[Nota de transcripción]

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ANTOLOGÍA DE PROSISTAS CASTELLANOS



PUBLICACIONES DE LA REVISTA
DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA

VOLÚMENES PUBLICADOS

I

INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO
DE LA LINGÜÍSTICA ROMANCE

POR W. MEYER LÜBKE

TRADUCCIÓN DE A. CASTRO

II

ANTOLOGÍA DE PROSISTAS
CASTELLANOS

POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL


JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS


RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL

ANTOLOGÍA DE PROSISTAS CASTELLANOS

MADRID

1917


Imp. Clásica Española. Cardenal Cisneros, 10.—Teléf. 4430


PRÓLOGO

La edición primera de esta colección de prosistas apareció en 1899. La obra, abandonada desde entonces por mí, aparece ahora en una segunda edición, bastante corregida y aumentada con trozos de algunos autores más.

Es útil la lectura de un autor antiguo, porque su pensamiento puede instruir y educar el nuestro; mas, para que esto tenga lugar, es preciso comprender sus ideas, no en lo que tienen de común a muchos tiempos, lugares y gentes, sino en aquello más escondido y particular propio de tal época, tal región o tal persona, que, comparado con lo que tenemos delante y habitualmente nos rodea, nos ayuda a apreciar mejor lo que esto tiene de bueno o de malo, de pasajero o de permanente, dando seguridad y madurez a nuestro juicio. Por esto el comentario del autor antiguo se debe fijar en lo que la obra comentada difiere más de lo actual, en lo que tiene de más peculiar, por menudo que parezca; pues sólo conseguimos comprender bien el pensamiento de un autor cuando llegamos a entender el sentido especial con que él escribió cada palabra, representándonos en nuestra imaginación lo mismo que él en la suya tenía presente al escribir; en suma, cuando reconstruímos en nuestro entendimiento las menores circunstancias particulares del tiempo y lugar en que fué escrita la obra, cuando llegamos a despertar en nosotros la impresión que los pormenores y el conjunto de la misma hicieron en los contemporáneos del autor cuando la leían.

Claro que es muy difícil siempre acercarse a este ideal, y que es imposible realizarlo tratándose del estudio de autores en la segunda enseñanza; pero, de todos modos, es preciso que las observaciones gramaticales, retóricas y literarias que continuamente han de surgir en la lectura de los clásicos, no se descarríen por el terreno de las consideraciones abstractas y tomen un aspecto principalmente histórico.

Las notas que acompañan a la presente colección, no quieren ser un comentario suficiente para el alumno: no se proponen más que hacer al profesor más llevadera la difícil tarea de poner un trozo antiguo al alcance de los alumnos, y de hacer que éstos entren, en lo posible, dentro de la época, y dentro de la intención y estilo de cada autor.

Las breves introducciones que preceden a cada autor, sólo pretenden dar una orientación general, de muy diverso alcance y carácter en cada caso, para esbozar una sumaria historia del desarrollo de la prosa; sugieren, nada más, algunas cuestiones relacionadas con esa historia.

Las notas son una muestra de las múltiples explicaciones de puntos de gramática, de estilo, y a veces de historia literaria, que ocasionalmente deben hacerse con motivo de la lectura. Claro es que cada profesor tiene que multiplicar estas explicaciones de acuerdo con la índole y objeto principal de su enseñanza. Sobre todo, queda al profesor el comento literario; ha de enlazar el fragmento aquí publicado con la obra entera de donde procede; ha de hacer comprender el plan y fondo de esa obra, relacionándola con el conjunto de la producción literaria española de la época; ha de ahondar en el pensamiento del autor, y descubrir su nota distintiva. En todo debe llevar al alumno a que formule juicios propios sobre las cuestiones tratadas; a que ejercite su discernimiento y su crítica independientemente de las nociones recibidas en los manuales; a que eduque su buen gusto, en fin.

Esta colección proporcionará a los alumnos trozos bastante extensos de obras que no podrían o no deberán leer enteras. Sólo incluye autores hasta comienzos del siglo XIX, porque son los que están más fuera de la mano del estudiante; no porque los autores modernos no deban formar parte, y muy principal, de las lecturas de clase.

Los textos van, en general, ajustados a las ediciones más antiguas de la obra de donde proceden. Para Moratín se sigue la edición de la Academia de la Historia. Para Santa Teresa, Jovellanos y Toreno, la edición de la Biblioteca de Autores Españoles. Para Mendoza se tienen presentes los manuscritos de La Guerra de Granada. Para don Juan Manuel se han consultado todos los códices del Conde Lucanor. El Arcipreste de Talavera va según la edición de Pérez Pastor.

ADVERTENCIA SOBRE LA LENGUA MEDIEVAL


La antigua lengua castellana, aunque no difiere considerablemente del español moderno, presenta, como es de suponer, bastantes caracteres distintos. Por de pronto diremos sólo que, en cuanto a la pronunciación, la lengua antigua era más rica en sonidos que la moderna.

Distinguía una s sorda y otra sonora (con análoga diferencia que la que existe en francés entre poisson y poison); la s sorda se escribía doble entre vocales (passar, escriviesse), y sencilla cuando era inicial o iba tras consonante (señor, mensage), o delante de consonante sorda (estar, España); la s sonora se escribía sencilla entre vocales (casa, cosa).

Distinguía también la ç (o ce, ci), sorda, de la z sonora; aquélla era un sonido parecido al que hoy pronunciamos en za, ce, ci, zo, zu; y la z antigua era el mismo sonido, pero acompañado de sonoridad en las cuerdas vocales. Por la pronunciación y la ortografía se diferenciaban, por un lado: hace, haces, singular y plural del sustantivo moderno «haz», y por otra parte: haze, hazes, del verbo «hazer», moderno «hacer».

Se distinguían también la sorda x de la sonora j (con análoga diferencia a la que existe en el francés entre las iniciales de chambre y de jour). Por la pronunciación y la ortografía se distinguían antes: rexa de ventana y reja de arado.

Se distinguían también una b oclusiva, es decir, pronunciada juntando completamente los labios, como cuando pronunciamos hoy con energía el imperativo basta, y una v meramente fricativa, pronunciada con los labios a medio cerrar solamente, como cuando hoy decimos saber, ave. La distinción existe, pues, hoy día; pero hoy la pronunciación de una u otra b no se atiene a la ortografía, ya que ésta escribe ora b ora v, según la escritura latina, sin atender a la pronunciación moderna; además la distinta pronunciación hoy depende sólo de la posición más o menos débil de la consonante (oclusiva, cuando va inicial o tras consonante: basta!, ven!, ambos, envidia; fricativa, cuando va entre vocales: la bestia, la voz, haber). Por el contrario, en la lengua antigua la pronunciación de la b o la v dependía de la etimología de la voz, y a veces entrañaba diversa significación en los vocablos: cabe, cave, de los verbos «caber» y «cavar», se distinguían antes por la pronunciación, hoy tan sólo por la ortografía; y antiguamente se escribía y se pronunciaba la v en muchos vocablos que hoy se escriben con b, como cavallo, bever, y viceversa bivir, bívora.

Si en la lectura no se acierta a producir o no se quieren hacer estas distinciones, pronúnciense la ss y la s como la s moderna; la ç y la z, como la z moderna; la x y j, como la j moderna; la b y la v, como la b moderna.


ALFONSO EL SABIO
(1220-1284)
Y SUS CONTINUADORES


Mientras la poesía castellana venía cultivándose desde el siglo XII, y había producido, ya hacía mucho, una obra maestra como el Poema del Cid, la prosa tan sólo empezó a tener un cultivo literario en el reinado de San Fernando († 1253), y no produjo obras verdaderamente notables sino en la corte de su hijo Alfonso X. La poesía aparece con un carácter popular o nacional, y se enlaza desde su comienzo con la poesía de otros idiomas románicos, con la francesa, con la gallega y la provenzal principalmente. La prosa aparece con un carácter más erudito, ejercitándose en obras científicas o didácticas, copiadas o inspiradas en las literaturas más sabias de entonces: la latina, la árabe y la hebrea. En este primer período de su desarrollo, la prosa se ejercita principalmente en traducir las materias que hasta entonces se expresaban sólo en las lenguas doctas de la época; en las traducciones se procuraba una fidelidad más literal que literaria, y en todo caso los varios estilos de los autores traducidos se sobreponían al estilo del adaptador castellano.

Mucho de esto se ve en varias de las grandes obras emprendidas por Alfonso el Sabio, y muy particularmente en la Crónica general de España, que empezó a componerse en su reinado, hacia el año 1270, y en la cual se seguía trabajando durante el reinado de su hijo Sancho IV, en 1289. El estilo de la Crónica ofrece sus sencillos encantos, precisamente a causa de la gran variedad que reviste, según traduce las apasionadas Heroidas de Ovidio, los elocuentes y sentenciosos exámetros de la Farsalia de Lucano, el bullicio anecdótico de Los Césares de Suetonio, la penetrante y cruda minuciosidad de los historiadores árabes, el simbolismo retórico de los poetas musulmanes, los heroicos versos de los juglares castellanos, el bíblico lirismo de San Isidoro o la honda emoción personal del arzobispo don Rodrigo, que a jirones rasgan la dura sequedad de las crónicas medievales.

Así, la prosa de la Crónica tiene el gran atractivo de ser un reflejo multicolor de las más elevadas corrientes de arte que se dejaban sentir en las diversas generaciones que convivieron y se sucedieron en la corte castellana, durante los dos reinados de Alfonso X y de Sancho IV.

Mas a pesar de esta múltiple influencia de los textos traducidos, la Crónica General ofrece una marcada originalidad, lo mismo como compilación histórica representativa de la más vasta cultura de la época, que como obra literaria en que el lenguaje está sometido a una elaboración artística. De diversos testimonios consta que, aunque Alfonso el Sabio no escribía enteramente por sí las obras que llevan su nombre, él dirigía a los redactores a quienes se las encomendaba y corregía lo que éstos hacían, cuidando muy especialmente de que los idiomas doctos, de donde se tomaban las materias diversas, no estropeasen la pureza del castellano, y de que la lengua, en general, fuese elegante. En el prólogo del Libro de la Esfera se dice que el rey «tolló las razones que entendió eran sovejanas et dobladas et que non eran en castellano drecho, et puso las otras que entendió que complían; et quanto al lenguaje endreçólo él por sise»[1].

El vocabulario y la construcción son, en efecto, muy castizos, y el lenguaje, en medio de su sencillez, posee una poderosa eficacia. El relato conserva todavía ciertas fórmulas de las narraciones populares, no hechas para la lectura, sino para la recitación en público, como aquellas en que los juglares se dirigían a sus oyentes. Así, la Crónica se dirige a menudo a su público: E sabet que... Ya oistes de suso... en esta manera que vos avemos contado... conviene que vos digamos... Igual práctica se observa en los primeros prosistas franceses, por ejemplo en Villehardouin.

La inhabilidad para el paso de la narración en verso de los juglares a la narración prosaria de la historia, se observa en la escasez de formas del período, manifestada, sobre todo, en la pobreza extrema de las conjunciones. Es de gran monotonía la larga serie de cláusulas, yuxtapuestas casi únicamente por medio de la simple conjunción copulativa e.

Presentamos a continuación dos muestras de la Crónica. La primera está escrita en el reinado de Alfonso X, y es principalmente un arreglo, o mejor, una traducción de Suetonio; la segunda está redactada en la corte de Sancho IV, y es una anécdota, probablemente tomada de la tradición oral. Se notará entre ambos trozos alguna considerable diferencia de lenguaje, a pesar de que el primero no representa el habla más antigua empleada en la parte de la Crónica compuesta bajo Alfonso X, ya que la lengua más arcaizante es la usada en los 100 primeros capítulos de la obra. Por ejemplo, la apócope de la vocal e final (siet, por «siete»; franc, por «franque», moderno «franco»; yl, por «y le»; cuemol, por «como le»), y a veces la de la o final (poc a poco, much a menudo, tod el pueblo), se practica en el primer trozo de la Crónica, siguiendo el uso predominante en el castellano durante el siglo XII y primera mitad del XIII; pero tal apócope es ya casi desconocida en el segundo trozo, usándose, por lo general, tan sólo en el caso del pronombre le cuando va tras las partículas que y no, o tras un verbo (quel, por «que le»; nol, por «no le»; díxol, por «díjole»). De este modo, en los escasos veinte años que dura la elaboración de la Crónica, observamos a ojos vistas una de las más importantes evoluciones del español literario: la pérdida de las terminaciones agudas en consonante, que le asemejaban antes al francés, y la preferencia marcada por las terminaciones llanas en vocal, que le asemejaban al italiano. Otras muchas diferencias podrían observarse; por ejemplo la preposición pora que se ve en el primer fragmento, tiene ya en el segundo la forma moderna para. Por éste y otros casos se manifiesta cómo la lengua literaria evolucionaba, sobre todo en cuanto a la estructura de las palabras, más activamente en este primer período de su desarrollo que durante todos los sucesivos.

