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CUENTOS DE POETA
DEL MISMO AUTOR:
1895.—Patria (poema laureado.)
1899.—Trovadores y Trovas.
RUFINO BLANCO FOMBONA
CUENTOS DE POETA
MARACAIBO
IMPRENTA AMERICANA
1900
CARTA A FABIO FIALLO
Maracaibo: abril de 1900.
Señor Fabio Fiallo.
Santo Domingo.
Mi querido poeta.
Un día ráfagas de adversidad me llevaron á esa noble patria tuya. Bajaba del Norte, quizás un poco enamorado. Triste, de la tristeza generosa de los amantes y de los proscritos; llena todavía mi alma con la suave música de suaves palabras de amor; en los oídos el eco lastimoso de la patria, atormentada, puesta en cruz; enfermo del alma y del cuerpo, llegué en busca del piadoso peñón antillano, donde poder enterrar íntimas pesadumbres, la vista en el horizonte, hacia la patria imposible y amada.
Entonces fue cuando me abriste, oh poeta, las puertas de tu hogar y de tu corazón.
Y después, á la hora en que un falso patriotismo, vidrioso é impertinente, lapidaba mi nombre; á la hora en que tantos apedreaban con censuras y protestas al gobierno liberal, por el hecho de haberme honrado más allá de todos mis anhelos, galardonando quizás mi amor á Santo Domingo, fue tu pluma viril, tu pluma de diarista y de poeta, la que yo vi indignarse y coronar de rosas mi nombre.
Mi corazón es tuyo, poeta.
Acóje esos pobrecitos Cuentos que se me han salido toscamente de la pluma. Yo los viví casi todos; ó los he cojido al vuelo, mirando sufrir á los demás hombres.
Historia de un dolor, es una historia de veras. Aquel hombre que agoniza es mi padre. Yo vivía en Holanda en 1896 y al rescoldo de mis recuerdos de hogar, escribí, y entonces publiqué, si bien algo variada, esa página íntima.
Juanito, ya tú lo conoces, me valió un laurel. ¡Pobre Juanito! Carta de amor no es literatura. Cuanto á Molinos de maíz, baste decirte que mi padre fue propietario de tahona, en una poblacioncita de Venezuela, y te juro no ser mi pobre padre, el Redil de mi cuento.
De Filosofías truncas, que no es apenas cuento, pudieran decirte mejor que nadie César Zumeta y el autor de Flor del Fango é Ibis. Los discutidores somos los tres: ellos y yo, que vivíamos juntos en Nueva York, el año pasado. El cuento, que repito no es tal, ni por tal lo tengo yo, se reduce á una charla que sostuvimos cierta noche en que hube yo de indignarme contra el cruel lapidario de Escrituras y Lecturas.
Recuerdo con placer indecible muchas de esas veladas.
Vargas Vila es, como nadie lo ignora, un admirable conversador. El epigrama es flor de su predio. Clava un chiste como un puñal. Blande las palabras con soltura sorprendente; y la movilidad y destreza de su espíritu corren parejas con su verbosidad oportuna y de buen tono.
Zumeta es alma cambiante y compleja. Es bueno y malo. Su ironía es malvada; y se ríe, cuando habla, de un modo siniestro. Pertenece á los buenos días en que se obsequiaba á un huésped, en una copa labrada, con un tósigo. Sus flores están sutilmente envenenadas. Desvalija falsas reputaciones, en dos minutos, con una habilidad calabresa. Pero hay una cosa indiscutible: que la compañía de Zumeta es siempre interesante.
Si Alma enferma, te parece lánguido, échale toda la culpa al señor Herrera Irigoyen. El nos paga por cuartillas. Sus larguezas corresponden á la longitud de nuestros escritos. Por eso jamás le he querido vender mis versos.
Más no te hablo de mis cuentos.
Tengo que explicarte, sin embargo, por qué les digo Cuentos de poeta. Porque son, en resumen, historias que yo te conversaría si estuviésemos juntos, historias desnudas de mayor interés, historias de esas que se hablan dos poetas en un banco de plaza pública, á la media noche, cuando el cielo está azul, paramentado con temblorosos hilos de estrellas.
Rufino Blanco Fombona.
EL DOLOR DE PEDRO
ra la media noche. Pedro acababa de matar la luz de su lámpara. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la bujía de cera roja del velador; el mármol resplandeciente del aguamanil; los volúmenes, de tafilete bruñido y lustroso; cuanto era sonrisa de la luz, en la estancia, cuanto devolvía el beso de oro de la lámpara en nota luminosa, entraba en la obscuridad. La habitación, paramentada de sombra, yacía en la mudez. La luz no cantó más su canto de notas risueñas. En el centro del dormitorio, Pedro, en pie, parecía una estatua cubierta de un paño fúnebre.
Y el joven entró en el lecho, y se arrebujó en las frazadas, gustoso de respirar aquel ambiente de soledad bienhechora.
Apenas reclinaba la frente, satisfecho de sí mismo, aquella noche consagrada al estudio, apenas oreaba sus párpados el ala del sueño, cuando escuchó un ruidecillo. Se puso á oír: el ruidecillo era como de patas de mosca sobre una cuartilla de papel; como de un vuelo susurrante de cínife; como de enjambre de hormigas arrastrando un ala de mariposa.
Y desde el propio lecho acechó el sitio del rumoreo. En una pata del escritorio que simula una garra de león, miró lucir una chispa como de astro, intensa, de luz amable y generosa.
Pedro creyó ver un brillante, rico regalo de algún duende; pensó que alguna hada munífica le hacía, por manera curiosa, aquel gentil presente. Pero el diamante comenzó á titilar como un Véspero, al pie del escritorio, y temblante, movía su luz bajo la zarpa de caoba.
Pedro comprendió que mal podía ser un diamante la lucecilla vivaz y móvil. Y encendió la bujía de cera encarnada.
