Notas del Transcriptor

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PROSA DISPERSA


RUBÉN DARÍO

PROSA DISPERSA


Prosa Dispersa

POR

Rubén Darío

VOLUMEN XX
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN:
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID


EL SILLÓN DE LECONTE DE L'ISLE
La Juventud y la Academia
Lo que dijo Charles Morice
Verlaine y Zola.

Hace poco más de un año nos hallábamos en mi habitación, en un hotel de París, cerca de la Bolsa, el poeta Maurice Duplessis, porta-estandarte de la escuela romana; el simpático y sutil Kreutzberger, a la sazón crítico literario de La Cocarde, y Enrique Gómez Carrillo, cuyo nombre es bien conocido por los lectores de La Nación.

Charlábamos amistosamente, fabricando cada cual su grog, cuando apareció en la puerta la cabeza moruna de Alejandro Sawa, el escritor español.

Entró Sawa, seguido de un señor alto y flaco, medio clergyman y medio pianista, pálido, de larga cabellera obscura, que le caía sobre los hombros, con un aire de aparecido.

—M. Charles Morice.

Levantéme, y abriendo un libro que estaba sobre mi mesa, leí:

Impérial, royal sacerdotal, comme une

République Française en ce quatre-vingt-treize

Brûlant empereurs, rois, prêtres dans la fournaise,

Avec la danse autour de la grande commune.

L'étudiant et sa guitare et sa fortune

À travers les décors d'une Espagne mauvaise

Mais blanche, de pieds nains et noire d'yeux de braise,

Héroïque au soleil et folle sans la lune.

Néoptolème, âme charmante et chaste tête,

Dont je serais en même temps le Philoctète

Au cœur ulcéré plus encore que la blessure,

Et pour un conseil froid et bon parfois l'Ulysse:

Artiste pur, poète où la gloire s'assure,

Cher aux lettres, cher aux femmes, Charles Morice.

A los pocos instantes, vibrando aún los versos de Paul Verlaine, Charles Morice saboreaba también su grog, y, a propósito de un Walt Whitman que encontró en mi mesa, discurría sobre literatura yanqui.

No es ya el autor de la Littérature de tout à l'heure el mismo del soneto de su amigo y maestro, ni siquiera el pintado por Emile Coursange. «La cabeza es adelgazada, bien puesta sobre el cuello flexible y delicado—la barba ligera, obscura, realza la palidez del rostro y atenúa la sequedad de los contornos; la frente elevada, apenas agrandada, que encuadra una cabellera fina y rara, está alzada con brutalidad—; la nariz altiva, aguileña, enérgica—la boca fina y sensual, acentuada por un bigote felino—, el mentón que se adivina bajo la barba, a la vez autoritario y campechano, completan esta fisonomía tan compleja, tan contradictoria del poeta, donde la cabeza, donde las pasiones, parecen en lucha perpetua con el alma; pero la sostienen, la avivan.» Esas palabras fueron escritas tres años antes: 1889. Hoy, Charles Morice parece gastado, quizás minado por una dolencia.

Es, entre la juventud literaria, uno de los maestros. Fué uno de los fundadores del simbolismo, después se separó del cenáculo. Ninguno de sus antiguos compañeros, a excepción de Barrés y Paul Adam, ha escrito obra más seria y trascendental que el autor de Littérature de tout à l'heure.

Cuando se trató en Francia de la elección académica para el sillón de Leconte de L'Isle, Charles Morice habló en nombre de la juventud.

Sus palabras fueron las que los lectores de La Nación verán en seguida.

«Algunas gentes se forman voluntariamente de cualquiera que atrae y retiene las miradas de los hombres, la idea de un alto funcionario. Para esos bodoques ante cuyos ojos el mundo aparece como una vasta administración, la gloria es un puesto, el genio una función: al morir el titular se abre una sucesión.

—¿Quién va a suceder a Leconte de L'Isle?—preguntan esas gentes.

Y no es en el sillón académico o en la biblioteca del Senado en lo que piensan. Ingenuamente se persuaden de que Leconte de L'Isle ocupaba el puesto y ejercía la función de primer poeta de Francia. ¿Quién es hoy el mejor designado para sucederle en su función y en su puesto?

Esta opinión del vulgo, aunque lleva por casualidad algo de verdad en la especie, es profundamente errónea. Napoleón decía que las mujeres no tienen rango: los poetas no lo tienen tampoco. Ninguno es el primero. Desde que se es en Arte, se es solamente, puesto que en el dominio del espíritu público ser consiste en expresarse, ¡y como ninguna alma es igual a otra! No se es poeta o artista sino bajo la condición de mostrar a la luz los matices espirituales por los cuales se distingue esencialmente, tanto de la multitud de los pequeños como de la débil minoría de los grandes: por eso, como lo ha muy bien observado M. Paul Bourget, se llega a ser el representante y el jefe de toda una categoría humana, más o menos numerosa, según la naturaleza del pensamiento o del sentimiento a que se da una forma definitiva.

Así, pues, si Víctor Hugo ha llegado a convencer a la muchedumbre de que él era el primer poeta de su tiempo es, desde luego, porque afirmándose en los sentimientos e ideas más generales, se aseguró una vasta clientela y, después, porque a sus virtudes líricas agregaba los méritos de un extraordinario reclamier. Otros han contado la habilidad que desplegó para fundar y desenvolver su gloria, y el hecho es que en muy poco tiempo llegó al puesto—ilusorio, pero brillante—que él se había señalado como mira.

Parece—como lo es, en efecto—inútil distribuir premios a Hugo, a Lamartine, a Vigny, a Musset, a Gautier, a Baudelaire... Cada uno de ellos es el rey de un dominio que no comparte con nadie.

Si el emperador de la Rusia posee más territorios que el rey de Dinamarca, ninguno es menos majestad que el otro.

Agreguemos que los poetas poco leídos, dado que sean muy realmente poetas, no tienen nada que envidiar a los más populares, si éstos lo han llegado a ser pronto. El consenso universal inmediato no tiene valor en arte, no porque el ideal no sea en efecto seducir al mismo tiempo a l'élite más severa, y a la muchedumbre más contentadiza. Pero es, ante todo, lo escogido lo que le conviene tener consigo; y se ha visto raramente que su opinión concuerde con la de la mayoría. Al contrario, los escogidos concluyen siempre, a más o menos largo plazo, por arrastrar a la muchedumbre. ¡Peor para aquéllos a quienes ésta aclama sin consultar mejores pareceres! Como ella se da sin pena alguna, cambia del mismo modo, en tanto que el elegido de los difíciles puede contar con su fidelidad, sus partidarios son tanto más entusiastas cuanto más raros son: su fe artística tiene todo el valor de una verdad que ellos están prestos a demostrar.

Baour Lormiari, a quien sus semejantes prodigaron los títulos más lisonjeros, anduvo desacertado en creerse príncipe de un vasto imperio poético, en tanto que la Kamchatka de Baudelaire se anexa sin cesar nuevas provincias.

En la ciencia ello es de diferente manera.

En poesía es el tono, la cualidad, la esencia del alma del creador, lo que importa ante todo.

