Vida del escudero Marcos de Obregón
Marcos de Obregon.
POR
Vicente Espinel
ES PROPIEDAD.
VIDA DEL ESCUDERO
Marcos de Obregon
POR EL MAESTRO
Vicente Espinel.
ILUSTRACION DE
José Luis Pellicer.
Grabados en boj por Páris, Martin, Carretero y Pannemaker y en zinc por Verdaguer.
BARCELONA.
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
Administración: Ausias March, 95.
1881.
TIPO-LIT. DE C. VERDAGUER.—BARCELONA.
VICENTE ESPINEL Y SU OBRA.
I.
La nueva edicion de las Relaciones de la vida del escudero Márcos de Obregon, del maestro Vicente Espinel, que, ilustrada por el lápiz de Pellicer y el buril de Páris, Martin, Carretero y Pannemaker, ofrece hoy al público curioso la empresa que saca á luz en Barcelona la Biblioteca apellidada Arte y Letras, ocupa el número onceno en el órden cronológico de las que de esta obra, tambien inmortal española, se han hecho hasta ahora en castellano, desde los felices dias de su ingenioso autor. La primera, la más clásica de todas por el lujo y tono de sus formas tipográficas, fué la de Juan de la Cuesta, dada en Madrid á la estampa á principios de 1618. Es libro tan perfecto que ni una sola errata halla en sus páginas el más prolijo corrector. Juan de la Cuesta, al final de la Segunda parte de las comedias, de Lope de Vega Carpio, publicada en el mismo año, y en nota relativa al auto del Consejo de Castilla, prohibiendo introducir en el reino las ediciones fraudulentas de los libros castellanos que, al punto que en Madrid aparecian, eran reimpresos en la capital de Cataluña, en la de Aragon y áun en Navarra, hizo constar que por esta sola licencia habia dado al autor cien escudos de oro: precio por aquel tiempo desconocido para una obra de imaginacion. El acuerdo del Consejo no evitó que en el mismo año se hicieran en Barcelona otras dos ediciones del libro de autor á la sazon tan famoso; las de Jerónimo Margarit y Sebastian de Cormellas: patentizando del mismo modo la inmensa reputacion literaria que Espinel disfrutaba por Europa la traduccion francesa que Vital de Audiguier, señor de la Menor, en Rovergue, se apresuró á arrojar en Paris á las prensas de Petitpas, el mismo año de 1618, segun Brunet[1]. No terminó el siglo XVII sin otras dos distintas ediciones castellanas: la cuarta, que Pedro Gomez de Pastrana costeó en Sevilla en 1641, y la quinta, dedicada en Madrid por el impresor Gregorio Rodriguez, en 1657, al Sr. D. Juan Bautista Berardo, Tesorero general del Real Consejo de las Indias.
Rivera Valenzuela en los Diálogos de memorias eruditas para la historia de Ronda, no sólo manifestó que en su concepto se habian agotado ya hasta su tiempo doce ediciones españolas del Márcos de Obregon, sino recordó haber oido á su padre D. Bartolomé, cuya vida corrió de 1685 á 1746, que en su primera edad todos los niños llevaban este libro á las escuelas[2]. Confieso no haber sido tan feliz como el autor referido en el numeroso hallazgo de tan profusas ediciones; y aunque á la segunda parte de lo que Rivera afirma, conspira á dar cierta probabilidad de certeza la circunstancia de ser muchos los ejemplares antiguos, principalmente de la edicion de Juan de la Cuesta, encontrados con rótulos manuscritos que acreditan haber pertenecido á personas que al poseerlos se hallaban recibiendo alguna instruccion, con todo ni las tiradas por aquel tiempo eran tan abundantes, ni las ediciones tan repetidas, que se brindasen á aceptar lo propuesto por Rivera Valenzuela como artículo de fé. En la Biblioteca Nacional de Madrid consta un ejemplar que, despues de haber pertenecido á Jerónimo de Salazar en el siglo XVII, era en 29 de noviembre de 1743 propiedad de Enrique Ruiz, paje de S. M. Otro que posee en su rica coleccion el librero Murillo, en esta córte, lleva tambien el reclamo manuscrito de su dueño, del mismo oficio que el anterior. No obstante manténgome en mi opinion, en la cual me corrobora el hecho de que durante todo el siglo XVIII, el Márcos de Obregon no fué reimpreso sino una sola vez, en Madrid, en 1744[3].
Desde la séptima edicion inclusive, todas las restantes son del presente siglo. Abrió la marcha en 1804 la salida en Madrid de las oficinas de D. Mateo Repullés, cuando con motivo de las Observaciones sobre el Gil Blas presentadas á la Academia francesa por el español Llorente[4], discutióse con cierto calor por toda Europa y áun por el lado de la América del Norte[5] acerca de la originalidad de la obra de Mr. Lesage y de los plágios hechos por el escritor transpirenáico á las de Espinel. Sobre esta edicion, que circuló mucho por aquel tiempo, se empeñó el Sargento Mayor Algernon Langton en su traduccion inglesa, publicada en Londres en 1816[6], y el erudito Ludwig Tieck en la alemana, que apareció en Breslau en 1827[7]. La octava española es la de 1851 y está contenida en el tomo XVIII de la Biblioteca de Autores Españoles de D. Manuel Rivadeneyra, habiendo sido en él coleccionada por el diligente académico D. Cayetano Rosell juntamente con el Quijote de Avellaneda, El Español Gerardo y la Fortuna vária del soldado Píndaro, de Céspedes y Meneses, Los tres maridos burlados, de Tirso de Molina, y El donado hablador, de Jerónimo de Alcalá. Finalmente los editores de las Obras, en prosa, festivas y satíricas de los más eminentes ingenios españoles, publicaron en las máquinas de Narciso Ramirez, en Barcelona, en 1863, otra vez más la produccion de Vicente Espinel, y áun otra últimamente en Madrid, en 1868, la empresa de la Biblioteca escogida, titulada Tesoro de autores españoles, con prólogo y biografía de D. Juan Cuesta Ckerner.—Tales son las diez ediciones españolas de las Relaciones de la vida del escudero Márcos de Obregon, y áun las tres extranjeras, que conozco y preceden á la actual.
II.