CRÓNICA GENERAL DE ESPAÑA

172. Dell imperio de Nero, et luego de los fechos que contecieron en el primer año de su regnado.

Luego que Claudio fue muerto, fincó[2] Nero, su yerno, por emperador de Roma et de todo ell[3] imperio; e avíe dizeocho años quando començó a regnar, e regnó dizitres[4] años et ocho meses...

Este Nero[5] era mesurado de cuerpo, ni muy grand ni muy pequeño, pero avíelo todo lleno de manziellas[6] et de mal olor; avíe los cabellos castaños et la cara fremosa más que de buen donario; no avíe el viso claro, ni veíe bien de los ojos; la cerviz avíe delgada et el vientre colgado, et las piernas muy delgadas. Seyendo niño aprisiera[7] todas las siet artes: et desque se partió daquel estudio, fue muy sotil en assacar de suyo cosas nuevas; assí que trobava muy de grado, et faziélo sin tod affán.[8] E fue de pintar muy maestro a maravilla et de fallar de nuevo[9] muchas estrañas pinturas.

Mostrósse por muy piadoso en el comienço del su imperio, diziendo que no regnava él por sí, mas por mandado de Claudio Augusto; et por ende no dava escusa ninguna de no seer franc et piadoso et compañón[10] a quiquier, ante lo era a todos. Los grandes pechos de que se agraviavan las tierras, todos los tollió et amenguó la mayor partida dellos. A todos los nobles senadores que eran venidos a pobreza, poníeles soldada señalada pora cad año porque pudiessen vevir onradamientre. Quando iudgavan alguno a muerte, yl dizién[11] que escriviesse el su nombre en la sentencia cuemo avíen costumbre de fazer los otros emperadores, dizíe: «¡Dios, quanto querría no saber letras ningunas!» E quando los senadores le dizién gracias por alguna cosa que les prometié, dizié él: «quando lo mereciere, me las daredes». Otrossí mando defender[12] por toda la cibdat que nol presentassen si no fruta et legumbres et estas cosas rafezes.[13]

E sabet que entre todas las otras cosas que ell emperador Nero aprisiera seyendo niño, aprisso ell arte de la música maravillosamientre; et de todas las cosas que los músicos provaron pora mantener las vozes et las aver más altas et más claras, numqua el dexó ninguna que las todas no prouasse et las no usasse cada dia;[14] ca muchas uezes tomava una grand tavla de plomo, et echávasse tendudo en tierra, et poníela sobre sus pechos, et suffríela allí muy grand pieça; e con sabor de cantar, alimpiava ell estómago más vezes et de más maneras que no conviníe; dexava de comer las maçanas et todos los otros manjares que empeecién a la voz.

Estava un dia cantando en el teatro, et tremió la tierra assoora,[15] et estremeciósse el teatro todo, de guisa que se espantaron todos quantos y estavan; mas tan grand sabor avíe el de cantar, que por todo el miedo non quedó fasta que ovo acabada su cantiga. E este desvergonçamiento de cantar en los teatros cuemo joglar fue él tomando poc a poco; ca luego en el comienço cantava encubiertamientre en los juegos que fazíe en su poridad con sus privados et con los joglares de su casa; e desí fuélo faziendo en los theatros ante las gentes; et vencié a todos los joglares de quantas maneras de joglería[16] ellos podien assacar.[17] E era omne que andava much a menudo en su carro por tal que lo catassen las gentes. E nol cumplie de usar destas artes del cantar en la cibdat de Roma tan solamientre, ante lo fazie muchas veces en los puertos de Achaya et en todas las cibdades o[18] avién en costumbre de trobar et cantar a porfía. Los maestros del canto et de los estrumentos avién establecido entre sí, por fazer plazer a Nero, del enviar todas las coronas et las cantigas de los que vencién et eran coronados por ende; et enviávangelas todavía;[19] e él recibielas tan de grado, que fazíe por ellas mucha onra a los mandaderos que gelas traíen, de guisa que les fazíe comer antéll, en logares que no estaua otro sino él et aquellos que eran muy sus privados.

Mientre él cantaba en el theatro, no era ninguno osado de se partir ende, ni ir a ningún logar por cosa[20] que mester le fuesse; e tanto durava i et tan affincadamientre lo fazíe, que alguno de los que estavan i veyéndolo, tan enojados eran de lo oir et de loallo con miedo, que por razón que estavan cerradas las puertas de los castiellos o de las villas, dexávanse despeñar a furto[21] por los adarves a dentro, et dellos[22] faziense muertos por tal que los levassen ende. E viniendo una vez de Grecia a Roma, entró en la cibdat en aquel carro mismo en que Octaviano Augusto venciera sus batallas,[23] et traienlo cavallos blancos, et él vistíe unos paños de pórpola lavrados a[24] estrellas doro, et traie en la cabeça una corona tal cuemo la dell ídolo de Júpiter, e otra en la mano diestra cuemo la de Phyton,[25] et ivan antél grandes compañas de joglares cantando las cantigas et diziendo las fablas de que los él venciera, et contando los logares en que contesciera cada una cosa; e ivan de pos él muchas gentes faziendo muy grandes alegrías; e los cavalleros et los nobles omnes llamávanlo el su vencedor, et fazienle derramar açafrán por las carreras; et yendo él sobrello much a passo, fazienle sacrificios de muchas naturas. E fazie pintar todas sus imágenes a manera de joglar, tañiendo cítolas et otros estrumentos. Et por quel porfazó[26] dello un joglar una vez, firiólo muy mal.

E tan grand estudio poníe en guardar la voz, cuemo uos de suso dixiémos,[27] que por tal de la guardar, cuando avié de llamar algun cavallero, otri lo llamava por él, et lo quel avié a dezir, diziégelo muy quedo. E en el logar de los juegos numqua fazié ninguna cosa a menos de[28] seer í el maestro de las vozes quel castigasse cuemo fiziesse et que no quexasse mucho las venas.

A muchos prometíe su amor porque lo loavan mucho: a algunos prometiógelo cuemo por encubierta, porque lo no loavan tanto como él querie.

Luego de comienço fué glotón et de gran luxuria et muy cobdicioso, mas ívalo començando poc a poco et encubiertamientre, así que cuydavan los omnes que lo fazié con yerro de mancebía; mas desque lo fué usando, bien semejava que avie de natura todos aquellos malos vicios...

178. De lo que conteció en ell año catorzeno.

... E quando Nero oyó aquestas nuevas de cuemo las Españas eran alçadas et Galba con ellas, tóvosse por muerto, et desmayó tanto, que allí perdió toda esperança de bien, assí que yógo[29] por muerto una grand pieça sin fablar; et desque acordó,[30] rompió sus paños et firióse mucho en la cabeça, llamando: «¡Mesquino, ¿qué será de mí?»

E sabet que ante que Nero muriesse, vió algunas señales de su muerte, assí que soñó una noche que andava sobre mar governando una nave, et falleciól el governage,[31] et levávalo su mugier, que era ya muerta, a unas tiniebras much estrechas, et cubríesse todo de formigas aladas; e otrossí abriósse una uez un luziello[32] por si mismo, et salió ende una grand uoz que lo llamó por su nombre.

Estando Nero en Roma en esta cueyta, llegól mandado de cuemol desampararan todas las otras huestes que eran por las otras tierras. Et los mandaderos diéronle las cartas a la tabla o seíe[33] yantando; et con pesar que ovo, trastornó la mesa, et dos vasos que teníe muy preciados, quebrantólos. Et tomó yaquanto[34] de poçón et encerrólo en una buxeta.[35] Et envió algunos de sus afforrados,[36] daquellos en que se él mas fiava, a la cibdad de Ostia a guisar una nave en que fuxiesse. E desí cometió[37] en poridat a alguno de los tribunos et de los centuriones si queríen foyr con él. Et los unos nol queríen responder, et ivan su vía; los otros dizienle descubiertamientre que no queríen; de guisa que uno dixo a muy grandes vozes:[38] «¿Fasta quando nos durará esta mesquindat que es peor que muerte?»

Començó a pensar Nero en muchas guisas por tal de no aver a obedecer a Galba, et asmó si saldríe al mercado de la cipdat, et que se parasse en medio de tod el común, et pidiesse mercet a todos quel perdonassen los males que fiziera fasta entonce; mas ovo miedo que si allá saliesse, ante que al mercado llegasse, seríe todo despeçado; et por ende dexó este cuidar fasta otro dia, et echósse a dormir. A la media noche despertó, et envió mandaderos por todas las casas de sus amigos, que los despertassen et les dixiessen que les rogava que viniessen fasta él. Et ni vinieron los amigos, ni tornaron los mandaderos. E quando el vió aquesto, levantósse, et tomósse[39] con muy pocos, et fué a todas las casas de sus amigos; et nol quiso abrir ninguno; et con grand cueyta tornósse pora su casa, et no falló í ninguno de todas sus guardas, ca fuxieran todos; ca assí cuemo él non se fiava en ninguno, otrossí ninguno non se fiava en él. E los en qui él más se fiava eran dos viles omnes; ell uno avié nombre Nimphidio, et ell otro Gemellio; et estos aborrecieran ya las sus crueldades, et por que veíen que matara muchos de sus amigos, tovieron que assí faríe a ellos; et por ende atoviéronse al consejo de los que lo queríen matar, et desamparáronlo.

E quando Nero se vió assí desamparado de todos, andó por sus palacios buscando alguno que lo matasse et no falló. Entonce dixo: «¿Ni é yo amigo, ni enemigo?» Et assí cuemo estava, descalço et en saya, fué corriendo quanto pudo por se echar en el rio de Tibre; mas desque llegó allá, repintiósse; et assí cuemo fué, assí se tornó apriessa, pensando de buscar algún logar ascondido en que assessegasse[40] so coraçón. E vistiósse otra vestidura sobre la saya, et cubrió la cabeça et puso un alquiná[41] ante la cara; et assí descalço como estava, cavalgó en su cavallo, et quatro compañones con él tan solamiente. Et desque llegó al logar o queríe ir, que es a una legua et a un migero de la villa, arrendó so cavallo en una espessura a unas çarças et a unos árvoles; et él fuesse a pie por un sendero que se desviava a una casiella que estava í escondida en muy fuerte logar et much esquivo.[42] Et tanto era el sendero áspero[43] de andar et lleno de çarças, que se ovo a despojar aquella vestidura que vistie et a echarla tenduda sobre los çarçales, porque estava descalço, et a andar sobrella de pies et de manos; et rompiósse toda la vestidura; et llegó él a aquella casiella a grand pena,[44] andando por cuevas e por peñas. E cuemo vinié cansado, echósse a dormir en un lecho muy pobreziello que í estava duna cócedra pequeña et cubierto dun paño viejo et roto.

Otro dia mañana, los que vinieran con él consejávanle que se fuesse et no suffriese tanto porfazo;[45] mas él tenie en coraçón de se matar, et mandó fazer allí ante sí una fuessa a medida de su cuerpo; et desque fué fecha, mandó traer agua con que lo bañassen et fuego con que lo quemassen. E estava Nero llorando et faziendo llanto de quantos males le contescíen, et dizíe: «¡Ay que sotil maestro se pierde oy en mí!» E él tardando en aquesto, vino de Roma un mandadero a aquel logar, quel dixo que todo el senado de Roma lo avíen dado por juizio por enemigo de los romanos, el[46] mandavan buscar pora matallo. E quando él oyó aquesto, fue much espantado, et dos cuchiellos que troxiera consigo, sacólos et començó a catar qual era más agudo; et desí tornólos en sus vainas diziendo que aun no era venida la ora de la su muerte. A las vezes castigava a aquellos sus compañeros que llorassen et fiziessen llanto por él; a las vezes quel dixiessen exiemplos dalgunos que se mataran, por tal de avivalle el coraçón que se pudiesse él matar; a oras denostava la su pereza.

E éll estando en esto, ívanse ya llegando a aquel logar los cavalleros que enviaran depós él los romanos que lo prisiessen et lo levassen vivo. E tanto que lo él sintió, sacó ell un cuchiello et metiósselo por el coraçón, con ayuda pero dell uno de los que í estavan, que primió el cuchiello. E en muriendo, tenie los ojos torvados[47] et tan feos que se espantavan quantos lo veíen. E desta guisa murió Nero ell emperador, seyendo en edat de treinta et dos años; acabósse en él et fue desfecha et destroída toda la compaña de César Augusto, de cuyo linage él descendíe.

