|
[AL ÍNDICE] |
LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA
Vicente BLASCO IBAÑEZ
LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA
TOMO II
CHINA.—MACAO.—HONG-KONG.—FILIPINAS.
JAVA.—SINGAPORE.—BIRMANIA.—CALCUTA
PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
1924
Es propiedad.—Reservados todos
los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.
Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.
LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA
I
EN MUKDEN
Caballitos manchures y perros siberianos.—Un desierto de nieve por cuya posesión se mataron 154.000 rusos y japoneses.—La dinastía de «Los Muy Puros» y sus mausoleos.—El frío, maestro de humildad.—Las escalinatas chinas y «el sendero imperial».—La chiquillería pedigüeña de las estaciones.—Un gendarme que pega.—Indignación patriótica.—La incoherencia de los demonios blancos.
Espero las primeras luces del alba paseando por los salones del Hotel Yamata, en la estación de Mukden.
Miro por las grandes puertas de cristales que dan á los andenes y veo correr grupos de chinos cargados con fardos envueltos en telas de colores ó llevando maletas de forma europea. Han descendido de un tren procedente del interior de la China y van al asalto de otro más corto que debe conducirles á Dairén, á Port Arthur y demás poblaciones del inmediato golfo de Liao Tung. Luego contemplo por las vidrieras de la parte opuesta el aspecto de Mukden, ciudad misteriosa para mí, envuelta en la noche y la nieve.
La curiosidad me hace salir á la ancha plaza de la estación, pero el frío es tan intenso que retrocedo á los pocos minutos. En esta plaza hay muchos carruajes de caballos, en espera sin duda de algún tren matinal; pero los cocheros, á pesar de sus gorros tártaros y sus gabanes de piel de zorro, se han refugiado en los cafetines de las inmediaciones. Los famosos caballitos manchures, nerviosos, agresivos, de largo pelaje, entretienen su abandono coceando silenciosamente la nieve del suelo, haciendo exhalar á los vehículos con sus estremecimientos un ruido de ferretería vieja, expeliendo dos chorros de vapor por sus narices propensas al relincho. Estos caballos de corta alzada se muerden entre ellos, y cuando se entregan á la excitación de la carrera galopan como desbocados. Por entre sus patas se deslizan perros siberianos de hirsutas lanas. De tarde en tarde aparece un cochero. Como va forrado en pieles y las orejeras de su gorro las lleva sueltas y erguidas, tiene el aspecto de una bestia de la noche que momentáneamente marcha en posición vertical.
Vuelvo á sentir la misma extrañeza que en Corea viendo esta aglomeración de caballos. Los ojos parecen haberse acostumbrado á la escasez de animales que se nota en el Japón, donde todo lo hace el brazo humano, sin pedir auxilio á las especies domesticadas que ayudan al hombre en su trabajo.
Van surgiendo de la nocturna lobreguez las techumbres nevadas de los edificios. La ciudad de Mukden, á la que los naturales llaman Fengtien, empieza á dibujarse en la lívida penumbra con un aspecto contradictorio é híbrido. Cerca de la estación hay edificios modernos de muchos pisos, que imitan la arquitectura norteamericana con todas sus audacias. Más allá, las calles son iguales á las japonesas y coreanas, tienen una amplitud de cuarenta ó cincuenta metros y edificios de un solo piso hechos de madera.
Llegan varios automóviles y sus conductores se ofrecen para llevarnos á los mausoleos imperiales de la dinastía manchura, lo más interesante que existe en las inmediaciones de Mukden. Salimos con los primeros resplandores del alba, por unas calles anchas y completamente dormidas bajo sus sábanas de nieve. Luego, en pleno campo, el frío, el silencio y la luz cenicienta del amanecer invernal dan una tristeza abrumadora al dilatado paisaje.
Pensamos que más de un millón de hombres se batieron aquí, en la famosa batalla de Mukden, que duró dos meses, por la posesión de un suelo monótono é inclemente como un paisaje ártico. Luego recordamos que esta tierra goza, como tantas otras, una primavera y un verano. Los exploradores del río Amur, que corre por la Manchuria septentrional, cuentan cómo en los bosques de sus orillas chorrea la miel formando arroyuelos: tantas son sus flores y sus abejas. En su parte meridional, que es donde estamos, se obtienen grandes cosechas de toda clase de cereales. Pero nosotros sólo vemos ahora una planicie de nieve, y surgiendo de ella, como grupos de escobas plantadas por el mango, algunos bosquecillos de árboles negros y escuetos.
El automóvil, al marchar por esta llanura uniforme, donde su conductor tiene que adivinar con ojos de piloto la existencia del camino oculto, cae en hoyos ignorados ó se ladea de un modo alarmante al borde de taludes invisibles. Algunas veces saltamos sobre inexplicables oleajes del suelo. Es que nos hemos metido en un cementerio chino y vamos pasando sobre las cúpulas de tierra de los sepulcros, que apenas si se revelan con ligerísimas curvas en el igualamiento realizado por la nieve.
La lucha de nacionalidades agita sordamente al país manchur y se deja adivinar en las casas de madera que se agrupan como avanzadas de la ciudad sobre este mar sólido y blanco, de horizontes infinitos. En unas ondea la bandera japonesa, en otras el pabellón quinticolor de la República china. Los verdaderos dueños del país, chinos y manchures, duermen con la bandera izada sobre sus techos, para que dé testimonio hasta en las horas nocturnas de la nacionalidad del suelo. Los japoneses son cada vez más numerosos en Mukden y van acaparando el comercio. Su gobierno posee ya legítimamente la tierra coreana que existe al otro lado del río Yalu. Además, sostiene una guarnición en Mukden y otras ciudades manchuras que son de la China, con pretexto de guardar el ferrocarril. Desea convertir en propiedad definitiva lo que es hasta ahora ocupación temporal. La propaganda japonesa habla frecuentemente de los 87.000 rusos y los 67.000 japoneses que murieron batallando alrededor de Mukden. Ve en tan enorme montón de cadáveres un título de propiedad para anexionarse definitivamente este centro ferroviario á veinticuatro horas de Pekín.
Una música alegre y ruidosa anima de pronto el silencioso desierto blanco. Nos cruzamos con una boda china. El cortejo va en busca de la novia, que debe haber abandonado la cama á media noche para hermosearse. Al frente marcha un grupo de músicos sonando gaitas y tamboriles. Van vestidos de rojo con galones de oro y en la cabeza llevan unos sombreros-paraguas barnizados de amarillo. Seguido de una escolta de invitados y parientes pasa el pintarrajeado palanquín nupcial, con manojos de plumas en sus ángulos y una gran flor dorada en su vértice.
Otra vez los campos de nieve, los árboles negruzcos, y grandes revuelos de cuervos alzándose en espiral para caer sobre algún cadáver invisible. Después de varias millas de avance fatigoso llegamos á las tumbas de los emperadores manchures.
Los que están en ellas fundaron la última dinastía china, ó sea la destronada. Hasta hace tres siglos los manchures fueron un pueblo nómada, de civilización rudimentaria, pero muy numeroso. La palabra china Mand-chou significa «país muy poblado». Estos jinetes, hábiles arqueros, se batían indistintamente á pie ó á caballo.
El Imperio chino, que parece en la Historia viejo como el mundo, sucediéndose dentro de él las dinastías casi lo mismo que en el antiguo Egipto, estuvo en peligro de perecer destrozado á mediados del siglo XVII. El último de los Ming, viéndose desobedecido por muchas de sus provincias, necesitó auxiliares para combatir á los rebeldes y acudieron en su defensa los tártaros de la Manchuria, acaudillados por su rey Chunti-Ti. Éste, después de restablecer el orden, destronó al emperador que le había llamado, se hizo dueño de Pekín y acabó por apoderarse de toda la China, fundando la dinastía 22, llamada de los Tai Thing (Los Muy Puros), que ha durado hasta nuestros días. En realidad, los últimos emperadores nada tenían de chinos por su origen ni por su aspecto físico. Eran tártaros-manchures. Por eso los republicanos chinos pudieron dar á su revolución un carácter nacional, combatiendo á los monarcas intrusos en nombre de la antigua China.
Un bosque de árboles escuetos y ennegrecidos por el invierno rodea el parque donde están las tumbas monumentales de los primeros soberanos de la dinastía Tai Thing. Al echar pie á tierra nos hundimos en la nieve. Un obstáculo inesperado nos inmoviliza luego ante el arco que da acceso al parque. El encargado del monumento no ha venido aún de la ciudad, y los dos guardias que lo vigilan son unos soldados manchures, grandes, de perfil caballuno, sobrios en palabras y obedientes á la consigna. Uno de nuestros guías tiene que ir en busca de dicho empleado, no sé dónde, y quedamos frente á la entrada del monumento, rodeados de la mañana lívida, con nieve hasta media pierna y recibiendo en el rostro un viento cortante.
A un lado hay una casucha de aspecto miserable, el cuerpo de guardia de los cuatro soldados que custodian este monumento histórico. Instintivamente voy hacia dicho refugio, atraído por las caras amarillas de los dos hombres libres de servicio que nos miran por un ventano. Me asomo á este antro con amable sonrisa. Veo una tarima á medio metro del suelo y sobre ella mantas y algunas prendas haraposas de estos guerreros, que no se distinguen ciertamente por la flamancia de sus uniformes.
Hay en el ambiente la densidad hedionda de los locales cerrados donde han dormido toda una noche hombres de excesiva salud. Varios ladrillos forman un pequeño fogón, y dentro de él hay lumbre, con más ceniza que brasas.
¡Ah, el frío! ¡Cómo aterciopela los caracteres más ásperos! ¡Qué gran maestro de humildad! Su influencia es tan poderosa como la del hambre. Me siento agradecido junto á este fogón, poniendo los pies sobre las moribundas brasas, hasta que noto cómo las suelas de mis zapatos empiezan á quemarse.
De todos modos debo abandonar mi asiento. Varias señoras han adivinado mi retiro y entran en el tabuco soldadesco, lanzando exclamaciones de sorpresa á la vista del mísero hogar. Algunas de ellas son millonarias de los Estados Unidos, y además hermosas y de gustos refinados; pero hay que ver sus amabilidades y sonrisas con los guerreros manchures para justificar tal invasión. Ponen sus piececitos elegantemente calzados sobre la lumbre mediocre, y hablan á estos jayanes amarillos, con gorra de piel rematada por dos orejas asnales, como si el mundo estuviese ya transformado bajo el rasero de una revolución igualitaria, como si la moneda hubiese perdido toda influencia, siendo los únicos potentados del planeta capaces de dispensar mercedes los poseedores del pan y del fuego.
Llega al fin el personaje deseado y podemos entrar en la avenida cubierta de nieve virgen que conduce á las tumbas imperiales. Los soberanos manchures construyeron aquí unos mausoleos semejantes á los que habían levantado cerca de Pekín los Ming, anteriores á ellos.
Todas las avenidas están bordeadas con imágenes gigantescas de granito que representan animales. Parejas de caballos, de camellos, de elefantes y leones, esculpidos en una piedra negruzca, se suceden, formando luengas perspectivas. Al final de estas procesiones de animales pétreos se alzan los templos funerarios.
Son edificios que en otro lugar parecerían sonrientes; se les cree en el primer momento palacios erigidos por la vanidad de un soberano para albergar escenas de placer. Su arquitectura tiene oros y lacas multicolores como materiales primarios. Tal vez en verano, cuando los campos de la Manchuria son tierras labradas, abundantes en polvo, parezcan dichos edificios menos alegres y vistosos; pero ahora la nieve ha barnizado la laca con una humedad de lluvia, y los panteones tienen la frescura brillante de algo recién construído. Además, los envuelve en sus fulgores un sol adolescente que acaba de romper los grises telones de la mañana.
Por primera vez veo en las escalinatas de estos mausoleos el famoso «sendero imperial».
Todos los palacios chinos, aunque la madera es su principal materia constructiva, están asentados sobre plataformas de mármol, y las escalinatas amplias y extensas que conducen á ellas resultan siempre la parte más trabajada del monumento. Los escultores han cincelado en sus barandas, sin tener en cuenta el tiempo ni la minuciosidad de su trabajo, toda una fauna de reptiles fantásticos. Estas escalinatas imperiales se hallan partidas por un bloque de mármol, acostado en mitad de los peldaños, que las divide en dos. Tal bloque es lo que se llama «sendero imperial».
Cuando el emperador tenía que ascender por una de aquéllas, nunca empleaba los peldaños. Éstos eran para sus palaciegos, simples mortales, á los que era lícito mover las piernas como los demás hombres; el Hijo del Cielo sólo podía subir por una pendiente. Mientras los personajes de su séquito iban avanzando escalón por escalón—los mandarines letrados por los peldaños de la derecha, los mandarines militares por los de la izquierda—, el Hijo del Cielo ascendía lentamente por el bloque de mármol intermedio.
En algunos de los palacios de Pekín hay «senderos imperiales» hasta de 18 metros y de una sola pieza. La piedra ostenta cincelado el emblema del Imperio de Enmedio: dos dragones en posición invertida, teniendo cada uno de ellos la cabeza junto á la cola del otro. Las escamas de esta pareja de bestias heráldicas forman profundas rugosidades en el mármol; así el divino monarca podía afirmar sus pies, calzados simplemente con ligeras sandalias de pergamino.
Volvemos á Mukden para ver los barrios viejos, que aún conservan sus murallas y sus puertas-castillos, con techumbres cornudas. Visitamos igualmente el palacio que construyeron los emperadores manchures, y hoy se halla convertido en museo. Pero aunque todo esto nos sorprende y nos interesa, por ser una primera visión de la vida china, se empalidece algunos días después cuando llegamos á Pekín, menospreciando su recuerdo como el de una copia borrosa comparada con la obra original.
Al recorrer las calles de Mukden nos fijamos en la enorme cantidad de anuncios industriales colocados en paredes y vallas por los almacenes de los Estados Unidos y de Europa establecidos aquí. Ostentan figuras de colores, vestidas á la moda occidental, pero los rostros de dichos monigotes, pretenciosamente elegantes, aunque guardan los rasgos principales de la raza blanca, tienen los ojos oblicuos, poco abiertos, y una sonrisa achinada, para que el público amarillo les reconozca una belleza verdadera.
Antes del mediodía salimos para Pekín. Atravesamos campos grises, cuyo suelo ligeramente rizado recuerda la arena fina de las playas con las huellas caprichosas del viento. De estos arenales obscuros surgen islotes de arboleda ennegrecida.
Vemos marchar, paralelas al tren, largas caravanas de carretas. Estos vehículos, de techo redondo, van tirados por caballitos manchures, fieros, peludos, de inagotable vigor. Su pequeñez contrasta con el tamaño del carruaje, dando á la caravana cierto aspecto cómico de juguete.
Los hombres, seguidos por numerosos perros, marchan al lado de sus caballos. Todos llevan gorro de pieles; pero como el día es de sol, han soltado las orejeras que defienden su rostro por ambos lados, y los dos apéndices, erguidos sobre la cabeza, acompañan su marcha con un balanceo grotesco. Las huellas de sus pies se destacan en blanco sobre el camino gris. Lo que creíamos arena es simplemente nieve sucia.
Al quedar inmóvil nuestro coche en una estación, más allá del término del andén, se va agolpando una muchedumbre contra el alambrado de púas que defiende la vía. Por primera vez nos vemos enfrente del populacho de este país de inmensa procreación, donde la gente surge de todas partes con una abundancia rumorosa de colmena y la existencia humana parece valer menos que en otras tierras.
El pueblo bajo va en China invariablemente vestido de lienzo azul; pero á causa de ser muy crudos los inviernos en las provincias septentrionales, se procuran todos el abrigo necesario forrando interiormente pantalones y blusas con una capa de algodón en rama. Los soldados también van con ropas acolchadas, lo que les da un aspecto hinchado y cuadrangular. Como los trajes del populacho son andrajosos, se escapa por todas las roturas su relleno algodonado, y los mendigos, los jornaleros del campo, toda la chiquillería sucia y pedigüeña amontonada en las vallas de las estaciones, tienen aspecto de insectos aplastados, que sueltan por las grietas de su cascarón azul las reventaduras de unas entrañas mantecosas.
