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Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • Se han puesto tildes a las mayúsculas; se han espaciado las rayas, salvo las iniciales de diálogo; se ha completado el emparejamiento de las comillas y de los signos de exclamación e interrogación.
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CUENTOS VALENCIANOS


OBRAS DEL MISMO AUTOR


  • La condenada (cuentos).
  • En el país del arte (viajes).
  • Arroz y tartana (novela).
  • Flor de Mayo (novela).
  • La barraca (novela).
  • Entre naranjos (novela).
  • Sónnica la cortesana (novela).
  • Cañas y barro (novela).
  • La Catedral (novela).
  • El Intruso (novela).
  • La Bodega (novela).
  • La Horda (novela).
  • La maja desnuda (novela).
  • Oriente (viajes).
  • Sangre y arena (novela).
  • Los muertos mandan (novela).
  • Luna Benamor (novela).

ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS


OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR


Terres maudites (Traducción de G. Hérelle), París.

Fleur de Mai (Traducción de G. Hérelle), París.

Boue et Roseaux (Traducción de Maurice Bixio), París.

Contes Espagnols (Traducción de G. Menetrier), París.

Dans l’ombre de la cathédrale (Traducción de G. Hérelle), París.

Terras malditas (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.

A Cathedral (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

Die Kathedrale (Traducción de Josy Priems), Zurich.

Flor de Mayo (Traducción de Josy Priems), Zurich.

Erdfluch (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

Schilfund Schlamm (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

Der Eindringling (Traducción de J. Broutá), Berlín.

De Vloek (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

Waar Oranjeboomen Bloeien (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdam.

Chalupa (Traducción de A. Pikhart), Praga.

Marná Chlouba (Traducción de A. Pikhart), Praga.

Ah, il pane!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.

Hvad en Mand har at gove (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.

Vinnyi Sklad (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Bodega (Traducción de K. G.), Petersburgo.

Prokliatac Pole (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Sobor (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Duoyñoy vistrel (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Geleznodorognoy Zaiaz (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Naloguiza obnagnenaia (Traducción de M. Watson), Petersburgo.

Arènes sanglantes (Traducción de G. Hérelle), París.

La Horde (Traducción de G. Hérelle), París.

A cortezan de Sagunto (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

O Intruso (Traducción de Carvalho), Lisboa.

V. Blasco Ibáñez


CUENTOS VALENCIANOS

F. Sempere y Compañía, Editores

VALENCIA

Esta Casa Editorial obtuvo Diploma de Honor y Medalla de Oro en la Exposición Regional de Valencia de 1909 y Gran Premio de Honor en la Internacional de Buenos Aires de 1910.

Derechos de traducción reservados en todos los países,
incluso Suecia y Noruega.

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª — Valencia

CUENTOS VALENCIANOS


Dimòni


I

Desde Cullera a Sagunto, en toda la valenciana vega no había pueblo ni poblado donde no fuese conocido.

Apenas su dulzaina sonaba en la plaza, los muchachos corrían desalados, las comadres llamábanse unas a otras con ademán gozoso y los hombres abandonaban la taberna.

—¡Dimòni! ¡Ya está ahí Dimòni!

Y él, con los carrillos hinchados, la mirada vaga perdida en lo alto y soplando sin cesar en la picuda dulzaina, acogía la rústica ovación con la indiferencia de un ídolo.

Era popular y compartía la general admiración con aquella dulzaina vieja, resquebrajada, la eterna compañera de sus correrías, la que, cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la Naturaleza en un acceso de filarmonía.

Las mujeres, que se burlaban de aquel insigne perdido, habían hecho un descubrimiento: Dimòni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza esférica, la frente elevada, el cabello al rape y la nariz de curva audaz, tenía en su aspecto reposado y majestuoso algo que recordaba al patricio romano, pero no de aquellos que en el período de austeridad vivían a la espartana y se robustecían en el Campo de Marte, sino de los otros, de aquellos de la decadencia, que en las orgías imperiales afeaban la hermosura de raza colorando su nariz con el bermellón del vino y deformando su perfil con la colgante sotabarba de la glotonería.

Dimòni era un borracho. Los privilegios de su dulzaina, que por lo maravillosos le habían valido el apodo, no llamaban tanto la atención como las asombrosas borracheras que pillaba en las grandes fiestas.

Su fama de músico le hacía ser llamado por los clavarios de todos los pueblos, y veíasele llegar carretera abajo siempre erguido y silencioso, con la dulzaina en el sobaco, llevando al lado, como gozquecillo obediente, al tamborilero, algún pillete recogido en los caminos, con el cogote pelado por los tremendos pellizcos que al descuido le largaba el maestro cuando no redoblaba sobre el parche con brío, y que si cansado de aquella vida nómada abandonaba al amo, era después de haberse hecho tan borracho como él.

No había en toda la provincia dulzainero como Dimòni; pero buenas angustias les costaba a los clavarios el gusto de que tocase en sus fiestas. Tenían que vigilarlo desde que entraba en el pueblo, amenazarle con un garrote para que no entrase en la taberna hasta terminada la procesión, o muchas veces, por un exceso de condescendencia, acompañarle dentro de aquella para detener su brazo cada vez que lo tendía hacia el porrón. Aun así resultaban inútiles tantas precauciones, pues más de una vez, marchando grave y erguido, aunque con paso tardo, ante el estandarte de la cofradía, escandalizaba a los fieles rompiendo a tocar la Marcha Real frente al ramo de olivo de la taberna, y entonando después el melancólico De profundis cuando la peana del santo patrono volvía a entrar en la iglesia.

Y estas distracciones de bohemio incorregible, estas impiedades de borracho, alegraban a la gente. La chiquillería pululaba en torno de él, dando cabriolas al compás de la dulzaina y aclamando a Dimòni; y los solteros del pueblo se reían de la gravedad con que marchaba delante de la cruz parroquial y le enseñaban de lejos un vaso de vino, invitación a la que contestaba con un guiño malicioso, como si dijera: «Guardadlo para después».

Ese después era la felicidad de Dimòni, pues representaba el momento en que, terminada la fiesta y libre de la vigilancia de los clavarios, entraba en posesión de su libertad en plena taberna.

Allí estaba en su centro, junto a los toneles pintados de rojo oscuro, entre las mesillas de cinc jaspeadas por las huellas redondas de los vasos, aspirando el tufillo del ajoaceite, del bacalao y las sardinas fritas que se exhibían en el mostrador tras mugriento alambrado, y bajo los suculentos pabellones que formaban, colgando de las viguetas, las ristras de morcillas rezumando aceite, los manojos de chorizos moteados por las moscas, las oscuras longanizas y los ventrudos jamones espolvoreados con rojo pimentón.

La tabernera sentíase halagada por la presencia de un huésped que llevaba tras sí la concurrencia, e iban entrando los admiradores a bandadas; no habían bastantes manos para llenar porrones; esparcíase por el ambiente un denso olor de lana burda y sudor de pies, y a la luz del humoso quinqué veíase a la respetable asamblea, sentados unos en los cuadrados taburetes de algarrobo con asiento de esparto y otros en cuclillas en el suelo, sosteniéndose con fuertes manos las abultadas mandíbulas, como si estas fueran a desprenderse de tanto reír.

Todas las miradas estaban fijas en Dimòni y su dulzaina.

¡L’agüela! ¡Fes l’agüela!

Y Dimòni, sin pestañear, como si no hubiera oído la petición general, comenzaba a imitar con su dulzaina el gangoso diálogo de dos viejas, con tan grotescas inflexiones, con pausas tan oportunas, con escapes de voz tan chillones, que una carcajada brutal e interminable conmovía la taberna, despertando a las caballerías del inmediato corral, que unían a la baraúnda sus agudos relinchos.

Después le pedían que imitase a La Borracha, una mala piel que iba de pueblo en pueblo vendiendo pañuelos y gastándose las ganancias en aguardiente. Y lo mejor del caso es que casi siempre estaba presente la aludida y era la primera en reírse de la gracia con que el dulzainero imitaba sus chillidos al pregonar la venta y las riñas con las compradoras.