Si un poeta no ha dejado sino diez versos perfectos, cada uno de esos diez versos es tan bello, tan inmortal como cada uno de los mil versos perfectos que haya dejado otro poeta. Este habrá sido más a menudo, pero no más poeta que aquél.

Un sabio puede ser más sabio que otro.

Una vez alcanzada la elevación bajo la cual se quedan los trabajadores de la obra, los industriales y los imitadores, es permitido adicionar y comparar los elementos de conocimiento y los resultados adquiridos. Un descubrimiento puede tener más importancia que otro.

Un sabio puede ser el primer sabio de su época.

No pretendo deducir de allí que la ciencia sea inferior a la poesía. Además, que eso sería aun una distribución de premios que nadie tiene derecho de hacer, aunque muchos lo hayan intentado; esas como especulaciones insubstanciales no sirven de nada.

Pienso solamente, y repito, que no hay primero en poesía.»

Decía, pues, que el error popular, a este respecto, presta a las circunstancias, a la personalidad de Leconte de L'Isle, algo de verdad.

La institución de los poetas laureados en Inglaterra, y de la Academia en Francia, deja, en efecto, comprender que es permitido a los contemporáneos, escoger entre los grandes escritores de su tiempo, de encarnar en ellos el arte literario y de atribuirles derecho de eminencia y prerrogativas. Eso es, sin duda alguna, socialmente necesario para el honor de las letras.

Desde el punto de vista particular, alguno sucederá, pues, a Leconte de L'Isle; alguno ocupará el sillón en que él se sentó después de Víctor Hugo.

Que se me permita precisar la importancia de la elección esperada. Por una vez, la Academia va a ser el centro de las preocupaciones de toda la juventud. Ella conoce, amaba al poeta que vivía en su misma casa. Desde luego, aun para dejar presto de serlo, la juventud es siempre literaria. La palabra poesía no la deja nunca indiferente.

Luego es de poesía, contra la costumbre, de lo que se va a tratar en la Academia.

La situación de Leconte de L'Isle en la historia de la literatura francesa permanecerá de todos modos excepcional.

Ese criollo, venido de Bourbon a París, con reflejos de sol cruel en sus ojos maravillosos, para fijar en versos de una extraña suntuosidad sus visiones de lo bello de ella, y como para gustarlas mejor a la distancia, fué, entre nosotros, el sacerdote augusto del arte sagrado; y de ese modo, él también, el residente de otra edad, como decía de sí mismo Chateaubriand, a quien Leconte de L'Isle merece ser comparado. La indiferencia desdeñosa que tenía por los imbéciles, el horror que él les causaba, el disgusto que le inspiraban las solicitudes de la vida corriente, sobre todo, la naturaleza adjetiva de su genio—a lo Vigny, a lo Goethe, a lo Shakespeare—, todo contribuía a hacer de él como una síntesis de este ser de antaño ya quimérico: el poeta.

Tenía esa doble gracia de la eterna infancia de los sentimientos unida a la majestad del espíritu. Ningún rasgo de sensibilidad ni de puerilidad en su obra vigorosa, a la que los poco observadores acusan de impasibilidad. ¿Impasible? ¡Esculpió el mármol y lo volvió sensible! Pero tenía altos cuidados de pudor y de pureza. Su ensueño es casto, casi ingenuamente, como el ensueño de todos los grandes poetas. Quería «desaparecer, como autor, detrás de sus creaciones». Griego y clásico, tanto por ese procedimiento estético, cuanto por su ideal de belleza.

Esta reserva austera del escritor estaba en perfecta armonía con la actitud del hombre, tranquilo y grave, y que evitaba las ocasiones de ser visto. Pero los que lo han encontrado, no olvidarán aquel noble rostro, aquellos grandes rasgos, esos labios donde la obligación del desprecio había apenas atenuado el instinto de la bondad, aquellos ojos admirables, demasiado luminosos tal vez, y que parecían deslumbrados de su propia claridad.

Era estoico, era pesimista. El orgullo ocultaba en él la ternura. Su desprecio nacía de una comparación fatal entre el ideal constante al cual tendía toda su alma, y las realidades humanas.

Aunque lo haya dicho un ministro ante la tumba de ese poeta, no era el desencanto lo que lo alejaba del bullicio de la muchedumbre. Después de juveniles y breves tentativas, abandonó definitivamente todo deseo de renovación social, para darse sin tregua a su obra, a la realización de la belleza severa y perfecta de que estaba apasionado. En ese grande esfuerzo, y de esa obra maestra en obra maestra, él se desarrolló sin cesar, simplificándose siempre.

Los críticos admiraron en él, muy particularmente sin duda, cómo fué a la vez—simultaneidad rarísima—un bello rimador y un solícito escritor. Los psicólogos le alabaron por haber representado sin falta ninguna ese difícil personaje del poeta, ya fuera de moda, en esta sociedad. Los jóvenes artistas literarios, en fin, recordarán todo lo que el arte de escribir le debe; como él fué por poemas, más que por sus opiniones, un maestro precioso, el jefe de la única escuela que tiene algún porvenir: la escuela de la perfección.

Otros sillones académicos son tan gloriosos como el suyo: el sillón de Renán, por ejemplo, o el de Taine. Pero el sillón de Leconte de L'Isle tiene algo singular: es el sillón de Hugo, es el único—con el cuarenta y uno—que, por derecho de tradición, pertenece a los poetas.

Uno de éstos, en todo caso, y de los raros que justifiquen la existencia de una Academia fundada con el objeto de honrar la literatura.

A propósito de la elección de M. Lavisse, creo oí decir a M. Ludovic Halévy, aprobando que la Academia se hubiese agregado ese erudito: «Es una buenísima adquisición. Se necesitan gentes instruídas en la Academia.»

Quizá se necesitan poetas también.

Sin duda por François Coppée, Sully Prudhomme, José María de Heredia, Paul Bourget, piensan los duques que la poesía tiene mucho lugar ya en la representación oficial de la literatura francesa. ¿Pero no conviene que esa Sociedad reserve, para embaucarla con honores poco dispendiosos, un lugarcito para la poesía que ella encarnece de todos modos?

A falta de un gran poeta, el académico de mañana podría ser un gran jefe de escuela. Leconte de L'Isle fué todo eso junto.

Y todo eso junto lo tenemos aún. Pero...

Paul Verlaine es un gran poeta, es verdad, el maestro más amado de las jóvenes generaciones y el que, en todo el siglo, tal vez, «ha observado más la distancia entre la sensación y la expresión». Su obra es el fiel reflejo de esta época desencantada y deseosa aún, atribulada por remordimientos; testarudo en la esperanza y, a veces, contra el porvenir y el pasado, se refugia o, mejor, se abisma, en la embriaguez olvidadiza que presta un sentido a la aflicción de la hora presente.

Verlaine es también un jefe de escuela. Todos los jóvenes lo imitan antes de haber encontrado su propia vía: preguntad a León Vanier, que los acoge algunas veces, y a Lemerre, que les reprocha olvidar el ribazo del Parnaso.

¡Pero!... La Academia se espanta al solo nombre de Verlaine; resucita viejas leyendas y discute la obra también que ella juzga de anárquica, literariamente, se entiende.

