The Project Gutenberg eBook, Tierras Solares, by Rubén Darío, Illustrated by Enrique Ochoa
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TIERRAS SOLARES
POR
RUBÉN DARIO
ILUSTRACIONES
DE
ENRIQUE OCHOA
Volumen III de las obras completas. Administración: Editorial MUNDO LATINO
Madrid
ES PROPIEDAD
A
FELIPE LÓPEZ
MUY CORDIALMENTE
R. D.
BARCELONA
Después de algunos años vuelvo a Barcelona, tierra buena. En otra ocasión os he dicho mis impresiones de este país grato y amable, en donde la laboriosidad es virtud común y el orgullo innato y el sustento de las tradiciones defensa contra debilitamientos y decadencias. Salí de París el día de la primera nevada, que anunciaba la crudez del próximo invierno. Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde que he llegado, he visto la luz alegre y sana del sol español, un cielo sin las tristezas parisienses; y una vez más me he asombrado de cómo Jean Moreas encuentra en París el mismo cielo de Grecia, el cual tan solamente da todo su gozo en las tierras solares. Bien es cierto que el poeta se refiere más al ambiente que a la luz, más al respirar que al mirar. Pero la bondad de este cielo entra principalmente por los ojos y los poros, abiertos al cálido cariño del inmenso y maravilloso diamante de vida que nos hace la merced de existir.
Cuando os escribí de España fué a raíz de la guerra funesta. Acababa de pasar la tempestad. Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba el país. Y os hablé, sin embargo, de la mina de energía, del vasto yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña, gracias al carácter de los habitantes, de antaño famosos por empresas arduas y bien realizadas; y admiré la riqueza y el movimiento productor de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen mirar a la cortesana cigarra de Castilla. España estaba, por opinión general, condenada a la perpetua ruina, a la irremediable muerte. No se veía venir por ninguna parte el caballero esperado, a quien buscaba en la lejanía del camino la mirada ansiosa de la hermana Ana. Hubo el aparecimiento de los profetas del mal y la irrupción de los improvisados salvadores. Todo el mundo era hábil para indicar una senda propicia; todo el mundo se creía llamado a poner nueva sangre en el cuerpo agotado. Se dijera un consejo de políticas. Todas las políticas y todos los politiquistas sabían un secreto con el cual se iba a hinchar con músculos nuevos el pellejo del maltrecho León. En el mundo del pensamiento se veían apenas unas cuantas esperanzas entre el coro de eminencias amojamadas. Apenas los pocos violentos, los revolucionarios, los iconoclastas, hacían lo posible por encender una hoguera nueva. Y olía demasiado a podrido en Dinamarca.
Hoy, al pasar, mi impresión es otra. Desde hace algún tiempo se ha notado un estremecimiento de vida en la península. Cierto que las políticas y los politiquistas continúan con sus ruidos inútiles y sus discursos verbosos; cierto que ni los del carlismo renuncian a su vago soñar, ni los de la república pierden momento para proclamar que ellos son los dueños del porvenir y de la grandeza nacional, entre escándalos y rivalidades poco provechosas al verdadero ideal perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial, por un lado, y el militarismo montjuichesco, por otro, no han cambiado un ápice desde los tiempos terribles en que cayó, rojamente, el pobre y grande conservador D. Antonio Cánovas; cierto que nadie sucede al pobre y grande liberal Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en que los antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes y diretes continúan en una tradicional ignorancia de cultura, aún persiste; cierto que el hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza general y la inquina porque sí, del uno contra el otro, se sigue manifestando; cierto que sigue oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijáos bien: una fragancia de juventud en flor llega hasta nosotros. Voces individuales, pero poderosas y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que el país comienza a escuchar. Hay un rumor. ¿Es una resurrección? No, es un despertamiento. Se renace. Se vuelve a vivir en un deseo de acción, que demuestra y anuncia una próxima era de victorias. No tenían razón los desconsolados, los que juzgaron el daño irremediable. He ahí los buenos pensadores de la nueva España que piensa; he ahí los buenos profesores de trabajo; los bravos catedráticos de actos, que enseñan a las generaciones flamantes la manera de conseguir el logro, de sembrar para recoger. Los superficiales del pedantismo desaparecieron; los superficiales del odio inmotivado, de la improductiva palabra, de las envidias absurdas, esos no existen más que en sí mismos. Existe, empero, una juventud que ha encontrado su verbo. Existen los nuevos apóstoles que dicen la doctrina saludable de la regeneración, del gozo de la existencia; los buenos escritores de desinterés y de ímpetu; los nuevos poetas que hablan armoniosamente, con sencillez o con complicación, según sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que deben decir, en amor y sinceridad, con desdén del lodo verbal, de la vulgar hazaña, del reir injusto. Y eso en toda España, desde entre los vascos y catalanes activos, hasta entre los vibrantes andaluces y entre los habitantes de la gárrula corte. La salud será, pues, luego, total.
Mas Barcelona me detiene, con su carácter tan propio, y sin embargo, desde antes tan universalizada más que europeizada. Sus ramblas floridas hierven de almas, con su paseo de Gracia; las fábricas vecinas han adquirido mayor empuje. Llegan numerosos los barcos a traer el material de las industrias y salen cargados de la exportación pingüe que aumenta la existente riqueza. Se alzan palacios flamantes. La electricidad ayuda al progreso por todos puntos. La urbe se ensancha y la población crece. Tan solamente turban la paz activa de producir las agitaciones que de tanto en tanto siguen manifestándose y tomando incremento en el elemento obrero. Hay un huevo que empolla desde hace años la revolución latente, pero de ese huevo no saldrá ni con mucho la soñada gallina gorda de los socialistas; antes bien, el ave roja de la anarquía. El obrero aquí no se deja embaucar y va viendo por sí solo. Los cabecillas pueden de un momento a otro perder su cabeza. El trabajador aquí se impone, y su imposición se nota. No se ve un solo establecimiento público que esté vedado a la blusa, y la blusa hace ostentación de su presencia en todas partes. La cultura general es también mayor, como ya otra vez lo he hecho notar, que en otras provincias. El ambiente barcelonés es el de un pequeño París. Sus artistas y escritores, genuinamente catalanes, están en contacto con todo el mundo. Esta tierra de hombres de labor material, vasto nido de menestrales, es también sustentadora de fuertes cerebros, de aladas almas, de finas y sutiles imaginaciones. En el siglo xix surge el marqués de Campo; lo cual no obsta para que nazca después Santiago Rusiñol. Rusiñol, espíritu encantador, pintor de soñaciones, maestro de melancolías, y el cual en todas sus obras pone algo de la tristeza que ha aprendido en las partes dolorosas y misteriosas de la vida. Le conocí en París, después de ser muy amigos desde lejos. Es la primera vez en que la persona no me causó decepción por el artista. Personal e intelectualmente es el mismo. Gracias a Dios que no me ha quitado aún—¡ni me lo quite nunca!—el don de admirar. Admirar de veras, con mente sincera, con el corazón o con la cabeza, o con ambas cosas. Me habló entonces Rusiñol de su drama L'Heroe y de la resonancia del estreno, pues en la pieza hay dura enseñanza popular dicha, si con manera de noble artista, con claridad que pone a la vista de todos una amarga lección de los injustos horrores de la guerra. Los del gobierno, los del poder y los entorchados, protestaron e iban a provocar grueso escándalo; las representaciones cesaron por orden de la autoridad, y el artista dramaturgo tuvo que salir para Francia. Ahora veo en los carteles anunciada una obra nueva, que por su título juzgo causará, si cabe, mayores protestas. Se llama El Mistich. El soñador hace así su ofrenda de bien a los oprimidos, ayuda a los de abajo. Como debe hacerlo: desde arriba.
Otros poetas traducen a los clásicos, y a los modernísimos extranjeros. Hay un «teatro latino» que equivale a l'Oeuvre, o al Libre de París. Se publican excelentes revistas de ideas y de arte, y libros de ingenios y talentos bregadores presentados en formas artísticamente llamativas y de bella tipografía. Todo ésto en catalán. Pues son raros los que, como el noble poeta Marquina, prefieren vestir de castellano sus ideas.
La juventud—¡brava «joventut»!—cultiva su campo, siembra su semilla. Alza, construye su torre en el limitado cerco en que se oye su lengua: pero desde lo alto de su torre, ve todos los horizontes. Fecundo núcleo de vivaz civilización, la vieja Barcino, la generosa y gallarda Barcelona de ahora, se afianza en su seguro valor y alza la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaña y el mar, que vió partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de España? Yo no lo creo ni lo noto ahora. Existe el catalanismo, si por catalanismo se entiende el deseo de usufructuar el haber propio, la separación de ese mismo haber para salvarlo de la amenazadora bancarrota general, el derecho de la hormiga para decir a la cigarra: «¡baila ahora!»; y la voluntad de mandar en su casa. Mas así como el ansia de porvenir ha unido a los obreros catalanes con todos los de la península en una misma mira y un mismo sentimiento, el deseo de vuelo y expansión comienza a unir a la intelectualidad libre catalana con la libre intelectualidad española, representada por admirables personalidades pertenecientes a todas las provincias, ligados así todos por la solidaridad del pensamiento y el propósito de olvidar pasados defectos y errores, y colaborar en la misma tarea de bondad y de gloria. Cierto, repito, que quedan los anquilosados de ayer, los rezagados de la pacotilla; pero toda la sucia y seca hojarasca desaparece al brotar la nueva selva, al renovarse la flora del viejo jardín, a la entrada triunfal de la recién nacida primavera. La América española ha mandado también sus embajadores, y poco a poco se va formando más íntima relación entre ambos continentes, gracias a la fuerza íntima de la idea, y a la internacional potencia del arte y de la palabra. Pues hasta, por mayor decoro, la vida comercial misma ha sacado ventajas, ayudada por los predicadores de las letras y misioneros del periodismo. La unión mental será más y más fundamental cada día que pase, conservando cada país su personalidad y su manera de expresión. Se cambiarán con mayor frecuencia las delegaciones de los intereses y las delegaciones de las ideas. Seremos, entonces sí, la más grande España, antes de que avance el yanqui haciendo Panamaes. Que cada región tenga y conserve su egoísmo altivo, pues de la conjunción de todos esos egoísmos se forma la común grandeza; cada grande árbol crece y se fortifica solo y todos forman la floresta. Esto me hace pensar la Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías de vapores, la Barcelona de Rusiñol y de Gual, y la de las copiosas fábricas y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva flores y se fecunda a sí misma, entre los montes altos, silenciosos y las inmensas aguas que hablan.
MÁLAGA
Escribo a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación, sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta, navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja cantada en los versos, y los ojos espléndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor. Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante la «season», pues demás está decir que desde que un Mr. Richard Ford escribió en su «Hand-Book for travellers in Spain» que el clima de Málaga es «superior a todos los de Italia y España para enfermedades del pecho» y que «aquí el invierno es desconocido», la invasión británica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andalucía tan solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y así, como lo hace observar José Nogales, que es autoridad y que es andaluz: «en las zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa—exclusivamente inglesa—, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el inglés. A los dos días de llegar, el inglés es «don Guillermo», o «don Roberto», o «don Jorge». Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El extranjero ha traído a Andalucía el impulso del trabajo, ha implantado fábricas, ha dado gran aumento a la exportación de frutas y de vinos. ¿Quién se acuerda ya del inglés «aborrecido»? El nombre de uno está grabado en un monumento público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado por la causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aquí pasó Byron y afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoñadas por el casino. Aquí no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni monsieur de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles, el Mediterráneo, barcas pescadoras. «Larios y boquerones», corrige un andaluz que lee las últimas palabras que he escrito.
¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la influencia política, están en poder de ese apellido. Vais por un paseo y encontráis una estatua del marqués de Larios. La calle principal de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son también otras cuantas regadas en la población. Hay dos grandes fábricas de hilados, con unos ocho mil trabajadores, y demás está deciros que esa fábrica es de los Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar, y pertenecen igualmente a la famosa familia.—¿Y ese gran asilo?—De Larios. Desde Gibraltar hasta Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es la ciudad de los Larios.—¿Y la catedral, también será de ellos?—La catedral no; pero el reloj de la catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas en serio.
«Les damos por armas la forma de la misma ciudad y fortaleza de Gibralfaro, con el corral de los cautivos en un campo colorado, y por reverencia y en cada una de sus torres, las imágenes de los patronos de Málaga, San Ciriaco y Santa Paula, y por honra del puerto las ondas del mar, y por orladura de las dichas armas, el yugo y las flechas». Así se expresa la real cédula en que los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, concedieron a Málaga el blasón que queda dicho. Gibralfaro es una ruina, como todo lo que queda recordando el poderío árabe. He visto la bella puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a un mercado, en el mismo lugar en que se levantaba una magnífica mezquita en tiempos no de tanta miseria para el pueblo malagueño. Es la obra de los cristianos y civilizados vencedores. La labrada piedra contesta: Le galib ille Aláh: El vencedor solo es Dios...
Y la herencia arábiga se encuentra por todas partes, en la faz de las mujeres, en las figuras del pueblo, en las rejas de las casas, en los guturales gritos de los vendedores ambulantes.
Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua Alcazaba, he creído ver revivir ante mis ojos la pasada existencia. Habitan gentes en las mismas viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas en la altura, desde donde se domina el ancho puerto.
En algún punto veis, sobre una columna corintia del tiempo de la dominación romana, el arco en herradura que vió pasar los albornoces blancos y los estandartes verdes. He conocido al poeta y novelista Arturo Reyes, el primero de los portaliras malagueños y bien amado de sus conterráneos; jamás he visto moro de pintura o de verdad que le supere en aspecto. ¡Qué modelo para Benjamín Constant! He visto vestida a la moda de París y en un elegante carruaje, a Zulema; y, con una flor en la cabeza, comprando pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida.
Entrando a la realidad de la vida, halláis un pueblo pobre, falto de sangre y de trabajo. El exceso de población apenas halla salida escasa en los inmigrantes que atraviesan el Océano. Y la indolencia nacional... Iba yo recorriendo la ciudad, en un tranvía tirado por flojos caballos. Allá, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontró un carro en la vía, en el carro unos cuantos sacos, y el carrero consiendo uno de ellos. El hombre vió venir el tranvía con una mirada indiferente, y siguió cosiendo su saco. ¿Pasaríamos? ¿No pasaríamos...? El conductor descendió a hablar con el carrero; oí vagas palabras, vi pocos gestos. El hombre seguía consiendo su saco... A los cuatro minutos, el tranvía pudo pasar, et pour cause. El hombre había acabado de coser su saco...
En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre, peces y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas doradas. Lo pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de enfermedad. Me explico la abundancia de pálidos rostros, de colores marchitos en las más hermosas facciones.
Hoy veo, en un diario, que el número de reses vacunas sacrificadas es de veinte; y Málaga tiene más de ciento treinta mil habitantes... ¡Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el Sr. Fernández y García, me da los más penosos detalles: «La carestía de los artículos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de alarma. La carne, para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance más que de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. ¿De qué nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a precios económicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepción de los días de pesca abundante y extraordinaria, sufre carestía. ¿El bacalao? Si el gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión de los derechos arancelarios, se venderá tan caro, que, como sucede con la carne, no estará al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento en los precios de los alquileres, y ya es tan difícil encontrar albergue higiénico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se acentúa para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por la existencia resulta penosísima, y que van dejándose la piel en las zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra, se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive sin esperanzas». Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en el pueblo.
La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios... Se siente una invasión de protestas anárquicas, que va de la ciudad a la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por conservar su influencia, a pesar de las vírgenes que podéis ver en algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores artificiales, y ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción tradicional.
Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo. Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegué, por el barrio del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo convento. Por el camino, un compañero me recuerda la página sangrienta que inmortalizó artísticamente un célebre pincel. Encontrábanse en Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales, y fueron llamados secretamente por el gobernador de Málaga, Moreno, proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades de la Constitución, como se decía entonces. Salieron de Gibraltar cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de la Alquería, y allí fueron copados por las tropas que mandó con ese objeto el mismo gobernador de Málaga. Lograron escapar dos ingleses, de tres que venían en la expedición. Llegaron los presos por la mañana del 10 de Diciembre, y al día siguiente, a pesar de ser día domingo, con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecución empezó a las siete de la mañana y duró media hora. El último que mataron fué el inglés Boyd. «Mi abuelo, me dice la persona que me acompaña, oyó los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tirarían mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se mojaba la pólvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros. Los quejidos de las víctimas y el estado nervioso de los mismos soldados de la ejecución aumentaban el horror de tal manera, que el fraile que confesó y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió loco...»
Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso.
—¿Qué quiere usted?
—Visitar la iglesia.
—Venga.
—Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos y sus compañeros?
El chico me mira asombrado. No halla qué contestar. Le explico más. Se trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.
—Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario en donde los confesaron.
En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar mayor, y cuya entrada aún conserva la gruesa reja que sirvió de cárcel de una noche a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad, aislado, un confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompañante a buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando, en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mármol, sobre la que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción borrada, ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un perro soñoliento hacia el lado por donde se va al mar azul...
Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración.
II
Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a los pescadores, a un lado del esbelto y blanco faro. Las gentes están ya de fiesta como la mar y el sol. Miro animación por las calles, sobre todo cerca de la Plaza de la Constitución, donde un puñado de barracas atrae a los transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece sus vitrinas llenas de dulces, de pintura criarde y de artículos de París. Allá en la playa hay ropas más vistosas que de costumbre, mantones blancos y azules, pañuelos y corbatas policromas, entre las gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas, va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterráneo azul y del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rápidamente los pescadores—después de larga fatiga,—se ve la carga de boquerones semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flácidos calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa. De allí los recoge el vendedor callejero, que va después gritando su calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros.
Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de las cenas caseras. Los paveros, «de su banda de pavos en compañía», como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto, conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero, a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes, pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas me referiré a la charcuterie nacional, con sus salchichones de Vich, sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden. Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle es a la manera de un zoko árabe, por su bullicio y movimiento, lo pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente, poética y llena de cálida gracia.
Y he de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el reino de belleza que es la tierra de España. Hay que ver Málaga en un día como éste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes, que van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación que valga por una kásida. La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada, o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con manera tal, que el incensu patuit dea os sale de los labios. Hay ojos malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la ilusión moruna del mahometano paraíso. Son las anticipadas huríes. Y como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devoción, hay en ellas una inquietante mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas. Tienen el más provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las más opuestas cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral. Llevaban el pelo caído por la espalda, y no se podía menos de pensar ya en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasión y maleficio.
La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale multiplicada de su barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigañas que andan alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en grupos familiares, cerca de pequeñas hogueras en que en sartas se asan las ricas sardinas recién salidas del copo, y que se comen calientes, regadas después con el chispeante Montilla que pone luz solar en la cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas ágiles manos y estos ágiles pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueñas o los rítmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia y su habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado al pasar, mientras un sol cariñoso teñía ya de oro, de violeta, de púrpura, el inmenso cristal mediterráneo.
Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceñidas a la torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por acá. Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana, blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y llevan las cabezas hermosísimas, adornadas con flores, profusamente, rosas fresquísimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la decoración floral. Quién va a la casa a preparar la cena de la noche, quién va a las barracas a comprar juguetes con los niños; juguetes que tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas, panderetas y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum, divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresión humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras «parrandas», reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebración del día, la Virgen en el pesebre, José, el niño Jesús, el buey y la mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satírica, al son de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces y castañuelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se acuerda todavía de por qué se celebra esa noche; hay quien piensa, por la tradición, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de Belén, en el Dios de los cristianos que nació pobremente, que murió hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y regocijados.
La nochebuena se viene,
la nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
carrasclás, que gordito está;
carrasclás, qué enjundia que tiene;
carrasclás, carrasclás, carrasclás!
¿Quién se acuerda en París, al engullir el «boudin» blanco, ni de Cristo ni de la muerte...?
Luego se va aquí a la misa del gallo. Las gentes invaden la iglesia, iluminada como para la alegre fiesta. El órgano lanza sus chorros armoniosos. Los villancicos resuenan, como las coplas de una celeste juerga. Los registros de la voz humana, del bombardón, de la chirimía, derraman sus sonidos como en un trueno de música. Hay verdadero gozo en el ambiente, aunque la devoción no sea muy grande. Las campanas han anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado por los pastores y adorado por los reyes. Todo eso está muy bien; y así ha llegado la hora de ir a los ágapes copiosos en que hay tanta golosina, tanto vino encendedor de sangre y el animal de ritual:
¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
carrasclás, que gordito está;
carrasclás, qué enjundia que tiene;
carrasclás, carrasclás, carrasclás!
Luego será la danza, los cantos; airosas sevillanas, donairosos panaderos, saltantes y garbosas jotas. Y el buen pueblo continuará en la zambra; saldrá por la población caminando al compás de sus instrumentos, echando al aire, bajo las estrellas, estrofa y estrofa; la parranda llenará con sus ecos todos los barrios; el vino irá dejando vencidos, y la última canción se escuchará hasta después de que haya salido el sol.
Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los antiguos cartagineses, que deslumbró a los navegantes fenicios, que atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que, sobre todo, fué la delicia de los africanos de ojos y sangre solares; él es más que todo el donador de gracia y amor en esta tierra. Málaga es predilecta del divino Helios. «En otros días, dice D. Juan Valera, cuando teníamos en España un pronunciamiento cada seis meses, Málaga se jactaba de ser la primera en el peligro de la libertad. Ahora que felizmente la libertad no peligra, Málaga, con su región, bien puede jactarse, si no de ser la primera, de ir muy adelante y de descollar mucho en el cultivo de las letras humanas y de la palabra hablada y escrita. Es singularísimo que los hijos de esa región se distingan hablando y escribiendo, por dos cualidades extremas en las que se cifra todo el poder de la palabra humana. El discurso hablado del malagueño es torrente impetuoso que arrebata y conmueve: acusaciones serias, chistes, burlas, sistemas políticos y económicos, y hasta filosofías de la historia, inventado todo de repente y convertido en masa de proyectiles para derribar a los contrarios y meterlos debajo de los bancos; tal es la elocuencia torrencial de la región malagueña: algo semejante a una venida del Guadalmedina.» Esas son cualidades solares. El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña; Castelar no era de Málaga, era de Cádiz; hermana solar también; pero Cánovas era malagueño. La paleta del egregio maestro Moreno Carbonero concentra mucho de esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueños Díaz de Escovar, que hace cantares oyendo el latir del corazón de su pueblo; Reyes, que lleva la primacía, ardoroso moro, y más que andaluz supermalagueño; Rueda, maestro en gay saber andaluz; Urbano, delicado; Sánchez Rodríguez, triste y melodioso; González Anaya, enamorado melancólico de su tierra; Fernández de los Reyes, que labra el verso sincero y vibrador; todos los portaliras malagueños son dignos de su raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos, de los cuales brota el canto como la rosa del rosal.
Hay una estatua que levantar en Málaga: la de Hamehet-el-Zegrí.
Y así concluyo estas líneas sobre la Nochebuena, en pleno sol.
III
Los extranjeros que llegamos en la hora actual a España, sufrimos ciertamente desengaños. Hemos llegado tarde; les lauriers sont coupés. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelación no va dejando carácter local ni originalidad en ninguna parte. Hay andaluces de la hora presente que protestan contra la Andalucía de figuras de pandereta y caja-de-pasas, que tanto ha dado que escribir, cantar y pintar, la Andalucía byroniana, de Gautier, la de D'Amicis; protestan porque quieren otra Andalucía semejante a los Dorados comerciales en que piensa mi amigo Maeztu. ¡Ah! desgraciadamente ya no encontramos la poética Andalucía sino muy venida a menos o muy ida a más. El progreso aquí en Málaga, por ejemplo, ha traído los altos hornos y se ha llevado los encantos de antaño. Las particularidades andaluzas que antes daban viva lección de las gracias autóctonas y de las locales bizarrías, la indumentaria misma, todo lo que constituía tema para páginas de colorido y de dibujo característicos, queda en los viejos libros. El Solitario es tan antiguo como Nepote. En la calle principal de Málaga hay tiendas parisienses, dos clubs. En el paseo principal hay corso como en Palermo o en el Bois, relativamente, y la ciudad cuenta con un automóvil, ¡oh poeta Ovando Santarén!, que no podría entrar en tus octavas reales.
Los malagueños progresistas que quieren su ciudad igual a no importa qué «ciudad moderna», con las abominaciones rectangulares que odiaba el gran Yanqui, están en su derecho, como los venecianos que quieren rellenar el Canalazzo y echar al olvido las góndolas. Están en su derecho; pero también están en el suyo los artistas del mundo que defienden la belleza del pasado y la razón del arte. Nada más odioso para mí que un doctor japonés vestido de londinense, que durante el tiempo que nos tocó estar juntos en un compartimiento de ferrocarril, me hablaba con desprecio de los pintores japoneses y de la poesía de su raza, y me elogiaba la invasión del parlamentarismo y la occidentalización de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada más simpático que la idea del fuerte y noble pintor Moreno Carbonero, que inició un proyecto, según me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba morisca malagueña, para resucitar en la ciudad luminosa un rincón pintoresco y animado de la vida antigua, sin duda alguna más activa, y, sobre todo, más bella que la presente. Las altas damas desdeñan ya la mantilla. No se encuentra una maja sino en cromos. Los hombres quieren, por su parte, parecer ingleses, como los elegantes de todos lugares. El pueblo bajo no tiene sino vagos restos de las tradicionales maneras. Los toreros quieren ser personajes sociales. «Don Luis» es el célebre Mazzantini, y se habla de sus modos de gran señor y de su biblioteca y de sus trufas. El otro Mazzantini, el cadet, se mete en los asuntos electores de su pueblo, perora, toma parte activa en las luchas políticas. La coleta queda, por milagro, como un recuerdo y como una costumbre, que acabará por caer. Los tipos bizarros de antes quedan para modelos de los pintores y pour l'exportation.
El mismo cante flamenco ha degenerado, ha perdido sus bríos antiguos. Vagan aún gloriosas ruinas, como Chacón, famoso por sus «jipíos», tanto como por sus buenas fortunas en aristocráticos caprichos, y Juan Breva, el «cantaor» de Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy por ahí cantando en falsetes lamentables las eternas malagueñas de quejas e hipos, o las amorosas y armoniosas soleares, último aeda del antes triunfante flamenquismo. Dicen de Chacón que es uno de los que han contribuído a la ruina del cante, porque ha sido el decadente con talento de los «cantaores», y los que le han seguido y han querido hacer como él, han resultado con el fracaso de todos los serviles acólitos que sin reflexión ni fuerza imitan. Donde algo queda de las pasadas gracias nativas es en el baile, pues las danzarinas andaluzas guardan aún las mismas condiciones que las hacen aparecer en los exámetros de Juvenal. La exportación que ya señala el satírico, está hoy en más auge que nunca. El baile español se ha hecho un número preciso en todo programa de café-concert o music-hall que se respeta, y hay países en donde es singularmente gustado, como en Rusia y en los Estados Unidos. Carolina Otero conoce la admiración de los rublos. Y el ilustre cubano José Martí contó, en una de sus bellas cartas, a los lectores de La Nación, de Buenos Aires, cómo los yanquis salían de su frialdad anglosajona al mover sus estupendas piernas aquella ruidosa y preciosa Carmencita, que quedó, para regocijo de los ojos, perpetuada en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg.
Así, toda joven que aprende a bailar, sueña, si es bella, con la felicidad que existe en el extranjero, con las contratas en grandes ciudades en que hay gloria y amor rico, en las victorias de las Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que van conquistando el mundo a son de sevillana, jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van cerrando los cafés típicos de cante, aun en esta misma Andalucía de las guitarras, coplas y claveles. Aquí en Málaga había cinco, por ejemplo, entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda uno, muy mediocre y poco atrayente. En Sevilla se cerró el sonadísimo Burrero, en la calle de las Sierpes, después de haber tenido en su tablado todas las celebridades guitarreras y coreográficas de la tierra, que como sabéis, es «de María Santísima». Restan apenas las vistosas y decorativas casas de cante y baile que puedan satisfacer la curiosidad del viajero, en ciudades de segundo orden, como Ronda, Vélez-Malaga o Antequera, lugar por donde muchos quieren que salga el sol...; o allá en Algeciras, o La Línea, en las cercanías de Gibraltar, en donde los ingleses de la guarnición van a dejar sus libras convertidas en castizas pesetas.
Yo he ido a ver aquí en Málaga el café de España. Leí el anuncio en un diario: «Todas las noches, grandes bailes nacionales y cante, por la célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares, y el aplaudido cantador José Beda, el Jerezano. A las siete y media. Entrada al consumo». El local es un largo salón, con mesitas, como cualquier café, y en el centro un tablado, sin adorno alguno.
Concurrencia heteróclita; humo de cigarros; uno que otro «señorito», uno que otro militar, algunos campesinos, que aquí llaman catetos. De pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen en el tablado seis u ocho mozas vestidas de semimajas; es decir, de majas, que a la conocida indumentaria han agregado adornos y pompones a la francesa.
Llevan colores vistosos en las faldas cortas y acampanadas, en los corpiños; y en las cabezas, rizadas y de peinados bajos, portan moños de cintas y flores de tintes violentos, flores naturales o artificiales. Bailan primero las boleras, que son las que llevan esas faldas cortas, y se acompañan con las castañuelas, bailan el olé, que tiene el ritmo de un vals; los panaderos, más despaciosos, por dos parejas; las sevillanas, el jaleo, el vito, las soleares, las «seguirillas», y hasta jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las arrugadas medias color de carne, los trajes sin esmero, los zapatos usados, las sonrisas forzadas en las caras llenas de pintura, los horribles calzones que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer un quiebre de cintura.
Después de las boleras bailan las flamencas sus polos, medios polos, zapateados, tangos y otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas, no llevan castañuelas; pero hacen sonar los dedos imitándolas, y tienen un coro de jaleadores que las anima con gritos, con los tradicionales «oles» y «arzas», y que sigue el ritmo con las palmas. Todas esas danzas se parecen; el extranjero, el no conocedor, difícilmente puede distinguir la diferencia que hay entre una y otra, la cual diferencia es de pasos y compases, con el ritmo más o menos precipitado o contenido.
Después que han bailado, descienden boleras y flamencas a visitar a los consumidores en las mesitas, a hacer gastar lo más que se pueda, según la consigna del dueño del café. Todas las que he visto son muy jóvenes y bonitas, afeadas tan solamente por lo sórdido de los vestidos. Hay una niña de trece a catorce años, portadora de monstruosas piernas postizas. Pregunto a un vecino qué dice la liga contra la trata de blancas a este respecto, y me contesta que estas jóvenes son, o por lo menos dicen que son, honestas. De mesa en mesa van trasegando manzanilla y más manzanilla, de mesa en mesa donde hay extranjeros o forasteros, porque los nativos conocen el juego y no se dejan explotar. Las caras de las muchachas, cubiertas de polvos y de afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los resplandores de la luz eléctrica toman reflejos extraños, se ven en una verdad lamentable, con un aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su fiesta, como en un cuadro de Zuloaga. Las infelices beben, beben, para volver a bailar y volver a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o americana corta y sombrero cordobés, les dicen groseras galanterías, les murmuran proposiciones, se burlan de ellas, y, a veces, las insultan... El piano inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas, bestiales, ingenuas, suben de nuevo a las tablas.
Toca a los cantadores la tarea. Cantaor en realidad hay uno sólo de los dos hombres bien afeitados y ceñidos que se sientan en sendas sillas. Uno toca la guitarra. El otro, el cantaor, clava los ojos en el aire, mirando hacia arriba, y comienza a quejarse, a quejarse largamente; con un bastón pesado golpea las tablas, llevando el compás, y la queja se extiende, ondulante, gemido, grito, ay, lamento; y la boca sigue abierta, como si fuese saliendo de ella una interminable cinta de notas gemebundas, hasta que sale el verso de la copla, que se refiere a una de estas tres cosas, que desde hace mil años forman el tema de los poetas andaluces: su mamá, su novia, la muerte, o una de tantas vírgenes de su devoción. Entre verso y verso hay unos ayes desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a quien se está asesinando, y entonces, del público conocedor salen unos cuantos ¡olé ya! aprobativos, mientras la guitarra sigue en rasgueos, o canta o gime también como el afeitado y berreante cantaor. Luego se anuncia el «americanito». Y sale a cantar un chico de unos diez o doce años, que bien pudieran ser catorce o quince, y grita, y gime, y berrea también amores desesperados, habla de la Virgen y de una puñalaíta. Y olé ya. Cuando llegó el chico a mi mesa me pidió un chocolate.
A él no le obligan a beber montilla ni manzanilla.
—¿Por qué te llaman «el Americanito»?
—Porque zoy americano.
—¿De dónde?
—De Buenozaire.
—¿Y te acuerdas de Buenozaire?
