Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor detección, se ha comparado el texto con el de la 2.ª edición, de 1935, publicado por la misma editorial.
- La ortografía del texto original no ha sido actualizada ni normalizada. No obstante, se han puesto tildes a las mayúsculas que las necesitaban.
- Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no interrumpir un párrafo.
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LIBROS
DE CABALLERÍAS
BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE
DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
TOMO XX
LIBROS
DE CABALLERÍAS
SELECCIÓN HECHA POR
RAMÓN M.ª TENREIRO
MADRID, MCMXXIV
INSTITUTO—ESCUELA
JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
Va impreso en letra cursiva, igual a la de esta advertencia, todo lo que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de imprenta los textos antiguos.
Los títulos de los cuatro libros de Amadís, así como los de los capítulos en todo el volumen, son obra del editor.
Las ilustraciones de Amadís están tomadas de la magnífica edición de Venecia del año 1533. También es antigua la portada de Palmerín. El resto de los grabados son obra del señor Marco.
AMADÍS DE GAULA
AQUÍ COMIENZA
EL PRIMER LIBRO
DEL ESFORZADO ET VIRTUOSO CABALLERO AMADÍS, HIJO DEL REY PERIÓN DE GAULA Y DE LA REINA ELISENA; EL CUAL FUÉ CORREGIDO Y EMENDADO POR EL HONRADO E VIRTUOSO CABALLERO GARCI-ORDÓÑEZ DE MONTALBO, REGIDOR DE LA NOBLE VILLA DE MEDINA DEL CAMPO, E CORREGIÓLE DE LOS ANTIGUOS ORIGINALES, QUE ESTABAN CORRUPTOS E COMPUESTOS EN ANTIGUO ESTILO, POR FALTA DE LOS DIFERENTES ESCRIPTORES; QUITANDO MUCHAS PALABRAS SUPÉRFLUAS, E PONIENDO OTRAS DE MÁS POLIDO Y ELEGANTE ESTILO, TOCANTES A LA CABALLERÍA E ACTOS DE ELLA, ANIMANDO LOS CORAZONES GENTILES DE MANCEBOS BELICOSOS, QUE CON GRANDÍSIMO AFETO ABRAZAN EL ARTE DE LA MILICIA CORPORAL, ANIMANDO LA INMORTAL MEMORIA DEL ARTE DE CABALLERÍA, NO MENOS HONESTÍSIMO QUE GLORIOSO.
LIBRO PRIMERO
LA CORTE DE LISUARTE
CAPÍTULO PRIMERO
EL DONCEL DEL MAR
De la Pequeña Bretaña a Escocia, su patria, iba por el mar en una barca un caballero que había nombre Gandales. Llevaba consigo su mujer y un hijo, llamado Gandalín, nacido poco antes. Siendo ya mañana clara, vieron un arca que por el agua nadando iba, e llamando cuatro marineros, les mandó el caballero que presto echasen un batel e aquello le trajesen: lo cual prestamente se hizo. Vió entonces que el arca era larga como una espada y estaba hecha de tablas muy bien calafateadas para que en ella no pudiera entrar el agua. El caballero tomó el arca e tiró la cobertura, e vió dentro un hermoso doncel recién-nacido, que en sus brazos tomó, e dijo:
—Este de algún buen lugar es—; y esto decía él por los ricos paños en que venía envuelto y por un anillo que junto con una bola de cera traía en un cordón al cuello e por una espada, que muy hermosa le pareció y que venía puesta a su lado en el arca. E guardando aquellas cosas, rogó a su mujer que lo hiciese criar, la cual hizo darle la teta de aquella ama que a Gandalín, su hijo, criaba, e tomóla con gran gana de mamar, de que el caballero e la dueña mucho alegres fueron. Pues así caminaron por la mar con buen tiempo enderezado, hasta que aportados fueron a una villa de Escocia que Antalia había nombre, y de allí partiendo, llegaron a un castillo suyo, de los buenos de aquella tierra, donde hizo criar el doncel como si su fijo proprio fuese; e así lo creían todos que lo fuese; que de los marineros no se pudo saber su hacienda, porque en la barca, que era suya, a otras partes navegaron.
Fué corriendo el tiempo y el doncel que Gandales criaba, el cual el Doncel del Mar se llamaba, que así le pusieron nombre, criábase con mucho cuidado de aquel caballero don Gandales e de su mujer, e hacíase tan hermoso, que todos los que lo veían se maravillaban.
Un día cabalgó Gandales armado, que en gran manera era buen caballero e muy esforzado, e halló una doncella, que le dijo:
—¡Ay, Gandales! Si supiesen muchos altos hombres lo que yo agora, cortar-te-ían la cabeza.
—¿Por qué? —dijo él.
—Porque tú guardas la su muerte —dijo ella.
Gandales, que lo no entendía, dijo:
—Doncella, por Dios os ruego que me digáis qué es eso.
—No te lo diré —dijo ella—; mas todavía así averná.
E partiéndose dél, se fué su vía. Gandales quedó cuidando en lo que dijera y sin poderlo entender. Pero momentos después tuvo ocasión de salvar la vida a la doncella y como recompensa de ello le pidió que le explicara sus misteriosas palabras. Ella le dijo:
—Tú me harás pleito, como leal caballero, que otro por ti nunca lo sabrá fasta que te lo yo mande.