Pero cuando se agotaba el repertorio burlesco, Dimòni, soñoliento por la digestión del alcohol, lanzábase en su mundo imaginario, y ante su público silencioso y embobado, imitaba la charla de los gorriones, el murmullo de los campos de trigo en los días de viento, el lejano sonar de las campanas, todo lo que le sorprendía cuando por las tardes despertaba en medio del campo sin comprender cómo le había llevado allí la borrachera pillada la noche anterior.

Aquellas gentes rudas no se sentían ya capaces de burlarse de Dimòni, de sus soberbias chispas ni de los repelones que hacía sufrir al tamborilero. El arte, algo grosero, pero ingenuo y genial de aquel bohemio rústico, causaba honda huella en sus almas vírgenes y miraban con asombro al borracho que, al compás de los arabescos impalpables que trazaba con su dulzaina, parecía crecerse, siempre con la mirada abstraída, grave, sin abandonar su instrumento más que para coger el porrón y acariciar su seca lengua con el glu-glu del hilillo del vino.

Y así estaba siempre. Costaba gran trabajo sacarle una palabra del cuerpo. De él sabíase únicamente por el rumor de su popularidad que era de Benicófar, que allá vivía en una casa vieja, que conservaba aún porque nadie le daba dos cuartos por ella, y que se había bebido, en unos cuantos años, dos machos, un carro y media docena de campos que heredó de su madre.

¿Trabajar? No, y mil veces no. Él había nacido para borracho. Mientras tuviese la dulzaina en las manos, no le faltaría pan, y dormía como un príncipe cuando, terminada una fiesta y después de soplar y beber toda la noche, caía como un fardo en un rincón de la taberna o en un pajar del campo, y el pillete tamborilero, tan ebrio como él, se acostaba a sus pies cual un perrillo obediente.

II

Nadie supo cómo fue el encuentro; pero era forzoso que ocurriera, y ocurrió. Dimòni y La Borracha se juntaron y se confundieron.

Siguiendo su curso por el cielo de la borrachera, rozáronse para marchar siempre unidos el astro rojizo de color de vino y aquella estrella errante, lívida como la luz del alcohol.

La fraternidad de borrachos acabó en amor, y fuéronse a sus dominios de Benicófar a ocultar su felicidad en aquella casucha vieja, donde por las noches, tendidos en el suelo del mismo cuarto donde había nacido Dimòni, veían las estrellas que parpadeaban maliciosamente a través de los grandes boquetes del tejado, adornados con largas cabelleras de inquietas plantas. Aquella casa era una muela vieja y cariada que se caía en pedazos. Las noches de tempestad tenían que huir como si estuvieran a campo raso, perseguidos por la lluvia, de habitación en habitación, hasta que por fin encontraban en el abandonado establo un rinconcito donde entre polvo y telarañas florecía su extravagante primavera de amor.

¡Casarse!... ¿para qué? ¡Valiente cosa les importaba lo que dijera la gente! Para ellos no se habían fabricado las leyes ni los convencionalismos sociales. Les bastaba el amarse mucho, tener un mendrugo de pan a mediodía, y sobre todo algún crédito en la taberna.

Dimòni mostrábase absorto, como si ante su vista se hubiese abierto ignorada puerta mostrándole una felicidad tan inmensa como desconocida. Desde la niñez, el vino y la dulzaina habían absorbido todas sus pasiones; y ahora, a los veintiocho años, perdía su pudor de borracho insensible, y como uno de aquellos cirios de fina cera que llameaban en las procesiones, derretíase en brazos de La Borracha, sabandija escuálida, fea, miserable, ennegrecida por el fuego alcohólico que ardía en su interior, apasionada hasta vibrar como una cuerda tirante, y que a él le parecía el prototipo de la belleza.

Su felicidad era tan grande, que se desbordaba fuera de la casucha. Acariciábanse en medio de las calles con el impudor inocente de una pareja canina, y muchas veces, camino de los pueblos donde se celebraba fiesta, huían a campo traviesa, sorprendidos en lo mejor de su pasión por los gritos de los carreteros, que celebraban con risotadas el descubrimiento. El vino y el amor engordaban a Dimòni; echaba panza, iba de ropa más bien cuidado que nunca y sentíase tranquilo y satisfecho al lado de La Borracha, aquella mujer cada vez más seca y negruzca que, pensando únicamente en cuidarle, no se ocupaba en remendar las sucias faldillas que se escurrían de sus hundidas caderas.

No le abandonaba. Un buen mozo como él estaba expuesto a peligros; y no satisfecha con acompañarle en sus viajes de artista, marchaba a su lado al frente de la procesión, sin miedo a los cohetes y mirando con cierta hostilidad a todas las mujeres.

Cuando La Borracha quedó embarazada, la gente se moría de risa, comprometiéndose con ello la solemnidad de las procesiones.

En medio él, erguido, con expresión triunfante, con la dulzaina hacia arriba como si fuese una descomunal nariz que olía al cielo; a un lado el pillete, haciendo sonar el tamboril, y al opuesto La Borracha, exhibiendo con satisfacción, como un segundo tambor, aquel vientre que se hinchaba cual globo próximo a estallar, que la hacía ir con paso tardo y vacilante y que en su insolente redondez subía escandalosamente el delantero de la falda, dejando al descubierto los hinchados pies bailoteando en viejos zapatos y aquellas piernas negras, secas y sucias como los palillos que movía el tamborilero.

Aquello era un escándalo, una profanación, y los curas de los pueblos sermoneaban al dulzainero:

—Pero ¡gran demonio! Cásate al menos, ya que esa perdida se empeña en no dejarte ni aun en la procesión. Yo me encargaré de arreglaros los papeles.

Pero aunque él decía a todo que sí, maldito lo que le seducía la proposición. ¡Casarse ellos! ¡Bueno va!... ¡cómo se burlaría la gente! Mejor estaban así las cosas.

Y en vista de su tozuda resistencia, si no le quitaron las fiestas, por ser el más barato y mejor de los dulzaineros, despojáronle de todos los honores anexos a su cargo, y ya no comió más en la mesa de los clavarios, ni se le dio el pan bendito, ni se permitió que entrasen en la iglesia el día de la fiesta semejante par de herejazos.

III

Ella no fue madre. Cuando llegó el momento, arrancaron en pedazos, de sus entrañas ardientes, aquel infeliz engendro de la embriaguez.

Y tras el feto monstruoso y sin vida, murió la madre ante la mirada asombrada de Dimòni, que, al ver extinguirse aquella vida sin agonía ni convulsiones, no sabía si su compañera se había ido para siempre o si acababa de dormirse como cuando rodaba a sus pies la botella vacía.

El suceso tuvo resonancia, y las comadres de Benicófar se agrupaban a la puerta de la casucha para ver de lejos a La Borracha tendida en el ataúd de los pobres y a Dimòni en cuclillas junto a la muerta, voluminoso, lloriqueando y con la cerviz inclinada, como un buey melancólico.

Nadie del pueblo se dignó entrar en la casa. El duelo se componía de media docena de amigos de Dimòni, haraposos y tan borrachos como este, que pordioseaban por los caminos, y del sepulturero de Benicófar.

Pasaron la noche velando a la difunta, yendo por turno cada dos horas a aporrear la puerta de la taberna pidiendo que les llenasen una enorme bota, y cuando el sol entró por las brechas del tejado, despertaron todos, tendidos en torno de la difunta, ni más ni menos que los domingos por la noche cuando en fraternal confianza caían en algún pajar a la salida de la taberna.

¡Cómo lloraban todos!... Y ahora la pobrecita estaba allí en el cajón de los pobres, tranquila como si durmiera, y sin poder levantarse a pedir su parte. ¡Oh, lo que es la vida!... ¡Y en esto hemos de parar todos!

Y los borrachos lloraron tanto, que al conducir el cadáver al cementerio todavía les duraba la emoción y la embriaguez.

