Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.
[PRIMERA PARTE: ] [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI. ]
[SEGUNDA PARTE: ] [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V. ]
[TERCERA PARTE: ] [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V. ]

LA MAJA DESNUDA

OBRAS DE V. BLASCO IBÁÑEZ
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En el país del arte (Tres meses en Italia).

Cuentos valencianos.

La Condenada (cuentos).

Arroz y tartana (novela).

Flor de Mayo (novela).

La Barraca (novela).

Entre naranjos (novela).

Sónnica la cortesana (novela).

Cañas y barro (novela).

La Catedral (novela).

El Intruso (novela).

La Bodega (novela).

La Horda (novela).

La voluntad de vivir (novela).

En preparación: Sangre y arena (novela).

OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
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Terres maudites (Traducción de G. Hérelle), París.

Fleur de Mai (Traducción de G. Hérelle), París.

Boue et Roseaux (Traducción de Maurice Bixio), París.

Contes Espagnols (Traducción de M. Menetrier), París.

Dans l'ombre de la cathédrale (Traducción de G. Hérelle), París.

Terras malditas (Traducción de Napoleâo Toscano), Lisboa.

Die Kathedrale (Traducción de Josy Priems), Zurich.

Flor de Mayo (Traducción de Josy Priems), Zurich.

Erdfluch (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

A Cathedral (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

Schilfund Schlamm (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.

Die nackte maja (Traducción de Walter Hochherz), Berlín.

Waar Oranjeroomen Bloeien (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdam.

De Vloek (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

Chalupa (Traducción de G. Pikart), Praga.

Ah, il pane!... (Traducción de Emilio Suardi), Milán.

Hvad en Mand har at gove (Traducción de Johanne Allen), La Haya.

Otras traducciones pendientes de publicación en Inglaterra y Rusia.

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
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LA MAJA DESNUDA

—NOVELA—
16.000

F. SEMPERE y COMPAÑÍA, EDITORES
Calle del Palomar, 10
VALENCIA
Olmo, 4 (Sucursal)
MADRID

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª—Valencia

LA MAJA DESNUDA

PRIMERA PARTE

I

Eran las once de la mañana cuando Mariano Renovales llegó al Museo del Prado. Algunos años iban transcurridos sin que el famoso pintor entrase en él. No le atraían los muertos: muy interesantes, muy dignos de respeto, bajo la gloriosa mortaja de los siglos, pero el arte marchaba por nuevos caminos y no era alli donde él podía estudiar, á la falsa luz de las claraboyas, viendo la realidad á través de otros temperamentos. Un pedazo de mar, una ladera de monte, un grupo de gente desarrapada, una cabeza expresiva, le atraían más que aquel palacio de amplias escalinatas, blancas columnas y estatuas de bronce y alabastro, solemne panteón del arte, donde titubeaban los neófitos, en la más estéril de las confusiones, sin saber qué camino seguir.

El maestro Renovales detúvose unos instantes al pie de la escalinata. Contemplaba con cierta emoción—como se contempla después de larga ausencia los lugares de la juventud—la hondonada que da acceso al palacio, con sus declives de césped fresco, adornados á trechos por débiles arbolillos. En lo alto de estos desmontes, la antigua iglesia de los Jerónimos, de gótica mampostería, marcaba sobre el espacio azul sus torres gemelas y sus arcadas ruinosas. El invernal ramaje del Retiro servia de fondo á la blanca masa del Casón. Renovales pensó en los frescos de Giordano que adornaban sus techos interiores. Después se fijó en un edificio de muros rojos y portada de piedra que cerraba el espacio pretenciosamente, en primer término, al borde de la pendiente verdosa. ¡Puá! ¡La Academia! Y el gesto despreciativo del artista encerró en una misma repugnancia la Academia de la Lengua y las demás Academias; la pintura, la literatura, todas las manifestaciones del pensamiento, amojamadas y agarrotadas, con una inmortalidad de momia, en los vendajes de la tradición, las reglas y el respeto á los precedentes.

Una ráfaga de viento helado agitó las haldas de su gabán, sus barbas luengas y algo canosas y el ancho fieltro, bajo cuyos bordes asomaban los mechones de una melena, escandalosa en su juventud, que había ido disminuyéndose con prudentes recortes, conforme ascendía el maestro, adquiriendo fama y dinero.

Renovales sintió frío en la hondonada húmeda. Era un día claro y glacial de los que tanto abundan en el invierno de Madrid. Lucía el sol; el cielo estaba azul; pero de la sierra, cubierta de nieve, llegaba un viento helado que endurecía la tierra, dándola una fragilidad de cristal. En los rincones, adonde no llegaba el fuego solar, brillaba todavía la escarcha del amanecer como una capa de 'azúcar.' En las alfombras de musgo, los gorriones, enflaquecidos por las privaciones invernales, iban y venían con un trotecito infantil, agitando su mustio plumaje.

La escalinata del Museo recordaba al maestro su adolescencia. Aquellos peldaños los había subido muchas veces á los diez y seis años, con el estómago desfallecido por la ruin comida de la casa de huéspedes. ¡Cuántas mañanas pasadas en aquel caserón, copiando á Velázquez! Estos lugares traían á su memoria las esperanzas muertas, un cúmulo de ilusiones que ahora le hacían sonreir: recuerdos de hambre y de humillantes regateos al ganar su primer dinero con la venta de copias. Su faz adusta de gigante, su entrecejo que intimidaba á discípulos y admiradores, se aclararon con una sonrisa alegre. Recordaba sus entradas en el Museo con paso tardo, su miedo á separarse del caballete para que no reparasen en las suelas despegadas de sus botas, que se doblaban, dejando al descubierto los pies.

Pasó el vestíbulo y abrió la primera cancela de cristales. Cesaron instantáneamente los ruidos del mundo exterior: el rodar de los carruajes por el Prado, el campaneo de los tranvías, el sordo arrastre de las carretas, la chillería de los grupos infantiles que correteaban por los desmontes. Abrió la segunda cancela, y su cara, entumecida por el frió, sintió la caricia de una atmósfera tibia, cargada del inexplicable zumbido del silencio. Los pasos de los visitantes adquirían esa sonoridad de los grandes edificios inhabitados. El golpe de la cancela al cerrarse, retumbaba como un cañonazo, pasando de sala en sala al través de los recios cortinajes. Las bocas de calefacción humeaban su invisible hálito tamizado por las rejillas. Las gentes, al entrar, hablaban en tono bajo instintivamente, cual si estuvieran en una catedral: ponían un gesto compungido de recogimiento, como si les intimidasen los miles de lienzos alineados en las paredes, los bustos enormes que adornaban el círculo de la rotonda y el promedio del salón central.

Al ver á Renovales los dos porteros de largo levitón, hicieron un movimiento para ponerse de pie. No sabían quién era; pero ciertamente era alguien. Aquella cara la habían visto muchas veces, tal vez en los papeles públicos, tal vez en las cajas de cerillas; se asociaba en su mente á las glorias de la popularidad, á los altos honores reservados á los personajes. De pronto le reconocieron. ¡Hacía tantos años que no le veían por allí! Y los dos empleados, con la gorra de galón de oro en la mano y una sonrisa obsequiosa, avanzaron hacia el gran artista. «Buenos días, don Mariano.» ¿Deseaba algo de ellos el señor de Renovales? ¿Quería que llamasen al señor director?... Era una obsequiosidad pegajosa, un azoramiento de cortesanos que ven entrar de pronto en su palacio á un soberano extranjero, reconociéndolo al través de su incógnito.

Renovales se libró de ellos con gesto brusco y paseó una rápida mirada por los lienzos grandes y decorativos de la rotonda, que recordaban las guerras del siglo XVII; generales de erizados bigotes y chambergo plumeado dirigiendo la batalla con un bastón corto, como si dirigiesen una orquesta; tropas de arcabuceros desapareciendo cuesta abajo con banderas al frente de aspas rojas ó azules; bosques de picas surgiendo del humo; verdes praderas de Flandes en el fondo; combates sonoros é infructuosos que fueron como las últimas boqueadas de una España de influencia europea. Levantó un pesado cortinaje y entró en el enorme salón central, viendo, á la luz mate y discreta de las claraboyas, las personas que estaban en último término como diminutas figurillas.

El artista siguió adelante en línea recta. Apenas se fijaba en los cuadros, antiguos conocidos que nada nuevo podían decirle. Sus ojos buscaban á las personas, sin encontrar tampoco en ellas mayor novedad. Parecía que formaban parte de la casa y no se habían movido de allí en muchos años: padres bondadosos con un grupo de niños ante las rodillas explicándoles el argumento de los cuadros; una profesora con varias alumnas modositas y silenciosas que, obedeciendo á una orden superior, pasaban sin detenerse ante los santos ligeros de ropa; un señor que acompañaba á dos curas y hablaba á gritos para demostrar que era inteligente y se hallaba allí como en su casa; varias extranjeras con el velo recogido sobre el sombrero de paja y el gabancito al brazo, consultando el catálogo, todas con cierto aire de familia, con idénticos gestos de admiración y curiosidad, hasta el punto de hacer pensar á Renovales si serían las mismas que había visto antes, la última vez que estuvo en el Museo.

Al pasar, saludaba mentalmente á los grandes maestros. Á un lado, las figuras santas del Greco, de un espiritualismo verdoso ó azulado, esbeltas y ondulantes; más allá las cabezas rugosas y negruzcas de Ribera, con gestos feroces de tortura y dolor: portentosos artistas que admiraba Renovales, proponiéndose no imitarlos en nada. Después, entre la barandilla que guarda los cuadros y la fila de vitrinas, bustos y mesas de mármol sostenidas por leones dorados, tropezó con los caballetes de varios copistas. Eran muchachos de la Escuela de Bellas Artes ó señoritas de pobre aspecto, con tacones gastados y sombreros de reblandecido contorno, que copiaban cuadros de Murillo. Iban marcándose sobre el lienzo el azul del manto virginal ó las carnes con mantecosos bullones de los niños rizados que juguetean con el Divino Cordero. Eran encargos de personas piadosas; género de fácil salida para conventos y oratorios. El humo de los ciríos, la pátina de los años, la discreta penumbra de la devoción, apagarían los colores, y algún día los ojos llorosos por la súplica, verían moverse con vida misteriosa las celestiales figuras sobre su fondo negruzco, implorando de ellas prodigios sobrenaturales.

El maestro se dirigió á la sala de Velázquez. Allí trabajaba su amigo Tekli. Su visita al Museo no tenía otro objeto que ver la copia que el pintor húngaro estaba haciendo del cuadro de las Meninas.

El día anterior, al anunciarle en su lujoso estudio la visita de este extranjero, quedó por largo rato indeciso, contemplando el nombre impreso en la tarjeta. ¡Tekli!... Y de pronto recordó á un amigo de veinte años antes, cuando él vivía en Roma; un húngaro bonachón que le admiraba sinceramente y suplía su falta de genio con una tenacidad taciturna para el trabajo, semejante á la de la bestia de labor.

Renovales vió con gusto sus ojillos azules, hundidos bajo unas cejas ralas y sedosas; su mandíbula saliente en forma de pala, que le daba gran semejanza con los monarcas austriacos; su alto cuerpo, encorvado á impulsos de la emoción, extendiendo unos brazos huesosos, largos como tentáculos, al mismo tiempo que le saludaba en italiano.

¡Oh, maestro! ¡Caro maestro!

Se había refugiado en el profesorado, como todos los pintores faltos de fuerzas para seguir cuesta arriba, que se tienden en el surco. Renovales vió al artista oficial en su traje obscuro y correcto, sin una mota; en la mirada digna que fijaba de vez en cuando en sus botas brillantes, que parecian reflejar todo el estudio. Hasta lucía en una solapa el botón multicolor de una condecoración misteriosa. El fieltro que tenía en la mano, de una blancura de merengue, era lo único que desentonaba en este aspecto de funcionario público. Renovales le cogió las manos con sincero entusiasmo. ¡El famoso Tekli! ¡Cuánto se alegraba de verle! ¡Qué tiempos los de Roma!... Y con una sonrisa de bondadosa superioridad escuchaba el relato de sus triunfos. Era profesor de Buda-Pest; hacía ahorros todos los años para ir á estudiar á algún museo célebre de Europa. Por fin, había podido venir á España, cumpliendo sus deseos de muchos años.

¡Oh, Velasqués! ¡Quel maestrone, caro Mariano!...

Y echando atrás la cabeza, ponía los ojos en blanco, agitaba con expresión voluptuosa su mandíbula saliente cubierta de pelos rubios, como si estuviera paladeando un vaso del dulce Tokay de su país.

Hacía un mes que estaba en Madrid trabajando todas las mañanas en el Museo. Casi tenía terminada su copia de las Meninas. No habla ido antes á ver á su caro Mariano porque deseaba enseñarle este trabajo. ¿Vendría á verle una mañana en el Prado? ¿Le daría esta prueba de amistad?... Renovales intentó resistirse. ¿Qué le importaba á él una copia? Pero había tal expresión de humilde súplica en los ojillos del húngaro, le envolvía en tantos elogios por sus grandes triunfos, detallando el gran éxito que había alcanzado su cuadro ¡Hombre al agua! en la última Exposición de Buda-Pest, que el maestro prometió ir al Museo.

Y á los pocos días, una mañana en que excusó su asistencia un señor al que estaba pintando el retrato, Renovales se acordó de la promesa á Tekli y fué al Museo del Prado, sintiendo al entrar la misma impresión de empequeñecimiento y nostalgia que sufre un personaje al volver á la Universidad donde pasó su juventud.

Al verse en la sala de Velázquez, sintióse asaltado por un respeto religioso. Allí estaba un pintor: el pintor por antonomasia. Todas sus teorías irreverentes de odio á los muertos se quedaron más allá de la puerta. El encanto de estos lienzos, que no había visto en algunos años, surgía de nuevo, fresco, poderoso, irresistible; le avasallaba despertando sus remordimientos. Permaneció largo rato inmóvil, pasando sus ojos de un lado á otro, queriendo abarcar de golpe toda la obra del inmortal, mientras en torno de él comenzaba á sonar un zumbido de curiosidad.

—¡Renovales!... ¡Está aquí Renovales!

La noticia había partido de la puerta, extendiéndose por todo el Museo, llegando á la sala de Velázquez, detrás de sus pasos. Los grupos de curiosos dejaban de contemplar los cuadros para mirar á aquel hombretón ensimismado, que no parecía darse cuenta de la curiosidad que le rodeaba. Las señoras, yendo de un lienzo á otro, seguían con el rabillo del ojo al artista célebre, cuyo retrato habían visto tantas veces. Le encontraban más feo, más ordinario que en los grabados de los periódicos. Parecía imposible que aquel mozo de cordel tuviese talento y pintase tan bien á las mujeres. Algunos jovencillos aproximábanse para mirarle de cerca, fingiendo contemplar los mismos cuadros que el maestro. Le detallaban con la vista, fijándose en sus particularidades exteriores, con ese deseo de imitaciôn entusiasta de los aprendices. Uno se proponía copiar su lazo de corbata y sus greñas alborotadas, con la quimérica esperanza de que esto les diese nueva inteligencia para la pintura. Otros se plañían mentalmente de ser imberbes, por no poder ostentar las barbas canas y ensortijadas del famoso maestro.

Éste, con su sensibilidad para percibir el elogio, no tardó en darse cuenta del ambiente de curiosidad que le rodeaba. Los jóvenes copistas parecían pegarse más á sus caballetes, frunciendo los ojos, dilatando la nariz, moviendo el pincel con lentitud y titubeos, sabiendo que él estaba á sus espaldas, estremeciéndose á cada paso que sonaba sobre el entarimado, con el temor y el deseo de que se dignase pasar su mirada por encima de sus hombros. Adivinaba con cierto orgullo lo que murmuraban todas las bocas al cuchichear, lo que se decían los ojos, al fijarse distraídos en los lienzos, para después mirarle á él.

—Es Renovales... El pintor Renovales.

