de la flamante bandera, contra los innumerables ataques de los contrarios. Casi toda la prensa parisiense disparaba sus baterías sobre los recién llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en su burla, desde las columnas del «Temps.» Llamaba a los decadentes con tono de reproche, hijos de Baudelaire; dirigía sus más certeros proyectiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent Tailhade, Vignier y Charles Morice; y pintaba a los odiados reformadores, con colores chillones y extravagantes perfiles. Todos ellos no eran sino una muchedumbre de histéricos, un club de chiflados. Las fantasías escritas de Moreas, eran según el crítico, sentidas y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan de Tartaria, o de no sé dónde, en un bello verso? Pues eso era muestra de un innegable desorden intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de deseos crueles y bárbaros. Además, los decadentes eran enemigos de la salud, de la alegría, de la vida, en fin. Moreas contestó a Bourde tranquilo y bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de los diarios que no había motivo para tanta algarada; que el distinguido señor Bourde se hacía eco de fútiles anécdotas inventadas por alegres desocupados; que ellos, los decadentes, gustaban del buen vino, y eran poco afectos a las caricias de la diosa Morfina; que preferían beber en vasos, como el común de los mortales, y no en el cráneo de sus abuelos; y que, por la noche, en vez de ir al sábado de los diablos y de las brujas, trabajaban. Defendió a la censurada Melancolía, de la Risa gala, su gorda y sana enemiga. «Esquilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron, Goethe, Lamartine, Hugo, los grandes poetas, no parece que hayan visto en la vida una loca kermesse de infladas alegrías.» Fué el campeón de las lágrimas. Después se ocupó de la exterioridad de la poesía decadente y expuso sus cánones. Al poco tiempo apareció en el «Fígaro» un manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de la evolución, la anunciación «oficial» del simbolismo. Los simbolistas eran para los románticos rezagados y para el naturalismo, lo que el romanticismo para los pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos los de la joven falanje, nietos de Víctor Hugo?
Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los principios del simbolismo, el organismo de la naciente escuela, su ritual artístico, su teoría, sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y combatido por Anatole France con la manera magistral y la superior fuerza que distinguen a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas, con caballeresca cortesía, manteniendo, buen paladín, sus ideas. De esto hace ya algunos años.
Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta de cariño, sus primeras producciones. ¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía seguir el talento del autor, son los vuelos en que se ensayaban las alas, y para el observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos documentos. Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos en prosa. Como todo verdadero poeta, es un excelente prosador. A pesar de las inextrincables montañas simbólicas y de las raras brumas, amontonadas en el «The chez Miranda», o en las «Demoiselles Gobert», ambas obras escritas en colaboración con Paul Adam, esos dos trabajos primigenios son ya un augurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche de intelectualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada pedrería, joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, locura de ansioso príncipe adolescente. ¿Que hay distancia de esos libros al último «Pelerín?» Claro está.
«He crecido»,—dice Hugo en una célebre epístola. El antiguo camarada de Moreas, el Paul Adam de estos momentos, que corona de gemas ilustres la cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no empieza a mostrar los quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, cuando los tanteos de su pluma delineaban los contornos de un estilo prestigioso y potente?
El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el lírico capitolino y regio de los últimos poemas; sin embargo, algunos proferirían muchos de esos primeros versos a varias de las sinfonías verbales recientemente escritas por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que hay en la primavera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es innegable que la orquestación exquisita del verso libre, «la máquina del poema poliformo modernísimo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible aquella magia, de los vuelos de palomas, de las frescas rosas, bien rimadas en estrofas harmónicas: la consonancia dulce de los labios, luciente de los ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje de la pasión y de la juventud.
Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como hoy impera en la poética francesa, es en manos de una legión triunfante de rimadores, instrumento precioso, teclado insigne y vasto de incomparable polifonía. Mas volvamos a los primeros versos de Moreas. «¡Syrtis inhóspita!» Clama Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha acabado la aurora de esperezarse, y ya la barca del joven soñador ha padecido la rudeza de los escollos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay un tiempo ido, al cual el alma vuelve los nostálgicos ojos. Quizá no es la culpa del sonador. El viene después del enfermo René y del triste Olimpio.
Es el invierno. Arde en la chimenea