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LA REINA CALAFIA |
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[I., ]
[II., ]
[III., ]
[IV., ]
[V., ]
[VI., ]
[VII., ]
[VIII., ]
[IX., ]
[X. ] [ÍNDICE.] |
LA REINA CALAFIA
OBRAS DEL AUTOR
CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA[A]., ] DE CADA UNA DE ELLAS, HASTA JULIO DE 1923
| CUENTOS VALENCIANOS | 60.000 | ejemplares. |
| LA CONDENADA (cuentos) | 56.000 | íd. |
| EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes) | 56.000 | íd. |
| ARROZ Y TARTANA (novela) | 60.000 | íd. |
| FLOR DE MAYO (novela) | 72.000 | íd. |
| LA BARRACA (novela) | 92.000 | íd. |
| SÓNNICA LA CORTESANA (novela) | 56.000 | íd. |
| ENTRE NARANJOS (novela) | 72.000 | íd. |
| CAÑAS Y BARRO (novela) | 56.000 | íd. |
| LA CATEDRAL (novela) | 64.000 | íd. |
| EL INTRUSO (novela) | 56.000 | íd. |
| LA BODEGA (novela) | 48.000 | íd. |
| LA HORDA (novela) | 44.000 | íd. |
| LA MAJA DESNUDA (novela) | 49.000 | íd. |
| ORIENTE (viajes) | 44.000 | íd. |
| SANGRE Y ARENA (novela). | 116.000 | íd. |
| LOS MUERTOS MANDAN (novela) | 48.000 | íd. |
| LUNA BENAMOR (novelas) | 40.000 | íd. |
| LOS ARGONAUTAS (novela).—2 tomos | 40.000 | íd. |
| LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS. | 132.000 | íd. |
| MARE NOSTRUM (novela) | 80.000 | íd. |
| LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela) | 80.000 | íd. |
| EL MILITARISMO MEJICANO (artículos) | 40.000 | íd. |
| EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas) | 32.000 | íd. |
| EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela) | 36.000 | íd. |
| LA TIERRA DE TODOS (novela) | 62.000 | íd. |
| LA REINA CALAFIA (novela) | 40.000 | íd. |
NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN
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Á LOS PIES DE VENUS. LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN. |
EL ORO Y LA MUERTE. LA CASA DEL OCÉANO. |
[A] En muchas repúblicas de la América de habla española se han publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.
Vicente BLASCO IBÁÑEZ
LA REINA
CALAFIA
(NOVELA)
38.000 EJEMPLARES
PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
1923
LA REINA CALAFIA
I
Lo que hizo una mañana el catedrático Mascaró al salir de la Universidad Central
Cuatro veces por semana, después de explicar su lección de historia y literatura de los países hispano-americanos, don Antonio Mascaró volvía paseando á su casa, situada al otro extremo de Madrid.
En los primeros años de su existencia matrimonial, había vivido cerca de la Universidad. Luego, al crecer su hija única, doña Amparo su esposa, que se arrogaba un poder sin límites en todo lo referente á la administración y decoro de la familia, había creído oportuno trasladarse lejos de este barrio, frecuentado por los estudiantes. Él, además, había hecho algunos viajes al extranjero, acostumbrándose á las comodidades de otros países, y encontraba cada vez menos tolerable la vida en caserones construídos con arreglo á las necesidades del siglo anterior.
Don Antonio, después de lo que había visto en el «otro mundo»—así llamaba él á América—, aceptó con gusto la casa escogida por su esposa en los límites del barrio de Salamanca, cerca de la plaza de Toros, con teléfono en la portería, ascensor en la escalera (sólo para subir) y cuarto de baño, que, aunque pequeño, tenía los aparatos en uso corriente, no estando ocupada su bañera por cajas de sombreros, como ocurría en otras viviendas. Un «hombre de progreso» y que no era rico, debía contentarse con esto y no pedir más.
La casa quedaba muy lejos de la Universidad, pero esto le imponía la obligación de dar ocho largos paseos cuando menos todas las semanas, ejercicio oportuno y útil para un aficionado á la lectura que pasaba gran parte del día con los codos en la mesa, la frente entre las manos y los ojos algo miopes junto á las páginas de un volumen.
Terminada su clase, iba deteniéndose en varias tiendas y puestos de libros viejos, cuyos dueños le saludaban con cierta devoción al darle cuenta de las novedades adquiridas. Todos ellos conocían la especialidad del catedrático: obras antiguas ó modernas sobre América. Pero á veces, salvando las fronteras de la ciencia histórica, Mascaró extendía sus compras á las novelas y los libros de versos.
Algunos no se extrañaban de estas adquisiciones. Repetidas veces, al comprar al peso, por el precio del papel, rimeros de volúmenes olvidados, habían visto dos novelas históricas y una colección de poesías, obras escritas por don Antonio cuando era joven y explicaba literatura general en una universidad de provincia.
Así, de librería en librería, iba aproximándose á la Puerta del Sol, y á partir de esta plaza, olvidaba las ideas que le habían acompañado durante su marcha por las estrechas é incómodas aceras del viejo Madrid. En la amplia calle de Alcalá se creía otro hombre. Ya no era un catedrático de vida monótona y limitadas aspiraciones. Reaparecía el profesor Mascaró, delegado de España en congresos internacionales, y también el conferencista que había visitado numerosas universidades de las dos Américas.
Yendo hacia la parte moderna de la ciudad donde estaba su casa, se iba transformando interiormente. Su vista parecía aumentarse al encontrar el amplio desgarrón de la gran avenida terminada por el arco de la Puerta de Alcalá y las arboledas del Retiro. Creía encontrar en sus pulmones otro sabor al aire. Sus pies, al posarse sobre el asfalto de las aceras, removían en su memoria, por influencia refleja, los recuerdos del bulevar de los Italianos, de Piccadilly ó del Broadway. En esta última parte de su paseo era cuando se sentía más ágil y alegre, cuando se le ocurrían sus mejores ideas, como si el deambular fácil—sin los empellones, tropezones y malos olores del viejo Madrid—ejerciese una acción benéfica sobre su inteligencia.
Una mañana de primavera, volviendo de la Universidad, se detuvo indeciso don Antonio en la Puerta del Sol. Le atraía la calle de Alcalá, con su atmósfera de oro ligero y su agitación de las horas meridianas. Luego pensó en subir á un tranvía, para llegar más pronto á los jardines del Retiro y pasear por sus avenidas hasta la hora de comer. En su casa, como en muchos hogares de Madrid, la hora de sentarse á la mesa era las dos de la tarde. Tenía tiempo sobrado para vagar por este parque que él amaba tanto como el Museo del Prado, las dos cosas mejores de la villa, en su opinión. Pero al final se sintió atraído por un tercer deseo, como le ocurría siempre en momentos de duda.
—Tal vez será mejor hacer una visita á Ricardo Balboa. Llevo dos días sin verlo y temo encontrarle enfermo... Con estos que andan mal del corazón nunca está uno seguro.
Y subió á un tranvía, el de su mismo barrio, pues el ingeniero Balboa vivía cerca de su casa.
Quedó de pie en la plataforma trasera, para ver los automóviles y coches de caballos que pasaban casi rozando los dos lados del vehículo público. Al estar en la parte más ancha de la calle se dió cuenta de un movimiento de curiosidad que hacía detenerse á muchos transeuntes.
En el interior del tranvía algunos se levantaron de sus asientos para ver mejor, y en las plataformas sonó un cuchicheo de comentario. Todos miraban un automóvil descubierto que pasó á gran velocidad, hacia el interior de Madrid, ocupado por dos señoras. Mascaró hizo un gesto de conmiseración, como si le inspirase lástima el asombro de la gente.
«Total—se dijo—, una mujer que guía ella misma su automóvil; alguna extranjera. Y esto deja embobadas ó escandalizadas á tantas personas, como si fuese algo inaudito. ¡Ah, país atrasado!...»
Desapareció el automóvil, pero don Antonio, que era un imaginativo, siguió viéndolo cerebralmente y admirando á la mujer que lo conducía, á pesar de que la rapidez de su tránsito no le había permitido conocer su rostro.
El catedrático guardaba de sus tiempos juveniles una admiración instintiva por las mujeres que él titulaba «extraordinarias». Sólo las había visto en los grabados de los periódicos ó en novelas y comedias; pero ¡ay! ¡ser amado por una hembra de esta especie superior!...
Su vida era doble; una se desarrollaba monótonamente en la realidad y otra hervía con locos burbujeos, pero sin rebasar nunca los bordes de su imaginación. En el mundo limitado por el tiempo y el espacio era un esposo fiel, y mostraba un cariño tolerante y algo irónico á su doña Amparo, que le había hecho padre de Consuelito. Además, veía á través de esta hija única todas las ilusiones y deseos de su existencia práctica. Pero á solas y en el misterio de su cráneo, era un voluptuoso desenfrenado, un héroe insaciable del amor, que corría las más estupendas aventuras, pasando sin escrúpulos de una á otra, ó acometiendo muchas á la vez. Esto, en realidad, no le proporcionaba otras fatigas que las cerebrales, y su imaginación, una vez metida á fabricar pecaminosos fantaseos, no conocía el cansancio.
En su juventud le habían hecho soñar las grandes artistas de ópera. ¡Ser el hombre preferido por una de aquellas tiples, hermosas y célebres, cubiertas de joyas, buscadas por los monarcas y los grandes millonarios!... Y la pobre doña Amparo nunca pudo adivinar que el marido que estaba tranquilamente junto á ella, con los ojos entornados como si pensase una lección ó una conferencia, corría el mundo en aquellos momentos acompañando á una artista famosa.
Sus gustos habían cambiado después de los viajes que llevaba hechos á través de la realidad. Ahora admiraba á la mujer deportiva, de carne enjuta y musculosa, especie de muchacho hermoso con faldas, que parece aportar al placer el malsano incentivo de la ambigüedad del sexo. Sólo comprendía ya la belleza con faldellín blanco, un jersey de vivos colores y una raqueta en la mano. También le gustaba con gorra de hombre y las manos metidas en guantes avellanados y largos, estilo mosquetero, agarrando con fuerza inteligente el volante de un automóvil.
Con una de estas mujeres el pacífico catedrático emprendía muchas veces un viaje alrededor del mundo. Su yate afrontaba tempestades, asaltos de piratas malayos y encallamientos en islas de coral. Otras hembras de atractivos no menos varoniles le hacían ir de caza, con los brazos remangados y el rifle al hombro, por las soledades ardientes de África, en busca de panteras é hipopótamos. En repetidas ocasiones había atacado también cuchillo en mano, por salvar á sus compañeras, á un oso blanco tres veces más grande que él, sobre la infinita llanura del mar polar congelado.
Mascaró procuraba no verse mientras iba imaginando estas aventuras. Temía cortar de golpe las novelescas excursiones al darse cuenta de su estatura menos que mediana, de su cara morena, en la que empezaban á profundizarse las arrugas, de su pelo de meridional, antes intensamente negro y ahora gris en los aladares de la cabeza, de su aire de señor bonachón que parecía esparcir confianza y tranquilidad ante sus pasos. Él prefería al otro Mascaró que se agitaba en su cerebro como un demonio seductor, enloqueciendo á las mujeres sólo con mirarlas, haciéndolas marchar detrás de sus talones como gozquecillos sumisos, dejando á una para tomar á otra sin misericordia; mozo guapo capaz de meter miedo á la misma Muerte, y que cuando tiraba de revólver hacía huir al rival amoroso ó á las muchedumbres cobrizas, amarillentas ó negras que le salían al paso, sin fijarse en que iba acompañando á una ó varias señoras.
El grave catedrático acababa por reir de sus desenfrenos imaginativos cuando al fin, ahito de ellos, sentía agotada su invención. Pero esta burla á su vida interna era bondadosa y tolerante. Parecía perdonarse á sí mismo con su risa, é igualmente á la mayor parte de los humanos.
«Por suerte—pensaba—, nuestra frente es de hueso y no puede reflejar las imágenes que se agitan detrás de ella. ¡Ay, si fuese como el vidrio del acuario, que deja ver la vida inquieta y nerviosa de los animales que colean y se persiguen al otro lado!...»