El maestro miró un buen rato al más antiguo de los copistas: un viejo decrépito y casi ciego, con anteojos gruesos y cóncavos, que le daban el aspecto de un monstruo marino, y temblándole las manos con estremecimiento senil. Renovales le conocía. Veinticinco años antes, cuando él estudiaba en el Museo, le había visto en el mismo sitio, copiando siempre Los borrachos. Aunque cegase por completo, aunque el cuadro se perdiese, podría él rehacerlo á tientas. En aquellos tiempos se habían hablado muchas veces, pero ni remotamente podía imaginarse el pobre hombre que aquel Renovales, del que tanto se decía, era el mismo muchachuelo que en más de una ocasión le había pedido prestado un pincel, y cuyo recuerdo apenas si se conservaba en su pensamiento, momificado por la eterna imitación. Renovales pensó en la bondad del rollizo Baco y la turba de rufianes de su corte, personajes que durante medio siglo estaban alimentando la casa del copista, y creyó ver á la vieja compañera, á los hijos casados, los nietos, toda una familia sostenida por la mano trémula del anciano.

Alguien deslizó en su oído la noticia que agitaba el Museo, y el copista, levantando los hombros con cierto desprecio, separó la moribunda vista de su trabajo.

¡Conque estaba allí Renovales, el famoso Renovales! ¡Iba por fin á conocer al prodigio!...

El maestro vió fijos en él sus ojos grotescos de pescado monstruoso, con un fulgor irónico tras los gruesos cristales. ¡Farsantuelo! Ya había oído él hablar de aquel estudio con honores de palacio que tenía detrás del Retiro. Lo que á Renovales le sobraba lo había quitado á muchos como él que, faltos de protección, se habían quedado en el camino. Se hacía pagar por un lienzo miles de duros, y Velázquez trabajaba por tres pesetas al día, y Goya pintaba sus retratos por un par de onzas. Todo mentira; modernismos, audacias de una juventud falta de escrúpulos, ignorancia de los bobos que creen á los periódicos. Lo único bueno estaba allí. Y levantando otra vez los hombros con desprecio, se apagó en su mirada la irónica protesta y volvió á su milésima copia de Los borrachos.

Renovales, viendo amortiguarse la curiosidad en torno de él, entró en la pequeña sala que guarda el cuadro de las Meninas. Allí estaba Tekli, junto al lienzo famoso, que ocupa todo el fondo de la habitación, sentado ante su caballete, con el sombrerito blanco echado atrás para dejar en libertad los latidos de su frente, contraída por el tenaz empeño de la exactitud.

Al ver á Renovales se levantó con apresuramiento, dejando su paleta sobre el pedazo de hule que defendía el entarimado de las manchas de pintura. ¡Amable maestro! ¡Cómo agradecía esta visita! Y le mostraba su copia, de una minuciosa exactitud, sin el prodigioso ambiente, sin la milagrosa realidad del original. Renovales asentía con la cabeza; admiraba la paciente labor de aquel buey manso del arte, que abría sus surcos siempre iguales, con una rigidez geométrica, sin el más leve descuido, sin el menor intento de originalidad.

¿Ti piace?—preguntaba ansioso, mirándole á los ojos para adivinar su pensamiento.—¿E vero? ¿E vero?—repetía con la incertidumbre del niño que presiente un engaño.

Y súbitamente tranquilizado por las muestras de aprobación de Renovales, cada vez más extremadas para disfrazar su indiferencia, el húngaro le cogió ambas manos, llevándoselas al pecho.

Sono contento, maestro... Sono contento.

No quería soltar á Renovales. Ya que había tenido la magnanimidad de venir á conocer su obra, no podía dejarle marchar. Almorzarían juntos en el hotel donde él vivía. Destaparían un frasco de Chiantti para recordar su vida de Roma; hablarían de la alegre bohemia de la juventud, de aquellos compañeros de diversas nacionalidades que se reunían en el café del Greco; unos muertos ya, los demás esparcidos por Europa y América; los menos llegados á la celebridad, la mayoría vegetando en las escuelas de su país, soñando con un cuadro definitivo y triunfador, antes del cual llegaría la muerte.

Renovales sintióse vencido por la insistencia del húngaro, el cual le cogía las manos con expresión dramática, como si fuese á morir por su negativa. ¡Vaya por el Chiantti! Almorzarían juntos, y mientras Tekli daba unos retoques á su obra, él le aguardaría paseando por el Museo, renovando sus recuerdos.

Al volver á la sala de Velázquez había disminuído la concurrencia, quedando solos los copistas, inclinados ante sus lienzos. El pintor sintió de nuevo la influencia del gran maestro. Admiró su prodigioso arte, sintiendo al mismo tiempo la intensa tristeza histórica que parecía emanar de toda su obra. ¡Infeliz don Diego! Había nacido en el período más melancólico de nuestra historia. Su sano realismo era para haber inmortalizado la forma humana en toda su bella desnudez, y el destino le deparó un período en el que las mujeres parecían tortugas asomando el busto entre la doble concha de su hueca faldamenta, y los hombres tenían una rigidez sacerdotal, irguiendo las morenas y mal lavadas cabezas sobre tétricas ropillas. Había pintado lo que había visto: el miedo y la hipocresía reflejábanse en los ojos de aquel mundo. La alegría forzada de una nación moribunda, que necesitaba para distraerse de lo monstruoso y disparatado, revelábase en los bufones, los locos y los contrahechos, inmortalizados por el pincel de don Diego. El humor hipocondríaco de una monarquía enferma de cuerpo y con el alma agarrotada por el terror del infierno, vivía en todas aquellas obras maestras, que inspiraban admiración y tristeza al mismo tiempo. ¡Lástima de tesoros artísticos derrochados en inmortalizar un período que, sin Velázquez, hubiera caído en el olvido más profundo!

Renovales pensaba también en el hombre, comparando con cierto remordimiento la vida de aquel gran pintor con la existencia principesca de los maestros modernos. ¡Oh, la munificencia de los reyes, su protección á los artistas, de la que hablaban algunos con entusiasmo volviendo la vista atrás!... Pensaba en el cachazudo don Diego y su sueldo de tres pesetas como pintor del rey, que sólo cobraba muy de tarde en tarde; en su nombre glorioso, figurando entre los de bufones y barberos en la lista del personal cortesano; en su calidad de doméstico regio, que le obligaba á aceptar el cargo de perito de materiales de albañilería para mejorar un tanto su situación; en las bajezas y humillaciones de sus últimos años para alcanzar la cruz de Santiago, negando como un delito ante el tribunal de las Ordenes que cobrase dinero por sus cuadros, afirmando con orgullo servil su calidad de criado del rey, como si ese título fuese superior á la gloria del artista... ¡Dichosos tiempos del presente; bendita revolución de la vida moderna, que dignifica al artista colocándolo bajo la protección del público, soberano impersonal que deja en libertad al creador de belleza y acaba por seguirle en sus nuevos caminos!...

Renovales salió á la galería central buscando otra de sus admiraciones. Las obras de Goya llenaban un gran espacio de ambos muros. Á un lado los retratos de los reyes de la decadencia borbónica; cabezas de monarcas ó de príncipes, abrumadas por la blanca peluca; ojos punzantes de mujer, rostros exangües, con los cabellos peinados en forma de torre. Los dos grandes pintores habían coincidido en su existencia con la ruina moral de dos dinastías. En el salón del gran don Diego, los reyes delgados, huesosos, rubios, de elegancia monacal y blancura linfática, con la mandíbula saliente y una expresión en los ojos de duda y temor por la salvación de sus almas. Aquí los monarcas obesos, entorpecidos por la grasa; la nariz enorme y pesada, con un fatal estiramiento, como si tirase del cerebro por misteriosa relación, paralizando sus funciones; el labio inferior grueso y caído con inercia sensual; los ojos, de una calma bovina, reflejando en su tranquila luz la indiferencia para todo lo que no tocase directamente á su egoísmo. Los Austrias, nerviosos, inquietos por una fiebre de locura, sin saber adónde ir, cabalgando sobre teatrales corceles, en obscuros paisajes, cerrados por las nevadas crestas del Guadarrama, tristes, frías y cristalizadas como el alma nacional: los Borbones, reposados, adiposos, descansando ahitos sobre sus enormes pantorrillas, sin otro pensamiento que la cacería del día siguiente ó la intriga doméstica que trae revuelta á la familia, ciegos para las tormentas que truenan más allá de los Pirineos. Los unos rodeados de un mundo de imbéciles con cara brutal, de leguleyos sombríos, de infantas de rostro aniñado y faldas huecas de virgen de altar: los otros llevando, como comparsería alegre y desenfadada, un populacho vestido de alegres colores, envuelto en la capa de grana ó la mantilla de blonda, coronado por la peineta ó la masculina redecilla, raza que en las meriendas del Canal ó en grotescas diversiones incubaba, sin saberlo, su heroísmo. El latigazo de la invasión la sacaba de su infancia de siglos. El mismo gran artista que había retratado durante muchos años la inocente inconsciencia de este pueblo de majos y majas, vistoso y alegre como un coro de opereta, lo pintaba después atacando navaja en mano, con simiesca agilidad, á los mamelucos; haciendo caer bajo sus tajos á estos centauros del Egipto, ahumados en cien batallas, ó muriendo con teatral fiereza á la luz de un fanal, en las tétricas soledades de la Moncloa, fusilado por los invasores.

Renovales admiraba el ambiente trágico de este lienzo que tenía ante sus ojos. Los verdugos ocultaban sus rostros, apoyándolos en los fusiles; eran ciegos ejecutores del destino, una fuerza anónima; y frente á ellos elevábase el montón de carne palpitante y sangrienta; los muertos, con los jirones de carne arrancados por las balas, mostrando rojizos agujeros; los vivos, con los brazos en cruz, retando á los matadores en una lengua que no podían entender, ó cubriéndose el rostro con las manos, como si este movimiento instintivo pudiera preservarles del plomo. Era todo un pueblo que moría para renacer. Y junto á este cuadro de horror y heroísmo veíase cabalgar, en otro cercano, al Leónidas de Zaragoza, á Palafox, con sus patillas elegantes y una arrogancia de chispero dentro del uniforme de capitán general, teniendo en su apostura cierto aspecto de caudillo de la plebe, sosteniendo en una mano enguantada de ante el corvo sable y en la otra las riendas de su caballejo corto y panzudo.

Renovales pensó que el arte es como la luz, que toma el color y el brillo de los objetos que toca. Goya había pasado por un período tempestuoso, había asistido á la resurrección del alma popular, y su pintura encerraba la vida tumultuosa, la furia heroica que en vano se buscaba en los lienzos de aquel otro genio amarrado á la monotonía de una existencia palaciega, sin otros incidentes que las noticias de guerras lejanas, faltas de entusiasmo, y cuyas victorias, tardías é inútiles, tenían la frialdad de la duda.

Volvió el pintor la espalda á las damas goyescas, de boca recogida como un capullo de rosa, vestidas de blanca batista y con la cabellera peinada en forma de turbante, para concentrar su atención en una figura desnuda que parecía dejar en la sombra los lienzos cercanos, con el esplendor luminoso de sus carnes. La contempló de cerca largo rato, inclinado sobre la barandilla, tocando casi el lienzo con el ala de su sombrero. Después fué alejándose lentamente, sin dejar de mirarla, hasta que, al fin, acabó por sentarse en una banqueta, siempre frente al cuadro, con los ojos fijos en él.

—¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

Hablaba en voz alta, sin percatarse de ello, como si sus palabras fuesen una explosión inevitable de los pensamientos que se agolpaban en su frente y parecían pasar y repasar tras el cristal de sus ojos. Sus expresiones admirativas eran en diversos tonos, marcando una escala descendente de recuerdos.

El pintor contempló con delectación aquel cuerpo desnudo, graciosamente frágil, luminoso, como si en su interior ardiese la llama de la vida, transparentada por las carnes de nácar. Los pechos firmes, audazmente abiertos en ángulo, puntiagudos como magnolias de amor, marcaban en sus vértices los cerrados botones de un rosa pálido. Una musgosa sombra apenas perceptible entenebrecía el misterio sexual: la luz trazaba una mancha brillante en las rodillas de pulida redondez, y de nuevo volvía á extenderse el discreto sombreado hasta los pies diminutos, de finos dedos, sonrosados é infantiles.

Era la mujer pequeña, graciosa y picante; la Venus española, sin más carne que la precisa para cubrir de suaves redondeces su armazón ágil y esbelto. Los ojos ambarinos de malicioso fuego desconcertaban con su fijo mirar; la boca tenía en sus graciosas alillas el revuelo de una sonrisa eterna: en las mejillas, los codos y los pies, el tono de rosa mostraba la transparencia y el fulgor húmedo de esas conchas que abren los colores de sus entrañas en el profundo misterio del mar.

—¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

Ya no decía estas palabras en voz alta, pero las repetían su pensamiento y su mirada: su sonrisa era como un eco de ellas.

Renovales no estaba solo. De vez en cuando se interponían entre sus ojos y el cuadro grupos de curiosos que pasaban y repasaban hablando á gritos. Un trote de pesados pies conmovía el pavimento de madera. Era mediodía, y los albañiles de las obras cercanas aprovechaban la hora del descanso para explorar aquellos salones, como si fuesen un mundo nuevo, aspirando satisfechos el tibio aire de la calefacción. Dejaban al andar huellas de yeso en el entarimado; se llamaban unos á otros para participarse su admiración ante un cuadro; mostraban impaciencia por abarcarlo todo de un golpe; se extasiaban contemplando los guerreros de luminosa armadura ó los uniformes complicados de otras épocas. Los más listos servían de guía á sus compañeros, arreándolos con impaciencía. Ya habían estado allí el día anterior. ¡Adentro! ¡Aun les quedaba mucho que ver! Y corrían hacia las salas interiores con la anhelante curiosidad del que pisa tierra nueva y aguarda que lo asombroso surja ante sus pasos.

Entre este galope de la admiración sencilla pasaban también algunos grupos de señoras españolas. Todas hacían lo mismo ante la obra de Goya, como si estuvieran aleccionadas previamente. Iban de un cuadro á otro, comentando las modas de los tiempos pasados, sintiendo cierta nostalgia por las faldas de madroños y las amplias mantillas con alta peineta. De pronto poníanse serias, apretaban los labios y emprendían un paso vivo hacia el fondo de la galería. Las avisaba el instinto. Sus inquietos ojos sentíanse heridos en el rabillo por la lejana desnudez: parecían husmear á la famosa maja antes de verla y seguían adelante erguidas, con el gesto severo, lo mismo que cuando las molestaba en la calle un requiebro audaz, pasando frente al cuadro sin volver la cara, sin querer ver los lienzos inmediatos, no deteniéndose hasta la vecina sala de Murillo.

Era el odio al desnudo, la cristiana y secular abominación de la Naturaleza y la verdad, que se ponía en pie instintivamente, protestando de que se tolerasen tales horrores en un edificio público, poblado de santos, reyes y ascetas.

Renovales adoraba aquel lienzo con entusiasmo devoto, colocándolo aparte de las demás obras. Era la primera manifestación del arte libre de escrúpulos, limpio de preocupaciones, que existía en nuestra historia. ¡Tres siglos de pintura; varias generaciones de nombres gloriosos, sucediéndose con portentosa fecundidad, y hasta Goya no había osado el pincel español trazar las formas del cuerpo femenil, la divina desnudez que, en todos los pueblos, había sido la primera inspiración del arte naciente! Renovales recordaba otro desnudo, la Venus, de Velázquez, guardada en extrañas tierras. Pero aquella obra no había sido espontánea: era un encargo del monarca que, al mismo tiempo que pagaba espléndidamente á los extranjeros sus cuadros de desnudo, quiso tener un lienzo semejante de su pintor de cámara.