1084. Capítulo de commo Garçi Pérez de Vargas tornó por la cofia a aquel logar ó se le cayera.

Otro dia depués que el rey don Fernando fué a posar a Tablada,[48] mandó a los cavalleros de su mesnada que fuesen guardar los erveros.[49]

Garçi Pérez de Vargas, et otro cavallero que avíe a ir con ellos, detoviéronse en el real et non salieron tan aína commo los otros; et en yendo[50] en pos ellos, vieron ante sí, por ó avien a pasar en el camino, ssiete cavalleros de moros. Et dixo el cavallero a Garçi Pérez: «Tornémosnos; non somos más de dos.» Et Garçi Pérez dixo: «Non lo fagamos; mas vayamos por nuestro camino derecho, ca nos non atendrán.» Et el cavallero dixo que lo non quería fazer: ca lo tenía por locura si dos cavalleros, que ellos eran, fuesen cometer[51] de pasar por do estavan siete: et fuese aderredor del real, por non ser conosçido, fasta que fué en su posada.

El real do estava la tienda del rey era un poco en altura, et por o ellos ivan era llano; et el rey don Fernando óvolo a ojo, et los que con él estauan, et vió de commo se tornava el un cavallero et que fuera el otro en su cabo:[52] otrosí vió aquellos siete cavalleros de moros commo le estauan delante, teniéndol el camino por do él avie a pasar: et mandó quel fuesen acorrer. Don Llorenço Suárez que estaba í con el rey, que avíe visto a Garçi Pérez quando saliera del real, et conosçiól en las armas et sabíe que él era, dixo al rey: «Señor, déxenle, que aquel cavallero, que fincó en su cabo con aquellos moros, es Garçi Pérez de Bargas, et para tantos commo ellos son non a mester ayuda; et si los moros lo conosçieren en las armas, non lo osarán cometer, et sil cometieren, vos veredes oy las maravillas que él fará.»

Garçi Pérez tomó las armas quel traye su escudero, et mandól que se parase en pos él et que se non moviese a ninguna parte, sinon así commo él fuesse que así fuese él en pos[53] él. Et en alazando la capellina, cayósele la cofia en tierra, et non la vió; et endereçó por su camino derecho, et su escudero en pos él. Los moros connosçiéronle en las armas commo era Garçi Pérez, ca muchas vezes gelas vieran traer et bien las conosçién, et nol osaron cometer; mas fueron a par dél, de la una parte et de la otra, faziéndol cadamañas et sus abrochamientos[54] una grant pieça; et quando vieron que se non bolvíe a ninguna parte nin se queríe desviar por cosa que ellos feziesen, sinon que todavía iva por su camino derecho, tornáronsse et fuéronse a parar[55] en aquel logar ó se le cayó la cofia.

Quando Garçi Pérez se vió desenbargado de aquellos moros, dió las armas a su escudero; et quando desenlazó la capellina et non falló su cofia, preguntó al escudero por ella; et el escudero le dixo que non gela diera. Et desque fué cierto que se le avíe caido, tomó sus armas quel avíe ya dadas, et díxol que pasase en pos él et que toviese ojo por la cofia allí ó se le cayera. Et el escudero, quando vió que se queríe tornar por ella, díxol: «¡Commo, don García, por una cofia vos queredes tornar a tan grant peligro? et non tenedes que estades bien, quando tan sin daño vos partiestes de aquellos moros, sseyendo ellos siete cavalleros et vos uno solo, et queredes tornar a ellos por una cofia?» Et Garçi Pérez le dixo: «Non me fables en ello, ca bien veyes que non he cabeça para andar sin cofia»; et esto dezíe él porque era muy calvo, que non tenié cabellos de la meitad de la cabeça adelante; et tornóse para aquel logar do ante tomara las armas.

Don Llorenço Suárez quando lo vió tornar, dixo al rey: «¿Vedes commo torna a los moros Garçi Pérez, quando vió que los moros nol queríen cometer? agora va él cometer a ellos; agora veredes las maravillas que él fara, que vos yo dezía, sil osaren atender.»

Los moros quando vieron tornar a Garçi Pérez contra ellos, tovieron que se queríe conbater con ellos, et fuéronse ende acogiendo, que non se detovieron í más.

Quando Llorenço Suárez vió a los moros commo se acogién ante Garçi Pérez, que nol osaron atender, dixo al rey: «Sseñor, ¿vedes lo que vos yo dezía que nol osaríen atender aquellos siete cavalleros de moros a Garçi Pérez en su cabo?[56] Sabet, señor, quel connosçieron; catadlos commo se van acogiendo antél, que nol osan atender. Yo so Llorenço Suárez,[57] que conosco bien los buenos cavalleros desta hueste quales son».

Garçi Pérez llegó a aquel logar do se le cayera la cofia et fallóla í, et mandó a su escudero desçender por ella: et tomóla et sacodióla et diógela; et púsosela en la cabeça, et fuese ende para do andavan los erveros.

Quando los que fueron guardar los erveros se tornaron para el real, preguntó don Llorenço Suárez a Garçi Pérez, ante el rey, quien fuera aquel cavallero que con él saliera del real. Et Garçi Pérez ovo ende grant enbargo, et pesól mucho porque don Llorenço Suárez gelo preguntara ante el rey, ca luego sopo que viera[58] el rey et don Llorenço Suárez lo que a él aquel día oviera contesçido; et él era tal omne et auíe tal manera que nol plazíe quando le retraíen[59] algun buen fecho que él feziese; pero con grant vergüença ovo a dezir que nol conosçíe nin sabíe quien fuera. Et don Llorenço Suárez ge lo preguntó después muchas vezes, quien fuera aquel cavallero, et siempre le dixo que nol conosçíe, et nunca dél lo podieron saber, pero que lo conosçía él muy bien et lo veíe cada dia en casa del rey: mas non queríe que el cavallero perdiese por él su buena fama que ante avíe, ante defendió al su escudero que por los ojos de la cabeça[60] non dixiese que lo conosçía; et el escudero así lo fizo, que nunca lo quiso dezir pero que gelo preguntaron después muchas vezes.

NOTAS

[1] Véase A. G. Solalinde, en la Revista de Filología Española, II, 1915, págs. 283-288.

[2] Fincar tenía en la Edad Media los significados varios que después asumió el verbo «quedar».

[3] La forma del artículo ell por el, usada más generalmente ante vocal, abunda mucho en todas las obras de Alfonso X.

[4] Dizitres por ‘trece’ (hoy en algunas regiones se usan «diez y dos», «diez y tres», o formas análogas); compárese el dizeocho precedente, para la reducción de diez a diz en posición proclítica.

[5] Aun en el siglo XVI era forma corriente Nero en vez de Nerón; aquélla deriva del nominativo latino, y ésta, del acusativo.

[6] Suetonio, Nero, 51, dice: «corpore maculoso et faetido, subflavo capillo»...

[7] El verbo aprender hacía su perfecto yo aprise, tu aprisiste, él apriso.

[8] Sin todo afán, ‘sin ningún trabajo’; en frases negativas se empleaban indefinidos positivos en vez de los negativos: «nin todos los del vando», ‘ni ninguno de los del bando’. Véase Mio Cid, pág. 37529.

[9] Fallar de nuevo, ‘idear, inventar’.

[10] Compañón, ‘compañero’ en un sentido adjetivo de ‘afable’. Suetonio, Nero, 10, «neque liberalitatis neque clementiae, ne comitatis quidem exhibendae ullam occasionem omisit».

[11] El imperfecto (y tiempos afines) terminaba alguna vez en ía (sobre todo la primera persona, véase unas líneas más abajo querría); pero en general terminaba en ie, con el acento ora en la i, ora en la e.

[12] Defender, ‘prohibir’.

[13] Rafez, ‘rahez’, ‘de poco valor’.

[14] El pronombre enclítico se podía separar del verbo a que se refiere, interponiéndose entre ambos otras partes de la oración. Hoy habría que poner el enclítico inmediato al verbo, ordenándo así: «que no las probase todas y no las usase». Véase Mio Cid, p. 40924.

[15] Assoora, ‘de súbito’; compárese igual sentido que tiene hoy «a deshora». Suetonio, 20, usa el adverbio «repente».

[16] Joglería, o juglaría, es el arte del juglar.

[17] Assacar, ‘inventar’.

[18] Las formas o y do se usaban indistintamente por onde, donde.

[19] Todavía, ‘siempre’, acepción primitiva, de la cual se pasó a la moderna de ‘aun’. Compárese el francés «toujours» que reúne los dos significados de ‘siempre’ y de ‘aun, en este momento’ (j’ai toujours ma migraine).

[20] Cosa se usaba mucho en expresiones indefinidas negativas, donde hoy se emplea «nada». «Non se podían los moros por cosa defender.» Fernán González, 195. El uso duraba en la época clásica: Garcilaso, en la Egloga II, escribe: «No t’aconsejo yo, ni digo cosa Para que devas tú por ella darme Respuesta tan azeda i tan odiosa», y Tirso, en Marta la Piadosa, II, «no te diré cosa ya». El uso subsiste en alguna expresión moderna, como «no vale cosa».

[21] A hurto, ‘a hurtadillas’, ‘escondidamente’.

[22] Dellos, genitivo partitivo ‘algunos de ellos’. Véase Mio Cid, pág. 33527.

[23] Los traductores que empleaba Alfonso el Sabio para sus obras, no siempre traducen exactamente, ni mucho menos. Aquí, por desconocimiento de las antigüedades romanas, traducen el «triumphare», neutro, como activo. Suetonio, Nero, 25, dice: «eo curru, quo Augustus olim triumphaverat, et in veste purpurea...»

[24] La preposición a indica el modo del adorno; así escribe don Juan Manuel «el paño era començado..., et díxol a qué figuras et a qué labores lo començaban de fazer». Véase Mio Cid, página 37739.

[25] Otro ejemplo de mala inteligencia del texto latino. Suetonio, Nero, 25, escribe: «coronamque capite gerens Olympiacam, dextra manu Pythiam, praeeunte pompa ceterarum cum titulis, ubi et quos quo cantionum quove fabularum argumento vicisset».

[26] Porfazar, ‘murmurar, censurar’. En otro pasaje, de la misma Crónica, se lee: «e daquí se levantó grand mormorio entre los romanos, que porfazavan de Cristo et echavan la culpa deste destruimiento a la cristiandat, que dizíen que les no iva assí mal en el tiempo que aoravan los ídolos».

[27] Otro ejemplo de interpolación de palabras entre el enclítico y el verbo: ‘como arriba os dijimos’.

[28] A menos de, ‘sin’, expresión usual aun en la época clásica. Suetonio, Nero, 25: «nisi astante phonasco, qui moneret parceret arteriis ac sudarium ad os applicaret».

[29] El verbo yazer hacía su perfecto, yo yógue, tu yoguiste, él yógo.

[30] Acordar, como recordar, significaba ‘despertar’.

[31] Governage, como gobernalle, ‘timón’; ‘le faltó el timón’.

[32] Este lucillo o sepulcro es el Mausoleo. Suetonio, Nero, 46 «De Mausoleo, sponte foribus patefactis, exaudita vox est nomine eum cientis».

[33] Seer, derivado de sedere, significaba ‘estar sentado’; la tabla o seíe ‘la mesa a que estaba sentado’.

[34] Yaquanto era un indefinido que significaba ‘algo’, esto es: ‘tomó un poco de veneno’.

[35] Buxeta ‘bujeta, cajita, pomo’; Suetonio, Nero. 48: «sumpto... veneno et in auream pyxiden condito».

[36] Suetonio: «praemissis libertorum fidissimis Ostiam ad classem praeparandam».

[37] Cometer, ‘proponer’; véase Mio Cid, pág. 5835.

[38] Las frases adverbiales a voces, a priessa, hoy tienden a petrificarse, pero antes admitían toda clase de adjetivos calificativos del sustantivo: a altas voces, a grant priessa, véase Mio Cid, pág. 37316.

[39] Los verbos sinónimos tomar, coger, prender, se usaban en forma reflexiva, con el significado de ‘irse’, y «prísose con sus omnes» significa ‘se reunió con su gente, se fué con ellos’. Hoy se conserva el mismo giro en la frase metafórica tomarse con uno, ‘reñir con uno’.

[40] Assessegar, hoy ‘asosegar’.

[41] Alquiná o alquinal, voz de origen árabe, que significa ‘toca, pañuelo’.

[42] Era frecuente, cuando un sustantivo llevaba dos adjetivos, que uno de éstos fuese antepuesto y otro pospuesto, «buena imaginación e fuerte» (véase Mio Cid, pág. 41525).

[43] Muy a menudo el adverbio de cantidad iba separado del adjetivo a que se refiere, interponiéndose entre ambos el verbo y otras voces: «mucho fué alegre», «tanto es limpia», véase Mio Cid, pág. 41826.

[44] A grand pena, ‘con gran trabajo’.

[45] Porfazo, ‘humillación, afrenta’. Véase [pág. 16], [nota 26].

[46] El es la conjunción, unida al pronombre enclítico apocopado ‘y le’.

