[AL ÍNDICE]

LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA

Vicente BLASCO IBAÑEZ

LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA

TOMO I
ESTADOS UNIDOS.—CUBA.—PANAMÁ.—HAWAI.
JAPÓN.—COREA.—MANCHURIA.
80,000 EJEMPLARES
PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
1924

Es propiedad.—Reservados todos
los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.

Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.

LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA

I
EN EL JARDÍN DE MENTÓN

Una de las primeras mañanas del otoño de 1923. Estoy sentado en un banco de mi jardín de Mentón. Árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces, parecen esta mañana completamente distintos á los que veo diariamente.

Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me habla. Esto no es extraordinario. También los muebles nos hablan en las habitaciones cerradas cuando estamos á solas con ellos, en momentos críticos de nuestra existencia. En fuerza de mirar las cosas inanimadas y los seres de vida rudimentaria, acabamos por poner en ellos una parte de nosotros mismos, con los ojos y con el pensamiento. Luego, cuando las emociones nos empequeñecen y necesitamos consejo ó auxilio, este mundo familiar y al mismo tiempo extraño nos devuelve de golpe el préstamo que le hicimos, día á día.

Balancean los túneles de rosales sus flores recién abiertas por la primavera otoñal. Pájaros de todas clases sostienen una lucha sonora de gorjeos flautinos en las alturas de la arboleda, oasis aéreo que les sirve de refugio contra los aguiluchos y gavilanes diurnos ó las aves de presa de la noche, ocultas en la vecina muralla, roja y gigantesca, de los Alpes Marítimos. Los peces colean inquietos en el agua cargada de sol, como si persiguiesen á sus mismas sombras que se deslizan por el fondo verdoso de estanques y fuentes. Cantan los surtidores al desgranar en el aire sus sartas de blandas perlas. Los abanicos verdes de plátanos y palmeras dejan caer las últimas lágrimas del rocío matinal. Y toda esta naturaleza cándida, fresca y pueril como la luz rosada de la aurora, me pregunta á coro:

—¿Por qué te vas?... ¿Es que te encuentras mal entre nosotros?...

Vuelvo mis ojos por toda respuesta hacia el mar violeta, que tiembla bajo los flechazos del sol más allá de la columnata de árboles.

Todo lo que me rodea sigue hablándome con lenguas aéreas, vegetales ó acuáticas. Cada uno dice algo diferente, pero sus voces se confunden y unifican en la misma dirección, como los diversos temas de una sinfonía.

—Quédate—dice la orquesta murmurante del jardín—; vas á perder nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la compañía serena y luminosa de los libros. El plátano tropical, que sólo fructifica en contados lugares de Europa, descuelga para ti, en este rincón asoleado, entre el mar y la montaña, sus pesados racimos. Si te alejas, otro comerá los encorvados frutos, ahora verdes y luego dorados, que lentamente van cociendo bajo el fuego solar su pulpa de miel.

»Ya se hinchan los capullos en las lilas de camelias, no pudiendo contener el estallido de sus colores luminosos. Pronto se abrirán, dando paso á sus flores sin perfume, pero deslumbradoras de bella majestad, como diosas que nunca sonrieron. Y tú no verás esta milagrosa floración, preparada durante el resto del año como una apoteosis teatral.

»Perderás también las fiestas invernales de la Costa Azul, que atraen á los felices de la tierra: el Carnaval de Niza, las óperas y conciertos de Monte-Carlo, las regatas, los bailes en hoteles enormes como alcázares de leyenda, las batallas de flores. Vas á renunciar á las dulces horas vespertinas en tu biblioteca, cuando la luz filtrándose á través de las apretadas hojas toma un color verdoso de profundidad submarina, y tú tienes que seguir leyendo junto á uno de los ventanales con invisible tela de alambre, que esfuma suavemente el paisaje, deja entrar nuestro aliento perfumado y cierra el paso á los insectos que procrea nuestra incansable fecundidad... ¿Por qué te marchas? ¿Qué inquietud te espolea hacia lo desconocido, volviendo tu espalda á la risueña paz en que te envolvemos...?

Alguien acaba de llegar con silencioso paso, sentándose junto á mí, en el banco de azulejos que representan antiguas danzas valencianas.

Nadie mas que yo puede verle. Lo conozco. Me ha seguido siempre como un esclavo, compañero de penas é ilusiones, que llevase el pie metido en el otro extremo de mi cadena.

Acabo de sentir ese desdoblamiento interior que todos conocemos en momentos difíciles de nuestra vida. Es una mitad de mí mismo lo que acaba de sentarse á mi lado. Su rostro es agresivo y hablan por su boca la duda y la ironía.

Sus primeras palabras son para reproducir la misma pregunta que continúan repitiendo tenazmente los rumores del jardín. Pero mi otro yo me habla con menos miramientos.

—¿Por qué te vas? ¿Qué puedes conseguir realizando tu infantil deseo de hacer un viaje alrededor del mundo?...

»Si sientes curiosidad por conocer los pueblos lejanos, no tienes mas que entrar en tu biblioteca, que está á pocos pasos. Allí, entre veinte mil volúmenes, encontrarás muchos que, con la ayuda de la imaginación, te harán ver ciudades y paisajes tal vez más interesantes que cual son en la realidad.

»Se comprende el viajero de siglos remotos, un Benjamín de Tudela, un Marco Polo. Iban á descubrir y á contemplar lo que nadie había visto, y para obtener este resultado bien valían la pena cuantos sufrimientos y aventuras tuvieron que arrostrar. Pero ahora, un hombre amigo de la lectura no necesita moverse para conocer los países. A centenares se han molestado otros hombres para él, realizando dichos viajes y escribiéndolos después.

Intento contestar á mi propio fantasma, pero éste continúa hablando, con un tono cada vez más severo.

—Piensa en los peligros. Tú ya no eres joven, bien lo sabes; pero como todos los imaginativos, procuras olvidarlo y te empeñas en trastornar los períodos fijos de la vida, prolongando los entusiasmos, las ilusiones y las credulidades pasionales de los veinte años.

»Es cierto que el progreso humano da cada vez mayor seguridad á los que se pasean por la tierra, disminuyendo los naufragios y las colisiones terrestres. Pero existen las enfermedades, los rudos cambios de clima, las epidemias que resultan permanentes en los pueblos-hormigueros de Asia, el cólera, la peste bubónica, el vómito negro... Recuerda también las catástrofes ciegas é injustas de una naturaleza que nos ignora. Hace un mes, un temblor de tierra casi ha borrado las principales ciudades del Japón, adonde tú quieres ir. En unos minutos ha suprimido más de un millón de vidas.

»¿Quién eres tú para lanzarte á través de mares y continentes, con la misma tranquilidad que te paseas por los rincones floridos de tu jardín? Unos cuantos kilos de sangre, de músculos y huesos, que para distinguirse de otros paquetes semejantes ostenta un rótulo propio, como todos ellos; un amontonamiento provisional de células que se llama Blasco Ibáñez, y tiene una memoria que le permite acordarse de los hechos pasados y sacar deducciones de ellos que le guíen en el presente y le sirvan de base para fantasear sobre el porvenir. La tierra no sabe que existes, como ignora igualmente á los mil ochocientos millones de parásitos de tu misma especie que viven sobre su costra. Basta que se estremezca su epidermis en los lugares predispuestos á este pequeño escalofrío, para que cambie el equilibrio político del mundo. ¡Y tú te confías á la bondad de este globo, que cuando siente de vez en cuando la picazón producida por las agitaciones, las guerras ó los grandes trabajos de los humanos, pasa sobre nosotros el peine de sus cataclismos!...

»No olvides que te restan menos años de existencia que los que llevas ya vividos, y lo prudente es quedarse quieto en el rincón planetario donde transcurrió la mayor parte de tu historia individual y en el que tienes relativamente asegurada la tranquila prolongación de esa misma existencia. Lo más cuerdo en el hombre—piense como piense—es alargar su vida por todos los medios defensivos y conservadores que encuentre á su alcance.

»¡Si á lo menos pudiéramos conseguir viajando el olvido de nuestras penas!... Pero acuérdate de Horacio: «La negra preocupación monta á la grupa del jinete.» Por eso, según el poeta latino, aunque te instales en el buque más veloz y éste navegue sin descanso por todos los mares, las mismas cosas que te afligen aquí irán contigo alrededor del planeta.

Como finalmente mi hostil compañero hace una pausa, yo me apresuro á hablar.

—Ahora es el momento propicio para mi viaje. Si tardo en emprenderlo vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan nuestros órganos vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos.

»Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido, antes de que la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de muchacho sentí el deseo de ver el mundo, y no quiero marcharme de él sin haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del movimiento, las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de contemplar de cerca, con los propios ojos, lo que se leyó en los libros. Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el placer de haber llevado una existencia bohemia á través del mundo.

»Piensa que voy á atravesar ocho mares, de un extremo á otro—el Océano Atlántico, el mar de las Antillas, el Océano Pacífico, el mar del Japón y el de la China, el Océano Índico, el mar Rojo, el Mediterráneo—; que voy á navegar por los tres cursos fluviales más famosos de la historia humana, cuyas aguas sirvieron de leche maternal á las primeras civilizaciones: el río Amarillo, el Ganges y el Nilo. Deseo ver razas, costumbres y ciudades distintas de esta Europa, cuyos pueblos, monótonamente unificados, sólo se diferencian por el odio que inspira la vanidad patriótica, por la guerra y la política. Si tardo unos años, me será imposible emprender este viaje. ¿Y tú te opones—evocando y agrandando peligros—á que realice el mayor deseo de mi vida?...

Mi otro yo sonríe irónicamente, y se extiende por su rostro la palidez verdosa de la envidia. Ha desistido de infundirme la duda que ablanda nuestra voluntad y nos hace abandonar los propósitos más firmes. Adivino que ahora va á someter mi proyecto á una crítica mordaz.

—Tu viaje es demasiado rápido—dice con mansedumbre hipócrita—. Si durase varios años, tal vez sería respetable; pero ¡dar la vuelta al mundo en unos cuantos meses! ¿Qué vas á ver? ¿Qué podrás contar?...

