The Project Gutenberg eBook, Parisiana, by Rubén Darío, Illustrated by Enrique Ochoa
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PARISIANA
POR
RUBÉN DARÍO
ILUSTRACIONES DE
ENRIQUE OCHOA
Volumen V de las obras completas.
Administración: Editorial MUNDO LATINO
MADRID
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
A
J. DOLORES GAMEZ
ANTIGUA GRATITUD
Y PERDURABLE AMISTAD
Rubén Darío.
LIBRO I
FIGURAS REALES
He visto pasar á una anciana vestida de negro, cuya existencia representa una de las terribles lecciones de Dios. Es la «re renante» del poema de Robert de Montesquieu ...; es el espectro doloroso de una soberana; es Eugenia de Guzmán, Fernández, la Cerda, Leira, Teba, Baños y Mora, condesa de Montijo, un tiempo emperatriz de los franceses. Clavel de Granada, rosa de Madrid, lis de París, después de una horrenda tempestad de sangre y duelos, he ahí en lo que ha venido á parar: en una triste vieja enlutada, llena de amargura y desdeñada de la muerte. Un día se presenta á visitar en su obscuro incógnito, este ó aquel palacio, ó museo ó biblioteca, y el canoso guardián comienza á explicar: «Una vez el emperador ...» Y la dama, levantando su velo: «Jean, ¿me conoces?...» «¡Ah! ¡Majestad!...» Sí; es la española garbosa y linda, la rosa-reina pintada por el pincel adulador de Winterhalter, entre vivas rosas; la orgullosa diadema de las Tullerías, que vivió un tiempo en cuentos de hadas y en decamerones imperiales, que se creyó dueña del mundo, que pasó en placer y soberbia como en un sueño, y despertó á los cañonazos alemanes, en la hora lívida de la derrota, y que mientras su marido entregaba la espada al primo de Berlín, ella huía al otro lado de la Mancha, amparada por un dentista yanqui ... ¡La pobre María Antonieta, más trágica, no pudo salvar su cándido pescuezo de cisne austriaco!
La suerte fué dura, áspera y dura, con Eugenia de Montijo. Todos sabéis que su única esperanza, su consuelo único, era el príncipe imperial. Y Napoleón IV encontró la muerte entre los zulúes, muerte de escasa gloria, al servicio de la Inglaterra, que enjauló al Águila en Santa Elena. «¡Viva el emperador!» gritaron un día unos cuantos bonapartistas delante del joven príncipe. «No, amigos míos, contestó éste; el emperador ha muerto.» También la emperatriz ha muerto; pero es una muerta que está en pie, quizás penando hasta los cien años que ella se profetizó un día luctuoso delante de su confesor, el abate Goddard.
Así va, de un punto á otro, en busca de distracción y de tranquilidad; de su retiro de Inglaterra, á Londres, ó á Balmoral, á visitar á los monarcas que la acogen; á la Costa de Azur ó á este su París de antaño, que no la conoce cuando pasa.
Si Eugenia es sombría, Isabel es pintoresca. En el palacio de Castilla, Avenue Kléber, continúa siendo reina de España desde su destierro. Es decir: goza de su buena parte de lista civil, tutea á los españoles que se le acercan, da su mano á besar como en los buenos tiempos, y se divierte. Es una reina cuya historia es demasiado sabida; simpática, sans gêne, soberana de país de Cucaña, abierta, generosa, alegre. Se le debe, entre otras cosas, una frase deliciosa. No hace muchos años, la Prensa toda se ocupó de un incidente ruidoso. La infanta Eulalia, en acto de protesta, se fué del palacio de Castilla á la Embajada. El nombre de un caballerizo húngaro anduvo por los periódicos. El embajador se permitió llamar á la cordura á su majestad. Su majestad septuagenaria exclamó, desolada: «¡Que siempre haya de ser yo desgraciada en mis amores!» La memorable abuela que habla así no es una alma vulgar. Merece una corona de mirto, bajo la advocación de la señora doña Venus, mujer de don Amor, como decía aquel admirable arcipreste de Hita.
Doña Isabel se mantiene en su regio retiro, visitada por sus fieles amistades, y cuando llega la villegiature se va á un castillo no lejos de París. Cuando vivía su marido, el pobre Don Francisco de Asís, solía hacerle compañía de vez en cuando en Epinay. Pero ya á Don Francisco se lo llevó la muerte, vestido de franciscano, como cumplía á un rey católico. Doña Isabel ha visto á su nieto coronado, y cuando la reina María Cristina ha estado en París, la entrevista entre las dos soberanas ha sido muy cordial, al parecer; pero en el fondo no hay seguramente una gran simpatía. La historia del reinado de Isabel II está llena de anécdotas dramáticas y curiosas en su parte íntima, y hace algún tiempo, un cronista bien informado publicó en Inglaterra, en la New Review, muy sugestivos capítulos.
Doña Isabel, aunque personalidad parisiense desde hace tantos años, es españolísima. Dicen que su lenguaje es franco y algo libre, y que le place mucho el gazpacho.
Yendo una vez de Venecia al Lido, en uno de esos antiestéticos vaporcitos, útiles como la prosa, que ofenden la presencia de las góndolas, llegó á sentarse cerca de donde yo estaba, una pareja que inmediatamente llamó mi atención. Él era un hombre un tanto obeso, de noble cara; fumaba un habano en boquilla de espuma y oro. Ella, una dama ya no joven, de cierta gracia, severa y pensativa y de una absoluta distinción. Un enorme perro se echó á sus pies. En el collar de la bestia, este nombre: «César.» ¿Dónde he visto yo á este hombre?, me preguntaba. En Santiago de Chile le había visto hacía unos catorce ó quince años. Era Don Carlos de Borbón, y su mujer doña María Berta de Rohan, duquesa de Madrid. Mientras caminaba el vaporcito dejando la ciudad triste y divina, me puse á contemplar á esos reyes en el destierro. Don Carlos está aún fuerte y lozano, aunque ya ha nevado en su cabeza y en su barba. Parece que en sus ojos se leyese la desesperanza, la convicción de que todo triunfo será ya imposible, al menos para él. Y, sin embargo, ¡qué rey decorativo, qué rey tan rey haría Carlos María de los Dolores, Juan Isidoro, José, Francisco, Quirino, Antonio, Miguel, Gabriel, Rafael! A pesar del vientre, como su primo el de la Gran Bretaña. Pero España ya sigue otros rumbos, y el carlismo parece muerto, á pesar de una que otra convulsión que suele ser desaprobada por la prudencia, desde Venecia. Doña Berta, en todo caso, jamás habría sido aceptada en España como reina. La aristocracia española, la monarquía española, no la habrían reconocido, á despecho de su real consorte. Ella se queda fiel á la divisa de su apellido: reina no puede; princesa no se digna; Rohan se queda. Don Jaime está allí, no obstante, y con su sangre joven y belicosa quizás intente dar más de un susto al joven Alfonso. Tiene la suficiente fiereza y cuenta con la suficiente simpatía para hacer moverse de repente unas cuantas boínas. Don Carlos piensa ... Don Carlos medita ...
La unidad de Italia descalabró á varios pequeños reyes italianos, los cuales podrán contentarse con los honores in partibus que se les hacen en el Vaticano cuando visitan al Papa. El gran duque de Toscana es un archiduque de Austria, y tiene una numerosísima familia. Vive quietamente en su espléndida mansión de Schönbrunn. No da que hablar y acepta la Historia. El rey de las Dos Sicilias, Francisco II, murió en 1894, y el conde de Caserta es hoy el jefe de la casa Borbón-Sicilia. Vive en Cannes, en un chalet envidiable, y uno de sus hijos es el actual príncipe de Asturias, cuya boda con la princesa hermana de Alfonso XIII produjo tanto escándalo. Él hace bien su oficio. Acaba de estar en las maniobras francesas y ha causado buen efecto. Haya ó no haya revolución en España, hará carrera. Que le aproveche. Su padre—y esta fué una de las causas que motivaron la oposición á su matrimonio entre los españoles—fué íntimo de Don Carlos, y peleó á su lado en la última guerra carlista.
El duque de Parma es un soberano que no suena. Excelente sujeto, aseguran que es un modelo como varón de hogar y de sociedad. Se casó con una de las más lindas princesas de Europa. Es fama que en la familia de Braganza la belleza es parte de la fortuna. Parece que al duque le importasen muy poco los vaivenes de la política, y hace la vida de un excelente señor burgués, por otra parte, como todos los monarcas actuales. Tiene su casa en Schloss Schwarzau, pero viaja con frecuencia. Ha renunciado por completo á la mano de doña Leonor, puesto que la Casa de Saboya no está dispuesta á desandar lo andado.
Los realistas de Francia esperan en un posible advenimiento. Tienen su partido organizado, sus periódicos, sus electores, y á M. Bourget, que es una especie de consejero del duque de Orleans, y á M. Maurras, que es una especie de secretario. M. Maurras es un escritor de mucho talento que, siendo muy joven y poseedor de una larga melena, escribía en un periódico franco-platense que fundó hace bastantes años en París el uruguayo Rafael Fragueiro. El duque de Orleans hace dignamente su papel de rey destronado; y sus profetas proclaman á cada instante la quiebra de la República, las desventajas del sistema actual y el paraíso que será Francia si vuelven los días triunfantes de la Monarquía. Si el duque de Orleans no es un Salomón, la duquesa María Dorotea de Austria es muy bonita. Tiene un rostro propio para la diadema y—diría Alberto Ghiraldo—un cuello peligroso para la guillotina. Como es bien conocido, el duque ha vivido algún tiempo en Inglaterra y tuvo siempre una excelente acogida en la corte y en la sociedad inglesa. Pero el duque no es un diplomático. Creyendo adular al pueblo francés, perdió las amistades inglesas, leales y seguras. Cuando la guerra anglo-boer, la Prensa risueña de París publicó un sinnúmero de caricaturas, en que no se trataba á la reina Victoria con el respeto debido, si no á su corona, á su calidad de dama anciana y honorable. Había caricaturas en los kioskos de periódicos que daban verdaderamente asco y enojo. Algunas de ellas, para desdoro de sus autores, estaban firmadas por caricaturistas de talento y de celebridad. Tanto peor para la gaité gauloise, en ese caso. Pues bien: el duque de Orleans escribió una carta á uno de ellos haciéndose solidario de los ataques dirigidos á la majestad británica, y, naturalmente, desde ese día no sólo su prestigio político, sino su condición de caballero y su buen gusto decayeron ante los ingleses. El pueblo francés se ha olvidado ya de los boers; pero los ingleses no olvidarán jamás la ofensa hecha á su reina y emperatriz. El duque no cesa en sus trabajos por lograr el trono perdido. El porvenir no es de fácil visión; pero por ahora todo hace augurar que su alteza real no se coronará, á pesar de los suscriptores de la Gazette de France.
El gran duque de Luxemburgo lleva el peso de muchos años, y la inconformidad ante la pérdida de su trono. Su Casa es de las germánicas más antiguas, y su pueblo lo recuerda con cariño; pero la política es la política. Y aquí ya entramos entre los muchos soberanos destronados ó con trono que pertenecen á esos Estados cuyos nombres se confunden en su multitud, principados más ó menos hanseáticos ó danubianos. Existe una geografía romántica que han explotado los Daudet y los Elemir Bourges. Vagas Ilirias, improbables Croacias, que se nos presentan apenas como en un mundo de ópera cómica. Entre tales príncipes está ese orgulloso duque de Cumberland, jefe del ducado de Brunswick, cuya posición es singular. Su Estado está á su disposición; puede sentarse en su trono cuando le plazca, pues el reino de Prusia no se ha anexionado al ducado. Pero el viejo calvo de Cumberland no quiere ir á rendir homenaje como vasallo del emperador de Alemania. «Yo no soy duque de Brunswick—dice—sino siendo rey de Hanover.» Y el ducado de Brunswick sigue sin cabeza.
Si el rey de España tiene como pretendiente al trono á Don Carlos y á Don Jaime, el rey de Portugal tiene al duque de Braganza, quien alega ser el soberano legítimo. Se funda en que desciende del rey Juan I, y en que su padre tuvo la corona seis años, á comienzos del siglo pasado. Pero este pretendiente es inofensivo, y el rosado y frondoso sportsman que tiene por mujer á la hermosa Aurelia de Orleans puede estar tranquilo en su buena ciudad de Lisboa.
En Bruselas vive el que puede considerarse como heredero del imperio francés, entre la embrollada familia de los Bonapartes, el príncipe Víctor Napoleón, hijo de Clotilde de Saboya. Su hermano da que decir de cuando en cuando, porque es más militar, más combatido, y, según se asegura, no es extraño á algún sueño de restauración. Cuando viene á París de su cuartel de Rusia, en donde tiene el grado de coronel, se reunen sus amigos en casa de su tía la princesa Matilde, y se brinda por un futuro vuelo del Águila ... «¡Helas!», las águilas vienen de los Estados Unidos, ¡y valen veinte pesos oro!
Y los reyes negros Behanzin, Ranavalona, son los más felices. No piensan en que volverán á sus tórridos países á bailar las reales bámbulas y á beber aguardiente. En sus respectivos destierros gozan, como pueden, como animales.
A reyes blancos y negros el tiempo dice: «¡Fuera!»
Y la muerte: «¡Aquí!»
PASCUA
Es este el mes pascual, el mes del buen hombre Noel, del gran Santa Claus de las barbas blancas de nieve. El frío ha comenzado agudo y violento. Las pieles reaparecen en los cuellos y espaldas, y las manos finas de las mujeres se anidan en los manguitos. Los grandes y pequeños almacenes comienzan sus exposiciones de juguetes, y ante los cristales de los escaparates se abren, cuan grandes son, los ojos de los niños. Niños rubios, niños morenos, niños ricos y niños pobres ... Las librerías, por su parte, exhiben étrennes; las galerías del Odeón brillan llenas del oro de las encuadernaciones. He querido ver los libros y los juguetes del año, haciéndome todo lo niño posible, según el consejo evangélico, y de mi observación no he quedado muy satisfecho. ¿Es que ya, en realidad, no hay niños? ¿Acaso el alma infantil de otras veces ha desaparecido, y se nace hoy suscriptor de periódico, miembro de club ó pretendiente á un sillón del Congreso ó del Instituto?
Paso por las nociones científicas que vayan contenidas en un juguete; pero, ¿qué tienen que ver la imaginación del niño y su necesidad de distracción con las miserias de la actualidad, con la anécdota vil de la vida política ó de la vida social? Digo esto porque entre la innumerable cantidad de juguetes del nuevo año se encuentran algunos de muy discutible interés para la infancia, como el Coffre-fort Humbert Crawford y la Fuite de Boule-de-laine, alusiones directísimas á dos procesos de estafa, de que tanto se ha ocupado la Prensa parisiense. Una señora muy sensata hacía observar á este propósito: «Esos juguetes de circunstancias tienen siempre mucho éxito, porque al mismo tiempo que á los niños, divierten á los grandes; por eso se ve, al acercarse el Año Nuevo, tanto grupo de parisienses detenerse en los bulevares alrededor de los camelots que venden el «juguete del año». Habría, sin embargo, que entenderse. ¿Para quién son hechos los juguetes?; ¿para los niños, ó para sus padres? Es posible creer que para los primeros. Y entonces lo que más sería de desear es que los bambinos á quienes regalen esas invenciones no comprendan nada de ellas. Una madre se creería culpable si dejara en la mesa á un niño tomar parte en un plato demasiado picante. Hay que pensar que el alma del hijo merece tantos cuidados como su estómago.»
No es raro ver chicuelos que se dan de bofetadas por un asunto que nada tiene que ver con sus pocas primaveras. No fueron escasos los disgustos que hubo en los colegios y escuelas cuando el período álgido del asunto Dreyfus. La culpa no es sino de los padres.
Á las niñas se les enseña antes que otras cosas los hábitos del salón y hasta los refinamientos del flirt. Á los niños se les arma de sables y se les presenta como preciso y hermoso el espectáculo de la guerra, el oficio de matar alemanes, chinos ó negros. Fusiles y muñecas, diría un famoso poeta doméstico mejicano. Si uno pudiese oir las confesiones de una muñeca de niña rica, con el oído con que Samaín escuchó á su figurita tanagreana, he aquí lo que se entendería más ó menos: «Soy una cocotita de seda, encajes y oro, que se muere de pena bajo el poder de una niña que sabe tanto como una mujer. Tengo un pequeño automóvil que es un prodigio de mecánica, un rebaño blanco en un Trianón minúsculo como para mí, y me parezco á la reina María Antonieta. Mis trajes cuestan mucho dinero, y mi guardarropa solamente puede competir con el de mi ama y con el del perro de mi ama. No recibo caricias; pero me enseñan á bailar el minué, la pavana, y, sobre todo, el cake-walk. Sé hacer reverencias y tengo en mi interior un pequeño fonógrafo con canciones á la moda. Con lo que yo valgo puede comer un año una familia de trabajadores. Mis relaciones son escasas, pues no puedo codearme con simples bebés-jumeau de á 12,50 francos, pequeña burguesía. He conocido, en cambio, á un viejo boer que fuma en pipa, á Drumont, al Emperador de la China, y á la Bella Otero acompañada de nuestro animal municipal, quiero decir, con perdón, el cochon. Pero me aburro y me vuelvo tísica. Necesito caricias verdaderas, palabras cordiales, una buena mamá afectuosa, que me duerma en sus brazos y me bese con ternura. «¡Helas!» ¡Quién fuera el pedacito de palo que arregla y mima una simple Coseta!» Y la muñeca está con la justicia. Ella no ha venido por el buen camino, no ha venido en la mochila del viejo Noel, no ha sabido nada del grito jubiloso: Christus natus est ...