¡Y bien! Emilio Zola es un gran jefe de escuela.

No se trata aquí de preferencias personales, ni de saber si yo ignoro lo que conviene pensar de «el espeso genio de Meudon», como decía Maurice Barrés. Conste, al menos, que el autor de l'Assommoir ha estado a la cabeza del movimiento literario más importante que se haya producido después del romanticismo.

Preciso es que haya tenido razón, puesto que, en doctrina literaria, concuerda con la doctrina filosófica de ayer (y aun de hoy un poco) el positivismo, y con teorías estéticas ahora en derrota, pero que nos dejan como testimonio de su paso muchas obras maestras.

Zola es un poeta también. No pienso que sea útil afirmar, una vez más, que hay poetas en prosa. Zola es eso. Tal visión de París, la segunda, si no tengo mala memoria, de Une page d'amour, es uno de esos poemas en prosa que sobrenadarán en el próximo naufragio del montón de toda esta obra artificialmente una, extrañamente compuesta, indiscretamente amplificada. El mérito particular de Zola será, sin duda, que con el más grosero estilo posible, llega a dar algunas veces la impresión de una obra de arte vibrante de vida. Es un mal ejemplo y de un efecto espléndido.

¡Pero...! La Academia arguye y chochea a propósito de Zola, y no quiere darle más de seis, siete, ocho votos, cada vez que viene él a pedirle sus favores.

¿Tendremos largueza mañana?

Las gentes de tacto y de gusto, las gentes que se cuidan de las conveniencias, me responderán que ese no es el caso. Leconte de L'Isle aborrecía el naturalismo y a los naturalistas. ¿No sería insultarle, darle uno de ellos por sucesor?

—Pero, ¿por qué? Forzar a uno de ellos, y al más ilustre a alabar al poeta que les desdeñaba, ¿no sería algo picante? Esas grandes oposiciones, ¿no son uso de la historia en las hermosas épocas? ¿No son también la más preciosa de las enseñanzas?

Sin dejar de admirar el alto porte, la bella actitud del poeta que, durante toda una larga vida, nutrió de contemplación su pensamiento y no descendió a la plaza pública.

«Parmi les histrions et les prostituées.»

Lamento no haya encontrado el secreto de ir hacia la muchedumbre permaneciendo siempre el mismo. El alma de la muchedumbre se engrandece bajo la mirada del que sabe conmoverla en sus profundidades—¡la muchedumbre, cliente de la Biblia y de Shakespeare!—Los escogidos que habían ido a Leconte de L'Isle le hubieran seguido al gesto que él hubiese hecho hacia esa divina multitud.

La naturaleza de su genio no quería el ruido.

Creo que una imponente lección se deduciría muy bien del contraste brillante que daría el sillón académico del gran misterioso, del gran concentrado, del gran artista objetivista, al subjetivista apasionado, desenfrenado, Verlaine; o al expansivo a toda costa, aun a veces a costa del arte—Emilio Zola.

Quizá la verdad y el porvenir pasaran entre la excesiva discreción del primero y la indiscreción de los otros dos. En todo caso, ambos son dignos de sentarse donde él se sentó. Los nombres de ambos, como el suyo, significan el ideal neto y personalísimo. La juventud los elegiría a cara o cruz...

¡Pero...! La Academia está falta de juventud. Podéis apostar, seguramente, que la gloria va a abandonar el sillón de Hugo y de Leconte de L'Isle: se lo apropiará la honrada notoriedad.

Las candidaturas probables ya vistas con buenos ojos, son las de M. M. Henry Houssaye, Stephen Liégard y Jean Aicard.

No tengo nada malo que decir de esos señores.

Henry Houssaye, como se sabe, resultó elegido inmortal. Verlaine está cerca de la muerte y de la inmortalidad. Y Zola, el fuerte cazador, de candidato perpetuo.

Enero, 7-1895.


EL PENSAMIENTO ITALIANO
Teatro, poesía y novela
La «enquête» de Hugo Ojetti
La opinión de los «Chêrmaitre»

Predomina hoy, entre nosotros, lo italiano. El arte italiano reina en Buenos Aires: díganlo si no las dos excelentes compañías dramáticas que tienen como estrellas a Tina di Lorenzo y a la Reiter; la de G. Salvini, que se anuncia; las compañías de ópera italianas, que se suceden; la Tetrazzini, que vuelve a reinar con sus gorjeos; el extraño y funambulesco Frégoli, que acaba de partir.

La idea italiana nos informa: Bonghi escribe en La Prensa y Edmundo de Amicis en La Nación.

Italia for ever! En la Revue de Deux Mondes, el vizconde Melchor de Vogüe ha hecho notar recientemente, en su magnífico ensayo sobre Gabriele D'Annunzio—tal como antes hiciera notar el vuelo de las cigüeñas—, cómo se advierte en el mundo un renacimiento de la fuerza del alma latina, iniciado, no en la gloriosa Francia, invadida por los bárbaros, sino en la ilustre Italia maternal.

Il trionfo della Morte se está publicando en la misma revista; en otras se ha traducido también gran parte de las obras del ilustre y joven maestro de Napóles.

De ocasión es, pues, saber la opinión que sobre el pensamiento italiano actual y su porvenir tienen quienes en la península están a la cabeza del mundo intelectual. Así lo ha pensado el escritor ameno y elegante Hugo Ojetti, que, a la manera de Jules Huret en Francia, ha hecho en Italia una enquête por demás importante.

Es, en verdad, Ojetti un encantador repórter, o más bien un explorador literario. ¿La causa de su libro? Él se dijo poco más o menos: «En Italia no hay crítica sobre la literatura contemporánea. Juntan los críticos en sus vacuas personalidades las más opuestas profesiones, y ya son soldados, ya abogados, ya empleados, ya periodistas políticos, ya mujeres, ya sacerdotes católicos.» ¿No puede decirse et pour cause, lo mismo en nuestra literatura de lengua española? Y seguía pensando Ojetti: «Apenas dos o tres son cultos y sinceros; pero sus voces, por la permanente escisión étnica del todavía vano reino de Italia, no son escuchadas más allá de los límites de su propia región. Los otros pseudo-críticos no saben hablar; hablan sobre todo y sobre todos; y ahora que los curas no están más en boga, gritan—como éstos hacían antes—contra toda obra nueva, el pulvis es. No se puede apreciar nuestro actual estado ni porvenir intelectual, ni por los diarios políticos, que son generalmente enemigos de la Gramática, del arte y de las letras, ni por las raras revistas, jóvenes, ignoradas o pasajeras, o viejas, supersticiosas y pedantes; ni por los libros—difíciles de hacerse por la insapia y pobreza de los editores, etc.»

Es un hecho que un movimiento de vida se nota. El público mismo comienza a dejar los libros franceses por los italianos. ¿Cómo hacer ver, hacer observar al público este movimiento, si no hay crítica?

Pues bien; concluyó Ojetti; iré de ciudad en ciudad y de casa en casa, a que los chêr maitre me digan lo que piensan al respecto, sea bueno o sea malo; pesimistas y optimistas hablarán con el público claramente y por mi medio.