Él así lo otorgó. Díjole:
—Dígote de aquel que hallaste en la mar, que será flor de los caballeros de su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste comenzará todas las cosas e acabará a su honra, en que los otros fallescieron: éste hará tales cosas, que ninguno cuidaría que pudiesen ser comenzadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra aquellos que se lo merecieren; e aun más te digo, que éste será el caballero del mundo que más lealmente manterná amor e amará en tal lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de ambas partes. Agora te ve e cree firmemente que todo acaecerá como te lo digo.
—Ay, señora —dijo Gandales—; ruégovos por Dios que me digáis donde vos fallaré para hablar con vos en su hacienda.
—Esto no sabrás tú por mí ni por otro —dijo ella.
—Pues decidme vuestro nombre por la fe que debéis a la cosa del mundo que más amáis.
—Tú me conjuras tanto, que te lo diré; sabe que mi nombre es Urganda la Desconocida. Agora me cata bien e conósceme si pudieres.
Y él, que la vió doncella de primero, que a su parecer no pasaba de diez y ocho años, vióla tan vieja e tan lasa, que se maravilló cómo en el palafrén se podía tener, e comenzóse a santiguar de aquella maravilla. Cuando ella así lo vió, por sí tornó como de primero, e dijo:
—¿Parécete que me hallarías aunque me buscases? Pues yo te digo que no tomes por ello afán; que si todos los del mundo me demandasen, no me hallarían si yo no quisiese.
—Así Dios me salve, señora —dijo Gandales—, yo así lo creo; mas ruégovos por Dios que vos membréis del doncel que es desamparado de todos sino de mí.
—No pienses en eso —dijo Urganda—; que ese desamparado será amparo y reparo de muchos; e yo lo amo más que tú piensas.
E así se partieron de en uno. Don Gandales, partido de Urganda, tornóse para su castillo, cuidando en la facienda de su doncel; e llegando al castillo, ante que se desarmase lo tomó en sus brazos e comenzólo de besar, viniéndole las lágrimas a los ojos, diciendo en su corazón:
—Mi fermoso hijo, ¿si querrá Dios que yo llegue al vuestro buen tiempo?
En esta sazón había el doncel tres años, e su gran fermosura por maravilla era mirada; e como vió a su amo llorar, púsole las manos ante los ojos, como que gelos quería limpiar; de que Gandales fué alegre, considerando que siendo en más edad, más se dolería de su tristeza; e púsole en tierra, e fuése a desarmar, e dende adelante con mejor voluntad curaba dél, tanto, que llegó a los cinco años; entonces le fizo un arco a su medida e otro a su hijo Gandalín, e facíalo tirar ante sí; e así lo fué criando hasta la edad de siete años.
CAPÍTULO SEGUNDO
LA SIN PAR ORIANA
Pues a esta sazón el rey Languines, pasando por su reino con su mujer e toda la casa, de una villa a otra, vínose al castillo de Gandales, que por ahí era el camino, donde fué muy bien festejado; mas a su Doncel del Mar e a su fijo Gandalín e a otros donceles mandólos meter en un corral por que no lo viesen; e la Reina, que en lo más alto de la casa posaba, mirando de una finiestra, vió los donceles que con sus arcos tiraban, y al Doncel del Mar entre ellos tan apuesto e tan hermoso, que mucho fué de lo ver maravillada; e viólo mejor vestido que todos, así que parescía el señor; e de que no vió ninguno de la compañía de don Gandales a quien preguntase, llamó sus dueñas e doncellas, e dijo:
—Venid, e veréis la más fermosa criatura que nunca fué vista.
Y admiróse también mucho de oír que sus compañeros le llamaban Doncel del Mar. Así estando, entró el Rey e Gandales, e dijo la Reina:
—Decid, don Gandales, ¿es vuestro hijo aquel hermoso doncel?
—Sí, señora —dijo él.
—Pues ¿por qué —dijo ella— lo llamáis el Doncel del Mar?
—Porque en la mar nació —dijo Gandales— cuando yo de la Pequeña Bretaña venía.
El Rey, que el Doncel miraba e muy hermoso le pareció, dijo:
—Faceldo aquí venir, Gandales, e yo lo quiero criar.
—Señor —dijo él— sí haré, mas aún no es en edad que se deba partir de su madre.
Entonces fué por él e trájolo e díjole:
—Doncel del Mar, ¿queréis ir con el Rey, mi señor?
—Yo iré donde me vos mandardes —dijo él— e vaya mi hermano comigo.
—Ni yo quedaré sin él —dijo Gandalín.
—Creo, señor —dijo Gandales—, que los habréis de llevar ambos, que se no quieren partir.
—Mucho me place —dijo el Rey.
Entonces lo tomó cabe sí y mandó llamar a su fijo Agrajes; e díjole:
—Fijo, estos donceles ama tú mucho; que mucho amo yo a su padre.
Cuando Gandales esto vió, apenas pudo contener el llanto. El Rey, que los ojos llenos de agua le vió, dijo:
—Nunca pensé que érades tan loco.