[47] No es ‘turbado’, sino ‘torvo, espantoso, airado’.

[48] San Fernando, para asegurar el asedio de Sevilla, se estableció en Tablada, rodeando su campamento de un gran foso.

[49] ‘Herberos’ o ‘forrajeadores’.

[50] El gerundio con en, formando una oración incidental temporal, era muy usado antiguamente.

[51] Cometer, significaba no sólo ‘acometer’, sino también ‘intentar’.

[52] En su cabo ‘por sí solo’, ‘solo’; se decía vevir en so cabo ‘vivir aparte o solo’; comp. unas líneas más abajo fincó en su cabo, ‘quedó solo’.

[53] Nótese en este ejemplo el uso extremamente inhábil y anfibológico del pronombre él; una vez se refiere al escudero y otra a Garci Pérez, produciéndose confusión al mismo tiempo que cacofonía. Comp., [pág. 32], [nota 67].

[54] Dos voces que me son desconocidas, y que sólo el contexto puede explicar.

[55] Pararse significa ‘ponerse, situarse’; «a la puerta se paravan», véase Mio Cid, pág. 78510.

[56] En su cabo, ‘solo’, según se dijo arriba. [pág. 23], [nota 52].

[57] Yo so, etc., es un grito de satisfacción de don Lorenzo, semejante al grito de guerra que daba el señor para animar a los vasallos, afirmando su personalidad: «Yo so el rey de Castilla, que cobdicié este día», Poema de Alfonso XI, 1678; «Yo so Ruy Díaz, mio Çid el de Bivar», etc.

[58] Aunque el sujeto del verbo es doble, como va pospuesto, el verbo puede ir en singular: «dixo Raquel e Vidas», véase Mio Cid, pág. 36232.

[59] Retraer, ‘referir, contar’. «Por ont siempre sepades retraer e contar Quanto puede a omne la buena fe prestar», Berceo, San Millán, 199; «Fué por toda la tierra aína retrahido Que era el sant omne desti sieglo transsido», San Millán, 322.

[60] Por los ojos de la cabeça, como si dijese ‘por su vida’, ‘pena la vida’. Alude a la pena de ceguera que se usaba mucho en la antigua Edad Media, aunque ya no era corriente en la época de Alfonso X; era la pena inmediata, en gravedad, a la pena capital. También se decía «por los ojos de la cara», o «de la faz». Véase Mio Cid, pág. 77227.


DON JUAN MANUEL
(1282-1348)


Don Juan, hijo del infante don Manuel, se nos presenta como continuador de las tradiciones literarias fomentadas por su tío Alfonso el Sabio. Don Juan empezó a escribir movido de la admiración que en él despertaban las obras de Alfonso; tanto, que su primera producción es un modesto resumen de la Crónica General de España, hecho hacia 1320. En el prólogo de este resumen pondera don Juan el estilo claro, elegante y, sobre todo, conciso, que el Rey Sabio empleaba: «Et púsolo todo complido e por muy apuestas razones e en las menos palabras que se podía poner.»

Procurando emular estas dotes del rey su tío, llegó don Juan a superar a su modelo. Con segura satisfacción del éxito logrado, escribía el autor, hacia 1330, esta crítica de su estilo propio: «Sabed que todas las razones son dichas por muy buenas palabras et por los mas fermosos latines que yo nunca oi decir en libro que fuese fecho en romance; et poniendo declaradamente complida la razón que quiere decir, pónelo en las menos palabras que pueden seer»[61].

La sobriedad era su preocupación, según puede observarse en su obra maestra El libro de Patronio o el Conde Lucanor (primera parte, escrita entre 1328 y 1332). Este libro es una colección de cuentos tradicionales, así que varios de ellos se encuentran a la vez referidos en otros autores; y si comparamos los de don Juan con los del Arcipreste de Hita (que escribió unos diez años después), observamos un marcado contraste entre la juguetona y verbosa animación del Arcipreste y la mesurada compostura del estilo de don Juan Manuel. Atento éste principalmente a acumular en la frase trabazón lógica y fuerza didáctica, se detiene en desarrollar los sentimientos que pone en juego, se esmera en preparar las situaciones a que la narración conduce; pero, en cambio, mira con manifiesto desvío la ornamentación externa del relato. Tanto propende a no apartarse de la narración seguida, que, a pesar de su fin didáctico, ni siquiera se entretiene en intercalar un discurso sentencioso o una máxima; deja, por lo común, que la moralidad se desprenda del fluir de la acción, y sólo le da una forma aforística al final de cada cuento. No obstante, aunque siempre en forma fugaz, no descuida dar viveza al relato; véase, por ejemplo, la rápida pero feliz descripción de la bajada al subterráneo de don Illán, en el primer cuento que aquí se inserta.

En multitud de rasgos el lenguaje de don Juan Manuel se parece al de la segunda parte de la Crónica General; en ambos textos se ven los mismos defectos de la época arcaica, tales como la gran inhabilidad que revela el abuso del pronombre él ([pág. 32], [nota 67]). Además, ni uno ni otro suelen emplear el diálogo; lo corriente es que el personaje principal hable en discurso directo, y el que contesta lo haga en forma indirecta, o sea en tercera persona. Pero, sin embargo, fácil es observar un gran progreso entre los dos autores. Don Juan construye el período en modos más variados que la Crónica, y a la ingenua viveza de ésta, sustituye una expresión más intencionada, que sabe lograr ya efectos muy variados, entre los que sobresale la ironía. En fin, por su mayor originalidad de composición, y por la serena y sencilla eficacia de su lenguaje, don Juan se nos muestra indisputablemente como un estilista muy superior[62].

LIBRO DE PATRONIO
O DEL CONDE LUCANOR

Enxienplo xi.—Delo que contesçio a un deán de Santiago con Don Illán, el grand maestro de Toledo.

Otro dia fablava el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et contaval su fazienda en esta guisa: «Patronio, un omne vino a me rogar[63] quel ayudasse en un fecho que avía mester mi ayuda, et prometióme que faría por mí todas las cosas que fuessen mi pro et mi onra, et yo començel a ayudar quanto pude en aquel fecho; et ante que el pleito fuesse acabado, teniendo[64] él ya que su pleito era librado, acaesçió una cosa en que cunplía que la fiziesse por mí et él púsome escusa; et después acaesçió otra cosa que pudiera fazer por mí et púsome escusa commo a la otra; et esto me fizo en todo lo quel rogué que fiziesse por mí. Et aquel fecho por que él me rogo non es aun librado, nin se librará si yo non quisiere; et por la fiuza que yo he en vos et en el vuestro entendimiento, ruégovos que me consejedes lo que faga en esto.»

«Señor conde», dixo Patronio, «para que vos fagades en esto lo que devedes, mucho querría que sopiésedes[65] lo que contesçió a un deán de Santiago con Don Illán, el grand maestro que morava en Toledo».

Et el conde le preguntó commo fuera aquello.

«Señor conde», dixo Patronio, «en Santiago avía un deán que avía muy grant talante de saber el arte dela nigromançía, et oyó dezir que don Illán de Toledo sabía ende más que ninguno que fuesse en aquella sazón et por ende vínose para Toledo para aprender de aquella sçiencia».

«Et el dia que llegó a Toledo endereçó luego a casa de Don Illán et fallólo que estava leyendo en una cámara muy apartada. Et luego que llegó a él, recibiólo muy bien, et díxol que non quería quel dixiesse ninguna cosa de lo por que venía fasta que oviese comido. Et pensó[66] muy bien dél et fizol dar muy buenas posadas et todo lo que ovo mester, et diól a entender quel plazía mucho con su venida».

«Et después que ovieron comido, apartósse con él[67] et contól la razón por que allí viniera, et rogól muy affincadamente quel mostrasse aquella sçiençia que él auia muy grant talante de la aprender. Et Don Illán díxol que él era deán et omne de grant guisa[68] et que podría llegar a grant estado, et los omnes que grant estado tienen, de que todo lo suyo an librado a su voluntad, olbidan mucho aína lo que otre a fecho por ellos; et él que se reçelava que de que él[67] oviesse apprendido dél aquello que él quería saber, que[69] non le faría tanto bien commo él le prometía. Et el deán le prometió et le asseguró que qualquier bien que él oviesse que nunca faría sinon lo que él mandasse; et en estas fablas estudieron desque ovieron yantado fasta que fué ora de çena. Et de que su pleito fue bien assossegado[70] entre ellos, díxo Don Illán al deán que aquella sciençia non se podía aprender sinon en lugar mucho apartado, et que luego essa noche le queria amostrar do avían de estar, fasta que oviesse apprendido aquello que él quería saber. Et tomól por la mano et levól a una cámara; et en apartándose de la otra gente, llamó a una mançeba de su casa et díxol que toviesse perdizes para que çenassen aquella noche, mas que non las pusiessen a assar fasta que él gelo mandasse.»

«Et desque esto ovo dicho, llamó al deán, et entraron entramos por una escalera de piedra muy bien labrada, et fueron descendiendo por ella muy gran pieça, en guisa que paresçia que estavan tan vaxos que passava el rio de Tajo por çima dellos. Et desque fueron en cabo del escalera, fallaron una possada muy buena, et una cámara mucho apuesta que y avia, ó estavan los libros et el estudio en que avía de leer.»

«De que se assentaron, estavan parando mientes en quales libros avian de començar; et estando ellos en esto, entraron dos omnes por la puerta, et diéronle[71] una carta quel enviava el arçobispo su tio, en quel fazía saber que estava muy mal doliente, et quel enviava rogar que sil quería veer vivo, que se fuesse luego para él. Al deán pesó mucho con estas nuebas, lo uno por la dolençia de su tio, et lo al por que reçeló que avía de dexar su estudio que avía començado. Pero puso en su coraçon[72] de non dexar aquel estudio tan aína, et fizo sos cartas de repuesta et enviólas al arçobispo su tio.»

«Et dende a tres o quatro dias llegaron otros omnes a pie que traían otras cartas al deán, en quel fazían saber que el arçobispo era finado,[73] et que estavan todos los de la eglesia en su eslección, et que fiavan por la merçed de Dios que eslerían[74] a él. Et por esta razon que non se quexasse de ir a la eglesia, ca mejor era para él en quel esleyessen seyendo en otra parte que non estando en la eglesia.»

«Et dende a cabo de siete o de ocho dias, vinieron dos escuderos muy bien vestidos et muy bien aparejados, et quando llegaron a él, vesáronle la mano et mostráronle las cartas en commo le avían esleido por arçobispo. Et quando Don Illán esto oyó, fue al electo et díxol commo gradesçía mucho a Dios por que estas buenas nuevas le llegaran a su casa; et pues Dios tanto bien le fiziera, quel pedía por merçed que el deanasgo, que fincava vagado,[75] que lo diesse a un su fijo. Et el electo díxol quel rogava quel quisiesse consentir que aquel deanadgo que lo oviesse un su hermano, mas que él le faría bien en la iglesia en guisa que él fuesse pagado, et quel rogava que fuesse con él para Santiago et que levasse con él aquel su fijo. Et Don Illán díxo que lo faría.»

«Et fuéronse para Santiago; et quando í llegaron, fueron muy bien reçebidos et mucho onradamente. Et desque moraron í un tienpo, un día llegaron al arçobispo mandaderos del papa con sos cartas en cómmol dava el obispado de Tolosa et quel fazía graçia que pudiesse dar el arçobispado a qui quisiesse. Quando Don Illán oyó esto, retrayéndol[76] mucho affincadamente lo que con él avía passado,[77] pidiól merçed que lo diesse a su fijo. Et el arçobispo le rogó que consentiesse que lo oviesse un su tio, hermano de su padre. Et Don Illán díxo que bien entendíe quel fazía grand tuerto, pero que esto que lo consintía en tal[78] que fuesse seguro que gelo emendaría adelante. Et el arçobispo le prometió en toda guisa que lo faría assí, et rogól que fuesse con él a Tolosa et que levasse su fijo.»

«Et desque llegaron a Tolosa, fueron muy bien reçebidos de condes et de quantos omnes buenos avía en la tierra. Et desque ovieron í morado fasta dos años, llegáronle mandaderos del papa con sos cartas en commo le fazía el papa cardenal, et quel fazía graçia que diesse el obispado de Tolosa a qui quisiesse. Entonçe fué a él Don Illán et díxol que pues tantas vezes le avía fallesçido[79] de lo que con él pusiera, que ya aquí non avía logar del poner escusa ninguna que non diesse alguna de aquellas dignidades a su fijo. Et el cardenal rogól que consentiese que oviesse aquel obispado un su tio hermano de su madre, que era omne bueno ançiano, mas que, pues él cardenal era, que se fuese con él para la corte que asaz avía en que le fazer bien. Et Don Illán quexósse ende mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, et fuesse con él para la corte.»