Esto, dice él, «es casi un principio de socialismo estético. Pero el público sabrá a qué atenerse».

Y fué, en efecto, en viaje de investigación, a las viejas y a las jóvenes autoridades. Pocos nombres valiosos faltaron para su enquête, como Rovetta, como un Rapisardi, como Neucioni, como Guerrini.

Y ahora, homeopatizando, como es a propósito para una información de esta clase, comenzaremos con la visita que hizo al gran

GIOSUÉ CARDUCCI

Para verle tuvo que ir a Bolonia, «la Atenas italiana», en donde Carducci pontifica. Tiene su casa fuera de la ciudad, entre Porta Mazzini y Porta Santo Stéfano. Casa más que confortable. Libros muchos, muchísimos libros, no siendo pocas las ediciones princeps y obras raras, y siendo mayor joya una Commedia de la primera edición de Aldo, regalo de un admirador. Entre retratos de Hugo, Mazzini, Garibaldi, Mario, y un busto del Dante, un largo mechón de cabellos de Goffredo Mameli.

Le vió, y he aquí el extracto de lo que dijo el poeta:

Nos falta una Storia del risorgimento italiano, hecha con ciencia y arte, pero sin ostentar erudición. Voy a hacerla. Comenzaré pronto, pronto. Una historia así es necesaria para el pueblo. Haré algo útil. ¡He hecho tantas cosas inútiles! Sin erudición. Será una cosa útil. Y volviéndose al señor Rugarli, que estaba presente:—¿Cree usted que la erudición que tenemos nos sea útil? ¿Para qué? Y siguió hablando sobre lo mismo.

Se habló del Cristo alla festa de Purim—publicado en Buenos Aires en La Nación—, y recordó la Giuda de Petruccelli della Gattina. E hizo un calembourg:—Sí, el drama de Bovio, es un Cristo in puré. ¿Y de lo que iba a preguntarle Ojetti?

Ni palabra.

Como es sabido, Carducci es consejero comunal y provincial de Bolonia, ciudad en donde reside desde 1860. Su vida es metódica. Trabaja toda la mañana. A las doce, se traga tres huevos crudos. Lunes, miércoles y viernes, va a dar sus lecciones puntualmente, a las cuatro. Luego pasa a lo de Zanichelli, en donde toma el Corriere della Sera. Come a las seis y goza de buen apetito. A las nueve, va otra vez a lo de Zanichelli, a charlar o a jugar al briscolon, o a leer (tres o cuatro veces en los inviernos) Dante u Horacio, y lee admirablemente. Administra muy bien el capital que ha ganado; pero parece que éste no pasa de ochenta mil liras. Tiene tres hijas, todas casadas; Bice, con el señor Bebilacqua, de Livorno; Laura, con el ingeniero Gnacarini, y Liberta—la Titi del San Guido—, con el ingeniero Masi.

Me parece que para detalles tienen suficientes ya los admiradores de Carducci. Otro sí: hay que agregar, que no es gran conocedor de la música—da buon poeta, dice su interviewer—; se quiere hacer el wagnerista, pero en el fondo «si commuove solamente e sinceramente quando ascolta O signor che dal tetto natio!»

Ojetti teme que el ambiente, que el medio boloñés, entumezca en parte las alas del águila de las Odas bárbaras en su vivaz vejez.

Y después de Carducci,

ENRICO PANZACCHI

También en Bolonia, y «el hombre más simpático de su ciudad». Sutil como un crítico, pero entusiasta como un poeta. Charla y discute cortés y convincente. Es el tipo ideal de Bolonia la docta.

Le encuentro en la Pinacoteca, de la cual es director, y en donde tiene su cátedra de estética. Su estudio, revuelto en un bello desorden de libros nuevos y viejos, y adornado con dos ricas joyas de Serra, el pintor, dos cabezas de viejo.

Panzacchi es alto, gentil, de cabellos grises, el que viste más elegantemente de todos los escritores boloñeses. Hallóle Ojetti en la Pinacoteca. He aquí la esencia de sus ideas sobre las preguntas del interviewer: Separa las literaturas latinas que resultan de la obra semejante de muchos contemporáneos escritores, de las literaturas del Norte, que en el fondo existen solamente por labor de individualidades distintas.

La razón de la decadencia, de la general decadencia de la literatura, del arte, tiene bases económico-sociales.

En Italia, más que en cualquier parte, o, al menos, con mayor sinceridad, se siente lo nuevo. «Digo nuevo, dice Panzacchi, para no usar el adjetivo moderno, que por el abuso ha llegado a ser falso, y a perder casi todo significado.»

No asegura claramente un despertamiento en Italia: ve más bien un deseo y tal vez una conciencia de despertamiento. Es oír trabajar sutil, disperso, profundo, oíble tan solamente para las orejas expertas; pero el trabajo existe, ciertamente, y tiene carácter italiano.

En Italia, con mayor sinceridad que en ninguna parte brilla sobre la producción, de los ingenios, de algún tiempo acá, una vaga luz de misticismo. ¿Reacción? Acción espontánea del alma, fuera de toda razón, de método literario. ¡Quién sabe! Corifeos del movimiento, la Matilde Serao y Antonio Fogazzaro. En Francia ha habido igual movimiento, pero no son sinceros; la sinceridad, la fe, la necesidad absoluta de la fe, son cualidades necesarias. ¿El misticismo de D'Annunzio? Es un misticismo muy afrodisíaco, una necesidad de los sentidos, y de los sentidos más bajos, no una necesidad del alma. No es síntoma de debilidad el misticismo. No hay que confundir el ascetismo con el misticismo. Los amores florecidos de medrigales, o grises de sentimentalismo, han hecho su consumo. Hoy los jóvenes deben buscar la forma de arte. Carducci ha iniciado ese movimiento. Su mérito es todo de la forma. El ha dado a la poesía y hasta a la prosa literaria italiana, una nueva forma: forma noble, digna del pensamiento.

Después Ojetti fué a ver al místico

ANTONIO FOGAZZARO

Seghe di Velo, lugar en donde el escritor tiene su «villa».

«Es así, dijo Fogazzaro; el misticismo es natural, no efecto de reacción.

Miranda aparecía en 1874, cuando todavía el naturalismo, con Zola a la cabeza, no había obtenido tan resonante triunfo que provocasen una reacción. Ahora bien; en Miranda, está claro, me parece, la necesidad de lo sobrenatural y de lo sobrehumano. Desde niño, aun por razones de familia, he tenido esas ideas; tengo cincuenta y dos años. Antes leía todos los libros que estaban en la corriente de mi aspiración, muchos libros ingleses: las Contemplations, de Víctor Hugo. Después, lentamente, fuera de ciertos libros de filosofía, especialmente ingleses, he concluído por evitar la lectura de libros animados por ideas semejantes a las mías. Ahora leo casi siempre libros de maestros naturalistas; estudio y admiro a Zola con entusiasmo.»