—No lo só tanto como cuidáis —dijo él—; mas si os pluguiere, oídme un poco ante la Reina.
Entonces mandaron apartar a todos, e Gandales les dijo:
—Señores, sabed la verdad deste Doncel que lleváis, que lo yo fallé en la mar. —Y contóles por cuál guisa, e también dijera lo que de Urganda supo, sino por el pleito que fizo—. Agora faced con él lo que debéis; que así Dios me salve, según el aparato que él traía, yo creo que es de muy gran linaje.
Mucho plugo al Rey en lo saber, y preció al caballero que lo tan bien guardara, e dijo a don Gandales.
—Pues que Dios tanto cuidado tuvo en lo guardar, razón es que lo tengamos nos en lo criar e hacer bien cuando tiempo será.
La Reina dijo:
—Yo quiero que sea mío, si os pluguiere, en tanto que es de edad de servir mujeres; después será vuestro.
El Rey se lo otorgó. Otro día de mañana se partieron de allí, llevando los donceles consigo, e fueron su camino. Pero dígoos de la Reina que facía criar al Doncel del Mar con tanto cuidado e honra como si su fijo propio fuese; mas el trabajo que con él tomaba no era vano, porque su ingenio era tal e condición tan noble, que muy mejor que otro ninguno, e más presto, todas las cosas aprendía. Él amaba tanto caza e monte, que si lo dejasen, nunca dello se apartara, tirando con su arco, cebando los canes. La Reina era tan agradada de como él servía, que lo no dejaba quitar delante su presencia.
Ocurrió entonces que yendo el nuevo rey de la Gran Bretaña, Lisuarte, navegando con gran flota para tomar posesión de sus estados, fué aportado en el reino de Escocia, donde con mucha honra del rey Languines recebido fué. Este Lisuarte traía consigo a Brisena, su mujer, e una hija que en ella hobo, que Oriana había nombre, de fasta diez años, la más hermosa criatura que nunca se vió; tanto, que ésta fué la que Sin-par se llamó, porque en su tiempo ninguna hobo que igual le fuese; e porque de la mar enojada andaba, acordó de la dejar allí, rogando al rey Languines e a la Reina que gela guardasen.
Ellos fueron muy alegres dello, e la Reina dijo:
—Creed que yo la guardaré como su madre lo haría.
Y entrando Lisuarte en sus naos con mucha priesa, en la Gran Bretaña arribado fué, e fué el mejor rey que ende hobo ni que mejor mantuviese la caballería en su derecho, fasta que el rey Artur reinó, que pasó a todos los reyes de bondad que ante dél fueron.
El Doncel del Mar, que en esta sazón era de doce años, y en su grandeza e miembros parescía bien de quince, servía ante la Reina, e así della como de todas las dueñas e doncellas era mucho amado; mas desque allí fué Oriana, la hija del rey Lisuarte, dióle la Reina al Doncel del Mar que la sirviese, diciendo:
—Amiga, este es un doncel que os servirá.
Ella dijo que le placía. El Doncel tuvo esta palabra en su corazón, de tal guisa, que después nunca de la memoria la apartó; que sin falta, así como esta historia lo dice, en días de su vida no fué enojado de la servir, y en ella su corazón fué siempre otorgado, y este amor duró cuanto ellos duraron; que, así como la él amaba, así amaba ella a él, en tal guisa, que una hora nunca de amar se dejaron; mas el Doncel del Mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por muy osado en haber en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y fermosura suya, sin cuidar de ser osado a le decir una sola palabra; y ella, que lo amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con otro, porque ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer de mostrar al corazón la cosa del mundo que más amaba.
Pasando el tiempo, como os digo, entendió el Doncel del Mar en sí que ya podía tomar armas si hobiese quien le ficiese caballero, y esto deseaba él, considerando que él sería tal e haría tales cosas por donde muriese, o viviendo, su señora le preciaría; e con este deseo fué al Rey, que en una huerta estaba, e hincando los hinojos, le dijo:
—Señor, si a vos pluguiese, tiempo sería de ser yo caballero.
El Rey dijo:
—¿Cómo, Doncel del Mar? ¿Ya os esforzáis para mantener caballería? Sabed que es ligero de haber e grave de mantener; e quien este nombre de caballería ganar quisiere e mantenerlo en su honra, tantas e tan graves son las cosas que ha de facer, que muchas veces se le enoja el corazón, e por ende ternía por bien que por algún tiempo os sufráis.
El Doncel del Mar le dijo:
—Ni por todo eso no dejaré yo de ser caballero; que si en mi pensamiento no toviese de complir eso que habéis dicho, no se esforzaría mi corazón para lo ser; e pues a la vuestra merced soy criado, complid en esto comigo lo que debéis.
El Rey dijo:
—Doncel del Mar, yo sé cuándo os será menester que lo seáis, e más a vuestra honra, e prométoos que lo faré.