Entonces pudo ver una cosa épica. En una red de araña, de tenue urdimbre gris, un gusano de luz, un cocuyo, se debatía prisionero, acometido por inmunda cucaracha.
Pedro se llenó de piedad y de ira.
De piedad hacia el pobre animalito luminoso; de ira por el bicho repugnante, nauseabundo y traidor.
Al momento ideó redimir de aquella trampa gris, y salvar de aquella sabandija, al mísero en prisión; más, primero, quiso matar el insecto ascoso, y lo persiguió por todo el cuarto con una rabia carnicera. La cucaracha, medrosa, corría y corría, hasta perderse quién sabe en cuál rincón de la pieza.
Fatigado de una vana persecución, Pedro se restituyó á la tarea de salvar la luz, presa en la red gris de la araña. Tomó de sobre el pupitre una plegadera de marfil, y, con dulce piedad, lleno de ternura, redimió al insecto infeliz, al pobre animalito luminoso.
En la punta de la plegadera de marfil, ya en salvo, el cocuyo daba su claridad, como una sonrisa fulgurante de gratitud.
Y sucedió que en un aleteo, acaso en una vibración de regocijo, el insecto, resbalándose, cayó sobre la pierna desnuda de Pedro. Este, en un movimiento de nerviosismo, sacudió la pierna, rozada con aspereza por las alas y patas del cocuyo; el cocuyo rodó por la alfombra, y Pedro, de súbito puesto en pie, impensadamente lo aplastó con su planta.
Mientras tanto, la sabandija inmunda, la perseguida cucaracha, miraría la escena, de fijo, desde algún rincón de la pieza, vibrando las alas, oblondas y parduscas, en explosión de contento.
Víctima de una tristeza irracional y profunda, esa noche, Pedro no pudo conciliar el sueño. Las horas pasaban. Pedro vio las primeras tintas de la aurora entrar en orlas de luz por las rendijas de la ventana. Abrió un postigo. Y entonces fue, después del triunfo del dolor, el triunfo del color. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la bujía de cera roja del velador; el mármol resplandeciente del aguamanil; los volúmenes, de tafilete bruñido y lustroso; cuanto era encanto de la luz, devolvía en notas risueñas el beso del alba.
CUENTO FILIAL
quella noche la pobre anciana enferma se moría. Pronta á extinguirse, al menor soplo, oscilaba en su cuerpecillo endeble la llama de la existencia. No bastó á darle vida, á su naturaleza extenuada, humano auxilio; los consuelos de la religión no la consolaban de su muerte. La vieja se aferraba á la vida. Estrechando las manos de sus hijos, que la rodeaban, decía gemebunda:
—No; no quiero morirme.
Aquella lucha de la anciana con la muerte llevaba treinta horas.
—Los viejos son así, expresaban concienzudamente los médicos; y contaban en presencia de los deudos más animosos ó más indiferentes historias de moribundos septuagenarios que, en lugar de consumirse de un tirón, como la pólvora al fuego, se chamuscaban poco á poco, á manera de torcida.
De entre los hijos de la anciana el inconsolable era José. La vieja, achacosa y maniática desde hacía algunos años, dio en la flor de no permitir que cuidase de ella sino José. Este, de índole suave, casera y femenil, se amoldó á los caprichos de la anciana. Los demás hermanos, las hembras inclusive, le cedieron generosamente el puésto en el corazón y la vida de la vejezuela, por donde vino él á ofrendar muchos de los mejores años de la juventud al cariño materno.
Para no distraerse de tan noble ocupación, aplazaba su dicha, no desposándose con Celina, hermosa mujercita á quien amaba.
José permanecía en un rincón, sollozante como un niño. De cuando en cuando abrazándose á un hermano de él, murmuraba:
—Se nos va; se nos va.
Y las lágrimas empapaban su voz.
La anciana lo llamaba á menudo.
—José, José: agua, dame agua.
O bien decía llorosa:
—Hijo mío, yo me muero; sálvame, hijo mío.
El dolor hundía todos sus puñales en el alma del pobre José. Por centésima vez interrogaba á los médicos.
—¿No hay esperanza, doctores; no hay esperanza?
La ciencia nada podía. Los médicos no lo engañaban. José, alma profundamente religiosa, sollozaba por lo bajo:
—Virgen María, sánala tú.
Y el buen hijo formulaba, mentalmente, mil locas promesas.
Por fin la anciana como que se resignaba á morirse. Desde la tarde yacía en un quietismo cadavérico. Antes de hundirse en aquel letargo agónico hubo una escena dolorosa. La anciana llamó á su hijo predilecto y á Celina, la prometida esposa de José. Los miró, les juntó las manos, y se dispuso á hablar; pero la palabra se negó á salir de su boca pálida, sus labios, fríos, se plegaron, y de aquellos ojos turbios corrieron lágrimas silenciosas. Las lágrimas de la moribunda conmovieron profundamente; aquellos labios moviéndose en una mueca trágica fueron de una elocuencia inaudita: José y Celina se abrazaron gimiendo sobre el cuerpo inanimado de la anciana; todos se miraban enternecidos; de los rincones partían sollozos; se respiraba en el aposento un aire de dolor.
Ya era muy entrada la noche. La noche era una tristeza más. Sólo una vela, tras pantalla color de rosa, esparcía pálida luz en la habitación; á esa temblorosa claridad las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros. El rostro de la moribunda se perfilaba entre las almohadas. No había en él esa dulce resignación de cristiana absuelta, pronta á comparecer sin mácula ante el Dios de su fe; sino una como rebeldía, algo como terror, extraña expresión de pena.
De remedios ya nadie hablaba. Ahora para nada servían. Los frascos, las cucharas, las botellas, allí estaban, testigos inmóviles, silenciosos, de la próxima separación. Sobre la piedra del lavabo un reloj de oro, abierto, que indicó poco antes la hora del medicamento, sólo marcaba minutos de angustia. Cada movimiento de agujas arrollaba los hilos últimos de aquella existencia. Junto al reloj, en negro estuche de caucho, estaba el termómetro; y por allí salía, de entre un papel blanco de seda, la punta amarillenta de la vela del alma.