»Bien sé que el perfeccionamiento de los medios de comunicación agranda ahora considerablemente el valor de los días y los años. Julio Verne relató como empresa extraordinaria un viaje alrededor del mundo en ochenta días. Hoy se puede dar la vuelta á nuestro planeta en menos tiempo. Tú vas á emplear en ello seis meses, pero de todos modos verás personas y cosas como en una representación cinematográfica. Sólo podrás apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás á poseer el más leve destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre resultado?...

A mi vez creo llegado el momento de hablar duramente.

—El valor del tiempo está en relación con las facultades del que observa. Los días de viaje de algunos valen más que los años y los años de otros. Acuérdate del viaje de Chateaubriand por América. Los críticos, al estudiarlo ahora minuciosamente, con arreglo á las fechas, han demostrado de modo indiscutible que sólo pudo visitar los alrededores de Nueva York y Filadelfia, ciudades que estaban casi en formación, dentro de los Estados Unidos nacientes. Ni vió el Niágara, ni pudo navegar por el Misisipí; pero esto no le impidió dejar de ellos descripciones que muchos aprecian como insustituíbles. Además, trajo de allá la novela Átala, que ha hecho suspirar de emoción á varias generaciones, y con ella el empuje inicial del movimiento romántico, así como ciertos procedimientos descriptivos que después de pasado más de un siglo todavía emplea la literatura contemporánea.

»El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la grisácea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los límites de una exacta observación? Muchas veces, después de vivir largamente en un país, cuando nos marchamos de él, saturados de su esencia y creyendo que ya lo sabemos todo, es cuando nos ofrece las facetas más inesperadas y nuevas.

»Me bastan esos meses de que hablas para que mi viaje resulte interesante. Un hombre de nuestra época, si es aficionado á los libros, sabe de antemano gracias á sus lecturas lo que va á ver cuando emprende un viaje, y sólo necesita comprobar por medio de sus ojos, con una visión puramente individual, lo que tantas veces contempló imaginativamente en las hojas de los volúmenes impresos.

»Tú olvidas, además, cómo somos muchos novelistas. Nuestra observación resulta instintiva. Observamos contra nuestra voluntad. Somos aparatos fotográficos con el objetivo siempre abierto y tomamos cuanto nos rodea de un modo maquinal. Esto hace que lo que no vemos en el primer momento ya no logramos verlo después, por más que nos esforcemos.

»Yo he escrito novelas cuya acción se desarrolla en ciudades que sólo vi durante unos días, y muchos lectores se imaginaron, después de conocer mis descripciones, que había vivido en ellas meses y aun años. Somos como ciertos tiradores «repentistas», que si se entretienen mucho en apuntar no dan en el blanco. Necesitan tirar instintivamente, guiándose por la voluntad más que por los ojos.

»No todos los que describen la vida usan los mismos procedimientos para romper la coraza invisible que nos opone la realidad, deseosa de que no la cautivemos. Unos proceden pacientemente, con una labor lenta de perforación. Yo soy de los que producen por explosión. Mi trabajo resulta semejante al del torpedo que parte vertiginosamente: unas veces toca en el blanco deseado, otras se pierde sin éxito en el vacío; pero cuando estalla, lo hace con una brevedad instantánea y tumultuosa.

»Sólo voy á viajar como novelista. No pienso escribir estudios políticos ni económicos sobre los países por donde pase. Contaré lo que vea y lo contaré á mi modo, como el que describe las personas y los paisajes de una fábula novelesca, sólo que ahora los seres y las cosas conservarán los mismos nombres que llevan en la realidad.

»En cuanto al alma de los pueblos y de los individuos, permíteme que no dé gran importancia á esa manoseada y acomodaticia objeción. ¿Quién puede marcar el plazo de meses ó de años que es necesario para conocer el alma de una nación ó una raza?... ¿Basta la vida entera de un escritor para completar plenamente tal estudio?... ¿No ha ocurrido más de una vez que, por adivinación genial, un simple observador de paso ha visto lo que no alcanzaron á descubrir otros después de larguísimos y miopes estudios?...

»Resultan tan complejas las almas, que no llegan á ser bien conocidas ni aun de sus mismos poseedores, así sean colectividades ó personas. Recuerda el caso de Lafcadio Hearn, el gran novelista norteamericano. Su pueblo predilecto fué el Japón. En sus libros sobre este país han bebido y hasta han robado numerosos autores. En el Japón vivió catorce años seguidos; aprendió su idioma perfectamente; casó con una japonesa; se hizo maestro de escuela para estudiar en los pequeños nipones el génesis de la psicología de los amarillos; y sin embargo, á la hora de su muerte confesó con una franqueza melancólica: «El alma de los japoneses continúa siendo un misterio para mí.»

»Respetemos el misterio de las almas extrañas, ya que ninguno de nosotros logrará conocer jamás el misterio de la propia alma, que tantas veces nos sorprende con sus decisiones inesperadas. Ese misterio eterno es el que da interés inagotable á la existencia humana. Si un día, blancos y cobrizos, rojos y negros, conociésemos perfectamente nuestras almas, la vida perdería sus mejores emociones, y nuestra historia resultaría aburridísima, con la monotonía de las cosas esperadas é invariables.

»Unas palabras más, y termino, malhumorado compañero. Dure lo que dure, mi viaje siempre resultará más interesante que la inmovilidad en este rincón agradable de la tierra. Mejor es dar la vuelta al mundo en unos cuantos meses, que no darla nunca.

»Debo confesar que en este periplo mundial que preparo hay un poquito de orgullo literario. Algunos marinos y diplomáticos españoles realizaron viajes de circunnavegación del planeta; pero fueron viajes que pueden llamarse «oficiales», con observaciones y curiosidades casi siempre de carácter profesional. Después que el judío hispánico Benjamín de Tudela salió en el siglo XII (hace ochocientos años) á explorar el mundo conocido de oídas por los hombres de la Edad Media, y consignó en un libro sus correrías hasta la India, yo voy á ser uno de los contadísimos escritores españoles que habrán repetido espontáneamente la misma empresa, aunque con ello no haré mas que imitar lo que realizan todos los años buen número de autores ingleses y norteamericanos y de damas de los mismos países aficionadas á la literatura. Pretendo escribir un libro que encierre en sus páginas el rebullir de los pueblos-colmenas del Extremo Oriente; la soledad majestuosa de los océanos, guardadores de las fuerzas renovadoras del planeta; la melancolía histórica de las grandes civilizaciones, muertas ó agonizantes.

Después que digo esto se abre un largo silencio. El jardín va acallando sus rumores bajo la pesadez del sol, cada vez más alto. Mi interlocutor calla también.

—¿Tienes algo más que decirme?—le pregunto.

Él insiste en su mutismo, enfurruñado y hostil; un silencio de adversario que se confiesa vencido momentáneamente, pero pone su confianza en la fatalidad, esperando que le ayudará en lo futuro.

—Entonces, ahí te quedas. Te dejo sobre este banco, como algo que me estorba para seguir adelante... ¡Empiece el viaje!

II
LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE

En un corral acuático del Hudson.—Himnos, bailes, aclamaciones y banderas.—Nueva York de día y de noche.—Las obras gigantescas de su Municipio.—Nueva York ciudad de arte.—Desde lo más alto de un «rascacielos».—El «Franconia» emprende su viaje.—«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!»—¿Quién de nosotros pagará el tributo á la Aventura?

La orquesta del Franconia entona de pronto un himno patriótico que tiene la lentitud religiosa de un salmo.

Las gentes dejan de reir y de gritar; las cabezas se descubren; cesa el mutuo envío de serpentinas entre las cubiertas del buque y la multitud, superpuesta en tres largas masas, que ha venido á presenciar su partida. Se interrumpe momentáneamente el espesamiento de la trama de cintas multicolores tendida del muro de acero móvil de la nave al muro sólido de hierro y madera, cuyas raíces se hunden en el lecho subfluvial.

Estamos en un patio de agua, de gran profundidad. Este patio lo forman las espaldas de un edificio enorme de hierro, y dos alas de igual construcción que avanzan sobre la llanura líquida varios centenares de metros. El fondo de este rectángulo está abierto y se ven pasar por él incesantemente—como por el espacio practicable de una decoración teatral—gigantescos trasatlánticos de varias chimeneas; veleros de cinco ó seis palos, desnudos de lona, que siguen á un remolcador negro, inquieto y rumoroso como un mosquito acuático; incansables transbordadores, verdaderos alcázares flotantes, que llevan de una orilla á otra, en sus diversos pisos, muchedumbres, masas de automóviles y pesados vehículos industriales.

El Franconia, paquebote de 20.000 toneladas, recientemente construído por la Compañía Cunard, va á hacer su primer viaje alrededor del mundo, y está amarrado modestamente en este patio, junto á otro buque de parecidas dimensiones que apoya sus pasarelas en los ventanales del ala opuesta. Nuestro anclaje es en el río Hudson, una de las dos ramas del puerto de Nueva York, centro convergente de navegación para más de la mitad de la tierra.

La orilla del río queda invisible en muchos kilómetros bajo los palacios de madera y acero de las más célebres compañías navieras. Son edificios con enormes salones, á cuyo final se ven las personas tan empequeñecidas por la distancia, que parecen de otra humanidad. Tienen depósitos capaces de recibir de una vez la carga de varios buques llegados á un tiempo de Europa; ascensores que admiten en cada viaje una muchedumbre; plataformas rodantes que suben ó bajan por sus pendientes todos los paquetes de un incesante tráfico. Y á espaldas de estas construcciones interminables avanzan perpendicularmente en el río otros edificios, aprisionando el agua en rectángulos donde se refugian los buques para hacer tranquilamente sus operaciones de carga ó de rejuvenecimiento.

Los trasatlánticos más famosos de todos los mares sólo logran asomar los extremos de palos y chimeneas sobre sus tejados. Flotas enormes de comercio permanecen casi inadvertidas en estos patios marítimos, como las bestias en los corrales de una granja.

Se extinguen en el aire las últimas notas del himno reposado y místico, las cabezas se cubren, y estalla un coro de gritos junto á los costados del Franconia. Algunas señoras llegadas de los Estados del interior para despedir á sus amigos que van á dar la vuelta al mundo, sacan repentinamente banderas nacionales de estrellas y rayas, y sosteniéndolas con ambas manos, las dejan aletear bajo las ondulaciones del fresco viento del río. Vuelan otra vez las serpentinas de papel y se hace más densa la telaraña de colores que une frágilmente el buque á los tres pisos del muro cercano.