—No zeñó.
—¿Y cuánto hace que viniste de allá?
—Doze años.
¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores desesperados de José Beda «el Jerezano», y a los tangos de la «niña de Pomares». Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenían el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero también las cosas de España eran distintas entonces. Imperaba la alegría de Fortuny. Había diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos... Hoy éstos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la universal civilización lleva el desencanto sobre rieles o en automóvil a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres, el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginación y hace que aun se levanten castillos «en España».
IV
Algunos historiadores malacitanos recuerdan cierta horrorosa tempestad que padeció este puerto el año 1567. «Aunque no ha sido el puerto de Málaga de los más combatidos por las tempestades, no obstante, registra varias tristes efemérides—dice el poeta Díaz de Escovar—que cubrieron de luto a los habitantes de la ciudad». Uno de los temporales más terribles, que ocasionó muchos daños y no pocas víctimas, fué el acaecido el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas encontramos sobre el mismo, y sólo Martínez de Aguilar, en su Breve descripción cronológica de la fundación de la ciudad de Málaga, impresa en 1819, nos da algunos datos que hacen comprender la importancia del temporal. Marzo, en el tomo segundo, página 72 de la Historia de Málaga, escribe algunas indicaciones sobre este suceso. El puerto estaba lleno de navíos importantes, que debían conducir cargamento de artillería, municiones y otros bastimentos para las plazas de Africa. A bordo de estos navíos se hallaban seis mil hombres del ejército, que tenían necesidad de desembarcar en Cartagena. El mar, agitado violentamente, arrojó contra las piedras de los muelles muchos de aquellos barcos. Veinticuatro días, según Martínez de Aguilar, duró el temporal, siendo difíciles los socorros y grande el pánico de los que veían perecer tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza. No están conformes los historiadores, de quienes estos datos tomamos, respecto al número de navíos que se hicieron pedazos. Marzo asegura que fueron veintisiete, cantidad con la cual no está conforme Martínez de Aguilar, que escribe fueron veintitrés, añadiendo que sólo se salvó de aquel horrible desastre un navío vizcaíno. El mar se cubrió de víctimas, pues muchos soldados y marineros perecieron.
Esto me hace recordar otra catástrofe reciente que tanta conmoción produjo; me refiero a la pérdida del buque-escuela de la marina alemana que se despedazó contra los escollos, a la vista de la población malagueña. El barco había salido fuera del puerto, a pesar de amenazar mal tiempo, a hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino violentamente, y cuando el capitán quiso entrar a ponerse en salvo, no pudo conseguirlo y el buque chocó contra las rocas. Todos miraban desde los murallones y desde la playa la muerte de tantos hombres, y, si se logró salvar a algunos, grande fué el número de los que perecieron. Quiénes se pudieron asir a cables o boyas, quiénes lograron ganar la costa a nado, a pesar del fragor y fuerza de las olas enormes. Fué aquel un día de luto para la escuadra alemana, para Alemania entera y su emperador. Y he podido ver en este aniversario las coronas que ornaron las tumbas de algunos de los que perecieron en el cementerio inglés de esta ciudad. La pérdida de ese barco-escuela, como la del «Vienne» francés, es de esos golpes terribles que la ira del mar asesta sobre los países que conquistan su elemento con el poder de las escuadras, y la escuadra y la nación argentinas saben de esos duelos con recordar el solo nombre de la perdida «Rosales».
A veces el mar asalta a la tierra, o temerosamente la amenaza; fuera de los formidables cataclismos cíclicos, como aquel en que se hundió la misteriosa Atlántida. Algunos sabréis del clamor que se oyó en el Callao en tiempos ya lejanos: «¡El mar se sale!» Y si mi memoria no yerra, he leído que hubo, en efecto, una invasión del mar. Pues bien, aquí en tierra malagueña se oyó a mediados del antepasado siglo, en el mismo mes y año en que sufrió Lisboa su histórico y terrible terremoto, se oyó el mismo espantoso clamor. Serían las diez y media de la mañana, dice Díaz de Escovar—que sabe admirablemente los pasados y presentes secretos, leyendas e historias de su ciudad—del 27 de Noviembre de 1755, cuando violentas oscilaciones, que, según el autor de las Conversaciones malagueñas, duraron de cinco a seis minutos, conmovieron los edificios de Málaga. A la vez se esparció entre los vecinos la pavorosa voz de que «el mar se salía». Díaz de Escovar, que es varón creyente y valiente en su fe católica, confiesa que no ha de entrar «en disertaciones sobre si la voz fué hija de una extraña realidad o alucinación de exaltadas fantasías». No faltan historiadores, cuyas dotes de veracidad son notorias, que la presenten como verdadera. Barbán de Castro parece dar a entender que la voz no fué sobrenatural, sino que se esparció y propaló de unos en otros, casi instantáneamente.
Esto es más racional y más verosímil por más que nada hay imposible si Dios lo quiere. Paréceme que Málaga, país en donde los gitanos dicen la buenaventura, lleno aún de terrores medioevales como estaba, fué posiblemente presa de una vasta autosugestión colectiva, días después de la ruina de la capital lusitana.
O había terremoto y maremoto, y alguien gritó: «¡el mar se sale!». Aunque ni esto último parece, pues ese mismo citado Barbán de Castro dice en su Cronología: «¿Quién creyera que estando el mar entonces con la mayor quietud y serenidad visible, pues era la hora más proporcionada para ello, se pudiese persuadir a todo un pueblo tan numeroso a que creyese que el mar se le tragaba? Se puede con toda verdad asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo persona de todos estados y condiciones que no creyese a un tiempo mismo que el mar, como decían, se había salido, y era menester huir aceleradamente a los montes». A los montes volaron las gentes, por lo que según parece no fué cólera del mar, sino broma neptuniana; de gente se llenaron los cerros de San Cristóbal y Gibralfaro, que están junto a la ciudad. De Escovar escribe que: «El magistrado de la ciudad recorrió las alturas, costándole gran trabajo y no pocas palabras convencer a los que allí se refugiaban de que sólo existía una alarma infundada, que tenía por base el miedo, pues el mar estaba tan sosegado como intranquilos los espíritus de los habitantes de Málaga. Los menos temerosos volvieron a la ciudad. Se publicaron bandos referentes a los hechos ocurridos, en los que se anunciaba que si ocurriese novedad alguna se avisaría por medio de la campana que había sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en el caso de notar algún movimiento peligroso, o extraño en el mar, dispararía algunos tiros al aire, que servirían de señales». Y si gustáis de la nota cómica en medio de las tribulaciones, he aquí lo que cuenta, entre otras cosas, un escritor que presenció los sucesos: «El Dignidad de Tesoro de nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a buscar el campo quiso seguirlas, y pareciéndole que en calle de Beatas se atrasaba a otros, porque el manteo y el sombrero le estorbaban, los soltó en la calle, para seguir la marcha, alzándose bien la sotana. Advirtiendo después que en ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes (me contó él mismo), que los arrojó al suelo, pareciéndole que aun aquello le servía de embarazo». Y agrega Medina Conde: «Fueron muchas las confesiones generales que se hicieron, y reformó más este susto que muchas misiones».
He ido a ver en día de mar agitado la playa malagueña. El agua, que tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que gritaban: «¡El mar se sale!» Las espumas saltan sobre las macizas obras del puerto que aquel gran malagueño que se llamó D. Antonio Cánovas del Castillo dejó a su ciudad nunca olvidada. Por el lado del faro la furia marina se manifiesta igual, y a lo largo de la vía que se extiende hacia la parte de la Caleta. Hablando en poeta diría que la espuma de los briosos caballos de Neptuno, o la hirviente leche de los rebaños que «carnerean» sobre la revuelta superficie, o bien el agitado jabón que mil colosales Nansicaas derraman de colosales artesas, llega alzándose, echando al aire saladas pulverizaciones, rompiéndose en las piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas mansiones hay para encanto de hidalgos, ricos o adinerados extranjeros.
He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores estaban sacando sus redes con gran trabajo. Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres de cada lado tiraban, aprovechando la llegada de la ola, las cuerdas resistentes; y luego hacían esfuerzos para que la vuelta del agua no les quitara lo ganado.
Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen su tarea. A veces les bañan los espumarajos; a veces les hace retroceder la potencia del agua, y se entierran hasta más arriba de los tobillos, encorvados con la cuerda del hombro. Y parece que el monstruo está colérico, sin razón, como la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del mar. Porque las cóleras del mar son así, como todas las cosas de la naturaleza, iguales para todos. La hormiga o el hombre, el acorazado o la lancha del pescador, son aplastados por la misma invisible mano, sorbidos por el mismo visible elemento, unidos en la destrucción, en la universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco la manda azotar, o si están allí los pies de ese otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su misterio. Hace su eterna obra, cumple su destino infinito. Apenas si se comunica con los corazones que se acuerdan con la palpitación del suyo, con las mentes de los soñadores y pensadores que se hunden en lo insondable del tiempo y del espacio, con los buzos de Dios.
La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus clamores furiosos, y los pescadores tiran de su «copo». Un grito señala el momento de unir el empuje. Entre los que trabajan hay ancianos, hombres robustos, adolescentes dorados de sol, niños que están aprendiendo los oficios del agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos se recortan en el lejano horizonte las velas latinas que andan aguas adentro. Los colores del agua cambian. Aquí es el blanco lácteo de las espumas, en seguida un gris verdoso, en seguida verdeoscuro, luego verdepálido, luego azul. Y las voces del mar enojado son roncas, hondas, cuando se desploman los arcos de cristal y de ámbar, alborotadas como de muchedumbre al saltar los ramilletes enormes, las cascadas espumosas, y con ruido de sedas, de papeles que se rozan, de condor que se arrastra, del aire entre los ramajes de pinos de un bosque.
Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma. La red ha traído un buen por qué de calamares, sardinas, rojos salmonetes, pequeños y saltantes boquerones, un crecido, feo y amarillento pulpo. Los pescadores están contentos. Y me alejo pensando—asociación de ideas—en Wells, en Víctor Hugo y en N. S. Jesucristo.
LA TRISTEZA ANDALUZA
¿Habéis oído a un «cantaor»? Si lo habéis oído, os recordaré esa voz larga y gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastón para llevar el compás. Parece que el hombre se está muriendo, parece que se va a acabar, parece que se acabó. A mí me ha conturbado tal gemido de otro mundo, tal hilo de alma, cosa de armonía enferma, copla llena de rota música que no se sabe con qué afanes va a hundirse en los abismos del espacio. El «cantaor», aeda de estas tierras extrañas, ha recogido el alma triste de la España mora y la echa por la boca en quejidos, en largos ayes, en lamentos desesperados de pasión. Más que una pena personal, es una pena nacional la que estos hombres van gimiendo al son de las histéricas guitarras. Son cosas antiguas, son cosas melodiosas o furiosas de palacios de árabes... He oído a Juan Breva, el «cantaor» de más renombre, el que acompañó en sus juergas al rey alegre don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja, lobo o pájaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones asoleadas, toda la morería, toda la inmensa tristeza que hay en la tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares, tristeza de las melancólicas hembras de grandes ojos, tristeza especial de los mismos cantos, pues no se puede escuchar uno que no diga muerte, cuchillada, luto, virgen penosa o nota crepuscular. A la orilla del mar he oído cantar a un mozo pescador, que descansaba junto a una barca; y su canción era tan triste, tan amarga, como las coplas de Juan Breva. Cantan lo mismo las muchachas frescas, rosadas de vida, que ponen claveles en las ventanas y que tienen un novio. Porque así son aquí la vida y el amor; todo lo contrario de lo que piensan los que sólo han visto una Andalucía a la francesa, de exposición universal o de caja de pasas. En verdad os digo que este es el reino del desconsuelo y de la muerte. El amor popular es inquieto y fatal. La mujer ama con ardor y con miedo. Sabe que si engaña al novio, le partirá éste el pecho y el vientre de un navajazo. «Una puñalaíta». Hace algún tiempo, en un florido patio malagueño, se celebraba una fiesta, y cierta gallarda moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente. De pronto cantó una copla que dice en dos de sus versos:
¿No hay quien me pegue un tirito
en medio del corazón?
