Notas del Transcriptor

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TODO AL VUELO



RUBÉN DARÍO

TODO AL VUELO

VOLUMEN XVIII
DE LAS OBRAS COMPLETAS

ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID


ES PROPIEDAD



FILMS DE PARÍS


FILMS DE PARÍS

Los exóticos del «Quartier».

En la terraza del Valchette, o desde algún banco del Luxemburgo, me fijo singularmente en los exóticos que desfilan. Y me llama sobre todo la atención el negrito del panamá, un negrito negro, negro, con un panamá blanco, blanco. Es un negrito delgado, ágil, simiesco, orgulloso, pretencioso, pintiparado, petimetre, suficiente, contento y como danzante. París contiene varias clases de hijos de Cham, pero este negrito a ninguna de ellas pertenece. No es, seguramente, el célebre payaso Chocolat, que ha recibido recientemente una medalla por haber ido muchos años a divertir con saltos y muecas a los niños pobres de los hospitales y asilos; no será, por cierto, Koulery Ouníbalo, príncipe Gleglé, hijo del rey Behanzin Cortacabezas, que puede verse reproducido en cera en el Museo Grevin, y del cual príncipe, que ha servido como buen soldado a Francia, no ha vuelto a acordarse el Estado que depusiera a su padre; no será, de ninguna manera, el diputado por la Guadalupe, Legitimus, que ha pasado ya los años de la alegre juventud; no será, sobre todo, el estupendo Johnson, que desquijarró a Jeffries en Yanquilandia y cuyo retrato y «sonrisa de oro» han popularizado las gacetas. ¿Quién será, entonces, este negrito pintiparado que camina en se dandinant; y dodelinant de la tête? A veces va solo; a veces con otros compañeros de color, pero que no tienen sus manifestaciones de holgura ni su cándido jipijapa; a veces, en compañía de una moza pizpireta del quartier, una de esas trabadas calipigias que andan hoy por la moda en perpetua gymkana.

Como no estamos en los Estados Unidos, la muchacha jovial que ama los oros no gradúa ni los relentes ni los inconvenientes de la mayor o menor cantidad de betún de su acompañante. Hay un hecho innegable por su apariencia: ese negrito es rico. Debe quizá poseer cañaverales en alguna Antilla; o bien su bien provista cantina en tal ciudad del Congo; o bien sencillamente será algún banquero, esto es, un negro tratante en blancas para Colón, para Jamaica o para Trinidad. ¡Vaya usted a saber! Mas lo que llama la atención es su suficiencia, su aplomo y un mirar y un sonreir donjuanescos... Niger sum sed formosus... Pasan los amarillos, casi siempre de dos en dos o de tres en tres, con o sin sus amiguitas respectivas. Un buen conocedor podría distinguir a los chinos de los japoneses. Parecidas son sus caras pálidas, sus ojos más o menos circunflejos, saltones o perdidos en una adiposidad o como insuflamiento de fluxión, serios o risueños, con rasgos huyentes o definidos como los de las máscaras de su tierra. Les hace falta el kimono, o la blusa extremoriental, pues los jaquetes o las americanas les quedan siempre arrugados y flojos, gritando su origen de la Belle Jardinière o de la Samaritaine. Y en el coro de las peripatéticas del Barrio se ve que no echan de menos ni sus chinitas, sus congais o sus musmés y geishas. Pasan los turcos, griegos, levantinos, con aspectos sudamericanos, y van a comer su pilaf, su kiebab, su baklava y su leche cuajada a los comedores de un franco veinticinco que hay en la rue des Écoles. Y las parisienses estudiantófilas van con todos contentas, a cambiar su fácil amorío por esos amoríos de distintos colores, olores y sabores, pues el yen y la dracma se funden en el áureo luis de Francia.

Pero entre todos los exóticos que pasan, el negrito del panamá se lleva la palma.

Jean Orth.

Eugenio Garzón, el platense de Le Fígaro, debe estar contento, pues le han vuelto a poner de actualidad a su famoso archiduque. Como se ha solicitado en la corte austriaca que se declare oficialmente el fallecimiento del misterioso y romántico desaparecido, tornan a referirse las viejas historias y leyendas. ¿Se hundió en el mar en la Sainte Marguerite el príncipe aventurero? ¿Vive aún en alguna parte de América o del Asia, como se sospecha? Es el caso que muchos no creen en su muerte, que hay quienes le han visto y hablado con él, gentes que viven en Francia, en Bélgica y en el Río de la Plata. La última carta que se recibiera de Jean Orth, o sea del archiduque Juan Nepomuceno Salvador, fué escrita en la Ensenada, en el estuario del río de la Plata, y en ella manifestaba el príncipe que se dirigía a Valparaíso por el cabo de Hornos. No se supo de él más. Se ha creído que una tempestad hundió en el mar el velero y sus tripulantes, y al Habsburgo soñador y a su mujer la bailarina vienesa Milley Stubel. «Algunas consideraciones—dice Raymond—Perraud, apoyan esta hipótesis. Parece cierto que hubo ciclones que desolaron aquellas regiones allá por el fin de julio de 1890. El Temps de 5 de noviembre de 1890 publicó un telegrama según el cual un navío sueco que llegó a Chile había encontrado en su derrota tres restos de barcos cuya nacionalidad no había podido conocer. Se sabe, por otra parte, que Jean Orth había estudiado, de 1887 a 1889, lo preciso para obtener su título de capitán mercante, lo que implicaría su voluntad decidida de adoptar la carrera de marino. En fin, es extraño que ningún hombre de la tripulación, suponiendo a éstos sanos y salvos, no haya dado nunca señal de vida. Sin embargo, justo es reconocer que la investigación seguida de 1899 a 1900, en la Argentina misma, por Eugenio Garzón, ha llevado a éste a una conclusión diametralmente opuesta». Esto lo acabo de leer en el Paris Journal. Hay que advertir que el tono literario y la forma elegante del libro de Eugenio Garzón han hecho creer a muchos que se trataba de una exposición novelesca y que aun la documentación y los nombres pertenecían al imperio de la fantasía.

Sin embargo, nada más real que las averiguaciones del eminente periodista. Es una lástima que el jefe de Policía del departamento de Concordia, señor José Roglich, no haya sido más explícito, o que su información no haya sido llevada a mayores detalles. El señor Nino de Villa Rey, por su parte, ha contribuído a que se aumente el misterio con su silencio o sus reticencias respecto al amigo a quien acompañase a la colonia Yeruá. Lo último que se averiguó en la Argentina es que Jean Orth y su mujer se internaron en las soledades del Chaco paraguayo. Mas luego resulta que se le ha visto después en la Argentina, en diferentes fechas posteriores, y lo que es más interesante aún, hay quienes han hablado con él en París nada menos que en los días del recién pasado febrero. El Courrier Européen publica una carta del doctor Albert Ferenez, que asegura saber «de origen muy seguro», que el archiduque vive en la Argentina, «donde posee una real y hermosa fortuna», que no hace mucho estuvo en París y en Londres. Los detalles abundan. Jean Orth se hospedó en el Grand Hotel, con el nombre de barón Otto. Vino a hacer una consulta judicial, para lo cual habló con los abogados Douhet, francés; Lapuya, español, y Cassoretti, italiano. Luego partió para Nueva York, en donde tuvo una entrevista con un conocido jurisconsulto y diplomático, Mr. Everett. «Entre las personas que han visto al barón Otto, y reconocido en él al archiduque Juan Nepomuceno Salvador—dice el doctor Ferenez—puedo citar al conde Marulli, antiguo chambelán y secretario del conde de Caserta, que lo vió en Londres, y al doctor Nadal, antiguo profesor en la corte de Viena, que tuvo ocasión de encontrarle en París. Agregó que M. de Cassoretti estuvo recientemente en Viena. Hecho significativo: ese paso por Viena del abogado particular del barón Otto ha coincidido con el despertamiento de la historia de Jean Orth, es decir, con la satisfacción acordada por el gran mariscalato de la corte de Austria al archiduque José Fernando, heredero de los derechos de la corona de Toscana, quien dentro de seis meses obtendrá la declaración de la muerte legal de su tío. Pero he aquí un detalle extraordinariamente interesante. Monsieur de Cassoretti no desaprueba de ninguna manera la decisión tomada por la corte de Viena, por la buena razón de que Jean Orth, hoy barón Otto, no piensa de ninguna manera en protestar contra la declaración de su muerte. En fin, debo declarar que mis informes no se limitan allí y que no se ha perdido la pista del barón Otto, desde el último abril, fecha de su última permanencia en Nueva York, y de su entrevista con el jurisconsulto Everett».

