OPINIONES
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Al Dr. Fernando Sánchez
Dedica este libro,
su amigo
RUBÉN DARÍO
En este libro, como en todos los míos, no pretendo enseñar nada, pues me complazco en reconocerme el ser menos pedagógico de la tierra. Van aquí mis opiniones y mis sentires, sobre cosas vistas e ideas acariciadas. Todo expresado de la manera más noble que he podido, pues no me avengo con bajos pensamientos ni vulgares palabras. No busco el que nadie piense como yo, ni se manifieste como yo. ¡Libertad!, ¡libertad!, mis amigos. Y no os dejéis poner librea de ninguna clase.—R. D.
EL EJEMPLO DE ZOLA
NTONCES, Lucas, en una última mirada, abarcó la ciudad, el horizonte, la tierra entera, donde la evolución comenzada por él se propagaba y se acababa. La obra estaba hecha, la ciudad fundada. Y Lucas expiró, entró en el torrente de universal amor, de la eterna vida.» Así concluye el segundo evangelio, Trabajo. Ahora antes de terminar la tarea, pero ya con un mundo hecho, Zola descansa para siempre, llevado, arrancado a su labor por la más estúpida contingencia. Acabo de regresar de su entierro. Un pueblo en silencio, pueblo de pensadores y de trabajadores, le acompañaba. Fué ceremonia imponente de recogimiento y de severidad. Iban los hombres de la idea y los hombres del taller. Se extendían, en el vasto cuerpo de la negra procesión, los grupos de eglantinas rojas. Un minero iba, pies desnudos entre gruesos zuecos, con su uniforme de trabajo. Un herrero, los brazos al aire, llevaba con dignidad su pesado martillo. Un cultivador gigantesco hacía brillar al sol opaco, sobre su hombro, una hoz. ¡Esa es la gloria! Iban sabios y poetas. Iban obreros de blusa, y niños y niñas con sus padres. Se llevaba al camposanto de Monmartre al potente bondadoso, al creador de tanta obra robusta y fecunda, al poeta homérico de la sociedad futura, al servidor de la verdad, al profeta de los proletarios, al gran carácter de un tiempo sin caracteres, a quien toda la tierra saludó un momento como una encarnación de la virtud humana, de la eterna conciencia, de la indestructible justicia y de la divina libertad de pechos de oro.
Estas grandes conmociones tan solamente las causan los que salen de las aisladas torres, marfil, cristal o bronce, del arte puro. Hay, para lograr tamañas coronas, que ser fuente y pan para los demás, conformándose con el propio dolor, hermano de la gloria. Hay que convencerse de que no se ha venido con el mayor don de Dios a la tierra para tocar el violín, o el arpa, o las castañuelas, o la trompeta. Tocarlas, sí, para universal gozo y danza dionisíaca, en paz y fiesta común con todos. No la superhombría, no el neronismo, no la crueldad orgullosa: antes el bien que se hace con la luz y en la luz el abrazo fraterno. Mientras más alta es la catarata, más perlas tiene su agua pura, y su voz dice la armonía de la naturaleza y el iris la corona. Saltimbanquis de palabras o juglares de ideas, sin la bondad que salva, muy pintorescos y bonitos, son de la familia de los pájaros; cuando mueren, por el plumaje se les diseca; si no, van al muladar con los perros muertos. Desventurado el que, teniendo el vino de la bondad y de la fraternidad humana, no exprimió jamás su corazón en su copa cuando vió pasar el rebaño de hermanos con sed, bajo los látigos de arriba. Zola fué eso: el viñador copioso y generoso. No como Hugo, desde la olímpica sede en que, como papa literario, con su tiara llena de gemas líricas, vestido de orgullo, repartía sus dones; no como Tolstoï, tan vecino de la clínica como del santoral; no como Ibsen, ceñudo, obscuro y doloroso. Zola, que fué tan atacado, porque, se decía, buscaba los afectos más viles de la vida, complaciéndose en la pornografía y en la obscenidad, ha sido un enorme y puro poeta del amor, un músico órfico y augusto de las multitudes, un cantor de la hermosura natural y de la fecunda obra engendradora, un visionario de la humanidad que viene, de la dicha de las naciones futuras, de la dignificación de nuestra especie en la vía progresiva de su perfeccionamiento, en el ritmo divino.
Era un grande hombre de bien. No lo que se llama por la generalidad un «hombre honrado». No conozco, decía De Maistre, la conciencia de los criminales; conozco la de algunos hombres honrados, y es espantosa. Era hombre de bien y buen gigante el último de los evangelistas. Fué predicador de altas virtudes; dijo a la juventud palabras de engrandecimiento y de deber, y a la muchedumbre señaló el rumbo de las venideras victorias de paz y de felicidad. ¡Un gran idealista, el gran naturalista! Un corazón de adolescente en el cuerpo del coloso; un casto, el que señaló las terriblezas de la lujuria; un sobrio, el que mostró la sombra roja del alcohol; un sonador, el práctico y concienzudo arquitecto de tanta fábrica maciza; un modesto, el más magistral director de ideas de estos últimos tiempos, y el tímido solitario, un valiente que, al llegar la hora, se puso a arrostrar las ciegas turbas furiosas que le insultaban y lapidaban, en una actitud sencilla como el Deber y grandiosa como la Justicia. El ejemplo es soberbio y se entierra en la historia para quedar como una estela moral inconmovible al paso de los vientos de los siglos.
Ejemplo de voluntad que pone a la vista el esfuerzo perpetuo desde los años primeros de vacilaciones y de angustias, angustias y vacilaciones que doran una juventud ardorosa y una esperanza radiante. Los problemas de la vida, la práctica prosaica de la existencia de quien no ha nacido en la riqueza, el pegaso del ensueño que la necesidad hiere con sus espuelas; estudios mediocres, contra la vocación; familia a cuestas; los dolorosos préstamos a los amigos; las deudas de otra clase y los embargos; alimentarse, vestirse; un abrigo viejo y verdoso que quedará en su memoria inolvidable; la bohemia que se sigue sin sentirle apego, esa bohemia obligatoria por la escasez y la falta de ambiente y medios distintos que se desearían; la miseria. Ese mudar de casas, tan indicador de que no se ha encontrado aún el asentado y reposado vivir que necesita el trabajador para la realización de su obra—antes de que llegue la posesión de Medan y el hotel de la calle de Bruxelles. Y de todo triunfa esa voluntad acerada y templada: de las amarguras de la necesidad y de las tristezas de más de una desilusión; de las absurdas solicitudes de dinero y de los mezquinos obstáculos que se presentan a los mejores deseos; del vivir como en el número 11 de la calle Soufflot, pared de por medio con las más desastradas mujerzuelas, y de la soledad, mala consejera de los débiles, cuando busca en París sus modos de ascender—y primero de comer. Cuenta uno de sus amigos íntimos que sus menús de entonces se componían de pan y café, o pan y dos sueldos de queso italiano, o pan y dos sueldos de patatas fritas. Y que a veces eran de sólo pan, y a veces ni pan había. Dice bien Mauclair en un reciente estudio sobre los artistas y el dinero: que los sufrimientos del comienzo son precisos para hacer sentir lo que es la lucha humana por la vida y pesar el dolor. De ahí que Zola haya dejado tantas páginas admirables en que las pesadumbres de los intelectuales están tan profundamente manifestadas y tan sinceramente sentidas. El inmenso peligro de la bohemia en el principio de toda vida de artista es para los que no ven ni la seriedad del existir ni la obligación que viene para consigo mismo, para con los hombres y para con la eternidad. Preciso es que la juventud se pase, dice un proloquio francés que excusa las locuras de los años frescos, en que para uno todo es aroma de rosas, oro de sol, gracia y vibración de amor. Mas una vez pasada la primavera, la estación exige el fruto, fruto de noble desinterés, de conciencia, de servicio a la comunidad. Los que no se dan cuenta de esa ley de lo infinito, caen, ruedan, se hunden, desaparecen. Cuando el sentido moral se pierde, todo está perdido, pese a la habilidad, a la intriga; saldrá de la bohemia, si sale, un arrivista tortuoso, un ágil funámbulo en la sociedad, pero el artista ha muerto. Zola murgerizó poco, y esto porque preciso era, ¡qué diablo!, en esos años amables trabar conocimiento con Mimí Pinson. Así, recuerda uno de sus biógrafos que «una vez, habiendo recorrido en vano todo el barrio sin encontrar a quien pedir prestados los pocos centavos de la comida, y teniendo en ese momento del brazo a una mujer, la querida de algunas semanas, ¿qué hace el futuro propietario de Medan? Se quita el sobretodo y se lo da a la mujer.—¡Lleva eso al Montepío!—Y entró a su habitación en mangas de camisa, con un frío de muchos grados bajo cero.» Triunfó la voluntad, porque así debía ser, comiéndose pan de amor y bebiéndose vino de esperanza. A buena hambre no hay pan duro; a buena juventud no hay ásperas horas, por ásperas que sean. La salvación está en la sangre noble que hierve, en el impulso consciente que hace saltar, volar, sobre la dificultad y sobre el abismo. Es la estación perfumada en que florece en toda alma artística un ramo de cuentos a Ninon, que es un ramo de rosas risueñas de rocío.
Todo aquel que empieza a amar y a soñar, habla en versos aunque no los haga. Antes que cuentos, por tales melodiosas razones, hizo Zola versos. Los versos fueron después abandonados, pero el dón rítmico y orquestal no dejó nunca al magnificente sinfonista de sus nutridas construcciones. Y por ser sincero y consciente de su misión escribió estas palabras de raro valor y de especial dignidad mental: «No puedo volver a leer mis versos sin sonreir. Son muy débiles y de segunda mano; no más malos, sin embargo, que los versos de los hombres de mi edad que se obstinan en rimar. Mi única vanidad es haber tenido conciencia de mi mediocridad de poeta y de haberme puesto valerosamente a la tarea del siglo con el rudo útil de la prosa. A los veinte años es hermoso tomar semejante decisión, sobre todo antes de haber podido desembarazarse de las imitaciones fatales. Si, pues, mis versos deben servir de alguna cosa, deseo que hagan volver en sí a los poetas inútiles, que no tienen el genio necesario para librarse de la fórmula romántica, y que se decidan a ser bravos prosadores, tout bètement.» Conociéndose extranjero entre los para él improbables dioses, se decidió a entrar en la vocación que le conducía a ser un guía, un pastor, un maestro entre los hombres, con un idioma claro, abundoso, tupido, fatigante a veces, pero siempre poemal en su arquitectura, a punto de que sus dos afinidades más cercanas están en Homero y Wagner. Era un cuerdo. Así amontonó bloque sobre bloque hasta formar una catedral ciclópea, que alzará sus torres de ideas y de símbolos como uno de los más colosales monumentos de la ciudad futura.
Ejemplo de dignificación personal en un hombre dotado con los mejores brazos para asir al paso a la fortuna desde el principio, y expuesto a claudicaciones y rupturas con sus propias ansias nobles y generosas. Desde el commis de la librería Hachette hasta el autor millonario, en toda su vida se refleja una luz de honestidad viril que en pocos de los contemporáneos de su talla puede encontrarse. El que tuvo el valor y la entereza de retorcer el pescuezo a los cisnes de sus primaverales jardines poéticos por no engañarse a sí mismo, no engañó nunca a los demás y llevó el respeto a sus convicciones y la pasión de la verdad hasta el sacrificio en el más tempestuoso y terrible de los momentos de su vida. Es preciso conocer lo mefítico, lo venenoso del ambiente de la vida literaria, para admirar por completo tanta energía, tanta resistencia en ese cuello taurino y tanta pepsina en el estómago de avestruz del heroico comedor de sapos. ¡Ah, los sapos! Recordaréis con qué tragicómica glotonería ha contado él cómo el horrible batraciano fué su alimento de todos los días: el sapo del anónimo, el sapo del insulto, el sapo feísimo de la calumnia, los mil sapos de la envidia y de la enemistad desleal, los multiplicados sapos de los periódicos, de las malignas y feroces caricaturas. Todavía en el entierro del grande hombre yo los he visto a esos sapos ponzoñosos en formas inmundas. «¡El testamento de Zola!», gritaba un camelot casi al lado de la procesión. Pagué los diez céntimos y leí el papel innoble. Es el más vergonzoso pasquín contra un muerto, contra un muerto ilustre. No puedo citar nada de él. Baste decir que conservo entre mis curiosidades otro «testamento de Zola», publicado en 1898, cuando el proceso, y que el de ahora es más infame, más estercolario. Y en el antiguo se lee: «Je lègue donc: La totalité de mes œuvres aux chalets de nécessité qui en feront l’usage qui naturellement s’indique. A madame de Boulancy un exemplaire de Nana, relié en veau; a Joseph Reinach mon volume sur I’Argent. A Nana, les petits millions que j’ai gagnés en exploitant la lubricité de mes contemporains. A mes enfants, la défense absolue de lire mes œuvres.» Del actual no se puede escribir una línea. Extraña que la policía no haya impedido la venta de esas deyecciones de sucios cuervos. Y eso no es todo; hay algo peor, indigno de París, indigno de la Francia culta y valiente. Diarios, diarios ricos y mundanos como el Gaulois, publicaban ese mismo día crueles epigramas, hirientes suposiciones, amargas invenciones contra el que no había aún sido depositado en la paz de la tierra. Zola no había muerto asfixiado; eso era una mentira, una novela. Zola se había suicidado, entre otras cosas, porque ya no se leían sus libros y estaba escaso de dinero... ¡Y ha dejado dos millones! No se leían, no se vendían sus libros después del affaire, entre ciertos grupos políticos franceses; pero en Francia mismo había muchos lectores de Zola en todas las clases sociales, y en el extranjero, tan sólo con lo que La Nación, en Buenos Aires, y otros periódicos de Rusia, Inglaterra, Alemania, Italia, España y Estados Unidos pagaban por el derecho de publicación de sus obras, se suma una cantidad que no supone la mayor parte de sus detractores. El diario de Drumont apareció vergonzoso de odio; el de Rochefort ya se calculará cómo, y hojas menores andaban por ahí impresas con hiel. «Ha muerto asfixiado, decía una. ¡Así «los» matan en la fourrière!...» Estas cosas no se borrarán hasta el día en que Zola sea conducido del cementerio de Montmartre al Pantheon por el inmenso pueblo reconocido. Blindado, con esas saetas de caribe, tuvo que luchar en vida; mitridatizado a esos tósigos tuvo que resistir su constitución de hércules del pensamiento, de artesano del deber. Y así no claudicó ni rompió nunca con sus propias ansias nobles y generosas. Menestral de razón y de conciencia, se mantuvo sin descansar en la buena tarea que ayudará al progreso de la Francia, su madre, y, por lo tanto, de la humana estirpe. Otros se habían regodeado en mesa de príncipes de la fortuna, habrían aprovechado su vigor para subir al poder civil, habrían dado a sus vanidades toda suerte de pastos. El no fué ni mundano siquiera. ¡No sabía estar en un salón! No sabía conversar con las «gentes». Siendo tan grande, era tímido el Adamastor, era poco chic el Polifemo. Allá en Medan se vestía con traje tosco de campesino y pesados zuecos; hablaba con los campesinos, amaba a sus perros, observaba el campo, que dice su misterio en secreto; hacía en una islita «su Robinsón». Por las noches, leyendo hasta muy tarde, oía pasar los trenes bajo sus ventanas. Espiaba las horas al vuelo. Trabajaba siempre. Como su mujer no fué fecunda, tuvo de un amor discreto dos hijos, a quienes iba a ver, allí cerca, con el consentimiento de la admirable esposa. Ella sabía que él era bueno, que tenía un gran corazón su grande hombre sencillo. Y eso lo gritan los sapos como un baldón. Dicen que por eso, por sólo eso, el ilustre laborioso era un profesor de perversidad, un corrompido, un hombre cuya vida privada da asco. Madame Emile Zola estuvo con esos hijos naturales al lado del cadáver.
Ejemplo de valor moral, ¿cuál mejor que el del desinteresado defensor de Dreyfus? El caso es reciente y estremeció al mundo. No es aún, ciertamente, convincentemente sabido que el capitán haya sido un traidor. El ha asistido al entierro del héroe. Me informan—y hay que averiguar esto bien—que ha dado para el monumento que se levantará a Zola trescientos francos... «¡Trescientos francos!» Si esto es verdad, ese rico israelita, me atrevería a jurarlo, ha sido culpable del crimen que le llevó a la Isla del Diablo. Mas no se trata de una personalidad mínima, que fué el pretexto de una gran batalla de justicia. Se trata del poderoso y magnífico talento doblado de carácter que puso su nombre ante la iniquidad supuesta como una bandera. «Zola’s name—a barbarous, explosive name, like an anarchist’s bomb»—escribió un día el agudo Havelock Ellis. Más que un estallido de bomba, me evoca ese nombre un flamear de bandera, sobre todo si se pronuncia a la italiana: Zola. Ante las pasiones rabiosas, ante los intereses del militarismo, esa bandera flameó por la razón, por el derecho, por la conciencia humana. Estamos en Roma:
Quis numerare queat felics prœmia, Galle,
Militiæ?...................................
................................ quorum
Haud minimum illud erit ne te pulsare togatus
Audeat; immo, et, si pulsetur, dissimulet, nec
Audeat excussos prætori ostendere dentes,
Et nigram in facie tumidis livoribus offam,
Atque oculos, medico nil promittente, relictos.
Vagelio fué poco cuerdo para Juvenal al exponerse ante los zapatos ferrados de la milicia. Zola sabe con quién han de combatir y no es Vagelio. El se presenta, ha abandonado su retiro de productor pensante para entrar a la acción. Ir a la acción es el deber del verdadero pensador de nuestro tiempo; ir a la acción por las sanas causas y servir a su fe y a su convicción a riesgo de todo. Otros irían a los capones y perdices, al gozo del capital adquirido, a cuidar lo que se ha acaparado y a velar por el chorro de luises que viene de casa del editor Charpentier. Zola lo arrostró todo; expuso, en efecto, su fortuna, su nombre, antes infamado tan solamente por los peones de la literatura—y por algunos maestros excomulgados—, lo fué por los sicarios de la política. Mas él no tuvo vacilaciones en frente de ningún peligro. Hasta con la muerte se le amenazó. Su bella sangre italiana, griega y francesa, hirvió con vivo hervir latino. La marea popular subió en contra suya. No se comprendió su misión. No se tuvo en cuenta su magnífica valentía, su heroísmo, su respetabilidad intelectual, su soberano quijotismo. Los yangüeses quisieron apalearle, apedrearle. Así le ha pintado Henry de Groux en una tela dantesca. Mas ese quijotismo estaba armado de potente lógica, de decisión, de fortaleza. Entre los soldados y el populacho resistió, sosteniendo la verdad, la que él creía la verdad. Todas las naciones de la tierra, desde el Japón hasta la América del Sur; todos los pueblos de la tierra, de San Petersburgo a Buenos Aires, de Nueva York a Benares, de Santiago a Roma, desde las más populosas ciudades hasta los más humildes villorrios, fueron conmovidos por la actitud brava del capitán civil frente a los capitanes de la espada. Su nombre se vió entonces como una bandera, representación y signo de lo justo, de lo verdadero y de lo bueno. No fué su acción de un instante, pues ella desencadenó una tormenta en la patria francesa, que todavía se presenta con más negros augurios. El porvenir de este gran país será en mucha parte obra de la influencia del evangelista. Sus palabras han sido alimento del pueblo. El también ha dejado su gran saco de harina, el «saco de harina» de que habla en una de sus arengas nuestro general. Los mismos que hoy le insultan mañana le celebrarán mañana, cuando se haya destruído la miseria pasional de ahora, la locura de las opiniones transitorias, la ceguedad de las masas vendadas. Ese ejemplo de valor será saludable a las generaciones. Todo ello entrará en la leyenda que es historia y será vestido de belleza por los glorificadores que vienen. La gloria verdadera aguarda a quien poco se preocupó de la gloriola. La gloria de los serenos combatientes de los sublimes combates. La gloriola acaba con la persona; la gloria es del alma y va a la inmortalidad. Esto será cuando el estupendo novelador esté al lado del estupendo poeta, en el Pantheon.
No os extrañéis que junte a esas dos figuras gigantescas. Si Hugo fué Genio, Zola fué Hombre. No, no fué genio el creador de los Rougon Maquart, porque el genio está sobre la razón, sobre la lógica, sobre la realidad. El genio es intuición, y Zola, con ser tan soberbio poeta, fué un metódico, un inductivo, un matemático. El obró con la razón, con la verdad cognoscible. El fué el esplendoroso idealista de sus últimas novelas-poemas, por haber llegado ya hasta el territorio de Utopía, después de compulsar el millón de documentos que afirmaron la exactitud de su creación anterior. Creía en la perfectibilidad de la máquina social. Iba hacia el oriente de su sueño con la fe invencible en la Canaán venidera. Los pueblos tienen necesidad de los genios, pero quizá más de los verdaderos hombres.
Grabada en mi mente quedará la ceremonia fúnebre en que vi pasar el carro negro en que iba aquel que resucitó en nuestra época, llenos de nueva vida, al león, al águila, al buey... A Lucas, a Marcos, a Mateo. Sobre su tumba, en el cementerio, hablaron los letrados y el gobierno. Los hombres que llevaban eglantinas rojas desfilaron. Las arrojaron sobre el gran compañero muerto... Y parecía que había brotado de repente, «vivo como la sangre», ¡un plantío de amapolas!