Es Fogazzaro un solitario que se complace en la soledad. Cuando va a Vicenza no habla de arte con nadie. Tiéntale el estudio de los fenómenos de la sugestión, espiritismo, hipnotismo. En cuanto al movimiento neomístico, no cree en la sinceridad de todos los escritores. A Julio Salvadori le juzga, sin embargo, sincero. Y dice: «soy católico rígido, severo, convencido. No concedo a mi fe ni oscilaciones ni dudas. No me hago una religión para mí, acepto el cristianismo católico y soy entusiasta. Hay que ver el catolicismo con ojos que alcancen lejos. En Italia ha sido y es siempre pequeño y contrahecho, en su apariencia. Mire en América la cuestión Knights of labour, que primero fué rechazada por el obispo Onebec, y después aceptada por los prelados más rígidos y sabios, con palabras tales, que aquí, en Italia, parecerían imposibles en boca de sacerdotes. ¡Esto conduce a proclamar la máxima de que la iglesia debe secundar los movimientos de la mayoría nacional! Y todavía mírese en Chicago el Congreso de las religiones, donde un príncipe de la iglesia ha entonado, entre los sacerdotes más diferentes, entre bramanes, mahometanos, confucistas, ulemas, una plegaria cristiana, y todos, universalmente, han respondido en coro con voces altísimas. ¿No es éste un sublime espectáculo? Y no es esto sino los casos más próximos, más visibles, más fáciles de recordar. Nosotros, nosotros somos pequeños; nuestros ojos son débiles, nuestras mentes limitadas. Pero el catolicismo es inmenso, y santo, y eterno.»

La cuestión de la patria tocóla el interviewer ligeramente. Lo cual hizo declararse liberal a Fogazzaro. Anunció un libro Piccolo mondo antico. Concluyó: «Yo soy un socialista católico convencido. La palabra del Cristo es el verbo del socialismo más sano, más recto y también más audaz.»

Por esto no comprendo cómo Matilde Seras haya escrito que la única cosa que le disgusta en la doctrina del Cristo era el socialismo. Pero si es el fundamento del cambio social. Y yo lo sigo aun fuera de la teoría, propagándolo en los libros y realizándolo en lo poco que puedo. El socialismo no matará el arte. El arte no muere. Se modificará, es cierto, pero ganará en sinceridad. Como se hablase de Tolstoi, juzgólo como una mente desequilibrada en gran manera, pero valientísima.

En la villa de Velo, fundada por aquel a quien Fóscolo llama qualtro comuni en su epistolario, los dos hombres de letras siguieron conversando.

En Vicenza, cerca de la villa de Fogazzaro, vió Ojetti a

PARLO LIOY

el sabio poeta, o más bien el poeta sabio.

¿Quién no ha quedado encantado si ha recorrido las páginas de Notte?

—«Yo no veo, dijo Lioy, ningún despertamiento en nuestra literatura y en nuestro arte. Todo es mediocre. Los atrevidos poetas que un día se figuraban cabalgando insolentemente entre la baja muchedumbre con los ojos fijos en el sol, andan hoy en velocípedo. Es un símbolo. Es el triunfo de la mediocridad. El arte y la literatura, no sólo se modificarán, sino que morirán. Y no será una gran lástima; ni un daño para muchos. Reina hoy en nuestros jóvenes, el alejandrinismo, en forma y en substancia.

El socialismo vencerá. En un libro que tendrá por título Fuori all' aperto, y que saldrá pronto, habrá un capítulo sobre el socialismo animal, y demostraré cómo entre los animales existe el régimen socialista; hay la más perfecta y continua forma de vida social. En cuanto a los neomísticos, el único sincero es Fogazzaro.» Y un golpe a las bas-bleu:—¿Qué piensa usted de nuestras escritoras?

—Pienso que ninguna de ellas es digna de tal nombre, fuera de Matilde Serao. Su número creciente es un síntoma de decadencia; es la mediocridad que conquista el arte y lo sofoca.

Tenían ambos artistas bellos paisajes a la vista, maravillas de hermosura natural, un claro cielo lleno de sol. Lioy hablaba de ciencia y arte.

Septiembre, 2-1895.


GIOVANNI RUFFINI

Génova acaba de inaugurar el busto de Giovanni Ruffini. He aquí un nombre entre nosotros desconocido, el de una personalidad un tanto olvidada; pero que resurge hoy, en su patria, a la glorificación del simulacro. El telégrafo comunicó la noticia a un diario, hablando de «Juan Ruffini, que formó parte del comité de la Joven Italia, y que fué desterrado a Inglaterra». Persona de autoridad me dice: «Sí, realmente, fué un patriota; pero no se distinguió mayormente su patriotismo, ni llevó a cabo hazaña ninguna en tal sentido. La hazaña que él llevó a cabo fué escribir en inglés, como un inglés, un libro que es casi una obra maestra, Il dottor Antonio, el cual contiene quizás las más bellas descripciones que existen de la Riviera, del camino de la Cornice, siendo una novela interesantísima. Este y otros libros escribió, todos en inglés, que obtuvieron una inmensa popularidad en Inglaterra y todos los países de lengua inglesa, y que sus compatriotas tuvieron que leer traducidos. No conozco, a lo menos no recuerdo, un caso tan extraordinario como éste. Ruffini fué a Inglaterra ya hombre formado, y creo que sin saber una palabra de inglés.»

En verdad. El caso es excepcional, y tengo para mí que Ruffini hizo obra de maravillar. El único ejemplo que recuerdo—a más de algún heterodoxo español estudiado por Menéndez Pelayo—que pueda compararse, en lo referente a la lengua, con el de Ruffini, es el D. Pascual Gayangos, recientemente fallecido en Londres. El viejo Rosetti, padre del divino poeta de simbólico nombre Dante Gabriel, no sé que llegase a poseer el idioma inglés de tan perfecta manera. En Francia, lo sabía magistralmente Mallarmé, y lo saben, entre otros, Marcel Schwob y Bourget; pero escribirlo literariamente ya es otra cosa, y no pasarán de lo que hacía Merimée, de prodigiosa poliglocia: escribir versos ingleses de amor—cuando se está enamorado de una inglesa.

El busto de Ruffini es de Justicia; pero no han de ver las generaciones en él la representación de un hombre político de este o aquel círculo histórico de su tiempo, ni al mártir que quiere presentarse; su figura modesta se perdería entre tanto hombre de bronce y mármol que puebla las plazas italianas al amparo de la memoria patriótica, desde el caballero de la camisa roja hasta los personajes de tercero y cuarto orden de las épocas agitadas de las revoluciones peninsulares. Aparecerá, sí, en su legítimo valor, el talentoso sensitivo, el novelador de imaginación y de corazón, que realizó en sus obras una tarea de patriotismo si gustáis, pero principalmente de virtud y bondad humanas.