Los elogios de este libro han sido siempre idénticos; pues cuantos antes y despues, y dentro y fuera de España, se han ocupado de él, le han reconocido una misma importancia en nuestra bella literatura del siglo de oro bajo el cetro de los Austrias. Los primeros en encomiarlo fueron los contemporáneos del autor, aunque el Márcos de Obregon fué de las pocas producciones literarias que se dieron á luz en el siglo XVII sin precedencias de versos laudatorios, como entonces estaba al uso, sin duda para que los prosélitos de ultratumba que áun dos años despues de su muerte conservara Cervantes, el cual se habia mofado en las entradas del Quijote de aquella obsequiosa costumbre de la amistad ó de la admiracion, viesen que la obra de Espinel bastábase á sí misma para su propio crédito. No obstante, al censurarla de oficio, si el abad de San Bernardo, observando que tenia doctrina moral y pintaba con deleite, auguraba seria libro de mucho provecho y gusto, y el vicario y doctor D. Diego Gutierre de Cetina se extasiaba con su mucha moralidad y entretenimiento, Fray Hortensio Félix Paravicino, que tambien la graduó por órden del Consejo, no titubeó en declarar explicitamente que «de los libros de este género, que parece de entretenimiento comun, el Márcos de Obregon, es el que con más razon debe ser impreso, por tener el provecho tan cerca del deleite, que sin perjudicar enseña y sin divertir entretiene.» En cuanto al estilo, la invencion, el gusto de las cosas y la moralidad que deduce de ellas, el reverendo fraile trinitario calzado, natural de Madrid, aunque hijo del milanés D. Mucio, tesorero general de aquel Estado, entendia argüir bien la pluma que los habia escrito «tan justamente celebrada en todas las naciones.» Por último el padre maestro Paravicino concluia diciendo: «Á mí, á lo menos, de los libros de este argumento me parece la mejor cosa que nuestra lengua tendrá.»[8]
Bien que en el Índice expurgatorio de 1667 se mandase tachar y se tachara, en efecto, un breve pasaje perteneciente á la Relacion tercera, Descanso quince, del Márcos de Obregon[9], la opinion sobre las excelencias de la obra de Vicente Espinel perseveró conforme durante todo el siglo XVII. En ella insistió, entre otros, el canónigo magistral de la santa Iglesia de Barcelona D. Luis Pujol, cuando el obispo de aquella diócesis, D. Luis Sanz, le dió comision de examinarla de nuevo para las reimpresiones de Margarit y de Cormellas. Á Pujol pareció este libro «lleno de mucha gravedad de sentencias, con apacibles cuentos para un honesto y provechoso entretenimiento.» La escrupulosa estrechez de miras de la comision eclesiástica encargada del Índice expurgatorio nos es hoy bien conocida, y á ningun autor ha dañado á la larga el peso de sus censuras. Á Miguel de Cervantes se le mandó borrar del capítulo XXXVI de la segunda parte del Quijote, la sencilla proposicion de que «las obras de caridad que se hacen flojamente, no tienen mérito, ni valen nada.» En el Índice de 1667 aparecen prohibidas las ediciones del Lazarillo de Tórmes, anteriores á 1573, la Letanía Moral de Andrés de Claramonte, la Cárcel de amor de Diego de San Pedro, todas las obras de Fernan Perez de la Oliva, la traduccion castellana de los Triunfos de Petrarca, toda la edicion de la Historia Pontificial de Gonzalo de Illescas, hecha en 1573, el libro de la Veneracion de Miser Gaspar Gil Polo, las novelas de Bocaccio, el tratado manuscrito del P. Juan de Mariana titulado De regimine societatis, el Ramillete de flores divinas de Fray Pedro de Padilla y otras obras semejantes; á más del inmenso catálogo de las que se acordó cercenar. Por último en el ejemplar de las Rimas de Espinel, que, habiendo pertenecido al erudito Bölh de Faber, poseyó la Biblioteca Nacional de Madrid, donde fué por mí examinado hácia 1865, y que ha desaparecido despues, se encontraba al fól. 105 una nota manuscrita, letra de últimos del siglo XVI, en que á la cabeza de la epístola al marqués de Peñafiel, se leia: «Vedado por la Inquisicion y descomunion á quien lo leyere.» Y sin embargo, examinada aquella poesía, nada se encuentra en ella, como no se encuentra nada en el pasaje del Obregon que fué tachado, que repugne á la religion, y á las costumbres, ni que veje la fama del poeta.
El editor anónimo del Márcos de Obregon, en 1804, se propuso un doble objeto con la reproduccion que llevó á cabo, procurando á la vez refrigerar en nuestro público la aficion y el gusto hácia las obras de lo que podemos llamar en la literatura española nuestra antigüedad clásica. Nuestra literatura venia estando plagada, desde hacia un siglo, de traducciones francesas. Volver por los fueros del idioma patrio, tan humillado y maltrecho despues de tanto tiempo en que la esterilidad y el vasallaje literario nacional habian reducido nuestra capacidad á la mera tarea de importar al castellano todos los productos, buenos ó malos, de otra literatura exótica, aunque á la sazon tan en boga, y detener el torrente de las ideas ahora frívolas, ahora depravadas, ó cuando menos peligrosas, que por este medio se nos ingerian, pervirtiendo así los sentimientos puros y las costumbres sanas, como la imaginacion por la inercia aletargada y el habla por los extranjerismos corrompida, eran los dos dignos móviles de aquella publicacion. «Reune este libro en mi entender,—el editor á este respecto decia,—las circunstancias del precepto de Horacio, que es mezclar dulzura con utilidad, y ademas de contener graves sentencias de la mejor doctrina, expresadas con gracia y elegancia y con aquella pureza de lenguaje y castidad de conceptos, que él mismo recomienda, es un dechado de la vida humana para todas las situaciones en que podamos hallarnos con ejemplos curiosos de sus propios sucesos y de sus contemporáneos.»
