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VICENTE BLASCO IBAÑEZ
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LA ARAÑA NEGRA
NOVELA
TOMO CUARTO
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030 MADRID
Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín de los Heros, 65.—MADRID.
CUARTA PARTE
EL CAPITÁN ALVAREZ
(CONTINUACIÓN)
XVIII
El padre y la hija.
Doña Fernanda adoptó la resolución más propia del caso.
Dió dos gritos, se retorció furiosamente las manos, revolviéronse sus ojos en sus órbitas como si quisieran saltar, y arrojando espumarajos por la boca se dejó caer, revolcándose a su sabor entre los muebles caídos por la anterior lucha.
Baselga no se inmutó gran cosa.
Le era muy conocido aquel accidente nervioso, medio que la baronesa empleaba en su juventud cuando vivía María Avellaneda y ésta no quería acceder a sus peligrosos caprichos.
Sabía el conde que aquello era un medio de salir del paso como otro cualquiera, y se limitó a ordenar a la curiosa servidumbre, agolpada en la puerta, que llevase a la baronesa a su cama.
Cuando doña Fernanda, siempre agitada por sus convulsiones, salió del salón en brazos de los criados y reclinando su desmayada cabeza sobre el pecho de la burlona doncella, más seria que nunca, el conde fijó su severa mirada en Tomasa, que bajaba la vista esperando con resignación la cólera de su señor.
—Ya esperaba yo esto. Hace tiempo que comprendo que algún día mi hija y tú deshonraríais esta casa con un escándalo como éste. ¿Te parece bien que una mujer de tu edad y tu carácter proceda de tal modo?
—Señor—se apresuró a decir el ama de llaves—, yo no tengo la culpa, y esto no lo ha ocasionado la enemistad que yo pueda tener con la señora baronesa. Ha sido sencillamente que escuché desde el comedor cómo se quejaba mi pobre señorita, y al entrar aquí vi cómo doña Fernanda la ponía de golpes como un Cristo, y yo..., ¡vamos!, yo no puedo ver con tranquilidad que a una cristiana se la trate de este modo, y más siendo mi señorita, y por eso, agarrando lo que tenía más a mano..., ¡pum!, se lo arrojé a esa “indina” señora. Eso es todo.
Tomasa, recordando lo sucedido, no se sentía ya cohibida ante su señor, y erguía audazmente la cabeza como orgullosa de su buena acción.
—Bueno, celebro que hayas defendido a mi hija; pero mientras la baronesa y tú estéis bajo el mismo techo no habrá aquí tranquilidad. Ya es hora de que te retires del servicio, te estoy muy agradecido, y aunque nos abandones, yo te daré lo suficiente para que en adelante no tengas que servir a nadie.
Tomasa se estremeció. Nunca había llegado a imaginarse que algún día tendría que salir de aquella casa. Así es que a pesar de las promesas lisonjeras para el porvenir que le hacía el conde, protestó:
—Yo no quiero abandonar esta casa. Señor, piense usted que yo me considero de la familia, que vi nacer a la señorita María y también a los niños, que...
Tomasa se detuvo. Conocía muy bien al conde, y al ver que éste hacía un ademán indicándola que callase y saliese, obedeció inmediatamente; pero antes de marcharse abrazó lloriqueando a Enriqueta.
Esta no parecía haber salido de la estupefacción producida por la anterior escena. Cuando su padre la sacó de aquella pelea que la envolvía, golpeándola ciegamente, quedó asombrada como si no pudiera darse exacta cuenta de lo que acababa de suceder.
Parecíale aquello un sueño; pero para convencerse de lo contrario, sentía en su cuerpo delicado el escozor de los golpes, y todavía le duraba el convulsivo temblor producido por el miedo.
Al quedar sola con su padre, en vez de tranquilizarse, sintió aumentado su terror.
¿Qué le sucedería ahora? Después de lo ocurrido con su hermanastra, le producía aún más terror aquel padre, siempre grave y silencioso, que en vez de franco cariño le inspiraba una sumisión supersticiosa.
Baselga, al verse solo con su hija, procuró borrar de su rostro la expresión ceñuda e iracunda de momentos antes y dijo con voz dulce:
—Aquí estamos mal. ¿Quieres que vayamos a mi despacho, hija mía? Tengo que hablarte.
Enriqueta se apresuró a obedecer a su padre con la sumisión de costumbre, pero no por esto dejó de temblar. ¡A su despacho! ¡A aquella habitación casi misteriosa, en la que apenas si había entrado dos veces! ¡Dios mío, qué cosas tan terribles iba a decirle cuando la llevaba a tan terrorífico gabinete!
Así iba pensado Enriqueta al salir del salón precediendo a su padre. Junto a la puerta, sucias y pisoteadas por la anterior lucha, estaban las cartas de Alvarez, aquel tesoro de amor que había provocado la violenta escena.
La joven, por más que quiso evitarlo, fijó su vista en las cartas comprometedoras y hasta se detuvo como dudando si debía recogerlas o guardarlas.
Su padre notó aquel movimiento, y cuando Enriqueta volvió a ponerse en marcha, Baselga se agachó, agarrando con su gran mano, en un puñado, todos los sucios papeles.
Aquello hizo llegar al colmo el terror de Enriqueta. Después de su hermanastra iba a saber su padre el secreto amoroso. ¡Dios mío! ¡Qué iba a sucederle! La indignación de aquel hombre misterioso y ensimismado le producía más terror que la ruidosa cólera de doña Fernanda.
Cuando entraron en el sombrío despacho, Baselga sentóse en su sillón giratorio, situado junto a la mesa, y Enriqueta, obedeciendo sus mudas indicaciones, se colocó al borde de una silla con aspecto azorado y como dispuesta a escapar al primer grito amenazador.
El conde no dijo nada. Había arrojado sobre la mesa el puñado de cartas, y deshaciendo sus dobleces y arrugas y limpiando con sus manos las manchas que en ellas había dejado un sucio pisoteo, las leyó con extremada atención.
Enriqueta estaba con la cabeza baja y temblando como si esperara el rayo que la anonadase; pero algunas veces, al levantar la vista furtivamente, le pareció que su padre, suspendiendo la lectura, la miraba fijamente.
La joven no encontraba en el grave rostro de su padre ninguna expresión de cólera; antes bien, le parecía ver impreso en él un gesto de cariñosa benevolencia; pero tal terror experimentaba ante el hombre misterioso y melancólico, que su bondad la causaba más terror que si le hubiera visto en pie y con ademán colérico avanzar hacia ella.
El conde, cuando hubo leído una docena de cartas, hizo un gesto como quejándose de la monotonía de aquellos escritos, invariables sinfonías de cariño sobre un eterno tema, que era un amor puro, ideal y saturado de un romanticismo dulzón.
Cuando terminó la lectura, fijóse atentamente en su hija y su miedo, que se manifestaba con un temblor convulsivo, no le pasó desapercibido.
—Hija mía—dijo con voz de dulce gravedad—, haces mal temblando de este modo en mi presencia. Soy tu padre y nadie tiene gusto en inspirar terror a sus hijas. Tranquilízate, que tenemos que hablar de cosas muy graves.
Estas palabras produjeron en la joven una impresión de bienestar. Parecíale que veía a su padre por primera vez y que encontraba algo de que hasta entonces no había podido darse exacta cuenta; pero que le era muy necesario. Aquel personaje terrorífico que ella veía antes en el conde de Baselga había desaparecido, y en su lugar comenzaba a entrever un padre bondadoso que la animaba a espontanearse y a confesarle sus sentimientos.
Enriqueta se sintió más dueña de sí misma, acabó de sentarse con menos recelo y se dispuso a oír a su padre.
—Lo que voy a decirte, hija mía, es muy importante, por lo mismo que de ello depende tu porvenir, y espero que me contestes con leal franqueza. Yo me he ocupado poco de tu educación. La muerte de esa santa mujer, que fué tu madre (y señaló el retrato de María Avellaneda), me conmovió de tal modo, que he vivido muchos años solo y aislado como un monje, huyendo hasta de tratarme mucho con mis hijos, y especialmente contigo, pues tu rostro me recuerda la inocente hermosura de esa infeliz a quien nunca lloraré bastante.