Los hombrecitos de mañana, ó de pasado mañana, cuando dejan sus fuertes de cartón, sus espadas, sus soldados de plomo, sus bois de Boulogne, con mujercitas y biciclistas, sus pistolas eureka, es para tomar el «ataque al fuerte chino por el ejército de aliados», «la artillería nueva», las «grandes maniobras». Todo el mundo conquistador, todo el mundo militar. Ó bien el pequeño «laboratorio de física», ó las «matemáticas aplicadas», ó los «cartones de problemas». Todo el mundo sabio. Luego, á la luz de la lámpara, ¿qué libros le interesan? ¿Sobre qué cuadernos lujosos se deleita su curiosa cabecita? Sobre doradas nociones científicas, cuando no con aventuras tontas ó cuentos ridículos, en su mayor parte. Convengamos con René Brochot: los libros para niños no son en Francia como debían de ser, y no por falta de inteligencias y voluntades. Es quizás á las asombrosas imágenes pintadas en la Biblia (dice ese atinado escritor) que deslumbró la infancia de Pierre Nozier, á las que debemos en parte al delicioso mago Anatole France, y, sin duda, la diversidad y la gracia de los espíritus de los hombres son lo que las hicieron las lecturas y las visiones de los primeros años. Importa, pues, mucho, no ofrecer á los niños libros ridículos y cromos de una vulgaridad grosera. Los padres se imaginan fácilmente no merecer ningún reproche cuando dan á los recreos de sus hijos las estúpidas aventuras de la familia Fenouillard ó del Sapeur Camembert. Es lo que ha formado en parte en las nuevas generaciones el gusto por des expeditions coloniales et des niaises gandrioles. Sin embargo, existen en Francia libros excelentes para la infancia, álbums con buenas ilustraciones que acompañan cantos tradicionales, de esos cantos que en todas partes saben los niños, y que se cantan á coro en alegres rondas ... En la América Latina contamos con una colección de cuadernos de primer orden, ilustrados á propósito, y cuyos versos, si no estoy mal informado, se deben á un notable poeta colombiano, Rafael Pombo. Me refiero á esas fábulas ó cuentecitos rimados que todavía hacen la delicia de muchos niños grandes:
Simón? el bobito llamó al pastelero: —A ver tus pasteles, los quiero probar. —Sí—le dijo el otro—; pero antes yo quiero Mirar el cuartillo con que has de pagar.
Son figuritas como de un mundo de «nacimiento»; hay en esas poesías una gracia abuelesca que encanta á los caballeritos implumes, y que refresca la mente antes de que lleguen el binomio de Newton y los afluentes de los grandes ríos chinos. Aquí se suele cantar el Savez-vous planter les chous?, ó el Malbrough s’en va t’en guerre, y eso está muy bien. Brochot ha lamentado, con razón, que la boga de esas canciones populares desgraciadamente disminuya de día en día. «Lo que hay de anticuado, de imaginario en ellas, y aun su drolática absurdidad, despiertan en las almas delicadas de cinco ó de siete años las primeras impresiones de una poesía en que la risa y el ensueño se mezclan.» He ahí los dos principales elementos que hay que saber despertar en el espíritu infantil: la risa y el sueño, el rosal de las rosas rosadas y el plantío de los lirios azules. El observador agrega: «So pretexto de que la realidad debe ser la gran institutriz de los niños, se pone entre las manos de éstos álbums de historia natural y de historia militar. Se encuentran chicuelos de dos pies de alto que hablan de Napoleón con énfasis, ó que están muy al corriente de las costumbres sangrientas de la pantera negra: más valdría aún llenar su memoria de berquinadas, que endurecer y secar su corazón mal tocado por tan estériles maldades.» Aquí nos encontramos en el terreno de la libertad del niño y del pequeño prodigio ... Bebé que asombra á las visitas con su saber y su precocidad. No olvidaré nunca á un muchachito demasiado despierto, de una familia hispano-americana, que, delante del papá y la mamá, me salió con esta embajada: «¿Qué piensa usted de los versos de Verlaine?» ... Me dieron ganas de tirarle de las orejas ...
Bien venidas seáis siempre imágenes de Epinal, estampas coloreadas que representáis héroes de los que se cantan en las canciones, y hadas y genios, y lo cómico de la vida y lo deleitoso del soñar. Bien venidas las figuras de Stahl, los bebecitos de Gugu, ó sea la exquisita italiana contesina Ruspoli; bien venido Froelich con sus interpretaciones del alma pueril, y Boutet de Monrel, y Henriot, y hasta la sabiduría, si viene representada por Robida y por Tom Tit. Y sobre todo, sea glorificado el recuerdo de Kate Greenaway, la hada moderna del color y del dibujo en sus álbums encantadores. Hace como un año moría en Inglaterra la exquisita Institutriz de la Belleza. Ella brilló como nadie en su arte especial en el país del keepsake, al lado de Walter Crane y otros merlines de la ilustración infantil. Sus tipos y sus escenas, de una gracia antigua, son de excepcional valor; y se diría que toda la frescura, el rosado color y el oro primaveral de los niños ingleses, se transparentan en sus páginas inolvidables, en sus preciosas imaginaciones ...
El autor que he citado se pregunta: ¿Es útil que haya álbums para los niños? ¿La representación de su propia vida por el libro y la imagen interesa al niño y lo instruye? ¿No se podría decir, invocando aquí el instinto de imitación que le anima, ese deseo constante que tiene de hacer como hacen los grandes, que el niño se complace más con las escenas de humanidad que con su frágil comedia propia, y que, en fin, cuando creamos ó compramos álbums historiados para nuestros descendientes soñamos mucho más en volver á ver nuestro pasado ingenuo y vago que en encantar á nuestros amiguitos de cuarenta y ochenta meses? Esta opinión, completamente subversiva, y que la librería Hetzel no juzgará sin serenidad, no es quizás solamente especiosa: podría ser verdadera. Como á Brochot le ha sucedido, y les sucede, casi á todos: más que los cuentos en que se trata exclusivamente de niños interesan las aventuras de los grandes. Todos los pequeños Robinsones se desvanecen ante el gran Caballero de la Mancha, cuya filosofía no se entenderá, pero cuyas andanzas se siguen más interesantemente si van acompañadas de las ilustraciones de Doré. Doré fué un gran dibujante para niños, y nada comprende mejor la imaginación de pocos años que esos grabados expresivos y enfáticos de los cuentos de Perrault, por ejemplo, libro este de los más prodigiosos que haya creado el talento humano para los niños de todas las edades ... Hay que preparar para más tarde las energías que comienzan á despertarse, lo que llama un autor las metamorfosis del hombre en la educación. La Naturaleza, escribe Virey, entrega, de ordinario, en estado bien equilibrado el organismo nativo del niño en perfecta salud. Sin negar las influencias hereditarias, el objeto de los primeros ejercicios educadores consiste en hacer predominar tal facultad sobre tal otra. Las precocidades no son sino la revelación anticipada de las vocaciones. Al lado de Pascal, su hermana Jacquiline es admirable. En la biografía escrita por Mme. Perrier se lee que desde su infancia la hermana de Blas asombraba por su cultura. Á los seis años ella era souhaitée partout. A los ocho, antes de saber leer, hacía versos. A los once, por la influencia de los libros que cayeron en sus manos, componía con dos amiguitas una pieza en cinco actos, «en que todo estaba observado». Es casi un bel esprit de su tiempo. Tan despierta era que compuso un epigrama sur le mouvement que la reyne a senti de son enfant. Por todas partes se la disputaban en la Corte, admirada, acariciada, «sin dejar de ser niña», y agrega Gilbert: «no dejaba nunca sus muñecas». Los primeros libros son los primeros directores.
Otro niño, en Córcega, comienza á aprender á leer bajo la dirección del abate Fesch, su tío, y de un viejo cura llamado Antonio Duracci. Un domingo, cuenta uno de sus biógrafos, en el jardín de M. De Marboeuf la madre del niño había dado permiso á sus hijos para ir á distraerse. Él hace que sigue á sus hermanos, pero luego se va bajo un árbol, toma uno de los volúmenes dejados en una silla por el dueño de casa y se pone á leer. Sin embargo, el tiempo pasa y la señora se dispone á partir. Se llama á los niños. Todos llegan menos el pequeño lector.
—¿Qué habéis hecho de vuestro hermano?—pregunta al llamado Luciano, la madre, ya inquieta.
—No vino á jugar con nosotros. Pero no debe haber salido del jardín.
Se le busca. Se le encuentra bajo el árbol, leyendo con una atención que no le permite oir el ruido de los que llegan.
—¡Hijo!—exclama la señora, con tono severo.—Nos has inquietado. Hace una hora que te buscamos. ¿Por qué no has ido á jugar con tus hermanitos?
—Mamá, perdóname—respondió.—He hallado un libro que me interesa ...
M. De Marboeuf tomó el libro. El niño leía un tomo de las obras de Corneille. Se encantaba con «Nicomède». Estaba en la escena en que Prusias, indeciso entre su hijo y su mujer, dice:
Te veux metre d’accord l’amour et la nature, Etre père et mari dans cette conjoncture. Nicomède. Seigneur, vouley-vous bien vous en fier á moi? Ne soyez l’un ni l’autre. Prusias. Eh! que dois-je être? Nicomède. Roi! Refrenez hautement ce noble caractère; Un veritable roi n’est ni mari ni père; Il regarde son trône et rien de plus. Régnez!
La señora de Bonaparte quiso regañar á su hijo. M. De Marboeuf intervino. No le digáis nada, señora. Un niño que se distrae leyendo á Corneille no puede ser un niño común.
En efecto: el niño, ya hombre, fué el que tuvo á Corneille por libro de cabecera, así como Alejandro la Iliada y César la Historia general de Polibio. Los primeros libros son los primeros directores.
Brochot aconseja á los padres de París y de la provincia francesa no tanto el amontonar propiamente álbums para niños, sino poner en la paternal biblioteca obras como Perrault, la Biblia, Dante, ilustradas por Doré, ó las provincias francesas decoradas por Robida, ó ya otros libros, cuyos grabados decentes y magníficos puedan ser contemplados por ojos pueriles. Niños y niñas tendrían así un tesoro de visiones cautivadoras ó majestuosas, diferente al pequeño bagaje que se les fabrica hoy. Esas visiones se proporcionarían por sí mismas á la fuerza de los ojos y de los espíritus infantiles é irían desarrollándose y realizando toda una belleza progresivamente con la marcha de la vida. Yo desearía que un escritor artista argentino, ó un escritor y un artista, realizasen allá algo semejante á la obra de Robida sobre las provincias francesas. La leyenda y la historia ayudarían, y las ilustraciones apropiadas encantarían é instruirían en las cosas nacionales á los pequeños hijos de la patria. So pretexto de hacer pequeños prodigios, no quitarles nunca, jamás, los tesoros de la risa y del ensueño. Hay que hacerles admirar los héroes de la historia nacional, á la par que apartarlos del moreirismo y de los espectáculos de inútil sangre derramada. Desarrollarles la imaginación, destruyendo la superstición. Sembrar en el buen terreno virgen ideas útiles para la vida que viene, granos prácticos, pero regarlos con una lluvia clara y fresca de poesía, de la necesaria poesía, hermana del sol y complemento del pan.
PARIS Y EL REY EDUARDO
Ya ha vuelto Eduardo VII á su país. Ya han pasado los momentáneos entusiasmos; y, concluidas las fiestas, los reflexivos se preguntan: ¿Cuál es el alcance de esta real visita? ¿Por qué París ha saludado tan afectuosamente al soberano de la «eterna enemiga», de la «pérfida Albión»? A la primera cuestión yo contestaría que el alcance es el afianzamiento de una paz útil para los negocios de ambos Estados. Provecho, ese es el ideal de nuestro tiempo. A la segunda contestaría cantando esa inevitable canción de fiesta que todo britano ha entonado alguna vez: For he is a jolly good fellow. Porque es un alegre camarada. Ó en versión más libre: porque es un excelente buen muchacho.
El pueblo de París ha saludado á su antiguo príncipe de Gales, que, aunque ha tomado á lo serio, como conviene, su oficio de monarca, no ha adoptado la agresiva gravedad del Enrique IV de Shakespeare. Cuando ha vuelto, á más de un Falstaff compañero de sus pasadas canas al aire, le ha tendido la mano en el Jockey ó en la Embajada. Y en la Ópera y en la Comedia Francesa, en donde el buen tacto protocolar había sabido poner á la vista de su majestad una buena selección de ilustres veteranos de Citeres, el rey sonrió á Granier y á Réjane. Y detalle conmovedor: el presidente Loubet, cuando supo que un funcionario de poco tacto había hecho salir del teatro á la Otero, preguntó al oir el nombre:—Qui est-ce, cette demoiselle? En tanto que Eduardo VII, entre sonriente y apenado, exclamó:—Cette pauvre Caroline! ¡Digna frase suya! De él decía ha tiempo el sagaz Max Beerbohm: By no means has he shocked the Puritans. Though it is no secret that he prefers the society of ladies, no one breath of scandal has ever touched his name. Y la divisa famosa clama: Honny soit qui mal y pense. Y como todo acaba en canciones por aquí, el pueblo de París ponía en ellas á papá Loubet y al rey Eduardo en familiares modos: «Mi pobre Emilio, desde que has partido, no andamos bien. Por todas partes en Francia se decía: ¿Vas á volver, Loubet? Combes murmura plegarias á Jesús, á Buda. Tú, montado en un dromedario, suspiras: ¡Alah! El camello es muy bello, pero me gusta más el Metropolitano». Eso en el verso tiene su sabor, como el coro:
Viens, Mimille, viens, Mimille, viens! Viens preser dans te bras— Edouard sept gros et gras Ah! Viens, Mimille, viens, Mimille, viens Viens r’cevoir les Anglais Sur notre sol français!
Y otro couplet: Desde que quemaron á Jeanne D’Arc todos los ingleses de rango adoran á nuestro maravilloso país, y más á sus muchachas. Cuando él era príncipe de Gales en nuestra capital
Edouard se payait des bèguins A coup de livr’s sterling’s. Il revient Cré Coquin Pour fair la nece un brin!
¿Por qué esa confianza afectuosa en la canción francesa? Ya lo dice la usada canción inglesa: For he is a jolly good fellow.
Cierto, el más optimista no puede dejar de reconocer que el inglés no ama al francés, ni el francés al inglés. Fuera de las muchas batallas de que aún guarda memoria el suelo de Francia, dos grandes figuras encarnan en la memoria popular la antipatía: la Buena Lorena, la Pucela, cuya hoguera se convirtió en fuego de rencor histórico, y Napoleón, Rouen, Waterloo, Santa Elena, impedirán siempre un definitivo acercamiento.
Mas Eduardo pasa en París, haciendo olvidar por momentos, á pesar de la antipatía secular, las épicas ofensas. Él sonríe á la muchedumbre que lo aclama, que lo aclama como aclama al zar, al cha, al rey de cualquier parte, porque es rey, porque el pueblo de París gusta de los reyes, porque eso es decorativo, y porque es además el actual rey de la Gran Bretaña y emperador de la India, un célebre homme á femmes, amigo del champaña y de la alegría de Lutecia. A su llegada, los manes del Leonide Leblanc y de Cora Pearl han estado contentos. Los antiguos camaradas que aún viven se han sentido rejuvenecer. Y Granier ha sonreído en su puerta, mientras en la Ópera, las ágiles piernas de Zambelli dirigían cumplimientos, ¡Ay!, toda la elocuencia de Terpsicore es inútil. La vejez está entronizada junio con la cordura. El rey saluda á su viejo París con un placer no exento de melancolía. Lejano está ya el tiempo de la primavera. Son historias pasadas, casi ya legendarias, las historias del príncipe que dejaba, al pasar, un reguero de libras esterlinas. Ahora ha dejado para los pobres de París doscientas. Mas hay que advertir que ahora no tiene mamá rica, como diría el difunto viejo Rothschild. Lo aclaman, lo saludan las mujeres con el pañuelo—á él, que arrojó tantos—, le gritan: ¡Viva el rey! tout de même.