En el palacio de la gloria del pensamiento y del arte, hay una inmensa muchedumbre de elegidos, pero cada cual guarda su propio rango. Habitan allí seres de distintos aspectos y de distintas tallas. Hay emperadores como Shakespeare, como Dante, como Hugo; reyes como Virgilio, como Milton, como Goethe; príncipes como Gautier. Hay colosos, hay enanos, hay bufones, hay locos; criminales y seres cuyo símbolo es un corazón. Pasan por los pavimentos de mármol y de ónix, mantos de púrpura, obscuras y sombrías capas. Tras las columnas se ven pasar pajes ricamente vestidos, que hacen brillar sus puñales de puños de pedrería. Entre la grandeza, la riqueza, el genio tiránico y absoluto, circulan perfumes misteriosos, encantadores, peligrosos, de un raro poder de fábula; os marean, os seducen, os matan. Podéis ascender al cielo; pero también podéis caer en una trampa y perderos para siempre. Descended conmigo al jardín; allá, en lo silencioso de las altas alamedas, por donde discurre un aire benéfico y los sanos árboles aprueban. No lejos está la blanca pila y el cisne gentil en ella. Por allí juegan los niños. Por allí se van a sentar en los bancos solitarios, las viudas enlutadas, a hojear un libro, a sentir como una lejana harpa de melancolía, inclinando a un lado la cabeza, como los pájaros de Dios cuando escuchan. Por allí pasan los hombres buenos, los que trajeron a la tierra algún don de esperanza o de consuelo; amor esencia de fe, música de lo alto, miel de la luna; los que curan las heridas que hacen los malos, sonrientes o suavemente melancólicos, o generosamente heroicos, un poco pastores, un poco niños, un poco curas. Y, por un recodo, a la dulce hora de la tarde, he ahí que veréis aparecer sólo al buen Giovanni Ruffini, que en su tranquila inmortalidad se pasea entre violetas de amor y rosas de patria.

D'Annunzio nos ha contado encantadoramente algo de la persona de Ruffini, cuando le conoció en París en 1873.

«Ruffini tiene el aspecto de un buen padre de familia. Su semblante, abierto y suave, como dicen los que sostienen que el mundo empeora, no se encuentra ya en nuestros tiempos. Su fisonomía recuerda los enormes retratos que adornan los salones de las casas patricias; a primera vista diríase que tiene unos sesenta años, y goza pudiendo añadir que parece destinado a despachar otros sesenta. A pesar de su aire pacato, bien se adivina por los movimientos de su semblante y el tono profundo de su voz, que ha llevado una vida agitada por vigorosas pasiones y que ha sufrido grandes dolores.

Como en las páginas del Doctor Antonio, así en su semblante, en su acento y en su conversación, hay algo de melancólico. Melancolía templada por tanta benignidad y dulzura, que jamás se descubre lo amargo. Sus mareas y lenguajes son de una sencillez infantil; parece que siempre hemos vivido juntos, y sus miradas y preguntas hacen creer que más bien es él el que ha venido movido por los mismos sentimientos vuestros a conoceros.»

Tal rápido retrato, se compadece perfectamente con el Ruffini que os vendrá a una imaginación después de la lectura de sus amables y fluyentes narraciones. Sus novelas son verdaderamente balsámicas y tienen la particularidad del exacto documento, por mucho que sea el ambiente romántico que en ellas circula. A D'Annunzio mismo, confesaba él la realidad de sus personajes, el ser sus fabulaciones copias directas de la vida, sobre todo la célebre del Doctor Antonio. Ya antes, él había repetido eso mismo, insistiendo en ser dicha novela una verace istoria.

Giovanni Ruffini nació en Génova el año 1807 y murió en Taggia el 3 de noviembre de 1881, en la villa Eleonora, finca de su propiedad. Sus padres, el abogado Bernardo Ruffini, y Eleonora, hija de la marquesa Carlo, tuvieron cuatro hijos: Ottavio, Jacopo, Giovanni y Agostino. Giovanni, a la edad de siete años, fué enviado por su padre a Taggia, y allí se crió confiado a los cuidados de su tío, canónigo, que se dedicaba más a sus olivares que a su sobrino. Poco acomodaticio a tan ingrata tutela, se fugó el muchacho, y entonces se le colocó de interno en el Reale Collegio di Génova, bajo la dirección de los padres Tomaseos. Luego pasó a la universidad, en donde conoció a Mazzini, que fué su íntimo amigo; con su hermano Jacopo, entró luego a las filas carbonarias.

Mazzini había organizado en Marsella la nueva sociedad La Giovane Italia, en cuyo comité figuraron los hermanos Ruffini, en arrojados intentos revolucionarios. Descubierta la conspiración, Jacopo fué denunciado, y junto con su hermano Attavio, preso. Jacopo se suicidó en la cárcel. Giovanni y Agostino lograron escaparse primero a Francia y después a Inglaterra, en donde se dedicaron a la enseñanza de letras. En 1848 volvieron a la patria y fueron elegidos diputados al Parlamento piamontés. Giovanni Ruffini fué nombrado por Gioberti ministro en Francia, pero no aceptó y devolvió las 9.000 liras que había recibido para gastos de viaje.

Fué una feliz resolución. Desde entonces se dedicó por completo a la vida literaria. Poseyendo el inglés a maravilla, escribía una lengua purísima, a punto de que uno de sus traductores, Acquarone, afirmaba a este respecto: «Si direbbe da noi, da trecentista.» Lorenzo Benoni y Angolo tranquillo sul Giura, obtuvieron un buen suceso, y le aseguraron un vivir holgado. En París pasó algún tiempo en relación con el mundo de la literatura y del arte; era un piloto admirable en la gran ciudad, según De Amicis, cuando a la sazón le conociera. Murió años después en Taggia, y en 1882, por iniciativa de los estudiantes genoveses, se colocó en el vestíbulo de la universidad una inscripción que dice: «A Giovanni, Jacopo, Agostino, Ruffini—Cuando piú tetra incombea la tirannia—El l'ignavia dei voghi appellavasi pace—con virile intendimento di libertá—La gioventú italiana—Educarono—Alla religione della patria a del vero—Travolti da la via dell'esiglio Giovanni e Agostino—con gli scritti e con l'opere—Tennero alto l'orgoglio del nome italiano—Cui gli stranieri stanchi d'invidiare Onorarono—Jacopo venuto a mano degli oppressori—Suggellava la sua fede di mártire—Col rifluto magnánimo della vita—Perche alla venerazione dei posteri—Non mancasse l'esempio—Di tante cittadìne virtú—Gli studenti del genovese Ateneo ponevano.—1882.»

Pero, ¿queréis saber algo del Doctor Antonio? Tenéis razón.

Se trata de una novela de amor y de patria, aromada de un optimismo generoso, que para consuelo cierto, se basa en la vida real. La escena primera pasa entre Génova y Niza, en esa deliciosa vía de la Cornice, que no olvidará nunca el viajero que la haya recorrido al amor de los dos divinos azules del mar Mediterráneo y del cielo italiano. Un noble inglés viaja con su hija, que busca su salud en la tierra del sol, y sabido es cómo el país del humo y del spleen envía sus cargamentos de cisnes y de rosas anualmente a Italia a proveerse de primavera. Lucy, la más lilial de las misses y en la cual emplea Ruffini todos sus blancos y sus suaves rosados, es la flor de la narración. Un accidente desgraciado en que la joven sufre y la causal intervención de un médico de campaña—el Doctor Antonio—es el origen y principio de la historia romántica y romancesca. El tipo del Doctor Antonio es una de esas creaciones caballerescas y llenas de vida que no abundan hoy, por cierto, en la literatura a la moda, con excepción del sonoro Cyrano, de sublime penacho; un espíritu bravo y puro, impregnado de naturaleza, fuerte y decisivo, soñador no obstante, creyente apasionado en el ídolo de la patria y sensible al roce de una hoja de flor su carnadura de meridional asoleado y martillado para tempestades. Es ciertamente un patriota en el poético sentido de la palabra, un patriota de esos tiempos fulminantes de la Italia de Pío IX, extensamente descrito en tantos volúmenes especiales y contenidos de manera magistral en una página de psicología histórica de Gebhart. Un patriota del país del arte, un tanto lírico en su sinceridad y, por lo tanto, noble y simpático.