E luego mandó que le aparejasen las cosas a la orden de caballería necesarias; e hizo saber a Gandales todo cuanto con su criado le contesciera, de que Gandales fué muy alegre, y envióle por una doncella la espada y el anillo e la bola de cera, como lo hallara en l’arca donde a él falló; y estando un día la hermosa Oriana con otras dueñas e doncellas en el palacio, holgando en tanto que la Reina dormía, era allí con ellas el Doncel del Mar, que sólo mirar no osaba a su señora, y decía entre sí:
—¡Ay, Dios! ¿por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora, y en mí tan gran cuita e dolor por causa della? En fuerte punto mis ojos la miraron, pues que perdiendo la su lumbre con la muerte, pagarán aquella gran locura en que al corazón han puesto.
E así estando casi sin ningún sentido, entró un doncel e díjole:
—Doncel del Mar, allí fuera está una doncella extraña que os trae donas e os quiere ver.
Él quiso salir a ella, mas aquella que lo amaba, cuando lo oyó, estremeciósele el corazón y dijo:
—Doncel del Mar, quedad, y entre la doncella y veremos las donas.
Él estuvo quedo, e la doncella entró; y ésta era la que enviaba Gandales, e dijo:
—Señor Doncel del Mar, vuestro amo Gandales vos saluda mucho, así como aquel que os ama, y envíaos esta espada y este anillo y esta cera, e ruégaos que trayáis esta espada en cuanto vos durare, por su amor.
Él tomó las donas, e puso el anillo e la cera en su regazo, y Oriana tomó la cera, que no creía que en ella otra cosa hobiese, e díjole:
—Esto quiero yo destas donas.
A él pluguiera más que tomara el anillo, que era uno de los hermosos del mundo; e mirando la espada, entró el Rey e dijo:
—Doncel del Mar, ¿qué os paresce de esa espada?
—Señor, parésceme muy hermosa, mas no sé por qué está sin vaina.
—Bien ha quince annos —dijo el Rey— que no la hobo.
E tomándole por la mano, se apartó con él e díjole:
—Vos queréis ser caballero, e no sabéis si de derecho os conviene; e quiero que sepáis vuestra hacienda, como yo la sé.
E contóle cómo fuera en la mar hallado con aquella espada e anillo en el arca metido, así como lo oístes.
Dijo él:
—No me pesa de cuanto me decís, sino por no conocer mi linaje, ni ellos a mí; pero yo me tengo por hidalgo, que mi corazón a ello me esfuerza; e agora, señor, me conviene más que ante caballería, y ser tal que gane honra y prez, como aquel que no sabe parte de donde viene.
Por aquellos días el rey Perión de Gaula, cuñado de Languines, y uno de los más famosos caballeros de aquel tiempo, presentóse en la Corte de Escocia en demanda de guerreros que le ayudaran contra el rey Abíes de Irlanda, que le había invadido el reino con gran fuerza de armas. Agrajes, el hijo de Languines, que ya era armado caballero, rogó a su padre que le dejara ir con Perión a defender a su tía la reina de Gaula, y aquél se lo otorgó.
El Doncel del Mar, que ahí estaba, miraba mucho al rey Perión, por la gran bondad de armas que dél oyera decir, e más deseaba ser caballero de su mano que de otro ninguno que en el mundo fuese, e fuese donde su señora Oriana era; e hincados los hinojos ante ella, dijo:
—Señora Oriana, si a vos pluguiese que yo fuese caballero, sería en ayuda desa hermana de la Reina, otorgándome vos la ida.
—E si la yo no otorgase —dijo ella—, ¿no iríades allá?
—No —dijo él—; porque este mi vencido corazón sin el favor de cuyo es, no podría ser sostenido en ninguna afrenta, ni aun sin ella.
Ella se rió con buen semblante e díjole:
—Pues que así os he ganado, otórgoos que seáis mi caballero y ayudéis a aquella hermana de la Reina.
El Doncel le besó las manos e dijo:
—Pues que el Rey, mi señor, no me ha querido hacer caballero, más a mi voluntad lo podría agora ser deste rey Perión, a vuestro ruego.
—Yo faré en ello lo que pudiere —dijo ella—; mas menester será de lo decir a la infanta Mabilia, que su ruego mucho valdrá ante el Rey, su tío.
Entonces se fué a ella e díjole cómo el Doncel del Mar quería ser caballero por mano del rey Perión, e que había menester para ello el ruego suyo e dellas. Mabilia, hija del rey y hermana de Agrajes, que muy animosa era e al Doncel amaba, dijo:
—Pues fagámoslo por él, que lo merece; e véngase a la capilla de mi madre armado de todas armas, e nós le haremos compañía con otras doncellas; e queriendo el rey Perión cabalgar para se ir, que, según he sabido, será antes del alba, yo le enviaré a rogar que me vea, e allí hará el vuestro ruego, ca mucho es caballero de buenas maneras.
—Bien decís —dijo Oriana.
E llamando entrambas al Doncel, le dijeron cómo lo tenían acordado; él se lo tuvo en merced y llamó a Gandalín e díjole:
—Hermano, lleva mis armas todas a la capilla de la Reina, encubiertamente; que pienso esta noche ser caballero; e porque en la hora me conviene de aquí partir, quiero saber si querrás irte comigo.
—Señor, yo os digo que a mi grado nunca de vos seré partido.
Al Doncel le vinieron las lágrimas a los ojos y besóle en la faz e díjole:
—Amigo, agora haz lo que te dije.
