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[Notas]

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • También se han modernizado las transcripciones de los nombres propios y gentilicios de origen griego.
  • Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.
  • El original impreso de este tomo no lleva Índice. El Índice general de la obra está al final del segundo tomo. De ahí se ha tomado la parte correspondiente a este primer tomo y se ha incluido al final de la presente transcripción.

HISTORIA

DE LA

GUERRA DEL PELOPONESO.


BIBLIOTECA CLÁSICA.

TOMO CXX


HISTORIA

DE LA

GUERRA DEL PELOPONESO

ESCRITA POR

TUCÍDIDES

TRADUCIDA DEL GRIEGO POR

DIEGO GRACIÁN

Y ENMENDADA LA TRADUCCIÓN


MADRID

LIBRERÍA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª

calle del Arenal, núm. 11

1889


ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA»,
Paseo de San Vicente, 20.


TUCÍDIDES.


Nueve años después de la famosa batalla de Salamina, cuatrocientos setenta antes de la era vulgar, nacía en Alimunte, aldea del Ática, este célebre historiador. De ilustre y rica familia, sus abuelos maternos fueron Milcíades, el vencedor en Maratón y la hija del rey tracio, Oloros. El padre de Tucídides, que también se llamaba Oloros, era igualmente de origen tracio.

No poca influencia tuvo en su vida el poseer minas de oro en Tracia, pues cuando el espartano Brásidas se apoderó de Anfípolis, estando Tucídides con siete buques en la isla de Tasos, y ejerciendo por primera vez mando militar independiente, temió el general lacedemonio que se valiera de la influencia que le daban en aquella comarca sus riquezas, para organizar rápidamente fuerzas que socorriesen la plaza, y, a fin de prevenir este peligro, concedió una capitulación ventajosísima a los de Anfípolis, para que, como lo hicieron, le entregaran sin dilación la ciudad.

Tucídides llegó tarde con su flota para impedir la rendición; y los atenienses, acostumbrados a juzgar el mérito de sus capitanes por el éxito de sus empresas, le condenaron a destierro.

Veinte años vivió expatriado, no volviendo a Atenas sino en tiempo de Trasíbulo, y por un decreto especial que le llamaba.

Comprendió desde el principio de la guerra del Peloponeso que esta sería la más importante y de mayores consecuencias de las habidas hasta entonces en Grecia, y formó el designio de historiarla. Su expatriación le permitió vivir hasta en Lacedemonia y enterarse personalmente de los medios, recursos y proyectos de los enemigos de su patria, como lo estaba de los de sus conciudadanos; sus riquezas le facilitaron la averiguación de la verdad, pagando en las diversas repúblicas beligerantes personas competentes, encargadas de remitirle las noticias fidedignas. Sabiendo que cada partido procuraría desfigurar los hechos en su favor, buscó de este modo informes en todas partes para averiguar la verdad entre las noticias exageradas y contradictorias.

Digna es de admiración la imparcialidad con que Tucídides escribe la historia de sucesos contemporáneos, que apasionaban los ánimos, en alguno de los cuales tomó parte, presenciando otros y teniendo de todos inmediata noticia, sin que en ningún caso le ciegue el amor patrio hasta el punto de faltar a la justicia.

Tucídides abre a la historia nuevo camino. Los historiadores anteriores pintaban las cosas y narraban los sucesos que herían los sentidos, el aspecto de las comarcas, las especiales costumbres de los pueblos, los monumentos, las expediciones guerreras, haciendo intervenir en el destino de naciones y príncipes un poder sobrenatural. Tucídides estudia la influencia de la tribuna, el carácter de las asambleas populares, la índole de los tribunales en Grecia, e investiga los móviles de las acciones humanas, por el carácter de las personas o por la especial situación en que se encuentran. El conjunto de su historia, dice Müller, es una sola acción, un drama histórico, un gran pleito, en que son partes las repúblicas beligerantes y se litiga la soberanía de Atenas en Grecia.

Tucídides, que inventa este género de historia, es también quien lo comprende y determina con mayor claridad y fijeza. Escribe la historia de la guerra del Peloponeso, no la historia de Grecia en este período; y cuanto en los asuntos interiores y exteriores de los estados no atañe a esta gran lucha queda excluido de su libro, pero incluye en cambio cuanto puede afectar a la guerra, suceda donde quiera. Previó que se ventilaba si Atenas sería gran potencia o solo una de tantas repúblicas que constituían el equilibrio de Grecia, y no le engañó la paz efímera y mal observada que a los diez años, por intervención de Nicias, interrumpió la lucha, ni que se reanudaran las hostilidades durante la expedición a Sicilia, probando, por modo fehaciente, que aquella paz no mereció tal nombre, ni fue otra cosa que momento de tregua en una sola y gran guerra.

El orden y división de esta Historia responde a la idea y propósito de su autor. Los griegos ajustaban sus campañas belicosas a las estaciones del año, y de aquí los períodos de verano e invierno; en los primeros, pelean los beligerantes, en los segundos, realizan los aprestos y las negociaciones.

Respecto a los datos cronológicos, no teniendo los griegos una era común y ordenado el calendario de cada nación con arreglo a ciclos particulares, que designaban con diversos nombres, aprovecha Tucídides como dato fijo la sucesión natural de las estaciones y el estado de los cultivos en el campo, que muchas veces motivaba las expediciones militares. Una frase, como, por ejemplo: «cuando maduraba el trigo» expresa, con la exactitud deseada, el momento en que se realiza un acontecimiento.

En la narración de las campañas, procura Tucídides agrupar todos los incidentes relativos a un mismo suceso, aun a costa algunas veces de la sucesión cronológica, salvo cuando el hecho de guerra, como, por ejemplo, el sitio de Potidea o el de Platea, es de larga duración.

La obra de Tucídides, de haberla él terminado, resultaría dividida en tres partes bien proporcionadas. La primera, sería la historia de la guerra hasta la paz de Nicias, el período llamado guerra arquidámica, por las devastadoras expediciones de los espartanos al mando de su rey Arquidamo; la segunda, los motines y rebeliones en los estados griegos después de la paz de Nicias y la expedición a Sicilia, y la tercera, la reproducción de las hostilidades contra el Peloponeso hasta la ruina de Atenas, el período que los antiguos llamaron guerra Decelia.

La división de esta Historia en libros no es de Tucídides, sino de los gramáticos antiguos. El primer tercio lo forman los libros II, III y IV; el segundo, los libros V, VI y VII. Del tercer período solo acabó Tucídides el libro VIII.

El libro I tiene especial interés, no tanto por los hechos en él referidos como por las reflexiones del autor. Su primera tesis consiste, en que la guerra del Peloponeso es el acontecimiento más importante de que los hombres tenían memoria, y lo prueba reseñando la historia de la antigua Grecia hasta las guerras con los medos. Examina los tiempos primitivos, la guerra de Troya, los siglos inmediatamente posteriores a esta, y, por fin, las guerras con los persas, demostrando que en ninguna de las empresas de este período se necesitaron y emplearon las fuerzas que exigió la guerra del Peloponeso, porque hasta tiempos posteriores no adquirieron desarrollo en vasta escala entre los griegos la fortuna mobiliaria y la marina de guerra. De esta suerte Tucídides defiende históricamente la máxima que Pericles llevó con la práctica al convencimiento de sus compatriotas, de que no debían ser base del poderío el territorio y el número de hombres, sino el dinero y la marina.

La misma guerra del Peloponeso es poderoso argumento en favor de esta tesis, porque los lacedemonios, a pesar de la superioridad que tenían en bienes raíces y hombres libres, fueron inferiores a los atenienses hasta que su alianza con los persas les proporcionó grandes recursos en dinero y una escuadra importante.

Probada así la grandeza del asunto que va a historiar, y después de breve exposición de su manera de escribir la historia, trata de las causas de la guerra, que divide en indirectas o públicas, y en intrínsecas o tácitas. Son las primeras las cuestiones entre Corinto y Atenas por la posesión de Corcira y Potidea, y las quejas con que aquellos acudieron a Lacedemonia, decidiendo a los espartanos a declarar que Atenas había quebrantado la paz. Las segundas, el temor que inspiraba el creciente poderío de los atenienses, y que obligaba a los lacedemonios a declarar la guerra si querían mantener la independencia del Peloponeso. Esto sirve de punto de partida al historiador para narrar las medidas políticas y belicosas de que se valieron los atenienses para convertirse, de directores de los insulares y griegos de Asia, que eran al empezar la guerra contra Persia, en soberanos del archipiélago y de todo el litoral.

La tercera parte del primer libro contiene las deliberaciones de los estados confederados del Peloponeso y sus negociaciones con Atenas, que condujeron al rompimiento de las hostilidades.

Este es el plan y distribución de la obra. En cuanto al fondo, como Tucídides refiere lo que ha visto u oído, su narración tiene toda la frescura, toda la viveza que cabe en un historiador de este género, testigo presencial o contemporáneo de los acontecimientos. Él mismo dice que empezó a tomar notas al comenzar la lucha, previendo lo que sería esta guerra, y que continuó anotando los sucesos a medida que ocurrían a su vista o adquiría fidedignos informes. Antes de su destierro en Atenas, y después en Tracia, hizo estos trabajos preparatorios, comparables a nuestras Memorias, que refundió y organizó después de la guerra y de vuelta a su patria, por lo cual, y por morir asesinado a manos de bandoleros en Tracia a los setenta y seis años de edad, no quedó la historia terminada, debiendo suponerse que las notas redactadas durante el curso de los acontecimientos, y que abarcarían hasta la rendición de Atenas, no bastaban a suplir la narración definitiva. Atestiguan informes dignos de crédito que el mismo libro VIII no estaba terminado a la muerte de Tucídides, y que la hija del historiador, según unos, Jenofonte, en opinión de otros, lo agregó a los siete primeros, pero de ningún modo puede negarse su autenticidad.

Si hoy día es imposible comprobar la exactitud de los datos e informes de que se valió Tucídides, la claridad de su narración, la concordancia de los detalles unos con otros y del conjunto de ellos con el estado general de las cosas, tal como lo refieren otros escritores, la armonía de los hechos referidos con las leyes de la naturaleza humana y los caracteres de los actores, constituyen una garantía de veracidad y fidelidad históricas especialísima en Tucídides, reconocida y confesada por todos los escritores de la antigüedad.

De los historiadores romanos, solo Salustio puede comparársele; Tácito lo iguala en lujo de detalles, pero no en la claridad de la narración, por pasar de un acontecimiento conmovedor a otro de igual índole, sin cuidarse del encadenamiento íntimo de los sucesos.

Tucídides destina su obra a los que quieran saber la verdad de lo ocurrido y distinguir lo saludable y beneficioso en los casos análogos que en la vida de la humanidad se repitan. Nótase en ella alguna tendencia a la forma didáctica, propia de los últimos tiempos de la antigüedad, en que la narración de los sucesos solo es medio para llegar al objeto principal, que no es otro sino la educación del hombre de estado y del jefe militar; pero Tucídides solo resulta didáctico en la intención, no en el hecho, contentándose con narrar los sucesos como han ocurrido, sin deducir lecciones prácticas para el militar o el gobernante.

La convicción de Tucídides de que conocía todas las causas de los sucesos y los caracteres y pasiones de las personas que en ellos intervenían, demuéstrala en las arengas y discursos que, pronunciados en las asambleas del pueblo, o en los consejos federales, o ante las tropas, eran por sí y por sus consecuencias acontecimientos importantísimos, y que solo podían referirse por informes fiados a la memoria. Tucídides mismo confiesa la imperfección de sus informes en este punto y la necesidad en que se ve de hacer hablar a los personajes conforme a la situación en que se encontraban.

Las arengas de Tucídides contienen siempre todos los motivos que han determinado los actos importantes. Cuando es preciso indicar los motivos, pone los discursos; cuando no es necesario, los suprime, y la exposición de motivos está sacada de los sentimientos dominantes en los individuos, en los partidos y en los estados. De aquí que los discursos contengan necesariamente muchas ideas expresadas en diversas ocasiones.

El objeto principal de Tucídides al redactar estas arengas es siempre mostrar los sentimientos que han motivado la manera de obrar de los personajes, poniendo en su boca el fundamento, la justificación o la excusa de sus actos; y lo hace con tanta verdad, colócase el historiador en la situación de los oradores con tanto acierto, da razones tan atinadas a sus propósitos, que el lector queda convencido de que estos, bajo el impulso inmediato de sus intereses o de sus proyectos, no han podido defender mejor su causa.

Tan admirable facilidad se adquiría en las escuelas de los retóricos y sofistas, donde se ejercitaban en defender alternativamente el pro y el contra, la buena y la mala causa; pero el empleo que hace Tucídides de este arte, es el mejor imaginable. La verdadera historia sería imposible sin esta facultad del historiador de colocarse alternativamente en puntos de vista distintos y aun opuestos. Solo participando por breves momentos de las ideas de sus adversarios puede comprender y hacer comprender la razón de ellas y lo que de fundado tienen, porque no se concibe una opinión que haya ejercido influencia histórica sin algún fundamento.

Tucídides considera la religión, la mitología y la poesía elementos extraños a la historia, y prescinde sistemáticamente de ellos, no relacionando en caso alguno las cosas divinas con los sucesos humanos.

En cuanto al estilo, une la elocuencia sustancial y rica en ideas de Pericles al lenguaje severo y casi arcaico de la retórica de Antifón. Como los demás grandes escritores de su época, emplea las palabras en el sentido más exacto y preciso para la expresión de las ideas. El carácter serio y taciturno del historiador se refleja en sus escritos, ofreciendo a sus lectores más ideas que palabras, hasta el punto de ser a veces oscuro por avaricia de laconismo. Es, de todos los historiadores de la antigüedad, el que merece más serio estudio en los pueblos donde todos los ciudadanos pueden intervenir en el gobierno. Decía un ilustrado miembro del Parlamento inglés que apenas podría discutirse asunto alguno en las Cámaras sobre el cual no se encontraran datos luminosos en esta Historia.

Es mejor historiador de consulta para los hombres políticos que el mismo Tácito, porque presenta los actos políticos de unas naciones con otras, y Tácito no puede pintar más que los del soberano respecto de los cortesanos, y los de estos entre sí o con relación al César. Objeto de constante estudio del emperador Carlos V, llevaba este la obra de Tucídides hasta en sus campañas, como Alejandro el poema de Homero.

Fácil fue que la Historia de la guerra del Peloponeso desapareciera hasta para los griegos casi contemporáneos. Solo había un manuscrito, que cayó por fortuna en manos de un hombre capaz de apreciar su mérito: Jenofonte. Historiador también, pero de estilo mucho más sencillo, suave y elegante, pudo temer la rivalidad del enérgico Tucídides, y en su mano estuvo condenarle a eterno olvido; pero el alma de Jenofonte era incapaz de una bajeza. Se enalteció publicando una obra maestra que no podía igualar, y contentándose con ser modestamente su continuador.

GUERRA DEL PELOPONESO.


LIBRO I.


SUMARIO.

I. Refiere Tucídides que la guerra cuya historia va a narrar es la mayor de cuantas los griegos tuvieron dentro y fuera de su patria, y cuenta el origen y progreso de Grecia y las guerras que antes tuvo. — II. Causas y origen de la guerra entre corintios y corcirenses. Vencidos los primeros por mar, rehácense para continuar la guerra, y ambos beligerantes envían embajadores a los atenienses solicitando su alianza. — III. Discurso de los embajadores corcirenses al Senado de Atenas para pedirle ayuda y socorro. — IV. Discurso y respuesta de los corintios al de los corcirenses, pidiendo al Senado de Atenas que prefiera su amistad y alianza a la de los de Corcira. — V. Los atenienses se alían a los corcirenses, enviándoles socorro. Batalla naval de dudoso éxito entre corintios y corcirenses. — VI. Querellas entre atenienses y corintios, por cuya causa se reunieron todos los peloponesios en Lacedemonia para tratar de la guerra contra los atenienses. — VII. Discurso y proposición de los corintios contra los atenienses en el Senado de los lacedemonios. — VIII. Discurso de los embajadores atenienses en el Senado de los lacedemonios, defendiendo su causa. — IX. Discurso de Arquidamo, rey de los lacedemonios, disuadiendo a estos de declarar la guerra a los atenienses. — X. Discurso del éforo Estenelaidas, por el cual se determinó la guerra contra los atenienses. — XI. De como los atenienses, después de la guerra con los medos, reedificaron su ciudad, y principió su dominación en Grecia. — XII. Guerras que los atenienses tuvieron desde la de con los medos hasta la presente, así contra los bárbaros como contra los griegos, acrecentando con ellas su imperio y señorío. — XIII. Discurso y proposición de los corintios en el Senado de los lacedemonios, ante todos los confederados y aliados para persuadirlos de la necesidad de la guerra contra los atenienses. — XIV. Acordada la guerra contra los atenienses por todos los del Peloponeso, envían los lacedemonios embajadores a Atenas para tratar de algunas cosas. — XV. Temístocles, perseguido por atenienses y lacedemonios, se refugia en los dominios de Artajerjes, y allí vive hasta el fin de sus días. — XVI. Deliberan los atenienses sobre si deben aceptar la guerra u obedecer las exigencias de los lacedemonios. — XVII. Discurso y opinión de Pericles en el Senado de Atenas, conforme a la cual se da respuesta a los lacedemonios.

I.

Refiere Tucídides que la guerra cuya historia va a narrar es la mayor de cuantas los griegos tuvieron dentro y fuera de su patria, y cuenta el origen y progreso de Grecia y las guerras que antes tuvo.

El ateniense Tucídides escribió la guerra que tuvieron entre sí los peloponesios y atenienses, comenzando desde el principio de ella, por creer que fuese la mayor y más digna de ser escrita, que ninguna de todas las anteriores, pues unos y otros florecían en prosperidad y tenían todos los recursos necesarios para ella; y también porque todos los otros pueblos de Grecia se levantaron en favor y ayuda de la una o la otra parte, unos desde el principio de la guerra, y otros después. Fue este movimiento de guerra muy grande, no solamente de todos los griegos, sino también en parte de los bárbaros[1] y extraños de todas naciones. Porque de las guerras anteriores, especialmente de las más antiguas, es imposible saber lo cierto y verdadero, por el largo tiempo transcurrido, y a lo que yo he podido alcanzar por varias conjeturas, no las tengo por muy grandes, ni por los hechos de guerra, ni en cuanto a las otras cosas.

Porque según parece, la que ahora se llama Grecia no fue en otro tiempo muy sosegada y pacífica en su habitación, antes los naturales de ella se mudaban a menudo de una parte a otra, y dejaban fácilmente sus tierras compelidos y forzados por otros que eran o podían más yendo a vivir a otras. Y así, no comerciando, ni juntándose para contratar sin gran temor por tierra ni por mar, cada uno labraba aquel espacio de tierra que le bastaba para vivir. No teniendo dinero, ni plantando, ni cultivando la tierra por la incertidumbre de poderla defender si alguno por fuerza se la quisiese quitar; mayormente no estando fortalecida de muros, y pensando que en cualquier lugar podían encontrar el mantenimiento necesario de cada día, importábales poco cambiar de domicilio.

Además, no siendo poderosos ni en número de ciudades pobladas[2], ni en otros aprestos de guerra, lo más y mejor de toda aquella tierra tenía siempre tales mudanzas de habitantes y moradores como sucedía en la que ahora se llama Tesalia y Beocia y mucha parte del Peloponeso, excepto la Arcadia, y otra cualquiera región más favorecida. Y aunque la bondad y fertilidad de la tierra era causa de acrecentar las fuerzas y poder de algunos, empero por las sediciones y alborotos que había entre ellos se destruían, y estaban más a mano de ser acometidos y sujetados de los extraños. Así que la más habitada fue siempre la tierra de Atenas, que por ser estéril y ruin estaba más pacífica y sin alborotos. Y no es pequeño indicio de lo que digo, que por la venida de otros moradores extranjeros ha sido esta región más aumentada y poblada que las otras, pues vemos que los más poderosos que salían de otras partes de Grecia, o por guerra, o por alborotos se acogían a los atenienses, así como a lugar firme y seguro, y convertidos en ciudadanos de Atenas, desde tiempo antiguo hicieron la ciudad mayor con la multitud de los moradores que allí acudieron. De manera que no siendo bastante ni capaz la tierra de Atenas para la habitación de todos, forzadamente hubieron de pasar algunos a Jonia y hacer nuevas colonias y poblaciones.

Manifiéstase bien la flaqueza y poco poder que entonces tenían los griegos, en que antes de la guerra de Troya, no había hecho Grecia hazaña alguna en común, ni tampoco me parece que toda ella tenía este nombre de Grecia, sino alguna parte, hasta que vino Heleno, hijo de Deucalión; ni aun algún tiempo después tenían este nombre, sino cada gente el suyo: poniéndose el mayor número el nombre de pelasgos. Mas después que Heleno y sus hijos se apoderaron de la región de Ftiótide, y por su interés llevaron aquellas gentes a poblar otras ciudades, cada cual de estas parcialidades, por la comunicación de la lengua, se llamaron helenos, que quiere decir griegos, nombre que no pudo durar largo tiempo, según muestra por conjeturas el poeta Homero que vivió muchos años después de la guerra de Troya, y que no llama a todos en general Helenos o griegos, sino a las gentes que vinieron en compañía de Aquiles desde aquella provincia de Ftiótide, que fueron los primeros helenos, y en sus versos los nombra dánaos, argivos y aqueos. No por eso los llamó bárbaros, pues entonces, a mi parecer, no tenían todos nombre de bárbaros. En conclusión, todos aquellos que eran como griegos, y se comunicaban entre sí, fueron después llamados con un mismo apellido. Y antes de la guerra de Troya por sus pocas fuerzas, y por no haberse juntado en contratación ni comunicación unos con otros no hicieron cosa alguna en común, salvo unirse para esta guerra, porque ya tenían de largo tiempo la costumbre de navegar.

Minos, el más antiguo de todos aquellos que hemos oído, construyó armada con la que se apoderó de la mayor parte del mar de Grecia que ahora es, señoreó las islas llamadas Cícladas, y fue el que primero las hizo habitar, fundando en ellas muchas poblaciones, expulsando a los carios, y nombrando príncipes y señores de ellas a sus hijos, a quienes las dejó después de su muerte. Además limpió la mar de corsarios y ladrones, para adquirir él solo las rentas y provechos del comercio.

Los griegos antiguos que moraban en la tierra firme cercana al mar, y los que tenían islas, después que comenzaron a comunicarse a menudo con navíos, se volvieron corsarios, eligiendo entre ellos por capitanes a los más poderosos; y por causa de la ganancia o siendo pobres, por necesidad de mantenerse, asaltaban ciudades no cercadas y robaban a los que vivían en los lugares, pasando así la mayor parte de la vida, sin tener por vergonzoso este ejercicio, antes por honroso. Declaran aun ahora algunos de aquellos que viven cercanos a la mar, que tienen por honra hacer esto; y también los poetas antiguos, en los cuales se hallan escritas las frases de aquellos que navegando y encontrándose por la mar, se preguntaban si eran ladrones, sin ofenderse de ello los preguntados, ni tener por afrenta este nombre. Y aun ahora en tierra firme se usa robarse unos a otros, y también en mucha parte de Grecia se guarda esta costumbre, como entre los locros ozolos, etolios y acarnanios.

De aquella antigua costumbre de robar y saltear, quedó la de usar armas, porque todos los de Grecia las llevan, a causa de tener las moradas no fortalecidas, y los caminos inseguros. Acostumbran pues a vivir armados, como los bárbaros; y esta costumbre que se guarda en toda Grecia es señal de que en otro tiempo vivían todos así. Los atenienses fueron los primeros que dejaron las armas, y esta manera de vivir disoluta, adoptando otra más política y civil. Los más ancianos, es decir, los más ricos, tenían manera de vivir delicada, y no ha mucho tiempo que dejaron de usar vestidos de lienzos y zarcillos de oro, y joyas en los cabellos trenzados y revueltos a la cabeza. Los más antiguos jonios, por el trato que tenían con los atenienses, usaron por lo general este atavío. Mas los lacedemonios fueron los primeros de todos, hasta las costumbres de ahora, en usar vestido llano y moderado, y aunque en las otras cosas posean unos más que otros y sean más ricos, en la manera de vivir son iguales, y andan todos vestidos de una misma suerte, así el mayor como el menor. Y fueron los primeros que por luchar se desnudaron los cuerpos, despojándose en público, y que se untaron con aceite antes de ejercitarse, pues antiguamente en los juegos y contiendas que se hacían en el monte Olimpo, donde contendían los atletas y luchadores, tenían con paños menores cubiertas sus vergüenzas y no ha mucho que dejaron esta costumbre, que dura aún entre los bárbaros: los cuales ahora, mayormente los asiáticos se ponen estos paños menores o cinturones por premio de la contienda, y así cubiertos con ellos hacen estos ejercicios, de otra suerte no se les da el premio. En otras muchas costumbres se podría mostrar que los griegos antiguos vivieron como ahora los bárbaros.

Para venir a nuestro propósito las ciudades que a la postre se han poblado, y que son más frecuentadas, sobre todo las que tienen mayor suma de dinero, se edificaron a orilla del mar, y en el Istmo, que es un estrecho de tierra entre dos mares, por causa de poder tratar más seguramente, y tener más fuerzas y defensas contra los comarcanos. Mas las antiguas ciudades, por miedo de los corsarios están situadas muy lejos de la mar, en las islas, y en la tierra firme, porque todos los que vivían en la costa se robaban unos a otros, y aun ahora están despobladas las villas y lugares marítimos.