Los mismos caricaturistas que lo atacaron tanto cuando hechos políticos de ayer le hacían poco grato á la opinión francesa, han amainado. Cuando más, las flechas han ido despuntadas y con suavidad. Los patrioteros, que aprovechan toda ocasión de escándalo, no dejaron de gritar incitando á los parisienses á recibir mal al rey; pero esos pocos farsantones no tuvieron seguidores. Ante todo, ha prevalecido la economía política. «El mejor cliente de la Francia es la Inglaterra.» Los negocios son los negocios. «Así marchará bien el comercio», decía una de las canciones que los acordeonistas y guitarreros repetían por las calles en los días de las fiestas. Y la personalidad del obeso y amable monarca se destacaba en un fondo de cielo tranquilo, sin amagos de tempestad. Calma, Buena Lorena; calma, Petit Caporal: For he is a jolly good fellow.
Hace algún tiempo os escribía desde Londres: «Interesante monarca, el rey Eduardo». Se creía, antes de morir la reina Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el reinado del célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono—When thou doest appear I am as I have been ...—se ha visto que todo ha continuado de la misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso calavera de antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es un digno soberano de su nación. Cada rey tiene el reino que merece. Guillermo II es estudiante y vive casi siempre en ópera wagneriana; Alfonsito XIII acaba de presentarse por primera vez en el coso madrileño, y ha sido aclamado por la tauromaquia nacional; Inglaterra, «país tradicionalista y práctico, en que la decoración de la vida social yuxtapone armoniosamente vestigios de arte gótico á construcciones de usina», está muy satisfecha con un rey que viste de púrpura, armiño y oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su Parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano en la boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres á Windsor; visita el yate que ha de disputar la copa á los yanquis, ó se interesa por sus caballos Diamond Jubilee, Ambusch ó Persimon. Ese rey sportsman es grato á su país de sportsmen, es amable para los ciudadanos que gustan del tiro al blanco en Bisley, del remo en Henley, de las carreras en Ascot ó en Epsom. El corpore sano de los universitarios es una de las causas de la robustez, de la salud de la nación. Como alguno de nuestros repúblicos americanos, como algunos de nuestros directores de pueblos, el rey se interesa por las razas caballares, gusta de los ejercicios físicos; pero sabe su Shakespeare admirablemente, entiende de Arte á maravilla y puede consultar su Homero en griego y su Horacio en latín, como lo certificarán sus compañeros de Oxford y de Cambridge. No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde al trono y mal sentarían aires marciales al arbiter elegantiarum de los reyes y al rey de los gentlemen.
El gran país de presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se presenta en esta misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con sus hindús y su burrito.
Y así pasó. Derouléde dió una cortés nota desde su destierro. Los diarios anglófobos no tuvieron atmósfera propicia, y Eduardo fué llevado y traído por la gentil Mariana, dándole una ilusión de amor al que es un jolly good fellow.
Un libro reciente de M. Jean Finot, de muy noble altura y de muy generosas tendencias, tiende á demostrar la necesidad de un acercamiento, de una unión en favor de mutuos intereses entre Francia é Inglaterra. Es verdad que en la Historia mantienen la tradicional enemiga nombres como Crecy, Poitiers, Calais, Azincourt, Isla Mauricio, Aboukir, Canadá, Waterloo; pero también es cierto que intelectualmente ha habido simpatías, cambios y relaciones desde siglos. Los embajadores espirituales han compensado en parte los males de las sangrientas campañas. Desde Montaigne hasta Verlaine y Mallarmé, la literatura francesa ha tenido entre los ingleses buenos apreciadores y seguidores. Jean Carrére tiene razón cuando dice que la élite de ambas naciones se busca. «He aquí lo que es indudable: en Inglaterra los hombres de letras gustan del espíritu francés; en Francia, los hombres de letras aprecian la cultura inglesa. Nuestras literaturas, nuestras artes, nuestras costumbres mundanas, se hacen cada día más y más perpetuos cambios. No hay país en donde los libros franceses sean mejor comprendidos que en Inglaterra. Por otra parte, basta haber viajado algo en país británico para haber observado con qué interés sincero los verdaderos gentlemen buscan y gustan de las relaciones con franceses. Ellos también saben con qué cordialidad son recibidos en la alta sociedad francesa.» Verdad. Y en las manifestaciones del pensamiento ha habido sorprendentes regalos de una á otra parte. ¡Qué donadores, por ejemplo: Carlyle, Taine! ¡Y entre los Orfeos: Hugo, Swinburne! La aristocracia intelectual londinense llamaba al pobre Lelian, para oir sus conferencias, pagándole con largueza. El autor de la Siesta del Fauno era «profesor inglés» ... Dorian Gray gustaba del ambiente parisiense como Des Esseints de las brumas de Londres. Y el rey ha sido amigo de ambos, el príncipe bon enfant, el ordenador de las masculinas elegancias, el autócrata de la fashion. El populo parisiense manifiesta, cantando con la música de los Plouplous d’Auvergne:
Si nous v’aimons guère Tes mufles d’sujets, Edouard, mon vieux frère, Toy, tu nous allais ... Combien il nous tarde De t’voir revenir, Car Paris te garde Un bon souvenir.
Es poco respetuoso el tono; pero en la confianza va algo de efecto. El rey lo comprendía al saludar sonriente al singular pueblo de París. Su imagen andaba por todas partes, haciendo «marchar el comercio» en alfileres de corbata, en banderitas, en hojas, en muñecos, en abanicos, en cocardas, en insignias, en medallas, en dijes, en toda suerte de fotografías y grabados, en carteles y en las caricaturas de los periódicos, fuera de las cartas postales, en donde se le puede ver desde la pompa del trono hasta bailando el cake-walk con el presidente Loubet. La gloria instantánea en todas sus manifestaciones, el beguin de París.
Ese beguin, ¿no fué ayer no más que lo tuvo con el tío Pablo?... ¿Que quién es el tío Pablo? Un viejo presidente de una república africana llamada el Transvaal ...
Eduardo VII busca la paz, y la comunicación y la amistad en el mundo. No es un rey de aislamiento ni de odio, y tanto mejor para él. Siga en ese buen camino. Afiance hasta donde le sea posible esa paz con que sueña, y que con él desean tantos hombres de buena voluntad. Siga amando el arte, el sport, y, aunque hoy plácida y románticamente, las bellas damas. Eso le hará bien en la Historia, en donde aparecerá, no manchado de sangre, ni revestido de crueldad y de egoísmo, sino amable, gentil, caballeroso, un coronado gentleman, un Plantagenent jolly good fellow.
PARÍS Y EL REY VÍCTOR MANUEL
Porque viene con un hermoso penacho á la tierra de Francisco I; porque viene con una bella reina á la tierra de las elegancias, porque sabe saludar con largo y magnífico ademán, como en los buenos tiempos viejos sabían hacerlo los grandes caballeros; porque, en fin, viene en nombre de la augusta Hermana que fué madre de la cultura del mundo, París saluda con su vibrante y vivo entusiasmo al hijo del regalantuomo, á Vittorio Emanuele III, soberano de Italia.
A través de las edades sonríen los abuelos al ver que las dos gloriosas naciones latinas desarrugan por fin las frentes. Una vasta ilusión de paz pasa sobre los hombres de esta Europa que tanto tiempo hace parecía presta á revolverse en sangre. Gozosos estarán en la eternidad aquel Conde Verde, Amadeo VI, que con Juan el Bueno concluyó el primer tratado que uniera en amistosos lazos á la dulce Francia y la dinastía de Saboya, Fert, y aquel Conde Rojo, su hijo, que llevó la gracia francesa de Bonne de Bory á su cama nupcial.
Y todos los grandes, que después fueron fraternos en los campos de batalla con sus compañeros franceses en una igualdad de caballerosidad y de valor que revelaba los orígenes de una misma sangre espiritual, derivada de la antigua fuente de la nobleza y de la civilización humana; hasta los últimos, hasta los de Magenta y Solferino, hasta los Mazzini, hasta el prodigioso Mosquetero de la Libertad y aventurero de la gloria que se llamó Giusseppe Garibaldi. Y el enorme Poeta de Francia se siente feliz en su inmortalidad en este momento, en que sus anhelos de unión y de concordia parece que quieren cumplirse, en que una de sus generosas profecías semeja una realidad ...
El Capitolio saluda al Pantheon, el Pincio á Montmartre; el Tíber dice cosas al Sena y Dante hace una seña á Hugo; los parisienses están de fiesta; las parisienses han preparado cestos y ramos de sus más lindas flores, pero sobre todo violetas y miosotis; filas de carretones cargados de redomas de chianti vestidas de mimbre se estacionan frente á los restaurants en que se saborean platos de allende el Alpe; los bulevares lucen collares de bombas eléctricas y erigen astas rojas; profusas banderas están libres al aire ó formando escudos y trofeos; en el Luxemburgo la fuente de Médicis parece que no se manifestase tan soñadora y clásicamente melancólica como de costumbre; su coloso parece sonreir á la ninfa y la ninfa marmórea al coloso.
Todo eso es porque llega Vittorio Emanuele, y principalmente porque viene trayendo á su lado á la que fué princesa de Montenegro, y hoy es reina de los italianos. Pues si el monarca es grato y por ello le recibe bien Lutecia grandiosa, la reina es de soberbia beldad, y Lutecia gusta de las reinas y de las hermosas y se vuelve loca por las hermosas reinas. Y ésta tiene, además de su belleza, su bondad, un nombre armonioso y homérico, una romántica tierra de origen y una leyenda de amor. Una leyenda de amor muy rara en las cortes, muy escasa en la vida de esos esclavos de su propia púrpura que son los porfirogénitos.
Todo eso place aquí mucho, y debe agradar en todas partes. Gracias á la visita de esa pareja de reyes que se aman, y gracias á la gracia buena de esta coronada señora, casi nadie se acuerda de la obra funesta de Bismarck y Crispi; casi nadie piensa en las antiguas inquinas y en las miradas recelosas que más de una vez estuvieron á punto de ser odios, odios fraternos. Se diría que una tregua existe en las antipatías y rencores que han movido las malas artes de la política en ciertos puntos de la tierra. No se ven sino signos de simpatía. Ayer no más se saludaba en la patria de Juana de Arco y de Napoleón al rey Eduardo de Inglaterra; hoy, con mayores manifestaciones de afecto, al aliado de Guillermo y de Francisco José. Todo eso es consolador y es amable. El momento es propicio; que se aproveche el momento. Si padecen las sombras del viejo canciller y del memorable Abastecedor de la Muerte que fué Herr Krupp, tanto mejor. Se aleja un mañana de choque y de duelo; ¿los soldados sirven sólo para las revistas lujosas y paradas pintorescas? ¡Excelente! ¿La Guerra descansa ó se aburre? ¡Bravísimo! Y en este caso ello es muy justo y discreto ante las futilidades peligrosas de las Cancillerías. ¿Por qué las dos grandes Hermanas latinas habrían de ser las hermanas enemigas? Así, si en Viena ó Berlín la militarizada gente no ve con buen mirar este paso de efusión armoniosa, esta buena tendencia á no destrozarse por antipatías irrazonadas, París y Roma, el Gallo y la Loba, están contentos ...
Los usos monárquicos se saben guardar bien en esta Francia, que tanto de su esplendor y de su arte debe á los reyes ... El Protocolo es una institución que aún se perpetúa y renueva los días de fausto de épocas imperiales y reales ... La alta sociedad guarda sus títulos y pergaminos, con rarísimas excepciones, y los nobles militantes en la política republicana conservan sus denominaciones heráldicas. Hay aún nobles socialistas que reciben á sus invitados y correligionarios con pompa ultraconservadora y lacayos de libreas blasonadas.
El picador del Elíseo es un personaje, llámese Monjarret ó Troude; las viejas maneras cortesanas se conservan en el palacio republicano que habita el sonriente y honesto abogado de Montelimar; la señora Loubet ha hecho por primera vez en los fastos presidenciales casi de reina en la recepción de los reyes italianos, y esto con gran complacencia del pueblo de París, que por más que se diga gusta de todos esos fastuosos modos que recuerdan los gobiernos «bellos» del pasado. Los ceremoniales, las ordenadas filas de carrozas de gala, los pintiparados picadores, las pelucas, los lacayos de casacones y piernas enmalladas, las escoltas vistosas, los coraceros radiantes de acero con el casco empenachado de crin, las espadas desnudas de los oficiales gallardos, los tambores, las trompas, los clarines que anuncian, y sobre todo los reyes, las reinas, los emperadores, no importa qué reyes, no importa qué reinas, no importa qué emperadores, son para los parisienses, antes que todo, «espectáculo»; y lo que en un poeta hace despertar ideas de antiguos esplendores y cabalgatas, y en un señor de cierta instrucción evocaría desfiles de ópera cómica—cada cual habla desde su punto de vista, Olimpo á bulevar—, al público da la sensación de fiesta, y despierta en él la necesidad de las aclamaciones y de los vivas, la alegría general. En las visitas que las testas coronadas hacen hay mayor ó menor entusiasmo; pero siempre lo hay. En el azar, por ejemplo, se veía al aliado en una futura probable guerra, al poderoso amo de los rusos que ayudaría con sus inmensos ejércitos á su amiga la Francia, y por eso el delirio de las ovaciones fué más que en ocasión alguna extraordinario; en el rey Eduardo, á pesar de los recientes resentimientos de Fashoda y de la antigua enemiga entre las dos naciones, se saludó con afecto, más que á todo, al antiguo príncipe de Gales, al conocido parisiense de París, loco de su cuerpo y trasnochador insigne, bien amado de la ciudad de la galantería. En el cha de Persia se saludaron su exotismo y sus fabulosos diamantes; y si á Leopoldo no se le hacen sonoras manifestaciones, es porque es un rey de casa, demasiado burgués y demasiado comerciante, y porque sin ton ni son llega todos los días. Para el rey Vittorio Emanuele, repito, ha habido el saludo que preludia la deseada unión de las naciones latinas, y al mismo tiempo la simpatía cordial debida al jefe de un país con quien se ha tenido en pasadas épocas la hermandad de las armas, el nieto del fuerte y mostachudo Vittorio Emanuele II; y no hay duda, ha habido también en el pueblo el deseo de mortificar á los reconocidos contrarios, á los que siempre se han creído enemigos de mañana, que lo fueron de ayer, á los dos emperadores de la Triple Alianza, el de la Austria odiada de Italia y el de Alemania aborrecida de Francia.
Luego Vittorio Emanuele III es rey que se hace querer y estimar. En él se ve al regenerador de su patria, hace poco abatida, y hoy triunfante en el mundo, tanto en el progreso cívico como en el industrial y comercial, pues la Italia trabajadora es hoy ciertamente una fuerza innegable; en él se admira á quien tiende á resucitar el antiguo poder de la influyente Roma en los asuntos de la tierra, al príncipe exacto, rígido, hábil, que sabe manejar los hilos de su política interna y exterior, y que, á pesar de sus ligas con el césar germánico, ha tenido siempre en mira la grandeza da su raza sobre el orbe, la vieja hegemonía mundial por tanto tiempo en poder de los bárbaros, y que quién sabe si, á pesar de todo, no volverá á los hijos de la civilización grecorromana antes del fin del siglo xx.
Pequeño de cuerpo, como tantos grandes guerreros y monarcas, es vivaz y marcial, amacizado de método y de educación, forjado á duros hábitos aún en medio de las sedas palatinas, bajo la severidad del noble Humberto y la bondad graciosa y sabia de la reina Margarita, verdadera perla entre las perlas de las actuales monarquías. Su carácter es firme y reflexivo; su voz afable. Como todos los Saboyas, domina con los ojos. Estudioso y atento al progreso, se ha nutrido de libros y ha observado los hechos. Se cuentan de sus años primeros, entre preceptores y militares, interesantes anécdotas. Sus dos principales profesores, Luigi Morandi y el coronel Osio son para él, por un lado, el carácter de la cultura, y, por otro, la cultura del carácter. Por eso pecan de poco informados los biógrafos y escritores que le juzgan tan solamente dado á secos cálculos y á especulaciones prácticas tan solamente.