Un loco, o un enamorado novio, estaba allí, y sacó una pistola, y le pegó el tiro, en medio del corazón. Estos salvajes amorosos son así. Antaño no habría sido pistola, sino gumía. Todos los poetas de estas regiones son dolorosos y excesivos, fatalistas, o violentos. Todos son amados del sol. Todos no: he aquí uno amado de la luna...
En uno de estos crepúsculos de invierno, en que el Mediterráneo ensaya un aspecto gris que borrará la aurora del siguiente día, he comenzado a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza, el cual acaba de aparecer y es ya el más sutil y exquisito de todos los portaliras españoles. Al hojear su libro Arias tristes, lo juzgariais de un poeta extranjero. Fijáos más; es un poeta completamente de su tierra, como su nombre. Se llama Juan, como el Arcipreste, y Jiménez, como el Cardenal. Surge en momentos en que a su país comienzan a llegar ráfagas de afuera, sobre más de una parte derrumbada de la antigua muralla chinesca que construyó la intransigencia y macizó el exagerado y falso orgullo nacional. Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo de su esfuerzo. Como todo joven poeta de fines del siglo xix y comienzos del xx, ha puesto el oído atento a la siringa francesa de Verlaine. Mas, lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha aprendido a ser él mismo—être soi mème—y dice su alma en versos sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está enfermo, vive en un sanatorio, allá en Madrid. Así, en su poesía no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una sonrisa de convaleciente:
Convalescente di squisitti mali...
pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida. Cuando Camille Mauclair, el crítico meditativo del «Arte en silencio», se complacía en escribir versos, colocó un volumen de verbales sonatinas de otoño bajo la invocación de Schumann; Jiménez tiene como patrono de su libro musical y melancólico al melodioso Schubert. Antes de cada división de sus poemas, aparecen, a la manera de introducción, las notas de «El elogio de las lágrimas», de la «Serenata», de «Tú eres la paz». Se penetra así, a la influencia de la música, a uno como parque de dulzura y de pena en donde, al amor de la luna, un alma dice, como el ruiseñor, sus arias crepusculares o nocturnas. Nunca como ahora se ha cumplido el precepto de Pauvre Lelian: De la musique avant toute chose... Ya antes dijo el celeste Shakespeare:
The man that hath no music in himself,
Nor is not mov'd with concord of sweet sounds,
Is fit for treasons, stratagems, and spoils;
The motions of his spirit are dull as night.
And his affections dark as Erebus...
Conozco de esos seres. Y veo, en cambio, a través de esta poesía de sinceridad y de reserva, a un tiempo mismo, la transparencia de un espíritu fino como un diamante y deliciosamente sensitivo. He aquí un lírico de la familia de Heine, de la familia de Verlaine, y que permanece, no solamente español, sino andaluz, andaluz de la triste Andalucía. Es de los que cantan la verdad de su existencia y claman el secreto de su ilusión, adornando su poesía con flores de su jardín interior, lejos de la especulación «literaria» y del mundo del arribismo intelectual. Su cultura le universaliza, su vocabulario es el de la aristocracia artística de todas partes, pero la expresión y el fondo son suyos como el perfume de su tierra y el ritmo de su sangre. Desde Becquer no se ha escuchado en este ambiente de la península un son de arpa, un eco de mandolina, más personal, más individual. Pudiendo ser obscuro y complicado, es cristalino y casi ingenuo. Se diría que tiene timideces de orfandad, como el Maestro—¡priez pour le pauvre Gaspard!—si no se viesen brillar a la luz de la luna las espuelas de oro de sus pies de príncipe, que estimulan los bríos de un pegaso joven y ardiente cuyas crines están húmedas de rocío matinal. El poeta dice, como la Ifigenia de Moreas: «Es dulce el sol», pero sus ansias y sus visiones están alumbradas por el clair-de-lune. Y hay allí en esos versos admirables y exquisitos, las mismas visiones y las mismas ansias que en las coplas populares que cantan las mozas enamoradas, y los sonoros, duros y aullantes cantaores. Allí está la irremediable obsesión de la muerte, de la podredumbre sepulcral, de los corazones partidos, de la tristeza matadora. Sólo que el artista tiene una cultura europea, y si no fuese su «acento» mental, no se le conocería el origen ni la patria, y sus arias podrían ser lieder germánicos o sonatinas parisienses que acompañaría la música de Debussy. Hay un olor a violetas. Hay paisajes entrevistos como por una ventana, cielos y campos de viñeta. Hay una gran castidad poeana, a pesar de los gritos de la vida; hay valles que tienen un ensueño y un corazón:
El valle tiene un ensueño
y un corazón; sueña y sabe
dar con su sueño un son triste
de flautas y de cantares,
hay flautas pánicas, dulces flautas campesinas. ¡Deliciosos romances!
Río encantado, las ramas
soñolientas de los sauces,
en los remansos dormidos
besan los claros cristales.
Y el cielo es plácido y dulce,
un cielo bajo y flotante,
que con su bruma de plata
va acariciando los árboles.
Ese romance suena a la música del divino Góngora; y para nosotros, los americanos, a la música de un rimador de encantos y de tristezas, de un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido. Esas notas las hemos oído en las cuerdas que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad a Jiménez:
Llora el ángelus de otoño
la campana de la iglesia,
un ángelus mustio, muerto
entre la lluvia y la niebla.
Recordad a Zenea:
Baja Arturo al occidente
Bañado en púrpura regia
Y al soplar el manso alisio
Las eolias arpas suenan.
En todo el libro de Jiménez hay una, diríase, sonrisa psíquica, llena de la suavidad melancólica que da el anhelo de lo imposible, antigua enfermedad de soñador. Los que hablan de un arte enfermo, juzgo que se equivocan. No hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en las almas es como en la naturaleza. Hay maneras de expresión que da el obscuro destino. Los antiguos no andaban errados cuando hablaban de la influencia de los astros. Hay maneras de expresión que da el obscuro destino, y no exijáis a una pálida flor de lis que tenga los colores violentos de una rosa roja, ni modestia a la cola del pavo real, ni un solo de ruiseñor al papagayo. El poeta nace, sí; todas las cosas naturales nacen; lo que no nace es lo artificial. Así, no penséis en que Francis Jammes o Juan R. Jiménez harían mejor en pensar en el porvenir político de sus respectivas naciones, que en decir los sentimientos que brotan al calor apacible de sus dulces musas. No seas alegre, poeta, que naciste absolutamente amado de la tristeza, por tu tierra, por la morena y amadora y triste Andalucía; y porque tu sino te ha puesto al nacer un rayo lunático y visionario dentro del cerebro.
Hay en este libro vagas reminiscencias literarias; por ahí pasa, un momento, un enlutado misterioso semejante al de la estrofa mussetiana, el enlutado «qui me ressemble comme un frère»; suena uno que otro acorde de fiesta galante—íntima, sin decoración ni preciosismo—y se alzan, bajo la claridad lunar, los chorros de agua de Lelian, «sveltes parmi les marbres». Y Febe, aquí; allá, más allá, siempre:
Las noches de luna tienen
una lumbre de azucena,
que inunda de paz el alma
y de ensueño la tristeza.
Yo no sé qué hay en la luna
que tanto calma y consuela,
que da unos besos tan dulces
a las almas que la besan.
Si hubiera siempre una luna,
una luna blanca y buena,
triste lágrima del cielo
temblando sobre la tierra,
los corazones que saben
por qué las flores se secan,
mirando siempre a la luna
se morirían de pena.
Mi jardín tiene una fuente
y la fuente una quimera,
y la quimera un amante
que se muere de tristeza...
Hay de cuando en cuando, entre los sedosos romances, estrofas que hacen vibrar sus consonantes de armónica, sus acordes de ocarina. Lo preciso se junta a lo indeciso. Y el amor del astro en todos los siglos misterioso lo melancoliza todo. El poeta explicará su atracción: «Libro monótono, lleno de luna y de tristeza. Si no existiera la luna, no sé qué sería de los soñadores, pues de tal modo entra el rayo de luna en el alma triste, que, aunque la apena más, la inunda de consuelo: un consuelo lleno de lágrimas, como la luna. Los que os hayáis estremecido bajo las estrellas, oyendo venir en la brisa la sonata de un piano, sintiendo qué pobre es la vida entre la noche y ante la muerte, dejad caer la mirada sobre estas rimas iguales, de un mismo color, sin otros matices que los que en la noche surgen confusamente de los macizos del jardín, allá donde están las flores casi ahogadas en la negrura. Y soñad conmigo con las visiones blancas de siempre y con los poetas muertos: Enrique Heine, Gustavo Becquer, Pablo Verlaine, Alfredo de Musset; y lloremos juntos por nosotros y por todos los que nunca lloran.» Mirad con simpatía esa juventud que, en estos impudentes tiempos, tiene el franco valor de las lágrimas: Lacrimabiliter. Juzgad que ha elegido bien el patronato de Schuber. «Llave de plata de la fuente de las lágrimas», dice Shelley de la música. El poeta nuevo toca esa llave y hace caer el agua de la fuente una vez más. Así, Andalucía, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia, te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y deliciosamente, a la sordina, la recóndita nostalgia, la melancolía que llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado jardín lleno de claveles, ha abierto sus pétalos armoniosos una rosa de plata pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en el porvenir. Quizá pronto, la nueva aurora pondrá un poco de su color de rosa en esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que canta por la noche al hechizo de la luna, sucederá una alondra matutina que se embriague de sol.
GRANADA
He venido, por un instante, a visitar el viejo paraíso moro. He venido por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas. He recordado el título del lírico libro del provenzal Aubanel: La granada entreabierta. Y he ideado las impresiones de la pequeña alma de una coccinela pequeñita que se pasease por una granada entreabierta... Va por la corteza rugosa que acaba en una corona, que ha sido flor roja como una brasa. Va, la pequeñita coccinela, por las durezas lisas o ásperas de la cáscara, hasta llegar al borde, desde donde se divisa el interior palacio de pedrería... Y los rayos solares ponen el encanto de los juegos de la luz en el corazón de la granada entreabierta; y la coccinela penetra entre las riquezas que se presentan a sus ojos, y se maravilla de ese esplendor, y luego sabe que el corazón de la granada es dulce como la miel. Como la almita de esa bestezuela de Dios mi alma. He mirado la corteza rugosa de la antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio corazón. Y he visto la pedrería fantástica de un arte exótico, amoroso y sensual. Y después, el sol ha brillado; y así, la encantadora ciudad se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel.