Y Baselga, al decir esto, miraba el retrato de María, que sonreía melancólicamente, alegrando la sombría habitación con el brillante negro de sus ojos y su rosada palidez.
El conde hacía esfuerzos por contener las lágrimas que producían aquellos recuerdos, y en su rostro se notaba la expresión sublime de un alma grande y amorosa que llora la perdida felicidad.
Enriqueta también lloraba, pero su llanto era por su padre, por aquel hombre desconocido que ahora se le revelaba con toda la grandeza de un mártir del amor. Los corazones jóvenes, que se abren como capullos primaverales al sol del cariño, guardan siempre cierta inmensa admiración para los que sufren por haber amado mucho.
Aquella pasión que vivía más allá de la tumba, aquel amor póstumo, conmovía a Enriqueta y le hacía mirar a su padre con la adoración respetuosa que siente un artista principiante ante el genio que lucha buscando la inmortalidad.
El ogro había desaparecido, y como en los cuentos de hadas, se transformaba en un amante entusiasta. Era ya viejo, pero su pasión tenía la grandeza meritoria de no ser rosa inclinada sobre el hermoso pecho de una Venus, sino melancólico sauce llorando sobre una tumba que encerraba la nada.
Enriqueta sentía ya una inmensa tranquilidad. Su padre había amado y amaba aún; su padre sabría comprenderla.
En su presencia sentía nacer una confianza que nunca había experimentado al lado de doña Fernanda, aquella solterona egoísta y malhumorada que era el ser con el que había vivido en mayor intimidad.
El exterior frío y antipático de su padre acababa de rasgarse y por el jirón escapábase el fulgor de aquella pasión póstuma que ardía en el pecho de Baselga. Enriqueta se analizaba a sí misma, sin darse cuenta de ello, y se convencía de que, aunque amaba mucho al capitán Alvarez, nunca llegaría a tal grado de apasionamiento. Esto la hacía sentir una admiración sin límites por su padre.
El conde, después de haberse frotado con fuerza los ojos, como para rechazar las lágrimas que a ellos hacían afluir los recuerdos, continuó, siempre con su dulce acento:
—Conozco que he obrado mal al vivir tan alejado de mis hijos, y es fácil que Dios me castigue por mi criminal desvío. Tú debes de quererme poco, Enriqueta.
—Yo, papá mío—se apresuró a decir la joven—, le quiero a usted con toda mi alma.
Y Enriqueta dijo estas palabras con gran expresión de sinceridad, pues el cariño que profesaba a su padre, por ser reciente, no la daba lugar a dudas.
—Pues debías odiarme—continuó Baselga—; o por lo menos mirarme con indiferencia. Apenas si he sido para ti algo más que un extraño de aspecto taciturno y antipático. Pero hoy... todo ha cambiado, y estoy arrepentido de mi dolor egoísta que me hacía huir de la familia. Quiero ser padre; deseo que mi hija no me mire como un ser extraño, y busco su cariño inmenso que me ayude y haga más llevadera mi triste vida.
El conde se había levantado de su asiento. Sus palabras habían sido acompañadas de una excitación que le hizo avanzar hacia su hija. Experimentaba la necesidad de estrecharla entre sus brazos, de besarla, de convencerse de que era suya, y que su anterior conducta misantrópica y egoísta no había desvanecido la cariñosa inclinación que aquel ser debía sentir hacia él.
Cuando la tuvo sentada sobre las rodillas y se hubo saciado del puro goce que le producía pasar su mano por entre los rizos de su adorable cabecita, retuvo las lágrimas que pugnaban otra vez por salir, y separándose un poco de aquella boca fresca e inocente que besaba sus curtidas mejillas, preguntó con ingenuidad:
—Dime, ¿es verdad que piensas abandonarme y entrar en un convento?
La joven experimentó la misma turbación que cuando era interrogada por doña Fernanda.
—Habla con franqueza—dijo el padre al notar su impresión—. Eso de abandonar el mundo es una resolución de gran importancia que no puede tomarse a la ligera. La vida del claustro es pesada y para ella se necesita gran vocación. ¿La tienes tú?
Enriqueta no contestó. Después de lo que había ocurrido con doña Fernanda sentíase más atemorizada que de costumbre. Temía que las paredes, oyendo su contestación franca y leal, fuesen a contárselo todo a la baronesa, y que ésta repitiese sus vergonzosos arranques de poco antes. Su única contestación fué estrecharse más contra el robusto pecho de su padre ocultando el rostro sobre su hombro.
Baselga adivinó la preocupación que sufría su hija.
—Comprendo tu miedo—la dijo—. Temes disgustar a alguien, y tiemblas pensando en tu castigo. Pues bien, yo te aseguro que nadie pondrá la mano en ti, mientras viva tu padre, y que lo ocurrido en el salón de Fernanda no volverá a repetirse.
Enriqueta, a pesar de esto, no habló, y entonces el conde dijo con su acento bondadoso:
—Veo que no tienes confianza en mí, y que tendré que ir adivinando tus pensamientos y anticipando tus contestaciones. Tú no quieres ser monja. Esas cartas que he leído me lo demuestran, y, además, tengo el convencimiento de que todo es obra de esa Fernanda, beata maligna, que aconsejada por su tertulia de curas es capaz de meter en un convento a todos los de esta casa. ¿No es ella la que te ha hecho pensar en la vida monjil?
Enriqueta miró con azoramiento a todas partes, como si temiese ocultos espías que fuesen a contar a su hermana lo que decía, y después hizo con su cabeza un signo afirmativo.
—Perfectamente—dijo el conde—. Veo que no me había equivocado, y me felicito de que tu vocación sea falsa. Tú no quieres ir a un convento, ¿no es eso?
—No, papá mío. Amo mucho a Dios, pero no me siento con fuerzas para una vida tan dura, y prefiero, prefiero...
El conde fué en auxilio de su hija, que no sabía cómo expresar su pensamiento.
—Prefieres ser como son todas las mujeres honradas. Primero, una honesta joven que goza de cuantas alegrías decentes puede proporcionar la sociedad, y después, una honrada madre de familia, útil a la patria y sostenedora de la virtud en el hogar doméstico. Me alegro de ello, hija mía; yo pienso de igual modo.
Enriqueta, oyendo expresarse a su padre de este modo, sentía crecer su confianza. Por esto no experimentó una gran turbación cuando el conde le dijo así:
—Ya que no quieres ser monja, cuéntame tus amores, ¿Quién es el autor de esas cartas que acabo de leer?
La joven se ruborizó; mas no por esto sintió deseos de ocultar la verdad.
Mostrábase su padre tan amoroso y complaciente, que fácil era que accediese a autorizar sus relaciones con el capitán Alvarez.
Esta dulce esperanza hizo que la joven se espontanease y con acento confidencial fuese relatando al conde la historia de su pasión. Ningún incidente escapó a la memoria de Enriqueta. Desde la mañana de invierno en que vió a Esteban Alvarez por primera vez, hasta la ruidosa escena de una hora antes provocada por la indignación de doña Fernanda al conocer los amores de su hermana, la crónica completa de aquella pasión fué relatada detalladamente, cuidando Enriqueta de aprovechar cuantas ocasiones se le presentaban de hacer una apología sencilla, pero completa, de su adorador.
La joven no podía menos de asombrarse de aquella confianza extremada que la dominaba, impulsándola a hacer partícipe a su padre de todos sus secretos. Una hora antes hubiese creído el mayor de los absurdos el pensar solamente que ella llegaría alguna vez a relatar voluntariamente sus amores al conde de Baselga.
Cuando éste supo quién era Esteban Alvarez su rostro obscurecióse un poco; pero la mala impresión fué fugaz, y reapareció aquella expresión benévola que tenía por objeta animar a Enriqueta en su confesión amorosa.
Así que ésta terminó, el padre quedóse pensativo, intentando después sondear más hondamente el alma de Enriqueta.
—¿Y amas tú verdaderamente a ese joven capitán?
—Sí papá—contestó la joven ruborizándose—. Conozco que le amo. Y... ¡la verdad, es que él lo merece! ¡Si usted supiera cuán bueno es!