No importa que la socialista Paula Lombroso lo pinte como un varón para quien la poesía es «como los bombones para los niños»; París sabe que si no es un rey de ensueño—poco precisos á estas horas los reyes de ensueño—ni un rey de fantasías y estéticas nada avenibles con el asunto de manejar en el siglo xx la suerte de un gran pueblo, es monarca de «humanidades», como sienta á quien nació en la cuna del humanismo; que sabe sus clásicos, que conoce á fondo de Nepote á Horacio, y que tuvo una «profesora de poesía» en su madre encantadora, que más de una vez desde los años de su infancia le leyó la honda y armoniosa lección del vasto Poeta, del sumo Dante. Y luego dejadle sus automóviles de cuando en cuando, pues para versos su suegro los compone, como su esposa, que es poesía morena y viviente. Dejadle sus automóviles, y sobre todo dejadle con sus monedas y medallas, que ser profundo numismata como él es ser ya mitad sabio y mitad artista. Su gentileza en su visita á este país ha sido completa, y jamás jefe de Estado ha sabido cumplir mejor la delicada empresa. Cuando en lo alto de las decorativas columnas alzadas en la Avenida de la Ópera el león de oro de San Marcos y la loba de oro de Roma se perfilan sobre el triste cielo parisiense, representan más que una cortesía: son un símbolo. El rey de Italia es el bienvenido, porque sabe encarnar el alma y las aspiraciones de su estirpe, y Francia le reconoce digno.
Desde su entrada á la ciudad que le hospeda, entre los gritos de entusiasmo, en las avenidas adornadas, la compañía del excelente presidente burgués, que hace muy bien lo que puede, y al lado de su esposa, toda gracia y sencillez noble, junto al Arco del Triunfo, junto á la tumba de Napoleón, en todas partes adonde la cortesía oficial le ha llevado, ha tenido, discreto y correcto, un buen gesto ó una buena palabra. Cuéntase—y se non è vero è bene trovato—que en los Inválidos, cuando el séquito oficial llegó al lugar en que, según su deseo, reposa el dueño del Águila, se quedó un buen rato en silencio, y luego: «Yo también soy sucesor de Napoleón Bonaparte ...» «¿Cómo?», insinuó M. Loubet. «¿No fué el emperador también rey de Italia?...» Y así siempre es aplaudida su cordura. Esa cordura que se demostró recientemente, cuando en momentos en que el Papa agonizaba, suspendió su viaje, respetuoso, pensando quizás en que uno de sus antepasados ciñó á su frente la pontificia tiara, y en que el ser cortés no quita la valentía de los que llevan por lema: «¡Siempre adelante, Saboya!»
No he visto de cerca más que á dos reinas—por culpa ó gracia de ocasional misión:—la de España y la de Portugal. A otras he visto de lejos, y á las demás en fotografías, pinturas ó grabados. Pues bien: confieso que nunca he admirado belleza coronada más seductora que la de la princesa greco-oriental que de la corte cuasi primitiva y legendaria del principado de Montenegro salió á ser reina de la maravillosa Italia. Aquí parece exótica; á mi me ha parecido antigua conocida. «De esos ojos no tenemos aquí», me decía una espiritual francesa. «Pues allá, del otro lado del mar, los tenemos como esos—le contesté—, en rostros de ese fino y trigueño de bronce, dulce y sonrosado. ¡Esos son ojos criollos!»
En efecto: la reina Elena es semejante á una de esas soberbias, estupendas criollas, que coronadas de opulentas cabelleras negras, son reinas de hermosura en Montevideo y Buenos Aires, Lima ó la Habana. Es una de esas mujeres llenas del sol y sangre que llevan la primavera ardiendo por donde van. Y en su gallarda beldad guarda una cultura y un talento que son celebrados por todas partes. Su país es país de balada. Su madre hila en el huso la lana como una reina de Homero. Su padre es poeta. Ella es artista de corazón, pinta, canta, toca el violín y el piano. Y un alma dulce y caritativa, sentimientos de alta virtud. Dicen que las aristócratas farnienteras de su corte sonríen de sus hábitos de «mujer de su casa», de sus conocimientos de cocina ... La Pastora de Cettigne debe á su vez sonreir benévolamente. Morena del país de la nieve, ella vive su leyenda de amor verdadero, y en su rey mira á su marido. Y no se ha extrañado de ir de un vuelo amoroso, de su tierra escondida, de sus montes de águilas y lobos, á ser la soberana de un reino que también fué de Lobos y de Aguilas ...
La pequeña Zita escribe, al dictado de su abuela, una institutriz que fué de la casa de Montenegro: «...en la capilla del Instituto vi por la primera vez, de cerca, á la princesa Elena, bella, esbelta, inmóvil, como es lo usual durante los oficios griegos, en que sólo el sacerdote va y viene continuamente con sus diáconos, por las tres puertas que se encuentran delante del misterio del altar». La princesse avait vraiment l’air d’une belle image. La volví á ver á menudo así, y la admiró siempre; era mi sola compensación para el suplicio de permanecer de pie. Por otra parte, intenté hacer la intención de no ir á la iglesia sino cuando esperaba la presencia de las princesas; á primera vista me he sentido atraído por la actitud de firme voluntad de la princesa Elena. Un día de verano vino con una falda de simple crêpe oriental; el corpiño ligeramente escotado. Con su lindo talle, redondo y firme, su aire recto y elegante, tenía el aspecto de una joven diosa, cuyas espaldas esperaban que se les prendiese un manto ... de emperatriz. Mi impresión había sido tan fuerte, que un diplomático bien informado, al cual se la manifesté, me dijo sonriendo: «¡Cuidado, señora!, ¡está usted haciendo política!»
«En ese entonces el zarevitch no se había casado todavía con una alemana. Otra vez la encontré encantadora también en traje nacional, camiseta de muselina sedosa y bordada, veste de terciopelo rojo galoneada de oro, y capitea en la cabeza; pero la hallaba mejor con el traje europeo, y nunca olvidaré la visión que tuve el día en que la idea de un «manto de corte», se había impuesto á mi imaginación á consecuencia de cierto aire de reina que había advertido en esa joven fisonomía en que el destino ponía un signo que yo leí, deseando se realizase por sentimiento romanesco de estética, pues yo amaba ya espontáneamente á la princesa. Pero, ¿es, en verdad, la suerte de una reina lo que el corazón debe desear?»
Esas sencillas impresiones de una profesora completan un retrospectivo retrato de la magnífica y joven soberana. En cuanto á la pregunta final ... ¡quién sabe! Antaño el mundo era distinto, y la posición real no tenía los peligros de ahora. Antaño ... pero, ¿y María Antonieta, y María Estuardo, y más allá?... Mas el instante es de cantar á la reina bella y artística, no de consideraciones filosóficas. El pueblo de París la canta por boca y guitarra de sus camelots:
Viens, Hélène (bis), Viens! À la table de France, On nous offre bombance Ah! Viens Hélène (bis), Viens! Et le soir, en cadence Nos pincerons un’danse.
Eso se canta con el aire de Viens, Poupoule, y valga la intención. La Prensa forma sus más floridos ramilletes de frases; los poetas escriben sus ritmas de ocasión. Pero entre éstos ninguno ha escrito más lindo saludo que un gracioso, un conocido versificador incoherente, que deja por un momento sus ya fatigantes monorrimos y dice un precioso decir. Entre sutilezas dice cosas como éstas. Dicen los enamorados:
Que vers nos paroles Ta Grâce s’incline Reine des gondoles Et des mandolines; Reine de Venise, Soyez-nous propice; Aux amants soi bonnte
Reine de Verone; Vois le doux cortege Qui viens t’implorer; Acueille et protege, Reçois á tes pieds, Le voile des vierges Et le blanc bouquet, Reine du Correge Et du Tintoret!
Nous sommes les fiancés, O reine jolie, Qui venons vous saluer Avec courtoisie;
Nous, les artistes pas riches, Qui ne devions de sitôt Voir les rives de l’Adige Ni le Lungarno; Voici qu’avec toi s’avance, Près de moi pauvre homme La grave Beauté de Rome, Trout l’art exquis de Florence.
Reçois en échange Notre foi ardente, O reine du Dante, Et de Michel-Ange!
À chaque fenêtre, Et dans tous les yeux, Reine des poètes Et des amoureux, Paris radieux Paris tout en fête, Paris tout fleuri, Paris te sourit.
Et le voile tombe Enfin du secret Que gardait Joconde: Elle t’attendait.
Un ramo de rosas de Francia tenía en la mano el día primero en que la aclamó la muchedumbre de París, hirviente y contenta. Un ramo de rosas de Francia, que significa la juventud, la vida, el hechizo de amor, y al propio tiempo la salutación de esta tierra dulce y gloriosa. El gran penacho de plumas blancas se agitaba á los antiguos vientos de Galia ... Y yo miraba á su lado la figura de la princesa montenegrina, de la reina que habita el Quirinal ... la mano fina con el ramo de rosas, la cabellera negra, el talle soberbio, los ojos, los grandes ojazos criollos. Y me uní á la voz de la multitud: «¡Viva Italia!»
LA “BRIMADE”
El origen de estos usos bárbaros arranca de muy hondo principio humano, fuera de la opinión hobbesiana. En todo hombre hay un lobo: entendido; pero en muchos hombres juntos, pugna por revelarse la manada feroz que devora al compañero. Ese es el peor peligro de la inquisición y del jurado, del convento como del taller, del colegio como de la guarnición.
¿Quién no ha sentido en la niñez la hostilidad de los primeros días de la escuela y del internado? ¿Y ya en el estudio de algún arte ó industria, ó disciplina cualquiera, la burla, el odio casi, la enemiga infaltable del compañero? Parece que el recién llegado fuese á quitarles algo, á hacerles algún daño, y el encarnizamiento no cesa sino con la revelación de una fuerza superior; casi siempre unas buenas bofetadas al más insolente y burlón de la clase. Entonces el nuevo entra á formar parte de la comunidad. Y quizás será el martirizador más terrible del próximo novato.
Si esto pasa en las aglomeraciones humanas, en que el espíritu tiene otras miras y ejercicios que los de la fuerza, ¿qué no será en los colegios de la muerte, en los lugares donde se aprende á matar, en donde lo que se estudia es el manejo de las armas, la ciencia de la destrucción, el arte sangriento «de ser más fuerte que otro en un punto dado»? ¿Quién me dirá que los martirios que sufren los recién llegados equivalen al espaldarazo de los caballeros, que son la amarga sal del bautismo, la dolorosa cuchillada de la circuncisión? Palabras. Hay que combatir á todo trance la fiera que llevamos en nosotros. Si no, proclamemos como superior la filosofía de Sade, ese precursor de Nietzsche, y establézcase en cada capital culta del orbe un Jardín de los Suplicios.
Las brimades eran—felizmente, repito, ya no son—bromas pesadas, groseros tratamientos que se hacían padecer á los recién entrados, fuese cual fuese su condición; pero, naturalmente, más duros, y hasta sangrientos, con los de débil carácter ó de escasa fuerza. Ponerlos desnudos en un cuarto y embetunarlos, ó pincharlos con agujas; echarles cubos de agua fría en medio del invierno; deshacerles los pies á pisotones; darles patadas y puñetazos; azotes, etc. Por la menor falta, castigos, vara. Todo esto bajo la mirada complaciente de los superiores. La cosa había entrado en el uso desde antaño. A veces la brimade tenía fatales consecuencias; una reprimenda, algunos días de arresto al culpable, y todo quedaba lo mismo. De cuando en cuando alguna protesta aparecía en la Prensa, pero no tenía el menor eco. Así, hasta la plausible circular del general André.
En Alemania, país en que el militarismo ha entrado en la sangre, en la vida nacional, no se han suprimido, ni creo que se supriman, esas asperezas del cuartel. Cierto es que allí, en el mismo cuerpo estudiantil, existen hábitos y costumbres de la más exquisita barbarie medioeval. Las caras rajadas y el gambrinismo universitario no merman un solo punto en los comienzos del vigésimo siglo. Las brimades, pues, se complican allá de schlague y suavidad tudesca. Dramas ha habido muy resonantes en que toda la Prensa se ha ocupado, y últimamente un consejo de guerra ha juzgado en Metz con la más inaudita deferencia, á los culpables de uno de esos verdaderos crímenes, merecedores de las penas más severas. He aquí cómo se narra lo sucedido: «Un soldado de apellido Polke, perteneciente al 12 regimiento de artillería de Sajonia, fué dado de baja el año pasado porque los médicos militares lo encontraron débil para el servicio. Incorporado de nuevo este año, hizo ejercicios solo, bajo el mando de un cabo llamado Trautmann. Este, un verdadero troglodita, hizo con el pobre lo que le dió la gana. Era una lluvia de patadas y puñetazos, fuera de la privación del alimento. Llegó á tanto la atrocidad, que un día el cabo le dió tal golpe en la cabeza con la culata del fusil, que el mozo quedó sin sentido. No solamente él le pegaba, sino que ordenaba á otros reclutas que hicieran lo mismo, entre las risas de los compañeros. Demás decir que todo el mundo martirizaba al infeliz. Un subteniente le dió un bofetón porque le vió fumar un cigarrillo y un teniente se burló, en vez de reprender. Por último, el maldito cabo le obligó una vez á saltar por una ventana y á correr, á paso de carga, durante diez minutos. Polke, dice quien narra el hecho, concluyó por caer fatigadísimo. Cuando se levantó, desesperado, loco, se pegó un tiro».
Ahora, ¿qué pena os figuráis que les han aplicado á los culpables en el consejo de guerra? Los camaradas que le hostigaban, «tres días de prisión». El subteniente Wiehr, «tres semanas de arresto». El cabo famoso, «cinco meses de prisión». Comparando lo que aquí pasa, dice Charles Laurent con cierta justicia: Il fait bon, tout de même, vivre en France.
Sin embargo, es en la dulce Francia donde se han revelado los innominables suplicios de los disciplinarios de Olorón, esa isla de la Charente Infériéure donde están las triples fortificaciones que hizo levantar Richelieu. Allí se encuentran los dépots de los cuerpos disciplinarios; el de la compañía de fusileros de disciplina de la marina y el del cuerpo disciplinario de las colonias. A los primeros se les llama en jerga militar Peaux de lapin y á los segundos Cocos. Dubois-Desaulle hizo el gran bien de contar al público las terriblezas que allí pasaban y que, dichosamente, se han aminorado, si no desaparecido del todo. Juzgad por algunas noticias. Allí se empleaban entre otras cosas, las poucettes, el baillon, la crapaudine y el passage á tabac. De este último apenas hablaré, porque lo usa la Policía de París y no sé si la de Buenos Aires. Es una galantería habitual con el que tiene la desgracia de caer en esas manos temerosas: el passage á tabac es simplemente una estupenda «pateadura».
Ningún reglamento, ninguna ley, ningún auto legislativo ó administrativo prescribe el empleo de las poucettes en el ejército francés, y, sin embargo, decía Dubois-Desaulle, se aplica á los disciplinarios ese instrumento de tortura. Como no había reglamento ni ley que autorizara el empleo de esa tortura, todos los que tenían un grado, desde cabo á oficial, podían aplicarla. Los motivos más variados y fútiles daban lugar á la aplicación de la pena. Las tales poucettes son una pequeña prensa de acero que deshace, que rompe los pulgares. «Según el grosor de los pulgares ó el calibre de las poucettes, después de un número mayor ó menor de vueltas de la aleta que hay sobre la placa de cierre, el hombre pierde el conocimiento y la sangre trasuda por los poros de la extremidad del pulgar. Algunos minutos después de puestas las poucettes, la parte extrema del pulgar se infla, la detención de la circulación da á la carne tonos violáceos; el pulgar se insensibiliza entonces por el exceso mismo del dolor, á condición, sin embargo, de que no se despierte el dolor con los movimientos; á fin de agravar la tortura, los castigadores vienen á sacudir ó tirar de los pulgares.» La descripción es demasiado chocante y larga para ser transcripta toda.
La crapaudine es una combinación en que entran las poucettes. Los pulgares están aprisionados por la espalda; el hombre está en tierra y se le atan los tobillos junto con las poucettes. El baillon es una mordaza. «Se improvisa con un pañuelo, una piedra, un objeto cualquiera, que se introduce en la boca. Se mete en seguida entre los dientes del paciente un trozo de madera del grueso de un palo de escoba y provisto de cuerdas que se atan detrás de la nuca.»
En cuanto á los azotes, se oye, cuando los cabos y sargentos no pegan duro y firme, la voz de un oficial:
—Mais cassez-leur donc les membres, nom de Dieu!
