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LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA
Vicente BLASCO IBAÑEZ
LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA
TOMO III
INDIA.—CEILÁN.—SUDÁN.—NUBIA.—EGIPTO
PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
1925
Es propiedad.—Reservados todos
los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.
Copyright 1925, by V. Blasco Ibáñez.
LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA
I
LA CAPITAL DE BENGALA
Servidumbre de los hoteles de Calcuta.—Cuervos y chacales.—El «Agujero Negro».—Las vacas sagradas.—El toro, igual al hombre.—Casamientos infantiles.—Devotos de Siva y sacrificio sangriento á Kali «la Negra».—El árbol-bosque.—La fiesta anual de las serpientes.—Los «sapwallas» de Calcuta.—El faquir color de vino y sus juegos extraordinarios.—Lo que sacó de una de mis solapas, haciéndome saltar atrás, con gran parte del público.
El Gran Hotel de Calcuta es enorme, complicado y feo como un cuartel. Sus dueños sucesivos han ido abriendo puertas y lanzando galerías hasta posesionarse de todas las casas de la manzana. Sus habitantes tenemos que orientarnos para ir de un extremo á otro, subiendo y bajando escaleras, atravesando salones interminables de altísimo techo, perdiéndonos á continuación en un laberinto de piezas, exiguas y tortuosas.
En su piso bajo hay bazares, abundantes en ricas telas indostánicas, pieles de tigre real, muebles de nácar y maderas preciosas. Los comedores son amplios y sonoros como naves de iglesia. Para llegar á la remota ala donde tengo mi habitación debo atravesar varios patios, cuyo centro está ocupado por kioscos. Arriba, dormitorios y corredores, con paredes enjalbegadas de cal amarillenta, tienen un aspecto miserable y triste de cárcel.
Dichos corredores se hallan habitados por una población indígena, que come, vive y duerme sin salir de ellos con pretexto de servir á los huéspedes. Todos los que residen en Calcuta largo tiempo mantienen criados propios, para su servicio, además de los del hotel. La domesticidad es floja en su trabajo, pero en cambio, cuesta poco á los amos. El criado recibe quince rupias al mes y se procura á su modo el alimento y la cama. Todos duermen en los pasillos, ante las puertas de sus dueños, en compañía de los otros servidores que pertenecen al establecimiento. De noche, para llegar á mi dormitorio, paso entre dos filas de indostánicos negruzcos, con grandes turbantes y ojos de brasa, que miran con una fijeza enigmática. Algunos, cansados de dormir en cuclillas, acaban por tenderse á través del pasillo, y hay que ir saltando sobre sus cuerpos.
La domesticidad femenina, igualmente numerosa, se refugia en lugares menos frecuentados y duerme conservando su traje, parecido al de las Madonas de la pintura italiana, larga túnica con ribetes de galón plateado y un velo de idéntico adorno que las envuelve todo el cuerpo y acaba cubriendo su cabeza. Aunque sean pobres, llevan cargados los brazos con múltiples pulseras de pesado metal blanco y un botón de plata incrustado en la nariz ó una mejilla. Estas hembras de tez obscura, ojos enormes y exagerada delgadez que hace pensar en la línea escurridiza de la anguila, apenas las ve el viajero mientras vive en el hotel; mas así que intenta marcharse, empiezan á surgir de corredores y puertas. Forman en dos alas, uniéndose á la otra tropa de domésticos masculinos, todos sin zapatos, con calzoncillos blancos y gran turbante; se inclinan llevándose una mano á la frente, murmuran saludos que parecen oraciones, y hay que ir repartiendo monedas de níquel á un lado y á otro, pues las hospederías indostánicas, por importantes que sean, más bien parecen asilos, donde cada cliente debe costear el sustento de numerosos criados inútiles.
Cuando llega el lavandero para entregar la ropa, ó se presenta un vendedor de objetos del país, toda la chusma instalada en el pasillo se cuela tranquilamente en la habitación, dando sus opiniones, como si alguien les hubiese llamado, hablando á un tiempo en su lengua, con algunas palabras inglesas que resultan igualmente ininteligibles. Tal vez son buenas gentes, pero su aspecto resulta inquietante. El misterio del alma indostánica, tan confusa para nosotros, brilla en sus pupilas, que son negras y saltonas, sobre córneas amarillentas. Gritan, manotean, se echan encima del viajero con el impulso de su vehemencia verbal, y éste acaba casi siempre por enfadarse, empujándolos al pasillo, donde continúan vociferando.
Abajo, en comedores y salones á estilo occidental, el doméstico lleva levitón blanco, faja roja y turbante igualmente inmaculado, aproximándose con discreta elegancia á los huéspedes merced al resbalador silencio de sus pies descalzos. Arriba, en los diversos pisos, pulula la servidumbre á estilo indígena, con calzoncillos astrosos y un trapo arrollado á la cabeza por toda vestidura, la cara hollinada, cobriza, de palidez amarillenta ó blanca como la nuestra, y todos ellos mirando en torno ávidamente, cual si esperasen un descuido del viajero para llevarse algo.
Otros parásitos tienen los hoteles de Calcuta: los cuervos. He dicho repetidas veces que este volátil es el eterno habitante de todos los cielos de Asia, pero en Calcuta se ve más protegido y respetado que en las otras ciudades del viejo mundo. Su crocitar estridente resuena en patios y tejados desde la aurora á la puesta del sol. Todos los cuartos del hotel tienen ventanas enormes. Más que ventanas son vidrieras iguales á las de un estudio de pintor, y ante su muro transparente pasan y repasan las sombras de centenares de alas negras imitando el jugueteo de una banda de palomas.
Al instalarse el viajero, lo primero que le advierten es que no deje sobre las mesas su reloj, su anillo, los gemelos de su camisa y otros objetos brillantes. Los cuervos penetran en las habitaciones, lo mismo que la población doméstica acampada en los pasillos, y se llevan en el pico ó las garras todas las cosas metálicas, indistintamente. El lector pensará que contra este peligro hay el simple remedio de tener cerrada la vidriera, pero ignora que los indostánicos desean evitar molestias á todo animal, hasta á los más pequeños, y para que el cuervo no sufra el tormento de dar empujones inútiles á esta pared luminosa y dura, han tenido la previsión de dejar sin cristal uno de los cuadros superiores de la ventana. De este modo, el pajarraco que se nutre en los campos de animales muertos y otras inmundicias entra y sale en vuestro dormitorio graciosamente, lo mismo que un loro ó un ave del Paraíso.
Mientras estoy en el baño, sigo las evoluciones de cierto cuervo pardo, ágil, no muy grande, que pasea por mi habitación como en terreno propio. Deben haberse repartido equitativamente el disfrute de las piezas del hotel todas estas bestias poco atractivas que aletean en torno al patio ó descansan formando hileras sobre el filo de los tejados. El que monopoliza mi habitación se ha colocado en el rectángulo sin cristal, con las garras sobre el borde de madera, medio cuerpo hacia el exterior, para platicar con sus compañeros desafinadamente, mientras su mitad posterior eriza las plumas y deja caer rítmicamente dentro de mi cuarto las superfluidades hediondas de su digestión.
El indo que dormita en cuclillas al otro lado de la puerta se encargará de borrar este ultraje, gracias al sagrado respeto que le inspiran todos los seres vivientes. Estos servidores son incapaces de matar los parásitos albergados en la cama, y si encuentran debajo de ella un escorpión, una araña peluda ó una serpiente, se apartarán para abrirles paso, rogándoles que se vayan con palabras corteses. Todos somos hijos de Brahma, y nos debemos mutuo respeto.
Más de una vez se han llevado los cuervos sortijas y otras alhajas femeninas mientras sus dueñas estaban en el baño. Cuando ocurre esto, los criados más expertos del hotel celebran consejo; adivinan por la habitación qué cuervo puede haber realizado el robo y en qué árbol de la inmediata avenida acostumbra á refugiarse cuando se siente aburrido de su vida en los tejados. Y lo extraordinario es que casi siempre acaban estos adivinos descalzos y con turbante por encontrar el objeto robado en alguno de dichos escondrijos.
Resulta más visible aquí que en otras ciudades de la India el rudo contraste entre los adelantos de la colonización inglesa, superficiales y brillantes como una capa de barniz, y las tradiciones del pueblo indostánico, que llevan una existencia de miles de años. El virreinato británico, establecido en Calcuta hasta hace poco, llenó la capital bengalí de edificios oficiales y paseos á imitación de los de Inglaterra. Con motivo del jubileo de la reina Victoria fué construído el «Victoria Memorial», palacio de mármol blanco, á imitación del famoso Taj Maal de Agra, que parece de lejos una pequeña montaña de estearina flanqueada de arboledas. Todos los jardines tienen extensos prados de césped, como los de Londres, siendo difícil y costoso mantener su frescura en esta tierra solar. Los ingleses de Calcuta, olvidando las diferencias geográficas, se entregan en estos jardines á sus deportes nacionales, á las mismas horas que sus compatriotas de Europa, sin miedo á una insolación fulminante.
El lugar histórico más célebre de Calcuta es el llamado Black-Hole («Agujero Negro»). En 1756 un nabab de Bengala se sublevó contra los ingleses para librar á su país de la rapaz Compañía de las Indias (la «vieja dama de Londres», como la llamaban sus víctimas), consiguiendo apoderarse de Calcuta. Ciento cuarenta y siete defensores de la ciudad, al rendirse después de largo combate, quedaron encerrados por los vencedores en un pequeño subterráneo. Esto fué á las ocho de la noche y en verano. El calabozo de piedra tenía dos ventanillos nada más, con espesas rejas que sólo dejaban filtrar una cantidad mezquina de aire. A las dos horas de permanecer hacinados en dicha prisión, los ciento cuarenta y siete ingleses empezaron á pedir socorro. Todos sentían los tormentos de la asfixia y la sed. Se desnudaron para librarse del calor de este encierro tropical; bebieron el propio sudor para apagar su sed. Los que se dejaban caer en el suelo morían sofocados minutos después. Los más fuertes se abrieron paso para situarse junto á los ventanillos, disminuyendo con ello la escasa entrada de aire. Tan alta era la temperatura, que los cadáveres de los caídos entraban inmediatamente en putrefacción. Las cabezas aglomeradas en los respiraderos proferían insultos contra los centinelas indostánicos y sus jefes, con la esperanza de recibir un balazo que diese fin á sus angustias.
Toda la noche duró tal suplicio. Cuando al amanecer entraron en el «Agujero Negro» los oficiales del nabab, solamente vieron veintitrés prisioneros con vida de los ciento cuarenta y siete encerrados ocho horas antes, pereciendo á los pocos días la mayor parte de los supervivientes.
Al reconquistar Calcuta los ingleses, el Black-Hole fué demolido, y ahora en su antiguo solar se alza un edificio que conmemora este episodio horripilante.
En ciertos barrios, la forma de las calles, el indumento de los transeuntes, las fachadas de los edificios, nos hacen pensar que vivimos en una capital de provincia inglesa. Mas así que cierra la noche, la más grande de las ciudades de la India pierde su cáscara europea y la yungla vecina vuelve á invadirla hasta que resurge el sol.
Durante mi primera noche en el Gran Hotel, situado frente al más céntrico de los jardines de Calcuta, fué interrumpido mi sueño muchas veces por el continuo ladrar de numerosos perros vagabundos. Era un ladrido nuevo para mí, que me hizo suponer la existencia de una raza de perros indostánicos completamente desconocida fuera del país. A la mañana siguiente, mis amigos calcutanos rieron cuando les pedí explicaciones sobre estos animales de incansable aullido.
Los chacales se introducen por la noche en la ciudad, para buscar su alimento en los montones de basura, disputándose luego las presas. Un joven comerciante español, residente hace años en Calcuta, vino algunas veces á conversar conmigo hasta pasada la media noche, y siempre encontró al marcharse, en las inmediaciones del hotel, alguno de estos chacales urbanos, lo que no representa para los que conocen el país una vecindad inquietante. Los trasnochadores de Calcuta tropiezan frecuentemente con estos perros salvajes, que gruñen de sorpresa ante el europeo y acaban por huir. Saben que el blanco no siente por ellos el respeto del indostánico y puede agredirles aunque se muestren algo domesticados por sus frecuentes visitas á la ciudad.
De día otras bestias dificultan el tránsito en las calles populares. Son los toros y vacas sagrados, que viven á expensas del vecindario y nadie puede molestar.
Los habitantes de una calle poseen uno ó varios de dichos animales, viendo con cierta vanidad cómo se pasean lentamente por sus dominios. Son gordos, lustrosos, se mueven con una torpeza majestuosa, y parecen animados de maligna inteligencia para hacer sentir á las personas su calidad de animales santos. Doblando sus patas para descansar, se atraviesan en la acera y no dejan sitio al transeunte, obligándolo á descender al arroyo. Otras veces quedan inmóviles en medio de la calle, y automóviles y carretas detienen su marcha hasta que la bestia sagrada, casi siempre de pelaje blanco y cuernos breves, se decide á apartarse, convencida por los gritos cariñosos y los razonamientos de sus adoradores.
Nadie se atreve á empujar á dichos animales. Estando en Calcuta, leí la sentencia contra un chófer culpable de haber golpeado con su vehículo á una de estas bestias inmovilizada insolentemente en medio de la calle. El juez municipal, indostánico de casta superior, afirmó en sus conclusiones que el toro posee un derecho absoluto de transitar por las calles igual al del hombre, siendo su vida tan importante como la de éste, por todo lo cual impuso al chófer varios días de cárcel.
Al mismo tiempo que los indostánicos mantienen á las bestias sagradas de su barrio opíparamente, á costa de la propia alimentación, rodeándolas de cuidados divinos, los demás toros que no han sido consagrados pasan por las calles sucios de fango y de boñiga, con la cornamenta astillada, los costillares angulosos por su flacura, tirando de carretas excesivamente cargadas, cuyas ruedas de disco sólido chirrían sobre un adoquinado desigual.
La inverosímil sentencia del juez indostánico y los exagerados honores á los toros y vacas de Siva empiezan á comprenderse al poco tiempo de vivir en Calcuta. Palacios y paseos á la inglesa parecen esfumarse, perder su realidad, al mismo tiempo que nuestra observación hace nuevos descubrimientos en la masa indígena que circula por avenidas y callejuelas.
Entre soldados británicos de calzones cortos y casco blanco, entre funcionarios coloniales con elegancia de gentleman y opulentos mestizos que dan el brazo á damas de su familia vestidas á la moda de Europa, pasan faquires andrajosos, de una delgadez esquelética, la cara pintada de blanco lívido, lo mismo que Pierrot. Sus máscaras son un amasijo de ceniza y excremento de vaca sagrada.
En las horas próximas al mediodía, los más de los transeuntes indostánicos sostienen en la palma de su diestra un vaso de bronce lleno de agua. Es el líquido necesario para las purificaciones, y lo llevan á sus hogares á través de las avenidas modernas, sorteando el encuentro con tranvías y automóviles, fingiendo no verlos, lo mismo que si cumpliesen un rito sagrado en la soledad de las selvas. Deben evitar todo roce con los transeuntes, para que conserve su pureza el agua recogida en el río sagrado. Si un indígena de casta inferior ó un blanco toca al pasar su vaso de barro ó de vidrio, es preciso que lo rompan inmediatamente. Cuando la vasija es de metal, basta con lavarla repetidas veces para su completa purificación, yendo en busca de agua nueva al brazo del Ganges.
La chiquillería juega desnuda en medio de las calles populares. Es frecuente oir una música que tiene por base los truenos del bombo y el choque metálico de los címbalos. Detrás de ella desfilan los sacerdotes induístas como figurantes de ópera, una punta del manto blanco echada sobre el hombro izquierdo, la negra cabellera bien peinada y lustrosa de aceite de clavel. Los niños corren hacia la procesión y forman una escolta de cuerpecitos sin tapujos en torno á los sagrados personajes.
Esta infancia de carnes al aire lleva casi siempre una cadenita en las caderas, de la que pende un objeto metálico tapando los rudimentarios órganos genitales. Una rodaja de metal golpea suavemente el pubis femenino, todavía sin vegetación. Los niños, en vez de esta medalla, llevan una ó dos llavecitas extraplanas, de las que sirven para las maletas. Tales adornos parecen en el primer momento un convencionalismo pudoroso de la moral, como la famosa hoja de parra. Luego resultan signos matrimoniales. Las llavecitas del futuro varón y la medalla de la hembra equivalen á un aviso de que estos dos pequeños cuerpos ya tienen dueño.
Los matrimonios infantiles son frecuentes en la vida indostánica. Los padres acuerdan entre ellos el casamiento de sus hijos cuando tienen dos ó tres años, y á veces menos.
En una ciudad del interior de la India presencié el cortejo de tres matrimonios celebrados á la vez. Los novios iban en un automóvil, rodeados de jinetes que disparaban sus pistolas y de músicos alborotadores. Los tres llevaban el distintivo nupcial: una franja de pequeños madroños, semejantes á los de un cubrecama, que les caía sobre el rostro á modo de visera, y tenían una edad entre cinco y nueve años. A continuación, en otro automóvil, pasaron las tres esposas, envueltas en velos de plata. Todavía eran más tiernas, y la muchedumbre anunciaba con regocijo que la menor no había cumplido año y medio.
Después de sus bodas, los cónyuges se despojan de las galas nupciales, y colgándoles sobre el sexo la medalla ó las llavecitas por toda vestimenta, vuelven á reanudar sus juegos con otros niños que viven en una situación semejante. Sólo cuando llega la pubertad para el esposo y la esposa, que han estado jugando cada cual por su lado, se van á vivir juntos, obedeciendo á sus familias.