Por su parte, el redactor del Figaro M. André Nodel, habló con el abogado francés M. Doullet, el cual ha dado a entender, si no lo ha confesado claramente por el secreto profesional, que en efecto, en febrero pasado fué consultado, en unión de sus colegas Cassoretti y Lapuya, por el barón Otto.

Un redactor del Journal publica las declaraciones de M. Henry Cénac, antiguo comerciante, oficial francés que habita en la Argentina desde hace veinte años. Este señor asegura haber encontrado a Jean Orth por el río Negro, bajo el nombre de don Ramón. El hecho fué conocido, y afirma que se ocupó de él Caras y Caretas. Esto aconteció en 1901. Asimismo, cree haber tratado a Jean Orth, por parajes argentinos, el comandante Lecointe, que fué en la expedición de la Bélgica.

Por último, el cónsul argentino en Viena afirma la existencia del rico propietario barón Otto en la Argentina; pero dice que, no interesándole el asunto, nunca se preocupó de averiguar si bajo ese nombre se ocultaba el novelesco archiduque.

Después de todo, ¿no existe en Buenos Aires ningún Sherlock Holmes? La pesquisa es de trascendencia y el folletín de universal interés.

El faunida.

En una estación del Metropolitano, o del metro, como aquí se rebana. Un hombre, en cuya cara se encuentran rasgos de un famoso retrato de Carrière, pero que revela una tranquilidad y pasividad esencialmente burocráticas, ve pasar gentes y gentes, oye el ruido de los subterráneos trenes, cuenta paquetes de cartones, apunta números en calepines, acaricia lápices y perforadores. No le perturba ninguna inquietud. Llega a las horas fijas de su empleo y se retira cuando han cesado sus funciones. Tiene asegurados los huevos al plato y la coteleta, gracias a la administración. Fuera de su ropa diaria, tiene la menos modesta dominical y de los días excepcionales. ¿Es casado? ¿Es soltero? No me ha interesado el averiguarlo. De todas maneras, debe portarse correctamente y cumplir con sus obligaciones. Creerá en los beneficios de la república, tendrá su mira puesta en un ascenso y obtendrá quizás pronto las palmas académicas. Todos los años, en una fecha fija, sabe que es obligación suya reunirse en un café de barrio, con unos cuantos hombres y mujeres que dicen discursos y versos a la memoria de su padre, y que comen por tres o cuatro francos, en fraternal ágape, con la locuacidad de los hombres de letras. Él llena su misión sin comprender muy bien lo que se dice. Vagamente sabe que hay algo que le debe dar cierto orgullo y algo que le debe dar cierta vergüenza. Lo que es un hecho es que es un buen empleado, que merece el elogio de sus superiores y que nadie tiene que hacerle el menor reproche en su conducta.

Es un hombre relativamente feliz. Ignora las angustias del ajenjo, de la lujuria y de la gloria. Es el faunida, es el hijo de Paul Verlaine.

La princesa Gnika.

¿Quién la llama la nueva Cenicienta? El que sabe que ella se ha logrado un príncipe con un sombrerito, así como la otra Cenicienta se lo ganó con un zapatito. El cable os ha de haber llevado el caso, pero los detalles son muy sabrosos.

Mademoiselle Liane de Pougy es una célebre peripatética, cuyas glorias medio mundanas han cantado conspicuos aedas. Entre ellos el principal fué su amigo Jean Lorrain, que en paz descanse. Famosa por sus hazañas amorosas como por sus trajes y sus joyas, hace ya tiempo que su nombre es pronunciado como se chupa un bombón en el mundo de los que se divierten. Sus amantes han sido variados y de distintos países, como los de tal Emiliana eclipsada o los de cual Carolina en su ocaso. Todo esto quiere decir que no está ya en la primavera de la vida.

Se ha dedicado en momentos de desencanto, o de ocio—otium cum negotio—a las bellas letras. Como en estos casos, siempre la murmuración ha asegurado que sus cuentos, sus novelas y sus versos, no son de ella. Pero parece que, en verdad, tiene un temperamento literario, que es fina y no dice palabrotas como la Otero. Más aún, al ser suyos los versos siguientes, que se han publicado con su firma, quedaríamos en que es una aventajada discípula de Maeterlink; la poesía se titula «Inutilement»:

Et si son regard te cherchait,

Et si son regard t'implorait,

Saurais-tu comprendre?

Non! Je dirais: «Il se souvient

D'une heure qui lui parut tendre!»

Et si son désir te voulait

Et si son désir t'appelait

Voudrais-tu permettre?

Non! Doucement, je sourirais

Comme au destin qui fut mon maître.

Et si son coeur te regrettait,

Et si son coeur te suppliait,

Resterais-tu forte?

Je me dirais: «C'est un retour

Près de la tombe d'une morte!»

Et si tout son être souffrait,

Si son être se torturait,

Sans épouvante,

Je me dirais: «Le voilà prêt,

Pour le bonheur de d'une autre amante!»

Esto, si no nos acerca un poco a Aspasia, nos da idea de las buenas relaciones intelectuales que ha podido tener la aplaudida sacerdotisa.

La cual tiene un castillo espléndido, lleno de mármoles y flores, en Saint-Germain-en-Laye, cerca del conde de Noailles, y una negrita de compañía, casi siempre vestida de verde y que se llama Jesús.

Avino, pues, que una tarde, paseábase no lejos de su mansión, en el lindo pueblo, la ilustre cortesana, en compañía de otra no menos ilustre y de un joven amigo, por el cual padecía el amable mal que aquí llaman béguin. El joven, casi un efebo, es nada menos que príncipe. Príncipe más o menos valaco, servio o rumano, pero príncipe; con una cara como la de Kubelik, y un significativo tupé. ¡Y el otro tupé! Iba, pues, Liane de Pougy en su compañía, luciendo entre otras cosas un sombrero que, por lo diminuto, parecía un sombrero de muñeca. En esto, aparecen en una bocacalle dos damas burguesas con un excelente señor burgués.

Una de las burguesas, verdaderamente asombrada y regocijada, al ver el sombrerito de la amorosa, se echó a reir con todas ganas, como corresponde a una burguesa.

Entonces el joven príncipe, en defensa de su amiga bella, dijo a la mujer que reía:

—Cuando se tiene una gueule como esa, no se debe reir:

—¡Gueule ha dicho!—exclamó indignada la burguesa dirigiéndose a su marido. Al mismo tiempo que daba a la Thais un nombre de simpático pájaro que ignoro por qué toman aquí por un insulto: «Grulla».

Cuando el príncipe menos lo pensó, el hombre republicano le dió un par de sonoras bofetadas.

—¡Caballero!—gritó.

Y el otro le dió entonces otro par. Luego cada cual se fué a su casa.

El príncipe, naturalmente, no mandó los padrinos al hombre inferior, sino que le entabló demanda. Y Liane lamentaba a su príncipe deteriorado a causa de ella. Ello no tuvo grandes consecuencias. Sino que, al poco tiempo la negra Jesús preparó su más papagayesco vestido verde, para asistir a la boda de la nueva princesa, que con su título queda convertida en sobrina de la reina Natalia de Servia. Esta se ruborizará de la méssaliance. ¡Si viviese el rey Milano! Y como parece que la renta que antes servía a su joven preferido la cortesana, se ha aumentado con la ceremonia nupcial, dicen, con cierto eufemismo, malignos como el político Géraut-Richard: «Si nos arrière-grands-oncles virent des rois épouser les bergères, nous voyous, nous, des princes épouser le troupeau et des sirenes séduites par de brillants mais minuscules hôtes de l'onde». Y otros irónicos: «Es en efecto cierto que celebrando el pacto conyugal, entrando en la categoría de las esposas legítimas, mademoiselle Liane de Pougy se déclasse definitivamente. Se aparta de la deliciosa galería de las grandes cortesanas, la que fué en nuestros tiempos morosos el más espléndido adorno. Aspasia y Lais, Marióu Delorme, Ninón, Manón Lescaut, Cora Pearl y Anna Deslions, tenían en Liane una continuadora tan bella como ninguna de ellas lo fué jamás. Ella mantenía, no diremos el pabellón, pero sí la bandera de las ilustres hetairas y de las suntuosas vendedoras de olvido. Era una gran figura, la alta significación de un ideal eterno. Pues, si son maldecidas por los burgueses y abominadas por los profesores, las grandes cortesanas tienen de su parte a los poetas, a los artistas, a los que dan la inmortalidad. Y mademoiselle Liane de Pougy renuncia a todo eso. Pone su dimisión de diosa. Se pierde entre la muchedumbre. Llega al matrimonio como un bello bajel que acaba de correr mares encantados y que, abandonando sus bellas velas, vuelve al puerto comercial, se resigna al dique polvoroso cerrado de esclusas, limitado por cadenas, rodeado de funcionarios. ¡Qué caída!»