La crítica sobre la obra de Espinel, aunque sin salir nunca del terreno de la retórica y de la moral, no ha dejado de tener sus progresos, como lo testifican las consideraciones hechas sobre el Márcos de Obregon por el Sr. Rosell en la edicion de Rivadeneyra y áun por el Sr. Cuesta Ckerner en la de 1868. Rosell compara el plan del Obregon con el del Lazarillo de Tórmes y el del Guzman de Alfarache, y encuentra su accion más completa que la del primero y más nutrida y rápida que la del segundo. Sin embargo para este analista el mayor mérito está en que, corriendo la narracion de la fábula inventada por Espinel sobre los sucesos de su propia vida, hasta el punto de que los más la confunden con una auto-biografía, pudiera hacer abundar en ella los brillantes recursos de la imaginacion y del ingenio, y lograra revestir con los insinuantes atractivos de la poesía la materialidad prosáica de una existencia real. Por otra parte Rosell conviene con todos los críticos en que «el Escudero Márcos de Obregon es una obra magistralmente escrita, llena de sábias máximas y advertencias morales, que aunque muy repetidas, gracias á su oportunidad y á la manera ingeniosa con que están amenizadas, se reciben y escuchan con agrado. El lenguaje, añade el académico analista, es puro y sencillo, y en las escenas que se describen no se advierte, como en otros escritores, el empeño de apurar ciertas situaciones peligrosas: lo cual, unido á un plan hábilmente dispuesto, y á una accion animada, que camina sin entorpecimiento, justifica los elogios que en todos tiempos se han hecho de esta composicion.»
La opinion de los comentaristas de Espinel, sobre el mérito del Márcos de Obregon, casi es menos importante que la de los que estudiándole en horizonte más amplio, en el del desenvolvimiento histórico de la literatura nacional, y relacionando con éste al autor y su obra, han tenido que darles dentro del vasto cuadro el verdadero término y relieve que á uno y á otra corresponde. Puede á la cabeza de estos ponerse el discreto Gil y Zárate, el cual colocando la obra de Vicente Espinel entre las novelas picarescas y de costumbres, no encontró otra de este género que se le adelantase en mérito, sino el Lazarillo de Tórmes, siendo muy superior á esta misma y á todas las demás, en que el Obregon ofrece menos truhanadas de las que constituyen la especialidad característica de este linaje de libros; en que abunda en buena moral, y en que á veces el autor introduce á su público en una sociedad más escogida que la que presta su escenario al mismo Lazarillo, al Guzman de Alfarache, al Gran Tacaño y las demás producciones de esta índole. Gil y Zárate halla ademas amenizada la narracion del Márcos de Obregon con cuentos y novelitas agradables, siendo su estilo puro, natural, fácil y correcto, sin resábios de afectacion ni mal gusto, por lo que aprecia á Espinel por uno de nuestros primeros prosistas[10]. El norte-americano Ticknor dedicó tambien al autor y á la obra noticia bastante individual, tanto por el mérito de uno y otra, cuanto por la grande atencion que confiesa llamó á los contemporáneos de Espinel la aparicion de su escrito. La síntesis de su juicio puede, sin embargo, condensarse en los siguientes conceptos:—«Contiene el Obregon, dice, bastantes reflexiones morales, cansadas y fastidiosas, aunque bien escritas, lo cual hace que la narracion de los engaños, maldades y picardías del héroe resalte más; pero aunque inferior al Guzman de Alfarache y al Lazarillo en diccion y estilo, les aventaja en accion y movimiento; los sucesos marchan con mayor rapidez y terminan de un modo más regular y acertado[11].» En otra historia literaria de España, su autor, Eugenio Baret, profesor de literaturas extranjeras en la facultad de letras de Clermont-Ferrand, considera las Relaciones de la vida y aventuras del escudero Márcos de Obregon como obra superior á las de Hurtado de Mendoza, Aleman y Velez de Guevara en el género picaresco, pues halla en las de Espinel más plan, más arte, mayor decencia y mayor gusto literario que en las de sus competidores[12]. Por último los escritores alemanes, que habian seguido las impresiones de Bouterweck[13], habiendo modificado sus juicios despues de los trabajos de Tieck, de Malsburg y otros, han rectificado algunos de los errores en que hasta llegó á incurrir en su Lexicon el sábio y concienzudo Ebert, y haciendo justicia al mérito del autor español, han proclamado el Márcos de Obregon por una de las más bellas producciones de la literatura española, aunque se hayan señalado algunos de sus lunares. Entran en este número la forma desigual con que, en sentir de Tieck, la obra está escrita; la conclusion que no corresponde á las esperanzas que el principio suscita, y finalmente el prurito que el autor muestra en convertir cada episodio de su novela en artículo de moral, á fin de evitar que el público crea que el escritor no se cuida sino de divertir á las gentes.
III.
Los defectos de que trata la crítica alemana, principalmente el último, nacian de la propia condicion de toda nuestra literatura de aquel siglo. Bajo el cetro de Felipe II, en que floreció el génio, todo en la sociedad española estaba predispuesto al órden, bajo el rudo principio de la disciplina, que es el carácter más relevante del progreso y de la educacion pública, y de la autoridad y de la subordinacion, que estrechan los vínculos de la nacionalidad. Dominaba en la literatura Horacio, que era la autoridad clásica, la autoridad tradicional, la autoridad de los antiguos; para las investigaciones de la moral y de la metafísica, reinaba la autoridad de los textos sagrados, de la Escritura y de los Santos Padres; para la política, el rey. No era solamente la Inquisicion la que imponia trabas á las licencias de la imaginacion y del pensamiento, sino el sentido público, las costumbres generales que prohibian á la mente humana dilatarse en aquellos asuntos que no se podrán nunca examinar sin peligro. Sin embargo, no promovian quejas semejantes limitaciones, que se respetaban sin esfuerzos, tanto más cuanto que no por eso faltaba á la fantasía y áun á la reflexion seria y madura, extenso campo donde vaciar sus obras, como lo justifican las de nuestros filósofos y místicos, juristas é historiadores, médicos y matemáticos, novelistas y poetas. ¿No es, por ventura, completo en todas sus partes el cuadro de nuestro movimiento intelectual en la monarquía de Felipe II? Aquella literatura, diametralmente opuesta en sus tendencias y caracteres á la del dia, era propia de una sociedad sana y tranquila y de unos escritores probos é ingénuos, que no proponiendose por tema constante de sus producciones hacer la felicidad pública, ni dirigir los gobiernos y los pueblos, como hoy acontece en el libro, en el teatro, en la cátedra, en el foro, se contentaba únicamente con deleitar sin corromper. ¿Llena este objeto la donosa narracion de las Aventuras del escudero Márcos de Obregon? La opinion unánime de los críticos, que dejo apuntada, elocuentemente lo acredita.