Y Enriqueta, al decir esto, miraba fijamente a su padre para adivinar el efecto que le producían sus palabras; pero el conde permanecía impasible.
—No me cabe duda alguna—continuó la joven—de que él me ama honradamente. Es hombre incapaz de mentir y muchas veces me ha dicho con lágrimas en los ojos que quisiera que yo fuese pobre y de humilde origen para que nadie pudiera atribuir su pasión a un mezquino y egoísta interés.
Baselga, al oir esto, salió al fin, de su mutismo.
—Piensa muy bien ese joven al hablar así, y demuestra que es un hombre honrado. Efectivamente; para un hombre tan pobre como él es, pues sólo tiene su espada, es peligroso amar a una joven noble y rica como la hija del conde de Baselga. Siendo él tu esposo, todo el mundo tendría derecho a creer que te amaba por tus millones, y eso resultaría deshonroso para él y para tí. Por eso me opongo a esos amores y te ruego, como padre cariñoso, que olvides al capitán.
Enriqueta experimentó una profunda conmoción. ¡Adiós sus ilusiones! Su padre también se oponía a aquellos amores, y aunque no usaba las formas rudas y brutales de la baronesa, no por eso su resolución era menos firme.
—Pero eso no está bien—arguyó con tono quejumbroso—. Esteban y yo nos amamos, ¿y por lo que pueda decir la gente nos separan?
—Hija mía, vivimos en la esfera más alta de la sociedad y ésta impone pesados deberes que todos hemos de cumplir. Tú, por el apellido que llevas, mereces un marido mejor.
—¡Pero si Alvarez es un hombre honrado, un perfecto caballero!
—Así lo creo. Leyendo sus cartas hace un instante y oyendo tus revelaciones me he convencido de que es un buen chico, y además el empleo que hoy tiene y sus cruces le acreditan como militar valiente. No me es antipático y le perdono las ridiculeces de aquella tarde que tanto me molestaron y que me impulsaban a darle de palos. Pero... ¡fíjate bien en esto!, no es más que un militar obscuro, un capitán pobre y tal vez sin protección, que a fuerza de años y de salvar grandes obstáculos, puede ser que a la vejez llegue a coronel. ¿Te parece bien que una joven a quien la alta sociedad de Madrid considera de las más distinguidas y ricas se case con un hombre de tan humilde condición? No, hija mía. Aún hay clases, por más que se empeña en negarlo el espíritu revolucionario de estos tiempos. Tú debes casarte con un hombre de tu alcurnia, que tenga una posición brillante que unir a la tuya. Ahora eres aún muy joven y no debes separarte tan pronto de tu padre, so pena de pasar por mala hija. Cuando llegue el momento propicio, ya encontrarás un hombre digno de ti. De sobra los hay en nuestra clase que puedan hacer tu felicidad. ¡Vaya, muchacha! Yo te buscaré un novio que te convenga, y te advierto que para estas comisiones no tengo mal gusto.
Baselga, viendo que su negativa iba a hacer llorar a Enriqueta, reía y bromeaba, procurando quitar toda importancia al asunto y dando a su conversación un carácter trivial y ligero.
El conde se valió de todos los recursos para que la negativa no resultase a la joven muy dolorosa. Trazó un sonriente y hermoso cuadro de la vida que en adelante llevarían padre e hija, y todas sus aficiones de la juventud volvieron a renacer al eco de sus palabras.
—Yo, aquí donde me ves—decía Baselga riendo como un niño—, he sido un calavera en mis tiempos. La muerte de tu pobre madre me convirtió en hurón, pero en adelante te aseguro que en tu obsequio volveré a ser lo que fuí. Se acabaron mis tétricas meditaciones y las largas encerronas en este despacho. Desde hoy, ¡al mundo!, ¡a divertirse! No perderás ni una sola fiesta; se acabará para siempre esa educación monjil que quería darte Fernanda; serás la reina de la moda, brillarás en todas las “soirées”, y cuando no tengas con quien bailar, bailarás conmigo. ¡Qué diablo! Yo, aunque viejo, no estoy del todo mal y puede ser que llame la atención como en otro tiempo en los salones de Palacio. Vas a tener en mí un caballero sirviente, que muchas jóvenes te envidiarán. Entonces te curarás de esa pasioncilla romántica y agradecerás a tu padre el haberte lanzado al mundo en el que todas las jóvenes ambicionan figurar.
Baselga estaba transfigurado. La idea de hacer nuevamente el galán y el hombre de mundo en los salones acompañando a su hija, le rejuvenecía, sintiendo además un secreto placer con la esperanza de que por este medio Enriqueta olvidaría sus actuales amores.
Tan contento estaba, que acompañaba sus palabras con alegres carcajadas y gestos maliciosos, interrumpiéndose muchas veces para estrechar fuertemente a la joven contra sus brazos, como si quisiera ahuyentar de este modo la tristeza que de ella se apoderaba.
Enriqueta acogía con indiferencia aquellas promesas de vida alegre y brillante que quitaban a su pasión toda esperanza.
Atrevióse a protestar varias veces, manifestando que nunca podría olvidar a Esteban Alvarez; pero aquel viejo, que tan dominado estaba por una pasión póstuma y sin esperanza, mostrábase escéptico con los amores de la juventud y no creía en su firmeza indestructible.
—¡Oh! Eso se dice siempre—exclamaba Baselga riendo—. La juventud es en todas las épocas lo mismo. ¡Cuántas veces, cuando yo era mozuelo, juré eterno amor, y a los cuatro días me olvidé del juramento! ¡Cuántas de esas viejas damas que tú conoces en las reuniones me prometieron en la primavera de su vida no olvidarme nunca, y, sin embargo, poco después se casaron con otros! Esas protestas de amor son muy bonitas, pero mira, yo estoy seguro de que sólo se cumplen en novelas. El corazón a los veinte años es olvidadizo; necesita muchas emociones, y éstas sólo se encuentran cambiando mucho. Lánzate al gran mundo, obedéceme divirtiéndote todo lo que puede una joven aristocrática y bien educada, y yo te aseguro que antes de medio año te has de olvidar de tu capitán.
El conde siguió hablando en este tono, y tan ocupado estaba en pintar a su hija un risueño porvenir, que se olvidaba de su célebre conquista de Gibraltar y de la posibilidad de dejar abandonada a Enriqueta para ir a cumplir sus aspiraciones patrióticas.
La joven conocía ya completamente el deseo de su padre. Nada de ser monja ni de hacer caso de las pérfidas sugestiones de la baronesa, pero menos aún de continuar las relaciones amorosas con un hombre de tan humilde posición como Alvarez. El conde ya le buscaría para marido un general, un embajador o un grande de España, que aumentase el lustre y prestigio de la casa de Baselga. Esta no había de ir abajo como otras casas nobiliarias; antes perecer que consentir la decadencia, pues él, don Fernando Baselga, se había empeñado en que su nombre llegara a ser el primero entre toda la aristocracia española.
Enriqueta estaba en peor situación que en su escandalosa conferencia con la baronesa. Al menos en ésta, al oír cómo insultaban a su novio, había sabido defenderle y sostener su pasión; pero ahora, en presencia de su padre, carecía de tal recurso, pues el conde le hablaba con bondad y le pedía que olvidase sus amores haciendo valer sus canas y su cariño de padre.
Notaba la joven en ella misma una impresión reciente y extraña, y era que el cariño que ahora sentía por su padre, inmenso y ardiente, ejercía sobre su ánimo tal seducción, que hacía vacilar un tanto su inflexibilidad en defender su amor.
El golpe que ella esperaba por parte de su padre no tardó en llegar.
—Es preciso, hija mía—dijo el conde, acompañando sus palabras de bondadosas caricias—, que terminen cuanto antes estas relaciones que me disgustan. Nadie como tu padre querrá tu felicidad en este mundo y es preciso que me obedezcas, pues de este modo tú serás dichosa y yo me consideraré como el más afortunado de los hombres. ¿Tendrás valor para negar lo que te pide tu padre? Piensa, hija mía, que he sido muy desgraciado y que el colmo de mi infelicidad sería que mis hijos se rebelasen contra mí.