GORKI
E aquí un autor cuya boga es ciertamente justa; este ruso que viene después de Gogol, después de Turgueneff, después de Tolstoï, después de Dostoieuski. Su nombre, recién descubierto, resuena y va hoy por toda la tierra civilizada, de otro modo que las recientes importaciones polacas, ya en baja en la moda y en las librerías. Este autor es un exótico y un sincero. Los críticos franceses se quejan del imperio del exotismo, del triunfo de tantos nombres extranjeros en el público francés. La razón de la preferencia por tantas obras de otras naciones, es clara. El público de Francia está sujeto desde hace mucho tiempo a una alimentación intelectual especial, que equivale a la cocina nacional; platos exquisitos, demasiado bien hechos, muy pimentados y perfumados de la trufa gala; pastelería de gastados o de gentes de demasiado alegre vivir, en que se llega hasta el gateaux a base de kola. Es el reino de lo artificial. Cuando se importa un buen plato fortificante y natural—las gentes del Norte los tienen muy buenos—, los consumidores se regocijan y agotan el artículo. Así los beefsteacks de reno de Ibsen, o los rostbeefs de oso de Tolstoï. Otra cosa son las en extremo comerciales ensaladas de Sienckiewicz y compañía.
Siguiendo en comparaciones suculentas, diré que lo que trae Máximo Gorki es alimento fuerte y nutritivo; solamente semejante a una olorosa barbacoa, o a una carne con cuero, o asado al asador—tanto la estepa está en correspondencia fraternal con la Pampa—. La estepa sería la hermana pálida.
Gorki es una voz que clama en la estepa; y el mundo le escucha porque ha tenido la suerte de llegar en buena hora. Gorki es lengua de pueblo, y se hace oir con el aliento de todo un vasto pueblo; y como es hondamente humano, su palabra es comprendida por toda la pensativa humanidad. Es vasto pensador brotado entre las muchedumbres como un alto pino en una floresta. Observa en el mundo que ha rozado gestos y enigmas. Su espíritu es el espejo baconiano: speculumm quoddam incaotatum plenum spectris et visionibus. Su obra, que está repleta de vida, se siente, por lo tanto, llena de misterio. Es uno de esos autores, muy raros por cierto, que hacen comprender la divina afirmación de Shakespeare sobre las muchas cosas que hay en la tierra y en el cielo incomprensibles para nuestra filosofía. Es una alma inmensa que ha recogido y anotado los gritos, las violencias y los sueños de sus hermanos que sufren y caen. Es el San Juan de Dios de los malditos. Con todo esto, naturalmente, comprenderéis que no se trata de un literato. No es «el distinguido escritor», ni «el eminente novelista», ni «el célebre hombre de letras». En efecto, se trata de un atorrante.
Entendámonos. Un atorrante argentino, un tramp inglés o norteamericano, un gueux francés; es el feliz filósofo del arroyo, el príncipe de la miseria, el hermano de los perros, el abandonado que abandona, el ser a quien nada preocupa y nada estorba. Gorki no ha sido, pues, un atorrante; pero ha vivido la vida de un atorrante, de los tristes, de los pobres, de los hambrientos que en la horrible miseria rusa mascan tinieblas y beben aguardiente, el veneno nacional; luego, la vida de los obreros, peor por otros motivos que la de los vagabundos; y en esa enorme nación, cuasi oriental, en que ha nacido y sufrido, ha sentido las palpitaciones y los suspiros de las masas pasivas, las manifestaciones de esa enigmática alma rusa, tan propicia a la visión y al misticismo, entre las labradas arquitecturas, sobre el país extensísimo y frío, y bajo la opresión de un Gobierno semiteocrático, y de una vida social abrumadora, extraña a la piedad, en un ambiente de fatalismo. Gorki trata asuntos que otros escritores rusos han tratado, y tiene algunas veces semejanza con ellos, con Korolenko, por ejemplo, o con Tolstoï; pero tiene más verdad que todos, puesto que extrae de su propia carne, de su propia experiencia; ha escrito «con sangre», como diría el gran loco del Zarathustra. En cuanto a Tolstoï, un escritor de la penetración de Rachilde, dice con razón: «El conde Tolstoï es un gran señor incapaz de juzgar las cosas de otra manera que desde lo alto. Gorki, que casualmente ha visto de cerca la existencia misma de ciertos rusos, dice verdades, pero no echa su maldición a nadie... porque los verdaderos filósofos saben que es inútil maldecir o bendecir. Tolstoï puede muy bien ser un loco. Gorki es ciertamente un cuerdo, y, sobre todo, un poeta ebrio de la naturaleza antes que de fanatismo.»
Gorki es joven. Desde sus primeros años ha sabido lo que es la lucha por la vida, por el simple pan, en la tierra de la miseria y de la nieve. Ha podido observar todos los egoísmos y todas las infamias, y si no se contaminó, fué por exceso de virtud natural; virtud, fuerza, valor. Si no hubiese sido un intelectual genial, sería un gran bandido. La mano del diablo de su suerte le puso todos los malos pasos a la vista, todas las trampas para hacerle caer: necesidad, mal ejemplo, injusticia, medio corrompido y alcohol... De todo triunfó el arcángel triste que lleva adentro. Imaginaos un adolescente casi, lleno de sueños, con un enorme corazón sensitivo y una admirable comprensión de las cosas y de los hombres, obligado por la más dura pobreza a trabajar en los más ásperos oficios y a comunicarse tan solamente con obreros esclavizados, con pobres viciosos; a padecer la crueldad y la malignidad de los capataces y de los patronos, panadero, herrero, vendedor ambulante, buhonero, y a encontrarse a cada paso con el crimen, con el asesinato, con el robo; y al mismo tiempo a comprender cómo la mayor parte de los criminales eran principalmente obra del medio, víctimas ellos mismos del daño ambiente. Así creció, así aprendió a leer y a escribir; así surgió de pronto un colosal revelador de lados desconocidos y profundos del alma eslava, con un verbo claro y neto, como los hechos, sin afeites de estilo; pero fotógrafo maravilloso, que deja ver lo interior de las cosas, algo como los rayos X de la escritura; y desprendiéndose de sus imágenes sorprendentes un vapor de luz piadosa, un noble amor humano y un respeto por lo desconocido, por el grave misterio en que vamos a tientas. Dios aparece, se hace presente, en lo vago, aunque no se nombre a menudo, como en otras obras rusas en que los ímpetus místicos de esa gigantesca raza pueril se muestran frecuentemente entre el sufrimiento y el miedo. Mas surgen a cada paso las que él llama «las grandes y perturbadoras cuestiones que se abren como abismos ante la razón humana y lo llevan irresistiblemente hacia las tinieblas». El no asegura «esto es» ni «esto no es». No tiene necesidad de las enseñanzas del pope, ni hace su oración ante la panagia; pero sabe, como todo verdadero meditativo, que en las manifestaciones de la naturaleza, y, sobre todo, en el hombre mismo, hay oculto un secreto que pugna por demostrarse, y que en la complicación de la existencia no hay un gesto inútil ni un movimiento que no tenga su razón. Por esto sus ideas de religión no se hacen decisivas hacia una afirmación teológica, ni caen en el escepticismo; y sus ideas de justicia están basadas en una moral superior, que sorprende en lo inexplicado y fatal la causa de los hechos, de manera que, en parte, la delincuencia es un mal cuya responsabilidad no recae toda en quien viene a ser como un grano de trigo bajo la piedra triturante de su destino. Una parte de la culpa no está entre los hombres.
Uno de sus principios es que algo de malo hay en todo hombre bueno, como algo de bueno hay en todo hombre malo; es la antigua dualidad, que lucha en el ser humano, elemento. La cordura de Gorki sabe que no debe nunca ser osado a sobrepasar la lógica categoría. Su temperamento singular obra adecuado en ese medio de su país, en que una especie de sonambulismo colectivo parece que se uniese, en las pasivas muchedumbres, a la oriental resignación de padecimientos seculares.
La organización social rusa ha herido con sus durezas y angulosidades la delicadeza del espíritu superior, nacido para otra existencia que la de la inacción y la esclavitud. Sus heridas sangran muy vivamente. «Precisa haber nacido—dice—en una sociedad civilizada para tener la paciencia de vivir en ella toda la vida y no sentir nunca el deseo de alejarse de esa esfera de convenciones penosas, de venenosas mentiras consagradas por el uso, de ambiciones enfermizas, de estrecho sectarismo, de diversas formas de falta de sinceridad; en una palabra, de toda la vanidad de vanidades que hiela el corazón, corrompe la inteligencia y con tan poca razón se llama la vida civilizada. He nacido y me he criado fuera de esta sociedad, y, por tal motivo, no puedo aceptar su cultura a fuertes dosis sin experimentar en seguida la necesidad de salir de su cuadro y olvidar las complicaciones múltiples, los refinamientos enfermizos de tal existencia.» Estamos lejos del sentimentalismo de Rousseau. Siguiendo los pasos de Gorki, a la orilla de los mares natales, o entre las isbas de la campaña, por las calles de las pequeñas ciudades, como a la entrada de las populosas, vemos, por fin, que entra en el país Anarquía. Va llevado por amor y por odio, las dos fuerzas que ritman los latidos de su inmenso corazón.
Su procedimiento es absolutamente sencillo. Ha visto, ha padecido, y cuenta con una lengua desnuda, pero señalada de gestos, de ademanes indicadores, iniciadores de hechos venideros o que traen reminiscencias de hechos pasados. Y aunque la humanidad rusa es verdaderamente especial, los signos son comprensibles y despiertan las correspondencias en cualquier otra raza o en cualquier otro rincón del mundo, en donde se sufra, se llore o se sueñe. Gorki no celebra ni levanta a sus labriegos, obreros pacientes o malignos, o sus vagabundos; pero les cubre con un velo de lástima, y si no los absuelve, como la naturaleza, indiferente, tampoco los condena. De pronto suele señalar en el corolario de una sucesión de acciones o en un hecho aislado los motivos cerebrales, las perversidades congénitas, y de acuerdo con esto, con la conciencia moderna, excusa la misma criminalidad. Todo aparece embebido en ese vapor de vodka que flota sobre el pueblo ruso, ese alcoholismo alucinante que ayuda a la eclosión de las malas fuerzas secretas en el silencio de las noches espectrales y llenas de misteriosa complicidad.
La naturaleza atrae a este genial intelecto con su encanto y su libertad salvaje, y sabe leer en ella, comprende más de un jeroglífico, pone el oído a más de una voz del más allá. Es una especie de Novalis ingenuo que ha caminado mucho tiempo teniendo hasta el pecho el lodo del camino de la vida, pero que ha sido sostenido por la gracia demiúrgica y por la mirada de las estrellas. Siente que las ideas entre las olas y el aire pierden su acritud y hasta la vida su valor. Ha tomado más de una vez consejos del ruido del mar, y se ha apaciguado su alma al soplo infinito. Y ha soportado las lecciones del vivir ayudado por la bondad del alma universal. Cuando alude a sucesos de su vida, cuando narra cosas dolorosas de su existencia, las tempestades que han golpeado su juventud, es de una simple elocuencia dominadora. Hay, entre otras, una anécdota en uno de sus cuentos que abre una puerta de claridad sobre su experiencia de bregas, de desconfianzas y de desconsuelos, en que sólo ha podido triunfar a fuerza de perseverancia, de labor y de valor. Narra su odisea con un príncipe georgiano, a quien por lástima tuvo que acompañar y alimentar, él, pobre obrero, en un viaje largo y miserable hasta Tifflis... «Le daba de comer, le explicaba los bellos sitios que viera, y recuerdo que una vez, habiéndole de Baktchisarai, le cité algunos versos de Puchkine. No le produjeron efecto alguno. «—¡Ah, versos...! Mejores son las canciones. Conocía yo a un georgiano, Mato Legeava, que sabía cantar... ¡Qué canciones! Gritaba mucho, mucho, parecía que le clavaran un puñal en la garganta. Mató a un posadero y le enviaron a Siberia...—» Cada vez que volvíamos a juntarnos perdía un poco más de su estima, y ni se tomaba la pena de disimularlo. Nuestros asuntos iban mal. Apenas podía ganar yo un rublo o un rublo y medio por semana, y esto era poco para dos. Las limosnas que recibía Charko no nos procuraban grandes ventajas. (El príncipe prefería mendigar a trabajar...) Su estómago era un abismo que todo lo sorbía: uvas, melones, pescado salado, pan, fruta seca. El abismo parecía crecer y exigir mayores ofrendas. Charko (el príncipe) me pedía que nos marcháramos de Crimea, diciendo que estábamos ya en otoño y que aún nos quedaba gran trecho que recorrer. Convine en ello. Salimos de Crimea y nos dirigimos a Teodocia, con objeto de ver si se ganaba algún dinero. Volvimos a mantenernos de fruta seca y de esperanzas. Veinte verstas más allá de Aluchta nos detuvimos para pasar la noche. Decidí a Charko a andar por la playa. El camino era más largo, pero yo quería respirar la brisa marina. Encendimos una hoguera y nos tendimos junto a ella. La noche era espléndida. El mar, de un verde obscuro, chocaba contra las rocas a nuestros pies, y el cielo, estrellado, callaba sobre nuestras cabezas. A nuestro alrededor suspiraban la maleza y las hojas de los árboles olorosos. Aparecía la luna. Un pájaro cantaba, y sus trinos resonaban en el aire, lleno del ruido dulce y acariciador de las ondas, y cuando este ruido hubo cesado oyóse el agudo chirrido de un insecto. Brillaba el fuego alegremente, parecido a un gran ramillete de flores rojas y amarillas. El vasto horizonte del agua estaba desierto, sin nubes el cielo, y yo, en el borde de la tierra, soñaba con lo infinito... Embriagado por la majestuosa belleza de la noche, me desvanecí en una maravillosa armonía de colores, sonidos y perfumes; el tímido sentimiento de una presencia augusta embargaba mi corazón, que con fuerza de un júbilo extraño cesó de latir... De repente Charko se echó a reir. «—¡Já, já! Vaya una cara que pones. ¡Pareces un carnero! ¡Já, Já!—» Me asusté como si un rayo hubiese caído junto a mí. Era peor. Sí, mucho peor.»
He citado ese pasaje porque encierra en sí mucha enseñanza, porque pone de manifiesto la imposibilidad de conciliación entre el intelectual y los elementos que desgraciadamente componen, tanto en Rusia como en el resto de la tierra, la joven aristocracia. Esto es lo que provoca lo que llama el Creador de valores nuevos, «la creciente del nihilismo».
El porvenir habla ya por mil signos; ese destino se anuncia por todas partes; para escuchar esa música del porvenir todos los oídos están atentos. «Nuestra civilización europea toda se agita desde hace largo tiempo bajo una presión que va hasta la tortura, una tensión que crece de diez en diez años, como si quisiera provocar una catástrofe: inquieta, violenta, precipitada; semejante a un río que quiere terminar su curso, que no refleja ya, que teme reflejar.» La filosofía de Gorki es un substrátum de experiencia. Su escuela ha sido la desgracia en la edad de la ilusión y del amor. Por eso él mismo cree y afirma: todos los hombres que luchan por la vida, que están presos en su lodo, son más filósofos que Schopenhauer, porque jamás una idea abstracta tomará una forma tan precisa como la que el dolor arranca de un cerebro. Este potente candoroso es un extranjero delante de los retóricos, delante de los arregladores de fórmulas y de palabras. «Estos se extasían—dice—para sostener su reputación de hombres que comprenden la belleza, y no porque sientan el encanto sin par de la gran madre, fuente de toda vida, manantial de fuerza.» En el descanso de los azares de su vida algunas grandes almas han comunicado con él a través de los libros.
No es un letrado, no es un leído, mucho menos un universitario; pero de cuando en cuando uno conoce, por una cita o por una comparación o reminiscencia, sus autores favoritos o los que han dejado alguna huella en su mente. Fuera de la literatura rusa se ve que ha leído a Shakespeare y a Cervantes, y a este último se nota que le ama, gracias al maravilloso Caballero, como Heine. Ha leído también a Swift, y debe haberle sabido áspero y fuerte como un trago de vodka. Mas su libro principal es mucho más vasto y más repleto de verdades. Hablando de un ingrato, dice:
«Me enseñó muchas cosas que no se hallan en los más abultados libros escritos por los sabios; porque la sabiduría de la vida es siempre más profunda y más amplia que la sabiduría de los hombres.»
Los libros de Gorki pueden parecer demasiado secos a los lectores de cosas bonitas, de libritos coquetos y sabrosos, hechos por desahogados diletantti o por industriales de la literatura; pueden aparecer inmorales a los hipócritas que se regodean con las peores obscenidades con tal que vayan disimuladas entre encajes de Francia o decoradas de estetismo italiano; pueden parecer absurdas a quienes van por el mundo como dormidos o privados por ingénita estupidez del don de comprensión y de meditación. El matrimonio Orloff es una obra maestra en todas partes; los cuentos de Gorki son diamantes en su género. Los tres es una novela de una fuerza y de un interés tales, que no puede abandonarse una vez empezada. Es un estudio de fatalidad, una reproducción verídica de una existencia atormentada y conducida al crimen por la violencia y la inflexibilidad de la suerte, en un medio cruel y temeroso. La obra interesa tanto a los sabios que buscan resolver el problema de la justicia, basados en el estado de la máquina humana y de los medios sociales, como a los que, espiritualistas esperanzados o convencidos, juzgan que no se mueve la hoja del árbol sin el influjo de una potencia suprema y secreta. ¿Le seguiremos llamando Dios, si gustáis?
EL POETA LEÓN XIII
«Ma gia morte s’appressa: ¡deh! in quell’ora
Madre, m’aiuta lene, lene allora
Quando l’ultimo di ne disfaville
Con la man chiudi le stanche pupille;
E conquisto il demon che intorno rugge,
Cupidamente, all’anima che fugge
Tu, pietosa, o Maria, l’ala distendi:
Ratto la leva al cielo, a Dio la rendi.
UANDO La Nación, de Buenos Aires, me envió a Italia y comuniqué la impresión que hiciera en mi ánimo el augusto Papa blanco que hoy descansa en la muerte, citaba esos versos suyos, religiosos y pálidos como cirios. Como cirios son los versos de León XIII, por la palidez y por la llama, y porque, aun cuando en veces iluminasen cosas profanas, se consumen por Dios. Admirad y alabad al teólogo tomístico, al político progresista, al evangélico sociólogo, al sesudo autor de sus encíclicas. Yo celebro al poeta; yo celebro al pastor de pueblos que se detiene en sus paseos matinales a ver cómo crecen las flores del jardín de Horacio; al tiarado frecuentador del Dante; al viejecito transparente y delicado que se está muriendo y dice: «Escribid lo que voy a dictar»; y lo que dicta son versos. Versos puros y clásicos, versos que brotan con son castalio de una límpida fuente latina. Celebremos, los que guardamos aún como un raro tesoro, el entusiasmo, la pasión de un ideal de Belleza, la memoria del que, bajo el inmenso peso de su triple corona, conservó ligero y alado el pensamiento, y armoniosa y dulce la palabra, en relación apacible con las inmarcesibles musas. Pues el lírico que acaba de dejar su jaula dorada del Vaticano sabía amar la vida y celebrar sus dones, y en sus exámetros católicos oiréis un rumor de abejas paganas.... Son abejas que se han posado en las rosas de Virgilio y sobre los mirtos de Flacco... ¿Qué importa? Él llevaba a la pradera en que las ninfas de rosadas carnes han sentido el frescor del rocío de la aurora, sus pasos piadosos; junto a Filomela hacía revolar la blanca paloma del Espíritu Santo, y el gran Pan veía pasar entre las verdes hierbas, paciendo, maravilloso de candidez y de luz sublime, un corderito cuyos mansos ojos reflejan el universo, y cuyo contacto purifica la negra tierra: el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
No otium, sino ars cum dignitatem... Se veía que se había refrescado en el agua de Juvencia; la vida lo amaba.
El admirable Pontífice podía decir: «Entendámonos, una vez por todas. Hay sentencias que aceptamos porque sí, sin razón alguna, porque han sido dichas por personajes remotos, en una lengua muerta más o menos... Así, creemos como una verdad, porque está en griego, lo de que los amados de los dioses mueren jóvenes. No hay tal cosa. Los amados de los dioses mueren viejos... Y si, además de eso, son amados de Dios, mueren más viejos aún, como moriré yo, Arcade de Roma y Obispo del mundo, León XIII. Los que mueren jóvenes son los amados de los diablos...» Y a fe que hubiera hablado con mucha razón.
Desde sus primeros versos hasta esa serena y sentida Nocturna ingemiscentis meditatio que, en los instantes mismos de su Extrema Unción, pulía y repulía clásicamente, el favor apolíneo se revela, al propio tiempo que el apego a las formas ilustres y a la lengua sabia, que hacen del sagrado scholar uno de los últimos cisnes que habría el de Mantua acogido con placer en su lago sonoro.
No es de gran importancia saber si aquel canto nocturno fué el último, o si lo fué su composición en honor de San Anselmo:
Puber Beccensi cupide se condere claustro
Patricia Anselmus nobilitate parat,
Sub duce Lanfrancus, studiosus et acer alumnus
Sub patre Herluino crescit et usque pius;
Florentem ingenio juvenem ad cœlestia natum
Quem non perficiat tale magisterium?
Hinc pastor fidel divinæ, hinc munere doctor
Sublimi in superis vertice conspicuus.
Es el caso que supo morir líricamente, y en belleza, como un cisne. Después lo descuartizó la Ciencia y lo expuso la Tradición...