Un Doctor Antonio que bien pudiese ser una transmutación del mismo Ruffini. El médico siciliano y la señorita inglesa, más felices que los árboles de los versos de Heine, se encuentran. Pero el idilio de la palmera y del pino no podrá tener su completa realización. Esta simpatía sutil que va haciendo hasta convertirse en amor, ese vínculo espiritual y pasional que une desde luego a la bellísima londinense con el bruno caballero de su Italia, tiene que romperse; ella cae en el matrimonio y él en la política. Pero después de larga ausencia vuélvense a encontrar, y aquella antigua llama revive por un momento, para ser apagada bruscamente por la tristeza y la muerte.

Amor tardíamente confesado, a pesar del fuego contenido y devorante; desilusión de la existencia amorosa, sacrificada a la pasión patriótica.

El Doctor Antonio, prisionero, que rehusa, en la escena final, la libertad de su siempre amada, por abnegada causa; Lucy, o sea Lady Cleveton, que expira, así como se rompería un fino vaso de cristal. El intermedio lo ocupa la parte de historia política, con la información profusa que debía de tener Ruffini, o diversos episodios interesantes, entre ellos el de los amores de Speranza, la muchacha italiana, fresca y dulce y buena como una fruta de su país. Italia aparece siempre en todo el libro con su influencia benigna y dadora de la alegría y del bienestar. Con razón, cuando el padre de Lucy, lord Davenne, ha encontrado, como Aníbal, su capua en la Hosteria del Mattone, exclama el autor: «¡Oh, Italia, bella Italia! Tú posees el secreto de amansar y someter todo carácter de hombre, por muy arisco y rebelde que sea. Aquéllos sobre quienes sopla tu tibio aliento, ceden a ti. Muchos han venido a ti con oído y con desconfianza, con la lanza en ristre; pero no bien gustaron la leche suave de tu seno, arrojadas las armas a tierra, te han vencido y llamado madre. Está llena toda la historia de tales conquistas; tierra madre de grandes bellezas y de grandes dolores.»

La cita de este párrafo me lleva a hablar del estilo de Ruffini. No he podido conseguir el original inglés; pero en la versión francesa que conozco, y en las dos italianas que poseo, sobre todo en la de Acquarone, que me parece la mejor, se revela un escritor de raza, elegante, sin pompa, y que supo librarse de la declamación oratoria de su tiempo, sin perder su lirismo nativo, su pasión, y su verbo. Para las citas de la parte política de su historia, se basa en Bonaccorsi y Lumía, Amazi y Gualtero. Sus descripciones son de un pintoresco sugerente y parco, hechas con observación y poesía, sin que falte de cuando en cuando la dulce y misteriosa nota de acuarela propicia al ensueño. Así en la entrada de la novela, en la pintura del santuario, en distintos puntos en que Ruffini se demuestra eximio paisajista y sentidor veraz del encanto natural. Maneja el diálogo con vivacidad, y apenas suele perturbar la agradable sutileza de las escenas, una que otra desertación explicativa que basa la parte que llamaría «civil» del argumento. Mas lo que en realidad nos ase y comueve, es el fuego de los caracteres, el conflicto. Lucy es una hechicera creación de Ruffini, que corresponde en literatura a una de las bellas figuras pictóricas de su semi-compatriota Dante Gabriel Rossetti. Hay un vínculo mental que une claramente a Italia e Inglaterra: los nombres de Shelley, Byron, Rossetti, Ruffini, etcétera, bastarían para atestiguarlo.


MARCO AURELIO SOTO
El ex-Presidente de Honduras, muerto en la guerra de Cuba.

A ser cierta la noticia publicada en La Nación, el Presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, ha concluído su vida de manera que no se hubiese pensado nunca.

Vivía en París, rico y tranquilo, después de haber gobernado su pequeño país, en donde contaba con un partido no por cierto insignificante. Era hombre culto; bajó de su Presidencia porque sí, razón que en la América Central priva sobre todas. Se recuerda su Gobierno como una especie de Luis XIV; el Luis XIV de Honduras. Bajo ese Gobierno, las musas, representadas principalmente por un emigrado cubano—poeta famoso, José Joaquín Palma—, fueron tratadas como Reinas. Se decretó la adaptación oficial de la Ortografía de la Real Academia Española, y en el Diccionario de la Lengua, en la lista de los socios honorarios de la ilustre Corporación, que son tan sólo siete, y entre ellos dos testas coronadas, figuran dos centroamericanos, uno de ellos Marco Aurelio Soto. El Doctor Holmberg no podrá negar que aquella ley ortográfica merecía la singular distinción.

Como la mayor parte de los Presidentes de la América Central descienden del Poder cuidadosamente prevenidos para las vicisitudes de la vida, Soto hizo lo mismo. Buenamente descendió de la Presidencia y se fué a la capital preferida de los rastas, en donde tuvo el buen gusto de no ser uno de ellos. Antes bien, se dió a sus estudios preferidos; y, gozando de sus rentas, sin los ruidos de Guzmán Blanco y sus demás imitadores, frecuentaba medios intelectuales y se hacía apreciar por sus buenas dotes. Laurent era su compadre, y Vacquerie era su amigo. En la colonia hispanoamericana era estimado y querido. Creo no equivocarme si afirmo que, con Heredia y Vacquerie, asistió al banquete dado en París en honor del general Mitre. El poeta Palma le administraba en Centro América sus intereses; y a trabajos de su lírico amigo debió que se le desembargasen sus inmuebles en Guatemala, confiscados cuando el Gobierno de Honduras le atacaba con especial firmeza.

Palma es el autor de muchas poesías que tuvieron gran boga en el continente, entre ellas la célebre Tinieblas del alma, una de cuyas estrofas fué atribuída a Andrade, quien la había dejado entre sus papeles, copiada de su letra:

Ya la fe en mi ser no arde,

Ni mi lira finge ufana

Los himnos de la mañana,

Los murmurios de la tarde;

Ya a los días

De mis dulces alegrías,

El tiempo cruel les ha echado

El sudario del pasado.

Por eso, en tan triste calma,

Vienen a ser mis canciones

Fugaces exhalaciones

De las tinieblas del alma.

Hermano de Marco Aurelio Soto es también otro poeta, Máximo Soto Hall, que anda tratado por ahí, en un soneto infantil muy conocido en aquellos mundos, y que Salvador Rueda reprodujo en uno de sus libros.