Enriqueta estaba conmovida por el acento triste y resignado con que su padre le hablaba.
—¿Y qué quiere usted de mí, papá?
—Que escribas inmediatamente a ese joven diciendo que no le amas y que todo ha terminado entre los dos.
Era una proposición igual a la de la baronesa, pero a pesar de ello no tuvo la fuerza que en aquella ocasión para negarse.
La impresionaba la presencia de aquel padre cuya alma grande y amorosa acababa de conocer, y temía rebelarse, por el inmenso dolor que esto pudiera producirle. Bastante había sufrido en este mundo para que ella fuese ahora a aumentar sus penas.
—Pero, papá—se limitó a decir, con ligera entonación de protesta—. ¡Si yo le amo!... Eso sería mentir.
—Bueno. No mientas y omite el decirle en tu carta que no le amas. Dile sencillamente que todo ha concluído y que no piense más en ti. Este es el sacrificio que te pide tu anciano padre. ¿Te negarás a ello? ¿No serás, como yo creo, una joven sencilla y buena que no quiere acibarar la vida que le queda al que le dió el ser?
Enriqueta, conmovida, levantóse de las rodillas de su padre donde estaba, y se sentó en el sillón que había junto a la mesa.
Tenía los labios fruncidos y en su rostro adivinábase el supremo y doloroso esfuerzo que le costaba la resolución que acababa de tomar.
—Dicte usted—fué lo único que dijo, con expresión enérgica y como si pisotease su rebelde corazón.
Aquello conmovió al conde y tuvo que hacer esfuerzos para no llorar.
Después de buscar en los cajones de la mesa papel de cartas, Baselga dictó y la joven fué escribiendo sin oponer ninguna protesta ni hacer gesto alguno de desagrado.
"Sr. D. Esteban Alvarez:
Todo ha concluído entre nosotros. Comprendo que nuestras relaciones amorosas nunca podrían llegar a ser formales no mereciendo la aprobación de mi familia, y por esto me apresuro a romperlas. Juzgue usted mi conducta como quiera, pero le ruego que no me exija explicaciones. Mi resolución es en interés de la felicidad de ambos. Usted podrá ser feliz lejos de mí y yo, después de este rompimiento, seré dichosa cumpliendo los deseos de mi familia.
Enriqueta."
—Así está bien—dijo el conde cuando su hija terminó de escribir—. Cierra la carta y dámela. Yo la entregaré a Tomasa, que se ha atrevido a ser la medianera de vuestros amores, y ella se la dará a ese joven. Junto con ésta le entregará sus cartas amorosas que están sobre la mesa.
Enriqueta hizo un gesto que manifestaba sus deseos de protestar.
Había admitido el rompimiento resignada, pero le parecía una crueldad sin límites desprenderse de aquellas cartas, eterno poema de amor, cuya lectura podía consolarla y devolverla momentáneamente su perdida felicidad.
—No te opongas, hija mía—añadió el conde—. Es por tu bien por lo que quiero yo alejar de ti esos testimonios de tu pasión que estarán recordándotela a todas horas.
Enriqueta nada dijo. El conde recogió la carta escrita por su hija y aquella correspondencia amorosa.
—Esta misma tarde—dijo—se encargará Tomasa de llevar estos papeles a su destino y mañana tu confidenta amorosa tomará el retiro. Voy a asegurarla un porvenir enviándola de administradora a mis fincas de Castilla. Así no seré desagradecido y evitaré al mismo tiempo que viva junto a nosotros esa buena Tomasa, cuyos únicos defectos son reñir a todas horas con Fernanda e interesarse demasiado en tus asuntos amorosos.
Enriqueta estaba ya en pie junto a la puerta y como, ansiosa por salir cuanto antes.
Porque la verdad era que estaba violenta.
Aquella atmósfera, por decirlo así, la ahogaba.
Comprendía que había obrado mal no oponiéndose resueltamente a lo que su padre la propuso.
Reprochábase su debilidad.
Remordíale la conciencia porque tenía la íntima convicción del profundo dolor que había de experimentar su amante al recibir aquella carta, que únicamente en un momento de inconcebible ceguedad pudo escribir.
El conde la contemplaba fijamente.
Y tal vez llegó a leer lo que en su corazón pasaba, porque le dijo al par que la estrechaba cariñosamente entre sus brazos:
—Hija mía, para tranquilidad de tu conciencia, basta solamente que reflexiones que has seguido los consejos de tu padre, y un padre sólo apetece el bien de sus hijos.
XIX
La fuerza y la astucia.
Estaba el capitán Alvarez muy lejos de figurarse que Enriqueta le abandonase, así es que, cuando recibió su carta, experimentó una sorpresa sin límites.
Tomasa, que había recibido de su señor la orden para marchar a sus posesiones de Castilla, entregó al amo de su sobrino la consabida carta y toda la correspondencia amorosa en que el capitán había depositado sus sentimientos.
Alvarez sintió mucho aquella herida mortal, y buscó con ahinco al que se la producía.
Conocía que aquella carta no podía ser obra de Enriqueta, y quería saber de quién procedía para descargar en él su furor.
Pronto encontró lo que buscaba, pues desde mucho antes conocía la gran influencia que el padre Claudio ejercía en casa de Baselga.
La mano jesuítica era la verdadera autora de aquella resolución fatal que él nunca esperaba de Enriqueta.
La creencia de que el padre Claudio había mediado en sus amores para estorbarlos poníale loco de furor, y paseándose febrilmente por su cuarto, miraba de vez en cuando su sable colgado de la pared, terror de los moros en la pasada guerra, y que ahora pensaba esgrimir contra la negra y maligna chusma.
Aquella maldita carta puso enfermo al capitán. El, que por su gran apetito era motivo de justa alarma para la patrona, mostróse inapetente hasta el punto de excitar la compasión de la interesada pupilera.
Perico, el asistente, no estaba menos preocupado por aquella situación extraña de su señor, cuyo secreto conocía por su tía, mujer incapaz de guardar ocultas las noticias por mucho tiempo.
El buen muchacho, que se mostraba triste por estarlo su señorito, con su solicitud habitual, buscó un medio para impedir que el capitán pasase el tiempo encerrado en su cuarto y huyendo de la conversación de sus compañeros cuando asistía a los actos de servicio, y un día arregló, no se sabe cómo, que el alférez Lindoro fuese a visitar al amigo Alvarez.
Aquel vizcondesillo insustancial, por pertenecer a la misma clase que Enriqueta y ser amigo de su familia, gozaba de gran prestigio con Alvarez y lograba que éste pasase el rato muy entretenido con su conversación.
El capitán estaba en estado tal de ánimo, que le era indispensable confiar sus penas a alguien, y relató al vizconde cuanto le había sucedido, enseñándole la carta.
El aristocrático alférez fué de la misma opinión que su amigo.
Aquello era obra de los jesuítas, y si el mismo padre Claudio no había dictado la carta, por lo menos se había mezclado en el asunto. Esto lo aseguraba él, que como visitante de la casa conocía la influencia que sobre toda la familia Baselga ejercía el jesuíta.
—Mira, chico, créeme—continuó el vizconde—. Mientras no pongas de tu parte a ese cura, no conseguirás nada absolutamente en tus amores. Si él te protegiera, a estas horas estarías ya casado con Enriqueta. Conozco muy bien el poder que tiene ese pájaro. Es capaz con su sonrisa y sus palabras melosas de trastornar el juicio de todas las muchachas, y a la más enamorada hacerla que olvide a su novio.
—¿De modo que tienes seguridad de que el autor de mi desdicha es el padre Claudio?
—Completa, mi querido “Séneca”. Si no es él, ¿quién puede ser? De Quirós, gran amigo de la casa, no puedo sospechar. Es un buen muchacho que sólo piensa en hacerse célebre y únicamente se ocupa en amores fáciles. Del conde tampoco puede ser. Aunque él es quien ha dado a la tía de su asistente la tal carta, no debe de haber sabido nada de tus amores hasta el momento del rompimiento. Aquí los que han descubierto todo y han destrozado tus relaciones, son, indudablemente, el famoso jesuíta y doña Fernanda, que están empeñados, como tú sabes, en meter monja a Enriqueta, sin duda para apoderarse de sus millones.