Se le ha comparado con un águila, con un águila blanca, con una blanca águila vieja. Chartran, que lo pintó orando; Laszlo, que revela sus manos; Benjamín Constant, que quiere mostrar su pensamiento; los pintores todos, que han dejado en el lienzo la venerable figura, parece que tuviesen la obsesión del ave jupiterina, que es también pátmica. Cuéntase que, en un instante de buen humor, se quejó el Papa a uno de esos artistas de que hubiese insistido tanto en su nariz... En la obra de Laszlo, las manos semejan garras marfileñas... Ya os he dicho cómo para mí la diestra de León XIII, al tenerla entre mis dedos, al depositar en ella, sobre la gran esmeralda de la esposa, mi beso sincero, me pareció una madeja de seda, una flor, un lirio de cinco pétalos, un viviente lirio pálido, o, acaso, una pequeña ave de fina pluma... Ha habido diabólicos escritores de calumnias que han dicho que con esas pálidas manos estrangulaba pajaritos que hacía cazar con redes de seda en sus jardines. En cuanto a las grandes narices, ciertamente son ellas la que patentizan la raza aquilina, y por otra parte, el Padre Santo debía haber sabido que, entre los poetas, de Ovidio a Cyrano, las grandes narices han sido acariciadas por la gloria; y entre los filósofos, Aristóteles, en el tratado de los Animales, hace su elogio. No recordaré, por excesivamente profano, el de Lampridio; pero sí la afirmación de un antiguo autor italiano: «Il naso grande da argomento d’uomo da bene.»
La nariz, la faz toda, era de águila, como la de Dante, y como la de Poliziano era de rinoceronte. Voltaire también la tenía de águila, y cuando he vuelto a ver el busto de Houdon y he renovado en mi memoria la máscara pontificia, he visto, en verdad, que César Zumeta y Hughes Le Roux tienen razón: en los labios de Pecci existía la sonrisa de Arouet... Nada quita esto a su alta potestad, a su fe celeste—lumen in cœlo—, a su misión sagrada de representar sobre la faz de la tierra al Divino Doctor de la Dulzura. Quiero fijarme, sobre todo, en su carácter de intelectual; y a propósito de la sonrisa, certificar que el poeta León XIII era cien veces superior, lira en mano, al admirable y detestable autor de La Pucelle... Pero ambos no cazaban moscas.
Poeta y rey, se ha visto mucho, desde el santo rey David, hasta Oscar de Suecia y Carmen Silva. Eso es fácil y aun decoroso de ser, cuando no se caza el jabalí o el hombre. Poeta y Pontífice se ha visto menos, se ha visto rara vez, y tan solamente vienen a mi recuerdo los nombres de Gregorio el Magno, que inmortalizó el canto católico y que merece el nombre de poeta; Eneas Silvio Picolomini, y León XIII, que no temían la compañía de las Piérides y ajustaban sus ideas ortodoxas a la vieja y mágica música que celebró al pío Eneas o los encendidos labios de Cloe. Los asustadizos tienen el sedativo antecedente de la homilía de San Buenaventura, que no juzga pecaminosa la frecuentación de las liras antiguas desechadas por el severo Jerónimo. Mas, ¿qué han sido sino almas artísticas los ministros de Cristo, que en lo antiguo como en lo moderno han creído con justicia que honrar a Dios por la Belleza no es más que honrarlo con creces? Como Gregorio, Agustín amó la música; Ambrosio el milanés, la hermosura litúrgica; Gregorio el de Nasianzo, la poesía, con toda la falange de los poetas místicos latinos de la Edad Media; Marbodio el de las gemas, Paulino de Nola, Rústico, Juvenco, Lactancio, Sedulio y todos los demás que tan bellamente ha exhumado en nuestros días la noble erudición de M. de Gourmont. Así, dice el venerable Beda hablando de los viejos poetas cristianos, sus versos inspiraban el desprecio al siglo y avivaban en las almas el ansia de la vida eterna.
Hicieron suyas también las ideas de la Escritura y dieron tanto encanto a su poesía, que los más sabios doctores se complacían en escucharlos. La creación del mundo, la caída del primer hombre, el cautiverio de Israel, su salida de Egipto y su entrada en la tierra prometida, la encarnación del Verbo, todas las peripecias de su redención, su resurrección del sepulcro, su subida al cielo, la venida del Espíritu Santo, la iluminación de los apóstoles y la maravillosa conquista del mundo por la doctrina de Jesús, eran alternativamente el objeto de sus cantos. Describían también a grandes rasgos el terror del juicio futuro, los horrores de la cárcel eterna y el dulce reposo del reino celestial; pero la pintura de la bondad de Dios y de su justicia les servía mucho más a menudo para hacer volver a los pecadores al amor del bien y a la práctica de la virtud. En parte, pueden aplicarse esas palabras a las poesías de Su Santidad difunta. Mas hay en él relampagueos que turban, de repente, la tranquilidad de la poesía ungida en el seminario. No en vano se roza uno con el enorme Alighieri. Tiene León XIII versos domésticos, consejos a la juventud, plegarias y simples recreos académicos, como su elogio a la fotografía; mas, entre sus poemas italianos y latinos, hallaréis de pronto la huella de la garra y la señal del aletazo. En verdad se dice: ¡Ha muerto una vieja águila blanca!
«Va, Benvenuto mio, che tu sei un valente uomo...» Un Papa es quien dice esas palabras al Cellini, y juzgo que, si León XIII hubiese estado en lugar de Clemente, habría dicho lo mismo. Pues era varón de altas vistas, de intelecto fuerte, y que por culpa de la política prosaica y baja de su siglo no pudo hacer brillar en San Pedro la luz de un nuevo Renacimiento. Mas, ¿quién mostro un espíritu más liberal que él frente a la ciencia moderna, con todos sus tanteos e ineficacias, junto a relativas victorias; o haciendo abrir por vez primera, a la curiosidad de la historia libre, los secretos de los archivos vaticanos, a punto de decir cuando se le observó que cierto célebre francés protestante revolvía y anotaba todos los registros: «¡Qué importa! ¡Decidle que no oculte nada, que lo publique todo!»; o entrando en la peligrosa cuestión social, de manera que traía a su verdadero origen y justicia el deber del rico y del proletario? Artista de armiño y púrpuras papales, como Gregorio, se complacía en la audición de los cánticos eclesiásticos; como Julio, gustaba de la arquitectura y de la pintura; como Clemente, de la escultura y de la orfebrería; como Alejandro, de la suntuosidad y de las magnificencias decorativas, y más artista que todos, en sí mismo, tenía el secreto del ritmo, la gracia de la expresión, el cetro del verso. Bien sentiría el ambiente de paganismo que en la basílica de las basílicas dejaron tantos antecesores suyos que alegraron la tristeza católica con la resurrección de griegos esplendores, y colocaron la concha sobre que se posaron los pies de la Anadiomena como pila de agua bendita.
De todos modos, los dioses ministraban a Jesucristo: Baco, el vino de la consagración; Ceres, la harina de la hostia; Hebe, la copa del misterio y del sacrificio. Y Pan, su siringa, convertida en los tubos del órgano basilical. Y bajo la mirada de Dios han vivido y vivirán los dioses, porque es mentira que ha muerto ninguno de ellos... Los dioses no se han ido, los dioses no se van: cambian de forma y continúan animando el universo y aplicando su influencia sobre el hombre.
El espíritu de León se despertó a la vida artística desde que, en su Carpineto natal, contempló el espectáculo de una naturaleza vivaz y palpitante: las viejas casas de piedra, el valle feliz, las parlantes aguas del Fossa, las metálicas hojas de los olivos, los bosques, en donde el pintoresco pino italiano dice como en ninguna parte su poema vegetal, y las alturas rocallosas que se incrustan en el cristal azul de un cielo incomparable, el cielo donde arde el sol del Lacio.
Y luego, cuando pasados los años de fatigas estudiosas y de sucesivos triunfos llega, ya anciano, al más elevado de los tronos, no hay duda que el poeta se sintió en él más alado y satisfecho que nunca. Tiene en la gloria de su vejez la omnipotencia moral, el esplendor de los césares y de los visires, los flabeles de Salomón, tres coronas superpuestas que irradian como constelaciones; seda, púrpura, oro, mármoles labrados por todos los semidioses del cincel, desde Fidias y Praxíteles hasta Miguel Angel; tiene eunucos como los príncipes musulmanes, mas eunucos melodiosos que cantan como los ángeles del teológico paraíso; tiene el anillo del Pescador y la portantina que conducen los rojos servidores; es una de las dos mitades de Dios que dijo Hugo; tiene el grato vino de Velletri y la torre Leonina; palomas, papagayos y pavos reales que decoran su jardín, cuando en sus paseos va a repetir un exámetro al son del chorro de la fuente, o a ver representar un antiguo misterio, o a meditar en la suerte del mundo, o a evocar la llama del Santo Espíritu, o del deus, o del daimon que le inspiraba. Ardiente pompa cardenalicia, uniformes que traen al presente la grandeza y el decoro de edades más estéticas, frescos en que los más maravillosos pintores de la tierra perpetuaron los sueños de los profetas, las visiones de antiguos iluminados o sus propios sueños o visiones; he ahí lo que rodea al cantor que bendice. Y viviendo en un tiempo sin armonía, en una época sin fe y sin belleza, él cultiva con mayor empeño su idioma armónico, su poético verbo, y es como el Orfeo de las catacumbas, que se confunde con el divino pastor de Galilea.
¡Duerme en paz, vieja águila cándida que te has perdido en el desconocido sueño! Asciende, alma rítmica, que saliste como de un copo de espuma o de un císnico plumón. El mundo sigue en su lucha incesante; la humanidad continúa en su inacabable guerra; los sabios de buena voluntad van en la obscuridad en busca de un secreto que no encontrarán nunca; las pasiones siguen ardiendo entre los incensarios del demonio; las naciones se miran con el recelo de los individuos; los reformadores claman sus sueños al viento; tan solamente el Arte sigue en la misma altura solar, todo de luz y de intuición sagrada, mirando las obras humanas con ojos de infinito. Un día os dije: «Sois filósofo, y volando sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la Summa; sois teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois justo, y de vuestro altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun cuando con el César no andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y discurriendo y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos italianos habéis alabado a Dios y su potencia y gracia sobre la tierra.
«Allí, en vuestro palacio, en la Stanza della Segnatura, Rafael, a quien llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave sobre las cosas de la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la armonía; la Teología, sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella de acompañaros y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y en donde, de seguro, no entran los que tan solamente fueron justos.» Tal habrá acontecido, ¡oh, santísimo Padre y querido poeta! Y no debéis de haber encontrado muchas dificultades en la Jerusalem celeste. ¿Qué mejor guía para el Paraíso que aquel que fué guiado por Virgilio y cuya obra estupenda tuvisteis siempre en compañía de vuestro breviario?
LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA
E he acordado, en una mañana de comienzos de otoño, de ir a ver a mis viejos amigos los viejos libros de las orillas del Sena. Es un paseo higiénico, melancólico y filosófico. Desde el Quai d’Orsay hasta más allá de Nôtre-Dame, se goza de espectáculos imprevistos, fuera de lo pintoresco exterior. Por allí he visto una vez, con un chambergo semejante al del general Mitre, al sabio Mommsen. Por allí he encontrado al poeta Paul Fort y a M. Remy de Gourmont. Por allí saludé una vez al Dr. Bermejo. El «morne» Sena verleniano corre abajo. El Louvre alza su masa gris. Los vaporcitos se deslizan. Omnibus y automóviles pasan veloces entre los «quais», las casas viejas y el venerable Instituto. Arregladas o amontonadas las cantidades de papel impreso, son el atractivo de especiales visitantes y compradores, curiosos, bibliófilos, bibliómanos, filósofos, poetas, estudiantes. No es raro ver también junto a una grave peluca, junto a un extraordinario y antiguo gabán, la cara sonrosada, los cabellos rubios de una muchacha. Cuando es en buen tiempo primaveral, hay pájaros en los árboles vecinos.
Ancianas biblias, caducos misales, forman pilas sobre el parapeto. Colecciones de ilustraciones viejas hacen largas trincheras. Y entre las cajas de los «bouquinistes» está la profusa tentación de los aficionados. Allí hay de todo. Hay sus pequeños «inferii», de cosas prohibidas, vulgares novelas cantaridadas, tratados secretos para colegiales y gentes de cierto jaez. Especialistas ofrecen clásicos de Aldo Manucio, o de las memorables imprentas de Flandes. Ya ha pasado el tiempo en que se podía encontrar una ganga por casualidad, la joya bibliofílica que valía dos o tres mil francos y costaba treinta o cuarenta céntimos. Hoy todos esos vendedores estacionados a lo largo de los «quais» saben perfectamente lo que venden, y las buenas fortunas de los buscadores de antaño se hacen casi imposibles. No obstante, la baratura de lo que por lo general allí se encuentra, es notable. La obra rara, con todo, allí como en todas partes, habrá que pagarla caro.
Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto sobre los vendedores de libros de las orillas del Sena. Otros escritores han pintado la curiosa vida de esos sedentarios del aire libre que, invierno y verano, bajo la nieve o bajo el sol, tienen por oficio sacudir el polvo a su mercancía y aguardar al cliente o al transeunte que se siente atraído por la fila de cajas y los montones de papel impreso. Los tipos de vendedores son variados, como los de los fieles bibliómanos. No escasea entre los primeros el erudito, que os da una lección de historia de la tipografía, de ediciones princeps, de incunables, mientras os vende un apolillado Horacio o Cicerón. Entre los segundos se ven apacibles profesores, sabios condecorados, simples sabios. He creído en más de una ocasión encontrarme con la amable figura de M. Bergeret... Lo que es a M. Anatole France no he visto jamás, demasiado metido en políticas y socialismos como está, él, el más aristocrático de los escritores franceses, que desaparece de repente de París y aparece en los palacios de príncipes italianos, sus amigos, o se va a Egipto, o a Atenas... No tiene ya tiempo de ir a las deleitosas correrías del bibliófilo, que en un tiempo fueron su placer. Junto a los respetables profesores, al lado de los tranquilos amantes de la sabiduría, detiene el vuelo una bandada de poetas y artistas jóvenes, cabelludos aún, o mondos, de modestas indumentarias, aires pensativos, ojos llenos de ensueños, miradas llenas de ideas. Pobres como los ruiseñores, compran poco, hojean mucho. Abundan los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen un gran recurso cuando se sienten atacados de la tradicional inopia. Saben que el vendedor les compra con seguridad, a un precio relativo, sus volúmenes. Así, un código comentado contiene muchos almuerzos, muchas comidas en las cremerías del Quartier. Esos volúmenes siempre tienen salida, y duermen en su caja como en un Monte de Piedad. Son muchos los «magazines» ingleses y las publicaciones científicas de todas las partes del mundo. El Instituto provee largamente a los «bouquinistes». Hay pilas incontables de tesis, antiguas y recientes, y obras enviadas a eminentes académicos, con sendas y elogiosas dedicatorias.
Lo que más se encuentra, naturalmente, son novelas, novelas de todas clases y de infinitos autores, desde los del siglo XVIII hasta los de nuestros días, ejemplares de libros que «acaban de aparecer», a 3,50 francos, y que se venden por 80 céntimos. Hay rimeros de gloria fallida, arrobas de ingenio desperdiciado y averiado, copiosas cosechas de musas trashumantes que trabajaron para el olvido, esfuerzos inútiles... Allí yace la vanidad de la cantidad. Allí reposan los que han «hecho obra»: ¡tantos volúmenes, tantos tomos de crítica, tantas novelas...! ¡Nada, nada, nada! A diez, a quince, a veinte céntimos. La letanía de nombres desconocidos es abrumadora. Abrid un libro, y alguna chispa de talento encontráis siempre. Es el muladar de los ratés y el cementerio de los mediocres.
Impresos en elegantísimo papel, en formatos artísticos, con magníficas ilustraciones, suelen hallarse autores mundanos que han pagado bien caro una tentativa de consagración literaria. Poetas francorrumanos y franco brasileños, antiguos diplomáticos que conocieron a la princesa de Belgiojoso, rastacueros cosmopolitas de las letras, están representados por tomos de versos, momias de poemas, marchitos homenajes, exhumadas galanterías, adornadas generalmente con el retrato de los autores... Vanidad de vanidades y la más inofensiva de las vanidades. Allí duermen arrivistas de ayer, y llegan los de hoy a comenzar su sueño de mañana. En cambio, no he encontrado jamás, en la ensalada barata de esos cajones de literatura usada, ni un tomo de los sonetos de Heredia, ni una «plaquette» del pobre Lelian. Generalmente, lo barato es lo que merece la baratura. Impreso por Vanier, el editor de los decadentes, de terrible memoria, ha consagrado un volumen de versos que se titula Humbles Mousses. Allí leo los siguientes versos que traduzco, pues veréis que el caso merece la pena:
LOS VERDADEROS RICOS
Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día
Y, cubiertos de arpillera o de lienzo,
Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre,
O bajo la cabaña, humilde morada;
Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro abunda
En donde pensáis que estaríais mejor,
Guardáos de lanzar una mirada envidiosa:
¡Sois vosotros los felices de este mundo!
Los pórticos de mármol y los artesonados
Ocultan el cielo, las corrientes aguas;
Cuando se tiene la idea de acumular rentas,
¿Se sabe acaso el encanto de los estíos?
Ni una sola de las felicidades que hacen amar la vida
Se da por el dinero;
La luz serena y el aire, el azul cambiante,
El sol, de alma encantada,
El hechizo de los grandes bosques y la gracia de las flores,
El césped, el perfume de las rosas,
La embriagante dulzura de las innumerables cosas
Bellas de formas o de colores,
Vienen a ofrecerse, sin pedir nada
Al más modesto de los transeuntes,
Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de sentir,
Bosteza el dueño del dominio.
Pronto, cansado de los objetos que apenas ha querido,
Está sin necesidades y sin goce:
Saturado de todos los placeres que da el oro,
No desea nunca nada más.
¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le ame?
El hombre afligido de tesoros,
Se halaga esperando un amor compartido:
Una dote lo atrajo a él mismo.
Su corazón está lleno de sospechas adormidas,
Y mientras que el pobre diablo
Tiene la dicha de creer en la amistad sincera,
El duda de todos sus amigos.
¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma alegre,
Y sin cuidado del mañana
Le véis, caminando, la mano en la mano,
Su palacio hecho a la soberbia,
Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría
De admirar la simple Naturaleza,
Y ese poderoso no puede, ¡oh, triste criatura!
Comprarlos con su oro.
El autor de eso se llama François Haussy, pero ese es el pseudónimo que oculta el nombre de Federico Humbert, el marido de Madame Humbert; que hoy, en la prisión de Fresnes, paga, con ella, las famosas estafas que conocéis. Es decir, no las paga; las purga... Federico Humbert es un poeta a treinta y cinco céntimos en el quai des Augustins...
Mi reconocido orgullo ha recibido en esos mismos lugares importantes lecciones, ¡oh, mis colegas de América! Por allí he comprado unas Prosas profanas, con la dedicatoria borrada, a treinta céntimos. Los que enviáis libros a estos literatos y poetas, a estos «queridos maestros», no sabéis que irremisiblemente vais a parar al montón de libros usados de los muelles parisienses. He comprado, entre otras obras de amigos míos, un tomo dirigido a Jean Richepin por un joven hispanoamericano, tomo de estudios sobre autores de Francia, en los cuales estudios hay uno del susodicho maestro, ditirámbico, ultrapindárico. La dedicatoria, lo más respetuosamente escrita, y dentro del libro, y en la parte dedicada a Richepin, una carta sentida y humilde. Pues bien, Richepin ni se dió cuenta del libro, ni le importó un ardite la dedicatoria, ni tocó la carta; y por treinta céntimos hice el rescate... Qué mucho, si un eminente crítico ha mandado vender en tas gran número de autores editados por el Mercure, sin cuidarse de borrar bien dedicatorias como las que he hallado en las Ballades, de Paul Fort... ¿No os decía que entre los libros viejos de las orillas del Sena se recogen lecciones de... filosofía, y valiosísimos granos de experiencia? Si no, os lo certifico ahora.
Más allá del Instituto hay un intermedio entre libros y libros, el que llenan las cajas de vendedores de medallas, de curiosidades, monedas antiguas, condecoraciones, alfarería desenterrada, y una especie de museo de Historia natural en miniatura. Hipocampos secos, como los que venden los muchachos napolitanos de la costa, corales, piedras preciosas, verdaderas e imitadas, hierros viejos de los que regocijan a Santiago Rusiñol, asignados, autógrafos, esculturas. Allí hay cosas de todos los siglos, desde fragmentos de objetos de la época cuaternaria hasta escarapelas del tiempo de la Revolución. Y más allá, continúa la serie de cajas de libros, custodiados por sus taciturnos vendedores.
Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña rubia comprar por un franco cincuenta, y una sonrisa muy rosada, una Nuestra Señora de París, no lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque lejos de los malos hombres que murmuran y que odian, he saludado al otoño que acaba de llegar; y porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruselas en tiempo del IV Felipe, hermoso, claro, con tapas de pergamino, por sesenta céntimos.
UN CISMA EN FRANCIA
ALOS vientos soplan sobre la barca de Pedro, que Mumen in cœlo dejó en tempestad y que Ignis ardens comienza a dirigir. El catolicismo pasa por una gran crisis; mejor dicho, el cristianismo; mas contra el catolicismo, contra la iglesia romana, se amontonan las más negras nubes. No es la primera vez, y por algo dijo la boca sagrada el non prevalevunt... No hay hoy profetas. Apenas M. León Bloy acaba de resurgir rugiendo contra «las últimas columnas de la iglesia», flacas columnas: Coppée, Didon, Brunetière, Huysmans, Bourget y otras menores, ¡cuán menores! Los rugidos de Bloy no los escucha el siglo, demasiado ocupado con otros asuntos. Entre tanto, en la España católica, la enemiga contra Cristo cunde; en la Francia cristianísima se expulsan las Congregaciones y el anticristianismo triunfa. Un Papa campechano y demócrata, en la Sede suprema, hace perder su brillo y su misterio a la Tradición. Cosa singular. Es en los países no católicos donde el catolicismo se expende y avanza tranquilo. Y un César protestante y fantasioso hace pensar, por su actitud, si no estarán próximos los tiempos en que, como en la Edad Media, se vea la formidable liga entre las dos mitades de Dios, de que habla Víctor Hugo: el Papa y el Emperador.