Y se insiste en el tupé principesco. Qué tupé. ¿Sábese—dice otro maldiciente—que la princesa está condecorada con el Águila Negra del Benin? Una condecoración africana, como veis. Condecoróla el rey negro Tofa, que fué un admirador fervoroso de sus encantos.

«El recuerdo de su belleza lo perseguía en las regiones tropicales y le obsedía a tal punto, que el buen monarca, que sabía algunas palabras de francés, siempre hablaba de ella cuando charlaba con oficiales amigos.

—Comment vas-tu?

—Pas mal, et toi, mon vieux?

—Moa, Lian' Paougi! Lian' Paougi!

Y al decir esto, el buen rey de Benin sacudía su bicornio emplumado y las charreteras de cabo que adornaban sus espaldas desnudas.»

Maldad, se dirá, murmuraciones, envidias. Pero es el caso que el príncipe servio debe de saber toda esa colección de anécdotas y ocurrencias que han aparecido en los periódicos con motivo de su sonado casamiento.

Los parisienses, de todas maneras, se han enorgullecido de ella.

—Es—dice uno—la más célebre de nuestras demi-mondaines y la más rica. Su lujoso hotel de la rue de la Neva encierra una fortuna. Más de cien mil francos de bibelots están amontonados en la chimenea, y una vitrina de vientre dorado contiene por un millón de joyas. La dueña monta a caballo, toca guitarra, toca piano, recita y conoce la pantomima. Su gloria se realza con algunas resonantes tentativas de suicidio.

Ya veis que toda su persona es lo que se llama completamente parisiense. Y que en tiempos en que se endiosan a los histriones y cortesanas, ella está the right woman in the right place.

Cuando en la alcaldía el funcionario le preguntó por su edad, ella confesó, con cierta vacilación encantadora, treinta y tanto años. En cuanto a su nombre verdadero, le fué preciso revelar un patronímico harto vulgar. En su anterior estado de casada se llamaba madame Purgre.

¿No dicen que se llama D'Annunzio Rapagnetta? ¿Y Anatole France simplemente Thiébaut?

Pero ya oigo a Unamuno exclamar en su francofobia: ¿Pero en eso se ocupan los franceses?—¡En eso, mi buen amigo, y en otras cosas más!

De la necesidad de París.

Cuando uno ha habitado la ciudad de París por algún tiempo, se convence de que, desde luego, vale más que una misa. Se padece fuera de París la enfermedad de París. No da uno un paso sin recordar a propósito de cualquier cosa el ambiente y el encanto parisienses, y la nostalgia se acentúa de manera que hay que volver lo más pronto posible. Es que hay una especie de brujería en la villa divina e infernal que posee y no suelta jamás. ¿Una misa? Todo el ritual romano lo dais por retornar al imperio de París y de la parisiense.

El florido anciano de antaño que echaba a volar sus canciones en París como gorriones, cantaba:

Ris et chante, chante et ris;

Prends tes gants et cours le monde;

Mais, la bourse vide ou ronde,

Reviens dans ton Paris;

Ah! reviens, ah! reviens, Jean de Paris.

Sí, Béranger tenía razón. Para el verdadero parisiense de París, la bolsa más o menos provista es cosa secundaria. El rastacuero no comprenderá eso. El parisiense de París sabe acomodarse. Sabe que la gran ciudad, al que llega a conocerla bien y a amarla de veras, le enseñará el arte de servirse, con igual relativa satisfacción, tanto del franco como del luis.

Toujours, dit la chronique ancienne,

Jean sur son grand sabré a santé,

Quand de leur ville avec la sienne

Des sot, comparaient la beauté.

Proclamant sur son âme,

En prose ainsi qu'en vers,

Les tours de Notre-Dame

Centre de l'Univers.

El parisiense de París, como Jean de Paris, cuya crónica tradujese o modernizase Jean Moreas, que padecía gozosamente de parisitis, no admite comparación alguna. Apenas os reconocerá paridades retrocediendo en lo pasado, y si nombráis a Roma o Atenas, y esto con una clara condescendencia, y porque no puede haber celos posibles al tratarse de ciudades muertas. Mas los Londres, las Vienas, los Berlines y las Romas, no son admitidos sino como lugares secundarios. El «quien no ha visto a Sevilla, no ha visto maravilla» y el «ver Nápoles y morir», no hacen sino sonreir vagamente al verdadero parisiense de París.

S'il franchit la grande muraille,

S'il cocufie un mandarin,

Du peuple magot s'il se raille,

A Paris s'il revient grand train,

L'espoir qui le domine

C'est, chez son vieux portier,

De parler de la Chine

Aux badauds du quartier.

Anatole France en Buenos Aires, como Charcot en el polo, como Voltaire en el infierno, tened por seguro que no están preocupados sino de su París. Si algo hacen es por esperar un recuerdo o una sonrisa de la diosa tutelar. La urbe coronada de torres, con su barca que flota y no se sumerge, es el ideal de sus pensamientos y de sus acciones. Volver a París y contar lo que se ha hecho y lo que se ha visto, ese es el objetivo del parisiense de París que se ausenta, personaje, por otra parte, no común, pues el neto parisiense de París no sale de su ciudad sino para su villégiature. En tiempo del segundo imperio, se decía que no salía de los bulevares, y que nunca había pasado a la orilla izquierda del Sena. Y la canción os lo seguirá explicando mejor:

Je veux de l'or beaucoup et vite,

Dit-il, au Pérou débarquant.

A s'y fixer chacun l'invite:

Me prend-on pour un trafiquant

Loin de mes dix maîtresses,

Fi de ce vil métal!

Je préfère aux richesses

Paris et l'hôpital.

El parisiense no es colonizador ni emigrante. No se trasplanta, no se desarraiga. No le importa el resto del mundo. No es el francés, sino el parisiense de París, el famoso monsieur condecorado, que ignora la geografía. Ahora empieza a saber algo, y Buenos Aires está en su lección, por lo cual debéis regocijaros.

Je préfère aux richesses

Paris et l'hôpital.

Se dirá que eso está dicho por Verlaine, si no se supiese lo que amaba les ors el pobre Lélian. El parisiense, no por ser tan apegado a su terruño y tan amigo de los placeres que en el couplet anterior se señala con indiferencia diez queridas, deja de ser gentil, entusiasta y valiente.

A la guerre gaiement il vole

Pour la croix ou pour Saladin,

Se bat, jure, pille et viole,

Puis à Paris écrit soudain:

Que ma gloire s'étende

Du Louvre aux boulevards,

Qu'un ramoneur y vende

Mon buste pour six liards.

En Perse, il prétend qu'une reine

Lui dit un soir: Je te fais roi,

—Soi! répond-il; mais pour ma peine,

Jusqu'au Pont-Neuf viens avec moi;

Pendant huit jours de fête,

Tout Paris me verra

Montrer, couronne en tête,

Mon nez a l'Opéra.

Jean de Paris, dans ta chronique,

C'est nous qu'on peint, nous francs badauds.

Quittons-nous cette ville unique,

Nous voyageons Paris à dos.

Quel amour incroyable,

Maintenant et jadis,

Pour ces murs dont le diable

A fait son Paradis!

Ris et chante, chante et ris;

Prends tes gants et cours le monde:

Mais, la bourse vide ou ronde,

Reviens dans ton Paris;

Ah! reviens, ah! reviens Jean de Paris.

Y esa canción del buen Béranger me ha venido a la memoria hoy que tengo otra vez que dejar París, aunque yo no me considere con títulos suficientes para aspirar a parisiense de París.