Alvarez, después de reflexionar mucho y de fruncir las cejas, preguntó a su amigo:
—¿Y dónde podría yo encontrar a ese padre Claudio?
—Mira, querido Esteban—se apresuró a decir el vizconde, comprendiendo la intención de la pregunta—. Te conozco bien y, por lo mismo, te advierto que no hagas ninguna tontería. El padre Claudio está hoy muy alto y no es un cualquiera a quien se le dan cuatro palos así que nos estorba.
—Sólo quiero hablar con él. No estoy loco y sé que un hombre como yo no se rinde con un enemigo de tal clase que dispone de la astucia como única fuerza. Dime dónde podré verle.
—Difícil resulta encontrarlo, pues es tal vez el hombre más atareado de Madrid. Sin embargo, hay una hora en que es fácil verlo. Casi todas las mañanas va a las diez a Palacio para visitar a la reina, y si el día es bueno, es fácil verle a pie, pues según él dice, es el único instante en que puede hacer ejercicio.
—Mañana iré.
Y efectivamente, a la mañana siguiente eran todavía las nueve y media, y ya estaba Alvarez paseando por la plaza de Oriente, frente a Palacio, aguardando la llegada del jesuíta.
La mañana era magnífica.
Brillaba en el cielo un sol esplendoroso que daba a los muros sombríos de Palacio un tinte rosado y alegre, embelleciendo al mismo tiempo el vasto círculo de estatuas de reyes que como un cinturón de piedra estrechaba el jardín.
Una nube de gorriones revoloteaba con infernal algarabía en torno de la ecuestre estatua del centro, y por los andenes correteaban los niños y niñeras de la vecindad, estorbando a media docena de retirados o viejos, sin ocupaciones, que estaban abstraídos en la lectura de los periódicos.
Pequeños cochecitos tirados por cabras hacían de vez en cuando un viaje de circunvalación en torno del jardín, siendo saludadas con sonriente algazara las cabecitas infantiles que asomaban entre las cortinillas del vehículo por los compañeros que, apoyados en el aro u oprimiendo entre sus manos la pelota multicolor, miraban con envidia a aquellos excursionistas en pequeño.
Alvarez, al entrar en la plaza, fué a mirar el reloj de Palacio. Comprendió que aún tendría que esperar por mucho tiempo, y no queriendo llamar la atención, recorrió con paso lento el espacio existente entre el arco de la Armería y las caballerizas.
Paróse a hablar un buen rato con un oficial de la guardia a quien conocía, y cuando el reloj dió las diez, volvió al jardincillo del centro de la plaza, plantándose frente al teatro Real.
Por allí le habían dicho que llegaba todos los días el padre Claudio, y él quería abordarlo lejos de Palacio, como si temiese que alguien pudiera fijarse en aquella extraña conferencia que preparaba.
Entraron en la plaza por el punto indicado dos o tres curas, e igual número de veces se sobresaltó Alvarez, disponiéndose a abordar al que esperaba; pero cuando estuvieron cerca, reconoció que ninguno de ellos era el terrible jesuíta.
Aún esperó más de media hora; pero, al fin, por la calle del Arenal vió entrar en la plaza al padre Claudio. El capitán sólo lo había visto una vez y, a pesar de esto, lo reconoció inmediatamente, pues también a él, como al conde de Baselga en otros tiempos, le había impresionado el continente de aquel jesuíta, que con su afectada modestia y humildad, no podía ocultar su aspecto de hombre enérgico acostumbrado a ser obedecido ciegamente.
Por una extraña casualidad, la mirada del jesuíta fijóse desde muy lejos en aquel militar que estaba inmóvil y erguido en la entrada del jardincillo. Parecía que adivinaba que aquel hombre estaba allí esperándole impaciente.
El padre Claudio, como si se sintiera atraído o supiera con anterioridad lo que iba a suceder, avanzó en línea recta hacia donde estaba el capitán, aunque bajando su cabeza con extremada expresión de humildad y sencillez y mirando de reojo.
Alvarez, cuando lo tuvo casi al lado, llevóse cortésmente una mano a su ros y dijo con fría urbanidad:
—Dispense usted la pregunta. ¿Es usted el padre Claudio, de la Compañía de Jesús?
El jesuíta mostróse algo sorprendido. Por una extraña atracción habíase fijado en el militar, mozo de bizarra figura y marcial aspecto, pero no esperaba que éste le conociese ni le dirigiera la palabra.
Sorprendido, dejó caer el embozo de su manteo de seda e hizo con la cabeza un signo afirmativo.
—Pues, en tal caso—continuó el capitán—, deseo hablar con usted.
—¿Es caso de conciencia o asunto particular?—preguntó el jesuíta con la expresión resignada de un hombre que se ve forzado a ejercer su profesión extemporáneamente.
—Tengo que hablar de un asunto particular, que es para mi de gran importancia.
El padre Claudio, por toda contestación, se dirigió a un banco de piedra y tomó asiento. El capitán Alvarez le imitó, y los dos hombres permanecieron silenciosos por algunos instantes.
—Usted dirá—dijo, por fin, el jesuíta abarcando toda la figura del militar con el rápido relampagueo de su mirada.
—Yo soy el capitán Esteban Alvarez. ¿No me conoce usted?
El padre Claudio hizo un gesto negativo.
—Extraño que mi nombre le resulte desconocido; pero yo le daré detalles que refresquen su memoria. Soy el novio de la hija del conde de Baselga, o sea de la hermana de la baronesa de Carrillo. ¿Me conoce usted ahora?
Desde las primeras palabras se había ya imaginado el jesuíta que aquel militar era el adorador de Enriqueta, el ser que removía toda la bilis de doña Fernanda, y de quien ésta hablaba siempre en los peores términos; pero al saber que efectivamente era quien él se imaginaba, no pudo reprimir un instintivo movimiento de curiosidad, y se fijó "en la casta de aquel pájaro", como él se decía interiormente.
El jesuíta reflexionó antes de contestar, y, por fin, con aquella sencillez que tan notable le hacía, contestó:
—Efectivamente, señor...; ¿cómo ha dicho usted que se llamaba?
—Esteban Alvarez—contestó algo amoscado el capitán.
—¡Ah!; sí, eso es. Pues como decía, señor Alvarez, el nombre de usted no me es desconocido; pero mentiría si dijera que antes de este momento lo había oído más de una sola vez.
—Según eso, ¿no me conoce usted? ¿No sabe quién soy yo?
—No digo tanto, señor capitán. Sé que usted era novio de la señorita Enriqueta Baselga; pero esto lo sé desde ayer, en que su familia tuvo a bien hacerme algunas consultas sobre tal asunto. Ya puede usted considerar que a un amigo antiguo de la casa como yo lo soy se le dispensan siempre algunas confianzas.
—Pues precisamente sobre el mismo asunto quiero hablarle yo, haciéndole algunas advertencias saludables.
El padre Claudio hizo un gesto de extrañeza ante el tonillo amenazador con que Alvarez dijo estas palabras, y contestó fríamente:
—Hable usted. Estoy dispuesto a escucharle.
Alvarez fué breve y expuso con gran claridad lo que pensaba. Enriqueta le amaba; estaba muy seguro de ello, porque la joven se lo había jurado mil veces por la memoria de su madre y era incapaz de mentir; y a pesar de esto, él había recibido una carta escrita en estilo seco y desesperante, en la que se daban por muertos los antiguos amores. ¿Era posible esto? ¿Resultaba racional? No, ¡vive Cristo!, y por esto él estaba convencido de que en el negocio andaba una mano oculta y que alguien se había encargado de dictar aquella carta que causaba su desesperación.
Alvarez no usaba anfibologías para decir quién podía ser aquel “alguien” tan fatal para su amor. Era franco hasta la rudeza, y manifestaba al padre Claudio sus vehementes sospechas de que hubiese sido él el autor de aquella trama miserable que amargaba su felicidad, y en tal caso...
Ya se encargaba el gesto sombrío de Alvarez de explicar lo que él era capaz de hacer con los que de un modo tan miserable se oponían a sus amores y pretendían robarle a Enriqueta.