Gandalín puso las armas en la capilla en tanto que la Reina cenaba; e los manteles alzados, fuése el Doncel a la capilla, e armóse de sus armas todas, salvo la cabeza e las manos, e hizo su oración ante el altar, rogando a Dios que, así en las armas como en aquellos mortales deseos que por su señora tenía, le diese vitoria.
Desque la Reina fué a dormir, Oriana e Mabilia con algunas doncellas se fueron a él por le acompañar; e como Mabilia supo que el rey Perión quería cabalgar, envióle a decir que la viese ante; él vino luego, e díjole Mabilia:
—Señor, haced lo que os rogare Oriana, fija del rey Lisuarte.
El Rey dijo que de grado lo haría, que el merecimiento de su padre a ello le obligaba. Oriana vino ante el Rey; e como la vió tan hermosa, bien creía que en el mundo su igual no se podría fallar; e dijo:
—Yo vos quiero pedir un don.
—De grado —dijo el Rey— lo faré.
—Pues facedme ese mi doncel caballero—; e mostróselo, que de rodillas ante el altar estaba.
El Rey vió al Doncel tan fermoso, que mucho fué maravillado; y llegándose a él, dijo:
—¿Queréis recebir orden de caballería?
—Quiero —dijo él.
—En el nombre de Dios, y Él mande que tan bien empleada en vos sea e tan crecida en honra como Él os creció en fermosura.
E poniéndole la espuela diestra, le dijo:
—Agora sois caballero, e la espada podéis tomar.
El Rey la tomó e diógela, y el Doncel la ciñó muy apuestamente, y el Rey dijo:
—Cierto, este acto de os armar caballero, según vuestro gesto e aparencia, con mayor honra lo quisiera haber hecho; mas yo espero en Dios que vuestra fama será tal, que dará testimonio de lo que con más honra se debía facer.
E Mabilia e Oriana quedaron muy alegres y besaron las manos al Rey; e encomendando el Doncel a Dios, se fué su camino.
Seyendo armado caballero el Doncel del Mar, e queriéndose despedir de Oriana, su señora, e de Mabilia e de las otras doncellas que con él en la capilla velaron, Oriana, que le parecía partírsele el corazón, sin se lo dar a entender, le sacó aparte y le dijo:
—Doncel del Mar, yo os tengo por tan bueno, que no creo que seáis hijo de Gandales; si al en ello sabéis, decídmelo.
El Doncel le dijo de su hacienda aquello que del rey Languines supiera; y ella, quedando muy alegre en lo saber, lo encomendó a Dios; y él falló a la puerta del palacio a Gandalín, que le tenía la lanza y escudo y el caballo; y cabalgando en él, se fué su vía sin que de ninguno visto fuese, por ser aún de noche.
CAPÍTULO TERCERO
LA BOLA DE CERA
Todo aquel día anduvo el Doncel del Mar con Gandalín, su escudero, por una floresta, en la cual, siendo ya tarde, vió venir una doncella en un palafrén, que traía una lanza, y otra doncella la acompañaba. Viniéronse ambas contra él; e como llegaron, la doncella de la lanza le dijo:
—Señor, tomad esta lanza, e dígovos que ante de tercero día faréis con ella tales golpes, porque libraréis la casa donde primero salistes.
Él fué maravillado de lo que decía, e dijo:
—Doncella, la casa ¿cómo puede morir ni vivir?
—Así será como yo lo digo —dijo ella—, e la lanza os dó por algunas mercedes que de vos espero.
E dando de las espuelas al palafrén, se fué su vía.
La otra doncella quedó con él e dijo:
—Señor caballero, sabed como era Urganda la Desconocida quien la lanza os ha dado. E díjome que después que de vos se partiese, os lo hiciese saber, y que mucho vos ama.
—¡Ay, Dios! —dijo él—, cómo soy sin ventura en la no conocer, e si la dejo de buscar, es porque ninguno la hallará sin su grado.
Yendo el Doncel su camino, llegó de allí a tres días a un castillo, a sazón de que en su patio, un caballero solo, al cual le habían matado ya el caballo, era traidoramente atacado por otros dos caballeros y por más de diez peones, que lo herían por todas partes. A punto estaba de sucumbir, cuando el Doncel del Mar acometió con gran brío a los que le atacaban, y derribó y mató a los más de ellos. Visto lo cual, cobró nuevos ánimos el primer caballero y entre uno y otro dejaron limpio de traidores todo el castillo. El Doncel, que había reconocido al rey Perión de Gaula en el caballero por él socorrido, no quería quitarse el yelmo ante él, pues sólo cuando sus hazañas le hubieran ganado fama digna de la de quien le había dado la orden de caballería, quería dársele a conocer; pero tanto le rogó Perión, que acabó por descubrirse y el rey, abrazándolo, dijo:
—Amigo, gracias doy a Dios por haber hecho en vos lo que hice.
Y muy alegre, oyó de él que le ayudaría en la guerra que tenía empeñada con el rey de Irlanda.