En Austria, como en Alemania, el schlague existía desde largo tiempo. A mediados del pasado siglo tuvo gran éxito y causó impresión profunda la publicación de un libro de E. Sturm, oficial de Artillería del Ejército austriaco. Las revelaciones que hacía no podían sino tener ese resultado. Sin embargo, él mismo confesaba que en cuanto al schlague, ó sea la flagelación militar, los oficiales superiores la aborrecían; pero no podían nada contra la costumbre, ó sea la disciplina en ese caso. Se azotaba por los motivos más fútiles, como fumar en la calle, ponerse el tricornio de través, ó llegar tarde á la lista. Muchos entre ellos fueron inutilizados, ó se volvieron locos. Diez días después de haber entrado al cuerpo, cuenta Sturm que la orden del día llamaba á «todos los nuevos» á que asistieran á una gran ejecución. Luego el cabo le explicó: «Los nuevos militares es preciso que se habitúen á ese espectáculo antes de ser actores en él, pues hay siempre algunos que son bastante bestias para desmayarse, nada más que al ver á un hombre flagelado. Si mañana, en la ejecución, vuestro rostro traiciona el menor signo de piedad ó conmiseración, os volverán á mandar como espectador hasta que os acostumbréis; pero eso no es honroso. Se os señalará como cobarde y flojo.» El autor asistió, naturalmente. Ved sus mismas impresiones: «Tomé mi partido»; fué una larga y terrible ejecución; seis desertores pasaron seis veces bajo la hilera de varas (gassenlaufen), y uno, ladrón, ocho veces. Figuraos una doble fila de soldados armados de varas, con un cabo de diez en diez hombres. En medio pasan los desventurados soldados, la espalda desnuda, despacio ó corriendo, como le plazca al que dirige la ejecución. Mientras la sangre brota bajo la vara fuertemente aplicada, los cabos corren de aquí á allá para ver si los golpes son bien dados. Si por desgracia se sorprende al ejecutor en flagrante delito de piedad, sea que amortigüe el golpe, sea que pegue muy rápidamente para que su golpe se confunda con el de su camarada, se le condena á su vez al schlague.
«Después de la ejecución de los desertores, tres artilleros de los más famosos recibieron cada uno treinta golpes de schlague. Yo soporté á maravilla esa dolorosa prueba; así, el cabo encargado de observar nuestra conducta estaba muy satisfecho de mí, y gracias á una fingida impasibilidad se me pasó en un momento del papel de los espectadores al de los actores. Como bien se calculará, tuve que mostrarme reconocido por tanto honor: ¡ser llamado á pegarle á mis camaradas al lado de aquellos orgullosos grognards que habían ayudado á derrocar el trono de Napoleón! No pude, sin embargo, no pude siempre dominar por completo mis sentimientos; ¡que el emperador me perdone!, le he robado más de un azote, en las mismas barbas del cabo. Recuerdo á este propósito que uno de mis camaradas, en un falso golpe hirió en la cara al cabo, y fué condenado por esa imprudencia á cincuenta golpes de schlague; pero el cabo perdió la nariz.» Muchos más detalles contiene esa obra curiosa. Según tengo entendido, á raíz de su publicación el emperador de Austria ordenó la supresión de esa odiosa costumbre; pero se conserva, no obstante, admirada. Es inútil cuanto se disponga en contra de hábitos tan hondamente inveterados, y que se compadecen con la rudeza de la disciplina y de los usos y ejercicios militares.
No conozco las costumbres interiores de la milicia española, pero en el país de las fáciles carreras de baqueta y del castillo de Montjuich, la ternura no debe ser mucha á ese respecto. Además, ¿quién no ha visto en los sainetes la figura del tourlourou español, el cerril asistente ó avispado ordenanza cuyas posaderas están siempre sacudidas por los puntapiés del oficial?
En Italia se me asegura que hay en esto mayor seriedad que en otras partes, y que oficial noble ha habido que ha pagado sevicias con mucho tiempo de prisión. Si esto es así, merece aplauso la milicia italiana.
Mientras exista la idea de patria, el ejército será una necesidad, y mientras la carrera de las armas exista, debe, á mi entender, mirarse como la miraba el sublime Don Quijote. Todo lo que menoscaba la dignidad humana y el propio decoro, no puede tener cabida en quienes se tienen como defensores del honor nacional, del pabellón. Y es vergonzoso que conozca el mundo hechos que menguan el decoro de los caballeros marciales. Marciales caballeros que aparecen simplemente como los más groseros y cobardes verdugos.
IDILIO EN FALSO
Un diario de París publicó hace algún tiempo la historia, ó el principio de la historia, de los amores del príncipe heredero de Alemania con una joven norteamericana. El redactor anónimo de los artículos en que se narraba esta novelesca y curiosa aventura tuvo que suspender la publicación, á pedido de un miembro de la familia de la señorita, cuyo nombre es Gladys Deacon. Pero los hechos son ya muy sabidos, y en los Estados Unidos, como en Inglaterra, se conocen todos sus detalles.
El joven Federico Guillermo de Hohenzollern, hijo mayor de Guillermo II, es un alma sentimental y un corazón impresionable. No hay en él el blindaje de hierro que tienen los de su familia paterna. A pesar de la educación que el emperador da á sus hijos, éste no ha podido dominar los impulsos de su naturaleza, y manifiesta ser, más que un príncipe, un hombre. Sabidas son sus malas impresiones de universidad. No pudo su carácter delicado acostumbrarse á las borussidades de sus compañeros, hechos á tragar cerveza, reglamentaria y bestialmente; y aunque el emperador le dijo que pasase por esos lances en que él también se había encontrado, no le fueron por eso menos repugnantes sus horas estudiantiles de Bonn. Algún incidente hubo que obligó al padre imperial á llamar á su hijo; y luego, para distraerle un tanto, se le envió á Inglaterra. En la corte inglesa el kronprinz se encontró más á su gusto; la sangre maternal, la herencia atávica de la emperatriz Federica, se reveló en él al contacto de sus relaciones londinenses. Fuera de la familia real, toda la aristocracia se lo disputó, y su juventud, deseosa de nuevas impresiones, encontró allí encantadores momentos.
Entre las familias que más le solicitaron está la del duque de Marlborough. Como es sabido, la duquesa es una joven norteamericana: Consuelo Vanderbilt, hija del celebérrimo millonario. Fiestas campestres, bailes íntimos, comidas, tennis, y ping-pong, todo lo que más pudiera agradar al príncipe germánico se le ofreció durante su permanencia. Entre tantas distracciones, y en tantas ocasiones propicias, el flirt no podía faltar. No faltó. Pero no fué ninguna linda miss británica, de rubios cabellos y cuello de cisne la que despertó el entusiasmo amoroso de su alteza. Su alteza se dejó prender por los ojos yanquis de una guapísima neoyorquina; moza tan fermosa non vió en la frontera, y entre un ping y un pong, la llama ardió, como en las leyendas, como en las novelas.
He aquí cómo narra el hecho el autor de Amitié Amoureuse, autoridad en la materia: «Rápidamente, entre el príncipe encantador y la orgullosa joven, herida por dolores inmerecidos (la historia de la madre de la niña es bastante escabrosa, y el padre está en una casa de locos), una simpática camaradería se estableció». Primero fué una dulce atracción, que les impulsó á aislarse del mundo. La vida de los duques y lores, tan lujosa, tan abierta, tan libre, sirvió á sus amores nacientes.
Estuvieron unidos en corazón y pensamiento entre los bailes de la Country, las partidas de tennis, de foot-ball. Fueron dos cuerpos con un alma. Todo era alegría para ellos, el mundo y la Naturaleza. Se embriagaban con los olores de los musgos, del tomillo salvaje, de todas las hierbas que hollaban los pies de la bienamada. De los labios del príncipe salieron palabras raras; de los de la joven murmullos acariciantes. Deslumbrados de amor, en vano quisieron apartar el encanto ...
Cuando el príncipe balbuceó:
—Nada revela tanto el alma de una mujer como el perfume que lleva: me place el olor de vuestros cabellos ...
Con esa linda reserva anglo-sajona que creó el arte de flirt, y para que dure más tiempo ese hechizo que le aureola como con un halo, la preciosa Gladys no quiere comprender hacia dónde van las palabras del príncipe, y, coquetamente, replica:
—Monseñor, me vaporizo con rose musquée. Es la antigua rosa cantada por Shakespeare ... pero se está acabando en el reino, y pronto ya no habrá. ¿Queréis ver el único rosal que queda?
¿Adónde no hubiera ido el príncipe guiado por la joven? Y he aquí el rosal, y las rosas. Ellos se inclinan, sus cabezas se tocan, se rozan. Cómo respiran, cómo vibran ... Y el príncipe, menos aturdido por el aroma de las flores que por el que emana de su amiga, dice:
—Las rosas huelen bien, pero vos, vos embalsamáis hasta embriagar.
—¡Oh, monseñor!
Ella tiembla, enrojece. Tímido y resuelto, él osa tomar su mano y la besa con fervor.
Ya véis que eso está narrado como folletín romántico. Podría ponerse: «Continuará.»
En efecto, la cosa continuó. El príncipe, activo, emprendedor, quiso pasar más adelante. La joven yanqui le dijo:
—Veo que nos amamos en lo imposible. Yo no podré nunca ser la amante, ni siquiera la esposa morganática de vuestra alteza. Para que este amor sea digno de mí y digno de vos, no hay otra cosa más que el matrimonio legítimo, sonoro, público, á la faz de las Cortes y ante el mundo todo.
Federico Guillermo debe estar en su primer amor, debe tener dentro de su pecho una tempestad de amor, y la norteamericana tiene que ser una maravilla—greatest in the world!—cuando él le contestó, pasando sobre su futuro imperio, sobre la cólera de su padre, sobre el porvenir, sobre todo: «He aquí la prueba de mi amor. He aquí nuestro anillo de boda. Ella es para ti, Gladys. Es un fetiche. Mi bisabuela la reina Victoria se lo quitó de su dedo para ponerlo en el mío y me dijo que no me separase de él sino para dárselo á la que fuese mi mujer. Lo he jurado. Os lo doy.»
Cuando el príncipe volvió á Berlín, el emperador, la emperatriz, la familia toda, se fijaron en que el anillo había desaparecido. Guillermo II no es muy suave que digamos. En seguida hizo que su hijo le confesase el paradero de la joya; y el enamorado mancebo imperial tuvo que decir la verdad. ¡Truenos! «Ese anillo no es tuyo, sino de la dinastía. Estás loco, has perdido la cabeza antes que el anillo.»
Poco más ó menos, fueron las palabras del padre. El mozo, que tiene también fibra, contestó: «Lo hecho, hecho está, y bien hecho está, ante mi conciencia. Por lo demás renuncio á todo rango, á toda púrpura, á Berlín, á Alemania, al Imperio, como nuestro pariente Juan Orth.» Desolación de las desolaciones en la familia. Un enviado fué inmediatamente á Londres á reclamar á la bella Gladys el anillo.
«¡No lo doy!», contestó la yanqui. «¡No lo des!», le aconsejó Consuelo Vanderbilt, en cuya casa nació la pasión y comenzó la novela. Ella creerá que una norteamericana puede ser emperatriz de Alemania, desde que hay una duquesa de Marlborough norteamericana.
Y Gladys no suelta el anillo.
Es de creerse que vencerán las razones de Estado y los discursos paternales. Aunque si el príncipe renunciase, en efecto, á su corona y cetro, todo quedaría arreglado, habiendo como hay tantos hermanos suyos que no tendrán más tarde inconvenientes de amor para sentarse en el trono.
El príncipe imperial de Francia, el hijo de Napoleón III, pudo ver realizados sus sueños amorosos; bien es cierto que no tenía ya trono, ni corona, ni cetro, cuando amó á la inglesa miss Mary Watkins, con quien tuvo un hijo, que vive, y á quien se ha visto en París, en compañía de la emperatriz Eugenia. La novela fué más bonita, porque la joven no sabía qué clase de persona era su amante, hasta una vez que le sorprendió conversando con lord Beaconsfield, á la entrada del oratorio de Brompton, en el matrimonio de los duques de Norfolk.
Los amores luctuosos del príncipe heredero de Austria han tocado quizás, singularmente, la imaginación de Federico Guillermo, y ojalá no vaya á entrarle el demonio de la desesperación y del ensueño trágico; preferible es que tome por modelo á su deudo Juan Orth, el desaparecido misterioso, que unos creen muerto en el Océano y otros vivo en un rincón australiano, y padre de numerosa familia.
El príncipe, como sabéis, se casó con una princesa.
EL CETRO DEL “CHIFFON”
La calle de la Paix á las órdenes de Broadway; Paquin sustituido por míster Somebody, de Nueva York; Worth, chicaguense; Doucet, recién llegado de Arkansas ... ¿puede esto ser posible? El tío Samuel se dijo: «Tengo ya más reyes que las Cortes de Europa; tengo reyes de acero, de algodón, de las construcciones, del petróleo, de la plata, de los ferrocarriles, de los cigarros habanos y de otras muchas cosas más; París tiene el cetro de la elegancia: pues ¡á quitárselo!» Incontinenti, miss Elisabeth C. White, presidenta de la American Seamstress’s Association, y pariente, seguramente, de Samuel S. White, el rey de los dentistas, parte en guerra y se prepara, denodada y serena, como conviene á una ciudadana de los Estados Unidos, á dar la primera acometida. «Ha llegado el momento—proclama—en que las ideas americanas sobre costura se implanten en Europa, y aun en la capital francesa. La nación que no va adelante retrograda, y así les pasa á los costureros de París». Más ó menos con las mismas palabras, se apodera uno de Puerto Rico y de las Filipinas.
Todo lo que los norteamericanos se proponen, casi siempre lo consiguen, pues el peso del oro americano hace inclinarse al mundo al lado de ellos ... Pero, ¿será esto posible? ¿Quitarán á París, á fuerza de greenbacks, la supremacía en la decoración femenina, arte bella entre las bellas artes, dón exquisito que está en su naturaleza, en su tradición, en su sangre? ¿Vendrá á Atenas el bárbaro á corregir á Fidias? Los maestros de la costura parece que no toman en serio la amenaza. No se trata de box, ni siquiera de bicicleta, en momentos en que llegan, después del negro Taylor, los tres más terribles campeones yanquis, que son Zimmermann, Michael y Bald, bebedores de viento; ni se trata tampoco de algo que se puede comprar en remate en la sala de ventas, pues de seguro Schwab, Carnegie ó Pierpont Morgan, se lo llevarían; se trata del gusto, del buen gusto, de la gracia parisiense, que es de París, que por ahora no puede ser de otra parte, á menos que se produzca un cataclismo en las potencias del hombre.
No, los maestros de la costura, los reyes parisienses de la calle de la Paix, los árbitros de la elegancia femenina sobre la tierra, no toman en serio la amenaza.
«Yo—dice Doucet—, no doy ninguna importancia á este incidente. Es una de esas ideas tan americanas, que ellos, los americanos, han inventado una palabra para designarlas: ¡el bluff!» Los esperamos á pie firme á los americanos. En todo tiempo las modas francesas han dado el tono al mundo entero. Luego, siempre se ha venido á buscar modelos á París. El chic parisiense no se expatría. Tiene necesidad del aire ambiente para vivir. Tan cierto es, que la mejor obrera que se pueda encontrar, después de residir dos años en el extranjero: Inglaterra, Alemania, América, no importa qué parte del mundo, en donde trabaje, ha perdido el gusto, la habilidad, la fantasía. La atmósfera extranjera le habrá quitado sus cualidades parisienses y le costará mucho trabajo recobrarlas. No creáis que exagero. El experimento se ha hecho repetidas veces, y siempre de manera concluyente. En suma: no tengo por nosotros ningún temor de esa pseudo cruzada.
Las costureras americanas dicen que las turistas de su país vienen á París á llevar modas americanas. ¿Será acaso para pagar, á más del precio caro, los derechos de Aduana, que son enormes allá? ¡Y cómo tendríamos nosotros modas americanas, Dios mío!
¿Hay uno sólo de nosotros, mis colegas y yo, que haya ido á América? «No ... mientras que los americanos vienen á pillarnos, á explotarnos, á tomar nuestros modelos, las creaciones de nuestros cerebros, siempre en ebullición» ...
Por su parte, dice Paquin: «Creo que los negociantes extranjeros que vienen á comprar modelos parisienses, tienen derecho de servirse de ellos como de su propiedad. En cuanto á crear, no crearán nada los americanos, como nunca han creado nada. Lo que harán será adaptar á uno de nuestros modelos las mangas de otro, el cuello de un tercero, y harán así á veces brotar una nota inesperada de feliz fantasía; pero crear ... No crea belleza y elegancia todo el que quiere.» Y en casa de Worth se contesta con esta frase: «El chic parisiense es el chic parisiense.» Mademoiselle Boné afirma que «es imposible á los americanos hacer la moda, pues no cuentan con los elementos para ello, ni telas tan finas, ni bellos bordados, ni exquisitos encajes. Cuando copian nuestros modelos, y siempre lo hacen, es con telas más pesadas, que hacen perder toda gracia. En cuanto al tour de main, á veces lo tienen, pero es con obreras francesas, y entonces nos combaten con nuestras mismas armas. Pero pocas obreras de primer orden quieren ir á América. Se hacen pagar muy caro, y no permanecen mucho tiempo. De suerte que los americanos vuelven siempre á comprarnos nuestros modelos.» Y madame Callot: «¡Oh! no tenemos por qué temer á las costureras americanas. Si se establecen en París, adquirirán gusto al contacto nuestro; pero con la condición de emplear obreras francesas y tejidos franceses. Por lo tanto, no serían sino casas francesas que trabajarían con fondos americanos. Eso es todo. Miss White, desconocida antes de que el New York Herald lanzase aquí su nombre, no me parece una rival peligrosa y no doy ninguna importancia á su declaración.» Así hablan los maestros de la costura. Tienen razón de hablar así.