A la verdad, París se infiltra en la sangre, penetra en el espíritu, se convierte en necesidad. Es su cielo, que no es puro ni cristiano, como los cielos de Italia y España; son sus calles bulliciosas y vibrantes, por las cuales va una onda de fluído parisiense perturbador y acariciador. Son sus museos y sus jardines, sus teatros y sus restaurants, y el bullir cosmopolita y la confusión babélica de los idiomas, y los rostros satisfechos de los extranjeros de paso y de los metecos residentes; y, sobre todo, es el pájaro del dulce encanto y la flor que danza y que sonríe, la figura de amor y de deseo en que habitan los siete pecados y los mil hechizos que se llama la parisiense.

Se diría que uno desea ausentarse para tener después el placer del retorno. Juan de París ríe y canta, canta y ríe, toma sus guantes y va por el mundo; pero, con dinero o sin dinero, vuelve a su París.

«Skating ring» al aire libre.

En el espacio que queda entre l'Avenue de l'Oservatoire y el jardín del Luxembourg, todos los domingos se reune una regular cantidad de gente que forma círculo alrededor de unos cuantos jóvenes y niños que convierten la calle en un salón de patinar. La circulación queda interrumpida por esa vía. Los aficionados al americano patín de ruedas cosechan silenciosas aprobaciones y de cuando en cuando suele presenciarse uno que otro batacazo.

Los patinadores son de diversas clases. Predominan los anglosajones del barrio, artistas, estudiantas o estudiantes, niñas con el lazo de cinta en el cabello y las piernas desnudas y rosadas, gibsongirls largas y libremente elegantes, mozos hechos a todos los sports, que las acompañan en sus evoluciones y deslizamientos, y niñas parisienses y muchachos de las escuelas y tal cual intruso tipo apachado, que habla fuerte e interpela a los amigos de lejos. Van los patinadores en grupos y suena el rodar de las pequeñas ruedas con singular ruido. Quienes van en parejas, como para la danza, o aislados, cual en fuga o en persecución. El viento mueve y echa hacia atrás esa cabellera de hijo de Eduardo o esos rizos infantiles; pega las faldas a los muslos a modo de los paños de las húmedas estatuas de los talleres. Tal Atalandra rodante inclina el busto, o se ladea, diríase que empujada por una ráfaga; tal mocetón se acurruca o hace que corre, o gira como en un vals, o se lanza con gallardía, o da de pronto un sonoro golpe en la tierra con todos sus huesos, entre las risas y sonrisas del corro.

Lo cómico está en el hombre barbudo que se entromete haciendo gracias y casi se destruye su individuo por el porrazo; en la señorita pizpireta que llega del Boul' Miche a tomar sus primeras lecciones, y en la primera caída tiene tan mala suerte que muestra al público regocijado más de lo que hubiese podido sospecharse.

Entretanto, en lo grato de una tarde que parece primaveral, vense a través de las rejas, en la avenida del jardín vecino, las niñas que juegan al tennis, las que lanzan el diábolo, las que corren tras la rueda, las que sentadas en los bancos contemplan los juegos de las otras. El chorro de agua se alza allá lejos, en la fuente central, en cuya pila echan sus barquichuelos otros niños, barquichuelos que navegan como los barcos del mar, bajo el polvo de agua que arranca el viento de la cristalina pluma erguida. Y otros juegos pueriles hay allí cerca, junto a las reinas de piedra, no lejos de la fuente Médicis, amada de los tranquilos y de los soñadores.

Mas los patinadores son incansables. Cuando uno ha dado la vuelta por todo el vasto jardín, y oído un poco de cosas del Guiñol y aun hecho una visita al Museo, aun encuentra el ancho círculo de curiosos que marcan los giros e idas y venidas de los sportsmen y sportswomen amigos del patín rodante. Y ya la noche va cayendo y no hay fatiga para ellos. Se pensaría en una voluptuosidad especial, pues se ve que gustan de ese ejercicio como de un pecado. Hay varios skating rings en París, mas éste que tiene por techo el cielo y por vecinos los pájaros de los árboles, debe de serles singularmente satisfactorio a los patinadores.

Sarah-Nerón.

El prodigioso espíritu que se encarna en el no menos prodigioso cuerpo de la más grande de las trágicas francesas, está por realizar un nuevo avatar. Los años que avanzan y pasan han ido alejando a Theodora y a la Dama de las Camelias. La voz de oro ha adquirido timbres más graves, y la masculinización se impuso gracias al flexible talento, al talento genial. Sarah se transfiguró en el ambiguo Lorenzaccio de Musset; en el de negro vestido príncipe de Dinamarca; en el Aiglon de Rostand. Ahora se anuncia un nuevo travesti, en una obra clásica. Y Sarah será Nerón en Britannicus; y, vencedora de la vejez, aparecerá otra vez vencedora y encantadora por la virtud suprema del Arte y de la Poesía.

Adiós a Moreas.

Adiós, Jean Moreas, grande y buen poeta, amigo poeta, que fuiste tan gentil, tan lírico y tan noble. En mi juventud pasada busco para ti una corona de recuerdos. Fué en la primavera de 1893. Yo venía loco de París, a París, por la primera vez, de paso para Buenos Aires. Me hospedaba en un hotel cercano a la Bolsa y que ya no existe, el hotel de la Bourse et des Ambassadeurs. ¿Quién me presentó a ti, a quien tanto deseaba conocer, lleno como estaba de mis ensueños y entusiasmos poéticos? Probablemente Carrillo, que a la sazón trabajaba en casa de Garnier, colaborando en el Diccionario de Zerolo y en otras cosas. Probablemente Alejandro Sawa, que flotaba en el ambiente parisiense como en su propio elemento, con su bella figura de bohemio. El caso es que la misma noche de nuestro conocimiento mutuo, amanecimos, con otros compañeros, en el Mercado Central, comiendo almendras verdes. Yo estaba orgulloso y contento con ser amigo íntimo del Peregrino Apasionado. No había visto aún a Verlaine. Sí a Charles Morice, con quien, no sé ya cómo, nos encontramos al amanecer en mi cuarto del hotel. Tú recitabas versos sonoramente, egregiamente, con gestos pomposos, retorciéndote de cuando en cuando los bigotes de palikaro. Me encantaba que fueses de Grecia y que te llamaras Papadiamantopoulos.

Tengo presente que junto a una mesa, Morice y Sawa examinaban dos libros que yo saqué de mi baúl, mi Azul y Lives of Grass, de Walt Witman. Yo salí a pedir café y alcoholes. Cuando volví no te encontré en el cuarto. Fuí en tu busca, cuando vi toda azorada como una ninfa, a la petite bonne del establecimiento, que huía y a ti persiguiéndola, con el rostro de un fauno y los brazos extendidos, al modo de Júpiter tras Dafné, e ibas, como los satiraux de tus versos, sautant par bonds.

Después partí para Buenos Aires y publiqué allí sobre ti largas páginas que tú no viste nunca, por la sencilla razón de que no te las envié jamás. Cuando retorné a París, años después, había ya blancos en tu cabellera. Volvimos a estar juntos en el amado Barrio, y a pesar del tiempo transcurrido, de tu aspecto enfermizo y de tu delgadez, tu gesto era el mismo de antaño, tu segura y generosa palabra brotaba siempre sonora y juvenil. A tu modesta morada del boulevard Bouman te había ido a buscar la gloria oficial, y así sangraba en tu solapa la cinta de la Legión de Honor. Tu Ifigénie, de la cual había yo publicado antes en La Nación una corta primicia, había sido representada triunfalmente en arenas meridionales y en teatros parisienses y europeos, en donde la voz de Silvain clamaba heroicamente tus puros alejandrinos. Habías ya, como alguien ha dicho, «agregado a Sófocles, un aire de Homero y de Virgilio». Y tú seguías, en el medio de los estudiantes y de las jóvenes frecuentadoras de Bullier, en tu querida orilla izquierda del Sena, la misma vida de tu juventud, dando a los adolescentes envejecidos un ejemplo de constancia en la alegría y en el ensueño, con tu tabaco, tu vermouth, o tu cerveza, gozando con el placer de la noche, departiendo de arte y de belleza con tu compatriota Demetrius Asteriotis, o con otros viejos amigos. Allí, en tu Vachette preferido, nos vimos la última vez. Antes te había visto frecuentar algunas tardes el Napolitain, en el grupo de Mendés y su mujer. Courteline, Silvain, Carrillo y otros menos famosos. No pasabas inadvertido, pero no eras el imperante, dado que el viejo lírico que tuvo tan mala muerte, monopolizaba las atenciones. Deseaste un sillón de la Academia, justo e inocente deseo. Y cuando estabas cercano a la probabilidad de lograrlo, se te abre la tumba como una trampa de la suerte.