Pellicer en la Vida de Cervantes ha querido encontrar el orígen del Márcos de Obregon en un movimiento de emulacion del anciano maestro hácia el génio divino del autor inmortal del Quijote. Preciso es confesar que el diligente biógrafo no ha dado pruebas bastantes de lo que aseveraba, sino meras conjeturas que bien pudieran estrellarse en la nocion que tenemos de la amistad y el respeto recíproco que en vida uno y otro se profesaban. En el Canto de Caliope, en el Viaje y en la Adjunta al Parnaso no sólo habia Cervantes celebrado el raro estilo en que Espinel llevaba el cetro, y su envidiable capacidad ya con la pluma, ya con la lira, sino que haciendo mérito de los viejos afectos que con él le unian, en la Adjunta cariñoso exclamaba:—«Al famoso Espinel dará vuesa merced mis encomiendas, como á uno de los más antiguos y verdaderos amigos que yo tengo.»—Á su vez Vicente Espinel en la Casa de la Memoria, le habia rendido análogo tributo, reconociendo que ni la desgracia, ni el mar, ni el cautiverio pudieron evitar al vuelo colosal de Cervantes tocar las altas cimas de la gloria. Por otra parte, en las realidades de la vida, los dos simultáneamente confluian á la proteccion misericordiosa del cardenal arzobispo de Toledo, D. Bernardo de Sandoval y Rojas, de quien Salas Barbadillo en la dedicatoria de La Estafeta del dios Momo descubrió recibian uno y otro pension contínua «para que pasasen su vejez con menos incomodidad.» ¿Es presumible siquiera que Espinel pretendiera aquel favor por el camino de una envidiosa rivalidad, como Pellicer deja entrever en la alusion á los escuderos pedigüeños y habladores de que en la dedicatoria al prelado hablaba cuando decia:—«No será Márcos de Obregon el primer escudero hablador que ha visto V. S. Ilma., ni el primero que con humildad se ha prostrado á besar el pié de quien tan bien sabe dar la mano para levantar caidos?» Por Zoilo que Espinel fuese, y en que Cervantes lo estimara, lícito es creer que Pellicer necesitó una gran fuerza de sutil suspicacia para notar la malicia en las palabras apuntadas, y mucho más para sorprender una alusion del escudero Márcos de Obregon al escudero Sancho Panza. ¡Eran muy distintos escuderos! Ademas cuando Espinel ponia su dedicatoria á los pies del cardenal Sandoval, hacia tiempo que acerca de lo de Zoilo inválido, Lope de Vega ya habia escrito al Duque de Sesa, su Mecenas:—«Merece Espinel que V. E. le honre por hombre ingenioso en el verso latino y castellano, fuera de haber sido único en la música: que su condicion ya no será áspera, pues la que más lo ha sido en el mundo, se templa con los años ó se disminuye con la flaqueza.»
Espinel fué el primero en descubrir lealmente el fin que se habia propuesto para escribir su Obregon:—«El intento mio, dice, fué ver si acertaria escribir en prosa algo que aprovechase á mi república, deleitando y enseñando, siguiendo aquel consejo de mi maestro Horacio; porque han salido algunos libros de hombres doctísimos en letras y opinion, que la abrazan tanto con sola la doctrina que no dejan lugar por donde pueda el ingenio alentarse y recibir gusto, y otros tan enfrascados en parecerles que deleitan con burlas y cuentos entremesibles, que despues de haberlos leido, revuelto, aechado y aun cernido, son tan fútiles y vanos, que no dejan otra cosa de sustancia ni provecho para el lector, ni de fama y opinion para sus autores.» Por si esto no es bastante, Espinel añade:—«Yo querria en lo que he escrito que nadie se contentare con leer la corteza, porque no hay en todo mi escudero hoja que no lleve objeto particular, fuera de lo que suena.»—Difícil es apreciar, con tres siglos de distancia por medio y una absoluta carencia de toda historia literaria, todo lo que mediante esta advertencia haya en el Márcos de Obregon de circunstancial, local y adecuado á la época en que se dió á la estampa. La crítica no puede ya apreciarlo, desprovista de los necesarios antecedentes, sino en lo que la obra de Espinel tiene de universal, de perenne, de eterno. Reducirla al estrecho círculo de las circunstancias en que apareció, no es ya posible, cuando con bizarro empuje ha logrado dominar los límites del tiempo, abrirse paso en la atencion de otras generaciones, y difundirse hasta romper las barreras de los idiomas extraños. Es preciso, pues, considerarla, y así los analistas precedentes la han considerado, como monumento de una literatura universal.
¿Y quién duda que llena todas sus condiciones de una manera brillante? No es el Márcos de Obregon una novela moderna que analiza, sino una narracion por exceso subjetiva, en que el autor, haciendo el protagonista, aunque con supuesto nombre, desarrolla la trama indeclinable de una existencia real luchando con la naturaleza, con la sociedad y los obstáculos civiles. En vano será buscar en ella esa variedad de caracteres que el arte agrupa con maña, no como los produce la naturaleza; en vano las agitaciones de la pasion que la musa trágica del drama exalta y acumula para producir los cuadros de negra tristeza que dan á la vida un tinte patético de desesperacion y romanticismo: ni siquiera el autor se propone sistematizar la desgracia, de manera que persiguiendo sin descanso y bajo todas las formas á una misma víctima, resulte la existencia sometida al despótico yugo de una ley fatal eterna é inexorable. El escudero Márcos de Obregon es un tipo comun, que en medio de la sociedad tradicional antigua, se adelanta á la figura del hombre de nuestras democracias modernas, donde los triunfos sobre las adversidades contingentes de la vida real se gradúan por los triunfos que sobre cada individuo alcanza su propia voluntad, su propio albedrio, sin necesidad de sacarle de otra escena que de la ordinaria en que la existencia se desenvuelve, ni de hacerle remontar con plumas de Ícaro á las cimas de mitológicos heroismos. Gira, pues, el interes de la obra entre la observacion constante de la vida y la leccion fecunda de la experiencia; no estudia al hombre, como debe estudiarle quien se propone dictar preceptos; tiende en su fondo y en su forma á una contínua perfeccion, hasta hacer desear la paz de una existencia laboriosa, modesta y solitaria; de este modo, siendo una narracion, aunque ingeniosa, siempre sencilla, hallándose sus episodios todos solícitamente sometidos á la enérgica ley de la realidad, pasma y asombra la portentosa flexibilidad de un talento que ha sabido bordar de pensamientos profundos las fruslerías pueriles del estudiante sin libros, las trivialidades inocentes del calavera sin aventuras, las empresas solitarias del soldado sin batallas y los egoismos sin objeto del corazon sin hogar y del espíritu sin familia. Espinel quiso en el Márcos de Obregon realizar una obra superior á los ensayos brillantes de su juventud, y no puede negársele la categoría de un talento original. Por eso cuando algunos creyeron pudiera incurrir en el hastío de tantas insípidas producciones, como diariamente acometian los serviles imitadores del Lazarillo de Tórmes y del Guzman de Alfarache, viósele elevarse con propio vuelo sobre el nivel de sus rivales, y la crítica de su siglo, representada por la voz pujante del reverendo Padre Maestro Fray Hortensio Félix Paravicino, declaró, como antes he consignado, que de los libros de este argumento, las Relaciones de la vida del escudero Márcos de Obregon son la mejor cosa que nuestra lengua tendrá. Esta opinion persevera insistente despues de tres siglos, y en ella estriba la secreta razon de por qué se ha propagado por uno y otro continente, se ha traducido al frances, al ingles, al aleman y se han multiplicado hasta aquí y aún se multiplican hoy dia sus ediciones.