Vemos debajo de nuestras ventanillas, clavándose las púas del alambrado sin que parezcan sentirlo, más de cien muchachuelos de cara amarillenta salpicada de costras de suciedad. Parece dudoso que se hayan lavado alguna vez. Los más conservan la coleta que la República china ha suprimido en Pekín y otras poblaciones importantes. Revueltas con ellos hay varias muchachas, vestidas igualmente con pantalones y blusa azules, que dejan asomar sus rellenos blancos. Se las conoce por su cara, más ancha de pómulos y menos sucia que la de los varones; por su peinado, que consiste simplemente en una cortinilla de pelos recortados caída sobre la frente y una trenza anudada sobre el cogote.
Se empujan todos levantando los brazos, con las manos muy abiertas. Chillan, rugen, algunos lloran. Los más pequeños caen al suelo zarandeados y pateados por sus camaradas, pero se levantan inmediatamente para unirse al pedigüeño concierto. Otras veces fingen dolores ó los exageran, para atraer la piedad.
Los empleados del tren recomiendan que no se dé dinero á las muchedumbres mendicantes de las estaciones. La República quiere suprimir esta vil costumbre de otros tiempos. Pero ¡cómo resistirse á unas vociferaciones de súplica que duran ya varios minutos! La infancia inspira siempre interés, y éste aumenta cuando los niños tienen el atractivo del exotismo. Toda esta avalancha de muchachos con faz arrugada y ojos de viejo, de niñas con peinado de mujer, carillenas y que imitan los gestos de las comadres, nos impulsa á la desobediencia, y empezamos á arrojar puñados de monedas por las ventanillas.
¡Nunca lo hubiéramos hecho!... Al ver el dinero, los grandes se unen á los pequeños. Grupos de mocetones que contemplaban impasibles el paso del tren se arrojan en medio de la chiquillería, disputando á puñetazos y bofetadas la conquista de las monedas.
En el extremo del andén hay un féretro chino, con forro de estera, que indudablemente contiene un cadáver. Siempre se encuentra algún muerto en las estaciones chinas. Todo hombre amarillo, al sentirse morir fuera de su casa, si tiene dinero ó parientes, pide que lo trasladen á su país natal. Si muere en el otro extremo del planeta, procura dejar antes lo necesario para que lo entierren en China. Aquí los muertos viajan tanto como los vivos. Unas mujeres que están junto á dicho féretro corren también para cazar en el aire algunas de las monedas, con agresivo manoteo.
Un personaje inesperado surge en mitad de esta ola de rostros amarillos y manos ganchudas que se retira del alambrado con el reflujo de sus empujones y avanza otra vez para chocar contra sus púas. Es un soldado vestido de azul, con polainas blancas y gorra á estilo japonés. Sostiene su fusil con una mano y lleva en la otra un látigo de cuero.
Desde el primer momento se da á conocer como un hombre extraordinario, verdaderamente extraordinario por su fealdad y por su energía dinámica. Tiene el rostro amarillo de cera, con numerosas arrugas á pesar de su juventud. Debajo de la gorra le cuelgan hasta los hombros unas melenas lacias, semejantes á los pelos de mono con que adornan algunas señoras sus abrigos. En cuanto á pegar, no he visto en mi vida manos más ágiles é incansables. No es un hombre: es toda una compañía que se lanza á través de la masa adversaria, partiéndola, sembrando el espanto y la dispersión, abriendo un desierto medroso en torno á su personalidad soberbia y triunfante.
Pega con las manos y casi al mismo tiempo con los pies, como si se mantuviese en el aire por obra de nuevas leyes de gravitación. Esparce culatazos, latigazos, patadas, y su deseo sería morder igualmente; pero nadie se pone al alcance de su dentadura de caballo.
Surge de las diversas ventanillas un coro de indignación. Todos nos equivocamos. Varias señoras norteamericanas protestan en inglés; yo vocifero en español, como si el terrible guerrero pudiera entendernos.
Hemos visto soldados nipones en Mukden ocupando una tierra que no les pertenece, y como este guerrero azul de las melenas desmayadas y la gorra á lo japonés es extremadamente feo, no sentimos duda alguna sobre su nacionalidad. Todos enronquecemos, indignados por las brutalidades del invasor.
—¿Con qué derecho les pega usted, miserable? Váyase á su país. Estos pobres chinos están en su casa... ¡Verdugo!... ¡Salvaje!...
Pero un intérprete corre de ventanilla en ventanilla dando explicaciones. Nos equivocamos. Es un gendarme chino que desea librarnos á su modo, por los medios que él considera más seguros y prontos, del ruidoso asalto de estos mendigos.
Callamos, algo avergonzados de nuestro error, sintiendo una repentina simpatía por el militar de las greñas de mono. ¡Las deducciones incoherentes del patriotismo!... Al saber que es chino, ya nos parece más aceptable y natural que les pegue á sus compatriotas.
El pobre hombre que acudió creyendo realizar una buena acción permanece ahora inmóvil, intimidado por nuestros gritos, mirándonos con sus ojillos agudos. No comprende nuestras protestas por un acto tan corriente. En China, los representantes de la autoridad siempre llevaron un látigo en la mano.
Al saber que no es japonés y si pega lo hace dentro de su casa, algunos viajeros hasta le echan cigarrillos. Él saluda con sonrisa humilde, enciende uno y empieza á fumar, rodeado de toda la masa humana á la que zurró momentos antes, y que le contempla con cierta admiración.
Todos permanecen quietos. Algunos se rascan los chichones recientes ó se limpian con las manos la sangre de sus rostros.
El gendarme no puede explicarse nuestra indignación anterior, ni las repentinas muestras de simpatía que recibe ahora. Fuma y nos mira asomados á nuestras ventanillas, como si fuésemos bestias raras dentro de una jaula ambulante.
Se adivina su pensamiento:
«¡Demonios blancos, locos y bárbaros!... Nunca sabe uno cómo darles gusto.»
II
LA LLEGADA Á PEKÍN
Los bandidos chinos y los trenes-fortalezas.—Una mala noche.—El Imperio del bambú soberano y de la paliza paternal.—5.000 años de historia conocida.—Recordando á Marco Polo.—Los cuatro grandes héroes de la Geografía.—«Micer Millones».—Cómo por obra de Marco Polo salieron Colón y los navegantes españoles hacia Pekín, para visitar al Gran Kan, y dieron con la ignorada América.—El despertar en Tien-Tsin.—Los chinos elegantes.—Agricultura sabia y campos de tumbas.—Una puerta de diez siglos con telegrafía sin hilos.
Al cerrar la noche, nuestro tren se transforma en una fortaleza.
Varios oficiales llevando largo abrigo de pieles y gorra con insignias de oro, á la que han añadido orejeras peludas, pasan de vagón en vagón dando órdenes, como si preparasen la resistencia á un asalto. En las dos plataformas de nuestro coche se sitúan centinelas con el fusil cargado y la bayoneta calada. En el pasillo quedan algunos más para relevar á sus compañeros durante la noche. A la cabeza y á la cola del tren van dos numerosos destacamentos en vagones blindados.
Nuestros defensores pertenecen al nuevo cuerpo que acaba de crear la República china con el título de «Guardia de Ferrocarriles». El país está infestado de bandoleros que asaltan los trenes. Muchos de estos bandidos son antiguos soldados. El chino, después de conocer la vida militar, en la que come mejor que la mayoría de sus compatriotas á cambio de mantener un fusil en uno de sus hombros, ya no quiere desprenderse de dicha arma, pues ve en ella la herramienta del más fácil y agradable de los oficios. Si lo licencian ó lo expulsan de su regimiento, se agrega á la partida de facinerosos más inmediata.
Hace cuatro meses fué asaltado un tren entre Pekín y Shanghai, y los bandidos secuestraron á los que iban en él (europeos y norteamericanos), para exigir grandes rescates. El gobierno, después de este suceso, se preocupa de vigilar las líneas férreas. No quiere que se repitan las reclamaciones diplomáticas; teme que el Japón aproveche tales incidentes para insinuar una vez más la conveniencia de que China le ceda la custodia de sus ferrocarriles. Esto traería como primer resultado el establecimiento de tropas japonesas dentro del territorio chino: una invasión disimulada igual á la de Manchuria.
No es algo nuevo, que debe atribuirse á la anarquía política del país con motivo de su revolución, esta inseguridad de los caminos. Los bandoleros y los piratas abundaron siempre en China, llegando en otros siglos á quebrantar la autoridad de los emperadores, estableciendo un Estado nuevo y excepcional dentro del vasto Imperio. El vulgo aún muestra admiración por ciertos bandoleros famosos del mar y de los caminos, héroes de antiguos poemas y novelas.
Los soldados instalados en el pasillo de nuestro vagón hablan en voz alta, fuman y discuten con una inconsciencia que impide toda protesta. Están aquí para defendernos, y como ellos no deben dormir, encuentran natural que sus protegidos se priven igualmente del sueño. Sus orejeras peludas, sus pellizas rústicas, las greñas aceitosas que cuelgan por debajo de sus gorras, les dan un aspecto inquietante. Tal vez han sido bandidos antes de figurar como defensores del orden. Según se dice, la Guardia de Ferrocarriles la ha reclutado el gobierno entre el personal de las antiguas bandas, para mayor seguridad. Si les conviene, mañana, en vez de ir dentro del tren para defenderlo, se apostarán al lado de la vía para asaltarlo.
Esto no les impide mostrarse joviales, agradecidos y un tanto confianzudos. Cuando les dan cigarrillos, acogen el regalo con gesticulaciones cómicas de gratitud. Si pasa una señora por el corredor señalan las sortijas ó los pendientes que lleva, y á continuación fingen que sacan el revólver, imitando con la boca varios tiros imaginarios. Pretenden expresar con esta mímica su resolución de batirse hasta la muerte en defensa de tales alhajas; pero mejor preferirían apoderarse de ellas, al verse lejos de la vigilancia de sus oficiales, jóvenes, correctos, de aire militar europeo, que mantienen firmemente la disciplina.
Los coches-camas del Japón imitan á los de la América del Norte. Los que ruedan por las líneas chinas son parecidos á los de Europa, pero más abundantes en dorados, y con una altura tan exagerada y absurda de sus camas superiores, que hace necesario el empleo de una escala de muchos travesaños para poder acostarse en ellas.
Como las voces de los chinos no nos dejan dormir, entretengo mi insomnio pensando en la historia de esta aglomeración humana, la más antigua y numerosa de todas las existentes, sobre cuyo suelo vamos deslizándonos á través de la noche. Esta historia abarca más de 5.000 años, y sus episodios salientes son veintidós cambios de dinastía y dos grandes invasiones: la de los tártaros mogoles y la de los manchures.
Egipto es de mayor antigüedad; mejor dicho; los historiadores han ido más lejos en sus descubrimientos, ensanchando las fronteras de su pasado. Pero el viejo Egipto hace miles de años que dejó de existir, y la China se conserva viva y sólida, como en los tiempos de sus emperadores fabulosos.
Recientemente desorientó al mundo, saltando sin transiciones constitucionales del régimen despótico más absoluto á la República democrática. Mas esto no pasa de ser un cambio de fachada, ya que la revolución todavía no ha reformado gran cosa en el interior del edificio.
El país más grande y más viejo de la tierra conservó hasta hace una docena de años la forma de gobierno de las sociedades primitivas: el régimen patriarcal. La autoridad política imitaba la autoridad del jefe del hogar. El emperador era el padre de los padres, reinando sobre centenares de millones de súbditos, como los patriarcas de la Biblia sobre su descendencia. El Hijo del Cielo pegaba ó premiaba como un padre, y sus palabras eran manifestaciones de la sabiduría divina. Del mismo modo el padre chino ha guardado dentro de su hogar, hasta hace poco, el derecho de vida ó muerte sobre sus hijos, casándolos á su antojo, sin consultar para nada su voluntad.
Durante 5.000 años el bambú flexible y duro fué el verdadero cetro de este Imperio, la varilla mágica que hizo marchar los engranajes del Estado, impulsando á los hombres á la práctica de la virtud. El único chino exento del peligro de sufrir una paliza era el Hijo del Cielo. Sus ministros más apreciados, los mandarines favoritos, los virreyes de las provincias, todos podían recibir por orden del emperador unas cuantas docenas de bastonazos, como penitencia de faltas ó descuidos. Y después de soportar esta muestra del interés imperial, continuaban en el ejercicio de sus funciones.
Acostumbrados desde su niñez á los castigos del padre, nunca se creyeron los chinos deshonrados por unos cuantos palos más ó menos en el curso de su existencia. La paliza no cortaba una carrera ni quebrantaba el prestigio del que la sufría. Era como para nosotros pagar una multa por infracción de los reglamentos municipales. La policía imperial llevaba el bambú ó el látigo siempre en la diestra, para aplicar el correctivo apenas notada la falta.
Este Imperio, gobernado lo mismo que una casa por un padre de origen celeste, con cerca de 500 millones de hijos, fué creando en el curso de cincuenta siglos una civilización que hoy se cae al suelo de puro vieja y refinada, pero tuvo en todas las épocas el poder de asimilarse á sus vencedores, de transformar á los caudillos fieros que se adueñaron de su territorio, convirtiéndolos en emperadores chinos, iguales á las dinastías fenecidas.
Hasta hace 800 años, nuestro mundo occidental, indiscutiblemente bárbaro en comparación con el llamado Imperio de Enmedio, nada sabía de éste. Los capitanes que siguieron á Alejandro hasta la India y los romanos del Imperio llegaron á conocer vagamente la existencia del llamado «País de la seda». Mas á esto se limitaron sus noticias sobre la tierra china. Algunos viajeros árabes la visitaron en los primeros siglos de la Edad Media, pero nada se supo en Occidente de sus relatos.
La humanidad se ha desenvuelto en dos escenarios diferentes sobre el gran macizo continental que forman juntas Asia y Europa, sin que el grupo de la vertiente atlántica-mediterránea supiese nada del otro grupo establecido en la opuesta vertiente del Pacífico. Ni Grecia ni Roma tuvieron noticias de la civilización que se iba desarrollando, con muchos siglos de adelanto sobre ellas, al otro lado de la barrera formada por el Asia Menor, la Persia, la India y los mares misteriosos.
Las expediciones de los cruzados y las guerras implacables de Gengis-Kan, que arrancaron á tantos pueblos asiáticos de sus alvéolos históricos, lanzándolos como piedras en opuestas direcciones, dejaron adivinar un poco del misterio chino. Pero fué un hombre aislado, un comerciante, un explorador amigo de correr aventuras, quien hizo conocer á los países de Europa lo que existía en este mundo lejano, envuelto en sombras para los occidentales. Este hombre se llamó Marco Polo.
Cuatro grandes héroes tiene la Geografía: Alejandro, que llevó la influencia griega hasta el Ganges; Marco Polo, Colón y Magallanes. Pero el héroe macedónico pudo realizar en gran parte su corta y asombrosa carrera porque su padre le había legado toda la fuerza militar y la sabiduría de Grecia, acaparadas astutamente por él. Colón descubrió un mundo nuevo auxiliado por los Pinzones y otros nautas españoles, que á causa de la posición geográfica de su país conocían mejor que los demás navegantes la existencia de tierras misteriosas en el Océano. Magallanes vió completada su circunnavegación del planeta gracias á la energía de Sebastián del Cano, que supo dar fin á tan magna empresa.
Marco Polo no tuvo colaboradores. Fué un simple mercader de genio, aficionado al estudio y á los descubrimientos, hábil para aprender las lenguas y amoldarse á los ambientes; un entendimiento ágil, capaz de ejercer las más diversas funciones.
Su padre y su tío habían hecho ya viajes comerciales á través de la misteriosa Asia, y le llevaron con ellos al ser mozo. Durante veintidós años vivió lejos de Europa, habituándose á los usos del Extremo Oriente. Su vida se desarrolla de la mitad del siglo XIII al primer tercio del siglo XIV. Viajó por el Asia Menor, la Persia, la India, y llegó á China cuando el nieto de Gengis-Kan acababa de establecer la dinastía mongola en el Imperio de Enmedio, declarando á Pekín su capital.
El Gran Kan—nombre que Marco Polo da al emperador de la China y la tradición consagró durante siglos—necesitaba extranjeros leales que le sirviesen, en un país recién conquistado y sordamente hostil á sus nuevos dominadores. Por tal razón acogió favorablemente al mercader veneciano, que además podía darle noticias de su remoto y desconocido mundo.