Hace poco se inauguró la estatua de un gran hombre bajo el auspicio de los socialistas ateos. Ahora bien, leed estas líneas: «No quisiera Dios que yo parezca jamás desconocer la grandeza del catolicismo y la parte que le toca en la lucha que sostiene nuestra pobre especie contra las tinieblas del mal. ¡Cuánto bien brota aún en el seno de las aguas revueltas de esa fuente inextinguible, en donde la humanidad ha bebido, por tan largo tiempo, la vida y la muerte! ¡Aun en esta edad de decadencia, y a pesar de las faltas llevadas al extremo con una obstinación sin igual, el catolicismo da pruebas de un asombroso vigor! ¡Qué fecundidad en su apostolado de caridad! ¡Cuántas almas excelentes entre esos fieles que no sacan de sus pechos más que leche y miel, dejando a otros el ajenjo y la hiel! ¡Cómo a la vista de esas tiendas, ordenadas en la llanura, y entre las cuales se pasea aún Jehová, se desea, con el profeta infiel, bendecir a aquel que se quisiera maldecir y decir: «¡Cuán bellos son tus pabellones! ¡Cuán encantadoras tus moradas!» A pesar de los límites obligados que el catolicismo pone a ciertos lados del desenvolvimiento intelectual, ¡cuántos espíritus que, sin las fundaciones religiosas hubieran permanecido sepultados en la vulgaridad o en la ignorancia, le deben su despertamiento! ¿En dónde encontrar algo más venerable que San Sulpicio, esa imagen viviente de las antiguas costumbres, esa escuela de conciencia y de virtud, en donde se da la mano a Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, a Fenelón?
Aun en esa asociación, a veces un poco inocente, entre el catolicismo y los restos de la vieja sociedad francesa; en ese neocatolicismo, a menudo desabrido, ¡cuánta distinción todavía! ¡Qué atmósfera pura y honrada! ¡Qué esfuerzo ingenuo hacia el bien! ¡Ah! Guardémonos de creer que Dios ha dejado para siempre esa vieja iglesia. Ella se rejuvenecerá como el águila, reverdecerá como la palmera; pero es preciso que el fuego la depure, que sus apoyos terrenales se rompan, que se arrepienta de haber esperado demasiado en la tierra, que borre de su orgullosa basílica: Christus regnat, Christus imperat, que no se crea humillada cuando ocupe en el mundo una posición que no será grande sino a los ojos del espíritu.» ¿Quién ha escrito tales palabras, si no completamente ortodoxas, muy de acuerdo con la doctrina de quien dijo: «Mi reino, ¿no es de este mundo?» Ernest Renan. El orador que hoy pronunciase ese discurso en las Cámaras francesas sería calificado de clerical. Lo que hay es que, a pesar del antiguo espíritu religioso del pueblo, la fe ha sufrido aquí duros embates y todos los buenos anuncios, entre los cuales las grullas de Vogüe y tales o cuales conversiones notorias han sido simplemente ruidos de ideas aisladas o acontecimientos literarios. Cuando el snobismo tendió al catolicismo, la religión padeció una verdadera desgracia. La religiosidad de moda y la oración elegante hicieron más daño que el inofensivo satanismo intelectual y el mediocre cientificismo ateísta. El último, verdadero y peligroso enemigo de toda creencia en el pensamiento contemporáneo, ha sido el antecristo alemán, que fué empujado por la amenaza de una espada de fuego hasta el manicomio.
Mas la Iglesia sufre hoy ataques más formidables que los que la simple política puede dirigirle en cuestiones terrenales, o los que lanzarle pueden filosóficos arietes modernísimos, más poderosos que las pasadas flechas volterianas. Se trata de las revoluciones en el propio seno, de la renovación de antiguas oposiciones contra el dogma, de la resurrección de un cisma, en fin, más dañoso que todas las connivencias de afuera, y que enciende, después de largos siglos, fuegos que pueden producir un verdadero incendio en la romana basílica de las basílicas.
Hace poco tiempo un sesudo y sapiente escritor español—he nombrado a D. Edmundo González Blanco—demostraba, en un artículo admirable de vigor, la posibilidad de una iglesia nacional en España. «Ya que no tenemos en nuestra alma colectiva una fe robusta y personal que oponer al formalismo dominador del Vaticano, aprovechemos la que haya para constituir nuestra comunión nacional, nuestra iglesia independiente, nuestro catolicismo patriótico. Filipinas acaba de darnos el ejemplo; y esa necesidad social, hoy más que nunca sentida, se impone en lo sucesivo como una condición de prosperidad pública.» El golpe conmovería, ciertamente, a la curia romana, y parece que hay en el clero español partidarios de la autonomía religiosa, de la iglesia independiente nacional, hasta con el detalle de su misa propia, de la vuelta al uso del antiguo rito muzárabe.
Pues bien, todo eso es poca cosa con lo que encierra el siguiente suelto publicado ayer por Le Figaro: «El cardenal Richard, arzobispo de París, acaba de prohibir, por carta, a los alumnos de todos sus seminarios la asistencia a los cursos que el señor abate Loisy enseña en la Sorbona, en la Escuela de Altos Estudios. En la misma carta exhorta a todos los seminaristas que posean las dos últimas obras del señor abate Loisy a que las entreguen a sus superiores. Creemos saber que la comisión de Estudios Bíblicos instituída por León XIII no tardará en pronunciar su juicio sobre los libros acusados.» ¿Cuál es la doctrina que se condena del abate Loisy? Yo no he leído los libros de este sacerdote; pero sí sé que no es un défroqué más o menos sonoro, a la manera del padre Jacinto, del abate Charbonnel. M. Jean de Bonnefon, que es ducho en la materia, nos dice que la condenación o la absolución del abate Loisy es en realidad el fin o la transformación de la iglesia romana. «Es la conclusión de diez y nueve siglos de fe o el prefacio de un culto futuro.» Por mucho menos se quemó a Savoranola. La reforma que se desea en España es sencillamente de forma, y tiene razonables antecedentes; la tentativa del cismático francés va al fondo de la creencia, mina la base dogmática. El abate, que es persona de mucha ciencia humana, comienza por afirmar viejas herejías: Que Jesucristo no afirmó que fuese Dios, ni se juzgó nunca como tal; que el Pentateuco no es obra de Moisés; que el libro del Génesis, el de Tobías, el de Job, el de Judith, son simple literatura; que «todo el Antiguo Testamento está escrito sin ningún cuidado de la verdad objetiva, y no es más que un objetivo arqueológico de edificación religiosa». Eso, dicho por Renan, por Strauss, por Max Nordau, está perfectamente; pero la afirmación es de un sacerdote, sacerdote que no abandona ni la tonsura ni el hábito, y que cree servir así a la verdad y a Dios, y trabaja porque la Iglesia entera sea de su opinión. Lo principal está en lo referente al Nuevo Testamento: «La divinidad de Jesucristo no está escrita en el Evangelio. La Resurrección, la institución de los Sacramentos, la jerarquía de la Iglesia, todo eso puede ser artículo de fe, si se tiene fe. El cuarto Evangelio no tiene ningún valor histórico; la resurrección de Lázaro es un símbolo.» ¡Cómo debe estremecerse, en lo invisible, la sombra de Torquemada! Con la Nueva Jerusalem swedenborguiana, con las mil y una sectas del cristianismo yanqui, con el flamante profeta Elías y su productiva Sión, con tolstoístas y ultraevangelistas, la Iglesia no tiene nada que temer. Pero el abate Loisy es un dulce y piadoso enemigo íntimo que, si no se anula pronto, causará trascendentales perjuicios, y éstos los quiere evitar su eminencia el cardenal Richard, el fuerte viejecito que quiso confesar a Hugo. Es una nueva aparición de la incompatibilidad entre el progreso y la fe, entre la religión y la ciencia, entre la razón terrestre y la razón celeste. León XIII y su Santo Tomás no dejarán de tener culpa en la valentía del osado abate. Lumen in Cœlo no quiso iluminar en la ocasión; veremos si Ignis ardens, que aparece tan benigno, quemará, así sea metafóricamente.
En verdad, la obra del abate Loisy, con su aspecto moderno y superescolar, no es nueva. A través del océano del tiempo es un mugrón del arrianismo, llegado tras el biprincipismo gnóstico. Cristo ha sido el blanco de famosas herejías: Si Arrio y los suyos niegan su divinidad, Eutiquio le suprime toda humanidad, aboliendo así la redención, y Nestorio, estableciendo la división entre la parte divina y humana, destruía la unidad que constituye teológicamente el Hijo, ¿cuántos heresiarcas más se han atrevido con el más sagrado de los misterios cristianos? Sin embargo, entonces se discurría en el terreno de la filosofía religiosa, de la ciencia divina, de las doctrinas que dieron nacimiento y desarrollo a la patrología.
El abate Loisy es de última hora. Viene con la ciencia de hoy, es profesor «en Sorbona» y sabe lenguas orientales, arqueología, todo lo que sabía Renan. «—¡Bah, bah, bah, bah!; no sé hablar—dice el formidable profeta, y alguien que muy poco tenía de cura, Büchner, escribe en su libro, no religioso por cierto: «La fe tiene raíces en indisposiciones del alma inaccesibles a la ciencia.»
El cardenal Richard se preocupa grandemente del caso. Lo que debe hallar más grave su eminencia, y con él todos los católicos, es que el abate no renuncia a su sacerdocio ni a su título de católico, y cree servir al «más grande de los hombres», en su calidad sacerdotal y profesoral. Demás decir, que ha caído multiplicadas veces bajo el anatema de la Iglesia. El abate Loisy, simplemente, en el concepto católico, es un excomulgado. En él están contenidos todos los antiguos heresiarcas, desde Arrio hasta Berenger. Su exegesis renaniana, por el caso de su ministerio, no puede menos de causar el mayor escándalo entre los sinceros y firmes creyentes. Y su condenación o absolución por Pío X será la continuación de la normal doctrina católica, apostólica, romana, o el krack del Espírito Santo.
LAS TINIEBLAS ENEMIGAS
OS profesores, los sabios oficiales, los doctores de la ciencia humana que creen haber asido la verdad con cuatro pinzas y cuatro estadísticas; los que ven hasta dónde alcanza lo que saben, los explicadores novísimos del alma, los que han escamoteado a Dios, os podrán hablar largamente y en términos semigriegos, que complacían ya a Molière, de las causas más o menos probables que han llevado a una horrible muerte a un poeta maldito que estaba casi olvidado: Maurice Rollinat. Yo procuraré deciros sucintamente la pesadilla de su vida y el espanto de su fin. Porque aquí una vez más se cumple Talis vita, finis ita. Todo es uno en el hombre: existencia, obras, impulsos; la fatalidad, que tiene muchos nombres, rige la vida, desde el espermatozoario hasta la podredumbre. Y así hay la fatalidad del bien, como hay fatalidad del mal, fatalidad angélica y fatalidad demoníaca. Y tal hombre desde la cuna va para el altar, y tal otro para la batalla, y tal otro para mirar pensativo las entrañas del mundo. Allí están los instintos y las vocaciones. Vocaciones, es decir, llamamientos, llamamientos de voces inaudibles que están en lo profundo del misterio y de la eternidad. Y la eternidad y el misterio estarán ante las cosas humanas cuando no exista ni el polvo de recuerdo de la sabiduría de hoy, y como estaban en los tiempos en que se levantó la Esfinge egipciaca y en que había pensadores y sacerdotes en la Atlántida y en Palenke.
Maurice Rollinat fué un poeta de talento, ni mayor, ni menor; en todo caso, en las antologías entrará como un poeta menor, a causa de ser su obra casi toda reflejo y eco; reflejo lejano de Poe, eco de Baudelaire. Su poética no alcanzó al simbolismo ni se quedó completamente en el Parnaso. Su alma fué la de un romántico puro, exacerbado, pues hasta en su licantropía tuvo un antecesor en el antiguo batallón huguiano.
Apareció su nombre repentinamente y se apagó de pronto, como un fuego fatuo o de artificio. Era en los tiempos de la impasibilidad parnasiana por un lado y de la sequedad naturalista por otro. Apenas Richepin había puesto por un momento agitación con sus Chansons des Gueux. El ambiente era propicio para otra cosa. Rollinat apareció como cultivador de «flores del mal», rimador y músico macabro. Cantaba en cabarets y salones versos baudelerianos con música suya, y canciones propias, aullantes, gimientes, con una voz lúgubre y un aire más lúgubre aún. Era en los tiempos en que Sarah Bernhardt, entre cuatro cirios, se complacía en dormir en un ataud... Sarah Bernhardt se encantó con el nuevo lírico, que tan bien sentaba a sus nervios. Era en los tiempos en que aquel mal sujeto, que se llamaba Albert Wolf, hacía y deshacía reputaciones en las primeras columnas de Le Figaro, y Albert Wolf dedicó un elogioso artículo al lírico que agradaba a Sarah Bernhardt, y París reconoció en seguida que Maurice Rollinat tenía genio. La moda estaba por las neurosis, verdaderas o falsas. ¿Rollinat era sincero, o era un poseur?
La tragedia lamentable de sus últimos días, después de tantos años de no variar de actitud, aun lejos de París y sus literaturas, fuerzan a creer que el pobre poeta era sincero. Cuando más, podría suceder que el hábito de estar agitado y la obligación estética de la desesperación le hayan al fin perturbado el cerebro y acabado por lanzarle en el abismo a que tantas veces se asomó. Luego los venenos del carácter, los modificadores del pensamiento, los paraísos artificiales que no son sino infiernos verdaderos, llámense alcohol, morfina, cloral, le acabaron de empujar en el reino temeroso de las tinieblas enemigas. Una vez más se hace palpable la verdad que encierra un decir que se encuentra entre los principios de la antigua Cábala: «No hay que jugar al fantasma, porque se llega a serlo.» Ese más allá tan desconocido hoy como en los más recónditos siglos, contiene todo lo que hay de profundamente misterioso en el universo, la esencia del pensamiento, el secreto de la locura, la verdad del ensueño, la razón de la muerte. Claro es que los que tenemos una creencia religiosa cualquiera, no contamos con la última hipótesis del último estudioso y con la última suposición del más flamante descubridor de absoluto. Rollinat en otras épocas habría sido tratado por el exorcismo y, posiblemente, quemado; por menos se quemó a otros. Hoy ha muerto en una clínica, gracias a que los antiguos teólogos están sustituídos por los modernos psiquiatras, lo cual está reconocido como una ley del progreso.
Uno solo de los libros del desventurado os dará una idea de la caja de Pandora y urna de los demonios que era su pobre cráneo: Las neurosis, dividido en cinco partes: «Las almas», «Las lujurias», «Los espectros» y «Las tinieblas». Un médico os dirá: «Delirio de la persecución, lipemanía, parálisis general»; un doctor de la Iglesia os declararía francamente: «Posesión». Dice ese volumen las torturas de la persecución del fantasma del crimen, el superaguzado instinto del daño: los vagos estremecimientos, las alucinaciones, el silencio, las extrañezas de la música, el alma de Chopin y de Poe, los horrores de la pasión carnal, las crueldades de la carne, la felicidad femenina, las pesadillas, las torturas, los gatos, las serpientes, los tísicos, el suicidio, el gusano de tierra, la «leche de serpiente», los lagartos verdes, el idiota, el miedo, el amante macabro, la señorita esqueleto, la muerta embalsamada, el sonámbulo, la bebedora de ajenjo, el ladrón, el bohemio, el enterrado vivo, el soliloquio de Troppmann, el verdugo monómano, el monstruo, el loco, la cefalalgia, la mala suerte, la enfermedad, la hipocondríaca, la quimera, la locura, el mal de ojo, la navaja de barba, la vilanela del diablo, la rabiosa, los ojos muertos, el abismo, la ruina, las agonías lentas, el ataud, la Morgue, la putrefacción, el silencio de los muertos, el infierno, el epitafio, De profundis... Todos esos son títulos o temas de sus poesías, y las poesías corresponden al tema... Todo eso se recitaba y se sabía de memoria en los salones parisienses... Platos especiales, versos faisandès, complemento del estremecimiento nuevo traído por el otro maestro infeliz, Baudelaire. Mas en la suposición de que en Rollinat fuese natural esa manera de mirar la existencia por su parte obscura, fúnebre y diabólica, en el público no podía durar lo que era impuesto por la moda, y la moda pasó y no se volvió a hablar más del féretro de Sarah Bernhardt ni de las canciones tenebrosas del sombrío melenudo «que se parecía a un lobo».
Se dijo que se había ido al campo a llevar una vida de campesino. Otros libros de versos suyos, en que hasta el sentimiento de la naturaleza está expresado con su preocupación, con su obsesión eterna, llegaron, pero ya no tuvieron el éxito que los primeros poemas de sombra, de noche, de miedo y de sangre. El pintor sueco Allan Osterlind, que fué de sus íntimos, ha narrado algo de su vida en la campaña. Osterlind recordaba las largas noches de invierno, en Fresselines, en que el poeta pasaba al piano, cantando con su voz potente y singular, que iba de bajo a tenor, las melodías originales inspiradas en sus versos campestres: «La canción de la perdiz gris», «El cementerio de las violetas», «Los cuervos». Contaba su vida entre sus perros y gatos, y el gozo del poeta en recibir a sus amigos, en retenerlos hasta por la mañana a la hora en que la poción de cloral le procuraba un sueño pesado, surcado de sueños fantásticos... Casado, en la paz del campo, adonde cuentan que solía salir con gruesos zuecos, de pesca, de excursión, no pudo, sin embargo, encontrar la tranquilidad. Frecuentó demasiado las regiones del miedo: harto provocó el terror en sus libros y en su vida. Solía errar entre ruinas y lugares sombríos. La enfermedad, llamémosle la enfermedad, le había agarrado con sus uñas potentes. La vida se vengaba de él entregándole por completo a lo que está más allá de ella, a los delirios, a los terrores, al imperio de las tinieblas enemigas.
Veinte años después de su separación de París, ciudad de su éxito y de su perdición, volvió. Hace como tres meses... ¿A qué viene Rollinat? ¿A traer un nuevo libro en que renuncia a las sombras y saluda el bien que hay bajo el cielo azul? ¿A cantar un alba de paz, de felicidad humana, de amor entre los pueblos, de bienhechor comercio, de deseada armonía? No; viene a dejar en el Instituto Pasteur a su mujer, que ha sido mordida por un perro rabioso. Y días después el amargo hombre, todo nervios y terror, sabe que no se ha podido salvar a su mujer, que ha muerto de la más horrible muerte: de rabia.
En seguida, en su desesperación, vuelve al campo, en donde no puede estar un sólo momento tranquilo; recurre a los narcóticos, a los brevajes de olvido; pero la fatalidad lo tiene ya bien atado: la locura llega, violenta, y hay que traerlo a una casa de salud, a las cercanías de París, a Ivry, a la clínica del doctor Moreau, de Tours. Allí muere, y mañana lo entierran.
Esta noche, después de escritas las líneas anteriores, he abierto el volumen de Las neurosis y me he quedado ciertamente estupefacto al encontrarme con un poema, que es extraño que a ninguno de los necrólogos de Rollinat haya llamado la atención... Es algo que espanta... Para coincidencia es demasiado... Luego, la casualidad, es algo tan misterioso... La poesía, «escrita hace veinte años», es la siguiente, que traduzco literalmente:
LA RABIOSA
¡Quiero morder! ¡Retiraos!
¡La noche cae sobre mi memoria
Y la sangre sube a mis ojos locos!
¡Ved! Mi boca, torcida y negra,
Babea a través de mis cabellos rojos.
Ya he hecho horribles hoyos
En mis dos pobres manos de marfil,
Y he golpeado mi cabeza a fuertes golpes.
¡Quiero morder!
Calmaría mi sed en vuestros cuellos
Si pudiese todavía beber.
¡Oh! Siento en mi mandíbula
Una rabia abominable:
¡Por favor! ¡Atrás! ¡Retiraos!
¡Quiero morder!
Se comprende que, después del horroroso desenlace del accidente de que fué víctima su esposa, y más templada que nunca la sed ardiente de sus nervios, haya sentido el postrer estallido, y antes que en el suicidio, que tanto temía, como lo revela en varios de sus viejos versos, antes que en la muerte, se haya hundido en la locura, haya caído en el manicomio.
Oh! comme je comprends l’amour de Baudelaire
Pour ce grand Ténébreux qu’on lit en frissonnant!
dice alguna vez, hablando de Edgar Poe. «Los malos maestros», diría con razón Jean Carrère. En otra parte escribe:
A force de songer, je suis au bout du songe;
Mon pas n’avance plus pour le voyage humain,
Aujurd’hui comme hier, hier comme demain.
Rengaine de tourment, d’horreur et de mensonge!
Il me faut voir sans cesse, où que mon regard plonge,
En tous lieux, se dresser la Peur sur mon chemin,
Satan fausse mes yeux, l’ennui rouille ma main,
Et l’ombre de la Mort devant moi se prolonge.
El Miedo y la Muerte, por siempre. Y sus dedicatorias... a Barbey, a Bloy, a Rops, a Charles Buet, al doctor Julien... Seguramente Rops pintó su «Bebedora de ajenjo» por los versos que Rollinat dedicara a aquel médico. Quisiera traduciros el rondel de «La locura», profético..., como el «Mal de ojo»... o el «Horóscopo», en que
... soudain, de dressant dans la brume
Devant mes pas,
Un long Monsieur coiffé d’un chapeau haut de forme
Me dit tout bas
Ces mots qui s’accordaient avec la perfidie
De son abord:
—Prenez garde; car vous avez la maladie
Dont je suis mort.