Razón tuvo el rey que lloró como una mujer... Es este uno de los países en que uno crearía, para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones. Un «carmen». Carmen, verso... Jóvenes enamorados, parejas dichosas de todos los puntos de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que os amáis, en el tiempo de la primavera, a un carmen granadino; y si sois pobres, venid en alas de vuestro deseo, en el carro de una ilusión, en compañía de un poeta favorito... Verso, carmen.
He tenido, por llegar en este frío Febrero, un singular gozo; estar solo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estación, la afluencia de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades más frecuentadas por los rebaños de la agencia Cook. Además, el guía, discreto, no ha pretendido instruirme evocando la sombra del erudito Riaño. Los rebaños de la agencia Cook, que van a dar de comer a las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio de Pisa, y a reflexionar sobre la inclinación de la torre; los que andan en busca de la especialidad señalada en las guías, o narrada por los commis-voyageurs, ya se sabe lo que vienen a ver a Granada: los mosaicos y azulejos, que antaño destrozaba el turismo; la Alhambra anecdótica: «¡ah, cómo gozaban aquellos moros!»; Chorro e Jumo, el rey de los gitanos y los tangos de las gitanillas, en las cuevas, en donde se compran cestillas de mimbre y candiles de cobre. En otra ocasión y en otra parte, me he complacido en bailes de gitanas que bailaban maravillosamente, y he contado cómo el pintor Carolus Durán dejó caer en el corpiño de una pequeña Esmeralda un luis de oro. En cuanto al lamentable rey fâlof, vestido como los contrabandistas de la era romántica, con una indumentaria de comparsa de ópera cómica, «¡palojinglese!» le he mirado al pasar, a la entrada del palacio. Ya está muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y vive apenas de las propinas anglo-sajonas.
No me perdonaríais que a estas horas os resultase con el descubrimiento de Granada. Todos, más o menos, acariciáis el recuerdo de vuestro «último abencerraje», y si no, el yanqui Washington Irving os habrá, de seguro, conducido por estas encantadoras regiones. Pero no es posible poner el pie en este suelo atrayente, contemplar la decoración histórica de estos recintos de leyenda, sin hacer un poquito el Chateaubriand. ¿Quién no se siente en un caso igual poseído de ese tartarinismo sentimental, que sin que notemos a la inmediata su influencia, nos solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas, con los personajes que nos han hecho pensar y soñar un poco, por la poesía de su vida, que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra existencia práctica cuotidiana? Así, pues, no he de negaros que he evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos, sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias. Desde la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su vega Deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio actual del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas, su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva, en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños de billar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En el fondo, la sirena coronada de blancura. En verdad se sienten saudades del pasado. Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a recibir una nueva revelación de la belleza de la vida. Se piensa en los novelescos guerreros y amadores que vinieron del Africa cercana a anticiparse en este país espléndido un poco del cielo mahometano. Nadie ha vivido la poesía como esa misteriosa y pensativa raza de hombres tristes de amor y de fatalidad. Su arte labra esas mansiones de recelo y capricho con talento de abejas. La decoración viene de la naturaleza misma, de las líneas de florales, de las geometrías de la clara del huevo batido o de los cristales de la nieve. Su arco diríase imitado de las herraduras de sus caballos; sus columnas de los datileros, o de los tallos de las azucenas. Y hay algo de inaudito y de fantástico en todo esto, de manera tal, que vienen al pensamiento esas moradas ilusorias en que habitan los inmortales príncipes de los cuentos que cuenta la prodigiosa Scherezada. Y tan no puede separarse la poesía de estas mágicas arquitecturas, que sus decoradores y ornamentistas aprovechaban sus magníficas caligrafías para adornos, adornos que al mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones y bizarrías de caracteres, halagan la mente con el sentido de las suras o la significación de los versos. Y ¿ese encanto del agua, transparencia, frescor, armonía, en los patios de mármol, para creyentes en cuya religión son obligatorias las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo paraíso el primer premio es la limpia, perfumada, adolescente y siempre virgen belleza femenina?
El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques que reproducen las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como la que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga la fatal desaparición. Fijáos en el significado de las inscripciones decorativas que a cada paso encontraréis: «Yo soy una esposa con las vestiduras nupciales, dotada de hermosura y perfecciones. Contempla el esplendor que me rodea y comprenderás la gran verdad de mis palabras. Mira también mi corona, la encontrarás semejante a la luna nueva. Ibn Nazar es el sol de este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca en su elevado puesto sin miedo a la hora del ocaso. Mientras yo, llena de gloria por misericordia suya, publico siempre sus felicidades. Contempla este esplendor. Aquí se establece para administrar justicia a sus siervos. Siempre que de aquí se aleja, sus vasallos se entristecen de no encontrarlo. Pues por mi Señor Ibn Nazar colma Dios de beneficios a los que le sirven. Habiéndole hecho descendiente del Señor de la tribu de Jaxred Saad, hijo de Obada». ¡Gloriosos nazaritas y feliz Abul Walid Ismael! Y allí en dos nichos de la sala de Comares: «¡Alabanza a Dios! Yo deslumbro a los seres dotados de hermosura con mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron a mí desde sus elevadas mansiones. Aparece el vaso de agua que hay en mí como un fiel que en la quibla del templo permanece absorto en Dios. A pesar del transcurso del tiempo, continuarán mis generosas acciones dando alivio al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues por mí pasan las numerosas liberalidades de mi Señor Abul Hachach. Nunca dejan de brillar en mí sus resplandores, pues su luz resplandece aun en las tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los dedos de mi artífice mis labores, después de haber ordenado las piedras de mi corona. Me asemejo al solio de una esposa, pero soy superior a él, pues contengo la felicidad de los desposados. Aquel que venga a mí sediento, le conduciré a un lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce y sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris cuando aparece, y el sol nuestro Señor Abul Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto tiempo cuanto la casa del Excelso continúe concediendo los favores de la peregrinación». Por todos lugares encontraréis las alabanzas al dichoso dueño y morador, y, sobre todo, a Alah. Nada que contenga mayor filosofía que la divisa de los Alhamares: «Sólo Dios es vencedor». Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia y suavidad de estos parajes y recintos, ninguna ayuda mejor que la tradición, eso que no está en los libros ni certifican los documentos. Así, al llegar a la pila en donde algo que se asemeja a una gran mancha sangrienta llama la atención del visitante, no escuchéis a los que os dicen que Ginés Pérez de Hita inventa, y creed firmemente en que esa oscura tacha de mármol es debida a las rojas degollaciones de que se habla en las leyendas de zegríes y abencerrajes. Y cuando estéis en el patio de Lindaraja, no pongáis atención a los arabizantes que os pretendan explicar la etimología del nombre y negar la existencia de la linda figura; antes bien: imagináosla muy rosada, muy blanca, muy ardiente para el amor, y con unos ojos almendrados, de negros mirares, como corresponde a una verdadera sultana de cuento. Los traductores como Lafuente Alcántara pueden serviros para saber que en la taza de la fuente, en ese patio, dejó un poeta estos pensamientos: «Yo soy un orbe de agua que se ostenta a las criaturas diáfano y transparente; un gran océano, cuyas riberas son obras selectas de mármol escogido, y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo primorosamente labrado. Me llega a inundar el agua; pero yo, de tiempo en tiempo, voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre. Entonces yo y aquella parte de agua que se desprende desde los bordes de la fuente, aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se liquida y parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha abundancia, sólo somos comparables a un cielo tachonado de estrellas. Yo también soy una concha, y la reunión de las perlas son las gotas. Semejantes a las joyas que la diestra mano de un artífice colocó en la corona de mi Señor Ibn Nazar, del que con solicitud prodigó para mí los tesoros de su erario. Viva con doble felicidad que hasta el día el solícito varón de la estirpe de Galeb, de los hijos de la prosperidad, de los venturosos, estrellas resplandecientes de la bondad, mansión deliciosa de la nobleza. De los hijos de la kabila de los Jazrech, de aquellos que clamaron la verdad y ampararon al profeta, él ha sido nuevo Saad, que con sus amonestaciones ha disipado y convertido en luz todas las tinieblas. Y constituyendo a las comarcas en una paz estable, ha hecho prosperar a sus vasallos. Puso la elevación del trono en garantía de seguridad a la religión y a los creyentes. Y a mí me ha concedido el más alto grado de belleza, causando mi forma admiración a los eruditos; pues ni jamás se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en Occidente, ni en ningún tiempo alcanzó cosa semejante a mí rey alguno ni en el extranjero ni en Arabia». Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras, aéreos calados, baños, jardines, miradores... Aquí encuentro que había Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran buenos, eran fuertes y eran artistas.
Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el amor», escribió en el álbum de la dulce mansión una mujer llamada D.ª Cristina Santoyo. D.ª Cristina sintetizó así todo lo que pueden hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincón hechicero. Yo no sé si la marquesa de Campotejar, dueña actual de esa maravilla, es joven; pero si no lo es, tiene que haberlo sido y que haber amado en este nido de ensueño; y, por lo tanto, haber tenido por escenario de su amor el que le envidiarían todos los reyes de la tierra. Cuán explicables son los entusiásticos arranques del viejo Dumas, en las cartas en que se manifiesta poeta y amoroso: «Lo que hay de maravilloso en el Generalife, señora, no son por cierto sus salas, sus baños, sus corredores, pues que esto lo encontraremos en la Alhambra mejor y más bien conservado; lo que es allí bello, maravilloso, son sus jardines, sus aguas, su vista. Permaneced, pues, en medio de esos jardines lo que os sea posible, señora; embriagáos con los perfumes que no encontraréis iguales, porque en parte ninguna se hallarán reunidos en un más pequeño espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas rosas; impregnáos con la muelle frescura que despide el agua, porque tampoco en parte alguna veréis brotar tantas fuentes, despeñarse tantas cascadas, rodar tantos torrentes; y, en fin, mirad por cada abertura, que cada abertura es una ventana abierta sobre el paraíso. Y lo que más os seducirá, señora, es ese sabor de Arabia que ha quedado flotando en el aire». Yo he gustado ese sabor de Arabia desde que penetré por entre la doble fila de cipreses y entré por la baja y ancha puerta del Generalife. Buenos genios me amparaban en mi paseo solitario. Por guía tuve a la hija del jardinero, una preciosa niña de trece a catorce años, rubia y seria, que me enseñó el secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que en los viejos lienzos se representan los antiguos señores, y el gran árbol genealógico, y las galerías silenciosas en donde dan ganas de suspirar y de besar. ¿Para qué hablaros de lo demás? ¿Para qué deciros vulgares noticias de las guías, datos y fechas que os resultarían ridículos? ¿Para qué hablaros de la Granada actual, de la ciudad que hace política y en donde se pregonan las últimas noticias del conflicto ruso-japonés? He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo, «anywhere out of the world!» Y al dejarlo, han venido a mi memoria las estrofas de una romanza que en mi niñez oía cantar:
Aben Amet, al partir de Granada,
su corazón desgarrado sintió,
y allá en la vega, al perderla de vista,
con débil voz su lamento expresó...