Marco Polo fué un personaje en el Pekín de hace siete siglos, que se llamaba entonces Cambaluc (la Ciudad del Señor), y él titula en su libro Gran Ciudad del Catay. Este título se cambió luego en Pe-King (Corte del Norte), por haber estado la capital en otras ciudades situadas más al Sur. El veneciano hasta llegó á ser virrey de una provincia china; pero su curiosidad le impulsó á correr nuevas tierras, viajando por Sumatra, Java, Ceilán y Tartaria.
Pocos autores han influido en las letras como este hombre de acción, falto de pretensiones literarias. Al volver á su país, los venecianos escucharon con interés el relato de sus maravillosos viajes. Luego los incrédulos y los maldicientes hicieron materia de dudas y bromas estas historias de un mundo lejano, y muchos de sus compatriotas acabaron por apodarle Micer Millones. Unos lo llamaban así por las riquezas fabulosas que describía en sus relatos; otros, peor intencionados, calculaban por millones las mentiras salidas de su boca. Estando en la cárcel por haber caído prisionero de los enemigos de Venecia en una batalla naval, escribió la crónica de sus viajes á través del Asia. En sus últimos días, al hablar melancólicamente de la incredulidad de sus contemporáneos, afirmó no haber puesto en su libro ni la décima parte de las maravillas vistas por él.
La veracidad de Marco Polo ha sido comprobada por muchos sabios y exploradores modernos, sin encontrar en su libro errores geográficos de bulto ni descripciones inverosímiles. Su obra circuló entre los hombres doctos de los dos últimos siglos de la Edad Media. Poetas y novelistas la explotaron para sus relatos caballerescos. Él hizo conocer al Preste Juan de las Indias, rey misterioso del que tanto se ocuparon los autores medioevales; él lanzó los nombres de Catay y Cipango para designar á la China y el Japón; él fué el primero en describir como testigo visual las riquezas del Gran Kan y sus palacios de Pekín.
Colón no pudo leer directamente el libro de Marco Polo. Este relato sólo fué popularizado por medio de la imprenta años después del descubrimiento de América. Pero empleó como autores de consulta á muchos que se habían inspirado en el aventurero mercader, repitiendo sus descripciones de las riquezas asiáticas, en cuya busca fué Colón al salir de España, siguiendo el rumbo de Occidente. Por Marco Polo conocía también la existencia del Gran Kan, y estaba tan cierto de encontrarlo, que pidió á los Reyes Católicos una carta de presentación escrita en latín, para que aquel le recibiese en su ciudad de Catay como enviado de España.
El libro de un explorador que vivió en Pekín á fines del siglo XIII sirvió para que dos siglos después otro aventurero genial, con tres puñados de españoles sobre tres barquitos, fuese en busca del Japón y la China por el lado de Poniente, aprovechando la redondez de la tierra. Y al insistir en tan audaz aventura dieron todos, sin esperarlo, con una muralla infranqueable en medio de los mares, la tierra virgen de las nuevas Indias, mal llamada después América...
Acabo por dormirme, no obstante los gritos y las risotadas de nuestros guardianes. Cuando despierto entra el sol por los resquicios de las ventanillas. Parece que ya hemos pasado la parte más peligrosa del camino: unas tierras encharcadas por las grandes crecidas fluviales, en cuyos pantanos, exuberantes de vegetación, se refugian los bandoleros.
Llegamos á la ciudad de Tien-Tsin, el puerto más inmediato á Pekín. En el vagón-comedor encuentro á varios europeos residentes en dicha población, que han subido al tren para trasladarse á la capital. Todos ellos llevan abrigos de pieles con el pelo á la parte exterior. En otras mesas hay numerosos chinos de aspecto elegante, que hablan en inglés y usan el tenedor como los occidentales. Son mercaderes acaudalados ó personajes adictos al gobierno de la República, que se dirigen á Pekín para despachar sus asuntos. Llevan el traje nacional: una túnica de rica seda azul, chaleco negro de damasco abotonado hasta el cuello, y un solideo de igual color con botón de coral ó de jade. Como la sotana azul está abierta á partir de las rodillas, deja ver su forro interior de suaves y costosas pieles. Además, llevan un pantalón sujeto al tobillo, muy ancho y acolchado por dentro. Todos ellos aman las joyas. Ostentan valiosas sortijas en las manos finamente cuidadas, y cadenas de oro sobre el pecho.
Uno de estos personajes, joven y de sonrisa afable, me explica la vestimenta que usan los chinos modernos según las estaciones. En invierno prefieren el traje nacional. Es más abrigador; su amplitud permite forrarlo con pieles y acolchados. En verano imitan á los coloniales de origen europeo, y se visten de blanco, con pantalón y chaqueta cerrada.
A la nieve ha sucedido el polvo. Corre el ferrocarril por unas llanuras amarillas divididas en campos. Todo está arado. Cuando pase el invierno, esta sucesión de parcelas cultivadas resultará atractiva con su interminable oleaje de mieses; pero ahora el viento levanta remolinos de tierra rojiza, y los servidores del comedor deben sacudir á cada momento el cuero de los divanes y los manteles de las mesas.
Tienen cierta semejanza estos campos con las planicies de la Argentina después de la siembra, pero con más abundancia forestal. Todas las propiedades están orladas de árboles, á los que arrebató el invierno su follaje: hileras de esqueletos grises, elevando al cielo sus múltiples y nudosos brazos.
Hay en todas las estaciones muchedumbres vestidas de azul. Hombres y mujeres usan el mismo traje, de idéntico color. El pantalón y la blusa son el uniforme de la nación china sin distinción de sexos. En los pueblos rurales se conserva la trenza varonil. Sólo los chinos de las grandes ciudades y los que viven en el extranjero aprovecharon la caída del Imperio para cortarse este apéndice tradicional.
Lo que produjo mayor asombro á Marco Polo, y algunos siglos después á los primeros misioneros establecidos en China, fué el desarrollo de su agricultura. En aquellos tiempos los labriegos de Europa eran unos bárbaros que cultivaban sus tierras de un modo rudimentario. Todos los adelantos agrícolas posteriores fueron las más de las veces simples copias de la agricultura china.
Admiramos desde el tren huertas que merecen el título de jardines. Las grandes extensiones dedicadas á los cereales revelan un trabajo minucioso. Mas con frecuencia, partiendo los vastos rectángulos de tierra cultivada, vemos un oleaje de pequeñas cúpulas que son tumbas. Estos grupos de sepulturas se prolongan á veces hasta el horizonte, formando cementerios interminables.
Los chinos pueden ordenar su enterramiento sin ningún obstáculo legal. Cada uno improvisa un cementerio en el campo de su pertenencia. Las tumbas no desaparecen con el curso de los siglos, y á las nuevas generaciones les basta añadir unas paletadas de tierra sobre los montículos sepulcrales para que éstos persistan á través de miles de años con más consistencia que los monumentos de granito.
Cada uno defiende las tumbas de sus muertos al defender la propiedad de la tierra que le alimenta. Y como en este país, poblado por cerca de quinientos millones de seres, la cantidad de defunciones alcanza todos los años á una cifra enorme y no se borra ninguna tumba aunque transcurran siglos y siglos, resulta que los que se fueron roban cada vez más terreno á los que llegan, estrechando los límites de su actividad.
Más de una cuarta parte de la inmensa China se halla ocupada por tumbas. Además, éstas son eternamente sagradas y no hay gobierno que se atreva á tocarlas. Una de las dificultades mayores con que tropiezan los blancos al construir ferrocarriles, es la imposibilidad de expropiar una tierra que tenga sepulcros. Algunas veces se ven obligados á desviar la línea férrea con absurdos rodeos porque los descendientes de unos chinos que murieron hace tres ó cuatro siglos se niegan á remover las sepulturas de éstos.
La República lleva hechas algunas reformas, pero no se atreverá en muchos años á aligerar el suelo patrio de tantos millones y millones de tumbas. Los muertos pesan sobre el país con una fuerza abrumadora; lo siguen gobernando, y habrá que empezar por hacerlos desaparecer para que la China entre en la vida moderna.
Son tantos los sepulcros en algunos campos, que sus poseedores, necesitados de hacerlos producir, aprovechan los espacios libres entre los montículos y van trazando con el arado surcos tortuosos. Así obtienen hileras de espigas nutridas con el zumo de unos ascendientes á los que nunca conocieron, pero que les inspira un respeto supersticioso.
El japonés venera á sus antepasados porque se han convertido en dioses, y él á su vez será dios cuando sus descendientes le rindan igual culto. El chino los respeta porque les tiene miedo. Venera las tumbas de unos abuelos remotísimos cuyo nombre ignora; se arruina y vende hasta los objetos de primera necesidad para costear funerales ostentosos en honor de los que fallecen dentro de su casa. Como teme á los muertos, procura mantenerlos tranquilos y contentos, para que no vengan á atormentarle durante la noche, ni siembren de fracasos y desgracias el camino de su vida. Alguien ha definido á este país diciendo que es una aglomeración de quinientos millones de vivos, aterrados por la presencia de miles de millones de muertos.
Los cementerios se suceden en el paisaje, cada vez con mayor frecuencia. Al final sólo vemos tumbas, y emergiendo de su oleaje rojizo algunas chozas de esteras y pedazos de lata, semejantes á las que existen en los suburbios de todas las ciudades.
Empieza á deslizarse paralelamente al tren una alta muralla gris de apretadas almenas. En la faja de terreno intermedia van pasando pequeñas huertas y casitas de hortelanos. Vemos, con cinematográfica rapidez, una puerta que perfora lo mismo que un túnel este bastión interminable, y sobre su arcada sombría un castillo rojo con tres tejados superpuestos, cuyos ángulos tienen forma de cuernos.
Esta puerta, fortificada al estilo chino, la hemos contemplado muchas veces en libros de viajes. A continuación, con violenta antítesis visual, se alzan sobre la muralla unos palos gigantescos que se aproximan á nosotros. Son dos poderosas antenas de comunicación inalámbrica, instaladas por los norteamericanos. ¡La telegrafía sin hilos junto á una puerta que cuenta más de mil años!...
Va aminorando su marcha el tren y se inmoviliza finalmente luego de rozar una especie de malecón que es una antigua muralla cortada.
III
LAS TRES CIUDADES DE PEKÍN
La forma geométrica de Pekín.—La ciudad china, la ciudad tártara y la ciudad prohibida.—El edificio chino y la tienda de campaña.—Los geomantes y sus adivinaciones.—Los espíritus del Viento y del Agua.—La cuarta ciudad.—El barrio de las Legaciones y sus tropas visibles y ocultas.—La seguridad de las calles de Pekín y la policía china.
Todas las mañanas, al saltar fuera de mi cama en el «Grand Hôtel des Wagons-Lits», siento la misma duda, y me pregunto:
—¿Estoy verdaderamente en Pekín?
El aspecto europeo de mi habitación me obliga á descorrer las cortinas de una ventana y limpiar sus vidrios, empañados por el frío exterior. Veo enfrente un canal, á un lado una muralla obscura, y al pie del hotel una larga fila de cochecitos con las varas en el suelo, mientras sus conductores, cruzando los brazos sobre el pecho, abrigan sus manos conservándolas bajo los sobacos. Todos estos chinos miran á las ventanas, y uno de ellos que me llevó por la ciudad en días anteriores, al reconocer á su cliente inicia una mímica apasionada para hacerme saber que me espera desde el alba.
Una vez más me convenzo de que estoy en Pekín, pero esto no impedirá que al despertar mañana sufra la misma duda. ¡Es tan extraordinario vivir en esta población, cuyo nombre aprendemos desde niños, como algo remotísimo que nunca llegaremos á ver!...
La gran ciudad china figura en nuestras primeras impresiones como un lugar inaudito de absurda lejanía. Cuando oíamos hablar, siendo pequeños, de alguna persona que se había alejado para siempre, decían: «Se fué á Pekín», y no era preciso añadir más. Los hombres de verbo enérgico, para concretar algo que no podría realizarse nunca ó no tolerarían de ningún modo, afirmaban: «Ni aquí ni en Pekín», y todo quedaba dicho.
Esta capital misteriosa se hallaba al otro lado del planeta, debajo de nuestras plantas, y como sus habitantes de ojitos oblicuos, sonrisa astuta y trenza en el cogote vivían cabeza abajo, era natural que todo lo hiciesen al revés que los blancos, lo que abría ante nuestra imaginación infantil una serie interminable de espectáculos grotescos y disparatados.
Me convenzo todas las mañanas de que estoy en Pekín é igualmente de que los chinos no son tan extravagantes como los creíamos en nuestra niñez. La vida moderna ha cambiado la fisonomía de todos los pueblos, hasta del Imperio chino, que parecía eterno como una momia y hoy es una República. Pero no obstante la general transformación, guarda esta ciudad el prestigio misterioso y el novelesco interés que envolvió siempre su nombre.
Verdaderamente sólo á partir del régimen republicano forma Pekín una ciudad única. Mientras existieron los emperadores estuvo compuesta de tres ciudades: la china, la tártara y la imperial, llamada también «ciudad prohibida», cada una de ellas con su defensa de anchos muros y puertas profundas, coronadas por castillos.
Pekín es, de todas las capitales de la tierra, la que tiene una forma más exactamente geométrica y una orientación escrupulosamente geográfica. Su eje va de Norte á Sur rigurosamente. La calle de Chien-Men, que divide toda la ciudad china y gran parte de la tártara, llegando hasta la primera puerta de la ciudad imperial, es una línea escrupulosamente trazada entre estos dos puntos cardinales, y las calles secundarias que la atraviesan van con igual exactitud de Este á Oeste. Las murallas que abarcan á las tres ciudades forman en su conjunto un cuadrilátero y cada una de sus caras es paralela á uno de los cuatro límites geográficos.
Al examinar el plano de Pekín se cree estar viendo un dibujo geométrico. Abajo, en el Sur, hay un rectángulo más ancho que alto, que es la ciudad china. Encima un cuadrado perfecto, la ciudad tártara, y en el centro de ella un segundo cuadrado, la ciudad imperial. La ciudad china, reservada en otros siglos al populacho, ocupa el lugar del vestíbulo en un plano arquitectónico; después viene, como si fuese el cuerpo principal del edificio, la ciudad tártara, y en su corazón, bien guardado por todas sus caras, está el santuario, la ciudad imperial, donde residía el Hijo del Cielo.
Marco Polo cuenta que el nieto de Gengis-Kan, al establecer su capital en Pekín, tuvo en cuenta las predicciones de algunos adivinos que le acompañaban en sus conquistas. Como éstos le aseguraron que su descendencia perecería por una sublevación de dicha ciudad, el Gran Kan levantó al lado de la antigua Cambaluc, ó sea la ciudad china, la actual ciudad tártara, repartiendo los solares entre sus feudatarios más adictos. De tal modo, sus herederos vivirían rodeados siempre por los nietos de los antiguos conquistadores, sirviéndoles éstos de guardia y defensa. Para que los enemigos del Hijo del Cielo pudiesen llegar hasta él, tenían que asaltar primeramente la ciudad china, que por sí sola representaba todo un sistema de fortificación. Luego, salvando el canal que separa dicha ciudad de la tártara, debían hacerse dueños de los baluartes de ésta última, todavía más altos y robustos, y finalmente, al verse poseedores de la ciudad tártara, tropezaban con las murallas de la «ciudad roja», nombre que se da igualmente por el color de sus muros á la ciudad imperial ó prohibida.
Durante varios siglos de paz se fué quebrantando la división de razas que separaba á los conquistados, habitantes de la ciudad china, de los vecinos de la ciudad tártara, descendientes de los conquistadores. Esta última, por contener en su recinto los palacios imperiales, vivía bajo un régimen militar, cerrándose sus puertas á la puesta del sol y quedando sometidos sus habitantes á todas las molestias de una plaza fuerte. Como precisamente los nietos de los tártaros eran los más ricos y dados á los placeres, se fueron trasladando á la ciudad china, para vivir con mayor libertad. Hace ya muchos años que estas denominaciones no son más que recuerdos históricos. Las familias chinas y tártaras se han mezclado por enlaces matrimoniales y viven indistintamente en una ó en otra ciudad.
La arquitectura de Pekín recuerda el origen nómada del pueblo chino en los tiempos remotos de su historia. También fueron de vida errante las dos invasiones de jinetes tártaros y manchures. A causa de esta influencia, muchos que han estudiado su arquitectura reconocen en todas sus construcciones—palacios, templos, torres ó casas particulares—una imitación de la tienda de campaña habitada por sus ascendientes.