Pero no dejaré de transcribir íntegro el «Epitafio», que es de una horrible actualidad y que hará meditar a los reflexivos:
Quand on aura fermé ma bière
Comme ma bouche et ma paupière,
Que l’on inscrive sur ma piérre:
—«Ci-git le roi du mauvais sort.
»Ce fou dont le cadavre dort
»L’afreux sommeil de la matière,
»Fremit pendat sa vie entière
»Et ne songea qu’au cimetière.
»Jour et nuit, par toute la terre,
»Il traina son cœur solitaire
»Dans l’epouvante et le mystêre,
»Dans l’angoisse et dans le remord.
»Vive la mort! Vive la mort!
Sin embargo, en la última página de su tremendo libro se le escapa, a pesar de su obsesión malsana, un clamor que pide piedad: Mon Dieu... Dios haya, por fin, en la eternidad, libertado del dolor el alma del que fué condenado en vida, y salve a los poetas de buena voluntad del imperio de Las tinieblas enemigas.
ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS
N el antiguo teatro de Orange, junto a los viejos muros que el Rey Sol llamaba los más bellos de su reino, al amparo de las divinidades antiguas que protegieron la civilización helénicorromana, Jean Moreas, poeta francés, de sangre griega, hace en estos momentos renacer la gloria de los ilustres coturnos, renovando en sonoros y soberbios versos a su antepasado Eurípides, y cumpliendo una vez más, en la fuerza de su otoño, la promesa armoniosa de antes, por la cual las abejas de Grecia libarían una miel francesa.
Hace diez años tuve el honor de hablar por primera vez en nuestra América del talento y de la obra de Jean Moreas. Llegaba yo a Buenos Aires, como cónsul general de Colombia, vía París... En este soñado París había recogido las impresiones espirituales que más tarde fueron Los Raros. Iba con cosecha de ilusiones y amables locuras... Mi sueño, ver París, sentir París, se había cumplido, y mi iniciación estética en el seno del simbolismo me enorgullecía y me entusiasmaba... Juraba por los dioses del nuevo parnaso; había visto al viejo fauno Verlaine; sabía del misterio de Mallarmé, y era amigo de Moreas. ¡Amigo de Moreas! Esto me llenaba ampliamente. Porque sabía que el poeta había nacido en Grecia y solía encontrar en los senderos de los bosques, adonde iba a soñar, sátiros velludos que remedaban a Hércules, armados de ramas nudosas. ¡Cómo ignoran todo esto los profesores!
¿Cómo conocí a Moreas? Gómez Carrillo trabajaba entonces en casa del temible editor Garnier, y yo lo veía con la frecuencia que deseaba. El era ya gran conocedor del barrio Latino y muy mezclado a la entonces hirviente bohemia intelectual de La Plume. Conocía a casi todos los miembros de los cenáculos de la época; sabía yo su intimidad con Verlaine, Tailhade y otros. Así, cuando un día se me apareció y me dijo: «Esta noche lo espera Moreas; vendré a buscarlo», se lo agradecí muy vivamente.
Esa noche me esperaba Moreas y Carrillo fué a buscarme. Encontramos al poeta del Pelerin Passionné en un café del barrio, creo que en el Vachette. Estaba a su lado su entonces compañero menor y ayudante en sus líricas campañas, Maurice Duplessis. Y encontré a un Moreas sereno, sonoro, admirable parlante, amable, noblemente fraternal, sin buscar ni admitir la familiaridad cara a los irreflexivos y a los insensatos. Y como le dijese que el holandés Bijvanck acababa de publicar un libro en que se trataba de la leyenda moreana—vanidad cómica, frases asustadoras, autolatría—, me dijo simplemente con su voz de bronce, del profesor de Hilversum: «Ce monsieur est un imbécile!» Hablamos toda esa noche de arte, de ideal, de belleza—es decir, él habló... Como cerraron el Vachette, nos fuimos a otra parte, y luego a otra. A las seis de la mañana estábamos comiendo almendras verdes en los Halles... Todo eso es el pasado—¡ah!, como mi fresca juventud.
Las páginas que publiqué en La Nación sobre Moreas fueron hechas en el mar, en la travesía. Llevaba mis apuntaciones y mis recuerdos recientes y la grata sensación de aquella generosa intelectualidad. Confieso que jamás he encontrado un alma ni más augustamente firme, ni más poseída de la fuerza de su propio conocimiento, ni más elevada en su concebir la vida, ni más pura en su humanidad, que el alma límpida, ínclita y piadosa de Jean Moreas. Es asombroso cómo ha podido conservar su diafanidad y su excelsitud ese espíritu de excepción en esta ciudad de las duras intrigas, de las crespas batallas; los roces ásperos no han hecho más que abrillantar sus facetas, como a las piedras finas. Primero sonrieron de él la rutina y la inepcia; luego le atacaron la rivalidad y la envidia. El siguió adelante. Procuró expresarse, manifestarse mejor siempre. No solicitó el éxito, no cortejó a la réclame. Desdeñó cetros de pasajeros instantes literarios. Dejó pasar los cortejos, las máscaras que desaparecen... Y modificándose, mejorándose, siempre siendo el mismo, cultivó su maravilloso jardín, que por un lado confina con la selva y por el otro con el mar, la selva sagrada, en donde están sus abejas del Himeto, y la vital Thalassa, por donde pasó la nave Argos. Y así, con su modestia más orgullosa que el continente de todos los reyes, fué simplemente, tranquilamente, haciendo de su vida el poema principal de sus poemas, de la meditación su más sincera inspiradora y de su íntimo consejo su más bella coraza de oro homérico. Retirado en una casa que está cerca del campo, ha hecho sus magistrales Stances y ha concluído su Iphigénie, la desde hace tanto tiempo anunciada e incubada tragedia. El no buscó nunca a nadie, no pidió jamás nada. A su retiro le fué a buscar, hace más de un año, la Legión de Honor. Y hoy, con el triunfo de Orange, lejos ya las luchas de escuelas, desaparecidos en la historia de las letras francesas los buenos combates de los simbolistas y decadentes, aclarado el campo intelectual, surge definitiva la figura del lírico resucitador de las hermosuras clásicas, del admirador de los antiguos coros, de quien nos viene a decir en pleno siglo de decadencia moral y de derrotas estéticas la palabra de la Belleza eterna, la lección de virtud y de sacrificio, el canto de heroísmo y de gracia robusta que la tierra del Arte indestructible ha de recordar por los siglos de los siglos al agitado espíritu del mundo.
Sus victorias actuales no le deben hacer olvidar ni menospreciar sus primeras victorias. No hay que renegar de la juventud. Las Syrtes, el Pelerin, las obras primigenias, inician la obra por venir, la obra presente. Nuestros primeros actos afirman nuestras decisiones futuras. Mejorarse no es contradecirse. Simplificarse no es desdecirse. Cada momento tiene su fórmula, tiene su expresión. Cada estación la naturaleza es distinta en sus manifestaciones. Y no hay mejor certificación y aprobación de la espiga dorada que el pan—o la hostia.
Paris, je te ressemble; un instant le soleil
Brille dans ton ciel bleu, puis sudain c’est la brume,
Au vent septentrion si tu te fais pareil,
Tu passes les pays que le zéphyr parfume.
Triste jusqu’à la mort, en même temps joyeux,
Tout m’est concours heureux et sinistre présage;
Sans cause l’allegresse a pleuré dans mes yeux,
Et le sombre destin sourit sur mon visage.
Moreas llama a la fatalidad necesidad. Digamos, pues, que es necesario que haya hombres como Moreas, poetas como Moreas, que vivan en París, que se parezcan a París y que de repente digan palabras universales, sentimientos totales, logos substancial, verbo de humanidad: «Hélas! que le soleil est doux!», clama una de sus heroínas. Y eso que es tan sencillo, que lo puede decir el primer ciego que pase por la calle, es en la trágica estrofa acuñado para la relativa eternidad de las letras.
Cuando he vuelto a París a establecerme—por siempre—no he procurado buscar con frecuencia a mi amigo de antaño. Sé lo que tienen de impertinente la admiración intempestiva y la solicitud irrazonada. Por otra parte, no busco ni visito a nadie, y esta es una mala condición de mi carácter en mis tareas. No he sido hecho para la visita ni fabricado para la interview. Tanto peor para mí, que no he gozado de la familiaridad de los chers maîtres. No obstante, a Moreas le he vuelto a ver. Triste, con su melancolía altiva y con sus canas. Allí, en el café Napolitaine, junto a Mendes, viejo, junto a Courteline y otros señores de la literatura y periodistas grandes y pequeños. Y Moreas, notaba yo, no estaba en su centro. Después, juntos, y con Carrillo—¡un Carrillo cuán otro!—con Duplessis—¡un Duplessis cuán cambiado!—hemos solido recordar las horas de hace diez años, cuando pasé para Buenos Aires, cargado de ilusiones y de sueños, y fuimos a comer almendras verdes a los mercados, una mañana de Mayo, en que nacía dulce el sol.
La Iphigénie actual estaba ya empezada en aquellos días. En tal ocasión dije que el poeta preparaba una pieza para la Comedia Francesa, y que, dados sus antecedentes, era dudosa la aceptación. Aquella pieza es la tragedia actual, que, de seguro, de la antigua memorable escena del teatro romano de Orange, pasará al primer escenario de Francia.
Gloria sea dada al severo ordenador de admirables escenas y al siempre magnífico rimador de perfectos versos. No creáis que es exageración deciros que los versos de Moreas—los mejores de Moreas—son superiores a los de los más inconmovibles clásicos de la literatura francesa. Este descendiente de los Píndaros y de los Sófocles se expresa con singular majestad en el verbo de los Racine y de los Chenier, y he aquí también uno que mamó leche amaltea y dijo en la mejor lengua de Francia el decoro y la potestad del dios cuyo arco es argentino.
Leed estos fragmentos, llenos de majestad verbal y de sabia armonía. Esto es del coro del quinto acto:
Iphigénie, hélas! c’est pour une autre fête
Où couléront des pleurs
Que les Grecs vont mêler les boucles de ta tête
D’un chapelet de fleurs
Telle, en riche apparat, victime couronnée,
Pour désarmer le ciel,
Une pure génisse à la peau tachetée
S’approche de l’autel,
Noble vierge d’Argos, dans la verte prairie
Près des courantes eaux,
Au milieu des bouviers tu ne fus pas nourrie
Au son des chalumeaux.
Tu croissais sage et belle; une reine, ta mère,
Avec un soin jaloux,
T’élevait pour te voir dans le palais prospère
D’un prince ton époux.
Et pourtant, ô malice où le monde s’obstine!
Une brutale main
Avec le fer aigu fera de la poitrine
Jaillir ton sang humain.
Ah! comment l’incarnat qui pare ton visage
D’un charme virginal.
Et la fierté décente et la fleur de ton âge
Sauraient vaincre le mal,
Puisque l’ambition, la fraude et l’impudence,
Le vice injurieux
Ont fait que les mortels sont livrés sans défense
A la haine des dieux!
Y esto de Ifigenia al coro:
Et vous, femmes, quittant le deuil et le regrets
Vous ferez retentir des chants qui seront dignes
D’Artemis au grand cœur qui lance au loin ses traits
Et parcourt sur un char Claros féconde en vignes.
Où sont les vases d’or et les libations?
Que la flamme à l’autel consume lés offrendes.
O rapide Artemis qui règnes sur les monts,
Je donne sans trembler le sang que tu demandes.
Voici ma chevelure et mon front virginal;
Venez, couronnez-moi de fleurs et de feuillage.
Jeunes femmes, frappez le sol d’un pas égal
En célébrant ma mort comme un heureux présage.
Je triomphe de Troie et fais tomber à bas
Sa forte citadelle et sa muraille antique,
Et pour fixer enfin la chance des combats,
J’efface de mon sang l’oracle prophétique.
O retraites d’Aulis, ô bords, golfe profond,
Je vous devrai la gloire! Argos, ô ma patrie,
Pour un illustre exemple et ce destin, qui sont
Présens des immortels, Argos, tu m’as nourrie?
La prensa celebra la victoria de Moreas, los críticos oficiales lo saludan, su nombre adquiere de pronto popularidad. A la representación de la obra, a la par de los letrados parisienses que fueron a aplaudir a Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aquiles, y a la brava Luisa Silvain, y a la joven y brillante Roch, y a la clamorosa Tessandier, asistieron campesinas de los contornos, que lloraron de veras, bajo sus cofias blancas, por las desventuras de la dolorosa Ifigenia.
¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de armoniosos sueños, sigue su camino en la austera melancolía de su vida, sin profanar el don divino que recibió con la luz en su tierra maternal y gloriosa, poeta, poeta siempre, señor de los cisnes, dueño del laurel verde!
A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES
CABO de cerrar el libro de versos que ha publicado una alta dama francesa, la condesa Mathieu de Noailles. Se titula L’Ombre des jour, y viene después de otro: Cœur innombrable. Este flordelisado volumen de cosas bonitas, tiernas, melancólicas, femeninas, es un libro de mujer moderna con alma antigua. La condesa de Noailles reconcilia con la literatura de cabellos largos, del sexo vilipendiado intelectualmente por Schopenhauer. No recuerdo si M. Han Ryner, en su «masacre» de Amazonas, ha escalpado también esta preciosa cabeza; si lo ha hecho, no le será perdonado, pues el mismo Barbey, condestable feroz ante una media azul, encontraría que las que ahora me ocupan son de color de rosa—a menos que no fuese la fina piel de una ninfa, libre de toda malla, húmeda aun de su preferida fuente.
La condesa de Noailles no es una basbleu. Es una bella flor humana llena de mental esencia, que se exterioriza en formas de armonía. Es una rara perla perfumada, como las del mar de Ormuz. Es una aparición de figura poética y legendaria en pleno París del siglo XX. Es una joven exquisita, de veinte años, divina de frescura y gracia, que demuestra simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un marido, un automóvil, vestirse en la calle de la Paix y poner su alma cantante y soñadora en las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sacerdotisa apolínea, o pánica, con los pantalones del feminismo. Ella vaga en los bosques, comunicando, ronsardizando, como antaño, en la libertad de su naturaleza:
Car dans ce temps, haute et paisible
La Nature, ses bois, ses eaux,
N’avalent pas cette ame sensible
Qui plus tard fit pleurer Rousseau.
Lelianiza también; pues no teme acercarse desde su morada heráldica a coger las flores sinceras y modernísimas del pobre Lelián. ¡Una dama aristocrática, honorable, adorable, que frecuenta a Verlaine! ¿Qué dirían entre nosotros, y en otras partes, los que solamente ven del desdichado fauno la máscara socrática y la repugnante ebriedad? La condesa de Noailles es verlainiana en su sencilla delicadeza. El encanto natural, la comunicación secreta e íntima con el Universo, de manera que el espíritu propio se confunda con el espíritu del mundo, la conciencia de que nuestra voz es una unidad individual en voz total infinita, y que nuestro minúsculo espejo interior es en realidad tan vasto que en él se mira todo lo que existe, hacen que del jardín lírico de esta singular poetisa vuelen al azul muy maravillosas alondras. Ella canta a Príapo, dios de los jardines; y la ignorancia tiembla creyendo renovada la oda de Pirrón. Canta la eternamente nueva canción de las florestas primaverales, de los frescos verjeles, de las flores recién nacidas, de los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento matutino; y la gloria y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida. Y se singulariza en la campaña francesa, en las ciudades y aldeas de su patria, en donde encuentra una revelación de ensueño o un motivo de atracción. Y siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra al soplo del armonioso viento. Dice todo lo que ve y todo lo que siente. Se siente amada y lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su juventud y su sed de amor:
Pourtant tu t’en iras un jour de moi, jeunesse,
Tu t’en iras, tenant l’Amour entre tres bras.
Je souffrirai, je pleurerai, tu t’en iras,
Jusqu’à ce que plus rien de toi ne m’apparaisse.
Ronsard se consolaba con ser leído a la chandelle por la amada envejecida; y Ponsard—¡hay distancia!—dijo la misma cosa en un soneto a la famosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro, desea «ser amada después de la muerte», y dice:
Et qu’un jeune homme alors, lisant ce que j’écris,
Sentant par moi son cœur emu, troublé, surpris,
Ayant tout oublié des compagnes réelles,
M’accueille dans son âme el me préfère à elles.
Hay un admirable estudio del conde Robert de Montesquiou-Fezensac sobre los inconvenientes de los nobles y grandes señores que se dedican a asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, la oposición de las gentes de su casta, que no son por lo general muy dadas a cosas del espíritu, desde los tiempos en que la nobleza ostentaba como un lujo la ignorancia. Los artistas, por su lado, no los acogen sino con cierta hostilidad, quizá consecuencia de la antigua humillación del mecenismo. La clase poderosa, que ve la superioridad intelectual como una fuerza que no posee, opone su indiferencia o su desdén. Son dos elementos contrarios, difíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El público, a su vez, acoge casi siempre la producción del autor blasonado—en nuestros países el rico autor—como labor de dilettante, como ocio de aficionado. En muchos casos hay gran razón, pero suele haber injusticia. En cuanto a la dama, a la mujer de alcurnia, que se atreve a tales empresas, las dificultades suelen ser mayores. La sostenida inferioridad ancestral, la ligereza, las preocupaciones mundanas, la maledicencia, la social inveterada hipocresía, el flirt moderno, las atenciones de la moda, las influencias religiosas y la agresividad intelectual masculina se presentan ante las tentativas de una vocación. Se necesita ser una voluntad, un carácter, para oponerse a todo eso, para luchar, para vencer. En todas partes del mundo ha habido y hay las brillantes excepciones que confirman la regla. No me refiero, de ningún modo, a las agitadas y sonoras viragos del feminismo militante.
Sin pretender de ninguna manera sostener la vieja cuestión teológica, yo no creo en la igualdad espiritual del hombre y de la mujer. Obsérvese que no hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Naturaleza es la sabia ordenadora y tiene sus leyes absolutas; en este caso la ley se llama fisiología. No insistiré en el tema, que nos llevaría a puntos delicados que conocen mis lectores y que han sido y son muy tratados científica y cómicamente. Creo, sin embargo, en que, así como hay hombres de alma femenina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.
A decir verdad, no es simpático el tipo de la literata, de la marisabidilla, de la cultilatiniparla de nuestro tiempo. Ni la de tiempo alguno. En todo caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los tiempos, pero en ningún caso con lo que significa la palabra española marimacho. Cuando se toca de cerca a la cuestión doméstica, seamos más explícitos, y digamos con el excelente Chrisale:
J’aime bien mieux pour moi qu’en épluchant des herbes,
Elle accommode mal les noms avec les verbes,
Et redise cent fois un bas et méchant mot,
Que de brûler ma viande ou saler trop mon pot,
Je vis de bonne soupe et non de beau langage.
Sería, es indudable, mucho mejor tener ambas cosas, buen lenguaje y buena sopa. No sólo de pan vive el hombre. Podría argüirse que las bellas y honestas damas que se dedican a la literatura están rodeadas de los esplendores de la fortuna; y, por lo tanto, no tienen nada que ver con los puntos de media y con las cacerolas. Al contrario, toda verdadera alta dama de antaño, como de ahora, se conoce en esto; en que no por el cuidado de su belleza y por la distinción de su jerarquía ha dejado en abandono el capítulo importante y clásico de los asuntos caseros, desde la reina Penélope hasta la reina Victoria. Y luego, se puede escribir el Heptameron y hacer los ricos platos de dulce que sabía confeccionar la Margarita de las Margaritas. Hay una larga serie de madamas que han dejado muy buenas obras y que han sido muy hacendosas. Se habla de la sopa de coles de Mme. Dacier, una sopa famosa, aunque no tanto como la traducción de Homero de esa misma señora. La Scudery, la de Deshouillers, la de Genlio, la de Maintenon, la de Sevigné, la de Staël, muy plausibles mujeres de su casa. Les faltaría ortografía a algunas; pero orden doméstico, economía y ojo listo, eso no.
Lo que no es aceptable son las ridículas impertinentes, las excesivas Filamintas, las que se deleitan con Trissotin y quieren abrazar a Vadius por amor del griego. Hoy no hay muchas de éstas, dado que el griego hay muy pocos Vadius que lo sepan. Pero hay la snob, la decadente, la wagnerista, la partidaria{89} del amor libre, la Eva nueva, la doctora escandinava ibseniana y la estudiante rusa que tira balazos. Confieso que prefiero las preciosas, que me quedo con Filaminta, con Belisa y con Armanda.
No hay en Francia la cantidad de authoresses que en Inglaterra y los Estados Unidos; pero hay una gran cantidad de mujeres que escriben, autoras de libros científicos, sabias como Clémence Royer, que ha muerto hace poco, periodistas valientes y ágiles, novelistas, poetisas, fuera de las grandes damas que hacen política, y conservan los pocos, los raros salones semejantes a los que antes tuviera una madame de Girardin, o, más recientemente, Mme. Adam.
Unas cuantas personalidades se destacan en el copioso grupo. Cierta revista muy mundana—Femina—ha propuesto como tema de un concurso, a sus suscriptoras, la elección de una Academia de mujeres francesas, paralela a la de los cuarenta. Hace algunos años esa misma cuestión fué actualidad, y se hizo una lista de las que resultaron elegidas en plebiscito: Mmes. Edmond Adam, Marie-Anne de Bovet, condesa Colonna, Jeanne Chauvin, Judith Cladel, Alfonso Daudet, Dieulafoy, Judith Gautier, M. L. Gagneur, Eugène Garcin, Henry Greville, Gyp, Manœel de Grandfor, Robert Halt, Paulina Kergomard, Leconte de Nouy, Jean Laurenty, Nelly Lieutier, Daniel Lesueur, Max Lyan, Jeanne Mayrel, Hector Malot, Michelet, Marni, Luisa Michel, María Mangeret, Mesureur, Mendès, María L. Néron, de Peyrebrune, Rachilde, Rostand, Clémence{90} Royer, Ratazzi, G. Rénard, Mary Summer, Séverine, Simonne Arnaux, Marcel Tinayre, Vincens. Algunas de ellas han muerto, pero los huecos podrían llenarse. Solamente, si tal Academia llegara a realizarse, sería uno de los mayores triunfos del ridículo en la historia de las ocurrencias humanas. Ya hay bastante con el que ha caído durante tanto tiempo sobre la de «inmortales» varones. Entre todos esos nombres los hay dignos de la mayor estimación y aun admiración, y los hay medianos y casi desconocidos. No puede haber parangón alguno entre, por ejemplo, Judith Gautier y la señora Malot, entre Rachilde y la señora Tinayre. ¡Así sucede bajo la Cúpula!