«Et desque í llegaron, fueron muy bien reçebidos de los cardenales et de quantos en la corte eran, et moraron y muy grand tienpo. Et Don Illán affincando cada dia al cardenal quel fiziesse alguna graçia a su fijo, et él poníal sos escusas. Et estando assí en la corte, finó el papa; et todos los cardenales esleyeron aquel cardenal por papa. Estonçe fué a él Don Illán et díxol que ya non podía poner escusa de non conplir lo quel avía prometido. Et el papa le dixo que non lo affincasse tanto, que sienpre avría lugar en quel fiziesse merçed, segund fuesse razón. Et Don Illán se començó a quexar mucho retrayéndol quantas cossas le prometiera[80] et que nunca le avía conplido ninguna, et diziéndol que aquello reçelara él la primera vegada que con él fablara. Et pues aquel estado era llegado et nol cunplia lo quel prometiera, que ya non le fincava logar en que atendiesse dél bien ninguno. Deste affincamiento se quexó mucho el papa et començól a maltraer, diziendol que si más le affincasse, quel faría echar en una cárçel, que era ereje et encantador, et que bien sabía él que non avía otra vida nin otro offiçio en Toledo, do él morava, sinon bivir por aquella arte de nigromançía. Et desque Don Illán vió quanto mal le gualardonava el papa lo que por él avía fecho, espidióse dél; et solamente[81] nol quiso dar el papa qué comiese por el camino.»

«Estonçe don Illán dixo al papa que pues al non tenía de comer, que se avría de tornar a las perdizes que mandara assar aquella noche. Et llamó ala muger et díxol que assasse las perdizes. Et quando esto díxo don Illán, fallósse el papa en Toledo deán de Santiago, commo lo era quando í bino; et tan grand fué la verguença que ovo que non sopo quel dezir. Et don Illán díxol que fuesse en buena ventura, et que assaz avía provado lo que tenía en él, et que ternía por muy mal enpleado si comiesse su parte de las perdizes.»

«Et vos, señor conde Lucanor, pues veedes que tanto fazedes por aquel omne que vos demanda ayuda, et non vos da ende mejores graçias, tengo que non avedes por qué trabajar nin aventurarvos mucho por llegarlo[82] a logar que vos dé tal galardón commo el deán dió a don Illán.»

El conde tovo esto por buen consejo, et fízolo assí, et fallósse ende bien. Et por que entendió don Johan que era este muy buen exienplo, fízolo poner en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

Al que mucho ayudares   et non te lo conosçiere,[83]

menos ayuda abrás   desqu’en grand onra subiere.

Enxienplo xxxv.—De lo que contesçió a un mançebo que casó con una muger muy fuerte et muy brava.

Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio, et díxole: «Patronio, un mio criado me díxo quel traían cassamiento con una muger muy rica, et aun que es más onrada que él et que es el casamiento muy bueno para él, sinon por un enbargo que í ha; et el enbargo es éste: díxome quel dixeran que aquella muger que era la más fuerte et la más brava cosa del mundo. Et agora ruégovos que me consejedes si le mandaré que case con aquella muger, pues sabe de qual manera es, o sil mandaré que lo non faga.»

«Señor conde Lucanor», dixo Patronio, «si él fuer tal commo fué un fijo de un omne bueno que era moro, consejalde que case con ella; mas si non fuere tal, non gelo consejedes.» Et el conde le rogó quel dixiesse commo fuera aquello.

Patronio le dixo que en una villa avía un omne bueno que avía un fijo el mejor mançebo que podía ser, mas non era tan rico que pudiesse conplir tantos fechos et tan grandes commo el su coraçón le dava a entender que devía conplir; et por esto era él en grand cuydado, ca avía la buena voluntat et non avía el poder.

Et en aquella villa misma avía otro omne muy más onrado et más rico que su padre, et avía una fija et non más, et era muy contraria de aquel mançebo, ca quanto aquel mançebo avía de buenas maneras, tanto las avía aquella fija del omne bueno de malas et revesadas; et por ende omne del mundo non quería casar con aquel diablo.

Et aquel tan buen mançebo vino un dia a su padre et díxole que bien sabía que él non era tan rico que pudiesse darle con qué él pudiesse bevir a su onra, et que pues le convinía a fazer vida menguada et lazdrada o irse daquella tierra, que si él por bien tobiesse, quel parescía mejor seso de catar algun casamiento con que pudiesse aver alguna passada.[84] Et el padre le dixo quel plazía ende mucho si pudiesse fallar para él casamiento que le cunpliesse. Et entonçe le dixo el fijo que si él quisiesse, que podría guisar que aquel omne bueno, que avía aquella fija, que gela diesse para él. Et quando el padre esto oyó, fué muy maravillado et díxol que commo cuidava en tal cosa, que non avía omne que la conosçiesse que, por pobre que fuesse, quisiesse casar con ella. Et el fijo le dixo quel pidía por merçed quel guisasse aquel casamiento; et tanto lo afincó que commo quier que el padre lo tovo por estraño, que gelo otorgó. Et fuesse luego para aquel omne bueno, et amos eran mucho amigos, et díxol todo lo que passara con su fijo, et rogól que pues su fijo se atrevía a casar con su fija, quel plogiesse et gela diesse para él. Quando el omne bueno esto oyó a aquel su amigo, díxole: «Par Dios, amigo, si yo tal cosa fiziesse, seer vos ía muy falso amigo, ca vos avedes muy buen fijo, et ternía que fazía muy grand maldat si yo consintiesse su mal nin su muerte; casó çierto que si con mi fija casase, que sería muerto o le valdría mas la muerte que la vida. Et non entendades que vos digo esto por non conplir vuestro talante, ca si la quisiérdes, a mí mucho me plaze de la dar a vuestro fijo o a quien quier que me la saque de casa.» Et aquel su amigo le díxo quel gradesçía mucho quanto le dizía, et que pues su fijo quería aquel casamiento, quel rogava que le pluguiesse.

Et el casamiento se fizo, et levaron la novia a casa de su marido. Et los moros an por costunbre que adovan de cenar a los novios et pónenles la mesa et déxanlos en su casa, fasta otro día; et fiziéronlo aquellos assí; pero estavan los padres et las madres et los parientes del novio et dela novia con grand reçelo, cuidando que otro día fallarían el novio muerto o muy mal trecho.

Luego que ellos fincaron solos en casa, assentaronse a la mesa; et ante que ella ubiasse a dezir cosa, cató el novio enderredor de la mesa, et vió un perro, et díxol yaquanto bravamente: «Perro, danos agua a las manos»; et el perro non lo fizo; et encomençósse a ensañar, et díxol más bravamente que les diesse agua a las manos; et el perro non lo fizo. Et desque vió[85] que lo non fazía, levantóse muy sañudo de la mesa, et metió mano a la espada et endereçó al perro; et quando el perro lo vió venir contra sí, començó a foir, et él en pos dél saltando amos por la ropa et por la mesa et por el fuego, et tanto andudo en pos dél fasta que lo alcanzó et cortól la cabeça et las piernas et los braços et fízolo todo pedaços, et ensangrentó toda la casa et toda la mesa et la ropa.

Et assí muy sañudo et todo ensangrentado, tornóse a sentar a la mesa, et cató enderredor, et vió un gato, et díxol quel diesse agua a manos; et por que non lo fizo díxole: «¿Commo, don falso, traydor, non vistes lo que fiz al perro por que non quiso fazer lo quel mandé?; yo prometo a Dios que si poco nin más porfías, que esso mismo[86] faré a ti que al perro.» Et el gato non lo fizo, ca tan poco es su costunbre de dar agua a manos commo del perro; et por que non lo fizo, levantóse, et tomól por las piernas et dió con él a la pared, et fizo dél mas de çient pedaços, et mostrando muy mayor saña que contra el perro.

Et assí, bravo et sañudo et faziendo muy malos contenentes[87] tornóse a la mesa et cató a todas partes; et la muger quel vió esto fazer, tovo que estava loco o fuera de seso et non dezía nada. Et desque ovo catado a cada parte, vió un su cavallo que estava en casa[88] (et él non avia más de aquel) et díxol muy bravamente que les diesse agua a las manos; et el cavallo non lo fizo. Desque vió que lo non fizo, díxol: «¡Cómmo, don cavallo! ¿cuydades que por que non he otro cavallo, que por esso vos dexaré si non fizierdes lo que yo vos mandare? Yo juro a Dios que tan mala muerte vos dé commo a los otros; et non ha cosa viva en el mundo que non faga lo que yo mandare, que esso mismo non le faga». Et el cavallo estudo quedo; et desque vió que non fazía su mandado, fué a él et cortól la cabeça, et con la mayor saña que podría mostrar, despedaçólo todo.

Et quando la muger vió que matava el cavallo non aviendo otro, et que dizía que esto faría a quien quier que su mandado non cunpliesse, tovo que esto non se fazía ya por juego et ovo tan grand miedo que non sabía si era muerta o biva. Et él assi bravo et sañudo et ensangrentado, tornóse a la mesa, jurando que si mil cavallos et omnes et mugeres oviesse en casa quel saliessen de mandado, que todos serían muertos. Et asentósse, et cató a cada parte teniendo la espada sangrentada en el regaço; et desque cató a una parte et a otra et non vió cosa viva, bolvió los ojos contra su muger muy bravamente et díxol con grand saña, teniendo la espada en la mano: «Levantad vos et dat me agua a las manos.» Et la muger que non esperava otra cosa sinon quela despedaçaría toda, levantóse muy apriessa et diól agua a las manos; et díxole él: «¡Cómmo gradesco a Dios por que feziestes lo que vos mandé, ca de otra guisa, por el pesar que estos locos me fizieron, esso oviera fecho[89] a vos que a ellos!» Et despues mandól quel diesse de comer, et ella fízolo; et cada que él dezía alguna cosa, tan bravamente gelo dizía et en tal son, que ella ya cuidava que la cabeça era ida del polvo.

Et assi pasó el fecho entrellos aquella noche, que nunca ella fabló, mas fazía lo que él mandava. Et desque ovieron dormido una pieça, díxo él: «Con esta saña que ove esta noche, non pude bien dormir: catad que non me despierte cras ninguno et tened me bien adobado de comer.»

Et quando fue grand mañana,[90] los padres et las madres et los parientes llegáronse a la puerta, et por que non fablava ninguno, cuidaron que el novio estava muerto o ferido, et desque vieron por entre las puertas a la novia et non al novio cuidáronlo más. Et quando ella los vió a la puerta, llegó muy passo et con grand miedo et començóles a dezir: «Locos, traidores ¿qué fazedes e commo osades llegar a la puerta nin fablar?; callad, si non todos, tan bien vosotros commo yo, todos somos muertos.» Et quando todos esto oyeron, fueron muy maravillados, et desque sopieron commo passaron en uno, presçiaron mucho el mançebo que assí sopiera fazer lo quel cunplía, et castigar[91] tan bien su casa. Et daquel dia adelante fue aquella su muger muy bien mandada et obieron muy buena vida.

Et dende apocos dias su suegro quiso fazer assí commo fiziera su yerno, et por aquella manera mató un gallo et díxole su muger: «A la fe don fulán, tarde vos acordastes, ca ya non vos valdría nada si matassedes çient cavallos, que ante lo ovierades a començar, ca ya bien nos conosçemos.»

«Et vos, señor conde, si aquel vuestro criado quiere casar con tal muger, si fuere él tal commo aquel mançebo, consejalde que case seguramente, ca él sabrá como passe en su casa; mas si non fuere tal que entienda lo que deve fazer et lo quel cunple, dexadle que passe su ventura. Et aun conséjovos que con todos los omnes que ovierdes a fazer, que sienpre les dedes a entender en qual manera an de passar conbusco.»

Et el conde obo éste por buen consejo, et fízolo assí, et fallóse dello bien. Et por que Don Johan lo tovo por buen enxienplo, fízolo escrivir en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

Si al comienço non muestras qui eres,

nunca podrás después quando quisieres.

NOTAS

[61] Libro de los Estados 90º (pág. 335b de la Biblioteca de Autores Españoles, tomo LI). Los «fermosos latines», de que se alaba don Juan Manuel, no son «latinismos», como pudiera creerse, pues su lenguaje no es nada propenso al cultismo; la frase tiene un sentido más vago, quiere decir simplemente «expresiones elegantes».

[62] Para el lenguaje de don Juan Manuel, pueden verse: F. Dönne, Syntaktische Bemerkungen zu Don Juan Manuels Schriften, Jena, 1891, y S. Gräfenberg, Don Juan Manuel, El Libro del Cavallero et del Escudero, en Romanische Forschungen, VII, 1893, p. 523-549.

[63] Los pronombres enclíticos del infinitivo dependiente por medio de preposición, podían ir o con el verbo regente: tornólas a catar, o entre la preposición y el infinitivo, como se ve en el texto.

[64] Tener significa ‘pensar’, como en frases modernas: «tengo para mí que...»