Todo el vecindario presenció de lejos el entierro. Las buenas almas reían como locas ante espectáculo tan grotesco.

Los amigotes de Dimòni marchaban con el ataúd al hombro, dando traspiés que hacían mecerse rudamente la fúnebre caja como un buque viejo y desarbolado. Y detrás de aquellos mendigos iba Dimòni con su inseparable instrumento bajo el sobaco, siempre con aquel aspecto de buey moribundo que acababa de recibir un tremendo golpe en la cerviz.

Los chiquillos gritaban y daban cabriolas ante el ataúd, como si aquello fuese una fiesta, y la gente reía, asegurando que lo del parto era una farsa y que La Borracha había muerto de un hartazgo de aguardiente.

Los lagrimones de Dimòni también hacían reír. ¡Valiente pillo! Aún le duraba el cañamón de la noche anterior y lloraba lágrimas de vino al pensar que ya no tendría una compañera en sus borracheras nocturnas.

Todos le vieron volver del cementerio, donde por compasión habían permitido el entierro de aquella gran perdida, y le vieron también cómo con sus amigotes, incluso el enterrador, se metía en la taberna para agarrar el porrón con las manos sucias de la tierra de las tumbas.

Desde aquel día, el cambio fue radical. ¡Adiós, excursiones gloriosas, triunfos alcanzados en las tabernas, serenatas en las plazas y toques estruendosos en las procesiones! Dimòni no quería salir de Benicófar, ni tocar en las fiestas. ¿Trabajar?... eso para los imbéciles. Que no contasen con él los clavarios; y para afirmarse más en esta resolución, despidió al último tamborilero, cuya presencia le irritaba.

Tal vez en sus ensueños de borracho melancólico había pensado, mirando el hinchado vientre de La Borracha, en la posibilidad de que con el tiempo un muchacho panzudo con cara de pillo, un Dimoniet, acompañase golpeando el parche las escalas vibrantes de su dulzaina. Ahora sí que estaba solo. Había conocido la dicha para que después su situación fuese más triste. Había sabido lo que era amor para conocer el desconsuelo; dos cosas cuya existencia ignoraba antes de tropezar con La Borracha.

Entregose al aguardiente con el mismo fervor que si rindiera un tributo fúnebre a la muerta; iba roto, mugriento, y no podía revolverse en su casucha sin notar la falta de aquellas manos de bruja, secas y afiladas como garras, que tenían para él cuidados maternales.

Como un búho, permanecía en el fondo de su guarida mientras brillaba el sol, y a la caída de la tarde salía del pueblo cautelosamente, como ladrón que va al acecho, y por una brecha del muro se colaba en el cementerio, un corral de suelo ondulado que la Naturaleza igualaba con matorrales, en los que pululaban las mariposas.

Y por la noche, cuando los jornaleros retrasados volvían al pueblo con la azada al hombro, oían una musiquilla dulce e interminable que parecía salir de las tumbas.

—¡Dimòni!... ¿Eres tú?

La musiquilla callaba ante los gritos de aquella gente supersticiosa, que preguntaba por ahuyentar su miedo.

Y luego, cuando los pasos se alejaban, cuando se restablecía en la inmensa vega el susurrante silencio de la noche, volvía a sonar la musiquilla, triste como un lamento, como el lloriqueo lejano de una criatura llamando a la madre que jamás había de volver.

¡Cosas de hombres!...


Cuando Visentico, el hijo de la siñá Serafina, volvió de Cuba, la calle de Borrull púsose en conmoción.

En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana, agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar estupendas historias con credulidad asombrosa.

—En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito... lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta tierresita.

Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia, y decía tener olvidado el valenciano, a pesar de lo mucho que le tiraba la tierresita. Había salido de allí con lengua, y volvía con un merengue derretido, a través del cual las palabras tomaban el tono empalagoso de una flauta melancólica.

Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba a la crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habíanse metido en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un estrépito solo comparable al fru-fru de sus faldas de percal, almidonadas en los bajos hasta ser puro cartón.

La siñá Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba mamá. Ella era la encargada de hacer saber a las vecinas las onzas de oro que Visentico había traído de allá, y al número que marcaba, ya bastante exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además, se hablaba con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado guardaba, y en el cual el Estado se comprometía a dar tanto y cuanto... cuando mudase de fortuna.

No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones, trajese loca a Pepeta (a) La Buena Mosa, una vaca brava que por las mañanas revendía fruta en el Mercado, y con su falda acorazada, pañuelo de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la frente, pasaba la vida a la puerta de su casa, tan dispuesta a arañarse con la primera vecina como a conmover toda la calle con alguno de sus escándalos de muchachota cerril.

La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del barrio, y además, antes de que él se fuese a Cuba ya se susurraba si había algo entre ellos.

Lo que ya no le parecía tan claro a la gente es lo que diría el Menut, un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para repartir la carne; un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos en las orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si en distintas ocasiones había afanado borregos enteros.

La Pepeta estaba loca; solo una caprichosa como ella podía haber aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de un granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza era capaz de deshacer la cara de un solo revés.

Y ahora iba a ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los vecinos solo con ver al Menut, quien con aspecto de perro abandonado pasaba el día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín de Panchabruta como frente a la casa de Pepeta, siempre sucio, con la camiseta listada de azul y la blusa al cuello impregnadas de la hediondez de la sangre seca.

Ya no repartía carneros a los cortantes de la ciudad; olvidaba su carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar aquel algo que le faltaba, solo sabía beberse águilas en el cafetín o ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada más que con la lengua. Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había tenido los ojos?... Ahora le parecía imposible que hubiese querido a aquel bruto, sucio y borrachín. ¡Qué abismo entre él y Visentico!... una figura de general, un chico muy gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como un ángel, y que, en fin, si no tenía millones y una mulata, ya se sabía que era por lo mucho que le tiraba la tierresita.

Indignábase al ver que aquel granujilla, forrado en la mugre de la carne muerta, aún tenía la pretensión de que continuase lo que solo había sido un capricho... una condescendencia compasiva... ¡Arre allá! Cuando no manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese a decirla ¡flor de guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su presencia.

La buena moza fue inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces la calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fue el Menut.

En las noches de verano, cuando el calor arrojaba a las familias en medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de melodrama.

La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta, lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte a la buena moza, y después desvanecíase por un escotillón: el cafetín donde el Menut, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas a las rampantes garras de las águilas amílicas.

¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón, y ella recibía honores de reina festejada. A su lado, la madre, una vieja insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.

La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros soplos de la noche.

Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores: chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo oscuro que parecía un lienzo apollillado transparentando lejana luz, descendía un soplo húmedo que reanimaba a la tierra, arrancándola suspiros de vida.

En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la guitarra con su rasgueo soñador, el canto a coro desentonado y estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo a cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.

Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo; extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al fin, la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud, escuchando como angélicas melodías los arañazos de los acordeones.

Y a esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar los corrillos más animados, era cuando a lo lejos la difusa luz de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando zigzags como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.

Era el padre de Pepeta, que con la gorra desmayada y el pañuelo de hierbas en una mano volvía de la taberna. Saludaba a la reunión con tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por fin en la oscuridad de su casa, maldiciendo a los avaros caseros que, para fastidiar a los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.

En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan a comprender que una está chiflada por ellos... ya, ya.

Y mientras tanto, la pobre alma en pena a la puerta del cafetín, con la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo de cerca las bromitas de sus amigachos y a lo lejos las canciones del corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.

Pero ¡qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le faltaba esto y lo de más allá? Conformes; pero aún no había muerto, y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto, a Pepeta y al Cubano se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una carasera y él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les arreglaría las cuentas.... A ver, tío Panchabruta: otra águila de petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.

Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.

Ahora cantaban a coro en casa de Pepeta:

Vente conmigo y no temas

estos parajes dejar...

Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda y mimosa, la del cubano, que decía: Vente conmigo, con una intención que al Menut parecía arañarle en el pecho. Conque vente conmigo, ¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba a arder todo en la calle de Borrull.