Las cabezas femeninas que más brillan, son, ante todo, las de esas dos admirables luchadoras que van a la acción, que ponen voluntad y talento al servicio del bien, la ardorosa Luise Michel, o la pacificadora Severine. Luego vienen las de puro intelecto, las imaginativas y ultrapensantes; en un exceso de vitalidad y de fuerza, esa rara Mme. Vallete, o sea Rachilde, aparece como el cerebro femenino más complicado y vigoroso, no sólo de su siglo, sino de todos los siglos. Hace unos diez años escribía yo de ella un retrato, en que mis entusiasmos de entonces iban hacia la parte extrañamente diabólica y misteriosamente pecadora de su obra. Hoy, con mayor reflexión, no veo ya a la escritora sadista—Sade toujours—, a la juglaresa incendiaria, sino a la sesuda y terrible filósofa, a la formidable destructora, a la Sybila de la anarquía, cuyas ideas,{91} hoy manifestadas en nuevas novelas, o en críticas singulares, se puede no seguir, pero no se puede dejar de admirar.
Después están las estudiosas, como Lucía Félix Faure; las «maestras», como Judith Gautier. Y luego las musas, para coronar el pensamiento femenino francés. La deliciosa señora del doctor Mardrus, nacida entre la obra hermética y mágica de Mallarmé y los cuentos árabes que su marido ha vertido, esas Mil noches y una noche, de los que parece emergida. La señora de Rostand, que dicen que tiene más talento que el autor de Cyrano; la señora de Mendès, bella, que hace versos hechiceros, y que antes se llamaba Claire Sidoine, y algunas otras que no nombro. Pero ¿cómo olvidar el talento especial de esa temible Gyp? Hay, por último, una novelista de actualidad, alabada por los periódicos, y que es bella, muy bella: me refiero a Jeanne de la Vaudère. Aseguran que sus libros se venden mucho, y que está de moda en los salones. No hay nada más intencionalmente obsceno, ni más desprovisto de arte, que las lucubraciones de esta distinguida joven de letras.
NIÑAS-PRODIGIOS...
E han descubierto recientemente en Francia algunas niñas-prodigios; dos de ellas poetisas. Una, Carmen d’Assilva, aun siendo de nombre «portugais» y aun estando en Francia, da tristeza: tiene diez años, una carita pálida, de grandes ojeras, y ha escrito cinco volúmenes de cuentos, un volumen de monólogos y de versos y siete piezas de teatros, que ha representado ella misma... Es miembro de la «Societé des gens de lettres» y de la «Societé des auteurs dramatiques» desde los nueve años. Sardou le escribió: «Sois el autor más joven que se conoce, hija mía; os felicito y os estimulo a que sigáis produciendo mucho, respetando también los estatutos de nuestra Sociedad, que os remito.» Es de tenerle lástima... La otra es Mlle. Antoni Coullet, de diez años también, y de un talento indudablemente superior al de la anterior, aunque no haya producido tanto. Coppée está encantado{94} de ella y ha hecho que Lemerre le publique un tomito de versos, entre los cuales los hay lindos. Citaré los siguientes, sin traducirlos, para que se pueda apreciar mejor la facultad poética de esta niña:
SUR MON PORTRAIT
O vous! ne cherchez pas en ces trais la beauté.
Il est des fleurs qui sont moins belles que la rose,
Mais comme un papillon un court instant se pose,
L’espoir des joies d’autruil sur elle est arrêté.
He aquí algo muy verlainiano; e indudablemente a la autora no le han de haber permitido conocer a Verlain:
VIEUX CARROSSES
Aux temps lointains, où vos banquettes de velours,
Frolaient le frais volant des blanches mousselines,
Tandis qu’un chant sereint et doux de mandolines,
Descendait lentament du faîte blanc des tours;
Vous en avez tant vus, de satins et d’atours...!
Le marchepied, usè par la haute bottine,
Caresse, en souvenir, la mante incarnadine
Et fait gémir le sable roux des vieilles cours...!
Quand, au retour du bal, sous la mantille blanche,
Et sous le grand col blanc, la large et plate manche,
Une veine poudrée ouvrait vos rideaux clairs;
Elle jetait au loin son evantail, et lasse,
Fâle, elle s’étendait, noble et pleine de grace,
Posant sur le velours sa main de rose chair.
p/
Y este otro soneto:
A LA JEANNE D’ARC, DE CHAPU
Vers quel ange du ciel qui se montre à demi,
Tournes-tu ton regard, dans la plaine boisée...?
Calme et belle, à genoux, dans la fraiche rosée,
Tu vois la France en deuil, vierge de Domrémy!
Mais quelque séraphin ou quelque rêve ami
Te montre, en vision, cette tombe embrasée
Où tu laissas s’enfuir ta colère apaisée,
Où tu mourus sereine, aux yeux de l’ennemi.
Tous tes pas, vers le ciel, étaient marqués de mousse,
Et sur ton front brillait une lueur si douce,
Rayon qui s’échappa du sourire de Dieu!
Ta gloire, en lac de sang, s’étendit sur la terre,
Et dans un marbre pur, les hommes de ce lieu
Voulurent te revoir, à l’ombre du mystere.
Ved la opinión del poeta de Les Humbles: «Cuando el padre y la madre de Antonine Coullet me mostraron los versos de su niña y me dijeron que la authoress tenía diez años, quedé estupefacto, como quedarán todos los lectores. Pero a mi encantada sorpresa sucedió en seguida un sentimiento de inquietud. Pensaba con tristeza, con piedad casi, en el pequeño prodigio, en la niña fenómeno, y me imaginaba ya un rostro melancólico y ajado, una inteligencia recalentada, un cerebro viejo antes de tiempo. ¡Y bien, no! No se trata de ningún modo de una primicia obtenida artificialmente, de una planta de estufa. Antonine Coullet no ha aprendido nunca la prosodia, y no está aún muy segura de su ortografía. Tiene buen aspecto, le gusta jugar, ha guardado intacta la ingenuidad de su edad. Esta musa infantil es una verdadera niñita. Solamente ella ha leído ya muchos versos, y por un don extraordinario los ha hecho, naturalmente, sin darse cuenta, por decir así, como un rosal da sus flores. Hace versos, y encontraréis en ellos, sin duda, reminiscencias, palabras cuyo sentido no puede conocer, ideas que, ciertamente, no comprende. Pero probadlos esos versos por la lectura en alta voz, como se prueba la calidad de las monedas, haciéndoles sonar, y reconoceréis que esos son buenos y bellos versos, armoniosos, llenos de imágenes, en donde se estremece también muy a menudo una sensación verdadera. Por mi parte quedo confundido ante tal precocidad. La palabra «vocación», tan grave de pronunciar, sin embargo, me viene espontáneamente a los labios. Hay que decir, como Chateaubriand después de haber leído las primeras odas del jovencito Víctor Hugo: «¿Niño sublime?» No; sería demasiado. Pero, viejo poeta, conmovido por el don poético de esta niña, recuerdo que, a su edad, Mozart ha compuesto sus primeras sonatas. Ese hombre de genio principió también como niño-prodigio. Ante esta mignonne Antonine pienso en el pequeño Wolfang, sentado al piano.»
Yo creo que Coppée tiene razón en ponerse triste. Ante un caso semejante al de la niña Antonine o la niña Carmen, hay que recordar que los niños-prodigios, con muy raras excepciones, mantienen las promesas de su infancia. Los demasiado amados de los dioses mueren brutos... todos hemos visto a esos maravillosos compañeros de colegio que dejan asombrados a los profesores; generalmente acaban de modestos industriales o alcaldes de villa. En la mujer la precocidad es más peligrosa aún. El fin de una superdespierta de diez años es terrible de pensar... El record de la precocidad femenina creo que lo ha ganado cierta niñita que, con motivo de una enquête, envió a una gran revista mundana la carta siguiente: «Señora: Creo que estoy ya en edad de casarme, y que soy muy capaz de ser una buena madre de familia. Os confío a vos esto porque estudiais seriamente la cuestión, pero no me atrevería a decirlo en mi casa. Sé bien que se me respondería: «¡Pero si no tienes más que doce años!» ¡Como si esto fuese una razón! ¿Acaso no se puede ser razonable a los doce años y adorar u ocuparse de un hogar y de sus hijos? La edad no tiene nada que ver con el asunto; y tengo en mi familia una tía de setenta y siete años a quien papá y mamá llaman «la vieja loca» porque ha perdido toda su fortuna al juego de los caballitos. Yo no tengo nada de loca. No creo en el petit Noël, ni en las historias que hacen dormir y que se cuentan a los niños. Y si se me dejara ponerme en menage, y... comprar niños, se haría mucho mejor que obligarme a jugar todo el día con una muñeca que no puedo amar verdaderamente «puesto que no sufre». Esa joya los padres podrán apreciarla. Es un caso que hace pensar en la posibilidad de la transmigración de las almas... Es un caso de teratología psíquica.
He hablado alguna vez de Jacqueline Pascal, la hermana del gran Blas. Ella también fué un caso de temprana frondosidad mental, y deleitó con sus lucubraciones primigenarias a las gentes de su tiempo. Tuvo también algo que no tienen, por lo común, las niñas-prodigios: la belleza. «Parfaitement belle, et la plus agréable du monde par la gentilesse de son esprit et de son humeur à six ans elle est deja souhaitée partout», dice en su biografía Mme. Perrier. La petite Pascal publicó, como la petite Coullet de ahora, un volumen de versos. Pero no pensaba lo mismo que esa mademoiselle de doce años que se quiere casar y comprar hijos, y que no estima en nada la relación con sus muñecas. Jacqueline, por el contrario, a pesar de que sabía que los hijos no se compran, puesto que compuso un epigrama: «Sur le mouvement que la reyne a senti de son enfant», no desdeñaba los juegos pueriles: «elle était sans cesse après ses poupées». Se buscan en los primeros intentos las primeras revelaciones del alma. Le dió la viruela y quedó horrible. Digna hermana de su profundo hermano, sufrió con paciencia. Doce años tenía cuando desempeñaba, a pesar de su cara picada, un papel en el Amour tyrannique, de Scudery, y encanta al cardenal Le Richelieu, que decía de la familia de Blas: «J’en veux faire quelque chose de grand». Luego se gana en Rouen el premio anual discernido a la mejor composición sobre la Concepción de la Virgen, y cambia versos nada menos que con Corneille.
Entre los grandes nombres femeninos de la historia no es la precocidad un común distintivo; sin embargo, para saber en su tiempo lo que una Oliva Sabuco de Nantes, hay que haber sido un prodigio de estudio y de comprensión desde muy tierna edad. En Santa Teresa todo es más intuitivo. En la tradicional cultura italiana hay ejemplos admirables. Pongo por caso una famosa donna María Gaetana Agnesi, de quien el canónigo Frisi escribió un entusiástico elogio. Júzguese por estos datos: A los cinco años hablaba muy bien francés y estudiaba latín. A los once, conocía perfectamente latín y griego. Escribió en esta lengua un tratado de mitología y un léxico grecolatino de más de trece mil voces escogidas. Además sabía el español, el hebreo, el alemán. Como Cornelia Piscopia era un «oráculo settilingue». De Brosses, que la conoció, escribía a su amigo el presidente Bonhier en una carta estos párrafos deliciosos que merecen ser citados: «Debo darle noticia, mi querido presidente, de una especie de fenómeno literario de que acabo de ser testigo, y que me ha parecido «una cosa piú estupenda», que el Duomo de Milán... Vengo de casa de la signora Agnesi. Se me ha hecho entrar en un grande y bello salón, en donde he encontrado treinta personas de todas las naciones de Europa sentadas en círculo, y la señorita Agnesi sola con su hermanita en un canapé. Es una niña de diez y ocho a veinte años, ni fea ni bonita, que tiene el aire muy sencillo y muy dulce. Nos han traído mucha agua helada, lo que me pareció un preludio de buen augurio. No esperaba, al ir allí, sino conversar ordinariamente con esa señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que me llevaba, ha querido hacer una especie de «acto» público: ha comenzado por dirigir a esa jovencita una bella arenga en latín, para ser comprendido por todo el mundo. Ella le ha contestado muy bien; después de lo cual se han puesto a disputar en la misma lengua sobre el origen de las fuentes y sobre las causas del flujo y reflujo que, como el mar, tienen algunas. Ella ha hablado como un ángel sobre estas materias; yo nada he oído sobre eso que me haya satisfecho tanto. Después, el conde Belloni me rogó que disertara lo mismo con ella sobre el asunto que quisiese, con tal que fuese un asunto filosófico o matemático. He quedado estupefacto al ver que me era preciso arengar de improviso y hablar durante una hora en una lengua que uso tan poco. Sin embargo, sea lo que sea, le he hecho un hermoso cumplimiento; después hemos disputado, primero, sobre el modo con que el alma puede ser impresionada por los objetos corporales, y cómo éstos se comunican con los órganos del cerebro; y en seguida sobre la emanación de la luz y sobre los calores primitivos. Loppin ha disertado con ella sobre la transparencia de los cuerpos y sobre las propiedades de ciertas curvas geométricas, de lo cual no he comprendido nada. El le habló en francés y ella le pidió permiso para contestarle en latín, temiendo que los términos de arte no fuesen fáciles de recordar en lengua francesa. Habló a maravilla sobre todos esos temas, sobre los cuales no estaba más prevenida que nosotros. Es muy apegada a la filosofía de Newton, y es cosa prodigiosa ver a una persona de su edad comprender tan bien puntos tan abstractos. Pero, por mucho que me haya asombrado su doctrina, más me asombra oirla hablar latín, lengua que seguramente no debe usar mucho, con tanta pureza, facilidad y corrección. Después que le hubo contestado a Loppin, nos levantamos, y la conversación se hizo general. Cada persona hablaba con ella en su lengua propia.»
Ya se ve que ésta supera a todas nuestras cultilatiniparlas de la actualidad, estudiantas ibsenianas y feministas marisabidillas, y aun a nuestras más famosas doctoras y musas contemporáneas. Y el caso de Gaetana no es único. En 1726 se publicó en Venecia una obra en dos volúmenes, de la cual he visto un ejemplar en la Biblioteca Nacional, obra cuyo título es: Componimenti poetici delle piú illustri rimatrici d’ogni secolo, por Luisa Bergalli. En dicha obra se publican trabajos de 250 poetisas y sus biografías. Luisa Bergalli fué un prodigio, prosista, autora de versos, traductora de Terencio. «Doctissiman fœminam Terentianis versionibus celebrem; et comico opere Italicorum excellentissime»—; dice de ella el entusiasta Barbieri. Eran, sin duda, tiempos muy diferentes de los nuestros, de cake-walk, flirt y otras disciplinas semejantes. En nuestra época apenas sin ridículo se le permite saber chino a Judit Gautier y persa a Madame Dulafoy.
A creer en lo que afirma un autor inglés, indiscutible humorista, se pudo leer en Londres, en el siglo antepasado, el anuncio teatral siguiente: «La semana próxima los personajes de Coroliano y de Enrique VIII serán representados por Miss Biddy, niñita de cuatro años, que ha desempeñado los mismos papeles hace diez y ocho meses con tanto éxito en Dublin, y que no está enteramente curada de su coqueluche.» Aquí la precocidad toca los límites de lo extraordinario y bufón. Robert de Montesquiou, al contrario, cuenta de una su amiguita y pariente, niña-prodigio y deleitable alma primaveral, cosas singulares. Si el caso particular es verdaderamente raro—dice—, el hecho no lo es en sí. «La infancia es poeta»—ha dicho Mme. Valmore—. Y Víctor Hugo ha escrito estos versos, que son una noble explicación del precoz milagro:
Il est, ou ne sait quel nuages de figures
Que les enfants, jadis vénérés des augures,
Aperçoirent d’en bas et quis les fait parler,
Ce petit voit peut-être un œil étinceler...
La «inspiración» se ejerce entonces en el sentido exacto de su etimología in spirat, y sopla en el virginal y delicado instrumento como el viento en un arpa eolia. Los «inefables» acentos de la dulce Marcelina tienen algo de esa infantil inspiración prorrogada, y es a menudo por eso por lo que nos cautivan. Muchas palabras de niños contienen ese infandum que nos hace estremecer como algo de no humanamente expresado que viene de muy alto y cuyo misterioso timbre no se encuentra sino en algunas revelaciones-espíritus. Mi pequeña poetisa no sabía escribir. Estaba muy contenta jugando, y lejos en apariencia—y en realidad—de toda preocupación literaria. De repente se verificaba el prodigio.
Citaré también algunos poemitas de esta asombrosa chiquilla de la nobleza francesa—hoy ya crecidita y bella como un astro—. Estos, en prosa, que parecen sacados de antología china:
LAS TRES PERLAS DEL MAR
Tres barcos muy extraordinarios eran, de lejos, como tres perlas.
Flotaban muy lindamente. La mar los hacía más bellos, como si los amase.
Las montañas parecían flores a los barcos; y los barcos parecían a las montañas chorros de agua.
Los barcos fueron lejos, muy lejos... hasta que ya no se vió nada...
SOBRE EL AGUA
Eleonora deja su anular rozar las aguas cuyo color veía obscurecerse a través de su esmeralda. El rosa de la carne surgía como un fruto en ese verde gris; una pequeña cúpula de cristal, levantada por la uña, rodeaba el dedo, formando un globo a través del cual aparecía como un objeto precioso.
EL INSECTO
El niño abrió lentamente su pequeña mano. El escarabajito estaba vuelto de espaldas, como una minúscula tortuga. Después se levantó, se puso a correr con toda ligereza de sus patas de hilo. Eleonora hizo un puente con su mano; la coccinela recorrió los dedos, dió vuelta al más chiquito y subió sobre la perla de un anillo, en donde se quedó un momento. Luego, extendiendo sus alas que se reflejaron en la perla, enrojeciéndola, voló».
Esta es una verdadera perla, digna de una verdadera niña y de un verdadero prodigio.
Mas, ¡oh, tristeza! ¿No habéis visto con profunda pena esas compañías infantiles que suelen recorrer los países representando piezas hechas para los actores grandes? Macabras y horribles son las barbas postizas de los galanes jóvenes impúberes; las declaraciones de amor a jovencitas en formación, y las coqueterías ácidas de ellas. ¿Cómo puede agradar esa especie de prostitución de la niñez? Aquí en París había un teatrito de esos en un «pasaje», en el cual tan solamente hallarían complacencia lectores de la Justina, del «divino» marqués o de la Antijustina, del Retif.
Los frutos que se anticipan a su tiempo, o que, por manejos y artes de horticultor, precipitan su madurez, no son buenos al paladar. En las almas pasa lo propio. La excesiva precocidad, en talento como en crimen, no puede sino ser signo de degeneración. Debe afligirse un padre ante el espectáculo de un retoño que se hace árbol antes de tiempo. En los paseos públicos, en los jardines, suelen verse aquí niñitas que en sus maneras y aspectos son Linianitas de Pougy, bebés de las Camelias. Si no con el espíritu pervertido, con una idea muy especial de la existencia, crecen y se desarrollan chicuelas como la autora de la carta que he citado, la que quiere hogar y comprar hijos. Si a los doce años se piensa así, ¿qué será a los veinte?
ROSTAND, O LA FELICIDAD
ONSIEUR Edmond Rostand, el célebre autor de Cyrano, el benjamín de la Academia Francesa, es, indudablemente, un hombre feliz. Sus muchas docenas de admirables camisas son las camisas del hombre feliz. Tiene millones, tiene una linda mujer que le comprende dos veces y que se llama Rosamunda. Va a hacerse una casita de soñar y gozar en Cambo, lugar meridional y florido. Cada paso que ha dado ha sido un triunfo. París y las parisienses se han enamorado del rey Rostand. Su entrada al palacio Mazarín ha sido un acontecimiento nacional. Si viene una emperatriz, él es quien la saluda en verso. Los reporters publican sus menores gestos y comentan sus menores deseos. En el Museo Grevin tiene su estatua de cera. La fotografía le ha popularizado en todas las posturas. En las ilustraciones se le ve kodakeado en el campo, ilustremente, al lado de su esposa, como antes a Daudet con la suya. El día de su recepción de inmortal, Sarah llevaba el compás de las frases y Coquelín le besó. Es un poeta. Y tiene lo que es para un poeta más que para nadie indispensable: tiene millones. Gusta, naturalmente, de la elegancia y del lujo, y en ellos vive. Era enfermizo; hoy tiene hasta salud. Cada vez que escribe un verso se gana un luis, si no más:
Ce sont les cadets de Gascogne
De Carbon de Castel-Jaloux,
Bretteurs et menteurs sans vergogne
Ce sont les cadets de Gascogne...