[65] Debiera estar escrito sopiessedes; seguimos la ortografía del principal de los manuscritos conservados de las obras de Don Juan. Está escrito entre los siglos XIV y XV, y refleja la gran vacilación en el uso de la s y la ss que existía en muchas regiones de España. La imprenta vendrá a regularizar estas vacilaciones, y a seguir una ortografía más precisa, semejante a la de Alfonso el Sabio.

[66] Pensar de uno significaba ‘cuidar de él’; «e pensó dél», traduciendo el latín ‘et curam ejus egit’, Mio Cid, p. 79319. Análogo es el sentido del verbo en «pensar el caballo, pensar bien sus canes», etc., de donde se deriva el sustantivo pienso.

[67] Adviértase continuamente la ambigüedad en el uso del pronombre él, que notamos. Comp., [pág. 24], [nota 53]; [33], [nota 71]; [41], [nota 85].

[68] Guisa significaba, en general, ‘manera’, y aquí significa ‘manera de ser’ o ‘condición’. Se decía también «omne de alta guisa», por hombre de elevada posición social.

[69] Esta repetición de la conjunción que, fué corriente aun en él período clásico.

[70] Assossegar, ‘asentar, pactar’. El significado más corriente del verbo era ya entonces el moderno de ‘sosegar, calmar, pacificar’.

[71] Igual ambigüedad que respecto de él, puede notarse en el uso de la forma enclítica del pronombre.

[72] Poner significaba ‘convenir, concertar’, y poner en su coraçón significa literalmente ‘convenir consigo mismo’, es decir, ‘resolver, decidir’.

[73] Hasta el siglo XVII, el auxiliar usado con el participio de los verbos neutros o reflexivos, era ser en lugar de aver, así se decía «fué nacido, son llegados, ya eran idos, es levantado», junto a «lo avien fecho», etc. Véase Mio Cid, pág. 35913.

[74] También se decía esleirían. Es el verbo esleir forma popular, en vez de la moderna y culta elegir; se conjugaba como el moderno desleir, o con variantes propias de estos verbos con hiato.

[75] Esta forma vagar, que es la popular, fué sustituída por la culta vacar.

[76] Retraer, además de ‘referir, contar’, significaba ‘recordar, echar en cara’.

[77] Lo que con él avía passado, ‘lo que había tratado con él’, aludiendo a la promesa primera que el deán había hecho. En Cervantes hallamos: «entre los tres passaron un graciosissimo coloquio», Quijote, II, 2; ¿«qué coloquios pasó contigo»? I, 31, y después: «de lo que el cura y el barbero passaron con don Quixote cerca de su enfermedad», II, 1; siendo este último uso del verbo, igual al de don Juan Manuel, mal comprendido generalmente.

[78] En tal por ‘con tal’; así dicen todos los manuscritos de la obra.

[79] Esto es: ‘tantas veces le había faltado en lo que con él conviniera’. Comp. «que falleçríe en aquello que pussiera con ellos, e amenguaríe mucho de su prez e de su onrra», Crónica General, pág. 38 a, 9, y «nada non me compliste... ¿por qué me falesçiste», Fernán González, 545 d.

[80] ‘Le había prometido’; la forma verbal en ra conservó por mucho tiempo su valor etimológico de pluscuamperfecto.

[81] Solamente non ‘ni siquiera’. Usábase con igual sentido sol non: «sol non será pensado», Mio Cid, pág. 3928.

[82] Llegar por ‘hacer llegar, conducir’; «la merced que Dios le avía hecho en le llegar a tal estado», véase Mio Cid, pág. 7314; usual aun en el período clásico: «si Dios me llega a tener algo que de gouierno». Quijote, II, 5.

[83] Conoscer, como reconocer, significaba ‘agradecer’. De aquí el derivado más usual, desconocido, ‘desagradecido’.

[84] Passada es la ‘manera de vivir’; decimos hoy «un pasar». Así, Fr. Luis de Granada dice: «No pedimos superfluidades ni demasías, sino pan necessario y para de presente, y como una passada, pues no somos nacidos para perpetuarnos acá.»

[85] Nótese en todo este párrafo cómo, aunque se intercala varias veces un sujeto incidental (el perro), no se renueva después la mención del sujeto principal (el novio). Esta concisión sería hoy mirada como defectuosa.

[86] Esso mismo, o simplemente esso, significaba ‘lo mismo’, ‘igual’. Usábase aun en el período clásico: «como yo esté harto, esso me haze que sea de çanahorias que de perdizes», Quijote, II, 55; y «esso estima los palos que las vozes», Lope de Vega.

[87] Contenente, ‘gesto, ademán’. Hoy continente, significa más bien ‘compostura, aire del semblante o del cuerpo’.

[88] Había costumbre de albergar los caballos en la misma cámara donde las personas. La Crónica General nos dice en su capítulo 791: «et porque a aquella sazón era la guerra con los moros tan grand et tan cutiana, assí los cavalleros et los condes et aun los reis mismos paravan sus caballos dentro de sus palacios et aun, segund cuenta la estoria, dentro en sus cámaras o durmíen con sus mugieres, porque luego que oyessen ferir apellido, toviessen prestos sus cavallos et sus armas». Esta explicación, buscada en la guerra con los moros, es caprichosa; en otros países de Europa se conocía la misma costumbre.

[89] ‘Lo mismo hubiera hecho a vos’. Véase la [nota 86] de la [página 42].

[90] Grand mañana, ‘muy de mañana’ o simplemente ‘de mañana’. «Andidieron de noche, bien fasta los albores; Grant mañana por miedo de algunos pastores, Metiéronse en una cueva los traidores», Berceo, Santo Domingo, 434. Comp. fr. «de grand matin».

[91] Castigar, significaba simplemente ‘advertir’, ‘amonestar’ ‘ordenar’.


ALFONSO MARTÍNEZ DE TOLEDO
ARCIPRESTE DE TALAVERA
(1398.—Vivía aún en 1466)


Alfonso Martínez de Toledo escribió una historia de España que tituló Atalaya de Crónicas, y unas Vidas de San Isidoro y de San Ildefonso; la obra por la que fué y es más conocido es el libro que, según las ediciones antiguas, «tracta de vicios y virtudes, e reprobacion del loco amor, ansi de los hombres como de las mugeres, o segund algunos llamado Corbacho». Este nombre se le dió tomándolo de la sátira de Boccaccio contra las mujeres, pero Alfonso Martínez quiso que su libro quedase sin título alguno: «sin bautismo, sea por nombre llamado Arcipreste de Talavera donde quier que fuere levado». Lo acabó el año de 1438.

Este libro es importante en la historia de la prosa castellana por dos razones: representa de un modo especial una manera de estilo elegante que dominó en el siglo XV, y nos ofrece, por primera vez que sepamos, el habla popular tratada bajo una forma artística en prosa. En uno y otro aspecto ejerció marcada influencia; baste decir que en uno y otro, el autor de La Celestina es tributario conocido del Arcipreste de Talavera.

Dominaba entonces en el estilo trabajado una fuerte corriente de latinismo, la cual iba a menudo mezclada con italianismo, ya que desde el siglo anterior, autores italianos, como Boccaccio, por ejemplo, deslumbraban a nuestros escritores con una extraña elegancia de hipérbaton y léxico latinizantes. Este exotismo, que revestía formas muy crudas y exageradas, aparece templado en el Arcipreste de Talavera. El hipérbaton llega, es verdad, a casos extremos, como, por ejemplo, el de la separación del sustantivo y del adjetivo: «face la vista perder, e mengua el olor de las narices natural... el gusto de la boca pierde...; pues las potencias del ánima tres todas son turbadas»; pero esto es raro en nuestro autor. El rasgo que más abunda en él es la colocación del verbo al final de la frase: «non es muger que de sí muy avara non sea en dar, cavilosa en la mano alargar, temerosa en mucho emprestar, abondosa en cualquier cosa tomar, generosa en lo ageno dar...» También el cultismo propagaba el uso de varios participios de presente: «su conosciente o amigo»; «otros mançebos aun hoy bivientes.» Además, hay que señalar el latinismo, y el extranjerismo en general, como copiosa fuente de renovación del vocabulario; así el Arcipreste usa sustancia por ‘hacienda, bienes’, estudiarse por ‘esforzarse’, superbioso por ‘soberbio, soberbioso’, acumulando a veces estos neologismos: «el vasallo contra el señor, e el servidor contra su maestro, el súbdito contra su subyugante

A menudo en esta época se buscaba también la elegancia mediante un amplio desarrollo del concepto; el giro espacioso de la frase tendía a dar cierta majestad solemne a la expresión; la insistencia en la idea procuraba una mayor viveza y eficacia de la imagen: «La Pobreza alçó sus ojos en alto, e començó de mirar la pompa e loçanía e locura e vanagloria, la jactancia e orgullo que la Fortuna consigo traía... Pues tú dizes que fazes e desfazes, viedas e mandas, ordenas e dispones todas las cosas del mundo, e que son a tu govierno e mando las baxas e aun las altas.» Véase la reiteración de un pensamiento que va a parar a una cita del Arcipreste de Hita: «¿Quien es tan loco e fuera de seso que quiere su poderío dar a otro, e su libertad someter a quien non deve, e querer ser siervo de una muger que alcança muy corto juizio, e demás, atarse de pies e de manos en manera que non es de sí mesmo, contra el dicho del sabio que dize: Quien pudiere ser suyo non sea enagenado, que libertad e franqueza non es por oro comprada?, e exemplo antiguo es, el qual puso el Arçipreste de Hita en su tractado.»

La abundancia, que seduce al Arcipreste de Talavera, degenera a menudo en verbosidad, aun en los trozos doctrinales del libro: «¡Ay del triste desventurado, que por querer seguir el apetito de su voluntad que brevemente pasa, quiere perder aquella gloria perdurable de paraíso que para siempre durará! ¡Si el triste del ombre o muger sintiese drechamente qué cosa es perdurable, o para siempre jamas, o por infinita secula seculorum aver en el otro mundo gloria o pena!» Esta verbosidad cuadra bien cuando se aplica a reflejar el lenguaje del pueblo, según se verá en los trozos que publicamos.

Otra manera de elegancia fué la similicadencia, moda que todavía hallamos en vigor durante el siglo XVI, por ejemplo, en Fray Antonio de Guevara. El Arcipreste de Talavera nos la ofrece, sobre todo, en los párrafos de afectada viveza: «Plégale a Nuestro Señor... que así velemos e nos aperçibamos, e del enemigo Satanás nos guardemos, e de los viçios nos corrijamos, e de los pecados en bien nos enmendemos.» Muy comúnmente se llega a la prosa rimada, como se ve en el ejemplo de posposición del verbo, que ponemos arriba. Y es notable que estas rimas abunden en la charla vulgar, según puede verse en los trozos aquí insertos, mostrándonos un curioso giro de la locuacidad vehemente, hoy enteramente desusado.

Otro ejercicio del ingenio popular, antes más desarrollado que hoy día, era el uso abundante de los refranes, y el Arcipreste de Talavera no dejó de emplearlos para caracterizar el habla callejera, siendo en este particular un inspirador directo del autor de la Celestina e indirecto del Quijote, como nota muy bien Menéndez Pelayo[92]. Pero este crítico atribuye a nuestro Arcipreste el mérito de haber adivinado el ritmo del diálogo, a lo cual no podemos asentir. El Arcipreste compone, sí, admirables discursos familiares, pero el diálogo no alcanza en él más desarrollo que en el Lucanor, por ejemplo. Para ver roto el estrecho molde medieval de la mera sucesión de discursos, necesitamos llegar a La Celestina.

ARCIPRESTE DE TALAVERA

PARTE II, CAP. I

De los viçios e tachas e malas condiçiones de las perversas mugeres, e primero digo de las avariçiosas.