Y se lanzó fuera del cafetín sin llamar la atención de los bebedores, acostumbrados a tan nerviosas salidas.

Ya no era el alma en pena; iba rectamente a su sitio, a aquel corro maldito que tantas noches había sido su tormento.

—Tú, Cubano, ascolta.

Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete? ¿Había por allí algún borrego que robar?...

Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.

—Me paese... me paese que ese muchachito se la va a cargar por torpe.

Y salió del corro, a pesar de las protestas y consejos de todos.

Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No llegaría la sangre al río. El Menut era un chillón que no valía un papel de fumar, y si se atrevía a hacer pinitos ya le limpiaría los mocos el otro. Vaya... a cantar. No debía turbarse la buena armonía por un bicho así.

Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos con el rabillo del ojo a los dos que estaban plantados en el arroyo, frente a frente.

Que la que aquí es prima donna,

reina en mi casa será...á...á

Pero al hacer una pausa se oyó la voz del Menut, que decía lentamente, con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:

—Tú eres un morral... sí señor; un morral.

Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo, lanzando un quejido, pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era tarde.

Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando sucias blasfemias.

Y el Cubano de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa, y en aquel momento desvaneciose la melosidad antillana, y el lenguaje de la niñez reapareció junto con la desgracia.

—¡Ay, mare mehua!... ¡Mare mehua!

Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos, agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban los intestinos cortados, rezumando sangre e inmundicia.

Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en torno del caído; sonaban pitos a lo lejos, poblándose instantáneamente los balcones, y en uno de ellos la siñá Serafina, en camisa, desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo, daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de su desgracia.

Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo llegar hasta el Menut, le escupía a la cara siempre los mismos insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba a todo el barrio:

—¡Lladre!... ¡Granuja!...

Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída a sus pies. Tan tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente los extremos de su boca.

Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda, y la blusa encima, la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de municipales, satisfecho, en el fondo, de que la gente se agolpase a su paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez a sus amigotes que, asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban qué había hecho.

Res; còses d’hòmens.

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la prosopopeya de la estupidez satisfecha.

La cencerrada


I

Todos los vecinos de Benimuslín acogieron con extrañeza la noticia.

Se casaba el tío Sènto, uno de los prohombres del pueblo, el primer contribuyente del distrito, y la novia era Marieta, guapa chica, hija de un carretero, que no aportaba al matrimonio otros bienes que aquella cara morena, con su sonrisa de graciosos hoyuelos y los ojazos negros, que parecían adormecerse tras las largas pestañas entre los dos rodetes de apretado y brillante cabello que, adornados con pobres horquillas, cubrían sus sienes.

Por más de una semana esta noticia conmovió al tranquilo pueblecito, que entre una inmensidad de viñas y olivares alzaba sus negruzcos tejados, sus tapias de blancura deslumbrante, el campanario con su montera de verdes tejas y aquella torre cuadrada y roja, recuerdo de los moros, que destacaba soberbia sobre el intenso azul del cielo su corona de almenas rotas o desmoronadas como una encía vieja.

El egoísmo rural no salía de su asombro. Muy enamorado debía estar el tío Sènto para casarse, violando tan escandalosamente las costumbres tradicionales. ¿Cuándo se había visto a un hombre que era dueño de la cuarta parte del término, con más de cien botas en la bodega y cinco mulas en la cuadra, casarse con una chica que de pequeña robaba fruta o ayudaba en las faenas de las casas ricas para que la diesen de comer?

Todos decían lo mismo. ¡Ah, si levantase la cabeza la siñá Tomasa, la primera mujer del tío Sènto, y viese que su caserón de la calle Mayor, sus campos y su estudi, con aquella cama monumental de que tan orgullosa estaba, iban a ser para la mocosuela que en otros tiempos la pedía una rebanada de pan!

Aquel hombre debía estar loco. No había más que ver el aire de adoración con que contemplaba a Marieta, la sonrisa boba con que acogía todas sus palabras y las actitudes de chaval con que se mostraba a los cincuenta y seis años bien cumplidos. Y las que más protestaban contra aquel hecho inaudito eran las chicas de las familias acomodadas, que, siguiendo las egoístas tradiciones, no hubieran tenido inconveniente en entregar su morena mano a aquel gallo viejo, que se apretaba la exuberante panza con la faja de seda negra y mostraba sus ojillos pardos y duros bajo el sombraje de unas cejas salientes y enormes que, según expresión de sus enemigos, tenían más de media arroba de pelo.

La gente estaba conforme en que el tío Sènto había perdido la razón. Cuanto poseía antes de casarse y todo lo que había heredado de la siñá Tomasa, iba a ser de Marieta, de aquella mosca muerta que había conseguido turbarle de tal modo, que hasta las devotas a la puerta de la iglesia murmuraban si la chica tendría hecho pacto con el malo y habría dado al viejo polvos seguidores.

El domingo en que se leyó la primera amonestación, el escándalo fue grande. Después de la misa mayor, había que oír a los parientes de la siñá Tomasa. Aquello era un robo, sí señor; la difunta se lo había dejado todo a su marido, creyendo que no la olvidaría jamás, y ahora el muy ladrón, a pesar de sus años, buscaba un bocado tierno y le regalaba lo de la otra. No había justicia en la tierra si aquello se consentía. ¡Pero vaya usted a reclamar en estos tiempos! Bien decía don Vicente, el siñor retor, que ahora todo está perdido. Debía mandar don Carlos, que es el único que persigue a los pillos.

Así vociferaban en los corrillos de la plaza los que se creían perjudicados por el futuro matrimonio, ayudándoles en la murmuración casi todos los vecinos de Benimuslín.

El caso era que tal casamiento no acabaría bien. Aquel vejestorio atacado de rabia amorosa estaba destinado a llorar su calaverada. ¡Pequeños iban a ser los adornos!... Todo el pueblo sabía que Marieta tenía un novio, Tòni el Desgarrat, un vago que había pasado la niñez con ella correteando por las viñas, y ahora, al ser mayor, la quería con buen fin, esperando para casarse que le entrasen ganas de trabajar y perder la costumbre de beberse en la taberna los cuatro terrones de su herencia en compañía de su amigo el dulzainero Dimòni, otro perdido que venía a buscarle del inmediato pueblo para tomar juntos famosas borracheras, que dormían en los pajares.

Los parientes de la siñá Tomasa miraban ahora con simpatía al Desgarrat. Este se encargaría de vengarles.

Y los mismos que antes le despreciaban, los ricachos que volvían la cara al encontrarle, buscábanle en la taberna el día de la primera amonestación, plantándose ante el muchachote, que estaba sentado en un taburete de cuerda con la vistosa manta sobre las rodillas, la colilla pegada al labio y la mirada fija en el porrón, que herido por un rayo de sol, reflejaba inquieta mancha roja sobre el cinc de la mesilla.

Che, Desgarrat —le decían con sorna—, Marieta se casa.

Pero el Desgarrat acogía esta burla levantando los hombros. Aquello aún había de verse. Hasta el fin nadie es dichoso, y él... ¡recordóns! ya sabían todos que era muy hombre para vérselas con el tío Sènto, que también la echaba de terne.

Así era, y por lo mismo todos esperaban un choque ruidoso.

Allí iba a pasar algo.

Al tío Sènto —según propia afirmación— nadie le ganaba a bruto. Levantaba mucho peso en las elecciones, tenía grandes amigos en Valencia, había sido alcalde varias veces y estaba acostumbrado a enarbolar en medio de la plaza el grueso gayato de Liria para sacudirle dos palos con la mayor impunidad al primero que le incomodaba.

II

Llegó el momento de las cartas dotales. El tío Sènto no hacía las cosas a medias, y además, buena era Marieta y su familia para despreciar la ocasión.

En trescientas onzas la dotaba el novio, sin contar la ropa y las alhajas pertenecientes a su primera mujer.

La casa de Marieta, aquella casucha de las afueras sin más adorno que el carro a la puerta y dos o tres caballerías flacas en el establo, fue visitada por todas las chicas del pueblo.