Me despido de los numerosos periodistas—en gran parte mujeres—que han venido á pedirme la última interviú sobre los más diversos é inesperados temas. El grupo de fotógrafos de diarios y revistas me somete á las postreras «instantáneas» en traje de viajero.

La orquesta ha emprendido una serie ascendente de fox-trots y otras danzas americanas. La muchedumbre grita en el buque y en los férreos ventanales de enfrente, excitada por el ritmo de tal música. Algunas parejas impacientes empiezan á bailar en las diversas cubiertas. Los sillones alineados en los paseos de á bordo guardan ramos de flores, enormes como gavillas de trigo, y cajas de dulces que abultan cual si fuesen maletas.

Momentáneamente libre, subo al último puente intentando ver una vez más, por encima de los tejados del vasto embarcadero, los remates aéreos de Nueva York. Esta contemplación es para mí una de las visiones más extraordinarias que pueden gozarse sobre la corteza terrestre.

Cuando vi á Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de «rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres hombres como nosotros, con iguales debilidades é ilusiones, sentí orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad física, puede realizar, gracias á su inteligencia, tales maravillas.

Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; hermosa á su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.

No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar en todas las latitudes falsas catedrales góticas ó imitaciones del Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.

Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La torre Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios neoyorkinos.

La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, disciplinas y convenciones que encadenan á sus contemporáneos.

Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían de pena si los obligasen á viajar á pie, como en otros tiempos; los que ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, nombran á Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. Y el rebaño panurguesco de los snobs, para simular delicadezas estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia material.

Esta ciudad que parece construída para otra raza más grande que la humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca.

Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, á cuyo fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus edificaciones laterales, que obliga á elevar los ojos, echando atrás la cabeza con una violencia precursora del vértigo.

La imaginación se resiste en el primer instante á concebir tales construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior á la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también á ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos más obscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos ó en ciudades-cuevas.

Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fué sujetado y domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para siempre á las necesidades del hombre.

Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en esta metrópoli que muchos creen inaccesible á toda sensación de belleza. Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que parece lanzar un reto á las exigencias de la realidad y á la tranquila sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando á las estrellas ó les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima de los astros; toda una fauna y una flora de Las mil y una noches, nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas á la muchedumbre circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos de luz.

Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante siglos fué trasladándose de una á otra nación, siempre dentro de Europa, ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.

Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad. La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos europeos de importancia. El director de su puerto, simple funcionario municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos ministros de Marina.

Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal, sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una vulgar operación de policía urbana. El lecho del Hudson, en cuyas profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen en comunicación á Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato Estado de Nueva Jersey.

Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.

La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré á visitar el puente del que tanto oí hablar en mi niñez. Noté que todos lo mencionaban con indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su fama por otras novedades.

Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como brazos férreos de una orilla á otra y dejando entrever por los filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes, tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia á una leve hilera de puntos.

Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan por ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arados sin descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas olvidadas. Los dos brazos líquidos, á causa del incesante movimiento de sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y vienen sin reposo centenares de automóviles.

Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera á ribera, todo un mundo microscópico. En la bahía, limitada por costas gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo á la estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre las aguas.

Son docenas, son á veces más de cien, los buques de diversos calados y arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra ó abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la humanidad viva sobre buques, necesitando venir á descansar sus pies sobre el único fragmento de corteza sólida.

Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los «rascacielos».

Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor destinada á las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera, añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco á las inmediatas nubes. Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de trasatlántico.

Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos iluminan su terraza final ó los templetes que les sirven de remate con focos invisibles de potente luz, azulados, verdes ó rojos. La masa del edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas. Pero allá en lo alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño, ve el transeunte los remates luminosos de las torres. Como guardan ocultos sus focos eléctricos, parecen bañados por una manga luminosa, de trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá de nuestras pobres miradas.

Muge por última vez el Franconia, anunciando que va á partir. La orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos danzantes. Cantan á gritos los músicos, pareciéndoles poco los instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.

Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían á los tres pisos del embarcadero de la Cunard.

Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan á flotar en el agua muerta grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al agua, haciéndola huir por sus costados.

El Franconia inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará, poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York, dándolas un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro gris más pálido.

Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de brazos, sombreros y lienzos de colores. Saludan la popa del navío que se desliza junto á ellos; después la estructura central de este pueblo flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después, como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.

«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!», parece gritar con su confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles. Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma á las barandillas para presenciar esta despedida.

La música continúa sonando, con una cadencia que incita á mover los pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?...

Porque es indudable que alguno de nosotros va á quedar en el camino. No se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de fiebre y la inadaptación á tan diversas temperaturas, sin que alguien caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.

La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los Bancos, las oficinas célebres.

Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una casita rústica, al pie de los palacios-montañas.

¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico sucede al egoísmo brutal, así como la triunfante verdad reemplaza al testarudo error!

¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad luminosa!

¡Adiós, Nueva York, que venciste á la noche!

III
MI CASA ERRANTE

Un vapor sin polvo de carbón.—Desde la quilla á la última cubierta.—La piscina del «Franconia».—Las mujeres de la tripulación.—Mi celda blanca.—Preparándome, como un actor, á cambiar de traje.—Lo que comieron Magallanes y sus compañeros, y lo que comemos nosotros.

Dedico mis primeros días de navegación á conocer, hasta en sus últimos recovecos, la casa errante que debo habitar durante algunos meses.

La mueven dos turbinas que dan noventa revoluciones por minuto. Su marcha es cuando menos de 18 millas. Su casco, que representa 20.000 toneladas de desplazamiento, se hunde en el mar nueve metros y se eleva sobre la superficie acuática trece: la altura de una casa de varios pisos.

A pesar de su importancia náutica y de su gran velocidad, sólo tiene una chimenea, y ésta permanece con la enorme boca limpia de vapores la mayor parte de la jornada. Las máquinas del Franconia no conocen el carbón. El combustible de este buque nuevo es el petróleo bruto, llamado mazout. Su marcha sólo va seguida excepcionalmente por un denso penacho de humo. Durante horas y horas avanza por el espacio eternamente virginal de los océanos, sin ensuciar el azul cristalino del cielo y el azul compacto de las aguas. Un leve tul rojizo se escapa ligeramente por un borde de su chimenea, una voluta de humo químico, transparente como una blonda, que se disuelve en el espacio á los pocos metros.

Tiene la marcha regular y continua de los organismos alimentados mecánicamente. No hay altibajos ni vacilaciones en su avance; no depende de fogoneros que, encorvados ante sus rojas entrañas, aflojen el paleo alimentador durante las tempestades ó los grandes calores. Las calderas se nutren por espita y no por brazo; el chorro líquido las mantiene, no el golpe de pala. Y este gran progreso de la mecánica naval ha tardado mucho en ser admitido, como todos los adelantos, y aún encuentra resistencias tradicionales. Ha sido preciso que lo adoptase la marina militar, por exigencias de la última guerra, para que los dueños de las flotas de comercio reconociesen las ventajas del petróleo como alimento de la máquina naval.

Este buque hace acopio de combustible con una simple manga, igual á las de riego, en el transcurso de pocas horas, en medio de un silencio absoluto, sin necesitar los rosarios de esclavos de los puertos, tiznados y gritones, que juran al ir y venir entre la ribera y el vapor con la espuerta de carbón al hombro, ensucian el buque, obligan en los países cálidos á tener cerrados los ventanos para que no entre el polvo de la hulla, y turban el sueño ó la tranquilidad de los pasajeros.

Seis veces vamos á llenar los depósitos de petróleo durante nuestra vuelta á la tierra: en San Francisco, Honolulu, Hong-Kong, Colombo, Bombay y Gibraltar. Estos depósitos contienen 3.000 toneladas de petróleo, ¡Qué hoguera inmensa en la soledad oceánica! ¡Qué llamarada de volcán, si llegara á inflamarse el lago diabólico, negro y dormido, que llevamos debajo de nuestros pies!...

Gracias á este combustible, las máquinas se mantienen en una limpieza escrupulosa, igual á la de los salones del buque. El metal brilla en ellas con la blanca transparencia de la plata, sin el menor rastro de hollín. Durante el viaje desciendo varias veces á lo más hondo de la maquinaria, desde la cubierta superior á la quilla, unos veintidós metros, por escaleras de acero. Voy vestido de blanco, con el ligero traje que imponen las altas temperaturas del Trópico, y salgo sin una mancha de estas cavernas de la mecánica, que en otros buques chorrean grasa y por más que se extreme en ellas la limpieza tienen siempre un pegajoso empañamiento de polvo de carbón.

Aquí basta un muchacho con un alambre rematado por una estopa ardiente, para poner en actividad calderas enormes. Introduce por un agujero este aparato rudimentario, igual al que se emplea para encender los faroles de gas, da vuelta á una espita, é inmediatamente arde el chorro petrolífero, provocando con rapidez la presión tubular.

La velocidad regulada, continua, siempre igual, motiva grandes equivocaciones en el curso del viaje. Pero tales errores resultan agradables, pues son por exceso, no por defecto. Siempre llegamos á los puertos varias horas antes de la hora anunciada. En las travesías largas ganamos un día y hasta dos sobre la fecha fijada de antemano.

Como el Franconia no fué construído con una finalidad comercial y sus ingenieros sólo tuvieron que preocuparse de las comodidades necesarias en un viaje alrededor del mundo, carece de las enormes y obscuras bodegas que absorben la mayor parte de los cascos flotantes. Hay salones, dormitorios y numerosas dependencias para el bienestar general más abajo de la línea de flotación, en los mismos lugares que permanecen abarrotados por las cosas y son inaccesibles á las personas en otros buques. Por esto el Franconia, con sus 20.000 toneladas, parece más grande que muchos vapores de superior desplazamiento.

Yo he llegado pocos días antes á Nueva York en el Mauritania, uno de los tranvías gigantescos del mar que trasladan á las gentes continuamente de una acera á otra, en la gran calle del Atlántico. Su tonelaje casi es doble que el del Franconia y el número de sus pasajeros enormemente superior. Y sin embargo, las gentes se encontraban en él con más facilidad. En este buque que va á dar la vuelta al mundo, los trescientos excursionistas nos buscamos á veces horas enteras sin tropezarnos.