La presión religiosa había entenebrecido el arte durante siglos. La humana belleza asustaba á los grandes artistas, que pintaban con la cruz en el pecho y el rosario en la espada. Los cuerpos ocultábanse bajo el sayal de pesados y rígidos pliegues ó el grotesco miriñaque palaciego, sin que el pintor osara adivinar lo que existía debajo de ellos, mirando al modelo como el devoto contempla el manto hueco de la Virgen, no sabiendo si encierra un cuerpo ó tres barrotes, sostenes de la cabeza. La alegría de la vida era un pecado; la desnudez, obra de Dios, una abominación. En vano brillaba sobre la tierra española un sol más hermoso que el de Venecia; inútilmente se quebraba la luz sobre la tierra con mayor brillo que en Flandes; el arte español era obscuro, era seco, era sobrio, aun después de haber conocido las obras del Ticiano. El Renacimiento, que en el resto del mundo adoraba el desnudo como la obra definitiva de la Naturaleza, cubríase aquí con la capucha del fraile ó los harapos del mendigo. Los paisajes luminosos eran obscuros y tétricos al pasar al lienzo; el país del sol aparecía bajo el pincel con un cielo gris y la tierra de un verde fúnebre; las cabezas eran de una gravedad monacal. El artista ponía en sus cuadros, no lo que le rodeaba, sino lo que llevaba dentro, un pedazo de su alma; y su alma estaba agarrotada por el miedo á los peligros de la vida presente y los tormentos de la futura; era negra, con la negrura de la tristeza, como si se hubiese tiznado en el hollín de las hogueras de la Fe.

Aquella mujer desnuda, con la cabeza rizosa sobre sus brazos cruzados, mostrando en tranquilo abandono la leve vegetación de sus axilas, era el despertar de un arte que había vivido aislado. El cuerpo ligero, que apenas descansaba sobre el verde diván y las almohadas de finos encajes, parecía próximo á elevarse en el aire, con el potente impulso de la resurrección.

Renovales pensaba en los dos maestros, igualmente grandes, y sin embargo, tan distintos. El uno tenía la imponente majestad de los monumentos famosos; reposado, correcto, frío, llenando el horizonte de la historia con su mole colosal, envejeciendo gloriosamente sin que los siglos abriesen la menor grieta en sus muros de mármol. Por todos lados la misma fachada noble, ordenada, tranquila, sin fantasías de capricho. Era la razón, sólida, equilibrada, ajena á los entusiasmos y los desmayos, sin apresuramientos ni fiebres. El otro era grande como una montaña, con el desorden bizarro de la Naturaleza, cubierto de tortuosas desigualdades. Por un lado el peñascal bravío y árido; más allá la cañada cubierta de matorrales floridos; abajo el jardín con perfumes y pájaros; en la cumbre la corona de nubarrones que truenan y relampaguean. Era la imaginación en carrera desenfrenada, con altos jadeantes y nuevos escapes, la frente en lo infinito y los pies sin separarse de la tierra.

La vida de don Diego cabía en dos líneas. «Había pintado.» Esta era toda su biografía. Jamás en sus viajes por España é Italia sintió otra curiosidad que la de ver nuevos cuadros. En la corte del rey poeta había vegetado entre galanteos y mascaradas, tranquilo como un monje de la pintura, siempre de pie ante el lienzo y el modelo, hoy un bufón, mañana una infantita, sin otras aspiraciones que las de ascender de categoría entre los domésticos reales y coserse una cruz de paño rojo en el negro justillo. Era una alma excelsa encerrada en un cuerpo flemático que jamás le atormentó con deseos nerviosos ni alteró la calma de su trabajo con pasionales vehemencias. Al morir él, moría también, á la semana siguiente, la buena doña Juana, su esposa, buscándose los dos, como si no pudiesen permanecer separados después de su luenga peregrinación por el mundo, plácida y sin incidentes.

Goya «había vivido». Su existencia era la del artista gran señor: una agitada novela llena de misterios amorosos. Los discípulos, al entreabrir las cortinas de su estudio, veían la seda de unas faldas regias sobre las rodillas del maestro. Las lindas duquesas de la época acudían á que las pintarrajease las mejillas aquel aragonés fuerte, de áspera y varonil galantería, riendo como locas de estos retoques íntimos. Al contemplar sobre revuelta cama una divina desnudez, trasladaba al lienzo sus formas, por impulso irresistible, por imperiosa necesidad de reproducir la belleza, y la leyenda que flotaba en torno del pintor español iba colgando un nombre ilustre á todas las beldades que inmortalizaba su pincel.

Pintar sin miedo y sin preocupaciones, extasiarse reproduciendo sobre el lienzo la jugosa desnudez, el húmedo ámbar de la carne femenil con sus pálidos rosas de caracola marina, era el deseo y la envidia de Renovales: vivir como el famoso don Francisco, cual pájaro libre, de plumaje inquieto y luminoso, en medio de la monotonía del humano corral; ser, por las pasiones, por el desenfado y por los gustos, distinto de la mayoría de los hombres, ya que se diferenciaba de ellos por su modo de apreciar la vida.

Pero ¡ay! su existencia era igual á la de don Diego: llana, monótona, tirada á cordel. Pintaba, pero no vivía; le alababan sus obras por la exactitud con que cautivaba el natural, por el brillo de la luz, el color indefinible del aire y el exterior de las cosas; pero algo le faltaba, algo que se revolvía en su interior y en vano pugnaba por saltar las bardas vulgares de la existencia diaria.

El recuerdo de la novelesca vida de Goya le hacía pensar en su propia vida. Le llamaban maestro; comprábanle á buen precio todo lo que pintaba, especialmente si era con arreglo al gusto ajeno y contra su voluntad de artista; gozaba una existencia tranquila, llena de comodidades; tenía allá, en su estudio, con honores de palacio, cuya fachada reproducían los periódicos ilustrados, una esposa que creía en su genio y una hija que casi era una mujer, y hacía tartamudear de emoción á la tropa de discípulos íntimos. De su pasada bohemia, sólo restaban en él los fieltros abollados, las barbas luengas, la alborotada cabellera y cierto descuido en el vestir; pero cuando lo exigía su posición de gloria nacional, sacaba del ropero un frac con la solapa cubierta de condecoraciones, y hacía su figura en las fiestas oficiales. Tenía miles de duros en el Banco. En el estudio, paleta en mano, conferenciaba con su agente, discutiendo la clase de papel que debía adquirir con sus ganancias del año. Su nombre no despertaba extrañeza ni repulsión en la alta sociedad, donde era de moda que las señoras fuesen retratadas por él.

Había provocado en otro tiempo escándalos y protestas por sus audacias de color y su modo revolucionario de ver la Naturaleza, pero no llevaba sobre su nombre el menor atentado á las conveniencias que hay que guardar con el público. Sus mujeres eran hembras del pueblo, pintorescas y repugnantes; no había mostrado en sus lienzos otras carnes que la sudorosa del labriego ó la mantecosa del niño. Era el maestro honrado que cultiva su prodigiosa habilidad con la misma calma con que otros cuidan sus negocios.

¿Qué faltaba en su existencia?... ¡Ay!... Renovales sonreía irónicamente. Acudía de golpe á su memoria toda su vida en tumultuoso agolpamiento de recuerdos. Fijaba una vez más su mirada en aquella mujer de luminosa blancura, semejante á un ánfora de nácar, con los brazos en torno de la cabeza, los pechos enhiestos y triunfadores, los ojos puestos en él, como si le conociera muchos años, y repetía mentalmente, con expresión de amargura y desaliento:

—¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

II

Al recordar Mariano Renovales los primeros años de su vida, su sensibilidad, siempre exquisita para las impresiones exteriores, evocaba un incesante choque de martillos. Desde que asomaba el sol hasta que la tierra comenzaba á entenebrecerse con la penumbra del crepúsculo, cantaba el hierro ó gemía en el suplicio del yunque, haciendo temblar las paredes de la casa y el piso del alto cuartucho donde Mariano jugueteaba, tendido en el suelo, junto á los pies de una mujer pálida, enfermiza, de ojos graves y profundos, la cual dejaba con frecuencia su costura para besar al pequeño con repentina vehemencia, como si temiese no verle más.

Aquellos martillos incansables, que habían acompañado el nacimiento de Mariano, le hacían saltar de la cama apenas apuntaba el día y bajar á la fragua para calentarse junto al incandescente fogón. Su padre, un cíclope bondadoso, velludo, tiznado de negro, iba de un lado á otro revolviendo hierros, manejando limas, dando órdenes á sus ayudantes con fuertes gritos, para que pudiesen oirle en el estrépito del martilleo. Dos mocetones despechugados braceaban jadeantes sobre el yunque, y el hierro, unas veces rojo y otras dorado, saltaba en chorros luminosos, se esparcía en ramilletes crepitantes, poblaba el negro ambiente de la fragua de un enjambre de moscas de fuego que iban á morir, apagadas y negras, en el hollín de los rincones.

—Cuidado, pequeño—decía el padre abarcando su cabeza tierna de pelos finos y ensortijados con una de sus manazas.

El chiquitín sentíase atraído por los colores del hierro ardiente, hasta el punto de que, con la inconsciencia de la niñez, intentaba algunas veces apoderarse de aquellos fragmentos que brillaban en el suelo como estrellas caídas.

Su padre lo empujaba fuera de la fragua, y más allá de la puerta negra de hollín veía Mariano extenderse, cuesta abajo, en el torrente de luz solar, los campos de tierra roja, cortados en figuras geométricas por lindes y ribazos de piedra; en el fondo, el valle, con grupos de álamos orlando el tortuoso cristal de un río, y enfrente las montañas cubiertas hasta sus cimas de obscuros pinares. La fragua estaba en las afueras de un pueblo, y de éste y de las aldeas del valle llegaban los encargos que mantenían la herrería: ejes nuevos de carro, rejas de arado, hoces, palas y horquillas necesitadas de compostura.

El incesante golpear de los martillos parecía conmover al pequeño, infundiéndole una fiebre de actividad, arrancándolo de sus juegos infantiles. Á los ocho años agarrábase á la cuerda del fuelle y tiraba de ella, extasiándose en la contemplación del charro de chispas que arrancaba la corriente de aire á los encendidos carbones. El buen cíclope mostrábase satisfecho del vigor de su hijo, robusto y fuerte como todos los de su familia, con unos puños que imponían respeto á los chicuelos del lugar. Era de su sangre. De la pobre madre, débil y enferma, sólo tenía su predisposición al silencio y al aislamiento, permaneciendo horas enteras, cuando se amortiguaba en él la fiebre de actividad, en muda contemplación de los campos, del cielo ó de los arroyos que bajaban saltando sobre guijas para confundirse con el río en lo más hondo del valle.

El pequeño aborrecía la escuela, mostrando un santo horror á las letras. Sus manos fuertes temblaban indecisas al intentar escribir una palabra. En cambio su padre y las demás gentes de la fragua admirábanse de la facilidad con que sabía reproducir los objetos por medio de un dibujo sencillo, ingenuo, en el que no se escapaba detalle alguno del natural. Llevaba siempre los bolsillos llenos de carbones y no veía una pared ó una piedra de cierta blancura, sin que al momento dejase de trazar en ella una copia de los objetos que herían sus ojos por alguna particularidad saliente. Los muros exteriores de la herrería estaban ennegrecidos por los dibujos de Marianillo. Trotaban á lo largo de las paredes, con el hocico contraído y la cola enroscada, los cerdos de San Antón, que vagaban por el pueblo mantenidos por la caridad pública para ser rifados en la fiesta del santo, y en medio de esta procesión panzuda destacábanse los perfiles del herrero y de todos los obreros de la fragua, con una inscripción al pie para que no surgiesen dudas sobre su identidad.

—Ven, mujer—gritaba el herrero á su enfermiza cónyuge, al descubrir un nuevo dibujo.—Ven á ver lo que ha hecho nuestro hijo. ¡Demonio de muchacho!...

Y á impulsos de este entusiasmo, no se lamentaba ya de que Marianillo abandonase la escuela y huyera del fuelle de la fragua, dedicando todo el día á corretear por el valle ó por el pueblo, con el carbón en la mano, cubriendo de lineas negras las peñas del monte y las paredes de las casas, con gran desesperación de las vecinas. En la taberna de la plaza Mayor había trazado las cabezas de los más asiduos parroquianos, y el tabernero las enseñaba con orgullo, no permitiendo que tocasen á la pared por miedo á que desaparecieran. Esta obra era un motivo de vanidad para el herrero, cuando en los domingos, después de la misa, entraba á beber un vaso con los amigos. En la pared de la rectoría había trazado una Virgen, ante la cual deteníanse con hondos suspiros las devotas más viejas del pueblo.

El herrero, con un rubor de satisfacción, admitía todos los elogios que tributaban al pequeño, como si le correspondiesen á él en su mayor parte. ¿De dónde había salido aquel prodigio, siendo tan bárbaros todos los de la familia? Y movía la cabeza afirmativamente cuando los notables del pueblo le hablaban de hacer algo por el chico. Ciertamente, él no sabía qué hacer, pero tenían razón; su Marianillo no estaba destinado á golpear el hierro lo mismo que su padre. Podía ser un personaje tan grande como don Rafael, un señor que pintaba santos y santas en la capital de la provincia y era maestro de los pintores, en un gran caserón lleno de cuadros, allá en la ciudad. Durante el verano venía con su familia á vivir en una quinta del valle.

Este don Rafael era un varón imponente por su gravedad; un santo cargado de hijos, que llevaba la levita como si fuese un hábito y hablaba con melifluidad de fraile á través de las barbas canas que invadían su rostro enjuto y sonrosado. En la iglesia del pueblo guardaban un cuadro portentoso pintado por él: una Purísima, cuyos colores dulces, de un brillo acaramelado, hacían temblar de emoción las piernas de los devotos. Además, los ojos de la imagen tenían la milagrosa particularidad de mirar de frente á los que la contemplaban, siguiéndoles aunque cambiasen de lugar. Un verdadero prodigio. Parecía imposible que esta obra sobrenatural la hubiese hecho aquel buen señor, que durante el verano subía todas las mañanas á oir su misa en el pueblo. Un inglés había querido comprar el cuadro por lo que pesase de oro. Nadie había visto al inglés, pero todos sonreían sarcásticamente al comentar la proposición. ¡En seguida soltaban ellos el cuadro! ¡Que rabiasen los herejes con todos sus millones! La Purísima seguiría en su capilla para envidia del mundo entero, y especialmente de los pueblecillos cercanos.

Cuando el párroco fué á visitar á don Rafael para hablarle del hijo del herrero, el grande hombre estaba ya enterado de sus habilidades. Había visto en el pueblo sus dibujos; el muchacho tenía cierta disposición, y era lástima no guiarle por buen camino. Después fueron las visitas del herrero y su hijo, temblorosos los dos al verse en el granero de la quinta, que el gran pintor había convertido en estudio; al contemplar de cerca los botes de color, la paleta aceitosa, los pinceles y aquellos lienzos de un suave azul, sobre el que comenzaban á marcarse los rosados mofletes de los querubines y la cara en éxtasis de la Madre de Dios.

Al terminar el verano, el buen herrero se decidió á seguir los consejos de don Rafael. Ya que éste era tan bueno que quería ayudar al chico, por él no iba á malograrse su buena fortuna. La herrería daba para vivir. Todo consistía en trabajar unos años más, en sostenerse, hasta el fin de su existencia, junto al yunque, sin ayuda ni sucesor. Su hijo había nacido para personaje, y era grave pecado cortarle el camino despreciando la ayuda del buen protector.

Lloró la madre, cada vez más débil y enfermiza, como si el viaje á la capital de la provincia fuese al otro extremo del mundo.

—Adiós, hijo. Ya no te veré más.

Y efectivamente, Mariano vió por última vez aquel rostro exangüe, de grandes ojos sin expresión, casi borrado ahora de su memoria, como una mancha blanquecina, en la cual no lograba, á pesar de todos sus esfuerzos, restablecer el contorno de las facciones.

En la ciudad cambió radicalmente su vida. Entonces comprendió qué era lo que buscaban sus manos al mover el carbón sobre las paredes enjalbegadas. El arte se reveló por primera vez á sus ojos en las tardes silenciosas pasadas en un antiguo convento, donde estaba el museo provincial, mientras su maestro don Rafael discutía con otros caballeros en la sala de profesores ó firmaba papelotes en la secretaría.