Diez luises por lo menos. L’Aiglon, La Samaritaine, la mar de luises. Escribe cuando quiere, como quiere, en donde quiere. Su pegaso tiene una excelente caballeriza, y como cierto caballo de cierta novela de Henry de Regnier, «hace» monedas de oro. Siendo su fama parisiense, es mundial. Ha tenido el honor de que un poeta chicaguense quiera disputarle sus hallazgos. Don Quijote le ha tendido la mano a través de los Pirineos. M. de Vogüe le dice sin ironía: «En pocos días llegáis a ser rey de la escena, emperador, mesías, poeta nacional y luego poeta universal.» Ninguna exageración le sienta mal. Su gloria es gascona. Tiene la suerte de hablar en una lengua que todo el mundo entiende. Sus piezas son representadas y aplaudidas en todos los teatros de la tierra. El poeta Mendès escribe de la Francia: «La patria de Corneille, Hugo y Rostand». Su mujer, que puede hacer tan bellos versos como él, se dedica a admirarle y a quererle, y a hacerle una musa, una esposa y una amante incomparable. A los treinta y cuatro años es el Napoleón de la rima, el César de las tablas. La muchedumbre no le discute. La nobleza le sonríe, la sabiduría le aplaude. El, sencillamente, habla. «He encontrado la felicidad en Cambo. Allí paseo, respiro, sueño. Voy a hacerme construir una casa en un sitio incomparable. Tengo flores, tengo montañas, tengo el agua del gentil Nive, tengo la compañía de magníficos vascos. He ahí mi vida. ¿Para qué recargarla de cuidados superfluos? ¿Y por qué he de trabajar a la fuerza? ¿Qué es esa obligación de trabajo que se quiere imponer a todo el mundo? Si no tengo ganas de trabajar, ¿por qué he de trabajar?» Hombre feliz, Rostand, el rey Rostand, el que hace nacer a su Cyrano en una cuna de oro y a su Aguilucho en un nido de marfil. Y luego él mismo se da a entender pescador de luna, en Lunel, cazador de sueños en Cambo, acaparador de dicha en todas partes. ¡Veinard!: Rostand, o la Felicidad.
Todo no está, en la lógica de la existencia, muy puesto en razón. Es un caso excepcional... Y, en realidad de verdad, ¿para quién debía vaciar su cornucopia la riqueza, sino para el artista que tan bello uso sabe hacer de ella? Hay en el inmenso vulgo la creencia de que, al contrario, al artista le es necesaria la penuria, la miseria. Hay absurdos bimanos que saben y repiten que Cervantes no cenó cuando concluyó el Quijote; que Homero fué un mendigo; que muchos grandes poetas vivieron y murieron en el sufrimiento y en la escasez. A título de poeta me decía una vez un amable hotentote: «Dios quiera que nunca le sonría a usted la fortuna», y pensaba hacerme un cumplimiento. Cumplimiento que se haría al pato y al ganso, cuyas patas se clavan para engordarles el hígado que ha de ser paté-de-foie-gras, o al pájaro armonioso cuyos ojos se sacan para que su canto sea mejor, según se asegura. No. El ruiseñor canta mejor bien mantenido y en jaula de oro. El pensamiento nace mejor sin cuidados, sin los miserables cuidados de la vida cotidiana. Horacio cantaba hermosamente en su quinta, colmado de los oros del César; Lamartine nunca tuvo más melodía que cuando fué príncipe de riqueza; la lírica ancianidad de Hugo fué fecunda y frondosa al calor de los millones. ¿Qué no hubieran hecho Laforgue con fortuna, Verlaine poderoso, Mallarmé con rentas copiosas? La gloria de D’Annunzio es pactolizada. Y el talento innegable de Rostand no se alzaría tanto si, como se sabe muy bien, no hubiese sido sostenido por la omnipotencia de los cheques. Sus dramas han sido lanzados como cocotas. ¿Cuántos talentos como el de Rostand habrán desaparecido ignorados en Francia por no tener la llave que abre todas las puertas en nuestro tiempo de negocios? Claro es que lo que Dios no da, ni Salamanca ni el Banco de Francia lo prestan.
La mediocridad, la ineptitud, no serán nunca más que ineptitud y mediocridad, a pesar de cuantas maneras de brillar ofrezca el dinero. Lo primero es ser pescador de luna; si se pesca desde un puente de plata, la dicha es mayor. Nadie como el artista sabe valorar y amar los bellos espectáculos, los exquisitos interiores, el mármol, la seda, el oro, el lujo, en cuyo medio las almas comunes no saben qué hacer, entre el gozo irrazonado y el fastidio...
¿Es injusta la suerte con M. Rostand? De ninguna manera. El mérito del portalira es evidente. Solamente que, lo que es un grato jardín, como el «Verger de Coquelín», se confunde bajo el imperio de la réclame con un monte olímpico. Se ha llegado a pronunciar la palabra genio. ¡No, por Dios! Talento. Se ha dicho: «El verbo de la Francia». ¡No, por Dios! El verbo de la Francia se llama Rabelais, Pascal, Voltaire, Hugo. M. Rostand, que sucede a M. de Bornier en su sillón de la Academia Francesa, es un poeta superior a M. de Bornier. Es un poeta elegante, delicado, bravo, sonoro, ágil, excelente rimador; y como teatral, como poeta de la escena, de primer orden. Nada más. ¡Y es mucho eso! No se burle de él la imbecilidad. No hay muchos como él. Pero hay otros que son más que él, y que no logran sus victorias porque no los lanzan los arregladores de fama y porque no hablan a la muchedumbre en el idioma de la muchedumbre. Axel no logra lo que Cyrano. Y entre Rostand y Villier de l’Isle Adam hay su distancia...
En todo esto hay algo de consolador. Y es el hecho de que, por más que se diga, un poeta ha sido el ídolo de París en momentos en que tan solamente logran laureles y premios los automovilistas y los reyes de la bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero también el ideal, la poesía. El clown de Banville hizo también una especie de looping-the-loop, y entonces fué cuando dió aquel salto que le hizo romper el plafón azul del cielo y desaparecer en lo infinito. Rostand, o la Felicidad... Sin embargo, he ahí que el unánime triunfo se ve turbado por agrias protestas. Ya es un crítico que, entrando en comparaciones, encuentra en cualidades diferentes al autor del Aiglón, inferior a Banville, a Mendés, a Ponchon. Ya es un fogoso meridional, del puro riñón del Mediodía—no hay peor cuña que la del mismo palo—, Jean Carrère, que es, con el victorioso, terrible y flagelante. Y señala esa victoria resonante como exteriorización de un mal francés que trae decadencia y mengua nacionales: el histrionismo. Diríase que ha leído a M. Groussac en ciertas páginas de antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra historia desde hace un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos últimos años! ¿Qué amamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué contemplamos? El teatro, los actores, los autores dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven en nuestra vida interior? ¡Acontecimientos de teatro! Cuando se quemó la Comedia Francesa los diarios, al unísono, hablaban de un desastre nacional; parecía que la Francia había concluído su misión. Una pobre actricilla se quemó allí: duelo universal. Se la enterró con una pompa solemne que no conocerá nunca un libertador de la patria o un descubridor de nuevas rutas. ¿Cuál ha sido el gran asunto de las polémicas en estos años recientes? ¡La querella de M. Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre cabotina no se puede enojar con su director sin que el ministro se mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de qué nos enorgullecemos en nuestras relaciones con el vasto mundo? De nuestras piezas dramáticas, del éxito de nuestros actores, de las tournées triomphales, de nuestras grandes vedettes. Mme. Réjane no puede volver de Inglaterra sin que se la vaya a esperar al desembarcadero, como si acabase de conquistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos representa en América, y M. Coquelin es nuestro supremo intérprete con reyes y emperadores.» Y luego señala las palabras de Claretie, que hablaba de la «misión civilizadora de M. Truffier», y la locura de los diarios con cualquier acontecimiento de bambalinas. El teatro es todo, dirige todo, absorbe todo, aumenta todo, aniquila todo y nos oculta nuestra propia situación. Lo más doloroso, en efecto, es que, semejantes a los actores que se embriagan con su papel, nos embriagamos con esa gloria ficticia del teatro, y creemos en una grandeza que no es sino la ilusión de la escena. Creemos que los pueblos aclaman a Francia cuando aplauden a los actores franceses, y no suponemos todo lo que hay para nosotros de desprecio real en esa exaltación ruidosa de nuestra superioridad teatral. ¡Oh, cuánta ironía sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a los que saben comprender había en la actitud de ese emperador feudal y guerrero, soñador de imperio y de expansión mundial, que recibía como representante de la Francia, a su ilustre valet de comédie!» Monsieur Jean Carrère, que también es poeta, exagera un poco como meridional; pero no deja de tener razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para este país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elocuencia de los galos, que enseñaron sus gestos y palabras a los britanos. Juana de Arco representó un papel que el buen Dios de los ejércitos escribió expresamente para ella. Y un Papa calificó al gran Emperador que fué a las Pirámides y a Santa Elena, tragediante, comediante... Rostand defiende las tablas, la teatralidad, la vida de las máscaras. No hay sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que aproveche de su vida, bella comedia; mientras, como para todo el mundo, llega la mano invisible que baja el telón.
LA PRENSA FRANCESA
I
Los diarios.
NO que otro día suelo comprar la Gazette de France, el venerable diario que casi nadie lee, salvo los abonados monarquistas. Lo compro por honrar la memoria de Théophraste Renaudot, que no era ningún Gordon Bennet, y por leer algunas sabrosas prosas de M. Charles Maurras. Esa vieja hoja, la primera que salió de las prensas francesas, está hoy decaída, como las ideas que representa. Su figura no luce, sus hábitos no van con la nueva vida periodística de este París que se ayanquiza, que ha cambiado, que se ha transfigurado, en cuerpo y alma, desde los tiempos en que Théophraste tenía su oficina en la calle Calandre, en la enseña del Grand Coq. Hay algunas publicaciones que permanecen fieles, hasta donde les es posible, al pasado; pero la evolución del periodismo francés tiene etapas demasiado marcadas en su historia. Los tiempos han cambiado; y, desde la aparición del primer periódico, la prensa ha correspondido a su tiempo.
Acabo de releer las deliciosas memorias de Goldoni. En ellas hay un capítulo dedicado a los periódicos. El comediógrafo se asombra ya de «l’inmensa quantitá di fogli che si spacciano ogni giorno in Parigi». El hombre más curioso y más desocupado del mundo no podría leerlas todas, dice, aunque emplease en ello todo su tiempo. Cita los más importantes. El Journal de Paris, célebre a la sazón por un canard ruidoso. Este periódico anunció que un lionés había descubierto la manera de caminar sobre el agua, y que había realizado la prueba con todo éxito. La afirmación no era cierta. Pero quiso la buena suerte de la publicación que tres años después un extranjero caminó, en efecto, sobre el Sena con unos zapatos de su invención. El Journal de París no quedó ya como mentiroso... Goldoni habla también de la Gazette de France. Aparecía entonces dos veces por semana, «y si no da las noticias más frescas, las da en cambio más seguras».
El Journal Europeen era «una gaceta inglesa traducida al francés». Muy dedicada a cosas parlamentarias, y muy buscada por el público. El Mercure de France había dejado de publicarse mensualmente y aparecía, más pequeño, cada sábado. Cita con elogio el Año Literario, de Freron. El Journal des Savants «non e fatto per tutti». La Gazette des Tribuneaux, útil para empleados y curiales, y el Journal de l’Agriculture, para los cultivadores. El más afortunado era la Bibliothéque des Romans. Merecía ser leído el Journal de Litterature, «benissimo scritto e molto giudizioso nelle sue critiche». Solamente hay en ese tiempo dos diarios: el Journal de París y el Journal de France. «Objeto principal de este último es el anunciar los bienes muebles e inmuebles que se venden o alquilan, de las cosas de que querían deshacerse los posesores», etc., etc. En cuanto al Journal de Paris, «algunas veces el público lamenta que no sea bastante rico de noticias». Y el buen Goldoni se pregunta: ¿pero puede un diario ser rico de noticias todos los días? Y luego, ¿se puede decir todo, escribir todo, imprimir todo? No sospechaba por cierto en lo porvenir la información actual, el diario en que cuotidianamente se dice todo, se escribe todo, se imprime todo.
En verdad, el diario propiamente dicho, no empezó sino con la Revolución. Rivarol apareció con su finura y brillantez; Desmoulins, con su elocuencia; otros más si no buenos escritores, plumas activas. Las luchas de ideas, los choques políticos, hacían necesaria la hoja con su noticia, su proclama o su comentario. Marat, terrible colega, lanza su Ami du Peuple; y el periodismo furioso y sanguinario tiene iniciadores como d’Hebert y Fréron, a quien Goldoni calificaba de «uomo molto istruito e sensatissimo». En el Directorio Babeuf funda su Journal de la Liberté de la Presse. Se escribe mucho y hay no sólo libertad, sino libertinaje.
Bajo el poder del emperador no hay expansión para la prensa. Después nacerán los Carrel, los Constant, los Paul Louis Courrier, precursores de los luchadores de hoy, Clémenceau, Rochefort, Drumont y compañía.
A la vuelta de los Borbones hay un despertamiento. El periódico cuenta con plumas como las de Bonald, Lamennais, Chateaubriand, que sustentan los principios conservadores, mientras el liberalismo tiene a Cousin, Guizot, Royer-Callard, Foy, Miguet, Thiers, etc. Más tarde, típicos representantes aparecerán, maestros como Janin y el gran Louis Veuillot. Girardin, como dice en una buena frase M. Edmond Pilon, crea la Presse d’un coup de plume et tue Armand Carrel d’un coup d’épée. A través de los cambios políticos, brillan los Louis Blanc, los Raspail, Hugo mismo, que fué colosal periodista. El segundo imperio llenó los diarios de literatos y poetas. Nacieron los Scholl, los Saint-Víctor, los Gautier, los Vacquerie. La guerra y la Comuna pasaron. Hubo una transformación en todo. Los diarios cambiaron de ideas, de rumbo, o suavizaron sus tendencias. El número ha aumentado largamente. Y un soplo venido de los Estados Unidos, ha propagado últimamente el espíritu yanqui en el diarismo, como ha creado el magazin, fotográfico, de actualidad y de curiosidad.
¿Quién no sabe que el Temps es el más serio y autorizado de los diarios parisienses? Sus cortos artículos editoriales resumen en juicios, casi siempre acertados, los movimientos de la política mundial. En cada número un redactor representa el pensamiento espiritual, la crítica fina, Pierre Mille o Nozieres, por ahora. Allí se publican las «interviews» famosas, «los paseos y visitas» de un eminente reporter: M. Adolphe Brisson. La crítica literaria y dramática cuenta siempre con dos «normaliens» de fuste. Los que han firmado, firman, o firmarán esas secciones, han sido, son o serán de la Academia Francesa. Los asuntos militares los tratan en largos artículos dos militaristas fuertes, como los hermanos Margueritte. Un reposado gentleman-farmer envía de cuando en cuando agradables cartas sobre agricultura. En el folletín hay casi siempre una novela extranjera.
En cuanto a información, el Temps es de los más adelantados, y sus noticias son siempre de buen origen. Antes de pasar adelante, he de advertir que es inútil buscar aquí una información semejante a la de los grandes diarios yanquis, ingleses y argentinos.
El Figaro, que ha pasado recientemente por una crisis resonante, guarda su carácter tradicional, moderado y mundano. Se conserva la usanza de los «sonetos políticos», de Magnard. Siempre, el redactor en jefe, da su opinión sobre la situación, si no en catorce versos, en más o menos espacio que el que ellos ocuparían. El primer artículo es literario, o de actualidad, firmado por un nombre célebre, o en vísperas de serlo. Un redactor hay, cuotidianamente, para un asunto de interés actual en la vida parisiense, y, entre la legión de sus reporteres, cuenta con el reporter parisiense por excelencia M. Chincholle, y con un hábil interviewista, M. Huret. Mantiene en la mayor parte de las capitales europeas corresponsales que están, o aparentan estar, en todos los secretos de cancillería y de salón. Como crítico teatral firmaba Henry Fouquier; hoy llena la tarea Emanuel Arene. Recientemente el Figaro ha llamado a Catulle Mendés a su colaboración literaria fija, y el buen poeta dice, en prosa y verso, cada quince días, impresiones, sensaciones e ideas.
El Gaulois es el rival mundano del Figaro. Su clientela es monárquica y de alto rango. En su redacción se guardan todas las conveniencias. Tiene una sección muy interesante, sus blocnotes parisienses. Como el Temps y el Figaro, se vende a quince céntimos. Manifiesta también preferencia por la literatura y el arte. Conservador y todo, tiende a mejorar como empresa. El Journal des Debats es el viejo periódico sabio y correcto de antaño. Tiene una clientela especial y distinguida. Guarda la tradición del folletín de crítica dramática. Sus colaboradores son casi todos miembros del Instituto. Es el periódico senador, antiguo par de Francia. El Journal ha comenzado con gran éxito y ha seguido una vida de éxitos. Diario cuyo director literario es M. José María de Heredia, tiene un estado mayor de excelentes literatos como redactores. Cuenta también con buenos periodistas, en el sentido exacto de la palabra. Se distinguen en esto su redactor policial y su vulgarizador científico. En cuanto a sus plumas principales, las hay fuertes, admirables para la revista y para el libro, como la de M. Paul Adam, cuyos artículos muy sesudos, atrevidos y macizos, no son muy propios del diario; Michel Prince publica sus diálogos picantes; André Theuriet, sus impresiones y cuentos campestres; «Severine» hace su propaganda humanitaria; Mezervy dice sus historietas voluptuosas; Hugues la Roux, sus viajes e impresiones, y así otros cuantos colaboradores fijos. La crítica teatral la hace el poeta Mendés. Tiene buenos reporteres, como Naudeau, y tres escritores risueños: Pouchon, famoso sacerdote de Baco; Alphonse Allais, que es en París lo que Luis Taboada en Madrid y Eustaquio Pellicer en Buenos Aires, y Franc Nohain, un humorista en versos amorfos, que recibe las confidencias de las cafeteras, de los billares, de las muñecas y de otras cosas así, y que agarra una rima y no la suelta hasta no acabar con la paciencia de sus lectores.
El Matin, que en su nueva época ha iniciado un movimiento de información y de actividad diarística que le ha sido muy provechoso, y el Français, que aparece por la tarde, en dos o tres ediciones, son de una misma empresa. Publican siempre un artículo de actualidad, un cuento y muchas noticias locales y extranjeras. Sus redactores principales son Ch. Laurent y H. Harduin. Tienen un crecido número de colaboradores y reporteres que han tenido ingeniosas ideas e iniciativas, como el que se tiró al Sena para ver si lo salvaban los perros de la policía, y se quedó una noche escondido en un sarcófago del Louvre, y George Daniel que se ha disfrazado de mil maneras y ha ejercido cien oficios para contar sus aventuras a los parisienses. El Echo de Paris, órgano del nacionalismo, es un diario bien hecho, bien informado, con una buena sección de telegramas del extranjero, y que se distingue como L’Eclair por sus interviews. Hay otros cuantos diarios, pero se harían estas líneas interminables si hablara de todos.
El establecimiento del New York Herald, en París, la invasión yanqui, las relaciones más estrechas con los Estados Unidos, han traído al periodismo nueva vida. Ya son señalados los redactores políticos que hacen su largo editorial, los extensos capítulos, de antes, o las dilatadas vociferaciones. Se busca decir en pocas líneas mucho. No se declaman las antiguas tiradas. En cambio, en todo, en literatura, en arte, en sport, se aumenta la parte informativa, el elemento curioso, la anécdota inédita. Con esto ha llegado también la réclame. Hay diarios que dan primas a sus suscriptores; otros, como el Journal, han inundado de carteles vistosos los muros de París, recomendando tal o cual folletín espeluznante, y ofreciendo un premio de valor a la persona que averiguase el final de la novela y la suerte de cada uno de los personajes, después de publicados los primeros capítulos. El Matin y el Français han iniciado las sorpresas. Los redactores del periódico, desde el redactor en jefe hasta el último reporter, han salido por las calles a ofrecer un sobre cerrado a las personas que andan con el diario ostensiblemente. Los sobres contienen billetes de mil francos, automóviles, una villa amueblada y otros regalos de mayor o menor precio. El Journal siguió el ejemplo, y lanzó una especie de combinaciones que eran simplemente una lotería, por lo cual la ley cayó sobre la tentativa. Hoy hace lo mismo que el Matin. Naturalmente, esa auto-réclame no la hacen diarios graves y estirados. Entre esos, el Figaro ofrece a sus suscriptores el aliciente de las invitaciones a sus fiestas y recepciones. Hay otros medios. El Matin envió a un redactor a dar la vuelta al mundo en el menor tiempo posible; el Journal hizo lo mismo. Luchan a quien más acapara la atención pública. El Journal acaba de lograr una gran victoria: ¡ha sacado del presidio a un condenado a perpetuidad, inocente, según se ha probado; le ha traído a París, le ha banqueteado, le ha hecho aclamar por el pueblo en la estación del ferrocarril! El Matin se ha puesto pálido... Sería necesario algo más sensacional: un condenado a muerte, inocente también, arrancado a la guillotina... Pero eso no es fácil.