El padre Claudio recibió sin pestañear aquella rociada de acusaciones y de amenazas.
Estaba acostumbrado a la explosión de las justas iras que provocaban muchas veces las intrigas jesuíticas, así es, que no se conmovió con tales acusaciones, antes al contrario, comenzó a sonreírse con la superioridad benigna del que se ve injustamente atacado y no se ofende por ello.
—¿Es eso cuanto tenía usted que decirme?—preguntó a Alvarez cuando éste finalizó sus acusaciones.
—Sí, señor; eso es cuanto quería decirle, y por su bien le repito que si es usted quien ha obligado a Enriqueta a escribir esa carta, deshaga todo el mal que ha producido, pues de lo contrario podría usted tener más de un disgusto.
El padre Claudio seguía sonriendo, y después de reflexionar algunos minutos, dijo siempre con tono amable:
—Usted debe de tenernos a los jesuítas en muy mal concepto.
—No es muy bueno el que tengo formado de su Orden. ¿Pero a qué viene esa pregunta?
—La hago porque comprendo que únicamente uno que odie mucho a nuestra santa Compañía puede atribuirnos intervenciones oficiosas como esa que usted me achaca. No pretendo sincerarme ni tengo necesidad de ello, pues usted no tiene sobre mí derecho alguno; pero tampoco quiero que esté usted en un error tan lastimoso como ahora. Vamos a ver, ¿qué interés he de tener yo en mezclarme en los asuntos íntimos de la familia de Baselga y con qué fin he de obligar a una joven a escribir esa carta de que usted habla? El porvenir de Enriqueta no me es indiferente, pero tampoco soy su padre para inquietarme tanto por su suerte.
Entonces fué Alvarez quien sonrió con cierta expresión siniestra, y dijo maliciosamente:
—Los individuos de la Compañía de Jesús siempre tienen “interés” por las familias que visitan.
—¿Qué quiere usted decir? Vamos—repuso fríamente el padre Claudio.
—Quiero decir que Enriqueta tiene muchos millones, es inmensamente rica y esto, en ciertas ocasiones, es una desgracia. Tal vez por esto se quiere impedir que ella ame, y su hermana la baronesa la inclina a entrar en un convento, como mil veces me lo ha dicho la misma Enriqueta.
El padre Claudio miró fijamente con aire de lástima al gallardo militar, y después, dijo por toda contestación:
—Indudablemente usted es de los que han leído "El judío errante", del impío Sué.
—Sí, señor; ¿pero a qué viene esa pregunta?
—Y del mismo modo habrá leído otros libros en que se calumnia del modo más infame a nuestra santa Compañía.
—He leído algo de lo mucho que contra ustedes se ha escrito, pero no comprendo el motivo de tales preguntas.
—Las hago, hijo mío, porque me causa compasión el ver que un militar distinguido e ilustrado, como usted parece serlo, cree en las mil paparruchas que viles escritores vendidos a los judíos y los protestantes, han propalado contra la sublime obra de nuestro santo padre San Ignacio.
Y el padre Claudio, al nombrar a su santo patrono, llevóse reverentemente una mano al ala de su sombrero de teja.
Alvarez, en vista del giro que el jesuíta daba a la conversación, no sabía qué decir, pero aquel continuó:
—Como si yo supiese leer en los corazones, adivino lo que usted piensa en estos instantes. Usted, que se ha empapado en la impía novela de Eugenio Sué, cree que los jesuítas somos gente que nos introducimos en las familias ricas para apoderarnos de su dinero, y está firmemente convencido de que yo entro en casa del conde de Baselga con el propósito de hacer monja a Enriqueta y robarle sus millones. ¿No piensa usted así?
—Sí, señor; así pienso y mentiría si dijera lo contrario. Toda persona ilustrada que conozca medianamente la historia sabe lo que ustedes han sido y de lo que hoy son capaces. Nada tendría de extraño que usted y los suyos se hubieran introducido en la familia de Baselga con tal propósito, y cualquier otro en mi lugar, viéndose víctima de una miserable intriga, pensaría de igual modo.
—Alabo la franqueza de usted; al menos no se puede dudar de que manifiesta con claridad su pensamiento. Pero, ¡ay, hijo mío! ¡En qué error tan grande está usted! Lástima me causan su ignorancia y la ceguera de su alma. ¿Sabe usted bien lo que es la Compañía de Jesús?
Alvarez estuvo a punto de contestar: "¡Una gavilla de malvados!", pero se contuvo, prefiriendo permanecer silencioso.
—La Compañía de Jesús—continuó el jesuíta en vista del silencio de su interlocutor—es una Institución alejada por completo de los fines terrenales y creada únicamente para la noble empresa de combatir al demonio y a su hijo el pecado, extirpando del mundo las infames herejías. ¡Cuán lejos estamos los hijos de San Ignacio de mezclarnos en las miserias de la vida social! ¡Cuán engañados están los que creen que únicamente buscamos el poder universal en lo que esto tiene de agradable, queriendo con este fin apoderarnos del dinero de todos! Nosotros somos únicamente los humildes soldados de la Fe, los obedientes servidores del Papa, representante de Dios en la tierra; y así como llegamos hasta el martirio cuando se trata de defender los sacrosantos intereses de la religión, permanecemos neutrales e indiferentes en los asuntos sociales, en los cuales nos mezclamos únicamente por casualidad. Nuestra misión es más alta y sublime de lo que cree ese mundo metalizado que en todas las acciones ve siempre un mezquino interés.
El capitán no parecía convencido por estas palabras, pero reconocía que aquel sacerdote era un actor inimitable, que sabía dar a sus declaraciones un hermoso tinte vehemente y dramático.
—¡El dinero!—continuó el padre Claudio—. ¡Creer que el móvil de nuestras acciones es el dinero! ¿Para qué lo queremos? ¿Nuestra Orden no es pobre, porque así se lo mandan los sagrados Estatutos? ¿No hacemos nosotros al entrar en la Compañía un solemne voto de pobreza al que no podemos faltar, so pena de ser perjuros y castigados, por tanto, en la eternidad? ¡Oh! Mienten los que nos pintan como seres rapaces que únicamente pensamos en acaparar tesoros. Nuestro género de vida nos hace estar muy por encima de las mezquinas aficiones humanas y despreciamos el dinero, ese vil metal que a los ojos de las almas grandes no tiene ningún valor.
El padre Claudio hablaba con gran vehemencia y en aquel momento tenían sus palabras una expresión de veracidad. Efectivamente, él, como individuo, despreciaba el dinero; su alma únicamente tenía sed de poder, afán de autoridad, y quería elevarse merced a su talento. El dinero lo despreciaba como medio vil reservado únicamente a los imbéciles para abrirse paso. Pero como individuo de la Orden no apreciaba del mismo modo el asunto, pues consideraba al dinero como poderoso auxiliar. Sabía el aprecio que la Compañía hacía de los millones que entraban en su caja; conocía que una buena operación era el mejor medio de deslumbrar a sus rapaces correligionarios, y buscaba por esto aquel dinero que él despreciaba y que nunca se hubiera tomado el más mínimo trabajo de conquista para su persona.
Alvarez se sentía molestado por las palabras del jesuíta y por aquellos ademanes dramáticos que fingían veracidad asombrosamente, pues estaba firmemente convencido de lo que era la Compañía y de lo que buscaba su principal agente en casa del conde de Baselga.
—Usted, padre Claudio—dijo bruscamente el militar—, dirá lo que quiera, pero esté seguro de que yo por ello no dejaré de creer que la Compañía busca los millones de Enriqueta y para ello me quita a mí de en medio.