Tantôt semblable à l'onde et tantôt monstre ou tel

L'infatigable feu, ce vieux pasteur étrange

(Ainsi que nous l'apprend un ouvrage immortel)

Se muait. Comme lui, plus qu'à mon tour, je change.

Ya no cambiarás más. Queda tu gloria, una gloria serena y de antología. Tu nombre tendrá que pronunciarse cuando se estudie la historia de las letras francesas a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Fuiste la probidad intelectual viviente. Fuiste modelo y espejo de poetas, por tu confianza en ti mismo, por la dignidad de tu vuelo, por tu superioridad moral sobre las miserias y pequeñeces del mundo.

Y si yo llego a la ancianidad, me he de complacer en contar a los adolescentes de mañana, privilegiados por las musas, las horas de mi amistad contigo, como un hermoso cuento. ¡Adiós, Jean Moreas, grande y buen poeta, que fuiste tan gentil, tan lírico y tan noble!

¡Que el juego te haya sido propicio!

El doctor Doyen o la justa malquerencia.

El doctor Doyen es famoso. Tiene, pues, enemigos. El doctor Doyen es un cirujano prodigioso. Tiene, es claro, enemigos. Es dueño de una fábrica de champaña. Tiene muchos enemigos. Tiene unas amiguitas de belleza renombrada. Tiene muchísimos enemigos. Tiene y gana enormemente dinero. ¡Tiene innumerables enemigos! Ninguna mal querencia más justa.

Se le acusa, pues, por su fama, por sus operaciones, por su champaña, por sus amiguitas y, sobre todo, por su dinero. A pesar de todo, él continúa impertérrito, escribe en los periódicos, tiene un duelo quijotesco, y ahora da una conferencia en el Odeón sobre La malade imaginaire, de Molière. Ha operado bien. La dirección de la pieza ha estado perfectamente hecha, y el personaje principal ha resultado a la moderna un neurasténico. Luego presenta la cuestión de si el tipo molieresco es una invención escénica o la representación de un personaje de carne y hueso que Molière conociera. Doyen opina esto último. «Pero—dice—los médicos de Molière... debería decirse más bien, los médicos del tiempo de Molière, pues su ciencia dejaba mucho que desear. Desde luego, los médicos de la época de Molière eran ya los enemigos de toda innovación».

En el entreacto que precede a la representación de Le malade imaginaire, pláceme ir por el foyer, por los pasillos, donde se apiña una excelente concurrencia, en la cual hay muchos médicos. Y crítica por aquí, pinchazo de bisturí por allá, sonrisas sarcásticas acullá... ¡Envidiosos!

En el Louvre.

Entre las oleadas de gentes que recorren las salas del vasto Museo acabo de ver pasar a Gabriele D'Annunzio con dos amigos. Se han detenido en la escuela española delante del nuevo Greco.

Luego noto la presencia de una figura conocida. El fieltro con el ala doblada verticalmente, la tez de buen color sonrosado, los ojos vivos, la larga pera blanca que cae sobre el pecho erguido, todo el aspecto con algo de militar, de mundano y de artista. A poco estoy hablando con el personaje. Es el general Mansilla. Y como se acercan los doctores hispanoamericanos Debayle y Amoedo, todos escuchamos al admirable conversador, que habla largamente.

Dos autoridades en la materia, Maurice Barrés y Robert de Montesquiou, han alabado como se debe el don de la palabra florida, oportuno y espiritual en este argentino, que es una de las personalidades más parisienses. Bien colocado está en el todo París que representaron de bulto recientemente Sem y Rouville.

Todavía se le siente fuerte, a pesar de los embates del tiempo. Se impone a las dolencias. Muestra su voluntad de vida. Se ve como un bello ejemplo para los jóvenes. Lleno de años, conserva su famosa elegancia masculina. No se refugia en el encierro como un Sagán. Pasea, goza del aire libre de que siempre gustaron su alma libre y su cuerpo sano. Y aun parece que en la galantería misma, listo estaría el mismo Eros para decirle: «¡Presente, mi general!»

Y su memoria... Me recuerda, en estos instantes de conversación, mi llegada a Buenos Aires, la comida que me dió en su casa, a la cual asistían, entre otros amigos, el doctor Celestino Pera, lo que me dijo, en dilatado y sapiente y ameno decir, una tarde, en la plaza de Mayo, sobre el espíritu argentino, sobre el pasado, el presente y el porvenir argentinos. Y el prodigioso general me repite los mismos conceptos de antaño, y nos asombra su buen humor, su facundia correcta, su incomparable don de gentes. Su hablar va matizado de anécdotas, adornado de citas, florido de ocurrencias.

Los tres que le escuchamos estamos encantados. Los franceses que pasan lo miran con interés y curiosidad. Nos cuenta de su último libro, y de sus Memorias, que no serán publicadas hasta después que se vaya del mundo. Deja a su albacea encargo de que si algo encontrase que crea que no se debe publicar, lo destruya, porque «demasiados malquerientes tenemos en vida para ir a aumentarlos después de la muerte».

Y nos separamos de él alabándole y deseando para nosotros una vejez, no verde, sino como esa, dorada y de color de rosa.

Rémy de Gourmont y la gloria.

Nosotros admiramos a Rémy de Gourmont en la América latina, conocemos, quien más quien menos, su obra. En el mundo intelectual norteamericano es igualmente conocido y admirado. Guillaume Apollinaire cuenta que en Inglaterra, donde pasó algún tiempo en 1904, le preguntaban:—«¿Conoce usted a Rémy de Gourmont? ¿Cómo es? ¿Qué dice?»—Y él contestaba:—«Rémy de Gourmont, cuando está en su casa anda vestido con un hábito color carmelita... Vive entre libros y grabados de todas las épocas... Apenas habla.»

¡Estas mujeres!

Siguiendo a las alborotadoras inglesas, he aquí que también en esta Francia del encanto femenino las mujeres quieren votar, y quieren ir al Congreso. Tengo a la vista unas cuantas fotografías de esas políticas. Como lo podréis adivinar, todas son feas; y la mayor parte más que jamonas. El feminismo les ha encendido el entusiasmo. Hay que hacer algo más que murmurar, pirografiar, o criar gatos y perros. La primera en presentarse candidata ha sido Mme. Marguerite Durand, señora de cierto talento y actividad, fundadora de la desaparecida Fronde, con sus letras, su facilidad de palabra y su frescura. Para reforzar sus argumentos en favor del voto femenino, presentó en una conferencia a un idiota, cosa que no todos los espectadores le agradecieron. Como en París hay entre la mayoría de las mujeres mayor delicadeza y buen gusto que en Londres, creo que no veremos aquí los escándalos, ya groseros, ya cómicos, de las sufragistas británicas. Pero todo puede suceder, aunque el ridículo en la vida parisiense mata toda incongruencia.

Que las mujeres persisten en querer hacer muchas cosas que hacen los hombres y que hay algunas que superan la competencia masculina: perfectamente. Está mejor Mme. Paquin que M. Paquin en la fábrica de trajes. Y si Mme. Curie sabe tanto como M. Curie, según lo demuestra, bien está, con el aplauso de todos, en su cátedra. Sarah Bernhardt merece la Legión de Honor, como artista, más que cualquier afeitado o barbudo m'as-tu-vu de la Comedie Française. Una que otra virago se ha distinguido en exploraciones e incursiones por tierras salvajes o lugares inaccesibles. Nada hay que argüir en contra. Las pintoras de la legión y las novelistas y poetisas ya no pueden contarse. Se dedican a esos sports como a cualquier otro, y hay musas muy recomendables. Pero estos marivarones—suavicemos la palabra—que se hallan propias para las farsas públicas en que los hombres se distinguen y que, como la Durand, se adelantan a tomar papel en el sainete electoral, merecen el escarmiento.

¡Si viviese el condestable Barbey!