Desde la quilla á la última cubierta todo ha sido aprovechado para el viajero. Exceptuando el espacio que ocupan las máquinas y los almacenes de víveres, el resto del vaso flotante es para las personas.

En lo más profundo de la nave, é iluminado noche y día por lámparas encerradas en tazones de alabastro, están el gimnasio, con sus aparatos complicados y sus corceles y camellos de madera que trotan al impulso de fuerzas eléctricas; los salones de paredes blancas, que parecen de porcelana, donde señoritas y caballeros juegan á la pelota ó se entregan á otros deportes modernos, y la famosa piscina, una piscina pompeyana de varios metros de profundidad, en la que pueden bracear los nadadores como en un lago.

Sus orillas son de mármol; robustas y acanaladas columnas, rojas y blancas, de estilo greco-romano, sostienen su techumbre; los esbeltos lampadarios de metal y alabastro recuerdan las «villas» de los patricios de Roma; grandes relieves de bronce verdoso incrustados en las paredes representan atletas y amazonas ejecutando las suertes de los Juegos Olímpicos.

En días de tranquila navegación hay que hacer un esfuerzo mental para convencerse de que esta piscina tiene debajo de su concavidad los abismos del Océano. Solamente cuando su agua se desplaza de un lado á otro con tumultuoso oleaje, salpicando á los que están en sus marmóreas riberas, es cuando recordamos, no obstante su aspecto inconmovible y sus duras materias de apariencia terrestre, que va montada en algo frágil, á merced del empellón gigantesco de elementos inquietos é invisibles.

Varios ascensores ponen en comunicación esta profundidad, siempre iluminada por una luz de veladuras lácteas, con los pisos superiores en pleno aire, donde están los salones de conversación, de danza, de escritura y lectura, de conferencias y de proyecciones cinematográficas, así como los dedicados al juego y al consumo de bebidas.

Dos comedores iguales á los de un hotel tienen en su centro una cúpula, que triplica la capacidad del ambiente respirable, y en esta cúpula hay balconajes donde se instala la orquesta, dividida en dos secciones, á las horas de la nutrición.

Cerca de quinientos hombres tripulan el buque, la mayor parte de ellos domésticos, destinados á servir nuestras mesas y asear nuestros dormitorios. Como dentro de él la mecánica sustituye al brazo en todo lo posible, no necesita de muchos marineros ni maquinistas. Cincuenta y tres hombres bastan para el funcionamiento y limpieza de sus potentes mecanismos. La tropa de fogoneros, que es siempre la más numerosa en los vapores, está sustituída aquí por unos cuantos muchachos que abren ó cierran las espitas del petróleo.

Treinta y seis mujeres con gorrito y delantal blancos—inglesas románticas muchas de ellas, que se engancharon porque sentían deseos de dar la vuelta al mundo—acuden á la llamada del timbre con un aire de actrices disfrazadas de domésticas, porque así lo exige su papel, y las horas libres de trabajo las dedican á una lectura incesante de novelas. Algunas de estas misses, cuando hay fiesta á bordo bajan durante el banquete al balcón de la música en ambos comedores, y acompañadas por la orquesta cantan antiguas canciones inglesas ó americanas, si es noche de conmemoración patriótica, y otras veces romanzas sentimentales.

Hay otras mujeres á bordo, obreras despeinadas y sin uniforme, que trabajan en el lavado y planchado, y únicamente pueden ser vistas cuando el pasajero curioso se aventura en la parte del buque ocupada por las cocinas, los talleres y los camarotes del personal.

En los grandes trasatlánticos que van de Europa á América sólo se atiende á la manutención y al sueño del pasajero. La travesía dura menos de una semana. La ropa sucia se guarda para las lavanderas terrestres. Son ómnibus marítimos organizados para acarrear la mayor cantidad de gente en el menos tiempo posible. Se encuentra en ellos un asiento en una mesa, una cama, y nada más. A la semana siguiente, otro viajero ocupará el mismo sitio.

Aquí la travesía durará varios meses. La vida de tierra, con sus exigencias higiénicas, va á prolongarse sobre los desiertos azules del Océano, y un taller enorme de lavado y planchado que funciona en la popa del buque completa nuestra limpieza corporal, entretenida todas las mañanas por cincuenta cuartos de baño.

La ropa sucia pasa á través de un sinnúmero de máquinas, tan ingeniosas como terribles. Sale de ellas blanca, deslumbrante, pero adornada muchas veces por una sucesión de rasgaduras simétricas, que tienen la regularidad de los desperfectos causados mecánicamente, y además con los botones hechos añicos. Pero vamos á pasar dos veces en nuestro viaje la línea ecuatorial, vamos á vivir semanas y semanas en mares y tierras del Trópico, donde hay que usar trajes tan sutiles que parecen fabricados con telarañas blancas, y el sudor obliga á cambiar esta ropa dos ó tres veces al día. Por eso debemos aceptar con agradecimiento el auxilio de unos aparatos que trabajan con más velocidad que el brazo humano, y sufrir pacientemente sus «ropicidios».

Vivo en un camarote amplio, situado en el centro del Franconia. Los hay á docenas más lujosos que el mío en este paquebote donde van tantas gentes ricas. Muchos ostentan sus paredes tapizadas de seda y muebles excesivamente mullidos: una decoración dulzona y tierna de bombonera. Los tabiques de mi celda son simplemente barnizados de blanco, pero tiene unas dimensiones superiores á las normales en las viviendas marítimas, y puedo pasearme por ella en momentos de meditación.

Además, en esta parte del buque gozo de un silencio y una paz conventuales. Dos ventanos redondos y de extraordinaria abertura dan entrada á un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la blancura del camarote, como si fuese el interior de una concha-perla. Cuando el buque queda inmóvil en los puertos, los dos ventanos proyectan en el techo un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de las aguas invisibles. A ciertas horas, lo mismo que si fuesen sombras chinescas, atraviesan estos círculos de linterna mágica barquitas negras movidas por remeros liliputienses, reducción óptica de los indígenas que mueven abajo sus lanchas, junto al muro férreo de la nave, y cuyo vocerío de tumulto llega hasta mí.

Entre las dos aberturas tengo una mesa que resulta enorme para un buque, y procede de una oficina de la última cubierta. Una butaca lujosa, arrebatada de un salón, me sirve de asiento de trabajo. En la pared de acero hay una cavidad rectangular que, gracias á unas tablas, se ha convertido en biblioteca.

Me ocupo en instalarme durante los primeros días con la minuciosidad del que ha cambiado de domicilio y no piensa repetir en mucho tiempo tan molesta operación. La celda grande y blanca va á ser mi casa por algunos meses, los más preciosos de mi vida, los más rellenos de acontecimientos, sorpresas é interesantes episodios. Estas paredes tal vez presencien el nacimiento y la formación de un nuevo hombre que reemplazará al que acaba de instalarse entre ellas.

En el curso del viaje abandonaré varias veces el buque, en el Japón, en la China, en las islas oceánicas, en la India, en Egipto, y adivino que al regresar á este camarote sentiré la alegría del que retorna á su verdadera casa después de una vida errante de aventuras y riesgos. Volveré á encontrar en él mis libros, mis papeles, todo lo que traigo conmigo de Europa y me recuerda mi existencia anterior. También saldrán á mi encuentro los ensueños, las quimeras con que habré ido poblando, en los largos y monótonos días de navegación, los rincones de estas cuatro paredes blancas.

Procuro arreglar mi ropa metódicamente, lo que no es empresa fácil. Vamos á ir rebotando de un clima á otro; saltaremos bruscamente de los fríos del Norte al calor de las zonas tropicales, volviendo días después á países de llanuras nevadas. Necesito tener á mano vestidos de todas las estaciones, colocados en buen orden, como los trajes de un actor que ha de cambiar de vestimenta en cada entreacto. Y cuelgo por series, para ser usados dentro del mismo mes, trajes de invierno, de primavera y de verano. Dos gabanes de pieles quedan vecinos á media docena de trajecitos blancos, de tejido tan sutil, que no son mas que un convencionalismo indumentario para no ir con las carnes al aire, como un salvaje.

Un oficial administrativo del buque, Mr. Green, inglés sonriente, grueso de cuerpo, amable de maneras y de carácter regocijado, me enseña un documento interesante. Es el jefe inmediato de los maître d’hotel que dirigen los dos comedores, de todos los criados que sirven las mesas y cuidan los camarotes, del ejército de cocineros y marmitones que preparan la extraordinaria y múltiple nutrición de este pueblo flotante, y además guarda y administra los depósitos de víveres.

En el Franconia comemos seis veces al día. Tres comidas fuertes: el breakfast, desayuno con varios platos, de las ocho á las diez de la mañana; el lunch, almuerzo, á la una de la tarde, y el dinner, la comida solemne, á las siete, en traje de etiqueta. Además tres refrigerios, compuestos de diversas especies comestibles y líquidas: el caldo de las diez de la mañana, con su escolta de cosas sólidas; el té de las cinco de la tarde, con variadas tentaciones de pastelería y confitería, y la cena fiambre de las once de la noche, para los que se quedan á bailar en los salones de la última cubierta.

La invención y perfeccionamiento de la cámara frigorífica han revolucionado la vida del mar. Hoy, los emigrantes amontonados en la proa de un buque gozan de comodidades que no conocieron, hace unas docenas de años, los monarcas más poderosos de la tierra, cuando viajaban en sus yates ó en los acorazados de sus flotas. La conservación de alimentos animales y vegetales, así como la de plantas y flores, es casi perfecta, merced á las diversas y apropiadas gradaciones de temperatura en los depósitos frigoríficos.

Leo la lista que me enseña Mr. Green. Es un resumen de las cantidades de víveres que hemos embarcado en Nueva York.

No puedo examinarla toda, pues resulta interminable; pero me fijo en algunas de dichas cantidades, y creo estar leyendo una página de la famosa novela de Rabelais, una descripción de las gigantescas hazañas gastronómicas de Gargantúa ó Pantagruel.