Años pasó el ex Presidente fuera de su país; el general Bogran era su terrible enemigo. Una revolución habría sido peligrosa, sin contar con el apoyo de los Gobiernos vecinos. Se habló, sin embargo, de una revolución; pero ello fué vago rumor, sin razón alguna. Hoy, con el Gobierno de Bonilla, la tentativa habría tenido menos probabilidades de éxito, pues el país, según los ecos que nos llegan, está satisfecho de ese hombre de progreso, de inteligencia y de justa libertad.

¿Cómo pudo abandonar Soto su espléndida casa de París y sus gustos de europeo, para ir a la manigua a pelear por la causa cubana? Sólo un antecedente hay que podría explicarlo.

Muchos cubanos emigrados que tomaron parte importante en la pasada guerra de Cuba, se establecieron en Honduras en tiempos que Soto era Presidente de la República. Entre ellos estaba el hoy jefe de la Junta revolucionaria, Tomás Estrada Palma, a quien el Gobierno hondureño protegió. Asímismo fueron acogidos Roloff, Crombet y otros. Tomás Estrada Palma se casó con una hondureña, y formó, como pedagogo, a casi toda la juventud del país. No hace mucho, Soto hizo un viaje de París a Guatemala. A su paso por Nueva York sufrió el ardoroso contagio que el doctor Veyga y otros americanos distinguidos. Y ha ido a encontrar la muerte gloriosamente. Valdría más, en todo caso, que la noticia no se confirme. Larga y buena vida es de deseársele a quien ayudó noblemente a Augusto de Armas, en su lecho de hospital, en donde murió por París.

22 noviembre 1896.


NOTAS ESPAÑOLAS

I

El joven poeta americano que vuelve de las corridas de toros, me manifiesta su descontento. Él venía bien pertrechado: Gauthier, Dumas, De Amicis, Barrés. Y su imaginación. Pero bien, le digo, ¿no ha encontrado usted en la Plaza algo de bizantino, algo de romano? ¿No le ha impresionado la muchedumbre, semejante a la de los clásicos circos? ¿Los toreros, de oro y seda, el sol, sobre todo, y la flotante alma de España?

—Sí—me contestó—; todo eso es verdad y lo he sentido. ¡Pero las tripas, señor, las tripas de los caballos!

Confieso que, como al joven poeta, me encantan todos los preliminares de la lidia, y me regocija lo pintoresco y musical del espectáculo; mas protesto en cuanto empieza la fiesta de la sangre y, ante mis amigos españoles aficionados, me pongo en ridículo. En vano he leído a Pascual Millán y al Conde de las Navas; en vano soy amigo de Mariano de Cávia; en vano he visto, no sin poco asombro, el entusiasmo tauromáquico parisién de Laurent Tailhade, que conoce sus clásicos, y que me hablaba en un café de Montmartre, hace ya algunos años, de lances, de Montes, de volapié y de descabello, delante de Gómez Carrillo, que sonreía de mi estupefacción. En vano fuí amigo personal de Ángel Pastor, en Aranjuez. No se compadece conmigo sino la parte decorativa del coso, por lo cual los taurófilos harán bien en compadecerme.

Que todo eso tiene su hermosura especial, ¿quién lo negaría? Muchos grandes artistas y escritores extranjeros son los primeros en reconocerlo. Confieso que, con caballos destrozados y todo, son preferibles los toros, por su estética, siquiera bárbara, a espectáculo en que se hacen pelear gallos pelados, correr por hombres enanos caballos flacos, o deshacerse las mandíbulas y sacarse los ojos a puñazos salvajes cebados y de fenomenales bíceps. En la lidia hay gracia, arte ágil, color, opulencia y elegancia. La música anima la representación, y, en verdad, por el giro de los lances y la variedad de las acritudes y pasos, se diría un «ballet». Un «ballet» sangriento y heroico.

No me da mucho rubor mi desafición a las corridas de toros, cuando sé que, entre ciento, Castelar, por ejemplo, y doña Isabel la Católica, no eran partidarios de estos ejercicios. Y combatientes de ellas, ha habido como el temible D. Gaspar Melchor Jovellanos, que dejó sobre el caso páginas enérgicas y memorables.

Yo he visto cuanto se puede ver en una corrida famosa, dada en honor de los Reyes de Portugal, en 1892, cuando las fiestas del Centenario de Colón, Lagartijo, Caraancha, Guerrita, caballeros en plaza, arte retrospectivo, ¡qué sé yo! Aquello era una fiesta de la más refinada tauromaquia. Admiré lo pintoresco, lo artístico, lo bizarro. Pero siempre me crisparon los nervios, como al poeta americano, las tripas de los caballos inicuamente sacrificados, a pesar de las explicaciones de los inteligentes y conocedores, que me decían ser indispensables esas carnicerías para poner al toro en estado de ser banderilleado y luego muerto por el espada.

Busqué luego una pintura, una descripción de la corrida en todo el parnaso español, y no la encontré, habiendo, como hay, muchos versos sobre toros, como aquéllos que son sabidos de memoria por lo clásicos y repetidos:

Madrid, castillo famoso

Que al rey moro alivia el miedo,

Arde en fiestas en su coso,

Por ser el natal dichoso

De Almenón de Toledo.

Y luego me encontré con la poesía de Manuel Machado, en que, por fin, se concentraba en bien coloreados paneles la fiesta nacional. El sutil lírico sevillano que ha hecho cosas tan finas y delicadas, es un gran aficionado al arte de los beluarios de coleta; y quien haya visto alguna vez una corrida de toros, hallará en esos versos el trasunto de sus impresiones, momento por momento. Machado dedica su poema rápido «al maestro Antonio Fuentes». A todo señor, todo honor. Hénos ya en el principio de la corrida:

Una nota de clarín

desgarrada,

penetrante,

rompe el aire con vibrante

puñalada...

Ronco toque de timbal.

Salta el toro

en la arena.

Bufa, ruge...

Roto cruje

un capote de percal...

Acomete

rebramando, arrollando

a caballo y caballero...

Da principio

el primero

espectáculo español.

La hermosa fiesta bravía

de terror y de alegría

de este viejo pueblo fiero...

¡Oro, seda, sangre y sol!

Es el extracto lírico de un capítulo de Gautier y la reproducción exacta de los primeros momentos. Solamente que pudo consagrar algún oro, raso y músicas, para la salida de la cuadrilla, con el arcaico alguacilillo caballero, que es de lo más típico y pintoresco de la función. Luego vienen los juegos de destreza y de peligro en que vencen la arrogancia y arte de los lidiadores.

II

En los vuelos de capote

con el toro que va y viene

juega, al estilo andaluz,

en una clásica suerte

complicada con la muerte

y chorreada de luz...

Elegante

y valiente;

y con una seriedad

conveniente,

va burlando

la feroz acometida

y jugando

con la vida

ágilmente.

(Véase Fuentes

lanceando.)

Y llegan los picadores, pesados, cargados de plomo, en sus flacos rocinantes mártires, con sus largos picos, a sufrir el embate de la bestia fiera, para cansarla, para prepararla a las suertes subsiguientes.

III

Un montón

de correas y de astillas

y de carne palpitante

y sangrante...

Un fracaso de costillas

con estruendo...

Correajes perforados