Había ya en la Corte de Languines, con secreta alegría de Oriana, noticia de las primeras hazañas del Doncel del Mar, cuando llegaron tres naos, en que venía un mensajero del rey Lisuarte, con cient caballeros e dueñas e doncellas para llevar a Oriana. El rey Languines los acogió bien. El mensajero le dijo el mandado del Rey su señor, cómo enviaba por su hija, y demás desto, que le rogaba enviase con Oriana a Mabilia, su fija, que así como ella misma sería tratada e honrada a su voluntad. El Rey fué muy alegre dello, e ataviólas muy bien, e tovo al caballero e a las dueñas e doncellas en su corte algunos días, faciéndoles muchas fiestas y mercedes, e fizo aderezar otras naves, e bastecerlas de las cosas necesarias; e hizo aparejar caballeros e dueñas e doncellas, las que le pareció que convenían para tal viaje.
Oriana, que vió que este camino no se podía excusar, acordó de recoger sus joyas, e andándolas recogiendo, vió la cera que tomara al Doncel del Mar, y membrósele dél, e viniéronle las lágrimas a los ojos, e apretó las manos con cuita de amor que la forzaba, y quebrantó la cera e vió que dentro estaba una carta escrita en pergamino, y leyéndola, halló que decía: “Este es Amadís Sin-tiempo, fijo de rey.”
Ella, que la carta vió, estuvo pensando un poco, y entendió que el Doncel del Mar había nombre Amadís, e vió que era hijo de rey. Tal alegría nunca en corazón de persona entró como en el suyo, y llamando a la doncella de Denamarca, en quien confiaba más que en todas sus otras servidoras, le dijo:
—Amiga, yo vos quiero decir un secreto, que le no diría sino a mi corazón, e guardadle como poridad de tan alta doncella como yo soy, y del mejor caballero del mundo.
—Así lo haré —dijo ella—, y, señora, no dudéis de me decir lo que faga.
—Pues amiga —dijo Oriana—, vos os id al caballero novel que sabéis, y dígovos que le llaman el Doncel del Mar, e fallarlo heis en la guerra de Gaula; y luego que lo vierdes, dadle esta carta, e decilde que ahí fallará su nombre, aquel que le escribieron en ella cuando fué echado en la mar; e sepa que sé yo que es hijo de rey; e que pues él era tan bueno cuando no lo sabía, agora pune de ser mejor; e decilde que mi padre envió por mí e me llevan a él; que le envío yo decir que se parta de la guerra de Gaula, e se vaya luego a la Gran Bretaña, e pune de vivir con mi padre fasta que le yo mande lo que faga.
La doncella, con ese mandado que oís, fué della despedida, y entrada en el camino de Gaula.
Oriana e Mabilia con dueñas e doncellas, encomendándolas el Rey e la Reina a Dios, fueron metidas en las naos; los marineros soltaron las áncoras y tendieron sus velas, e como el tiempo era aderezado, pasaron presto en la Gran Bretaña, donde muy bien recebidas fueron.
CAPÍTULO CUARTO
LA GUERRA DE GAULA
El Doncel del Mar, con Agrajes y los otros caballeros que el rey de Escocia enviaba en favor de su cuñado Perión, pasada la mar, entraron en Gaula y se fueron a Baladín, un castillo donde el rey Perión era, donde mantenía su guerra, habiendo mucha gente perdido; que con su venida de ellos muy alegre fué, e hízoles dar buenas posadas; e la reina Elisena, hermana de la Reina de Escocia, hizo decir a su sobrino Agrajes que la viniese a ver. Él llamó al Doncel del Mar e otros dos caballeros para ir allá.
El rey Perión cató el Doncel, e conociólo que aquel era el que él hiciera caballero y el que le acorriera en el castillo; e fué contra él e dijo:
—Amigo, vos seáis muy bien venido, e sabed que en vos he yo grande esfuerzo, tanto, que no dudo ya mi guerra, pues vos he en mi compañía.
—Señor —dijo—, en la vuestra ayuda me habréis vos cuanto mi persona durare e la guerra haya fin.
Así hablando, llegaron a la Reina, e Agrajes le fué a besar las manos, y ella fué con él muy alegre, y el Rey le dijo:
—Dueña, veis aquí el muy buen caballero de que yo os hablé, que me sacó del mayor peligro en que nunca fué; éste os digo que améis más que a otro caballero.
Ella le vino a abrazar, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:
—Señora, yo soy criado de vuestra hermana, e por ella vengo a vos servir, e como ella misma me podéis mandar.
La Reina gelo agradesció con mucho amor, e catábalo, como era tan hermoso; membrándose de un hijo, que había perdido, sin que pudiera saber qué habría sido de él, viniéronle las lágrimas a los ojos. Y el Doncel del Mar le dijo:
—Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría, con la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo, que de grado vos serviré.
Ella dijo:
—Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero que poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes menester.
La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía el Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos, e viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba sino la muerte.
La Reina llamó a Gandalín e díjole:
—Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante ser en gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya habido?
—Señora —dijo él—, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él parece.
Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e bien armados cabe sí, e daban voces:
—¡Armas, armas!
El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo:
—Buen amigo, nuestros enemigos son aquí.
Y él dijo:
—Armémonos e vayamos los ver.
Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo el Doncel del Mar:
—Señor, mandadnos abrir la puerta.
Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la abriesen, e salieron todos los caballeros. Los irlandeses, que contra sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como aquellos que mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con un capitán que delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a él e al caballo derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e quebró la lanza e puso luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león sañudo, faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no quedaba cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía, a unos muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la gente muy esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana tenía, e Daganel, jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes, los rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos corro, que parecía un león bravo.
Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más esfuerzo que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su gente:
—Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca nasció.
Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del Mar, como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo así heriendo en los enemigos el rey Perión e su compaña, no tardó mucho que paresció el rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía diciendo:
—Agora a ellos; no quede hombre que no matéis.
El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la lanza, y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con ella tan bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera que los del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la villa.
Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran amparo de los suyos.
El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel e los demás de su ejército que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de los suyos e díjole:
—Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos.
Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e dijo:
—Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre del mundo que yo más amaba; pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más combatir.
—Si vos queréis vengar como caballero ese que decís —dijo el Doncel del Mar— e mostrar la gran valentía de que sois loado, escoged en vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e seyendo iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de gente e soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna.
—Pues agora decid —dijo el rey Abies— de cuántos queréis que sea la batalla.
—Pues que en mí lo dejáis —dijo el Doncel— moveros he otro partido, e podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he fecho, e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra culpa no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre mí e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e la nuestra también, de se no mover hasta el fin della.
—Así sea —dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió, aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se moverían.
Concertada la batalla para el día siguiente, el Doncel del Mar entró por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza desarmada, e todos decían:
—¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra que puedas acabar lo que has comenzado! ¡Ay, qué hermosura de caballero! En éste es caballería bien empleada, pues que sobre todos la mantiene en la su grande alteza.
Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera, que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro, todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que los hierros llegaban a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e vivos de corazón, levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de las lanzas, y echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente que los que al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla era entre ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e los golpes tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros. Ellos cortaban los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e abollaban los yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más cortaban en sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse era maravilla; mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que cuasi dello no se sentían.
Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca se pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo se combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso de las armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes e hiriendo donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía en andar ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en desconcierto todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya sofrir, perdía el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las espaldas, andaba buscando alguna guarida con el temor de la espada, que tan crudamente la sentía; pero como vió que no había sino muerte, volvió, tomando su espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el campo.
El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole:
—Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido.
Él dijo:
—Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me hagas haber confisión, que muerto soy.
Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la Doncella de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final de la pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito su nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera se partiera para la Gran Bretaña. E leyendo el Doncel del Mar la carta, conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís. Acabada la habla, fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e Agrajes e los otros grandes de su partida, e sacado del campo con aquella gloria que los vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían todos:
—Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e alegría.
Así fueron hasta el palacio, e hallaron en la cámara del Doncel del Mar a la Reina con todas sus dueñas e doncellas, haciendo muy gran alegría, y en los brazos della fué él tomado de su caballo, y desarmado por la mano de la Reina, e vinieron maestros, que le curaron de las feridas, e aunque muchas eran, no había ninguna que mucho empacho le diese.
CAPÍTULO QUINTO
LOS ANILLOS DEL REY PERIÓN
Por razones que no son del caso, el hijo mayor de los reyes Perión y Elisena, nacido en ausencia del padre, había sido hecho desaparecer, al tiempo de ver la luz del mundo, por Darioleta, doncella y confidente de la madre. Entre otras cosas había llevado el niño colgado al cuello un anillo que Perión le había dado a Elisena, su mujer, idéntico a otro de que jamás se desprendía el Rey. Pero la Reina nunca le había confesado que, siendo en gran peligro su vida, había tenido que abandonar su hijo, sino que Perión creía que éste había nacido muerto y que el anillo, por falta de cuidado, era perdido.
Otro hijo de aquel real matrimonio, Galaor, aún muy mancebo, había también desaparecido y, sin que sus padres supieran de él, se criaba en tierra extraña, en el ejercicio de toda suerte de armas.
Días después de su victoria, pasando el Doncel del Mar por una sala, vió a Melicia, hija del Rey, niña, que estaba llorando, y preguntóla qué había. La niña dijo:
—Señor, perdí un anillo que el Rey me dió a guardar en tanto que él duerme.
—Pues yo os daré —dijo él— otro tan bueno o mejor, que le deis.
Entonces sacó de su dedo un anillo e dióselo. Ella dijo:
—Este es el que yo perdí.
—No es —dijo él.
—Pues es el anillo del mundo que más le parece —dijo la niña.
—Por esto está mejor —dijo el Doncel del Mar—, que en lugar del otro le daréis.
Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho.
El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió, e tomándolo, juntólo con el otro, e vió que era el que él a la Reina había dado, y dijo a la niña:
—¿Cómo fué esto de este anillo?
Ella, que mucho le temía, dijo:
—Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que el vuestro era.
El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo:
—Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el Doncel del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que veisle aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra cabeza lo pagará.
La Reina díjole:
—¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe negado!
Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el espada e aquel anillo.
—Por cierto —dijo el Rey— yo creo que este es nuestro hijo.
La Reina tendió las manos, diciendo:
—Así pluguiese al Señor del mundo.
—Agora vamos allá vos e yo —dijo el Rey— e preguntémosle de su hacienda.