Estaba seguro Mascaró de que la vida social no podría durar veinticuatro horas si todos viésemos lo que piensan los demás, si contemplásemos el desarrollo cinematográfico de la imaginación, que trabaja por su cuenta, negándose á obedecernos, y nos crea una segunda vida, sin hacer caso de los escrúpulos de nuestra conciencia. Los hijos no respetarían á sus padres si conociesen todo, absolutamente todo lo que piensan. Los esposos fieles materialmente sentirían asombro al verse tan distanciados y hostiles por los caprichos de la imaginación. Los nietos se asustarían al leer á través de las arrugas frontales del abuelo los desenfrenos de su fantasía. Por eso, cuando las personas de vida austera llegan á una extrema vejez y pierden la disciplina impuesta por la razón, asombran muchas veces por las expresiones desvergonzadas de su locura senil, mostrando una segunda personalidad, ignorada de todos. El hombre de gobierno, el que administra justicia, todos los varones de aspecto grave y palabra severa que son pastores de sus semejantes, ¿en qué situación se verían si su cráneo transparentase los pensamientos desordenados, los deseos monstruosos que cruzan el cerebro como un relámpago, cuando la imaginación vagabundea?...
«Muchos seres tranquilos y de existencia monótona—seguía diciéndose el catedrático—tenemos un harén en nuestro pensamiento y nos refugiamos en él para consolarnos de nuestra vida mediocre. Las mayores aventuras amorosas, las voluptuosidades más inauditas, no han existido tal vez nunca en la realidad. Las inventaron, para su recreo mental y solitario, tranquilos padres de familia.»
Si don Antonio veía á su esposa en mitad de sus aventuras imaginativas, este recuerdo parecía infundirlas un nuevo atractivo. Creía vengarse con tantas infidelidades ilusorias del casero despotismo de doña Amparo. Pero le bastaba recordar á su hija, para que en un momento se viniese abajo todo el tinglado de sus perversidades fantásticas, sufriendo la comezón de la vergüenza y el remordimiento al volver á la realidad.
La escapada imaginativa que había provocado el paso veloz de aquella dama automovilista terminó como muchos otros de sus viajes fantásticos. Vió subir al tranvía una joven que recordaba vagamente á Consuelito, é inmediatamente se sintió empujado fuera de su harén, quedando confuso y arrepentido ante su puerta cerrada.
Había que pensar en otra cosa. Él no podía tener inactivas sus fuerzas mentales, necesitaba entretenerlas en jugueteos imaginativos cuando no realizaba un trabajo serio. Y olvidando primeramente á las señoras que guían automóviles, y luego á todas las mujeres en general, concentró su pensamiento, con la intransigente austeridad del que acaba de arrepentirse, en aquel amigo que iba á visitar.
No recordaba con certeza cuándo se conocieron. Era una amistad casi de la niñez. Los dos habían estudiado juntos el bachillerato.
Mascaró vivía en Madrid á causa del empleo de su padre, pero era un «mediterráneo» nacido en una pequeña ciudad de Levante. Sus primeras impresiones del mundo exterior se las proporcionó la vista de un mar color de turquesa en la mañana, intensamente azul á mediodía, y violeta al atardecer, así como de una costa roja, sin otra vegetación que matorrales leñosos y perfumados; sucesión de montañas ardientes, que parecían beber la luz del sol, transpirándola luego por la porosidad de sus peñas.
El padre de Balboa era un español que había hecho considerable fortuna en Méjico. De su madre se acordaba como de una señora que hablaba con dificultad el castellano y en los momentos de apuro verbal se volvía hacia su esposo para pedirle ayuda en inglés.
Ricardo había nacido en Méjico y frecuentado la escuela de primeras letras en una ciudad fronteriza de los Estados Unidos; pero era español. Su padre, con el patriotismo exacerbado de los que vivieron lejos de su país ansiando volver á él, no admitía ni remotamente la contingencia de que un hijo suyo pudiera tener una nacionalidad distinta. Luego de haberse enriquecido en la explotación de minas, confió éstas á un socio, para retirarse á Madrid. Así Ricardo no sería gringo como su madre, ni tampoco mejicano por haber nacido allá. Quería educarle como español. Mascaró, nacido en una familia pobre, tuvo entrada durante su primera juventud en esta casa de americanos opulentos, donde se gastaba el dinero sin tasa ni prudencia.
Balboa siguió la carrera de ingeniero. Su padre quería que dirigiese más adelante la explotación de sus minas, y procuró evitarle de este modo la tutela de los especialistas extranjeros, con los que había tenido muchas veces que luchar él, hombre de ingenio natural, pero falto de estudios. Mascaró, llevado de sus aficiones literarias y necesitando una carrera para vivir, siguió la de Letras, con el propósito de dedicarse al profesorado.
Se fué Ricardo á Méjico una vez terminados sus estudios, y su amigo dejó de visitar la casa de los americanos. Siendo catedrático en una universidad de provincia, supo que el padre de Balboa había muerto. La viuda se marchó á América, no sintiéndose ya ligada á un país sin interés para ella.
Transcurrieron varios años... más de doce. Mascaró había hecho ya la mayor parte de su carrera, llegando finalmente á ser catedrático en Madrid. Un colega suyo de California, con el que mantenía asidua correspondencia, le procuró una serie de lecciones en la Universidad de Berkeley sobre los dramaturgos españoles del siglo de oro, y al desembarcar en Nueva York, camino de San Francisco, se encontró con Balboa, que habitaba el mismo hotel.
La vida de su compañero de adolescencia había sido más agitada que la suya. Aún era rico, comparado con él, pero había experimentado grandes pérdidas en su fortuna. Las minas de Méjico que enriquecieron á su padre eran ahora menos productivas. Además, el ingeniero vivía bajo la influencia del demonio absorbente de la invención, y todos sus descubrimientos industriales, así como sus tentativas para generalizar los inventos de los otros, se resolvían finalmente en la realidad con enormes pérdidas.
Se había casado Balboa con una joven de Méjico, hija de un español antiguo amigo de su padre. Este matrimonio sólo había durado el tiempo necesario para producir un hijo, que recibió el nombre romántico de Florestán. La esposa había muerto cuando este niño sólo tenía varios meses, y el ingeniero lo dejó en Méjico al cuidado de unos parientes, para poder vivir con más libertad en Nueva York, dedicándose á la implantación de sus invenciones y sus negocios extraordinarios.
Después de este encuentro se reanudó la amistad entre los dos condiscípulos, escribiéndose ambos con frecuencia.
Pasaron algunos años más, y Mascaró vió de pronto al ingeniero instalado en Madrid, con el propósito de quedarse en España para siempre. Parecía enfermo. Las emociones de su existencia habían lastimado su corazón, y éste le hacía sufrir angustiosas crisis.
Con el quebrantamiento de su salud parecía haberse aumentado el amor á la patria que le dió su padre. ¿A qué rodar por el mundo, persiguiendo enormes negocios, cuando él era español y en su país todo estaba aún por hacer? La verdadera América la tenía él en España... Y se lanzó á la explotación de minas abandonadas, empleando nuevos procedimientos de trabajo; á descubrir pozos de petróleo, pues le parecía deshonroso que su patria no los tuviese; á instalar fábricas como las que había visto en el Nuevo Mundo.
Mascaró no admiraba á su amigo como hombre de negocios. «Es un soñador—decía—, que se entusiasma con los asuntos por su novedad más que por lo que pueden dar; un poeta desorientado, que aplica su fantasía á la industria.»
El catedrático no se equivocaba. Indudablemente, de permanecer Balboa inactivo, imitando la existencia mediocre y recelosa de los que guardan su dinero al margen de todo riesgo, habría continuado siendo rico como su padre. Pero necesitaba trabajar, y la actividad representaba para él fracasos y ruinas.
Sin darse cuenta de lo que significa el cambio de ambiente, aplicaba á los negocios del mundo viejo los mismos procedimientos de la actividad americana. Contaba siempre con la facilidad de encontrar capitales para todas sus innovaciones. Él abría la marcha audazmente, empleando su dinero en el nuevo negocio con la certeza de que otros capitalistas, adivinando la ganancia enorme, se disputarían entre ellos el ser consocios suyos; pero á los pocos pasos se veía solo y sin fuerzas para seguir adelante.
Su hijo Florestán había crecido al mismo tiempo que Consuelito y tenía ya veinte años. Estudiaba la carrera de ingeniero, y parecía sentir iguales aficiones que su padre por la industria y la mecánica, pero de un modo seguro y reposado, sin sus audacias optimistas, sin su prontitud para tener por axiomático todo lo que acababa de imaginar.
Mascaró parecía interesarse mucho por la suerte de Florestán después de haber escuchado algunas veces á su esposa, que veía en él un marido para Consuelito.
—¡Lástima de muchacho! Si su padre se retirase de los negocios para siempre y no trabajase más, aún podría disponer de una buena fortuna juntando los restos de lo que dejó su abuelo.
Por suerte, el ingeniero había abandonado desde algunos meses antes la «aclimatación de negocios americanos», como decía Mascaró.
—Es inútil querer transformar en unos cuantos años á los pueblos viejos—murmuraba Balboa con desaliento—. Lo que es posible en el Nuevo Mundo y hace ganar allá millones, resulta aquí empresa ruinosa.
Y abandonó todos los asuntos que habían absorbido gran parte de su herencia: los pozos de petróleo, que nunca se decidían á dar petróleo; las minas de carbón, que insensiblemente habían acabado por ser propiedad de otros; las líneas de ferrocarril, que jamás pasaban de los planos á la realidad.
Ahora vivía dedicado simplemente á las invenciones. En esto no podía influir el ambiente. Un inventor llega á realizar los mismos descubrimientos en Madrid que en Nueva York. Indudablemente sufría en su patria grandes contrariedades y retrasos, por falta de colaboradores mecánicos que diesen forma material á sus ideas; pero de todos modos, con la ayuda de un par de obreros que, dentro de su existencia modesta, resultaban tan quimeráticos como Balboa y por lo mismo le admiraban y seguían á ciegas, iba realizando en el metal los embriones de sus inventos.
Los dos ayudantes vivían, naturalmente, á costas del ingeniero, y además todos los bocetos que construían incesantemente, y las más de las veces acababan por ser arrumbados como hierro viejo, exigían cuantiosos gastos.
«Pero aun así—pensaba Mascaró—, estos despilfarros de inventor resultan más baratos que la explotación ó la fundación de las empresas industriales de antes... Además, ¡quién sabe si un día acertará con una de esas invenciones famosas!...»
El catedrático tenía fe en el talento de su amigo y al mismo tiempo le compadecía; contradicción frecuente cuando se juzga á un hombre que persigue un descubrimiento sin haberlo realizado. Ahora andaba Balboa á vueltas con una invención simplemente «secundaria»—según él decía—, pero capaz de revolucionar profundamente las costumbres privadas y hasta la vida de la humanidad entera.
Había dejado á un lado las grandes máquinas, los motores de explosión de poco peso y fuerza enorme, llamados á modificar las navegaciones aéreas y submarinas. Como el artista caprichoso que produce jugueteando una obra diminuta y graciosa mientras descansa entre dos concepciones gigantescas, el ingeniero se ocupaba actualmente del cinematógrafo. En las últimas semanas no hablaba de otra cosa.
Al apearse don Antonio del tranvía y entrar en la casa del inventor, estaba seguro de que sólo podía hablarle éste de sus estudios cinematográficos.
La casa de Balboa era de igual arquitectura que la de Mascaró, sólo que con más adornos y de mayores proporciones. El teléfono no estaba en la portería, sino en el mismo despacho del ingeniero; pero el ascensor marchaba con la misma lentitud y no admitía gente en su descenso.
Como Mascaró era considerado lo mismo que si fuese de la familia, una criada le hizo entrar sin anuncio en un gran salón convertido por Balboa en pieza de trabajo.
Tuvo que pasar el catedrático entre varios tableros montados sobre caballetes que formaban largas mesas. Estas mesas tenían clavados en su madera dibujos lineales y otros bocetos de soñador de la mecánica. Las paredes, ornadas por el arquitecto constructor del salón con molduras blancas, estaban cubiertas de marcos que guardaban bajo cristal paisajes montuosos perforados por bocas de minas, cortes geológicos con varias capas de colores superpuestas, máquinas de uso inexplicable...