SEVILLA
Aunque es invierno, he hallado rosas en Sevilla. El cielo ha estado puro y francamente hospitalario pasadas las primeras horas de la mañana. La Giralda se ha destacado en espléndido campo de azur. Luego, las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada de los patios marmóreos y floridos, dan razón a la fama. He visto, pues, maravilla.
No sin razón es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro. Siempre la poesía, la leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro. Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero... Por eso el grande y armonioso José Zorrilla se recomendaba aquí evocando el nombre de su Tenorio y de su Rey justiciero. El turismo viene, por moda, a la Semana Santa. Es decir, a pagar cuentas enormes de hospedaje, a dormir sobre una mesa de billar en veces, y a ver pasar las procesiones, entre católicos irreligiosos, santos macabros, cristos lívidos y sangrientos con cabelleras humanas. Al mismo tiempo, el viajero escuchará los gritos extraordinarios de las saetas y las carceleras. En el día aprovechará la buena ocasión para ir a ver a las cigarreras en la fábrica, con sus deshabillés sugerentes; si ha leído La femme et le pantin, de Pierre Louys, tanto mejor; y volverá a su país diciendo que ha conocido el encanto sevillano. No, ciertamente, indiscutiblemente, el encanto sevillano está en otra parte. La Semana Santa y la feria son notas singulares, y las cigarreras ayudan al color local que se ha conocido en las lecturas; pero el alma de Sevilla no tiene gran cosa que ver con todo ese pintoresco reglamentario. Ni con eso, ni con el industrialismo y la vida comercial que puebla de barcos las riberas del Guadalquivir; ni aun con el batallón trashumante de toreros calipigios que se entretiene en la estrecha y retorcida calle de las Sierpes. El encanto íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica su pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de toda la vieja España. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía grave de sus jardines, esos jardines que ha interpretado pictórica y magistralmente en melodías del color el talento excepcional y hondo de Santiago Rusiñol—ese «ruiseñor» de la fuerte Cataluña.
¡Sevilla! Las injusticias de la fama no tienen gran fundamento: abominad la célebre calle de las Sierpes en donde existió un célebre café flamenco que se llamaba el Burrero...; abominad la manzanilla misma, que es un brevaje aceitoso y poco amable; abominad, aunque os gusten los toros, a los toreros fuera del coso. Pero adorad, extasiáos, para vuestro reino interior, en los jardines del Alcázar sevillano—, como en Aranjuez, como en la mágica Granada. De todo lo que han contemplado mis ojos, una de las cosas que más han impresionado a mi espíritu son esos deleitosos y frescos retiros. Ni las vetustas murallas carcomidas de siglos, que aún atestiguan el viejo poderío de los conquistadores romanos, ni los restos visigodos, ni la esbelta Giralda mauritana, cuyo nombre alegra como una banderola, ni la Torre del Oro a la orilla del río, ni las magnificencias del Alcázar, que renuevan en mi memoria las sensaciones experimentadas en la Alhambra granadina, nada me ha hecho meditar y soñar como estos jardines que vieron tantas históricas grandezas, tantos misterios y tantas voluptuosidades. La culpa la tiene en gran parte ese don Pedro que tenía tanto de don Juan...
Cuando uno entra, a un lado de las galerías que llevan el nombre de aquel raro monarca que comprendía la belleza morisca, que tuvo mucho de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de «Las mil y una noches», lo primero que conmueve es el más blando de los silencios, apenas turbado por el fino hilo líquido que cae de un surtidor en el ancho estanque de verdes aguas. El suave viento mueve el ramaje de dos grandes magnolias vecinas. Y entre rosales y arrayanes, se descienden dos graderías y se va a ver lo que se llama los baños de doña María de Padilla. Hay una grande y larga piscina, bajo bajas bóvedas góticas. Nada más. Pero, ¿qué importa? Pintores ha habido que han intentado resucitar el sensual capítulo de la bella novela de vida. Quedáos al amor de vuestras ideas. ¿No oís cantar los pájaros de la primavera? ¿No veis al monarca que se acerca entre las flores nuevas y lujuriantes? ¿No oís el ruido del agua transparente en donde el cuerpo sonrosado de la real querida forma a su rededor círculos de diamante? Ella ríe, el duro rey sonríe. Cerca hay palomas blancas y de plumajes que la luz tornasola; y un pavón de Oriente, vestido de orgullo, ostenta sus gemas, como un visir de fiesta. Ahí tenéis el encanto sevillano.
Más allá iréis al jardín de la gruta, y allí los arrayanes forman un famoso y pueril laberinto; y en un rústico templete, bajo extraña bóveda, una blanca estatua de dos mujeres unidas por la espalda, arroja de sus cuatro pechos cuatro chorros de agua. Neptuno decorativo os saluda en el llamado jardín Grande, y en el del León hay señaladas huellas leoninas: hic sunt leones. Es en efecto aquí donde se conserva el cenador del césar Carlos V. Allí, entre los mármoles y los policromos azulejos y las maderas admirablemente talladas, las águilas imperiales guardan el orgullo de sus actitudes y recuerdan la presencia desvanecida de la soberbia y soberana persona.
Cuando salís, lleváis una sensación imborrable.
Como decía antes, por las calles os llamará siempre, con su callada voz, la tradición. En vano, en las vías estrechas, os hará pegaros a la pared el tranvía eléctrico. En vano los vendedores de antigüedades os querrán atraer con sus letreros en inglés. Por muy poco meditativos o poetas que seáis, tendréis que pensar en uno de los dos hombres-sombras zorrillescos, don Pedro o don Juan.
Allá en la iglesia del hospital de la Caridad, me he inclinado ante nombres ilustres, de mosaistas, pintores y tallistas; bastará el solo de Murillo multiplicado en obras excelentes, como un Dios Niño que se apoya en el mundo, todo gracia, y un Moisés en que Bartolomé Esteban demuestra que celeste suavidad y pincel dulce no le impiden el dar cuando le venía en voluntad una nota de fuerza. Y luego el realista y macabro Valdés Leal, cantado en las labradas rimas de Gautier, que renueva en más de un cuadro el triunfo de la muerte, y las visiones cadavéricas de los frescos del camposanto pisano.
Cuenta un cronista que al ver pintada tan a lo muerto la descomposición en el ataúd, dijo Murillo a su amigo el artista: «Compadre, esto es menester mirarlo con la mano en las narices». Mas, pasad a la sacristía. No os detengáis en la visión de San Cayetano, de Céspedes, ni en el San Miguel, de Roela.
Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero firmado por Valdés Leal y ved esa espada antigua, que en estos tiempos de ruines prosas no hay mano digna de tocar. Ese caballero orgulloso, cuya estatua se ha inaugurado recientemente, es un révenant, es un habitante del ensueño, es un vecino de la ciudad de la eterna ilusión, es un héroe de la poesía, un fantasma de capa y espada. Ese hombre es el asesino del amor y el campeón de la voluptuosidad. Es el Sr. D. Miguel de Mañara, celebrado en la inmortalidad del arte bajo el nombre de Don Juan. Y esa es su espada. Está en una sacristía, porque ya sabéis que el diablo cuando se hizo viejo se metió fraile.
En la catedral mucho hay que admirar y las guías lo detallan; pero allí también, como en todos lugares, es el pasado el que os detiene con su historia o con su página legendaria. Así, de ese púlpito que encontráis en un patio, en donde predicaron varones ilustres como el vigoroso Vicente Ferrer, pasáis a las maravillas de las naves, en donde gloriosas paletas dejaron telas de valor y de renombre. Y la anécdota tradicional os espera asimismo por toda capilla y rincón, desde el colosal San Cristóbal, junto al altar de la Gamba, hasta el pequeño Niño Jesús, al cual llaman el mudo, obra de Montáñez. Y aquí llega la nota curiosa.
Encontráis gentes de añeja devoción, a quienes dirigís la palabra, y que, por más que les habléis, no os dan contestación alguna. Esos son fanáticos que han hecho al niño rubio del altar la promesa del silencio por un tiempo determinado. En una de las capillas—y aquí la anécdota es moderna—está el famoso San Antonio, de Murillo, cuadro que fué mutilado por un visitante norteamericano, que creyó oportuno aislar el santo del resto de la composición para provecho propio. Sabido es que el cónsul español en Boston tuvo denuncia del paradero del fragmento pictórico y logró rescatarlo. Hoy, gracias al arte y habilidad de un pintor eminente, el cuadro aparece restaurado, y no se notan las señales de la amputación del robador yanqui.
No os detendré ante las muchas obras artísticas y renombradas que aquí se guardan, pues son tantas y tales que hay libros de eruditos, como Cean Bermúdes, que están dedicados a ellos. Pero no dejaré de deciros que veáis cierto fúnebre monumento que está cerca del Cristóforo de Pérez de Alesio, el cual monumento es obra moderna y muy celebrada, compuesta de cuatro figuras que soportan una urna, y que seguramente os es familiar por las ilustraciones. En esa urna—¡descubríos!—están las cenizas, las discutidas cenizas de Cristóbal Colón, que antes estuvieron depositadas en la catedral de la Habana. Creo que el más impasible e indiferente de los americanos, no dejará de sentir así sea una vaga emoción delante de ese puñado de huesos. Hasta después podrá llegar la eterna Eironeia, y haceros comprender que no es muy grande el favor que nos hizo.
La tarde estaba alegre y dorada cuando pasé el Puente de Triana para ir al barrio de ese nombre tan cantado en las coplas. ¿Diré que tuve más de una ilusión deshecha? Fuera de una que otra ventana llena de los tiestos usuales en toda Andalucía, y una que otra cara de cromo o de caja de cerillas, no pude satisfacer mi curiosidad de belleza sevillana. Vi mucho mozo de chaqueta y pantalón ajustado, haraganeando en las esquinas, no lejos de los muelles en que el sevillano trabajador suda en los afanes del tráfago moderno. Vi portales sin aseo y tiendas de salazones, y una diligencia a la antigua, que al lado del eléctrico tranvía iba cargada de gentes y maletas a alguna parte. Vi la Torre del Oro bañada del oro de la tarde, y el río de un color sucio amarillento; y a lo lejos las alturas que empezaba a borrar, a esfumar el crepúsculo. Y si no volví contento de Triana, puesto que quizás yo iba con la idea de un Triana fantástico, o imposible o demasiado a la francesa, tuve un desquite con la salida de una bella niña y una vieja dueña de una vieja iglesia. Doña Inés del alma mía y su inseparable guardadora.
CORDOBA
Una modesta estación; un ómnibus que va mal que bien por la calle, sobre baches y fango.