El jesuíta hizo un gesto de ira ante este brusco ataque. Sus facciones se colorearon, lució en sus ojos un fugaz relámpago de ira y fué a contestar en tono aún más duro, pero se detuvo, y volviendo a adoptar su actitud dulce y humilde, dijo con mansedumbre:
—Piense usted cuanto quiera de malo, que yo le perdono. Humilde siervo soy del Señor y las injurias van siempre muy bajas para que toquen en mi corazón, puesto a todas horas en Dios. No guardo rencor a los que me atacan, pues me basta con la satisfacción de mi conciencia tranquila. Ya lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir. Yo no tengo con la familia Baselga otras relaciones que una amistad puramente espiritual. En otros tiempos confesaba a la baronesa, y ahora me limito a darla algún consejo sobre la dirección de su conciencia, siempre que me lo pide. A Enriqueta la considero como una niña, y apenas si mi amistad con ella pasa de ese cariño que tenemos siempre a las personas que hemos visto nacer. Nunca me he mezclado en el asunto de su vocación religiosa, y si sabía antes de esta conversación que tenía amores con un militar, fué porque ayer me lo dijo doña Fernanda en una conferencia que tuve sobre la creación de una nueva asociación religiosa.
—¿Y no tiene usted arte ni parte en la tal cartita?—preguntó sarcásticamente el militar.
—No, señor. Se lo aseguro a usted con todo mi corazón.
El padre Claudio, tan acostumbrado a mentir, cuando le tocaba afirmar por casualidad una cosa cierta, sabía hacerlo con un acento que no daba lugar a dudas. Por esto Alvarez se convenció de que en la tal carta no tenía participación el jesuíta.
—Lo creo—continuó—; pero si el rompimiento de mis relaciones no es obra de usted, la preparación sí que será debida a sus consejos. Esa idea de hacer monja a Enriqueta, la reconozco; es producto de los consejos jesuíticos. Doña Fernanda la defiende, y por tanto no es aventurado afirmar que es idea del padre Claudio.
—¡Dios mío! Me marea usted con sus sospechas. ¿Y qué empeño he de tener yo en hacer monja a una muchacha que ha tenido novio hace pocos días?
Alvarez sonrió, y dijo con sorna:
—Vamos, padre Claudio, que el meter unos cuantos millones de pesetas en las arcas de la Orden sería un buen golpecito.
El padre Claudio perdió su aplomo. Experimentó la misma impresión de ira que poco antes, pero esta vez no se detuvo, y mirando fijamente al joven, dijo recalcando las palabras:
—¡Ya están los millones otra vez en danza! A juzgar por lo presentes que están en su memoria, cualquiera diría que usted es quien les tiene afición y quiere hacerlos suyos casándose con Enriqueta.
El golpe era maestro; uno de aquellos golpes brutales, pero terribles, que el padre Claudio daba cuando comenzaba a perder su habitual calma. El efecto fué inmediato.
Nada lograba sublevar de un modo tan terrible el carácter caballeresco y susceptible de Alvarez como la creencia de que aquel amor que tanto le dominaba fuese una miserable especulación. Muchas veces en sus horas de reflexión sentíase conmovido al pensar que alguien pudiese confundirlo con uno de esos explotadores del amor que aprecian a las mujeres por sus fortunas. Ver a Enriqueta pobre y abandonada para entonces amarla más aún era la ilusión que muchas veces acariciaba como la suprema felicidad, y se sentía capaz de aplastar con toda la indignación de un hombre honrado al miserable que osara dudar del desinterés de su pasión.
Con movimiento nervioso levantóse del banco y clavó una mirada amenazadora en el padre Claudio, apretando los puños convulsivamente y próximo a dejarlos caer sobre el rostro del jesuíta. Este le miraba impasible. Estaba acostumbrado a arrostrar las consecuencias de sus ataques y además se encontraba muy alto y era muy poderoso para asustarse ante la cólera de un pobre militar. Por esto miraba a Alvarez con la impasibilidad con que contempla el ídolo gigantesco las amenazas del esclavo que rebulle furioso a sus pies.
Alvarez apreció la diferencia de posición que existía entre ambos, y sea que temiese las consecuencias o que no quisiera abusar de su fuerza con un hombre que forzosamente había de ser de costumbres pacíficas, volvió a sentarse en el banco.
La escena había sido tan rápida que no se apercibió de ella ninguno de los que estaban en los bancos cercanos.
—Dispense usted mi arranque—dijo fríamente el militar al sentarse—Creía que estaba hablando con un hombre como yo y me olvidaba que usted lleva faldas.
Tampoco fué mal dirigido el golpe que Alvarez asestó al jesuíta con tal grosería. Aquel Borgia de la Compañía, que no temía a nadie y se sentía con valor para exterminar a todo el género humano, recibió un tremendo latigazo con tan despreciativas palabras. Todos los insultos consentía él antes de que nadie le creyese débil y le recordase su estado. El, que aspiraba a la conquista del mundo y que tenía ánimos para acometer las empresas más imposibles, se avergonzaba justamente ante aquella compasión. Hubiera preferido que Alvarez le diese de bofetadas y lo patease en medio del jardin, antes de tratarle con aquella compasión de superioridad omnipotente, propia para las mujeres y los niños.
Al recibir tal insulto, en los primeros momentos, sintió tentaciones de contestar con una bofetada, pero se contuvo y todo su furor, todo su odio lo desahogó con una de aquellas miradas que en su despacho hacían temblar a todos sus subordinados.
Transcurrió algún tiempo sin que hablase ninguno de los dos hombres.
Alvarez, con la vista fija en unos niños que jugaban a pocos pasos, canturreaba batiendo el suelo con un pie, mientras el padre Claudio le contemplaba con mirada estúpida. A pesar de esto, notábase en él que estaba reflexionando.
—Oiga usted, hijo mío—dijo por fin—. Hemos sido unos locos insultándonos de este modo. Yo no acostumbro a trabar amistad con las personas de un modo tan extraño y sentiría separarme de usted en este momento quedándonos ambos con tan malos recuerdos. Usted me ha sido simpático, no quiero que sea mi enemigo; y además, le perdono los insultos que me acaba de dirigir. ¡Oh, la juventud! Yo sé bien lo que son esas cosas, pues también he sido joven y he tenido mi sangre ardiente y mis arranques de intemperancia, como cualquier otro. Pensando en esto me siento dominado por la melancolía.
Y el padre Claudio decía esto con un acento de verdad que sorprendía al capitán. Al mirar a aquel hombre que hablaba con tanta dulzura y benignidad, dudaba Alvarez que fuese cierta la escena violenta ocurrida momentos antes.
—Yo quiero que seamos amigos—continuó el padre Claudio—. Quiero que usted no tenga ninguna queja de mí. Mire usted, sería la primera vez que se habría acercado una persona a mí marchándose descontenta de mi carácter. Esto le demostrará a usted quién es este malvado, este “jesuíta”, como dicen ustedes, los impíos, con maligna entonación.
Y el poderoso clérigo reía bondadosamente al decir esto, como hombre cuya benignidad está por encima de todas las pasiones mundanales.
—Yo—continuó—tengo empeño en ser su amigo, porque presiento en usted un gran corazón, cuyo único defecto consiste en estar emponzoñado por lecturas impías propias de estos tiempos en que ruge amenazador el espíritu revolucionario. Si somos amigos, como yo espero, ya me conocerá usted más a fondo y sabrá lo que somos nosotros los jesuítas, esos monstruos horripilantes de maldad e hipocresía que con tan negros colores pintan los novelistas enemigos de la Iglesia.
Y el jesuíta seguía riendo bondadosamente, como si en la inmensidad de su risueña misericordia incluyera también a los escritores enemigos de la Compañía de Jesús.
—Conque vamos a ver—dijo interrumpiéndose en su bondadosa jocosidad—: ¿qué favor puedo yo hacer a usted? ¿De qué modo debo obrar para que usted sea mi amigo y no me odie? Tengo interés en hacerme simpático a usted, y no crea que esto es desinteresadamente. Tengo la ambición de conquistarlo a usted, arrancándole de las garras del diablo; no quiero que un joven digno de la mejor suerte siga encenagado en la impiedad y tenga sobre nuestra Compañía un concepto tan erróneo e injusto.