Por quanto las mugeres que malas son, viçiosas e desonestas o enfamadas, non puede ser dellas escripto[93] nin dicho la meitad que dezir o escrevir se podría por el hombre,[94] e por quanto la verdad dezir non es pecado, mas virtud, por ende digo primeramente que las mugeres comunmente por la mayor parte de avariçia son doctadas; e por ésta razón de avariçia muchas de las tales infinitos e diversos males cometen: que si dineros, joyas preçiosas e otros arreos intervengan o dados les sean, es dubda[95] que a la más fuerte non derruequen, e toda maldad espera que cometrá la avariçiosa muger con defrenado apetito de aver, asi grande como de estado pequeño...[96]

Asy la muger piensa que non ay otro bien en el mundo sinon aver, tener e guardar e poseer, con sulíçita guarda condensar,[97] lo ageno francamente despendiendo e lo suyo con mucha industria guardando. Donde por esperiencia verás que una muger en comprar por una blanca más se fará de oir que un ombre en mil maravedis. Item, por un huevo dará voces como loca e fenchirá a todos los de su casa de ponçoña: «¿Qué se fizo este huevo? ¿quién lo tomó? ¿quién lo levó? ¿Adole[98] este huevo? Aunque vedes que es blanco, quiçá negro será oy este huevo. ¿Quién tomó este huevo, quién comió este huevo? Comida sea de mala ravia. ¡Ay huevo mio de dos yemas, que para echar vos guardava yo! ¡Ay huevo mio, qué gallo e qué gallina salieran de vos! del gallo fiziera capón que me valiera veinte maravedises e la gallina catorze, o quiça la echara e me sacara tantos pollos e pollas con que pudiera tanto multiplicar, que fuera causa de me sacar el pié del lodo. Agora estarme he como desventurada, pobre como solía... ¡Ay huevo mio de la meajuela redonda, de la cáscara tan gruesa, ¿quién me vos comió? ¡Ay Marica, rostro de golosa, que tú me has lançado por puertas: yo te juro que los rostros te queme, doña vil, suzia, golosa! ¡Ay huevo mio, y que será de mi! ¡Ay triste, desconsolada, Jesús, amiga, y cómo non me fino agora! ¡Ay Virgen María, cómo non rebienta quien vee tal sobrevienta![99] ¡Non ser en mi casa señora de un huevo! Maldita sea mi ventura e mi vida si non estó en punto de rascarme[100] o de me mesar toda. ¡Ya,[101] por Dios! ¡guay de la que trae por la mañana el salvado, la lumbre, e sus rostros quema soplando por la encender; e fuego fecho, pone su caldera y calienta su agua e faze sus salvados por fazer gallinas ponedoras; y que, puesto el huevo, luego sea arrebatado! ¡Ravia, Señor, y dolor de coraçon, endúrolos[102] yo, cuitada, e paso como a Dios plaze, e liévamelos el huerco! ¡Ya, Señor! e liévame deste mundo, que mi cuerpo non goste más pesares nin mi ánima sienta tantas amarguras. ¡Ya, Señor! por el que tú eres, da espaçio a mi coraçon con tantas angosturas como de cada dia gusto. ¡Una muerte me valdríe más que tantas, ya por Dios!». Y en ésta manera dan bozes e gritan por una nada.

Item, si una gallina pierden, van de casa en casa conturbando toda la vezindat: «¿Do mi gallina la ruvia, de la calça bermeja, o la de la cresta partida, çenizienta escura, cuello de pavo, con la calça morada, ponedora de huevos? ¿Quién me la furtó? Furtada sea su vida. ¿Quién menos me fizo[103] della? Menos se le tornen los días de la vida. ¡Mala landre, dolor de costado, ravia mortal comiese con ella; nunca otra coma, comida mala comiese, amen! ¡Ay gallina mia, tan ruvia! un huevo me dabas tú cada día; aojada te tenia el que te comió, asechándote estaba el traidor; desfecho le vea de su casa[104] a quien te me comió; ¡comido le vea yo de perros aina!, ¡cedo sea! ¡véanlo mis ojos, e non se tarde! ¡Ay gallina mia, gruesa como un ansarón, morisca de los pies amarillos, crestibermeja! más avía en ella que en dos otras que me quedaron. ¡Ay triste! aun agora estava aquí, agora salió por la puerta, agora salió[105] tras el gallo por aquel tejado. El otro día, ¡triste de mí, desaventurada, que en mal ora nascí, cuitada!, el gallo mio bueno cantador, que asi salían dél pollos como del çielo estrellas, atapador de mis menguas, socorro de mis trabajos, que la casa nin bolsa, cuitada, él bivo, nunca vazia estava. ¡La de Guadalupe señora, a ti lo acomiendo! señora, non me desampares ¡ya, triste de mí! que tres días ha entre las manos me lo llevaron. ¡Jesús, quánto robo, quánta sinrazón, quánta injustiçia! ¡Callad, amiga, por Dios; dexadme llorar, que yo sé qué perdí e qué pierdo oy! E cada uno le duele lo suyo ¡y tal joya como mi gallo! ¡Cuitada, e agora la gallina! Rayo del cielo mortal e pestilençia venga sobre tales personas: espina o hueso comiendo se le atravesase en el garguero, que Sant Blas non le pusiese cobro. Non diré, amigas, aina diría que Dios non está en el cielo, ni es tal como solía, que tal sufre e consiente. ¡Oh Señor, tanta paciencia e tantos males sufres! ¡ya, por aquel que tu eres, consuela mis enojos, da lugar a mis angustias, sinon raviaré o me mataré o me tornaré mora![106] Agora, noramala, si Dios non me vale, non sé qué me diga. Dexadme, amiga, que muere la persona con la sinrazon, que mal de cada rato non lo sufre perro nin gato: dapno de cada dia, sofrir non es cortesia: oy una gallina e antier un gallo, yo veo bien mi duelo, aunque me lo callo. ¿Cómo te feziste calvo? Pelo a pelillo el pelo levando. ¿Quién te fizo pobre, María? Perdiendo poco a poco lo poco que tenía.[107] Moças, venid acá. ¿Non podeis responder?—Señora.—Ha, agora, landre que te fiera, y ¿dónde estavas? dy, ¿non te duele a ti asi como a mí? Pues corre en un punto, Juanilla, ve a casa de mi comadre, dile si vieron una gallina ruvia de una calça bermeja. Marica, anda, ve a casa de mi vezina, verás si pasó allá la mi gallina ruvia. Perico, ve en un salto al vicario del arçobispo que te dé una carta de descomunión que muera maldito e descomulgado el traidor malo que me la comió. Bien sé que me oye quien me la comió. Alonsillo, ven acá, para mientes e mira que las plumas no se pueden esconder, que conocidas son. Comadre, ¿vedes qué vida ésta tan amarga? yuy, que agora la tenía ante mis ojos. Llámame, Juanillo, al pregonero, que me la pregone por toda esta vezindad. Llámame a Trotaconventos, la vieja de mi prima, que venga e vaya de casa en casa buscando la mi gallina ruvia. ¡Maldita sea tal vida, maldita sea tal vezindad! que non es el ombre[108] señor de tener una gallina, que aun non ha salido el umbral, que luego non es arrebatada. Andémonos, pues, a furtar gallinas, que para ésta[109] que Dios aqui me puso, quantas por esta puerta entraren ese amor les faga que me fazen.[110] ¡Ay gallina mia ruvia! y ¿adónde estádes vos agora? Quien vos comió bien sabia que vos quería yo bien, e por me enojar lo fizo. Enojos e pesares e amarguras le vengan por manera que mi ánima sea vengada. Amen. Señor, asi lo cumple tú por aquel que tú eres: e de quantos milagros has fecho en este mundo, faz agora éste porque sea sonado.»

Esto e otras cosa faze la muger por una nada. Son allegadoras de la ceniza, mas bien derramadoras de la farina.[111] En las faldas rastrando e en las mangas colgando, e otros arreos desonestos que ellas trahen, non ponen cobro, por do sus maridos, parientes e amigos desfazen ¡y ponen cobro en el huevo e la gallina! E aun ellas mesmas dizen quando las faldas las enojan: el diablo aya parte en estas faldas, e aun en la primera que las usó; mas non maldize[112] a sí mesma que las trae. E si alguno ge lo retrae, responde: pues fago como las otras. E bien dize verdad, que ya la muger del menestral, si vee la muger del cavallero de nuevas guisas arreada, aunque non tenga que comer, cayendo o levantando, ella así ha de fazer, o morir.[113] Non son sino como monicas: quanto ven, tanto quieren fazer: «¿Viste fulana, la muger de fulano, la vezina, cómo iva el domingo pasado? Pues quemada sea, si este otro domingo otro tanto non llevo yo, e aun mejor.» Quantas ropas visten las otras, de qué paño, qué color, qué arreos, qué cosas traen consigo, yo te digo que tanto paran mientes en estas cosas que non se les olvidan después: «fulana llevava ésto, çutana vestía ésto», por quanto en aquello ponen su corazón e voluntad, mas non en el provecho de su casa, estado e honra, sinon en vanidades e locuras, e en cosas de poca pro.

PARTE II, CAPÍTULO XII

De como la muger parlera siempre fabla de fechos agenos.

La muger ser mucho parlera, regla general es dello:[114] que non es[115] muger que non quisiese siempre fablar e ser escuchada. E non es de su costumbre dar logar a que otra fable delante della; e si el dia un año durase, nunca se fartaría de fablar e non se enojaría día nin noche. E por ende verás muchas mugeres que de tener mucha continuaçión de fablar, quando non han con quien fablar, están fablando consigo mesmas entre sí. Por ende verás una muger que es usada de fablar las bocas de diez ombres atapar e vençerlas fablando e maldiziendo. Quando razón non le vale ¡bia[116] a porfiar! e con esto nunca los secretos de otro a otra podríe çelar. Antes te digo que te deves guardar de aver palabras con muger que algund secreto tuyo sepa, como del fuego: que sabe, como suso dixe, non guarda lo que dize con ira la muger; aunque el tal secreto de muerte fuese, o venial, o lo que más secreto le encomendares, aquello está reptando o escarvando por lo dezir e publicar, en tanto[117] que todavia fallarás las mugeres por reconçillos, por renconadas e apartados diziendo, fablando de sus vezinas e de sus comadres e de sus fechos, e mayormente de los agenos. Siempre están fablando, librando[118] cosas agenas: aquélla cómo bive, qué tiene, cómo anda, cómo casó e cómo la quiere su marido mal, cómo ella se lo meresçe: cómo en la iglesia oyó dezir tal cosa; e la otra responde tal cosa; e así pasan su tiempo dependiéndolo en locuras e cosas vanas, que aquí espaçificarlas seríe imposible. Por ende general regla es que donde quier que ay mugeres ay de muchas nuevas.[119]

Alléganse las benditas en un tropel, muchas matronas, otras moças de menor e mayor hedad, e comiençan e no acaban, diziendo de fijas agenas, de mugeres estrañas; en el invierno al fuego, en el verano a la frescura, dos o tres horas, sin mas estar diziendo: «tal, la muger de tal, la fija de tal, ¡a osadas, quién sé la vee?, ¿quién non la conosce! ovejuela de Sant Blas, corderuela de Sant Antón ¡quien en ella se fiase!» etc... Responde luego la otra: «¡o bien si lo sopiésedes, como es de mala luenga! ¡ravia Señor, allá irá! ¡por Nuestro Señor Dios, embaçada estaríades comadre! ¡quien se la vee, simplezilla!» etc..., todo el dia estarán detrás mal fablando.

E si quieres saber de mugeres nuevas, vete al forno, a las bodas, a la iglesia, que allí nunca verás sinon fablar la una a la oreja de la otra, e tomar las unas compañías con las mal querientes de las otras; e afeitarse e arrearse a porfía, aunque sopiesen fazer malbarato de su cuerpo por aver joyas, e ir las unas mas arreadas que las otras, diziendo: «pues mal gozo vean de mí si el otro domingo que viene tú me pasas el pié delante». Ayúntanse las unas loçanas de un barrio contra las otras galanas de la otra vezindad: «Pues agora veamos a quáles mirarán más, e quáles serán las más fabladas e presçiadas; ¿quiçá si[120] piensan que non somos para plaça?[121] ¡mejor que non ellas! aunque les pese e mal pese, sí somos, en verdad. ¡Yuy, amiga! ¿non vedes como nos miran de desgaire? ¿Quieres que les demos una corredura e una ladradura? Riámonos la una con la otra e fablemos así a la oreja, mirando fazia ellas, e vereis como se correrán; o antes que ellas se levanten pasemos aina delante dellas, porque los que miraren a ellas, en pasando nosotras, fagan primero a nosotras reverençia antes que non a ellas, e esta les daremos en barva aunque les pese, quanto a lo primero.» E estas e otras infinitas cosas largas de escrevir estudian las mugeres e urden, en tanto[122] que nunca donde van e se ayuntan fazen sino fablar e murmurar e de agenos fechos contractar. Do podemos dezir la muger ser muy parlera e de secretos muy mal guardadora. Pon ende quien dellas non se fia non sabe qué prenda tiene e quien de sus fechos se apartase e más las olvidare, bivirá más en seguro: desto yo le aseguro.

NOTAS

[92] Orígenes de la novela, I, 1905, pág. CXIX.

[93] Construcción vacilante. El complemento se anticipa en nominativo, con una oración de relativo: las mugeres que... y luego se reproduce acerca del verbo mediante el pronombre dellas, provisto de la preposición conveniente. Sin tal anticipación del complemento se diría: «Por cuanto no puede ser escrito de las mugeres que malas son la mitad...»

[94] El hombre tiene aquí el sentido pronominal indefinido de ‘uno’. Mas abajo señalamos otro ejemplo de este uso.