Estos cuadros despertaban en Mascaró la misma sensación que los retratos borrosos, coronas ajadas y otros recuerdos fúnebres que guardan piadosamente ciertas viudas para no olvidar un momento las acciones del muerto. Casi todos estos adornos de la pared recordaban un mal negocio del inventor, una empresa inadaptada ó prematura que se había sorbido parte de su herencia.
Balboa, que estaba inclinado sobre uno de los tableros de dibujo, levantó la cabeza y tendió su diestra al recién llegado, sin querer abandonar su labor.
Era un hombre de rostro melancólico, dolorido y dulce. Llevaba la barba completa, como en su juventud, terminada en dos pequeñas puntas, y este adorno facial, así como su cabellera sobradamente luenga y descuidada, le daban el aspecto de un Cristo enfermizo y opaco, como si se le viese á través del polvo y las peladuras de un cuadro viejo. En la cúspide de su cabeza empezaba á ralear el pelo, y éste, que había sido rubio, así como la barba, tomaba el tono mate de la plata desdorada.
Lo que atraía inmediatamente la atención sobre su rostro era la blancura de la tez, una blancura mate, de papel poroso, que parecía absorber ávidamente la luz, sin que ésta lograse hacer brillar la piel con la alegre jugosidad de la salud. Mascaró se fijó al entrar en esta palidez, reveladora de un corazón enfermo. Apreciaba el estado de su amigo por la intensidad de su blancura malsana.
Al verle, después de una ausencia de dos días, le pareció su palidez más intensa y se apresuró á pedirle noticias de su salud. El inventor hizo un gesto despectivo.
—Me siento bien. Estos días los he pasado trabajando... Creo que ahora he dado en el clavo. No es posible la duda.
Y con el entusiasmo del creador que ve completa y perfecta su obra, empezó á hablar de aquel invento que al principio había considerado como simple diversión y ahora le inspiraba un amor paterno.
Sin los inventos que él llamaba secundarios era imposible la difusión universal de otros descubrimientos más importantes. ¿De qué hubiera servido la invención de la imprenta no existiendo antes el invento más modesto del papel? Las letras podían imprimirse sobre pergamino, como en los libros manuscritos de los siglos anteriores, pero sólo á los ricos les habría sido dado comprar volúmenes tan costosos. Gracias al papel, descubrimiento secundario y democrático, la imprenta había podido generalizarse, multiplicando hasta el infinito la difusión del pensamiento humano.
Balboa había sentido la necesidad de su invención viendo el funcionamiento del cinematógrafo, que vivía como hubiese vivido la imprenta sin la existencia del papel. Las imágenes fotográficas quedaban impresas en una cinta de gelatina, cara y difícil de producir. A causa de esto, las bandas cinematográficas eran materia costosa monopolizada por los explotadores de espectáculos. Había que ir á buscar este álbum de imágenes vivas en los teatros y las salas especiales. No podía llevarse á la casa, como un libro; no podía guardarse en una biblioteca, para verlo en todo momento.
Un aparato de proyecciones cinematográficas no representa un gasto extraordinario; además se compra una sola vez en la vida. Lo costoso era la cinta, á causa de su materia. De una obra cinematográfica se hacían doscientas ó trescientas copias, cuando más, para todos los pueblos de la tierra. Los mismos ejemplares iban pasando de unas ciudades á otras, sin más limitación que la del idioma en que están escritos los títulos.
Él iba á cambiar radicalmente todo esto con su invento. Había encontrado el medio de sustituir la cinta de gelatina con una simple tira de papel. El valor material de un rollo cinematográfico sería, gracias á su descubrimiento, tan poco costoso como el papel de un ejemplar de diario.
—Imagínate, Antonio... ¡qué revolución! Las gentes podrán comprar en las librerías una obra cinematográfica, llevándola á su casa para proyectarla en el aparato de familia. Una novela puesta en imágenes no costará más cara que cuesta hoy impresa en volumen. Todos podrán tener en su domicilio una biblioteca de libros cinematográficos, al mismo precio que ahora la forman de libros encuadernados. Piensa también lo que será esto para la gloria y el provecho de los autores. ¿Qué puede vender hoy un novelista?... ¿doscientos mil, trescientos mil ejemplares, como éxito enormísimo? Con mi invento una novela llegará á diez millones, á quince millones de volúmenes, ¡quién sabe si á más!... Los libros serán para la tierra entera. No habrá que hacer otra traducción que la de los rótulos, y muchas veces ni existirán estos rótulos, pues los progresos de la acción muda podrán suplir á la letra impresa. Gracias á mí, llegará á ser una realidad el diario cinematográfico. La imagen correrá el mundo entero y dirigirá la vida humana, como hoy lo hace la letra impresa; todo gracias al papel... Y yo que emprendí mi trabajo sin ninguna idea de ganancia, seré rico, inmensamente rico. No es fácil calcular lo que dará mi invento. Es para el mundo entero, abarca absolutamente á todos los humanos. La imprenta necesita que los hombres sepan leer. Mi invento es para todos los que tengan ojos, aunque vivan todavía en la barbarie.
Torció el gesto Mascaró y quiso protestar de tales afirmaciones. El libro guardaría siempre su influencia. Balboa, simple inventor que sólo concedía importancia á lo que fuese interesante para él, pasaba por encima del estilo literario, ignorando la fuerza sugestiva de la palabra, el arte en la expresión de las ideas. Pero don Antonio se dejó ganar al fin por el fervor de su amigo, pensando en las nuevas y enormes ganancias que proporcionaría esta innovación á los que viven del trabajo literario. No en balde había escrito versos y novelas en su juventud.
—Si verdaderamente has encontrado ese invento, vale más que todo lo que llevas hecho.
Luego se encogió en su interior el Mascaró imaginativo y vehemente, para dejar sitio al padre de familia de presupuesto ordenado.
—Y sobre todo vas á ganar mucho dinero, ¡muchísimo!... ¡Ya era hora!
Estas últimas palabras sacaron á don Ricardo de su abstracción entusiástica. Sus ojos y su gesto fueron los de un sonámbulo que despierta bajo una sensación de frialdad. Olvidó su invento para pensar en un episodio molesto de su vida ordinaria.
—Esa señora va á venir—dijo—. Está en Madrid. Me ha hablado por teléfono desde su hotel.
Fijó el catedrático unos ojos interrogantes en Balboa, sin adivinar á quién se refería.
—Es la californiana Concha Ceballos, por otro nombre mistress Douglas, de la que hablamos el último día que estuviste aquí.
Mascaró agitó ambas manos sobre su cabeza, riendo al mismo tiempo.
—¡Ah!... Es la que llaman «la Embajadora» allá en su país... ¡Pobre Ricardo! ¡Qué visita tan molesta!
Luego cesó de reir, mirando á su amigo como si le compadeciese. Éste, inquieto por la próxima visita, fijó sus ojos en el reloj que tenía enfrente. Eran las doce, y aquella mujer de actividad dominadora y carácter enérgico debía ser puntual. Iba á llegar de un momento á otro.
El catedrático, que había acogido la noticia de la visita con regocijo, acabó por dar consejos prudentes á su amigo.
—Ten calma. Acuérdate que estás enfermo, y las discusiones y acaloramientos perturban el corazón. Piensa que es una mujer...
Esto último era lo que más preocupaba al inventor.
—¿Cómo mostrar la verdad á una mujer, cuando no quiero verla? Además, ¡tan caprichosa, tan violenta!... Si leyeses la última carta que me envió de París...
La inquietud parecía haber aguzado sus sentidos, y de pronto avanzó la cabeza como para escuchar mejor. Sonaba el timbre de la puerta.
—Ya está ahí.
Su amigo se apresuró á marcharse.
—¡Serenidad, Ricardo! Acuérdate de tu corazón... Ya me contarás. Vendré esta noche con mi gente.
En la antesala se cruzó con dos señoras que iban hacia el salón, guiadas por una doméstica. Inmediatamente las reconoció por sus figuras más que por sus rostros. Eran las dos extranjeras que había visto pasar en automóvil por la calle de Alcalá.
La que iba delante no llamó su atención, á causa de la mediocridad de su estatura, que aún parecía más exigua comparada con la de la dama que venía después y era la misma que guiaba el automóvil.
Don Antonio tuvo que levantar un poco los ojos para ver su rostro. Era alta, soberbiamente alta, con cierto aire de aplomo y seguridad que acompaña casi siempre á las personas soberanas. Se sintió envuelto en una ráfaga de perfumes sutiles, carnales y químicos. Pensó en refinados cuidados higiénicos. Luego en jardines de leyenda, exhalando bajo el resplandor lunar una respiración de oloroso misterio.
Sólo pudo ver rápidamente una dentadura espléndida, que juzgó casi inverosímil por su perfección; una dentadura que parecía emitir luz entre la cuádruple orla de las encías rojas, intensamente rojas, y los labios de un rosa húmedo, algo gruesos. Luego vió el color dorado de su rostro: color de naranja primeriza obscurecido por una capa de polvos rojizos; y finalmente sus ojos, de pupilas negras, que al pasar junto á un balcón tomaron la amarilla luminosidad de dos monedas de oro. Estos ojos dejaron caer sobre él una mirada de majestuosa indiferencia, que parecía alejar las personas y las cosas.
Quedó inmóvil el catedrático á sus espaldas, con gesto pensativo é indeciso, hasta que la vió desaparecer bajo la caída de un cortinaje. Él conocía aquella señora; estaba seguro de haberla visto en alguna parte.
De pronto levantó los hombros y empezó á sonreir, mientras se dirigía á la puerta de la escalera. No se había equivocado. La conocía muchos años; la había visto repetidas veces en letras de imprenta.
—Es ella... Es la reina Calafia.
II
Aguas arriba en el pasado
Al ver á Balboa sintió perderse una parte de la fuerza hostil que la había empujado hasta allí. Se sentó en el sillón que le ofrecía el dueño de la casa, mientras su modesta compañera ocupaba otro á su lado sin esperar á que la invitasen.
Fué contestando maquinalmente á los saludos del ingeniero, y al mismo tiempo sus ojos no podían apartarse de él, fijos por la atracción de la sorpresa. «¡Qué viejo está!... No le hubiese conocido al encontrarlo en la calle.»
Y mientras repetía esto en su cerebro, fué saltando mentalmente sobre un período considerable de su propia existencia.
En el tiempo empleado por ella para balbucear unas cuantas palabras de cortesía, su imaginación hizo revivir más de la mitad de su vida anterior. Se vió tal como era, teniendo catorce años, allá en Monterrey, la ciudad más española de California. Los Ceballos pertenecían á la nobleza colonial. Eran descendientes de militares ó funcionarios civiles que habían venido de España á Méjico en tiempo de la dominación española, pasando después, por sus empleos, á establecerse en la tranquila y remotísima California.
Estos hidalgos dedicados á la ganadería representaban la sociedad civil en los pueblos que habían ido creándose junto á los conventos de los franciscanos. Al separarse Méjico de España, las Misiones de California se arruinaban instantáneamente. Desaparecían los frailes, ahuyentados por las nuevas leyes mejicanas, y quedaban únicamente los hidalgos propietarios del suelo. Su vida apartada les hacía dar mayor importancia á su noble origen y á su raza blanca. En Los Ángeles, en San Diego y otras Misiones antiguas, las familias de apellidos españoles se mantenían en aristocrático aislamiento, cruzándose sólo entre ellas.
San Francisco era entonces una bahía hermosa, pero solitaria y sin utilidad. Aún no se había descubierto el oro californiano. Unas cuantas casas hechas de adobes junto á la iglesia de los Dolores y un fuerte en la entrada de la bahía era todo. Monterrey, puerto frecuentado por los navegantes españoles y residencia de las autoridades enviadas por el virrey de Méjico, figuraba como la capital del país. Y en Monterrey vivían los Ceballos desde la última década del siglo XVIII, ó sea desde que llegó el fundador de la familia siguiendo las huellas del capitán Portolá.