IV.
Bajo otro aspecto ha sido considerado tambien este libro, cuya importancia no declina: como probable auto-biografía de Espinel, sobre el cual la biografía hasta ahora no ha prodigado sino atroces temeridades. Los primeros errores que se cometieron en este punto los inspiró el celo excesivo del buen deseo. Casi á fines del siglo último la vida de Espinel era absolutamente desconocida hasta por sus más entusiastas admiradores. No se tenia ningun dato seguro sobre el lugar ni la fecha de su nacimiento. Se ignoraba dónde, en qué año, de qué edad, en cuál grado de la fortuna habia muerto; todo el resto de su vida se ocultaba en el misterio. Una frase de Lope de Vega en el Laurel de Apolo le hizo concebir nonagenario y pobre. Un rondeño distinguido, Cristóbal de Salazar Mardones, secretario del Consejo de Italia en la seccion de Sicilia, no habia podido hacerse en 1642 de un ejemplar de las Rimas, impresas en 1591. Nicolás Antonio, en su Bibliotheca Hispana nova, equivocó en diez años la fecha de su fallecimiento. Otro rondeño antes citado, Rivera y Valenzuela, en 1766, fué cómplice de don Cristóbal de Medina Conde en retrasar otros seis años la de su venida al mundo, y á la vez propagó una porcion de datos no menos inciertos, que sin embargo se tomaron despues por base de la biografía. Tratando de trazarla Lopez de Sedano en 1770, en el tercer tomo del Parnaso Español, poco dijo, y eso poco plagado de inexactitudes, por osar deducir ad libitum los datos históricos de Espinel de la lectura poco meditada de sus obras poéticas. Mas crasos errores, y con no menos buena intencion divulgó de 1787 á 1799 Lopez de la Torre Ayllon y Gallo, primero en su correspondencia con el presbítero de Ronda, don Jacinto José de Cabrera y Rivas, y despues con el bosquejo biográfico que insertó en la Coleccion de españoles ilustres, pretendiendo formar tambien el pedestal de la figura del escritor sobre las revelaciones literales del Márcos de Obregon, de donde surgió y se arraigó la idea de que esta era la auto-biografía antedicha. Entre tanto los historiadores y los críticos así propios como extraños, tomando por puntuales las noticias autorizadas desde publicaciones casi oficiales, extendieron la fábula como nocion de la verdad tocante á la vida del poeta, y fábula es cuanto acerca de ella se lee en Sedano y Búrgos, Quintana y Gil y Zárate, Silvela y Castro, entre los nacionales, y en Sismondi, Bouterwek, Ticknor, Tieck, Algernon Langton, Baret, Michaud, Weiss, Bouillet, Höffer y por último en todos los Diccionarios biográficos, entre los extranjeros.
No puedo hacer aquí in extenso el trabajo documental que reservo para más propicias circunstancias: permítaseme, sin embargo, diseñar un simple bosquejo de la vida del maestro Vicente Espinel sobre la fe de mis investigaciones de veinte años y de los documentos reunidos por mi constancia y diligencia. El nombre del lugar de su nacimiento, Ronda, él lo acreditó en las portadas de sus libros, en las canciones á su patria y en las referencias directas del Obregon á su persona. En el libro II de bautismos de la parroquial de Santa Cecilia, al fólio 36 vuelto, consta la fe de su bautismo en 28 de diciembre de 1550, siendo sus padres Francisco Gomez y Juana Martin. Jacinto Espinel Adorno, en El premio de la constancia ó pastores de Sierra Bermeja, testifica que esta fué de familia de conquistadores. El mismo Vicente Espinel hace al primero oriundo de las montañas de las Asturias de Santillana, y añade que aunque con alguna hacienda la perdió en negocios infortunados. Tambien dice él mismo que su primera instruccion la recibió en Ronda, en las aulas del bachiller de la gramática Juan Cansino, el cual le enseñó á traducir no mal un epígrama latino y á componer otro, y con esto, un poco de música y saber callar, ya estuvo dispuesto en las primeras mocedades para que su padre, tratando de sacar fruto del talento que precozmente revelara, pusiérale al cinto una espada de Bilbao, en la maleta un ferreruelo de ventidoceno de veinte ducados, y con su bendicion y lo que pudo, que no debió de ser mucho, enviárale con un arriero á Salamanca, donde se hiciera famoso en los estudios. La salida de Espinel de Ronda para la Universidad maestra, coincidió con el segundo levantamiento de los moriscos de la sierra de Istan y los alistamientos y la leva de hombres, desde los 18 hasta los 30 años, que juntó para calmarlo el duque de Arcos, don Rodrigo Ponce de Leon: de este deber sólo estaban exentas las gentes de iglesia y los estudiantes.