El capitán Alvarez sentía extrañeza ante aquella rápida mutación que había experimentado el carácter del jesuíta; pero la promesa de hacer por él cuanto pudiera le deslumbró hasta el punto de que miró ya con más simpatía al padre Claudio. Alvarez recordó lo que mil veces le había dicho su compañero el vizconde, y tenía la seguridad de que si el jesuíta le ayudaba podría llegar a ser el esposo de Enriqueta. Los jesuítas eran mala gente, y de ello estaba él bien convencido, mas no por esto desconfiaba del padre Claudio. Este podía sentir por él una repentina simpatía; tal vez le hubiese impresionado favorablemente su carácter vivo y arrebatado, y además... nada perdía solicitando su protección.
Estaba el capitán Alvarez en uno de esos instantes en que el hombre se siente predispuesto a la esperanza y en que, acariciando una risueña ilusión, cierra los ojos a la realidad. No se le ocurrió, pues, desconfiar, y contestó a las promesas del jesuíta:
—Lo que yo deseo de usted, ya que muestra interés en protegerme, es que no ponga obstáculos a mis amores. Yo sé el inmenso poder que usted tiene, conozco la gran influencia que ejerce sobre la familia de Enriqueta y estoy convencido de que como usted quisiera, sería yo muy pronto el marido de la mujer que amo. Esto nada le costaría a usted, y yo sería feliz.
El padre Claudio seguía riendo bondadosamente:
—¡Ah, juventud, pícara juventud! Siempre lo mismo: el amor sobreponiéndose a todos los sentimientos. Haré cuanto pueda hijo mío; pero lo que usted pide es tan grande, que no sé si llegaré a realizar sus deseos.
—¡Oh, usted puede mucho!
—No tanto como usted se figura. Si en mí consistiera que Enriqueta y usted se casasen, podía ya darlo por hecho; pero, amigo mío, está ahí el padre, el conde de Baselga, viejo como yo, y, por tanto, testarudo y loco. Es muy difícil, por no decir imposible, que un hombre como él, apegado a las rancias tradiciones, consienta en dar su hija a uno que no es noble.
—Usted tiene sobre él gran ascendiente.
—Sí, hijo mío, excepto cuando nos tiramos los trastos a la cabeza; pero, en fin, el asunto no se perderá por mi culpa, pues haré cuanto pueda.
—Si usted cree que la familia de Enriqueta no ha de hacer caso de sus consejos, al menos logre usted, por su parte, deshacer el efecto de esa carta que a mi novia la obligaron a escribir, y haga lo posible porque se reanuden nuestras relaciones. Comprendo que soy muy exigente y que usted juzgará tal vez degradante esta proposición; pero si usted fuera tan bondadoso que aceptase, le debería mi felicidad.
—Vaya, pues—dijo el jesuíta, siempre en tono jocoso—. Haré ese favor, aunque el papel que usted me encarga desempeñe no sea muy honroso. Se ha de transigir algo con la juventud, siempre exigente cuando está enamorada. Aconsejaré a Enriqueta que no se deje imponer por nadie y que cumpla lo que le dicte su voluntad. Si tiene verdadera vocación, será monja; y si aquélla es una ficción de su hermana doña Fernanda, entonces tenga usted la seguridad de que ella misma desmentirá esa carta y reanudará el interrumpido galanteo. ¿Está usted contento?
Alvarez, por toda contestación, tendió una mano al jesuíta, que éste estrechó con efusión; pero al mismo tiempo su sonrisa tomó una expresión sarcástica, de la que no pudo apercibirse el militar.
Retuvo el padre Claudio la mano del capitán, apretándola cariñosamente como para infundirle confianza, y pasado algún rato, le preguntó con tierna solicitud, mirando fijamente sus ojos, como si pretendiese sondear sus pensamientos:
—¿Y cómo está usted en su carrera? ¿Tiene usted esperanzas de ascender? Me parece usted un militar de mérito.
—Yo—contestó con sencillez Alvarez—soy uno de esos predestinados a encontrar siempre de espaldas a la fortuna.
—Sin embargo, para su edad no puede usted quejarse. Es capitán y tiene la cruz de los valientes...
—Algo me costó ganarme todo esto, y haciendo lo que yo, otros serían coroneles. Además, soy de los que únicamente se abren paso en tiempo de guerra a costa de grandes servicios; pero en la paz es imposible que logre ser favorecido, ni menos que se me haga justicia.
—¿No tiene usted protectores?
—No; ni los busco. Soy demasiado altivo para mendigar lo que, en mi concepto, sólo puede alcanzarse honradamente con la punta de la espada.
—¿No conoce usted ningún poderoso? ¿No es amigo de ningún general?
—Uno solo conozco, pero éste es imposible que me favorezca, pues su recomendación causaría mal efecto en el Ministerio.
—¿Quién es? ¿Puedo saberlo?
—El general Prim.
—¡Ah!...
El jesuíta lanzó esta exclamación de un modo que alarmó a Alvarez. A éste le pareció que los ojos del padre Claudio se animaban con una siniestra expresión, como si una alegría infernal le conmoviera interiormente.
El astuto clérigo, adivinando el mal efecto que aquella demostración había causado en el militar, se apresuró a corregir su imprudencia:
—No me extraña ahora—dijo con tono festivo—que usted haya perdido la esperanza de hacer carrera. Efectivamente, mala recomendación es la amistad de Prim; pero usted podrá deshacer este obstáculo rompiendo toda clase de relaciones con el general y buscando mejores amistades.
Alvarez se irguió con altivez y dijo con cierta solemnidad:
—Yo sólo abandono a mis amigos cuando me ofenden y no por un vil interés. Admiro al marqués de los Castillejos como uno de los mayores héroes que ha tenido España, y lo mismo en la adversidad que en la fortuna, estaré siempre a su lado.
Aquello parecía gustarle al padre Claudio, a juzgar por su sonrisita, y después de estar silencioso un buen rato, con la vista fija en el suelo, como si reflexionase, dijo así:
—La verdad es que usted obra perfectamente no separándose del valiente Prim. ¡Quién sabe si éste será el medio más rápido de hacer fortuna! Esto se va, amigo mío; yo soy el primero en reconocerlo, a pesar de que estoy interesado en mantener lo existente. En aquella casa—y señaló al Palacio Real—el diablo anda suelto y no se hacen más que desatinos; así es que no será extraño que cualquier día el pueblo, excitado por la propaganda revolucionaria, dé al traste con todo lo que hay detrás de esos muros. Si ese momento llega, Prim será el encargado de dar el golpe, y usted, de un solo salto, subirá a gran altura, porque, indudablemente, le ayudará en su empresa revolucionaria. ¿No es esto?
—Yo—contestó Alvarez con sencillez—voy siempre donde van mis amigos.
Esta vez el padre Claudio fué más cauto y no se transparentó en su rostro la alegría que le causaba tal declaración.
—Aun siendo contra mis intereses—continuó el astuto clérigo—, lo reconozco. La nación está mal.
—¡Y tan mal!—repuso Alvarez, a quien animaba tal conversación—. La mitad de las miserias que sufre España, vienen de ahí.
Y al decir esto, señalaba enérgicamente al Palacio Real.
—Sí—añadió el padre Claudio—; y la otra mitad, de nosotros, los que vestimos sotana. ¿Le he adivinado el pensamiento?
—Así es. ¿Por qué he de mentir? En mi concepto, España sólo será un pueblo completo el día en que se emancipe de la tutela de la Monarquía y la Iglesia.
—¡Ah, impío!—dijo el jesuíta en broma y sin escandalizarse por tales palabras—. Necesario es que sea usted amigo mío, que venga a verme y que hablemos largamente para que yo limpie su inteligencia de todas esas ideas pecaminosas, adquiridas en perversas lecturas. Paso porque esa monarquía que hoy tenemos es mala, pero ¡la Iglesia! ¿Por qué echar la culpa a la Iglesia de los males de la nación? Los pueblos nunca podrán pasar sin reyes y sin sacerdotes. Pero hablaremos de esto más despacio en otra ocasión, pues hora es ya de que entre en Palacio.
Los dos hombres se levantaron.
—Joven, ya sabe usted que le quiero y cuente con que haré cuanto pueda en su asunto. Cuando quiera verme o me necesite, me encontrará en la casa residencia de la Orden. Pregunte por mí, que para usted tengo siempre las puertas abiertas.
Cruzáronse entre los dos amistosos saludos y ofrecimientos, y después se separaron.