Cuando ella era niña había oído á su padre, don Gonzalo Ceballos, y á los amigos de éste lamentarse de la invasión de los gringos y la rapidez con que perdía California su antiguo aspecto. Sin embargo, Conchita aún había conocido un Monterrey tradicional é interesante, perdido ahora para siempre.
Los restos de la población amada en su niñez desaparecían, abrumados y borrados por las modernas construcciones. El Monterrey de ella era todavía hispano-colonial, compuesto de edificios de adobe enjalbegados de blanco, todos de un solo piso, y con un patio interior que recordaba la casa árabe copiada por los conquistadores procedentes de Andalucía ó Extremadura en todos los países de América. Las calles eran barrancos en días de lluvia ó profundos caminos, de cuyo fondo se elevaban columnas de polvo al soplar el viento. Apenas se conocía el carruaje. Todos iban á caballo. Se aprendía á montarlo antes de saber andar. Atados á los sombrajes de los edificios esperaban filas de caballos enjaezados con ricas y vistosas sillas mejicanas. Los hombres se calzaban las espuelas al salir de la cama y muchas veces dormían con ellas fijas en sus talones. La vida un poco ruda, pero patriarcal, estaba regida por las costumbres leales y hospitalarias de los pueblos que habitan el desierto.
La música y la danza eran diversiones frecuentes y los únicos esparcimientos intelectuales del país. Todas las noches había baile en una casa «distinguida». Hasta los señores graves y maduros bailaban el «vals chiqueado», danza llamada así porque los varones interrumpían su baile para recitar á sus parejas una tirada de versos comparándolas con una rosa, una perla ó algo semejante; después de lo cual, volvían á pasar el brazo por su talle y continuaban dando vueltas.
Mientras las familias de apellido noble vivían entre ellas, negándose á aceptar extranjeros en sus fiestas, con un mal humor de invadidos que se dan cuenta de su vencimiento, la gente popular se divertía igualmente en las calles, valiéndose de la música y la poesía. Sonaban guitarras ante las panzudas rejas; surgían de la fresca obscuridad nocturna voces apasionadas entonando cantos mejicanos ó de remoto origen español.
A la mañana siguiente, Conchita, sin sentir fatiga por estas largas horas de baile montaba á caballo lo mismo que un «vaquero» y salía al campo. Las mujeres de los suburbios se asomaban para saludarla á las puertas de sus casitas, edificios bajos de adobe pintados de blanco, con apretadas y purpúreas guirnaldas cubriendo sus muros. Desde lejos parecían hechas con rosas gigantescas de avinada púrpura, pertenecientes á la flora misteriosa de un mundo nunca visto. De cerca eran simples ristras de pimientos picantes, la cosecha anual puesta á secar del terrible «chile», que acaricia la boca como un cauterio.
Luego visitaba las tierras de su padre. Éstas eran cada vez más reducidas, y sus rebaños iban disminuyendo de un modo alarmante. Los Ceballos se consideraban cada año menos ricos, siguiendo en esto la suerte de toda la antigua aristocracia californiana.
El abuelo de ella había conocido la gran revolución que cambió instantáneamente la fisonomía del país. California, que había sido española y luego mejicana, acabó por pertenecer á los Estados Unidos.
Esto no impresionó mucho á los hidalgos coloniales. Vivían tan lejos de Méjico, que la influencia del gobierno mejicano después de la independencia había sido algo teórico y sin realidad. Los californianos, poco numerosos y esparcidos sobre un territorio enorme, vivían autonómicamente, conservando el espíritu de la antigua colonización española, y aunque sintiesen una predilección especial por el pueblo más allegado á su origen, no creyeron, sin embargo, asunto de vida ó muerte el nuevo cambio de bandera. Veintiocho años antes habían dejado de ser españoles para llamarse mejicanos; ahora dejarían de ser mejicanos para vivir dentro de la confederación de los Estados Unidos. Esto era todo.
Lo que resultó verdaderamente terrible fué que al mismo tiempo se hicieron los primeros descubrimientos auríferos en el país. Corrió por el mundo la noticia de que California era una tierra de oro, y las gentes aventureras y violentas de todas las razas marcharon como á una Cruzada de rapiña, para caer sobre este rincón de América. Los vicios y malicias del planeta entero llegaron en compañía de los hombres ansiosos de enriquecerse. El llamado «salón», taberna y posada al mismo tiempo, abundante en juegos y mujeres, surgió con la prodigalidad de las vegetaciones parásitas sobre esta tierra maravillosa, donde los aventureros de manos rudas, enriquecidos de pronto, no sabían qué hacer de su oro. Astutos tahures corrían el país para robar al minero con sus trampas, despojando al mismo tiempo de sus bienes á muchos californianos.
El hidalgo ganadero se hizo jugador, perdiendo en los golpes del azar sus rebaños y sus tierras. Los que se mantenían libres de la tentación de los naipes se entregaron á otro juego, siguiendo la influencia ancestral de los conquistadores ibéricos, grandes buscadores de tierras de oro. Se hicieron mineros, enajenando sus campos para aventurar su producto en la explotación de filones que muchas veces sólo existían en la fantasía del vendedor. Querían hacerse millonarios en unas semanas, como los europeos llegados en masa al país.
Todavía el abuelo de Conchita fué un Ceballos rico, con arreglo á la riqueza de su época, consistente en miles de cabezas de ganado y docenas de leguas de tierra. Pero antes de morir vió quebrantada profundamente la fortuna de la familia. Su hijo quedó casi arruinado por los malos negocios, pero igual á los jugadores caídos en la miseria, que únicamente quieren hablar del juego que les empobreció y le confían su porvenir, don Gonzalo sólo se ocupaba de minas, y estaba dispuesto á aceptar todos los negocios de esta clase que le ofreciesen. Su hijo visitaba con más frecuencia que él la única propiedad de campo que aún figuraba á su nombre con el gravamen de varias hipotecas. Toda la atención de él era para los filones metálicos, que pueden enriquecer á un hombre con inaudita largueza en el transcurso de unos días; algo maravilloso que sólo se ve en el juego.
Y como la época brillante de California ya había pasado y aún no estaban descubiertos los veneros de oro de Alaska, el señor Ceballos tenía vueltos sus ojos hacia la frontera de Méjico. Los últimos fragmentos de su fortuna los arriesgó en el descubrimiento y explotación de minas situadas en territorios indudablemente mejicanos, con arreglo á las indicaciones de los mapas, pero en los cuales no era posible una labor tranquila y continua, unas veces por las revueltas de los indios bravos, refractarios á toda innovación que viniese á turbar su vida primitiva, otras por las revoluciones de los blancos y de los seudoblancos, más temibles y frecuentes.
En este último período de la vida de su padre fué cuando conoció ella en Monterrey al ingeniero Balboa. Tenía catorce años, y este hombre venido para hablar con don Gonzalo de ciertas minas recién descubiertas al otro lado de la frontera no contaba indudablemente más allá de veinticinco. Una diferencia de diez ó doce años supone la juventud ó la vejez en la última parte de nuestra existencia, pero al principio del camino no es obstáculo insuperable, y muchas veces hasta representa para la mujer un atractivo misterioso, cuando la tal diferencia pesa del lado del varón.
Al contemplar ahora al ingeniero en su casa de Madrid, con cierta lástima por su avejentamiento melancólico, se dijo interiormente: «¡Y pensar que este hombre fué mi primer amor!»
Balboa era incapaz de sospecharlo, y en el caso de poder adivinar lo que pensaba su visitante, habría creído que esta señora se burlaba de él.
La hija de Ceballos no dejó nunca traducir sus sentimientos en aquella época lejana, pero se acordaba aún del interés que le había inspirado durante varios meses el extranjero de barba rubia y ojos azules, dulce de palabra y algo tímido, que por ser español lograba hacer revivir todo lo que ella había oído de sus ascendientes.
En casa de los Ceballos se hablaba con veneración de los tenientes y capitanes, así como de los leguleyos y empleados de la Real Hacienda, venidos de España para perderse en la silenciosa California. Se les describía como si hubiesen sido omnipotentes personajes, íntimos amigos de los monarcas. Todos los cuentos maravillosos de brujas, duendes y magos que le habían contado siendo niña las criadas mestizas de la casa ocurrían siempre en viejas ciudades de España. Además, ella había leído muchos libros españoles antes de aprender el inglés en la escuela pública, y estos volúmenes vetustos adquiridos por su abuelo eran novelas románticas ó colecciones de versos que hacían referencia siempre á la tierra originaria de sus ascendientes.
Ricardo Balboa, el primer español conocido por ella, personificó en forma tangible todos los héroes admirados en los libros. Su pasado le daba también un interés novelesco.
Venía á ella como un herido sentimental necesitado de curación y consuelo, arrastrando su historia melancólica. Iba de luto y parecía triste. Su mujer había muerto en Méjico y él tenía allá un hijo único, recuerdo de tan breve unión. Concha sintió agrandarse su amor silencioso de adolescente con abnegaciones de madre. Se admiraba á sí misma al pensar cómo podría ella rehacer y embellecer la vida de este hombre.
Pero Balboa se fué de Monterrey sin haber adivinado nada, y la hija de Ceballos fué la única que conoció esta novela de amor vivida unilateralmente durante unas semanas, sin palabras ni hechos.
Continuó su existencia, y el paso de cada año fué cambiando el curso de sus pensamientos, las predilecciones de su sensibilidad. Cuando Balboa escribía á su padre por negocios de minas, ella oía sin emoción su nombre ó sonreía compadeciéndose á sí misma. «¡Un capricho absurdo de los pocos años!» Otras cosas y personas le interesaban ahora.
Huérfana de madre y teniendo que mantener el decoro de su casa, el único hombre que debía preocuparle era don Gonzalo. Parecía el último superviviente de una época extinguida, con todas las amarguras y las quejas del vencido. Los gringos se habían adueñado del país. Los californianos á la antigua iban desapareciendo, y resultaban ya tan escasos, que pronto podrían contarse con los dedos en cada población. Los hijos se modificaban, educándose en tales ideas que no parecían haber sido engendrados por sus padres.
Ceballos miraba al cielo con asombro y escándalo al encontrar jóvenes del país que se llamaban Villa, Pérez ó Sepúlveda y le contestaban en inglés cuando él les hablaba en español.
Además el oro de California ya no era abundante, y esta riqueza, que tenía algo de poética por su brillantez y su tradición, había sido reemplazada por un producto sucio, hediondo, infernal. La gente hablaba menos de las minas auríferas. Todos buscaban descubrir un pozo de petróleo... Y al mismo tiempo que la vida se modificaba en torno á él, iban desapareciendo las últimas migajas de su fortuna.
Conchita no mostraba las tristezas y desalientos de su padre al pensar en su porvenir. Tenía la seguridad y el aplomo de la soltera en ciertos países del otro lado del Océano, donde la mujer se ve altamente apreciada, por ser menos numerosa que el hombre, y no tiene mas que escoger entre varios pretendientes. Podría casarse cuando quisiera. Miss Conchita Ceballos gozaba de cierta celebridad en todos los territorios de las antiguas Misiones.
Los periódicos de San Francisco habían publicado versos llamándola «estrella de Monterrey». Entre tantas mujeres rubias y de pupilas claras, originarias de los países nórdicos de Europa que poblaban ahora California, esta belleza morena, con ojos negros y dorados, grande, vigorosa, de aire resuelto, como una reina de tribu, representaba cierta novedad, que al mismo tiempo nada tenía de nueva, pues parecía responder á las tradiciones del país. Muchos la admiraban como una concreción de la raza india y la raza española confundidas durante el período colonial. Además era una Ceballos, pertenecía á la más noble familia del país, y su origen, tanto como su belleza, hacía que los mineros y los negociantes súbitamente enriquecidos acariciasen mentalmente el honor de casarse con ella.
Rechazó numerosas proposiciones de matrimonio y fué dejando pasar el tiempo sin decidirse por ningún hombre. Muchos juzgaban imprudente esta lentitud; temían que al ir entrando en años quedase soltera para siempre. Otros la juzgaban refractaria al matrimonio por su deseo de no separarse de don Gonzalo.