No eran menos corsarios los de las islas, conviene a saber, los carios y fenicios, porque estos habitaban muchas de ellas. Buena prueba es que cuando en la guerra presente los atenienses purgaron por sacrificios la isla de Delos, quitando las sepulturas que allí estaban, viose que más de la mitad eran de carios bien conocidos en el atavío de las armas, compuesto de la manera que ahora se sepultan. Pero cuando el rey Minos dominó la mar, pudieron mejor navegar unos y otros: y echados los corsarios y ladrones de las islas, pobló muchas de ellas. Los hombres que moraban cerca de la mar, comerciando, vivían más seguramente: y entre ellos algunos más enriquecidos que los otros cercaron las ciudades de muros: los menores deseando ganar, servían de su grado a los mayores, y los más poderosos que tenían hacienda sujetaron a los menores.

De esta manera yendo cada día más y más creciendo en fuerzas y poder, andando el tiempo fueron con ejército sobre Troya. Me parece que Agamenón era el más poderoso entonces de todos los griegos. Y no solamente llevó consigo los que demandaban a Helena por mujer que estaban obligados por juramento a Tindáreo, padre de Helena para ayudarle, sino que juntó también gran armada de otras gentes. Y dicen aquellos que tienen más verdadera noticia de sus mayores de los hechos de los peloponesios, que Pélope, el primero de todos, con la gran suma de dinero que trajo cuando vino de Asia, alcanzó poder y fuerzas, ganó, a pesar de ser extranjero, la voluntad de los hombres de la tierra, que eran pobres y menesterosos, y por esto la tierra se llamó de su nombre Peloponeso. Muerto Euristeo los descendientes de Pélope adquirieron mayor señorío. Euristeo, murió en Ática por mano de los Heráclidas, descendientes de Hércules. Había encomendado a su tío Atreo, hermano de su madre, la ciudad de Micenas y todo su reino cuando iba huyendo de su padre, por la muerte de Crisipo, y como no volviese más, porque fue muerto en la guerra, los de Micenas, por miedo a los Heráclidas, pareciéndoles muy poderoso Atreo, y que era acatado de muchos de ellos, y de todos los súbditos de Euristeo le eligieron por señor, y quisieron que tomase el reino. De esta suerte fueron más numerosos los pelópidas, es decir, los descendientes de Pélope que los perseidas, es a saber los descendientes de Perseo, que antes había dominado aquella tierra. Después que por sucesión de Atreo tomó Agamenón el reino, a mi parecer porque era más poderoso por la mar que ninguno de los otros, reunió ejército de muchos hombres, atraídos más por miedo que por voluntad. Parece que llegó a Troya con más naves que ninguno de los otros príncipes, pues que de ellas dio a los arcadios, como declara Homero, y si es bastante su testimonio, hablando de Agamenón, dice que cuando se le dio el cetro y mando real, dominaba muchas islas, y toda Argos; islas que fuera de las cercanas, que no eran muchas, ninguno pudiera dominar desde tierra firme, si no tuviera gran armada. De este ejército que llevó se puede conjeturar cuáles fueron los anteriores.

De que la ciudad de Micenas era muy pequeña, o si entonces fue muy grande, ahora no parece serlo, no es dato para no creer que fue tan grande la armada que vino a Troya, cuanto los poetas escriben, y se dice por fama; porque si se desolase la ciudad de Lacedemonia, que no quedase sino los templos, y solares de las casas públicas, creo que por curso de tiempo no creería el que la viese en que había sido tan grande como lo es al presente. Y aunque en el Peloponeso de cinco partes tienen las dos de término los lacedemonios[3], y todo el señorío y mando dentro y fuera de muchas otras ciudades de los aliados y compañeros, si la ciudad no fuese poblada y llena de muchos templos y edificios públicos suntuosos (como ahora está) y fuese habitada por lugares y aldeas a la manera antigua de Grecia, manifiesto está que parecería mucho menor. Si a los atenienses les sucediera lo mismo, que desamparasen la ciudad, parecería esta haber sido doble mayor de lo que ahora es, solo al ver la ciudad y el gran sitio que ocupa. Conviene, pues, que no demos fe del todo a lo que dicen los poetas de la extensión de Troya, ni cumple que consideremos más la extensión de las ciudades, que sus fuerzas y poder. Por lo mismo debemos pensar que aquel ejército fue mayor que los pasados, pero menor que los de ahora, aunque demos crédito a la poesía de Homero; al cual le era conveniente, como poeta, engrandecer, y adornar la cosa más de lo que parecía. Por darle más lustre, hizo la armada de mil y doscientas naves, y cada nave de las de los beocios de ciento veinte hombres, y de las de Filoctetes de cincuenta, entre grandes y pequeñas a mi parecer; del tamaño de las otras, no hace mención en la lista de las naves. Declara, pues, ser combatientes y remadores todos los de las naves de Filoctetes, porque a todos los llama flecheros y remadores. Y es de creer que yendo los reyes y príncipes en los barcos y también todo el equipo del ejército cabría poca gente más que los marineros, con mayor motivo navegando no con navíos cubiertos, como son los de ahora, sino a la costumbre antigua, equipados a manera de cosarios. Tomando, pues, el término medio entre las grandes naves y las pequeñas, parece que no fueron tantos hombres como podían ser enviados de toda Grecia: lo cual fue antes por falta de dinero que de hombres, porque por falta de víveres llevaron solo la gente que pensaban se podría sustentar allí mientras la guerra durase.

Llegados a tierra, claro está que vencieron por combate, porque solo así pudieron hacer un campamento amurallado, y parece que no usaron aquí en el cerco de todas sus fuerzas, sino que en Quersoneso se dieron a la labranza de la tierra, y algunos a robar por la mar por falta de provisiones. Estando, pues, así dispersos, los troyanos les resistieron diez años, siendo iguales en fuerzas a los que habían quedado en el cerco. Porque si todos los que vinieron sobre Troya tuvieran víveres y juntos, sin dedicarse a la agricultura ni a robar, hicieran continuamente la guerra, fácilmente vencieran, y la tomaran por combate con menor trabajo y en menos tiempo; lo cual no hicieron por no estar todos en el cerco y estar esparcidos, y pelear solamente una parte de ellos. En conclusión, es de creer que por falta de dinero fueron poco numerosos los ejércitos en las guerras que hubo antes de la de Troya.

Y la guerra de Troya, que fue más nombrada que las que antes habían ocurrido, parece por las obras que fue menor que su fama, y de lo que ahora escriben de ella los poetas. Porque aun después de la guerra de Troya, los griegos fueron expulsados de su tierra, y pasaron a morar a otras partes, de manera que no tuvieron sosiego para crecer en fuerzas y aumentarse. Lo cual sucedió porque a la vuelta de Troya, después de tanto tiempo, hallaron muchas cosas trocadas y nuevas, y muchas sediciones y alborotos en la mayor parte de la tierra; y así los que de allí salieron, poblaron y edificaron otras ciudades. Los que ahora son beocios, siendo echados de Arne por los tesalios, sesenta años después de la toma de Troya, habitaron la tierra que ahora se llama Beocia, y antes se llamaba Cadmea; en la cual había primero habitado alguna parte de ellos, y desde allí partieron al cerco de Troya con ejército. Los dorios poseyeron el Peloponeso con los Heráclidas ochenta años después de la destrucción de Troya.

Mucho tiempo después, estando ya Grecia pacífica y asegurada con los descendientes de Hércules, comenzaron a enviar gentes fuera de ella para poblar otras tierras. Entre las cuales los atenienses poblaron la Jonia y muchas de las islas, y los peloponesios, la mayor parte de Sicilia y de Italia, y otras ciudades de Grecia. Todo esto fue poblado y edificado después de la guerra de Troya.

Haciéndose de día en día Grecia más poderosa y rica, se levantaron nuevas tiranías[4] en las ciudades a medida que iban creciendo las rentas de ellas. Antes los reinos se heredaban por sucesión[5], y tenían su mando y señorío limitado. Los griegos entonces se dedicaban más a navegar que a otra cosa, y todos cruzaban la mar con naves pequeñas, no conociendo aún el uso de las grandes. Dicen que los corintios fueron los primeros que inventaron los barcos de nueva forma, y que en Corinto, antes que en ninguna otra parte de Grecia, se hicieron trirremes. Sé que el corintio Aminocles, maestro de hacer naves, hizo cuatro a los samios, cerca de trescientos años antes del fin de esta guerra que escribimos para lo cual Aminocles vino a Samos.

La más antigua guerra que sepamos haberse hecho por mar, fue entre los corintios y los corcirenses, hará a lo más doscientos y sesenta años.

Como los corintios tenían su ciudad situada sobre el Istmo, que es un estrecho entre dos mares, era continuamente emporio, es a saber: lugar de feria o comercio de los griegos que en aquel tiempo más trataban por tierra que por mar, y por esta causa, por acudir allí los de dentro del Peloponeso y los de fuera para la contratación, eran los corintios muy ricos como lo significan los antiguos poetas que llaman a Corinto por sobrenombre la rica. Después que los griegos usaron más la navegación y comercio, y echaron a los corsarios, haciéndola feria de tierra y mar, enriquecieron más la ciudad, aumentando sus rentas.

Mucho después los jonios se dieron a la navegación en tiempo de Ciro, primer rey de los persas, y de Cambises, su hijo, y peleando con Ciro sobre la mar, tuvieron algún tiempo el señorío de ella. También Polícrates, tirano en tiempo de Cambises, fue tan poderoso por mar, que conquistó muchas islas, y entre ellas tomó a Renea, la cual consagró y dio al dios Apolo, que estaba en el templo de la isla de Delos. Después de esto los focenses, que poblaron a Marsella, vencieron a los cartagineses por mar[6]. Estas guerras marítimas fueron las más grandes hasta entonces, y poco después de la guerra de Troya usaban trirremes pequeños de cincuenta remos, y también algunas naves largas.

Poco antes de la guerra de los medos y de la muerte de Darío, que reinó después de Cambises en Persia, hubo muchos trirremes, así en Sicilia entre los tiranos, como entre los corcirenses, porque estas parece que fueron las últimas guerras por mar en toda Grecia dignas de escribirse, antes que entrase en ella con ejércitos el rey Jerjes. Los eginetas y atenienses y algunos otros tenían pocas naves, y estas por la mayor parte de cincuenta remos. Entonces Temístocles persuadió a los atenienses, que tenían guerra con los eginetas, y esperaban la venida de los bárbaros, que hiciesen naves grandes, las cuales aún no eran cubiertas del todo, y con estas pelearon. Tales fueron las fuerzas de mar de los griegos, así en tiempos antiguos como en los cercanos, y los sucesos de su guerra por mar. Los que se unieron a ellos adquirieron gran poder, renta y señorío de las otras gentes; porque navegando con armada sojuzgaron muchos lugares, mayormente aquellos que tenían tierra no suficiente, es decir, estéril y no abastecida y falta de las cosas necesarias.

Por tierra ninguna guerra fue de gran importancia, porque todas las que se hicieron eran contra comarcanos y vecinos; y los griegos no salían a hacer guerra a lugares extraños lejos de su casa para sojuzgar a los otros. Ni los súbditos se levantaban contra las grandes ciudades, ni estas de común acuerdo formaban ejércitos, porque casi siempre discordaban las unas de las otras, y así cercanas peleaban entre sí sobre todo hasta la guerra antigua de los calcídeos y eretrieos, en la que lo restante de Grecia se dividió para ayudar a unos o a otros.

Luego sobrevinieron por varias partes impedimentos y estorbos para que no se aumentasen sus fuerzas y su poder. Porque contra los jonios, cuando sus cosas iban procediendo de bien en mejor, se levantó Ciro con todo el poder de Persia, el cual, después que hubo vencido y desbaratado al rey Creso, ganó por fuerza de armas toda la tierra que hay desde el río Halis hasta la mar, y puso debajo de su mando y servidumbre todas las ciudades que aquí estaban en tierra firme.

Respecto a las otras ciudades de Grecia, los tiranos que las mandaban no tenían en cuenta sino guardar sus personas, conservar su autoridad, aumentar sus bienes y enriquecerse, y, atento a estas cosas, ninguno salía de sus ciudades para ir lejos a conquistar nuevos señoríos. Por esto no se lee que hiciesen cosa digna de memoria, sino solo que tuvieron algunas pequeñas guerras entre sí, de vecino a vecino, excepto aquellos griegos que ocuparon a Sicilia, los cuales fueron muy poderosos. De manera que por esta vía Grecia estuvo mucho tiempo sin hacer cosa memorable en común y a nombre de todos, ni tampoco podía hacerlo cada ciudad de por sí.

Pasado este tiempo, ocurrió que los tiranos fueron expulsados y lanzados de Atenas y de todas las otras ciudades de Grecia por los lacedemonios, excepto aquellos que mandaban en Sicilia, porque la ciudad de Lacedemonia, después que fue aumentada y enriquecida por los dorios, que al presente la habitan, aunque estuvo mucho tiempo intranquila con sediciones y discordias civiles según hemos oído, siempre vivió y se conservó en sus buenas leyes y costumbres, y se preservó de tiranía y mantuvo su libertad. Porque según tenemos por cierto, por más de cuatrocientos años, hasta el fin de esta guerra que escribimos, los lacedemonios siempre tuvieron la misma manera de vivir y gobernar su república que al presente tienen, y por esta causa la pueden también dar a las otras ciudades.

Poco tiempo después que los tiranos fueron echados de Grecia, los atenienses guerrearon con los medos, y al fin los vencieron en los campos de Maratón. Diez años pasados vino el rey Jerjes de Persia con grandes huestes, y el propósito de conquistar toda Grecia: y para resistir a tan grande poder como traía, los lacedemonios, por ser los más poderosos, fueron nombrados caudillos de los griegos para esta guerra. Los atenienses al saber la venida de los bárbaros, determinaron abandonar su ciudad y meterse en la mar, en la armada que ellos habían aparejado para este fin, y de esta manera llegaron a ser muy diestros en las cosas de mar. Poco tiempo después, todos a una y de común acuerdo, echaron a los bárbaros de Grecia. Los griegos que se habían rebelado contra el rey de Persia y los que se unieron para resistirle, se dividieron en dos bandos y parcialidades, los unos favoreciendo la parte de los lacedemonios, y los otros siguiendo el partido de los atenienses: porque estas dos ciudades eran las más poderosas de Grecia: Lacedemonia por tierra y Atenas por mar. De manera que muy poco tiempo estuvieron en paz y amistad, haciendo la guerra de consuno contra los bárbaros, porque empezó en seguida la guerra entre estas dos ciudades poderosas, y sus aliados y amigos. Y no hubo nación de griegos en ninguna parte del mundo que no siguiese un partido u otro, de manera, que desde la guerra de los medos hasta esta, de que escribimos al presente, siempre tuvieron guerra o treguas estas ciudades, una contra otra, o contra sus súbditos que se rebelaban. Con el largo uso se ejercitaron en gran manera en las armas, y se abastecieron y proveyeron de todas las cosas necesarias para pelear.

Tenían estas dos ciudades diversa manera de gobernar sus súbditos y aliados, porque los lacedemonios no hacían tributarios a sus confederados, solamente querían que se gobernasen como ellos, por sus leyes y estatutos, y a su costumbre, es decir, por cierto número de buenos ciudadanos, cuya gobernación llaman oligarquía, y significa mando de pocos. Mas los atenienses, poco a poco, quitaron a sus súbditos y aliados todas las naves que tenían, y después les impusieron un tributo, excepto a los habitantes de Quíos y de Lesbos. Con tales recursos hicieron una armada la más numerosa y fuerte que jamás pudo reunir todos los griegos juntos desde el tiempo que hacían la guerra coligados.

Tales fueron las cosas antiguas de Grecia, según he podido descubrir; y será muy difícil creer al que quisiere explicarlas con detalles más minuciosos, porque aquellos que oyen hablar de las cosas pasadas, principalmente siendo de las de su misma tierra, y de sus antepasados, pasan por lo que dice la fama sin curar de examinar la verdad. Así vemos que los atenienses creen, y dicen comúnmente que el tirano Hiparco fue muerto a manos de Harmodio y Aristogitón por causa de su tiranía: no considerando que cuando aquel fue muerto reinaba en Atenas Hipias, hijo mayor de Pisístrato, cuyos hermanos eran Hiparco y Téfalo: y que un día Harmodio y Aristogitón, que habían determinado matar a todos tres, pensando que la cosa fuera descubierta a Hipias por alguno de sus cómplices, no osaron ejecutar su empresa, sino hacer algo digno de memoria antes de ser presos, y hallando a Hiparco ocupado en los sacrificios que hacía en el templo de Leocorión, le mataron.

De igual manera hay otras muchas cosas de que existe memoria, en las cuales hallamos que los griegos tienen falsa opinión y las consideran y ponen muy de otro modo que pasaron. Piensan, por ejemplo, de los reyes de Lacedemonia, que cada uno de ellos echaba dos piedras, y no una sola, en el cántaro, que quiere decir que tiene dos votos en lugar de uno, y que hay en su tierra, una legión de pitinates que nunca hubo. Tan perezosas y negligentes son muchas personas para inquirir la verdad de las cosas[7].

Mas el que quisiere examinar las conjeturas que yo he traído, en lo que arriba he dicho, no podrá errar por modo alguno. No dará crédito del todo a los poetas que, por sus ficciones, hacen las cosas más grandes de lo que son, ni a los historiadores que mezclan las poesías en sus historias, y procuran antes decir cosas deleitables y apacibles a los oídos del que escucha que verdaderas[8]. De aquí que la mayor parte de lo que cuentan en sus historias, por no estribar en argumentos e indicios verdaderos, andando el tiempo viene a ser tenido y reputado por fabuloso e incierto. Lo que arriba he dicho, está tan averiguado y con tan buenos indicios y argumentos, que se tendrá por verdadero.

Y aunque los hombres juzguen siempre la guerra que tienen entre manos por muy grande, y después de acabada tengan en más admiración las pasadas, parecerá empero claramente a los que quisieren mirar bien en las unas y en las otras por sus obras y hechos que esta fue y ha sido mayor que ninguna de las otras.

Y porque me sería cosa muy difícil relatar aquí todos los dichos y consejos, determinaciones, conclusiones y pareceres de todos los que hablan de esta guerra, así en general como en particular, así antes de comenzada, como después de acabada, no solamente de lo que yo he entendido de otros que lo oyeron, pero también de aquello que yo mismo oí, dejo de escribir algunos. Pero los que relato son exactos, si no en las palabras, en el sentido, conforme a lo que he sabido de personas dignas de fe y de crédito, que se hallaron presentes, y decían cosas más consonantes a verdad, según la común opinión de todos.

Mas en cuanto a las cosas que se hicieron durante la guerra, no he querido escribir lo que oí decir a todos, aunque me pareciese verdadero, sino solamente lo que yo vi por mis ojos, y supe y entendí por cierto de personas dignas de fe, que tenían verdadera noticia y conocimiento de ellas. Aunque también en esto, no sin mucho trabajo, se puede hallar la verdad. Porque los mismos que están presentes a los hechos, hablan de diversa manera, cada cual según su particular afición o según se acuerda. Y porque yo no diré cosas fabulosas, mi historia no será muy deleitable ni apacible de ser oída y leída. Mas aquellos que quisieren saber la verdad de las cosas pasadas y por ellas juzgar y saber otras tales y semejantes que podrán suceder en adelante, hallarán útil y provechosa mi historia; porque mi intención no es componer farsa o comedia que dé placer por un rato[9], sino una historia provechosa que dure para siempre.

Muéstrase claramente que esta guerra ha sido más grande que la que tuvieron los griegos contra los medos; porque aquella se acabó y feneció en dos batallas que se dieron por mar y otras dos por tierra, y esta, de que al presente escribo, duró por mucho tiempo, viniendo a causa de ella tantos males y daños a toda Grecia, cuantos nunca jamás se vieron en otro tanto tiempo, contando todos los que acontecieron así por causa de los bárbaros, como entre los mismos griegos, así de ciudades y villas, unas destruidas, otras conquistadas de nuevo y otras pobladas de extraños moradores, despobladas de los propios, como de los muchos que huyeron o murieron o fueron desterrados por causa de guerra, o por sediciones y bandos civiles. También hay otros indicios verdaderos por donde se puede juzgar haber sido esta guerra mayor que ninguna de las otras pasadas, de que al presente dura la fama y memoria: que son los prodigios y agüeros que se vieron, y tantos y tan grandes terremotos en muchos lugares de Grecia, eclipses y oscurecimientos del sol más a menudo que en ningún otro tiempo, calores excesivos, de donde se siguió grande hambre y tan mortífera epidemia que quitó la vida a millares de personas.

Todos los cuales males vinieron acompañados con esta guerra de que hablo, de la cual fueron causantes los atenienses y peloponesios, por haber roto la paz y treguas que tenían hechas por espacio de treinta años después de la toma de Eubea[10]. Y para que en ningún tiempo sea menester preguntar la causa de ello, pondré primero la ocasión que hubo para romper las treguas, y los motivos y diferencias por que se comenzó tan grande guerra entre los griegos, aunque tengo para mí que la causa más principal y más verdadera, aunque no se dice de palabra, fue el temor que los lacedemonios tuvieron de los atenienses, viéndolos tan pujantes y poderosos en tan breve tiempo. Las causas, pues, y razones que públicamente se daban de una parte y de otra, para que se hubiesen roto las treguas y empezado la guerra, fueron las siguientes:

II.

Causas y origen de la guerra entre corintios y corcirenses. Vencidos los primeros por mar, rehácense para continuar la guerra y ambos beligerantes envían embajadores a los atenienses, solicitando su alianza.

Epidamno es una ciudad que está asentada a la mano derecha de los que navegan hacia el seno del mar jonio, y junto a ella habitan los taulantios, bárbaros de Iliria. A la cual se pasaron a vivir los corcirenses pobladores llevados por Falio, hijo de Eratóclides, natural de Corinto, y descendiente de Hércules, el cual, según ley antigua, había sido enviado de la ciudad metrópoli y principal para caudillo de los nuevos pobladores corcirenses, a quienes no era lícito salir a poblar otra región sin licencia de los corintios, sus principales y metropolitanos[11]. Vinieron también a poblar esta ciudad juntamente con los corcirenses, algunos de los mismos corintios, y otros de la nación de los dorios. Andando el tiempo llegó a ser muy grande la ciudad de los epidamnios y muy poblada; pero como hubiese entre ellos muchas disensiones y discordias, según cuentan, por cierta guerra que tuvieron con los bárbaros comarcanos, cayeron del estado y poder que gozaban. Finalmente, en la postrera discordia el pueblo expulsó de la ciudad a los más principales, que huyeron y se acogieron a los bárbaros comarcanos, de donde venían a robar y hacer mal a la ciudad por mar y por tierra. Los epidamnios, viéndose tan apretados por aquellos, enviaron sus mensajeros y embajadores a los de Corcira como a su ciudad metrópoli, rogándoles que no los dejasen perecer, sino que los reconciliasen con los que habían huido, y apaciguasen aquella guerra de los bárbaros. Y los embajadores, sentados en el templo de la diosa Juno, les suplicaron esto[12]. Mas los de Corcira no quisieron admitir sus ruegos, y les despidieron sin concederles nada.

Los epidamnios al saber que los de Corcira no les querían hacer ningún favor, dudando qué harían por entonces, enviaron a Delfos para consultar al oráculo si sería bien que diesen su ciudad a los corintios, como a sus principales pobladores, y pedirles algún socorro. El oráculo les respondió que se la entregasen y los hiciesen sus caudillos para la guerra. Fueron los epidamnios a Corinto por el consejo del oráculo, les dieron su ciudad, contándoles, entre otras cosas, cómo el poblador de ella había sido natural de Corinto; declarándoles lo que el oráculo había respondido, y rogándoles que no los dejasen ser destruidos, sino que los amparasen y vengasen. Los corintios, por ser cosa justa, tomaron a su cargo la venganza, pensando que tan de ellos era aquella colonia como de los corcirenses, y también por el odio y malquerencia que tenían a los corcirenses que no se cuidaban de los corintios, siendo sus pobladores; pues en las fiestas y solemnidades públicas no les daban las honras debidas, ni señalaban varón de Corinto que presidiese en los sacrificios[13], como las otras colonias. Además, porque los menospreciaban los corcirenses a causa de la gran riqueza que tenían; pues entonces eran los más ricos entre todas las ciudades de Grecia y más poderosos para la guerra, confiando en sus grandes fuerzas navales, y en la fama que tenían cobrada ya los feacios, sus antecesores, que primero habitaron a Corcira, de ser diestros en el arte de navegar. Y esta gloria les impulsaba a tener siempre dispuesta una armada muy pujante, contando 120 trirremes cuando comenzaron la guerra.