La religión marca el rostro cobrizo de las personas mayores. En esta ciudad, tan próxima á los lugares donde vivió Buda, hay pocos budistas. Tampoco la gran masa indostánica profesa el brahmanismo, como se cree generalmente. Esta religión pertenece á la casta superior; exige la lectura de los libros védicos, y sólo pueden profesarla los bracmanes.
El llamado induísmo es la religión general de los indostánicos, grupo confuso de sectas que tiene por base el politeísmo y la magia. El pueblo se convirtió al brahmanismo en otros siglos de un modo superficial, y los bracmanes, por su parte, para vencer á los budistas, buscaron la alianza con los cultos primitivos y degradados de la India, contentándose con que su autoridad personal fuese respetada. Se halla dividido el induísmo en numerosas sectas pobladas de dioses, diosas y demonios, con desbordante exuberancia. Ídolos y fetiches reciben culto de los sacerdotes induístas, con gran derroche de iluminaciones, derramamiento de flores, repiques de campanas, música de gaitas y tamboriles, danzas de bayaderas.
Es creencia general que el induísmo adora á la Trimurti ó Trinidad indostánica, compuesta de Brahma, espíritu creador; Siva, espíritu destructor, y Visnú, espíritu conservador; pero en realidad estos personajes celestiales se reparten muy desigualmente la devoción de los fieles. Brahma, dios abstracto, sólo comprendido por los hombres de clase superior, dedicados al estudio de los libros santos, jamás ha sido popular ni tiene adoradores en la muchedumbre. Siva y Visnú son dioses célebres, venciendo el primero en popularidad al segundo.
Siva significa «el Misericordioso», mas no le impide tal nombre ser un dios temible, y así se muestra en los altares con un collar de cráneos sobre el pecho, varias serpientes arrolladas al tronco y un tercer ojo en medio de la frente, lo mismo que los cíclopes de la mitología griega. Sus tres esposas Kali (la Negra), Durga (la Inaccesible) y Parvati (la Hija de la Montaña) resultan también divinidades complejas y contradictorias, unas veces amorosas y otras pidiendo sangre y muerte. Siva, creador y destructor al mismo tiempo, es el símbolo de la vida que nace y muere sin descanso. Los toros y vacas consagrados á él como ídolos ambulantes vagan por las calles, como ya he dicho. Los adoradores de Siva revelan su devoción particular trazándose entre las cejas unas rayas verticales en forma de tridente, arma del mencionado dios. Las cofradías de Visnú, menos numerosas, se distinguen por otros signos, pintados también en el entrecejo.
Después del terrible Siva es Kali, la primera de sus esposas, la que reúne más devotos. Visito una tarde el templo de Kali en Calcuta para presenciar un sacrificio. La diosa sólo admite sangre. Sus sacerdotes, medio desnudos, entran en el templo varias cabras y las van degollando ante el altar de la diosa negra.
Corre la sangre en arroyuelos sobre las baldosas de mármol, salpicando nuestros trajes blancos. Todos los niños de las calles próximas han acudido á presenciar esta ceremonia extraordinaria, organizada para un grupo de occidentales. Las puertas del templo están obstruídas por el oleaje de estos cuerpecitos desnudos con su colgajo metálico debajo del vientre. Se empujan para ver mejor el borboteo de la sangre, el jadear de unos costillajes moribundos cubiertos de pelos blancos ó rojizos, y sofocan con sus voces el lamento de los balidos... Luego, cuando sean hombres, todos ellos se negarán á aplastar un insecto.
Huímos del templo de Kali y su cálido ambiente de matadero, para ir en busca del plácido Jardín Botánico, á orillas del río. Es célebre por sus avenidas de palmeras gigantescas y su bananio reproductor, árbol que vimos en los maravillosos jardines de Java.
Aquí, un solo bananio cubre cerca de un kilómetro cuadrado. Las ramas salidas del tronco primitivo buscaron el suelo, para convertirse á su vez en nuevos troncos, haciendo del árbol único todo un bosque. Contemplamos á distancia este gigante, que al mismo tiempo que invade el espacio verticalmente estira sus brazos con una expansión que parece sin límites, multiplicando sus apoyos en el suelo. Una fila de automóviles, al deslizarse ante sus troncos numerosos, resulta tan diminuta como un rosario de hormigas siguiendo los bordes de un arriate de jardín.
Todas las variedades de la flora tropical se aglomeran en torno á las plazas y avenidas de esta ciudad silenciosa de árboles. El suelo de aluvión aportado por el Ganges, en tiempos remotos, es elástico y esponjoso bajo el pie. El agua muerta de las lagunas, con su costra verde y sus hojas flotantes, del tamaño de escudos, inspira inquietud. Su profundidad misteriosa hace pensar en el caimán del río inmediato, bestia propensa á los cambios de refugio; en la boa redonda como un tronco, que no posee el arma fulminante del veneno, pero quiebra animales y hombres con el apretón de sus anillos, haciendo crujir costillas y vértebras.
Además, vivimos en Bengala, y sobre el suelo de este jardín limpio y bien cuidado marcó numerosas veces sus patas uñosas el famoso tigre que lleva el mismo nombre de la provincia. Aún podría volver. Las bocas del Ganges, con su espesa yungla, sólo están á una distancia relativamente breve, aumentada por las revueltas que traza el río antes de perderse en la bahía del Diamante. El veloz tigre de Bengala lograría salvar esta distancia en poco tiempo, pero la colonización inglesa ha tendido las múltiples barreras de sus fábricas de yute y sus poblaciones de obreros indígenas entre Calcuta y el mar. El tigre hay que buscarlo ahora en plena yungla ó en el interior de la India, donde los rajás favorecen su reproducción para las cacerías.
En cambio, las serpientes venenosas son cada vez más abundantes, ó sus víctimas aumentan en número, debido á su pasividad é imprevisión. Yo había leído que anualmente mueren en la India 20.000 personas á causa de las mordeduras de los reptiles. Cuando menciono dicha cifra, los conocedores del país hacen un gesto negativo. Eso era antes; ahora la mortalidad ha progresado, y se calcula que en los últimos años mataron las serpientes venenosas un promedio de 35.000 personas.
Por ir el indostánico siempre descalzo, es mordido fácilmente en sus extremidades cuando trabaja los campos encharcados que producen el arroz ó al caminar por senderos orlados de traidora vegetación. Además, el indígena puede matar á un hombre, pero teme hacer daño á los demás seres con vida, y la naja, ó sea la serpiente de anteojos, que los portugueses llamaron cobra de capello, le inspira un respeto tradicional. Antes que matarla, prefiere dejarse morder por ella y perecer si tal es su destino.
Los sapwallas, encantadores de serpientes, gozan de cierta consideración religiosa como sacerdotes degenerados de un culto que desapareció. En Bombay y otras provincias se celebra la Naja Pantchami, fiesta anual de las serpientes en honor del dios Krichna, matador de una enorme pitón que desolaba las orillas del rio Jumna.
Se reunen en la plaza más grande del pueblo ó de la ciudad varios cientos de sapwallas, cada uno con una cesta que contiene numerosas cobras. Los indos piadosos traen jarros de leche de búfala, líquido amado por estos reptiles, y cada vasija queda rodeada de un círculo de serpientes que con la cabeza sumergida beben y beben en absoluta inmovilidad. El sapwalla tira de las que están hartas, dejando sitio á las otras en ayunas; pero necesita una gran destreza para librarse del reptil desposeído, que se alza con la gorguera hinchada de furor y muerde cuanto encuentra á su alcance.
Esta fiesta dura un día y una noche. Dos mil ó tres mil cobras se hartan de leche hasta no poder moverse, y á la mañana siguiente los encantadores abandonan el pueblo, dejando caritativamente suelta en la yungla á toda su colección.
Abundan los sapwallas en las calles de Calcuta, siendo admirados por muchos de sus compatriotas que nacieron en países montañosos y helados, donde no existen serpientes.
Los encantadores de Birmania se limitan á hacer bailar los reptiles al son de su gaita. En Calcuta, todo sapwalla lleva con él una mangosta, pequeño cuadrúpedo carnicero, especie de hurón, que se alimenta con reptiles y parece dispuesto en todo momento á pelear con las serpientes, por grandes que sean. Como la autoridad británica, respetuosa para todas las religiones de los indos, se muestra igualmente tolerante con sus diversiones tradicionales, pueden los serpenteros desembalar sobre la acera de asfalto de una avenida ó la arena suave de un jardín público el contenido de sus cestos, preparando el mencionado duelo. La serpiente envuelve rápidamente con sus anillos al pequeño cuadrúpedo, pero éste acaba por vencerla mordiendo su cabeza.
Otros sapwallas son prestidigitadores que emplean para sus juegos reptiles domesticados. Cada vez que me cruzo en la calle con uno de dichos juglares rehuyo su contacto. Van medio desnudos, pero nadie sabe qué puede ocultar su escasa ropa. Tal vez llevan, á estilo de faja debajo del corto taparrabos, ó arrollada en el interior de su turbante, una de sus najas favoritas.
Una mañana, al salir del Gran Hotel, encontramos bajo las arcadas de la avenida principal de Calcuta al más atrayente de los sapwallas. La gente de la ciudad lo mira con interés por ser extranjero. Pertenece á la raza blanca. Tiene bronceados por el sol los miembros que no tapan sus andrajos, pero más allá de los bordes de esta vestimenta astrosa se columbra la delicada palidez de su epidermis. Muestra la flacura, las barbas alborotadas y los ojos exaltados de un profeta. Hace recordar al áspero Juan, cuya cabeza pidió Salomé. Su turbante, sus calzones cortos y una especie de escapulario de tela que cubre su pecho tienen el color de las heces del vino.
Es alto, con la esbeltez descarnada de los árabes del desierto. Lleva un palo sobre un hombro, y de sus extremos penden dos sacos del mismo rojo obscuro de sus ropas. Es indudable que en el interior de dichas bolsas van dormidas ó se agitan agresivamente dos marañas de cables vivos, con la piel moteada y tricolor, la cabeza chata y venenosa.
El faquir rojizo guiña un ojo invitándonos á que le sigamos á una calle lateral, donde los transeuntes son menos numerosos, y sobre el asfalto de la acera, ante la puerta cerrada de una casa á estilo europeo, descarga sus dos sacos, los abre y empieza á extraer el «género». Serpientes, toda clase de serpientes: unas verdes, estrechas y largas, con la cabeza más pequeña que el cuerpo, reptiles de lagunas y arrozales; otras gruesas, cuadriculadas, multicolores, con dos círculos en forma de anteojos en la parte del dorso que corresponde á nuestro cogote, el cuello hinchado como una gorguera, y el hocico triangular saliendo de este capuchón para escupir fríos bufidos.
Vemos inmediatamente la diferencia característica entre la naja y las demás serpientes. Éstas apenas se levantan del suelo. Son «el animal maldito entre todos los animales, arrastrándose sobre el vientre y mordiendo el polvo», como dice el Génesis. La cobra de cuello hinchado se yergue con audacia, apoyando únicamente en el suelo el último tercio de su cuerpo cilíndrico, y mira al hombre frente á frente cuando éste se pone en cuclillas, lo que contribuye á la sugestión que parece ejercer sobre ella el encantador.
Indudablemente, á las más de las cobras les han arrancado los colmillos venenosos. Otras no han sufrido tal operación, pero evitan morder á sus amos después que éstos las ofrecieron muchas veces su diestra cubierta con placas de hierro, en las que se rompieron sus dientes. A pesar de esto, no es raro que los sapwallas mueran mordidos por sus pupilas.
Algo extraordinario debe ofrecer este juglar color de vino, pues inmediatamente acuden y forman círculo numerosos indígenas que parecen admirarle. Dos soldados indos se ponen en cuclillas junto á las serpientes para verlas de más cerca. Brillan sus ojos con un resplandor de chispa metálica, murmuran palabras en su idioma, parecen entusiasmados de encontrar en una calle de Calcuta á estas amigas que les recuerdan su país.
Mientras tanto, el faquir rojizo va desarrollando su espectáculo. La mangosta combate con una serpiente verde en mitad de la acera. Luego pelean dos reptiles. El director de los juegos saca y saca nuevos «artistas» de sus sacos, que parecen inagotables.
No sé por qué, ha fijado su atención en mí. Estoy en la primera fila del corro, y de buena gana retrocedería á segundo término, cediendo á otro mi lugar. En el interior del redondel, donde se mantiene solo el encantador, van y vienen reptiles, obedeciendo sus combinaciones, mientras otros se enrollan y quedan fijos, con la inmovilidad del cansancio. Cada vez que termina uno de sus juegos me habla, me saluda con su diestra, como si me lo dedicase. Presiento que tal predilección, que va acentuándose, acabará por proporcionarme algo desagradable. Aumenta mi deseo de retroceder modestamente; pero no me atrevo á hacerlo. Temo las risas de varias americanas que se hallan á mi lado.
El faquir viene hacia mí y empieza á hablarme, sin que pueda entenderle. Todos los indígenas del corro me miran ahora con interés, como si fuese yo un compañero del encantador. Finge éste que se arranca un pelo de su barba y lo coloca sobre mi solapa izquierda. Luego aprieta sobre el mismo lugar donde puso el pelo imaginario una especie de pañuelo, trapucho algo obscuro, sobre el que han pasado varios años de suciedad.
Aprieta el harapo contra mi pecho, como si restañase un chorro de sangre. Es sin duda para que no se escape el pelo maravilloso. De pronto separa el trapo, da un paso atrás, lanza un grito...
Me doy cuenta de que una cosa pesada cae á lo largo de mi cuerpo, desde el pecho á los pies: ¡chap!... Algo ha golpeado el asfalto, con la gravitación elástica de los objetos duros y húmedos... Inmediatamente surge del suelo una cobra extraordinariamente gruesa, levantándose cuanto le es posible sobre el extremo de su cola, con el cuello cartilaginoso hinchado y temblón, lanzando bufidos por su hocico triangular, furiosa á causa de su caída y de los trabajos abusivos á que la somete su amo.
El pelo de barba puesto sobre mi pecho se ha convertido en una naja enorme, por el poder mágico del faquir. Nadie ha podido ver el escamoteo. ¿Dónde guardaba la serpiente?... ¿En la cintura?... ¿en el turbante?...
Esto me lo pregunto ahora, pues al ver la cobra irguiéndose junto á mis pies, con el hocico agresivo al nivel de mis rodillas, sólo pienso en dar un salto atrás, y casi derribo con mis espaldas á los curiosos que avanzaban su cabeza poco antes por encima de mis hombros para ver mejor.
No me detengo en dicha retirada hasta quedar á respetable distancia del reptil salido de mi pecho. Muchos indígenas ríen, pero debo añadir que son los del otro lado del corro. Los que están á mis espaldas saltan tanto ó más que yo para alejarse de un encantador que se permite tales confianzas con su público.
II
EL PADRE GANGES
Cómo se duerme en los vagones-camas de la India.—Aparición del Ganges.—La sagrada ciudad de Benarés.—La orilla derecha y la orilla izquierda del río santo.—Buda y su «Sermón bajo el árbol».—La fiesta primaveral del «Sivarat».—Navegación por el Ganges.—El baño de los peregrinos.—Los palacios de Benarés.—Olas de flores y cadáveres flotantes ó quemados.—El templo caído en piezas.—Las honras fúnebres del santo bracmán.—Un tenor mahometano canta las glorias del padre Ganges.
Pasamos una mala noche en el tren. La dirección de los ferrocarriles indostánicos se ha preocupado minuciosamente del bienestar de los viajeros. Cuatro de éstos ocupan en los trenes expresos un compartimento amplio, casi un salón. Los vidrios de las ventanas son obscuros como los anteojos que se usan para amortiguar la luz solar, y á través de ellos parece suavizarse el paisaje en las ardientes horas meridianas. Un cuarto con ducha y otros aparatos higiénicos completan la habitación rodante.
Cada uno de dichos salones tiene un criado especial, indostánico de cara cobriza, boca azulada y muda, pies descalzos, larga levita blanca, abultado turbante. Este servidor se oculta horas enteras, como si hubiese abandonado el tren, y aparece de pronto, lo mismo que un fantasma surgido de las ruedas.
Todo lo ha previsto la administración en tales dormitorios. Sólo falta una cosa en ellos, una sola... las camas. El doméstico enseña dos divanes, que sirven de asientos durante el día, y cuando llega la noche tienen sus respaldos de madera y gutapercha subidos horizontalmente sobre los goznes. Si el extranjero muestra asombro ante esta desnudez, el servidor le da la noticia de que en los ferrocarriles de la India inglesa la cama debe traerla el viajero.
A los que viven en el país, comerciantes mestizos, empleados y militares británicos, les es fácil remediar dicha falta. Les place llevar su propio lecho al ferrocarril. En sus viajes, que duran á veces tres ó cuatro días, de un lado á otro de la India, ellos y sus familias convierten el cuarto ambulante en una prolongación de la propia casa. Hasta guisan sus comidas ó hierven el té en un hornillo portátil.
Los que atravesamos simplemente el país debemos ir á un bazar de Calcuta donde se venden camas de viaje. Son fardos de fácil transporte, que entristecen al que los abre, como un augurio de mala noche. El colchón equivale por su espesor á unas cuantas hojas de papel superpuestas; la almohada-oblea hay que levantarla con una maletita colocada debajo. La manta, por su delgadez, resultaría ilusoria en otras regiones de la India. Afortunadamente, de Calcuta á Benarés, la noche será calurosa.