Luego fueron entrambos solos a la cámara donde él estaba, e falláronlo durmiendo muy asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que a la cabecera de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego, como aquel que con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la Reina:
—Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me dejistes.
—Ay, señor —dijo la Reina—, no le dejemos más dormir, que mi corazón se aqueja mucho.
E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí, diciendo:
—Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy.
Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo:
—Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar, mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá.
—Ay, amigo —dijo la Reina—; pues agora nos acorred con vuestra palabra en decir cúyo hijo sois.
—Así Dios me ayude —dijo él—, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar por gran aventura.
La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:
—¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?
Ella dijo llorando:
—Hijo, ves aquí tu padre e madre.
Cuando él esto oyó, dijo:
—¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo?
La Reina, teniéndolo entre sus brazos, tornó e dijo:
—Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que cobrásemos aquel yerro que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como mala madre, os eché en la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró.
Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal padre e madre.
La Reina le dijo:
—Hijo, ¿sabéis vos si habéis otro nombre sino éste?
—Señora, sí sé —dijo él— que al partir de la batalla me dió aquella doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí echado; en que dice llamarme Amadís.
Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma que Darioleta por su mano escribiera, e dijo:
—Mi amado hijo, cuando esta carta se escribió era yo en toda cuita e dolor, e agora soy en toda holganza e alegría, ¡bendito sea Dios!, e de aquí adelante por este nombre os llamad.
—Así lo haré —dijo él; e fué llamado Amadís, y en otras muchas partes Amadís de Gaula.
El rey Perión mandó llegar cortes, porque todos viesen a su hijo Amadís; donde se hicieron muchas alegrías e juegos en honor y servicio de aquel señor que Dios les diera, con el cual e con su padre esperaban vivir en mucha honra y descanso; en fin de las cuales Amadís habló con su padre, diciendo que él se quería ir a la Gran Bretaña, y que le diese licencia. Mucho trabajó el Rey e la Reina por lo detener; mas por ninguna vía pudieron; que la gran cuita que por su señora pasaba no le dejaba ni daba lugar a que otra obediencia tuviese sino aquella que su corazón sojuzgaba, e tomando consigo solamente a Gandalín e otras tales armas como las que el rey Abies le despedazara en la batalla, así se partió, e anduvo tanto fasta que llegó a la mar; y entrando en una fusta, pasó en la Gran Bretaña.
CAPÍTULO SEXTO
DON GALAOR
Después de correr diversas aventuras por aquel reino y haber armado caballero a su hermano don Galaor, sin sospechar quien era, llegó Amadís cerca de Vindilisora, donde estaba la corte del rey Lisuarte, y Oriana en ella. Subió a un otero, desde donde le pareció que la villa mejor se podría ver; se asentó al pie de un árbol, e comenzó a mirar la villa, e vió las torres e los muros asaz altos, e dijo en su corazón:
—¡Ay, Dios! ¡Dónde está allí la flor del mundo! ¡Ay, villa! ¡cómo eres agora en gran alteza, por ser en ti aquella señora que entre todas las del mundo no ha par en bondad ni fermosura! E aun digo que es más amada que todas las que amadas son, y esto probaré yo al mejor caballero del mundo, si me della fuese otorgado.
Después que a su señora hobo loado, un tan gran cuidado le vino, que las lágrimas fueron a sus ojos venidas, e falleciéndole el corazón, cayó en un tan gran pensamiento, que todo estaba estordecido, de guisa que de sí ni de otro sabía parte.
Por mandato de su señora, después de haber vencido y muerto en desafío, en defensa de una dueña desamparada, a Dardán el Soberbio, uno de los caballeros más fuertes de aquel reino, presentóse Amadís en la Corte del rey Lisuarte. Mucho se maravillaban todos de la gran fermosura de Amadís, e cómo siendo tan mozo pudo vencer a Dardán, que tan esforzado era, que en toda la Gran Bretaña le temían.
El Rey quería que tan buen caballero no saliera de su Corte; pero Amadís, aunque otra cosa no deseara, no lo otorgó hasta que se lo pidió también la Reina, y Oriana le hizo señas de que accediera a su deseo. Dijo Amadís a la Reina y su hija:
—No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será como vuestro e no como suyo.
—Así vos recebimos yo e todas las otras —dijo la Reina.
Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió un caballero que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él, abrazándolo con gran amor, le dijo:
—Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto deseaba, e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes.
Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó Amadís en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora.
De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que venía realizando don Galaor por todas aquellas tierras, pobladas de castillos y florestas. Amadís deseaba ardientemente conocer a su hermano y, con licencia de Oriana, seguido de su fiel escudero Gandalín, fué a recorrer el reino por ver si lograba dar con él y traerlo consigo a la Corte del rey Lisuarte.
No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto.
Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella comarca sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el número y fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello.
Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil engaño, y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos de venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante su burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además del caballo le quitara las armas, dejándolo así totalmente burlado. Sin embargo, no fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió muerte al falso caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no apartarse del matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don que le tenía prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la demanda o quedar por falso y traidor.
Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís y el Enano iba delante, e por el camino que ellos iban venía un caballero e una doncella; e siendo cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse correr al Enano por le tajar la cabeza.