Llevamos á bordo 50 toneladas de carne de buey, 20 toneladas de cordero y otras tantas de cerdo, 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, 65.000 naranjas, 22.000 grape-fruits, especie de toronja dulceamarga, sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 toneladas de azúcar, 7 toneladas de café, 4 toneladas de te, 6 toneladas de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y flores, iguales á los que compra el público, envueltos en un papel, en los teatros de Nueva York. Además, una máquina especial fabrica para nosotros diariamente una tonelada de hielo, con agua previamente esterilizada.

Me es imposible seguir leyendo. Adivino las magnificencias de las cantidades restantes. En esta casa movible que vagabundea por las soledades marítimas del planeta vivimos y comemos como en los grandes hoteles de Londres y Nueva York. La única diferencia es que aquí comemos más y la mesa ofrece mayor abundancia que en los «Palaces» terrestres.

La primera noche que me pongo el smoking—uniforme indispensable en las comidas—y me siento á una mesa para tres personas (las tres únicas que son de lengua española en todo el pasaje del Franconia), sufro una sorpresa, que en el primer momento casi me parece ofensiva.

Uno de los numerosos platos marcados en la minuta es pollo guisado á no sé qué estilo. Los camareros cumplen su servicio con una rapidez ceremoniosa, y cuando llega el momento de servir el plato indicado se presenta uno de ellos con una gran cazuela de plata, hace una reverencia y levanta la tapadera. Para tres personas... ¡tres pollos enteros! Yo protesto con cierta indignación. ¡Por quién nos han tomado!... Bueno es que sirvan con largueza, pero tanta generosidad casi resulta insultante.

La enorme lista de víveres que me muestra el steward en jefe no es definitiva: sólo representa el mantenimiento de una parte del viaje. En todos los grandes puertos será renovada con especialidades alimenticias del país y víveres iguales, pero frescos.

Recuerdo á Magallanes y sus compañeros en el primer viaje alrededor del mundo.

Explorando las costas de la América del Sur sufrieron grandes tormentas, pero les fué posible renovar sus provisiones comprando á las tribus ribereñas del Brasil pan de cazabe, cerdos pecarís, gallinetas americanas, batatas y plátanos. Pero luego de haber descubierto el famoso estrecho, al desembocar en el Mar Grande que llamaron Pacífico, empezó para ellos la parte más difícil de su viaje. Tres meses y veinte días navegaron por el inmenso Océano sin ver tierra ni probar ningún alimento fresco.

El italiano Pigafetta, cronista de esta expedición, rematada gloriosamente por el vasco Del Cano, dice así:

«La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la substancia, y que tenía un hedor insoportable por estar empapada en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados á beber era igualmente pútrida y hedionda.

»Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos del cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y á los vientos, estaba tan duro que había que remojarle en el mar durante cuatro ó cinco días para ablandarle un poco, y en seguida lo cocíamos y lo comíamos.

»Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación á serrín de madera como única comida, pues hasta las ratas llegaron á ser un manjar tan caro que se pagaba cada una á medio ducado...»

Siento necesidad de volver á leer la lista del encargado de los víveres en el Franconia.

IV
LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN

El Estado Mayor del viaje.—Más mujeres que hombres.—Cordial familiaridad norteamericana.—La española que conoció tres Papas.—El cocinero escultor.—Las Frinés de la piscina y la tranquilidad de sus compañeros de natación.—En el canal de Bahama.—La hermosa costa de la Florida.

La «American Express», sociedad de Nueva York que dirije este viaje, ha montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones.

En este centro hay un Banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico le trae todas las mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos financieros se le quieran confiar.

Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa. Tiene á sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuídos también con largueza. Unos son antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos é instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías á los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen á través de las naciones asiáticas.

Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el Franconia es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes ó simple curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una completa independencia.

Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. Los maridos ó los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de sus negocios comerciales ó de sus profesiones científicas. Los compañeros de viaje son generalmente ingenieros ó banqueros en ciudades del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando la vuelta á la tierra.

Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad perdida en los vastísimos Estados del centro de la gran República. Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que mencionan á todas las personas notables de la expedición, me entero de que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos unidades y á veces tres.

Nunca en mi vida anterior he vivido entre personas tan joviales, tan sencillas, tan ecuánimes en sus gustos y afectos. Creo que durante el resto de mi existencia me acordaré siempre de su agradable compañía.

En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona existencia en las soledades del Océano acaba por despertar y excitar lo peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta á la vela, era recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas durante la navegación, así como los desafíos concertados, se consideraban sin valor alguno al saltar á tierra. En el Franconia han transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como niños grandes.

Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas son una distinguida dama de la América del Sur y su doncella, que hace años la sigue á todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. Casilda—así se llama la española—ha visto mucho en Europa, y al contar sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que hizo al Vaticano acompañando á su señora, chilena.

—Yo he conocido tres Papas—dice con orgullo.

Ahora va á conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el Océano, ha sido simplemente para dar la vuelta entera á nuestro planeta, y continúa tal viaje sin mostrar grandes asombros.

A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas conocen la misteriosa existencia del mar.

Otro español va á bordo del Franconia, un joven cocinero, llamado Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas á la imprenta del buque, para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con tanta abundancia produce la máquina especial del Franconia. Esculpe cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de albos torreones, grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos ó atravesamos la línea ecuatorial.

Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las diversiones comunes del buque—bailes, cinematógrafo y conferencias—facilitan la aproximación.

Nadie se levanta tarde en el Franconia. Los más de sus ocupantes son aficionados á los deportes y recibieron en la escuela una educación activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe y balbucea como un niño. El cielo y el Océano tienen la pueril alegría de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar la agilidad corporal; de las abluciones y nataciones que mantienen la limpieza higiénica de la piel.

A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos.

Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño y bajan á la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde elegante de sus habilidades natatorias.

Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda vestimenta un traje de baño cortísimo—lo necesario nada más para cubrir la parte media de su cuerpo—y una especie de tirantes que se unen sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo piensan, se lo callan.

A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera extraordinaria unas desnudeces á cuya vista están acostumbrados. Me acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.

Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, quedando sin otro tapujo que la mancha azul ó negra de punto de seda que cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, llamamientos y risas sube desde el fondo del buque á las últimas cubiertas.

Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes en la popa, para dejar libre todo el resto del casco á los grandes aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el Trópico.

Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco á poco y acaba por extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y roja... Luego, nada. Estando en la capital de Méjico presencié muchas veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en pleno cielo, sin descender á la línea del horizonte, sin ocultarse detrás del mar ó las montañas.

Cambia el tiempo; el mar empieza á agitarse durante la noche, y al día siguiente el horizonte es gris y las olas obscuras. Se nota la proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.

Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su blancura con los colores del iris.

Cuando languidece la tarde, el Franconia, á pesar de su triple quilla y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.

Otra vez se ha cubierto el cielo de obscuros nubarrones, pero el sol antes de huir los perfora, lanzando á través de ellos un chorro de oro color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira lo mismo que si el Océano lo sometiese á una enorme succión. Ya no es redondo, se prolonga por abajo y parece un aeróstato de seda escarlata. Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo fulminante, como si estallase, cubriendo el mundo con una explosión de sombras.

Todos los pasajeros están acostumbrados á los viajes por mar, y la agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América á Europa, más rudas y tempestuosas.

Los profesores contratados por la «American Express» dan sus conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos á visitar: la Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, dándolas una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los regueros que esta aspersión del Océano hace correr sobre el suelo.

A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque á gran velocidad, alcanzando y dejando atrás á otros vapores menos rápidos, y sin embargo parece inmóvil.

Una costa se extiende paralelamente al Franconia. Vemos una línea amarilla de arena y detrás otra línea verde obscura, formada de bosques. Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.

Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León, desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la Juventud»—eterna esperanza de los hombres—, para que diese nueva savia á su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron, lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.

Voy descubriendo edificios altísimos que á tal distancia me parecen fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que albergan durante el invierno á los archimillonarios de Nueva York y Chicago.

El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos, se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de cocoteros. Son los cayos. Sobre algunas tierras á flor de agua, que no pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura á la torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las cúspides ocupadas por faros.

Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja, negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes de árboles.

Un perfume primaveral se desliza á través de la respiración salada del Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, una costa que por algo recibió su florido nombre.

Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan á todos á las últimas cubiertas.

Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante. Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del amanecer.

Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto á su entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.

El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.

Este castillo se llama «El Morro», y el puerto que tenemos enfrente es la Habana.

V
LA ISLA DEL AZÚCAR

Cuba imaginada por un niño.—Los monstruos guardadores de la puerta del Paraíso.—Habana «la Alegre».—Los periódicos y los casinos.—Dinero abundante y pródigamente gastado.—Butacas de teatro á cien pesos por noche.—Los nuevos barrios de la Habana.—Mis habitaciones de «huésped de honor».—Si duermo en ellas, pierdo mi viaje alrededor del mundo.—Los bailes de máscaras del «Franconia».—El coronel vendedor de periódicos.—Mi enfermedad.

En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía oir hablar de la Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio de admiración y de terror.

Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los cuentos infantiles, donde las casan debían ser de caramelo y no había mas que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla lejana, hermosa y mortífera, personas á las que conocí fuertes y animosas en el momento de partir.

Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis infantiles fantasías.

Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad regular y constante, y la Habana una de las ciudades más higiénicas de la tierra.

Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes, como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces excesiva y perniciosa, dando origen á reacciones de pobreza, como en otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento.

Si fuese preciso dar un sobrenombre á la capital de Cuba, como los ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar Habana «la Alegre». Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda decirse con certeza dónde está su sonrisa.

Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construída con arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las comodidades de su civilización material, no han modificado aún su fisonomía aseñorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un pasado histórico.

Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros lamentables, como obras de confitería tierna. Los parques recién trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años.

La alegría de la Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece excesiva á los extranjeros; en la belleza de sus mujeres, interesantemente pálidas y con enormes ojos.

He estado dos veces en la Habana por breve tiempo, y en ambas visitas, más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada semejante en ningún otro país. Los periódicos de la Habana y los casinos de la Habana son algo excepcional.

Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos magazines y revistas especiales... Y como la población de la isla no llega á tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su fuerza, de un país de veinticinco ó treinta millones de habitantes.

Las asociaciones de la Habana pueden competir por su lujo con los clubs más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad de españoles, considera obra patriótica la continuación y desenvolvimiento de sus casinos, anteriores á la independencia del país.

Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos. Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla. Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen.

A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene 40.000 socios, residentes en la Habana. No creo que en Europa ni en los Estados Unidos exista un club tan numeroso.

El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real.

Todas estas sociedades, uniendo lo útil á lo ostentoso, mantienen en los alrededores de la Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen á estudiarlos como modelos.

Se nota en la Habana, á las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana «la Alegre» además de tener dinero lo gasta con una tranquilidad y un descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están siempre llenos. Sus cafés y sus bailes nunca carecen de público. Aquí fué donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil, obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Ópera de la Habana ha llegado á costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante pareció á algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente, arrojando una bomba en plena función.

En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas. Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo.

Fuera de la Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente la de tales edificios. La jardinería del Trópico da una nota de originalidad á estas construcciones, que recuerdan á la vez los patios de Sevilla y los palacios de madera de Long Island.

Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, la Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad á las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar en cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden pasar el canal de la Florida para venir á emborracharse bajo la bandera cubana.

Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael Conte, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el tiempo que permanezca en la Habana. Simpáticos periodistas de incansable y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan en mis visitas á las redacciones de los diarios y en los dos banquetes amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, á mediodía y por la noche.

Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo del célebre fundador de El Diario de la Marina.

Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del Hotel Sevilla—el más caro de la ciudad—, mi amigo Conte se esfuerza por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido declarado «huésped de honor».

A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo ó no dormir en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de un pronto descanso me impulsa á admitir las objeciones de mi amigo, pero cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del Franconia.

Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable, que sale del dancing del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero aquí, por seguir la rutina de muchos de sus compatriotas y para convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese á un hermano, intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros dos somos los únicos del Franconia que estamos en tierra. Todos los otros se fueron á media noche. El buque zarpará al amanecer, y no á las diez de la mañana como se había anunciado.

Corremos al puerto, solitario y silencioso á esta hora avanzada, y el amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el Franconia, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece dormido... Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje alrededor del mundo en la primera escala.

Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra descender la luz á grandes profundidades, dando una claridad dorada á las aguas azules.

Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen encontrar nuevos atractivos á la vida marítima. En la última cubierta juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano, interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan discos de madera con una pala, á través de rectángulos trazados con tiza en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan en un espigón, ó pelotas enormes que deben entrar por una manga de red. El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de cuello abierto y pantalones de franela.

Las señoras hablan del próximo baile de máscaras, el primero de la travesía, que va á ser entre la Habana y Panamá. Cada una guarda el secreto de los disfraces ocultos en sus maletas.

Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras de recambio para los países ardientes que vamos á visitar. Con dos disfraces hay bastante por el momento. Al llegar á los países del Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas ó indostánicas, y los últimos bailes van á ser los más ostentosos y originales.

Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas á la risa, y que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay dispuestas á disfrazarse á todas horas para regocijo de sus compañeros. El día antes de la llegada á Cuba ha sido domingo. En las ciudades de los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos. Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta ó cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias que pueden interesar á cada lector. Desde el amanecer, los vendedores vocean en las calles la enorme edición dominical.

También en el primer domingo, á bordo del Franconia, una voz ronca empieza á gritar por los corredores los títulos de varias publicaciones célebres de Nueva York, como si estuviésemos aún en la metrópoli americana. Las gentes se asoman en traje de dormir á las puertas de sus camarotes. El vendedor callejero es un gentleman casi de dos metros de estatura, un millonario procedente de los Estados del Sur, al que llaman todos «coronel» por tener este grado en la milicia cívica de su ciudad.

Se ha disfrazado de pilluelo y ofrece gravemente periódicos viejos á todos los que se asoman á las puertas. Los más celebran con una risa, que puede llamarse americana por lo espontánea y pronta, esta excentricidad del personaje. Uno de sus compatriotas permanece serio y le mira con extrañeza, no pudiendo comprender tal conducta.

—Si no se ríe usted un poco, voy á llorar de pena—dice el falso vendedor de periódicos.

Y tan cómico resulta el gesto con que el hombretón inicia su llanto infantil, que el otro se ve obligado á reir como los demás.

Yo no podré presenciar el primer baile de máscaras del Franconia. En varios días no veré otra cosa que las paredes de mi camarote.

A las pocas horas de alejarnos de la Habana he quedado clavado en mi lecho por una parálisis de la pierna izquierda. El médico de á bordo declara que es una ciática, tal vez á consecuencia de la atmósfera húmeda del mar. Luego pensamos los dos que bien puede ser por una imprudencia en el aireamiento de mi habitación.

El Franconia no tiene ventiladores á uso antiguo, con hélices de molesto y tenaz abejorreo. Cada camarote posee dos pequeñas esferas de bronce, metidas en alvéolos del mismo metal. Estos ojos dorados, cuando tienen el agujero de su negra pupila hacia adentro é invisible, permanecen inactivos. Pero basta volverlos, para que de ambos orificios surja una manga silenciosa y fría que cambia el ambiente del camarote con sus pequeños huracanes. Durante el anclaje en los puertos, los mosquitos de agua muerta que se introducen por los ventanos se ven obligados á retroceder, volviéndose con rabiosos zumbidos por donde vinieron. Los dos chorros mudos los voltean con su ímpetu, lo mismo que un aeroplano pillado por una tormenta, y les hacen huir finalmente al otro lado de la pared del buque.

He pasado una noche entera con ambos ventiladores enfilados hacia mi cama. La proximidad del calor de Cuba me hizo emplear este refrescamiento imprudente. Mientras dormía, las dos mangas de helado viento, que hacen funciones de mosquitero, cayeron horas y horas sobre el lugar de mi cuerpo donde ahora siento el llamado nudo ciático.

—Tiene usted para algunos días—dice el médico inglés, moviendo la cabeza—. Habrá que emplear los rayos violeta... No intente moverse.

¡Bien empieza el viaje alrededor del mundo!

VI
LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS

Dos escalinatas de agua y una meseta lacustre.—Las fuerzas eléctricas del canal de Panamá.—La zona norteamericana y su guarnición.—El lago de Gatún y el Paso de Culebra.—La enorme afluencia de buques.—Cómo los norteamericanos «perdieron el tiempo» antes de reanudar las obras.—El buen negocio del canal.—La prontitud de su limpieza.—Los bosques de sus orillas.—Panamá la Verde.

Después de tres días de continua navegación, aminora su marcha el Franconia, y yo, con doloroso esfuerzo, consigo ir hasta un ventano de mi camarote.

Una orilla verde avanza por el costado del buque, cada vez más cercana, y adivino que otra semejante debo ir angostándose por el lado opuesto, como la boca de un embudo. Vamos á ver una de las obras más prodigiosas realizadas por la mano del hombre; vamos á entrar en el canal de Panamá.

Reanuda su marcha el vapor, lentamente, y pasamos de la navegación entre orillas de tierra y árboles al deslizamiento junto á fuertes malecones de mampostería, con varias casas de máquinas. Cables eléctricos de enorme potencia se apoyan en los brazos en cruz de una sucesión de columnas de cemento, que por su robustez recuerdan los pilares de la arquitectura egipcia. Esta fuerza va á hacernos atravesar la zanja acuática que corta todo un continente, pasando nuestro buque del segundo mar de la tierra al más grande de todos.

Puede describirse concisamente el canal de Panamá diciendo que es una escalinata acuática. Resulta más interesante y complicado que el monótono canal de Suez. Además, sus orillas tienen la lujuriante vegetación del Trópico, y las selvas panameñas, eternamente frescas, son algo más atractivas que los polvorientos arenales de Egipto.

Para pasar del Atlántico al Pacífico ó hacer el mismo trayecto en sentido inverso, los buques tienen que subir una escalinata de esclusas, navegar por un lago alto, que es como una meseta, y volver á descender por la escalinata del lado opuesto.

Al llegar por el Atlántico encontramos el antiguo puerto de Colón, importante cuando no existía el canal. Aquí desembarcaban los viajeros, y tomando un ferrocarril á través del istmo, iban en unas cuantas horas á la ciudad de Panamá, para volver á embarcarse en el Pacífico. Ahora pasamos de largo ante Colón, como la mayoría de los buques, y el antiguo ferrocarril ha perdido también su importancia interoceánica, descendiendo á ser una simple vía interior, que sólo utilizan los del país.

El Franconia va á subir la escalinata del lado del Atlántico, ó sea las esclusas de Gatún. Estas esclusas están superpuestas en tres tramos, y además son dobles para que puedan ir ascendiendo dos buques á un mismo tiempo.

Cuando el nuestro se introduce en la primera esclusa penetra en la otra gemela un vapor más pequeño con rumbo á Nueva Zelandia. Los pasajeros de ambos barcos, que van á seguir tan opuestas direcciones cuando lleguen al Pacífico, se hablan sin esfuerzo alguno de cubierta á cubierta, pues sólo están separados por unos cuantos metros.

El funcionamiento de las esclusas es maravilloso por su rapidez; tiene la velocidad casi instantánea de las mutaciones escénicas; los buques ascienden, como los personajes de teatro, por un escotillón. Sube el nivel del agua vertiginosamente en las cerradas balsas cuadrangulares, y los dos buques se elevan sobre la superficie marítima en la que flotaban poco antes. Su ascensión aumenta al pasar al segundo rellano acuático, luego al tercero, quedando finalmente á unos veinticinco metros sobre el nivel del mar.

Estas esclusas tienen más de 300 metros de longitud, 33 de ancho y 21 de profundidad, dimensiones que permiten ampliamente el paso de los navíos más enormes construídos hasta el presente. Unas locomóviles eléctricas tiran de los buques desde la ribera y los guían á través de las esclusas. Como éstas se hallan superpuestas formando tres rellanos, los pequeños demonios eléctricos corren por los taludes desafiando las leyes de la gravedad, saltan, se agarran al suelo como insectos, trepan casi verticalmente para pasar de un plano á otro.

Nada de humo ni de mugidos de vapor. Se adivina en torno la presencia de una fuerza silenciosa é irresistible, semejante á las energías que laten ocultas en la corteza terrestre. El manojo de cables que corre á un lado y á otro del canal guarda y regula las energías producidas por enormes fábricas de flúido eléctrico.