Transcurren para nosotros las horas nocturnas cambiando de postura en el lecho y deseando la aparición del sol. Al hacer alto en las estaciones, escuchamos el lento conversar de nuestro servidor con otros domésticos del tren, inmóviles ante las portezuelas de los compartimentos. Las más de las ventanillas tienen sus vidrios á medio bajar, á causa del ardor de la atmósfera. El espacio abierto resulta infranqueable para un blanco; pero en este país de hombres flacos y escurridizos, representa un peligro. Muchas veces, á pesar de la vigilancia de los criados del tren, se deslizan los ladrones dentro de los coches como si fuesen najas, con un silencio reptilesco, robando á los viajeros mientras duermen.
Todas las molestias de la noche, lecho duro, calor asfixiante, mangas de polvo por las ventanillas entreabiertas, ronquidos angustiosos de los compañeros, se desvanecen al llegar el día. Atravesamos un puente larguísimo, y este tránsito fluvial nos proporciona el regalo de uno de los paisajes más extraordinarios de la India, el que se agarra con mayor tenacidad á la memoria.
El río que acabamos de pasar es el Ganges, el verdadero Ganges, único y compacto, engrosado ya por sus principales afluentes, que atraviesa así el corazón de Bengala, antes de partirse en brazos caudalosos cerca del mar. Traza una curva majestuosa el río sagrado, ensanchando sus aguas de un verde blanquecino semejante al color del ajenjo, hasta formar una bahía. Y en la parte convexa de esta bahía, que recuerda la de Nápoles, se extiende una ciudad de altísimos edificios, hundiendo casi verticalmente en el curso fluvial sus murallas y escalinatas.
Dicha ciudad, cuya longitud sobre el río pasa de un kilómetro, es Benarés, la metrópoli indostánica de las religiones. En el censo de la India figura como la novena ó la décima población. Su vecindario, compuesto de sacerdotes, servidores de templos, imagineros y mercaderes que viven de los fieles, resulta poco importante, comparado con el de otras capitales; pero en días de peregrinación aumenta de modo inaudito. Hoy tal vez lleguemos á un millón los seres vivientes aglomerados en sus tortuosas callejuelas ó sobre la lámina de su río golfo.
Benarés, más antigua que la historia de la India, tiene perdido su origen en las brumas de la leyenda. Si los bracmanes saben que nació en el mismo sitio que ahora ocupa, es por haber señalado su solar el divino Siva con las puntas de su tridente.
Se esparce la ciudad por la orilla derecha del Ganges. Enfrente, la ribera es arenosa y desierta. En su amarillento declive rara vez se ven seres humanos y nadie se ha atrevido á construir una vivienda. El creyente que muere en la orilla derecha, ó sea en la santa Benarés, queda libre de nuevas transmigraciones y su espíritu goza las delicias de no existir, fundiéndose en la esencia de Brahma. Si fué gran pecador, su alma se encarna en el cuerpo de un futuro bracmán, y al finalizar esta última transmigración, logra la suerte de los buenos, ya mencionada. En cambio, los que mueren en la orilla izquierda dan un salto atrás en su carrera transmigratoria, naciendo de nuevo en forma de asno ú otro animal de esencia vil y esclavitud fatigosa. Únicamente el rajá de Benarés ha osado construir su palacio en la orilla izquierda, pero á cierta distancia de la ciudad, río arriba.
La suprema ilusión del indostánico es morir en Benarés, ser quemado en su gath fúnebre y que sus cenizas las arrojen al Ganges. Los pobres hacen economías para este viaje final. Todos los príncipes de la India poseen palacios en Benarés. Los olvidan años y años, mientras se mantiene firme su salud, y vienen á habitarlos al sentir la proximidad de la muerte. Aquí se ven los funerales más fastuosos de la India, las incineraciones en piras de sándalo y otras maderas perfumadas. Dichos ritos fúnebres, reservados á príncipes y nababs, atraen incalculables muchedumbres, ganosas de aspirar los olores de un brasero cuya preparación costó una fortuna.
El frente de la ciudad vecino al río es el monumental, el que constituye la verdadera fisonomía de Benarés. Como el Ganges sufre aquí desniveles de ocho á diez metros entre su corriente ordinaria y las crecientes periódicas, todos los edificios inmediatos á él se hallan asentados sobre gruesas murallas que se remontan á considerable altura, sin una ventana, sin el menor orificio, semejantes á los malecones de los puertos. En dichos acantilados, obra del hombre, sólo á quince ó veinte metros empieza el verdadero edificio, abriendo sus filas de ventanas y el arquerío de sus galerías cubiertas sobre el río profundísimo.
Se cortan las calles flanqueadas de palacios y templos al llegar al río, derrumbándose ribera abajo en forma de escalinatas con más de cien peldaños que se van ensanchando hasta tocar el Ganges. La curva de la ciudad es una sucesión de malecones en rápido talud, sobre cuyo lomo se alzan palacios, verdes, azules, rojos, con arcadas de alabastro y torres en forma de piñón. Entre estos edificios parecen los gaths pirámides descendentes, con su graderío siempre ocupado por una muchedumbre de vestiduras colorinescas.
Esta capital religiosa del mundo brahmánico vió nacer dentro de ella el budismo. Es la Roma de la India, pero una Roma tan antigua como muchas ciudades del viejo Egipto, y que aún no ha muerto, como éstas. Sigue viviendo vigorosamente después de treinta siglos de historia conocida y prolongará su existencia en un futuro que hasta ahora parece sin límites.
Hace 3.500 años, cuando Benarés se llamaba Kaci, la historia de la ludia, casi fabulosa, habló ya de sus sacerdotes. Novecientos años antes de la era cristiana, Benarés era un gran centro de estudios filosóficos y teológicos. Dos escuelas rivales, la de los bracmanes y la de los suastikas, divididas en innumerables sectas, llenaban la ciudad con sus monasterios, sus templos, sus escuelas y sus disputas. Los bracmanes predicaban el predominio del espíritu sobre la materia, y los suastikas, materialistas, no admitían la inmortalidad del alma.
En medio de estas discusiones que duraron cientos de años, allá por el 595 antes de Jesucristo, apareció en Benarés un joven noble, hijo de una familia de guerreros, llamado Gautama, que había abandonado sus riquezas para dedicarse á la devoción y el estudio. Este príncipe, el futuro Buda, procedió como un anticlerical de su época, atacando en sus predicaciones á las dos especies de sacerdotes que monopolizaban la religión. El Buda salió de Benarés después de haber estudiado durante cuatro años, y deteniéndose en uno de sus arrabales, empezó á predicar, al pie de un árbol, ante un auditorio de mendigos, atacando las castas privilegiadas de bracmanes y suastikas, proclamando la igualdad de los seres humanos, varón y mujer, esclavo y magnate, sacerdote y pordiosero, ante Dios creador de todas las cosas. También afirmó que la existencia terrestre no es mas que una prueba impuesta al alma inmortal, y los hombres pueden emanciparse de las ligaduras de la materia, conquistando una vida infinita por medio de la caridad, del amor al prójimo y de costumbres virtuosas.
Las predicaciones del Buda conquistaron rápidamente á los pueblos de la India. Gautama, al contrario de otros fundadores de religiones que murieron jóvenes, llegó á vivir ochenta años, y su muerte, según la tradición, fué á causa de haber olvidado su frugalidad habitual, comiendo, á instancias de sus discípulos, un arroz con cerdo.
Benarés, ciudad santa del budismo, se cubrió rápidamente de templos y monasterios. Durante muchos siglos llegaron á ella peregrinaciones, no solamente de las diversas naciones indostánicas, sino también de la China, la Mongolia, la Malasia y otros países que aún se conservan fieles al budismo.
Hace mil años, en el siglo IX de nuestra era, ocurrió la gran revolución religiosa de la India. Los bracmanes, vencidos por Buda, tomaron su desquite, apoderándose otra vez de las muchedumbres del país, y el budismo se derrumbó, volviendo á ser Benarés la capital del brahmanismo. Hoy, en toda la ciudad santa donde Gautama predicó su célebre «Sermón bajo el árbol», que equivale al «Sermón de la Montaña» del cristianismo, no queda mas que un templo budista, el que edificaron los rajás de la provincia de Nepal, fieles á dicha religión.
En la India, donde todas las grandes ciudades han tenido su hora de hegemonía, y se cambia la capitalidad cada quinientos anos, jamás conoció Benarés un momento de dominación política. Su influencia y su fama han sido puramente religiosas.
Otra de las particularidades de Benarés es no tener edificios que cuenten más allá de tres ó cuatro siglos. Las guerras religiosas arrasaron numerosas veces esta ciudad de tres mil años, sin dejar el más pequeño recuerdo de las creencias vencidas. Hoy, sobre la capital del brahmanismo, el edificio más alto y vistoso es una mezquita construída por los príncipes indostánicos del Norte, los Grandes Mogoles, de religión musulmana, que llegaron en sus conquistas al Sur de la India. La cúpula de este monumento y sus dos minaretes estrechos, que parecen sostenerse contra todas las leyes del equilibrio, asoman siempre sobre Benarés, así se contemple la ciudad desde el río ó tierra adentro.
Hemos llegado en día de gran peregrinación. Es el Sivarat, la fiesta de Siva, que marca el principio de la primavera indostánica. Casas y templos desbordan de gentío. En las calles hay que abrirse paso con los codos. Los gaths tienen orlados sus peldaños de filas humanas multicolores, que permanecen inmóviles, contemplando el Ganges. Al bajar del tren encontramos automóviles, que nos llevan por las avenidas del Benarés moderno, donde viven los ingleses. Después seguimos caminos polvorientos, hasta llegar á los arrabales de la ciudad vieja. La estación del ferrocarril está lejos. Nuestro tren, después de atravesar el puente, ha hecho una curva de varios kilómetros, sin detenerse.
Hay que echar pie á tierra en la entrada del viejo Benarés. Ninguna de sus calles tiene más de cuatro metros de anchura, y hoy están obstruídas por la muchedumbre. En días normales tampoco puede circular por ellas ningún vehículo.
Avanzamos lentamente por las callejuelas que conducen al río. Todos marchan hacia el Ganges. Los vecinos de la ciudad, acostumbrados á ver extranjeros, apenas se fijan en nosotros; pero los más de los transeuntes son peregrinos venidos á la fiesta desde provincias remotas, y nos acosan con su curiosidad y sus demandas. Una turba de mujeres cobrizas como gitanas, de reptilesca delgadez, ostentando botones de plata en la nariz ó las mejillas, los brazos cargados de pulseras de plomo brillante y un velo de colores arrollado desde las rótulas á la cabeza, nos colocan ante el rostro su diestra pegajosa y fría para que les demos dinero. Grupos de niños desnudos se unen á esta demanda insistente, cortándonos el paso, agarrándose á nuestras rodillas, repitiendo la melopea de su petición. Para librarme de tales estorbos, los empujo y me echo á un lado, abriéndome paso á través de un grupo de indostánicos inmóviles.
Un alarido junto á mis pies; una cara achocolatada que me grita de abajo á arriba con expresión de alarma. Quedo en medroso equilibrio, con una rodilla en alto, junto á un cesto redondo del que se elevan varios cables obscuros y balanceantes. El que me grita es un sapwalla, para evitar que introduzca uno de mis pies, calzados con zapatos de lona, en el cesto de sus cobras.
Me echo atrás; un policía indígena me toma bajo su protección, y gracias al camino que va abriendo con la porra que empuña su diestra, consigo llegar á los gaths del Ganges.
Aprecio aquí la importancia religiosa de Benarés, mejor que en sus callejuelas. Puedo abarcar en una sola mirada la grandeza de este río divino y los miles y miles de seres humanos hundidos hasta el cuello en sus aguas ribereñas, con los ojos en oración. Toda la India inmóvil en su ensueño religioso, la India del quietismo contemplativo, que resulta incomprensible al ser estudiada en los libros, se revela de golpe con la majestuosa aparición del Ganges. En lo más alto del gath me siento zarandeado por la muchedumbre que se derrama poco á poco por las tres caras de su graderío. Es una muchedumbre multicolor, como no la he visto en ningún pueblo del Extremo Oriente, como jamás volveré á verla en otro país. Por un azar, la mayor parte del gentío de las callejuelas iba vestido de blanco, contrastando el albo color con sus carnes de bronce. Aquí, las mujeres se cubren con velos escarlata, azafrán, rojo, amarillo, verde, morado ó color de fuego. Muchos hombres llevan fajas y turbantes de iguales tintas: el turbante indostánico terminado en punta, con un extremo que cuelga sobre el pescuezo. Varones y hembras son de exagerada delgadez, que da á sus movimientos silenciosos una agilidad y una soltura extraordinarias, haciendo pensar al mismo tiempo en la extenuación del hambre. Cuando alguno de estos seres es obeso, su gordura resulta igualmente exagerada, con la hinchazón elefantíaca de ciertos ídolos.
Los bracmanes, vestidos de blanco ó rojo, descienden impasibles hacia el río, como si marchasen á través de la soledad. Otros sacerdotes de sectas incomprensibles para nosotros nos rozan al pasar con repulsivo contacto. Algunos llevan la cara pintada de ceniza y boñiga, como payasos grises. Otros, más pequeños, tienen aspecto de bufones sagrados y ostentan un gorro en forma de campánula invertida, cubierto de flores artificiales, con faldellines de la misma especie sobre las caderas. Los hay pintados igualmente con pasta de cenicienta palidez, los ojos perdidos en la profundidad de sus órbitas, los brazos óseos, el costillaje saliente por la flacura, cubiertos con una especie de sudario quemado y deshilachado, que parecen cadáveres recién expelidos por la tierra.
Descendemos un centenar de escalones, percibiendo á la vez la respiración húmeda del Ganges, el olor sudoroso de la muchedumbre que aún no se ha bañado y un perfume primaveral. En los últimos peldaños, los vendedores de flores agitan sus brazos cargados de guirnaldas. Todos los peregrinos, hasta los más miserables, compran un collar florido para ofrecérselo al padre Ganges.
Flores, flores por todas partes, rojas, amarillas, azules. El río tiene cubierto de pétalos su remanso frente á Benarés. Hasta diez ó doce metros de la orilla existe un banco flotante, color de sangre, de cielo y de oro, que sube y baja con las palpitaciones de la corriente ó el paso de las barcas, choca contra la orilla, se despega formando islas y vuelve á soldarse con la piedra de los peldaños.
La luz alegre de un sol adolescente saca destellos de esta muchedumbre apretada á lo largo del Ganges, pone resplandores en los pesados brazaletes femeniles, chisporrotea en los botones de plata ó los diamantes incrustados en mejillas y narices, hace relucir como pequeños soles los vasos de bronce que los devotos sostienen en una mano para llevarse á su vivienda el agua sagrada.
Lo extraordinario en este amontonamiento de gente oriental es la abundancia de mujeres. En ninguno de los pueblos asiáticos son presenciadas las ceremonias religiosas por tal muchedumbre femenina. La mayor parte de los fieles profesa el induísmo, y sus mujeres van á cara descubierta, sin más que un velo sobre la cabellera. Todas se han puesto sus mejores joyas para la fiesta del Sivarat. Muchas, además de los botones y piedras preciosas incrustados en el rostro, ostentan grandes aros de oro y esmeraldas pendientes del tabique central de su nariz.
Como los induístas no llevan turbante, la mayor parte de esta aglomeración devota se compone de cabezas descubiertas recién esquiladas para que resulte más eficaz la inmersión en el río sagrado.
Salto á una de las barcazas que llevan viajeros por la curva del Ganges, de un extremo á otro del caserío. Son embarcaciones pesadísimas, en las que se atendió á la estabilidad más que á la rapidez. Sobre su casco existe una casa de madera pintada, cuya techumbre sirve de terraza. Subimos varios á esta azotea fluvial, tomando asiento en sillones de junco ennegrecidos y con patas vacilantes, restos del mueblaje de algún funcionario británico.
Junto á la proa bogan dos muchachos casi desnudos, que soplan de cansancio al mover sus remos enormes. Arriba, en la parte trasera de la terraza va el «capitán», indígena tostado é igualmente desnudo, que empuña á guisa de timón un remo todavía más grande. Nos deslizamos lentamente aguas arriba, á pocos metros de la ribera. Ahora podemos apreciar la cara gangética de Benarés, la altura enorme de sus muros sin ventanas, los palacios, cuyos dueños sólo vienen para morir.
Las cornisas de estos edificios tienen filas de palomas blancas ó de color metálico, inmóviles, en un quietismo medroso. Sobre el cristal del cielo se balancean buitres y aguiluchos, como borrones con alas. Las galerías de afiligranado arquerío dejan ver gasas multicolores y tapices venerables puestos á secar. En otros palacios, los salones han sido transformados en pajares, asomando por el hueco de sus dobles ojivas el amontonamiento de los haces. Algunas techumbres sustentan el aditamento de cabañas negruzcas, que sirven de vivienda á una servidumbre parásita y olvidada. Monos rojizos, de azogada inquietud, trepan por los salientes de las fachadas, desaparecen en los tragaderos de los ventanales y vuelven á surgir poco después.
Rozamos al pasar grandes barcos pintarrajeados, con uno ó dos mástiles: yates indígenas de príncipes y nababs, anclados frente á sus palacios, que sólo navegan cuando se celebra una fiesta acuática en honor del padre Ganges. Estas galeras, mayores que la nuestra, sustentan igualmente una amplia casa sobre su casco y una terraza en su techumbre, pero están pintadas, á partir de la línea de flotación, con más abigarrados colores. Unas son rayadas como el tigre ó la cebra, otras blancas con guirnaldas de flores enormes; algunas tienen ojos y una proa fisonómica, lo que les da aspecto de bestias fabulosas.
No hay una sección de la orilla sin su capa flotante de pétalos y su muchedumbre que se baña ó hace oración. En algunos recodos desaparece el agua enteramente bajo las cabezas y no se sabe dónde empieza la orilla.
Una hilera de quitasoles que parecen techumbres de chozas sigue las sinuosidades de la ribera. Estos hongos colosales son de paja trenzada y tienen inscripciones en indostano pintadas de negro con grandes caracteres. Debajo de cada uno de ellos existe un santo bracmán, un sacerdote de nombre célebre, que lleva años y años viniendo á ocupar todos los días, á la salida del sol, el mismo lugar, y así continuará mientras exista.
Veo á uno de estos personajes que llega tarde á su puesto y se coloca bajo la cúpula del quitasol en una postura que guardará hasta el ocaso. Se sienta con las piernas cruzadas sobre una tarima que avanza unos cuantos palmos sobre el río. Tuerce su cúpula amarillenta para que la sombra le cubra mejor, se balancea á un lado y á otro hasta quedar cómodamente sobre sus pantorrillas en aspa, y una vez que ha tomado esta posición, semejante á la del Buda, queda inmóvil, mirando la corriente del Ganges con meditativa fijeza.
Estos santos varones tienen su fama y su clientela. Los fieles vienen á visitarlos desde enormes distancias, trayéndoles presentes á cambio de certificados que acrediten su viaje al Ganges, de recetas milagrosas, de oraciones escritas y de fetiches. Todos poseen arriba, en el viejo Benarés, casa propia, y la frescura de sus trajes inmaculados ó de ardientes colores contrasta con la miseria de sus devotos.
Entre nuestra embarcación y la orilla van pasando, aunque permanecen inmóviles, nuevas masas de hombres metidos en el río hasta los hombros, insensibles á la frialdad de su corriente, los ojos en alto ó mirando el propio pecho con religiosa tenacidad. No hacen el más leve movimiento curioso ante el buque que pasa junto á ellos y les bate los pectorales con las ondas de su desplazamiento. Están en oración, una oración rutinaria y monótona que absorbe sus sentidos.
La ribera baja del Ganges es insegura para las edificaciones. Crecidas frecuentes y la flojedad de un suelo de aluvión parecen burlarse de los esfuerzos del hombre. Pasamos ante los restos de un templo grandioso, que se amontonan, parte en la orilla y parte dentro del río. Este monumento de arquitectura indostánica no se ha desmenuzado al derrumbarse. Cayó en secciones, partido en piezas, como los edificios que sirven de juguetes á los niños, yéndose cada fragmento por su lado. Hay cúpulas que permanecen enteras con su base en el fango, ladeadas sobre el agua. Escalinatas de una sola pieza, caídas sobre una de sus caras laterales, tienen los peldaños derechos lo mismo que un muro que se hubiese plegado en ángulos de acordeón. Algunas galerías, al desplomarse, hundieron sus arcos en el Ganges, quedando en forma de puentes. Los remates de torre erguidos sobre la lámina fluvial resultan habitaciones acuáticas en las que penetran los nadadores. Columnas completas emergen como palmeras desmochadas. Sobre sus capiteles hay faquires andrajosos, que prefieren para su oración estas islas de piedra, altas y vistosas, donde apenas pueden moverse. El mismo instinto hizo instalarse en el remate de las columnas faraónicas á los «estigiritas», santos y huraños derviches del cristianismo egipcio.
Nadie ha hecho el menor esfuerzo por pescar las piezas gigantescas de este monumento caído en el río y reconstruirlo. Para el indostánico, lo mismo valen las intenciones que los hechos. El templo ya fué levantado; el padre Ganges lo ha querido en esta nueva forma, y no hay que contrariarle. La divinidad ya conoce las intenciones de sus constructores.
Más allá, una nube fuliginosa y un olor de grasa anuncian el gran crematorio de Benarés. Navegamos lentamente ante las plataformas y escalinatas de este lugar donde vienen á consumirse los personajes más poderosos de la India.
Varias hogueras arden á la vez. Una cúpula de humo azulado esfuma las fachadas de templos y palacios que se alzan en el fondo, haciendo temblar las líneas de sus remates. Hombres negros de hollín van y vienen entre las hogueras, derramando cazos de aceite para animarlas. Otros golpean con barrotes de hierro á los cadáveres y los parten, acelerando de este modo su cremación.
Aunque los restos son arrojados al Ganges, queda en estas plataformas una gruesa capa de cenizas siempre tibias. Los cuerpos recién quemados calientan las escorias de las incineraciones anteriores.
No queriendo ver de más cerca esta operación, permanecemos en el río. Evitamos tropezar con esqueletos calcinados que aún guardan su forma; meter el pie en los restos de un cadáver; aspirar á corta distancia el humo humano. Arden ocho piras á la vez, y los que están junto á ellas son mendigos induístas, lisiados, leprosos, paralíticos cubiertos de llagas, horrible colección de esbozos de hombres, que al presenciar el espectáculo de la muerte se consuelan de su miseria y sienten el orgullo de vivir.
Adivinamos desde lejos la casta social de los que arden en el quemadero. Hoy son cadáveres de pobres, á juzgar por su escasa leña. Uno se tuesta con las piernas fuera del brasero, y estas piernas, hinchadas y ennegrecidas por las llamas, toman la forma de morcillas chorreantes de grasa. Los operadores fúnebres las parten con dos golpes de tridente; luego las pinchan en el suelo, para arrojarlas á continuación en el centro de la hoguera.
El incendio fúnebre envía hasta el río telarañas de hollín; otras veces expele un sacudimiento de plumitas negras, que nos obliga á alejarnos. Además, nuestro «capitán» quiere que presenciemos una ceremonia extraordinaria que se está desarrollando en el último peldaño de otro gath.
Una procesión cubre su graderío. El navegante gangético nos explica que el día anterior ha muerto en Benarés un santo varón, célebre por sus virtudes y milagros, y van á echarle al agua. A los personajes sacerdotales de Benarés no los queman al morir. Gozan el mismo privilegio que los niños de corta edad, los cuales tampoco son incinerados. Sus cadáveres los llevan al río para que permanezcan eternamente en las profundas y pacíficas entrañas del Ganges.
La paz del Ganges es simplemente una figura poética de sus devotos. El santo río está infestado de caimanes enormes, caimanes que llevan siglos de existencia, y esperan que muera un santo ó una epidemia se cebe en los niños para comer con abundancia.
Vemos desde el buque al venerable bracmán, que parece vivo. Su cadáver ocupa una silla dorada, está envuelto en velos blancos y una barba alba y sedosa desciende hasta la mitad de su pecho. Suenan músicas y cánticos. Cuatro devotos levantan la silla y se meten con ella en el río, hasta que el agua toca sus hombros. Allí sueltan el sagrado depósito, y asiento y cadáver flotan un momento en la corriente, acabando por desaparecer. ¡Carne santa á los caimanes!...
Nos aproximamos luego á otro gath que tiene aspecto de feria. Hay gimnastas á varios metros del suelo, que voltean sobre bambúes sostenidos por sus camaradas, con el vientre hundido en el remate de dicha percha y los cuatro miembros abiertos en aspa. El eterno encantador de serpientes toca su gaita ante el redondo cesto de reptiles balanceantes. Prestidigitadores sin más traje que un taparrabos sacan de su cuerpo pajarillos, ramilletes de rosas, transforman serpientes en varas, repiten la misma operación á la inversa y mantienen una cuerda en sus manos recta y rígida como si fuese un palo.
El interminable banco de pétalos y guirnaldas que flota junto á la orilla empieza á descomponerse bajo el ardor solar, exhalando un perfume semejante al de las flores de cementerio. El Ganges, color de ajenjo, esparce á la vez olores de jardín húmedo, de madera quemada, de hollín de cadáver, de cuerpo de mujer ungido con jazmines, uniéndose á esto el hedor de las letrinas de la ciudad que descienden á perderse en el río santo, imagen de la vida y de la muerte.
Miles y miles de hombres continúan inmóviles dentro de él, como una humanidad quimérica compuesta de bustos flotantes. Olvidan al caimán que se mueve una docena de metros más allá, en las aguas profundas, masticando su presa fresca. Están absorbidos por la oración, y si inclinan su cabeza es para beber á buches el agua cargada de zumo de flores y zumos humanos.
Un canto vibrante, que tiene el dulce temblor del cristal, corta el espacio y parece imponer silencio á los mil ruidos de la muchedumbre. Es una voz de tenor, ardorosa, impulsiva, autoritaria, lanzando gorjeos complicados, semejantes á los de las canciones tirolesas.
Veo al cantor, grandote, musculoso, destacándose por su robustez sobre la flaca muchedumbre indostánica. Su rostro cobrizo está partido por la barra de unos bigotes negros. Lleva sobre su cabeza un turbante verde, puntiagudo y con rabo, como el de todos los musulmanes.
Juzgamos inexplicable el canto de este tenor infiel, enemigo del brahmanismo. El guía mestizo que nos acompaña le escucha con deleite, y cuando su voz hace una pausa, contesta á nuestras preguntas:
—Es un himno en honor del padre Ganges. Los musulmanes han acabado por adorar la santidad de nuestro río.
III
LA SAGRADA BENARÉS
Bañistas casi desnudas en el Ganges.—Frisos lascivos de una pagoda.—Las mujeres en la realidad y como las imaginaron los artistas indostánicos.—El baño de las viudas y sus horribles vecindades.—El «Templo de Oro».—La «Fuente de la Sabiduría».—Tolerancia religiosa de los fanáticos.—Las bayaderas, que nadie llama aquí bayaderas.—El «Templo de los Monos».—Lo que dijo Mark Twain.—El chófer musulmán y sus zapatazos.—Odio religioso explotado por los dominadores.—La obra generosa y difícil de Gandy.—Tantas Indias como religiones.
Vamos ahora río abajo, frente á la otra mitad de Benarés, que dejamos á nuestra derecha al embarcarnos. Un gath de piedra blanca tiene llenos de mujeres sus últimos peldaños. Suben y bajan por él otras mujeres, rojas, azules, violetas, según el color de sus velos, yendo unas en busca de la envolvente caricia del Ganges, retirándose otras con la perezosa lentitud que acompaña la salida de un largo baño.
Se agita la muchedumbre femenina lo mismo que un colegio en libertad, rasgando la calma majestuosa del río con sus gritos y risas. Unas matronas de gordura elefantíaca guardan sentadas en los últimos peldaños las ropas de las nadadoras. Éstas descienden por los escalones sumergidos sin otra vestidura que una túnica sutil, que adquiere al mojarse imprudentes transparencias, plegándose á todas las oquedades y curvas del cuerpo, aclarando con tonos sonrosados la carne de suave color canela.
Pasa nuestra barca entre estos grupos de náyades, pero ellas fingen no vernos. La costumbre ha levantado un muro invisible frente al gath de las mujeres. Ningún varón de su raza puede acercarse á ellas durante el baño sagrado, y por eso ignoran la presencia de otros hombres que, por el privilegio de ser blancos, violan el obstáculo tradicional.
Nuestra embarcación se detiene ante un camino tortuoso, que es en unos tramos sendero y más arriba escalera, ascendiendo entre huertecitas hasta un santuario negruzco. El guía mestizo, bajando los ojos con pudibunda expresión que revela su paso por una escuela inglesa, nos anuncia que este santuario budista depende de la Pagoda Nepalense y tiene unos relieves muy... curiosos. Los caballeros que deseen verlos pueden seguirle. Las señoras deben quedarse en el buque: prohibida la visita para ellas.
Desciendo de la techumbre del camarote, y de peñasco en peñasco llego á la orilla. Otros viajeros me han seguido, dos gentlemen corpulentos, de rostro grave, que se atreven á esta decisión después de consultar con los ojos á sus esposas. Éstas les despiden murmurando algunas palabras misteriosamente. Adivino lo que dicen. Les dan permiso con la condición de contar á la vuelta lo que vieron.
Caminamos los tres siguiendo al guía, con el mismo encogimiento silencioso de los señores que abandonan su hotel en plena noche detrás de un individuo que les prometió espectáculos interesantes y reprobados. En mitad de la ascensión se une á nosotros una vaquita blanca, salida de una pradera inmediata, con sus breves cuernos laqueados de verde. Este animal sagrado nos acompaña en nuestra visita al santuario y continúa siguiéndonos hasta que lo abandonamos, en nuestro regreso á la orilla del río.
El pequeño templo tiene una techumbre doble en forma de caballete, con remates cornudos, y de sus aleros penden campanillas de bronce que el viento y la humedad han cubierto de óxido verde. Debajo de los aleros hay un friso ancho de madera tallada, dividido en cuadros. Después de varios siglos la madera se ha hecho negra, densamente negra, y sus imágenes parecen esculpidas en hulla... Es lo que el guía prometió enseñarnos.
Nuestros ojos no alcanzan á ver algo interesante en estas tallas lóbregas, pero un hombre ha salido del santuario, un anciano fuerte y hermoso, de pura raza aria, más blanco tal vez que nosotros. Su cráneo calvo, con una aureola de albos cabellos, su barba abundante y aborrascada, una tela ceñida á su cuerpo lo mismo que una toga, le dan cierto parecido con San Pedro tal como aparece en los cuadros de la pintura cristiana. Lleva un largo bambú en la diestra, y cumpliendo automáticamente unas funciones tantas veces repetidas, señala las diversas escenas del friso, mientras el guía sigue declamando sus explicaciones en inglés.
Empezamos á descubrir el significado de las tallas; distinguimos la desnudez inconveniente de sus figuras. Es la historia de un príncipe, no sé si verdadero ó mitológico, con varias damas indostánicas, que al principio aparecen convenientemente trajeadas, llevando cestos de flores sobre la cabeza, y algunas casillas más allá sólo conservan las sandalias y el gorro, mostrándose con el majestuoso galán en posiciones que nos convencen, una vez más, de que nada hay nuevo bajo el sol.
Varios chicuelos de las casas inmediatas se han acercado, atraídos por nuestra presencia. Balancea la brisa matinal las campanillas verdosas, sacando de su bronce centenario melodías lejanas y débiles, semejantes á las de un reloj con música. La vaquita de los cuernos verdes muge al sentirse olvidada y olisquea nuestras manos con la esperanza de un regalo. El «San Pedro» indostánico, como si conociese de pronto las preocupaciones pudorosas del mundo occidental, intenta alejar á los muchachos. Les habla, les grita, pero como ellos no pueden comprender tales escrúpulos, siguen contemplando lo que han visto toda su vida, y el guardián desiste de su severidad.
Algunos indígenas, vendedores de fotografías, surgen de las callejuelas inmediatas para ofrecernos sus colecciones que representan las diversas escenas del friso. Noto la diferencia entre el desnudo indostánico tal como aparece en las obras artísticas y como es en la realidad. Hemos visto abajo, minutos antes, las mujeres de Benarés y las peregrinas venidas de lejanas provincias sumergiéndose en el río sin más traje que sus velos mojados y transparentes. Todas son de una delgadez exagerada, de un escurrimiento de formas que apenas respeta un tenue principio de curva en los miembros, lo preciso nada más para que se reconozca su carácter femenino. En las escenas mitológicas de este friso, así como en todas las pinturas y relieves indostánicos, lo mismo las hembras humanas que las diosas y los ángeles femeninos—bailarinas celestes llamadas apsarasas—, todas tienen el busto delgado, mas con redondas protuberancias mamilares, y á partir de la cintura, embebida y estrecha como si la hubiese deformado un corsé, empiezan las curvas de unas caderas soberbias, siendo lo que viene á continuación de una robustez amplificada, pomposa, exuberante. Los poetas indostánicos, siempre que hablan del muslo femenil, lo comparan por su redondez y dureza con la trompa del elefante. Estatuarios y poetas imaginaron indudablemente lo contrario de la realidad visible. También en la antigua Grecia, donde las beldades de ojos negros y cabellera retinta tenían una palidez verdosa, labios de rojo azulado y las puntas de los pechos obscuras, pintaron ó policromaron los artistas á las diosas con cabellera rubia.
Volvemos á nuestro barco acompañados por la vaquita de los cuernos verdes. Los chicuelos nos abandonan para seguir al hombre del bambú, que sale al encuentro de otro guía con un grupo de viajeros. Al contemplar el santuario desde abajo, nos arrepentimos de la ruda ascensión, comparando sus fatigas con lo poco que hemos visto.
Según nos alejamos de la ciudad, va tomando la ribera un aspecto más rudo y silvestre. Ya no hay edificios en su lomo. Sólo se ven cabañas aisladas, vertederos de inmundicias, animales muertos, mangas giratorias de cuervos atraídos por la podredumbre. A pesar de esta desolación, se prolongan ante la orilla baja las filas de bañistas. Son hombres de casta inferior, sudras miserables, que únicamente pueden buscar el agua sagrada en este lugar apartado, donde ya no hay bracmanes con las piernas encogidas bajo grandes quitasoles que exijan donativos á los fieles.
Mocetones que parecen hechos de bronce hunden los amplios pectorales en el agua y elevan sus brazos abultados por labores fatigosas. El río, al llegar al final de su curva, se muestra más sucio. Flotan en él muchos bultos negros: cadáveres de animales, tal vez de personas. Un buitre revolotea sobre el cuerpo de un niño, se posa en él, arranca tiras de su costillaje, se aleja engulléndolas, vuelve luego á alcanzarlo, siguiendo la corriente. En este rincón de las castas inferiores deben pulular los caimanes.
Más allá de los sudras, ante los peldaños torcidos de un gath ruinoso, toman el baño muchos hombres puestos en cuclillas, extremadamente gordos, de carnes relucientes por la humedad. Lanzan gritos agudos de placer y se mueven cosquilleados por la frialdad del río. Sus amplias espaldas, partidas por una raya vertical, así como los rollizos hemisferios de su continuación, que surgen y se ocultan rítmicamente en el agua, tienen un color rosado de carne femenina á través del velo transparente que se pega á su piel. Todos llevan el cabello muy corto, con una especie de cresta ó cepillo en la cúspide del cráneo. Cuando se vuelven, sin mirar á nuestro buque, para hacer los gestos rituales frente al sol, vemos un doble abultamiento colgante sobre su pecho, y más abajo, á través de la tela que parece vidrio flexible, una mancha negra que no continúa.
Son las viudas de Benarés, y únicamente pueden bañarse en este sitio, más allá de los hombres de las castas viles.
La autoridad británica puso fin á la bárbara costumbre de que la viuda se quemase viva en la pira funeral del esposo, pero su existencia presente se prolonga en el más horrible de los olvidos. La viuda muere en vida: ningún hombre se casa con ella, ni busca su trato. Su propia familia y la del muerto no vuelven á acordarse de que existe. Se mantienen en absoluta pobreza, al margen de las otras mujeres, aguardando como una liberación el momento de la muerte. Sólo en días de gran fiesta, como el de hoy, osan bajar al Ganges, lejos, muy lejos de los gaths que ocupa la muchedumbre. Viendo tal abandono se comprende que muchas indostánicas sean partidarias de morir quemadas con el cadáver del esposo. Es una muerte gloriosa, que las libra al mismo tiempo de esta viudez abominable.
Cuando los ingleses suprimieron la horrible tradición, muchas esposas de nababs se rebelaron contra la ley, organizando la ceremonia de su quema. Al celebrarse los funerales de un personaje famoso, llegaban sus diversas esposas procesionalmente á morir en su hoguera, contestando con saludos de artista á los aplausos de la muchedumbre. Aun hoy, de tarde en tarde, en algunas provincias del interior, hay viudas que se arrojan en el brasero del esposo, y cuando viene á enterarse la policía colonial ya es tarde.
Miro con interés y conmiseración á estas pobres jamonas, peinadas en forma de cepillo, que suben y bajan sus abultamientos sonrosados sobre el lomo del Ganges, haciendo chapotear el agua y suspirando nostálgicamente. Por encima de sus cabezas, varios perros hirsutos, con ojos de fiera, siguen la costa fluvial, disputándose las carroñas que abandonó la última crecida. Uno de estos animales trota paralelamente á nuestra barca, llevando en su boca algo que parece de cartón. Es una especie de bacalao enorme y negruzco, y en su parte alta se balancea una bola amarilla y blanca.
El perro costroso y famélico roe su presa, la deja en el suelo, vuelve á tomarla entre sus colmillos, arrastrándola más allá. Al fin nos damos cuenta de que es un costillaje humano con restos de brazos y piernas, un cadáver tal vez de santo bracmán, cuyas partes más apetitosas fueron devoradas por los caimanes y el Ganges abandonó en su orilla al bajar de nivel. La bola es un cráneo, pegado todavía al sólido engranaje de las vértebras, con la blancura del marfil y la suciedad del barro... Y abajo, las viudas, contentas de este día de fiesta y de carnes lavadas, siguen abriendo círculos en el líquido sagrado con el vaivén de sus hemisferios inferiores.
Volvemos hacia Benarés, repelidos por la presencia de otros perros que pelean con los buitres, disputándose la posesión de cadáveres invisibles. Desembarcamos en uno de los gaths centrales y subimos á la ciudad, perdiendo de vista el río. Volvemos á internarnos en las calles sin vehículos, donde sólo circulan animales sagrados, muchas veces pequeños búfalos de blanda y torcida giba.
Vamos en busca de los famosos templos de Benarés. Un devoto indostánico necesitaría meses para visitarlos todos. Creo que existen en la ciudad y sus arrabales unos cinco mil, con veinte mil sacerdotes y siervos del culto. Estos templos más bien son santuarios por su pequeñez. Sus muros de piedra están cubiertos de esculturas y tallas, pero las múltiples labores resultan poco visibles, por estar embadurnados aquéllos con un color litúrgico, rojo sangre. Todos tienen un pórtico sostenido por columnas y una flecha final dorada ó blanca.
La muchedumbre es todavía más numerosa en las calles que al empezar la mañana. Caminan graciosamente las mujeres, envueltas en velos que transparentan aros de plata y bronce en brazos y tobillos, así como las joyas de pedrería que adornan su pecho. Las más llevan sobre la cabeza grandes platos de metal con montones de flores dedicadas á las divinidades. Un perfume de sándalo y de jazmín sigue sus pasos.
En estas callejuelas estrechas como pasillos, los balcones de las casas avanzan hasta tocarse. Debajo de sus salidizos toda puerta sirve de escaparate á un comercio. Como las muchedumbres devotas venidas en peregrinación necesitan llevarse un objeto que les recuerde la ciudad santa, los tenderos viven prósperamente. Es un comercio que recuerda el de los árabes en Las mil y una noches. Pequeñas tiendas de zapatería sirven de punto de reunión á los ociosos. Abundan los imagineros, con sus dioses de múltiples brazos alineados en los anaqueles. Los vendedores de telas extienden ante sus puertas un empavesado multicolor de velos, túnicas y alfombras. Mujeres y niños ofrecen coronas de flores para los dioses.
Todas las callejuelas huelen á jazmín, á pimienta, á almizcle, á sándalo, á lugar húmedo donde nunca llega el sol, y esparcen al mismo tiempo un hedor de letrina. Sin embargo, su enlosado igual y sin aceras está limpio. No se ven montones de basura ni animales muertos, como ocurriría seguramente si Benarés fuese una ciudad musulmana. Su carácter induísta se revela también en la abundancia de mujeres, todas con el rostro descubierto, ligeras de ropa, hablando y riendo en plena calle.
Vamos al templo donde está la piedra de Siva, fetiche tal vez de los remotos habitantes de la yungla salvaje. Lo llaman los peregrinos «Templo de Oro» porque se yergue sobre él una flecha piramidal recubierta de placas doradas.
Dicho templo, relativamente pequeño, es célebre en toda la India. Una muchedumbre se estruja en la plazoleta abierta ante su entrada principal. Los hombres que la componen inspiran cierta inquietud al extranjero, á causa de sus carnes tatuadas y los signos de color sangriento pintados en la frente. Todo devoto que consigue penetrar en el mencionado templo y cumple los ritos sagrados ante la piedra-ídolo va después de su muerte á Kailas, el paraíso brahmánico. Así se explica el apresuramiento de las turbas creyentes. Para hacer más grande la confusión, vacas y búfalos sagrados se entretienen, con insolente tenacidad, en entrar y salir á través del gentío, oprimiéndolo contra los muros.
En un vasto corral cerrado por columnatas, vemos los establos de otras bestias cornudas y santas, las cuales se mantienen majestuosamente aparte de los ruidos de la fiesta. Cerca hay un pozo de escasa profundidad, cuya agua dormida y verdosa exhala fétido olor. Los peregrinos, después de contemplar la piedra de Siva, se agolpan aquí, disputándose el repugnante líquido que un bracmán les ofrece en vaso de plata á cambio de dinero. Este pozo, llamado «Fuente de la Sabiduría», se formó, según la leyenda, cuando las divinidades del Olimpo indostánico se disputaban la posesión del brebaje de la Inmortalidad. Para resolver la querella, Siva se apoderó de la enorme copa, apurándola de un trago, pero dejó escapar en su precipitación algunas gotas del prodigioso líquido, y éstas cayeron sobre la tierra, llenando la cisterna de Benarés. Un poco más lejos hay otro pozo, llamado Mankarnika, cuya agua, no menos hedionda, proviene del lavado de las imágenes de los templos vecinos. Con frecuencia llega una procesión llevando su ídolo en un palanquín, y los fieles lo rocían con el agua del mencionado pozo, bebiéndola después ávidamente.
Esta muchedumbre de ojos agresivos y emblemas sangrientos en el rostro muestra, sin embargo, una admirable tolerancia religiosa. Misioneros americanos y británicos, conocedores de la lengua indostana, predican muchas veces en la plazoleta del «Templo de Oro» para propagar el cristianismo. Insultan la idolatría, maldicen á Siva, se esfuerzan por demostrar la falsedad de las tradiciones religiosas de Benarés. Los indos les escuchan con silenciosa atención; algunos permanecen inmóviles horas enteras para que no les tachen de descorteses con el extranjero, y finalmente, entran todos en el templo para adorar la piedra de Siva.
«Con esta gente dulce, tolerante, respetuosa—dice un obispo anglicano conocedor del país—, resulta imposible obtener una sola conversión.»
Hacemos alto ante otro templo, pintado interiormente de rojo. La piedra de sus muros, labrada con la minuciosidad de la arquitectura indostánica en forma de cupulitas, figurillas y lianas, resulta uniforme bajo esta costra que parece de sangre seca. Entra en él una procesión de peregrinos, todos con ropas cortas y turbante de color azafrán, apoyándose en varas que tienen una calabaza en su remate. Los sacerdotes salen á recibirles, conduciéndolos luego ante un altar de cuatro frentes en el centro del santuario. No podemos ver más. La muchedumbre que circula apretadamente por el callejón, pegándose á los muros para dejar paso á las vacas sagradas, nos impide permanecer ante las puertas de los templos.
Un personaje sacerdotal viene á ofrecernos el balcón de su casa. Es de madera, semejante á los miradores turcos, y desde él podemos abarcar con la vista los patios interiores de varios santuarios y el río de cabezas que discurre incesantemente por la callejuela. Se reconoce á los judíos indostánicos por sus gorritos negros y redondos. Varios faquires mendicantes agitan campanillas, cadenas, tridentes, y entonan cánticos sagrados para implorar la limosna de los devotos. Ascienden sobre las terrazas, cortando la atmósfera intensamente azul, numerosas flechas de templos, blancas y doradas. Pasean por sus aleros pavos reales con la cola abierta, loros saltones, tropas de monos, que parecen dueños de todas las techumbres de la ciudad.
Nos van enseñando, entre las mujeres que pasan, á las servidoras de los templos ó bayaderas, las cuales se dan á conocer por ciertos detalles de su vestimenta.
Este título de «bayadera», usado por los europeos, no es indostánico. Se debe á los portugueses, que tantos nombres crearon para designar cosas y personas de Asia. Al ver, en sus primeros avances por la India, á las bailarinas de las pagodas, las llamaron baladheiras, y de ahí la designación europea de bayaderas. El nombre indostánico verdadero es debadasi, que significa «esclava de los dioses». Así como las divinidades indostánicas tienen en sus cielos tropas domésticas de apsarasas ó ángeles femeninos, los bracmanes, siguiendo tal ejemplo, crearon para el servicio de sus pagodas á las debadasi.
Todo indostánico puede consagrar una de sus hijas al servicio divino; pero hasta hace pocos años esto pesaba como obligación imprescriptible sobre la clase de los tejedores. No había en dicho oficio quien se librase de entregar á los bracmanes su quinta hija, y si tenía menos de cinco, la más joven. Nos parece ahora irritante este honor triste y cruel; pero oportuno es recordar que, hace menos de un siglo, las familias ricas y nobles de los países católicos todavía destinaban una ó varias de sus hijas á la vida religiosa, sin pedirles consentimiento, sin preocuparse de si tenían ó no vocación para la vida claustral.
No son tan numerosas las bayaderas como en otros tiempos, pero aún reciben la misma educación desde su infancia, ejercitándose en el baile, el canto, los juegos mímicos, la lectura de los libros sagrados y el arte de escribir. En algunas regiones de la India ejercen la prostitución con un carácter sacerdotal, entregando parte de su producto al templo de que dependen. Sus hijos quedan en él como músicos y sus hijas las suceden en su profesión.
Las debadasi de la India meridional tienen la tez muy obscura y la frotan con azafrán para aclararla, lo que no aumenta los encantos de su cuerpo bronceado. Las del Norte, más famosas, por pertenecer casi todas á la raza blanca, son las que crearon el renombre misterioso de la bayadera, tan agrandado y desfigurado por la poesía.
Salimos al caer la tarde del centro de la ciudad, para correr sus suburbios.
Aquí encontramos calles más anchas, mejor dicho, caminos polvorientos orlados de pequeños edificios, y podemos montar en automóvil para ir al templo de la Fuente de Durga, llamado también «Templo de los Monos» á causa de las numerosas bandas de estos animales que viven en sus techumbres.
Resulta enorme, comparado con los santuarios del viejo Benarés. Los constructores pudieron esparcirse aquí en amplios terrenos, y el templo y sus patios tienen además, como murallas defensivas, cuatro alas de edificios que ocupan los sacerdotes.
Subimos á las terrazas de este cuadrilátero que rodea el santuario de la diosa. No sentimos deseo alguno de penetrar en la residencia de la terrible mujer de Siva. Sabemos que su culto consiste en el degüello de cabras para que su sangre corra por las baldosas. Preferimos pasear entre los monos, viendo de arriba á abajo los patios y el vestíbulo, donde están en cuclillas varios sacerdotes. Algunas cabras blancas, de cuernos en espiral, balan y corretean, sin presentir cuál será su suerte al día siguiente.
Una niña como de doce años, gorda, descocada, casi desnuda, se entretiene en cabalgar á estas cabras, una tras otra, azuzándolas con gritos y golpes para que troten. Es de raza blanca; lleva al aire sus abultadas pantorrillas de ambarino color, y una camisa recogida entre los muslos, su única vestimenta, se entreabre sobre el busto, dejando ver un pecho carnoso, en el cual la pubertad no ha hinchado aún los suaves abultamientos del sexo. Por debajo del turbante blanco asoma su rostro mofletudo, con ojos negros y crueles. Debe ser hija de alguno de estos sacerdotes de cabeza rapada y vestiduras color de azafrán que contemplan sonriendo sus juegos varoniles.
Los monos de las terrazas acaparan nuestra atención. Se aproximan chillando y tendiendo sus manos de palmas violáceas. Antes de subir hemos comprado en la puerta del templo varios cucuruchos de papel llenos de maíz tostado, manjar predilecto de estos animales, cortos de piernas, rechonchos, con una pelambrera rojiza. Son innumerables; trepan por los muros; marchan balanceándose como beodos sobre el filo de las balaustradas. Las hembras dejan de espulgar á sus pequeñuelos para venir igualmente hacia nosotros, atraídas por el maíz.
Abajo continúan sonando los gritos de la niña gorda y sus violentas cabalgadas á lomos de los pobres animales, que se resisten á tal deporte. Mi guía me habla, otra vez con los ojos bajos, sobre la identidad de esta amazona ruidosa. No pertenece al sexo que yo me imagino. Es un muchacho rollizo, al que miman los sacerdotes, dejándole hacer cuanto quiere... ¡Ah!
Uno de estos personajes ha subido á la terraza para darnos explicaciones sobre el templo y la divinidad sanguinaria que lo habita. Alguien le ha hecho saber mi profesión, y me habla en una mezcla ininteligible de inglés é indostano. Al mismo tiempo pretende abarcar con los movimientos de sus brazos todo el templo rojo y sus dependencias, que van tomando un color de naranja bajo el sol poniente.
Sólo puedo entender dos palabras que repite con tenacidad y suenan en mis oídos: «Mark Twain...» ¿Qué puede hacer aquí el famoso humorista americano?... Mi intérprete aclara al fin lo que viene repitiendo con tanta insistencia el bracmán.
—Dice que á usted le interesará saber que mister Mark Twain estuvo aquí, y después de un largo examen declaró que todo estaba en regla.
Hago que me repitan la incomprensible noticia, y el bracmán obedece, sin añadir nada nuevo. Al fin desisto de pedir nuevas aclaraciones. ¡Ah, burlón serio y glacial!... ¿Qué es lo que estaba en regla?... ¿Los sacerdotes de la diosa?... ¿Los monos de los tejados?... ¿El gordinflón de equívoco sexo que hace trotar á las cabras antes de que las degüellen?...
Ha empezado el anochecer. Volvemos á la parte inglesa de Benarés, donde están los hoteles europeos y el campamento de las tropas. En los caminos polvorientos nos cruzamos con muchos carritos indígenas, de los que tiran bueyes pequeños como asnos. Sus conductores ocupan una de las varas, con las piernas colgantes.
Al atravesar un arrabal, algunos chicuelos induístas arrojan una piedra contra la caja del automóvil. Es un accidente insignificante; lo mismo ó peor ocurre con frecuencia en los caminos de Europa. Pero nuestro chófer, mahometano joven y arrogante, de tez color canela, ojos ardientes, bigote erguido y batallador, no lo cree así. Parece orgulloso de su turbante verde y del apéndice franjeado que le cae sobre la nuca. Se adivina que debe ocultar en su faja un puñal curvo. Apenas oye la pedrada, detiene el vehículo y se echa abajo del pescante. ¡Atreverse unos brahmanistas á tal insolencia con un musulmán!...
Empieza á distribuir bofetadas entre los muchachos, y éstos huyen despavoridos, gritando y llorando. Salen hombres medio desnudos de las casas inmediatas. Son induístas altos, enjutos, con sólo un lienzo blanco anudado á sus caderas y la cabeza esquilada. Miran con curiosidad, sin decir una palabra; pero el mahometano, previsoramente, por si pudiera ocurrírseles el agredirle, se quita uno de sus zapatos, con gruesa suela de madera, y empieza á repartir golpes igualmente entre los hombres.
Creo necesario bajar del automóvil, temiendo por la suerte de este chófer que sólo conozco desde la mañana. Lo van á matar. ¡Son tantos contra él!... Con gran asombro veo que los induístas vuelven las espaldas y acaban por meterse en sus casas, perseguidos por los zapatazos del compatriota musulmán. El chófer vuelve á su vehículo sonriendo como un triunfador, y reanudamos la marcha.
Esta es la India. Unos miles de ingleses bastan para dominar á más de trescientos millones de indígenas. Las diferentes religiones del país, escrupulosamente respetadas por aquéllos, mantienen su autoridad.
En vano el generoso Gandy (un San Francisco de Asís indostánico) viene sufriendo y esforzándose por unir las voluntades de todos sus compatriotas en una acción común. Los brahmanistas son 218 millones, y los musulmanes indostánicos 67 millones nada más. Pero el musulmán, hombre de cuchillo y de venganza, aficionado á la guerra, predispuesto á la vida de soldado, compensa con su audacia agresiva esta inferioridad numérica.
Si musulmanes y brahmanistas olvidasen sus odios religiosos, se verían obligados los ingleses á retirarse de la India, tal vez sin disparar un tiro, vencidos por la resistencia pasiva de centenares de millones de seres. Pero apenas se inicia una tregua religiosa y los indostánicos de diversos ritos parecen entenderse, al abrir los musulmanes, una mañana, cualquiera de sus mezquitas, la encuentran profanada por huesos de cerdo arrojados en su interior, y esto basta para que se echen inmediatamente á la calle á matar brahmanistas. Otras veces son los adoradores de Siva los que sienten la tentación de atacar á los musulmanes, si los ven inferiores en número.
De todos modos, el que lleva turbante mahometano se cree infinitamente superior á sus compatriotas de cabeza rapada y no vacila en agredirlos, uno contra doce, como mi chófer de Benarés.
La unidad de la India es hasta ahora una vana expresión geográfica. Existen tantas Indias como religiones. Y las religiones son los grupos humanos que más difícilmente llegan á entenderse para marchar juntos.
IV
LA ÍNSULA DE TAPROBANA
Viaje á Darjeeling.—La India fría.—Visión del majestuoso Himalaya, llamado ahora Everest.—Salimos de la bahía del Diamante.—Otra vez el mar tropical.—Los infortunios del heroico Rama.—Cómo el rey de los monos le prestó ayuda, construyendo un puente de la India á Ceilán con todo su ejército de cuadrumanos.—La ínsula de Taprobana y sus maravillosas riquezas.—El «Pico de Adán».—Los grandes hoteles de Colombo.—«¿Viene usted á cazar tigres?».—La avenida central de la ciudad y sus transformaciones políglotas.—Hombres con peineta y faldas.—Indos con apellido portugués.—Budistas y brahmanistas.—Por qué los ingleses procuran que los indostánicos sigan llevando los pies descalzos.
Volvemos á la bahía del Diamante, donde nos espera el Franconia.
Desde Calcuta hemos hecho un viaje igual al de Benarés, pero hacia el Norte, en busca de la fría ciudad de Darjeeling, donde el indostánico no puede vivir medio desnudo, como sus compatriotas del Ganges inferior y los Estados del Sur.
No hemos ido á Darjeeling para ver sus plantaciones de té, sus callejuelas y sus bazares donde pueden adquirirse tapices de pelo de cabra con flores bordadas. El principal atractivo de esta ciudad, construída á considerable altura, es poder contemplar la famosa cumbre llamada vulgarmente Himalaya, y á la que han dado los ingleses el nombre de Everest, un inspector general de las Indias. Inútil es decir que Everest no puso jamás sus pies en la altura hasta ahora inaccesible que lleva su apellido, como tampoco los numerosos exploradores que intentaron luego escalarla.
Llega el ferrocarril hasta la mencionada ciudad remontando una sucesión de curvas audaces, siguiendo el borde de precipicios, atravesando selvas húmedas, eternamente verdes, compuestas de diversos árboles gigantescos á cuyo pie crecen los helechos. Cerca de fuentes y arroyos, tienen los matorrales, como en el Japón, bandas enrolladas de papel conteniendo oraciones. Los rododendros se cubren de flores al lado de cedros, sicomoros y palmeras. Las orquídeas semejan pájaros, balanceándose agarradas á los troncos. Según vamos subiendo, las plantas tropicales se rarifican, reemplazándolas abetos, musgos y florecillas de las montañas de Europa.
A no ser por los trajes de los vendedores que acuden á las estaciones, resultaría difícil imaginar que estamos en la India. Usan casacas hechas con pieles de animales, pero llevando el pelo adentro y bordado de colores el cuero exterior. Hombres y mujeres van calzados con botas de fieltro que les hacen marchar de un modo titubeante.
En Darjeeling, á la salida del sol, vemos de una manera vaga la cumbre famosa que nos ha hecho venir hasta aquí. El antiguo Himalaya está muy lejos y enormemente alto; casi parece una nube á través de la escotadura que forman dos cumbres más próximas. Su cúspide cubierta de nieve nos parece de una majestad aplastante, tal vez porque estamos enterados de su altura excepcional, 8.840 metros, la mayor del mundo. En realidad, tiene demasiadas montañas en torno para que podamos darnos cuenta de su grandeza desde este lugar. De todos modos, nos proporciona cierta satisfacción vanidosa el ver desde las afueras de Darjeeling esta montaña blanca que cubre gran parte del horizonte.
—Ya conozco el Himalaya—podemos decir—, aunque sea de lejos.
Todo aficionado á la lectura prefiere usar el antiguo nombre que dieron poetas y viajeros á la montaña más alta de la tierra. El Himalaya (llamado por los indígenas Gaurisánkar) pierde mucho de su prestigio fabuloso, de las leyendas terroríficas unidas al misterio de su cumbre nunca pisada por los humanos, y en la que residen dioses misteriosos y diabólicos, cuando se la da el nombre del funcionario británico Everest.
Al salir el Franconia de la bahía del Diamante, va tomando ésta el aspecto de una cola abierta de pavo real. Se aclara el agua rojiza con las masas oceánicas que envía á su encuentro la marea. Las luces del sol matinal extienden sobre la superficie del estuario praderas verdes, lagos azules y rojizos, senderos que parecen cubiertos de temblonas violetas. Toda esta variedad de tintas va disolviéndose según se esfuman y desaparecen, á ambos lados del buque, las riberas de la yungla. Se estrechan y prolongan como filamentos las manchas amarillas de barro líquido. Los redondeles color de sangre coagulada que reflejan fondos de cieno son cada vez más reducidos, y al final flotan como escudos sueltos, aleteando sobre su círculo las aves de presa.
El azul compacto y sereno disuelve este desorden colorinesco, absorbiéndolo finalmente en su grandeza oceánica. Terminaron las aguas medio dulces con sus aportes orgánicos; ya estamos más allá de la zona influenciada por el enorme caudal del Ganges. De nuevo viene hacia nuestra proa el mar del Trópico, color de zafiro. Cinco veces lo abandonamos en nuestro viaje para meternos en ríos y estuarios, y nos vuelve á acoger con la calma de siempre, lleno de fosforescencias en la noche, rayado por enjambres de peces voladores durante las horas meridianas.
Cuatro días navegamos por la parte occidental del golfo de Bengala, hasta la isla de Ceilán, que, según los poetas indostánicos, cuelga sobre el pecho del Océano Índico como una esmeralda engarzada en plata.
Se cruzan con nosotros, el último día de esta navegación, veleros que parecen de otros siglos, goletas y fragatas de la marina malaya con arboladura europea, pero conservando las líneas principales de la antigua construcción, la popa más alta que la proa. Estos descendientes de los nautas remotos que corrieron el Pacífico y tal vez llegaron á América, todavía explotan, á pesar de su decadencia, la navegación entre las tierras aisladas vecinas al Asia, que la nueva geografía llama Insulandia.
Nos aproximamos á Ceilán. Mar y cielo parecen anunciarnos con su calma luminosa la vecindad de una isla celebrada siempre por su eterna primavera, donde exploradores remotos colocaron el emplazamiento del Paraíso terrenal. Vemos el Océano terso y blanco como el interior de una concha-perla. Parece que el exceso de luz haya absorbido todo su azul. Los peces voladores son los únicos que alteran esta inmensidad con el arañazo ligero y rapidísimo de su vuelo á flor de agua.
Vamos en busca de Colombo siguiendo la costa oriental de Ceilán. En su parte opuesta existe una cadena de escollos, igual á las ruinas de un puente gigantesco, que ha dado origen á numerosas leyendas poéticas y religiosas. Indudablemente Ceilán era una península de la India, pero el mar rompió su istmo, dejando como restos catastróficos la actual línea de islotes y peñascos submarinos.
Por este puente pasó Rama, hijo de dioses descendido á la tierra para ser simplemente héroe, símbolo tal vez de la invasión de la India por los arios. Un demonio repugnante, llamado Ravena, que tenía su reino en la isla de Ceilán, aprovechó una ausencia de Rama para robarle su bella esposa, Sita, llevándosela por los aires hasta su palacio, donde la guardó cautiva.
Como el pobre Rama, al descender á la tierra, se había despojado de sus poderes celestes, carecía de buques para atravesar el estrecho y de ejércitos para combatir al raptor de su esposa. En tan angustiosa situación, Hanuman, el rey de los monos, vino á socorrerle.
Ayudado por su lugarteniente el heroico cuadrumano Nala, movilizó Hanuman todos los monos de la península, empezando este ejército de muchos millones de combatientes por transportar á través de la India entera rocas y troncos arrancados de las vertientes del Himalaya, materiales que sirvieron para construir en cinco días un puente entre la tierra firme y Ceilán.
De este modo, el divino Rama, encarnación de Visnú, pudo marchar contra su enemigo al frente de los mencionados auxiliares. Tales eran los chillidos de los monos al atravesar el puente, que apagaban el ruido de las olas.
En vano el diabólico Ravena intentó cortarles el paso; los monos acabaron con él y sus tropas en una batalla que duró varios días, y al fin Rama pudo recobrar á su dulce Sita. Como hijo de los dioses, preguntó á Hanuman qué recompensa extraordinaria deseaba por sus servicios, y el simiesco rey le pidió vivir todo el tiempo que las hazañas de Rama fuesen cantadas en la India. Y como estas hazañas figuran en el Ramayana, poema épico y sagrado que los bracmanes consideran inmortal, por ser lo que la Biblia en las tierras de Occidente, el heroico mono vive aún y seguirá viviendo, oculto en las profundidades misteriosas de la yungla.
Los indostánicos han hecho de él un dios, y su imagen figura en los templos. Posee también santuarios propios, siempre en las selvas, con sacerdotes que gozan fama de brujos y pueden convertir á los hombres en animales.
Respeta el induísta al mono como animal sagrado, viendo en él una reencarnación de Hanuman. Cuando el hambre reina en la India, las gentes mueren á miles, pero jamás les falta comida á los cuadrumanos que vagan en torno á los templos.
Todas las riquezas y exuberancias de la naturaleza indostánica parecen haberse concentrado en la isla de Ceilán. Los bracmanes la titularon «estanque cubierto de lirios rojos», los chinos «tierra sin penas», los griegos «país del jacinto y del rubí», y los poetas budistas «perla eternamente fresca sobre el pecho de la India». Muchos siglos después, al establecerse los mahometanos en Ceilán, la llamaron «consuelo de los padres de la humanidad, después de haber perdido el Paraíso».
Tanta era la fama de esta isla, que los antiguos geógrafos, entre ellos Ptolomeo, la supusieron quince ó veinte veces más grande. Durante miles de años la imaginación concentró en ella todas las maravillas de la India. Tenía playas de piedras preciosas desmenuzadas por las olas. Una de sus ciudades poseía un templo con la cúpula rematada por un carbunclo color de fuego, y esta gema enorme iluminaba las noches, lo mismo que un faro.
Ceilán es la isla de Simbad el Marino. Los navegantes de su tiempo hablaban de una montaña toda de piedra imán, que atraía los clavos y cuantos hierros llevaban las naves, desuniendo su tablazón, sumergiéndolas en plena bonanza y obligando á sus tripulaciones á ganar á nado la costa. Esta montaña-imán era el símbolo de una tierra que atrajo con sus riquezas á tantos hombres de mar, guardándolos para siempre, seducidos por la dulzura de su clima y su vegetación maravillosa.
Primeramente los árabes y luego los portugueses, vinieron á esta isla en busca de la pimienta, la canela y otras especias, encontrando gran abundancia de zafiros, topacios, rubíes, piedras de luna, aguasmarinas y sobre todo perlas. Ceilán es la famosa isla ó ínsula de Taprobana que figura en los libros de caballerías, tierra de inauditos tesoros guardados por enanos feroces, tropas de monos y desaforados gigantes. Don Quijote, en la biblioteca de su caserón manchego, soñó muchas veces con la conquista de uno de los reinos de la lejanísima Taprobana[1], donde abundaban perlas y diamantes, como si fuesen guijarros.
Por encima de las montañas inmediatas á Colombo vemos un cono casi vertical, un pitón que parece inaccesible, al que llaman «Pico de Adán». Situado á diez y seis leguas en el interior de la isla, sólo las gentes del país llegan á su cumbre, cuando van en peregrinación, durante los meses de verano. En la meseta terminal existe una oquedad, abierta en la roca, que tiene la forma de un pie enorme. Esta huella, según los budistas, la dejó Buda antes de ascender á los cielos. Los brahmanistas aseguran que es la huella de Siva, y los musulmanes, al establecerse como mercaderes en la isla y propagar su religión, afirmaron que la había abierto el pie de Adán, padre de toda la humanidad. Éste, al verse arrojado del Paraíso, situado en Ceilán, pasó varios años llorando sus culpas sobre dicha cumbre, mientras Eva vivía desterrada cerca de la Meca. De este modo cada una de las tres religiones se apropia la montaña, y todas la envían sus peregrinos en los meses que resulta accesible.
Sólo devotos de gran fe pueden emprender tan peligrosa ascensión. En la última parte del camino hay que trepar verticalmente, agarrándose á cadenas, que algunas veces se han roto, cayendo los peregrinos en una profundidad mortal de centenares de metros. Varios oficiales ingleses, aburridos de su larga permanencia en la isla, han efectuado la ascensión al «Pico de Adán», examinando la informe oquedad que los devotos toman por la huella de un pie gigantesco, así como un altar que levantan los bonzos en la mencionada plataforma mientras duran los meses del verano.
La periferia de la isla recibe un contacto frecuente de la civilización occidental. El interior es más primitivo, y sus poblaciones viven rodeadas de una naturaleza tan exuberante, que algunas veces las obliga á defenderse. El tigre abunda en dichas regiones. El elefante salvaje resulta para el explorador de las selvas el animal más temible. Los periódicos de Colombo publican con alguna frecuencia relatos de muertes causadas por la mordedura de las najas. Hay también boas enormes. En mi viaje á Kandy por carretera, pude ver cómo marchaba una tranquilamente á corta distancia de nuestro automóvil.
El gobierno de la isla ha normalizado y reglamentado la cacería de bestias salvajes. Existe una tarifa indicadora de lo que se debe pagar por cada animal cazado en las tierras del interior. Un elefante cuesta diez libras; un tigre, menos. Algunos de los que vienen á invernar á Ceilán hacen el viaje por conocer las emociones de estas cacerías.
No puedo disimular mi extrañeza cuando los periodistas de Colombo, al subir al buque, me preguntan con naturalidad, como si se tratase de algo ordinario en mi existencia:
—¿Viene usted á cazar tigres ó elefantes salvajes?...
¿Yo?... ¿Qué mal me han hecho esos animales?... Deseo ver otras cosas más interesantes para mí.
Pasamos al entrar en el puerto ante grandes hoteles rodeados de jardines. El desarrollo de los medios de comunicación ha empequeñecido la tierra, ensanchando considerablemente el espacio en que se mueven las personas adineradas. Hace unas docenas de años nada más, los ricos de Europa, al trasladarse en invierno á la Costa Azul, creían mostrar con ello una audacia aventurera. Luego, la moda convirtió en estaciones invernales Argelia y Egipto. Ahora estos viajes resultan mezquinos y sin novedad. Lo chic para las gentes ricas y de humor vagabundo es embarcarse en un paquebote del Extremo Oriente y pasar los meses de frío en Ceilán.
A causa de la afluencia de clientes opulentos, los hoteles de las cercanías de Colombo son ahora tan grandes como los de América del Norte. Su numerosa servidumbre no lleva zapatos, pero es muy limpia y tiene cierta elegancia exótica vestida con túnicas siempre inmaculadas y tocada con turbantes color de fuego. En torno á estos edificios, verdaderos cuarteles de la riqueza, los jardineros improvisan edenes, sometiendo á las disciplinas de su invención todas las exuberancias y variedades de la flora tropical. Colombo es lugar de obligado descanso para los buques que van al Extremo Oriente ó vuelven á Europa. Imposible hacer uno de ambos viajes sin echar el ancla en su puerto, depósito enorme de combustible.
La avenida central de esta ciudad de paso cambia varias veces de aspecto en el curso de un solo día. Repentinamente, los vendedores ambulantes agrupados bajo las arcadas, los que están á la puerta de su tienda, los que tiran de ricshas, los niños que piden limosna, dejan de hablar inglés y empiezan á gritar á su modo palabras francesas. Es que un trasatlántico procedente de la Indo-China acaba de anclar en el puerto. Los grupos de viajeros llevan el uniforme militar de las colonias ó el casco blanco, con traje de igual color, cerrado hasta el cuello, que usan funcionarios y comerciantes. Las señoras tienen un aspecto nostálgico y distinguido de parisinas en el destierro.
Pasadas unas horas, nadie habla francés. Los viajeros han regresado á su buque. Ahora llena la ciudad otro alud de gentes que se expresan en inglés, y sin embargo parecen hallarse en casa ajena. Pertenecen á un paquebote llegado de Australia. Y así sucesivamente van pasando por Colombo grandes buques de todos los países, que vuelcan por unas horas su población fugaz.
Entre la muchedumbre cobriza y políglota que grita ante las puertas de los establecimientos pugnando por atraer á una clientela que se embarcará horas después, para no volver nunca, hay muchos que hablan español. Todos empiezan á ser viejos y realizan un esfuerzo mental para evocar palabras que sabían perfectamente y han olvidado por falta de uso. Cuando el archipiélago filipino pertenecía á España, era frecuente el paso de españoles por Colombo, y sus mercaderes consideraban necesaria nuestra lengua. Ahora sólo de tarde en tarde, al pasar el vapor-correo de Manila, se acuerdan los tenderos cingaleses de que existe nuestro país.
El lector conoce seguramente los adornos masculinos de esta isla. Todo europeo, al desembarcar, se siente desorientado y necesita tiempo para establecer una diferencia indispensable entre los machos y las hembras de Colombo. Deja crecer el hombre sus cabellos y los lleva en forma de rodete, sujetos con un peine ó caídos sobre el cogote, á estilo de «castaña», como se decía en otro tiempo. Además, usa una pieza de tela arrollada á las piernas en forma de falda. Su lujo es llevar pintadas boca y mejillas, los ojos agrandados con líneas negras, y usar pulseras, pendientes y collares. El bigote, que se dejan crecer los más, es lo único que distingue al hombre de la mujer. Hasta los criados, en hoteles y cafés modestos, llevan faldas blancas y una peineta sobre su cabellera anudada á estilo femenil.
El uso de la peineta resulta general en Colombo, y hasta la conservan los cingaleses que adoptaron el traje europeo. Es una media corona de carey puesta al revés, de modo que sus extremos quedan á ambos lados de la frente, pareciendo de lejos sus puntas dos cuernecitos.
Así va la marinería que se agrupa en los muelles, cerca de sus barcos larguísimos, estrechos, y sin embargo con velas grandes y audaces, pudiendo navegar estas piraguas sin volcarse, gracias al balancín sostenido paralelamente á uno de sus costados por gruesos bambúes. Así también, la muchedumbre pedigüeña y pegajosa, igual á la de todos los grandes puertos, que pasa el día en medio de la calle y sigue al viajero de tienda en tienda, esperando á la puerta para ofrecer sus servicios.
En las vías secundarias las casas están pintadas de azul, blanco ó rosa. Los hombres que salen de las tiendas para mostrar sus géneros, así como los vendedores ambulantes y los vagabundos, saludan á todo el que llega llamándole «capitán». Es tal vez un recuerdo de la dominación portuguesa. También resulta verosímil que en este puerto, siempre lleno de buques, el título más honorífico que puede discurrir un cingalés es el de «capitán». Los niños ofrecen á las viajeras flores de estanque, enormes, con intenso perfume. Otros granujas bronceados y completamente desnudos llaman «papá» y «mamá» á los europeos, con un balido humilde de bestezuela desamparada, mientras guardan sus ojos ardientes cierta expresión de picardía.
Muestran estos pilluelos un conocimiento algo retrasado de las modas de Europa, y para halagar á los blancos, cantan á coro Tipperary, la canción inglesa de la guerra, al mismo tiempo que se meten una mano en el sobaco opuesto y dan golpes de codo para apoyar su cántico con un acompañamiento de ruidos inconvenientes.
Se nota en las calles la escasez de caballos. En Ceilán no existen otros que los del ejército y los de algunos ricos. Los animales del país son el elefante, dedicado aquí á las faenas agrícolas, el toro y el búfalo. Pero estos últimos sólo merecen su nombre en diminutivo. En ninguna parte del mundo pueden encontrarse toritos como los de Ceilán. Tienen aire de viejos, y sin embargo su alzada no va más allá de la de un asno. Parecen creados para una humanidad de pigmeos. Los búfalos, á causa de su giba, aún resultan más grotescos en su pequeñez. Estos animales tiran valerosamente de carretas y vehículos de recreo. Se les ve á veces muy peinados y limpios, con los cuernecitos rojos ó verdes, enganchados á un tílburi ú otro carruaje de lujo.
El pasado de Colombo nos sale al encuentro al transitar por sus calles populares, lejos de la avenida central, donde sólo existen almacenes ingleses. Los comerciantes del país se muestran orgullosos de sus apellidos, colocándolos en letras doradas sobre las puertas de sus tiendas. No hay calle en que no viva algún Silva, Fonseca, Costa, Gómez, Fernando ó Perera. Todos cuentan con orgullo que son portugueses, como si se hubiesen embarcado años antes en el puerto de Lisboa; pero basta mirar sus caras cobrizas, sus ojos asiáticos, para poner en duda tal origen. Descienden de remotos soldados de Portugal que se cruzaron con hembras del país. También pueden ser nietos de esclavos que tomaron el apellido de su señor.
Los conquistadores portugueses fundaron Colombo, estableciendo aquí las primeras bases de la civilización europea. Cuando Portugal fué anexionada á España por Felipe II, los holandeses, en continua agresión contra las colonias españolas, se adueñaron de Ceilán, conservando esta isla, que puede llamarse gemela de Java por sus productos y su hermosura, hasta que á su vez los ingleses les arrojaron de ella.
Todos estos hombres con cabellera de mujer, rostro pintado, mirada inquietante, una chaqueta blanca abrochada sobre la epidermis y una pieza de tela inglesa arrollada á las piernas, tienen ennegrecida su dentadura y las encías hinchadas, de color sanguinolento. Las mujeres, feas é indolentes, que llevan por todo vestido una tela obscura á guisa de falda y un sari ó blusa muy corta, dejando visible la morcilla circular de su carne entre los bordes de ambas prendas, muestran una boca igualmente negra y ensangrentada. Todos mascan betel. Hasta los niños de corta edad tienen una sonrisa repugnante.
En medio de la muchedumbre cobriza se ven ancianos de tez puramente blanca. Deben pertenecer á una tribu medio extinguida, de las muchas que fueron superponiéndose en esta tierra considerablemente poblada por los aluviones de la civilización y la conquista. Algunos de estos arios, con barba blanca y un pedazo de tela por toda vestidura, recuerdan la estatua de Víctor Hugo desnudo cincelada por Rodín.
Lo mismo que Rangoon, es Ceilán un gran centro del budismo. En ambas regiones indostánicas dominan las doctrinas de Gautama. Vencidas hace mil años por los bracmanes en el resto de la India, tienen fuera de ella tantos millones de adeptos, que el budismo figura aún como la más numerosa de las religiones.
Se encuentran aquí los mismos bonzos de manto azafranado que en Rangoon; pero los sacerdotes budistas de Ceilán son mendicantes, viven de la caridad de los fieles, y sus envolturas deshilachadas ya no guardan el hermoso color primitivo á causa de su vejez. Todos llevan la olla de cobre debajo del manto, lo que les da, vistos de lejos, un aspecto de mujeres encinta. Se detienen ante los vendedores callejeros, abren su capa, avanzan la olla, reciben la limosna, y vuelven á cerrar la envoltura, prosiguiendo su camino.
Triunfante el brahmanismo en el resto de la India, vino á Ceilán en busca de su adversario. Los reyes de la isla, convertidos al budismo en los mejores tiempos de dicha religión, se mantuvieron fieles á ella, y todo el país es budista con cierta vanidad religiosa, considerándose superior á Birmania. Esto no impide que los bracmanes tengan varios templos en Colombo, extremando las ceremonias de su culto con un fervor propagandista. Sus pagodas están cubiertas exteriormente de cartelones colorinescos representando las apsarasas y otras divinidades del cielo induísta, todas ligeras de ropa, con desnudeces tentadoras. Unos sacerdotes voltean campanas en el atrio de estos pequeños templos; otros tañen dulzainas ó golpean tambores con ambas manos. Su estrépito para atraer creyentes recuerda el de los barracones de las ferias. Algunos bracmanes más jóvenes salen al medio de la calle para regalar guirnaldas de flores rojas y amarillas á los que pasan, invitándoles á que visiten su santuario.
Hasta en los jardines más céntricos de Colombo están los árboles cargados de cuervos. Duermen ó graznan sobre sus ramas; aletean por las avenidas, lo mismo que las palomas en los jardines de Europa. Un olor complejo de pimienta, de jazmín, de clavel, de sándalo y de murciélago vampiro, eternos perfumes de la India, sale á nuestro encuentro bajo todas las frondas.
Es famoso Ceilán por sus jardines botánicos. En el de Colombo admiramos las dimensiones de sus grupos de bambúes. El hombre resulta un insecto al lado de estas cañas que se remontan en el espacio hasta alturas sólo conocidas por los árboles colosos. Algunos de estos árboles abarcan con su raigambre á flor de tierra espacios tan extensos como sus copas, y el visitante, para llegar hasta el tronco, tiene que ascender por una sucesión de raíces exteriores, escalinata de peldaños torcidos y obscuros como trompas de elefante.
Cerca de este jardín botánico, poco considerado por los cingaleses cuando lo comparan con el de Paradenya, han construído los ricos de Ceilán toda una ciudad nueva de palacios. En sus avenidas es frecuente ver indígenas viejos elegantemente vestidos de blanco, como un funcionario recién llegado de Londres. Llevan, sin embargo, los pies desnudos y la peineta de los dos cuernecitos sobre su cabeza, tradicionalismo que no les impide ocupar un automóvil propio. Son los millonarios del país, los dueños de las plantaciones de té. Por conveniencia nacional propagan los ingleses en toda la tierra el té de su isla, pretendiendo establecer rivalidades entre Ceilán y la China. Son infinitamente superiores en número los que prefieren el brebaje chino, pero esto no obsta para que muchos cingaleses cultivadores de la citada hierba posean fortunas enormes.
El vecindario indígena de Colombo parece ocuparse del porvenir político de la India más que el de otras ciudades. Casi todas las tiendas ostentan el retrato de Gandy en lugar preferente. Es un retrato melodramático, que muestra al famoso agitador casi desnudo, sentado con las piernas cruzadas sobre las losas de su calabozo, y una reja á sus espaldas.
Gandy está en la cárcel desde hace meses á causa de su propaganda en favor de la independencia de la India, pero lo van á libertar de un momento á otro. Muchos comerciantes han colocado un anuncio sobre el mostrador declarando que venderán con rebaja de cincuenta por ciento el día que Gandy salga de su encierro.
Todos los que poseen tienda abierta y los que ofrecen géneros como vendedores ambulantes bajo las arcadas de la gran avenida usan zapatos. Consideran oportuno ir calzados para presentar á los viajeros las piedras de luna y las aguasmarinas que sacan á puñados de sus bolsillos envueltas en papel de seda, así como los zafiros más hermosos del mundo. Pero yo creo que al anochecer, cuando se retiran á sus viviendas, les falta el tiempo para descalzarse.
Afirman los ingleses que el indostánico abomina de los zapatos, y á causa de esto han establecido en sus casas particulares y en los hoteles que todo el que tiene rostro cobrizo debe marchar con los pies desnudos, sin distinción de categorías. Los recaderos de los «Palaces» de Colombo visten con una elegancia europea, extremadamente vistosa: dolmán escarlata de cinco filas de botones, gorro redondo inclinado sobre una oreja, á estilo de los soldados de la Guardia, placa de plata en el costado izquierdo, pantalones hasta la rodilla... y á partir de aquí las piernas desnudas. En los comedores de los grandes hoteles ya he dicho que los domésticos, uniformados á usanza oriental, llevan los pies desnudos, deslizándose silenciosamente en torno á las mesas que ocupan señoras y señores vestidos de ceremonia. Cuando el maître d'hôtel es indostánico, van de frac, con inmaculada pechera, corbata blanca, pantalón negro basta los pies, y sin zapatos.
—Hay que respetar las costumbres—dicen los ingleses establecidos en la India—. El nativo no quiere ir calzado, y sería una crueldad imponerle tal tormento.
Tengo un amigo en Bombay, doctor portugués que lleva más de veinte años en el país, y es hombre de ingenio, algo aficionado á las paradojas.
—No los crea usted—me dice—; pura hipocresía británica. Fingen respeto á las costumbres, pero lo que desean verdaderamente es que el indígena no se aficione á usar zapatos. Si los trescientos millones de indostánicos se calzasen, no quedarían suela ni cuero en el país para hacer envíos á las Islas Británicas. Y entre que lleven zapatos los vecinos de Londres ó los súbditos de la India, resuelven la cuestión afirmando que el indostánico sólo puede vivir descalzo y es preciso respetar sus aficiones.
V
POR EL INTERIOR DE CEILAN
Mujeres que trabajan en los caminos.—Los campos bajos de Ceilán.—Plantaciones de té y de canela.—Una boa junto al automóvil.—Jardín zoológico sin jaulas.—Tigre real sobre el camino.—La vegetación de las montañas.—Elefantes que aran.—Nuestro encuentro con uno de ellos, asustado por el automóvil.—Actuación militar de los elefantes.—Los maravillosos jardines de Peradenya.—El lago de Kandy.—Templo del Diente de Buda.—Procesión de elefantes con la divina reliquia.—El arzobispo de Goa, la Inquisición portuguesa y el diente sagrado.—Ineficacia de las medidas violentas contra la fe.
En las inmediaciones de Colombo tienen que ser reparados frecuentemente los caminos de tierra roja y suelta, ejecutando mujeres dicho trabajo. Ninguna de ellas es de Ceilán. Las hembras de la isla procuran imitar la existencia perezosa de sus hombres. No quiere decir esto que los cingaleses viven todo el año alejados del trabajo, pero procuran evitarlo cuanto pueden, y esta tierra fértil, de una germinación rápida y generosa, no exige grandes fatigas para ser explotada. La mujer ayuda algunas veces al hombre en sus ocupaciones, pero se esfuerza menos que él.
Son hembras de la península indostánica, casi siempre de la Presidencia de Madrás, las que vienen contratadas para las obras públicas, en calles y caminos.
Vamos á visitar Kandy, ciudad veraniega del gobernador de la isla y de los ricos, donde está el famoso monasterio guardador del diente de Buda. Son cuatro horas de viaje en automóvil por la parte más hermosa de la isla, y el regreso lo haremos en ferrocarril. Esta excursión nos permitirá conocer la llanura, abundante en plantaciones de té y de caucho; después la montaña, con sus arboledas gigantescas, y el famoso jardín botánico de Peradenya, en las inmediaciones de Kandy.
Al salir de Ceilán pasamos entre un centenar de mujeres que trabajan como peones camineros, recomponiendo unas avenidas de tierra carmesí, con jardines á ambos lados y «villas» de color rosa. Las cingalesas, que permanecen inactivas en las puertas de sus cabañas ó van al mercado en esta hora matinal, se muestran medio desnudas, con la cabellera adornada por una peineta menos vistosa que la de los hombres. En cambio, las indostánicas de tierra firme, que manejan el pico, tiran del cilindro apisonador ó llevan sobre la cabeza espuertas de yeso, van envueltas en un velo desde la frente á las rodillas, llevan aros de metal blanco en los tobillos y el tintineo de numerosas pulseras acompaña los movimientos de sus brazos. Trabajan silenciosas, con gesto enfurruñado y constante tenacidad. Causa cierta fatiga ver cómo ejecutan estos trabajos hombrunos con vestiduras y adornos que dificultan sus movimientos. Al extender un brazo, dejan visible todo un costado de su tronco y la taza carnosa del pecho, algunas veces virginal. Cuando se doblegan sobre la tierra, su cuerpo parece transparentarse con indiscretos relieves á través de sus vestidos ligeros.
Viven como bestias de trabajo, y sin embargo, por sus envoltorios y sus gestos tienen algo de mujeres de leyenda, mostrándose altivas y misteriosas para los varones que pasan junto á ellas. Los cingaleses, adornados como hembras, no atraerán nunca sus miradas. Estas jornaleras de macizas ajorcas, cuando reúnen una pequeña dote trabajando en los caminos de Ceilán, vuelven á Madrás ú otras provincias de la costa oriental para casarse con un compatriota.
Nos damos cuenta, marchando por caminos siempre rojos, de lo que es la vida campestre en Ceilán, mezcla de civilización europea y de costumbres milenarias todavía vigorosas. En las plantaciones trabajan muchos hombres, desnudos, sin más que un pañizuelo entre las piernas, guiando parejas de pequeños búfalos. De vez en cuando surge la chimenea de una máquina de vapor junto á las agujas blancas ó doradas de un templo budista. En estos campos se cultiva el té de Ceilán y otro producto que ha hecho famoso el nombre de la isla desde hace siglos: la canela. Existen vastísimas extensiones plantadas de caneleros, ó más exactamente «cinamomos cingaleses», árboles cuyas pequeñas ramas proporcionan el oloroso producto. Los agricultores del país desistieron hace tiempo de cultivar la quinina, para dedicarse en absoluto á la producción de la famosa canela de Ceilán.
Algunas veces encontramos un caserón junto al camino, de cuyo interior se escapan abejorreos infantiles, cánticos de voces delgadas y chillonas. Es una escuela. La colonización británica se preocupa de hacer aprender el inglés á los cingaleses é infundirles un respeto casi supersticioso por el omnipotente personaje que ciñe la corona imperial de las Indias, como si fuese Buda, Siva ó Mahoma. Muchos de los cánticos escolares loan á la graciosa majestad que reside en Londres.
Otras plantaciones inmediatas al camino son de caucho, y sus maquinarias, dirigidas por europeos ó mestizos, funcionan incesantemente para convertir el zumo de dicho árbol en la materia sólida y elástica, preciosa para la industria. Hay extensos arrozales, unos en amplia laguna horizontal, otros en escalinata, como los de Java, y allí donde el trabajo del hombre no ha modificado la fisonomía de la Naturaleza, ésta se muestra con exuberancia y desorden. Las charcas ocultan sus aguas, abundantes en prolífica vida verdosa, bajo apretados broqueles de una vegetación de terciopelo obscuro. Grupos de helechos arborescentes, de bambúes gigantescos, de cocoteros y palmas con penachos color de oro, bordean nuestra ruta. A sus troncos y ramajes se agarran las plantas trepadoras, lanzando bóvedas sobre un suelo eternamente verde, al que sólo llega el sol en forma de gotas de luz.
Vuelan los cuervos en bandas sobre los prados ó se dejan caer en ellos, cubriéndolos con una sábana negra y ondeante. Los búfalos, al descansar sobre sus patas encogidas, mantienen en el lomo un pajarraco de esta especie, que hunde el pico en su pelambrera, buscando los parásitos incubados por la fecundidad tropical. Tiemblan las ramas de los árboles y resuenan sus hojas con el estrépito de carreras invisibles. Poco después, vemos descender por el tronco un lagarto de luenga cola, casi del tamaño de un gato, con el lomo partido en dos filas de verrugas negras y verdes.
Nuestro chófer indígena desvía de pronto su vehículo para evitar un obstáculo que sólo él ha podido distinguir. Siguiendo sus indicaciones, vemos la segunda mitad de una boa que debe tener cuatro metros de longitud y cuya redondez de tronco viviente está cubierta por una piel cuadriculada y tricolor. Este reptil extraordinario acaba de atravesar el camino y continúa deslizándose por uno de sus lados. Durante algunos segundos, marchan en igual dirección la boa y el automóvil. Puedo observar el resbalamiento de la bestia sin ver su cabeza, que se hunde en las ramas secas y en todos los obstáculos del suelo cortados por su arrastre. La tierra parece abrirse ante el zigzag de su cuerpo. Al avanzar levanta un susurro de hierbas dobladas, un crujir de hojas. De pronto le infunde inquietud nuestra compañía, tuerce su marcha á la izquierda, y remontando un pequeño ribazo, se pierde en la tupida vegetación.
Por la otra orilla del camino han pasado al mismo tiempo varias mujeres que llevan fardos ó vasijas sobre sus cabezas. No han hecho un gesto al ver á la serpiente ó no se han tomado el trabajo de enterarse de su presencia. La boa es una compañera de los habitantes del campo; no la temen como á la cobra, que mata casi instantáneamente con su mordedura. Sólo se atreve á enroscarse al hombre cuando lo encuentra dormido en la selva, y le rompe los huesos con el estrujamiento de sus anillos, que son su única arma agresiva.
Todas las viviendas, sueltas ó formando pueblos, tienen una columnata anterior, adornada con vasos colgantes de flores, y entre columna y columna vemos fuertes celosías hechas de una madera dura, casi tan resistente como el metal. Gracias á estos obstáculos que impiden el acceso á la casa y dejan pasar al mismo tiempo el aire de la noche á través de sus pequeños agujeros, los cingaleses consiguen dormir seguros y frescos en este país de calores sofocantes. Así no puede penetrar hasta su cama la serpiente, animal de gustos domésticos, que se siente atraída por la vivienda del hombre y acude á ella desde enormes distancias. También el tigre ronda junto á las celosías, seducido por la luz que filtran sus orificios, pero acaba por alejarse, creyendo tal obstáculo más fuerte que sus garras.
Nos encontramos frente al tigre una hora después de habernos tropezado con la boa. El gobierno de Ceilán ha construído en el camino de Kandy un jardín zoológico como no existe otro en ninguna parte de la tierra. Carece de edificios y los animales ignoran la estrechez de la jaula. Considerables espacios de selva están limitados por una alambrada de varios metros de altura, cuyos hilos metálicos tienen el grosor de un dedo. En estos compartimentos que ocupan centenares de metros cuadrados y carecen de techo, las fieras cingalesas saltan, corren, rugen, se suben á los árboles con toda libertad, como si estuviesen en campo libre.
Vemos muchos de estos animales sin abandonar nuestro camino. Los tigres, al darse cuenta de que pasan viandantes, avanzan hacia el borde de aquél con una cautela agresiva, preparándose para atacar, hasta que tropiezan con el enrejado. Aunque esta alambrada es fuerte examinada de cerca, parece mediocre desde lejos, al compararla con los árboles, los animales y las rocas que pueden contemplarse á través de su tejido. Hasta se duda de la existencia de dicho obstáculo, llegando en ciertos momentos á no verlo.
Pasamos una revuelta, verdosa y sombría bajo la cúpula que forman varios árboles al juntarse, y al otro lado de ella vemos de pronto un tigre casi encima de nosotros: un animal majestuoso por su tamaño, la piel rayada de blanco y oro, la cabeza tan enorme, que resulta en desproporción con el resto de su cuerpo. Este tigre real descansa en el brazo de un árbol de copa gigantesca, pero queda dentro de la red metálica, que ahora nos parece tan insignificante como una telaraña. Unos cuantos tigres más pequeños, indudablemente sus hijos, juguetean al pie del tronco, semejante por su anchura á un torreón negro. El terrible padre guarda la misma actitud de sus mocedades, cuando cazaba con toda libertad al hombre en las selvas, poniéndose al acecho en lo alto de los árboles para dejarse caer sobre los descuidados cingaleses.
Todos hemos visto tigres á través de los hierros de una jaula, animales entumecidos por la estrechez del espacio y una forzosa inmovilidad. Además, los hemos contemplado estando en el mismo plano. Aquí existe frente á nosotros un tigre majestuoso, con toda la robustez de la vida libre, y lo vemos de abajo á arriba, subido en un árbol, como un gato que toma el sol en un alero, sin más obstáculo intermediario que una especie de red que nos imaginamos fácil de saltar para una bestia de patas vigorosas, lo que resulta un espectáculo nuevo y poco tranquilizador.
El chófer ha detenido instintivamente su automóvil, interesado por dicha aparición. No es suceso ordinario que un animal de talla tan enorme abandone sus frondosidades predilectas para venir á curiosear en la orilla del camino. Lo tenemos casi encima de nosotros. Hemos de echar atrás nuestras cabezas para verle bien. La magnífica bestia deja caer de las esmeraldas de sus ojos dos chispas verdosas sobre las presas insolentes que la contemplan desde abajo. De tarde en tarde parpadea, entreabre las quijadas para dar salida á un mudo bostezo, y vuelve á mirarnos con despectiva fijeza. Sus pupilas color de mar tienen ahora dos redondeles amarillos como monedas de oro. Indudablemente estos ojos nos hablan:
—Miradme bien; aprovechad la ocasión. ¡Ay, si no existiese nada entre nosotros!
Sé lo que pasaría en tal caso; echaríamos á correr, muertos de miedo. Pero aun contando con el obstáculo que nos defiende, empezamos á encontrar un poco largo este mutuo cruzamiento de miradas.
Permanecemos solos en medio del camino, sin saber dónde están los otros automóviles que hacen el mismo viaje. El silencio de la selva nos envuelve en su calma profunda, repleta de latidos misteriosos. Nos vemos entre altas murallas de vegetación que sólo dejan filtrar redondeles de sol. A los perfumes pimentosos de la flora tropical ha sucedido un hedor de fiera. En el mismo plano que nosotros hay varios tigres. Unos son cachorros. Los demás, que pueden llamarse adolescentes, vienen con la insolencia ávida de la juventud á engañar sus uñas en el enrejado. Y encima el padre, el terrible patriarca, que debe haber comido hombre muchas veces, y nos contempla con un silencio peor que los rugidos, como si estuviese tramando algo detrás de su aparente calma. ¡Vámonos! No hay por qué seguir aquí.
Debe pensar lo mismo el chófer, y por esto pone su máquina en movimiento al mismo tiempo que le doy la orden.
A partir de aquí, nuestro camino empieza á ascender con rapidez. Es un continuo zigzag que escala las montañas, y muchas veces resulta invisible algunos metros más allá á causa de las apretadas filas de árboles que orlan sus flancos. Pasamos entre magnolieros y palmeras empavesadas con penachos rojos y amarillos. Vemos los árboles que producen el mango y la papaya, admirables frutas tropicales. Continuamos subiendo. El aire es más fresco, y flotan ahora en sus vivas ondas olores de musgo y de pequeñas flores de montaña: un perfume igual al de las cumbres de los Alpes.
Corre el agua bajo bóvedas de lianas. En los recovecos de los barrancos se aglomeran árboles gigantes disputándose el suelo y el aire. Los banianos multiplicadores alinean las columnatas de sus troncos, como edificios ruinosos invadidos en su parte alta por vegetaciones parásitas, y al amparo de ellos ondean los helechos sus plumas temblonas de jugoso verde. Hay árboles de ébano, y las orquídeas asoman sus colores entre las hojas como pájaros inmóviles.
Un entrecruzamiento de lianas y ramajes sólo deja visible el camino á corta distancia. De pronto una sucesión de árboles derribados abre espacios libres, radiantes de luz solar. Luego se restablece la penumbra verdosa, impregnada de olor de pimienta y otros perfumes calientes.
Los montañeses de Ceilán emplean el elefante para sus trabajos agrícolas. Lo vemos ir y venir por algunos campos talados en la selva, llevando sobre su testuz un hombre de carnes cobrizas y calzoncillo blanco, que guía sus movimientos. Unas cadenas penden de sus flancos, y á ellas se engancha el arado, que dirige otro indígena igualmente semidesnudo.
Encontramos hermosos mocetones de cabeza rapada, que no tienen el aspecto afeminado de los cingaleses de Colombo. Rezuma agua la montaña por todas sus oquedades. Las rocas parecen temblar á causa del chorreo sutil y claro que barniza incesantemente sus aristas y superficies. Algunos de estos montañeses se bañan junto al camino, hundiendo sus cubos en las fuentes y echándose el líquido por la cabeza. Las señoras que ocupan los automóviles vuelven su cara á otro lado y fingen distracción cuando, al pasar un recodo del camino, tropiezan sus ojos con la desnudez integral de estos Adanes.
Nuestro carruaje tiene que cortar su marcha bruscamente para no estrellarse contra varios elefantes que, terminada su labor, vuelven al establo. Son animales de color pizarra, con rojizas costras de suciedad; bestias de trabajo, con los colmillos cortados, sin el aspecto inteligente de sus congéneres que viven en las ciudades. Al pasar junto á nosotros me fijo en sus orejas, abiertas como abanicos, cuyo interior es de rosa pálido veteado por redes de venas negras.
Nos detenemos en plena subida, junto á la cabaña de un mocetón que debe ser musulmán. No quiere acercarse á su vivienda; nos habla de lejos, á causa de su desnudez. Está junto al tazón rocoso de una fuente, y sus carnes brillan como rojizo cristal debido á los continuos chaparrones que se echa por la cabeza. Dos niños nos ofrecen cocos recién arrancados de la plantación de su choza, y los agujerean con rápida habilidad para que bebamos como refresco el líquido frío y azucarado de su interior.
En lo más alto del camino, un elefante asustadizo nos pone en peligro de morir. Todas las bestias de su especie que hemos encontrado estaban habituadas al automóvil, y pasaron junto á nosotros con cierta alarma, pero sin alterar su marcha, obedeciendo al cornac montado en su testuz. De un campo recién arado sale un elefante, que parece joven y menos dócil que los otros. Lleva su conductor sobre la cabeza y le van siguiendo varios labriegos bronceados, con un harapo blanco en las vergüenzas. Como el automóvil tiene que vencer la última parte de una áspera cuesta, jadea angustiosamente, y su ruido asusta al animal. El terror le hace darse vuelta para ocultar su cara, y nos presenta la grupa, reculando sobre nosotros, que estamos al borde de un precipicio.
Yergue su trompa, dando resoplidos de miedo, y al mismo tiempo la emoción le hace levantar la cola, bufando igualmente por debajo de ella. Al peligro de vernos despeñados por su retroceso se une algo cómico y repugnante. Su emoción gaseosa ha pasado á ser sólida, y como su grupa está casi encima de nosotros, tenemos que echarnos al otro lado del vehículo y poner un codo ante la cara, precaviéndonos así de la lluvia con que nos amenaza su terror. Al fin, los gritos de su cornac y los esfuerzos de los otros cingaleses, que se agarran á su trompa y acarician sus patas, consiguen que se decida á pasar lentamente junto al automóvil, continuando su marcha cuesta abajo.
Este animal, que ayuda al cingalés en sus labores, fué su mejor arma de guerra en otro tiempo, antes de que llegasen los portugueses con sus arcabuces. Los reyes de la isla se consideraban poderosos según el número de elefantes, con torres y flecheros, que podían agregar á sus tropas. El primer gobernador portugués de Colombo tuvo que hacer frente á una confederación de monarcas del país, que le atacaron con numerosa tropa de elefantes. Dejó aproximarse el hábil capitán su fila arrolladora, y cuando los tuvo cerca, hizo que los lusitanos disparasen á un tiempo sus armas de fuego, lo que bastó para que se desbandasen, atropellando á las huestes cingalesas que marchaban detrás.
Su miedo al ruido los hizo finalmente inutilizables para la guerra. En las batallas entre príncipes de la India, los guerreros del país acabaron por descubrir que el gruñido del cerdo no puede soportarlo con tranquilidad el elefante, y cuando un monarca hacía avanzar, como si fuese su artillería gruesa, las varias filas de estos animales, llevando el testuz acorazado de bronce y dos enormes cuchillas atadas á sus colmillos, los contrarios lanzaban á su encuentro una piara de cerdos embadurnados de azufre, luego de prenderles fuego, y sus chillidos desesperados bastaban para desordenar á los temibles paquidermos.
Antes de Kandy echamos pie á tierra para pasear por las calles de árboles que forman el Jardín Botánico de Peradenya. Todos describen á Ceilán como una selva que surge del mar, siendo tan densa su vegetación que no deja ver el suelo; pero no obstante la riqueza general de esta flora, los jardines de Peradenya resultan algo aparte, por su exuberancia y su belleza. Se entra en ellos por una avenida de árboles de caucho que ascienden á más de treinta metros. Numerosos colibrís y otros pájaros-joyas aletean en torno á las innumerables variedades de la arborescencia tropical. Los macizos de bambúes llegan á inauditas alturas, y tal es el grueso de estas cañas, que en otro país serían consideradas como árboles respetables. El Dendro-calamus, árbol de la isla, alcanza á 40 metros, y los que lo han estudiado afirman que en cierta época del año llega á crecer 90 centímetros en veinticuatro horas.
Llegamos á Kandy, viendo inmediatamente la laguna que existe en el centro de la ciudad y tanto admiran los habitantes de Colombo cuando viven aquí en verano. Un paseo orla sus orillas, y á través de las aguas algo amarillentas vemos pasar, como una procesión de sombras chinescas, grandes bandadas de peces. Más de una vez, á las siluetas ovales y de inquieto coleo se unen largas cintas que flotan como algas. Son culebras acuáticas, que llegan á un desarrollo extraordinario. En la India, el reptil es tan inevitable en la tierra y en el agua como el cuervo en el aire.
Deseamos visitar en seguida el famoso Dalada Maligawa, ó sea el templo del Diente de Buda. Este monasterio tiene más pinturas que esculturas, lo que resulta poco frecuente en los monumentos budistas. Debieron existir en Kandy familias de pintores dedicados al arte religioso, que interpretaron las concepciones sobradamente materiales del budismo en decadencia, con su cielo, su infierno, sus milagros y sus reglas supersticiosas, tan alejado todo ello de las primitivas y elevadas doctrinas del fundador. En uno de los claustros enseñan los bonzos una sucesión de frescos tremebundos representando los múltiples castigos de los pecadores en el infierno. Estas pinturas ingenuas nos hacen recordar las del Camposanto de Pisa, con la diferencia enorme que existe entre la obra de arte y los balbuceos de una concepción tosca y confusa. Pero en ambas se encuentra la misma emoción religiosa, igual deseo de expresar el más allá de la muerte.
Dentro de un arca que tiene forma de pagoda guardan los bonzos el famoso diente de Buda. En realidad, para llegar hasta él hay que abrir seis arquillas más existentes en su interior, y es en la última donde está el diente, erguido sobre un ramillete de oro.
Cuando el Buda murió en Benarés y su cadáver fué quemado, uno de sus discípulos recogió el diente entre las cenizas, llevándoselo al rey de su país. Son incalculables las aventuras por que pasó esta reliquia extraordinaria y las guerras á que dió motivo. El título de «extraordinaria» no puede ser más exacto, ya que el tal diente tiene una longitud de dos pulgadas y es algo curvo, como un colmillo de caimán. A juzgar por él, Buda debió ser hombre de cuatro ó cinco metros de estatura... Pero conviene olvidar la lógica cuando se trata de asuntos de fe.
Por odio al budismo, los brahmanistas se apoderaron de la reliquia, colocándola sobre un yunque para hacerla polvo. Pero al primer martillazo, en vez de romperse se hundió en el yunque, y sólo años después, cuando lo juzgó oportuno, saltó fuera de su encierro de metal. Una princesa llevó el diente á Ceilán oculto en su cabellera, y desde entonces es considerada la isla como uno de los lugares santos del budismo.