Gracias a Shakespeare podemos aceptar las abogadas. ¡Pero las alcaldesas, diputadas y senadoras! Ello pasa de lo aristofanesco. De un Aristófanes para apaches es la escena que ocurrió días pasados. Pronunciaba la citada candidata uno de sus discursos de propaganda, cuando un hombre del pueblo gritóle desde su asiento:

—¿Quiénes van a remendar ahora los calcetines?

A lo que respondió la aludida:—Los remendarán los que los usen. Y una de las partidarias de la Durand, dirigiéndose a ésta:

—No le haga caso. Ese que habla seguramente no usa calcetines.

Y el truhán, esforzándose por quitarse sus gruesos zapatos:—Ahora van a ver si los uso o no los uso.

¿En eso vamos a parar con el sonado feminismo?

Un escritor discreto, M. Balby, acaba de decir; «Hemos vivido veinte siglos con la idea, que parecía decisiva, de que nuestras mujeres, nuestras asociadas, nuestras ménagères, tenían por tarea principal velar por el hogar, por la casa, por el home; trabajar a su manera por el bien de la comunidad. Ciertamente, la ley, hecha por los hombres, era mal hecha, injusta, oprimía a la mujer, no le dejaba ninguna libertad y ni aun el derecho de disponer de su salario. Y la campaña feminista, que reclama la supresión de esos abusos, tuvo el apoyo, la aprobación de todos los hombres que no eran ni egoístas ni tiranos. Pero, cuando esas damas pretenden todos los derechos y rehusan todos los deberes, cuando quieren encargarnos de remendar los calcetines, ellas que no sabrían y no podrían dedicarse al trabajo del hombre, a su esfuerzo físico e intelectual, nos muestran el fondo de sus sentimientos. ¿Qué son ellos?—Nada.—¿Qué quieren ser?—Todo. A los hombres toca saber si aceptarán esa resolución».

Muy discreto esto. Pero podía fijarse M. Balby en que las propagandistas son solamente unas cuantas, viejas y feas. Las pocas jóvenes y algunas guapas, si lo hacen, lo hacen por divertirse. Las demás mujeres, de belleza o de gracia, seguirán ejerciendo el único ministerio que la ley de la vida ha señalado para ellas: el amor en el hogar, o el amor en la libertad.

La Prensa de París.

Leer la Prensa de París es un placer... Reposa, tranquiliza el espíritu, oh manes de Janin, de Scholl, de Villemesant, de Ignotus. Ved los asuntos de un número de diario: El crimen desbordado. El Tribunal correccional juzga cincuenta asuntos por día. Hay cerca de mil cuatrocientos procesos retardados. No se encuentran jueces de instrucción. Cada uno tiene que estudiar ciento veinte causas a la vez.—El cabo Deschamps cuenta cómo se hizo traidor, se robó una ametralladora con secreto especial y fué a venderla a los alemanes.—Llegan los ecos de los últimos disturbios del Mediodía.—Al asesino de las panaderías de Bar le Duc, se le prueba cómo también asesinó a su abuela.—El asunto de Duez, el ladrón de millones, continúa su curso.—El conde d'Aulby, que ha estafado a una sonsa yanqui, que quería a su vez estafarle comprándole cuadros de Velázquez, de Tenniers, y otras firmas así, por cuatro reales, confiesa que no es conde, ni gran Maestre de la Orden de Melusina, sino hijo de un sastre y una jardinera de Londres. Sin embargo tenía castillo, y frecuentaba, como otros rastacueros, el gran mundo del flirt del bridge y de las bodas fáciles, transatlánticas e intercontinentales.—El doctor Doyen, que iba a inaugurar un curso «libre» de anatomía, es gritado e insultado por una turba, y no puede dar su lección. El mismo lo explica:—«La cábala—dice—que se ha urdido contra mí, para impedirme hablar, es la obra de algunos galopines, empujados por los preceptores y jefes de trabajo de la Escuela práctica. Fueron reconocidos entre los alborotadores muchos preceptores, agrégé y otros interesados en la cosa. Incapaces de dictar un curso, con su anfiteatro vacío, tienen por objeto en la vida molestar a los verdaderos trabajadores que quieren hacer conocer los resultados de largas y laboriosas investigaciones. Mi intención, a pesar de todo, es continuar mi curso y mis lecciones en otro local, pues la Facultad está contra mí. Los apaches de ayer no recomenzarán pues yo tendré mi policía especial». Hay que agregar que durante el tumulto de ayer, fueron robados relojes y portamonedas. ¡Precioso cerebro del mundo! A otro caso.—Un sátiro, nuevo Soleilland, estrangula y viola a una niña.—Se detallan varios asesinatos y asaltos.—Hay una larga lista de aplastados por camiones y automóviles. Y dejo sin citar otras cuantas noticias encantadoras para los neurasténicos. Sin contar con Zigomar y otros folletines de robos, escenas macabras y las usuales prostituciones. Felizmente que existen el Temps y algún otro diario, en que se da también cuenta, aunque sea en cuatro líneas, de lo que hacen los hombres que conquistan el aire, de lo que hace Mme. Curie, d'Arsonval, los sabios de la orilla izquierda del Sena—mientras el bulevar hierve y echa su vaho.

El burro pintor.

Fábula que acaba de acontecer. Exasperados unos cuantos hombres de pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, de ver cómo todos los años en el salón de los Indépendants, unos cuantos sofisticadores cabelludos y unos cuantos ignorantes atrevidos, entre algunos innovadores de talento que pierden, naturalmente, con la vecindad, exponen croûtes, innominables y mamarrachos indescriptibles, ante los cuales no faltan zopencos que creen ver lo invisible y adivinar el ombligo del símbolo; aquellos hombres, digo, de pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, fueron a un café de Montmartre, en cuyo patio hay un burro, ataron a la cola de éste un pincel, colocaron hábilmente la tela preparada, y colazo va y colazo viene, mojado el apéndice en colores vivos y distintos, resultó un cuadro de un ultraimpresionismo capaz de hacer aullar perros de piedra. Antes habíase lanzado un manifiesto como el de los pintores amigos del poeta Marinetti. Y al asno, que se llama Lolo, se le hizo aparecer como jefe de la escuela Excesivista, con el nombre italiano de Joaquín Kafael Boronali, Boronali, Aliborón anagramado. Todo bajo el amparo de la vieja alegría gala y el patronato del cura de Meudon.

El cuadro del burro se expuso en el mentado Salón de los Independientes. Más independencia no puede seguramente haber. Charles Morice y otros varones apasionados del arte han protestado por la ocurrencia de los desenfadados. Pero las gentes han reído, y los organizadores del Salón de los Independientes han recibido una buena indicación.

Y uno de los artistas que exponen juntos con Boronali ha tenido, sin embargo, la mejor palabra risueña:

—Es verdad—ha dicho—que este año en nuestro salón hay un cuadro de un burro. Pero en los salones oficiales hay cuadros, no de uno, sino de mil burros.

Y como es quien ha reído el último, es quien ha reído mejor. Y un humorista ha puesto en boca del cuadrúpedo reflexiones como éstas:—«Puedo rebuznar; ahora he conocido la gloria... He gustado de las vanidades humanas y he encontrado que tienen menos sabor que los cardos...»

«Cuando París supo por las gacetas que el jefe de la escuela Excesivista pacía hierba sobre la butte Montmartre, las muchedumbres subieron en filas apretadas. Las gentes venían por centenares a admirarme. Los unos acariciaban mi flaco espinazo, los otros me ofrecían golosinas, muchos, en fin, discutían sobre pintura por la primera vez, no habiéndose ocupado nunca de pintura, almas simples, hasta que un pollino se puso a pintar con la cola. Desde luego, gracias a mi cuadro, el Salón de los Independientes, triste amontonamiento, ha conocido este año la boga y ganado admirables entradas, que no me agradece. Lo que me ha complacido sobre todo es que se han escrito al respecto cosas muy divertidas. No hay una sola gaceta, desde Le Figaro hasta L´Avenir du Sénégal y Le Moniteur des Îles Fidji, que no hayan filosofado sobre mi caso. Todo el mundo ha reído, me dicen, menos cierto periodista de un diario, quien, no habiendo comprendido, expresó palabras severas. Esto no me disgustó, pues es bueno en una fiesta contar con un hombre furioso, pues su cólera intempestiva aumenta la hilaridad de los otros. Cierto crítico ha querido compararse con Homero, cosa que me ha complacido. Otro crítico ha escrito que prefiere mi pintura a la de Turnes, cosa que me ha sorprendido. Ya sé ahora en qué consiste la pintura para muchas gentes: consiste en colocar en un cuadro, de preferencia dorado, una tela untada de colores variados. Siempre se encuentra un público que admire. Los embadurnadores que llenan el Salón des Indépendants y ahogan con sus producciones, que se podrían atribuir a geómetras dementes, las obras notables con que justamente se enorgullece esta exposición, han hecho mal en enojarse. No había entre ellos sino un asno más». Y agrega el humorista, que habiendo empezado a andar el jumento, le preguntó:

—¿A dónde vas, Boronali?