Aquello era un jubileo. Todas formando grupo, cogidas de la cintura o de las manos, pasaban ante el largo tablado cubierto por blancas colchas, sobre el cual los regalos y la ropa de la novia ostentábanse con tal magnificencia, que arrancaban exclamaciones de asombro:

—¡Reina y santísima! ¡Qué cosas tan preciosas!

La ropa blanca clasificada por tamaños, apilada en altas columnas que casi llegaban al techo, cuidadosamente doblada, algo morena, como tejido fuerte, pero con un olor a limpieza y lejía que daba gloria; todo a docenas de docenas, desde las camisas hasta los trapos de cocina, con iniciales de colores chillones y guarnecidas con profusión de randas las ropas de uso interior: los vestidos de seda, gruesos y crujientes, con vivos reflejos metálicos; las faldas de rameado percal mostrando una fresca florescencia de primavera; las mantillas con sus sutiles y complicados arabescos; los corsés blancos y negros pespunteados de rojo, delatando con impudencia en sus rígidos contornos el cuerpo de la novia; y encerrados en sus marcos de cartón, los pañolones de Manila, con aves fantásticas volando en un cielo de seda blanca, y grupos de chinos, unos bigotudos y fieros, otros pelones y bobos, admirando con sus caritas de porcelana a las sencillas muchachas, que soñaban despiertas en aquellos misteriosos países donde los hombres gastan faldas y tienen ojitos de cerdo. Después venían los regalos de los amigos, en su mayoría pilillas de agua bendita para la alcoba, con sus ángeles de porcelana; cajas con cuchillos y cubiertos de plata, y dos grandes candelabros que descollaban majestuosamente. Eran el regalo del marqués, del cacique de la comarca, el hombre más eminente de España, según el tío Sènto, el cual, siempre que se trataba de sacarle diputado por el distrito, estaba tan dispuesto a empuñar el garrote como a echarse la escopeta a la cara.

Y como digno final de aquella exposición, en lugar preferente ostentábanse las joyas chispeando sobre la almohadilla granate de los estuches: las uvas de perlas para las orejas, los alfileres de pecho con sus complicados colgajos, las grandes horquillas de oro para los caracoles de las sienes, las tres agujas con cabezas de apretadas perlas que habían de atravesar el airoso rodete y aquel aderezo, famoso en Benimuslín, que la siñá Tomasa había comprado en catorce onzas de la calle de las Platerías.

¡Vaya una suerte la de Marieta! Ella se hacía la modesta, enrojeciendo cada vez que ponderaban su futura felicidad, pero había que ver los lagrimones de la madre, una mujercilla flaca, arrugada e insignificante, y la emoción del carretero, que iba como un criado tras su futuro yerno, guardándole todas las consideraciones debidas a un ser superior.

Por la noche fue la lectura de las cartas. Llegó don Julián el notario en su vieja tartana acompañado de su acólito, un infeliz de cara hambrienta con el tintero de cuerno asomado a un bolsillo y el papel sellado bajo el brazo.

Don Julián fue entrado casi en triunfo en la cocina, donde ya estaba preparada una mesilla para el escribiente con velón de cuatro brazos.

¡Qué hombre tan sabio aquel! Leía las escrituras en valenciano e intercalaba en el árido texto chistes de su cosecha... Vamos, que no había palurdo que pudiera estar serio en presencia de aquel señor siempre grave, que tenía cierto aire eclesiástico, con su largo paletó negro semejante a una sotana, el rostro carrilludo y frescote, cuidadosamente afeitado, y las recias gafas montadas en la frente, lo que era para los vecinos de Benimuslín un capricho inexplicable propio de los grandes talentos.

Comenzó el notario a dictar en voz baja; garrapateaba el escribiente en los pliegos de papel sellado, y mientras tanto iban llegando los amigos de casa con el cura y el alcalde, y desaparecían del largo tablado los regalos de boda para dejar sitio a los macizos bizcochos espolvoreados de azúcar, los platos de amargos y las tortas finas secas como cartón, a más de una docena de botellas de rosa y marrasquino.

Tosió varias veces don Julián, púsose en pie tirando de las solapas de su paletó, y todos quedaron en silencio, mientras él agarraba los pliegos escritos con la tinta todavía fresca y comenzaba a leer en valenciano.

¡Qué hombre tan chistoso! Al nombrar al novio hizo una mueca grotesca, y el tío Sènto fue el primero en celebrarlo con una ruidosa carcajada; al mentar a la novia saludó a Marieta con una reverencia de baile y volvió a repetirse la risa; pero cuando llegaron las condiciones del contrato, todos se pusieron graves: un viento de egoísmo y de avaricia parecía soplar en aquella cocina, y hasta la novia levantaba la cabeza con los ojos brillantes y las alillas de la nariz dilatadas por la emoción al oír hablar de onzas, de la viña de la Ermita y del olivar del Camino Hondo: todo lo que iba a ser suyo. El tío Sènto era el único que sonreía satisfecho de que tan honorable concurso apreciara hasta dónde llegaba su generosidad.

Así se hacían las cosas. Los padres de Marieta lloraban y las vecinas movían la cabeza con expresión de asentimiento. A un hombre así se le podía entregar una hija sin remordimiento alguno.

Cuando el papelote quedó firmado, comenzaron a circular los dulces y las copas. El notario lucía su ingenio, mientras el famélico escribiente se atracaba en representación propia y de su principal.

Aquel don Julián era el encanto de su rudo auditorio. Ya verían de lo que era capaz el día de la boda. Don Vicente el cura y él se habían de emborrachar, brindando por la felicidad de los novios: palabra de honor.

A las once terminó la fiesta de las cartas. El cura acababa de retirarse escandalizado de estar en pie a aquellas horas teniendo que decir la misa primera; el alcalde le había acompañado, y salió por fin el tío Sènto con el notario y el escribiente, los que llevaba a dormir a su casa.

Las calles estaban oscuras. Más allá de la casa de Marieta estaba la densa lobreguez de los campos, de la que salían rumores de follaje y cantos de grillos. Sobre los tejados parpadeaban las estrellas en un cielo de intenso azul. Ladraban los perros en los corrales, contestando a los relinchos de las bestias de labor. El pueblo dormía, y el notario y su ayudante andaban con precaución, temiendo tropezar con algún pedrusco de aquellas calles desconocidas.

—¡Ave María purísima! —gritaba a lo lejos una voz acatarrada—; las onse... sereno.

Y don Julián sentíase algo intranquilo en aquella lobreguez. Le parecía ver bultos sospechosos, y en la esquina de la calle, espiando la puerta de Marieta, creyó distinguir gente en acecho...

¡Allá va! Y sonó un terrible chasquido, como si se rasgara a un tiempo toda la ropa blanca de la novia, y de la esquina surgió una gruesa línea de fuego que avanzó rápida y serpenteante con un silbido atroz, que puso los pelos de punta al buen notario.

Era un enorme cohete. ¡Vaya una broma! El notario se arrimó tembloroso a una puerta, mientras el escribiente casi caía a sus pies, y allí estuvieron los dos durante unos segundos, que les parecieron siglos, viendo con angustia cómo el petardo iba de una pared a otra como fiera enjaulada, agitando su rabo de chispas, conteniendo por tres o cuatro veces su silbante estertor, hasta que por fin estalló en horrendo trueno.

El tío Sènto había permanecido valientemente en medio de la calle... ¡Redéu! ya sabía él de dónde venía aquello.

—¡Chentòla indesent! —gritó con voz ronca por la rabia.

Y agitando su enorme gayato avanzó amenazante, como si tras la esquina fuese a encontrar al Desgarrat con toda la parentela de la siñá Tomasa.

III

Las campanas de Benimuslín iban al vuelo desde el amanecer.