En China sólo se construyeron durante los pasados siglos edificios de un piso único. Cuando se quería darles cierta altura para que adquiriesen proporciones majestuosas, eran levantados sobre mesetas de piedra. En los barrios comerciales, la necesidad de vivir sin quitar espacio al propio almacén obligó á muchos á construir sobre su establecimiento una especie de buhardilla, que sirve de habitación. Pero es creencia tradicional que el vivir en piso alto atrae las enfermedades, y manteniéndose en contacto á todas horas con la tierra se reciben efluvios misteriosos que vigorizan la salud.
El parecido entre el edificio chinesco y la tienda de campaña resulta exacto. Las techumbres, negras ó de tejas barnizadas, son externamente cóncavas, como la cubierta de lona de la tienda, que forma bajo el soplo del viento una curva entrante. Las columnas, siempre de madera, carecen de capiteles y basamentos, aunque el edificio se halle revestido con pomposa riqueza. Están cubiertas de laca y oro, pero son iguales de arriba á abajo, sin ningún adorno saliente, como los postes que forman el andamiaje interior de los campamentos. Los ángulos de las techumbres se encorvan hacia arriba, lo mismo que los extremos de la tienda, sostenidos por lanzas.
Los chinos han ratificado con sus ideas supersticiosas esta forma curva de los ángulos de sus tejados. Son muchos los que aún creen en la actualidad que sus ascendientes dieron figura de cuerno á los remates de los aleros para dejar más espacio á los espíritus del Agua y del Aire, señores de nuestra existencia. Así no se rasgan las alas ni se enredan en ángulos agudos, como los que fabrican los «demonios blancos» en sus construcciones.
Éste es el país de los geomantes. Antes de construir un edificio se pide consejo á la ciencia geomántica y no se abren los cimientos ni se coloca una piedra sin que el adivino, enterado del revoloteo de los espíritus y las direcciones amadas por ellos, estudie el solar y diga al arquitecto qué orientación debe seguir en sus planos. Son también los geomantes quienes señalan los terrenos más favorables para enterrar á los muertos y que los espíritus sean clementes con ellos. Con frecuencia, el adivino designa como lugar favorable para la futura tumba el campo de algún amigo suyo, y los herederos se ven obligados á adquirirlo á un precio fabuloso. Lo más extraordinario es que estos hechiceros que legislan sobre las buenas ó malas condiciones del suelo únicamente reconocen á la tierra que los hace vivir una personalidad secundaria y pasiva. Los dioses, según ellos, sólo habitan la atmósfera. Son Feng (el Viento) y Shui (el Agua).
Más de una vez, el europeo ó el norteamericano, después de haber construído una fábrica, una estación de ferrocarril ó una chimenea de ladrillos, ve llegar en masa á la chinería de las inmediaciones, que protesta con desesperación, enumerando las calamidades caídas recientemente sobre la comarca. Esto se debe á que Feng y Shui están irritados por las obras groseras que obstruyen una atmósfera en la que se movían antes con desembarazo. Es el geomante más célebre del distrito quien ha hecho tal descubrimiento, gracias á su ciencia. Y los civilizadores del país no tienen otro recurso que buscar al sabio popular para conseguir con donativos secretos que cambie repentinamente de opinión. En ciertas ocasiones el geomante es un nacionalista hasta la xenofobia, que no admite regalos y cree de buena fe en sus revelaciones, aferrándose á ellas para que los extranjeros se alejen del país. El populacho insiste en sus protestas, y los mandarines encargados de la justicia ordenan, para restablecer la paz, la demolición de los edificios industriales, aunque el gobierno tenga que pagar una fuerte indemnización á sus dueños.
La tienda de campaña, origen y modelo de la arquitectura china, se repite siempre en extensión ó en altura. Una torre de pagoda no es más que una sucesión de tiendas con los aleros cornudos, colocadas una sobre otra en armónica disminución. Los pequeños y ligeros edificios superpuestos deben ser forzosamente en número impar: cinco ó siete por regla general. Los chinos aborrecen el número par y lo evitan en todas sus obras.
Templos y palacios están formados por aglomeraciones de edificios, siempre en figura de tienda, y teniendo por únicos materiales la madera y el azulejo. El mármol y el granito se reservan para los basamentos de las construcciones, para las escalinatas con barandillas admirablemente cinceladas, para los puentes de atrevida joroba, para los pavimentos de los patios, encerrados entre cuatro hileras de edificios y por cuyo centro se desliza un curso de agua.
Las tres antiguas ciudades que forman la capital china han visto crearse otra más pequeña junto á la muralla de la ciudad tártara, en el lugar donde se alza la Puerta de Enfrente, dando paso á la avenida que atraviesa todo Pekín hasta el Palacio Imperial. Esta cuarta ciudad es el llamado barrio de las Legaciones, por vivir en él los representantes diplomáticos y todos los blancos residentes en Pekín. Es como un Estado independiente dentro del corazón de la China. Hasta tiene un ejército internacional para su defensa, y en el interior de sus fronteras no rigen las leyes ni las autoridades del resto del país.
El lector recordará indudablemente la sublevación de los boxers en 1900 y la horrible situación en que se vieron los habitantes del barrio de las Legaciones. Estos boxers, patriotas hasta la ferocidad, se sublevaron contra los «demonios blancos», exterminando á todos los individuos de nuestra raza que pudieron encontrar. El personal de las Legaciones, los exiguos contingentes militares que éstas tenían á su disposición y los europeos civiles que pudieron armarse sostuvieron una lucha desesperada durante varias semanas, hasta que llegaron los refuerzos enviados por las grandes potencias. Tuvieron que batirse uno contra mil día y noche, sufriendo el hambre, la sed, el insomnio, la infección de la atmósfera producida por los cadáveres abandonados en las calles al pie de las barricadas. Como estaban seguros de perecer sometidos á horribles tormentos si caían en poder de los boxers, se batieron con el heroísmo del que ha decidido morir, pero sin soltar las armas.
Además, el chino es poco propenso á las ofensivas á cuerpo descubierto, y prefirió atacar las Legaciones oculto en los edificios cercanos, con la esperanza de rendir á sus enemigos por el hambre y la sed.
Después de esta cruel experiencia, las naciones poderosas que desean influir sobre los destinos de la China mantienen en el barrio de las Legaciones unos contingentes militares dignos de respeto. Se ven en las calles de esta pequeña ciudad, edificada á estilo europeo, soldados ingleses, franceses, italianos, y especialmente norteamericanos.
La Embajada de los Estados Unidos es enorme. Sus varios edificios están situados junto á una sección interior de la muralla que defiende á la ciudad tártara. Algunos de ellos son pabellones militares, idénticos á los de los cuarteles. Desde lo alto de la muralla se ven sus patios y en ellos grupos de soldados con chambergos puntiagudos que hacen el ejercicio de fusil y practican el manejo de las ametralladoras. Además, dentro de la Embajada están las dos enormes antenas de telegrafía inalámbrica que mantienen en comunicación segura á las Legaciones con el resto de la tierra.
Hoy no es probable un ataque de los patriotas exaltados contra este barrio. Las fuerzas militares de que disponen los embajadores en Pekín y en las concesiones diplomáticas del puerto de Tient-Sin ascienden, según parece, á unos ocho mil hombres, lo que representa, por la calidad de los soldados y por su material de combate, un ejército importantísimo, teniendo en cuenta la desorganización ruidosa y la propensión á huir, después de un ataque rechazado, que muestran las muchedumbres chinas.
No hacen los embajadores ostentación de dichas tropas. Únicamente se ven en las calles, con alguna frecuencia, soldados norteamericanos; lo que no resulta extraordinario, por ser el gobierno de los Estados Unidos el que ejerce mayor influencia sobre la República china. Soldados nipones apenas se encuentran, aparte de los centinelas que guardan la entrada de su Legación; pero en Pekín ascienden á varios miles los tenderos japoneses, vigorosos, jóvenes, de sonrisa astuta. Según me dicen algunos diplomáticos, todo japonés tiene oculto en su tienda el uniforme y el fusil, y basta que su embajador lance una palabra, para que media hora después formen en sus patios dos regimientos tan bien organizados como los de la guarnición de Tokio, sin que nadie pueda adivinar de dónde surgieron.
Este barrio de las Legaciones es interesante y ameno á causa de las rivalidades ocultas, las ceremonias y las etiquetas exteriores, que forman el tejido de su vida diaria. Recuerda el mundo diplomático de Constantinopla antes de que fuese destronado el último sultán absoluto, cuando aún existían los privilegios internacionales de las Capitulaciones. Las esposas de los diplomáticos reproducen en Pekín las elegancias y placeres de la vida occidental. Son frecuentes las fiestas de sociedad, los banquetes conmemorativos, las recepciones oficiales.
El primer hotel europeo de Pekín lo estableció, en pleno barrio de las Legaciones, la Compañía europea de los Wagons-Lits y lleva este mismo título. Es un hotel de tipo francés, que algunos consideran algo anticuado. Recientemente, la influencia norteamericana creó el Gran Hotel de Pekín, edificio enorme, á semejanza de los de Nueva York, con vastas salas de baile y una feria de bulliciosas tiendas en su piso bajo. La tranquilidad actual de la China ha permitido la audacia de construir este albergue lujoso fuera del barrio de las Legaciones. En torno á él se están edificando casas á la europea para las familias occidentales, cada vez más numerosas. De ocurrir una revolución nacionalista, las fuerzas que guarnecen las Legaciones podrían defender con facilidad este nuevo barrio anexo.
Los que conocemos á Pekín desde hace muchísimos años por nuestras lecturas, preferimos el tranquilo y señorial Hotel de los Wagons-Lits. Lo vimos mencionado siempre en los relatos de la lejana ciudad como única residencia de los europeos de entonces, y nos parece que instalados en él estamos más de veras en China.
Tengo un amigo y compañero de letras que ha residido en esta capital dos largas temporadas, y me conduce á muchos lugares cuyo conocimiento requiere una larga observación. Es el marqués de Dosfuentes, ministro plenipotenciario de España; diplomático que vive como un prócer de otra época, escritor que en su libro El alma nacional supo condensar como nadie lo mejor y lo más sano de nuestra raza. La Legación de España, edificio gracioso, de elegante sencillez, ha aumentado sus atractivos para la sociedad internacional de Pekín con las fiestas que da frecuentemente nuestro ministro. Gracias á él pude conocer en poco tiempo todas las personalidades interesantes de este barrio célebre que asisten fielmente á sus comidas y recepciones.
En los primeros días causa extrañeza ver con qué naturalidad se desarrolla la vida europea dentro de esta urbe asiática tenida hasta hace poco por misteriosa. Parece imposible que á una distancia de dos docenas de años nada más, fuesen martirizados y hechos pedazos todos los blancos que pudo pillar la muchedumbre amarilla en sus calles. Las señoras van solas en plena noche á través del gentío chino, sin recibir el menor insulto; tal vez con más seguridad que en algunas ciudades europeas.
Al pasear por Pekín se nota inmediatamente la abundancia de policía y el método con que cumple ésta sus funciones. A cortas distancias hay agentes que con sus movimientos de brazos regulan la circulación. Sólo los pobres marchan á pie. Muchos chinos van en automóvil, y el resto de los transeúntes se vale del carruajito de ruedas ligeras, tirado por un solo hombre, que aquí se llama ricsha. En la gran avenida que parte longitudinalmente á Pekín, las ricshas forman filas de seis y de ocho, circulando por la derecha ó la izquierda, según su dirección. Ninguno de los caballos humanos deja de obedecer los manoteos ordenadores de la policía. Además, cada cien metros hay una pareja de gendarmes con el fusil al hombro, más correctamente uniformados y de mejor cara que nuestros guardianes del ferrocarril.
Se adivina en toda la ciudad un orden firme y severo, una vigilancia continua é inexorable. Robos y homicidios abundan menos que en la mayoría de las capitales de Europa. El chino del Norte, grande de estatura, sobrio en palabras, honesto en sus tratos, se parece muy poco al chino del Sur, pequeñito, bullanguero, astuto, propenso á la mentira, que es el más conocido en el mundo, porque junto con tan malas cualidades posee otras muy excelentes, que hacen de él un elemento valioso de emigración.
Después de comer en la Legación de España veo que una de las invitadas, señora joven y elegante, se vuelve sola á su casa á las once de la noche. Al extrañarme de ello, como de una audacia inconcebible, me dice con naturalidad que todas las noches hace lo mismo. Toma una ricsha, cuyo conductor no conoce las más de las veces, y se hace llevar por él á su domicilio, fuera del barrio de las Legaciones, á través de calles puramente chinas.
Nunca la ocurrió el menor percance. Jamás ha sentido la inquietud del miedo. En las vías solitarias encuentra siempre á un policía, con su gorra redonda galoneada de blanco y el revólver sobre una cadera. Otras veces es una pareja de gendarmes con fusiles al hombro y cargados.
No todos pueden decir lo mismo en la mayoría de las ciudades de Occidente, más peligrosas y desiertas después de media noche que los senderos de una selva.
IV
SINGULARIDADES DE LA VIDA CHINA
La ciudad más grande del mundo.—Las antiguas calles y sus muchedumbres.—Casas, muebles y gorros.—Los casamientos.—Los pies de las chinas.—Vanidad con que las mujeres á estilo antiguo aprecian su deformación.—Las damas manchures.—La cocina china y sus horripilantes picadillos.—Vinos de animales.—Los cocineros chinos esparcidos por el mundo.—Sus caprichos de artista.—Lo que vió una dama al bajar á su cocina, y la respuesta del cocinero para que todos quedasen contentos.
A mediados del siglo XIX era Pekín la ciudad más grande del mundo. Londres encerraba escasamente millón y medio de habitantes; Nueva York y París, muchos menos. Pekín tenía el mismo vecindario que ahora: dos millones y medio de seres.
Su área era también superior á la de todas las grandes urbes de Occidente, por apreciarse las categorías de los personajes chinos con arreglo á la extensión de terreno que ocupan sus viviendas. Por eso en todas las construcciones de algún valor procuran los arquitectos engañar al visitante con perspectivas hábilmente dispuestas, que agrandan las proporciones de los edificios y especialmente la amplitud de los jardines.
La población de Pekín ha parecido siempre dos ó tres veces más numerosa que lo es en realidad, por las ceremonias de la etiqueta china y las costumbres especiales del país. En tiempo del Imperio ningún personaje salía á la calle sin ir en un palanquín llevado á hombros y con largo séquito de domésticos. Los mandarines allegados al emperador debían ir seguidos cuando menos de cien acompañantes. Los jueces, al dirigirse á los sitios donde administraban justicia, llevaban detrás de ellos todo su tribunal formado en procesión: secretarios, procuradores, alguaciles y litigantes. Los mandarines militares, á partir de un grado equivalente al nuestro de capitán, iban con una escolta de jinetes. Esta escolta, según la importancia del jefe, llegaba á convertirse en nutrido escuadrón. Todos galopaban sin orden determinado, pero procurando mantener al personaje en el centro del grupo.
Además llenaban las calles, de sol á sol, los pequeños cortejos de los particulares. Éstos se consideraban desprestigiados si no hacían sus visitas en un palanquín con numerosos servidores. Unos se relevaban para el sostenimiento de la pequeña casa portátil, otros llevaban los objetos usuales de su dueño: el quitasol, el abanico, la pipa, etc.
Otro motivo de gran afluencia en las calles del Pekín imperial era la costumbre de trabajar á domicilio, observada por los menestrales desde tiempos remotos. El carpintero, el herrero, el sastre, circulaban por la ciudad con sus oficiales y aprendices, llevando las materias y herramientas para su trabajo. Hasta los impresores iban á las casas de los letrados con su prensa, sus resmas de papel y sus tarros de tinta para imprimir libros. Los autores guardaban en su domicilio las planchas de madera grabadas, cada una de las cuales era una página, y no tenían más que sacarlas á la puerta para que el impresor fabricase en unas cuantas horas centenares de volúmenes, tirados en un papel sutil, de dobles planas, plegadas y sin cortar, forma que todavía subsiste.