—«Voy a juntarme en la historia gloriosa de los hombres, con el caballo negro de Boulanger».

Hubiera podido agregar que con la burra de Balaam, con su colega de Turmeda, con el asno de Kant, con el de Víctor Hugo. Y, para no ir tan lejos, a la Porte-Saint-Martin, a hacer figura entre los animales de Chantecler.

A propósito de Mme. de Segur.

Acompaño al caballero que lleva a respirar el aire sano de mi predilecto jardín del Luxemburgo, a sus dos hijos, lindos como flores, un niño y una niña, ambos de cabellos castaños y oscuros, y ojos tan grandes, dulces y brillantes, que agregan alegría al día.

Pasamos cerca del monumento hace poco inaugurado, en memoria y honor de la señora de Segur, nacida Rostopchine, a la que tanto debe la imaginación y la complacencia de varias generaciones de niños.

—Ya no se leen esos cuentos, casi—dijo mi amigo.

Le contesté que si no leen tanto como antaño, la culpa es de los padres, que han sustituído a los amables personajes de los cuentos viejos con los héroes de aventuras policiales de Conan Doyle y otros Lupines de París. Los niños saben ahora de cotillones, de partidas de bridge, de aeroplanos, y se interesan en los puñetazos yanquis del negro Johnson y del blanco Jeffries.

—No los míos—me contestó mi amigo—. Sin que yo les deje de dar una instrucción que les mantenga al tanto de los adelantos de su tiempo, ellos conocen bien su Perrault, sus Mil y una noches, su madame Leprince de Beaumont. Y las historias tan sabrosas y honestas de esta señora, cuyo busto acabamos de ver en ese rincón apacible rodeado de verdores. Ahora que estudian inglés, quisiera yo encontrar un libro de cuentos como aquéllos.

—Los hay—le dije—y preciosos y sabrosos. Cómpreles usted esos admirables álbumes que ilustraron artistas ingeniosos y aun geniales, que pusieron sus almas en contacto con las almas infantiles y supieron interpretar gráficamente las creaciones de los soñadores. Los ingleses han ofrecido a sus niños las prosas y los versos sencillos y graciosos, con las imágenes que son el encanto de los ojos. Cómpreles usted The Three Jovial Huntsmen, con las figuras ligeras y humorísticas de Caldecott y verá cómo se perfeccionan en su inglés sonriendo. Cómpreles The baby's opera o The baby's own Aesop, en los que Wálter Crane ha fabulizado con el lápiz. Verán las cosas de Esopo armoniosas y claras. Así, como cuando las ranas piden rey:

The frogs prayed to Jove for a king,

Not a log, but a livelier thing.

Jove sent them a Stork

Who did royal work

For he gobbled them up did their king.

Y allí está la cigüeña coronada tragando ranitas, a orillas del charco. Pero, si quieren ver a las ranitas alegres y danzantes, entonces,

«O! there is sweet music on yonder green hill, O!

And you shall be a dancer, a dancer in yellow,

All in yellow, all in yellow!»

Said the crow to the frog, and then, O!

«All in yellow, all in yellow,»

Said the frog to the crow again, O!

Y Wálter Crane hace bailar a una ranita, y otra ranita toca la bandola y otra la pandereta. Y en otro cuaderno, el mismo artista les hará ver «cuando estos chanchitos van al mercado», y cuando «este chanchito grita: wee! wee!» Y otros cuantos cuadernos más en que hay cosas de bella caballería y cuentos de abuelas. Y si se trata de las donosuras que pintara el inolvidable Kate Greenaway, allí está la Guirnalda para el jubileo de la reina Victoria, o Mother Goose o A day in a child's life donde hay versos de cantar con música de Foster:

March, march away!

March, march away!

To the play-ground lead the way!...

Pues ¿y Sing a Song for six pence, con los niños y pájaros dibujados por Caldecott? ¿Y las cosas de hadas de Anuing Bell?

Y luego le digo a mi amigo que busque para sus niños un librito, que escribiera en excelente inglés una pluma hispanoamericana Tales to Sonny, por Santiago Pérez Triana. He allí un joyel pueril, unas cuantas páginas que un escritor de diplomacias y asuntos de estado, que es también un poeta y un culto espíritu, escribiera en idioma de papá, dedicadas a un su Santiaguito bautizado Sonny en el hogar, según tengo entendido, por su madre norteamericana.

Era en tiempo en que se arrancaban la vida rusos y japoneses allá por la Manchuria, y en el apacible Retiro madrileño, el padre y el niño hermoso de largos cabellos, conversaban. El padre le hacía cuentos tal el dios Hugo a sus nietos.

Y el niño los oía en el inglés maternal, que su padre conoce y habla como su propia lengua. Esos cuentos fueron después escritos y publicados en Londres por Anthony Treberne Co. Ltd., ilustrados con gracia por Dorothy Furniss, y con cuatro palabras de prefacio del autor.

Son seis la narraciones: The little stream of water habría hecho sonreir de complacencia a San Francisco de Asís, puesto que en él dialogan un niño y la hermana agua en su forma de arroyuelo. Y la palabra del arroyuelo enseña a Sonny algo de la filosofía del mundo y mucho de la grandeza de Dios sencillamente. Minnie and Billie trata de dos niños-pájaros que vuelan y hablan. Billie es el pajarito y Minnie la pajarita.

Hablan como saltando de rama en rama.

«What is your name?»

«My name is Minnie.»

«Oh! what a pretty name!»

«Do you think so?»

«Indeed I do.»

Así hablan. Y luego, con la inocencia natural, tratan de fabricar un nido. Y el nido se hace, no en la casa de la escuela, no en la torre de la iglesia, sino en un árbol, junto a otros árboles que tienen otros pájaros. Y luego se sabe que de los huevos salen los pajaritos. Así, cuando una tarde vuelve Billie a su nido, encuentra, de cuatro huevos, cuatro pajaritos that just could call him papa. Y tuvo mucho contento en su corazón.

En Mrs. Lyon's party animales diversos parlan como en las antiguas fábulas. Tal se expresan las ocurrencias de Mr. Fox, de Mr. y Mrs. Bull, de Mr. Ox, de Mr. Rhinoceros, de Mr. Tiger, del siempre ilustre Mr. Ass. Es una variante ingeniosa del famoso cuento de los Músicos de Bremen.

El narrador pone también su lección histórica en la amenidad del divertimiento. De este modo en The galleon trata de la antigua ciudad de Cartagena de Indias, grata al poeta Heredia. Y cuenta de sus cuarenta y ocho fortalezas, llenas de cañones y de su hermosa bahía. Y dice de los buenos españoles del descubrimiento y de los rapaces que les robaban a los indios sus oros y sus piedras ricas. «Those Indians had a great deal of gold in different shapes, bracelets, breast-plates and queer looking little dolls. The Spaniards robbed the Indians of all their gold. The Indians also had a good deal of silver and quite a number of emeralds all of which were taken away from them by the Spaniards». Y así fueron las cosas, como lo sabe muy bien Sonny. Y se cuenta de los galeones que iban cargados con grandes riquezas que los gobernadores españoles enviaban para los reyes de España. Y de cuando en cuando aparecían en el mar unas tropas de piratas, de aquellos bravos piratas cuya historia ha contado Oexmelin en su rara historia de la piratería. Y de los combates de las gentes del rey con los piratas. Y de un gran galeón de tres palos que iba a traer a los monarcas de Madrid el oro, la plata, las esmeraldas y las perlas que estaban en Cartagena de Indias. Y cómo ese barco regio debía también cargar muchos productos de la tierra ardiente, plátanos o bananas, cocos, ñames, mandioca, piñas, pájaros parlantes y otras cosas más que eran de maravillar a los hombres europeos. Y cómo el mar se alborotó y hubo naufragio. Y el mar se tragó el tesoro, que han querido después buscar los buscadores de tesoros. Y el tesoro está en el mar Caribe, entre Cartagena de Indias y la isla Trinidad.

Y la otra narración refiere How the chimp family went to town. Y son sucedidos muy graciosos, pues se trata de una familia de monos o niños. Y hay que ver a los monitos cómo los pinta la ilustradora Dorothy Furniss, que tiene de los intencionados animalistas ingleses y que agradaría a Benjamín Rabier. Y para concluir está una historia como para escrita en versos; porque tiene tanto de poesía que hasta en el comienzo de esta narración, que está hecha para un niño, parece dicha en un inglés de verso: «This is the story of the Prince who covered his body with golden dust—in a far off land, in a far off day—whom the Spaniards called «El Dorado».

«And this is the story of the Great Cataract that even to-day, in that distant land, rushes and thunders, in memory of what took place long, long ago». Y es la historia de «El Dorado» con toda su primitiva belleza. La historia del pueblo Chibcha, de ese pueblo tan fabuloso como el de los antiguos troyanos, y tan real como ellos, pues en el Museo de Madrid se pueden admirar sus mitras de oro, sus máscaras de oro, sus mil cosas de oro, pues «El Dorado», que cubría su cuerpo desnudo con polvo de oro, era como el dios viviente del oro. Y parece Bochica, el gran dios de los indios chibchas, que tiene cetro jupiterino y a quien sus adoradores, si hubiesen sabido latín, hubieran aplicado el horaciano:

Cuelo tonantum credidimus jovem Regnare...

Y es admirable la tradición del Cacique Áureo, del dios primitivo y del Lago Místico. Sonny debió de quedar encantado. Y con él todos los niños que sepan inglés y lean el librito Tales to Sonny, de Santiago Pérez Triana.

Blanco y negro.

París—¿quién lo hubiera antaño creído?—ha pasado algunos días preocupado con el famoso match del blanco y el negro. Por lo menos, el París novelero y sportivo. Aunque es verdad que esa pasajera ultramericanización no indica una transformación del carácter nacional, es un hecho que la Prensa se ocupó largamente en el asunto y los retratos y biografías de los dos fuertes animales norteamericanos se publicaron en todas las hojas. Jeffries y Johnson lograron popularidad parisiense. Aquí tiene el box sus aficionados y partidarios, entre algunos sportsmen y snobs. Se han visto y se ven pugilatos públicos a que ha concurrido un público de clases diferentes. Pero la cosa no ha pasado a más. La repercusión que tuvo la performance norteamericana ha sido seguramente causada por lo elevado de las apuestas, por los cachets que han cobrado los rivales, y por ser un negro y un blanco, como en las damas, los elementos del juego. Y hubo quiénes apostaran al blanco y quiénes al negro. La victoria de éste fué alegremente comentada, y las atrocidades que en Norte América siguieron a ella lo fueron también.

—¡Que se venga a París el negro!—decían algunos.

Y con razón. En París los negros o mulatos con dinero no tienen por qué quejarse. Hay muchos de ellos que, en los Estados Unidos o en ciertos círculos de las aristocracias hispanoamericanas serían rechazados, y que aquí viven tan lindamente, dándose gusto y hasta viendo su nombre en los periódicos. No hace mucho que se habló de un banquete a dos poetas negros, creo que haitianos. Y en honor de ellos hablaron dos poetas blancos, aunque de segundo orden. Monsieur Gregh y Dorchain... Y los negros continúan y hacen bien.

De Val.

¿Y el Congreso universal de la Poesía? Ya hablaremos luego. Ahora os hablaré de su organizador, del que ha sido su alma y que tiene en él muchas nobles ilusiones y muchas grandes esperanzas. De Val es un hombre admirable. ¡Admirable! El poeta Amado Nervo le dice: «¡Tú, que todo lo puedes!» En verdad, Mariano Miguel de Val, que también es poeta, y que quiere el bien de los poetas, está en todo, es múltiple, es complejo, es universal, y si no fuese que en él prevalece sobre todo algo del caballeresco ensueño tradicional hispano, merecería ser yanqui... En las proporciones de esta villa del oso y del madroño, tiene este varón, de cuerpo fino y faz de hidalgo antiguo, una variedad de actividades rooseveltianas que desconcierta en la gran urbe de la famosa Puerta del Sol. Mariano Miguel de Val es terrateniente, mundano, abogado, ex secretario del Ateneo; de la familia de Castelar, ex secretario de Moret; amigo del rey, de los infantes; redactor en varios periódicos, director de un diario de provincia, director de la respetable revista Ateneo, director y editor de la biblioteca Ateneo; pertenece a la Legación de Nicaragua; fué iniciador del Romancero de los sitios; colabora en Caras y Caretas, de Buenos Aires; en El Fígaro, de la Habana; ¡inicia, realiza y colabora en cien cosas más! No tiene aún automóvil; va a comprar uno pronto; pero no hay que temer, este poeta no es futurista. Tiene un santo en su familia ancestral. Tiene un castillo en Zaragoza. Es lírico de paz y de hogar. Tiene una bella esposa y unos lindos niños. Su padre era republicano. En su casa se conspiraba. Llegaba allí el tío Emilio y hacía discursos de música. El niño Mariano oía todo eso, observaba, tras los cortinajes. El niño creció, y el hombre es hoy monárquico, católico; y, cuando se va a veranear, para que diga la misa en la capilla de su castillo, tiene un capellán. De Val es cuerdo.

Su gabinete de trabajo está adornado de libros, retratos, autógrafos, medallas. Sus íntimos son sabios catedráticos, políticos, periodistas y uno que otro autor de los llamados modernistas. No se le creía un combativo. Sin embargo, un día se halló en pleno ardor polémico. El enemigo era temible: la condesa de Pardo-Bazán. La polémica fué sobre los novelistas en el teatro, y el joven aeda se batió ardorosamente con Pentesilea. Una vez vistos los argumentos de uno y otro, confieso que me coloqué al lado de doña Emilia. Muchos novelistas ha habido y hay que son excelentes autores dramáticos, y una facultad no es privativa de la otra.

De Val, que parece tan grave, tan serio, y que lo es, ¡indudablemente! ha pagado el matritense tributo a la literatura jovial, y, aunque sin su nombre, ha hecho imprimir cierto pecador volumen de castizos chistes, que habían regocijado a aquellos honestos y nada complicados rimadores que se llamaban Teodoro Guerrero, Ricardo Sepúlveda y demás compañeros del tiempo del Pleito del matrimonio. Después llevó la risa a las tablas, escribió para el teatro cosas jocosas. Mas en donde quiso poner la flor armoniosa de su juventud fué en su volumen Edad dorada. Son cosas de galantería y elegancia, madrigales apasionados, idealismo y carne, inspiraciones momentáneas y filosóficas amatorias; versos del alma y versos de salón; declaraciones y baladas. Gentiles maneras y decires que complacían a las damas antes de la introducción del bridge, del pastime-puzle y del popintaw.

De Val adula rítmicamente a la mujer, y señala sus varios encantos y modos de hechizar. Celebra la juventud, optimista y amigo del placer y de la gloria. Celebra la fe, el entusiasmo, el amor, la mujer siempre, ¡y hace bien! Y dice al final de su canto:

Dejad, pues, que la planta favorecida

de su corto reinado goce abstraída,

y aliente los afanes de su amorío

y realice sus sueños en el estío,

no le habléis del otoño que le intimida,

no le habléis del invierno de nieve y frío,

dejadla que lo olvide, si es que lo olvida,

y cuando en sus entrañas se sienta herida,

cuando la hora le llegue de cruel hastío

y la veáis rendirse desfallecida,

decidle, porque aplaque su desvarío,

que todo invierno es víspera de nueva vida.

Canta el amor, canta las flores con modos y conceptos ortodoxos:

Flores, hermosas flores,

que sois nido de amores

y de los verdes prados alegría,

desplegad vuestros mantos de colores

que ya amanece luminoso el día.

Dedica dos poemas a dos marquesas guapísimas. Zorrilliza en una «sinfonía». Y refiriéndose a quien sabe qué gallarda y voluptuosa señora, asonanta unas insinuaciones donjuanescas o fáunicas, de todos modos no por lo emprendedor menos romántico:

...Auras de rosa

forma tu aliento,

que toman brío