Teniendo todas las quejas arriba dichas, los corintios de los corcirenses, determinaron dar de buena gana socorro a los epidamnios, y además de la fuerza de socorro, enviaron por guarnición la gente de los ambraciotes y leucadios, mandando que todos los que quisiesen pudieran ir a vivir a Epidamno. Por tierra fueron a Apolonia, pueblo de los corintios, por miedo de que los corcirenses les cortasen el paso por mar. Cuando estos supieron los moradores y gente de guarnición que iban a la ciudad de Epidamno, y que se había dado población allí a los corintios, tuvieron gran pesar, y apresuradamente navegaron para allá con veinticinco naves, y poco después con lo restante de la armada, mandando por su autoridad que los desterrados que habían sido lanzados primero, fuesen recibidos en la ciudad. Porque, según parece, los que estaban desterrados de Epidamno, cuando supieron que los corintios enviaban gente a poblarla, acudieron a los corcirenses mostrándoles sus sepulturas antiguas, alegando el deudo y parentesco que con ellos tenían, y rogándoles que hiciesen recibirles en su tierra y lanzasen a los pobladores y gente de guarnición que habían enviado los corintios. Mas los epidamnios no los quisieron recibir ni obedecer en nada; antes sacaron sus huestes contra ellos; por lo cual los corcirenses, con cuarenta naves, tomando consigo los desterrados como para restituirlos en su tierra con algunos de los ilirios, asentaron su real delante de la ciudad, y mandaron pregonar que cualquiera de los epidamnios o extranjeros que se quisiesen pasar a ellos, fuese salvo, y los que no quisiesen, fuesen tenidos por enemigos. Mas como los epidamnios no obedeciesen a esto, los corcirenses, para combatirla, pusieron cerco a la ciudad, situada en un istmo.

Los corintios, al saber por mensajeros de los de la ciudad de Epidamno, que estaban cercados, dispusieron su ejército y juntamente mandaron pregonar que daban población de sus ciudadanos para la ciudad de Epidamno, que la darían igualmente a todos los que quisiesen ir allá por entonces; y que los que no quisieran ir, sino después, pagasen cincuenta dracmas a la ciudad de Corinto y se quedasen, porque así serían también participantes de los mismos privilegios de pobladores. Fueron muchos los que navegaron a la sazón, y los que pagaron la cantidad prefijada. Además de esto, rogaron a los megarenses que los acompañasen, con sus naves por si acaso los corcirenses les quisiesen vedar el paso por mar, los cuales les dieron ocho naves bien aparejadas, y la ciudad de Pale de los cefalenios dio cuatro, y los de Epidauro, siendo rogados, les dieron cinco; los de Hermíone una, y los de Trecén dos; los leucadios diez, y los ambraciotes ocho. A los tebanos y a los fliasios pidieron dineros, y a los eleos solamente los cascos de las naves y dinero. Y de los mismos corintios fueron dispuestas treinta naves y tres mil hombres.

Cuando los corcirenses supieron estos aprestos de guerra, vinieron a Corinto con los embajadores de Lacedemonia y de Sición que tomaron consigo, y demandaron a los corintios que sacasen la guarnición y los moradores que habían metido en Epidamno, pues ellos nada tenían que ver con los epidamnios; y si no lo querían hacer, que nombrasen jueces en el Peloponeso, en aquellas ciudades que ambas partes eligiesen, y que la población fuese de aquellos que los jueces determinasen por sentencia, o que lo remitiesen al oráculo de Apolo, que estaba en Delfos, y no se permitiese guerrear unos contra otros. De lo contrario serían forzados a hacerse amigos de aquella parcialidad que más poderosa fuese, para su bien y provecho. Los corintios les respondieron que sacasen sus naves y los bárbaros de Epidamno, y que después consultarían sobre ello, porque no era razón que estando los unos cercados, los otros quisiesen llevar la cosa por tela de juicio. Los corcirenses replicaron que si los corintios sacaban primero a los que habían metido en la ciudad de Epidamno, ellos también lo harían así y que estaban dispuestos a que se apartaran unos y otros de la tierra, y ajustar treguas hasta tanto que la cuestión se resolviera en justicia.

Los corintios, no accediendo porque tenían sus naves a punto y los compañeros de guerra aparejados, enviaron un trompeta a los corcirenses que les denunciase la guerra: alzaron velas del puerto con setenta y cinco naves y dos mil hombres de pelea, y navegaron derechos a Epidamno. Eran capitanes de la armada de mar Aristeo, hijo de Pélico, Calícrates, hijo de Calias, y Timánor, hijo de Timantes. Y por tierra, de la gente de infantería, Arquetimo, hijo de Euritimo, e Isárquidas, hijo de Isarco. Llegados que fueron al cabo de Accio, tierra de Anactorio, donde está el templo de Apolo, en la boca del seno de Ambracia, los corcirenses les enviaron un mensaje con un barco mercante, prohibiéndoles el paso, y entretanto completaron el número de sus naves y aprestaron jarcias y aparejos para las viejas, de suerte que pudieran navegar, y poniéndolas todas a punto, esperaban la respuesta de su mensaje. Mas después que volvió el mensajero y dijo que no había esperanza de paz, como ya los corcirenses tenían sus naves aparejadas, que serían en número de ochenta, porque cuarenta de ellas estaban en el cerco de Epidamno, salieron al encuentro de los corintios, y poniendo sus naves en orden de batalla, embistieron contra la armada de los corintios, los desbarataron y vencieron, y destrozaron quince naves de ella. Acaeció el mismo día que los que estaban cercados en Epidamno concertaron que los extranjeros y advenedizos fuesen vendidos por cautivos, y los corintios guardados en prisión hasta saber la voluntad de los vencedores.

Después de esta victoria naval, los corcirenses pusieron trofeo en señal de triunfo en el campo de Leucimna, que está en el cabo de Corcira, y mandando matar a todos los cautivos que prendieron, solamente guardaron en prisión a los corintios. Acabado esto, los corintios y sus compañeros de guerra, vencidos en la mar, volvieron a sus casas; los corcirenses se hicieron dueños de la mar en todas aquellas comarcas, y navegando para Léucade, colonia de los corintios, la robaron y destruyeron; y quemaron a Cilene, donde los eleos tenían sus atarazanas, porque habían socorrido a los corintios con naves y con dinero. Mucho tiempo después de esta batalla, dominaron los corcirenses la mar, y navegando hacían todo el mal y daño que podían a los amigos y aliados de los corintios, hasta que estos, pasado el verano, les enviaron naves y ejército, de que tenían gran falta, y asentaron su campo en el cabo de Accio y cerca de Quimerio, en Tesprótide, para poder mejor guardar a Léucade y a las otras ciudades de los amigos y compañeros que estaban de su parte. Los corcirenses pusieron su campamento en Leucimna por mar y por tierra frente del campo de los enemigos, y así estuvieron quedos, sin hacerse mal los unos a los otros, todo aquel verano, hasta que, llegado el invierno, volvieron a sus casas. Todo aquel año, después de la batalla naval, y el siguiente, los corintios, por la ira y saña que tenían contra los corcirenses, determinaron renovar la guerra, y mandando rehacer sus naves, aparejaron una nueva armada, cogiendo hombres de guerra y marineros a sueldo del Peloponeso, y de otras tierras de Grecia. Sabido esto por los corcirenses tuvieron gran temor por no estar aliados con ninguno de los pueblos de Grecia ni inscritos en las confederaciones de los atenienses ni de los lacedemonios, por lo cual les pareció que sería bueno ir a Atenas, ofrecer su alianza para la guerra, y tentar si hallarían allí algún socorro. Al saberlo los corintios, enviaron también sus embajadores a Atenas para que estorbasen que la armada de los atenienses se uniera a la de los corcirenses, porque esto les impediría hacer la guerra con ventaja. Llamados en asamblea unos y otros expusieron sus razones, y primeramente los corcirenses hablaron de esta manera:

III.

Discurso de los embajadores corcirenses al Senado de Atenas, para pedirle ayuda y socorro.

«Justa cosa es, varones atenienses, que los que sin haber hecho algún gran beneficio ni tenido alianza ni amistad provechosa, acuden a sus vecinos para pedirles ayuda, como nosotros ahora venimos, primeramente muestren y den a entender que su demanda es muy útil y provechosa para aquellos mismos a quien la piden, o a lo menos no dañosa; y tras esto que tengan siempre que agradecerles la merced que se les hiciere. Y si ninguna cosa de estas no mostraren, manifiéstase a las claras que no hay por qué se deban ensañar si no alcanzan lo que desean.

»Creyendo los corcirenses que podían firmemente mostraros y probaros todo esto, nos enviaron a requerir vuestra amistad y compañía, sin desconocer que nuestra errónea conducta anterior, viene ahora a ser tan provechosa para vosotros cuanto para nosotros dañosa: porque no habiendo querido hasta aquí ser amigos ni compañeros en guerra de ningún otro pueblo, venimos ahora a rogaros por hallarnos solos y desamparados en esta guerra contra los corintios. De donde se infiere que si antes nos parecía prudencia y esfuerzo no querernos exponer a peligro en compañía de otros, ahora nos parezca imprudencia y flaqueza. Nosotros solos por mar vencimos la armada de los corintios; mas después que con mayor copia de gente de guerra, que sacaron del Peloponeso y de las otras tierras de Grecia, se mueven contra nosotros; viéndonos poco poderosos para poderles resistir con solas nuestras fuerzas, y el gran peligro que corremos si nos sometemos a ellos, de necesidad hemos de demandar vuestra ayuda y la de todos los otros, siendo dignos de perdón si al presente aprobamos lo contrario de aquello que antes dejamos de hacer, no por malicia, sino por error. Pero si queréis escucharnos con atención, esta amistad y alianza que por necesidad os demandamos vendrá a seros muy provechosa por muchas razones. Lo primero, porque dais ayuda a los que son injuriados y no a los que hacen injuria. Lo segundo, porque socorriendo a los que están en gran peligro, empleáis vuestras buenas obras, donde nunca jamás serán olvidadas. Además, teniendo nosotros la mayor armada, después de la vuestra, que en este tiempo se halla, considerad cuán tarde os podrá venir otra ocasión tan buena como la que ahora tenéis entre manos para acabar vuestras empresas próspera y dichosamente; y cuán tarde se os ofrecerá otra más triste y desventurada para vuestros enemigos: que aquel poder nuestro que en otro tiempo compraríais con mucho dinero y ruegos, al presente se os da de grado sin costa ni peligro; juntamente con esto os trae honra y gloria para con todos, os gana la amistad de aquellos que favorecéis y defendéis, y aumenta vuestras fuerzas y poder. Lo cual todo juntamente a pocos sucede en nuestros tiempos, y pocas veces se ha visto que aquellos que vienen a pedir ayuda y socorro a otros ofrezcan tanto de su parte como tienen para poderles dar aquellos a quien la piden. Y si alguno piensa que no tendréis otra guerra más que esta, por lo cual nosotros os podríamos traer poco provecho, este tal se engaña, pues no es dudoso que los lacedemonios por el miedo que os tienen os moverán guerra; y los corintios, que pueden mucho con ellos en amistad, y son vuestros enemigos, se anticiparán a ganarnos por amigos para poder después mejor acometeros, y para que por el odio que les tenemos, también como vosotros, no nos podamos ayudar a veces, y ellos no yerren en una de dos cosas: o en haceros mal a vosotros, o en fortalecerse a sí mismos; por lo cual os conviene adelantaros, y recibiéndonos por amigos y compañeros, pues por tales nos damos, prevenir sus asechanzas y traiciones antes que ellos las prevengan. Y si por ventura alegan no ser justo, que vosotros recibáis en amistad sus colonos y pobladores, sepan que cualquier colonia es obligada a honrar y obedecer a su metrópoli y principal, de quien ha recibido bien y honra; y si ha recibido injuria, entonces apartarse y enajenarse de ella. Porque no se sacan los vecinos a poblar de las ciudades metropolitanas a otras para que sean siervos y esclavos de ellas, sino para que sean semejantes e iguales a los que quedan. Que estos nos hayan injuriado, está claro y manifiesto; pues siendo citados por nosotros a juicio sobre la ciudad de Epidamno, quisieron antes tomar las armas que contender por derecho y por justicia. Gran sospecha será para no dejaros engañar ver lo que hacen contra nosotros sus deudos y parientes, para que de mejor gana os apartéis de ellos, y os aliéis a nosotros como os lo rogamos; porque el que no concede a sus enemigos cosa alguna de que se pueda arrepentir después, vive seguro.

»Ni tampoco romperéis las confederaciones con los lacedemonios por recibirnos en amistad, pues ni somos compañeros de los unos ni de los otros, y en ellas se dice esto: Si alguna de las ciudades de Grecia no es de las compañeras y aliadas, le será lícito pasarse a la parte que quisiere. Ciertamente es cosa grave y fuera de razón que los corintios puedan armar sus naves con vuestros amigos y confederados, no solamente de las otras tierras de Grecia, pero también de vuestros súbditos y vasallos, y vedaros la amistad y compañía que se os ofrece, y el provecho que con ella recibiréis, y que os culpen, si nos otorgáis lo que os demandamos, y os quieran impedir la amistad que se os ofrece de grado, y buscar vuestro provecho donde quisiereis y pudiereis. Gran motivo de queja tendríamos contra vosotros, si viéndonos ahora en peligro y siendo vosotros amigos nos desdeñaseis; y a estos que son vuestros enemigos, y os acometen, no los rechazaseis ni se os diese nada que os tomen las fuerzas de vuestras tierras y señoríos, lo cual no deberíais consentir, antes prohibir que ninguno de vuestros súbditos llevase sus soldados, y enviarnos el socorro y ayuda que os pareciese, como también recibirnos públicamente por amigos y aliados, lo cual, como dijimos al principio, os proporcionará mucho provecho, y el mayor de todos es que estos son vuestros enemigos (como está claro y manifiesto) no débiles ni flacos, sino bastantes para hacer mal y daño a los que se les rebelaren, y sabéis muy bien la diferencia que hay de la amistad y alianza que de nuestra parte se os ofrece por ser hombres expertos en la mar, como somos, a la de los contrarios que son de tierra firme y llana, y nunca experimentados en aquella. Ofreciéndoos nuestra armada, no como la de Epiro, sino tal que no hay otra semejante, podéis, si os conviene, no permitir que otro alguno tenga naves de guerra, y si no, a lo menos, tomar por amigos y compañeros aquellos que son más fuertes y poderosos.

»Parecerale a alguno que nuestro consejo es útil y provechoso, pero temerá y sospechará, que si lo sigue romperá la paz y confederación con los amigos, este tal sepa, que vale más, para poner temor a los contrarios, no confiarse mucho en la confederación y alianza de otros, antes procurar el aumento de su poder, que no confiados de aquella, dejarnos de recibir por compañeros y aliados, y quedar por esta vía más flacos y débiles contra vuestros enemigos, que fuertes y poderosos. Los corintios, si nos vencen, quedarán seguros, y os tendrán menos temor y miedo que antes. No se trata, pues, solamente del bien y provecho de los de Corcira, sino también de los de Atenas, considerando que esta guerra es prefacio de la que para el tiempo venidero se prepara. Por ello no debéis de dudar de recibirnos en vuestra amistad, pues veis lo que os importa tener esta nuestra ciudad por amiga o enemiga, considerando la situación de Corcira, de tanta importancia, por estar situada entre Italia y Sicilia, de suerte, que ni desde Italia, si quieren, pueden dejar venir armada al Peloponeso, ni del Peloponeso para Italia, ni para otra parte. Y desde ella pueden seguramente pasar a un cabo y a otro según quieran, además de otros muchos bienes y provechos, que os pueden producir nuestra amistad. Finalmente, por abreviar nuestro discurso, y concluir, para que sepáis que no debéis rehusar nuestra compañía, debéis considerar que hay tres armadas aparejadas muy poderosas; la una es nuestra; la otra vuestra; y la otra de los de Corinto. Pues si menospreciáis y tenéis en poco cualquiera de estas tres, si las dos armadas se juntan en una, y los corintios nos toman por amigos, forzosamente habréis de tener guerra contra dos partes, a saber: contra los corcirenses y los peloponesios. Pero si nos recibís en vuestra compañía, tendréis más naves con las nuestras para poder pelear contra vuestros enemigos.»

Esto fue lo que dijeron los corcirenses. Y luego tras ellos los corintios hicieron el razonamiento siguiente:

IV.

Discurso y respuesta de los corintios al de los corcirenses pidiendo al Senado de Atenas que prefieran su amistad y alianza a la de los de Corcira.

«Varones atenienses, pues los corcirenses han hablado, no solamente de sí mismos, persuadiéndoos que los recibáis en vuestra amistad, sino también de nosotros, diciendo que injustamente, y sin causa comenzamos la guerra: será necesario que ante todas cosas hagamos mención de lo uno y de lo otro: y de esta manera vengamos a lo demás de nuestro razonamiento, para que mejor entendáis nuestra demanda, y con razón rehuséis los provechos que os ofrecen.

»Dicen que por usar de modestia, equidad y diligencia jamás han querido admitir la compañía y alianza de nadie: lo cual ciertamente han hecho por vicio y malicia, y no por virtud ni bondad; por no querer tener compañero ni testigo de sus maldades, de quien siendo reprendidos pudiesen tener vergüenza. El buen sitio de su ciudad que alegan para vuestro provecho, antes les acusa de las injurias y ultrajes que hacen, que no los somete a juicio de razón: porque ellos no salen navegando a otras partes: y de necesidad han de robar a los que allí aportan de otras tierras. Se glorian y honran de no haber querido hacer alianza ni confederación con otro. No lo han hecho por no participar de las injurias ajenas, sino a fin de poder ellos injuriar a otros a solas sin tener quien se lo reprenda, y para donde quiera que prevaleciesen, hacer fuerza y afrenta a los demás, como podrían aislada y ocultamente, y de esta manera lograr más bienes y tener menos vergüenza de sus bellaquerías secretas, que no si fueran de otros sabidas. Porque si ellos son tan buenos como se nombran, cuanto menos culpables y violentos son para sus prójimos, tanto más deberían mostrar su virtud y bondad en dar y recibir solamente lo que es justicia y razón. No es esto lo que han hecho con otros, ni con nosotros, porque siendo nuestros pobladores, siempre se han apartado de nosotros hasta aquí: y ahora nos hacen guerra diciendo que no los sacamos de nuestra ciudad a ser pobladores en el lugar donde los enviamos para que los maltratásemos; a lo cual respondemos, que tampoco los pusimos allí a morar, para que recibiésemos de ellos injurias y agravios, sino para ser sus superiores, y que nos honrasen y acatasen según razón y como lo hacen las otras poblaciones, cuyos habitantes nos quieren y aman en gran manera. De ello se deduce manifiestamente que si a todos los otros somos agradables y apacibles, sin derecho y sin razón se desagradan y descontentan estos solos de nosotros.

»No sin gran causa y razón, ni pequeñamente injuriados les movimos guerra; y aun cuando en esto hubiéramos errado, fuera bien que dieran lugar a nuestra ira y nos soportaran, y entonces a nosotros nos fuera cosa torpe y fea si de igual modo no tuviéramos respeto a su paciencia y modestia, para no hacerles fuerza ni injuria. Mas ahora ensoberbecidos con las riquezas, además de otros muchos yerros y delitos que contra nosotros han cometido, no quisieron venir a socorrer la ciudad de Epidamno, que es de nuestro señorío, aunque la vieron cercada y apretada de sus enemigos: antes cuando nosotros íbamos a socorrerla la tomaron por fuerza y la tienen.

»En cuanto a lo que dicen que, antes de hacerlo, quisieron apelar a juicio, nada vale su dicho, pues tanto significa, como si teniendo alguno ocupada y detenida la hacienda de otro, quiere después litigar en juicio, sin entregar primero lo usurpado, antes que se lo reclamen por fuerza y contienda. Ellos no lo hicieron antes que pusiesen cerco a la ciudad, sino después que entendieron que nosotros no habíamos de descuidarnos en socorrerla. Entonces quisieron alegar su derecho y vinieron aquí, no contentos con el mal que allí hicieron, a requeriros que los queráis recibir por amigos y aliados, no tanto para confederación y alianza de la guerra, cuanto para compañía y amparo de las injurias y agravios que hacen siendo nuestros enemigos. Debieron haber venido antes a esto, cuando estaban salvos y seguros, y no ahora después que nos ven injuriados, y a ellos en peligro; y puesto que no habéis tenido participación en sus violencias durante la paz, no debéis darles ayuda ahora para meteros en guerra. Fuisteis libres de sus yerros, no debéis cargar en parte con su culpa.

»A los que en el tiempo pasado ayudaron con sus fuerzas y poder, deben ahora dar cuenta de sus casos y fortunas; pero vosotros que no fuisteis participantes en sus delitos, menos lo debéis ser de aquí en adelante en sus hechos.

»Ya os hemos declarado la justicia y equidad que usamos con estos al principio, y las fuerzas y avaricia que para con nosotros tuvieron. Ahora conviene mostraros, que por ninguna vía, ni razón los debéis admitir a vuestra amistad. Porque si, como antes decimos, en los tratados de confederaciones y paz, es lícito a cualquiera de las ciudades, que no son firmantes, ni confederadas, unirse al bando que quisieren, este contrato no se entiende que lo puedan hacer en perjuicio de tercero: antes solamente se entiende de los que tienen necesidad de la ayuda de otros, y la demandan, sin que aquellos a quien la piden se aparten de la alianza y amistad de los otros sus confederados: y no se refiere a los que en lugar de paz, traen guerra contra los amigos de aquellos a quien demandan la tal ayuda, como os ocurrirá, si no creéis nuestro consejo. Porque si decidís ayudar y favorecer a estos, en lugar de amigos seréis nuestros enemigos, obligándonos, si queréis estar con ellos, a ofenderos al tomar de ellos venganza. Obraréis cuerdamente, y conforme a justicia y razón, si no favorecéis a ninguno: y mucho mejor, si al contrario de lo que estos piden sois de nuestro bando, y amigos y aliados de los corintios contra estos corcirenses, que nunca tuvieron treguas firmes con vosotros. No establezcáis nueva ley auxiliando a los rebeldes; pues nosotros, cuando se os rebelaron los samios, fuimos de contrario parecer de los peloponesios, que decían convenía socorrer a los samios, y públicamente lo contradijimos, alegando que a ninguno debía prohibírsele castigar a los suyos cuando errasen. Si recibís y defendéis los malhechores, muchos de los vuestros se pasarán diariamente a nosotros, y por este medio daréis ley que redunde antes en vuestro daño que en el nuestro.

»Baste lo dicho para informaros de nuestro derecho conforme a las leyes de Grecia. Lo que adelante diremos será como ruego, y para pedir y demandar vuestra gracia. Nada os pedimos como enemigos para dañaros, ni como amigos para usar mal de ello; antes decimos y afirmamos que nos debéis al presente vuestra ayuda, porque antes de la guerra de los medos, cuando la teníais con los eginetas, os socorrimos con veinte naves grandes que necesitabais y recibisteis de los corintios. Y la buena obra que entonces os hicimos; y también porque entonces, por nuestra oposición, los peloponesios no quisieron ayudar a los samios, vuestros contrarios, os procuró la victoria contra los eginetas, y la venganza que tomasteis de los samios a vuestra voluntad. Esto hicimos a tal tiempo, que los hombres por el gran deseo que tienen de vencer a sus enemigos contra quien van, se descuidan de todo lo demás, y tienen por amigo a cualquiera que les ayuda, aunque antes haya sido su enemigo: y por enemigo a aquel que los contrasta, aunque primero fuese su amigo, dejando de entender en sus cosas propias por la codicia que tienen de vengarse. Recordando vosotros este servicio, y los mancebos trayendo a la memoria lo que oyeron y supieron de los ancianos, razón será que nos paguéis de igual modo. Y si alguno piensa que esto que aquí decimos es justo, pero que habrá otra cosa más provechosa de parte de los contrarios si hubiere guerra, este tal sepa que para su bien y cuanto uno es más justo en cualquier hecho, tanto más provecho se le sigue en adelante. Además que la guerra venidera, con que os ponen temor los corcirenses para invitaros a ser injustos, está en duda, y no es razón, que por miedo de guerra incierta, cobréis odio y enemistad cierta de los corintios vuestros amigos. Si imagináis tener guerra por la sospecha que hay de los de Mégara: tal imaginación por vuestra prudencia y saber, antes la debéis disminuir que aumentar. Pues cualquiera buena obra postrera, hecha en tiempo y sazón, por pequeña que sea, es bastante para quitar y desatar toda la culpa primera, aunque sea mayor.

»Ni tampoco muevan ni atraigan vuestros corazones por el ofrecimiento que os hacen de grande armada de socorro; pues mayor seguridad es no hacer injuria a los iguales, ni emprender cuestión contra ellos, que no ensoberbecidos con la apariencia de presente, procurar adquirir más de lo vuestro con el daño y peligro que os puede venir de ello en adelante. Asimismo ahora nosotros que estamos en la misma adversidad y fortuna que estábamos cuando pedimos la ayuda de los lacedemonios, os pedimos y requerimos lo mismo que a ellos, esperando alcanzar de vosotros lo mismo que de ellos alcanzamos, es a saber que sea lícito a cada cual castigar a los suyos. Y que, pues, os ayudamos con nuestro voto contra los vuestros, no nos queráis dañar con el vuestro contra los nuestros, sino que nos paguéis en la misma moneda, sabiendo y conociendo que estamos a tiempo de que quien ayudare será tenido por muy grande amigo, y el que fuere contra nos, por mortal enemigo.

»En conclusión decimos que no queráis recibir estos corcirenses por amigos y compañeros contra nuestra voluntad, ni socorrer a aquellos que nos han injuriado. Y haciendo esto, cumplís vuestro deber, y ejecutáis lo que conviene a vuestro provecho.»

Con esto acabaron los corintios su razonamiento.

V.

Los atenienses se alían a los corcirenses enviándoles socorro. Batalla naval de dudoso éxito entre corintios y corcirenses.