Vemos en las orillas estos edificios y otras construcciones destinadas á las necesidades del continuo tránsito: depósitos de carbón y de petróleo, atarazanas, talleres de fundición y de reparaciones, depósitos de útiles marítimos, almacenes frigoríficos, mataderos, fábricas de hielo, enormes lavanderías. Algunos grupos de edificios están cerca de los muelles de acero y hormigón; otros se alzan tierra adentro, medio ocultos por los bosques de cocoteros y palmeras. Los buques que cruzan el canal pueden ser reparados antes de lanzarse á uno de los dos Océanos y proveerse igualmente de toda clase de abastecimientos.

En los sitios tenidos por estratégicos hay aglomeraciones de casas de madera con extensas galerías, sobre cuyas techumbres flota la bandera de los Estados Unidos. Son cuarteles-pueblos, donde viven los militares norteamericanos y sus familias, con todas las comodidades y amplitudes que da la gran República á sus defensores, además de pagarlos espléndidamente.

Ocho mil hombres guarnecen el canal, y durante la última guerra llegaron á ser trece mil. Las baterías invisibles que defienden sus dos bocas están artilladas con las piezas más enormes conocidas hasta el presente. Las tropas acuarteladas en las dos orillas no salen nunca de la zona que pertenece á los Estados Unidos, cinco millas por cada lado. La pequeña República de Panamá lleva una existencia independiente y digna, sin sufrir intrusiones ni arrogancias de las autoridades americanas del canal. Éstas se limitan á vigilar y guardar este paso interoceánico tan precioso para la seguridad de su propio país y jamás saltan los límites territoriales que marcó un tratado. Muy al contrario de lo que creen muchos, tal vecindad resulta provechosa á los panameños, pues algo gana el pobre cuando tiene intereses comunes con un rico, y el continuo trato de ellos con los americanos influye visiblemente en la cultura y el progreso de la nación.

Después de las tres esclusas de Gatún, el Franconia entra en el lago de este nombre. El famoso río Chagres, que tanto utilizaron los españoles durante tres siglos, cuando pasaban el istmo para ir al Perú y á Chile, ha sido embalsado por los constructores del canal, deteniendo sus aguas para hacer más alto el nivel del lago y dar mayor profundidad á su navegación. Dicho lago se extiende con más ó menos amplitud 38 kilómetros, hasta llegar á Gamboa, siendo la parte del canal que menos esfuerzos ha costado. En ella, más que excavar, lo necesario fué inundar las tierras.

Es en Gamboa donde empieza la obra más difícil y terrible, el corte de la cordillera, columna vertebral del istmo, el famoso Paso de Culebra, donde tantos hombres perecieron. Este desfiladero acuático se extiende hasta las esclusas llamadas de Pedro Miguel, por el nombre de un pueblo cercano, y aquí termina la meseta y empieza la escalinata del lado opuesto. Nuestra nave descenderá allí un tramo, ó sea las esclusas de Pedro Miguel, bajando al lago de Miraflores, que está todavía á 16 metros sobre el mar. Al final de este lago las esclusas de Miraflores lo harán descender al nivel del Pacífico, y navegando 13 kilómetros en una vía sin obstáculos, pasará por la moderna ciudad de Balboa, donde los norteamericanos tienen establecidos los centros más importantes del canal, y por la antigua ciudad de Panamá, cortando al fin con su proa las aguas del más grande de los Océanos, después de una travesía que sólo dura unas ocho horas.

Están reglamentadas tan minuciosamente las funciones necesarias para el paso de los buques, sin un movimiento inútil, sin desperdiciar un minuto, que el tráfico resulta incesante en esta avenida interoceánica. Cuando la flota de guerra de los Estados Unidos—única que rivaliza con la de Inglaterra—pasó hace poco tiempo el canal de Panamá, bastaron veinticuatro horas para que docenas de enormes acorazados, con su acompañamiento de cruceros y torpederos, se trasladasen del Atlántico al Pacífico, viaje que antes les costaba semanas y semanas de navegación, dando la vuelta á toda la América del Sur por el cabo de Hornos.

Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras. Los nombres de estos buques, su procedencia y su destino, indican la importancia y la necesidad de una obra que ha cambiado la geografía y el comercio del mundo. Vapores tan grandes como el nuestro van directamente de Londres ó de Nueva York á las repúblicas de lengua española que florecen en las orillas del Pacífico y antes sólo podían estar en contacto con el resto de la tierra valiéndose del rodeo enorme por el estrecho de Magallanes ó del penoso transbordo en el istmo de Panamá, todavía intacto.

Las grandes islas oceánicas han tomado igualmente esta ruta que las aproxima á Europa. Vemos pasar, cerca de nosotros, buques que vienen de Nueva Zelandia, de Australia ó de los archipiélagos esporádicos de la Oceanía. El Callao y Valparaíso, gracias á este canal, han perdido varios días de distancia entre ellos y los puertos del viejo mundo.

Al ver los cortes que los hombres tuvieron que abrir en la montaña para dar paso á las aguas, resurgen en mi memoria los incidentes dramáticos de la construcción del canal. Todos saben la historia de esta gran empresa dirigida por Lesseps, el cual quiso repetir en el istmo americano su gloriosa obra de Suez. Pero aquí la hazaña geográfica se convirtió en escandaloso negocio. El «gran francés», agotado mentalmente á causa de sus muchos años, fué conducido á la deshonra por financieros sin conciencia, y el nombre de Panamá quedó como sinónimo de estafa colosal, de corrupción de los poderes públicos. Tal empresa, que sirvió de pretexto en París para negocios delictuosos, realizó aquí obras importantes que aprovecharon luego los americanos, aunque muchas de ellas habían sido ejecutadas con imprevisión notoria y con desprecio de la vida del hombre.

Existe en la ciudad de Panamá un monumento á la gloria de Lesseps y varios sabios franceses que fueron sus precursores ó colaboradores en este proyecto; entre ellos los marinos Bonaparte Wyse y Reclús, hermano del célebre geógrafo. Pero al mismo tiempo se acuerdan los panameños de la manera imprudente y mortífera con que los ingenieros franceses empezaron la realización de sus obras. Con una vehemencia que algunos llamarían «latina», sólo pensaron en el trabajo, olvidando las precauciones necesarias para asegurar su continuación.

El material humano era abundante y fácil de renovar. Atraídos por los jornales enormes, llegaron cavadores de todas partes, amontonándose en campamentos recién formados sobre terrenos vírgenes, donde sólo el natural del país puede vivir, por una larga aclimatación. De estos extranjeros venidos para trabajar muchos fueron españoles: el excedente de la emigración á las vecinas Repúblicas hispano-americanas.

Cuanto más grande fué la aglomeración de obreros, más enorme resultó la mortandad. Hoy, al recordar aquella época, se mencionan cifras de víctimas que parecen fantásticas. El vómito negro y otras enfermedades tropicales se cebaron en este amontonamiento humano. El corte de la espina dorsal del istmo podría rellenarse, según afirman algunos, con los cadáveres que costaron los primeros intentos de dicha obra. El Paso de Culebra adquirió una celebridad terrorífica en todo el mundo.

Al fin, los trabajos iniciados por la compañía francesa en 1882 se paralizaron á causa de su quiebra escandalosa. En 1904 los norteamericanos aceptaron la empresa de abrir el canal, adquiriendo con extraordinaria baratura los materiales traídos por sus antecesores. Todavía he visto yo en el Paso de Culebra poderosas dragas que son de la época francesa.

En lo último que pensaron los norteamericanos fué en abrir el canal. Consideraron más urgente estudiar el medio de que los hombres trabajasen con seguridad, cambiando las condiciones higiénicas del terreno. Se dedicaron, como en Cuba, á la destrucción del mosquito transmisor de la llamada fiebre amarilla. Luego—y esto fué lo más importante—realizaron obras enormes para purificar las aguas destinadas al consumo humano y sus trabajadores no tuvieran que beber el líquido tóxico de charcas y arroyos, como en la época anterior. Sólo después de «perder su tiempo» en estos preparativos minuciosos, el gobierno de los Estados Unidos emprendió la obra, consiguiendo terminarla en un plazo relativamente breve y sin pérdida notoria de gente.

Necesitó dos años de preparación nada más y ocho de trabajo para realizar esta empresa de interés universal. En los primeros días de Agosto de 1914 pudo ya abrirse al comercio del mundo esta vía que iba á cambiar sus derroteros. Pero en aquella fecha acababa de estallar la guerra europea y nadie fijó su atención en tal acontecimiento, que cada vez será más famoso, con el curso de los siglos, en la historia del progreso humano. Muchos combates célebres de la última guerra quedarán olvidados, como tantas y tantas batallas de la antigüedad, mientras que las relaciones entre los hombres futuros y su vida política girarán en torno á este canal que ha partido el nuevo mundo, atrayendo con sus dos bocas el movimiento de todos los pueblos de la tierra.

El éxito financiero de esta obra, que en realidad sólo tiene cuatro años de existencia—fué inaugurada oficialmente el 12 de Julio de 1920—, es la más clara demostración de su importancia. No es una compañía comercial de los Estados Unidos la que costeó las obras; fué el gobierno establecido en Wáshington.

Como el canal tenía una importancia política y de seguridad para la República de la Unión, su gobierno se lanzó á realizar la obra, sin ocurrírsele ni por un momento ver en tal empresa un éxito económico. Nunca creyó en posibles ganancias. Lo único que le interesaba, costase lo que costase, era poder trasladar rápidamente su flota de un Océano á otro y poner en contacto marítimo los Estados atlánticos del Este, donde se concentra la vida nacional, con los Estados del Pacífico, que aún se hallan en el desarrollo de la adolescencia.

Pero á los ricos todo les resulta negocio. El gobierno de Wáshington invirtió en el canal aproximadamente 350 millones de dólares, y á partir de su inauguración vió con asombro que acudían, pidiendo paso, buques de todos los pueblos de la tierra. Hoy, á los cuatro años de existencia, le produce 2 millones de dólares mensualmente, 24 millones de dólares al año, lo que da un interés muy respetable al capital que empleó con un fin puramente defensivo y sin espera de ganancia.

Todo buque tributa al paso un dólar por tonelada. El Franconia, para llevarnos del Atlántico al Pacífico, ha tenido que pagar 20.000 dólares por un viaje de unas cuantas horas, y creo que con otros gastos accesorios la suma llegó á 25.000.