¿El papel político de cada diario? Conforme a los intereses del partido que lo sostiene. ¿El tono habitual de ellos? En un curioso estudio de M. de Noussanne, sobre la prensa francesa, hay una serie de frases y palabras usuales en el repertorio de cada uno. La Croix: «Este gobierno nefasto... El ejército encarna la patria... No queremos por prueba... En cambio... Los francmasones... La francmasonería... Revuelta... Los revoltosos... Dios... Castigo... Misericordia... Cólera... Cristiandad... Anticristiana... Obolo... Pequeño óbolo... Documentos... Escándalo... Perfidia...» L’Aurore: «Los gobernantes, explotadores y ladrones... Los bandidos, los asesinos galoneados... matadores... carniceros y violadores... Yo quiero... Yo... Yo haré... Yo he dicho... Yo he citado... Yo repito... Las órdenes de la conciencia... Las luces de la razón... Los pretorianos... Brutos... Policía... Malhechores civiles y militares... Cadáveres... Barbarie... Fuego y sangre... Cobardías... Atrocidades... Infamias...» La Libre Parole, órgano, como se sabe, de los antisemitas: «Este Ministerio de muerte y de ruina... El ejército desorganizado... Yo... Yo soy... Yo sé... Ya veis... Ya veréis... Imaginad... Notad... Escuchad... Desde el punto de vista de... Hay... Hay más... El ejército... Los judíos... La judería... El oro... Los cosmopolitas... Israel... El país... Canalladas... Traidores... Abominable... Inmundo...» El Figaro: «Cuando se tiene el honor de ser un hombre de gobierno... Es preciso... Respetamos demasiado el ejército... El respeto de las instituciones... El respeto de las leyes... El respeto del orden... La libertad... Las libertades... La masonería... Los jacobinos... Las pasiones... Sospechas... Sospechosos...» La Patrie: «El Ministerio de vergüenza y de traición... El ejército francés sobre todo... Así pues... Ved aquí... Ved... Desde la guerra... La lección del pasado... Parlamentarismo... Incoherencia... Fe... Ley... Odiosos sectarios... Sin patria... Nuestros adversarios... Los peores bandidos... La libertad... Las libertades violadas... Este pueblo... Un gran pueblo... Las conciencias francesas... Deber patriótico... Derechos imprescriptibles... Esperanzas invencibles...»
Por sus palabras los conoceréis.
Las naciones, decía Littré, tienen, en bien o en mal, el periodismo que merecen.
II
Las revistas.
Hay en el mundo intelectual ciertas mentiras convencionales, una de ellas ésta: la Rue de Deux Mondes es un cuadernote ilegible; no se puede tener en la mano sin que el sueño no llegue a rendir al lector; es una revista vieja para viejos; cuartel de inválidos, refugio de veteranos. Nada de esto es cierto sino en parte muy relativa. La noble revista ha contado siempre entre sus colaboradores autores jóvenes y brillantes: es una publicación no extraña a la amenidad y suficientemente valiente para dar acogida a obras a veces arriesgadas, desde las de la Sand hasta las de D’Annunzio; es abierta a las corrientes de ideas extranjeras, y en sus páginas han tenido lugar en toda época trabajos de escritores de todas partes del mundo. Siempre ha habido en su redacción una pluma hábil cosmopolita: antes era M. de Mazade, hoy es M. de Wizewa. En ella fueron juzgados, a su tiempo, los libros de Sarmiento, entre otros americanos.
Lo que sí es cierto es que la Revue de Deux Mondes es la academia de la prensa. Los autores franceses que escriben en ella son candidatos para un asiento bajo la Cúpula, cuando no figuran en el número de los Cuarenta. Su opinión oficial, representada siempre por un crítico de seso, no es ciertamente revolucionaria ni independiente. Para eso están las revistas de otra índole. De Buloz a Brunetière, la dirección es la misma. La revista que lleva como norma la seriedad y el buen sentido no pretende, por otra parte, más que ser leída por el grupo que constituye su especial clientela. Y en cuanto al color de sus ideas es invariable, como el salmón de su cubierta.
En realidad, la revista más respetable, si el respeto se mide por la edad, sería el Mercure de France, cabalmente la revista más independiente, más atrevidamente intelectual, más sólidamente moderna. Su fundación data de 1672. Goldoni, en sus citadas Memorias, dice: El Mercurio de Francia, llamado antes el Mercurio Galante, ha variado ahora el orden de su distribución. En vez de un volumen al mes, da una parte cada sábado. Este trabajo es hecho por una sociedad de literatos: comprende cuanto se refiere a las artes, las ciencias, la literatura, los teatros, las noticias políticas, y ha siempre conservado el antiguo uso de los enigmas y logogrifos, de los cuales da la explicación en el volumen sucesivo. El vocablo enigma debe entenderlo cualquiera, pero el de logogrifo puede muy bien ser desconocido de muchas personas: yo, por ejemplo, no tenía de él noticia alguna en Italia. He aquí la explicación que se encuentra en el diccionario de Trevoux: «Logogrifo: especie de símbolo en palabras enigmáticas; consiste en cualquier alusión equívoca, o mutilación de palabras, por el cual se varía el sentido literal de la cosa significada: de manera que está entre el equívoco, o el verdadero enigma o emblema.» Las palabras de Goldoni toman hoy un picante valor, cuando se sabe que ha sido en su reciente época el Mercure de France el campo de aparición y el lugar de batalla de los simbolistas de la literatura, de los enigmistas del arte. Los ingenuos emblemas de antaño se cambiaron en prosas extraordinarias y raras, en poesía misteriosa y cabalística, con el curso del tiempo. La verdad: esa revista, en su período contemporáneo, ha sido la Revue de Deux Mondes de los intelectuales en el mundo entero, de Rusia a los Estados Unidos, de París a Tokio, de Roma a Buenos Aires. Es ella la causante principal del movimiento de ideas que en arte y filosofía adquirió en estos últimos tiempos una expansión internacional y una potencia cosmopolita. El decadentismo desapareció con señaladas individualidades: el simbolismo dejó de ser una escuela para dejar en la obra personal de sus principales sostenedores la verificación del triunfo de una tendencia, de la victoria de una lucha mental que ha influído en todas partes en las creaciones del espíritu y en el arte de exteriorizar las ideas. Ya pasó el tiempo en que se hablaba de esta publicación como una de las tantas tentativas de los «nuevos», de los «jóvenes»; los nuevos de ayer son hoy casi viejos; los jóvenes, reconocidos maestros. Desapareció Verlaine, desaparecieron Mallarmé y Villiers de l’Isle Adam, dejando en la historia de las letras francesas el resplandor de su luz indiscutible. Quedan los fuertes en su madurez: Henry de Regnier, altísimo poeta; Remy de Gourmont, cuya obra compleja, profunda, sabia, vigorosamente encantadora, dentro de poco tiempo, como la de Nietzsche, quizá conmueva al mundo. Madame Rachilde, la inteligencia más rara, a mi entender, que ha tenido una mujer sobre la tierra; Jules de Gaultier, hábil manejador de ideas, filósofo inesperado, cuyos recientes libros De Kant a Nietzsche y El Bovarismo recomiendo a nuestros espíritus de meditación, a nuestras inteligencias que no temen el vértigo de las altas especulaciones; Barthélemy, que ha escrito una obra sobre Carlyle que es una obra maestra, y una pléyade de estudiosos, de trabajadores, exploradores en plena selva de ideas, o mineros de futuro. El Mercure tiene la particularidad de tener una redacción cosmopolita, y en cada número hay una reseña del movimiento intelectual universal en secciones especiales. Los «epílogos» de Gourmont y los juicios de Mme. Rachilde son verdaderos atractivos para los sibaritas de las letras.
El Correspondant es una revista admirablemente dirigida, de gran mérito por la calidad de su colaboración y que sostiene las ideas del elemento conservador y religioso. Es poco leída en el gran público, pero muy leída en las clases altas, en que no soplan vientos de fronde ni se agitan otros problemas que los del sostenimiento de los antiguos ideales y regímenes.
La Grande Revue fué fundada a raíz de la famosa cuestión Dreyfus, y su director es el célebre abogado Labori. Según su programa, se señala esta publicación por dos caracteres esenciales: «desde el punto de vista intelectual, la independencia absoluta de toda escuela, pues conviene acoger lo que hay de excelente o de verdaderamente original en todos los géneros: desde el punto de vista material, la periodicidad mensual, pues en presencia de las múltiples ocupaciones de la vida moderna y del número creciente de obras de toda suerte que hay que recibir a veces, solamente para recorrerlas, una publicación consistente en un grueso volumen mensual, compuesto con cuidado para que todo interese, y por lo tanto completo y menos costoso que las obras similares, no tiene sino ventajas». A lo cual se puede observar que hay una buena cantidad de revistas mensuales tan nutridas o más que esa revista y que su lectura se resiente de pesadez y de sequedad.
La Revue Bleu es hebdomadaria, como su adlátere la Revue Scientifique. Se distingue por la variedad y la actualidad de sus temas, y asimismo por lo escogido de su cuerpo de colaboradores. Por lo que toca a sus ideas, se adorna de un sabio eclecticismo que no le aleja ninguna simpatía.
No se puede decir lo mismo de la Revue Blanche. Esta es una de las más intelectuales y, sin disputa, la más combatiente, emprendedora y activa. Es anárquica, demoledora y nutrida de ideas. Su colaboración es cosmopolita, como la de Mercure, y puede asegurarse que jamás se ha escrito en ella una sola página en que no haya audacia y talento. Lo subido de su color—¡a pesar de su candidez apelativa!—le ha atraído los odios de los reaccionarios, pero le ha dado también una inmensa boga en el mundo pensante, tanto en Francia como en el extranjero. Ha hecho campañas sonoras y memorables, como la de Montjuich, dirigida por Tarrida del Mármol, y la del descubrimiento de las crueldades cometidas en las prisiones militares francesas. Es uno de los órganos que más han dado a conocer el actual pensamiento ruso; y toda idea nueva y osada tiene en él un defensor y un propagandista, así en literatura, como en ciencia, como en política. En ella nació a la vida de la celebridad el combatiente Gohier.
La Revue Universelle es una continuación perpetua del diccionario Larousse. Es un término medio entre la ilustración y la revista. Mezcla la colaboración de ideas con las actualidades y curiosidades, aumentando su prestigio de divulgación con sus numerosos fotograbados.
La Revue de Paris es aristocrática, de un mundano intelectualismo y ofrece a sus lectores de cuando en cuando lo más celebrado de autores extranjeros en boga. No se distingue por ninguna particularidad. Parece que, sin embargo, tiene una, y no la menos interesante para los escritores: es la que más caro paga la colaboración entre todas las revistas publicadas en París.
La Plume es de hermosa historia. Fué un tiempo, con el Mercure, el palenque de los poetas y escritores nuevos. Ha pasado por mil vicisitudes: en ella nacieron a la vida de la gloria muchos autores hoy ilustres. Actualmente ha adquirido fuerzas y se presenta flamantemente como una de las mejor escritas y más artísticamente presentadas. La Plume daba en sus primeros tiempos banquetes, en realidad modestos ágapes, pero que tenían la especialidad de ser presididos por una celebridad del arte, de la ciencia, de la literatura. Hoy ha acentuado su carácter artístico: inicia exposiciones, publica muy interesantes monografías sobre los mejores pintores o escritores, y aunque ha vuelto a las antiguas comidas, éstas no tienen ni la resonancia ni la alegría de las otras, según parece. La juventud, hélas!, ha pasado.
Como su nombre lo indica, la Revue Hebdomadaire aparece cada semana. Es de un formato reducido, un cuadernito siempre lleno de curiosos artículos, poesías y novelas. Antes daba la preferencia a las novelas y reproducía obras conocidas. Hoy todo lo que publica es inédito, y la dirección procura mejorar cada día. Lástima es que se insista en el tamaño reducido, que, indudablemente, no hace bien a la revista.
La Revue Brittannique desapareció. Es una lástima, pues desde que Pichot la fundara, no dejó de ser una publicación seria, informada intelectualmente y bien organizada como empresa. Era también una de las revistas que más se ocupaban de la actividad mental extranjera, siempre tan poco conocida entre los escritores de este país.
Hay una enorme cantidad de revistas especiales, desde las sabias filosóficas y profesionales hasta las que son órganos de grupos y escuelas, como L’Effor o la Revue Naturiste, sin contar con las innumerables de letras y artes que se fundan, viven un poco de tiempo y se acaban. Fundación y fundición.
LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO
ONSIEUR Charles Wiener, el muy estimable diplomático francés, tan conocido en la América del Sur, dió en una ocasión una conferencia sobre el Uruguay; en la cual conferencia, publicada después, se leen estas palabras: «El número enorme de los animales matados permite juzgar la importancia del comercio de las pieles secas o saladas, en gran parte acaparado por un trust norteamericano. Permitidme aquí una explicación etimológica: los hombres que manipulan las pieles de los animales desollados, y que, además, no son destazadores artistas, constituyen una categoría de obreros llamados «arrastracueros», de donde viene, por corrupción, la palabra extraña de rastaquouère. Aprovecho ese paréntesis filológico para hablaros algo sobre la palabra y sobre la cosa».
La etimología de M. Wiener es, como otras semejantes, muy poco segura; pero en todo caso, mejor que la que hace venir la palabra de la jerga del Greluche de Meilhac, brasileño de pega. Su hablar—«¿Quo resta buena avatas salem pampas?»—es de la misma especie que el turco de cierta farsa clásica. Parecida a la opinión de M. Wiener es la que trae el Larousse: «Otros pretenden que los primeros americanos del Sur, cuya prodigalidad y lujo chillón llamaron la atención, eran antiguos hacendados enriquecidos con la venta de pieles y cueros. Se les había llamados «rascacueros», y de allí «rastacueros». ¿Aurelien Scholl inventó su personaje de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, o en efecto, como él lo afirmaba siempre, el tipo fué amigo suyo y persona en carne y hueso? Es de creer que el finado expresidente del «Cercle de l’Escrime» tuvo muchas oportunidades de conocer a muchos americanos del Sur, cuyos hábitos y figura pudieron dar vida a su retratado. «Desde el día en que D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, bajó en el hotel del Louvre, desde donde irradió sobre la sociedad parisiense, pocos extranjeros han osado presentarse en el café de la Paix sin haberse encasquetado un título cualquiera.» Rastacuero, «que debía dar su nombre a la gran tribu de los exóticos», está aún presente en todas las memorias: una cara de pain d’épice; dos ojos negros, con el movimiento de rotación de los ventiladores; una gran nariz de loro, bajo la cual un espeso bigote de alambre se retorcía orgullosamente poniéndole un punto de admiración en cada mejilla. Tenía en su bolsillo pepitas de oro y naipes, cartas de Hernán Cortés y direcciones de damas. Cuando estaba sin blanca, Rastacuero hacía un viajecito a la América del Sur y volvía algunos meses después con dos millones en cartera. Se decía que había ido a matar a alguien en la Cordillera de los Andes, y que traía sus despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar su dirección: «poste restante, en Buenos Aires», o «poste restante, en Valparaíso». Rastacuero tenía los dedos cargados de sortijas; una cadena de reloj que hubiera podido servir para atar el ancla de una fragata; tres perlas, gruesas como huevos de garza, le servían de botones de camisa, y usaba un alfiler de corbata que era una garra de tigre rodeada de brillantes. El personaje que corresponde a las señas del de Scholl se puede aún encontrar, con más o menos variantes en todos lugares. Y algún personal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista para hacerlo aparecer como argentino o como chileno. No solamente de Valparaíso y de Buenos Aires venían y vienen a París los dueños de las pepitas de las garras de tigre y de los bigotes de alambre. Y justo fué el redactor del Figaro, Gaston Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos parisienses enriquecidos son rastacueros»; cosa que ha repetido hace poco, y de manera dura, Luis Bonafoux: «Rastacuería o Rastilandía están en todas partes...»
Pero ¿en qué consiste esencialmente el ser rastacuero? ¿En ser exótico? Jamás se le ocurriría a nadie aplicar el calificativo a Krüger o a Li-Hung-Chang. ¿En el amor y uso de las piedras preciosas? Nadie se atreverá a tachar de rastacuero a Robert de Montesquiou... ¿En los muchos anillos en las manos? Mi buen amigo Ernesto Lajeunesse anda con las suyas semejantes a las de un rey bárbaro. ¿En el tipo? El mismo Scholl tuvo bigotes de alambre y muchos parisienses tienen los ojos de D. Iñigo. ¿En el color? El pain d’épice no se le puede aplicar a todos los exóticos. ¿El derroche inopinado y ridículo? Los petits-sucriers abundan en este maravilloso país.
A mi entender, el rastacuerismo tiene como condición indispensable la incultura; o, mejor dicho, la carencia de buen gusto. Desde lejanos tiempos, desde los embajadores que envió Harun-al-Raschid a Carlomagno, los diplomáticos y los viajeros extranjeros de fausto y de riqueza han venido a París a dejar una huella de oro y de lujo. Se necesitó que viniesen de tales o cuales países americanos opulentos caciques o arregladores de empréstitos para que la célebre figura representativa surgiese. Puesto que de esos países vinieron, no los más cultos, sino los más hábiles, con todos los defectos nativos sin barnizar. Parvenus o señorones de aldea, creyeron que Lutecia era conquistable con exceso de colorines y mala ostentación de grandezas. Luego fueron los ingenuos ricachos, como el personaje de una de las novelas del escritor chileno señor A. del Solar. Y el rastacuero agrega entonces a su mujer y a sus hijas, esas hijas que formarán lo que llamaba Juan Montalvo matrimonios deslayados; jóvenes ricas que se casan con nobles arruinados. Por eso el mismo Scholl se atrevió a decir en otra ocasión: «Casi todas las extranjeras sin marido son rastacueras.» En cuanto a los que no osan presentarse en el café de la Paix sin encasquetarse un título cualquiera, los hay de la manera más sonoramente grotesca. Millones incásicos o aztecas compran títulos del Papa—y no en el café de la Paix, sino en el mismo mundo de la nobleza—, surgen los Iñigos marqueses y príncipes. La injusticia aparente que se ve en el parisiense contra el hispanoamericano, habiendo tantos valacos, griegos y levantinos que merecen el epíteto célebre, se explica por tales razones y ejemplos.
Raspacueros, rascacueros, arrastracueros, siempre hay cueros en la palabra, y como en donde de manera principal abundan los ganados y de donde vienen los cueros es de la América del Sur, y en especial del Río de la Plata, el epíteto, con etimologías comprensibles, como la de M. Wiener, se singulariza. Solamente es de asombrar que a los yanquis, comerciantes en pieles, en tocinos, en jamones; archimillonarios y derrochadores, y tipos de grandes rastacueros delante del Eterno, por derroches y extravagancia, no se les aplique el dictado de rastacuero. ¿Por qué? ¿Por la falta del color de pain d’épice o de forro de bota, como dijo el jesuíta Coppée? Pues entonces que no se llame rastacuero al más estupendo de los hispano-americanos, al célebre Guzmán Blanco, que era culto, hermoso, de puro tipo caucásico y que casó a una de sus hijas con el hijo del arbiter elegantiarum del segundo Imperio, M. de Morny. ¡Ah! muchos rasca, raspa o arrastracueros entroncan hoy en árboles genealógicos de la nobleza europea por virtud de los mismos cueros. Y eso no es nuevo... Tan no es nuevo, que en su latín lo decía ya en lo antiguo el maravilloso y rudo Juvenal:
Neu credas ponendum aliquid discriminis inter
Unguenta et corium. Lucri bonus est odor ex re
Qualibet. Ylla tuo sententia semper in ore
Versetur, Dis atque ipso Jove, digna, poetæ:
Unde habeas quaerit nemo; sed oportet habere.
No, el rastacuero no tiene nacionalidad, tiempo ni profesión, ni necesita de fortuna para serlo—el rastacuero tal como se entiende en París, una vez adoptada la palabra—. Buckinghan no era un rastacuero, ni el duque de Osuna, ni Aguado el banquero. Pero sí tales tipos singulares, cuyos nombres se olvidan, italianos, españoles, argentinos, peruanos, chilenos, mejicanos, bolivianos; cuatro caballos, título inesperado o desenterrado, pompa de encargo, propinas del chá, cuando no juego sospechoso; sport a la mala, matrimonio de agencia o intermediario, castillo súbito, relaciones compromitentes.
La evolución del rastacuerismo se nota en su civilización. La extravagancia exterior en la decoración personal, en las maneras de derroche violento y copioso, han dado paso a una especie de compenetración con la alta sociedad parisiense—nunca en el riñón del Fauboug—, sobre todo después de que los millonarios yanquis han abierto la mayor parte de las puertas antes cerradas herméticamente. El «brasilero» de Meilhac y Halévy no existe hoy, sino corregido y aumentado por la facilidad de relaciones.
Y en cuanto a la manera de juzgar, ha cambiado también. Se dice entre el demimonde: «¡Qué «rasta» estás esta noche!», para alabar un lujo o una elegancia. Y en ese mismo medio mundo no hace muchos años, cuando los Prados y Pranzinis, la palabra «rastacuero» era un insulto... y una alabanza. En el mundo literario he oído llamar «rasta» a M. de Heredia, y en el alto mundo a notables individualidades se les da la calificación en diarios mundanos...
Los verdaderos están en todas partes...
...Ellos van, ellos y ellas, en los automóviles, vestidos de cueros...; ellos van, ellos y ellas, bajo la noche fría, en los magníficos carruajes, vestidos de pieles...; ellos van, ellos y ellas, indignos de sus riquezas, por todas partes, con los huevos de garza y las garras de tigre de que hablaba el mosquetero Scholl.
Cueros y perfumes, los internacionales Guarangos: Unguenta et corium...
EL ESCULTOR ARGENTINO IRURTIA
ONSIEUR Irurtia: La concierge me conduce, en un patio en que se ve mucho cielo y medran tupidas enredaderas, que el mes ha deshojado, a la puerta del taller que busco.
—Entrez!
El artista argentino, con sus manos llenas de la tierra del trabajo, sus cabellos revueltos, su barba crecida, su cuerpo robusto que envuelve la larga blusa, el gesto amable, la sonrisa hospitalaria, me acoge.
La modelo no ha dejado la tarima. Su bella plástica, acostumbrada a la visión de tantos ojos, queda tranquila ante la contemplación de un artista más. Yo ruego al escultor amigo que no interrumpa su tarea, y por largo rato gozo del espectáculo que no me cansaría nunca. Ver crear, ver surgir la forma expresiva, alma inmóvil de la materia, entre las manos de un obrero intelectual, es hermoso.