Después que los atenienses oyeron a ambas partes, juntaron su consejo por dos veces: en la primera aprobaron las razones de los corintios, no menos que las de los otros; y en la segunda mudaron de opinión y determinaron hacer alianza con los corcirenses, no de la manera que ellos pensaban, es a saber, para ser amigos de amigos, y enemigos de enemigos, porque haciendo esto y juntándose con los corcirenses para ir contra los corintios, rompieran la confederación o alianza que tenían con los peloponesios: sino solamente para ayudar a una parte y a la otra, si alguno les quisiese hacer algún agravio a ellos o a sus aliados. Porque no haciendo esto, les parecía que tendrían guerra con los peloponesios: y tampoco querían dejar a Corcira en manos de los corintios que tenían tan poderosa armada, sino que pelearan unos con otros para que así se disminuyesen sus fuerzas, y fuesen más débiles: y después si les pareciese tomarían partido en la guerra contra los corintios, o contra los otros que tuviesen armada. También juzgaban de gran importancia la situación de la isla de Corcira entre Italia y Sicilia y por todo esto recibieron por compañeros y aliados a los corcirenses.

Cuando partieron los embajadores corintios, les enviaron diez naves de socorro y nombraron capitanes de ellas a Lacedemonio, hijo de Cimón, a Diotimo, hijo de Estrómbico, y a Proteas, hijo de Epicles: mandándoles que no trabasen batalla por mar con los corintios, si no los vieran venir navegando derechamente contra Corcira, desembarcar, o tocar en algún lugar de la isla: y que entonces lo defendiesen con todas sus fuerzas, vedándoles en los demás casos romper la alianza que tenían con los corintios.

Al llegar las naves de los atenienses a Corcira, los corintios aparejaron su armada y navegaron derechamente para Corcira con ciento y cincuenta barcos. De los cuales eran diez de los eleos, doce de los megarenses, diez de los leucadios, veintisiete de los ambraciotes, uno de los anactorios y noventa de los mismos corintios. Por capitanes de ellos iban los caudillos de estas ciudades, y de los corintios era capitán Jenóclides, hijo de Euticles, con otros cuatro compañeros. Todos estos partieron con buen viento haciendo vela desde el puerto de Léucade, y llegados a tierra firme de Corcira, desembarcaron en el cabo Quimerio, a la boca del mar, en tierra de Tesprótide, donde está un puerto y encima del puerto una ciudad apartada de la mar e inmediata una laguna llamada Éfira, junto a la cual desemboca en la mar la laguna Aquerusia, llamada así del río Aqueronte, el cual pasando por tierra de Tesprótide entra en aquella laguna y viene a parar en ella; de otra parte viene a entrar en la mar el río Tíamis, que divide la tierra de Tesprótide de la tierra de Cestrina, dentro de las cuales está el cabo Quimerio. En este lugar tomaron tierra los corintios y allí asentaron su campamento. Al saberlo los corcirenses, navegaron hacia aquella parte completando su armada hasta ciento diez naves, de las cuales iban por capitanes Milcíades, Esímides y Euribato. Acamparon en una de las islas llamada Síbota. Tenían en su ayuda diez barcos de los atenienses, y en tierra de Leucimna gente de a pie y mil hombres armados de los zacintios que les enviaron de socorro.

También los corintios tenían en su ayuda muchos de los bárbaros de la tierra firme; porque los comarcanos de ella siempre les eran amigos. Después que los corintios prepararon las cosas necesarias para la guerra, y tomaron provisiones para tres días, partieron de noche del cabo Quimerio para encontrar a los corcirenses, y navegando por la mañana vieron en alta mar la armada de estos que les venía al encuentro preparándose para la batalla de una y otra parte. En el ala derecha de los corcirenses venían las naves de los atenienses, y en la siniestra los mismos corcirenses, repartidos en tres órdenes o hileras de naves con tres capitanes, en cada una el suyo.

De la parte de los corintios venían a la mano derecha las naves de los ambraciotes, y de los megarenses; en medio los otros aliados como se hallaron, y a la mano siniestra los mismos corintios. Después que todos fueron juntos y alzaron señal de ambas partes para combatir, trabaron pelea, en la cual tenían de ambas partes mucha gente que peleaba desde los aparejos y desde encima de las cubiertas, y muchos flecheros y ballesteros que tiraban, mala y rudamente aprestados a la costumbre antigua. La batalla fue ruda, aunque sin arte ni industria alguna de mar, y muy semejante a batalla de a pie por tierra. Porque después que se mezclaron unos con otros, no se podían fácilmente revolver ni embestir por la multitud de navíos. Cada cual confiaba para la victoria, en la gente de guerra que estaba sobre las cubiertas, porque combatían a pie quedo, sin moverse los barcos, ni poder salir, y peleando más con fuerzas y corazón que con ciencia y maña, resultando de todas partes gran alboroto y turbación. Las naves de Atenas socorrían pronto a las corcirenses donde las veían en aprieto poniendo temor a los contrarios, mas no porque ellas comenzasen a trabar pelea, temiendo los capitanes traspasar lo mandado por los atenienses. El ala o punta derecha de los corintios estaba muy trabajada, porque los corcirenses con veinte naves les habían puesto en huida, y las siguieron desbaratadas hasta la tierra firme, donde tenían su campo, saltando en tierra, quemando las tiendas, y robando el campamento. De aquella parte, pues, fueron vencidos los corintios y sus compañeros. Mas los corintios que estaban en el ala o punta siniestra llevaban de vencida a sus contrarios, por estar aquellas veinte naves de los corcirenses ausentes, y ocupadas en perseguir a los otros como antes dijimos. Cuando los atenienses vieron así apurados a los corcirenses, abiertamente y sin más disimulo acudieron a socorrerles. Primero vinieron despacio, deteniéndose porque no pareciese que iban a acometer, mas como vieron a la clara huir a los corcirenses y que los corintios los seguían, cada cual metió manos en la obra sin diferenciarse, y así la necesidad compelió a quedar solos en el combate los corintios y los atenienses.

Después que los corintios hicieron huir a sus contrarios, no curaron de atar a sus navíos los marineros de las naves que habían echado a fondo de los enemigos, ni de las que les habían tomado, para llevarlas consigo a Ornio, sino que desviándolos, y alcazándolos, procuraban matarlos antes que tomarlos por cautivos. Y haciendo esto, mataban muchos de sus amigos que encontraban en el camino en naves suyas que habían sido desbaratadas pensando que fuesen enemigos, y no sabiendo que los suyos fuesen vencidos en el ala derecha. Porque como era grande el número de navíos de una parte y de otra, todos griegos, y ocupaban mucho trecho de mar, después de mezclados los unos con los otros, no se podía fácilmente conocer quiénes eran los vencidos ni los vencedores.

En verdad, fue esta la mayor batalla de mar de griegos contra griegos que hasta el día de hoy fue vista ni oída, y donde mayor número de barcos se juntaron.

Después que los corintios hubieron seguido a los corcirenses hasta la tierra, volvieron a recoger los despojos de sus naufragios, y los navíos destrozados, y los muertos y heridos, que eran en gran número: los que llevaron al puerto de Síbota, donde el ejército de los bárbaros que estaba en tierra había venido en su ayuda. Es Síbota un puerto desierto en la región de Tesprótide. Hecho esto los corintios volvieron a juntarse e hicieron vela hacia Corcira: viendo lo cual los corcirenses les siguieron con las naves que les habían quedado sanas y estaban para poder navegar, y juntamente con ellos las de Atenas, temiendo que los corintios desembarcaran en su tierra. Ya era avanzado del día y comenzaban a cantar el peán, cántico acostumbrado en loor de su dios Apolo[14], cuando los corintios de repente, viendo venir de lejos veinte naves atenienses, volvieron las proas a las suyas. Estas veinte naves enviaban los atenienses de refresco en ayuda de los corcirenses, temiendo lo que ocurrió, que si los corcirenses eran vencidos, las diez naves que primero habían enviado en su socorro, fuesen pocas para defenderlos y socorrerlos. Al ver estas naves los corintios, y sospechando que además llegasen otras muchas volvieron las proas y comenzaron a retirarse; de lo cual los corcirenses, que no habían visto el socorro que les venía, se maravillaron, hasta que algunos, viéndolas, dijeron aquellas naves hacia nosotros vienen, y entonces también ellos se ausentaron. Ya comenzaba a oscurecer cuando los corintios se retiraron, apartándose así los unos de los otros en aquella batalla que duró hasta la noche.

Los corcirenses tenían su campo en Leucimna cuando las veinte naves de los atenienses fueron vistas, de las cuales venían por capitanes Glaucón, hijo de Leagro, y Andócides, hijo de Leógoras, y poco después llegaron a Leucimna, pasando por encima de los muertos y de los navíos destrozados y hundidos. Los corcirenses, porque era de noche oscura y no les conocían, recelábanse que fuesen de los enemigos; mas después que los reconocieron, pusiéronse muy alegres. Al día siguiente las treinta naves de los atenienses con las que habían quedado sanas de los corcirenses y podían navegar, salieron de este puerto de Leucimna, y vinieron a velas desplegadas al puerto de Síbota, donde estaban los corintios para ver si querían volver a la batalla. Mas los corintios, cuando los vieron venir, levantaron áncoras y alzaron velas, salieron del puerto en orden, fueron a alta mar, y allí estuvieron quedos sin querer trabar pelea, viendo las naves, que habían venido de refresco de los atenienses, sanas y enteras; que las suyas estaban maltratadas y empeoradas de la batalla del día anterior; que tenían bien en qué entender, en guardar los prisioneros que llevaban cautivos en las naves, y que no podían encontrar lo necesario para rehacer sus naves en el puerto de Síbota, donde estaban, por ser lugar estéril y desierto. Pensaban, pues, cómo podrían partir de allí y navegar en salvo para volver a su tierra, temiéndose que los atenienses les habían de estorbar la partida, so color de que habían roto la paz y alianza al acometerles el día anterior. Parecioles buen consejo enviar algunos de los suyos en un barco mercante sin faraute ni trompeta a los atenienses para que espiasen y tentasen lo que determinaban hacer; los cuales en nombre de los corintios les dijeron lo siguiente:

«Grande injuria y sin razón nos hacéis, varones atenienses, en comenzar contra nosotros la guerra, rompiendo la paz y alianza que teníamos, queriendo estorbar que castiguemos a los nuestros, y para ello tomando las armas contra nosotros. Si os parece bien todavía impedirnos que naveguemos hacia Corcira o hacia otra parte donde nos pluguiere, y quebrantar la confederación y alianza declarándoos enemigos nuestros: comenzad primero en nosotros, y prendednos, y usad de nosotros como de enemigos.» Al acabar de decir esto los corintios, todos los del ejército de los corcirenses, que lo oyeron, comenzaron a dar voces diciendo que los prendiesen y matasen. Mas tomando la mano los atenienses, les respondieron de esta manera: «Ni nosotros comenzamos la guerra, varones corintios, ni menos rompimos la paz y alianza que teníamos con vosotros, antes venimos aquí por ayudar y socorrer a estos corcirenses, que son nuestros amigos y compañeros: por tanto, si queréis navegar para otra cualquier parte, navegad mucho en buen hora; mas si navegáis hacia Corcira, o hacia otro cualquier lugar de su tierra para hacerles mal y daño, sabed que os lo hemos de estorbar con todas nuestras fuerzas y poder.»

Oída esta respuesta por los corintios, se aprestaron para partir de allí y navegar hacia su tierra. Empero, antes de su partida levantaron trofeo en señal de victoria en tierra firme de Síbota. Y después de partidos ellos, los corcirenses recogieron sus náufragos y los muertos que el viento de la marea había la noche anterior lanzado a orilla de la mar, y que abordaban a tierra de todas partes: y asimismo levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla de Síbota, frontero de aquel de los corintios, pareciéndoles a cada cual de las partes pretender la victoria por esta vía: los corintios porque habían sido dueños de la mar hasta la noche, porque habían recogido muchos náufragos de los navíos hundidos y muchos muertos de los suyos[15], y tenían muchos prisioneros y cautivos de los contrarios, que en número pasaban de mil, y habían echado a fondo cerca de setenta naves de los enemigos, levantaron trofeo. Los corcirenses porque habían destrozado cerca de treinta naves de los enemigos; porque cuando los atenienses venían ya ellos habían recogido sus náufragos y trozos de naves, y los muertos como los contrarios, y también porque el día anterior los corintios volvieron las proas y se retiraron cuando vieron venir de refresco las naves atenienses, y no osaron acometerlas a la salida de Síbota, levantaron igualmente trofeo.

De esta manera ambas partes se atribuían la victoria. Los corintios, a la vuelta, tomaron por engaño la villa y el puerto de Anactorio, que está a la boca del golfo de Ambracia, el cual era común de ellos y de los corcirenses: y puesta en él gente de guarnición de los corintios, volvieron a su tierra, donde, al llegar, vendieron por esclavos cerca de ochocientos prisioneros de los corcirenses, y detuvieron en prisiones con mucha guarda cerca de doscientos cincuenta, con esperanza de que por medio de estos recobrarían la ciudad de Corcira, porque la mayor parte de los prisioneros eran de los principales de la ciudad.

Este fue el fin de la primera guerra entre los corintios y los corcirenses, después de la cual los corintios volvieron a sus casas como queda dicho.

VI.

Querellas entre atenienses y corintios, por cuya causa se reunieron todos los peloponesios en Lacedemonia para tratar de la guerra contra los atenienses.

La guerra referida fue el primer fundamento y causa de la que después ocurrió entre los corintios y los atenienses, porque los atenienses habían promovido la guerra contra sus compañeros y aliados los corintios en favor de los corcirenses. Después sobrevinieron otras causas y diferencias entre los atenienses y peloponesios para hacerse guerra los unos a los otros, que fueron estas. Los atenienses, sospechando que los corintios tramaban cómo vengarse de ellos, fueron a la ciudad de Potidea que está asentada en el estrecho de Palene, que es una de las colonias o poblaciones de los mismos corintios, y por esto sujeta y tributaria a ellos: mandaron a los moradores que derrocasen su muralla que caía a la parte de Palene; además, que les diesen rehenes para estar más seguros, que echasen de la ciudad los gobernadores y ministros de justicia que los corintios les enviaban cada año y que en adelante no los admitiesen; lo cual hacían por temer, que siendo solicitados los potidenses de Pérdicas, hijo de Alejandro, rey de Macedonia, y también de los corintios, a su instancia se rebelasen contra ellos, y también rebelaran a sus compañeros y aliados que moraban en Tracia. Este acto de guerra hicieron los atenienses en Potidea después de la batalla naval de Corcira, porque los corintios claramente mostraban su enemistad a los atenienses, y también Pérdicas, aunque antes era su amigo y aliado, se convirtió en enemigo por haber hecho los atenienses amistad y alianza con Filipo su hermano, y con Derdas, que de consuno le hacían guerra. Por temor de esta alianza Pérdicas envió embajada a los lacedemonios, se confederó con ellos e hizo tanto que les indujo a que declarasen la guerra a los atenienses. Además se confederó con los corintios para atraer a su propósito a la ciudad de Potidea, y tuvo tratos e inteligencias con los calcídeos que habitaban en Tracia, y también con los botieos para que se rebelasen contra los atenienses, pensando que con la ayuda de estos (si podía ganar su amistad) fácilmente harían la guerra a los atenienses.

Sabiendo esto los de Atenas, y queriendo prevenir la rebelión de sus ciudadanos, enviaron a la tierra de estos treinta barcos con mil hombres de guerra y por capitán a Arquéstrato, hijo de Licomedes, con otros diez capitanes, sus compañeros, mandando a los capitanes de las naves que tomasen rehenes de los potidenses, les derrocasen la muralla, y pusiesen buena guarda en las ciudades comarcanas para que no se rebelasen. Los potidenses enviaron su mensaje a los atenienses para ver si les podían persuadir que no intentasen novedad alguna, y por otra parte enviaron a Lacedemonia juntamente con los corintios para tratar con ellos que les diesen socorro y ayuda si la necesitasen. Mas cuando vieron que no podían alcanzar cosa buena de lo que les convenía de los atenienses, antes en su presencia enviaron las treinta naves a Macedonia contra Pérdicas y contra ellos, confiados en la ayuda de los lacedemonios, los cuales prometieron que si los atenienses venían contra Potidea, ellos entrarían en tierra de Atenas, y viendo ocasión para ello se rebelaron juntamente con los calcídeos y botieos, y aliándose contra los atenienses.

También Pérdicas persuadió a los calcídeos que dejasen las ciudades marítimas y las derrocasen, porque no se podían defender, y que se viniesen a habitar la ciudad de Olinto que estaba más dentro de la tierra y fortificasen esta sola, y a los demás que dejaban sus tierras les dio la ciudad de Migdonia, que está cerca del lago de Bolbe, para que la habitaran mientras durase la guerra con los atenienses.

Cuando los que venían en las treinta naves de los atenienses llegaron a Tracia y entendieron que Potidea y las otras ciudades se habían levantado, pensando los capitanes que no serían bastantes las fuerzas y poder que tenían para hacer la guerra a Pérdicas y a las otras ciudades que se habían rebelado, se dirigieron a Macedonia, donde primeramente habían sido enviados, y allí se encontraron con Filipo y con su hermano Derdas, que descendían con su ejército de las montañas.

Entretanto los corintios, viendo rebelada la ciudad de Potidea, y que las naves de Atenas habían llegado a Macedonia, temiendo que les viniese algún mal a los de Potidea, que ya se habían declarado contra los atenienses, y sabiendo que ya el peligro era propio, enviaron para su defensa mil seiscientos hombres de a pie armados de todas armas, así de los suyos aventureros, como de los otros peloponesios afiliados por sueldo, y cuatrocientos armados a la ligera, y por capitán de ellos a Aristeo, hijo de Adimanto, al cual voluntariamente se le habían unido muchos guerreros de Corinto por amistad y porque era muy querido de los potidenses. Estos llegaron a Tracia setenta días después de la rebelión de la ciudad de Potidea. Entre estas cosas supieron los atenienses que aquellas ciudades se les habían rebelado, y al saber esto y la gente que había ido con Aristeo de los contrarios, enviaron también ellos dos mil hombres de a pie, y cuarenta barcos, y por capitán a Calias hijo de Calíades, con otros cuatro compañeros, los cuales al llegar a Macedonia hallaron que los mil suyos primeramente enviados habían ya tomado la ciudad de Terma, y tenían cercada a Pidna; y unidos a ellos mantuvieron el cerco, mas porque convenía ir a Potidea, sabiendo que ya Aristeo había llegado allí, viéronse obligados a hacer tratos y conciertos con Pérdicas, partieron de Macedonia y vinieron al puerto de Berea, e intentaron tomar la villa por mar, pero al ver que no podían salir con su empresa, volviéronse y caminaron por tierra derechos a Potidea, llevando consigo cerca de tres mil hombres de pelea más otros muchos de los aliados, y más de seiscientos de a caballo de los macedonios, que estaban con Filipo y Pausanias, y cerca de setenta barcos que iban costeando poco trecho delante de ellos. Al tercer día llegaron a la villa de Gigono, donde asentaron su campo.

Los potidenses y los peloponesios que estaban con Aristeo esperando la venida de los atenienses, salieron de la ciudad y pusieron su real junto a Olinto, que está sobre el estrecho, y fuera de la ciudad hacían su mercado; y todos de acuerdo eligieron por capitán de la gente de a pie a Aristeo, y de los de a caballo a Pérdicas, que cuando volvió a rebelarse contra los atenienses, se pasó a los potidenses enviándoles gente de socorro, y por capitán a Iolao en su lugar. Aristeo era de opinión de esperar con el ejército que tenía en el estrecho a los atenienses si le acometiesen, y que los calcídeos, con los otros compañeros de guerra y los doscientos caballos de Pérdicas, se estuviesen quedos en Olinto, para que cuando los atenienses viniesen contra ellos, salieran de lado y por la espalda en su socorro, y cogieran en medio a los enemigos. Mas Calias, caudillo de los atenienses, y los otros capitanes sus compañeros, enviaron a los macedonios de a caballo, y algunos de a pie de los aliados, a la vuelta de Olinto para estorbar que los que estaban dentro de la ciudad saliesen a socorrer a los suyos, y luego ellos levantaron su campo y vinieron derechos a Potidea. Cuando llegaron al estrecho y vieron que los contrarios se disponían para la batalla, también ordenaron sus haces y a poco se encontraron unos con otros y tramaron muy ruda batalla, en la cual Aristeo y los corintios que con él estaban en una ala con los otros guerreros desbarataron un escuadrón de los enemigos que con ellos peleaba, y lo siguieron bien lejos al alcance. Empero la otra ala de los potidenses y de los peloponesios fue vencida por los atenienses y puesta en huida y seguida hasta la muralla. Volvía Aristeo de perseguir a los enemigos, cuando vio lo restante de su ejército vencido, y dudó a cuál de las dos partes acudiría en aquel peligro, a socorrer a Olinto o a Potidea. Al fin le pareció buen consejo recoger la gente que consigo traía y meterse de pronto en Potidea, porque era el lugar más cercano para retirarse, y por una punta de la mar que hería en los muros de la ciudad, entre unas rocas que había por reparos se metieron con gran daño y peligro que recibían de las flechas y otros tiros de los contrarios, por lo cual algunos fueron muertos y heridos, aunque pocos, y los más entraron salvos.

Habían salido para venir a socorrer a Potidea los que estaban dentro de Olinto, porque como la ciudad estuviese asentada en alto, cerca de sesenta estadios apartada de Potidea, podíase ver bien a las claras desde ella el lugar de la batalla, y donde habían levantado las enseñas. Mas los caballos macedonios les salieron al encuentro para impedírselo. Cuando los de Olinto vieron que los atenienses habían alcanzado la victoria y levantado sus banderas, volvieron a meterse dentro de la ciudad, y los caballos macedonios se unieron a los atenienses.

Después de esta batalla los atenienses levantaron trofeo en señal de victoria, y entregaron a los potidenses sus muertos según derecho y costumbre. Fueron muertos de los potidenses y de sus compañeros y aliados, pocos menos de trescientos, y de los atenienses ciento cincuenta, y entre ellos Calias su capitán.

Pasado esto, los atenienses hicieron un fuerte en la ciudad de Potidea en la parte del estrecho, y pusieron en él guarnición, mas no se atrevieron a pasar a la otra parte de la ciudad, hacia Palene, que confina con la ciudad de Potidea, aunque esta no estaba cercada, ni fortalecida por aquella parte, porque no eran bastantes para mantener dos cercos y defender el estrecho, contra los que quisieran pasar de Palene, y temían que, si se repartían, les acometerían los de la ciudad por ambas partes. Sabido por los de Atenas que los suyos habían cercado a Potidea, empero que no habían fortalecido la parte de Palene, a los pocos días enviaron mil quinientos hombres armados de todas armas, y por capitán a Formión, hijo de Asopio, el cual partió de Afitis para venir hacia Palene por tierra, y fue poco a poco derecho a Potidea, robando y destruyendo por el camino los lugares. Como vio que ninguno le salía al encuentro para pelear, fortaleció a Palene, y así fue Potidea cercada por ambas partes y combatida fuertemente por mar y por tierra. Sitiada la ciudad y no viendo Aristeo ninguna esperanza de poderla salvar ni defender, si no le venía socorro del Peloponeso, o de otra parte, pareciole buen consejo, con algún buen viento que podrían esperar en este medio, enviar toda su armada, con toda la gente que estaba dentro, y dejar allí solos quinientos hombres de guardia, de los cuales él quería ser uno, para que les bastasen las provisiones que tenían dentro y pudiesen sostener el cerco más tiempo. Mas como no pudiese persuadir a los suyos, saliose una noche sin ser sentido de las guardias atenienses, para dar orden en lo que era menester y proveer todo lo de fuera, y así partió para los calcídeos, con cuya ayuda causó mucho daño en tierras de Atenas y entre otros males el de atacar la ciudad de Sermile, y poniendo una celada delante de ella matar muchos de los ciudadanos que salieron contra él. Trató además con los peloponesios que enviasen socorro a Potidea. Entretanto Formión, después que hubo fortalecido la ciudad de Potidea por todas partes con los mil y seiscientos hombres de guerra que tenía, recorrió la tierra de Calcídica y de Botiea y en ellas tomó muchos lugares.

Estas fueron las causas de las enemistades y guerras que ocurrieron entre los atenienses y peloponesios. Los corintios se quejaban de que los atenienses habían combatido la ciudad de Potidea, que era de su población, y maltratado a ellos y a los peloponesios que estaban dentro; y los atenienses de que los peloponesios habían hecho rebelar contra ellos a los potidenses que eran sus aliados y tributarios, y les habían dado socorro y ayuda contra ellos. No era todavía la guerra contra todos los peloponesios en general, pero ya se indicaba, y particularmente la hacían los corintios, los cuales, cuando estaba cercada la ciudad de Potidea, temiendo la pérdida de ella y de los suyos que estaban dentro, no cesaban de invitar a las otras ciudades sus compañeras y aliadas a que viniesen a Lacedemonia y se quejasen de los atenienses que habían roto la paz y alianza e injuriado a todos los confederados peloponesios. Los eginetas no osaban quejarse públicamente de los atenienses por el miedo que les tenían; empero secretamente excitaban la guerra contra ellos, diciendo que no podían gozar de su derecho, ni de su libertad como se les había prometido por el tratado de paz.