El tercer motivo de aglomeración en las vías públicas era que en Pekín todo se hacía á brazo, y el transporte de maderos y ladrillos para las obras del gobierno y los edificios particulares exigía largos rosarios de atletas doblados bajo pesos abrumadores.
Hoy la vida antigua de la ciudad está modificada. Han desaparecido casi por completo los palanquines, como ocurrió en las ciudades japonesas. La ricsha, más ligera y que sólo exige un hombre para su manejo, ha democratizado la circulación.
Son los blancos quienes implantaron este nuevo medio de transporte en el Extremo Oriente. Algunos misioneros norteamericanos, viejos y achacosos, al establecerse en el Japón en 1860, se hicieron llevar por naturales del país en carruajitos de tal especie. Los japoneses se apropiaron la innovación, creando la koruma, y del Imperio del Sol Naciente han copiado el uso de su ricsha los chinos y otros pueblos asiáticos. Antes sólo podían ir en palanquín los mandarines y los comerciantes ricos; ahora todos los chinos que gozan de un pequeño bienestar usan la ricsha. Esto ha aumentado la afluencia en las calles, pero con un tono uniforme y obscuro, sin la brillantez colorinesca de los antiguos cortejos.
Algunos próceres chinos apegados á la tradición se niegan á aceptar el automóvil, como muchos de sus compatriotas que viajaron por los países occidentales. Tampoco se atreven á resucitar el antiguo palanquín, y dan sus paseos en unas berlinas azules, de ruedas doradas, con el interior forrado de seda gris perla. En estos carruajes vistosos, tapizados como un tocador de dama, no hacen mala figura los personajes de la antigua corte, chinos de aventajada estatura, algo gruesos, con ricas vestimentas de seda azul. Dos caballitos mogoles, de exigua talla con relación al vehículo, tiran de éste, y á veces se muerden entre ellos, obligando á echar pie á tierra á uno de los lacayos, para ponerlos en paz.
Al ser de un solo piso, las casas están compuestas de numerosos pabellones separados por patios y jardines. Los chinos son los únicos en el Extremo Oriente semejantes á nosotros por su mueblaje. Se sientan en sillas y no en el suelo, comen sobre una mesa, duermen en camas. En sus salones, el gran lujo son los biombos. Sus diversas hojas contienen paisajes y escenas de la vida ordinaria, pintados con minuciosa observación. En todas las viviendas de alguna comodidad, los pisos tienen debajo de ellos tubos de piedra que transmiten el calor de una hoguera encendida en el subterráneo.
Una contradicción artística de este pueblo. Ama las líneas simples en su arquitectura; algunos de sus edificios célebres parecen diseños geométricos, y en cambio muestra horror por la línea recta cuando fabrica muebles y objetos de lujo. Talla la madera y los metales con ondulaciones reptilescas. Los contornos de sillas y mesas parecen estar formados con una interminable curva vermicular. El eterno modelo es un dragón, con sus enroscamientos escamosos.
Este pueblo que durante siglos vistió de un modo uniforme, obedeciendo las leyes suntuarias decretadas por el Hijo del Cielo, conserva por tradición el mismo corte de traje en los diversos grados sociales. La importancia de las personas se aprecia únicamente por la riqueza de las telas que usan.
La elegancia y el rango de cada uno se concentra en el gorro ó solideo que cubre su cabeza. En él se exhiben los signos honoríficos, iguales á las condecoraciones que los mandarines civiles de Europa se colocan sobre el pecho en forma de cruces y los mandarines militares sobre los hombros en forma de charreteras. Cada tocado indica la categoría de su portador por medio del botón que lo termina. Unas veces el botón es de seda, otras de oro ó de piedras preciosas, abarcando su simbolismo todas las dignidades, hasta las puramente literarias. Además, los mandarines letrados, para demostrar su alejamiento de los trabajos materiales, se dejaron crecer hasta hace poco las uñas de sus manos. Sólo las exhibían en días de ceremonia, guardándolas el tiempo restante metidas en fundas de bambú.
Bien sabida es la enorme influencia del llamado Código de los Ritos en este país ceremonioso. La gran sabiduría para la China imperial consistió en conocer la mayor cantidad de palabras y todas las reglas de una complicadísima etiqueta. La escritura china, que es ideológica, no tiene letras sueltas. Cada signo es una palabra, y la gran ciencia consiste en poder guardar en la memoria veinte mil, treinta mil y hasta cuarenta mil de ellos, y tenerlos igualmente prontos al extremo del pincel que sirve de pluma. El que además llegaba á dominar todos los enrevesamientos interminables de la etiqueta, se consideraba apto para los más altos cargos del gobierno, pues éstos se obtenían siempre por examen. Hoy todo ha cambiado, y los letrados que figuran en la República china saben algo más que palabras sin ideas ó cortesías interminables y falsas.
La autoridad despótica del padre mantuvo hasta hace poco un régimen absurdo dentro de las familias. Los hijos nunca eran consultados para su casamiento, lo mismo que en el antiguo Japón. Con frecuencia, dos amigos faltos aún de descendientes se prometían de un modo solemnísimo unir en matrimonio los hijos que pudieran tener más adelante, si eran de sexo distinto. La solemnidad de tal promesa consistía en desgarrarse la túnica en dos pedazos, dándose recíprocamente la mitad. El Código de los Ritos protestó en vano contra estas absurdas costumbres. Los padres celosos de su poder absoluto siguieron casando á los hijos según su capricho ó su interés, y vendiendo sus hijas al marido que ofrecía más.
En las provincias del interior todavía es el casamiento un juego de azar para el hombre. Como los chinos tradicionalistas mantienen á sus hijas reclusas, el que desea contraer matrimonio se vale de los oficios de viejas casamenteras, sometidas por las antiguas leyes, en caso de engaño, á severísimas penas, que algunas veces llegaban hasta la estrangulación.
A pesar de tales amenazas de la ley, las casamenteras, sobornadas por los padres, engañan casi siempre á los novios, exagerando descaradamente las gracias y los méritos de sus futuras. Como el marido ve por primera vez á su esposa al abrir la portezuela del palanquín que la trae á su casa, no le queda otro recurso, si le han engañado con falsos informes sobre su belleza, que devolverla inmediatamente á sus padres, dando por terminada la fiesta y despidiendo al ruidoso cortejo de músicos é invitados. Pero esto se ve con más frecuencia en las comedias chinas que en la realidad, ya que el marido, si adopta tal resolución, pierde el dinero que dió al suegro por obtener á su hija, así como los regalos que lleva hechos.
El juego es la gran pasión del populacho, desarrollándose este vicio especialmente en las provincias del Sur. La diversión que más le entusiasma, los fuegos artificiales. Los pirotécnicos de Europa copiaron mucho de los de aquí, pero en realidad nunca han llegado á dar á sus obras la duración y el brillo de los fuegos chinos.
Hoy se usa en Pekín la tarjeta de visita como en Europa. La única variante consiste en estar impresa por ambas caras: á un lado en caracteres chinos, al otro en letras occidentales. En tiempo del Imperio, la tarjeta, originaria de aquí, era de enormes dimensiones, y tenía tres emblemas representando las tres felicidades más grandes que puede obtener un chino: un heredero, un empleo público y una vida larguísima, simbolizados por las figuras de un niño, un mandarín y una cigüeña.
Al circular por las calles de Pekín sentí inmediatamente cierta curiosidad que hace mirar al suelo á todos los extranjeros. Deseaba ver los pies de las chinas.
Una de las primeras reformas de la República fué abolir la bárbara costumbre que estropea los pies de las mujeres para hacerlos extremadamente pequeños. Ahora existe ya toda una generación de adolescentes con los pies intactos, iguales á los de las otras mujeres; pero á los pocos días de circular por Pekín se van encontrando damas de la burguesía y de la aristocracia con las extremidades desfiguradas por tan absurda costumbre, muchas de ellas todavía jóvenes, de veintiocho ó treinta años de edad.
Esta deformación no es de origen antiquísimo, como se imaginan algunos. Data del siglo X y no se comprende cómo pudo generalizarse en tan vasto Imperio. Los invasores tártaros tuvieron el buen sentido de no imitar dicho uso de los vencidos, y sus mujeres, nueva aristocracia del país, dejaron crecer sus pies en libertad, sin considerarse por ello menos hermosas que las chinas tradicionales. Lo más censurable fué que las mujeres del pueblo, por imitar á las de arriba, comprimieron igualmente los pies de sus hijas, y millones de hembras han tenido que ganarse la subsistencia trabajando, á pesar de faltarles un sólido apoyo por culpa de sus extremidades deformadas.
Todos saben cómo se realiza esta tortura, obligando á las niñas á usar diminutos zapatos de metal, que sólo abandonan cuando son mujeres. Los dedos se doblan y se anquilosan, quedando adheridos á las plantas de los pies, y éstos no son al fin mas que dos muñones dentro de un calzado que por su forma redonda se asemeja á las pezuñas de ciertos animales.
Las mujeres que sufrieron tal mutilación marchan con una dificultad que causa cierta angustia al observador la primera vez que las ve. Avanzan con igual movimiento que una persona montada en zancos; parece que sus rodillas no pueden doblarse; se balancean con un contoneo grotesco, semejante al del pato. Y sin embargo, los poetas chinos han cantado en el curso de los siglos este andar torpe, comparándolo con los balanceos de la flor, con el sauce llorón, etc.
A pesar de la dificultad que sufren en sus movimientos, siempre están las chinas dispuestas á pasear, y lo que lamentan es que sus esposos y padres no las concedan mayor libertad. No es la deformación de sus pies lo que las hace sedentarias, sino la dureza del régimen familiar. Todas llevan pantalones de seda azul, muy anchos de boca, y resulta cómico y triste á un tiempo ver salir de dicha funda ondeante una pantorrilla enjuta, toda hueso, con media blanca, rematada por un muñón y una pezuñita de raso negro, sostenida por cintas, que hace oficio de zapato.
Según dicen algunos que por sus observaciones íntimas pueden estar bien enterados, esta estúpida amputación pedestre anquilosa la pantorrilla femenil, haciéndola de una delgadez esquelética, pero en cambio engruesa el muslo y sus vecindades superiores, particularidad plástica que parece muy de acuerdo con la estética china. He encontrado en los museos y jardines ex imperiales muchas de estas damas balanceantes y casi faltas de pies. Reían con cierta vanidad al notar nuestra sorpresa y la atención con que mirábamos sus extremidades. Exageraban sus movimientos para que no sintiésemos duda alguna sobre su agilidad. Hacían toda clase de remilgos y monadas, como niñas traviesas.
Las mujeres chinas son más grandes que las del Japón. Algunas de ellas, á no ser por sus ojitos oblicuos, pasarían por europeas, á causa de su tez blanca y sus formas redondeadas. Todas se pintan el rostro, jóvenes y maduras. Emplean el negro para dar á sus cejas la forma de un semicírculo y se colocan una mancha de bermellón en el labio inferior. Las damas de origen manchur usan como signo de nobleza el peinado de su raza, un lazo parecido al de las alsacianas hecho con sus cabellos. Las más de las chinas son de naricita corta; las manchures tienen un perfil aquilino y soberbio de raza de presa.
Otro signo de aristocracia histórica en estas últimas es el no usar ningún carruaje de origen europeo. Su vehículo nobiliario está representado por la vieja carreta manchur. Yo he visto en un camino, cerca del Palacio de Verano, á varias princesas de la antigua corte imperial, una de ellas tía del joven ex emperador. Todas iban pintadas y con su peinado en forma de lazo, ocupando una especie de carreta de labriego tirada por dos caballitos manchures. Sus asientos eran almohadas puestas sobre el fondo de tablas del vehículo, y como éste carecía de muelles, en cada bache de la ruta sus Altezas y Excelencias tenían que agarrarse á los varales para no rodar fuera de él. Una pintora norteamericana, antigua retratista de la emperatriz regente, que tuvo la bondad de mostrarme el Palacio de Verano, hizo detenerse la carreta para saludar á las amigas de su época gloriosa, y yo gocé el honor de cruzar varias sonrisas con estos fantasmas del pasado, sin entender ninguna de sus palabras.
Gracias á la cocina del país volvemos á encontrar la China de costumbres extrañas y originalidades desconcertantes que tanto nos asombró de niños en los libros. Los gastrónomos de esta tierra son los que han hecho retroceder hasta un límite más remoto el catálogo de las materias utilizadas por el estómago humano. En las carnicerías venden gatos y perros, que, según afirman los conocedores, fueron cebados con arroz, estando sujetos á una argolla día y noche para su engorde. Como este consumo podría ser causa de que las ratas, libres de enemigos, se multiplicasen de un modo peligroso, también las venden en los mismos establecimientos, desolladas y formando manojos de á docena, unidas por los rabos. El chino aburrido de comer arroz con cerdo emplea dichas carnes como variantes. ¡Y pensar que este país es el del faisán, abundando tanto como la gallina!...
La gran especialidad gastronómica nacional es la de los picadillos que se sirven al principio de todo banquete. Hay unas cuarenta clases de picadillos, entrando en tales platos los componentes más inverosímiles: gusanos de tierra, cucarachas enormes, de un negro brillantísimo, que he visto vender en las calles, huevos empollados con sus pequeños fetos, capullos de seda hervidos conservando sus larvas...
Salsas y trituraciones modifican el aspecto y el gusto de estos picadillos. En idéntica forma son presentados los famosos nidos de golondrinas, filamentos gelatinosos, iguales por su aspecto á los fideos, y la aleta dorsal del tiburón, de la que se utiliza solamente las fibras de su base.
Algunos de estos manjares, que repugnan á nuestros estómagos, resultan costosísimos. Para hacer un simple plato de picadillo hay que dar caza á un tiburón, empleándose únicamente de tan enorme organismo un pequeño manojo de filamentos pegado al lomo.
He procurado evitar el conocimiento directo de estas singularidades gastronómicas; pero no me espantan ni me escandalizan. Mi humilde estómago europeo data de unos cuantos siglos nada más y está próximo aún á la nutrición monótona de nuestros silvestres antepasados. El estómago chino cuenta con una historia de 5.000 años, tiempo suficiente para que cocineros y comilones refinados llegasen en fuerza de inventos y caprichos á las más remotas y disparatadas combinaciones.
Nosotros también saboreamos manjares y bebemos líquidos que hubiesen dado náuseas á nuestros bisabuelos y tal vez á nuestros abuelos. Hoy mismo, la mayoría de las gentes que viven en los campos y en los barrios pobres no llegan á comprender cómo las personas de educación superior comen ostras y otros mariscos crudos, quesos fermentados abundantes en gusanos, ó beben cerveza y ciertos aperitivos hediondos.
Muchos chinos opulentos se han arruinado dando banquetes á sus amigos. Estas comilongas, inverosímiles para los blancos, duran á veces una noche entera, desfilando sobre la mesa los platos más inauditos. Los patricios de Roma, con sus lampreas devoradoras de esclavos, no llegaron á la costosa extravagancia de los próceres chinescos.
Las supersticiones de la farmacopea nacional influyen en la confección de las bebidas. En algunas ciudades del Sur hay restoranes famosos por sus bodegas, repletas de venerables tinajas que únicamente son abiertas para los conocedores ricos, capaces de pagar dignamente su contenido. Estas vasijas preciosas guardan «vino de mono», «vino de culebra», «vino de pollo», llamados así porque hace años se hallan dichos animales en maceración dentro de la tinaja, comunicando al líquido sus cualidades especiales. Según parece, el vino de mono es un excelente afrodisíaco; el de pollo evita las enfermedades del pecho y el de reptiles da valor y ligereza. Algunos europeos que por engaño probaron el picadillo de gusanos de seda me afirman que tiene un sabor parecido al de las castañas hervidas.
Sin embargo, el chino es un excelente guisandero, y se le encuentra ahora en las cocinas de muchos hoteles, de muchos trasatlánticos y de importantes casas de América, lo mismo del Norte que del Sur. Siente una verdadera vocación por la química nutritiva, asimilándose fácilmente las combinaciones gastronómicas de los blancos. Luego las perfecciona con su paciencia sonriente y su despierto ingenio. Muchos arroces inventados por ellos figuran entre los mejores platos de la cocina moderna. En las ciudades de los Estados Unidos, los restoranes chinescos atraen siempre numerosa clientela. Las familias más acomodadas de algunas capitales de la América del Sur aprecian mucho á los cocineros chinos, por su laboriosidad y por las novedades que añaden á los guisos del país.
De vez en cuando estos amarillos, con su nerviosidad de artistas mimados, se permiten caprichos semejantes á los de un tenor célebre. Todos son jugadores, y al ir por la mañana al mercado, antes de hacer sus compras entran en el café de algún compatriota, para dedicarse con otros chinos á juegos de azar, de nombres poéticos y resultados terribles. Si pierden, dan á comer á sus amos con una parquedad inexplicable, cual si la población hubiese quedado sitiada de pronto. Cuando ganan, los sorprenden con un banquete inaudito, cual si se hubiesen trastornado las leyes económicas y todo lo diesen gratis en el mercado.
Lo peligroso en estos artistas admirables es que sienten con frecuencia la nostalgia del remoto país al que serán llevados cuando mueran, ya que para eso pagan todos los meses su cotización á una empresa encargada de repatriar cadáveres amarillos. Recuerdan los platos que comieron en su niñez guisados por su madre, y procuran resucitar en el fogón esta época de la vida, que es siempre para todos la más conmovedora...
En una ciudad histórica de la América del Sur, los convidados de una familia aristocrática se hacían lenguas de cierto caldo preparado por el cocinero chino de la casa. Era un secreto profesional que el «maestro» se negaba á revelar.
La señora, excitada su curiosidad por el mutismo sonriente del chino, bajó un día á la cocina para sorprender el misterio de la marmita burbujeante. Al levantar la tapa y ver su interior, dió un grito de espanto. Una rata enorme subía y bajaba á impulsos del hervor, derramando sus jugos en el líquido.
Como la dama insistiese en sus exclamaciones de asco, el artista amarillo creyó llegado á su vez el momento de enfadarse. ¿A qué tantos extremos de asombro, como si presenciase algo inaudito?... Que cada cual siga sus gustos; lo importante es vivir todos en paz, tolerándose. Y en su español balbuciente y propenso al tuteo, dijo á la señora:
—No grites; todo arreglado... Caldo para ti, rata para mí.
V
TEMPLOS Y FILÓSOFOS
El templo del Gran Lama.—La capilla secreta.—Un milagro.—Doctores y bachilleres en armas.—Laotsé y Confucio.—El templo de Confucio y el Salón de los Clásicos.—Culto de la República china á Confucio.—El templo del Cielo.—El simbolismo del número 9.—La ceremonia imperial en el solsticio de invierno.—El templo de la Agricultura.—Cómo araba todos los años el Hijo del Cielo.—Progreso de la agricultura china hace miles de años.—Su abono predilecto y más precioso.—Cómo se produce públicamente en calles y caminos.
En el extremo Norte de Pekín, cerca de la muralla de la Ciudad Tártara, esparce sus diversos edificios el templo del Gran Lama, famoso en otros siglos. Más que templo es un vastísimo monasterio, habitado por bonzos venidos del Tibet, á los que se unieron chinos budistas deseosos de recibir las doctrinas guardadas durante largos siglos por el Gran Lama en su misteriosa ciudad de Lassa. Este templo de Pekín llegó á albergar 1.500 bonzos, proveyendo los emperadores á la manutención de todos ellos y haciendo además cuantiosos donativos para embellecer y agrandar sus construcciones.
Mientras duró el Imperio, el templo del Gran Lama y su seminario de bonzos fueron tan cerrados y hostiles al extranjero como la Ciudad Prohibida. Con el triunfo de la República, llegaron para este monasterio la pobreza y el olvido. Los republicanos chinos son indiferentes en materias religiosas ó profesan la filosofía de Confucio, el más alto personaje nacional.
Para poder vivir han abierto los bonzos el templo del Gran Lama y lo muestran lo mismo que un museo. Algunos de ellos hasta aprendieron unas pocas palabras de inglés para pedir propina á los visitantes.
Como todos los monumentos chinos, es una agrupación de edificios sueltos, con patios enlosados de granito y un jardín de cedros seculares. En todo el Extremo Oriente no he visto nada que dé una impresión tan absoluta de vejez como este templo caído en la pobreza. Los edificios de Occidente, hechos de piedra, adquieren con el abandono y la ruina un aspecto sombrío y majestuoso. Las construcciones asiáticas, compuestas de mármol cincelado que toma á través de los siglos un tono de marfil con caries, de ladrillos vidriados, de tejas coloreadas y barnizadas, de maderas que se desconchan dejando caer escamas de laca y de oro, hacen pensar en una momia de las que mantienen sobre su costillaje, al quedar expuestas á la luz, harapos bordados, restos de afeites, perfumes corrompidos, joyas empañadas por la tierra y los zumos cadavéricos.
Esta pagoda, majestuosa en otro tiempo, tiene ahora sus techumbres cubiertas de matorrales. Una variedad innúmera de plantas parásitas silvestremente floridas ha surgido entre las tejas, separándolas con el empuje de sus raíces. Los cuervos, eternos figurantes de todo cielo de Asia, revolotean sobre los patios ó se alinean en los aleros, lanzando graznidos. Las maderas enormes de los techos están acribilladas por la carcoma y dejan caer poco á poco su corazón hecho polvo. Las columnas pierden sus estucos rojos y se motean de blanco con la viruela de la vejez.
Los habitantes de este monasterio parecen igualmente decrépitos y sonríen con una melancolía fatalista. Son bonzos sin edad, seres inclasificables, que tienen en el rostro una expresión de fanatismo y de rutina. Las ideas generosas del dulce Gautama se modificaron al ser interpretadas por numerosas generaciones de sacerdotes profesionales, y hoy no son más que un pretexto para ceremonias. Estos monjes del budismo han perdido de vista á Buda. Sólo conocen los actos del rito y los repiten automáticamente, sin sospechar su significado.
Vemos en uno de los santuarios la estatua gigantesca de Maitreya, ó sea el Buda chino; imagen jovial, carillena, extremadamente panzuda, que hace reir á los mismos sacerdotes que le rinden culto. ¡Cuán lejos este coloso grotesco del sereno y noble solitario de Kamakura, esculpido igualmente por chinos!...
El interior de los santuarios es tan vetusto como las fachadas. Brilla el oro por todas partes, pero un oro agrietado, de resplandor agonizante, con grandes manchas negras. Algunos bonzos, para atraerse la generosidad de los curiosos, hacen sonar los dos instrumentos litúrgicos de todo templo budista: la campana y el timbal. Otros más inferiores, que son á modo de sacristanes, se han puesto su traje de ceremonia para guardar las puertas, manto rojo y anaranjado, con un gorro puntiagudo de idénticos colores, que recuerda la montera con que los artistas simbolizan á la Locura.
En las primeras horas de la mañana, cuando los bonzos celebran sus oficios, el aspecto general del templo ofrece todavía cierta magnificencia. Los oficiantes llevan sus capas pluviales rojas, de color de limón ó de azafrán, parecidas á las del culto católico. Las únicas riquezas que conserva la pagoda de su esplendoroso pasado son las vestiduras rituales, regaladas muchas de ellas por remotas emperatrices.
Uno de los servidores del templo, mediante una propina extraordinaria, nos abre cierto santuario que puede llamarse secreto. En otros tiempos sólo lo veían los emperadores, y ahora, para entrar en él, hay que aprovechar la ausencia de los bonzos más importantes. Este pequeño y misterioso escondrijo contiene varias imágenes fálicas, traídas del Tibet hace siglos, que representan el acto de la procreación con un naturalismo sin tapujos. Además, el sacristán budista nos proporciona las señas de ciertos artífices chinos que venden reproducciones en bronce de estas esculturas divinas, tan solemnemente ingenuas, que á pesar de sus gestos no resultan pornográficas.
Otro de los servidores, decrépito y vacilante, como todo lo que nos rodea, cuenta con balbuceos, traducidos por nuestro intérprete, la historia milagrosa de un Buda de cara feroz que toca el techo con su cabeza. Todo él está tallado en un árbol del Tibet. Un emperador de Pekín vió en sueños la imagen, y envió á un santo bonzo á la remota ciudad tibetana para saber si realmente existía. El hombre de Dios encontró la imagen en Lassa, y sin vacilar se la echó á cuestas, emprendiendo el regreso á la China. (Necesito advertir que la imagen es un coloso de varios metros de altura y pesa indudablemente una cantidad respetable de toneladas. Pero en materia de milagros deben pasarse por alto estos pequeños detalles.) En su viaje de vuelta tuvo que atravesar el bonzo la Siberia rusa, y como no conocía el idioma del país se vió en grandes peligros. Pero el Buda que llevaba á sus espaldas era poseedor de todos los idiomas de los hombres y se encargó de hablar en ruso por él, sacándolo de apuros.
A pesar de la pobreza mental de sus actuales habitantes, este monasterio despierta gran interés cuando se recuerda lo que representó para China, hace muchos siglos, la introducción del budismo. La nueva religión despertó la vida espiritual del país. Numerosos chinos, ansiosos de saber, emprendieron largas y penosas peregrinaciones hacia el remoto Tibet, donde eran guardados en toda su pureza los recuerdos y las doctrinas de Buda. Tuvieron que atravesar países bárbaros, siempre en guerra; arrostraron la esclavitud y la muerte, y tales viajes emprendidos con un fin puramente teológico sirvieron para aportar á la cerrada China nociones geográficas y relatos de costumbres de otros pueblos, hasta entonces desconocidos.
En las inmediaciones del templo del Gran Lama existe el de Confucio y su anexo llamado el Salón de los Clásicos.
Confucio es el primero de los chinos. De los quinientos millones de seres que pueblan este país, muy pocos recuerdan los nombres de sus emperadores, ni aun los de aquéllos que figuran gloriosamente en su historia. Pero ninguno ignora quién fué Kung-Tsé, nombre chino de Confucio. No hay ejemplo de que un varón ilustre de Occidente haya llegado á una celebridad tan absoluta. En este país, donde cargos y honores no son transferibles, y los herederos de los mandarines más poderosos vuelven á sumirse en las últimas capas sociales si no logran á su vez conquistar por el estudio y el examen la posición de sus padres, la única nobleza reconocida es la de los descendientes de dicho filósofo. La República, que se muestra ajena á todas las religiones del país, ha acrecentado aún más la fama de Confucio, tributándole un culto nacional. En ningún pueblo se vió jamás rendir tales honores á un moralista, conservandole su condición simple de hombre, sin pretender convertirlo en hijo de Dios.
En realidad, el pueblo chino, á pesar de su rutinarismo, fué siempre el más respetuoso para la inteligencia, y este respeto viene durando miles de años, sin ningún eclipse. Los invasores mogoles y manchures eran bárbaros de á caballo, que sólo creían en la fuerza y encontraban insípida la existencia sin las aventuras y peligros de la guerra. Y sin embargo, para poder reinar sobre tan vasto Imperio, tuvieron que amoldarse á las costumbres tradicionales, dejando que marchasen en su cortejo los mandarines letrados á la derecha y los mandarines militares á la izquierda.
Los antiguos ejércitos chinos hasta tenían una organización literaria. Los jefes y oficiales se titulaban, según sus grados, «doctores en armas» y «bachilleres». Para ser bachiller bastaba manejar hábilmente el sable, la espada y la ballesta, dando pruebas, en un riguroso examen, de estar ejercitados igualmente en la equitación y la gimnasia. El grado de doctor sólo se otorgaba á los que poseían conocimientos profundos de estrategia y eran capaces de dirigir un ejército y atacar ó defender una plaza.
Mostraron los emperadores tártaros gran empeño en dar el primero de los lugares á los «graduados en armas», pero no pudieron conseguirlo. La opinión pública estableció siempre una diferencia entre los doctores civiles y los doctores militares, respetando más á los primeros. Muchos siglos antes de Cicerón, este pueblo había puesto en práctica su Cedant arma togoe.
Confucio tiene un predecesor, el moralista Lao-Tseu ó Laotsé. Este espíritu puro y superior vivió seiscientos años antes de nuestra era y un siglo antes que Confucio. Pero Laotsé tuvo la desgracia de dar motivo después de muerto á una religión de supersticiones y magias que es la seguida por el populacho chino, y esto ha rodeado su memoria de un sinnúmero de leyendas que la desfiguran de un modo lamentable. El fondo del llamado taoísmo es una filosofía que recomienda el anonadamiento de las pasiones materiales, el alejamiento de los placeres del mundo, la contemplación de la naturaleza divina para confundirse con ella, como las aguas de una fuente vuelven al mar del que proceden.
No creó Confucio una religión, pero su vida pura sirve de ejemplo á todos los chinos. En las escuelas se repiten sus aforismos morales y sus cantos elegíacos, pues este filósofo fué al mismo tiempo un poeta y un amante apasionado de la música.
Haciendo un breve parangón entre los dos grandes conductores del pueblo chino, puede decirse que Laotsé se preocupó más del hombre que de la humanidad. Según él, la vida es un período transitorio y su objeto principal debe ser puramente contemplativo. La filosofía moralista de Laotsé resulta estéril para la felicidad común. Confucio, por el contrario, pensó en la sociedad más que en el hombre, fundando aquélla sobre las leyes de la más generosa moral. Para él, la virtud no consiste únicamente en abstenerse de acciones condenables. Hay que ser útil además á los otros seres, contribuyendo activamente á la felicidad de todos.
El uno considera la civilización como causa de la decadencia del género humano; el otro la acepta como el mayor destino del hombre sobre la tierra. El primero se pierde en las profundidades de la metafísica, el segundo propuso leyes y costumbres, muchas de las cuales rigen hoy la vida superior del pueblo chino. Laotsé fué un gran filósofo, Confucio un gran legislador.
«Responde al mal con la justicia y á la bondad con la bondad.» Así habló Laotsé cuando aún faltaban seis siglos para el nacimiento de Jesús. «Trata á los demás hombres como tú deseas que te traten á ti.» Esto lo dijo Confucio quinientos años antes de la era cristiana.
Mientras en los otros países se dedicaban templos á dioses imaginarios y muchas veces crueles, la nación china los elevó á un simple hombre, porque fué apóstol de la dulzura humana, de la moral y la virtud. El templo de Confucio en Pekín es de majestuosa simplicidad, muy grande, pero solemnemente vacío. Sus paredes no contienen imágenes; su principal adorno es una calma absoluta. Las columnas y las murallas, de un rojo uniforme, sólo tienen ligeros toques de oro. Después de haber visto la exorbitante profusión de dioses y monstruos en las pagodas, los ojos parecen descansar placenteramente en este vasto local sin ídolos y sin tallados. En el centro, como único adorno, hay un ramo gigantesco de lotos surgiendo de un vaso de bronce de iguales dimensiones.
Nichos abiertos en los muros de color sanguíneo contienen pequeños obeliscos de piedra. En sus lados están grabadas sentencias morales de los filósofos á cuya gloria fueron erigidos estos monumentos simples. La piedra de Confucio es más grande y parece presidir á las otras, ocupando un sitio preferente, el mismo del altar mayor en los templos. A ambos lados de ella están las piedras representativas de sus cuatro asociados (uno de los cuales fué su célebre continuador Mencio), de sus doce discípulos más ilustres, y de setenta y dos discípulos menores, alineados con arreglo á fechas y méritos.
En este panteón severo, que nunca guardó cadáveres, y en la próxima sala, llamada de los Clásicos, donde se reúne algunas veces la Academia de Pekín, no se desarrolla ningún acto con carácter religioso. En realidad, Confucio fué un moralista que se mantuvo al margen de las religiones positivas. Todas, incluso el catolicismo, pueden admitir su moral y amoldar á sus doctrinas la personalidad del filósofo. Sólo una vez por año el presidente de la República viene al templo con su cortejo de grandes funcionarios—como venía antes el emperador—para tributar un homenaje al más grande de los chinos en presencia de los alumnos de las escuelas, y una música acompaña los coros de voces infantiles cuando éstas entonan los viejos himnos del poeta de la moral.
Los dos templos indiscutiblemente más antiguos de Pekín se hallan en el extremo opuesto, al principio de la Ciudad China, según se llega por el camino del Sur, y en ellos se ha rendido culto hasta hace poco á las nociones religiosas de las primeras dinastías, con ceremonias que datan de más de tres mil años. Son el templo del Cielo y el templo de la Agricultura.
Cada uno de ellos está formado por una aglomeración de capillas y los dos tienen en torno un parque de árboles centenarios, que adquirieron enormes proporciones. Únicamente separa á ambos parques sagrados la famosa calle de Enfrente, al avanzar recta por el centro de Pekín desde la puerta de igual nombre en la muralla de la ciudad tártara, á la puerta del Sur que da entrada á la Ciudad China.
La puerta y la calle se llaman de Enfrente (Chien-Men) porque están en el mismo eje que pasa por el centro del palacio imperial y por mitad también del Salón del Trono, donde daba audiencia el Hijo del Cielo. Éste, sin moverse de su asiento, si hacía abrir las puertas de los tres recintos fortificados de la Ciudad Imperial y la puerta del muro de la Ciudad Tártara, podía ver toda la longitud de la calle de Enfrente, bordeada de edificios y hormigueante de muchedumbre, en una extensión de diez kilómetros.
Una vez al año seguía el emperador este camino para ir al templo del Cielo. Esta solemnidad era el día del solsticio de invierno. Jamás en el resto del año atravesaba el divino monarca las calles de su capital. No por ello lograban los súbditos ver su rostro el día de la citada fiesta. Los habitantes de la calle de Enmedio debían permanecer recluidos en sus casas, con pena de muerte si osaban mirar por una rendija. Las calles adyacentes quedaban cerradas con altas vallas. Debía ser un espectáculo interesante la marcha lenta y aparatosa del cortejo imperial por esta amplia avenida, completamente desierta.
Hace ocho años todavía era el Chien-Men la calle más «pintoresca» de la China. Hoy sus edificios siguen ocupados por los primeros comercios de Pekín; pero un incendio destruyó las antiguas fachadas de sus tiendas, todas ellas con celosías cubiertas de oro viejo y la madera tallada en forma de flores, ramajes y dragones.
El comerciante chino, inventor del anuncio, sigue poniendo en sus puertas grandes tableros avanzados sobre la calle, con inscripciones doradas y dibujos quiméricos en sus dos superficies. Dicho ornato industrial da una originalidad animada y colorinesca al Chien-Men, de perspectiva interminable. Pero los que pudieron ver esta calle antes del incendio se hacen lenguas de la suntuosidad artística que ofrecían las fachadas de sus tiendas, cubiertas de sólidos encajes dorados.
Atravesamos las avenidas del parque que rodea el templo del Cielo. Es tan extenso este bosque situado en el interior de una ciudad amurallada, que hay que usar la ricsha para visitar todos los edificios esparcidos en sus arboledas. Se comprende la admiración de los primeros blancos que visitaron Pekín cuando las grandes urbes de Europa aún no habían trazado sus parques actuales. Resultaba inaudito encontrar dentro de una ciudad fortificada estas arboledas de límite invisible, que parecen crecer en pleno campo. Además, el Chien-Men era entonces la única calle del mundo con cincuenta metros de anchura.
Vamos visitando los edificios sagrados anexos al verdadero templo. Estas construcciones, no muy altas, tienen sus gruesos muros pintados con un rojo obscuro de sangre, que es aquí el color de las construcciones majestuosas y cubre uniformemente palacios y templos. Las tejas son de un azul cerúleo, en armonía con el culto celeste. Puentes de mármol se encorvan sin objeto sobre anchos fosos invadidos por la hierba. Antes corría por estos canales un agua verdosa y clarísima, en la que nadaban todas las especies fantásticas é inverosímiles de la fauna fluvial del país: peces rojos, dorados, violeta, de ojos telescópicos y monstruosos, arrastrando una larguísima falda transparente de bailarina, moviendo sus nadaderas sutiles y amplias como manteletas de encaje.
Subiendo escalinatas de mármol partidas por el «sendero imperial», llegamos al altar del sacrificio. A primera vista parece demasiado bajo, en relación con la arboleda y los otros edificios del parque. Pero los chinos no aman la enormidad en sus monumentos; buscan su belleza en la armonía de las proporciones, con arreglo á la educación de sus ojos. Este altar se compone de tres torres bajas y anchas, superpuestas en ángulos entrantes. Los tres rellanos son de mármol blanquísimo y uniforme, habiendo concentrado los escultores toda su labor en las barandas.
Cada una de dichas mesetas está separada de las otras por escalinatas de nueve peldaños. El 9 es el número sagrado de los chinos, como el 7 lo fué de los pueblos cristianos. La primitiva religión del país tiene nueve cielos; su antigua ciencia da á la tierra nueve grados; las divisiones del tiempo y del espacio se basan siempre sobre el citado número.
Subía el emperador, en una mañana brumosa y frígida de nuestro mes de Diciembre, á la plataforma más alta de dicho altar, para rendir sacrificio á sus padres, los señores del cielo. En esta ceremonia vestía una túnica de piel de cordero negro, forrada interiormente de zorro blanco, y encima un gabán de seda, en el que estaban bordados los dos dragones celestiales, el sol, la luna y las estrellas.
Él era el único que se erguía en la última meseta del cono truncado. Los personajes de su séquito quedaban inmóviles en los peldaños de las tres series de escalinatas: los letrados á la derecha, los guerreros á la izquierda. Y el soberano iba ofreciendo á los espíritus celestes las viandas preparadas para esta ceremonia, los rollos escritos en pergamino y en seda, un novillo sin ningún defecto, un disco de lapislázuli. El público silencioso de altos dignatarios no ignoraba que el Hijo del Cielo se había preparado para esta ceremonia con ayunos y largos exámenes de conciencia, siendo la pureza de su alma y los virtuosos deseos de hacer á su pueblo feliz la principal ofrenda dedicada á sus mayores, que le estaban mirando desde lo alto del cielo.
Iba acompañada la ceremonia por músicas litúrgicas. En un pabellón de este mismo parque se guardan muchos instrumentos empleados en dicha fiesta. Son grandes tambores, címbalos y gongs. También hay arpas enormes que tienen por base cisnes y perros azules con melena de león.
Después del triple altar se llega por una avenida al verdadero templo del Cielo, especie de rotonda cuya cúpula se halla sostenida por columnas de laca roja. En sus muros circulares brilla una falsa primavera de flores de oro.
Seis religiones vienen existiendo en la China hace muchos siglos. Tres de ellas poseen á la mayoría de la nación: el taoísmo, el confucismo y el budismo. (El taoísmo es la religión basada en las doctrinas de Laotsé. Éste llamó Tao á la razón que gobierna el mundo, ó sea la suprema virtud.) Además, el islamismo, el cristianismo y el judaísmo tienen numerosos adeptos. Sus comunidades resultan sin embargo de poca importancia comparadas con la enorme cifra de la población china; los cristianos no pasan de dos millones; los judíos son menos, y los mahometanos, más numerosos, sólo llegan á veinte millones.
El confucismo es la religión de los letrados; el taoísmo y el budismo, religiones del pueblo, cuentan sus fieles por centenares de millones. Las tres se asocian fraternalmente, tomándose unas á otras doctrinas y ritos y absteniéndose de todo proselitismo. A pesar de su tolerancia miran con recelo á los misioneros cristianos, porque se han inmiscuído muchas veces en los asuntos políticos del país, protegiendo á terribles malhechores convertidos á sus creencias para escapar á la justicia. Tampoco aman á los chinos musulmanes, á causa de su insurrección en 1856, que duró nueve años.
Los emperadores, respetuosos siempre para las varias religiones de sus súbditos, sólo rendían culto al cielo y manifestaban además un agradecimiento místico á la tierra arada, sustentadora de la nación.
El templo de la Agricultura, vecino al del Cielo, tiene un parque menos extenso que el de éste, pero sus proporciones resultarían extraordinarias en muchas capitales de Europa. El mismo emperador, que ofrecía con sus manos un tributo á los dioses celestes en el solsticio de invierno, celebraba otra ceremonia religiosa al llegar la época en que son aradas las tierras. En presencia de sus cortesanos y con todo el aparato de un acto de gobierno, el Hijo del Cielo empuñaba la esteva de un arado amarillo al que iban uncidos dos bueyes con cuernos dorados y labraba un trozo de campo sin ayuda de nadie, sembrándolo después.
Este es el pueblo que dió á la humanidad la seda, el arroz, el naranjo y otros frutos preciosos. La corte imperial, al venerar religiosamente el cultivo de la tierra, adoraba la gloria de su propia nación.
La maestría y el entusiasmo aportados por los chinos á las labores agrícolas han acabado por hacer sufrir una molestia obsesionante á los extranjeros, dificultando su vida mientras permanecen en el país. Estos agricultores intensivos se preocuparon de los abonos hace miles de años, cuando nadie en nuestro mundo tenía la menor idea de lo que pudiera ser un fertilizante. Y de todas las materias que reconstituyen y tonifican las fuerzas germinativas del suelo, la más preferida por ellos es la de procedencia humana.
Ya dije algo de esta predilección con motivo de cierto encuentro en una calle de Kioto. Es verdad que el chino mezcla la citada materia con otras para dosificar sus energías fecundantes, pero no resulta menos cierto que todas las plantas de sus admirables huertas tienen al pie invariablemente algo que pasó por una letrina.
En los hoteles importantes de Pekín y otras ciudades, los directores, para tranquilidad de la clientela, fijan un anuncio en el vestíbulo afirmando rotundamente que todas las hortalizas preparadas en su cocina proceden de terrenos propiedad del establecimiento cultivados á estilo europeo.
Ríe el chino de los escrúpulos y ascos de la gente occidental. Establece comparaciones entre el estiércol podrido de cuadra que empleamos en nuestros campos y la materia preferida por él, no pudiendo comprender por qué razón los detritus de las personas deben ser más repugnantes que los proporcionados por los animales, y acaba compadeciéndonos, como si fuésemos unos niños incoherentes y caprichosos.
Como el abono humano es el más apreciado de todos, el acto de producirlo no representa algo vergonzoso é inmundo, como en nuestros países, desarrollándose públicamente con la mayor tranquilidad. Dentro de Pekín, la policía de la República vela por dar á la capital una disciplina europea, y no permite en las calles principales estos desahogos á lo chino, tan apreciados por la agricultura. Pero al pasar en ricsha ó automóvil por las vías apartadas ó por las afueras, siempre se encuentra algún chino en cuclillas, con un pedazo de diario en la mano, cuya lectura no le interesa, y que sonríe al transeunte sin cambiar de postura. Algunas veces no está solo, y á continuación de él se extiende una larga fila de compatriotas con el mismo encogimiento y no menor tranquilidad.
Todo agricultor se preocupa de instalar en sus campos una letrina cerca del camino para que la use el viandante. Escoge para esto el lugar más agradable: la sombra de un árbol frondoso, un grupo de arbustos floridos. Hasta hay quien afirma que los más letrados colocan en dichos lugares carteles con versos, rogando al transeunte que haga alto y deje su recuerdo.
VI
LA CIUDAD PROHIBIDA
Los mares y las montañas de los jardines imperiales.—La «Montaña del Carbón».—El árbol sentenciado á cadena perpetua por lesa majestad.—Los guardianes de la República.—Los grandes patios de mármol y sus ríos.—Los tesoros del Hijo del Cielo.—Las recepciones solemnes en la Sala de la Gran Reunión.—Todo Pekín visto desde el trono.—Los dueños alados y definitivos de la Ciudad Prohibida.—Robos de las tropas civilizadoras.—Un museo formado con lo que dejaron ó lo que devolvieron.—La ironía de los chinos.—«Nosotros los salvajes.»
Antes de 1911, fecha de la caída del régimen imperial, el europeo llegado á Pekín sólo podía ver el templo del Cielo y de la Agricultura, con sus vastos parques. La Ciudad Prohibida estaba cerrada para él, é igualmente muchos templos antiguos que eran al mismo tiempo boncerías habitadas por monjes fanáticos.
La República ha abierto todas las residencias imperiales, y desde hace catorce años un nuevo Pekín se ofrece á la curiosidad de los viajeros. La llamada Ciudad Prohibida puede ser visitada á todas horas en los tres diferentes recintos que la componen.
El primero lo designó siempre el pueblo con el nombre de Ciudad Amarilla, á causa del color de las tejas barnizadas que cubren sus techos. En ella estaban los ministerios y otros centros de la vida oficial, pudiendo ser visitada por los extranjeros de distinción. El segundo recinto era la Ciudad Roja, llamada así por el color de sus muros. Nadie pasaba sus puertas si no pertenecía á la corte del Hijo del Cielo. En sus construcciones más avanzadas vivían los soldados de la Guardia del emperador y sus cortesanos. El tercer núcleo, ó sea el lugar central y misterioso donde estaban las habitaciones del soberano y su familia, se llamaba la Ciudad Violeta, también por el color de sus techumbres.
Pocos entraban en la Ciudad Violeta. Los mandarines importantes y los embajadores recibidos por el Hijo del Cielo no iban más allá de los patios majestuosos de la Ciudad Roja. Aun en el presente continúa siendo inaccesible la Ciudad Violeta, por estar reservada una parte de ella para el joven emperador sin corona, que sigue llevando, cerca del presidente de la República, una existencia misteriosa.
Así como los antiguos viajeros quedaban admirados ante los grandes parques existentes dentro de la ciudad amurallada de Pekín, se siente asombro ahora viendo los jardines de la Ciudad Prohibida. Se cree vivir en pleno campo al contemplar arboledas que parecen interminables; montañas cubiertas de palacios y pagodas con techos superpuestos y cornudos, de cuyos aleros penden campanillas de sonoros estremecimientos; lagos por los que navegan sampanes con proas de dragón y cámaras doradas de techo redondo. Y estos vastos jardines están en el interior de un recinto fortificado; los guardan murallas, invisibles desde aquí, pero que se extienden kilómetros y kilómetros.
Los emperadores chinos y los mandarines opulentos consideraron un jardín como el más precioso adorno de toda vivienda rica, reproduciendo en su frondosidad las bellezas naturales con arreglo á un gusto pueril y extremadamente minucioso, mas no por esto indigno de consideración. Visitando esta Ciudad Prohibida, tan grande como algunas capitales de Europa y que sirvió de simple vivienda á un solo hombre, se puede apreciar cuán necesario es para la vida humana el contacto con la Naturaleza. Estos monarcas absolutos, que durante largos siglos dominaron la mayor parte del mundo asiático y por exigencias de la etiqueta debían mantenerse aislados de su pueblo, reprodujeron en el interior de su ciudad-palacio los esplendores del campo, ya que no podían ir á contemplarlos como simples viajeros.
Ahora los jardines imperiales están olvidados. La República no puede mantener un ejército de miles de jardineros como lo hacían los Hijos del Cielo, derrochadores de tesoros. Pero á pesar de su abandono creciente y la tristeza de las tardes invernales, aún ofrecen un aspecto de melancólica majestad.
Los lagos son varios y enormes, con islas y penínsulas cubiertas de arboleda. Como los chinos de Pekín vivían y morían lejos del Océano, no vieron obstáculo alguno en llamar enfáticamente «mares» á estas extensiones acuáticas, y todavía conservan dicho título. Dentro de la Ciudad Prohibida se encuentran el Mar de Enmedio, el Mar del Norte, el Mar de las Cañas, y otros.
No bastando á los emperadores abrir mares en el suelo de sus jardines, elevaron igualmente montañas. Pekín está asentado en una llanura polvorienta, y sólo al perder de vista la capital empiezan á columbrarse las estribaciones de una cordillera. Pero los jardines de la Ciudad Prohibida tienen montañas que ostentan en sus cumbres palacios y templos, siendo la más famosa de ellas la llamada Mee-Chaen (Montaña del Carbón).
Según cuentan, debe su título á que cierto emperador, durante una de las remotas guerras civiles, hizo previsoramente enormes acopios de carbón, temiendo un asedio de sus enemigos. La gigantesca masa de combustible quedó en el olvido, los huracanes polvorientos que soplan sobre la planicie pekinesa la fueron cubriendo de tierra, y acabó por convertirse en una colina de rudas pendientes. Luego, los emperadores, despreciando por innecesario el contenido de la montaña artificial, cubrieron sus laderas con jardines, y durante varios siglos fué un lugar predilecto dentro de este mundo cerrado y majestuoso.
Hoy la Montaña del Carbón está abandonada. En sus caminos sólo se ven boncerías desiertas ó palacios que habitaron los mandarines favoritos y caen ahora poco a poco en escombros. Entre estos edificios crecen bosques de lilas y extienden su venerable ramaje los cedros centenarios. Bandas de pájaros saltarines animan con sus voces una soledad verde que dura de sol á sol.
No creo, sin embargo, que estas avenidas en pendiente se viesen más frecuentadas en los buenos tiempos del Imperio. El chino rico gusta de los jardines para verlos desde una ventana; rara vez pasea por ellos, los aprecia como un deleite de los ojos. Los mandarines del pasado únicamente debieron subir en palanquín los caminos ásperos de la Montaña del Carbón para llegar á su cumbre y sentarse en la torre que la corona, contemplando desde sus miradores todo el ámbito de una ciudad que sólo de tarde en tarde podían visitar á causa de sus deberes palaciegos.
En el centro del Mar de Enmedio ó de los Lotos, sobre una colina artificial con bosques y palacios, está el famoso árbol encadenado.
Cuando los emperadores manchures, hace dos siglos y medio, destronaron á la dinastía de los Ming, apoderándose de Pekín, el último de los Ming no quiso sobrevivir á tal vergüenza y se ahorcó de una rama de dicho árbol. A los nuevos emperadores les convenía mantener intacto el prestigio de su investidura, la inviolabilidad religiosa de sus personas, y ordenaron el procesamiento del árbol por haber prestado sus ramas para esta acción sacrílega, condenándolo á prisión perpetua como reo de lesa majestad. El árbol hace muchos años que está seco, pero aún se mantiene erguido, negro y leñoso, en medio de una vegetación que goza de plena libertad, teniendo enroscadas á su tronco y sus brazos numerosas cadenas manchadas de herrumbre.
Sobre los canales con riberas de piedra que llevan el agua de un «mar» á otro, se lanzan las curvas de los puentes de mármol. En otros sitios ponen en comunicación el jardín con las islas. El arqueamiento exagerado de estos puentes resulta penoso para los pies occidentales. Uno de ellos, á pesar de su magnificencia, recibe el apodo de «El Jorobado» por la altura de su curva. El tiempo y el abandono han desgastado además los pequeños escalones de su doble pendiente, haciendo aún más difícil su tránsito. Pero los personajes chinos iban calzados con ligeras zapatillas de fieltro, que les permitían ajustar sus plantas á las sinuosidades del suelo, ascendiendo por ellas mejor que nosotros. Ya dije también cómo el monarca, con sus ligeras sandalias de pergamino, subía ritualmente las escalinatas por el «sendero imperial», que no siempre era camino fácil.
Actualmente los jardines de la Ciudad Prohibida no tienen otros guardianes que hombres del ejército. Al licenciar la República el personal enorme mantenido por los emperadores en sus palacios, lo suplió con soldados de línea. Como el ejército es muy numeroso en este país extraordinariamente poblado y gusta más de vivir tranquilo que de ejercicios y maniobras, una gran parte de la guarnición de Pekín se halla dedicada á la vigilancia de los edificios públicos.
En todos los kioscos se encuentran soldados y fusiles. Sobre las riberas marmóreas de los lagos circulan patrullas con el arma al hombro. Junto á los puentes de atrevida curva hay militares que se apresuran a ofrecer una mano á los viajeros, ayudándolos á pasar sobre el lomo resbaladizo de mármol, en espera de una propina ó un simple cigarrillo. Si no reciben nada, no por ello dejan de sonreir y hacer cortesías. Estos mocetones, procedentes de las provincias del Norte, campesinos de buen humor que la República ha convertido en soldados, parecen más grandes de lo que son en realidad á causa de sus trajes de invierno, acolchados interiormente. Los forros de algodón en rama los hacen extremadamente obesos. Hay nieve en los rincones sombríos de la arboleda, flotan sobre los lagos anchas placas de helado cristal, pero como luce el sol, estos guerreros han dejado sueltas las orejeras de piel de sus gorras. Cuando pasa un destacamento se ve sobre las cabezas de sus hombres y por debajo de las hileras de bayonetas cómo se balancean al compás de la marcha los pares de orejas erguidas.
Por encima de las murallas de la Ciudad Roja espejean las techumbres de los palacios imperiales, todas con tejas de laca amarilla, color que únicamente podía usar el Hijo del Cielo. Una sucesión de nueve patios enormes (siempre el número simbólico), en torno á los cuales corre una cuádruple fila de edificios, forma el núcleo de la Ciudad Prohibida. Estos patios se comunican á través de portadas, sobre mesetas de mármol que tienen por ambos lados amplios graderíos. Las portadas también son de mármol y constan de tres puertas, estando reservada la del centro para el emperador y las otras para los mandarines, según su categoría. Sobre cada una de aquéllas existe un pabellón de madera laqueada y dorada, con techo amarillo, cuyos aleros se encorvan en los ángulos.
Estos patios, orientados con arreglo á los puntos cardinales, tienen al Sur y al Norte las portadas de acceso, á ambos lados de ellas los salones más importantes, y al Este y al Oeste galerías, detrás de las cuales existen almacenes, dormitorios y cuadras. En torno al primer patio vivían los funcionarios palaciegos más modestos y los jefes de la Guardia imperial. Hay que advertir que la Ciudad Prohibida contaba siempre con una guarnición de 15.000 infantes y 5.000 jinetes.
Todos los nueve patios tienen pavimento de mármol, y por su centro corre un río atravesado por tres ó cinco puentes. Su extensión es tan enorme que el hombre parece perdido en ella, achicándose con una modestia lamentable cuando se aleja á uno de sus extremos. Para cortar la monotonía de estas llanuras rectangulares, embaldosadas de blanco y cerradas por ostentosos edificios, se alzan en ellas grandes pedestales sustentando leones chinescos, de ojos saltones como bolas, dentadura de cocodrilo y melena de perro. Otras veces sostienen cigüeñas de bronce ó vasos que parecen campanas olvidadas.
El segundo patio, el más enorme de todos, guarda en su fondo la sala imperial. Dentro de ella recibía el Hijo del Cielo á los embajadores y los príncipes feudatarios. En las galerías del Este y del Oeste estaban los almacenes de las cosas preciosas de su pertenencia particular, vastos salones que muchas veces no podían contener los tesoros del celeste emperador, dueño absoluto de un país más grande que Europa.
Uno de los edificios guardaba los vasos de bronce y diversas obras de metal hechas por los artífices de Pekín ó regaladas por los gobernadores de las provincias. Otro contenía las peleterías preciosas enviadas por los cazadores de las provincias limítrofes con Siberia. El enorme Imperio chino abarcaba todos los climas y poseía todas las faunas, desde el oso de las llanuras de hielo á la pantera y el tigre de los arrozales cercanos á los mares del Sur.
En un tercer depósito se almacenaban las vestiduras de honor que el Hijo del Cielo regalaba como si fuesen condecoraciones á los funcionarios dignos de tal recompensa: gabanes de seda, con forros de zorro azul, de cibelina, de armiño. Otra sala contenía las piedras sin montar del tesoro imperial, diamantes, amatistas, esmeraldas, mármoles raros, jade de un verde tierno que parece vivir ó veteado de oro, perlas finas pescadas por los súbditos de las provincias meridionales. El ropero imperial ocupaba un edificio de dos pisos, con armarios y cofres repletos de maravillosas vestimentas, ligeras y coloreadas como flores. En un sexto depósito estaban las armas, ricas y célebres, tomadas al enemigo, y otras ofrecidas por los embajadores de los monarcas tributarios.
Creo oportuno recordar cómo fué en otras épocas el poder de los emperadores chinos. Nos hemos habituado tanto en los últimos tiempos á ver subyugado este país á las exigencias abusivas y crueles de las naciones europeas y de los japoneses, que apenas si nos damos cuenta de que el Hijo del Cielo vivió durante siglos y siglos, dentro del mundo asiático, más poderoso y obedecido que ningún monarca lo fué en Occidente. No había pueblo del viejo mundo que no reconociese su autoridad y temiera sus ejércitos innumerables. El Japón fué el único que se libró de tal vasallaje, por su posición insular y por los caprichos oceánicos que destruyeron todas las flotas chinas llegadas á sus costas. El cruel Timur, ó sea el famoso Tamerlán, terror y azote de tantos pueblos, se declaró feudatario del Gran Kan residente en Pekín.
Hay que imaginarse el aspecto de este segundo patio en días de gran recepción. Se abre en su parte Norte lo que puede llamarse sala del trono y que los chinos titulan Tacho-Tien (Sala de la Gran Reunión). En el centro de ella colocaban el asiento del emperador, quedando las cuatro patas de dicho mueble á ambos lados del eje que divide por mitad á Pekín. Si abrían la puerta central del pabellón Sur, y sucesivamente las portadas de la Ciudad Roja, de la Amarilla y de la Tártara—todas colocadas exactamente en la misma línea—, el Hijo del Cielo, sin moverse de su asiento, podía extender sus miradas hasta el extremo Sur de Pekín, á través de toda la Ciudad China, en una extensión longitudinal de muchos kilómetros, viendo como un hormiguero la remota actividad de las muchedumbres circulando por la calle de Enfrente.
A la meseta de mármol que sustenta la Sala de la Gran Reunión se sube por cinco escalinatas que dan á otras tantas terrazas con balaustradas de maravillosa labor. El mármol ha sido trabajado como algo dúctil que adquiriese rápida forma bajo los dedos. Cigüeñas y dragones parecen correr entre los encajes marmóreos. Los siglos han dado á la preciosa piedra un color amarillo de miel.
Las puertas de esta sala imperial son de laca roja y de oro, con menudos dragones deslizándose entre ramajes complicados. También son de rojo y de oro las grandes columnas, y estos dos colores imperiales se repiten en el adorno de los muros, dando á todo el salón una visualidad que hace recordar las tintas de la bandera española agitada por el viento.
Sobre pedestales quebrados por los golpes más que por los siglos, se ven unos vasos maravillosos de bronce verde, con adornos de oro pálido profundamente rayado. Fueron soldados japoneses los que en 1900 rascaron con sus cuchillos-bayonetas esta capa de oro, para llevarse el precioso polvo. Tal rapiña no resultó un acto extraordinario. Las tropas europeas llegadas á Pekín en la misma expedición contra los boxers mostraron igual conducta. Lo admirable de estas vasijas gigantescas, desfiguradas por la rapacidad de los invasores, es su timbre sonoro. Basta dar en ellas con los nudillos para que salga de sus entrañas una vibración misteriosa y ultraterrena, un eco que hace recordar las melodías planetarias imaginadas por los pitagóricos.
Todo el salón es de madera, paredes y columnas, pero con numerosas capas de laca roja, dorada ó de bronce verdoso, que imitan los tonos de los metales y las piedras preciosas, dando además á dichos colores la frescura eterna de su barniz, en cuyo brillo no logran morder los años.
El canal que atraviesa este segundo patio es profundo como un río. Cinco puentes de mármol lo atraviesan, para que en otros tiempos pudiesen pasar á la vez los imponentes cortejos del Hijo del Cielo. Sobre las cinco mesetas de mármol que se escalonan hasta la Sala de la Gran Reunión se mantenían derechos miles de mandarines durante el curso de la ceremonia imperial.
En este patio, donde podrían desplegarse cómodamente varios batallones europeos, formaban los destacamentos de las Ocho Banderas en que estaba dividido el ejército chino, con sus corazas multicolores, sus yelmos metálicos en forma de sombrilla, sus lanzas rematadas por anchos alfanjes, sus mosquetes que tenían por culatas cabezas de dragón, sus vestimentas de tinte anaranjado ó azul. Sobre el bosque brillante de las armas ondeaban las Ocho Banderas, emblemas de las antiguas tribus manchures, amarilla, blanca, roja, azul ó con diversas combinaciones de estos cuatro colores. En el fondo, ocupando un lugar secundario y modesto, formaban las tropas de la Bandera Verde, las más numerosas y plebeyas, que mantenían el orden en las provincias del Imperio, haciendo oficio de gendarmería.
Hoy, todas las explanadas de mármol de la Ciudad Imperial, majestuosas y enormes, como no las tiene ningún palacio de la tierra, están solitarias. De tarde en tarde, cual si fuesen hormigas, se deslizan por sus llanuras cuadrangulares y blancas algunos pequeños grupos de soldados ó de curiosos. Sus verdaderos habitantes de ahora vuelan y viven en los aleros.
Los adornos salientes de los edificios tienen un color blancuzco, á causa de la capa de fenta depositada por los palomos. Éstos deshonran igualmente con sus residuos las terrazas de mármol y las imágenes de leones, tortugas y cigüeñas de verdoso bronce erguidas sobre pedestales. Unos cuervos pequeños y de graciosos movimientos revolotean en los patios ó se posan en los filos de las techumbres, alterando con sus voces el silencio de la gran ruina. Gritan como niños asustados; otras veces parecen burlarse de los que entran y salen en este palacio de inusitadas proporciones, que ellos poseen ahora absolutamente. En realidad, los personajes soberbios de la Historia, al construir monumentos que se imaginan inmortales, trabajan para el cuervo, la araña, el lagarto y la hiedra, sus herederos forzosos.
En los edificios de otros patios ha improvisado la República china un museo con lo que se pudo salvar de la rapacidad de las tropas civilizadas cuando vinieron en 1900 á socorrer á los sitiados del barrio de las Legaciones y á dispersar á los boxers. Dichas salas ofrecen un aspecto poco ordenado, pero su magnificencia deslumbra y llega á fatigar los ojos. Mejor que museo debía titularse lo que se guarda en ellas «Colección de riquezas nacionales que no pudieron robar los representantes de la civilización occidental».
Sus porcelanas son de valor inestimable, piezas antiquísimas que parecen fabricadas por manos superiores á las del hombre. Se ven en las vitrinas lujosos muebles con todos los caprichos de la curva escamosa del dragón, tallados en ricas maderas; tronos de oro; corazas con incrustaciones de pedrería; árboles cuyas hojas y troncos están hechos con valvas de madreperla; armas cinceladas como joyas; trajes de ceremonia con bestias heráldicas de grueso realce; cetros de oro y cristal de roca; esmaltes de tan enormes proporciones que resulta inexplicable su producción; cascos y sombreros cubiertos enteramente de perlas, cual si hubiese caído sobre ellos un rocío celeste.
Muchos de estos objetos los ocultaron chinos fieles á la dinastía, cuando llegó la expedición de los países civilizadores, devolviéndolos luego al gobierno. Otros fueron robados por las tropas invasoras, y las comisiones encargadas de remediar tales delitos consiguieron rescatarlos. ¡Pero desaparecieron tantas riquezas!... ¡Fueron tan numerosos los robos!...
Cada vez que nos muestran un objeto precioso estúpidamente destrozado, los guardianes del museo se limitan á decir:
—Esto lo hicieron las tropas de las naciones civilizadas.
Y sonríen con una amabilidad irónica.
El pueblo chino ha cometido crueldades, como todos los pueblos de la tierra, pero muchas menos que las imaginadas por la ignorancia occidental. La culpa remota de este error la tienen los sacerdotes budistas, que tanto aquí como en el Japón han hecho circular durante varios siglos estampas horripilantes representando cuantos tormentos sufren en la otra vida los que mueren en pecado. Son casi iguales á las estampas del infierno y de sus suplicios que existen en los países católicos.
Muchos viajeros, al ver estas escenas del infierno budista, las creyeron una fiel representación de tormentos complicados y monstruosos que aplicaban antiguamente chinos y japoneses. Nada más falso. En China han existido la muerte á palos y la decapitación, como en casi todos los países de la tierra. Durante las revueltas populares y las guerras civiles abundaron refinadas ejecuciones y matanzas, aunque tal vez menos que en ciertos países de Europa y América. Sus piratas y sus bandidos de tierra firme no fueron peores que los de otras partes.
En cambio, la expedición civilizadora contra los boxers abundó en episodios inauditos. Un soldado procedente de uno de los países más cultos de Europa, al pasar con varios camaradas por una de las calles de Pekín, vió en la puerta de su tienda á un mercader extremadamente gordo, con esa obesidad monstruosa producto de una vida sedentaria, lenta y pacífica.
—Me interesa saber—dijo—lo que ese chino tiene en el vientre.
Y de un bayonetazo le rajó el abdomen, echando afuera sus tripas.
Estos chinos que parecen cansados y hasta apolillados, después de cincuenta siglos de civilización á su modo, hablan con ironía del estado que ocupan en el mundo moderno.
«Nosotros los salvajes», dicen con burlona modestia. Y añaden poco después: «Los blancos, que nos hacen el favor de querer civilizarnos...»