[95] Dubda significa ‘temor’; ‘es de temer que no derriben a la mas fuerte’, usando el no afirmativo con los verbos de temor: ‘es de temer que la derriben’.

[96] Hipérbaton: «la muger asi grande como de estado pequeño.»

[97] Condensar, más comúnmente condesar, significaba ‘guardar’.

[98] Adole y dole, adverbio interrogativo con el pronombre enclítico, expresión elíptica usual aun en el siglo XVI: ‘do le hallaré’ Un romance popular usa juntas la forma elíptica y las completas, que explican este giro:

¿Do los mis amores? ¿dolos?

¿do los andaré a buscar?

[99] Sobrevienta, ‘caso impensado, sorpresa, sobresalto’.

[100] Rascarse en el sentido de ‘arañarse’ o ‘despedazarse’ la carne; ésto y mesarse el cabello eran señal de duelo.

[101] Ya interjección antigua de origen árabe.

[102] Endurar ‘sufrir, padecer’.

[103] Curiosa perífrasis: «fazer a uno menos de una cosa» significaba ‘quitar a uno una cosa’; en latín «minus fecit» ‘quitó, robó’; véase Mio Cid, pág. 3435.

[104] La pena antiguamente impuesta a los traidores era el derribarles la casa, y esta pena quiere la mujer que sea aplicada al traidor que le robó la gallina.

[105] Las ediciones impresas del libro del Arcipreste ponen saltó. Antes el verbo salir tenía también el significado de ‘saltar’.

[106] Entre las estrepitosas señales de dolor que da la mujer, lamentando su gallina, no podía faltar la amenaza de renegar de la fe. No de otro modo, quejándose de una gran deshonra, dice doña Lambra a su marido en el romance: «Si desto no me vengais, mora me quiero tornar.»

[107] Nótense las rimas continuadas. Sin embargo parece que no hay aquí más refrán popular que el que corresponde al que registra el Marqués de Santillana bajo esta forma «¿Cómo te feçiste calvo? Pelo a pelo pelando.»

[108] El ombre con valor pronominal: ‘no es uno dueño de tener una gallina’. Véase arriba la [nota segunda] de este trozo.

[109] Para y par son preposiciones usadas en las fórmulas de juramentos (comp. «par Dios») y véase Mio Cid, pág. 38736 «para ésta, especie de amenaza que se hace poniendo el dedo índice sobre la naríz, y equivale a ‘tú me la pagarás’» (Dicc. de Autoridades.)

[110] Ese usado como pronombre de identidad, véase arriba, [página 42], [nota 86]; amor ‘gracia, buena voluntad’ y «fazer amor a uno» significaba ‘agasajarle’, y también ‘perdonarle’ (véase Mio Cid, página 4653). La frase del Arcipreste significa, pues, ‘la misma gracia les haré que a mí me hacen’, ‘no perdonaré a ninguna gallina como no perdonan a las mías’. Nótese también la anteposición de quantas en nominativo, en vez de aquantas, y la especificación de su relación con el verbo mediante el dativo les. Compárese la [nota primera] de este trozo.

[111] Refrán: «allegadora de la ceniza y derramadora de la harina».

[112] Sintaxis descuidada, singular en vez de plural.

[113] Construcción elíptica: ‘o ha de morir’.

[114] Las oraciones de infinitivo son muy usadas por el Arcipreste. Citaremos ejemplos del mismo tipo que el que anotamos: «Envidiosa ser la muger mala, dubdar en ello sería pecar en el Espíritu Santo». «La muger mala en sus fechos e dichos non ser firme nin constante, maravilla non es dello». El pronombre neutro se refiere a toda la oración de infinitivo.

[115] Ser tiene aquí el significado de ‘existir’. Véase Mio Cid, página 84638.

[116] Bia interjección muy usada por el Arcipreste de Talavera «¡bia al atahona!» (pág. 59), y especialmente con el infinitivo narrativo: «E tómase el tal oro en lazeria farta e muchas fadas malas, e después ¡bia a llorar!» (pág. 167). Emplea esta interjección el Libro de Alexandre 473: «¡via, dixieron todos, mas val que moiramos!».

[117] En tanto es usado por el Arcipreste como conjunción consecutiva, ‘pues’, ‘de modo que’. Al final de este trozo señalamos otro ejemplo.

[118] Librar en el sentido de ‘despachar, arreglar un negocio’.

[119] Nótese la preposición del genitivo partitivo (véase arriba, [página 15], [nota 22]) antepuesta al adjetivo. El giro corriente en la Edad Media era «muchas de nuevas» (Mio Cid, pág. 38211), compárese el fr. «beaucoup de nouvelles». El giro que usa el Arcipreste es una desviación de ese.

[120] La conjunción si que tantas veces encabeza interrogación indirecta («dime si piensan que...»), se usaba también encabezando interrogaciones directas «¿si piensan que...?», «¿si es pagado?» Mio Cid, pág. 8524. Hoy se usa en el futuro «¿si pensarán que...?».

[121] Ser para en plaza ‘ser para en público, ser digno de mostrarse en público’. Otra frase algo análoga era: ser para en cámara.

[122] Otro ejemplo de en tanto ‘pues’.


FERNANDO DE ROJAS
(Hay memorias suyas hasta el año 1538)


La primera edición conocida de La Celestina o Comedia de Calisto y Melibea, es de Burgos, 1499; pero la obra debió ser compuesta hacia 1490. En sus primeras ediciones salió a luz comprendiendo 16 actos. Después, a partir del año 1502, apareció añadida hasta comprender 21, y se duda si estos cinco actos posteriores son obra del mismo autor, Fernando de Rojas, que presenta al público los 16 actos primeros. Además, según la carta «del autor a un su amigo», que va al frente de la edición de 1501, Rojas sólo era autor de los actos segundo a decimosexto, pues el acto primero se da como obra de un anónimo.

Rojas, en la citada carta, dice que ese primer acto le cautivó por «su estilo elegante, jamás, en nuestra castellana lengua, visto ni oído», y tal juicio fué confirmado, respecto de toda la obra, por la posteridad. Antiguamente, Juan de Valdés, en el Diálogo de la lengua, dice con su buen gusto habitual: «Celestina..., soy de opinión que ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté más natural, más propia ni más elegante»; y, modernamente, Menéndez Pelayo acomoda esta afirmación a las circunstancias, y la amplía diciendo: «Si Cervantes no hubiera existido, La Celestina ocuparía el primer lugar entre las obras de imaginación compuestas en España.»

El estilo de La Celestina renueva y esmera las principales perfecciones con que los escritores del siglo XV venían moldeando el idioma. La elocuencia en la expresión de las pasiones, buscada afanosamente en las novelas sentimentales de Rodríguez del Padrón o de Diego de San Pedro, se depura en La Celestina, haciéndose mucho más intensa y menos afectada; la irrestañable charla popular que desborda en el arcipreste de Talavera, se encauza aquí más viva e intencionada y menos monótona; sobre todo, el diálogo, que hasta entonces apenas existía, pues no se ejercitaba sino en la sucesión de discursos desgranados, ahora se articula y se anima, y se matiza maravillosamente en ésta que es, a la vez, primer ensayo y obra maestra de la prosa dramática española.

Valdés mismo señala los excesos que empañan esa naturalidad y elegancia por él ponderadas en La Celestina. «Es verdad que peca el estilo en dos cosas, las cuáles fácilmente se podrían remediar...: la una es en el amontonar de vocablos, algunas veces tan fuera de propósito como magníficat a maitines; la otra es en que pone algunos vocablos tan latinos que no se entienden en el castellano, y en partes adonde podría poner propios castellanos, que los hay.» Ambos defectos son los principales de la época, y de ellos no se libra La Celestina, si bien los presenta atenuados.

Ya hemos visto, al hablar del arcipreste de Talavera, a qué aspiraciones artísticas respondían esos que tan a menudo nos aparecen como defectos. Rojas da también un curso lento a la expresión, y busca con la redundancia la elevación del estilo: «¿En quién hallaré yo fe? ¿Adónde hay verdad? ¿Quién caresce de engaño? ¿Adónde no moran falsarios? ¿Quién es claro amigo? ¿Quién es verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican traiciones?»—«Hasta que ya los rayos illustrantes de tu claro gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi coraçón, despertaron mi lengua, estendieron mi merescer, acortaron mi covardía, destorcieron mi encogimiento, doblaron mis fuerças, desadormescieron mis pies e manos...» De esta reiteración usa mucho más Rojas que el arcipreste de Talavera, y especialmente le sirve para matizar el habla popular.

La similicadencia y la rima son en cambio muy poco usadas por Rojas: «Tú lloras de tristeza, juzgándome cruel; yo lloro de plazer, viéndote tan fiel»; «Por Dios que, sin más dilatar, me digas quién es esse doliente que de mal tan perplexo se siente, que su passion y remedio salen de una mesma fuente». En cambio propende mucho a la trasposición del verbo al final de la frase, como a menudo se observará.

Atendiendo al otro defecto señalado por Valdés, podemos decir que Rojas, lo mismo que el arcipreste de Talavera, usa del latinismo menos que los exagerados escritores de aquel siglo, tales como don Enrique de Villena o Juan de Mena. En los trozos aquí publicados se hallarán algunos ejemplos: inmérito, mixto, ilícito, súbito, perplexo, siempre pocos.

Este suave cultismo de vocabulario y de construcción responde bien a la elegante gravedad del diálogo, a la viveza sentenciosa, a la fragancia humanística que trasciende de toda la obra, ora entre citas expresas de la antigüedad clásica, ora en imitaciones de ellos no declaradas;[123] y esa elevación de forma y de fondo permite a Rojas trazar sus escenas, aun las de más bajo y crudo naturalismo, dentro de un ambiente ideal, y estilizar sus tipos, aun los más repugnantes, revistiéndolos de la dignidad propia de la tragedia.

Porque tragedia es La Celestina. El primitivo título de Comedia se justifica por el tono de la mayoría de las escenas; pero del desenlace surge la glorificación del Amor, como divinidad terrible que triunfa a costa del lloro y la muerte de sus servidores, y según esta concepción, ya en las primeras páginas de la obra late la tragedia. Y si bien, por lo general, la acción fluye tranquila o se remansa en el primoroso diálogo tan propenso a la más reposada amplitud, luego, contrastando con esa calma, el desenlace se precipita en relámpagos sangrientos, engendrados por los furiosos torbellinos del amor y de la codicia del oro.

Esta obra fuerte y elegante está, sin embargo, construída con una lengua todavía insegura, rebelde, que ostenta muy marcados caracteres de transición. Por la soltura de la construcción, y, sobre todo, por la suavidad y gracia con que la frase se pliega al pensamiento, la lengua de La Celestina es hermana de la de los grandes escritores del siglo XVI; pero por sus formas gramaticales está muy ligada aún al período medieval. Signo muy visible de esta vacilación es la f- inicial que se conserva en pugna con la h- que después triunfó; fazer, fermosura, etc., conviven en La Celestina con hazer, hermosura, etc. Además usa muchas formas y construcciones arcaicas, como vies por ‘veías’, fueste por ‘fuiste’, morciélago por ‘murciélago’, pelligeros por ‘pellejeros’, encomparable, enefable, empedir, engenio, acordarse a una cosa por ‘acordarse de una cosa’, todas las cuales aparecen ya en la edición de Sevilla, 1501, remozadas tal como hoy se usan.[124]

COMEDIA DE CALISTO Y MELIBEA

Primer auto.—Entrando Calisto una huerta empós de un falcón suyo, falló í a Melibea, de cuyo amor preso, començóle de hablar; de la qual rigorosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado.[125]

Calisto.—En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

Melibea.—¿En qué, Calisto?

Calisto.—En dar poder a natura que de tan perfeta hermosura te dotasse, y fazer a mi inmérito tanta merced que verte alcançasse, y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiesse. Sin duda encomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción, y obras pías que por este lugar alcançar tengo yo a Dios ofrescido. Ni otro poder mi voluntad humana puede complir.[126] ¿Quien vido en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como agora el mio? Por cierto los gloriosos sanctos que se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo. Mas, ¡o triste! que en esto deferimos: que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventurança, y yo misto[127] me alegro con recelo del esquivo tormento que tu absencia me ha de causar.

Melibea.—¿Por grand premio tienes esto, Calisto?

Calisto.—Téngolo por tanto en verdad, que si Dios me diesse en el cielo la silla sobre sus sanctos, no lo ternía por tanta felicidad.

Melibea.—Pues aun más igual galardón te daré yo, si perseveras.

Calisto.—¡O bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra haveis oido!

Melibea.—Mas[128] desaventuradas, de que me acabes de oir; porque la paga será tan fiera qual la merece tu loco atrevimiento, y el intento de tus palabras, Calisto, ha seído.[129] ¿De ingenio de tal hombre como tú, haver de salir para se perder en la virtud de tal muger como yo? ¡Vete, vete de aí!