Los lacedemonios mandaron llamar a todos los confederados, y aliados y a cualquiera que fuese injuriado por los atenienses o tuviese alguna queja de ellos, y que dijeran sus causas y razones públicamente, según era costumbre. Y como cada cual de los confederados saliese con sus quejas y acusaciones, los megarenses también alegaron muchos agravios que habían recibido de los atenienses, y entre otros, que les vedaban los puertos y los mercados públicos en todo el señorío de Atenas, lo cual era contra el tratado de paz y alianza. Después de todos vinieron los corintios, porque de industria habían dejado a los otros que se quejasen primero y para encender más a los lacedemonios contra los atenienses hicieron el razonamiento siguiente:

VII.

Discurso y proposición de los corintios contra los atenienses en el Senado de los lacedemonios.

«La fe y lealtad que guardáis en público y en particular entre vosotros varones lacedemonios, es causa de que si nosotros alguna cosa decimos contra los otros, no nos creáis; y por la misma razón sucede que, siendo vosotros justos y modestos, y muy ajenos de haceros injuria unos a otros, usáis de imprudencia y poca cordura en los negocios de fuera, porque pensáis que todos son como vosotros: virtuosos y buenos[16]. Así pues habiendo nosotros muchas veces dicho y predicado que los atenienses nos venían a oprimir y hacer mal y daño, jamás nos habéis querido creer, antes pensabais que os lo decíamos por causa de las diferencias y enemistades particulares que con ellos teníamos, y por esto no habéis llamado, ni juntado vuestros aliados y compañeros antes de que recibiésemos la injuria y daño pasado, sino ya después que la recibimos y fuimos ultrajados. Por tanto, conviene que en presencia de vuestros mismos confederados usemos de tantas más razones cuantas más quejas tenemos de los atenienses que nos han injuriado y de vosotros que lo habéis disimulado y consentido sin hacer caso de ello.

»Y si no fuesen conocidos y manifiestos a todos, aquellos que hacen males e injurias a toda Grecia, sería necesario que lo mostrásemos y enseñásemos a los que no lo saben. Mas ahora, ¿a qué hablar más de esto? Veis a los unos perdida su libertad y puestos en servidumbre por los atenienses, y a los otros espiados, forjándoles asechanzas, mayormente a aquellos que son vuestros aliados y confederados, a los cuales mucho tiempo antes han procurado atraer para poderse servir y aprovechar de ellos en tiempo de guerra contra nosotros si por ventura se la hiciéramos. Ciertamente no con otro fin nos tienen ahora tomada a Corcira por fuerza, y cercada la ciudad de Potidea, pues Corcira proveía a los peloponesios de muchos navíos, y Potidea era lugar muy a propósito para conservar la provincia de Tracia. La culpa de todo esto sin duda la tenéis vosotros, porque al principio, cuando se acabó la guerra de los medos, les permitisteis reparar su ciudad, y después ensancharla y aumentarla de gente, y fortificarla con grandes murallas, y sucesivamente, desde aquel tiempo hasta el día presente, habéis sufrido que ellos hayan privado de su libertad y puesto en servidumbre, no solamente a sus aliados y confederados, pero también a los nuestros. Aunque podemos decir con verdad que esto vosotros lo habéis hecho, pues se entiende que hace el mal quien lo permite hacer a otro, si lo puede impedir y estorbar buenamente, con mayor motivo vosotros que os preciáis de ser defensores de la libertad de toda Grecia. Aun ahora, con gran pena, habéis querido juntarnos aquí en consejo, y ni aun queréis tener por ciertas las cosas que son a todos notorias y manifiestas, siendo más conveniente a vosotros pensar cómo nos vengaréis de las injurias y agravios que nos han hecho, que no considerar y poner en consulta si hemos sido injuriados o no. Si los atenienses no hacen el mal de una vez, sino poco a poco, es porque piensan que así no lo sentiréis, y lo podrán hacer impunemente por la tardanza y descuido que ven en vosotros. Por eso se nos atreven; pero mucho más se atreverán cuando vieren que lo sentís y no hacéis caso.

»Ahora bien, lacedemonios: vosotros solos de todos los griegos estáis quietos, y en ocio, y en reposo, no queriendo vengar la violencia con la fuerza sino con tardanza; ni resistir las violencias de vuestros enemigos cuando comienzan y son sencillas, sino cuando ya están firmes y dobladas. Y diciendo que estáis seguros, tenéis más fuertes las palabras que las obras. Esta costumbre no la tenéis ahora de nuevo, pues bien sabemos que los medos que venían del fin del mundo entraron en el Peloponeso, antes que vosotros les salierais al encuentro como vuestra honra y dignidad requerían. Ahora no hacéis caso de los atenienses que no están lejos de vosotros como los medos, sino vecinos y cercanos. Y tenéis por mejor resistirles cuando os vengan a acometer que acometerles primero; poniéndoos en peligro de pelear con aquellos cuando sean más fuertes y poderosos que eran antes; sabiendo de cierto que la victoria que alcanzamos contra aquellos bárbaros medos fue en gran parte por falta de ellos, a causa de su adversa fortuna, y asimismo que si los atenienses, en la guerra que tuvieron contra nosotros, fueron vencidos, antes fue por sus yerros que no por nuestra valentía. Y también os debéis acordar que muchos de los nuestros por confiar en vuestro favor y ayuda, fueron oprimidos y destruidos. No penséis que decimos esto por odio y enemistad que tengamos a los atenienses, sino antes por la queja que de vosotros tenemos; porque la queja es de amigos a amigos que no hacen su deber como amigos; y la acusación es de enemigos contra enemigos, cuando los han injuriado. Y ciertamente si algunos hay en el mundo que os puedan echar en cara no haberles ayudado ni defendido, y que con razón se puedan quejar de sus amigos y prójimos, nosotros somos: pues contendiendo sobre cosas de tanta importancia, ni parece que lo sentís, ni consideráis con qué gentes tengamos diferencias, es a saber, con los atenienses, que siempre fueron vuestros adversarios, amigos de novedades, muy agudos para inventar los medios de las cosas en su pensamiento, y más diligentes para ejecutar las ya pensadas y ponerlas en obra. Y en cuanto a lo que vosotros toca, estando contentos de conservar lo que tenéis de presente, no pensáis emprender cosa de nuevo. Y aun para poner en ejecución las cosas necesarias sois negligentes, por lo que ellos vienen a tener más osadía que sus fuerzas requieren; se exponen a más peligro que nadie puede pensar, y en las grandes y difíciles empresas tienen siempre buena esperanza.

»Mas vosotros tenéis menos corazón para emprender las cosas que fuerzas y poder para ejecutarlas. De aquí viene que en las empresas donde no hay peligro, desconfiáis de vuestros pareceres y ponéis dificultad, y pensáis que nunca habéis de salir de trabajos. Además ellos son diligentes contra vosotros; por el contrario, vosotros perezosos; ellos andan siempre peregrinando fuera de su tierra, vosotros os estáis sentados en vuestras casas: que peregrinando ganan, y adquieren con su ausencia; y vosotros si salís fuera de vuestra tierra, os parece que lo que dejáis en ella queda perdido. Ellos cuando han vencido a sus enemigos pasan adelante, y prosiguen la victoria, y cuando son vencidos no desmayan ni pierden un quilate de su corazón.

»En las cosas que tocan al bien de la república usan de sus propios pareceres y consejos, y aventuran sus cuerpos como si fuesen de los más extraños del mundo. Y si no salen con lo que emprendieron en su pensamiento, piensan que lo pierden de su propia hacienda. Todo lo que han adquirido por fuerzas de armas lo tienen en poco, en comparación de aquello que piensan adquirir. Si intentan alguna cosa, y no salen con ella como esperaban, procuran reparar la pérdida con otra nueva ganancia. Ellos solos porque son diligentes ponen en obra lo que determinan. Y entre trabajos y peligros afanan toda la vida, sin gozar mucho tiempo de lo que han ganado, con codicia de adquirir más. Tienen por fiesta el día en que hacen aquello que les cumple[17], y por cierto que el descanso sin provecho es más dañoso a la persona, que el trabajo sin descanso. De manera que por abreviar razones, si alguno dijese que por su natural son de tal condición que ni reposan, ni dejan reposar a los otros, acertaría en lo que dijese. Teniendo una ciudad como esta por vuestra contraria y enemiga, decid, varones lacedemonios, ¿por qué tardáis pensando que tales hombres estarán ociosos y quedos? No faltándoles recursos, no dejarán de emprender cualquier negocio. Cuando son injuriados resisten a sus contrarios sin dar a nadie ventaja. Así también vosotros obraréis con justicia e igualdad, si no hiciereis mal o daño a otro, ni permitiereis que otros os lo hagan, lo cual apenas podréis alcanzar teniendo por vecina a otra ciudad tan poderosa como la vuestra. Queréis ahora, según arriba declaramos, ejercitar las costumbres antiguas contra los atenienses, siendo necesario tener respeto a las cosas recientes y modernas como se usa en cualquier arte. Porque así como a la ciudad que tiene quietud y seguridad, le conviene no mudar las leyes y costumbres antiguas, así también a la ciudad que es apremiada y maltratada de otras, le cumple inventar e imaginar cosas nuevas para defenderse; y esta es la causa por que los atenienses, a causa de la mucha experiencia que tienen, procuran siempre novedades.

»Por tanto, varones lacedemonios, dad fin a vuestra tardanza, y socorred a vuestros amigos y aliados, mayormente a los potidenses; entrad con toda brevedad en tierra de Atenas, no permitáis a vuestros amigos y parientes venir a manos de sus mortales enemigos, y que nosotros de pura desesperación vayamos a buscar otra amistad y compañía, dejando la vuestra, en lo cual no haremos cosa injusta ni contra los dioses, por quien juramos, ni contra los hombres que nos escuchan. Porque no quebrantan la fe y alianza aquellos que por ser desamparados de los suyos se pasan a otros, antes la quebrantan los que no socorren ni ayudan a sus amigos y confederados. Y si nos diereis esta ayuda y socorro que estáis obligados a dar, perseveraremos en la fe y lealtad que os debemos, pues si hiciésemos lo contrario, seríamos malos y perversos, y no podríamos hallar otros más favorables que vosotros. Consultad sobre todo esto, celebrad vuestro consejo, y haced de manera que no se pueda decir de vosotros que regís y gobernáis la tierra del Peloponeso con menos honra y reputación que vuestros padres y antepasados os la entregaron.»

De esta manera acabaron sus razonamientos los corintios.

VIII.

Discurso de los embajadores atenienses en el Senado de los lacedemonios defendiendo su causa.

Estaban a la sazón en Lacedemonia los embajadores de los atenienses que habían ido allí primero por otros negocios, y al oír la demanda de los corintios, parecioles que convenía a su honra defender su causa y hablar a los del Senado de Lacedemonia, no para responder a las querellas y acusaciones de los corintios contra los atenienses, sino por mostrar en general a los lacedemonios que no deberían tomar determinación sin que primero pensaran y consideraran bien la cosa: para darles a entender las fuerzas y poder de su ciudad, y por traer a la memoria a los ancianos lo que ya habían sabido y entendido, y a los mancebos aquello de que aún no tenían experiencia; pensando que cuando los lacedemonios hubiesen oído sus razones, se inclinarían más a la paz y sosiego, que no a comenzar la guerra. Por tanto, llegados ante el Senado dijeron que querían hablar en público, si les daban audiencia. Los lacedemonios les mandaron que entrasen, y los embajadores hablaron de esta manera:

«No hemos venido como embajadores, para tener contienda con nuestros amigos y aliados: antes como bien sabéis vosotros, varones lacedemonios, nuestra ciudad nos envió a tratar otros negocios de la república. Pero oyendo las grandes querellas de las otras ciudades contra la nuestra, nos presentamos a vuestra presencia, no para responder a sus demandas y acusaciones, pues vosotros no sois nuestros jueces, ni suyos, sino para que no deis crédito de plano a lo que os dicen contra nosotros, ni procedáis de ligero en asunto de tanta importancia a determinar otra cosa de lo que conviene. También porque os queremos dar cuenta y razón de nuestros hechos: que aquello que tenemos y poseemos al presente, lo hemos adquirido justamente y con derecho: y que asimismo nuestra ciudad es digna y merecedora de que se haga gran caso y estima de ella. No es menester aquí contaros los hechos antiguos, de que puede ser testigo la fama para los que los oyeron aunque no los viesen.

»Solamente hablaremos de lo que aconteció en la guerra de los medos: y lo que sabéis muy bien vosotros todos, que aunque sea molesto, y enojoso repetirlo, es necesario decirlo. Y si lo que entonces hicimos con tanto daño nuestro, exponiéndonos a todo peligro, redundó en el provecho común de toda Grecia, de que también a vosotros cupo buena parte, ¿por qué hemos de ser privados de nuestra honra? Lo cual es bien que se diga, no tanto para responder a la acusación de estos, y justificar nuestra intención, cuanto para testificaros y mostraros claramente contra qué ciudad movéis contienda, si no usáis de buen consejo. Decimos, pues, en cuanto a lo primero, que en la batalla de los campos de Maratón, solos nosotros pusimos en peligro nuestras vidas contra los bárbaros. Y cuando volvieron la segunda vez no siendo bastantes nuestras fuerzas por tierra, los acometimos por mar, y los vencimos con nuestra armada junto a Salamina. Esta victoria les estorbó que pasasen adelante y destruyesen toda vuestra tierra del Peloponeso, pues las ciudades de ella no eran bastantes para defenderse contra tan gran armada como la suya. De esto puede dar buen testimonio el mismo rey de los bárbaros, que vencido por nosotros, y conociendo que no volvería a reunir tan gran poder, partió apresuradamente con la mayor parte de su ejército. Viéndose claramente en esto, que las fuerzas y el hecho de toda Grecia consistían en la armada naval: socorrimos con tres cosas, las más útiles y provechosas que podían ser, a saber: con gran número de naves, con un capitán sabio y valeroso, y con los ánimos osados y determinados de muy buenos soldados; porque teníamos cerca de cuatrocientos barcos que eran las dos terceras partes de la armada de Grecia, el capitán fue Temístocles, el principal autor del consejo de que la batalla se diese en lugar estrecho: y esto sin duda fue causa de la salvación de toda Grecia. Por eso vosotros le hicisteis más honra que a ninguno otro de los extranjeros que a vuestra tierra vinieron. El ánimo y corazón osado y determinado, bien claramente lo mostramos, pues viendo que no teníamos socorro ninguno por tierra, y que los enemigos habían ganado y conquistado todas las otras gentes hasta llegar a nosotros, decidimos abandonar nuestra ciudad, y dejamos destruir nuestras casas y perder nuestras haciendas, no para desamparar a nuestros amigos y aliados, o para acudir a diversas partes (que haciéndolo así no les podíamos aprovechar en cosa alguna), sino para meternos en la mar y exponernos a todo riesgo y peligro, sin cuidarnos del enojo que teníamos con vosotros, y con razón, porque no habíais venido en nuestra ayuda antes. Por tanto, podemos decir con verdad, que tenemos bien merecido de vosotros por el bien que entonces os proporcionamos, lo que ahora pedimos. Porque vosotros estando en vuestras villas pobladas, teniendo vuestras casas y haciendas y vuestros hijos y mujeres, por temor de perderlos vinisteis en nuestro auxilio, no tanto por nuestra causa, cuanto por la vuestra, y después que os visteis en salvo, no curasteis más de ayudarnos, mientras nosotros dejando nuestra ciudad, que ya no se parecía a la que antes era, por socorrer la vuestra, con alguna pequeña esperanza nos expusimos a peligro, y salvamos a vosotros y a nosotros juntamente. Pues de someternos al rey de los medos, como hicieron en otras tierras, por temor de ser destruidos, o si después que dejamos nuestra ciudad no osáramos meternos en mar, sino que como gente ya perdida y sin remedio nos retiráramos a lugares seguros, no fuera menester (pues no teníamos los barcos necesarios), que les diéramos la batalla por mar, sino que consintiéramos a los enemigos que, sin pelear, hicieran lo que quisiesen.

»Así, pues, nos parece varones lacedemonios, que por aquella nuestra animosidad y prudencia somos merecedores de tener el señorío que al presente poseemos: del cual no les debe pesar, ni deben tener envidia los griegos, pues no le tomamos, ni ocupamos por fuerza ni tiranía, sino porque vosotros no osasteis esperar a los bárbaros enemigos, ni perseguirlos: y también porque nos vinieron a rogar nuestros amigos y aliados que fuésemos sus caudillos, y los amparásemos y defendiésemos.

»El mismo hecho nos obligó a conservar y acrecentar nuestro señorío desde entonces hasta ahora. Primeramente por el temor y después por nuestra honra: y al fin y a la postre por nuestro provecho. Así, pues, viendo la envidia que muchas gentes nos tienen: y que algunos de nuestros súbditos y aliados, que antes habíamos castigado, se han levantado y rebelado contra nosotros, y también que vosotros no os mostráis al presente tan amigos nuestros como antes, sino recelosos y muy diferentes, no nos parece atinado que ahora por aflojar de nuestro propósito, corriésemos peligro: porque aquellos que se nos rebelaran, se pasarían a vosotros. Por tanto a todos les debe parecer bien, que cuando uno se ve en peligro, procure mirar por su provecho y salvación. Y aunque vosotros los lacedemonios regís y gobernáis a vuestro provecho las ciudades y villas que tenéis en toda la tierra del Peloponeso: si hubierais continuado en vuestro mando y señorío desde la guerra de los medos como nosotros, no pareceríais menos odiosos y pesados que nosotros lo parecemos a nuestros súbditos y aliados; y os veríais forzados a una de dos cosas, o a ser notados de muy ásperos, y rigurosos en el mando y gobernación de vuestros súbditos, o a poner en peligro vuestro estado.

»Ninguna cosa hicimos de que os debáis maravillar, ni menos ajena de la costumbre de los hombres, si aceptamos el mando y señorío que nos fue dado, y no le queremos dejar ahora por tres grandes causas que a ello nos mueven, es a saber: por la honra, por el temor y por el provecho; además nosotros no fuimos los primeros en ejercerlo, que siempre fue y se vio que el menor obedezca al mayor, y el más flaco al más fuerte. Nosotros, por el consiguiente, somos dignos y merecedores de ello, y lo podemos hacer así, según nuestro parecer, y aun según el vuestro, si queréis medir el provecho con la justicia y la razón. Nadie antepuso jamás la razón al provecho de tal modo que, ofreciéndosele alguna buena ocasión de adquirir y poseer algo más por sus fuerzas, lo dejase. Y dignos de loa son aquellos que, usando de humanidad natural, son más justos y benignos en mandar y dominar a los que están en su poder, como nosotros hacemos. Por lo cual pensamos que si nuestro mando y señorío pasara a manos de otros, conocerían claramente los que de nosotros se quejan nuestra modestia y mansedumbre, aunque por esta nuestra bondad y humanidad antes se nos deshonra que se nos alaba, cosa ciertamente indigna y fuera de toda razón. Usamos las mismas leyes en las causas y contratos con nuestros súbditos y aliados, que con nosotros mismos: y porque litigamos con ellos, pudiendo ser jueces, nos tienen por revoltosos y amigos de pleitos. Ninguno de ellos considera que no hay gente en el mundo que más humana y benignamente trate a sus súbditos y aliados que nosotros: y no les censuran ser pleiteantes como a nosotros; porque siéndoles lícito usar de fuerza con ellos, no han menester procesos, ni litigios, ni contiendas. Pero nuestros aliados por estar acostumbrados a tratar con nosotros igualmente por justicia si los enojan en cosa alguna por pequeña que sea de hecho, o de palabra, por razón del señorío, donde a su parecer les quitan algo, no dan gracias porque no les quitaron más, cuando lo pudieran quitar de lo que no es suyo: antes les pesa tanto por lo poco que les falta, como si nunca les tratáramos conforme a derecho y justicia, sino claramente por avaricia y por robos. En tales casos no debían atreverse a murmurar ni a contradecirnos, pues no conviene que el inferior se desmande contra su superior.

»Vemos, pues, evidentemente, que los hombres más razón tienen de ensañarse cuando les hacen injuria que cuando les tratan por fuerza, porque al injuriarles se entiende que hay igualdad de justicia de ambas partes, mas cuando interviene fuerza, bien se ve que hay superior que la hace por su voluntad. De aquí que nuestros súbditos cuando estaban sujetos a los medos sufrían con paciencia su yugo por duro que fuese, y ahora nuestro mando les parece más áspero, lo cual no es de maravillar, porque los súbditos siempre tienen por pesado cualquier yugo presente. Aun vosotros mismos si por ventura los hubierais vencido y dominado, el amor y bienquerencia que habríais adquirido de ellos, por miedo que os tuviesen lo convertirían en odio y malquerencia contra vosotros, sobre todo si observarais igual conducta que en aquel poco tiempo que fuisteis caudillos de los griegos en la guerra contra los medos, no aplicando vuestras leyes y costumbres a ninguna otra región, ni usando cualquier capitán vuestro que sale de su tierra las mismas costumbres que antes, ni las que usa el resto de Grecia.

»Tened, pues, varones lacedemonios maduro consejo, y consultad muy bien primero estas cosas, que son de tanta importancia, no escojáis trabajo para vosotros por dar crédito de ligero a los pareceres y acusaciones de los otros. Antes de comenzar la guerra pensad cuán grande es y de cuanta importancia: y los daños y peligros que os pueden seguir, porque en una larga guerra hay muchas fortunas y azares de que al presente estamos libres unos y otros, y no sabemos cuál de las dos partes peligrará. Ciertamente los hombres muy codiciosos de declarar la guerra, hacen primero lo que deberían hacer a la postre, trastornando el orden de la razón, porque comienzan por la ejecución y por la fuerza, que ha de ser lo último y posterior a haberlo muy bien pensado y considerado: y cuando les sobreviene algún desastre se acogen a la razón. Ni estamos en este caso ni os vemos en él. Por tanto, os decimos y amonestamos, que mientras la elección del buen consejo está en vuestra mano y en la nuestra, no rompáis las alianzas y confederaciones, ni traspaséis los juramentos, antes averigüemos y determinemos nuestras diferencias por justicia, según el tratado y convención que hay entre nosotros. De otra manera tomamos a los dioses, por quien juramos, por testigos, que trabajaremos, y procuraremos vengarnos de los que comenzaren la guerra, y fueren autores de ella.»

Con esto los atenienses acabaron su discurso.

IX.

Discurso de Arquidamo rey de los lacedemonios disuadiendo a estos de declarar guerra a los atenienses.

Cuando los lacedemonios oyeron las querellas de sus aliados los corintios contra los atenienses, y las razones y disculpas de estos, mandáronles salir fuera del Senado, y consultaron entre sí mismos lo que deberían proveer al presente. Muchos fueron de parecer que los atenienses habían sido los culpados, injuriando a la otra parte y que por eso les debían declarar la guerra sin más tardanza. Entonces el rey Arquidamo, reputado por hombre muy sabio y prudente: se levantó y habló de esta manera:

«Tengo práctica y experiencia de muchas guerras, varones lacedemonios, y veo que algunos de vosotros contáis tal edad que podéis haber estado en ellas, de lo cual deduzco que ninguno por no ser práctico y por poco saber codicie la guerra, como sucede a muchos por no haberla experimentado, ni mucho menos la tenéis por buena ni por segura. Pero si alguno quisiere pensar y considerar con razón y prudencia esta guerra, sobre que vosotros consultáis al presente, hallara que no es de pequeña importancia. Contra los peloponesios y contra las otras gentes vecinas y comarcanas de nuestra ciudad, nuestras fuerzas serían iguales a las suyas, y bastantes para que pronto pudiésemos salir a hacerles guerra; pero contra hombres que habitan en tierras lejanas, muy diestros y experimentados en la mar, y muy provistos y abastecidos de todas las cosas necesarias, es decir, de bienes y riquezas en común y en particular, barcos, caballos, armas y gente de guerra más que en ningún otro lugar de toda Grecia, y además de muchos amigos y aliados que tienen por súbditos y tributarios ¿cómo o por qué vía debemos tomar la guerra contra ellos, o con qué confianza, viéndonos desprovistos de todas las cosas necesarias para acometerles pronto? ¿Por ventura les atacaremos por mar? Ellos tienen muchos más barcos que nosotros, y para aprestar armada contra ellos, es menester tiempo. ¿Por ventura con dinero? En esto su ventaja es mayor, porque ni lo tenemos en común, ni medio para poderlo haber de los particulares.

»Si alguno dice que en armas y en multitud de gente les llevamos ventaja, para que, entrando en su tierra, les podamos hacer mal, a esto respondo que tienen otra mayor tierra que la suya, la cual dominan, y que por mar podrán traer todas las cosas necesarias. Si intentamos hacer que sus súbditos y aliados se les rebelen, será menester socorrer a estos rebeldes con naves, porque la mayor parte habitan en islas. Luego ¿qué guerra será la nuestra? Que si no les sobrepujamos en armada o no les quitamos las rentas con que entretienen y mantienen la suya, más daño haremos a nosotros que a ellos con la guerra. Cuanto más que tampoco nos será honroso apartarnos de ella entonces, habiendo sido los primeros en empezarla. Ni tengamos esperanzas que se acabará pronto, habiéndoles destruido y talado sus tierras: porque por esto mismo debemos temer, que la dejaremos mayor para adelante a nuestros hijos y descendientes, que no es de creer que los atenienses son de tan poco ánimo, que por ver su tierra destruida, se rindan a nosotros o se espanten de la guerra como hombres poco experimentados.