Una hija de la anciana empapaba, de cuando en cuando, con un algodoncillo húmedo, los labios resecos de la enferma. También, de cuando en cuando, partían sollozos vibrantes como flechas.
Y en medio de aquella tenebrosidad de muerte y de noche las almas, llenas de pesadumbre, gemían, los ojos se nublaban en llanto, las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros.
José, perdida toda esperanza de salvación, aguardaba por momentos la muerte de su madre.
De pronto dejó el asiento, á la cabecera de la enferma, miró la hora de la media noche en el reloj abierto sobre el aguamanil, y en la punta de los pies salió de la pieza, exclamando á media voz:
—Dios mío, Dios mío.
En el patio se detuvo. El aire fresco de la noche oreó su frente. En la habitación de la anciana, la atmósfera ardía como un horno. José experimentó alivio al respirar la brisa nocturna, perfumada con el azahar de los naranjos, ornamento y orgullo del jardín solariego. Los jazmines blanqueaban en la sombra, y la sutil esencia de las rosas produjo en José extraña sensación de voluptuosidad. Un momento pensó en lo bien que estaría durmiendo, en un lecho blanco y muelle. Abrió las fauces, bostezando, y se desperezó como un ebrio. De repente la idea de la moribunda embargó su alma otra vez, y á la vista de tánta sombra, sintiendo un vago estremecimiento de horror y pensando en el martirio de la anciana, repitió:
—Dios mío, Dios mío.
Quizo rezar é instintivamente caminó hacia un ángulo del patio, sitio del oratorio. A medida que andaba fue observando más distintamente las cosas. De la capilla, abierta, salía un débil chorro de luz. Pudo distinguir á Celina, arrodillada, en el centro del oratorio. La pobre niña, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida, como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y deshecha en lágrimas, pedía consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana. El joven, desde el umbral, miraba y admiraba á Celina. Todo allí era caro á José: el altarito resplandeciente, en cuyo centro agonizaba un Cristo de marfil; aquella atmósfera mística, ambiente de su alma religiosa; los reclinatorios de ébano sembrados de cojines de púrpura; la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.
Entre las flores del altar, cuasi frescas, apenas si empezaban á marchitarse las rosas, al calor de los candelabros ardientes. Para las flores del Señor siempre había tiempo, aun en medio de las mayores tribulaciones. Manojitos de heliotropos odorantes, blancos y azules, espiraban rico aroma. En un jarrón, se apiñaban en desordenado ramillete, campanillas, nardos purísimos, margaritas de plata, corazones de un rojo pálido, y espigas verdes, muy verdes.
En el centro se abría, perfumando, un varillaje de lirios. Por dondequiera rosas, muchas rosas.
Y en medio de la capilla, arrodillada, Celina, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y desecha en lágrimas, pidiendo consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana.
José, en transporte de amor y gratitud se llegó á Celina, y silenciosamente estampó un beso casto, un beso tímido, en la nuca de la bella, blanca y mórbida, entre rizos de oro. Celina se volvió, llena de mansedumbre, como si hubiese presentido aquella caricia, y sin desplegar los labios le dio las gracias á su novio. José también se comprendió deudor de aquella hermosura que buscaba la sombra para derramar lágrimas y pedir al cielo un lenitivo á los dolores de su alma filial, rota á la vista de la madre muriente. Y la volvió á besar... Ella se puso en pie y devolvió la caricia. Por un espacio permanecieron abrazados, vertiendo amargo lloro. Se sentaron, mudos, pero diciéndose muchas cosas tristes con la mirada. José la apartó de sí suavemente, puso las manos en los hombros de ella, miró como en éxtasis beatífico el rostro de la hermosura, ya sereno, y estampó un beso hondo, muy hondo, en la boca, deliciosamente encendida, de la bella adorada.
Corrieron los instantes. El alisaba con afecto los bucles alborotados de Celina; y concluyó por besarla nuevamente. Celina dejó caer su cabecita rubia en el hombro de José, abandonándose en los brazos queridos de su novio. El juntó las manos de la niña y las acarició largo tiempo con dulzura. Después la besó en la frente. Ella, inclinada sobre el hombro de José, puso los labios en la nuca del joven. Entonces él la tomó entre sus brazos y la besó una, dos, tres, muchas veces, primero poco á poco, en seguida con calor, luégo furiosa, locamente. Ella devolvía las caricias, sintiéndose como arropada por una onda creciente de calor purpúreo. Y en medio á aquella tempestad de caricias no esperadas, en aquel frenesí, rodaron por la alfombra, él en brazos de ella, ella en brazos de él, las bocas juntas, las carnes trémulas.
El cuello de la camisa saltado en la lucha amorosa de los brazos, la corbata por cima del chaleco, los puños fuera de las mangas, rojo de besos, José estaba magnífico de horror á los ojos de Celina. El deseo, un deseo violento, fulminante, había encendido fúlgidas llamaradas en los ojos del joven. El cuello nervioso y fuerte se lo estaba mirando Celina, merced á la camisa desgarrada; y sentía, con placer inefable, en las delicadas formas, la mano de su amador, ruda y nerviosa. José tuvo la osadía suprema: se permitió atentar contra aquella virginidad temblorosa bajo el ala de los besos. Ella opuso reparos. Entonces él, enloquecido, rugió algo entre dientes.
Y rodaron por el suelo, luchando, en presencia del Cristo de marfil; en medio de aquella atmósfera mística, ambiente del alma de José; por entre los reclinatorios de ébano, sembrados de cojines de púrpuras; sobre la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.
En la capilla comenzaron á oírse grandes voces, empapadas en llanto:
—Se muere; se muere.
—José; José.