La aparicion del nuevo escolar en Salamanca la acreditan los libros de matrícula correspondientes á los cursos de 1570 á 1571 y de 1571 á 1572, en los cuales se registra inscrito en la facultad de Artes. Las notas que obtuviera se han perdido con los libros de pruebas en donde constasen. En los de grados no se encuentra su nombre. En las inscripciones de matrículas se le nombra: Vicente Martinez Espinel, natural de Ronda, diócesis de Málaga. En el Obregon no se da ciertamente Espinel aires de opulento, ni áun de adelantado en sus estudios en la Universidad. Acerca de estos él mismo dice en el descanso XII de su primera relacion:—«Yo confieso de mí, que la inquietud natural mia, junta con la poca ayuda que tuve, me quebraron las fuerzas de la voluntad, para trabajar tanto como fuera razon.» Respecto á los medios de su vida, añade en el mismo lugar:—«Estábamos despues de esto, tres compañeros en el barrio de San Vicente, tan abundantes de necesidad, que el menos desamparado de las armas reales era yo, por ciertas lecciones de cantar que yo daba; y áun las daba, porque se pagaban tan mal, que antes eran dadas que pagadas, y áun dadas al diablo.» Aun así tuvo en 1572 que interrumpir los estudios, á consecuencia de haber cerrado y dispersado la Universidad el corregidor don Enrique de Bolaños, por los disturbios y encuentros de estudiantes que promovieron los bandos formados á causa de la prision y proceso del sabio maestro Fray Luis de Leon. Tenia á la sazon Espinel veintidos años, y emprendió á la apostólica, como él mismo dice, aquella peregrinacion hácia Ronda, su patria, visitando y deteniendose en Madrid y en Toledo, recibiendo en Ciudad Real los regalos y socorros de la monja doña Ana Carrillo, señora muy principal de los Villaseñores de Murcia y de los Maldonados de Salamanca, y tocando y descansando en varios lugares ricos de Andalucía.
Pocos meses despues de la llegada de Espinel al hogar paterno, unos parientes de estos, algo hacendados, Bartolomé Martinez Labrasola y Catalina Martinez, cónyuges, y la última hermana de Juana Martin, se resolvieron á fundar capellanía de una parte de sus bienes, «nombrando por primer capellan á su sobrino Vicente Martinez Espinel, hijo de Francisco Gomez, porque es mancebo virtuoso de buenos padres y confiamos de su persona y virtud que la servirá muy bien,» segun textualmente reza la escritura de fundacion, cuya copia tengo á la vista, y que fué otorgada ante el escribano público Juan Gil Acedo en 3 de agosto de 1572. Consistian los bienes de esta fundacion en unas casas que los Martinez Labrasolas poseian en Ronda, barrio del Mercadillo, arrabal de la Puente y calle de las Peñas, con expresion de ser once moradas lindando unas con otras y en unas viñas de cuatro aranzadas del pago del mismo Mercadillo, cerca de la torrecilla de la dehesa. Tenian estos bienes un gravámen censual de 30,000 maravedis de principal en favor de don Pedro Ponce de Leon, de la casa ducal de Arcos, y despues de imponer al capellan ciertas obligaciones de su ministerio, se determinó el órden de la sucesion en ellos, debiendo recaer en el convento y religiosos de la Merced, cuando concluyeran estos llamamientos, como en efecto se acabaron en 1666. Influyó en 1572 en todas estas disposiciones un religioso de la redencion de cautivos, montañes de orígen, como el padre de Espinel, hombre en su siglo de sumos respetos así por sus grandes dotes personales, como por su mucho influjo y el de sus parientes en la córte de Felipe II, y que frecuentemente hacia largas residencias en el convento de Ronda, situado á la sazon en el lugar aún llamado la cruz de San Jorge, bien próximo por cierto á las moradas en donde Espinel debió nacer y su familia habitar. Llamábase este religioso Fray Rodrigo de Arce, y Espinel en sus Rimas le dedicó luego una de sus más bellas canciones. En las redenciones de África tenia una inmensa reputacion, y á Ronda trajo convertido desde Argel al hijo de Bocazan-bey, que tomó en la pila el nombre de don Diego de Arce, y que disfrutó de por vida una pension que le señaló el rey Felipe II, segun refieren Fray Alonso Remon y Bernardo de Vargas, cronistas de la órden á que Fray Rodrigo perteneció.
Tal vez el favor de éste colmó de valiosas recomendaciones á Espinel en su segunda expedicion á Salamanca. Aunque el poeta declara que esta vez pasó tres ó cuatro años (sólo fueron dos) en esta ciudad, y de que se le dió una plaza en los verdes de San Pelayo, hallándose de escolares en este colegio el que luego fué obispo de Valladolid, don Juan Vigil de Quiñones, y el consejero de la Inquisicion don Juan de Llanos y Valdes, la circunstancia de no aparecer más el nombre del poeta ni en las matrículas de la Universidad ni en los registros de San Pelayo, hace sospechar sobre la condicion de la plaza que en este colegio se le dió, de seguro más humilde que la posesion de una beca. Sin embargo, si hemos de creer á Lope de Vega en el Papel sobre la nueva poesía, de esta época datan las relaciones de amistad y compañerismo que Espinel mantuvo toda su vida con el marques de Tarifa, primogénito del duque de Alcalá de los Gazules, con otros títulos y grandes, como los Alba y los Girones, con Pedro de Padilla, caballero del hábito de Santiago, con Luis Galvez de Montalvo, que lo era de la órden de San Juan de Jerusalen, con don Luis de Vargas Manrique, con los Argensolas, con Pedro Liñan de Riaza, con Pedro Lainez, con Marco Antonio de la Vega, con el doctor Garay y últimamente con el jóven don Luis de Góngora y Argote, recien llegado de Córdoba. De estos, los que no presumian de caballeros, teníanse por hidalgos de renta y caudal, aunque estudiantes y poetas todos. ¿Fué que con ellos solamente lo introdujo su superioridad en la poesía, ó su habilidad, que Lope llamó repetidas veces única, en la música y el canto? Estas facultades le abrieron la casa de doña Agustina de Torres, en la cual, segun Lopez Maldonado, en la Elegía de su muerte, se reunian los más famosos músicos de la ciudad, el gran Matute, el celebrado Lara, el divino Julio, Castilla y otros.
V.