»Ni tampoco soy tan simple que os mande y aconseje que dejéis maltratar y ultrajar a vuestros amigos y aliados, y que no curéis de castigar aquellos que os traman asechanzas y traiciones. Solamente digo que no toméis en seguida las armas, y que enviéis primero a ellos vuestras quejas y agravios para que os desagravien conforme a razón, no declarándoles de pronto la guerra, sino mostrándoles que no sufriréis injurias, y que antes acudiréis a la guerra que permitirlas. Y entretanto, tendréis tiempo de preparar las cosas y de reunir nuestros amigos y aliados, así griegos como bárbaros, los que pudieren ayudarnos con barcos o con dinero; pues a la verdad es lícito a todos aquellos que son ultrajados por asechanzas y traiciones, como lo somos nosotros de los atenienses, tomar en su amistad y alianza, no solamente a los griegos, sino también a los bárbaros, para que les ayuden a guardar y conservar su estado; y por este medio podremos ejercitar nuestra gente y proveernos de vituallas y otras cosas necesarias.

»Si quisieren oír nuestra demanda, harto bien será, y si no, habrán ya pasado en estos negocios dos o tres años, y en este espacio de tiempo estando nosotros más apercibidos les podremos hacer la guerra mucho mejor y con menor peligro. Cuando vieren que nuestros aprestos de guerra se acomodan a las razones que les damos y que son bastante para poner en ejecución lo que de palabra les exponemos, se inclinarán más a otorgar nuestra demanda, teniendo aún salva su tierra, y viendo que las cosas que de presente poseen no están robadas ni destruidas por sus enemigos. Ni debéis pensar que estando sus tierras salvas, bajo su poder y entre sus manos, las tenéis tan ciertas como si las tuvieseis en rehenes, y tanto más ciertas cuanto estuvieren mejor labradas, pues por esta razón nos debemos guardar más de destruirlas, para que no desesperen y acometan por donde nunca pueden ser vencidos. Si ahora estando desapercibidos como estamos, queremos destruir sus tierras solamente por inducirnos nuestros amigos y aliados los peloponesios y por satisfacer su apetito y querellas, es de temer que antes les hagamos más mal que bien a los mismos peloponesios, y que en adelante redunde en su daño y deshonra; porque las diferencias y querellas, ora sean públicas, ora particulares, se pueden componer y apaciguar, mas la guerra que una vez comenzáramos todos en general por causa de algunos particulares, no se sabe en qué ha de parar, ni si fácilmente la podremos dejar con honra. Si le pareciere a alguno ser cobardía que muchas ciudades juntas no osen acometer de pronto a una sola, sepa que los atenienses también tienen sus amigos y aliados no menos que nosotros, y aun tributarios, que les proveen de dinero, lo que no hacen los nuestros. La guerra consiste no solamente en las armas, sino también en el dinero, por medio del cual las armas pueden ser útiles y muy provechosas: que si no hay dinero para los gastos por demás son las gentes de guerra, y las armas, no habiendo con qué entretenerlas y sustentarlas, mayormente hombres mediterráneos de tierra firme, como somos nosotros, contra los de mar. Conviene, pues, ante todas cosas que nos proveamos de lo necesario para los gastos, y no nos movamos de ligero por las palabras de nuestros aliados y compañeros; pues, a la verdad, así como el bien o mal que nos viniere en su mayor parte se nos atribuirá antes que a ellos, así también debemos considerar despacio el fin que podrán tener las cosas. Y no debéis tener vergüenza ninguna por la tardanza y dilación de que nos acusan, porque si os apresuráis a comenzar la guerra antes que estéis apercibidos para ella, tened por cierto que la acabaréis más tarde. Nuestra ciudad ha sido siempre tenida y estimada de todos por gloriosa, franca y muy libre, y esta dilación y tardanza se nos atribuirá a prudencia y constancia, por las cuales solo nosotros, entre todas las naciones, ni nos ensoberbecemos con la prosperidad, ni con la adversidad desmayamos. Ni hinchados con el deleite de vanagloria por las loas de otros nos movemos de ligero a emprender cosas difíciles, ni tampoco porque alguno nos acuse con saña seremos inducidos a pesar ni tristeza, sino que mediante nuestra modestia y templanza somos belicosos, y cuerdos, y avisados. Belicosos, porque de la modestia nace la vergüenza y el temor de la honra, y de esta nace la magnanimidad; cuerdos y avisados, porque desde nuestra niñez fuimos enseñados a serlo; que de necios es menospreciar las leyes, y de cuerdos obedecerlas, aunque traigan dificultad y aspereza consigo.

»Además, no nos desvelamos como otros por cosas de poco provecho, es a saber, por grandes arengas y palabras atildadas para vituperar y denostar las fuerzas y aparatos de guerra de los enemigos, y persuadir que se comience la guerra pronto, como si no hubiese en esto más que hacer; antes cuidamos de que los pensamientos de nuestros vecinos estén muy cercanos de los nuestros; que los casos y fortunas de guerra no dependen de lindas palabras. Por tanto, siempre nos aprestamos, con obras más que con palabras contra nuestros adversarios, como contra aquellos que están bien provistos de consejo; y no tengamos nuestra esperanza en que por sus yerros han de valer nuestras cosas, antes presumamos que ellos podrán también y tan seguramente proveer sus negocios como nosotros los nuestros. Ni tampoco debemos pensar que hay gran diferencia de un hombre a otro: sino que es más sabio y discreto aquel que muestra su saber en tiempo de necesidad. Así, pues, varones lacedemonios, guardad esta forma de vivir que os enseñaron vuestros mayores y antepasados, pues siguiéndola siempre fuimos aprovechando de bien en mejor. Y no os dejéis persuadir de que en un momento debáis consultar y determinar de las vidas y haciendas de muchos, y de la honra y gloria de muchas ciudades; antes al contrario, tratemos despacio de aquello que no es lícito tratar más que a todos por nuestras fuerzas y poder. Enviad vuestra embajada a los atenienses sobre lo que demandan los potidenses, haciéndoles declarar estas querellas e injurias que pretenden los otros aliados, tanto más que ellos ofrecen acudir a juicio, y los que esto prometen están en su derecho, no pudiendo ir contra ellos como contra culpados. Entretanto, preparad lo necesario para la guerra. Haciéndolo así usaréis de buen consejo, y a la vez pondréis temor y espanto a vuestros enemigos.»

X.

Discurso del éforo Estenelaidas por el cual se determinó la guerra contra los atenienses.

Con esto acabó Arquidamo su razonamiento, y después de hablar otros muchos se levantó el último de todos Estenelaidas, uno de los éforos, y habló a los lacedemonios de esta manera:

«Verdaderamente, varones lacedemonios, yo no puedo entender lo que quieren decir los atenienses en las muchas y largas razones que aquí han expuesto, pues no han hecho otra cosa sino alabarse y engrandecerse, y publicar sus hazañas, sin dar excusa alguna de las injurias y ultrajes que han hecho a nuestros amigos y aliados, y a toda la tierra del Peloponeso. Pues si ellos fueron algún tiempo buenos contra los medos como dicen, y ahora son malos con nosotros, dignos son de doblada pena, porque de buenos se han vuelto malos. Por lo que a nosotros toca, y también a aquellos que son como nosotros, ciertamente somos ahora como fuimos entonces, y por esto, si somos cuerdos, no debemos permitir que nuestros amigos y aliados sean los injuriados ni ultrajados, sino aumentar su número, ayudarles y socorrerles sin dilación alguna, pues tampoco la tienen los otros en hacerles mal y daño. Y si los otros tienen más dinero, más barcos, y más caballos que nosotros, nosotros tenemos buenos y esforzados amigos y compañeros, y tales que no merecen ser desamparados y dejados en manos y poder de los atenienses: ni esperemos a determinar sus causas y querellas por pleitos ni por palabras, pues han sido injuriados por obras, debiéndoles vengar pronto y con todas nuestras fuerzas. No es menester que ninguno nos enseñe lo que debemos consultar y determinar en este caso, pues nosotros somos los injuriados. Los que deben gastar tiempo en largas consultas son quienes quieren injuriar y ultrajar a los otros. Por tanto, varones lacedemonios, determinad por vuestros votos como acostumbráis, y declarad la guerra a los atenienses según conviene a la dignidad y reputación de vuestra tierra de Esparta: no dejando que los atenienses crezcan y se hagan mayores en fuerzas, ni desamparando a vuestros amigos y aliados: antes con la ayuda de los dioses tomemos las armas y vayamos contra aquellos que nos han injuriado.»

Cuando Estenelaidas acabó su discurso, propuso la votación por ser éforo al consejo de los lacedemonios, donde se acercaban los más, y había más voces, porque la costumbre de los lacedemonios es votar en alta voz. Siendo grande el clamor y vocear entre ellos por la diversidad de pareceres, dijo que no podía entender a cual parte se inclinaban las más voces y el mayor clamor. Y queriendo que más claramente mostrasen su parecer, por animarles más a la guerra, habló así:

«Los que de vosotros, lacedemonios, fueren de opinión y declararen que las confederaciones han sido rotas, y que los atenienses nos han hecho injuria, levántense, y pasen a aquella parte (mostrándoles con el dedo un lugar señalado en el Senado); y los que fueren de contraria opinión, pasen a la otra.»

Todos se levantaron y se repartieron en los dos lugares: y fueron hallados muchos más en número los que eran de parecer que las confederaciones y alianzas habían sido rotas y que debían declarar la guerra, que los otros. Esto así hecho, los lacedemonios mandaron llamar a los amigos y aliados, y dijéronles que eran de parecer que los atenienses habían hecho la injuria, pero que querían también tener el voto de todos los compañeros y aliados, para que de común acuerdo y parecer de todos se hiciese la guerra. Y acabado esto, los aliados y compañeros volvieron a sus casas para consultarlo con sus ciudades; y lo mismo hicieron los embajadores de los atenienses, después que tuvieron respuesta del Senado de aquello para que fueron enviados.

Este decreto del consejo de los lacedemonios, en que se determinó que las alianzas y confederaciones habían sido rotas, fue hecho y publicado el año catorce después de las treguas que se hicieron por treinta años, acabada la guerra de Eubea. Impulsó a los lacedemonios a hacer este decreto, no tanto el influjo de los aliados y compañeros, cuanto el temor de que los atenienses creciesen en fuerzas y poder, viendo que la mayor parte de Grecia estaba ya sujeta a ellos. Porque los atenienses acrecentaron su poder de la manera siguiente:

XI.

De cómo los atenienses, después de la guerra con los medos, reedificaron su ciudad y principió su dominación en Grecia.

Después que los medos partieron de Europa, vencidos por mar y tierra por los griegos, y después que aquellos que se escaparon por mar fueron muertos y destrozados junto a Mícala, Leotíquidas, rey de los lacedemonios, que era caudillo de los griegos en aquella jornada de Mícala, volvió a su casa con los griegos del Peloponeso que iban a sus órdenes. Mas los atenienses, con los de Jonia y los del Helesponto, que ya se habían rebelado y apartado del rey, se quedaron atrás y cercaron la ciudad de Sesto, que tenían en su poder los medos, quienes la abandonaron, tomándola los atenienses e invernando en ella.

Pasado el invierno, los atenienses partieron, navegando desde el estrecho mar del Helesponto, ya que los bárbaros medos habían salido de aquella tierra, y vinieron derechamente a las ciudades, donde habían dejado sus hijos y mujeres, y bienes muebles en guarda al comienzo de la guerra, y con ellos regresaron a la ciudad de Atenas, la reedificaron y repararon los muros que estaban casi todos derribados y arruinados, y lo mismo las casas que también estaban caídas las más, excepto algunas pocas que los principales de los bárbaros persas habían dejado enteras para alojarse en ellas.

Sabido esto por los lacedemonios, determinaron enviarles sus embajadores para impedírselo, así porque sufrían mal que ellos ni otros ningunos griegos tuviesen sus villas y ciudades cercadas de muros, como a instancia y por instigación de los aliados y compañeros, que también les pesaba esto, porque temían el poder de los atenienses, viendo que tenían más número de barcos que al comienzo de la guerra de los medos, y también porque después de esta guerra habían cobrado más ánimo y osadía que antes.

Los embajadores de los lacedemonios les exigieron que no reparasen sus muros, sino que mandasen derribar todos los de las otras villas, que estaban fuera de tierra del Peloponeso, y habían quedado sanos y enteros. Mas no les declararon la causa que les movía a esta exigencia, antes les dijeron que lo hacían por temor de que si reparaban sus muros y los bárbaros volvían, tendrían estos grandes fuerzas y guardas, desde donde seguros pudiesen hacerles guerra, como les hacían al presente desde la ciudad de Tebas, que ellos tenían fortalecida. Porque el Peloponeso era una guarida y defensa bastante para todos los griegos para que desde allí pudiesen salir sin peligro contra los enemigos. Cuando los atenienses oyeron la embajada de los lacedemonios, respondiéronles que ellos enviarían en breve sus embajadores a Lacedemonia para darles satisfacción; y con esto los despidieron por consejo de Temístocles, el cual les dijo que enviasen a él delante a Lacedemonia, y tras él enviasen otros embajadores sus compañeros, los cuales se detuviesen en la ciudad hasta tanto que levantasen sus murallas tan altas que fuesen bastantes para que desde ellas pudiesen pelear y defenderse de sus enemigos caso necesario; y para esta obra hicieron trabajar a todos los del pueblo, así hombres como mujeres, grandes y pequeños, tomando la piedra, y los otros materiales de los edificios, donde la hallaban más a mano, ora fuesen públicos, ora de particulares. Y cuando les hubo enseñado esto, y aconsejado otras cosas que tenían intención de hacer allí, partió para Lacedemonia, y al llegar a la ciudad, estuvo muchos días sin presentarse al Senado, alegando excusas y achaques. Si alguno de los que tenían cargos le encontraba por la calle y le preguntaba por qué no entraba en el Senado, decíale que esperaba a los otros embajadores sus compañeros, que pensaba que debían estar ocupados en alguna cosa, y creía que vendrían pronto, maravillándose mucho de que no hubiesen llegado ya; cuantos le oían hablar así, daban crédito a Temístocles por la amistad que con él tenían. Llegaban entretanto diariamente a la ciudad de Lacedemonia algunas gentes que venían de Atenas, y decían cómo se labraban los muros de la ciudad, y que ya estaban muy altos, siendo preciso creerles. Temístocles vio que ya no podría disimularlo más, y rogoles que no creyeran las palabras que oían, sino que enviasen algunos de los suyos, hombres de fe y crédito, que lo viesen por sí mismos e hiciesen verdadera relación de lo que pasaba. Así lo hicieron.

Por otra parte, Temístocles envió secretamente aviso a los atenienses que detuviesen a los que enviaban los lacedemonios y no los dejasen partir hasta que él volviera. Entretanto llegaron a Lacedemonia los otros embajadores sus compañeros, que eran Abrónico, hijo de Lisicles, y Arístides, hijo de Lisímaco, los cuales le dijeron que ya las murallas de Atenas estaban bien altas, y en términos que se podían defender. Temían que cuando los lacedemonios supiesen la verdad de lo ocurrido, no les dejasen partir. Y como los atenienses detuviesen a los mensajeros enviados por los lacedemonios, según les aconsejó Temístocles, este fue derecho al Senado de los lacedemonios, y les dijo claramente que ya su ciudad estaba tan bien fortalecida de muros, que era bastante para guardar a los moradores; y que si los lacedemonios o sus aliados querían en adelante enviar embajadores a Atenas, verían a gentes que sabían y entendían lo que cumplía así a ellos como a su república; que cuando les pareciese ser mejor dejar la ciudad y entrar en las naves, mostrarían tener corazón y osadía para ello sin tomar consejo de otro. Y, por tanto, en todos los otros negocios que requiriesen consejo, no tenían necesidad de parecer ajeno. Que por ahora les convenía que su ciudad estuviese bien cercada de murallas, así por el bien de todos los ciudadanos, como por el provecho de todos los compañeros y aliados, porque era imposible que aquellos, cuya ciudad no estaba tan abastecida de fuerzas como las otras para hacer resistencia al enemigo, pudiesen igualmente consultar y determinar en las cosas del bien público. Por tanto, que era necesario, o que todas las ciudades de los compañeros y confederados estuviesen sin muros, o que los lacedemonios confesasen que las murallas de Atenas habían sido bien hechas y conforme a razón.

Cuando los lacedemonios oyeron estas razones no mostraron señal manifiesta de ira contra los atenienses, cuanto más que ellos no habían enviado sus embajadores a Atenas para estorbarles claramente que alzasen sus muros, sino para que consultasen primero sobre ello, y se adoptase el común parecer, porque los tenían por amigos, sobre todo después de la ayuda que les dieron contra los medos. Pero al fin les pesaba en secreto haber sido engañados.

Volvieron, pues, a sus casas los embajadores de ambas ciudades, sin echarse culpa alguna. Y de esta manera circundaron los atenienses su ciudad de muros en breve tiempo, los cuales bien parece haber sido hechos con gran prisa, pues los cimientos y fundamentos son de diversa clase de piedras; en algunos lugares no están sentadas igualmente, sino como acaso las hallaban, y muchas de ellas parecen traídas de sepulturas y monumentos. El circuito de la muralla es mucho mayor que la proporción de la ciudad, por lo cual tomaban materiales de todas partes. Persuadió Temístocles además a los atenienses de que acabasen la cerca del Pireo que tenían comenzada desde el año que él fuera gobernador[18] de la ciudad, diciendo que aquel lugar era muy a propósito por tener en sí tres puertos naturales; y que juntamente con esto, aprendiendo los ciudadanos la práctica de la navegación, se hacían más poderosos por mar y por tierra. Por esta causa fue el primero que osó decir que podían apoderarse de la mar, y que la debían dominar. Así lo comenzó a mandar, y por su consejo se hizo el lienzo de la muralla que cerca al Pireo, tal cual le vemos, tan fuerte y tan ancho, que pueden pasar dos carros cargados de piedra por dentro; y ni tiene cal ni arena, sino muy grandes piedras trabadas por de fuera con hierro plomado. No llegó a levantarse más que la mitad de la altura que él había ordenado, la cual era tal que, acabada, corto número de hombres, sin ser experimentados en guerras, la pudieran defender de numerosa armada; y los otros servir para entrar en las naves y combatir por mar. Sus proyectos referíanse principalmente a las cosas de mar, porque entendía a mi parecer que si los medos volvían a hacer la guerra a Grecia, vendrían más pronto y tendrían más fácil la entrada por mar que por tierra. Por tanto pensaba que era más conveniente tener fortificado el puerto del Pireo, que la ciudad alta[19] y muchas veces aconsejaba a los atenienses que si fuesen apremiados por tierra, se metiesen en este puerto, y por mar resistiesen a todos.

De esta manera los atenienses fortificaron su ciudad y su puerto con nuevos muros después de la partida de los medos.

Poco tiempo después el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, y capitán de los griegos, partió del Peloponeso con grandes barcos, y con él fueron otras treinta naves de los atenienses, sin contar otras muchas de los compañeros y aliados, y todos juntos entraron por tierra de Chipre, donde tomaron muchas villas y ciudades. Desde allí se dirigieron a Bizancio, ciudad que poseían aún los medos, y la cercaron y tomaron por fuerza, llevando por capitán al mismo Pausanias. Mas porque este se mostraba altivo y áspero para con los compañeros y aliados, todos los otros griegos, y principalmente los jonios y aquellos que nuevamente habían sido libertados del poder de los medos, les pesaba en gran manera ir con él, y no le podían sufrir. Rogaron a los atenienses que fuesen sus caudillos, pues eran sus deudos, y no permitiesen que Pausanias les maltratase. Los atenienses escucharon estas razones de buen grado, y aguardaban ocasión y oportunidad para poderlo hacer más a salvo.

En esto los lacedemonios mandaron llamar a Pausanias para que diese razón de lo que le acusaban: porque todos los griegos que venían se quejaban de su injusticia, diciendo que se mostraba más bien tirano que caudillo. Llamado Pausanias, los otros griegos, confederados, por el odio que le tenían, se sometieron a los atenienses, para que los dirigiesen, excepto los del Peloponeso. Llegó Pausanias a Lacedemonia, fue corregido y convencido de algunos delitos contra particulares; pero al fin le absolvieron de los públicos y más grandes crímenes, porque le acusaban de haber tenido tratos con los medos, y esto se lo probaron manifiestamente, por lo cual no le devolvieron el mando, sino que en su lugar enviaron a Dorcis y algunos otros capitanes con pequeño ejército, que al llegar al campamento y ver la gente de guerra que Dorcis no les mandaba a su gusto, se fueron y le dejaron. Los lacedemonios no quisieron enviarles más capitanes, temiendo que fuesen peores que los primeros, según lo habían experimentado en Pausanias. Además deseaban verse libres de aquella guerra contra los medos, y dejar el cargo a los atenienses, que les parecían bastantes para ser sus caudillos y amigos en aquel tiempo.

Al tomar los atenienses el mando de los griegos, con voluntad de los compañeros y aliados, por el odio que tenían a Pausanias, impusieron a cada una de las ciudades confederadas cierto tributo de barcos y dinero para la guerra, so color de los gastos que habían hecho en ella. Entonces crearon por vez primera tesoreros y receptores para cobrar y recibir el dinero. Este fue el primer tributo pedido a Grecia que sumó cuatrocientos sesenta talentos.[20]

La guarda del tesoro estaba en la isla de Delos, en el templo, donde hacían sus sínodos y asambleas los confederados y aliados. Allí elegían al principio sus caudillos y capitanes que obedecían sus leyes y eran llamados y consultados en los negocios de guerra.

XII.

Guerras que los atenienses tuvieron desde la de con los medos hasta la presente, así contra los bárbaros como contra los griegos, acrecentando con ellas su imperio y señorío.

Este grado de mando y autoridad sobre los griegos lograron los atenienses con ocasión de la guerra de los medos, y por el deseo que tenían de emprender cosas grandes. Mas después de aquella guerra hasta la presente, realizaron famosos hechos, así contra los bárbaros, como contra aquellos aliados y confederados que querían hacer novedades, y contra los peloponesios, que les contradecían y estorbaban a cada paso.

Refiero todo esto saliendo fuera de mi propósito, porque todos los historiadores que antes de mí escribieron, han dejado de contarlo, haciendo solamente mención de las cosas que pasaron antes de la guerra de los medos, o en ella. Helánico dice algo en su historia de Atenas, brevemente, sin distinguir los tiempos por su orden. Así, pues, pareciome cosa conveniente poner aquí este relato y por él se podrá saber y entender de qué manera fue fundado y establecido el imperio y señorío de los atenienses.

Primeramente, siendo su capitán Cimón, hijo de Milcíades, tomaron y saquearon la ciudad de Eyón, que está asentada en la ribera del Estrimón, y que poseían los medos. Después tomaron y sometieron la isla de Esciros, en el mar Egeo, de donde expulsaron a los dólopes que la poseían y la poblaron con gente suya. Después hicieron guerra a los caristios, y a otros de la isla Eubea, que andando el tiempo se la dieron por tratos; y tras estos a los naxios que se les habían rebelado y que, conquistados por fuerza, fueron los primeros de las ciudades confederadas que los atenienses redujeron a servidumbre contra el tenor y forma de la alianza. Lo semejante hicieron después con otras ciudades que también se rebelaron. A esto dieron causa muchas de aquellas gentes por no entregar algunas veces el número de navíos que les pedían o no pagar el tributo que les habían impuesto, o ausentarse de la armada sin licencia, y por esto los atenienses los obligaban a ello y los castigaban muy rigurosamente, agraviándose ellos en gran manera, por no estar acostumbrados a esta sujeción, y también porque veían que los atenienses se hacían más señores, y usaban de más autoridad que habían acostumbrado, no haciéndose la guerra por igual de ambas partes, porque los atenienses tenían el mando y poder para obligar y compeler a aquellos que faltasen en algo. Los mismos obligados tenían la culpa de ello, pues por pereza de ir a la guerra o por no dejar sus casas algunos concertaban dar dinero en lugar de los navíos que debían dar, y así el poder de los atenienses se aumentaba por mar, y ellos quedaban totalmente faltos y despojados de navíos, de suerte que cuando después se querían rebelar, se hallaban desprovistos de todas cosas y no podían resistir.

Después de esto, los atenienses y sus confederados hicieron la guerra contra los medos, y en un día alcanzaron dos victorias, una por tierra junto a la ribera de Eurimedonte, que está en la región de Panfilia, y otra por mar allí cerca, llevando por su capitán a Cimón. En la cual batalla naval fueron, o tomadas o desbaratadas, todas las naves y galeras de los fenicios en número de doscientas. Poco tiempo después, los tasios se rebelaron contra los atenienses porque los tasios hacían la feria de sus mercaderías, y principalmente del metal, en tierra de Tracia, que estaba de la otra parte del mar, frente a la suya. Los atenienses enviaron contra ellos su armada, que desbarató la de los tasios, y después salieron a tierra y cercaron la ciudad. En este mismo tiempo enviaron los atenienses diez mil moradores, así de sus ciudadanos como de los aliados y confederados, a tierra del Estrimón para poblar de su gente la villa que entonces era llamada Nueve Caminos, y al presente se nombra Anfípolis, lanzando de ella a los edonios que la poseían. Mas después de entrar los atenienses más adelante por tierra en la región de Tracia, fueron muertos y desbaratados junto a Drabesco por los tracios, moradores de la tierra, en venganza de que la ciudad de Nueve Caminos fuese tomada y maltratada. Entretanto los tasios, que fueron vencidos por mar y estaban cercados de los atenienses, según he dicho, enviaron a pedir ayuda a los lacedemonios, rogándoles que entrasen en tierra de los atenienses para obligarles a levantar el cerco, e ir a socorrerla. Lo prometieron los lacedemonios y de hecho lo hubieran cumplido, a no ser por un terremoto que sobrevino en su tierra, no osando por ello emprender aquella guerra.