En realidad, no pensaba en el amor. Tenía en su familia una heroína de novela, la famosa Concha Argüello, parienta por su madre, que pasó treinta y seis años esperando la vuelta de su prometido y murió casi santa. Pero esta mujer extraordinaria, cuya historia le habían contado muchas veces siendo niña, había nacido para sufrir por los demás y necesitaba apoyarse en un hombre. Ella era más fuerte; podía vivir sola, se bastaba á sí misma. No temía la tristeza del aislamiento, pues trae consigo el regalo de una absoluta libertad.
Para mantenerse independiente sin la protección de los hombres imitaba los ejercicios y diversiones de éstos. Desde su niñez era gran jinete. En la adolescencia le había gustado ejercitarse en el boxeo y aprender los secretos de la lucha japonesa.
Era un medio seguro de verse respetada en todas partes y evitar demasías.
—Yo no he llorado nunca—decía con orgullo la señorita Ceballos.
De pronto circuló la noticia de su casamiento con un personaje político del país, el honorable señor Douglas, hombre tranquilo, sano, vigoroso, pero con veinticinco años más que ella: edad sobrada para haber podido ser su padre.
Nadie habló de amor al ocuparse de este matrimonio. El respetable personaje de cabeza gris y sonrisa dulce y tolerante no podía evocar la imagen de un amoroso como los que se ven en libros y teatros. El cariño reposado y protector con que trataba á la joven tenía mucho de paternal.
Ella no sabía mentir. «¿Acaso es preciso el amor ardoroso y romántico para el matrimonio?» Apreciaba y respetaba á su marido; procuraría hacerle grata la existencia común; no era necesario más para vivir dichosos.
Conchita se trasladó á Wáshington para no separarse de su marido, que era diputado y asistía puntualmente á las sesiones de la Cámara de Representantes. La señorita de Monterrey, que había pasado su niñez galopando como un cow-boy, se adaptó con fácil mimetismo á las costumbres de la capital federal y al trato con las esposas de los personajes del gobierno. El representante Douglas vió aumentarse considerablemente su prestigio gracias á la discreción de su esposa.
La amistad de un nuevo presidente de la República le hizo pasar á la diplomacia. Douglas, educado en California, hablaba el español, y su gobierno consideró conveniente enviarle como ministro á una República de la América del Sur. Además, sus amigos políticos creyeron que la señora Douglas, por su apellido de familia y sus orígenes, podía ayudar útilmente á su esposo en esta misión.
Tres años vivieron en la lejana República, y la «ministra» de los Estados Unidos, admirada por su belleza y su elegancia, lo fué todavía más por su carácter afable, refractario al mismo tiempo á las excesivas familiaridades.
La juventud del país, exuberante, apasionada y predispuesta á los desvaríos imaginativos, se sintió atraída por esta mujer hermosa unida á un hombre que empezaba á ser viejo. Pero los más audaces se convencieron pronto de su error, y después de tantos elogios empezaron á hablar mal de ella. Era «una puritana», incapaz de tolerar el menor flirt, una burguesa que ponía el gesto duro apenas las galanterías de salón tomaban cierta intimidad.
Descubrieron además que su hermosura era igual á la de las beldades hijas del país. ¡Ser morena y tener negros los ojos y el pelo!... Para eso no valía la pena venir de los Estados Unidos. ¡Si á lo menos hubiese sido rubia, aunque tuviera la nariz roja, como otras diplomáticas del Norte de Europa!...
Estando en Nueva York durante una licencia, el ministro plenipotenciario Douglas murió repentinamente, á consecuencia de una enfermedad contraída en sus tiempos de ruda propaganda electoral.
La viuda se vió enormemente rica; mucho más rica que había creído ella en vida de su esposo. Esta fortuna estaba representada por los valores más diversos y heterogéneos: acciones de ferrocarriles y de minas, de fundiciones de acero y de pozos de petróleo. Hasta heredó la mayor parte de la propiedad de un gran diario.
Como su padre había muerto poco después de su matrimonio, tuvo ella que correr con la administración y solidificación de su fortuna. Pero «la Embajadora» era de gran agilidad intelectual para adaptarse á las exigencias del medio en que la colocaba su destino. Vendió unos valores, cambió otros, arrendó á una empresa de anuncios su propiedad periodística, confió el cobro de sus rentas á personas seguras...
Este título de «Embajadora» se lo daban antonomásticamente allá en su tierra. La gente une por instinto en todas partes la noción de diplomacia con la de embajada. Todo enviado diplomático es para el vulgo un embajador. Los partidarios políticos del difunto se habían acostumbrado á llamarlo «el embajador Douglas», considerando este título como una gloria del país, y la viuda, por herencia, siguió disfrutando en las conversaciones el título de «Embajadora».
Al verse en absoluta libertad y con la independencia que proporciona la riqueza, sintió un repentino interés por el bienestar de los demás, por la pureza de las costumbres públicas, así como por la defensa de los inocentes y los oprimidos. Figuró en todas las asociaciones dedicadas á la protección de animales ó personas; trabajó con vehemencia por anular los desenfrenos de la carne, disfrazados con el falso nombre de «amor», así como los excesos alcohólicos. Los organizadores de toda obra filantrópica ó moralizadora, al dirigirse á ella, estaban seguros de recibir el apoyo de su carácter batallador y un cheque importante.
En San Francisco corrió peligros novelescos al perseguir, unida á otras personas de igual virtud acometedora, los garitos y fumaderos de opio del barrio chino—antes de que los borrase del subsuelo un terremoto famoso—, así como las tabernas licenciosas y los cafés cantantes para marineros del barrio llamado «la Costa de Berbería».
Falta de hijos y cortando con fría urbanidad las insinuaciones de los que deseaban casarse con ella, dedicó al bien público sus entusiasmos enérgicos y á la defensa de la virtud toda la acometividad de su carácter reciamente varonil y justiciero.
—Es Don Quijote—decía un profesor viejo de Los Angeles—; no puede desmentir su raza... Los abuelos venidos de España resucitan en ella.
Pero era mujer, y mostraba ciertos desfallecimientos de voluntad que le hacían olvidar por algún tiempo sus obras filantrópicas.
De pronto pensaba en ella nada más, limitándose á dar dinero para la defensa y regeneración de sus semejantes, pero no su persona. Sentía reverdecer en su interior los mismos entusiasmos que tantas veces la hicieron soñar despierta en su adolescencia ante un libro caído en su regazo, y esta emoción retrospectiva la impulsaba á emprender largos viajes por Europa.
Conoció los museos más célebres del mundo viejo, los hoteles de mayor lujo, las ruinas más famosas y los modistos más caros, todo á un mismo tiempo. Fué la dama de incesante curiosidad que lee á la vez los últimos libros, los catálogos de las exposiciones y los periódicos de modas, llamando la atención por sus vestidos incesantemente cambiados, por sus alhajas y por la prontitud con que adopta la última idea, considerando un triunfo poder lucirla veinticuatro horas antes que los otros.
En el curso de sus viajes se vió recibida en audiencia por tres Papas, y fué conociendo á todos los hombres de su época que acababan de obtener la celebridad por un día ó por varios años.
Pronto se fatigó de viajar, acompañada solamente de una doncella francesa. Las noches pasadas en el hotel, sin una fiesta ó una representación de teatro, le parecían interminables. Además, en ciertas naciones de Europa, una mujer elegante y hermosa que va sola de un lado á otro tiene que mantenerse en actitud defensiva, á causa de la audacia de muchos hombres, que se desorientan y equivocan.
Al morir Douglas se dió por seguro, en breve plazo, un segundo matrimonio de su viuda. Era joven, y fatalmente debía encontrar un hombre que le hiciese conocer el amor, después de su tranquila amistad con el primer esposo.
Estas suposiciones llegaban á irritar á la viuda cuando hablaba con sus amigos. ¡El amor! ¿Por qué debía ella conocer el amor, sometiéndose á la esclavitud de sus alegrías violentas y sus cóleras celosas?... Renunciaba á él sin pena. Era para una minoría de neuróticos y desequilibrados que necesitan vivir dramáticamente entre conflictos, por exigencias de su sistema nervioso. Ella quería ser como la gran mayoría de los humanos, que prefieren el cariño tranquilo y la amistad, á las tormentas del amor pasional.
Además, había resuelto mantenerse fiel al recuerdo de Douglas. Era su deber. Conocía algo más fuerte y noble que el amor: la gratitud.
Su marido le había dado la riqueza, y ella la tenía en mucho, porque afirma la independencia individual.
El dinero es un instrumento libertador, y la viuda amaba sobre todo su libertad. Le había tocado la suerte de encontrar un hombre bueno, tolerante y discreto, que además había asegurado al desaparecer la independencia y el decoro de su vida futura. Le bastaba con esto; no debía repetir tan arriesgado juego; ya había conocido á los hombres. Tenía marcado para siempre un sitio en la sociedad: sería la viuda rica, independiente y respetada por todos. Era locura cambiar esto por el tal amor, que sólo resulta interesante en las novelas.
Pero como abominaba de viajar sola, pensó en Rina, la amiga pobre y humilde que tienen todas las mujeres triunfantes y es al mismo tiempo su compañera y su admiradora.
La había conocido en Monterrey, por vivir su familia en trato amistoso con los Ceballos. El abuelo de Rina fué un chileno de Valparaíso arrastrado á las costas de California por el gran éxodo de emigrantes que atrajo el descubrimiento del oro.
Todavía era niña Conchita cuando ya Rina Sánchez lanzaba ojeadas lánguidas á los jóvenes de Monterrey, creyéndose adorada y disputada por todos ellos. Una diferencia de más de ocho años existía tal vez entre las dos, pero Rina aún estaba soltera, ostentando, unas veces con orgullo y otras con desaliento, su cualidad de señorita, mientras la señora Douglas era una viuda, doblemente respetada por su estado y por el nombre de su esposo.
Según iba entrando en años, se mostraba Rina más sentimental é ingenua, como si retrogradase hacia la infancia, aplicando á todos los actos de su existencia un criterio pueril y una timidez contradictoria, pues en ciertas ocasiones, por sobra de inocencia, llegaba á aparecer insolente.
«La Embajadora» se acostumbró á la simplicidad de esta acompañante tan pronto alegre como llorona. Necesitaba su presencia, abundante en risas y gemidos, como la de un perrillo melancólico y ladrador.
Si alguna vez se enfadaba con ella, parecía encogerse de espíritu y desaparecer, cual si la Naturaleza la hubiese dotado de una retractilidad extraordinaria, no dejando presente más que su envoltura material.
Los viajes por Europa de hotel en hotel, donde se bailaba tarde y noche y eran frecuentes las presentaciones de hombres elegantes, atraídos por la belleza y la fortuna de la viuda Douglas, excitaban la manía sentimental de su compañera. Rina sólo pensaba en el amor; un amor expresado con palabras rebuscadas y gestos de «alto idealismo», según ella, igual á los muchos amores que había conocido en las novelas imaginadas para señoritas de buena educación.
La vida le parecía sin sentido lejos de los hombres; y los hombres, por una ironía de la suerte, jamás habían querido fijarse en su persona. «La Embajadora», que mostraba una altanería hostil al hablar de ellos, se divertía interiormente haciendo relatar á Rina sus entusiasmos amorosos, así como sus esfuerzos, astucias y sacrificios para encontrar al futuro compañero entre tantos varones fugitivos ó indiferentes.
Para justificar la humilde derrota de su celibato, hacía Rina comparaciones mentales entre ella y su rica amiga. ¡Ay! ¡Si pudiese vestir con la elegancia de la otra, seguramente que los hombres la buscarían lo mismo!... Y más por necesidad de defenderse que por coquetería natural, palmoteaba de gozo cuando Concha Ceballos le regalaba algunos de sus vestidos todavía nuevos ó la hacía partícipe de sus compras de modas recientes.
También era una diversión para la señora Douglas, sana, fuerte, sólidamente bella, enterarse de los procedimientos extraordinarios de Rina para combatir y borrar los estragos que realizaba la edad en su cuerpo. La pobre parecía arrugarse y disminuir de volumen por el tostamiento interior de su sentimentalismo. Gran parte del dinero regalado por su amiga lo empleaba en productos de los llamados Institutos de belleza. Así fué conociendo la viuda muchos inventos extravagantes para el refrescamiento de la hermosura femenil.