Esta guerre en dentelles no hará correr mucha tinta, á pesar del bluff. Las agujas de Nueva York no pueden con las agujas de París. Es á los galos á quienes hoy toca exclamar: Effusa est in curiam omnis barbaries. Worth dice bien: el chic parisiense es el chic parisiense. La elegancia parisiense no puede ser trasplantada. Una gran casa de estas quiso hace algún tiempo fundar en Buenos Aires una sucursal, en vista que la clientela bonaerense daba pingües entradas. ¿Y qué sucedió? Que después de construir una linda casa, y establecer dicha sucursal, tuvo que cerrar ésta y alquilar la casa. Porque las elegantes de Buenos Aires dijeron: «No; queremos ser vestidas en París. Y por el mismo traje hecho en Buenos Aires, no pagaremos lo mismo que en París». Y, hablando en seda, la justicia estaba con ellas.
Si se tratase de las modas masculinas, quizás, pues los elegantes de París siguen á los elegantes de Londres, y los elegantes de Londres se dejan influir por los inelegantes yanquis. Dígalo si no ese antiestético panamá, que no es panamá, sino guayaquil, el cual, una vez adoptado, durante la temporada veraniega, por los norteamericanos, se importó á Londres, y de Londres fué á París, en donde no había snob de club ni mozalbete de chez Maxim’s que no anduviese con la cabeza coronada por el cucurucho de pita, feo, arrugado por delante, á la Romain d’Aurignac.
Era un ridículo caro. Había panamás de á dos mil, de á tres mil francos. Eso basta. Así vino la moda, de su tiempo, del ruedo del pantalón doblado, como si se fuese á pasar un charco; y otras invenciones anglosajonas que se reciben con placer y se imitan con apresuramiento.
Por lo que concierne á la moda femenina, no sé que, fuera del boston y uno que otro baile, como el mismo cake-walk de los negros, las señoritas parisienses continúen las innovaciones del otro lado del Atlántico. No sé que haya señoritas francesas que se incrusten en los dientes piedras preciosas, ni que se pongan en las medias cascabelitos de oro, para andar por el salón con el ruido de un kings-charles; ni que se hagan trajes de piel de serpiente y de billetes de Banco. No, la moda americana, exclusivamente americana, no se aclimata en París fácilmente, á pesar de las compras de títulos nobiliarios y de la invasión de los Estados Unidos por otros lados. Cabalmente la moda americana ha causado en el mundo oficial recientemente un sonante escándalo, que ha concluído con el retiro de un embajador.
Me refiero al caso del conde de Montebello, víctima del sombrero de su mujer. La historia es la siguiente, que los Saint-Simon, ó los Tallemant des Réaux de la época, se apresuran á recoger: En el almuerzo de Compiègne, cuando la venida del zar, todas las señoras de los ministros, como la presidenta, estaban sin sombrero: solamente la señora de Montebello no estaba en cheveux. Sensación. Ya se sabe lo que son las hijas de Eva. Una vez en la mesa, el soberano ruso conversó largamente con la embajadora, con sombrero y todo. Ya se sabe lo que son las hijas de Eva, lo mismo ministresas que modistillas ó reinas. En los rostros de sus compañeras vió la de Montebello que había una tempestad. Y todavía fué poco prudente, porque cuentan que, más tarde, una de las señoras de los ministros le preguntó, por decir algo: Vous allez repartir bientot pour la Russie madame.
Y ella le contestó: Mais oui, ma bonne dame!
La venganza ministerial llegó por fin, y el conde de Montebello no es ya embajador. Todo por el sombrero.
Ahora, ¿estaba correctamente la embajadora, en el almuerzo, con sombrero? Una autoridad, el príncipe de Sagan, no ha podido dar su opinión. Se ha pedido la del director del Gaulois, Arthur Meyer. Yo hubiera preferido la del general Mansilla. Meyer ha contestado que sí. «Porque esa es la moda.» Un joven arbiter elegantiarum, competente autoridad, por su saber y distinción mundanos, agrega: «M. Meyer podía decir también que esa es la moda «americana», y que el sombrero para almorzar nos ha venido de los Estados Unidos. Existe en Francia, para esa especie de casos que dan lugar á controversias, una referencia excelente y una autoridad infalible: la tradición. Ella está hecha de gusto, de savoir-vivre, de experiencia, de una práctica secular de las cosas de la etiqueta. La tradición, mejor que todos los tratados de ceremonial y que el código de los usos á la moda, indica la manera de acomodarse según las circunstancias. Solamente la tradición no se adquiere. Il faut y être né, como decía el conde d’Orsay. Viejas señoras de provincia, un poco ridículas, con sus atavíos pasados de moda, tendrán siempre, en esas cuestiones de etiqueta, más tacto y más gracia que la más elegante de las americanas». ¿No es esta la mejor respuesta á la plutocracia triunfante?
Ahí tenéis un caso en que el americanismo importado por una parisiense como la señora de Montebello, que, fuera de todo, es una hermosísima mujer, ha causado en la sociedad francesa un asunto ruidoso, y en el mundo de la diplomacia una catástrofe, cuya principal víctima es su excelente marido, poco simpático, por otra parte, al actual Gobierno republicano, aunque su nobleza, muy reciente, se la deba á la República.
Los americanos no pueden legislar entre los atenienses sobre aticismo, entre los parisienses sobre gracia y elegancia, entre los aristócratas sobre distinción y tean.
A propósito del matrimonio del conde Boris de Castellane con Miss Gould, decía, apenas pasada la boda, una fina lengua bulevardera: «Mientras su padre viva él no podrá ser sino el segundo de su familia por el sprit.» Mientras su madre aparezca en los salones su esposa no será sino la segunda en rango. Pero la pareja buscará la inteligencia del lujo; el conde de Castellane debe tener el home de una mujer que hubiera «nacido», no en el palacio de una parvenu. Y si da comidas, los invitados deberán ser más escogidos que los menus.
Y en la guerra de los encajes y de los sombreros, de los corsés y de las enaguas, el Tío Samuel debe limitarse, por ahora, á comprarlos hechos en París.
COSAS DE SHAKESPEARE
Enfoncées les républiques de l’Amérique latine, mon cher! Así comentó un mi amigo, francés, la noticia de la carnicería serbia. La reina Draga desventrada; el rey asesinado con exceso de crueldades; los cuerpos desnudos tirados al patio por una ventana; otros cuantos muertos en el Konak por la soldadesca traidora y borracha. No. Hay mucho que huele á podrido en las repúblicas de la América Latina; pero se debe confesar que aun en las más atrasadas no se ven horrores iguales á los que acaba de presenciar el mundo en Belgrado. Sin embargo, aquí no se ha gritado, como cuando llega la noticia de una revolución hispano-americana: Ah, les rastaquoueres! Ah, les sauvages! Discretos escritores sí lo han dicho con elegantes modos; pero si la cosa hubiese pasado en esas petites républiques, hubiésemos aparecido una vez más en los periódicos como vistosos caníbales y tramposos antropófagos. La tragedia serbia ha sido, en verdad, shakesperiana, de un Shakespeare de última hora; pero muy nocturnamente bárbara y muy final de Hamlet. El finado Moratín lo certificaría con espanto.
Un reyezuelo degenerado, que se encadena por una pasión viciosa á una bella mujer, llena de seducciones y de ambiciones. Una Corte hirviente de intrigas, una claudicante política, un pueblo humillado, militares celosos, nepotismo áulico, miserias doradas, y luego la traición y el asesinato. Para llegar á lo shakesperiano, un poco de Suetonio y otro poco de Daudet, del Daudet de Los reyes en el destierro.
Todo el mundo sabe quién fué el rey Milano, el gordo calaverón que hacía el monarca sin trono en París, gastando estúpidamente el dinero del pueblo serbio, el tunante de bar y círculo, equívoco jugador, innoble bebedor, que pagaba á 180 francos la botella de vinos malos y andaba de conquistador entre pelanduscas y suripantas, gozosas de morganáticos afectos. Todos saben cómo vivió y murió el marido de la reina Natalia. Y por la herencia física y moral que dejara á ese pobre y nulo muchacho, que han despedazado los conjurados en el Konak, es Milano el primer culpable de la tragedia sangrienta que deja á los Obrenovich sin cabeza para una corona, á no ser que empiecen á aparecer hijos de Milano por todas partes, y entonces serán cabezas de nunca acabar. Milano, con sus vicios, por un lado; Natalia, por otro, con su orgullo; el joven Alejandro, que no tenía nada que agradecer á la Naturaleza, recibió una educación precaria, se desarrolló sin afecciones; apenas su adolescencia despierta, es la dama de honor de su madre, la hábil Draga, la que le domina con la más irascible de las dominaciones. Con el vergonzoso ejemplo paternal quiere una vez el rey gobernar y reinar, al par que imponer á su pueblo los caprichos de la barragana elevada al trono, caprichos de burguesa endiosada y vengativa. ¡La desventurada mujer apenas tiene la excusa de haber sido muy hermosa! Se citan, á propósito de ella, estos versos terribles de Villiers de I’Isle Adam:
C’est la femme qu’on aime cause de la nuit el ceux qui l’ont conue en parlent á voix basse.
Hay también, como en Villiers y como en Elemir Bourges, negras intrigas y emponzoñados complots que un día tendrán que estallar, por los antiguos amantes olvidados y las rivalidades celosas y las vanidades heridas. Para mayores complicaciones, la antigua dama de honor había de ser infecunda. Y las naciones presenciaban la comedia grotesca de un embarazo falso y una paternidad despechada. El rey vulgar, casi imbécil, se divertía con aparatitos que imitaban el burro, el perro, el gato y el cerdo. Era una gaga joven, ó un joven gaga. No supo halagar á ningún partido, ni formarse un sostén seguro. No tenía más apoyo que los brazos blancos de Draga. Así, llega la noche de los asesinatos. El más verídico de los narradores de esa noche horrible cuenta de esta manera: «Doscientos ó doscientos cincuenta oficiales estaban en el complot. Se trataba de penetrar al palacio, cuyo servicio de guardia—hasta el matrimonio—fué hecho por tropas ordinarias. Desde el advenimiento de Draga el rey había formado dos regimientos de tropas escogidas, á pie y á caballo. Precaución inútil ... En la noche del miércoles los oficiales conspiradores esperan la hora propicia en el club ó en sus casas. Se bebe, se bebe mucho. Se excitan. Se canta, por irrisión, canciones en honor del rey y de la reina. Un poco antes de las dos de la mañana los oficiales van á los cuarteles á buscar á sus hombres».
El teniente coronel Michitch y el comandante Luca Lazarevitch están entre los más resueltos. A las dos el palacio real es rodeado por el 6.º regimiento de Infantería, algunos destacamentos del 7.º y del 8.º, los oficiales del curso superior de la Escuela Militar y tres baterías del 4.º regimiento de Artillería. Se deja á las tropas á alguna distancia, y 40 oficiales se presentan á una de las rejas del palacio real. Es la puerta de entrada que se usa para ir al Konak cuando se llega por la calle Milano. Se sigue la avenida y se entra al palacio por una gran puerta, cerca de la cual hay oficiales de guardia y gentes del servicio. La primera puerta es franqueada sin dificultad por los conjurados; cómplices la habían dejado abierta. La segunda debe abrirla Naumovitch.—Naumovitch es uno de los oficiales en cuya fidelidad reposa la seguridad de los reyes: ha prometido traicionar. Pero cuando los oficiales se presentan en la segunda puerta, Naumovitch no está. Sin duda duerme. No se le esperará. Los conjurados, precavidos, llevan dinamita. La dinamita no sirve de gran cosa, y el segundo cartucho mata al traidor Naumovitch, que llega. Milkovitch, capitán fiel, se despierta, hace frente, y lo matan. El Konak está en tinieblas. La dinamita ha cortado los hilos eléctricos. Se encienden algunas bujías. Petrovich, ayudante del rey, es también muerto. Fijaos en estos detalles:
«Los conjurados piden á Petrovich que les guíe á la cámara real. Él parlamenta, para ganar tiempo. Pero los oficiales no se dejan distraer. La luz de las bujías sube por la gran escalera y se esparce en los salones del primer piso. Las hachas, los sables desnudos, muerden al paso los muebles preciosos. La rabia de los asesinos, en esa obscuridad horadada de llamas pálidas y temblorosas, se manifiesta con los objetos inanimados. Petrovich cae, gritando, junto á la cámara real. Y el rey y la reina, que han oído el ruido sordo de la dinamita, los pasos precipitados de los oficiales en el hall, los primeros tiros, la subida por la escalera, la pueril batalla contra los sillones desventrados, el rey y la reina han podido percibir, última advertencia, el ronquido agónico de Petrovich. La puerta de la cámara real ha cedido al hacha. El lecho está vacío, el cuarto vacío. Momento de terrible angustia para los asesinos. ¿Si los reyes han podido huir? Buscan, alumbran debajo de la cama, en los rincones, tocan los muros. El silencio de esta rebusca angustiosa es roto por un grito de triunfo».
Bajo una vasta colgadura, en el fondo de la cámara, enfrente del gran lecho, un oficial acaba de descubrir una puerta disimulada. Es una especie de aposento con armarios para toilette de la reina. En el rincón de la izquierda, el rey y Draga vivirán aún algunos instantes, pues casi todas las velas se han apagado. Están vestidos con sus camisas de noche. Hacen frente á los matadores. Luego, los balazos y los sables que cortan las carnes. Hay tres pequeñas ventanas en la pieza en que muere la dinastía de los Obrenovitch. Draga se asoma y grita: «¡Socorro!» Los gritos se pierden en el silencio; pero un rayo del alba viene á alumbrar el fin del drama. Mueren.
Y el rey, ese rey cuasi imbécil, ha tenido un bello gesto de muerte: «Quiero que se me deje morir con Draga en mis brazos.» Y en sus brazos blancos, de amor y vicio, muere. La soldadesca ebria arroja los cadáveres desnudos por una ventana. Es un instante en que reviven escenas del bajo imperio. Los dos hermanos de Draga mueren también sin bajeza. Piden fumar un cigarrillo cuando los van á fusilar: lo fuman, se besan, y entran en la muerte. Y el día alumbra la sangre y la venganza. Las músicas militares tocan por las calles y plazas, mientras la ciencia llega á revolver los cadáveres y á revelar, con el bisturí, en Alejandro: «Degeneración é infiltración grasosa del corazón; degeneración grasosa del hígado; cráneo espeso, de trece milímetros; espesor precoz de las meninges, con petrificación parcial; la duramater del lado derecho pegada á la píamater ...»; y en Draga la bella: «Comienzos de tisis cicatrizados; cuerpos fibrosos», etcétera; antiguas máculas, viejas miserias de enfermedad. ¡Triste y miserable y doloroso cuadro!
La oración fúnebre es de un soldado, y es también digna de Shakespeare. El soldado es un rudo gañán serbio, que lavó el cuerpo. Dijo:
«—¡Estaba bella en la muerte!»
Entretanto, un rey nuevo, flamante, es proclamado. Pedro I, burgués de Ginebra, va á hacerse cargo de la corona serbia.
Y en París, como en el bello libro de Daudet, vive la familia de los Karageorgevitch, que entra á Belgrado en triunfo. Y hay un príncipe Bodjjar, artista, soñador y artífice, que tienen amigos poetas, que fabrica bellos anillos, esculpe hermosos bustos y hace encuadernaciones de gran valor. Y hay un príncipe Arsenio, que tiene sus amigos entre los trasnochadores de los bars de lujo, que juega y tira el dinero, que bebe en compañía de inútiles mundanos y de cocotas el cocktail áspero y el amable champaña; y que, cuando entró al bar de la calle Helder el día de la gran noticia, fué saludado alteza por la clientela, entre taponazos y banderas serbias.
—¡Brindo por tus treinta y cinco millones!—dijo una de las alegres muchachas de á tantos luises.
Y sonreía el príncipe del bar.
Pero es que tú, lector, ¿irías tranquilamente á vivir al Konak?
REYES Y CARTAS POSTALES
La tarjeta postal, en estos momentos, es una de las más animadas expresiones de la actualidad. Sus comentarios gráficos de los más notables sucesos serán más tarde inapreciables documentos. Pintan el estado de ánimo, el humor, la opinión de la generalidad. Con motivo del viaje de los reyes de Italia, ha habido una abundancia de tarjetas que no se ha visto en otras ocasiones, ni cuando la llegada del rey de Inglaterra, que se prestó á muchas ocurrencias y juguetes de ingenio. Sin pretender á las hábiles tareas de un John Grand Carteret, ó de un Octave Uzanne, procuraré daros una idea de ello en este «tímido ensayo», que me atrevo á llamar filatélico.
Desde el anuncio de la visita de Vittorio Emanuele y Elena, aparecieron las primeras tarjetas, junto con las primeras canciones y el himno real italiano. Eran simples retratos y caricaturas con el vulgar motivo parisiense de Viens, Poupoule ... Puede decirse que no había en el pueblo una completa idea de la transcendencia del acercamiento de los dos jefes de Estado. La Prensa aclaró las cosas, y entonces, los autores de tarjetas, ilustrados por los periodistas, comentaron é ilustraron á su vez el acontecimiento. Cuando los reyes llegaron circuló ya una buena cantidad, y en los días de su permanencia la venta fué crecidísima. Pueden dividirse en tres clases las tarjetas:
Primera. Las que representan retratos solos, ó retratos con alegorías.
Segunda. Las que se refieren simplemente á la llegada de los soberanos y caricaturizan cosas municipales y nacionales.
Tercera. Las que, llenas de intención, entran en la política exterior. Os expondré unas y otras.
Las primeras son copiosas, copiosísimas. Una se compone de dos banderas, italiana y francesa, con los respectivos retratos de Vittorio Emanuele y M. Loubet. Y bajo ellos unos compases de la Marcha Real y de la Marsellesa.
Otra: bandera italiana, vivos colores. En el centro, entre dos escudos ornados de olivo, y coronados por la corona real, los soberanos. Abajo, compases de la Marcha Real.
Chillona, ultrapopular, otra, entre el escudo italiano y otro con la R. F. enlazadas sobre haces y dos banderas francesas, una pintoresca Italia, de faldas rojas y corpiño verde y una no menos pintoresca Francia, de falda verde, corpiño rojo y gorro frigio, con el pabellón, se dan la mano sobre el retrato pésimo del rey. Abajo: «París, Octubre 1903.»
Otra criarde: sobre un vago continente, en que se distinguen bien la bota de Italia y Francia, flotan dos grandes pabellones, y sobre los dos grandes pabellones, un águila con las alas abiertas y una corona de olivo en el pico, une las dos astas. Retratos de Loubet y Vittorio Emanuele, bajo una composición blanco y negro, que representa un paisaje, una villa y tres soldados de la guerra de Italia. Arriba: «1859» y á un lado: «Solferino, Magenta.»
Retratos de los reyes y M. Loubet, armas de Italia, una testa de león, y, sobre todo, abrazadas las dos naciones hermanas, que semejan dos modistillas. El presidente y el rey. A un lado, armas de Saboya, corona, haces, ramo de olivo, monograma de la República Francesa, y arriba el gallo galo, lanzando un orgulloso cocorocó. En el fondo, sobre un resplandor solar, Liberté, Egalité, Fraternité. Hay otra con idéntico motivo, pero con distinta colocación de detalles. Un rey y un presidente, en altorrelieve coloreado, y que parecen bons-hommes de pim pam pum, se estrechan seriamente la diestra. Arriba, los correspondientes escudos. Un lamentable busto del monarca, entre dos banderas de las sororales naciones, sufre el aspergeo de flores de una República de buenas carnes. En el zócalo: «A Víctor Emanuel—Octubre 1903.»
—Retratos del rey, la reina y el presidente, sobre un confuso dibujo que significa á M. Loubet presentando á la reina á las mujeres de Francia. Esto entre dos muñecas que asen sendos ramos de olivo. Leyenda: Dediée par les fammes de France.—A sa majesté.—La reine d’Italie.
No cuento los innumerables clisés fotográficos reproducidos, con la figura de sus majestades, como los de Toppo, de Nápoles, y Brogi, de Florencia; y los bustos, con escultograbado. Pero ellos han popularizado la imagen del rey, y hecho admirar la belleza de esa reina, por todos puntos encantadora.
Las que se refieren á la llegada de los soberanos son asimismo variadísimas, aunque, por lo común, de muy escaso mérito; pero repito que se trata de expresiones populares, y no de trabajos artísticos. En una, de movimiento, tirando de un cartoncito, M. Loubet, que está ante el tren real, en compañía de M. Combes y del general André, se inclina en un respetuoso saludo, mientras aparece el rey por una portezuela, y un letrero en otra: «Viva Víctor Emanuel III.» En otra, tirando del susodicho cartoncito, rey y presidente se saludan y se dan un abrazo.
Hay una scie reciente, en París, tan tonta como todas: T’en as un oeil! Eso no quiere decir nada y se aplica para todo. Es un término de compadrería parisiense. He aquí una tarjeta que se llama T’en as un Macaroni. La cabeza real surge de un montón decorativo de macarroni. C’est bete; pero á la gente le gusta. Una serie presenta la llegada, la rue Royale, en Versalles, la comida de gala, y la revista, en muy feos monos pintarrajeados. No hay ni gracia, ni intención, ni nada; pero eso se vende. El automovilismo tiene su parte. Rome-Paris—Plus d’Alpes! Eso indica un camino nevado, en la cordillera alpina, y un grupo de aldeanos que saludan al paso de un auto en que viene el deseado Vittorio Emanuel. Es un fotograbado. En otro automóvil, y parodiando el número sensacional de un ciclista de café-concert—«la flecha humana»—llegan los reyes por un plano inclinado, á dar el gran salto. El presidente, risueño, les espera con los brazos abiertos, teniendo al lado un contrahecho Delcassé. Eso se llama La fleche royal. Y la aerostación: en dos globos, sobre barquillas de fantasía, y en trajes chillones, presidente y presidenta, rey y reina, contemplan una revista de tropas.
Hay otras, sin mayor chiste, que circulan también en profusión. Vittorio Emanuel desciende del tren, con dos cajas de macarroni y su valija, y el presidente le sale al encuentro, con un Delcassé chico que le tira de los faldones, y un general André largo, que lleva una botella de pernod. Abajo: Viens, totor, viens, y, T’en as un oeil. Menos mal hecha otra, ofrece á un Delcassé marmitón ante una cazuela de macarroni, de la cual saca dos que rematan en las testas del rey y del presidente. Ese está bautizado: La bonne cuisine.
Conocida es la sonrisa habitual del jefe de la República francesa. Helo aquí, recibiendo en la estación al amado primo, que llega vestido de bersaglieri, y como le encuentra más sonriente aún que él: Ah mince alors! Tu l’as le sourire!! Tras el presidente, Delcassé, amarillo, le lleva el sombrero, y André, negro y rojo, presenta la espada.
No podía dejar de aparecer el cuento de la tiara de Sait Aphernes. En una tarjeta, al darse la mano, le dice el rey á M. Loubet:—¡T’en as une tiare! En efecto: el excelente señor está casqueado de oro con el famoso artefacto.
No falta el Loubet vestido de mujer, en las rodillas del rey, abanicándole con el abanico de la Paz, mientras él se fuma un gordo habano. El autor de la caricatura ignora que el rey de Italia no fuma.
Aquí M. Loubet recibe al rey y á la reina; Delcassé lleva la cola del traje real. André sonríe. Y arriba inscripciones: «¡Evviva Francia! ¡Evviva Italia! ¡Evviva Napoli! ¡Evviva Garibaldi!» Lepine, con un gran palo, guarda el orden ...
Ved ésta: el rey, con su gran penacho, va á ver á M. Combes: Pour vous ma premiére visite: merci mille fois, mon cher, de mavoir envoyé les Chartreux. C’est un tresor inespére pour l’Italie, et pour moi! En otra, dos muchachonas mal esculpidas, portando las banderas de los dos países, se dan la mano, bajo una estrella de oro y la inscripción: L’aliance latine. Y como no falta aquí lo rigoló y todo es con la mejor intención del mundo, hay una carte postale en que sus majestades, en el Jardín de París, se lucen en un chahut desenfrenado.
Y pues de danza hablamos, ved las que á la danza se refieren: M. Loubet y el rey, entre los escudos nacionales, bailan el cake-walk. M. Loubet y el rey, mientras Delcassé pistonea sobre un plato de suculenta pasta, bailan otro cake-walk, ente espirales «macarrónicas».—L’invitation á la valse: Unos cuantos niños se divierten. Dos bailan y tres ven bailar. Demás decir que los que bailan son presidente y rey. Nicolás mira con envidia; Eduardo, con asombro. Allá, medio escondido, asomando la cara, con envidia, está el niño Guillermo. Está bien compuesta. Se diría una página de Caras y Caretas.—Otra danza: el presidente, que, como se sabe, es de Montelimar, hace un vis á vis con Vittorio Emanuel. El uno lleva una caja de nougat y el otro un plato de la pasta nacional.—En otra, al son que tocan sus respectivos cancilleres, Loubet-Francia, pandereta en mano, hace pareja con el rey, alegre. Eso es el «Concierto franco-italiano» «¡Evviva la Francia! ¡Evviva la Italia!» «¡Evviva Vittorio Emanuele! ¡Evviva Loubet!»
En la danse du nougat el rey baila malabareando con los paquetes de nougat que le tira su consorte, y del cual Delcassé, vestido de egipcio, sostiene un gran plato. El presidente toca el violín.—Penses-tu? Penses-tu? Penses-tu? Qu’ca reussisse?... La pregunta es intencionada, ante otro cake-walk político que la reina contempla. En otro dibujo aparece ya Rusia. El presidente, el rey y el zar danzan en ronda. En otra, Delcassé, los pies para arriba, está junto á los dos grandes y buenos amigos, que se agitan en un paso de quadrille. Y en otra, Inglaterra toma también parte, y cada cual baila su són: Víctor la tarantela, Nicolás una difícil gimnasia nacional, Eduardo la gigue, y Loubet ... el cake-walk.
He aquí: mientras una espesa Mariana se lanza á una audaz coreografía, Víctor la solicita: Viens Poupoule! Y ya en otra tarjeta, la tiene asida del talle:—Encore un baiser, veux tu bien?—Un baiser, n’negage á rien....? El autor de estas dos últimas debe ser español, al menos de origen, pues firma Morales.
Por último, Le cercle de la vie: el rey y el presidente, en bicicleta, mientras Delcassé les contempla, realizan la peligrosa suerte que en un music-hall se llama «el círculo de la muerte». Y la que representa á Loubet, de gallo, ante sus majestades. Loubet: «¡Qué grata sorpresa!» Emanuel: «Su majestad ha querido conocer vuestra fina sonrisa.» Y á un lado, Eduardo:—Ah, ce qu’on rigole á París! Y allá lejos, como un rey salvaje, el emperador del Sahara:—Moi, s’il m’invite, je n’irai pas!
Para concluir he dejado las más picantes é incisas. En una, M. Loubet, disputado por Eduardo, Víctor, Nicolás y Guillermo; uno le tira por un brazo, otro por otro, y los demás por los faldones del frac: Decidement, on se m’arrache! La «Nueva Tríplice» es un hombre de tres cabezas, las de Víctor, Loubet y Eduardo. Cerca el zar mira admirado; y allá, en el fondo, Guillermo, cruzado de brazos, contempla afligido, y tras él Francisco José no sabe qué hacer.
Una muy epigramática: El zar, knut en mano, lee las noticias de París, y exclama: Je tremble! Qu’Emmanuel ne lui fasse un emprunt; j’en ai tant besoin!
En «El eclipse» se interpone entre Loubet, por quien es atraído, y Guillermo, que le quiere detener por los pies, el rey de Italia.
Proclamando que la unión hace la fuerza, se ven otra, junto á Loubet y el zar juntos, Eduardo y Víctor Manuel, que llegan á juntarse; y allá lejos, saludando militarmente, ¿por qué no?, acude Alfonso XIII. «Querido, lo siento mucho; pero os tengo que dejar á la puerta.» Quien así habla es el rey de Italia, con su aliado y amigo el emperador alemán. Allá en la frontera, tras los Alpes, saca la cabeza Loubet, que aguarda.
Dos macabras: En tanto que el tren va camino de París, al dejar Modane, surge ante el rey italiano un espectro, como otra vez el de Jesús ante Pedro:—Quo vadis, Emanuele? Y en otra que se llama «La pesadilla de ultratumba», Crispi y Bismarck se alzan de su sepulcro, ante Víctor y Loubet, que de buen humor les gritan:—Ohé, Crispi! t’en sa fait une gaffe! Ohé, Bismarck, t’en as un oeil!
Y la que puede dar la mot de la fin:
Víctor Manuel vuelve de París y se encuentra con su amigo Guillermo: «¡Dichoso tú, primo! ¿Cuándo me toca á mi?...»
Hay más filosofía que la que se cree en esos pedacitos de cartón.
JOLI PARIS
Uno de los primeros libros que despertaron mi imaginación de niño: las Mil y una noches. Uno de los preferidos libros, que actualmente releo con invariable complacencia: las Mil y una noches. Antes leía la única versión española, aún más expurgada y traidora que la francesa de Galand; hoy me recreo con la literal de Mardrus, en su libertad de verbo y figura y su prestigio oriental, tan maravillosamente transpuesto. Allí concebí primeramente la verdadera realeza, la absoluta, la esplendorosa. Allí se me aparecieron, allí—y en los «nacimientos» ó «presepios», con Melchor, Gaspar y Baltasar—los verdaderos reyes, los reyes de los cuentos que empiezan: «Este era un rey ...»
Reyes de Oriente, magos extraordinarios; reyes que tienen jardines donde vagan libres leones y panteras, y en que hay pájaros de dulce encanto en jaulas de oro ... Reyes con tantas mujeres como el rey Salomón, y piedras preciosas como huevos de paloma, y esclavos negros que cortan cabezas, y pipas en que humean tabacos que huelen á esencia de rosa ... Reyes que se parecían al belga Leopoldo como un clavel á un cepillo de dientes, ó un pavo real á un impermeable.
El original y picante Luis Bonafoux cuenta, en una de sus impagables crónicas, su desilusión cuando el rey de Siam, no sé en dónde, le preguntó apurado por cierto lugar ... Si non é vero, está muy bien contado. A mí no me ha preguntado por nada el cha de Persia, Mouzaffer-ed-Dine, pero le he visto varias veces, con su levita, su gorro, sus diamantes, sus bigotes largos y grises, y su cara de fastidiado, de muy fastidiado; y confieso que me ha destruído una ilusión más. No importa que se describa en los periódicos el trono suyo de Teherán, todo de oro y pedrería, y un pavo real también hecho de oro y gemas luminosas; ni la esfera en oro macizo en que los mares están representados por innumerables esmeraldas, el Africa por rubíes, la Persia en turquesas, Francia é Inglaterra por diamantes, y los otros países por diferentes piedras preciosas; sin saber que cuando da una audiencia—siempre allá en Teherán—ofrece en una caja rubíes, zafiros, esmeraldas, diamantes, perlas, turquesas, como quien da un cigarrillo ó una pastilla. Cuando le he visto, se me ha parecido á todo menos á un «rey de reyes», como sus antecesores y mis ilustres tocayos los Daríos, más ó menos ocos ó codomanos, pero admirables en el prestigio de su poética gloria y en la grandeza semidivina de las leyendas. Gracias á los Dieulafoy podemos admirar en el Louvre aquella civilización ostentosa y potente, bajo aquellos conquistadores de la India, vencedores del macedón y del tracio, que no iban á tomar curas en los Contrexeville de la época.
La impresión que tengo del cha, es que es un señor que se aburre soberanamente, y á quien le importa un comino todo lo que no sean las «cositas» de París, ó las berenjenas con queso ó sin él; á las berenjenas las adora, y en el Elisée-Palace-Hotel, donde vive, y en todo lugar oficial en donde come, hay que servírselas irremisiblemente. Y en cuanto á su manera de pensar sobre el país que hoy le acoge y le festeja, se resume en la única frase de francés que sabe, y que repite para todo: Joli Paris! Joli Paris!
A este propósito cuenta un indiscreto la visita que acaba de hacer á su majestad persa el ministro de la Guerra, general André. Lo primero que dijo el cha al ministro, al estrecharle la mano, fué: Joli Paris! Joli Paris! Luego, ya sentados, le señaló una tabaquera incrustada de las indispensables piedras que sabéis, y le dijo en su idioma: Kerli, lo cual quiere decir tabaco. Tradujo la palabra el intérprete imperial, Freydoun Montazem Saltanek. El general tomó un cigarrillo, y el gran visir, haciéndose el pillín, como dicen en España, le ofreció fuego en un aparatito eléctrico. El general André encendió, y en ese momento el aparatito se puso á tocar el Vals des anglais. Y el cha, que esperaba la sorpresa del general, con los ojos alegres, contentísimo: Joli Paris! Joli Paris!
Después, se puso hablar en persa con su ministro en París, el general Nazare-Agha. Y éste tradujo al ministro de la Guerra: que su majestad estaba muy deseoso de conocer el nuevo fusil del Ejército francés, «el fusil con que V. E. acaba de armar tropas».