También sucedió en este tiempo que todos los esclavos de los lacedemonios que estaban en tierra de Turia y de Etea, huyeron a Ítome. Estos esclavos descendían por la mayor parte de los antiguos mesenios, llevados en cautividad, y por esto a todos se les llamaba mesenios. Los lacedemonios comenzaron la guerra contra los de Ítome, y esta les impidió socorrer a los tasios, que después de haber estado mucho tiempo cercados, al cabo de tres años se entregaron a merced de los atenienses, quienes les derrocaron las cercas y murallas de su ciudad, les quitaron todos sus navíos, y les hicieron pagar cuanto pudieron sacarles por entonces, imponiéndoles para lo venidero grandes tributos. A este precio les dejaron su tierra y las minas de metales que tenían en sus montañas. Durante este tiempo los lacedemonios viendo que la guerra que habían comenzado contra los de Ítome iba muy a la larga, pidieron a todos sus amigos y aliados ayuda, y entre otros a los atenienses, porque les parecían más expertos que otros en combatir muros y fuerzas, y que con su ayuda podrían tomar la villa que tanto tiempo habían tenido cercada, como a la verdad hubieran hecho, porque los atenienses les enviaron ejército, y por capitán a Cimón, si no fuera porque los lacedemonios sospecharon de ellos, sospecha que ocasionó después la discordia y diferencia manifiesta entre ellos. Viendo los lacedemonios que la villa no se tomaba por fuerza, comenzaron a recelar de los atenienses y de su afición a emprender cosas nuevas. Dijéronles, temiendo que los de la villa tuviesen algunos tratos o inteligencias con ellos, que ya por entonces no tenían más necesidad de su ayuda, y los despidieron reteniendo consigo los otros aliados y confederados. Los atenienses conociendo evidentemente que no habían sido despedidos por la razón alegada, sino por sospecha, tomaron esta licencia a mal, considerándola ultraje, porque sabían muy bien que no se lo habían merecido. Por ello, cuando volvieron a Atenas y relataron en el Senado lo que pasaba, se apartaron de la amistad y alianza que habían hecho con los lacedemonios para la guerra contra los medos, y se volvieron a aliar y confederar con los argivos, que eran conocidos enemigos de los lacedemonios, y unos y otros juntamente hicieron amistad y alianza con los tesalios.

Los que estaban dentro de Ítome viendo que no podían resistir más al poder de los lacedemonios, y que ya estaban cansados del largo cerco que duraba más de diez años, capitularon con condición de que saliesen de la villa los defensores y de toda tierra del Peloponeso sin poder volver jamás a ella, y si alguno volvía, que fuese esclavo de aquel que le cogiera. Este concierto hicieron los lacedemonios impulsados por una respuesta que les dio durante la guerra el oráculo de Apolo, que era así:

Si en Ítome algún varón

Ante el Júpiter divino

Se humilla y pide perdón,

Suéltenle de la prisión,

Vaya libre su camino.

Echados los itomenses de su tierra con sus mujeres y familias, se dirigieron hacia los atenienses, los cuales por el odio que habían concebido contra los lacedemonios, los recibieron de buena gana, y los enviaron a habitar en la isla de Naupacto, que acababan de conquistar lanzando de ella a los locros ozolos.

Casi por este mismo tiempo los megarenses se apartaron de la alianza de los lacedemonios y se juntaron con los atenienses a causa de que teniendo guerra contra los corintios sobre los límites, no les dieron ayuda, y por esta vía los atenienses fueron señores de Mégara y de la villa de las Fuentes que ellos nombran Pegas. Fortificaron a Mégara con una muralla fuerte que corría desde la ciudad hasta el río de Nisea, y la guarnecieron con sus tropas. De aquí nació la primera enemistad entre los atenienses y corintios. Sucedió también que Inaro, hijo de Psamético, rey de los libios que habitan junto a los confines de Egipto, juntó gruesa armada en su ciudad llamada Marea, que está sobre el Faro, y entró por tierra de Egipto, que a la sazón estaba sujeta al rey Artajerjes, y ora por fuerza, ora de grado atrajo a su devoción gran parte de ella. Hecho esto se alió a los atenienses, que entonces habían descendido a hacer guerra en la isla de Chipre con doscientos navíos suyos y de sus compañeros y aliados y que al saber la demanda del rey Inaro dejaron la empresa de Chipre y se fueron hacia aquellas partes, entrando por mar en el Nilo, tomando por sorpresa las dos partes de la ciudad de Menfis y sitiando la tercera llamada el muro blanco, donde se habían retirado los medos y los persas escapados de las otras dos partes juntamente con los egipcios que no se habían rebelado.

Por otra parte los atenienses que descendieron de sus naves junto a Halias, combatieron contra los corintios y contra los epidaurios, y estos los vencieron, aunque poco después en una batalla naval que tuvieron los atenienses contra los peloponesios junto a Cecrifalia, alcanzaron la victoria, como también después habiendo comenzado la guerra contra los eginetas en otra batalla naval junto a Egina, donde se hallaron los aliados y confederados de ambas partes, ganaron la victoria, echaron a fondo setenta barcos de los enemigos, y prosiguiendo su triunfo, hicieron escala, saltaron en tierra y sitiaron la ciudad de Egina, llevando por su capitán a Leócrates, hijo de Estrebo.

Viendo esto los peloponesios, quisieron tomar la demanda por los eginetas como sus aliados, y enviáronles de socorro al principio trescientos soldados corintios y epidaurios, los cuales entraron por los promontorios y cabo de mar de Gerania[21]. De la otra parte los corintios con sus aliados entraron armados por tierra de Mégara, sabiendo que los atenienses porque tenían armada en Egipto y en Egina no podrían socorrer a todas partes, y a lo menos para defender a Mégara tendrían que levantar el cerco de Egina. Mas como los atenienses no moviesen su ejército de Egina, salieron de la ciudad todos aquellos que podían tomar armas, viejos y mozos hacia Mégara, llevando por su capitán a Mirónides, y encontráronse allí con los corintios, fue la batalla tan reñida y tan igual, que cada cual de las partes pretendía haber logrado la victoria. Al fin los atenienses levantaron su trofeo en señal de vencedores por haber quedado por ellos el campo. Los corintios que se habían retirado a su ciudad, viendo que los ancianos los motejaban porque se habían vuelto doce días después de la batalla, acudieron también a levantar su trofeo frente al de los enemigos; pero los atenienses que estaban en Mégara salieron con tan grande ímpetu, que mataron a todos los que levantaron el trofeo y ahuyentaron a los que con ellos venían, algunos de los cuales por no saber el camino se metieron en un campo sin salida, cercado de fosos, acorralándolos los atenienses y matando a todos a pedradas, lo que fue gran pesar para los corintios, aunque los demás de su gente se salvaron dentro de la villa.

Por entonces los atenienses emprendieron la obra de hacer dos grandes murallas que comenzasen desde la ciudad, y la una llegase hasta el puerto del Pireo, y la otra hasta el de Falero. Los focenses guerreaban contra los dorios, que descendían de los lacedemonios, y les tenían cercadas tres villas, Beo, Citinio y Eríneo. Cuando tomaron una de ellas, los lacedemonios enviaron en socorro de los dorios a Nicomedes, hijo de Cleómbroto, que a la sazón gobernaba la ciudad de Lacedemonia en lugar de Pausanias, rey de Lacedemonia, con mil y quinientos hombres de la tierra y cerca de diez mil de los aliados: los cuales antes de llegar, sabiendo que los dorios habían capitulado con los corintios, volvieron a sus casas, no sin gran temor de que los atenienses les estorbasen el paso, porque si tomaban el camino por mar, por la parte del golfo de Crisa, los atenienses tenían gran número de navíos, y de la otra parte de Gerania también corrían peligro a causa de tener los atenienses a Mégara y a las fuentes de Pegas, con hombres de guerra y barcos, además de ser el paso difícil y estrecho, y saber que los atenienses los estaban esperando. Parecioles, pues, buen consejo quedarse en tierra de Beocia hasta que recibiesen noticias de cómo podrían pasar y también por persuasión de algunos atenienses, que procuraban mudar el gobierno popular de la ciudad de Atenas y estorbar que se acabasen las murallas comenzadas. Pero los atenienses que supieron la cosa, salieron al encuentro a los lacedemonios viejos y mozos hasta número de mil, y juntaron de sus aliados y confederados hasta catorce mil, así porque pensaban que los enemigos no sabían donde ir, como también porque recelaban que hubiesen venido por turbarles su estado y gobierno popular. Además acudieron en ayuda de los atenienses fuerzas de a caballo de tesalios por la alianza que tenían con ellos; aunque estos se pasaron a la otra parte en la batalla que se dio junto a la villa de Tanagra en tierra de Beocia, en la cual los lacedemonios ganaron la victoria, habiendo gran matanza de ambas partes.

Después de estas victorias, los lacedemonios entraron en tierra de Mégara y talaron todos los árboles, encaminándose después a Gerania, y por el istmo del Peloponeso volvieron a sus casas. Setenta y dos días después de la batalla perdida volvieron los atenienses con gran poder a tierra de Beocia, llevando por su capitán a Mirónides y vencieron a los beocios junto a Enófita, apoderándose de toda la tierra de Beocia y de Fócide, derribando los muros de Tanagra, y tomando rehenes de los locros opuntios más ricos.

Acabaron de hacer en este tiempo las dos murallas que habían comenzado en Atenas, que llegaban hasta los dos puertos, según dejo dicho.

Pasado esto los eginetas, no pudiendo sufrir más el cerco de tantos días, capitularon con los atenienses a condición de derrocar todos los muros de su ciudad, dar todos sus navíos y pagar ciertos tributos todos los años.

De allí se fueron los atenienses navegando en torno del Peloponeso, al mando de Tólmides, hijo de Tolmeo, quemaron las atarazanas de los lacedemonios, y tomaron la villa de Calcis, que era de los corintios. Hecho esto saltaron en tierra, pelearon con los sicionios, que habían acudido contra ellos, y los vencieron.

Todas estas cosas las hicieron en Grecia los atenienses mientras tenían su armada en Egipto, donde tuvieron muchas y diversas aventuras de guerra. Primeramente el rey de Persia, cuando supo su llegada a Egipto, envió un capitán de nación persa, llamado Megabazo, a Lacedemonia con gran suma de dinero para persuadir a los lacedemonios a que entrasen con armas en tierra de Atenas a fin de apartar de Egipto a los atenienses. Megabazo gastó inútilmente parte del dinero, y viendo que no hacía nada, se fue con el resto a Egipto. El rey envió otro capitán nombrado Megabizo, hijo del persa Zópiro, a Egipto con numerosa armada, que al llegar libró gran batalla contra los egipcios rebelados y contra sus aliados, en la cual fueron vencidos los griegos que estaban dentro de la ciudad de Menfis, lanzados de ella y encerrados en la isla de Prosopitis, que está en la ribera del Nilo. Allí los tuvo cercados año y medio, y entretanto atajó y tomó el agua por una parte de la isla, de manera que las naves de los atenienses quedaron en seco, y la isla se juntó con tierra firme. Hecho esto Megabizo, a pie seco entró con su gente, y rompió y desbarató a los atenienses. De esta suerte, cuanto los atenienses habían hecho en tierra de Egipto por espacio de seis años lo perdieron de una vez y juntamente la mayor parte de su gente. El resto, que fueron bien pocos, se salvó por tierra de Libia, y vinieron a embarcarse a Cirene. La tierra de Egipto volvió a la obediencia del rey de Media, excepto aquella parte donde reinaba Amirteo, por ser toda lagunas y florestas, y también porque las gentes de esta región son muy belicosas. Inaro, rey de los libios, causante de esta rebelión, fue preso a traición y después ahorcado. Cincuenta galeras que los atenienses enviaban con socorro a los suyos a Egipto, arribaron a una boca del río Nilo llamada Mendes, y allí desembarcaron los hombres de guerra no sabiendo la derrota de su gente. Acometidos por la parte de tierra por la infantería de los fenicios que allí estaba, y de la del mar por los trirremes de los mismos, la mayor parte de los suyos fueron echados a fondo, y los otros se escaparon huyendo a fuerza de remos. Este fin tuvo aquella grande empresa y numerosa armada de los atenienses y de sus aliados y confederados en Egipto.

Después de estos sucesos, Orestes, hijo de Equecrátidas, lanzado de tierra de Tesalia por el rey de aquella provincia Fársalo, se acogió a los atenienses; y tanto les persuadió, que decidieron restituirle sus tierras. Con ayuda de los beocios y focenses, fueron a Tesalia, y tomaron lo que era tierra firme junto la mar, y lo tenían y poseían por fuerza de armas, sin poder pasar más adelante, porque se lo estorbaba la gente de a caballo del rey. Viendo que no podían ganar ninguna villa, ni plaza fuerte, ni llevar adelante su empresa, se volvieron sin otro resultado que el de traer al mismo Orestes consigo. Después mil atenienses, que estaban en el lugar nombrado las Fuentes de Pegas, entraron en las naves que allí tenían, y fueron a desembarcar en Sición, llevando por su capitán a Pericles, hijo de Jantipo; al saltar en tierra, desbarataron una banda de soldados sicionios que venía contra ellos. Y hecho esto, tomaron los aqueos en su compañía, y pasaron por Acarnania para atacar a la ciudad de Eníadas, la cual sitiaron; pero viendo que no la podían tomar se volvieron.

Tres años después atenienses y peloponesios ajustaron treguas por otros cinco años, durante cuyo tiempo, aunque no tuviesen guerra en Grecia, los atenienses reunieron una armada de doscientos navíos suyos, y de los compañeros y confederados, de la cual fue caudillo Cimón, y saltaron a tierra en la isla de Chipre. Estando allí, fueron llamados por Amirteo, rey de las florestas de Egipto, y le enviaron a Egipto setenta naves suyas; las demás quedaron en el cerco de la ciudad de Citio. Estando allí, murió Cimón, su caudillo, y viéndose en gran necesidad de vituallas, levantaron el cerco, y navegando hacia la ciudad de Salamina, que es de Chipre, combatieron por mar y tierra contra los fenicios y los de Chipre y Cilicia, y en ambas batallas alcanzaron la victoria. Volvieron después a su tierra, y lo mismo hicieron los otros navíos de su compañía, que habían ido a Egipto.

Pasado esto, los lacedemonios comenzaron la guerra llamada Sagrada, y habiendo tomado el templo que está en Delfos, lo dejaron a los de la villa. Mas al poco tiempo los atenienses fueron con numerosa armada, y lo tomaron de nuevo, dándolo en guarda a los focenses.

Poco después los desterrados por los atenienses ocuparon Orcómeno y Queronea y algunas otras villas de la Beocia; y sabiéndolo aquellos, enviaron contra ellos mil hombres de guerra de los suyos y algunos otros de los aliados que pudieron reunir de pronto, y por capitán a Tólmides, hijo de Tolmeo, recobrando Queronea, y poniendo en ella guarnición de sus soldados.

A la vuelta de allí se encontraron con los desterrados de Beocia, que se habían juntado con los otros desterrados de Eubea, con los locros y con algunos otros que seguían su partido: estos derrotaron y mataron a la mayor parte de los atenienses, cogiendo a los demás prisioneros. Por medio de estos prisioneros hicieron los atenienses sus conciertos con los beocios, y les restituyeron su libertad. Todos los desterrados y otros que se habían expatriado, volvieron, sabiendo que ya podían gozar de su primera libertad.

No tardó mucho en rebelarse la isla de Eubea contra los atenienses, y como Pericles, a quien estos enviaban con muchas fuerzas para restituirla a su obediencia, estando ya en el camino, tuviese nuevas de que los de Mégara se habían también rebelado y muerto la gente de la guarnición que allí tenían los atenienses, excepto algunos que se habían salvado en Nisea, y que además habían traído a su parcialidad a los corintios, a los sicionios y a los epidaurios; como también supiese que los peloponesios estaban preparándose para entrar con grandes fuerzas en tierra de Atenas, dejó el camino que llevaba para Eubea y volvió a Atenas. Antes de llegar, los peloponesios habían ya entrado en territorio de Atenas, y robado y talado todos los términos de la ciudad de Eleusis hasta el campo llamado Tría, llevando por su capitán a Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia. Hecho esto, y sin pasar más adelante, regresaron a sus casas.

Los atenienses volvieron a enviar a Pericles con su armada a Eubea, y sometió toda la isla por convenios, excepto la ciudad de Hestiea, que tomó por fuerza, expulsando a todos los moradores, y poblándola su gente. De regreso Pericles de esta conquista, o poco tiempo después, se ajustaron treguas y tratos por treinta años, entre los atenienses de una parte, y de la otra los lacedemonios y sus aliados, por medio de los cuales los atenienses devolvieron a los peloponesios el lugar de las Fuentes, Trecén y Acaya, que era lo que tenían ocupado del Peloponeso. Seis años después de estos conciertos, estalló cruel guerra entre los samios y los milesios por la ciudad de Priene; y viendo los milesios que ellos no eran poderosos contra sus enemigos, rogaron a los atenienses que les diesen ayuda, con consentimiento y consejo de algunos ciudadanos de Samos, que procuraban novedades en su ciudad.

Los atenienses fueron con cuarenta barcos contra la ciudad de Samos, la vencieron, restableciendo en ella el gobierno popular: tomaron cincuenta mancebos y cincuenta hombres en rehenes, que depositaron en la isla de Lemnos, pusieron su gobierno en Samos, y regresaron.

Después de su partida, algunos de los ciudadanos que no se habían hallado en la ciudad al tiempo que los atenienses la ocuparon, porque al saber que iban se retiraron a diversos lugares en tierra firme, por consejo de los principales de la ciudad, hicieron alianza con Pisutnes, hijo de Histaspes, que gobernaba a la sazón la ciudad de Sardes, quien les envió setecientos soldados, y con ellos entraron de noche en Samos, combatieron con los del pueblo que tenían la gobernación, los vencieron e inmediatamente se fueron a la isla de Lemnos, sacaron de allí sus rehenes, se rebelaron contra los atenienses, y prendieron los gobernadores y la guarnición que estos habían dejado en Samos, los cuales entregaron a Pisutnes. Hecho esto, prepararon su armada para ir a Mileto, teniendo inteligencias con los bizantinos, que también se habían rebelado contra los atenienses.

Al saber estos la rebelión de los samios, reunieron una armada de setenta barcos para ir contra ellos, aunque de estos barcos no llegaron más de cuarenta y cuatro a Samos, porque enviaron los demás, parte a Caria para estorbar que los fenicios pasasen a socorrer a los de Samos, y parte a Quíos para traer gente de guerra. Cuando estas cuarenta y cuatro naves, que acaudillaba Pericles con otros nueve capitanes, arribaron a la isla de Tragia y encontraron setenta navíos de los samios, que venían de Mileto, de los cuales veinte venían cargados de gente de guerra, los combatieron y desbarataron; y después de esta victoria, llegándoles de refresco cuarenta navíos de socorro de Atenas y de Lesbos, y veinticinco de Quíos, descendieron a la isla de Samos y pusieron cerco a la ciudad, habiendo primero desbaratado una banda de gente que había salido de la ciudad contra ellos. La cercaron por tres partes, una por mar y dos por tierra. Ocupado en el sitio de la plaza Pericles, le avisaron que los fenicios venían con gran número de navíos a socorrer a los samios, y tomando sesenta de sus barcos, que acababan de llegar, fue con toda diligencia a tierra de Cauno y de Caria. Entretanto, de la otra parte había salido del puerto de Samos Esteságoras con cincuenta navíos para ir a recibir a los fenicios; y como los de Samos fueron avisados de la partida de Pericles, vinieron por mar, con todos los navíos que pudieron juntar, a acometer el campo de los atenienses, que no estaba muy fortificado, embistieron contra los barcos ligeros de los atenienses que hallaron en el puerto, los echaron a pique y vencieron en batalla naval todos los barcos que les salieron al encuentro. De esta manera fueron señores de la mar, y por espacio de catorce días metieron y sacaron fuera de la ciudad todo lo que quisieron. Mas al fin de estos días volvió Pericles con los otros navíos, y los encerró de nuevo en la villa.

Poco después recibieron gran socorro de Atenas, que fue cuarenta barcos, capitaneados por Tucídides, Hagnón y Formión, y veinte navíos de los confederados, cuyos capitanes eran Tlepólemo y Anticles; y de Quíos y Lesbos llegaron treinta naves. Aunque los samios hacían algunas escaramuzas y salidas por mar durante el cerco de la ciudad, que fue de nueve meses, como vieran que no eran poderosos para resistir largo tiempo, se rindieron con estas condiciones: que los muros de la ciudad fuesen derribados, que diesen rehenes y entregasen todos sus navíos a los atenienses, y para los gastos de la guerra pagasen una gran suma de dinero en determinados plazos. También los bizantinos concertaron obedecer a los atenienses, como lo solían hacer antes.

Pasado algún tiempo comenzaron las diferencias entre los de Corcira y de Potidea, de que antes hicimos mención, y entre todos los otros que ya dijimos, las cuales fueron ocasión de la guerra de que hablamos al presente.

Estas son, en efecto, las guerras que los griegos tuvieron, así contra los bárbaros como entre sí, desde que el rey Jerjes partió de Grecia hasta el comienzo de la que ahora escribimos, por espacio de cincuenta años, durante los cuales los atenienses aumentaron en gran manera su imperio y poder, cosa que los lacedemonios sentían y comprendían muy bien, pero no lo impedían, sino que vivieron lo más de este tiempo en paz y reposo, porque no eran muy ligeros para emprender guerras, ni las declaraban sino por necesidad, y también porque estuvieron ocupados con guerras civiles, hasta que vieron que crecía el poder de los atenienses más y más cada día y que maltrataban y ultrajaban a sus amigos y aliados. Entonces determinaron no sufrirlo más y acudir a la guerra con todas sus fuerzas para abatirles si pudiesen.

Cuando declararon por decreto que los atenienses eran quebrantadores de la fe y alianza, y habían injuriado a sus aliados y confederados, enviaron a Delfos para saber del oráculo de Apolo qué fin tendría aquella guerra, y el oráculo respondió:

Que de cierto vencerá

Quien fuere más esforzado,

Y llamado y no llamado

Su socorro les dará.

Habiendo acordado y determinado la guerra por consejo, llamaron de nuevo a sus aliados y confederados a la ciudad de Lacedemonia para consultar el negocio y determinar todos juntamente si convendría comenzarla. Cuando llegaron los procuradores y embajadores de las ciudades, celebraron el consejo para que habían sido llamados; y como los otros hablasen primero culpando a los atenienses, y concluyendo que se les debía hacer la guerra, al final hablaron los corintios, que al principio habían hablado y rogado y persuadido a los otros confederados que comenzasen la guerra inmediatamente contra los atenienses, temiendo que, mientras consultaban, les tomasen estos la ciudad de Potidea. Y saliendo en medio los últimos de todos, hicieron el razonamiento siguiente:

XIII.

Discurso y proposición de los corintios en el Senado de los lacedemonios ante todos los confederados y aliados para persuadirles de la necesidad de la guerra contra los atenienses.

«Varones amigos nuestros, aliados y confederados, no hay razón para culpar a los peloponesios, que no querían determinar la guerra contra los atenienses, puesto que nos juntan aquí para este propósito, por lo cual conviene a los que son caudillos y presidentes de los otros, como lo sois vosotros, que conforme son honrados y acatados sobre todos, tengan igual respeto a las cosas de los particulares, mirándolas como a las públicas, para que sean bien gobernadas y tratadas. En cuanto a lo que toca a nos y a los otros que ya nos hemos apartado de los atenienses, no es menester que nos enseñen cómo nos debemos guardar de ellos. Solamente nos conviene amonestar y avisar a aquellos que habitan la tierra firme lejos de los puertos, donde se hacen las ferias y mercados, que será bien sepan y entiendan que si ellos no dan ayuda y socorro a los que moran en la costa, el trato y comercio de sus bienes y mercaderías les será muy difícil, y lo mismo el retorno de aquello que les llega por mar. No deben ser, por tanto, jueces injustos de lo que tratamos al presente, diciendo que no les toca a ellos nada; antes deben saber que, si no se cuidan de los moradores de la costa y los dejan sucumbir, el peligro y daño vendrá después sobre ellos. Atiendan que la consulta presente se hace tanto por ellos como por los otros, y por eso no deben ser perezosos ni negligentes para emprender esta guerra, a fin de que después puedan tener paz. Porque si es de hombres sabios y prudentes estar quietos y no moverse, si ninguno les injuria, así también es de buenos y animosos, cuando son injuriados, trocar la paz por la guerra, y después de bien hechas y provistas sus cosas volver a la amistad y concordia, no ensoberbeciéndose con la prosperidad de la victoria en la guerra, ni por codicia de paz y reposo sufrir las injurias. Porque todo hombre que por amar el sosiego es perezoso para vengarse, pronto se ve privado del deleite que toma en el descanso; y asimismo el que a menudo provoca la guerra, ensoberbecido con la prosperidad, suele desconocerse a sí mismo, con una crueldad y ferocidad poco segura y menos cierta, porque no hace con razón lo que es obligado a hacer; aunque muchas veces sucede salir bien de las empresas locas y temerarias porque los enemigos son necios, mal aconsejados en los que emprenden, y muchas empresas que parece se acometen con saber y discreción salen mal porque no las ejecutamos como las propusimos y determinamos. Siempre tenemos buena y cierta esperanza de las cosas que emprendemos; pero, al ejecutarlas, muchas veces faltamos por miedo o por temor en la obra.