Se casaba el tío Sènto, noticia que había circulado por todo el distrito, y de los pueblos inmediatos iban llegando amigos y parientes, unos a caballo en sus bestias de labranza con el sobrelomo cubierto con vistosas mantas, y otros en sus carros con sillas de cuerda atadas a los varales, en las que iba sentada toda la familia, desde la mujer con el pelo reluciente de aceite y la mantilla de terciopelo, hasta los chicos que lloriqueaban por las maternales bofetadas recibidas cada vez que atentaban a la limpieza de sus trajes de fiesta.

La casa del tío Sènto era un verdadero infierno. ¡Qué movimiento! Desde el día anterior que allí no se descansaba. Las vecinas que gozaban justa fama de guisanderas, iban por el corral con los brazos remangados y el vestido prendido atrás con alfileres, mostrando las blancas enaguas, mientras que cerca de la gran higuera algunos muchachos atizaban las hogueras de secos sarmientos.

Aquello era un matadero. El cortante del pueblo, cuchillo en mano, les abría el gañote a las gallinas; los chicuelos dedicábanse con el mayor entusiasmo a pelar los cadáveres; revoloteaban nubes de plumas, pegándose al suelo manchado de sangre, y en las vacilantes llamas tostábase la flácida piel, todavía erizada de cañones, pasando después las víctimas a ser colgadas de una rama de la higuera, donde la tía Pascuala, vieja criada de la casa, con delicadezas de cirujano experto, abríalas en canal, sacando los higadillos y los ovarios, bocados exquisitos para el almuerzo de todos los ayudantes de cocina.

Daba gloria ver tan alegre agitación. Aquellas gentes, que en el resto del año vivían condenadas a manejar la azada de sol a sol, sin más consuelo que el tomate crudo, la sardina mohosa y el áspero bacalao, se embriagaban de grasa en la gigantesca inundación de comida. ¡Lo que hace tener dinero! Bien se estaba en una casa como aquella con todo lo que Dios cría de bueno.

Las paellas mostrábanse con la panza hollinada y las entrañas brillantes como plata, esperando el momento de chillar sobre las llamas: el arroz en sacos; los caracoles de montaña en enormes cazuelas orladas de sal, saliendo del agua para enseñar sus movibles cuernos al sol naciente; en un rincón toda una hornada de rollos, esparciendo en aquel ambiente de sangre y grasa el perfume fragante del pan caliente y tierno; las especias a libras en una caja de latón; y de la bodega salían pellejos y más pellejos, que caían temblorosos en el suelo como cuerpos palpitantes; unos enormes, conteniendo el vino rojo para la comida, y otros más pequeños, guardando el néctar de la bota del rincón, aquel patriarca del que se hablaba en el pueblo con respeto y que con su colorcillo claro y su corona de brillantes hacía caer al más valiente.

¿Y de dulces?... ¡Ave María! El tío Sènto se había traído toda una confitería de Valencia. En sacos estaban los confites para tirar, las almendras roñosas, los canelados, todos aquellos proyectiles de azúcar y almidón, duros como balas, que habían de cubrir de chichones las cabezas de la pedigüeña chiquillería; y dentro, en el estudi, guardábanse las cosas finas: las tortadas cubiertas de flores de caramelo y rematadas por mariposas que temblaban sobre un alambre; los tiernos pasteles de espuma, las bandejas monumentales henchidas de frutas confitadas, todos aquellos primores que desde la puerta, pálidos de emoción y chupándose el dedo con avaricia, contemplaban los chicos de los convidados.

La fiesta prometía. El gozo reflejábase en los rostros rubicundos; en el corral se desataban los pellejos para hacer cataduras y tomar fuerzas, y por si algo faltaba, allá en la calle sonó la alegre dulzaina con escalas que parecían cabriolas. Hasta Dimòni estaba en la fiesta; bien decían que el novio no reparaba en gastos. Había que darle vino para que tocase mejor, y el enorme vaso iba de mano en mano desde el corral hasta la puerta de la calle, donde Dimòni empinaba el codo con gravedad, dejando el sobrante a su pelado tamborilero.

Ya era hora. Don Vicente esperaba en la iglesia, las campanas habían enmudecido y toda la comitiva nupcial salió en busca de la novia: ellas con su vestido hueco y la mantilla a los ojos, y los hombres arrastrando sus recias capas azules de larga esclavina y alto cuello, que les ponía rojas las orejas. Todo el pueblo esperaba a la puerta de la iglesia. Algunos parientes de la siñá Tomasa, violando la consigna de familia, estaban allí en última fila, y no pudiendo resistir la curiosidad, se empinaban pies en punta para ver mejor.

Primero, una turba de muchachos dando cabriolas en torno de Dimòni, que soplaba con la cabeza atrás y la dulzaina en alto, como si esta fuese una gran nariz con la que husmeaba el cielo, y después venían los novios; él con su sombrerón de terciopelo, su capa con mangas que le congestionaban el sudoroso rostro, y por bajo de la cual asomaban los pies con calcetines bordados y alpargatas finas.

¿Y ella? Las mujeres no se cansaban de admirarla. ¡Reina y siñora! Parecía una de Valencia con la mantilla de blonda, el pañolón de Manila que con el largo fleco barría el polvo; la falda de seda hinchada por innumerables zagalejos, el rosario de nácar al puño, un bloque de oro y diamantes como alfiler de pecho y las orejas estiradas y rojas por el peso de aquellas enormes polcas de perlas que tantas veces había ostentado la otra.

Esto sublevaba a los parientes de la difunta.

¡Lladre! ¡més que lladre! —rugían mirando al tío Sènto.

Pero este se metió en la iglesia con expresión satisfecha, chispeándole los ojuelos bajo las enormes cejas; y tras él desfilaron los padrinos, el alcalde con su ronda, escopeta al hombro, y todos los convidados sudando la gota gorda bajo el peso de las ceremoniosas capas, con grandes pañuelos de atadas puntas pasados por el brazo y henchidos de confites que habían de tirar a la salida de la iglesia.

Los curiosos que quedaron en la puerta miraban a la taberna de la plaza. Hacia ella se fue el dulzainero, como si le molestasen los sonidos del órgano, y allí se encontró con el Desgarrat y sus amigotes, lo peorcito del pueblo, gente sospechosa que bebía silenciosamente, cambiando guiños y sonrisas con los enemigos del tío Sènto.

Algo se tramaba; las mujeres comentaban el caso con voz misteriosa, como si temieran que el pueblo fuese a arder por los cuatro costados.

Ya iba a salir la comitiva. ¡Gran Dios, qué batahola! Del polvo parecía surgir toda aquella chiquillería desgreñada y sucia que se arremolinaba en la puerta gritando ¡Armeles, confits!... mientras que Dimòni se aproximaba rompiendo a tocar la Marcha Real.

¡Allá va! Y el mismo tío Sènto soltó como un metrallazo el primer puñado de confites que, rebotando sobre las duras testas, se hundieron en el polvo, donde los buscaba a gatas la gente menuda, mostrando al aire las sucias posaderas.

Y desde allí hasta casa de los novios, fue aquello un bombardeo: la comitiva sin cansarse de tirar confites y la ronda del alcalde teniendo que abrir paso a patadas y palos.

Al pasar frente a la taberna, Marieta bajó la cabeza y palideció, viendo cómo sonreía burlonamente su marido mirando al Desgarrat, el cual contestó a la sonrisa con un ademán indecente. ¡Ay! Aquel condenado se había propuesto amargar su boda.

El chocolate esperaba. ¡Cuidado con atracarse! Era don Julián el notario quien lo aconsejaba: había que pensar en que dentro de dos horas sería la gran comida. Pero a pesar de tan prudentes consejos, la gente arremetió con los refrescos, los cestos de bizcochos, los platos de dulce, y en poco tiempo quedó rasa como la palma de la mano aquella mesa, que tenía alrededor más de cien sillas.

La novia mudábase de traje en el estudi, quedando en fresco percal, los morenos brazos casi desnudos y brillándole sobre el luciente peinado las perlas de sus agujas de oro.

El notario charlaba con el cura, que acababa de llegar con gorrito de terciopelo y el balandrán a puntas. Los convidados huroneaban por el corral, enterándose de los preparativos de la comida; las mujeres se habían puesto frescas y formaban corrillos charlando de sus asuntos de familia; correteaban los chicos en las cercanías del estudi, atraídos por el tesoro que encerraba, y en la puerta de la calle sonaba la incansable dulzaina de Dimòni mientras que la granujería se empujaba dándose cachetes, o rodaba en el polvo por alcanzar los puñados de confites que venían de dentro.

Llegó el instante solemne, y las paellas burbujeantes y despidiendo azulado humo fueron colocadas sobre la mesa.

Los convidados se apresuraron a ocupar sus asientos: ¡vaya un golpe de vista! Lo que decía el cura con asombro: ¡ni en el festín de Baltasar! Y el notario, por no ser menos, hablaba de las bodas de un tal Camacho, que había leído en no recordaba qué libro.

La gente menuda comía en el corral.

Y allí también, en una mesita como de zapatero, estaba Dimòni, el cual a cada instante enviaba el acólito adonde estaban los pellejos para que llenara el porrón.

¡Cuerpo de Dios, y qué bien lo hacía toda aquella gente! Las dentaduras, fortalecidas por la diaria comida de salazón, chocaban alegremente y los ojos miraban con ternura aquellas paellas como circos, en las cuales los pedazos de pollo eran casi tantos como los granos de arroz, hinchados por el substancioso caldo.

Con el pañuelo al pecho a guisa de servilleta, había bigardón que tragaba como un ogro, mientras las mujeres hacían dengues, llevándose a la boca la puntita de la cuchara con dos granos de arroz, mostrando esa preocupación de la mujer campesina que considera como una falta de pudor el comer mucho en público.

Aquello era un banquete de señores; no se comía en la misma paella, sino en platos, y bebíase en vasos, lo que embarazaba a muchos de los comensales, acostumbrados a arrojar un mendrugo sobre el arroz como señal de que era llegado el momento de pasar el porrón de mano a mano.

La cortesía labriega mostrábase con toda su pegajosidad y falta de limpieza. Ofrecíanse de un extremo a otro del banquete un muslo tierno y jugoso, y de unos dedos a otros llegaba a su destino. Todo eran obsequios, como si cada uno no tuviese en su plato lo mismo que le ofrecían.

Marieta apenas si comía. Estaba al lado de su marido con la cabeza baja. Palidecía, contraíase su frente reflejando penosos pensamientos y miraba con alarma a la puerta de la calle, como si temiera alguna aparición del Desgarrat.

Aquel maldito era capaz de todo. Aún le parecía oír las últimas palabras de la noche en que se despidieron para siempre. Se acordaría de él, ya que por avaricia quería casarse con el tío Sènto; y ella sabía que aquel bruto con su cara de hereje era capaz de hacer algo que fuese sonado. Lo más raro era que a pesar de sus temores, el furor del Desgarrat le producía cierta inexplicable satisfacción. No había remedio; aquel maldito le tiraba mucho. No en balde se habían criado juntos.

La comida se animaba. Estaban ya limpias las paellas; ahora entraban los primores de la tía Pascuala y la gente acometía los pollos asados y rellenos, las fuentes enormes de lomo con tomate, toda la cocina indígena, sólida y pesada, que desaparecía en las fauces siempre abiertas de aquellos glotones.

Los graciosos alegraban la comida. El cura declaraba que ya no podía más, y el notario pellizcábale el tirante abdomen, buscando un huequecito para convencerle de que debía llenarlo. Algunos comenzaban a estar alumbrados, y con lengua estropajosa les decían a los novios cosas que hacían guiñar los ojillos al tío Sènto y enrojecer a Marieta.

Llegaron los postres con el famoso vino de la bota del rincón, y se sacaron del estudi las tortadas, los pasteles y las tortas finas.

Como moscas salieron del corral todos los chicuelos, con el pecho y la cara embadurnados de arroz y grasa, yendo a meterse entre las rodillas de sus madres, sin quitar ojo de los postres tentadores.

Marieta púsose en pie con un plato en la mano, y comenzó a dar vueltas a la mesa. Había que regalar algo a la novia para alfileres; era la costumbre. Y los parientes del novio, a quienes convenía estar en buenas relaciones, dejaban caer sobre el redondel de loza la media onza o la dobleta fernandina, monedas relucientes y frotadas con anticipación para que perdiesen la negra pátina adquirida en largo encierro.

—¡Pera agulletes! —decía Marieta con vocecita mimosa.

Y era un gozo ver la lluvia de oro que caía sobre el plato. Todos dieron, hasta el notario, que soltó cinco duros pensando en que ya se la vengaría al presentar la cuenta de honorarios, y el cura, con gesto de dolor, sacó dos pesetas alegando como excusa la pobreza de la Iglesia por culpa del liberalismo. ¡Ah, si mandasen los suyos!...

Marieta, abriendo el amplio bolsillo de su falda, vació el plato con un alegre retintín que regocijaba el oído.

La cosa marchaba. Hablaban todos a un tiempo, y la gente deteníase en la calle para admirar la alegría de los convidados.

Aquel vinillo claro, coronado de brillantes, surtía efecto. Todos querían brindar.

—¡Bomba... bombaa! —aullaban los más alegres.

Y se ponía en pie un socarrón, vaso en mano, y después de mirar a todos lados con sonrisa maliciosa que prometía mucho, rompía así:

Brindo y bebo

y quedo convidao para aluego.

Todos, a pesar de que este chiste le oyeron ya a sus abuelos, acogíanle con grandes risotadas, y gritaban palmoteando:

—¡Vítor... vítooor!

Y tras esta muestra de ingenio venían otras, todas ellas tan rancias, no faltando quien se lanzaba a improvisar cuartetas rabudas en honor de los novios.

El notario estaba en su elemento. Aseguraba que el tío Sènto acababa de pellizcarle por debajo de la mesa creyendo que sus piernas eran las de Marieta; hablaba de la próxima noche de un modo que hacía ruborizar a las jóvenes y sonreír a las madres, y el cura, alegrillo y con los ojos húmedos y brillantes, intentaba ponerse serio, murmurando bonachonamente:

—¡Vamos, don Julián! Orden, que estoy aquí.

El vino hacía revivir la brutalidad de los comensales. Gritaban puestos en pie, derribando con sus furiosos manoteos botellas y vasos; cantaban acompañados por la dulzaina de Dimòni, a cuyo son saltaban en el corral algunas parejas, y al fin, instintivamente, dividiéronse en dos bandos y de un extremo a otro de la mesa comenzaron a arrojarse puñados de confites con toda la fuerza de sus poderosos brazos, acostumbrados a luchar con la ingrata tierra y las tozudas bestias de carga.

¡Qué divertido era aquello! El tío Sènto reía muy complacido, pero el cura huyó con las mujeres a refugiarse en el estudi, y el notario se ocultó debajo de la mesa.

Caían los cristales de las alacenas hechos añicos; quebrábanse los vasos; un ruido de tiestos sonaba continuamente, y los campeones se enardecían hasta el punto de que, no encontrando confites a mano, se arrojaban los restos de bizcochos y los fragmentos de platos.

Pròu; ya teníu pròu —gritaba el tío Sènto cansado de sufrir golpes.

Y en vista de que le desobedecían púsose en pie y a empellones los echó al corral, donde los enardecidos mozos continuaron la fiesta arrojándose proyectiles menos limpios.

Entonces fue cuando las mujeres volvieron al banquete con el asustado cura. ¡Reina y siñora! aquello no estaba bien. Era un juego de brutos. Y se dedicaron a auxiliar a los descalabrados, que se limpiaban la sangre sonriendo, sin cesar de decir que se habían divertido mucho.

Volvieron a sentarse todos a la revuelta mesa, en la cual el vino derramado y los residuos de la comida formaban repugnantes manchas.

Pero allí no se ganaba para sustos, y algunas respetables matronas saltaron de sus asientos, afirmando entre chillidos medrosos que algo iba por debajo de la mesa que las pellizcaba las abultadas pantorrillas.

Eran los chicos que, no ahítos de confites, buscaban a gatas los residuos de la batalla.

—¡Qué granujería tan endemoniada! ¡Pachets... fòra fòra!

Y a coscorrones fue expulsada aquella invasión de desvergonzados buscadores.

Pues señor, bien iba la boda. Había que reconocer que la gente se divertía.

Y fuera gangueaba la dulzaina, haciendo locas cabriolas, como si estuviera contagiada de aquel regocijo tan brutal como ingenuo.

IV

A las diez de la noche quedaba ya poca gente en casa de los novios.

Desde el anochecer que comenzaron a salir del establo los carritos y las caballerías enjaezadas. La mayoría de los convidados emprendían el regreso a sus pueblos, cantando a grito pelado y deseando a los novios una noche feliz.

Los de Benimuslín se retiraban también, y en las oscuras calles veíase a más de una mujer tirando trabajosamente del vacilante marido, que era incapaz de excesos en los días normales, pero que en una fiesta se ponía alegre como cualquier hombre.

La vieja tartana del notario saltaba sobre los baches del camino, dormitando don Julián con las gafas en la punta de la nariz y dejando que guiase su escribiente, a pesar de que este se sentía tan trastornado como su principal.

Ya no quedaban en la casa más que los padres de Marieta y algunos parientes.

El tío Sènto mostraba impaciencia. Cada mochuelo a su olivo. Después de un día tan agitado, ya era hora de dormir. Y bajo las enormes cejas brillábanle los ojuelos con expresión ansiosa.

—¡Adiós, filla mehua! —gritaba la madre de Marieta—. ¡Adiós!...

Y lloraba abrazándose a su hija, como si la viera en peligro de muerte.

Pero el padre, el viejo carretero, que llevaba media bodega en la panza, protestaba con lengua torpe y socarrona indignación: ¡Redéu! No parecía sino que a la chica la habían sentenciado y la llevaran al carafalet. Vamos, hombre, que era cosa de caerse de risa. ¿Tan mal le había ido a la madre cuando se casó?

Y empujaba a su vieja para desasirla de Marieta, que también derramaba lágrimas; y entre suspiros y gimoteos fueron hasta la puerta, que cerró el tío Sènto, pasando después los cerrojos y la cadena.

Ya estaban solos. Arriba, en el granero, dormía la tía Pascuala; en la cuadra se acostaban los criados; pero en el piso bajo, en la parte principal de la casa, solo estaban ellos entre los desordenados restos del banquete y a la luz vacilante de un velón monumental.

Por fin ya la tenía: allí estaba sentada en una poltrona de esparto, encogiéndose como si quisiera achicarse hasta desaparecer.

El tío Sènto estaba intranquilo, y en la vehemencia de su pasión senil no sabía qué decir. ¡Recordóns! no le había ocurrido lo mismo cuando se casó con Tomasa. Lo que hace la edad.

Por algo tenía que empezar, y rogó a Marieta que entrase al estudi. ¡Pero bonita era la chica! ¡Criatura más terca y arisca no la había visto el tío Sènto!

No; ella no se meneaba, no entraba en el estudi aunque la matasen; quería pasar la noche en aquel sillón.

Y cuando el novio intentaba acercarse, replegábase medrosica como un caracol, faltándole poco para hacerse un ovillo sobre el asiento de cuerda.

El tío Sènto se cansó de tanto rogar. Bueno; ya que ese era su capricho, que pasase buena noche.

Y agarrando rudamente el velón se metió en el estudi.

Marieta tenía un horror instintivo a la oscuridad. Aquella casa grande y desconocida, la causaba miedo; creyó ver en la sombra la cara ancha y pecosa de la siñá Tomasa, y trémula, con paso precipitado, creyendo que alguien la tiraba de la falda, se metió en el estudi siguiendo a su marido.

Ahora se fijaba en aquella habitación, la mejor de la casa, con su sillería de Vitoria, las paredes cubiertas de cromos religiosos con apagadas lamparillas al frente y sus colosales armarios de pino para la ropa.

Sobre la ventruda cómoda, con agarraderas de bronce, elevábase una enorme urna llena de santos y de flores ajadas; rodeábanla candelabros de cristal con velas amarillas, torcidas por el viento y moteadas por las moscas; cerca de la cama la pililla de agua bendita, con la palma del domingo de Ramos, y junto a ellas, colgando de un clavo, la escopeta del tío Sènto; un mosquetón con dos cañones como trabucos, cargados siempre de perdigón gordo por lo que pudiera ocurrir.

Y como suprema muestra de magnificencia, como complemento del mueblaje, aquella cama famosa de la siñá Tomasa, complicada fábrica de madera tallada y pintada, ostentando en la cabecera media corte celestial, y con un monte de colchones, cuya cima cubría el rojo damasco.

El marido sonreía satisfecho de su triunfo.

¿No veía ella cómo por fin entraba? Debía obedecerle siempre y no ser tonta. Él solo deseaba su bien, por lo mismo que la quería mucho.

El viejo, a pesar de su rudeza, decía esto con expresión dulzona, como si aún tuviera en su boca algún confite de la comida, y extendiendo las manos con audacia.

Estigas quiet —decía Marieta con voz sofocada por el miedo—. No s’acòste.

Y mudaba de sitio, huyendo de su marido. Iba de una parte a otra mirando con ansiedad las paredes, como si esperara ver en ellas un agujero, algo por donde poder escapar.

Si no sintiera tanto miedo en la oscuridad, pronto hubiera abierto la puerta del estudi, huyendo de aquella lucha insostenible.

El tío Sènto la concedía una tregua e iba desnudándose con resignada calma.

—¡Pero qué tonta eres! —decía con entonación filosófica.

Y repetía la frase un sinnúmero de veces, mientras se quitaba las alpargatas y los pantalones de pana, desliándose la negra faja para que el vientre recobrase su hinchada elasticidad.

Oyose a lo lejos el reloj de la iglesia dando las once.

Era ya hora de acabar aquella situación ridícula; ¿se acostaba Marieta, sí o no?

Y el tío Sènto hizo con tal imperio la pregunta, que la novia levantose como un autómata, volvió su rostro a la pared y comenzó a desnudarse con lentitud.

Quitose el pañuelo del cuello, y después, tras largas vacilaciones, el corpiño fue a caer sobre una silla.

Quedó al descubierto el ceñido corsé de deslumbrante blancura, con arabescos rojos; y más arriba la morena espalda de tonos calientes, como el ámbar, cubierta de una suave película de melocotón sazonado y rematada por la cerviz de adorable redondez, erizada de rizados pelillos.

Aproximábase el tío Sènto cautelosamente, moviéndose al compás de sus pasos el blanducho y enorme abdomen. No debía ser tonta: él la ayudaría a desnudarse.

E intentaba meterse entre ella y la pared para verla de frente y apartar aquellos brazos cruzados con fuerza sobre el exuberante y firme pecho, oprimido por las ballenas del corsé.

¡No vullc! ¡no vullc! —gritaba con angustia la muchacha—. ¡Apartes d’ahí!... ¡Fuxca!

Con fuerza inesperada empujó aquella audaz panza que la cerraba el paso, y siempre ocultando su pecho, fue a refugiarse entre la cama y la pared.

El tío Sènto se amoscaba. Aquello ya pasaba de broma, y él no se sentía capaz de contemplaciones. Fue a seguir a Marieta en su escondrijo, pero apenas se movió, ¡redéu! parecía que el pueblo se venía abajo, que la casa era asaltada por todos los demonios del infierno, o que había llegado el juicio final.

¡Vaya un estrépito! Eran latas de petróleo golpeadas a garrotazo limpio; cabezones agitando sus innumerables cascabeles, enormes matracas y grandes cencerros sonando todos a un tiempo, y al poco rato disparáronse cohetes que silbaban y estallaban junto a la reja del estudi. Por las rendijillas de las maderas penetraba un resplandor rojizo de incendio.