Rina era cada vez más pequeña y al mismo tiempo más joven, con una juventud extraña y desconcertante que parecía de otra humanidad habitadora de un planeta remoto. Los que la habían visto un año antes en alguno de los hoteles célebres de Europa, al encontrarla después tardaban en reconocerla, y únicamente lograban restablecer su identidad por ir al lado de su amiga, cuya belleza resultaba invariable. Un año era rubia y al año siguiente de pelo negro ó castaño. Como la edad y la vehemencia pasional habían arrugado prematuramente su faz, fué de las primeras en valerse de la operación quirúrgica que levanta el rostro y estira su epidermis, de la face-lifting empleada por ciertos especialistas de Londres, Nueva York y París para rejuvenecer á las mujeres de teatro y las mujeres de salón.
Entusiasmada por este milagro de la cirugía epidérmica que borraba de su rostro las arrugas, repetíalo con frecuencia como algo ordinario, mostrando un heroísmo sin límites, frío, tranquilo, sonriente, del que sólo son capaces las mujeres cuando desean embellecerse.
Casi todos los años sentía la necesidad de que le cortasen la cara para estirar su piel en uno ú otro sentido. Pasaba horas ante el espejo, estudiándose el rostro con ojos de artista, para aconsejar luego al cirujano en qué sentido debía dar los tajos maestros para su nueva obra.
Después de tantos rajamientos y manipulaciones faciales, parecía de una raza distinta á la de los otros seres. Caso de tener semejanza con alguno de los grupos humanos que pueblan nuestro planeta, se aproximaba á las mujeres amarillas de Asia por la tirantez de su epidermis y el estiramiento de sus párpados prolongados y casi juntos, como los de las japonesas. Llevaba la frente cubierta de rizos y dos masas de bucles sobre las sienes. De este modo quedaban ocultas las cicatrices de los tajos que le habían dado para renovar la tersura de su rostro.
—Toma: para que te pagues otra vez el face-lifting—decía «la Embajadora» al hacerle un nuevo regalo de dinero.
Y Rina, para manifestar su agradecimiento, derramaba lágrimas, compadeciéndose á sí misma.
—Tú sabes, Conchita, que yo podía ser rica si ese mal hombre no se quedase con lo mío. Deseo recobrar lo que me pertenece, para que no te sacrifiques más por mí.
Este deseo de evitar á la viuda su costosa protección sólo ocupaba verdaderamente un segundo término en el pensamiento de Rina. Sus protestas contra el «mal hombre» y su ansia de verse rica eran principalmente porque al entrar en años hacía responsable á la pobreza de su forzoso celibato.
—Cuando yo vivía en Monterrey y era muchacha, todos los hombres andaban locos por mí, estoy segura de ello. Era porque entonces vivía papá y estaba metido en lo de las minas, que iba á hacerle rico... ¡Como ahora todos me creen pobre como una rata, y nadie sabe que ese ingeniero Balboa, ese mal hombre que vive en Madrid, se queda con lo que me toca por herencia y no me envía un céntimo!...
«La Embajadora» escuchó al principio distraídamente las lamentaciones de su acompañante. Pero en fuerza de oir hablar de aquel «mal hombre», acabó por interesarse en sus maldades.
Ella había intervenido, cuando vivía en su país, en la reparación de muchas injusticias, y continuaba desde lejos ayudando con su fortuna á la defensa de los débiles. ¿Por qué no extender su protección á esta solterona, cuyas charlas y manías parecían refrescarla lo mismo que un descanso á la sombra de un bosquecillo después de una jornada ardorosa?
Aceptando sin examen los informes de Rina y creyendo desde el primer momento en la culpabilidad del ausente, empezó á intervenir en dicho asunto, dictando cartas breves y duras para aquel «mal hombre» que vivía en Madrid y usurpaba las riquezas de la otra. Como era de una precisión matemática para el examen de sus propios negocios, pronto se enteró del asunto que le fué relatando su compañera y hasta rectificó algunos de sus errores.
El padre de Rina—un californiano que se llamaba Juan Sánchez por su padre el chileno, y Brown por su madre—se había asociado con Ricardo Balboa, durante el viaje de éste á Monterrey, para la explotación de unas minas en Méjico. Don Gonzalo, el padre de Concha, pretendió entrar en dicha empresa, pero tuvo que desistir finalmente por falta de capital, como ya le había ocurrido en otros negocios propuestos por Balboa.
—Los socios fueron tres—continuaba Rina—; ese mal hombre que lo dirigía todo, un señor que vive allá en Méjico, donde están las minas, y papá. Al morir papá, los dos hombres se entendieron, y como forman mayoría jamás me consultan, y hace años que no me envían un centavo. Como me ven sola en el mundo, ¡pobre huérfana! me roban como quieren.
«La Embajadora» ya no dictó cartas á su amiga, considerando más rápido y contundente escribir ella misma á Balboa. Sentía una predilección especial por este asunto que no era suyo. Se imaginó obrar así por el goce altruísta que proporciona el amparo del débil; pero tal vez fué un deseo inconsciente de agredir á aquel hombre que había atravesado su adolescencia, despertándola á la vida sentimental, para seguir después su camino, ignorante de lo que dejaba á sus espaldas. La antigua simpatía era ahora agresividad, por una transformación obscura é incomprensible que había estado elaborándose durante muchos años.
Las respuestas frías y corteses que el ingeniero envió desde Madrid la irritaron aún más contra él. Creyó leer entre líneas su verdadero pensamiento: «¿Por qué se mezcla usted, señora, en asuntos que ni son suyos ni puede entender?... Estos negocios son para hombres.»
El tal Balboa le pareció un verdadero europeo; mejor dicho, un «latino», de los que no conceden otra superioridad á las mujeres que las de la elegancia y la seducción amorosa, negándoles toda ingerencia en los asuntos de la vida civil.
—Yo arreglaré tu negocio—dijo à Rina con amenazadora energía—. Ese hombre no me conoce. Cree sin duda que aún soy la niña que vió en Monterrey. Iremos á Madrid si es necesario.
Ella quería que fuese necesario. Empezaba á encontrar algo molesta su vida en París. En aquellos días dos hombres la acosaban con sus pretensiones matrimoniales: uno tímido, buenazo y tenaz, que la seguía desde América, colocándose silenciosamente ante su paso; otro excesivamente atrevido, que pretendía acompañarla á todas partes y esperaba una ocasión propicia para comprometerla ó para vencer su voluntad. Necesitaba alejarse por algún tiempo de estos dos pegajosos adversarios de su viudez; despistarlos para que la dejasen gozar tranquila su independencia.
Después de haber escrito al «mal hombre» varias cartas de estilo cada vez más ácido, mostrando una incomprensión hostil para las explicaciones y justificaciones enviadas por Balboa, una mañana, al levantarse, anunció á su compañera que saldrían al día siguiente para España.
—He soñado que estábamos en Madrid. Me gustaría admirar una vez más los Velázquez; ver mujeres con mantilla y peineta, hombres con capa, bailadoras. ¿Por qué no ir?... Vamos á darle una sorpresa á tu «mal hombre». Yo me entenderé con él, y te aseguro que pronto tendrás dinero.
Dió unas semanas de asueto á su doncella francesa para que visitase á su familia, y allí estaban las dos, en el salón de Ricardo Balboa, convertido en gabinete de trabajo, sentadas en hondos sillones, frente á la mesa ocupada por el ingeniero.
Éste, después de los saludos y una breve alusión á Monterrey, así como á los lejanos tiempos en que se habían conocido, abordó con fría agresividad el asunto que motivaba aquella visita.
Fué dejándose dominar Balboa por la indignación de los tímidos que tiemblan antes del suceso esperado con inquietud, y cuando llega lo miran de frente, sin miedo alguno, por haber perdido ya para ellos el misterio de lo incierto.
Tenía al fin ante sus ojos aquella señora que le escribía desde lejos, duramente, tratándolo casi como á un ladrón. La iba á decir muchas verdades... Y fué exponiendo, con la tolerancia un tanto desdeñosa del que da explicaciones á gentes testarudas y de limitada mentalidad, la historia de las famosas minas, objeto de la cuestión.
Las tales minas estaban enclavadas cerca de la frontera de los Estados Unidos, en uno de los lugares menos civilizados de Méjico. Los indios llamados yaquis, que viven una existencia independiente, interviniendo en la vida mejicana sólo para batirse en sus revoluciones, habían perturbado muchas veces los trabajos de esta explotación. Pero de todos modos, las minas, aunque con frecuentes paralizaciones, habían sido trabajadas al principio, dando algunas ganancias. Esto había sido mientras estuvo sometida aquella tierra al gobierno dictatorial de Porfirio Díaz.
—No había libertad pero había orden—siguió diciendo el ingeniero—, y se podía trabajar en aquel país. Los extranjeros estaban defendidos por un poder que tal vez era duro, pero representaba una garantía... Después no ha habido libertad ni orden.
Y mirando fijamente á «la Embajadora», que le escuchaba con rostro impasible, estirando el labio superior y pretendiendo turbarle con la fijeza de sus ojos, continuó sus explicaciones.
Había empezado allá una revolución de numerosos y complicados episodios que duraba más de diez años y cuyo término nadie alcanzaba á ver todavía en el presento momento. Desde sus principios había sido una revolución social. Muchos propietarios se veían despojados de sus tierras, sus edificios y sus minas. Simples jornaleros del campo se convertían en generales ó pasaban á ser altos personajes políticos.
—Un capataz de nuestra mina que conoció mucho el padre de esta señorita es hoy general de división y acampa, con su enorme sombrero y su carabina en la rodilla seguido de una horda de jinetes, sobre los terrenos de nuestra propiedad. El socio que tenemos en la capital de Méjico intentó al principio hacer valer nuestros derechos y quiso ir allá. Luego desistió, é hizo bien, pues dicho viaje representa un suicidio. El tal general explota actualmente nuestra mina á su modo; esto es, vende la plata y se queda con el producto. La mina, según parece, ya no es nuestra; es del país. El general la ha «nacionalizado», palabra aprendida por él en la fraseología revolucionaria. La usa repetidas veces en una carta que se dignó enviarnos, con la delectación que sienten los mestizos por toda locución nueva y rara. La tal nacionalización consiste simplemente en haberse quedado con la mina que nosotros trabajamos, invirtiendo en ella nuestros capitales. Además, nos anuncia que exterminará á todo amigo de «la tiranía pasada» que pretenda recuperar lo que es del pueblo. Todo esto se lo he dicho, señora, en mis cartas, pero como usted no parece dispuesta á darme crédito, le puedo enseñar numerosas pruebas.
Balboa calló para tocar un botón eléctrico inmediato á su mesa. Al presentarse una criada, le preguntó si el señorito Florestán había vuelto, por ser ya la hora en que regresaba todos los días de la Escuela de Ingenieros.
A los pocos momentos, como si estuviese rondando por cerca del salón, se mostró Florestán. Era un joven alto, de miembros fuertes y bien armonizados, ojos azules, pelo rubio obscuro y rostro afeitado, que parecía dar con su presencia una impresión contradictoria de fuerza y timidez, de energía y puerilidad.
Las dos mujeres creyeron que esta juventud serena penetraba en el salón con un acompañamiento de nueva luz. La señora Douglas quedó mirándole fijamente, sin poder disimular su sorpresa. Pensaba en San Jorge... un San Jorge de veinte años, sin casco, con la hermosa y rubia cabeza descubierta, brillante el pecho por las escamas plateadas de su loriga, las fuertes y blancas manos sobre la cruz de su mandoble y teniendo á sus pies el destrozado dragón de la fealdad. Rina, más sentimental, creyó ver al caballero Primavera, con armadura de flores, erguido junto al cadáver del negro lobo del invierno. Su admiración por los hombres no le permitió mantenerse silenciosa.
—¡Oh, Conchita!... ¡Qué prodigio!—murmuró con voz susurrante.
Florestán huyó su mirada de aquellos cuatro ojos fijos en él con admirativa curiosidad. Luego enrojeció, con un avergonzamiento impropio de su aspecto vigoroso.