André se quedó asombradísimo, aún más que con lo de la cajita de música: «No hay ningún fusil nuevo—dijo—. Ya he tenido el honor de mostrar en persona á S. M. nuestro armamento, cuando nos visitó el año pasado.» El cha, á quien se tradujo esa respuesta, pareció no darse bien cuenta de ella; pero para no darse por vencido, se puso un poco serio, y luego, dirigiéndose al ministro, sonriente: Joli Paris! Joli Paris!
Como le invitasen á ir á las maniobras, contestó que iría con placer; pero cuando supo que había doce horas de ferrocarril, manifestó que no iría, pues no le place viajar mucho en ferrocarril. No faltó el regalo. Ofreció al general André un estuche con una cigarrera—demás está decirlo—de oro y piedras preciosas, con su cifra grabada. Luego fué la despedida. Antes de partir díjole el general el último oficial cumplimiento. El cha se puso á mirar las muchas condecoraciones de André. Y como viese sobre todas el cordón de la Orden del León y del Sol, su Orden, dijo, señalándosela, en persa: «La Orden del León y del Sol no podría recompensar á un militar más ilustre, á un jefe más valiente, á un ministro más esclarecido.» Y luego, en francés: Joli Paris! Joli Paris! Mouzaffer-ed-Dine es un estimable filósofo.
En el lugar donde ha estado últimamente «en villegiature», un quiromante mundano consiguió que el potentado oriental le diese á estudiar su diestra. He aquí el resultado: «La línea de cabeza del soberano es casi nula; sin embargo, es fina como un cabello femenino, é indica aptitudes diplomáticas». La línea del corazón, por el contrario, se desenvuelve majestuosamente, sembrada de islotes, de meandros rojos, que indican pasiones carnales violentas y complicadas. La línea de vida es débil, pero prolongada; días largos y malestares constantes. Su Majestad es glotón—¡aquí de las berenjenas!—y se inclina á hacer trampa en el juego. El Monte de Mercurio tiene un desarrollo normal: si el cha no fuese un poderoso monarca, sería un comerciante de mérito. Pero lo que está sobre todo en su real mano, es la línea de las artes. Entre las manos «conocidas» la del pintor Carolus-Duran, es la que más se le parece. Si el cha pintase, escribiese, triunfaría. Y el cha no lo hace. ¡El cha es un señor muy cuerdo!
No creamos en las quirománticas rayas, ni dejemos de creer. El cha será un gran diplomático natural, y desde luego más culto que su difunto padre, que se limpiaba los dedos, después de comer, en los ricos cortinajes de los palacios en que se le hospedaba. Aunque la diplomacia y la buena educación pueden estar muy desunidas, como en el chino Li-Hung-Chang, de sonora memoria; pero, lo que es el protocolo, gime por él á cada paso. El cha no admite programas, ni disposiciones anteriores. Cada vez que se anuncia que ha de ir á alguna parte, él, en el momento de subir al coche, ó al automóvil, da orden de ir á otra parte. Il s’en fiche de M. Crozier, de M. Mollard, de todo el personal del palacio d’Orsay, y de M. Lépine, con su Policía. Como no habla más que persa, no conversa más que por medio de sus intérpretes, y allá las cosas que les dirá de cuando en cuando. A pesar de la opinión quiromántica, no parece que el rey de reyes sea muy aficionado á las damas. Quizás será que, dueño y señor de tantas, allá en Persia, se encuentra ahito. Sin embargo, ¿cómo no ha de haber encantado su alma de primitivo, su espíritu de Oriente, esta joya humana, este bijou con vida que se llama la parisiense? Yo me figuro que es esa una de las cosas que más le atraen en esta capital de atractivos. Joli Paris!
Taciturno, como cansado, lleva este hombre raro su vida de Camaralzamán moderno, contagiado, aunque no tanto como se quisiera, de la enfermedad occidental, de la fiebre de progreso. Trajo diez millones, como dinerito de viaje. Ya se le acabaron. No importa. Pedirá otros diez. Compra todo lo que le gusta; y al bárbaro que hay en él le gusta, como al niño, lo que reluce, lo que hace ruido, lo que sorprende. Compra cajas de música, lámparas eléctricas, juguetes, espadas, bronces, muebles. Compra pájaros disecados, anillos, medallones, escopetas y automóviles. Sobre todo automóviles. Tiene ya como treinta, allá en Teherán. Los compra de todas las marcas. Los regala á sus ministros y á sus amigos. Para su uso particular tiene de los mejores, de los hipogrifos que hacen una enormidad de kilómetros por hora. Se ha llevado á uno de los mejores chauffeurs de París. Cuando sale con él, le dice: «Muy despacio.» Y el imperial auto, que es muy cómodo y lujoso, no va más ligero que un carruaje cualquiera. El cha es un sabio.
Mouzaffer-ed-Dine es un sabio; daría seguramente todo lo que tiene por la camisa del hombre feliz. ¡Se aburre! He ahí su mal; no los riñones, ni el estómago. El otro día decía un obrero parisiense al verle pasar: «Le hacen falta cuidados. Si tuviese algunas «molestias», se molestaría menos.» Es la verdad. Tiene la desgracia del hombre á quien no le falta nada. Cuentan que el príncipe imperial, en tiempos de Napoleón III, un día que veía desde las Tullerías jugar á unos niños pobres, bajo la lluvia, dijo á la emperatriz, que acababa de regalarle como presente de Noel una linda y rica colección de juguetes: «Mamá, yo te pediría otra cosa mejor». «¿Qué?» «Déjame ir á meterme descalzo, en ese «hermoso lodo» que hay allí afuera ...» El cha no ha tenido hermosos lodos en su vida. Y ha tenido, en cambio, una existencia de honores continuos y placeres. Su soberbia, su gula, su lujuria, su cólera han estado siempre satisfechas. Es señor de vidas y haciendas. Tiene harén y verdugo. No hay cosa que haya deseado que no la haya tenido inmediatamente. Si no ha tenido la luna, es porque no ha querido. Seguramente no le ha picado nunca un mosquito, ni la pulga del cuento de Víctor Hugo. Hay mil ojos que velan sus sueños y que inspeccionan sus vigilias. El oro y las piedras preciosas no tienen ningún valor para él. El amor le ha sido negado y la voluptuosidad le ha hartado y quebrantado. Alá le ha librado hasta ahora de los babistas que asesinaron á su padre Naser-ed-Dine, y de los anarquistas de otras tierras. Y él se fastidia, se fastidia soberanamente. Viene á París, y el pueblo le aclama, y se siente feliz, y toma una cantidad increíble de naranja y se deleita con la leguminosa consabida. El pueblo parisiense le ve pasar; le escribe cartas pidiendo todo lo que se puede pedir: le grita ¡viva! como á Krüger, como á Ranavalo, como á Cristina, como á la reina de las lavanderas y como á cualquier rey de oros, de copas, de espadas ó de bastos ...
Joli Paris!
DIVAGACIONES SOBRE EL CRIMEN
El canónigo Rosenberg-Montrose y el banquero Boulain han sucedido en la celebridad de las fuertes estafas á la novelesca madame Humbert.
Un canónigo que roba con la mayor sangre fría á estúpidos corderos, á excelentes devotas, apoyado en la curia romana y ejerciendo de apóstol del bien y de filósofo de una ideal Jerusalén, no es cosa trivial. Así el banquero Boulain queda en segundo término. Es un vulgar escroc. Los parisienses tienen con qué entretenerse mientras no haya otro escándalo de mayor fuste.
No hay duda de que esas sonoras fechorías tienen más de cómico que de trágico, con todo y dejar en la miseria á muchos infelices. Lo cómico está en que las víctimas son todas como las del «cuento del tío», engañados que han querido engañar, ó codiciosos que no han visto las orejas del lobo.
Hay, pues, crímenes cómicos; lo que no es fácil aceptar, á pesar de las más bravas paradojas, es que haya crímenes bellos. Quincey, el comedor de opio, escribió un famoso ensayo sobre «El asesinato considerado como una de las bellas artes», que Gómez Carrillo ha hecho conocer en lengua española. Esta estupenda obra de humour, está paralela á la memoria de Swift sobre el aprovechamiento antropofágico de los niños. Los artistas en crímenes no existen; talentos criminales sí hay, como sabuesos raros á lo Sherlock Holmes.
Muchos opinan que sí hay crímenes artísticos. Y otros, como Osmont, afirman: Si se coloca uno exclusivamente en el punto de vista de la Moral, no hay, no podría haber ningún bello crimen. Las circunstancias contingentes que pueden dar algún lustre á una acción generalmente culpable, deben aún excitar tanto más horror cuanto que parecen, según la vieja metáfora que todavía le gusta á M. Prud’homme, flores que tapan un abismo. Esta concesión hecha, confesemos—agrega—que hay muy pocas personas que se coloquen en el punto de vista de la moral pura y que allí permanezcan.
Y aquí entra la cuestión del «gusto». Si se permite á alguna estética mezclarse en la moral, el bello crimen existe evidentemente. Sería tan pueril negarlo como escribir—alguien lo ha dicho—que una flor envenenada no es nunca bella. Testigos el radioso acónito, el botón de oro, y entre otros, la digital, de purpurinas flores. Cuando un crimen es de un profundo horror, á que no se mezclan motivos bajos, y que el cuadro en que se produce no perturba la emoción, es cierto, para el lector que no verá el horror directo de la sangre vertida y los gestos de agonía, que una especie de salvaje grandeza se mezcla á la tragedia verdadera y hay quienes aplaudirían como en la escena de un drama bien construído. El reciente drama italiano en que el conde de Bonmartini fué la víctima, es lo que llaman «un bello crimen». ¿Por qué? M. Osmont dirá: Porque la pasión sola, ¡y qué pasión monstruosa!, ha guiado la mano de los asesinos. El espantable riesgo que corrían los culpables, si eran descubiertos, pues un hombre, y sobre todo una mujer de alto rango pierde, al mismo tiempo que la libertad y el honor interior, el respeto de los demás, y ese lujo habitual desde la infancia que llega á ser como una atmósfera; los dramas espantosos que descubre la catástrofe final, todo eso impresiona, desconcierta, turba, agrada aún, de cierta manera. En ese crimen de Bolonia una figura surge que lo domina extrañamente: el senador Murri. Esa virtud romana, ese coraje estoico, no podían producirse sino en una circunstancia semejante, desmesurada en nuestros menguados tiempos. Y como conviene en un drama en que la justicia eterna parece intervenir, el crimen tendrá su castigo y la virtud encontrará su recompensa en el cumplimiento de su deber terrible. Pues—y esto para contestar á la probable objeción—nadie, pienso, admira el «bello crimen» en sí. Es una imagen de tintes violentos, un drama conmovedor. Su relación puede hacer una impresión estética. ¿Quién no ha admirado con espanto los cuadros de tortura de los pintores españoles y las pesadillas de Goya? No quiero hablar del asesinato político. Aquí un elemento nuevo aparece: la fe. Eso basta para elevar el acto al sacrificio. Con todo aun conviniendo en la existencia del «bello crimen», hay que decir que es un espectáculo muy lamentable, y que no es una escuela de la cual se deban formar cerebros y corazones. Así, admirando en un libro, ó en un diario, ocasionalmente, el crimen de Bolonia, me parece que los crímenes, bellos ó no, ocupan demasiado lugar en el periodismo y en la literatura. Ensangrientan cada página y perpetúan en el pueblo la concepción byroniana de la sublimidad del crimen y la elegancia de la desesperación. Se debería también mostrar la virtud, dejarla ver como es, de una belleza superior. Las ideas de Osmont, me seducen más, lo confieso, que las originalidades estéticas y las desviaciones de la sensibilidad. El erudito Tomás de Quincey, «que á los quince años componía odas en griego y á los veinte había leído todos los libros antiguos», me parece que no andaba muy bien de la cabeza, con perdón de las opiniones de Baudelaire—otro que tal—y de mi amigo Carrillo.
No me meteré con los nietzscheanos; pero sí me referiré á los que, como M. Colah, en la cuestión opinan que á la palabra héroe se le puede dar un obscuro reverso. Ciertamente, dice dicho señor, desde el punto de vista filosófico y moral el crimen es indigno de admiración; pero la imaginación, ante el éxito de ciertas hazañas malas, cae en un estado que no es otro que la admiración. Admiráis un héroe cualquiera por su audacia, la habilidad que ha empleado para franquear lo infranqueable, el desprecio del peligro que ha mostrado en el cumplimiento de un acto de abnegación patriótica ó social. Es porque el asesino obra antimoralmente, que el valor evidente, las mañas increíbles, la insensata audacia, la terrible temeridad, las mil dificultades que deben, en fin, componer un «bello crimen» y que se ha llegado á dominar, ¿no son, por su asombroso éxito, dignas de un héroe? ¡Es un héroe de la mala causa, pero un héroe! Lo que admiráis no es el desenlance, la escena final, sino las complicaciones casi borradas, los peligros casi apartados, que preceden. Pues un «bello crimen» debe ser seguramente trabajado, combinado, reflexionado, sabiamente premeditado, y, sin embargo, trae después combinaciones cuyo triunfo es más ó menos aleatorio. Un drama de la miseria, el triste fin de un idilio amoroso, el resultado trágico de una escena de celos, no pueden dar lugar á un «bello crimen», atendido que puede ser cometido bajo la presión y la ceguedad de la desesperación, de la cólera ó de la pasión.
Antes que M. Colah, J. J. Weiss, en el tercer tomo de sus Annales de Théatre, ha escrito á propósito del viejo melodrama Fualdes: «Para el bello crimen, es necesario que el personaje criminal obre por temperamento y no por impulso fortuito y singular. Es necesario además que los detalles innobles que acompañan casi siempre un asesinato, sean excusados de algún modo de su ignominia, porque la casualidad los ha disputado de manera tal, que parecen un esfuerzo del arte y como un contraste creado y arreglado por una retórica misteriosa de las cosas. Es preciso que la culpabilidad sea demostrada hasta la evidencia y que, sin embargo, se cierna sobre los motivos y sobre la ejecución del crimen un resto de misterio que se querrá siempre penetrar y que no se logrará nunca. Es necesario que los indiferentes hayan sido mezclados á la historia de ese crimen, que no les toca de ninguna manera, por algún incidente trivial, por algún juego cruel de la suerte que inquietará la existencia, á ellos mismos, por un tiempo, ó por toda la vida. Es preciso, si es posible, que toda una ciudad, ó toda una clase de la sociedad sea conmovida y turbada. Es preciso ... sería cuento de nunca acabar». El buen sentido de aquel crítico teatral que tenía mucho talento, salta á la vista.
No, no hay crímenes bellos, sino ante la filosofía de la crueldad y ante las razones del egoísmo, por más estéticos que sean. No hay crímenes bellos, como no hay enfermedades bellas.
Solamente los médicos encuentran «hermosas llagas» y «lindos casos». Hay artistas criminales, como Benvenuto, y enfermos, como el autor de las Flores del Mal, que dan razón á las nuevas teorías de los filósofos del delito.
En cuanto á la delincuencia bufa y á los crímenes cómicos, son indiscutibles. Los criminales de la estofa de la señora Humbert y del canónigo Rosenberg aguardan el libreto del vaudeville y son puestos en solfa. Son tipos que hacen resaltar los lados grotescos y malignamente burlones de la criatura humana. Su obra gira alrededor de las concupiscencias y de las avaricias. Cierto es que muchos inocentes caen en sus garras; pero en la piel de cada cordero inocente hay con mucha frecuencia, en el mundo de los negocios, el alma de un pícaro lobo. París, como Nueva York, como Londres, como Buenos Aires, dan albergue y vasto campo á los Carlo Lanza, á los Arton, á los Boulain, á los Humbert-D’Aurignac. La última obra del antiguo jefe de Policía Macé, es rica en enseñanzas á este respecto.
En el crimen cómico suele haber sangre, como consecuencia; pero lo que más hay, es oro; el oro de los engañados, evaporado en las cajas de los engañadores. Luego, la mayoría aplaude, ríe, está casi de parte de los hábiles burladores ... «¡Ah!—decían algunos—¡Mme. Humbert es la mujer más grande que la Francia ha producido, Juana de Arco comprendida! ¡Habría que elevarle una estatua!» Y hay más que lástima, sonrisas para los embaucados. Y es que se cultiva, más ó menos, el arte de engañar.
He oído contar lo siguiente: «Hace poco, unos muebles Imperio, puestos en depósito en un hotel célebre, por un tapicero de mala fe, han sido vendidos para América por una fuerte suma.—¡El mobilier de la emperatriz Josefina—decía una réclame—, histórico, herencia de familia», etc.! El mobilier de la emperatriz venía de la calle de la Pépinière. Un marqués ha cobrado una buena comisión, y un periodista otra. Esas son prácticas corrientes. Se sonríe con indulgencia ... Desgraciadamente, el «americano» se hace raro ... Comienza á desconfiar.