La ambicion y el amor sacáronle de Salamanca á vida más activa. Por órden del rey Felipe II formábase en el otoño de 1574 armada de más de trescientas velas y veinte mil hombres en el puerto de Santander. Por capitan general de ella iba el más intrépido marino que á la sazon tenia España, Pero Menendez de Avilés, el famoso adelantado de la Florida. Su mision permanecia secreta y reservada; bien que todo el mundo creyera fuese la primera invencible de Felipe II contra Isabel de Inglaterra. Era el almirante don Diego Maldonado, caballero de bonísimo gusto, de los de esta casa en Salamanca y algo pariente de linda moza que acaso á la sazon Espinel platónicamente cortejaba. Por todos estos merecimientos dióse al novel estudiante alférez la bandera del segundo capitan. Mas aquella escuadra portentosa no llegó á cumplir su destino. La peste la asedió en el mismo puerto, destruyéndola sus hombres, y entre otros cabos que murieron, hizo la muerte presa tambien del bizarro caudillo que habia de mandarla. Un viento de dispersion sopló por los escasos restos de los que habian quedado, y Espinel, aunque convaleciente de unas fiebres malignas, cedió á la inquieta condicion de su carácter, no tomando la vuelta hácia Salamanca, sino escapando por Laredo y Portugalete á la capital de Vizcaya; desde Bilbao á Vitoria, donde lo hospedó y mimó, un gran caballero y amigo suyo, don Felipe de Lezcano; desde Álava á Navarra, por visitar al condestable de la casa de Alba, de la cual ya comenzaba á recibir proteccion; de allí á Zaragoza, donde le obsequiaron los Argensolas y otros ingenios amigos, durante su larga estancia en la capital de Aragon, y despues de haber trafagado toda la Rioja, y visitado á Búrgos, vino á recaer en Valladolid y en el escuderaje del egregio conde de Lemos, don Pedro de Castro, gran amigo de la gente alegre de bizarro ingenio.
Cerca de cuatro años consumiéronse en esta vida, que á aquel robusto amparo tal vez se hubiera prolongado, sin la ocasion de la infortunada empresa del rey D. Sebastian de Portugal, á África, á donde fueron 5000 españoles en las 50 galeras con que le auxilió el rey Felipe II, á quien Lemos á su llamamiento acudió presuroso para servirle. «Víneme de Valladolid á Madrid, dice el mismo Espinel, y siguiendo la variedad de mi condicion y la opinion de todos, fuíme á Sevilla con intencion de pasar á Italia, ya que no pudiese llegar á tiempo de embarcarme para África.» En efecto, no llegó; quedóse en Sevilla al abrigo de ilustres camaradas, y en el largo año que residió en la ciudad del Guadalquivir hizo de su vida una contínua tempestad de desvanecimientos juveniles. Arrastró su musa por el lodo de la obscenidad y del sarcasmo; su vivo ingenio y sus músicas habilidades disipáronse entre los lupanares de Baco y Venus; púsose espada al flanco; echóla de valiente; suscitó pendencias; anduvo á cuchilladas y al ojo de la justicia y, como él mismo dice, comenzó á alear más de lo que le estaba bien, y áun tanto que el marqués de la Algaba, D. Luis de Guzman, que le amparaba, llegó á mostrarse reacio en su refugio, viéndole empeñado en tales causas que tuvo que tomar sagrado tal vez para evitar mayores inconsideraciones. No por eso faltáronle amigos: por tal se le declaró un jóven príncipe, tan gallardo de presencia, como amable de carácter, que vino por aquel tiempo á Sevilla á visitar á su tio el arzobispo D. Cristóbal de Rojas y Sandoval: llamábase él D. Francisco Gomez de Sandoval: llevaba por título el de marques de Dénia, y estaba destinado á representar en la política y el gobierno de España el papel más importante, bajo el de Duque de Lerma, con el que reconoce la historia al poderoso valido del rey Felipe III. Influia en la borrascosa conducta de Espinel por aquel tiempo la fiebre del despecho á causa del desengaño sufrido en aquellos amores puros, juveniles, risueños que comenzara en Salamanca, y Dénia descendió á mitigar aquel violento estado, favoreciendo á Espinel en sus necesidades y allanándole los obstáculos para alejarle del lugar de los combates de su espíritu, haciendo descubrir ante su mente aventurera los poéticos horizontes de Italia, sonrosados con la compañía y el favor inmediato del Duque de Medina-Sidonia, D. Alonso Perez de Guzman, á quien acababa de darse el gobierno de Milan, para donde él ya disponia el envío de ajuares y criados en un galeon arragocés[14], que se hacia á la vela para el golfo de Génova.
Surge, durante esta navegacion, una cuestion histórica, que hasta ahora ningun biógrafo se ha atrevido á abordar para darle una explicacion definitiva. Espinel, refiriendo los azares de aquel viaje, dice que habiéndose refugiado el galeon á la isla Cabrera y habiendo saltado alguna gente á tierra en busca de agua, fué con otros sorprendido por unos piratas africanos que los llevaron cautivos á Argel: narra luego prolijamente la vida y las vicisitudes del cautiverio, y por último, despues de mil lances novelescos la manera como preso el galeon de su amo cerca de las aguas de Mallorca por las galeras de Génova que gobernaba el Sr. Marcelo Doria, fué primero maltratado teniéndole por renegado tambien, luego reconocido por Francisco de la Peña, uno de los músicos de á bordo, presentado al general más tarde, y remediado y conducido á Génova, á casa del embajador Julio Espínola, que él habia tratado como amigo en Valladolid, y que juntamente con Marcelo Doria, le proveyó de dinero y cabalgadura para que se trasladase á Milan. Ó hay que aceptar como cierto en el Márcos de Obregon este episodio autobiográfico de Espinel, ó hay que negarlos todos. En ninguno el autor pone entre él y el lector mayor número de testimonios vivos: él cita las personas con abundancia, y es uno de los pasajes en que casi descubre que el nombre de Márcos de Obregon, adoptado para el protagonista de su obra, no es sino el pseudónimo bajo el que oculta el suyo verdadero. La glosa de las octavas cantadas á bordo y á cuya música suspiró, son de las más conocidas de sus canciones; él dice ademas: cantaron unas octavas mias. Peña lo denunció despues al general como autor de la letra y de la sonata. Y cuando el general le preguntó: ¿Cómo os llamais? y él le respondió: Márcos de Obregon; Peña se apresuró á rectificar diciendo:—Fulano (es decir Espinel) es su verdadero nombre, que por venir tan mal parado debe de disfrazarlo.