Casi volvió el dorso á las dos mujeres, luego de saludarlas con muda cortesía, mientras se inclinaba hacia su padre para oirle mejor.
—Trae el legajo de las minas de Sonora. Quiero leer á estas señoras todas las cartas que hemos recibido de allá. Busca también el resumen de los ingresos y los gastos desde el principio de su explotación.
Volvió Florestán á saludar á las dos damas con tímida cortesía y salió de la pieza, ligero como un empleado que ha recibido una orden.
Quedaron ambas con la vista fija en la puerta por donde acababa de desaparecer. Hubo un largo silencio. Cuando volvió á entrar el joven, con unos cartones bajo el brazo llenos de papeles, las dos señoras creyeron que de nuevo volvía á iluminarse la estancia, alejándose una nube que había pasado ante el sol.
Ya no estiraba «la Embajadora» su labio superior, ni tenía puestos sus ojos con fijeza agresiva en el ingeniero. Su dentadura esplendorosa empezó á brillar entre los labios, separados por un principio de sonrisa. La luz de un balcón inmediato tembló con reflejos de oro sobre sus pupilas obscuras y aterciopeladas, que buscaban á cada momento al joven, á pesar de su deseo de no mirarle.
Empezaba Ricardo Balboa á extraer de sus cartones aquel fajo de papeles, cuando se vió detenido en su intento de lectura por la voz amable y la sonrisa de Concha Ceballos.
Se acordaba de su padre en aquel momento, y tenía la certidumbre de haberle oído elogiar muchas veces la probidad del ingeniero español. ¡Y ella había ofendido con tanta ligereza á un hombre simpático y digno de respeto!...
Miró de reojo á su acompañante. Esta Rina loca tenía la culpa de todo. La había desorientado con sus cuentos, haciéndola ser injusta.
—Me parece muy largo de leer—dijo con dulzura, señalando el legajo—, y será mejor que nos enteremos de ello más despacio. Su hijo tendrá la bondad de traernos los papeles al hotel.
Y extremando el acento benevolente de su voz y la amabilidad de su sonrisa, continuó:
—Hablemos de cosas más agradables. No somos enemigos ni vamos á devorarnos. Viéndose acaban por entenderse las personas de buena voluntad. Acordémonos un poco de cuando nos conocimos, allá en California. ¡Qué de cosas han pasado desde entonces!...
III
Donde se dice quién fué la reina Calafia y cómo gobernó su ínsula llamada California
A las nueve de la noche se presentaron en casa de Balboa don Antonio, su esposa y su hija, y la conversación en la sala de trabajo giró inmediatamente sobre la visita de mediodía.
Mostraba el ingeniero un orgullo de vencedor al recordar con qué amabilidad se había despedido de él «la Embajadora», después de tantas cartas amenazantes, y de su entrada silenciosa y hostil, como si se preparase para un combate.
—A estas señoras de genio fuerte—dijo con petulancia—hay que hablarlas con energía, para que se convenzan de que no inspiran miedo. Además, bien mirado, es una mujer adorable.
Aprobó el catedrático con gestos y palabras lo dicho por su amigo.
—La creo noble y buena como la reina Calafia. Esta tarde, por curiosidad, he vuelto á leer su historia.
Todos acogieron con extrañeza tal nombre. Doña Amparo, que admiraba y menospreciaba al mismo tiempo á su esposo, creyendo en su ciencia y en su falta de habilidad para enriquecer á la familia, fué la que mostró menos interés por el origen de tal apodo. Algún cuento raro de los que buscaba el catedrático en los libros antiguos.
Pero éste, después de enviar á su esposa una sonrisa irónica y protectora, dejó de verla, para concentrar su atención en los otros oyentes, que le merecían mayor interés. Y para relatar la historia de la reina Calafia, empezó hablando de la noble villa de Medina del Campo, que durante siglos había sido el principal centro de contratación de las dos Castillas.
Anualmente se celebraba en ella una feria, á la que acudían los mercaderes de España y Portugal y los traficantes judíos de todas las naciones del Occidente europeo. De este mercado famoso durante la Edad Media sólo quedaba en Medina del Campo el melancólico recuerdo de sus extinguidas riquezas y una vasta plaza que había sido durante siglos una especie de Bolsa internacional. Otra curiosidad de la villa castellana era el castillo de la Mota, ahora ruinoso, donde murió, según la tradición, Isabel la Católica, la reina del descubrimiento de América, y estuvo preso César Borgia, el hijo del pontífice que consagró dicho descubrimiento.
En los años que Cristóbal Colón vagabundeaba por España, solicitando apoyo para emprender sus viajes en busca de las Indias por el lado de Occidente, vivía en Medina del Campo un soldado viejo al que sus convecinos habían elegido regidor.
Este hombre, llamado Garci Ordóñez de Moltalvo, entretenía sus ocios de veterano escribiendo novelas. Sus funciones pacíficas de magistrado municipal no le proporcionaban otras batallas que las verbales sostenidas con mercaderes venidos á la feria desde países lejanos y en conflicto con el gobierno de la villa por el pago de derechos; pero al quedar solo, se consolaba de la monotonía de su pacífico retiro describiendo prodigiosos combates y aventuras nunca vistas.
Él modificó y agrandó el famoso Amadís de Gaula, dando á esta novela caballeresca la forma definitiva con que fué admirada durante más de un siglo por los lectores del mundo cristiano. Luego, queriendo prolongar dicho libro, cuya paternidad sólo le correspondía á medias, produjo otro, todo de su pluma: Las sergas de Esplandián.
Don Antonio, al mirar á sus oyentes, creyó necesario añadir:
—Serga es una palabra antigua que significa hazaña, y Esplandián fué un joven esforzado, célebre por su heroísmo y su hermosura, hijo de Amadís de Gaula. Como todos los caballeros andantes, tenía un sobrenombre. Por algo Don Quijote necesitó añadirse el apodo de «Caballero de la Triste Figura». Moltalvo, al hablar de Esplandián, le llama unas veces el «Caballero de la Gran Serpiente», y otras, para mayor brevedad, el «Caballero Serpentino».
Mascaró creía ver al novelista de Medina del Campo paseándose por el sobrio y duro paisaje castellano, meseta escasa en cursos de agua y extremadamente fría ó ardorosa, según la estación. Con el poder imaginativo de los inventores de historias, creaba Moltalvo en este ambiente árido los panoramas más portentosos y los hechos más inauditos.
Había ocurrido en su juventud un suceso desconsolante para la cristiandad, la toma de Constantinopla por los turcos, y con la delectación del progenitor literario que goza reproduciendo los sucesos no como fueron en la realidad, sino como debieron ser con arreglo á sus gustos, dedicaba la última parte de Las sergas de Esplandián á describir el gran asedio que ponían todos los pueblos de Asia á la antigua Bizancio, y cómo su emperador, ayudado por el Caballero de la Gran Serpiente y su padre el noble Amadís, aplastaba la gran alianza de los enemigos de Dios.
Radiaro, soldán de Liquia, escudo y amparo de la ley pagana, con el apoyo de otros soberanos musulmanes, enemigos crueles de los cristianos, emprendía el asedio de Constantinopla. Todos los monarcas de un Asia misteriosa, imaginada por el regidor de Medina del Campo, acudían al llamamiento del soldán. Pero en vano lanzaban sus hordas innumerables contra los muros de la ciudad. Amadís de Gaula, que por sus heroicas aventuras había llegado á ser rey de la Gran Bretaña, junto con el rey Lisuarte, el rey Perión y otros monarcas no menos fabulosos y de nombres sonoros, se encargaba de su defensa.
El soldán de Liquia y el soldán de Halapa dudaban ya del buen éxito de su asedio, cuando les llegó un aliado con valiosos auxilios capaces de cambiar el curso de la guerra.
Y el novelista describía minuciosamente cómo «á la diestra mano de las Indias, muy llegada á la parte del Paraíso Terrenal», había una isla ó ínsula llamada California, poblada únicamente por mujeres algo negras y que no toleraban la existencia entre ellas de ningún varón, siendo su estilo de vivir semejante al de las antiguas amazonas.
Tenían valientes cuerpos, grandes fuerzas y firmes y ardorosos corazones. La ínsula era la más abundante en riscos y bravas peñas que en el mundo podía hallarse. Las armas de las californianas estaban fabricadas de oro todas ellas, y también las guarniciones de las fieras bestias en que cabalgaban después de haberlas amansado, pues en toda la isla no había metal de otra clase. Moraban en cuevas bien labradas, tenían muchos navíos, sobre los cuales partían á otras tierras á realizar sus cabalgadas, y los hombres que hacían prisioneros los llevaban con ellas á su isla para ciertos fines, matándolos después.
El catedrático, al llegar á este punto de su relato, miró con cierta inquietud á Consuelito y luego á su esposa. No se atrevía á repetir en presencia de su hija las mismas palabras del viejo novelista. Pero aunque la joven parecía escucharle, miraba con insistencia á Florestán, como si implorase de éste menos atención al relato de su padre y que volviese los ojos hacia ella.
Suplió don Antonio con varios parpadeos la obscuridad de sus explicaciones y continuó el relato.
—Cuando á consecuencia de estos raptos de hombres las valientes californianas conocían la maternidad, si tenían hija la guardaban, y si varón, inmediatamente era muerto. De este modo no aumentaba en su país el número de los hombres, y éstos eran tan pocos mientras llegaba el momento de su muerte, que las amazonas no podían temer la preponderancia dominadora del sexo contrario. Por la gran aspereza de la isla, abundaban en ella los grifos más que en ninguna otra parte del mundo.
También al llegar aquí tuvo Mascaró por oportuna una explicación suplementaria. Doña Amparo le miraba con ojos interrogantes.
—¿Qué grifos son esos?...
De este animal inventado por la superstición habían hablado mucho los poetas de la antigüedad y de la Edad Media, sin que nadie llegase á ver uno solo. Tenía cuerpo de león, cabeza y alas de águila, orejas de caballo; pero sobre el cuello, en vez de crines, ostentaba una cresta hecha de aletas iguales á las de los peces. El lomo y las alas eran de plumas duras como el hierro. Originario de la India, sentía un amor singular por el oro y buscaba con predilección, para hacer sus nidos, los lugares abundantes en depósitos auríferos. Por eso la antigüedad le suponía destinado á la defensa de los templos, á causa de los tesoros guardados en sus altares.
Muchos viajeros cristianos que visitaron el Oriente durante la Edad Media, y estaban predispuestos á ver cosas maravillosas, pretendían haber encontrado la llamada «Ave Grifo». Era, según su testimonio, más grande que ocho leones juntos y podía elevar un buey ó un caballo por los aires. Las uñas de sus enormes garras servían para fabricar cosas preciosas, y con sus plumas se hacían arcos y flechas invencibles. La hembra del grifo, en vez de poner huevos, depositaba á veces en sus nidos grandes montones de plata. En el tesoro del emperador Carlos V existía una copa famosa hecha con una uña de grifo; pero después se descubrió que era simplemente un cuerno de rinoceronte.
Cuando los grifos tenían hijos, las californianas, cubiertas de cueros gruesos para defenderse de las garras y picos de las hembras, registraban sus nidos, llevándose las crías á sus cuevas. Luego cebaban á los pequeños grifones con los hombres que habían hecho esclavos en sus correrías, ó con los niños de las mujeres del país, educándolos con tal arte, que acababan por conocerlas y no les hacían daño alguno. Pero cualquier varón que entraba en la ínsula, al momento era muerto y comido por los grifos; pues aunque estuviesen hartos, no por eso dejaban de tomar entre sus garras á los hombres y llevarlos volando hasta las nubes, para dejarlos caer y que se aplastasen en las peñas.
Esta ínsula, donde no había otro metal que el oro y cuyas costas eran interminables criaderos de perlas, estaba gobernada por una reina, llamada Calafia, muy grande de cuerpo, muy hermosa, menos obscura de color que sus amazonas, de floreciente edad, valerosa en sus esfuerzos y ardides y pronta á realizar sus altos pensamientos.