A pesar del enorme peaje, la afluencia naval es cada vez más densa. Los norteamericanos, que lo conciben todo en grande, con el pensamiento puesto en las necesidades del porvenir, se equivocaron, quedándose cortos al calcular las dimensiones del canal. Éste empieza á resultar de una modestia inadmisible para un pueblo que ama la vida amplia y los movimientos desembarazados y fáciles. Pronto se reanudarán las obras para dar más anchura á las esclusas y los pasos angostos, y en vez de dos filas de buques se deslizarán al mismo tiempo cuatro, doblándose el movimiento de la avenida interoceánica.

En los cortes de la montaña son continuos los desprendimientos de una tierra roja y compacta, que parece piedra adormecida en mitad de su solidificación. Los desprendimientos se repiten con frecuencia, y así seguirá ocurriendo hasta que los taludes de las orillas adquieran la estabilidad de las obras viejas. Pero los batallones de trabajadores negros, mandados por ingenieros y contramaestres blancos, que forman la policía del canal, velan día y noche, montados en locomotoras y dragas, para acudir inmediatamente á barrer los residuos del desprendimiento.

Nos anuncian en mitad del lago de Gatún que el tránsito del canal va á retardarse para nosotros unas cuantas horas. Acaba de ocurrir un desprendimiento en el Paso de Culebra, y un buque del calado del Franconia no puede seguir adelante sin que el dragado ahueque el fondo del estrecho.

Nos sentamos á almorzar, resignados á una larga espera en este lago, que resulta agradable gracias al fresco vientecillo que levanta el buque al desplazarse, pero cuyas aguas parecen arder cuando aquél se detiene y vuelve á restablecerse la calma bochornosa del Trópico.

Atraídos por la novedad del viaje marítimo entre bosques y montañas, he salido de mi camarote apoyado en un bastón, y arrastro la paralítica pierna por salones y cubiertas, huyendo de los espacios faltos de techo que reciben la caricia cáustica del sol. Nos divierte ver cómo asoman su lomo mal esculpido los caimanes del lago. Varios aviones de la guarnición americana del canal pasan tan bajos junto al buque, que podemos ver cómo sus tripulantes responden por señas á nuestros saludos... Una hora después vuelve á reanudar su marcha el Franconia. Todo está reparado, y pasamos lentamente entre dos filas de dragas enormes, que acaban de limpiar el fondo con la rapidez del que ejecuta un trabajo habitual.

Seguimos la navegación entre altas riberas cubiertas de bosques. El filo de estas orillas es muchas veces superior al piso más alto del buque. Corren por ellas numerosas bandas de negras, monstruosamente gordas, con nariz aplastada y ojos de impúdico fuego. Llevan banastas sobre sus cabezas con pirámides de cocos frescos y racimos de plátanos. Como el vapor avanza lentamente, ellas lo siguen al trote y nos arrojan sus frutos, gritándonos al mismo tiempo en un inglés de negro: «¡Money!... ¡money!»

Por la orilla baja, de espesa vegetación, siguiendo un sendero que abrieron junto al agua sus pies descalzos, corren enjambres de negritos, cabezudos, con las negras lanas cortadas en forma de solideo, la panza enorme al aire, un saliente de carne en el lugar del ombligo y otro mayor que tiembla más abajo al compás del trote.

Todo este mundo de ébano y marfil, que salta y grita, mostrando sus luminosas dentaduras, vive en chozas cónicas de paja, cuyos remates asoman sobre el apretado ramaje de la selva.

No son del país. La gente de Panamá nunca ha tenido la tez tan obscura. Son familias de Jamaica cuyos varones están contratados en los trabajos del canal.

¿Cómo describir con palabras la exuberancia de este paisaje eternamente verde?... Su colorido resulta monótono porque se desarrolla siempre dentro del mismo tono, y sin embargo sus variedades son infinitas.

Hay otros países donde parece que todo queda dicho con anotar que su color es verde. En Panamá, esta palabra resulta pobre, inexpresiva, débil. Hay que repetir sin cansarse: verde, verde, verde, verde...

La tierra, roja ó del mismo color negruzco que la piel del elefante ó el tronco de la higuera, apenas si se deja ver como los filamentos de una red entre masas de vegetación de eterna frescura.

Nunca creí que un mismo color pudiera descomponerse en tantas gradaciones. Veo el verde amarillento y charolado de las hojas de los plátanos; el verde obscuro y metálico de otros árboles y arbustos. Hay verde de óxido, verde luminoso de piedra preciosa, verde suave de mar adormecido, verde dorado, como debió ser el de ondinas y sirenas.

Unas flores rojas, enormes, como estrellas incandescentes, abren sus puntas en el misterio de las profundidades verdes. ¿Quién podría decirme su nombre?...

De las marañas de la selva brotan tropeles de mariposas. Revolotean formando nubes sobre el buque, se cuelan por todas partes como enjambres de moscas, se dejan aprisionar con la torpeza de la inocencia.

Loros y monos hacen estremecerse las ramas de los árboles, siguiendo con saltos invisibles la lenta marcha del buque á través de los bosques.

¡Oh, Panamá la Verde!...

VII
PANAMÁ LA VERDE

El novelesco Balboa.—Su descubrimiento del Mar del Sur.—El primer europeo que se embarcó en el Pacífico.—Mortandad de colonizadores al pasar el istmo de Panamá.—El primitivo proyecto del canal ideado por los españoles.—El saqueo de Panamá la Vieja por los piratas.—Me bajan en andas para visitar la ciudad.—El presidente Porras y la juventud intelectual.—Las escuelas de Panamá.—Versos en la noche.—De una acera á otra.

El primer descubridor de las costas atlánticas de Panamá fué Rodrigo de Bastidas, un escribano de Sevilla que abandonando sus legajos se dedicó á navegante. Fué tal el entusiasmo aventurero en España después del primer viaje de Colón y los Pinzones, que, según dijo un escritor de aquella época, «hasta los sastres quisieron meterse á descubridores».

Colón navegó después frente á las mismas costas. Empezaba á dudar que las tierras encontradas por él fuesen las de Cipango y Catay (el Japón y la China), y buscaba un estrecho, un callejón marítimo que le permitiese pasar al otro lado, donde presentía un nuevo mar y el Asia tan buscada. Con este objeto tanteó la costa, esperando dar con un canal que sólo debía existir cuatro siglos después, y hecho por industria humana.

Sucesivas expediciones de españoles se establecieron en esta tierra, fundando Santa María la Antigua de Darién, Nombre de Dios, Portobelo y otras poblaciones famosas en la historia de la colonización. Uno de los héroes más extraordinarios de tal epopeya geográfica surge en Panamá, Vasco Núñez de Balboa, personaje de novelesca vida, superior á Cortés y á Pizarro, pero que tuvo la desgracia de morir joven, sin encontrar las riquezas que éstos en sus descubrimientos. Mas á pesar de su corta existencia, sirvió al progreso humano mejor que los conquistadores de Méjico y del Perú, encontrando el llamado Mar del Sur, que años después bautizó Magallanes con el impropio nombre de Pacífico.

Las altas y fragosas montañas del istmo me hacen recordar los episodios del descubrimiento de Balboa. Con ciento noventa españoles y algunos indios, salió en Septiembre de 1513 de la ciudad de Darién para convencerse de si era cierta la existencia de un mar en la otra vertiente de la cordillera. Tan difícil era la marcha á través de ríos y bosques, que para hacer diez leguas necesitaba cuatro días. Tuvieron que reñir, además, con las tribus belicosas del istmo, que usaban «flechas de hierba», ó sea envenenadas.

Un cacique amigo afirmó á Balboa la existencia del misterioso mar, señalándole una montaña lejana desde cuya cumbre podría verlo. Otros indios le dieron prendas de oro, muy bien trabajadas, traídas de los países del gran mar que iba buscando, y añadieron que en este mar había grandes barcos con velas, parecidos á los de los españoles. Se referían indudablemente al Perú, y es posible que de no ser decapitado, años después, Balboa, por su rival el gobernador Pedrarias, habría continuado sus exploraciones por el Pacífico, descubriendo el Imperio de los Incas, en vez de Pizarro, que vivía á sus órdenes como obscuro lugarteniente.

Cuando la partida de españoles, batallando con los indígenas, llegó á la cumbre de la citada montaña, veintiséis días después de haber salido de Darién, todos pudieron ver la inmensidad del mar deseado. El sacerdote Andrés Varas, capellán de la expedición, entonó un Te Deum, que sus compañeros oyeron de rodillas. Después colocaron en aquel paraje una cruz, hecha con dos troncos de árbol, sobre un montón de piedras.

Para bajar hasta las playas del nuevo Océano tuvieron que reñir nuevos combates con las tribus de esta vertiente. Un destacamento enviado por Balboa á explorar el país llegó antes que él á la costa, y su jefe, llamado Alonso Martín, se apresuró á embarcarse en una canoa de indios, haciéndose dar por sus hombres un testimonio de que era el primer europeo que navegaba en estas aguas, llamadas por unos Mar del Sur y por otros Mar Grande. Luego envió aviso á Balboa para que siguiese el mismo camino hasta la costa.

Los hombres de la expedición, entusiasmados por el descubrimiento de este Océano misterioso, bebieron en sus manos el agua cargada de sal. Balboa, cubierto con su armadura, la espada en una mano y en la otra un estandarte que tenía pintada la imagen de la Virgen, entró en él hasta las rodillas y tomó posesión de su inmensidad en nombre de los soberanos de Castilla.

Fué durante muchos años la travesía del istmo un trayecto en extremo penoso que debían arrostrar inevitablemente los que iban de España á las Indias del Pacífico. La fama de las grandes riquezas del Perú hizo pasar por Panamá la corriente humana más numerosa de la conquista, y tales eran las dificultades del camino, que en menos de medio siglo sucumbieron 40.000 españoles, sin que tan gran mortandad desalentase á los aventureros. Al desembarcar en la costa atlántica remontaban sobre lentas barcazas el río Chagres hasta Cruces, y luego seguían un penoso camino por las montañas para llegar á la ciudad de Panamá. Otros marchaban por la vía de Portobelo, que era no menos peligrosa.