Celina se estremeció. Quizo arrojar de sobre sí al mozo, que la abrumaba con su peso, y temerosa de que alguien penetrase repentinamente en el oratorio, le dijo, la angustia en la voz:
—Oye, José: tu madre; se está muriendo tu madre; mira que nos encuentran. Por Dios.
Los llantos se escuchaban claramente, y las voces proseguían:
—José, José.
Pero José, sordo, feroz, magullando á la pobre niña, rugió:
—Déjenme.
Y la besó de nuevo.
—Por Dios José, tu madre...
—No importa; déjame.
La historia de José corrió de boca en boca. Se proponía á todos como un modelo. Nunca la admiración que inspira una conducta noble subió más alta, ni llegó más lejos. A todos se decía cómo después de haber consagrado el mejor lustro de la juventud á la enfermedad y los caprichos seniles de su madre, José, la noche en que murió la anciana, fue encontrado en el jardín, como un loco, la cabellera en desorden, el traje descompuesto, dándose puñadas, mesándose los cabellos, inconsolable, y exclamando, al pie de un naranjero en flor:
—Me desprecio profundamente. Perdóname, Dios mío.
EL AMOR DE LUZBEL
uando Zantigua franqueó la entrada en el gabinete, daba cima á un poema galante Luzbel, adorable poeta cuyas estrofas vuelan como irisadas mariposas; poeta gentil que cincela serventesios á modo de joyas; poeta cuyos cantos, llenos de juventud, rebosantes de vida, empapados de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias de mujer, fulguran como perlas de rubí, como zafiros luminosos.
Zantigua avanzó hasta el poeta. Luzbel, sumergido en éxtasis beatífico en la contemplación de su obra, llena todavía el alma con la música de sus versos, no advirtió la presencia de su amigo. Este puso la diestra en el hombro del poeta. Luzbel se volvió un poco sobresaltado.
—¡Oh, tú! Siéntate.
Pero Zantigua no obedeció; antes bien, plantándose enfrente de su amigo, mirándolo al rostro con fijeza, una sonrisa maliciosa en los labios y en los ojos, le dijo:
—¡Poeta, vengo á reírme de tí!
—Conmigo, dirás.
—No, mi querido poeta, vengo á reírme de tí.
Esta resolución del leal compañero de juventud fue tan peregrina al bardo; era tan burlesca la mirada de Zantigua, que Luzbel de súbito se sintió presa de un acceso de hilaridad; acceso que contagió al otro, de suerte que por espacio de unos momentos ambos se desternillaron de risa. Se reían con una risa estúpida de muchachos ó de locos; risa que era en el escritor, asombro, burla en Zantigua.
Cuando hubo concluído aquella tempestad de buen humor, cuando aquel simoun violento de alegría pasó, y los rostros se serenaron, el recién llegado interrogó maliciosamente á su amigo:
—¿Desde cuándo no ves á Carmen?
La pregunta, fulminada sin preámbulos, no extrañaba al poeta; de seguro nada inaudito tenía para él.
Carmen era una antigua amada del poeta. Cuando éste la conoció era ella una muchacha llena de hermosura, blanca como un mármol, cariñosa como un niño. En otro tiempo Luzbel la quiso mucho, mucho. Zantigua no ignoraba la historia de aquellos amores.
Carmen, huérfana de padre y madre, encontró, en medio de su infortunio, puésto en una lavandería. Allí se la explotaba con cinismo: á trueque de un mendrugo se ponía á contribución toda su infantil actividad; pero al menos en la lavandería no hubiera perecido en las manos descarnadas y trágicas del Hambre. El instinto alzaba en el pecho de la joven mudas voces de gratitud.
Luzbel la encontró, la vez primera, en casa de una cómica, por cuyas ropas iba Carmen todos los lunes, para restituírlas luégo, el sábado, deslumbrantes de blancura.
Conocerla Luzbel y prendarse de la hermosa abandonada fue todo uno. Carmen contaría á la sazón catorce ó quince primaveras; su belleza comenzaba á entreabrirse como una rosa; el botón de carne, rompiendo la clausura de la niñez, comenzaba á deslumbrar con el esplendor de sus matices; matices de azul hondo y trémulo en la pupila, de oro pálido en la cabellera, de rojo de frambuesa en los labios, de blancura de jazmín en las manos y en la frente.
Lunes y sábado se veían el poeta y la muchacha.
Carmen llevaba y repartía las ropas del lavado en una carretilla, á cuyo peso se cimbraba la joven, como una palmera al soplo del viento; pero Carmen sonreía de felicidad en su faena, porque bajo el plomizo cielo de otoño, pisando el lodo de la calzada, recibiendo trompicones, por entre los coches disparados como flechas, por entre los ómnibus torpes como elefantes, al través de la populosa capital, Luzbel, enamorado, junto á ella, iba diciéndole ternuras, cantándole en los oídos un lisonjero canto de amor.
Un buen espacio de tiempo se amaron mucho. Ella se dio al poeta ingenua, pura, enamorada. Y en medio del naufragio de su existencia, el bardo la condujo á las queridas playas de Citeres.
En el fondo de su alma comprendió Carmen que adoraba á Luzbel porque era dulce, joven y bueno, porque se consagró á ella en un delirio de amor.
El respiraba unas como brisas bienhechoras. Amor lustral, puro cuanto cabía serlo, aquel amor limpiaba su alma, poco á poco, de negros y desolantes pesimismos.
Pero no transcurrió mucho tiempo sin que nubes amenazadoras empañaran la brillantez de aquel claro cielo azul. Se encapotó el horizonte. Centelleó el espacio. La tempestad se desató en los corazones.
Ella, la enamorada, lo engañó; lo engañó con un músico, artista extranjero, bohemio errante. La hija del montón, nostálgica de aventuras; la gitana, acaso la artista, se despertó en Carmen, y ya no hubo para la bella alondra fascinada, sino el soñar con placenteras noches azules, en lejanos países, entre un coro de admiradores deslumbrados por su belleza, ebrios de champaña y de amor.