Mal tiempo. He ahí mi primera impresión en la ilustre y secular Córdoba. En cambio, los verdes naranjos, en los cercanos jardines, y flores a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial desencanto. El hotel en que me hospedo da a la vía principal de la población, la alameda llamada del Gran Capitán, en memoria de aquel magnífico guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo por este punto. Cuando la lluvia ha cesado y puedo salir, veo grupos de gentes estacionados en la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata» las horas.
Fuera de este paseo, de que están orgullosos los habitantes, las otras calles son marcadamente típicas, descendiendo de la parte alta de la ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos que tener presente en mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino que el nombre imponía el recuerdo, y el haber sido centro de estudio y de saber en tiempos remotos esta ciudad abuela, como esa en no tan lejanos, continuando su tradición en los presentes. No son pocos los pergaminos de nobleza de la patria de Séneca y de Lucano, a la cual un latinista moderno hace declarar sus grandezas en clásicos exámetros:
Illa ego sum quodam latialis gloria Roma
cum dedit illa mihi quæ sibi jura dabat.
Inter romanas sum prima colonia facta
sola que patricio nomine clara fui.
Deliciis fruor ipsa meis Montisque Marian
ad cujus gremium dotibus aucta cubo...
Piscosus me Bœtis amat, me argentea cingit
unda cabalino fonte sacrata magis, etc., etc.
Y vaya esa transcripción de sabios metros en gracia a las dos Córdobas gloriosas, pues la de ese lado del mar también pudiera repetir con ésta:
Mille mihi Senecæ, Lucani mille fuissenl,
si mihi Mecœnas unus ab urbe foret.
Decía, pues, que las calles de la población me han parecido de lo más característico, y con razón, pues según la monografía histórico-topográfica de Ramírez, «ni en su dirección ni en su anchura han sufrido alteración alguna sustancial desde los tiempos más remotos, y son, por lo general, como todas las de las poblaciones antiguas, estrechas y torcidas, o poco alineadas, por lo que es cosa digna de reparo que en el centro de la ciudad se encuentren algunas calles de mediana anchura». Yo, ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Málaga, he encontrado ese ambiente de antigüedad de esta capital esclarecida y en una época foco, puede decirse, de la sabiduría universal. Y en la estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia al amorío de romance, los patios misteriosos que se entrevén. Si en un lugar, a modo de plazoleta, está el nombre de Séneca, y evocáis la memoria de aquel admirable filósofo y periodista avant la lettre, conocimientos mentales no tan viejos se os presentarán en esas casas de las vías angostas, y de las cuales suele brotar, inesperadamente, el eco de un piano. Allí puede muy bien vivir la señorita doña Pepita Jiménez; allá puede estar forjando sus ilusiones el doctor Faustino; y si no, en una o en otra morada puede haber nacido el ilustre D. Juan Valera, porque es sabido que, como Ambrosio de Morales y el gran Góngora, D. Juan es cordobés.
De edades lejanísimas quedan en Córdoba huellas cesáreas. De César quedan, cuando después de ser cartaginesa fué romana. Como colonia patricia consta en las medallas y en los libros que fué notable. Y aun afirma uno de sus historiadores que, siendo pretor de las Españas citerior y ulterior Marco Claudio Marcelo, «la ciudad fué ampliada y ennoblecida con suntuosos edificios, y parece se hizo de moda en Roma, por aquel tiempo, poseer una quinta en los amenos campos de Córdoba». Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lápidas, inscripciones monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que aún sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir. Fué goda y luego árabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su más alta potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco.
Hoy queda casi nada en comparación de los antiguos esplendores califales; pero lo que queda, la mezquita convertida en catedral y cuya transformación enoja a todo artista viajero, como D'Amicis, da idea de qué clase de cerebros cubrían aquellos prestigiosos turbantes. ¿Qué sería aquella magnífica Rusafa, o huerto real, en donde el poderoso Abderramán I, que también, como buen oriental, era profeta, anticipándose al cubano José María Heredia el viejo, cantó a su compatriota la palmera, entonces extranjera en esta tierra? Y sobre todo, ¿qué escenario como de la historia del príncipe Camaralzamán y la princesa Badura, u otros príncipes en cuyas vidas se interesaba tanto Dinarzada, no sería la Azhara de Abderramán III, llamada así por el nombre de la favorita del harén? En verdad, pudo venir a habitar el palacio el rey Salomón en compañía de la reina de Saba. No os repetiré los datos algo prosaicos de cronistas cristianos como Díaz de Rivas; pero sí lo que refieren narradores árabes contemporáneos de aquel espléndido califa:
«Las casas edificadas bajo un plan uniforme, con mucho gusto y magnificencia y coronadas de azoteas, tenían jardines plantados de naranjos, y correspondían a la grandeza y suntuosidad del alcázar a que estaban agregadas. En la construcción de este sitio real empleó Abderramán inmensos tesoros. Los obreros ocupados en la construcción eran mil, mil y quinientas las mulas y cuatrocientos los camellos que conducían materiales. Ayudáronle en la dirección de la obra los más célebres arquitectos de Bagdad, Tosthat y Kaiorán, y de Constantinopla, que le envió su aliado Constantino VI, regalándole al mismo tiempo cuarenta columnas de granito, las más hermosas que pudo encontrar. Pasaban de mil doscientas las de varias clases de mármoles que había hecho traer a gran precio de algunas provincias de España, de Francia, de Italia, Grecia, Africa y Asia. El exterior, así como el interior del alcázar, contra la costumbre de los árabes, estaba hermoseado con el mismo empeño y prolijidad que el resto del edificio, y en el interior se encontraba cuanto el arte ayudado de la riqueza puede producir de más bello y encantador. Las paredes estaban incrustadas de arabescos de mucho gusto, las ventanas y puertas eran de cedro adornadas de preciosas esculturas, y los techos pintados de azul celeste y esmaltados de oro.
«Pero como era natural, nada llegaba al primor y riqueza que en el salón destinado para su morada había prodigado el califa. Los adornos de sus muros estaban formados de oro, perlas y otras piedras preciosas, y en varios sitios, según costumbre, se leían aleluyas alkoránicas. En una magnífica fuente de alabastro, que estaba en medio de la pieza, arrojaban agua por la boca varios animales de oro, y en su centro nadaba un cisne del mismo metal. Sobre la fuente pendía una perla de extraordinario precio que al califa había regalado el emperador León, de Constantinopla. El retrete donde estaba el lecho de la favorita, se veía cubierto por un artesonado revestido de oro y acero, y sembrado de piedras preciosas; y en medio del resplandor que despedían las luces de cien arañas, saltaba un chorro de azogue que cual plata líquida caía en un hermoso pilón de alabastro. Sobre la puerta principal del alcázar, se veía la estatua de la hermosa esclava, no sin indignación de los más severos musulmanes, que censuraban la impiedad del califa, que se había atrevido a representar la forma humana, contra el expreso precepto del Korán. Los jardines que rodeaban el palacio correspondían a lo demás en primor y belleza, pues la fantasía más fecunda había prodigado allí cuanto puede lisonjear los sentidos. Bosques de mirtos y de laureles se mezclaban con los olivos, cuyo verdor se retrataba en las cristalinas aguas de los estanques: animales raros vagaban encerrados en jardines dispuestos para este fin y aves de vistosos plumajes y agradable canto animaban tan encantadora mansión.» Al suspender esa descripción, no creeríais oir la voz de Dinarzada: «¿Hermanita, quieres contar uno de los hermosos cuentos que tú sabes?» De tales mansiones no se gloria hoy la más soberbia de las testas coronadas y solamente pueden contemplarse, con ayuda de la imaginación, en las renombradas narraciones que he citado y que ha sacado a la luz y al arte modernos la sabia voluntad y el talento admirable del Dr. Mardrus.
Vagando de un punto a otro y perdiéndome a veces en el laberinto de esas calles orientales, he dado con fuentes, ruinas, un curioso monumento al ángel Gabriel, que, según tradición, ha librado a la ciudad repetidas veces de pestes, tempestades y calamidades, y por fin encontré lo único que verdaderamente atrae a los extranjeros: la mezquita. En este caso, como en otros, no cabe descripción alguna, pues muchas hay en las guías y en cien libros de viajes. Diré, sí, que me asombró este edificio de fe, como los otros edificios de amor y de guerra que dejaron en su amado Al-Andalus, y que uní mi voz a las mil que han lamentado la vandálica religiosidad de los católicos que creyeron preciso demoler obras del arte y afear el recinto de Alah para adorar mejor a Jesucristo.
La selva de columnas, la profusión de los arcos, hacen pensar en lo que sería cuando no había tapiadas puertas y la luz penetraba lateral. Se diría una vasta petrificación de palmeras. Y gracias que aún queden joyas arquitecturales y de mosaico, cual ese prodigioso mihrab o sagrario mahometano, que es la admiración de los conocedores. Aunque hay en la parte de intrusa construcción española muy notables trabajos, como el coro, el visitante no tiene pensamientos más que para los islamitas, que sabían edificar tan bellas moradas de oración. Al entrar, da deseos de cambiar los zapatos por un par de babuchas, y murmurar que «sólo Dios es grande».
GIBRALTAR
I
Desde que llegué a Algeciras, sentí que ya no me encontraba completamente en España. No descendí en la estación, sino a la entrada del muelle, a un paso del Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina Cristina, dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta allí para comodidad de los ingleses. Desde luego la línea férrea entre Bobadilla y Algeciras es propiedad de una compañía inglesa. En el hotel me encuentro con que todo el mundo es inglés. En el salón de lectura casi todos los diarios son de Londres. Alguien me asegura que desde el Hotel Reina Cristina, que está construído en una altura y en el cual se eleva un largo mástil, se hacen señales semafóricas con Gibraltar. Al día siguiente tomo en el muelle inglés el vapor de la misma nacionalidad, que me conduce al Peñón.
Un malagueño que se llama Paquito y que es portador de una guitarra, va a bordo. Una joven miss se ha acercado a él y en muy buen castellano le invita a que le dé una lección al aire libre, sobre cubierta. Paquito se excusa. Luego, allá a solas conmigo, me hace sus confidencias.
—¡Vamos, que los ingleses no me agradan! Voy a Gibraltar por unos días a ganar un dinerito... A usted, si gusta, le invito para que me oiga tocar y cantar.
La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal. Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los muelles y escolleras; por todas partes el ir y venir de barcos, y, con ayuda del anteojo, las innumerables baterías, la floración de cañones que hacen del promontorio un inmenso panal de piedra y acero en que aguardan el momento propicio para lanzarse los enjambres de avispas de fuego que alborotará la mano de la guerra.
—¿Qué le parece, Paquito?
Paquito alza los hombros, resignado. Después, a media voz, me canta, junto a la borda del barco, una canción, con ritmo de tango, cuyas patrióticas y desgreñadas estrofas, no por serlo dicen menos lo que siente el corazón popular.
España fué la nación
que más lauros conquistó;
por la tierra y por el mar
extendió su autoridad;
al grito sacrosanto
de Castilla y de León,
clavaba en lo más alto
su glorioso pabellón.
Tiempo feliz que de fijo
para siempre ya pasó.
Al comparar la antigua situación
con la actual, causa pena y dolor.
De ira y de vergüenza
deberíamos llorar
al contemplar, y es la verdad,