Habiendo oído decir que todos los reinos vecinos marchaban contra los cristianos, y deseosa de ver el mundo y sus diversas generaciones, animó á sus amazonas para marchar á esta guerra. Todas la oyeron con entusiasmo, encontrando monótono y triste pasar sus días metidas en una ínsula, sin fama y sin gloria, como los animales brutos.
Mandó la reina Calafia abastecer su gran flota de viandas y de armas, todas de oro, y arreglar la mayor fusta de las suyas, cubriendo esta nave con una especie de red de gruesos maderos, que servía de jaula á quinientos grifos, criados y cebados desde pequeños con carne de hombre. También hizo meter en las otras naves las bestias en que cabalgaban las valerosas californianas, y que eran diversas animalías, como tigres, leones, panteras, etc., todas amaestradas, lo mismo que si fuesen caballos.
Don Antonio hizo una pausa para descansar; pero como estaba acostumbrado á las explicaciones de cátedra, y además parecía deleitarse en su propia facundia, no tardó á seguir su relato.
—Llegó al campo pagano la flota de la ínsula California cuando el gran soldán de Liquia y el soldán de Halapa estaban más tristes, después de un sangriento choque con los defensores de Constantinopla, que había resultado infructuoso.
La reina Calafia pidió á sus aliados que la dejasen combatir sola con su gente, mientras los turcos permanecerían ocultos en su campamento, y los dos monarcas accedieron á su petición. A la mañana siguiente, la reina bajó de su nave y acto seguido los escuadrones de amazonas se extendieron por la playa.
Todas llevaban armaduras de oro sembradas de piedras preciosas, pues en California eran éstas tan abundantes y comunes como en otros países los guijarros del campo. Mandó la soberana abrir la puerta de la fusta donde venían los grifos, y éstos salieron con mucha prisa, mostrando gran gusto al poder volar libremente después del encierro del viaje.
Estos animales eran la artillería gruesa del ejército californiano. Como no les habían dado de comer durante la travesía, se arrojaron rugiendo de hambre sobre los hombres que ocupaban las murallas de la ciudad. Muchas saetas les tiraron, grandes golpes les dieron con lanzas y espadas, pero sus plumas eran tantas, tan juntas y recias, que no pudieron llegar á tocarles la carne.
Los turcos, inactivos en su campamento por mandato de Calafia, al ver á estas bestias ir y venir por lo alto llevando en las garras ó en el pico á un cristiano, daban tales voces y alaridos de placer que horadaban con ellos el cielo. Los defensores de la ciudad gemían de cólera sobre las murallas al contemplar cómo los grifos se llevaban hasta las nubes, devorándolos, al padre, al hijo ó al amigo. Cuando estos monstruos se cansaban de sus presas, dejándolas caer en la tierra ó en el mar, volvían sin ningún temor á las murallas para apoderarse de otros cristianos, y fué tal el espanto de los defensores, que los más huyeron al interior de la ciudad, quedando únicamente los que habían podido refugiarse en las bóvedas de las torres.
Viendo esto la reina Calafia gritó á los dos soldanes que ya podían avanzar sus gentes para la toma de Constantinopla, y los paganos, aplicando muchas escalas al muro, subieron sobre él. Pero los grifos ya habían soltado los cristianos que llevaban en las garras, y viendo á los turcos, que eran hombres como los otros, cayeron sobre ellos y los arrebataron igualmente hasta las nubes para dejarlos caer, haciendo en ellos gran matanza.
La alegría de los sitiadores se trocó en desorden, y más que en luchar con los sitiados, tuvieron que pensar en defenderse de las bestias traídas por Calafia. Al enterarse de esto los cristianos salieron del refugio de sus bóvedas é hicieron gran matanza en los infieles, echándolos abajo de la muralla. Luego se refugiaron otra vez en sus bóvedas viendo que volvían los grifos.
Triste la reina Calafia por este error de sus bestias, que no sabían distinguir á los aliados de los enemigos, atacando á todos los hombres en general, aconsejó á los soldanes la retirada de sus gentes, mandando luego á las californianas que realizasen ellas solas el asalto, pues los grifos las respetarían. Se apearon entonces las amazonas de sus fieras animalías para avanzar contra los muros. Llegaban sobre sus pechos unas medias calaveras de pescado que las cubrían una parte del cuerpo, y eran tan duras que ningún arma las podía pasar. Las piernas, el tronco y los brazos los tenían forrados de oro.
Con mucha ligereza subieron las amazonas por sus escalas, y en lo alto de la muralla empezaron á pelear reciamente con los de las bóvedas. Pero éstos, aprovechando la estrechez de su refugio, se defendían con braveza, y los que andaban abajo por la ciudad tiraban á las mujeres con saetas y dardos, y como las tomaban por los lados y las armaduras de oro eran flacas, herían á muchas de ellas. Mientras tanto, los grifos revolaban inactivos sobre las californianas, con la atracción de su presencia, pero sin ver cerca hombres á quienes hacer presa.
Calafia creyó oportuno que los turcos acudiesen en apoyo de sus guerreras, y dijo á los dos soldanes: «Haced subir vuestras compañías sin miedo alguno, que mis mujeres serán defensa contra las aves mías, pues no las osan nunca acometer.»
Pero cuando los grifos vieron las huestes de hombres que escalaban la muralla para unirse á las californianas, se trabaron con ellos tan rabiosamente como si en todo el día no hubiesen comido. En vano las belicosas hembras les amenazaban con sus alfanjes de oro. A pesar de sus amenazas y sus gritos sacaban de entre ellas á los hombres, y subiéndolos á enorme altura los dejaban caer para que muriesen.
Fué tan grande el espanto de los paganos, que bajaron de la muralla más apresuradamente que habían subido, refugiándose en sus reales. Calafia, que vió cómo este desastre ya no era de posible remedio, hizo acudir á los que tenían el cargo y la guardia de los grifos, para que los llamasen y encerrasen en su fusta. Subidos los guardianes sobre la jaula de la nave, los llamaron á grandes voces en su lenguaje, y lo mismo que humanas personas fueron acudiendo los grifos para meterse humildemente bajo los barrotes.
El novelista Montalvo, conocedor fidedigno de todos los sucesos de este asedio, por las revelaciones que le hizo la gran sabidora Urganda la Desconocida y también el eminente Maestro Elisabat, seguía describiendo en su libro los combates ocurridos diariamente ante los muros de Constantinopla, después del fracaso de los grifos. El emperador, con sus «diez mil de á caballo», acudía á los lugares donde atacaban más reciamente los sitiadores, y de éstos los más temibles eran Calafia y sus mujeres.
Avanzaba la reina, incansable y de enormes fuerzas, blandiendo una lanza muy dura pero que acababa por romper, tantos eran los enemigos que iba matando. Entonces echaba mano á su alfanje, que era á modo de un cuchillo, con el hierro de más de un palmo de ancho, y degollaba caballeros á centenares ó los dejaba mal heridos, metiéndose tan denodadamente entre las masas de adversarios, que nadie podía creer que fuese una hembra. Todos los paladines enemigos la buscaban, considerando su vencimiento como la mayor gloria que podían obtener.
A veces eran tantos los que la atacaban y tales los golpes recibidos por ella, que se veía en mortales aprietos; pero una hermana suya, llamada Liota, acudía en su auxilio como una leona rabiosa, sacándola de entre los caballeros que la abrumaban con sus cuchilladas.
Cansados los monarcas paganos de este asedio inútil, acudieron á un procedimiento usual en las guerras de la Edad Media y frecuentemente mencionado en las novelas caballerescas. Como el soldán de Liquia y la reina Calafia tuvieran noticias de que estaban en la ciudad Amadís de Gaula y su hijo Esplandián, decidieron enviarles un cartel de desafío para batirse con ambos en singular batalla, quedando los vencidos en sujeción y obediencia á los vencedores.
Este cartel de reto lo llevó á la ciudad una californiana, obscura y hermosa, con ricos atavíos y montada en una bestia fiera. Aceptaron los dos paladines el reto, y al volver la doncella al campamento de las amazonas se hizo lenguas de la belleza del Caballero Serpentino, al que había visto de pie junto al trono de su noble padre Amadís.
—Dígote ¡oh reina!—afirmó la doncella—que nunca los pasados ni los presentes, ni aun creo los por venir, vieron un mancebo tan hermoso y apuesto. Si fuese de nuestra ley, habría motivo para creer que nuestros dioses lo hicieron con sus manos.
Quedó tan impresionada la reina Calafia por estos informes, que decidió ir en persona á la ciudad para conocer de cerca á los dos paladines con los que iban á reñir ella y el soldán Radiaro pocos días después. Pasó toda la noche metida en su nave, pensando si iría con armas ó sin armas á esta visita, y al fin determinó que en hábito de mujer, por ser más honesto.
Y cuando el alba vino se levantó y le dieron unos paños para vestirse, todos de oro, con muchas piedras preciosas. Su cabeza la tocó con un gran volumen de muchas vueltas, á manera de turbante, todo él igualmente de oro, sembrado de piedras de gran valor. Trajéronle luego una animalía en que cabalgase, la más extraña que nunca se conoció.
El catedrático esforzaba su memoria para hacerla ver á sus oyentes con arreglo á la descripción del novelista castellano.
Tenía las orejas tamañas como dos adargas, la frente ancha y un ojo solamente, pero que brillaba como un espejo. Las ventanas de sus narices eran muy grandes y el rostro corto y tan romo que no le quedaba ningún hocico. Salían de su boca dos colmillos hacia arriba, cada uno de más de dos palmos. Su color era amarilla y tenía sembrados por su cuerpo muchos redondeles morados, á la manera de las onzas. Era de mayor tamaño que un dromedario, sus patas estaban hendidas como las de un buey, corría tan fieramente como el viento, andaba con ligereza por los riscos, y se tenía sobre ellos como las cabras montesas. Su comer consistía en dátiles, higos y pasas, siendo muy hermosa de ancas así como de costados y pecho.
Sobre esta animalía se puso la hermosa reina y dos mil mujeres de las suyas le dieron escolta, vestidas de ricos paños y cabalgando en bestias no menos extrañas. En derredor de Calafia marchaban á pie veinte doncellas, asimismo vestidas con riqueza, sosteniéndole las haldas, que arrastraban por el suelo más de cuatro brazas.
Con este atavío llegó adonde la esperaban los monarcas defensores de la ciudad, y al ver á Esplandián junto á los tronos de su padre el rey Amadís y su abuelo el rey Lisuarte, se dijo:
«¡Mis dioses! ¿qué es esto? Ahora digo que he visto lo que nunca se verá semejante.»
Y al mirar el Caballero Serpentino con sus graciosos ojos el hermoso rostro de la reina, ella sintió que estos rayos salidos de la resplandeciente belleza del mancebo la atravesaban el corazón.
Nunca había sido vencida por la fuerza de las armas, pero en presencia del hermoso paladín se sintió tan ablandada y quebrantada como si anduviese entre mazos de hierro. Ella no podía batirse con él. Le faltarían fuerzas para levantar la espada sobre su bello rostro. Se declaraba vencida de antemano. Sería el valiente Radiaro, soldán de Liquia, el que pelease con el Caballero de la Gran Serpiente. La reina de California se reservaba medir sus armas con el noble Amadís.
El famoso encuentro de los cuatro héroes se realizó al día siguiente.
Amadís y Calafia se arrojaron con tal ímpetu el uno contra el otro, que inmediatamente quebraron sus lanzas. Entonces, el héroe, con un pedazo del arma rota, se limitó á defenderse, golpeando la cabeza de la amazona.
—¿En tan poco tienes mi esfuerzo que pretendes vencerme á palos?—protestó Calafia.
—Reina—contestó el paladín—, yo vivo para servir y ayudar á las mujeres, y si pusiera mis armas en ti, que eres mujer, merecería que se olvidasen todas mis hazañas pasadas.
Tal consideración sólo sirvió para irritar más á la amazona, que deseaba ser tratada como un hombre, y empuñando su ancho alfanje con ambas manos menudeó los golpes mortales contra Amadís. Pero éste con su palo la hizo caer al suelo finalmente, obligándola á declararse vencida. Al mismo tiempo Esplandián había rendido al valeroso monarca pagano, haciéndolo su prisionero.