»En lo que a nosotros toca, que en gran manera hemos sido injuriados por los atenienses, comenzaremos la guerra con buena y justa querella y con intención de vivir en paz y sosiego después que nos hayamos vengado. De esta guerra debemos esperar la victoria por dos razones: la primera, porque tenemos más número de gente y mejores soldados y más experimentados en la lucha, y la segunda, porque estamos todos unidos y resueltos a hacer todo aquello que nos manden. Si tienen más navíos que nosotros, supliremos esta falta con nuestro dinero particular, que cada cual dará en la cantidad que le corresponda, y con el que tiene el templo de Delfos y el de Olimpia, que podemos tomar prestado para atraernos con dádivas sus marineros y aun la gente de guerra, que son extranjeros y tienen a sueldo, lo cual no ocurrirá a nosotros, porque somos más poderosos en gente que en dinero.

»Si logramos una victoria naval, es de creer que queden perdidos, y cuanto más tiempo nos resistieren tanto más los nuestros se harán a las cosas de mar y se ejercitarán en ellas, porque son más animosos, y, ejercitados, serán más fuertes, pues la osadía que los nuestros tienen les es natural, y los contrarios no han de adquirirla por arte ni por doctrina. Podemos muy bien con el ejercicio aprender la habilidad que ellos tienen, y para este negocio hallaremos indudablemente el dinero necesario. Puesto que sus aliados no rehúsan pagarles tributo estando en su servidumbre y sujeción, nosotros no seremos tan ruines que rehusemos contribuir con nuestros propios bienes para vengarnos de nuestros enemigos y salvar nuestra libertad, que si ellos lograran quitárnosla, nos tratarían peor que antes por causa de nuestros mismos bienes.

»También tenemos más medios para hacer la guerra que ellos, porque haremos tratos con sus aliados y tributarios y los rebelaremos, haciéndoles así perder la ventaja que en renta nos llevan. Podremos destruir la tierra de donde les viene el dinero y la renta, y otras muchas ocasiones y medios nos vendrán de que al presente no nos acordamos, que la guerra jamás se ejecuta conforme a los medios y aprestos que se ven al principio, sino que ella misma hace venir otros al pensamiento, según las cosas que acontecen. Y en este caso los que tienen buen ánimo y buen corazón están más seguros que los tristes y temerosos.

»Cada uno de nosotros debe pensar que si tuviese cuestión y diferencia sobre límites con sus vecinos, y fuesen tan poderosos como él, en manera alguna sufriría ser injuriado ni ultrajado. Pues si los atenienses ahora son bastantes y poderosos contra todos nosotros juntos, ¿cuánto más lo serán combatiéndonos uno a uno y a cada villa por sí? Como lo harán de seguro si no ven que nos juntamos, y de común acuerdo y voluntad les resistimos.

»Si por acaso nos venciesen (lo cual plegue a los dioses que jamás se oiga), tenga cada cual por seguro que el mayor daño que nos vendría sería perder nuestra libertad y caer en servidumbre, que es cosa abominable de oír, mayormente en el Peloponeso. Pues ¿cuánto mayor es ver ahora tantas y tan buenas y nombradas ciudades ser de hecho sojuzgadas y maltratadas por una sola? En lo que claramente se ve, o que somos perezosos y negligentes, o que por temor soportamos y sufrimos cosas indignas, no pareciéndonos ni respondiendo a la virtud y gloria de nuestros mayores, que libertaron a Grecia de servidumbre, pues no somos bastantes para defender nuestra libertad, y sufrimos que una sola ciudad nos tiranice.

»Cuando hay un solo tirano en una ciudad, procuramos expulsarle, y no consideramos que sufriendo esto incurrimos en tres grandes vicios, es a saber: en flojedad, cobardía e imprudencia. Ni tampoco vale nada para excusarnos de estos tres vicios decir que queréis evitar la osadía loca que a tantos ha sido dañosa, porque esta excusa, so color de la cual muchos han sido engañados, cuando no es miedo suele llamársela necedad.

»Pero ¿de que sirve a nuestro propósito reprender las cosas pasadas más largamente que el tiempo presente lo requiere? Acudamos a las de ahora y proveamos a las venideras. Y pues aprendimos de nuestros antepasados a adquirir la virtud por trabajo y no empeorar las costumbres, si acaso ahora les sobrepujáis algún tanto en riquezas y poder, tanta mayor vergüenza será para vosotros perder con vuestras riquezas lo que ellos con pobreza ganaron y adquirieron.

»Hay además de estas otras muchas razones y ocasiones que os deben mover y animar a hacer la guerra. La primera el oráculo de Apolo que os ha prometido seros favorable, y con este también tendréis en vuestra ayuda todo el resto de Grecia, parte por miedo y parte por su provecho. No receléis ser los primeros en quebrantar la paz y alianza que tenemos con los atenienses, pues el dios que nos amonesta a comenzar la guerra juzga haber sido primero quebrantada por ellos. Más cierto es que pelearemos por mantener y amparar los tratos y confederaciones que ellos han violado y roto, que los que se defienden no son quebrantadores de la paz, sino aquellos que comienzan la guerra y acometen primero.

»Por todas estas razones no ha de ser aciago sino muy provechoso emprender esta guerra. Así lo comprendéis por lo que os decimos en público para amonestaros y persuadiros de que es necesaria para el bien común y el particular de cada uno. No queráis, pues, dilatar la defensa de vuestra libertad, y particularmente el dar ayuda a los de Potidea, que son dorios de nación y están ya sitiados y cercados por los jonios, porque si nosotros disimulamos ahora, parecerá claramente que unos de nosotros fueron injuriados y los otros se juntaron para tratar de vengarse y después no se atrevieron.

»Por tanto, varones amigos y confederados nuestros, conociendo la necesidad presente y que os aconsejamos lo mejor, determinad hacer esta guerra y no os espantéis de las dificultades de ella, antes pensad el bien que os vendrá de la larga paz que ha de seguirla. Porque de la guerra nace la paz, y en el reposo y descanso no estamos seguros de que no se pueda mover guerra.

»Considerad que si sujetamos por fuerza aquella ciudad de Grecia que quiere usurpar la tiranía sobre todas las otras, de las que ya domina algunas, y procura dominarlas, quedaremos en paz y seguridad, y viviremos sin peligro, y daremos libertad a los griegos que ahora están en servidumbre.»

Y con esto los corintios acabaron su razonamiento.

XIV.

Acordada la guerra contra los atenienses por todos los del Peloponeso, envían los lacedemonios embajadores a Atenas para tratar de algunas cosas.

Cuando los lacedemonios oyeron los razonamientos de todas aquellas ciudades de Grecia allí representadas, mandaron dar a los embajadores de cada una de las ciudades mayores y menores sus piedrecillas en las manos para que con ellas declarasen por sus votos si querían la paz o la guerra. Todos fueron de parecer de declarar la guerra, y así lo determinaron; mas no había medio de comenzarla entonces porque estaban desprovistos de todas las cosas necesarias. Acordose, pues, que cada ciudad contribuyese para ella y sin ninguna dilación en menos de un año. En el ínterin, los lacedemonios enviaron embajadores a los atenienses para decirles las culpas de que los acusaban a fin de tener mejor y más justa causa de hacerles la guerra, si no se enmendaban prontamente. Primero les pidieron que purgasen la ofensa hecha a la diosa[22], que era la siguiente: Fue un varón llamado Cilón, noble y poderoso, que en los juegos y contiendas que se hacían en Olimpia ganó el prez y las joyas. Este Cilón tuvo por mujer la hija de Teágenes, que a la sazón era señor de Mégara, y al verificarse este casamiento le fue dada respuesta a Cilón por el oráculo de Apolo en Delfos, que cuando se celebrase la gran fiesta de Júpiter, él tomase y ocupase la fortaleza de Atenas. Con alguna gente de guerra de Teágenes su suegro, y con otros sus amigos de la ciudad, que juntó cuando se celebraba la fiesta de Olimpia en el Peloponeso, tomó la fortaleza de Atenas con intención de hacerse señor de ella, persuadiéndose que por ser esta la mayor fiesta de Júpiter que se hacía, y por haber ganado él otras veces en esta misma fiesta los preces y joyas, saldría con la empresa conforme a la profecía del oráculo de Apolo, porque no consideraba si la respuesta se entendía de la fiesta que se celebraba en Atenas o en otra parte, ni tampoco el oráculo lo declaró, y también los atenienses celebran todos los años una fiesta muy solemne, en honra de Júpiter Miliquio, fuera de la ciudad, en la cual hacen muchos sacrificios de animales figurados. Mas Cilón que había interpretado el oráculo a su fantasía, creyendo que hacía bien, emprendió la cosa como arriba he dicho.

Cuando los atenienses supieron que su fortaleza había sido tomada, los que estaban en los campos se juntaron y vinieron a cercar a Cilón y a los suyos dentro de ella. Pero porque la plaza era fuerte y se cansaban de estar allí detenidos, la mayor parte se fueron a sus negocios y dejaron allí nueve capitanes con número bastante de gente con encargo de guardar, y mantener el cerco de la plaza, dándoles pleno poder de hacer todo aquello que bien les pareciese en aquel caso para el bien de la ciudad, y durante el sitio hicieron algunas cosas que les parecía convenir al bien de la república. En este tiempo Cilón y su hermano hallaron manera de salir secretamente de la fortaleza y se salvaron. Pero los otros que habían quedado dentro, obligados por el hambre, después de haber muerto muchos, se guarecieron en el gran altar que está dentro de la fortaleza. Los que habían quedado en guarda del cerco los quisieron sacar: viendo que se morían y a fin de que, por su muerte, el templo no fuese profanado y violado, los sacaron fuera, y los mataron. Algunos fueron muertos pasando por delante de los dioses, y otros al pie de los altares, por lo cual todos los culpados de las muertes y sus descendientes fueron condenados por crueles y sacrílegos y desterrados por los atenienses, primero, y por Cleómenes, auxiliado por los atenienses sublevados[23]. No solamente echaron de la ciudad a los que se hallaron de estas líneas, sino que los huesos de los difuntos los arrojaron fuera de los límites. Pasado algún tiempo, volvieron, y al presente hay algunas casas de estas familias que los lacedemonios pedían fuesen echadas, por saber que Pericles, hijo de Jantipo, descendía de aquella raza por parte de su madre, esperando que si lanzaban a este de la ciudad de Atenas, podrían después más a su placer venir al fin deseado de su guerra contra los atenienses, y si no le echaban, a lo menos le harían odioso al pueblo, pues creería este que por salvar a Pericles se había en parte provocado la guerra. Pericles era en aquel tiempo el hombre más principal de la ciudad de Atenas y de mayor autoridad; siempre contrario a los lacedemonios, y que persuadía a los atenienses que emprendiesen la guerra contra ellos.

A esta demanda respondieron los atenienses diciendo que los lacedemonios purgasen también el sacrilegio de que estaban contaminados a causa de la violencia que hicieron en el templo de Neptuno en Ténaro. Porque, tiempo atrás, los lacedemonios habían sacado fuera del templo de Neptuno y muerto algunos fugitivos hilotas que pedían merced, violando así el templo, a lo cual atribuía el pueblo un gran terremoto que poco después se sintió en la ciudad de Lacedemonia. Además pedían los atenienses a los lacedemonios que purgasen otro sacrilegio de que asimismo estaban contaminados, que se hizo en el templo de Palas en Calcieco, y ocurrió de esta manera:

Después que Pausanias fue privado por los lacedemonios del mando que tenía en Helesponto, y le ordenaron que se defendiese de los cargos que contra él había, aunque fue absuelto de ellos, no por eso le devolvieron el empleo. Viendo esto Pausanias salió de la ciudad de Lacedemonia fingiendo que quería volver al Helesponto y servir en la guerra como soldado; pero su verdadero propósito era tratar con el rey de los medos tocante a esta guerra que él mismo había comenzado, y después, con ayuda del rey, usurpar la tiranía y el mando sobre toda Grecia. Para conseguir su deseo, mucho tiempo antes que le acusaran, había ganado la gracia del rey por un singular servicio que le hizo, y fue que, a la vuelta de Chipre, habiendo tomado la ciudad de Bizancio, y preso a los que el rey había dejado allí de guarnición, entre los cuales había muchos parientes, amigos y familiares del rey, se los envió secretamente, sin dar parte a los otros capitanes, sus compañeros, fingiendo que se le habían escapado. Y esto lo hizo por medio de Góngilo, encargado de guardarlos, con el cual asimismo envió al rey una carta del tenor siguiente:

«Pausanias, general en jefe de los espartanos, al rey Jerjes, salud. Queriendo agradarte y ganar tu gracia, te envío los prisioneros que yo había cogido en buena guerra por las armas: y es mi voluntad, si te pluguiere, desposarme con tu hija, y poner a Esparta y a toda Grecia en tus manos. Lo cual pienso que podría hacer seguramente teniendo buena amistad e inteligencia contigo. Por tanto, si este negocio te agrada envía por mar alguno de los tuyos que sea hombre de confianza, con quien yo pueda comunicar todo mi proyecto y secreto.»

Esta carta alegró mucho a Artajerjes, y prontamente envió a Artabazo, hijo de Farnaces, so color de darle el cargo y gobierno de la provincia de Dascilio, que a la sazón gobernaba Megabates por el rey. Mandole llamar antes y le dio una carta para Pausanias, que estaba en Bizancio, sellada con su sello, y además le encomendó que tratase con Pausanias lo más secreto que pudiese, y si le mandaba hacer alguna cosa que la hiciese. Llegó Artabazo a la provincia de Dascilio, hizo lo que le mandó el rey, y envió la carta a Pausanias, que decía así:

«El rey Jerjes a Pausanias, salud: Te agradezco mucho el placer y buena obra que me hiciste enviándome los prisioneros que tomaste en Bizancio, y nunca será olvidado este favor ni por mí, ni por los míos. En gran manera me agradaron tus razones, y así te ruego que trabajes de noche y de día por poner en ejecución lo que me has prometido, que por mi parte no faltará ni oro, ni plata, ni ejércitos, donde quiera que fueren menester. Sobre lo cual puedes tratar seguramente con Artabazo, al que te envío para esto expresamente por ser hombre sabio y fiel. Y haciéndolo como dices, tus cosas y las mías se abrevien en nuestra honra y provecho.»

Cuando recibió esta carta, Pausanias, a quien los griegos tributaban gran respeto por el cargo y autoridad que tenía, comenzó a engreírse y ensoberbecerse de suerte que no se contentaba con vivir a la manera acostumbrada de los griegos, sino que salía de Bizancio ataviado a la moda de los medos, y andando por tierra de Tracia, llevaba soldados medos y egipcios que le acompañaban, y se hacía servir a la mesa como los medos.

No podía, en efecto, encubrir su corazón ni sus pensamientos, sino que daba a entender en sus hechos lo que tenía en el ánimo. Difícilmente concedía audiencia a los que a él llegaban, y airábase con todos de repente, por lo que ninguno se atrevía a hablarle. Esta fue la principal causa de que los confederados de Grecia se apartasen de los lacedemonios y se unieran a los atenienses. Por ello los lacedemonios le llamaron como antes se ha dicho, y cuando partió por mar en la galera llamada Hermíone sin licencia de la república, advirtiose que hacía lo mismo que antes. Desterrado de Bizancio por los atenienses, que la conquistaron, no volvió más a Esparta, retirándose a unos lugares de tierra de Troya. Estando allí fueron avisados los lacedemonios de que tenía tratos con los bárbaros, y parecioles que no lo debían tolerar. Enviáronle un ministro de justicia con la vara de los éforos, que llama escítala[24], mandándole que viniese con el ministro a Esparta, so pena de rebelde y enemigo de la patria. No queriendo parecer sospechoso, y confiando en que con dinero se podía librar de las consecuencias de los crímenes y culpas de que le acusaban, fue a Esparta con aquel ministro, y al llegar le aprisionaron por orden de los éforos, a los cuales es lícito hacer esto mismo hasta con el rey. Puesto después en libertad, presentose a juicio para responder a la acusación que le dirigían.

En Lacedemonia, ni sus contrarios, ni toda la ciudad, hallaron motivo aparente, ni indicio verdadero para castigarle, mayormente siendo hombre de linaje de reyes y de gran autoridad y reputación, porque había sido tutor de Plistarco, hijo del rey Leónidas, y en su nombre había administrado el reino; pero la insolencia de sus costumbres y el querer imitar la vida de los bárbaros les infundía mucha sospecha, de que estaba en inteligencia con ellos, y tramaba alguna cosa para ser señor y mandar entre los suyos.

Entre otras muchas cosas que había hecho contra las leyes y costumbres de Lacedemonia, les indignaba en gran manera que, en una mesa de alambre de tres pies que los griegos ofrecieron al templo de Apolo en Delfos del botín cogido a los medos, había mandado esculpir el mismo Pausanias estos versos:

Aquel griego capitán

Que Pausanias se llamó,

Ya que a los medos venció

Con gran trabajo y afán

Que en la guerra padeció,

Por honra del dios Apolo,

Aquí puso esta memoria,

Aplicando su victoria

Al favor de aquel dios solo.

Versos que mandaron borrar los lacedemonios, y en lugar del de Pausanias pusieron los nombres de todas las ciudades confederadas que se hallaron en la batalla contra los bárbaros.

Acusábanle a la vez de cosa más grave, cual era el tener tratos secretos y conjuraciones con los hilotas o esclavos de Lacedemonia, prometiéndoles que les daría libertad y derecho de ciudadanos si se levantaban juntamente con él y hacían lo que les mandase. Pero ni aun tampoco por dichos de los esclavos, según sus leyes, podían proceder contra ningún varón lacedemonio en causa de muerte o cosa que no se pudiese remediar, sin tener indicios ciertos e indudables. Pero un criado, muy privado y familiar suyo, llamado Argilo, que fue el que llevó a Artabazo las últimas cartas que Pausanias, su amo, había escrito al rey Jerjes, descubrió la traición a los éforos. Lo hizo por sospechas, al ver que ninguno de los otros mensajeros que Pausanias envió a Artabazo había vuelto, por lo cual, temiendo que le ocurriese mal también a él, mandó contrahacer el sello con que estaba sellada la carta para poder volverla a sellar después de leerla, si no hallaba cosa en ella de lo que él sospechaba, y también para que el mismo Artabazo no conociese que había sido abierta. Leyola, y halló, entre otras razones, aquello que temía, y era que Pausanias decía a Artabazo que le matase. Visto esto, llevó la carta a los éforos, los cuales se convencieron de la traición.

Para más justificación suya, y por saber mejor la verdad, quisieron oírla de boca del mismo Pausanias, y usaron de esta estratagema: hicieron que el criado fuera a acogerse al templo de Ténaro como hombre que ha ofendido a su señor y se quiere librar en sagrado, y se le hizo saber a Pausanias para que fuera allí a hablar con él, lo cual hizo. Dos de los éforos se habían escondido en un sitio secreto, de manera que podían bien oír y entender lo que Pausanias y el criado hablaban sin ser sentidos. Cuando Pausanias fue donde estaba su criado y le preguntó la causa por que se había acogido allí, le declaró que había abierto la carta, y le dijo todo lo que contenía, quejándose de que en ella le mandase matar, pues en todos los tratos que había tenido con el rey Jerjes había confiado en él, y nunca le faltó. Parecíale, pues, cosa fuera de razón que mandara matarle, como habían sido muertos todos los mensajeros enviados antes con otras cartas, mensajeros que no podían compararse con él.

A esto Pausanias le respondió, confesando que todo era verdad, sin cesar de amansarle y rogarle que no tomase por ello enojo, y jurándole por el templo donde estaba que en adelante no le haría mal, cumpliendo con toda diligencia su encargo para Artabazo, porque el negocio no fracasara. Oyeron los éforos muy bien todas estas razones, y estimando el caso muy averiguado, dieron orden para que Pausanias fuese preso dentro de la ciudad. Mas como los dos éforos le salieran al encuentro en la calle, conoció en los movimientos del rostro de uno de ellos que iban resueltos a prenderle, y ganoles por la mano huyendo al templo de Palas, sin que le pudiesen coger. Antes de llegar al templo entró en una casilla pequeña que estaba junto a él para descansar, y fue atajado por los que le seguían, los cuales descubrieron el techo de la casa y la cercaron por todas partes con guardas para que no pudiese salir, teniéndole sitiado hasta que le mataron de hambre. Cuando estaba espirando, los guardas le sacaron de aquel lugar sagrado, y murió en sus brazos.

Los éforos opinaban que debía ser arrojado el cadáver a una quebradura[25], donde acostumbraban a echar los malhechores, pero mudaron de propósito y le hicieron enterrar en una sepultura.

Algún tiempo después les fue amonestado, por revelación del oráculo de Apolo Délfico, y mandado que le sacasen de la sepultura y le enterrasen en el lugar donde había espirado, y así fue hecho. Aun hoy se ve su sepultura delante del templo, según parece por el letrero que está esculpido en la piedra del sepulcro. Mandoles además el oráculo de Apolo que, para purgar el sacrilegio que habían cometido violando el templo de la diosa Palas, diesen dos cuerpos en lugar de uno, y así lo hicieron, expiando la muerte de Pausanias con el ofrecimiento de dos estatuas de metal en el templo de Palas Calcieca.

Véase, pues, por qué los atenienses, para responder con un cargo igual al que les hacían los lacedemonios de estar contaminados de sacrilegio, les imputaron otro tanto, diciendo que ellos purgasen de igual manera la ofensa que habían hecho a la diosa Palas, y que el oráculo de Apolo había juzgado sacrilegio.

XV.

Temístocles, perseguido por atenienses y lacedemonios, se refugia en los dominios de Artajerjes y allí vive hasta el fin de sus días.

Cuando los lacedemonios oyeron la respuesta de los atenienses, enviaron de nuevo mensajeros, para hacerles saber que Temístocles había sido culpado en la misma conspiración que Pausanias, según resultaba del proceso de este, que guardaban en el templo, pidiendo y requiriendo a los atenienses, que castigasen a Temístocles. Creyéronlo los atenienses y ordenaron, de acuerdo con los lacedemonios, prender a Temístocles, que por estar a la sazón desterrado de Atenas, vivía en la ciudad de Argos de ordinario, aunque a menudo salía a tierra de Peloponeso.

Avisado Temístocles de la orden de prisión, partió del Peloponeso, y se fue por mar a Corcira, sabiendo que aquel pueblo le amaba por los muchos bienes y servicios que le había hecho. Pero los de Corcira le dijeron que si le recibían en su ciudad se harían enemigos de los espartanos y de los atenienses, obligándole a saltar en tierra en la parte del continente más cercano de la isla. Sabiendo que allí también le perseguían, y no viendo otra vía de salvación, se acogió a Admeto, rey de los molosos, aunque sabía que no era amigo suyo. Ausente el rey de su ciudad, se encomendó a la reina su mujer, la cual le dijo que tomase a su hijo por la mano, pues esta era la mejor manera de suplicar, y esperase hasta que volviera su marido, que no tardó muchos días. Cuando el rey volvió, Temístocles se presentó ante él, y le dijo: que si cuando era capitán de los atenienses, y el mismo rey estaba sujeto a ellos, le había sido contrario en algunas cosas, no era justo que tomase ahora venganza de él al ponerse en sus manos y pedirle merced; no estando en igualdad de condiciones, pues él se hallaba ahora en más bajo estado, que estaba el rey cuando el mismo Temístocles le ofendió, ni siendo de ánimo generoso vengarse sino de sus iguales. Por otra parte, cuando contrarió al rey procuraba este solamente su bien y provecho y no salvar la vida, como hacía al presente Temístocles; porque si el rey le entregaba a los que le perseguían sería causa de su muerte.

Acabó Temístocles su razonamiento, estando sentado en tierra con el hijo del rey Admeto sobre las rodillas, que es allí la manera de suplicar más eficaz de todas: el rey le mandó levantar, y le prometió que no le entregaría a los lacedemonios ni a los atenienses, lo cual cumplió, cuando poco después llegaron los perseguidores de Temístocles y le dijeron muchas razones para persuadirle que le entregase. Hizo más, sabiendo que quería irse con el rey Jerjes, mandó acompañarle por tierra hasta la ciudad de Pidna, que está situada junto al mar, que pertenece a Alejandro. En esta ciudad se embarcó en un navío que iba para Jonia, arribó frente a la ciudad de Naxos, que los atenienses tenían sitiada, cosa que asustó mucho a Temístocles: mas no por eso se descubrió al patrón de la nave, que no sabía quién era ni por qué huía, sino que le dijo: si no me salvas y me tienes oculto diré a los atenienses que has tomado dinero mío por salvarme, pero si me salvas, te lo pagaré espléndidamente. Para ello es preciso que no permitas a ninguno de los que están embarcados saltar a tierra, teniéndolos aquí, y echada el áncora, hasta que salte más viento para salir. Así lo hizo el patrón y estuvo anclado un día y una noche, hasta que hubo viento, y dirigió el rumbo hacia Éfeso. Llegado a este lugar Temístocles cumplió con el patrón lo prometido, y le dio gran suma de dinero, porque pocos días después le llevaron mucho, así de Atenas como de Argos. Desde allí tomó el camino Temístocles por tierra en compañía de un marino persa, y escribió una carta al rey Artajerjes que había sucedido a Jerjes, su padre, en el reino de Media y de Persia, la cual decía así: