[NOVELAS DE LA COSTA AZUL]
[Puesta de sol]
[La familia del doctor Pedraza]
[El sol de los muertos]
[El comediante Fonseca]
[El viejo del Paseo de los Ingleses]
[EN LA COSTA AZUL]
[Capítulo: I,] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ]
[BIOGRAFÍA]

NOVELAS DE LA COSTA AZUL

Novelas de la Costa Azul (1924) resulta un excelente fresco sobre la vejez, trazado con brío y exactitud por un Blasco Ibáñez ya maduro, en la cumbre de su fama, dueño de la lengua y la técnica, que sabe dibujar desde el agnosticismo la amargura del transcurso del tiempo sin desaliento ni acritud. Un libro brillante que sorprenderá al lector por su calidad y su calidez humana.

©1924, Blasco Ibáñez Vicente
©1924, Prometeo

AL LECTOR

TITULO este libro NOVELAS DE LA COSTA AZUL porque la mayoría de las historias novelescas y los relatos descriptivos que lo componen tienen por escenario la famosa y asoleada ribera mediterránea, conocida con dicho nombre.

Dos de las novelas desarrollan su curso más lejos, en la América del Sur, pero me he atrevido a darles entrada en el presente volumen pensando que su nacimiento justifica en parte tal intrusión, ya que en la Costa Azul fueron concebidas y escritas.

Puesta de sol

LA DUQUESA de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune. Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las callejuelas de este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas y en pendiente, con pavimentos de losas azules e irregulares, incrustadas unas en otras. A trechos, estas callejuelas se convertían en túneles, al atravesar el piso inferior de una casa blanca que obstruía el paso, lo mismo que en las poblaciones musulmanas.

Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el jardín de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas antes, y del que hablaba con entusiasmo a sus amigas.

Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus ochenta años remontar las cuestas de estas calles de villorrio medioeval, por las que nunca había pasado un carro, y que no se prestaban a otro medio de locomoción que el asno o la mula.

Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de Indias con puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de Pontecorvo, mariscal de Napoleón III y héroe de la guerra de Italia contra los austríacos. A pesar de la hinchazón de sus piernas, se movía con cierta vivacidad juvenil, que delataba las impaciencias de un carácter inquieto y nervioso.

Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su ancianidad; pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la boca con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por el lagrimeo de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos de una cabellera blanca, excesivamente abultada para ser natural.

En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por todos, era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la duquesa de Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los entendidos.

Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo y disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un manojo de tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los colgantes bullones de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el presente un morado lívido.

Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral. Esta abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de sombras azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a monedas de oro.

El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos, desnivelados por el tiempo y las lluvias.

Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la azul llanura del Mediterráneo.

En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores, enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la vida animal—hormigas, avispas y escarabajos multicolores—zumbaba o se arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva.

La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de metros; un Mediterráneo más inmenso que el que contemplaba desde su «villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando golfos, penínsulas y promontorios.

A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí, recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella, obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la «villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la tierra.

Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas, desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora, contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un perfume casi desvanecido.

Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo, perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de los lugares más hermosos de la tierra!...

Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos. Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de humo de su cigarro.

Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.

—¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!...

II

Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar unas semanas en su palacio de Cap Martin—comprado desde Nueva York sin conocerlo y guiándose por fotografías—, toda la atención de la Costa Azul se concentraba en su persona.

Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea varios monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de república hispanoamericana recién huido de su país en revolución.

Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas; las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso una subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales procuraban colocarse bajo su patronato.

El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían sin conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus secretarios, y éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego con un cheque en la mano.

En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las salas de juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña. «Ése es el millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación preguntando con extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...».

Iba vestido con modestia. En sus garages de Cap Martin tenía varios automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a pie.

Sus secretarios eran gentlemen de refinada elegancia. Al millonario le complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando el aspecto señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de su propia grandeza.

Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra». Los que estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de emoción: «Es un señor que siempre tiene inmovilizados en su cuenta corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos». Y era verdad.

Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le abrumaba: ¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en negocios que fuesen más fructuosos que los suyos. Y como sus empresas industriales y mineras no podían desarrollarse más, ni exigían nuevos capitales, la mayor parte de sus enormes ganancias se iba amontonando en forzosa improductividad.

La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja, famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era célebre en el mundo entero.

Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes, para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna, teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».

Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo verdoso a las personas y los objetos.

Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el triunfo de la muerte.

Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La mandíbula inferior, saliente y poderosa en la juventud como un testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la dinastía austríaca.

Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una mirada fríamente mansa las personas y las cosas.

Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.

Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.

—Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!

Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones de los Alpes.

A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos, más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas meridianas.

—Sí, muy hermoso—contestó la duquesa.

Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad del atardecer.

—Es una desgracia—continuó Baldwin—que haya que llegar a la vejez para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede ofrecernos. Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo versos.

La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que su acompañante quería decir.

—Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las Tullerías.

Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia, por habérselo oído mencionar en una reunión!...

Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo antiguo.

Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos; pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.

—Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce verdaderamente lo que ocurre en su interior.

Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por primera vez.

La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos.

No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y caracteres entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.

Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió, agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870, dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos recuerdos.

Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza, viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.

—Dice usted bien, mister Baldwin—continuó—. La vejez tiene sus placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual rondan incesantemente los enemigos...

»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma.

»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes, recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves, pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame, mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo mismo que yo.

El millonario repuso melancólicamente:

—¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...

La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil, bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste:

—Es verdad... ¡Ay, la muerte!

III

Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa.

También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia actual, después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes de la tierra habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del hombre de acción.

Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más podía intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía viviendo, porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá de los cálculos y las conveniencias de los hombres.

—Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis negocios y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que soy muy rico; pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad de mi riqueza. Para que yo me arruine es necesario un cataclismo que suprima la mayor parte de la humanidad civilizada. Tengo que limitar el rendimiento de mis minas y de mis fábricas, porque no quiero ser más rico. Dejo improductivos capitales enormes y desprecio negocios seguros, porque tengo de sobra el dinero y huyo de él.

»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo si lo deseo. Pero ninguna de las cosas que tientan a los hombres puede atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia conoce la inutilidad de las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal ocupación es pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo después de mi muerte.

»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la eficacia de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de invertir mi riqueza, la esparzo sin reparar en los pretextos que invocan los que me la piden. Estoy cansado de comprar cuadros y de fomentar la publicación de libros. También me fatiga el subvencionar descubrimientos científicos o inventos mecánicos. ¡Grandes cosas cuando se tiene el entusiasmo de la juventud y se cree en el porvenir! Pero ahora soy incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir...

Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una voz triste y rencorosa:

—Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una garantía de que vivirán cuando yo no viva.

«¡Ah, canallas—me digo—, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.

»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no conseguiría esos veinte años.

Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.

—Todo lo he sido, todo lo he tenido—continuó—, y por eso mismo la vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero vivir, y me irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi existencia a pesar de mis riquezas.

»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba. Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto a través del cuerpo de todos los que le rodean.

»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino. ¿Qué me queda que hacer en la vida?...

La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes. Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído, dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el ambiente melancólico del atardecer.

—Nada espero—continuó—, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir. La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano, las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance. ¡Qué cosa triste es la muerte!...

»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la muerte, en nuestra ancianidad, podemos verla tal como es y darnos cuenta de la miseria de nuestro destino.

»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?...

»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?...

»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y después, la nada.

Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior.

El millonario señaló el sol con su bastón.

—Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su juventud.

»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos menos felices; todo está desarreglado en la existencia, y los viejos morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más cruel.

La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas, murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte. Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos...

Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio. El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.

—Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden servirnos...

Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las correcciones que necesitaba el actual orden de la vida.

Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor.

Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo tenía veinticinco años y vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría podido gozar verdaderamente de su triunfo.

—¡Pensar, duquesa—continuó—, que pasé años enteros sin ver la luz del día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo necesitan!...

»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no podemos morir.

»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana, y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro, como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y sin embargo, hablamos de ella a todas horas.

»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían. Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que existe la muerte mientras goza de salud.

La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador hizo un gesto de asentimiento.

—Esa dulce mentira—dijo—es necesaria para que continuemos nuestra existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese, duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome fuerzas para seguir adelante!...

Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió cómo era él cuando tenía treinta años.

IV

La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus primeros miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París de los últimos años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que fue como un resumen de la gloria imperial antes de que llegase la catástrofe.

—Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas.

—¡Oh, mister Baldwin!—interrumpió la anciana, conmovida por esta revelación—. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto placer en conocerlo de joven!...

Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía haber asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de Pontecorvo, como si esto le pareciese altamente grotesco.

—El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas costumbres han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran bruscas; tenía las manos deformadas por el trabajo... No; el John Baldwin de entonces hubiera hecho un mal papel en los salones de usted. Sólo le correspondía quedarse al borde de la acera, entre la muchedumbre de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso de la comitiva imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la duquesa de Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su belleza.

—¡Oh, mister Baldwin!—suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo, al mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto de su cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor.

Siguió hablando el americano.

—Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir, necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible, mejor, pues de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que depositamos en ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una edad, duquesa, que nos permite decirlo todo, sin las timideces de la adolescencia.

»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un palacio rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese navegar por todos los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor dicho, el primero, por resultar más vehemente que los otros dos, fue conseguir una mujer igual a la duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues la vida ofrece a veces limosnas inesperadas con las que uno no se habría atrevido nunca a soñar.

»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.

—¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?—volvió a repetir la voz conmovida de la anciana.

—Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales. Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi memoria era el recuerdo de usted.

»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?...

Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés, haciendo un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano en los tiempos remotos de su juventud.

—¡Oh, mister Baldwin!—volvió a decir—. ¿Por qué no se dio usted a conocer entonces?

Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus pensamientos, expresándolos en voz baja.

—Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos. ¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y que nunca conoció el otro.

—¡Oh, mister Baldwin!—repitió la vieja con una voz temblorosa, como si fuese a llorar—. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que me dice ahora?...

El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo.

Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas estrellas.

El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar, estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja señora, impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la hubiese hecho huir hacia su automóvil.

—¿Por qué no habló usted a tiempo?—repetía—. ¿Por qué no me dijo entonces esas palabras tan interesantes?

Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos!

La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente.

Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas de la boca del hombre más poderoso de la tierra!...

Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el jardín.

—Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.

Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.

—El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero nosotros!...

La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar, golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.

No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de lo que lo rodeaba.

Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...

Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras una voz temblorosa iba repitiendo:

—¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo lo que me dice ahora?...

La familia del doctor Pedraza

I

—Yo también—dijo Serrano—conocí, como algunos de ustedes, al doctor Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.

Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas productivas.

La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a hacerme más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos directores de este establecimiento, dependiente del gobierno, podría pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando mi prestigio financiero, y terminaría igualmente los trabajos de roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.

Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. No era empresa fácil ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países americanos de habla española.

Todo lo que tiene una relación más o menos lejana con el gobierno debe desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda oficina pública le responden a usted ordinariamente: «Vuelva mañana»; y este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o tarda años.

Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto de protectores, y que además no estaba casado con una señora del país—alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de la antigua tribu—, tuve que oír muchas veces «Vuelva usted mañana» y esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que llegase mi «mañana», o sea la concesión del préstamo.

Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho Banco, vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna de su protectora conversación.

Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado «doctor», no porque fuese médico, sino por ser abogado.

Desde Texas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las repúblicas de la América que podemos llamar de arriba, los titulan simplemente «licenciados», y abajo, en la Argentina y otros países, «doctores».

He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones, menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaron con prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien asegura que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida—lo más céntrico y concurrido de Buenos Aires—alguien grita en plena tarde: «¡Doctor!», cincuenta transeúntes se detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza creyéndose llamados. Algunos van más lejos, y afirman que si el grito se repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en mi opinión, por rigurosamente exacto.

Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como tantos otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca había ejercido su profesión, y cuando tenía que acudir a los tribunales por asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con «estudio» abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en aquella tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza incesantemente renovada, que surte a una gran parte de la humanidad de panecillos y biftecs.

El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios, lo mismo que muchos argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado una cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor sustituto; luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos Aires, llegando, finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra reposada y majestuosa, que se detenía, abriendo largas pausas, para cazar las expresiones más retorcidas y sonoras, no aspiraba a los triunfos parlamentarios. Su posición social y las necesidades suntuosas de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible obtenerlo honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.

Compraba campos—las más de las veces sin conocerlos—y los vendía, valiéndose para sus enormes transacciones de las cantidades que le prestaban los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una rica estancia heredada de sus padres y otra no menos importante que su esposa había aportado como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba casi todos los días en la crónica social de los diarios de Buenos Aires; «un exponente representativo de la alta vida del país», como decía él con su lenguaje rebuscado.

Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud, tenía la gallarda soltura de miembros de todos los hombres de allá criados en las estancias, que aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una tierra donde los destetan de niños con carne asada.

Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes, cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fue su esposa. Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajá. Jamás, al extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor Pedraza puesto de smoking, si iba a comer con los amigos en el Jockey Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón.

Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las reglas que debe observar todo gentleman en uno u otro hemisferio de la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.

Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa, para gustar a su mujer, para que le admirasen sus niñas con esa satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre.

Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes que el hombre que les voy describiendo fue un héroe más grande que los héroes de la guerra o de la ciencia. Éstos mueren por la gloria, orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan.

Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.

Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir escuchándome.

II

Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o la forma de la propiedad.

Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.

Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna, llevaban una existencia de sobriedad monjil.

Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas, los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica, modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno a la llama que acaba por quemarlas.

La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.

Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.

—Si nuestros maridos o nuestros padres—dijeron muchas—desean arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las profesionales y tengamos sus mismas exigencias...

Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.

Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces», como la afición exagerada al baile, como los jazz-band y tantas cosas contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y corriente, como en nuestros tiempos.

El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo arruinaron su mujer y sus hijas».

Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras preciosas.

Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella. ¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...

Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos. Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no necesitaba más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por su amigo Chateaubriand.

Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y lo mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando las mismas ropas.

Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los libros al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la plaza Vendôme, a los modistos de la rue de la Paix y demás proveedores del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres ligeras y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán cómo tuercen el gesto:

—Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que las protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos. Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa es la verdadera clientela de nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura marchan ahora del brazo con la moral.

Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna comediante joven y de buen rostro.

La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna privación en sus deseos de lujo.

Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve elogiadas sus obras.

Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los asuntos concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con «distinción».

No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre de numerosa familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por ellos.

Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser considerado como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil leguas oceánicas. Cuando llegaban las comisionistas de la rue de la Paix a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a «Madame Pedraza». Contaban con ella como gran compradora, y además sus gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.

Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:

—Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.

Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se apresuraba a añadir:

—Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones.

Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la cría de sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el número de ciudadanos.

Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre para ser extremadamente delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus antecesores los centauros de la Pampa. Parecen, por lo flacas, que acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico con averías en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media ración. Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas, como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.

Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el prestigio de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las fiestas de sociedad, y el llamado «gran mundo» se ve y se habla durante los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de «negocios», para el señor, y otros dos, que empleaban la señora y las niñas para visitas o excursiones.

Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su «escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.

Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.

—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en determinados momentos.

Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez Zurrialde».

Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.

Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. ¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de América, el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: «Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los tiempos.

Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.

Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer. Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una señora, casada y madre.

Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al tiempo.

—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo digan.

La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los hombres.

—Entonces—siguió preguntando el curioso—, ¿para qué viste usted con tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...

Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como apiadada de su ignorancia:

—Para dar envidia a mis amigas y que rabien.

III

Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando hablé por primera vez con el doctor Pedraza.

Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado. Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus operaciones como si aún vivieran en la época colonial.

Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible una depreciación de la hipoteca.

El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no obstante mi larga espera.

—Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado nacional.

Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a las oficinas.

El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.

Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel país.

Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.

Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.

—Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...

Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial; aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.

—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi «petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo soñado.

Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una de sus miradas bondadosas.

—Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos señores le acepten la operación?...

Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas. Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la importancia del hombre que me estaba escuchando.

—Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...

Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas, modernizándolas...

Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de los directores del Banco.

Como si la protección que me había dispensado el doctor—expresada únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas majestuosas—empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.

Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a Europa.

Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en Europa la vida de un personaje de tal clase?...

Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las gentes hablaban todos los días del Cap Bojador, trasatlántico alemán que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el tal Cap Bojador, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río de la Plata.

Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación, de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar esta maravilla flotante.

¡Pobre Cap Bojador! La organización germánica lo había previsto todo en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros ingleses cerca de las costas de África.

Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda ser pasajero del Cap Bojador en su primera travesía. Representaba una gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el vulgo, este gusto inaudito.

Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los opulentos pasajeros del Cap Bojador, cuando precisamente iba yo a Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro millonario?...

La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal. Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡hochs!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo; cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados como banderas...

Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.

Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a París apenas la familia decidió el viaje.

El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos visto aún los retratos de Lloyd George!...

Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables, rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me acogieron con una indiferencia cortés.

Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos y por su lujosa instalación.

Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las mejores habitaciones.

La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una de ellas, ¡y eran siete!...

Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus hermanas.

En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en sus paseos por el buque.

—Es un doctor de Buenos Aires—decían algunos europeos de regreso a su tierra, al mostrarse a este personaje—, un estanciero riquísimo, una persona «bien». ¡La plata que debe tener!...

Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.

—¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?... Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.

¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del Banco Hipotecario.

Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su mayor parte para este viaje suntuoso.

Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus espaldas.

IV

Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo plano que este millonario.

Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir una nueva luz sobre París.

Le Figaro, que es el diario que presta más atención al paso de los americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre dama argentina, y sus hermosas hijas».

Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor, su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.

No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote; pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias argentinas».

El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas. París es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares, la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.

En los establecimientos de la rue de la Paix, de los Campos Elíseos y de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza y sus demoiselles, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces, al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios, escuché las mismas palabras:

—Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...

Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida, inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible, inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.

Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había visto al otro lado del Océano.

En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.

Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia. Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría para pagar enteramente su deuda, sin tener que imponerse sacrificio alguno.

Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de su sexo, lo mismo que su noble madre.

—Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra tierra.

Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los elogios de las mujeres.

En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los últimos miles de francos en la sala destinada al juego.

Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se ensancharon con esto considerablemente.

Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país, dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno.

Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el tango y chapurrear algunas palabras de español.

Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una rivalidad aristocrática.

—Yo puedo ser duquesa si quiero—decía una de ellas—, y a ti sólo te pretende un marqués.

—Pero el mío es más joven que el tuyo—contestaba la otra.

Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues éstas eran iguales a ellos.

Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con títulos nobiliarios.

Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo que debió ocurrir.

Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres.

El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de rapiña.

Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora, dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.

En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.

El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco. ¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más íntimas, para envidia de las amigas!...

Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.

—Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la plata, y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...

Doña Zoila apoyaba estas palabras:

—Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí. Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra madre.

La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y famoso tirador de pistola.

Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus entusiasmos de americano, hijo de una República.

—Lo de los títulos de nobleza, ché, puede deslumbrar a los gringos de Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.

V

Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron a aparecer en las crónicas de la alta vida social.

Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y en qué consiste la falta de chic. Después de haber pasado un año en París, su autoridad parecía inconmovible.

La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad, yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no tenía fortuna para tantos dispendios.

En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente cada diez años.

A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre. De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y vivir aquí con modestia.

Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes; seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un combate remoto, según los caprichos del viento.