Mariano vivió en casa de su protector, siendo á la vez su criado y su discípulo. Llevaba cartas al señor deán y á algunos canónigos amigos del maestro, que le acompañaban en sus paseos ó hacían tertulia en su estudio. Más de una vez visitó los locutorios de algunos conventos, dando recados de don Rafael, al través de las tupidas rejas, á ciertas sombras blancas y negras que, atraídas por su juventud rolliza de muchacho del campo y enteradas de que pretendía ser pintor, le abrumaban con las preguntas de una curiosidad excitada por el encierro. Acababan por regalarle, al través del torno, rosquillas, limoncitos confitados ó alguna otra muestra de la repostería monjil, y le despedían con sanos consejos de sus voces tenues y suaves tamizadas por el hierro de las rejas.

—¡Que seas bueno, Marianito! Estudia, reza. Sé buen cristiano; el Señor te protegerá, y tal vez llegues á pintar como don Rafael, que es de los primeros del mundo.

¡Cómo reía el artista recordando aquella sencillez infantil, que le hacía ver en su maestro el pintor más asombroso de la tierra!... Por las mañanas, al asistir á las clases de la Escuela de Bellas Artes, se indignaba contra sus compañeros, chiquilliría irrespetuosa, educada en la calle, hijos de menestrales, que apenas volvía la espalda el profesor, se bombardeaban con las migas del pan destinado á borrar los dibujos y execraban á don Rafael llamándole beato y jesuíta.

Las tardes las pasaba Mariano en el estudio, al lado del maestro. ¡Qué emoción la primera vez que éste le puso la paleta en la mano y le permitió copiar, en un lienzo viejo, un San Juan infante que había terminado para una comunidad!... Mientras el muchacho, con el rostro contraído por enérgica mueca, se esforzaba en imitar la obra del maestro, oía los buenos consejos que le daba éste, sin apartarse del lienzo sobre el que hacía correr su seráfico pincel.

La pintura debía ser religiosa. Los primeros cuadros del mundo habían sido inspirados por la religión; fuera de ella, la vida sólo ofrecía vil materialismo, repugnantes pecados. La pintura debía ser ideal, hermosa; representar siempre imágenes bonitas; reproducir las cosas como debían ser y no como eran, y sobre todo, mirar á lo alto, al cielo, pues allí está la verdadera vida, no en esta tierra, valle de lágrimas. Mariano debía modificar sus instintos, se lo aconsejaba él, que era su maestro; debía perder su afición á dibujar cosas groseras, las gentes tal como las veía, los animales en toda su brutal materialidad, los paisajes en la misma forma que los contemplaban sus ojos.

Había que tener idealismo. Muchos pintores fueron casi santos; así únicamente les era posible reflejar la celeste belleza en los rostros de sus madonas. Y el pobre Mariano esforzábase por ser ideal, por atrapar un pequeño andrajo de aquella serenidad beatífica y dulce que rodeaba á su maestro.

Poco á poco fué conociendo los procedimientos de que se valía don Rafael para realizar aquellas obras maestras que arrancaban gritos de admiración á su tertulia de canónigos y á las señoras ricas que le encargaban imágenes. Cuando pensaba comenzar alguna de sus Purísimas, que lentamente invadían las iglesias y conventos de la provincia, levantábase temprano y volvía al estudio después de confesar y comulgar. Sentía con esto una fuerza interior, un sereno entusiasmo, y si en mitad de la obra llegaba el desaliento, volvía á acudir á esta medicina de su inspiración.

El artista, además, debe ser puro. Él había hecho voto de castidad, pasados los cincuenta años; con algún retraso, ciertamente, pero no era por no haber conocido antes este medio seguro de llegar á un perfecto idealismo de pintor celestial. Su esposa, una señora envejecida por innumerables partos, agotada por la fidelidad y la virtud abrumadoras del maestro, no era ya más que la compañera que le daba la respuesta al rezar por la noche rosarios y trisagios. Tenía varias hijas que pesaban sobre su conciencia como un bochornoso recuerdo de vergonzosos materialismos; pero unas eran monjas profesas y otras iban camino de serlo, agrandándose la idealidad del artista conforme desaparecían de la casa estos testimonio de su impureza é iban á ocultarse en los conventos, donde sostenían el prestigio artístico del padre.

Algunas veces el gran pintor vacilaba ante una Purísima, que era siempre la misma, como si la pintase con trepa. Entonces hablaba misteriosamente á su discípulo:

—Marianito: avisa mañana á los señores que no vengan. Tenemos modelo.

Y cerrado el estudio á los sacerdotes y demás amigos respetables, llegaba Rodríguez, un guardia municipal, pisando fuerte, con la colilla bajo el recio bigote de púas salientes y una mano en la empuñadura del sable. Expulsado de la guardia civil por borracho y cruel, al verse sin ocupación, no se sabe por qué extraña iniciativa, se dedicó á modelo de pintor. El devoto artista, que le tenía cierto miedo, acosado por sus continuas peticiones, le había alcanzado este empleo de guardia municipal, y Rodríguez aprovechaba todas las ocasiones para manifestar su agradecimiento de mastín, golpeando los hombros del maestro con sus manazas y echándole á la cara su resuello de nicotina y alcohol.

—¡Don Rafael! ¡Usted es mi padre! Al que le toque á usted, le corto esto, aquello y lo de más allá.

Y el místico artista, satisfecho interiormente de esta protección, ruborizábase y agitaba las manos protestando de la franqueza de aquel bruto que llamaba por sus nombres á las cosas ocultas que deseaba cortar.

Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba á Mariano el pesado chafarote y, como hombre que sabe su obligación, sacaba del fondo de un arca una túnica de lana blanca y un guiñapo azul en forma de manto, colocando ambas prendas sobre su cuerpo con la maestría de la costumbre.

Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin ninguna tentación de reir. Eran misterios del arte; sorpresas que sólo estaban reservadas á los que, como él, tenían la suerte de vivir en la intimidad de un gran maestro.

—¿Estamos, Rodríguez?—preguntaba impaciente don Rafael.

Y Rodríguez, erguido dentro de su bata de baño, con el andrajo azul pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada feroz al techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El maestro sólo necesitaba el modelo para los paños de la imagen, para estudiar el plegado del celeste vestido, el cual no debía revelar el más leve indício de humanas redondeces. Jamás había pasado por su imaginación la posibilidad de copiar á una mujer. Era caer en el materialismo, glorificar la carne, llamar á la tentación. Con Rodríguez bastaba: había que ser idealista.

El modelo seguía en su mística actitud, con el cuerpo perdido en los innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca, asomando por debajo de ésta las puntas romas de sus botas de ordenanza, irguiendo su cabeza grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta, tosiendo y carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar á lo alto ni separar sus manazas juntas en ademán de adoración.

Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del maestro y el discípulo, Rodríguez lanzaba algunos mugidos que poco á poco tomaban forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazañas de su época heroica, cuando era guardia civil y «podía darle un mal golpe á cualquiera pagando después con un papel». La Purísima se enardecía con estos recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor de voluptuosidad homicida; se descomponían los rebuscados pliegues: sus ojos veteados de sangre ya no miraban á lo alto, y hablaba con voz bronca de tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte más sensible que caían al suelo enroscándose de dolor, de fusilamientos de presos que después se presentaban como fugas; y para dar mayor relieve á esta autobiografía declamada con bestial orgullo, salpicaba sus palabras de interjecciones que tan pronto aludían á las partes más intimas del organismo humano, como faltaban á todo respeto á los primeros personajes de la corte celestial.

—¡Rodríguez! ¡Rodríguez!—exclamaba horrorizado el maestro.

—¡Á la orden, don Rafael!

Y la Purísima, después de pasarse la colilla de un lado á otro de la boca, juntaba otra vez las manos, se estiraba, haciendo asomar por debajo de la túnica los pantalones con franja roja, y perdía su mirada en lo alto, sonriendo con éxtasis, como si contemplase en el techo todas sus heroicidades, de las que se sentía orgulloso.

Mariano desesperábase ante su lienzo. Era incapaz de pintar otra cosa que aquello que veía, y su pincel, después de reproducir la vestidura blanca y azul, deteníase vacilante en la cabeza, llamando en vano el auxilio de la imaginación. Era la carátula grotesca de Rodríguez la que surgía del lienzo, después de vanos esfuerzos.

Y el discípulo admiraba sinceramente la habilidad de don Rafael, aquella cabeza pálida velada por la luz de su nimbo, un rostro bonito é inexpresivo de belleza infantil que sustituía en el cuadro á la feroz testa del municipal.

Este escamoteo le parecía al joven la muestra más asombrosa del arte. ¡Cuándo llegaría él á la fácil prestidigitación de su maestro!

Con el tiempo fué marcándose aún más esta diferencia entre don Rafael y su discípulo. En la escuela le rodeaban los compañeros, reconociendo su superioridad y elogiando sus dibujos. Algunos profesores, enemigos del maestro, lamentaban que tan buenas disposiciones pudieran perderse al lado de aquel «pintasantos». Don Rafael miraba con asombro lo que hacía Mariano fuera de su estudio; figuras y paisajes directamente observados que, según él, respiraban la brutalidad de la vida.

Su tertulia de graves señores comenzaba á reconocer cierto mérito en el discípulo.

—No llegará nunca á la altura de usted, don Rafael—decían.—Carece de unción, no tiene idealismo, no pintará una buena imagen, pero como pintor mundano irá lejos.

El maestro, que amaba al muchacho por su carácter subordinado y su pureza de costumbres, intentaba en vano hacerle seguir el buen camino. Con sólo imitarle tenía la fortuna hecha. Él moriría sin sucesor y su estudio y su fama serían para él. No tenía más que ver como poco á poco, cual una buena hormiga del Señor, había ido creándose con el pincel una fortunita. Á fuerza de idealismo tenía su quinta allá en el pueblo y un sinnúmero de campos, cuyos arrendatarios venían á visitarle en el estudio, entablando ante las poéticas imágenes interminables discusiones sobre el pago y cuantía de los arrendatarios. La Iglesia era pobre por culpa de la impiedad de la época; no podía pagar tan generosamente como en otros siglos; pero los encargos menudeaban, y una Virgen con toda su pureza era asunto de tres días... Mas el joven Renovales torcía el gesto dolorosamente, como si le exigieran un sacrificio doloroso.

—No puedo, maestro. Soy un imbécil; no sé inventar. Sólo pinto lo que veo.

Y cuando comenzó á ver cuerpos desnudos en la clase llamada del natural, se entregó con furia á este estudio, como si la carne le produjese la más fuerte de las embriagueces. Don Rafael se aterró, sorprendiendo en los rincones de su casa bocetos que reproducían vergonzosas desnudeces con toda su realidad. Además, producíanle cierto malestar los adelantos del discípulo; veía en su pintura un vigor que él no había tenido nunca. Hasta notaba cierta defección en su tertulia de admiradores. Los buenos canónigos admiraban, como siempre, sus vírgenes; pero algunos de ellos se hacían retratar por Mariano, elogiando el acierto de su pincel.

Un día abordó á su discípulo con resolución.

—Ya sabes que te quiero como á un hijo, Marianito; pero á mi lado pierdes el tiempo. Nada te puedo enseñar. Tu sitio está en otra parte. He pensado que podías irte á Madrid. Allí están los de tu cuerda.

Su madre había muerto; su padre seguía en la fragua, y al verle llegar con unos cuantos duros, producto de los retratos que había hecho, apreció esta cantidad como una fortuna. Parecíale imposible que hubiera quien diese dinero á cambio de colorines. Una carta de don Rafael le convenció. Ya que aquel señor tan sabio aconsejaba que su hijo fuese á Madrid, él debía conformarse.

—Á Madrid, hijo, y procura ganar dinero pronto, que el padre está viejo y no siempre podrá ayudarte.

Á los diez y seis años cayó Renovales en Madrid, y viéndose solo, sin más guía que su voluntad, se entregó con furia al trabajo. Pasó las mañanas en el Museo del Prado, copiando todas las cabezas de los cuadros de Velázquez. Creyó que hasta entonces había vivido ciego. Además, trabajaba en un estudio abuhardillado con otros compañeros, y por las noches pintaba acuarelas. Con la venta de éstas y de algunas copias, iba rellenando los vacíos que dejaba en su subsistencia la corta pensión enviada por el padre.

Recordaba con nostalgia estos años de estrechez, de verdadera miseria: las noches de frío en el mísero camastro; las comidas irritantes, de misteriosos ingredientes, en una taberna cercana al teatro Real: las discusiones en un rincón de un café, bajo las miradas hostiles de los camareros, escandalizados de que una docena de melenudos ocupasen varias mesas para tomar en junto tres cafés y muchas botellas de agua...

La alegre juventud soportaba sin esfuerzo estas miserias, y en cambio, ¡qué hartazgo de ilusiones, qué banquete esplendoroso de esperanzas! Cada día un nuevo descubrimiento. Renovales corría como un potro salvaje por los dominios del arte, viendo abrirse ante él nuevos horizontes, y su galope levantaba un estruendo de escándalo que equivalía á prematura celebridad. Los viejos decían de él que era el único muchacho «que se traía algo»; sus compañeros afirmaban que era un «pintorazo», y en su afán iconoclasta, comparaban sus obras inexpertas con las de los maestros consagrados y antiguos, «miserables burgueses del arte», sobre cuyas calvas creían necesario escupir su bilis, afirmando de este modo la superioridad de la nueva generación.

Las oposiciones de Renovales para alcanzar la pensión en Roma, equivalieron á una revolución. La juventud, que sólo juraba por él y le tenía por glorioso capitán, se agitó amenazante con el temor de que los «viejos» sacrificasen á su ídolo.

Cuando al fin su manifiesta superioridad le hizo alcanzar la pensión, hubo banquetes en su honor, sueltos en los periódicos, se publicó su retrato en las revistas ilustradas, y hasta el viejo herrero hizo un viaje á Madrid para respirar, conmovido y lloroso, una parte del incienso que tributaban á su hijo.

En Roma esperaba á Renovales una cruel decepción. Sus compatriotas le recibieron con cierta frialdad. Los jóvenes le miraban como á un rival, aguardando sus próximas obras con la esperanza de una caída; los antiguos, que vivían lejos de la patria, le examinaron con malévola curiosidad. «¡Conque aquel mocetón era el hijo del herrero, que tanto ruido metía entre los ignorantes de allá!... Madrid no era Roma. Ahora verían ellos lo que aquel genio sabía hacer.»

Renovales no hizo nada en los primeros meses de su estancia en Roma. Contestaba encogiéndose de hombros á los que con aviesa intención le preguntaban por sus cuadros. Él había ido allí, no á pintar, sino á estudiar: para esto le mantenía el Estado. Y pasó más de medio año dibujando, siempre dibujando, en los museos famosos, donde estudiaba, carbón en mano, las obras célebres. Las cajas de colores permanecían sin abrir en un rincón de su estudio.

Al poco tiempo abominó de la gran ciudad, por la vida que en ella llevaban los artistas. ¿Para qué las pensiones? Se estudiaba allí menos que en otra parte. Roma no era una escuela: era un mercado. Los comerciantes de pintura establecían allí su negocio, atraídos por la gran aglomeración de artistas. Todos, viejos y principiantes, ilustres y desconocidos, sentían la tentación del dinero, se dejaban envolver en las dulzuras de la vida cómoda, produciendo obras para la venta, pintando cuadros con arreglo á las indicaciones de unos judíos alemanes que recorrían los estudios marcando los géneros y tamaños que eran de moda, para esparcirlos por Europa y América.

Renovales, al visitar los estudios, sólo veía cuadros de género; unas veces señores de casacón, otras moros andrajosos ó campesinos de Calabria. Eran pinturas bonitas y acabadísimas, para las cuales empleaban como modelos un maniquí ó las familias de chocharos, que se alquilaban todas las mañanas en la plaza de España, junto á la escalinata de la Trinidad; la eterna aldeana, morena, de negros ojos y grandes aros en las orejas, con falda verde, corpiño negro y la toca blanca arrollada sobre el pelo con grandes agujas: el viejo de siempre, con abarcas, pellico de lanas y un sombrero apuntado, con espiral de cintas, sobre su nevada cabeza de Padre Eterno. Los artistas apreciaban entre ellos sus méritos por los miles de liras recolectadas durante el año: hablaban con respeto de los maestros ilustres, que cobraban una fortuna á los millonarios de París ó de Chicago por cuadritos de caballete que nadie veía. Renovales mostrábase indignado. Este arte era casi igual al de su primitivo maestro, aunque mundano, como hubiese dicho don Rafael. ¡Y para esto los enviaban á Roma!...

Mal mirado por los compatriotas á causa de su carácter brusco, de su lenguaje rudo y de la probidad, que le hacía negarse á todo encargo de los mercaderes de pintura, buscó el trato de los artistas de otros países. En la juventud cosmopolita de pintores acuartelada en Roma, pronto fué popular Renovales.

Su energía, su exceso de vida, hacían de él un simpático y alegre compañero, cuando se presentaba en los estudios de la vía Babuino ó en las chocolaterías y cafés del Corso, donde se reunían, por afinidades amistosas, los artistas de diversas nacionalidades.

Mariano, á los veinte años, era un mocetón atlético, digno retoño de aquel hombre que batía el hierro, desde el amanecer hasta la noche, en un rincón de España. Un día un joven inglés, amigo suyo, leyó en su honor una página de Ruskin. «Las artes plásticas son esencialmente atléticas.» Un enfermo, un semiparalítico, podía ser un gran poeta, un célebre músico; pero para ser Miguel Ángel ó el Ticiano se necesitaba, no sólo un alma privilegiada, sino un cuerpo vigoroso. Leonardo de Vinci partía una herradura entre sus manos; los escultores del Renacimiento labraban inmensos bloques de mármol á impulsos de sus brazos de titán, ó mordían con sus buriles el duro bronce; los grandes pintores eran muchas veces arquitectos, y cubiertos de polvo hacían moverse enormes masas... Renovales escuchó pensativo las palabras del gran esteticista inglés. Él también era un alma fuerte, en un cuerpo de atleta.

Los apetitos de su juventud no iban más allá de la varonil embriaguez de la fuerza y el movimiento. Atraído por la abundancia de modelos que ofrecía Roma, desnudaba en su estudio á una chochara, dibujando con delectación las formas de su cuerpo. Reía, con su carcajada ruidosa de gigante; la hablaba con la misma libertad que si fuese una de las mujerzuelas que le salían al paso por la noche al volver solo á la Academia de España, pero una vez terminado el trabajo y vestida... ¡á la calle! Tenía la castidad de los fuertes. Adoraba la carne, pero sólo para copiar sus líneas. Le producía vergüenza el roce animal, el encuentro al azar, sin amor, sin atracción, con la interna reserva de dos seres que no se conocen y se examinan recelosos. Lo que él deseaba era estudiar, y las mujeres sólo sirven de estorbo en las grandes empresas. El sobrante de su energía consumíalo en ejercicios atléticos. Después de una de sus hazañas de forzudo, que entusiasmaban á los compañeros, mostrábase fresco, sereno, insensible, como si saliera de un baño. Hacía esgrima con los pintores franceses de la Villa Médicis; aprendía á boxear con ingleses y americanos; organizaba con los artistas alemanes ciertas excursiones á un bosque cercano á Roma, de las que se hablaba durante varios días en los cafés del Corso. Bebía un sinnúmero de vasos con sus compañeros en honor del Kaisser, al que no conocía, ni maldito lo que le importaba su salud; entonaba con vozarrón estruendoso el tradicional Gaudeamus igitur, y acababa por coger del talle dos modelos de la partida, y con los brazos en cruz las paseaba por la selva hasta dejarlas sobre el césped, como si fuesen plumas. Después sonreía satisfecho de la admiración de aquellos buenos germanos, muchos de ellos enclenques ó miopes, que lo comparaban con Sigfrido y demás héroes de recios músculos de su mitología belicosa.

En Carnaval, al organizar los españoles una cabalgata del Quijote, se encargó de representar al caballero Pentapolín, «el del arremangado brazo», y en el Corso hubo aplausos y gritos de admiración para el enorme y duro biceps que mostraba el andante paladín, erguido sobre su caballo. Al llegar las noches de primavera marchaban los artistas en procesión, al través de la ciudad, hasta el barrio de los judíos, para comer las primeras alcachofas, el plato popular de Roma, en cuya preparación era famosa una vieja israelita. Renovales iba al frente de la carciofolatta, llevando el estandarte, iniciando los cánticos alternados con gritos de toda clase de animales, y sus compañeros marchaban tras él, audaces y provocadores, bajo la protección de tan fuerte caudillo. Con Mariano no había miedo. Contaban de él que en las callejuelas del Transtévere había dado una paliza de muerte á dos matones del barrio, después de quitarles sus puñales.

De pronto el atleta se encerró en la Academia y no bajó á la ciudad. Durante algunos días se habló de él en las reuniones de artistas. Estaba pintando; aproximábase una Exposición que iba á verificarse en Madrid y quería llevar á ella un cuadro que justificase su pensión. Tenía cerrada para todos la puerta de su estudio; no admitía comentarios ni consejos; el lienzo iría tal como él lo concibiese. Los compañeros le olvidaron pronto y Renovales acabó su obra en la soledad, saliendo con ella para su patria.

Fué un triunfo completo; el primer paso fuerte en el camino que había de conducirle á la celebridad. Se acordaba ahora con vergüenza, con remordimiento, del estrépito glorioso que levantó su cuadro La victoria de Pavía. La gente se agolpaba ante el lienzo enorme, olvidando el resto de la Exposición. Y como en aquellos días el gobierno se mantenía firme, y las Cortes estaban cerradas, y no había cogida de importancia en ninguna plaza de toros, los diarios, á falta de más viva actualidad, lanzáronse en ruda competencia á reproducir el cuadro, á hablar de él, publicando retratos del autor, lo mismo de frente que de perfil, grandes y pequeños, detallando su vida en Roma y sus originalidades, recordando con una lágrima de emoción al pobre anciano que allá, en su aldea, machacaba el hierro sin conocer apenas la gloria de su hijo.

De un salto pasó Renovales de la obscuridad á una luz de apoteosis. Los viejos encargados de juzgarle mostrábanse benévolos, con cierta conmiseración bondadosa. La fierecilla se amansaba. Renovales había visto mundo y volvía á las buenas tradiciones, siendo un pintor como los demás. Su cuadro tenia trozos que parecían de Velázquez, fragmentos dignos de Goya, rincones que recordaban al Greco: de todo había en él, menos de Renovales, y esta amalgama de reminiscencias era su principal mérito, lo que atraía el general aplauso y le conquistó una primera medalla.

Magnifico debut. Una duquesa viuda, gran protectora de las artes, que no compraba jamás un cuadro ni una estatua, pero sentaba á su mesa á los pintores y los escultores de renombre, encontrando en esto un placer barato y cierta distinción de dama ilustre, quiso conocer á Renovales. Éste venció la adustez de su carácter, que le tenía alejado del trato social. ¿Por qué no había de conocer el gran mundo? Él iba adonde fuese otro hombre. Y se hizo el primer frac, y tras los banquetes de la duquesa, donde provocaba alegres carcajadas su modo de discutir con los académicos, visitó otros salones y fué durante algunas semanas objeto de la atención de este mundo, un tanto escandalizado por sus salidas de tono, pero satisfecho de la timidez que le sobrecogía después de sus audacias. Los jóvenes le apreciaban porque tiraba á la espada como un San Jorge. Aunque pintor é hijo de un herrero, era toda una persona decente. Las damas le atraían con sus más amables sonrisas, esperando que el artista de moda las obsequiase con un retrato gratuito, como ya lo había hecho con la duquesa.

En esta época de gran vida, siempre de frac, á partir de las siete de la tarde, y sin hacer otra pintura que la de mujeres que deseaban aparecer bonitas y discutían con el artista gravemente el traje que debían ponerse para servir de modelo, fué cuando Renovales conoció á su esposa Josefina.

La primera vez que la vió entre tantas damas de arrogante apostura y estrepitosa presencia, sintióse atraído hacia ella por la fuerza del contraste. Le impresionó el encogimiento, la modestia, la insignificancia de la jovencita. Era pequeña, su rostro no ofrecía otra hermosura que la de la juventud, su cuerpo tenía la gracia de la fragilidad. Aquella criatura estaba allí, lo mismo que él, por cierta condescendencia de los demás: parecía ocupar un sitio prestado y se encogía en él como temerosa de llamar la atención. Siempre la veía Renovales con el mismo traje de soirée, algo envejecido, con ese aspecto de cansancio de las prendas incesantemente reformadas para seguir el curso de las modas. Los guantes, las flores, los lazos, tenían cierta tristeza en su frescura, como si delatasen las economías, los esfuerzos caseros que había exigido su adquisición. Se tuteaba con todas las jóvenes que hacían en los salones una entrada triunfal, levantando elogios y envidias con sus nuevas toilettes; la mamá, una señora majestuosa, de abultada nariz y lentes de oro, trataba con llaneza á las damas más linajudas; pero á pesar de esta intimidad, notábase en torno de la madre y la hija el vacío de un afecto algo desdeñoso, en el que entraba por mucho la conmiseración. Eran pobres. El padre había sido un diplomático de cierto nombre, que al morir no dejó á su esposa otros recursos que la pensión de su viudedad. Dos hijos estaban en el extranjero, como agregados de embajada, luchando con la escasez de sus sueldos y las exigencias de su posición. La madre y la hija vivían en Madrid, aferradas á la sociedad en que habían nacido, temblando de abandonarla, como si esto equivaliese á una degradación, permaneciendo de día en un tercer piso, amueblado con los restos de su pasada opulencia, haciendo inauditas economías para poder codearse por la noche dignamente con los que habían sido sus iguales.

Ciertos parientes de doña Emilia, que era la mamá, contribuían á su sostenimiento, no con dinero (eso nunca), sino prestándola el sobrante de su lujo, para que ella y la hija mantuviesen una pálida apariencia de bienestar.

Unos les cedían su coche en ciertos días para que diesen una vuelta por la Castellana y el Retiro, saludando á las amigas al cruzarse los carruajes; otros les enviaban su palco del Real las noches que no eran de turno brillante. Su conmiseración tampoco se olvidaba de ellas al extender las invitaciones para comidas de fiesta onomástica, tés de la tarde, etc. «No hay que olvidar á las de Torrealta, ¡pobrecitas!...» Y al día siguiente los cronistas de salones inscribían en la lista de los asistentes á la fiesta á «la bella señorita de Torrealta y su distinguida madre, la viuda del ilustre diplomático de imperecedero recuerdo», y doña Emilia, olvidando su situación, creyéndose en los mejores tiempos, entraba en todas partes, con un eterno traje negro, acosando con su tuteo y sus confidencias á las grandes señoras, cuyas doncellas eran más ricas y comían mejor que ella y su hija. Si algún señor viejo se refugiaba á su lado, la diplomática intentaba anonadarlo con la majestad de sus recuerdos. «Cuando estábamos de embajadores en Stockolmo...» «Cuando mi amiga Eugenia era emperatriz...»

La hija, con cierto instinto de muchacha tímida, parecía darse cuenta mejor de la situación. Permanecía sentada entre las señoras mayores, osando, sólo de tarde en tarde, aproximarse á las otras jóvenes que habían sido sus compañeras de colegio y ahora la trataban con superioridad, viendo en ella algo así como una señorita de compañía elevada hasta ellas por los recuerdos del pasado. La madre se irritaba por su timidez. Debía bailar mucho, ser vivaracha y atrevida como las otras; decir chistes, aunque fuesen crudos, para que los hombres los repitiesen haciéndola una fama de ingeniosa. Parecía imposible que con su educación fuese tan insignificante. ¡La hija de un grande hombre que apenas entraba en los primeros salones de Europa formaban círculo en torno de él! ¡Una muchacha educada en el Sagrado Corazón de París, que hablaba el inglés, su poquito de alemán y se pasaba el día leyendo, cuando no tenía que limpiar unos guantes ó reformar un vestido!... ¿Era que no deseaba casarse?... ¿Tan bien se encontraba en aquel piso tercero, miserable calabozo de la dignidad de su apellido?...

Josefina sonreía tristemente. ¡Casarse! Jamás lo lograría en este mundo que frecuentaban. Todos conocían su pobreza. Los jóvenes corrían en los salones detrás de las fortunas al seguir á las mujeres. Si alguno se acercaba á ella atraído por su pálida belleza, era para deslizarla en el oído vergonzosas sugestiones; para proponerle, mientras bailaban, noviazgos sin compromiso, relaciones íntimas con una prudencia traducida del inglés, flirts que no dejaban rastro, corrupciones gratas á las vírgenes que quieren seguir siéndolo después de conocer todas las aberraciones del roce carnal.

Renovales no se dió cuenta de cómo se inició su amistad con Josefina. Tal vez fué el contraste entre él y aquella mujercita que apenas le llegaba al hombro y parecía tener quince años cuando había cumplido los veinte. Su voz dulce, con un ceceo débil, le acariciaba los oídos. Reía pensando en la posibilidad de dar un abrazo á aquel cuerpo gracioso y frágil: la haría añicos entre sus manos de luchador, como si fuese una muñeca de cera. Buscábala Mariano en los salones que solían frecuentar la madre y la hija, y pasaba todo el tiempo sentado junto á ésta, sintiéndose invadido por una fraternal confianza, un deseo de comunicárselo todo, su pasado, sus trabajos presentes, sus esperanzas, como si fuese un compañero de estudio. Ella le oía, mirándole con sus ojos pardos que parecían sonreirle, moviendo la cabeza con asentimiento, sin entenderle muchas veces, sintiéndose acariciada por la exuberancia de aquel carácter que parecía desbordarse en olas de fuego. Era un hombre distinto de todos los que ella había conocido.

Al verles en esta intimidad, no se sabe quién, tal vez alguna amiga de Josefina, por burlarse de ella, lanzó la noticia. El pintor y la de Torrealta eran novios. Entonces fué cuando los interesados se dieron cuenta de que se amaban, sin habérselo dicho. Por algo más que por amistad pasaba Renovales ciertas mañanas por la calle de Josefina, mirando los altos balcones con la esperanza de ver tras los cristales su fina silueta. Una noche, en casa de la duquesa, al verse solos en un corredor, Renovales la cogió una mano y se la llevó á la boca con tanto temor, que apenas tocaron sus labios la piel del guante. Tenía miedo á su rudeza, sentíase avergonzado de su vigor, creía que iba á hacer daño á aquella criatura tan fina, tan débil. Ella podía haberse librado de esta audacia con el más leve movimiento; pero abandonó su mano al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y rompía á llorar.

—¡Qué bueno es usted, Mariano!...

Sentía un intenso agradecimiento al verse amada por primera vez, amada de veras, por un hombre de cierta celebridad que huía de las mujeres felices para buscarla á ella, la humilde, la olvidada. Todos los tesoros de cariño que habían ido amontonándose en el aislamiento de su vida de humillación desbordábanse. ¡Ay, cómo se sentía capaz de amar al que la amase, sacándola de esta existencia de parasitismo, elevándola por su fuerza y su cariño al nivel de las que la despreciaban!...

La noble viuda de Torrealta, al conocer el noviazgo del pintor con su hija, tuvo un movimiento de indignación. «¡El hijo del herrero!» «¡El ilustre diplomático de imperecedera memoria!...» Pero como sí esta protesta de su orgullo le abriese los ojos, pensó en los años que llevaba paseando su hija de salón en salón sin que nadie se aproximase á ella. ¡Buenos estaban los hombres! Pensó también en que un pintor célebre era un personaje; recordó los artículos que habían dedicado á Renovales por su último cuadro, y sobre todo, lo más conmovedor para ella fué el conocer de oídas las grandes fortunas que amasaban los artistas en el extranjero; los centenares de miles de francos pagados por un lienzo que podía llevarse debajo del brazo. ¿Por qué no había de ser Renovales de estos afortunados?...

Comenzó á importunar con sus consultas á los innumerables parientes. La niña no tenía padre y ellos debían hacer sus veces. Unos la contestaban con indiferencia. «¡El pintor!... ¡pchs! no está mal», dando á entender con su desvío, que lo mismo les parecería si se casaba con un guardia de consumos. Otros la insultaban involuntariamente al dar su aprobación. «¿Renovales? Un artista de gran porvenir. ¡Qué más podéis desear! Debes agradecer que se haya fijado en tu hija.» Pero el consejo que más la decidió fué el de su ilustre primo el marqués de Tarfe, un personaje al que veneraba, como si fuese el primer hombre del país, sin duda por su carácter de jefe eterno de la diplomacia, ya que cada dos años ocupaba la cartera de Estado.

—Me parece muy bien—dijo el prócer á toda prisa, pues le esperaban en el Senado.—Es una boda moderna y hay que vivir con los tiempos modernos. Yo soy conservador, pero liberal, muy liberal y muy moderno. Protegeré á esos chicos: me gusta la boda. ¡El arte uniendo su prestigio al de los apellidos históricos! ¡La sangre popular que asciende por sus méritos á confundirse con la de la antigua nobleza!...

Y el marqués de Tarfe, cuyo marquesado no contaba medio siglo de vida, decidió, con estas imágenes de orador senatorial y con las promesas de su protección, el ánimo de la altiva viuda. Ella fué la que habló á Renovales, excusando una penosa explicación á la timidez que sentía el artista en este mundo que no era el suyo.

—Lo sé todo, Marianito, y me parece bien.

Pero ella no gustaba de noviazgos largos. ¿Cuándo pensaba casarse? Renovales lo deseaba con más vehemencia aún que la madre. Josefina era para él una mujer distinta de las demás hembras, que apenas si conmovían su deseo. Su castidad de fiero trabajador disolvíase en una fiebre, en un anhelo de hacer suya cuanto antes aquella muñeca encantadora. Además, sentía halagado su orgullo por esta unión. Su novia era pobre, no llevaba al matrimonio más que unos cuantos trapos, pero pertenecía á una familia de próceres, ministros unos, generales otros, linajudos todos. Podían pesarse por toneladas las coronas y escudos de aquellos parientes innumerables, que no hacían gran caso de Josefina y su madre, pero iban á ser su familia dentro de poco. ¡Qué pensaría el señor Antón, machacando el hierro allá en las afueras de su pueblo! ¡Qué dirían los envidiosos camaradas de Roma, cuya suerte estribaba en amancebarse con las chocharas que les servían de modelo, para después casarse con ellas por miedo á la daga del venerable calabrés, empeñado en dar á su nieto un padre legítimo!

Los diarios hablaron mucho de la boda, repitiendo, con ligeras variantes, las mismas frases del marqués de Tarfe: «El arte uniéndose con la nobleza.» Renovales, apenas se efectuase su casamiento, deseaba partir con Josefina para Roma. Tenia hechos allá todos los preparativos para la nueva vida, invirtiendo en ellos los miles de pesetas que le había dado el Estado por su cuadro y el producto de varios retratos para el Senado, hechos por encargo del que iba á ser su ilustre pariente.

Un amigo de Roma (el famoso Cotoner), le había alquilado una habitación en la vía Margutta, amueblándola con arreglo á sus indicaciones de artista. Doña Emilia se quedaba en Madrid con uno de sus hijos que pasaba á prestar servicio en el ministerio de Estado. Á los novios les estorba todo, hasta la madre. Y doña Emilia se limpiaba una lágrima invisible con la punta del guante. Además, no le gustaba volver á los países donde había sido alguien: prefería quedarse en Madrid: aquí al menos la conocían.

La boda fué un acontecimiento. No faltó ningún individuo de la inmensa familia: todos temieron los requerimientos pegajosos de la ilustre viuda, que llevaba la lista de los parientes hasta el sexto grado.

El señor Antón llegó dos días antes, vestido de nuevo, con calzón corto y ancho sombrero de felpa, mirando azorado á aquellas gentes que le contemplaban sonriendo, como un tipo original. Cabizbajo y tembloroso en presencia de las dos mujeres, llamaba á su nuera «señorita», con respeto de campesino.

—No, papá; llámeme usted hija. Hábleme de tú.

Pero á pesar de la sencillez de Josefina y del tierno agradecimiento que sentía él, viéndola mirar á su hijo con amorosa expresión, no osaba permitirse el tuteo y hacía los mayores esfuerzos para evitar ese peligro, hablándola siempre en tercera persona.

Doña Emilia, con sus lentes de oro y su majestuosa altivez, aun le causaba mayor emoción. Llamábala siempre «señora marquesa», pues en su sencillez no podía admitir que aquella señora no fuese marquesa cuando menos. La viuda, un tanto desarmada por el homenaje de aquel hombre, reconocía que era un palurdo de cierto talento natural, lo que le hacía tolerar la nota ridícula de su calzón corto.

En la capilla del palacio del marqués de Tarfe, después de mirar con azoramiento desde la puerta todo aquel señorío que se reunía para la boda de su hijo, el viejo rompió á llorar.

—¡Ya puedo morirme, rediez! ¡Ya puedo morirme!

Y repetía su triste deseo, sin fijarse en las risas de los criados, como si la felicidad, después de una vida de trabajo, fuese en él precursora inevitable de la muerte.

Los novios emprendieron su viaje el mismo día. El señor Antón besó en la frente por primera vez á su nuera, mojándola de lágrimas, y regresó al pueblo, repitiendo su deseo de morir, como si no le quedase en el mundo nada que esperar.

Renovales y su mujer llegaron á Roma después de varios altos en el camino. Su corta estancia en varias ciudades de la Costa Azul, los días pasados en Pisa y Florencia, con ser dulces y guardar el recuerdo de las primeras intimidades, les parecieron de una insoportable vulgaridad al verse en su casita de Roma. Allí comenzaba su verdadera luna de miel, en el hogar propio, aislados de toda indiscreción, lejos de la promiscuidad de los hoteles.

Josefina, habituada á una existencia de ocultas privaciones, á la miseria de aquel tercer piso, en el que vivían como acampadas ella y su madre, guardando todas las ostentaciones para la calle, admiró la coquetona gracia, la elegante pequeñez de aquella habitación de la vía Margutta. El amigo de Mariano encargado del arreglo de la casa, un tal Pepe Cotoner, pintor que apenas cogía los pinceles y dedicaba todos sus entusiasmos artísticos á la admiración de Renovales, había hecho bien las cosas.

Josefina palmoteó con alegría infantil al ver el cuarto de dormir, admirando sus muebles venecianos suntuosos, con maravillosas incrustaciones de nácar y ébano; un lujo de príncipe que el pintor acabaría de pagar á plazos.

¡Ah! ¡La primera noche de su estancia en Roma! ¡Cómo la recordaba Mariano!... Josefina, tendida en su cama monumental de Dogaresa, estremecíase con la voluptuosidad del descanso, estirando sus miembros antes de ocultarlos bajo las finas sábanas, mostrándose con el abandono de la hembra que ya no tiene secretos que guardar. Sus pies, menudos y carnosos, movían los dedos de carmín como si llamasen á Renovales.

Éste, de pie junto al lecho, contemplábala grave, con las cejas fruncidas, dominado por un deseo que dudaba en formular. Quería verla, admirarla: aún no la conocía, después de aquellas noches pasadas en los hoteles, oyendo voces extrañas al otro lado de los tabiques.

No era un capricho amoroso, era un deseo de pintor, una exigencia de artista. Sus ojos sentían hambre de su belleza.

Ella resistíase, con el rostro coloreado de rubor, un tanto indignada por esta exigencia, que la hería en sus preocupaciones más íntimas.

—No seas loco, Marianito. Acuéstate; no digas tonterías.

Pero él, cada vez más aferrado á su deseo, insistía tenazmente. Debía despreciar sus escrúpulos de burguesa; el arte se reía de tales pudores; la belleza humana era para mostrarse en su radiante majestad, no para vivir oculta, despreciada y maldita.

Él no quería pintarla; no se atrevía á pedir tanto; pero verla sí, verla y admirarla, sin deseos groseros, con religiosa adoración.

Y sus manazas, contenidas por el miedo á hacerla daño, tiraban suavemente de los débiles brazos que se cruzaban sobre el pecho, intentando oponerse á estos avances. Ella reía: «Loco extravagante; que me haces cosquillas... que me haces daño.» Pero poco á poco, vencida por la tenacidad, satisfecho su orgullo femenil de esta adoración de su cuerpo, acabó por entregarse, por dejarse manejar como una niña, con suaves quejidos, como si la impusieran un tormento, sin oponer ya resistencia.

El cuerpo, libre de velos, mostró su blancura nacarada. Josefina cerró los ojos como si quisiera huir de la vergüenza de su desnudez. Sobre la nítida sábana destacábanse, ligeramente sonrosadas, las armoniosas redondeces, embriagando los ojos del artista.

La cara de Josefina no era gran cosa: ¡pero el cuerpo!... ¡Si él, venciendo sus escrúpulos, pudiese pintarlo algún día!...

Con los ojos siempre cerrados, como si la fatigase esta muda exhibición, la mujercita dobló los brazos, colocándolos bajo su cabeza, y arqueó el torso, elevando las blancas amenidades que hinchaban su pecho.

Renovales se arrodilló junto á la cama en un transporte de admiración, con toda la vehemencia de su entusiasmo, besando aquella carne sin que la suya se estremeciese.

—Te adoro, Josefina. Eres hermosa como Venus. No: Venus, no. Es fría y reposada como una diosa, y tú eres una mujer. Pareces... ¿qué es lo que pareces?... Sí; te veo igual. Eres la majita de Goya, con su gracia delicada, con su seductora pequeñez... ¡Eres la maja desnuda!

III

La vida de Renovales fué otra. Enamorado de su mujer, temiendo que ésta notase alguna falta en su bienestar y pensando con cierta inquietud en aquella viuda de Torrealta, que podía quejarse de que la hija del «ilustre diplomático, de imperecedero recuerdo», no era feliz, por haber descendido á unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener con el pincel las comodidades de que había rodeado á Josefina.

Él, que tanto había despreciado el arte industrial, la pintura por dinero á que se entregaban sus camaradas, imitó á éstos, pero con la vehemencia que ponía en todas sus empresas. En ciertos estudios levantó gritos de protesta este competidor incansable que abarataba escandalosamente los precios. Había vendido su pincel, por un año, á uno de aquellos mercaderes judíos que exportaban pintura al extranjero; á tanto la pieza, y con prohibición absoluta de pintar para otro comerciante. Renovales trabajaba de la mañana á la noche, cambiando de asuntos cuando así lo exigía aquel que llamaba su empresario. «Basta de chocharos: ahora moros.» Después los moros perdían su valor en el mercado y entraban en tanda los mosqueteros en gallardo duelo, los pastorcillos sonrosados á lo Wateau ó las damas de cabello empolvado, embarcándose en una góndola de oro al son de cítaras. Para refrescar el surtido, intercalaba una escena de sacristía con gran alarde de casullas bordadas é incensarios dorados, ó alguna bacanal, imitando de memoria y sin modelo las voluptuosas redondeces y las carnes de ámbar del Ticiano. Cuando se acababa el catálogo, los chocharos volvían á estar de moda, y otra vez á empezar. El pintor, con su extraordinaria facilidad de ejecución, producía dos ó tres cuadritos por semana. El empresario, para animarle en su trabajo, le visitaba muchas tardes, siguiendo la marcha de su pincel con el entusiasmo del que cuenta el arte á tanto el palmo y la hora. Sus noticias eran para infundir nuevos ánimos.

La última bacanal pintada por Renovales estaba en un bar elegante de Nueva York. Su procesión de los Abruzos la tenían en uno de los castillos más nobles de Rusia. Otro cuadro, representando una danza de marquesas disfrazadas de pastorcillas, sobre una pradera de violetas, lo guardaba en Francfort un barón judío y banquero... El mercader se frotaba las manos, hablando al artista con aire protector. Su nombre iba creciendo gracias á él, que no pararía hasta crearle una reputación universal. Ya le escribían sus corresponsales pidiendo que sólo enviase obras del signore Renovales, pues eran las que se movían mejor en el mercado. Pero Mariano le contestaba con un estallido brusco de su amargura de artista. Todos aquellos lienzos eran porquerías. Si el arte fuera esto, preferiría picar piedra en una carretera.

Pero sus rebeliones contra este envilecimiento, del pincel desaparecían al ver á su Josefina en aquella casa, cuyo adorno mejoraba, convirtiéndola en un estuche digno de su amor. Ella sentíase dichosa en su vivienda, con carruaje de lujo todas las tardes y completa libertad para vestirse y adornarse. Nada faltaba á la esposa de Renovales: hasta tenía á sus órdenes, como consultor y fiel mandadero, al buen Cotoner, que pasaba la noche en el cuartucho que le servía de estudio en un barrio popular y el resto del día junto al joven matrimonio. Ella era la dueña del dinero: nunca había visto tantos billetes juntos. Cuando Renovales le entregaba el mazo de liras que le había dado su empresario, ella decía alegremente: «¡Dinero, dinerito!», y corría á ocultarlo, con un mohín gracioso de dueña de casa hacendosa y económica... para sacarlo al día siguiente y desparramarlo con infantil inconsciencia. ¡Qué gran cosa era la pintura! Su ilustre padre (á pesar de cuanto dijese mamá) no había ganado nunca tanto dinero yendo por el mundo, de cotillón en cotillón, representando á sus reyes.

Mientras Renovales estaba en el estudio, ella había paseado por el Pincio, saludando desde su landó á las innumerables embajadoras residentes en Roma, á ciertas viajeras aristocráticas de paso en la gran ciudad, que le habían sido presentadas en algún salón, y á toda la nube de agregados diplomáticos que vivían en torno de una corte doble: la del Vaticano y la del Quirinal.

El pintor veíase introducido por su mujer en un mundo protocolario de la más estirada elegancia. La sobrina del marqués de Tarfe, eterno ministro de Estado, era recibida con los brazos abiertos por la alta sociedad romana, la más diplomática de Europa. No había fiesta en las dos embajadas de España á la que no concurriese «el ilustre pintor Renovales con su elegante esposa», y por irradiación, estas invitaciones habíanse extendido á las embajadas de otros países. Pocas eran las noches sin fiesta. Al ser dobles los centros diplomáticos, unos acreditados cerca del rey de Italia y otros afectos al Vaticano, menudeaban las recepciones y saraos, en este mundo aparte, que se encontraba todas las noches, bastándose á sí propio para su solaz.

Cuando Renovales llegaba á su casa al anochecer, cansado del trabajo, ya le esperaba Josefina á medio vestir y el famoso Cotoner le ayudaba á ponerse el traje de ceremonia.

—¡La cruz!—exclamaba Josefina al verle con el frac puesto.—Pero hombre, ¿cómo te olvidas de la cruz? Ya sabes que allí todos llevan algo.

Cotoner iba en busca de las insignias de una gran cruz que el gobierno español había dado á Renovales por su cuadro, y el artista, con la pechera cortada por la banda y un redondel brillante en el frac, partía con su mujer para pasar la noche entre diplomáticos, ilustres viajeros y sobrinos de cardenales.

Los otros pintores rabiaban de envidia al enterarse de la frecuencia con que visitaban su estudio los embajadores de España, el cónsul y ciertos personajes allegados al Vaticano. Negaban su talento, atribuyendo estas distinciones á la posición de Josefina. Le llamaban cortesano y adulador, suponiendo que se había casado para hacer carrera. Uno de sus visitantes más asiduos era el padre Recovero, procurador de cierta orden frailuna poderosa en España; una especie de embajador con capucha que gozaba de grandes influencias cerca del Papa. Cuando no iba por el estudio de Renovales, éste tenía la certeza de que se hallaba en su casa, cumpliendo algún encargo de Josefina, la cual mostrábase orgullosa de su amistad con este fraile influyente, jovial y de pretenciosa elegancia, bajo su hábito burdo. La esposa de Renovales siempre tenía asuntos que encargarle; las amigas de Madrid no la dejaban parar con sus incesantes peticiones.

La viuda de Torrealta contribuía á esto, hablando á sus conocimientos de la alta posición que ocupaba su niña en Roma. Marianito, según ella, ganaba millones; Josefina pasaba por gran amiga del Papa; su casa estaba llena de cardenales, y si el Sumo Pontífice no iba á visitarla, era porque el pobrecito vivía en el Vaticano. Y la esposa del pintor siempre tenía que enviar á Madrid algún rosario pasado por la tumba de San Pedro, ó reliquias extraídas de las Catacumbas. Daba prisa al padre Recovero para que solucionase difíciles dispensas de casamiento, y se interesaba por otras peticiones de ciertas señoras devotas, amigas de su madre. Las grandes fiestas de la Iglesia romana la entusiasmaban por su interés teatral, y agradecía mucho al campechano fraile que se acordase de ella, reservándole una buena localidad. No había recepción de peregrinos en San Pedro, con marcha triunfal del Papa, llevado en andas entre abanicos de plumas, á la que no asistiese Josefina. Otras veces el buen padre la anunciaba con misterio que al día siguiente cantaba Pallestri, el famoso castrado de la capilla papal, y la española madrugaba, dejando acostado á su marido, para oir la voz dulcísima del eunuco pontificio, cuyo rostro imberbe figuraba en los escaparates de las tiendas entre los retratos de las bailarinas y los tenores de moda.

Renovales reía con bondad de las innumerables ocupaciones y fútiles entretenimientos de su esposa. Pobrecilla; debía pasar la vida alegremente: para eso trabajaba él. Bastante sentía no poder acompañarla más que en sus diversiones nocturnas. Durante el día confiábala á su fiel Cotoner, que iba con ella como un rodrigón, llevándola los paquetes cuando salía á compras, llenando las funciones de administrador de la casa y en ciertas ocasiones de cocinero.

Renovales lo había conocido al llegar á Roma. Era su mejor amigo. Mayor que él en diez años, mostraba Cotoner por el joven artista una adoración de discípulo y un afecto de hermano mayor. Toda Roma le conocía, riendo de sus pinturas (cuando pintaba, de tarde en tarde) y apreciando su carácter servicial, que dignificaba en cierto modo una existencia de parásito. Pequeño, regordete, calvo, con las orejas algo despegadas y una fealdad de fauno alegre y bondadoso, el signore Cotoner, al llegar el verano, encontraba siempre un refugio en el castillo de algún cardenal, en la campiña romana. Durante el invierno veíasele en el Corso, como una figura popular, envuelto en su macferlán verdoso, que agitaba las mangas con aleteo de murciélago. Había comenzado en su país como paisajista, pero quiso pintar figuras, igualarse á los maestros, y cayó en Roma acompañando al obispo de su tierra, que le consideraba una gloria de campanario. Ya no se movió de la gran ciudad. Sus progresos fueron notables. Conocía los nombres y las historias de todos los artistas; nadie podía medirse con él en punto á saber el modo de vivir en Roma con economía y dónde se encontraban las cosas más baratas. No pasaba un español por la gran ciudad que él no lo visitase. Los hijos de los pintores célebres le miraban como una especie de ama seca, pues á todos los había adormecido en sus brazos. El gran triunfo de su vida era haber figurado de Sancho Panza en la cabalgata del Quijote. Siempre pintaba el mismo cuadro, retratos del Papa en tres diversos tamaños, amontonándolos en el cuartucho que le servia de estudio y dormitorio. Los cardenales amigos, á los que visitaba con frecuencia, compadecíanse del povero signor Cotoner, y le compraban por unas cuantas liras un retrato del Pontífice, de horrible fealdad, regalándolo á una iglesia de aldea, donde la obra producía admiración por venir de Roma y ser nada menos que de un pintor amigo de Su Eminencia.

Estas compras eran un rayo de alegría para Cotoner, que llegaba al estudio de Renovales con la frente alta y una sonrisa de falsa modestia.

—He hecho una venta, chiquillo. Un Papa... el grande: el de dos metros.

Y con súbita confianza en su talento, hablaba del porvenir. Otros deseaban medallas, triunfos en las exposiciones; él era más modesto. Se daba por contento con adivinar quién sería Papa cuando muriese el actual, para ir pintando retratos suyos, por docenas, con alguna anticipación. ¡Qué triunfo lanzar la mercancía al día siguiente del Conclave! ¡Una verdadera fortuna! Y conocedor de todos los cardenales, pasaba revista en su memoria al Sacro Colegio, con una tenacidad de jugador de lotería, dudando entre la media docena que aspiraban á la tiara.

Vivía como un parásito entre los altos personajes de la Iglesia, pero era indiferente en religión, cual si el trato con aquéllos le hubiesen arrebatado toda creencia. El anciano vestido de blanco y los otros señores rojos, le infundían respeto porque eran ricos y servían indirectamente á su mísera industria de retratos. Toda su admiración era para Renovales. En los estudios de los otros artistas acogía las bromas mortificantes con su sonrisa plácida de eterno agradador; pero que no hablasen mal de Mariano, que no discutiesen su talento. Para él, Renovales sólo podía producir obras maestras, y en su ciega admiración, llegaba á extasiarse ingenuamente ante los cuadros de caballete que pintaba para su empresario.

Algunas veces Josefina presentábase de improviso en el estudio de su marido, charlando con él mientras pintaba, alabando los lienzos que eran de asunto bonito. Prefería en estas visitas encontrarle solo, pintando de fantasía, sin otra ayuda que unas ropas puestas sobre un maniquí. Sentía cierta repugnancia por los modelos, y en vano intentaba Renovales convencerla de su necesidad. Él tenía talento para pintar cosas hermosas sin apelar al auxilio de aquellos tíos ordinarios, y sobre todo, de las mujeres, unas hembras mal peinadas, de ojos de brasa y dientes de loba, que le parecían temibles en la soledad y el silencio del estudio. Renovales reía. ¡Qué disparate! ¡Celosilla! ¡Como si él, con la paleta en la mano, fuese capaz de otros pensamientos que los de su arte!...

Una tarde Josefina, al entrar de pronto en el estudio, vio sobre la tarima del modelo una mujer desnuda, tendida en unas pieles, mostrando las redondeces de su torso, de un color amarillento. La esposa apretó los labios y fingió no verla, oyendo con aire distraído á Renovales, que explicaba esta innovación. Estaba pintando una bacanal y le era imposible pasar adelante sin modelo. Era una necesidad: la carne no podía hacerse de memoria. La modelo, tranquila ante el pintor, sintióse avergonzada de su desnudez en presencia de aquella dama elegante, y luego de arrebujarse en las pieles, se ocultó tras un biombo, vistiéndose con apresuramiento.

Renovales se serenó al volver á su casa, viendo que su mujer le recibía con la efusión de siempre, como si hubiera olvidado su disgusto de la tarde. Rió oyendo al famoso Cotoner; fueron después de la comida á un teatro, y al llegar la hora de dormir, el pintor ya no se acordaba de la sorpresa en el estudio. Comenzaba á dormirse cuando le alarmó un suspiro doloroso, prolongado, como si alguien se asfixiase junto á él.

Al dar luz vió á Josefina con los puños en los ojos, derramando lágrimas, agitado su pecho por estremecimientos de angustia, moviendo los pies con una rabieta de niña, que apelotonaba las ropas de la cama echando abajo el rico edredón.

—¡No quiero! ¡No quiero!—gemía con acento de protesta.

El pintor había saltado de la cama, lleno de inquietud, yendo de un lado á otro sin saber qué hacer, intentando apartar sus manos de sus ojos, cediendo, á pesar de su fuerza, á los movimientos de Josefina para desasirse.

—¿Pero qué tienes? ¿Qué es lo que no quieres?... ¿Qué te pasa?

Y ella seguía gimoteando, revolviéndose en el lecho, agitando sus pies con furia nerviosa.

—¡Déjame! No te quiero... No me toques... No lo consiento, no señor; no lo consiento. Me iré... me iré con mi madre.

Renovales, asustado por esta furia de la mujercita siempre dulce, no sabía qué hacer para calmarla. Corría en camisa por el dormitorio y la inmediata pieza del tocador, mostrando sus músculos de atleta: la ofrecía agua, llegando, en su aturdimiento, á echar mano de los frascos de esencias, como si pudieran servirle de calmantes, y acabó por arrodillarse, intentando besar las manecitas crispadas que le rechazaban, enredándose en su barba y su cabellera.

—Déjame... Te digo que me dejes. Veo que no me quieres. Me iré...

El pintor sintió asombro y miedo por esta nerviosidad de su muñequita adorada: no se atrevía á tocarla por el temor á hacerla daño... ¡Apenas saliese el sol abandonaría aquella casa para siempre! Su marido no la quería; ella no tenía otro cariño que el de mamá. El pintor la ponía en ridículo... Y todas estas quejas incoherentes, sin explicar el motivo de su enfado, se prolongaron mucho tiempo, hasta que el artista columbró la causa. ¿Era la modelo... la mujer desnuda? Sí, esto era; ella no consentía en un estudio, que era como su casa, que se mostrasen las mujerzuelas impúdicamente á los ojos de su marido. Y al protestar contra tales abominaciones, sus dedos crispados rasgaban el pecho de la camisa, enseñando los ocultos encantos que tanto entusiasmaban á Renovales.

El pintor, fatigado por esta escena, enervado por los gritos y lloros de su esposa, no pudo resistir su risa al conocer el motivo del disgusto.

—¡Ah! ¿Conque todo es por la modelo?... Descansa, hija: no entrará ninguna mujer en el estudio.

Y prometió cuanto quiso Josefina, para acabar pronto. Al caer de nuevo en la obscuridad, todavía suspiró ella; pero ahora lo hacía entre los fuertes brazos del marido, con la cabeza apoyada en su pecho, hablando con un ceceo de niña afligida que justifica su pasada rabieta. Nada le costaba á Mariano darla ese gusto. Ella le quería mucho, ¡mucho! y aun le querría más si respetaba sus preocupaciones. Podía llamarla burguesa, alma vulgar; pero así quería ser, como había sido siempre. Además, ¿qué necesidad tenía de pintar hembras desnudas? ¿No sabía hacer otras cosas? Le aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando la gaita, rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de rostro arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba; figuras de carácter; pero nada de mujeres jóvenes, ¿eh?; nada de bellezas desnudas. Renovales decía que si á todo, apretando aquel cuerpo adorable, todavía estremecido y vibrante por la pasada furia. Los dos se buscaban con cierta ansiedad, ganosos de olvidar lo ocurrido, y la noche acabó dulcemente para Renovales, en las efusiones de la reconciliación.

Al llegar el verano alquilaron en Castel-Gandolfo un villino. Cotoner había marchado á Tívoli á la cola del cortejo de un cardenal, y el matrimonio vivió en el campo, sin otra compañía que la de un par de domésticas y un criado que cuidaba de los trebejos artísticos del señor.

Josefina vivió contenta en este aislamiento, lejos de Roma, hablando con su marido á todas horas, libre de aquella inquietud que la acometía cuando él trabajaba en su estudio. Durante un mes permaneció Renovales en plácida vagancia. Parecía olvidado de su arte: las cajas de colores, los caballetes, todo el bagaje artístico traído de Roma, estaba empaquetado y olvidado en un cobertizo del jardín. Emprendía por las tardes largos paseos con Josefina, volviendo al cerrar la noche lentamente hacia su casa cogidos del talle, contemplando la faja de oro mortecino del crepúsculo, animando el silencio de la campiña con el canturreo de alguna de las romanzas apasionadas y dulzonas que llegaban de Nápoles. Al verse solos, en la intimidad de una vida sin ocupaciones ni amistades, renacía el entusiasmo amoroso de los primeros días de su casamiento. Pero el «demonio de la pintura» no tardó en batir sobre él sus alas invisibles, de las que parecía desprenderse un irresistible encantamiento. Se aburría en las horas de fuerte sol; bostezaba en su silla de junco, fumando pipa tras pipa, sin saber de qué hablar. Josefina, por su parte, combatía el tedio leyendo alguna de las novelas inglesas, de abrumadora moralidad y costumbres aristocráticas, á las que había tomado gran afición en sus tiempos de colegiala.

Renovales volvió á trabajar. Su criado sacó á luz los trastos artísticos, y el pintor cogió la paleta con un entusiasmo de principiante. Pintaba para él con un fervor religioso, como si pretendiera purificarse de aquel año de vil sumisión á los encargos de un mercader.

Estudió directamente la Naturaleza; pintó rincones adorables del paisaje, cabezas tostadas y antipáticas que respiraban la brutalidad egoísta del campesino. Pero esta labor artística no parecía satisfacerle. Su vida de mayor intimidad con Josefina excitaba en él misteriosos anhelos, que apenas se atrevía á formular. Por las mañanas, cuando su mujer, fresca y sonrosada por una ablución general, mostrábase ante él casi desnuda, la contemplaba con ojos ávidos.

—¡Ay! ¡Si tú quisieras!... ¡Si no tuvieses esas manías!...

Y sus exclamaciones la hacían sonreir, halagada su vanidad femenil por esta adoración. Renovales se lamentaba de que su talento de artista tuviera que ir en busca de cosas bellas, cuando la obra suprema y definitiva estaba junto á él. La hablaba de Rubens, el maestro gran señor, que rodeaba á Elena Froment de un lujo de princesa, y de ésta, que no sentía reparo en despojar de velos su fresca belleza mitológica para servir de modelo al marido. Renovales elogiaba á la dama flamenca. Los artistas formaban una familia aparte; la moral y los prejuicios vulgares eran para los otros. Ellos vivían acogidos al fuero de la Belleza, teniendo por natural lo que las gentes miraban como pecado...

Josefina protestaba con una indignación cómica de los deseos de su marido, pero se dejaba admirar. Cada vez eran mayores sus abandonos. Por las mañanas, al levantarse, permanecía más tiempo desnuda, prolongando las operaciones de su aseo, mientras el artista rondaba en torno de ella elogiando las diversas bellezas de su cuerpo. «Esto es Rubens puro; esto es el color del Ticiano... Á ver, nena, levanta los brazos... así. ¡Ay; eres la maja, la majita de Goya!...» Y ella se prestaba á sus manejos con graciosos mohines, como si paladease el gesto de adoración y contrariedad que ponía su esposo al poseerla como hembra y no poseerla como modelo.

Una tarde de viento abrasador que esparcía en su soplo la asfixia de la campiña romana, Josefina cedió. Estaban en su habitación con las vidrieras cerradas, buscando en la clausura y la ligereza de las ropas un remedio al terrible siroco. No quería ver á su marido con aquella cara triste ni escuchar sus lamentaciones. Ya que estaba loco y se había aferrado á aquel capricho, no osaba contrariarle. Podía pintarla, pero sólo un estudio; nada de cuadro. Cuando se cansase de reproducir su carne sobre el lienzo, rompería éste... y como si nada hubiese hecho.

El pintor dijo á todo que si, deseando verse cuanto antes, pincel en mano, ante la codiciada desnudez. Tres días trabajó con una fiebre loca, los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina aquellas formas armoniosas. Josefina, acostumbrada ya á su desnudez, permanecía tendida, olvidando su situación, con ese impudor femenil que sólo siente vacilaciones al dar el primer paso. Agobiada por el calor, dormíase mientras su marido seguía pintando.

Cuando la obra estuvo terminada, Josefina no pudo menos de admirarla. «¡Qué talento tienes! ¿Pero realmente soy yo así... tan bonita?» Mariano mostrábase satisfecho. Era su mejor obra, la definitiva. Tal vez en toda su existencia no hallaría otro momento como este, de prodigiosa intensidad mental, lo que llamaban vulgarmente inspiración. Ella seguía admirándose en el lienzo, lo mismo que ciertas mañanas se contemplaba en el gran espejo de su dormitorio. Ensalzaba con tranquila inmodestia las diversas partes de su hermosura, fijándose especialmente en el vientre recogido, de curva suave, en las audaces y duras puntas de sus pechos, orgullosa de estos blasones de la juventud. Deslumbrada por la belleza de su cuerpo, no se fijaba en la cara, que parecía sin valor, perdida en suaves veladuras. Cuando sus ojos se posaron en ella, mostró cierta decepción.

—¡Se me parece muy poco! ¡No es mi cara!...

El artista sonreía. No era ella; había procurado desfigurar su rostro; su rostro nada más. Era una máscara, una concesión á las conveniencias sociales. Así nadie la reconocería, y su obra, su grande obra, podría salir á luz reclamando la admiración del mundo.

—Porque esto no vamos á romperlo—continuó Renovales con cierto temblor en la voz.—Sería un crimen. En mi vida volveré á hacer nada igual. No lo romperemos, ¿verdad, nena?

La nena permaneció silenciosa un buen rato, con la vista fija en el cuadro. Los ávidos ojos de Renovales vieron poco á poco subir una nube por su rostro, como se remonta una sombra en un muro blanco. El pintor creyó que le faltaba el suelo bajo los pies; se aproximaba la tempestad. Josefina palidecía: dos lágrimas resbalaban suavemente junto á su naricita, dilatada por la opresión del pecho; otras dos ocupaban el lugar de aquéllas, para caer también, y después otras y otras.

—¡No quiero!... ¡No quiero!

Era la misma voz ronca, nerviosa, despótica, que le había espeluznado de inquietud y miedo la noche de su primer disgusto en Roma. La mujercita miraba con odio aquel cuerpo desnudo que irradiaba su luz de nácar desde el fondo del lienzo. Parecía sentir el espanto de la sonámbula, que despierta de repente en medio de una plaza rodeada de mil ojos curiosos y ávidos de su desnudez, y en su terror no sabe qué hacer ni por dónde huir. ¿Cómo había podido prestarse ella á tal escándalo?

—No quiero—gritaba iracunda.—Rómpelo, Mariano; rómpelo.

Pero Mariano también parecía próximo á llorar. ¡Romperlo! ¿Quién podía exigirle tal disparate? Aquella figura no era ella; nadie la reconocería. ¿Por qué privarle de un triunfo estruendoso?... Pero su mujer no le escuchó. Se revolcaba en el suelo con las mismas contorsiones y gemidos de aquella noche tormentosa; crispaba sus manos hasta contraerlas en forma de gancho; agitaba sus pies con el temblor de una oveja moribunda, y su boca, torcida por doloroso mohín, seguía gritando entre ronquidos:

—No quiero... no quiero. Rómpelo.

Se quejaba de su suerte con una furia que hería á Renovales. ¡Ella, una señorita, sometida á este envilecimiento, como si fuese una mujerzuela nocturna! ¡Si lo hubiese sabido!... ¡Cómo iba á figurarse que su esposo la propondría cosas tan abominables!...

Renovales, ofendido por estos insultos, por los latigazos que descargaba aquella voz aguda y silbante sobre su talento de artista, abandonaba á su mujer, la dejaba rodar por el suelo y con los puños cerrados iba de un extremo á otro de la habitación, mirando al techo, mascullando todos los juramentos, tanto españoles como italianos, que eran de uso corriente en su estudio.

De pronto quedó inmóvil, clavado en el suelo por el espanto y la sorpresa. Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja de colores y raaás... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el espeluznamiento de la cólera.

Él no se movió. Tuvo un momento de indignación, quiso avanzar sobre ella, pero cayó en infantil anonadamiento, deseando llorar, refugiarse en un rincón, esconder su cabeza débil y quejumbrosa. Ella, ciega por la cólera, seguía ensañándose en el cuadro, enredando los pies en la madera del bastidor, arrancando tiras del lienzo, yendo de un lado á otro con su presa como una bestia furiosa. El artista había apoyado la frente en la pared, agitado su pecho atlético por cobardes gemidos. Al dolor paternal por la obra perdida, uníase la amargura de la decepción. Por primera vez adivinaba lo que iba á ser de su existencia. ¡Qué error el suyo al casarse con aquella señorita que admiraba su arte como una carrera, como un medio de ganar dinero, y pretendía moldearle á él en las preocupaciones y escrúpulos del mundo en que había nacido! La amaba á pesar de esto, y estaba seguro de que ella no le quería menos; pero ¡ay! tal vez hubiera sido mejor permanecer solo, libre para su arte, y en el caso de serle necesaria una compañera, buscar una Maritornes hermosa, con todo el esplendor y la humildad intelectual de la bella bestia, que admirase y obedeciese ciegamente al maestro.

Transcurrieron tres días, sin que el pintor y su mujer se hablasen apenas. Mirábanse á hurtadillas, anonadados y vencidos por la tormenta doméstica. Pero la soledad en que vivían, la necesidad de permanecer juntos, les hizo buscarse. Ella fué la primera que habló, como si la infundiesen miedo la tristeza y el desaliento de aquel gigantón que iba por los rincones enfurruñado como un enfermo. Le envolvió en sus brazos, besó su frente, hizo mil gestos graciosos para arrancarle una débil sonrisa. ¿Quién le quería á él? Su Josefina. Su maja... desnuda. Pero lo de desnuda había acabado para siempre. Jamás debía acordarse de estas proposiciones repugnantes. Un pintor decente no piensa en tales cosas. ¿Qué dirían sus numerosos amigos? En el mundo existían muchas cosas bonitas que pintar. Á vivir los dos queriéndose mucho, sin que él la diese disgustos con sus manías inconvenientes. Lo del desnudo era una afición vergonzosa de sus tiempos de bohemio.

Y Renovales, vencido por los mimos de su mujer, hizo las paces, se esforzó por olvidar su obra y sonrió con la resignación del esclavo que ama la cadena porque le asegura la paz y la vida.

Al llegar el otoño volvieron á Roma. Renovales reanudó los trabajos para su contratista, pero éste, á los pocos meses, parecía descontento. No era que el signor Mariano decayese, eso no; pero sus corresponsales se quejaban de cierta monotonía en los sujetos de sus obras. El mercader le aconsejaba que viajase; podía vivir una temporada en la Umbría, pintando campesinos en paisajes ascéticos y viejas iglesias. Podía, y esto era lo mejor, trasladarse á Venecia. ¡Qué grandes cosas haría el signor Mariano en aquellos canales! Y así nació en el artista el propósito de abandonar Roma.

Josefina no opuso resistencia. Aquella vida de recepciones á diario, en las innumerables embajadas y legaciones, comenzaba á aburrirla. Desvanecido el encanto de la primera impresión, Josefina notó que las grandes señoras la trataban con una condescendencia penosa, como si hubiese descendido de su rango al unirse con un artista. Además, la gente joven de las embajadas, los agregados de diversas razas, rubios unos, morenos otros, que buscaban consuelo á su celibato sin salir del mundo de la diplomacia, tenían con ella atrevimientos lamentables al dar las vueltas de un vals ó seguir la figura de un cotillón, como si la considerasen conquista fácil viéndola casada con un artista que no podía lucir en los salones un mal uniforme. La hacían en inglés ó en alemán cínicas declaraciones, y ella tenía que contenerse, sonriendo y mordiéndose los labios, á corta distancia de Renovales, que no entendía una palabra y se mostraba satisfecho de las atenciones de que era objeto su mujer por parte de una juventud elegante, cuyas maneras él intentaba copiar.

El viaje quedó resuelto. ¡Á Venecia! El amigo Cotoner se despidió de ellos: sentía abandonarles, pero su puesto estaba en Roma. Justamente el Papa andaba malucho en aquellos días, y el pintor, con la esperanza de la muerte pontifical, preparaba lienzos de todos tamaños, esforzándose por adivinar quién sería el sucesor.

Al remontarse en sus recuerdos, Renovales pensaba siempre con dulce nostalgia en su vida veneciana. Fué el periodo mejor de su existencia. La ciudad encantadora de las lagunas, envuelta en una luz de oro, temblona con el cabrilleo de las aguas, le subyugó desde el primer momento, haciéndole olvidar su amor apasionado á la forma humana. Se calmó durante algún tiempo su entusiasmo por el desnudo. Adoró los viejos palacios, los canales solitarios, la laguna de aguas verdes é inmóviles, el alma de un pasado majestuoso, que parecía respirar en la solemne vetustez de la ciudad muerta y eternamente sonriente.

Vivieron en el palacio Foscarini, un caserón de paredes rojas y ventanales de blanca piedra, que daba á una callejuela acuática inmediata al Gran Canal. Era una antigua mansión de mercaderes, navegantes y conquistadores de las islas de Oriente, que en ciertas épocas habían ostentado en su cabeza el cuerno dorado de los Dogas. El espíritu moderno, utilitario é irreverente, había convertido el palacio en casa de vecindad, partiendo los dorados salones con feos tabiques; estableciendo cocinas en las arcadas afiligranadas del patio señorial; llenando de ropas puestas á secar las galerías de mármol, al que daban los siglos la transparencia ambarina del viejo marfil y reemplazando con baldosines los desgarrones del rico mosaico.

Renovales y su mujer ocupaban la habitación más inmediata al Gran Canal. Por las mañanas, Josefina veía desde un mirador la rápida y silenciosa llegada de la góndola de su marido. El gondolero, habituado al servicio de los artistas, llamaba á gritos al signor pittore, y Renovales bajaba con su caja de acuarela, partiendo inmediatamente la embarcación por los tortuosos y estrechos canales, moviendo á un lado y otro el peine plateado de su proa, como sí husmease el camino. ¡Las mañanas de plácido silencio, en las dormidas aguas de una callejuela, entre dos altos palacios de audaces aleros, que conservaban la superficie del canalillo en perpetua sombra!... El gondolero dormitaba tendido en uno de los encorvados extremos de su embarcación, y Renovales, sentado junto á la negra litera, pintaba sus acuarelas venecianas, un nuevo género que su empresario de Roma acogía con grandes extremos de entusiasmo. Su ligereza de pincel le hacía producir estas obras con la misma facilidad que si fuesen copias mecánicas. En el dédalo acuático de Venecia tenía un apartado canal, al que llamaba «su finca», por el dinero que le producía. Había pintado un sinnúmero de veces sus aguas muertas y silenciosas, que en todo el día no sufrían otro roce ondulatorio que el de su góndola; dos viejos palacios con las persianas rotas, las puertas cubiertas de la costra de los años, las escalinatas roídas por el verdor de la humedad y en el fondo un pequeño arco de luz, un puente de mármol y por debajo de él la vida, el movimiento, el sol de un canal ancho y transitado. La ignorada callejuela resucitaba todas las semanas bajo el pincel de Renovales; podía pintarla con los ojos cerrados, y la iniciativa mercantil del judío de Roma la esparcía por todo el mundo.

La tarde la pasaba Mariano con su mujer. Unas veces iban en góndola hasta los paseos del Lido, y sentados en la playa de fina arena, contemplaban el oleaje colérico del Adriático libre, que extendía hasta el horizonte sus saltadoras espumas, como un rebaño de níveos vellones avanzando en el ímpetu del pánico.

Otras tardes paseaban por la plaza de San Marcos, bajo las arcadas de sus tres hileras de palacios, viendo brillar en el fondo, á los últimos rayos del sol, el oro pálido de la basílica, en cuyas paredes y cúpulas parecían haberse cristalizado todas las riquezas de la antigua República.

Renovales, cogido del brazo de su mujer, marchaba con cierta calma, como si lo majestuoso del lugar le impusiera un estiramiento señorial. El augusto silencio no se turbaba con esa batahola que ensordece á las grandes capitales. Ni el rodar de un coche, ni el trote de un caballo, ni gritos de vendedores. La plaza, con su pavimento de mármol blanco, era un inmenso salón por donde circulaban los transeuntes como en una visita. Los músicos de Venecia agrupábanse en el centro, con sus bicornios rematados por negros y ondulantes plumeros. Los rugidos del wagneriano metal, galopando en la loca cabalgada de las Walkyrias, hacían estremecer las columnatas de mármol y parecían dar vida á los cuatro caballos dorados que en la cornisa de San Marcos se encabritaban sobre el vacío con mudo relincho.

Las palomas venecianas, de obscuro plumaje, esparcíanse en juguetonas espirales, levemente asustadas por la música, para posar su lluvia de alas sobre las mesas de un café. Remontábanse luego hasta ennegrecer los aleros de los palacios y caían á continuación como un manto de metálicos reflejos sobre las bandas de inglesas, de velos verdes y redondos sombreros, que las llamaban ofreciéndolas trigo.

Josefina, con anhelos de niña, separábase de su marido para comprar un cucurucho de grano, y derramándolo sobre sus enguantadas manecitas, se dejaba rodear por los pupilos de San Marcos. Posábanse aleteantes, como cimeras fantásticas, sobre las flores de su sombrero; saltaban á sus hombros, alineándose en los tendidos brazos; agarrábanse desesperados á sus breves caderas, intentando seguir el contorno del talle, y otros más audaces, como si estuvieran poseídos de humana malicia, arañaban su pecho, tendían el pico, pugnando por acariciar, al través del velo, su fresca boca entreabierta. Ella reía, estremecida por el cosquilleo de la animada nube que rozaba su cuerpo. El marido la contemplaba riendo también, y con la seguridad de no ser entendido más que por ella, le gritaba en español:

—¡Pero qué hermosa estás!... ¡Te pintaría! ¡Si no fuese por la gente, te daba un beso!...

Venecia fué el escenario de sus mejores tiempos. Ella vivía tranquila mientras su esposo trabajaba, tomando por modelos los rincones de la ciudad. Le veía ausentarse sin que ningún pensamiento penoso turbara su plácida calma. Esto era pintura, y no los encierros de Roma con mujeres desvergonzadas que no temían quedarse en cueros. Queríale con nueva pasión, le mecía en una perpetua caricia. Entonces fué cuando nació su hija, único fruto de su matrimonio.

La majestuosa doña Emilia, al enterarse de que iba á ser abuela, no pudo permanecer en Madrid. ¡Su pobre Josefina, en país extranjero, sin otros cuidados que los de su marido, un buen muchacho que, según decían, tenia talento, sin dejar por esto de parecerle algo ordinario!... Á expensas del yerno hizo su viaje á Venecia, y allí permaneció algunos meses echando pestes contra esta ciudad, á la que no había llegado nunca en sus correrías diplomáticas. La ilustre señora sólo consideraba habitables las capitales que tenían corte. ¡Pchs... Venecia! ¡Una población cursi que sólo gustaba á los fabricantes de romanzas y los ilustradores de abanicos, y donde no había más que cónsules! Á ella le placía Roma con el Papa y sus reyes. Además, le mareaba ir en góndola y se quejaba de incesante reuma, echando la culpa á la humedad de las lagunas.

Renovales, que temblaba por la vida de Josefina, creyendo que su naturaleza endeble y delicada no podría resistir el accidente de la maternidad, prorrumpió en una alegría ruidosa al recibir en sus brazos á la pequeña y contemplar á la madre, que reclinaba como muerta su cabeza en la almohada. La blancura de ésta se confundía con la de su rostro. Su primera mirada fué para ella, para las facciones pálidas y desencajadas por la reciente crisis, que iban serenándose con el descanso. ¡Pobrecita! ¡Cómo había sufrido! Pero al salir de puntillas del dormitorio para no turbar el sueño abrumador que se apoderaba de la enferma después de dos días crueles, entregóse á la admiración del pedazo de carne que, envuelto en finos lienzos, descansaba sobre los enormes y flácidos muslos de la abuela. ¡Ah, el adorable boceto! Contempló su carita amoratada, su abultada cabeza pobre de pelo, buscando algo suyo en este oleaje de carne, todavía removida y sin formas determinadas. Él no entendía de esto; era la primer criatura que veía nacer. «Mamá, ¿á quién se parece?»

Doña Emilia se asombraba de su ceguera. ¿Á quién había de parecerse? Á él, sólo á él. Era grande, enorme; pocas criaturas había visto como aquella. Parecía imposible que viviese su pobre hija después de echar al mundo aquello. Por falta de salud no había que quejarse; tenía los colores de una lugareña.