El, al principio, tuvo tentaciones de pegarle. Pero no podía ser. Reaccionó. Carmen, hija del lodo, en el lodo se despeñaba. Víctima, sin saberlo, de una dolorosa herencia de infamia; renuevo anónimo, espuma de la hez, era una flor de la hampa, pálido nelumbo abierto en el légamo.
Luzbel recordó las dolientes historias que supo, en noches de amor, en horas confidenciales, bajo el ala de los besos, de la misma boca de Carmen. Padre, jamás lo tuvo. A su madre la vio morir, en mísera buharda; más de inanición que de mal alguno conocido, como no fuera de la gran tristeza de vivir ahogándose en la onda amarga de todas las miserias.
El poeta creía escuchar en la sombra una voz que razonaba de esta suerte:
—Luzbel, Luzbel, ¿qué derechos tienes tú sobre Carmen? ¿No debes nada, por ventura, ni siquiera la libertad, á la bella cautiva?
Ella te consagró las primicias de su amor y de su juventud. Tú, el primero, te has embriagado en las copas blancas de sus blancos senos. ¿Qué resta en esos cálices perfumados, para los futuros amadores, sino la hez? No debieras indignarte contra la pobre niña, pródiga de su hermosura, porque brinde las nevadas copas de su cuerpo á otros labios sitibundos, para que escancien, llenos de regocijo y gratitud, residuos de savia, frías sobras de amor.
Luégo de una violenta lucha consigo mismo concluyó el poeta por separarse de su querida. Ella se fue á vivir con el músico. Poco tiempo después abandonó al artista; y entonces fue cuando comenzó para ella la dolorosa romería de los amores, el repugnante comercio de sonrisas, el tanto por ciento del afecto; entonces fue cuando ella conoció la usura de los comerciantes de amor, el forzoso despilfarro del placer en las mujeres de su oficio, la miseria profunda y degradante de una vida de alquiler.
Como un cazador sigue el rastro de la pieza al través de los marjales, y por el intrincado laberinto del bosque, así el poeta siguió las huellas de Carmen por entre las aventuras de una vida errante; y vio á la pobre muchacha hundirse, poco á poco, en el vicio.
Un día no supo más de ella. Se había empequeñecido tanto la pobre niña, que el enamorado hubiera menester de un microscopio, para percibir el mísero corpúsculo, pegado allá, en lo más negro de la más negra capa social.
Pronto empezó á brillar nuevamente como lucero que, velado en nubes, rompe á fuerza de irradiaciones cortinajes de sombra, y en el cielo, ya claro, fulgura, brillante de oro en la cima de encantada cabellera azul.
Llegó hasta el triunfo supremo; triunfo consistente para una mujer galante en que extraña leyenda la corone, en que su vida dé pábulo á la pública admiración.
Corrían diversas versiones tocantes á esta mujer.
—Es hija de un millonario extranjero, decían. Y expresaban que, muerto el padre, en posesión la muchacha de cuantiosa fortuna, se había dado á la más novelesca y desordenada vida.
Pocos se resignaban á creer que Carmen fuese, sencillamente, una cortesana en auge.
Pero el círculo de admiradores fue mermando, mermando; el aura dulcísima de la celebridad no jugó más con su riza cabellera de oro; nuevas emperatrices de la hermosura destronaban á Carmen; de sus manos caía el cetro de la moda.
La belleza es uno como astro mágico. Primero, en su plenitud, deslumbra, á manera de sol; luégo se transforma en pálida luna de nácar; después en remota estrella de oro, en chispa de diamante, en polvo de luz, en nada.
Carmen apenas era ya, sino melancólica, blanca luna, perdida en un rincón de cielo azul.
Zantigua, íntimo del poeta, sabía todo esto mejor que persona alguna; sabía también cómo Luzbel conservaba siempre en el fondo del alma un rescoldo de cariño, de la que fue un tiempo llama de amor, rescoldo á cuyo tibio aliento se calentaba la memoria de Carmen.
Tampoco ignoraba Zantigua que Luzbel, en varias ocasiones, con detrimento de su orgullo, consintió en recibir á Carmen, bien para satisfacer alguna exigencia de la antigua amada, ó solamente como remembración de felices horas muertas, corridas juntas, en medio de caricias embriagantes, bajo el ala de la ventura.
Zantigua ridiculizaba á menudo aquel sentimiento que en el alma del poeta se abrasaba, como terrón de mirra, esparciendo místico perfume. Algunas veces decía á Luzbel, aludiendo á Carmen:
—Deja á esa pobre Margarita callejera, candidata del hospital.
Y en otras ocasiones:
—No quieras ser Redentor porque puedes morir en cruz.
El poeta procuraba defenderse sonriendo.
Hoy Zantigua volvía á las andadas. No bien hubo entrado en la habitación; apenas hizo promesa de burla, y lanzó francas risotadas, como anticipo de la mofa, cuando comprendió Luzbel que estaba á punto de ser víctima de un interrogatorio, acaso de severa reprimenda.
Bien pronto vino á confirmar sus sospechas la pregunta de Zantigua:
—¿Desde cuándo no ves á Carmen?
—Desde hace poco tiempo, contestó.
—¿Y con qué motivo, puede saberse?
—Sí, señor, puede saberse: con motivo de una desgracia que le ha ocurrido.
Zantigua se amostazó. Cómo creía Luzbel en patrañas.
—¡Conque una desgracia! Pues, escucha: yo la he visto anoche, en un café, entre mozos, bebiendo y comiendo.
El poeta expresó que nada de particular tenía el que una mujer galante se divirtiese en un café, entre amigos.
Zantigua gritó:
—Es verdad; lo que sí tiene de particular, lo que tiene mucho de ridículo, es que esos amigos se rían de tí, se diviertan á tu costa.
—No te comprendo, querido.
Entonces Zantigua contó una escena de la noche precedente. Medio borracho uno de los comensales derramó la salsera en el traje de Carmen, un precioso traje color de fresa. Otro de los conviviales dijo, en tono guasón:
—Esto es un bautismo de salsa.
Alguno refiriendo el percance á la parte económica, y apostrofando al causante de la malaventura, exclamó:
—Judío, quieres arruinar á Carmen.
A tales voces, ella, radiante de júbilo y de vino, refirió cómo era posesora de rico ajuar, regalo de un amigo poeta. Y tu nombre, el nombre de Luzbel, comenzó á rodar mezclado con frases llenas de mala intención, frases cortadoras como navajas de afeitar.
Zantigua, indignado contra el poeta, le reprendió estas liberalidades. Pero éste á la sazón más filósofo que no poeta, hacía maldito el caso de las vociferaciones de su amigo.
—Díme, pecador, ¿es cierto que has regalado á Carmen esas ropas?
—Sí, padre.
—¿Y crees por ventura en la fidelidad de una ramera?
—No, padre; ni lo creo, ni lo intento.
—Entonces, ¿por qué derrochas en Carmen tu dinero y tu tiempo? ¿Por qué?
Zantigua había permanecido en pie, nervioso y colérico, durante la conversación; pero al llegar aquí, como en espera de una respuesta, jadeante y refrescándose con el pañuelo la frente sudorosa, se dejó caer en una mecedora de bejuco, regalo de la pereza.
Entonces Luzbel se puso á defenderse, como ante numeroso auditorio, con mucha calma, casi con majestad.
—Una mañana, al principio del mes que hoy concluye, dijo, se presentó Carmen en esta misma habitación. Llegaba despavorida. Me refirió cómo un incendio, ocurrido en su casa la noche anterior, acababa de empobrecerla. Las joyas, sus muebles, sus trajes, cuanto constituía su lujo, su tesoro, ardió entre las llamas. De repente se encontraba á bordo de ese buque náufrago, cuyo nombre es la Miseria, buque espectral que navega en aguas betuminosas, siniestro buque tripulado por pálidos y horrendos fantasmas.
Zantigua interrumpió al poeta, bruscamente.
—¿Por qué no solicitó amparo entre sus constantes amigos de francachela? ¿Por qué vino á tí, gemebunda, en la desgracia, la que te abandonó contenta, feliz? Y tú, ¿por qué pagas sus perfidias con dinero?
Se hubiera creído que Luzbel no escuchaba las razones de su amigo. En su hablar numeroso y pausado, prosiguió:
—Vi al borde del dolor á la que un tiempo amé, y le tendí la mano. No me arrepiento. Yo quise mucho á esa mujer. La felicidad la conocí un poco de cerca junto á Carmen. Carmen iluminó mi juventud con el resplandor de su belleza. Si estrellas irradiaron en mi sombra á sus ojos lo debo. Si una ráfaga de felicidad oreó mi frente á su cariño lo debo. Esa mujer es mi acreedora. Un día me traicionó, es verdad; yo no pude seguir pagando en besos mi deuda de amor. El antiguo afecto, casi muriente, renace hoy trocado en lástima, ante la ignominia de esa vida. Menesterosa de amparo viene á mí la pobre mujer en desgracia. Tóme, tóme dinero; cómpre vistosos trajes; vista sedas; váyase por ahí enamorando á los hombres. Yo me diré feliz con tal de que esos trajes, esos míseros trajes de seda, puedan proporcionarle horas de triunfo, dulces conquistas, instantes de placer; así al menos retribuyo á Carmen siquiera un poco de la ventura con que un tiempo me colmó.
Zantigua extrañado, casi vencido por aquel análisis piadoso, ante la franca exposición de aquella alma lacerada y melancólica, apenas pudo murmurar, en tono de reconvención y cariño:
—¡Poeta, poeta!
Y sucedió que el bardo, orgulloso de su triunfo, con la misma voz pausada y melodiosa, empezó á recitar, en obsequio de su amigo, el poema recién concluso; poema cincelado á manera de florentina joya; poema cuyas estrofas, llenas de juventud, rebosantes de vida, empapadas de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias de mujer, fulguran como perlas de rubí, como zafiros luminosos.
MOLINOS DE MAIZ
l pueblo, blanco y pequeñito, al pie de la montaña, entre los árboles, es un huevo de paloma; aparece como ninfa desnuda, deslumbrante de blancor, adormecida en el valle, á la sombra.
Desde el camino, el viandante, al mirar la aldehuela, bajo las ceibas florecidas, piensa ver una perla al través de una esmeralda.
Aquello es paradisiaco. Las casucas no trepidan al paso de los trenes; ni turban el silencio de la comarca las rápidas locomotoras.
¡El pueblecito, como olvidado en el repuesto valle, á la falda del monte, qué había de conocer luchas de grandes intereses, ecos de industrias, rumoreos de ciudad populosa! A manera de eremita, ignora de las cosas del mundo. Hasta su recinto sólo llegan el canto matinal de azulejos y turpiales; el chirrido de guacamayos multicolores; las estridentes voces de alguna banda de pericos, que vuela hacia los maizales, á picar en el oro de las mazorcas, y raya el cielo azul del poblacho como una cinta verde, como nube de esmeralda.
El pueblo es dulce; pero monótono. Allí no hay otro espectáculo sino el de la naturaleza, siempre nuevo, siempre hermoso, grato siempre á la vista del hombre.
A trechos, en la montaña, los conucos florecen; en los claros del monte las rozas humean; y plantaciones de café, pequeñitas, desaparecen cubiertas de nevados jazmines, á la sombra bienhechora de los bucares, que se extienden, como quitasoles de púrpura, bajo el cielo azul.
Fue en este pueblo arcádico donde instaló D. Sergio, vecino del lugar, una molienda de maíz.
La industria de D. Sergio prosperaba. Desde mucho antes del advenimiento de la aurora el molino hervía en gente.
El pueblo, agricultor, se levantaba con el alba á cultivar el campo que florecía como un opimo cuerno de la abundancia; y al abrir ojos lo esperaba sobre la mesa, en el copioso desayuno, la arepa calientita, provocante y dorada.
Viendo el molino rebosante de personas, y á D. Sergio atareado, feliz en la faena, los madrugadores empedernidos, al pasar, lo saludaban con una sonrisa.
—¿Mucho trabajo, D. Sergio? preguntaban algunos, lisonjeando de propósito la vanidad del molinero.
El respondía con miradas de satisfacción, que pudieran traducirse de esta suerte:
—Comprendo que admiráis mi labor. Gracias.
El éxito de su negocio era para D. Sergio cosa grave, punto de honor, orgullo de su existencia, satisfacción la más cumplida de su vejez.
¡Cuánto no le costaba el implantamiento del molino! ¡Qué lucha contra un pueblo, contra un pueblo íntegro, y sobre todo, qué triunfo! Los detractores más empecinados de su proyecto eran hoy propagandistas de su obra. La lucha fue horrible.
—Este hombre está loco, manifestaban algunos; quiere turbar las sanas costumbres de nuestro pueblo.
El párroco formulaba argumentos poderosos.
—Eso va directamente contra lo estatuído por la Escritura, decía. La decantada novedad es, en resumen, la remisión del trabajo, como que hoy muelen á la mano el maíz, y el trabajo es impuesto del Señor, castigo de la primera culpa.
Todos convenían en ello. Muchos aventuraban que sería peligroso provocar los sentimientos del pueblo. Este, muy bien hayado sin molinos, repugnaba innovaciones que pudieran aportar fatales consecuencias.
El grito de guerra repercutió en los corazones. D. Sergio se proponía llevar á término una obra contra el tenor expreso de los Libros Santos; é interrumpía bruscamente sanas prácticas establecidas de antaño. Aquello, pues, era inmoral. El pueblo lucharía con el innovador irrespetuoso.
Los unos, llenos de ardor bélico exclamaban:
—Primero sucumbir.
Otros, poco afectos á las decisiones de la fuerza, se lamentaban de que un padre de familia, un hombre honorable, diera albergue en su alma á tales propósitos.
A pesar de todo venció D. Sergio. Ya su obra era no solamente mirada sin ojeriza, sino que mereció la sanción del nuevo cura del lugar. Cuanto al antiguo, ni al tiempo de cambiar feligresía consintió en absolver al molinero.
Una mañana corrió el pueblo la noticia de que el señor Justo Redil, acaudalado mercader, pensaba en el establecimiento de otro molino.
Cuando lo supo, D. Sergio se indignó. ¡Cómo! ¿Había él luchado sólo contra viento y marea para luégo de obtenido el éxito, venir á compartirlo con nadie? Eso, jamás. El ó el otro. El pueblo sería el juez. Y como interesado en el litigio se abstuvo de opinar.
A las preguntas contestaba con una ironía.
—Ya veremos, señores; todos los barcos caben en el mar; sino que algunos naufragan.
Pero D. Sergio, en lo íntimo de su corazón, protestaba contra aquel pueblo espectante, que esperaba la lucha cuasi alegre. A D. Sergio el solo intento de Redil le parecía una estafa.
En la población se formaron partidos. El uno celebraba sesiones en el molino, y vociferaba contra D. Justo. Aquello era arrebatar el bocado á un padre de familia.
—No podemos presenciar esta lucha impasibles, gritaban.
—D. Sergio sucumbe.
—No, no.
—Sí, señores, ese D. Justo está podrido de dinero; bien puede echar un chorro de monedas por la ventana.
—Es una brega de tigre con asno.
—Eso no, caballeros, interrumpía D. Sergio, indignado ante la afrenta de la comparación. Quien luchó contra un pueblo, sin salir maltrecho, bien puede atreverse con un capitalista.
Otro círculo, partidario de D. Justo, se congregaba en la botica. El farmaceuta era el alma de la reunión. Recién llegado al lugarejo, farmaceuta titular, bachiller, joven como de treinta años, Remigio, vástago único y heredero del antiguo boticario, respiraba entre los mozos del pueblo, sus amigos, atmósfera de respeto, cuasi de sumisión. Todos deferían á sus opiniones. No en balde discurren cinco años de vida en una lejana capital de provincia, en la Universidad, entre estudiantes.
El prestigio del farmaceuta era muy justo, máxime porque Remigio se esmeraba en consolidarlo con su fablar polido, exento de provincialismos. La sociedad femenina, con donosura, lo apodaba de banano. Remigio nunca quiso decir al plátano cambur, como las gentes del lugar, sino banano, según el nombre castizo de la fruta.
Banano, pues, defendía el propósito de D. Justo Redil en nombre del Progreso.
—Es imposible permanecer estacionarios, decía; el carro del Progreso pasará por cima de nosotros. No seamos los indios de ese Jagrenata del Occidente que se llama la Civilización.
Su discurso hacía eco. Por todas partes, en la reunión, se levantaban voces aprobatorias.
—Tiene razón Remigio.
—Sí, sí, adonde iríamos á parar.
Y corrió el tiempo en estas luchas de círculos, entre disparos de envidias, dardeos de vanidades, gritos de pasiones, ecos de la estupidez.
Por fin quedó instalado el nuevo molino. Las piedras, de granito azul, brillaban, al moler el grano de oro, en una rotación vertiginosa. El motor, en nada parecido al caballejo desmedrado de D. Sergio, era un coquetón vaporcito inglés, vertical, resplandeciente, como pavonado de obscuro. Parecía un africano corpulento de músculos poderosos; negrazo enorme por cuya garganta, el humero, brotaba aliento de nubes; suerte de monstruo etíope que al recibir el alimento de carbón y leña, dejaba ver, palpitantes, las entrañas de fuego.
La mera comparación de los molinos constituía una injuria al pobre D. Sergio.
Las molenderas hablaban de la antigua maquinaria con desdén insufrible.
—Las piedras están cascadas, decían.
Algunas almas sin piedad hacían mofa del caballito, parangonándolo cruelmente con el vapor de D. Justo.
—Cualquier día revienta de rabia ese potro cerril, expresaban.
—De veras, respondía alguien, es tan soberbio el animalucho que á las veces dice á no andar, así lo fustiguen.
La acerbidad de la antigua clientela constituía fuente inagotable de tristeza para el pobre D. Sergio.
El contó siempre con que una parte de aquellas malas pécoras le sería fiel. El se imaginaba, en justicia, acreedor de algunos agasajos, de algunos miramientos, de algún cariño. ¡Cuántas veces lo sorprendió la media noche en la tarea de escribir y repasar los nombres de muchas de éllas, imaginando que no lo abandonarían!
Formó su lista.
—Fulana no se me va, pensaba; de Zutana no estoy seguro.
¡Pero cuánta perfidia! La lista mermaba de diario. Todas las mañanas era menester testar un nombre.
Ya D. Sergio apenas si podía mantener con Redil la competencia.
Echaba cálculos. D. Justo perdía, es verdad; pero él, D. Sergio, se iba poco á poco arruinando. D. Justo era capitalista; él no. Al uno nada le importaba perder en el negocio; tenía qué. Al fin, quedando solo, se resarciría con creces. Entre tanto, ¿cómo vivía él sin ganar? Ya casi estaban moliendo de balde. Los ingresos apenas cubrían los gastos.
Pero él odiaba tanto á su competidor, tanto mal le produjo Redil, tan profundamente hirió su honra de industrial, por modo tan cruel deshizo el patrimonio de sus hijos, la dulzura de su hogar, la paz de sus años, que D. Sergio, encontrando fuerzas en sí propio, compañía en su rabia, sostén en su encono, luchaba y luchaba sin esperanza, por el orgullo de su nombre, por el amor de su casa, por el odio de su enemigo.
Uno á uno los amigos lo abandonaban.
—D. Sergio no sea usted caprichoso, le decían. ¿Por qué no cede?
D. Sergio se indignaba á tales propuestas. Y entonces las filas de los afectos clareaban, como las filas de los clientes.
Dios mío, qué solos
se quedan los muertos.
En cambio D. Justo, maldecido al implantar su empresa, ahora era imán de simpatías.
—D. Justo sí es hombre de negocios, expresaban los parciales de Redil.
Los pocos fieles á D. Sergio manifestaban que Redil, cuando menos, era oportuno. No bregó como D. Sergio y obtuvo mejores resultados.
Algunos decían:
—Es ahora cuando nuestro pueblo es apto para molinos.
Era necesario convenir en que D. Sergio se aventuró prematuramente.
D. Sergio ya no pudo más. El molino, una madrugada, estaba desierto.
El molinero, meditabundo, se asomaba á la puerta de cuando en cuando.
La obscuridad, muy densa, no permitía ver sino una impenetrable aglomeración de sombras.
D. Sergio oía el silencio.
Su camarada de fatigas, Pedrito, mozalvete como de cuatro á cinco lustros, dormía arrinconado, adentro, bajo un farol de luz muriente. El farol arrojaba en las baldosas del pavimento una débil claridad. Pedrito dormía en un charco de luz.
El molinero, siempre meditabundo, paseábase, las manos en los bolsillos, la barba hundida en el pecho, arrebujado en su cobija de paño azul.
Corrieron una, dos horas. Pedrito permanecía inmóvil, en su rincón; el caballo no pestañaba; el molino, silencioso, decía cosas tristes.
No llegaba nadie, sino la aurora. El cielo, clareante, se comenzó á franjar con líneas de un verde extraño que fue, poco á poco, transformándose en violeta y opalizando el horizonte.
Las líneas de color, ensanchadas, se hicieron bandas, cintas, gasas, que ceñían el cielo de oriente. Y desde el cielo comenzaron á caer rosas, muchas rosas de luz, todas las rosas de la mañana.
D. Sergio se detuvo de pronto, á la puerta, por donde entraba toda el alba riendo. La claridad caía en su rostro, pálido de angustia.
Su tez blanca, su barba blanca, sus cabellos blancos también, resplandecientes á la luz matutina, daban al viejo un aspecto marmóreo. Detenido en el umbral, frente á la aurora, parecía una severa estatua de guerrero, épico mármol olvidado en el fondo de una floresta virgiliana, y cubierto de campanillas color de cielo.
Nadie llegaba. D. Sergio pensó que su molino, á estas horas, ya hervía en gente. Recordó su lucha, su triunfo. Después se vio vencido por un rival afortunado y poderoso.
Sus ahorros del molino, primero, después su pequeña plantación de café, patrimonio de sus hijos, todo lo consumió la hoguera santa de aquel odio, la llama de aquel doloroso deber.
D. Sergio se apoyó contra su molino, se llevó la mano á las sienes y por su rostro de mármol corrieron abundantes hilos de lágrimas.
Por su frente pasó un relámpago, una nube de sangre.
Pensó en matar, se dispuso á matar, corrió á matar. Pero un momento, transido de dolor, se reclinó nuevamente sobre las piedras del molino, de aquel molino amado, orgullo de su nombre, amor de su vejez y causa de su ruina; se reclinó, y vertiendo amargo lloro, á la luz de la mañana, en un apóstrofe murmuró el pobre viejo:
—¡Dios mío, qué injusticia!
HISTORIA DE UN DOLOR
ran los cuatro pensionistas, cuatro bohemios unidos por el amor al laurel y por el capricho de una juventud gitana. Fraternizados por el ideal, que era uno mismo en todos, y por la primavera, que en todos florecía, se juntaron como palomas viajeras en la rama de un árbol del camino.