Cotejando los hechos en que Espinel refiere haber intervenido con las fechas de estos acontecimientos históricos, preciso es confesar que existe una perfecta, absoluta correspondencia sin que jamás se le sorprenda en el menor desliz: de modo que lo que narra lo cuenta, no como el contemporáneo que recuerda lo que ha oido, sino como el testigo que tiene presente y muy presente hasta el menor detalle de lo que ha visto. Á fines de 1578, en efecto, desembarcó en Génova; por Alejandría de la Palla, de donde era gobernador D. Rodrigo de Toledo, pasó á Milan, donde esta vez no se detuvo, continuando su marcha á Flandes, y yendo á parar al ejército que mandado por Alejandro Farnesio, príncipe de Parma, desde la muerte de D. Juan de Austria, disponíase á dar el asalto general de Maestrich, uno de los hechos de armas más grandiosos de aquella época militar. Allí encontró á D. Hernando de Toledo, el tio, y á D. Pedro de Toledo, marques de Villafranca, en quienes, como en todos los de la casa de Alba, la amistad á Espinel era cosa como del hogar ó de la sangre; allí al ingenuo caballero D. Alonso Martinez de Leiva, á quien el mar de Irlanda en 1588 abrió la tumba, al más dulce prodigio de las musas; allí, por último, á aquel bizarro príncipe Octavio de Gonzaga, casado con D.ª Sicilia de Médicis, en cuya morada en Milan y Mántua el poeta de Ronda habria de hallar luego la hospitalidad más noble y la proteccion más espléndida. Con solo repasar el libro de las Rimas se viene en conocimiento de lo que fueron estos príncipes para Espinel. Á D. Hernando de Toledo, el tio, dedicada está aquella Égloga, sublime, resúmen de la historia de sus amores con doña Antonia de Calatayud[15], en Salamanca y Sevilla; en las dos Canciones á los jóvenes consortes Gonzaga y Médicis, de la casa ducal de Mántua, se espresa la abundante felicidad que aquellos ilustres magnates derramaron con su favor en el alma de Espinel. Desde la rendida fortaleza del Brabante el poeta siguió á Octavio de Gonzaga en la vuelta para Milan, y aquí el generoso príncipe, con ocasion de la muerte y los funerales de la reina doña Ana de Austria, que en la capital de Lombardía se lloró con soberbias exequias, colmóle de honor, haciendo que á Espinel se le designase para las leyendas en verso castellano y latino que habian de adornar el túmulo levantado en la incomparable catedral para la fúnebre solemnidad en que él mismo celebró despues haber oido la palabra inspirada del santo arzobispo, Cárlos Borromeo, en el elogio póstumo de tal reina. Tambien los versos castellanos que entonces Espinel compuso forman parte de sus Rimas desde el fólio 100 al 103.
Aunque en los tres años, próximamente, que residió el poeta en Lombardía, quéjase de no haber disfrutado salud, ni de haber hecho en ellos cosa alguna literaria de importancia «por lo poco que entre soldados se ejecutan los actos del ingenio,» casi todas las composiciones que escogió despues para coleccionarlas, fueron escritas en Italia. Concurriendo allí diversas naciones de franceses, alemanes, italianos y españoles, él mismo confiesa que hubo de escoger el latin para entenderse. Por último, en el Descanso V, de la Relacion III, dice que en Milan concurria á casa de D. Antonio de Londoño, presidente de aquel magistrado[16], muy sabio en las artes filarmónicas, en cuya morada habia siempre junta así de excelentísimos músicos, como de voces y habilidades, donde se hacia mencion de todos los hombres eminentes de la facultad. «Tañian, añade Espinel, vihuelas de arco con grande destreza, tecla, arpa, vihuela de mano por excelentísimos varones en toda clase de instrumentos.» Todo esto revela que la permanencia de Vicente Espinel en Italia, lejos de ser perdida, fuéle muy provechosa, pues allí pudo perfeccionarse y perfeccionó de hecho sus facultades, como se notará más adelante, cuando en ellas veámosle encontrar el más sólido refugio de su vida. No dejó de luchar, sobre todo con la escasez, que fué el torcedor perpétuo de sus gustos mientras vivió; y en su propio testamento, hecho cerca de medio siglo más tarde, todavía debia acordarse de los apuros que pasó en Milan, cuando dictaba al escribano Juan Serrano:—«Item, declaro que debo en la ciudad de Milan, en Lombardía, veinte ducados á un mercader que se llama Ludovico Mato de Recto, de un ferreruelo de gorgueran que me vendió habrá tiempo de treinta y seis años, los cuales quiero que se le paguen, y si fuese muerto á sus herederos, y caso que no los haya el señor Maestro Franco se los diga de misas para sus almas.»
Cansado de la vida militar, puesta la vista en el porvenir y viéndose en el promedio de la vida sin puerto de salvacion para la vejez, trató de regresar á España, mas no sin visitar á Pavía, Turin, Venecia y otras ciudades italianas de gran fama. D. Hernando de Toledo, el tio, le tomó luego muy alegremente en Saona en sus galeras hasta desembarcarle en Barcelona. Pasó á Madrid, donde muchos le conocieron en 1584 y á poco tomó la resolucion de volver á Andalucía, decidido ya á echar la llave al ardor juvenil y á recogerse al amparo de aquella carrera en la que todavía le brindaba algun descanso la próvida fundacion de 1572.
VI.
Todos los actos eficaces de la vida del hombre y del poeta comienzan desde esta época. De sus mal perjeñados apuntes y papeles, y del rico arsenal de su memoria, procuró entresacar aquellas obrillas líricas de la juventud, que formaban el bello ramillete del ingenio y del corazon en la risueña edad de sus alegres mocedades. Enviándolas á la censura de D. Alonso de Ercilla, que confesaba ser de los mejores versos líricos que él habia visto[17], desde la primera página declaró Espinel el objeto que se proponia al intentar publicarlos, con aquel bello soneto, que le sirvió de introduccion y es sin duda uno de los mejores que hay escritos en castellano.
Dice así:
Estas son las reliquias, fuego y hielo,
Con que lloré y canté mi pena y gloria,
Que pudieran ¡oh España! la memoria
Levantar de tus hechos hasta el cielo.
Llevóme un juvenil, furioso vuelo
Por una senda de mi mal notoria,
Hasta que, puesto en medio de la historia,
Abrí la vista, y ví mi amargo duelo.
Mas retiréme á tiempo del funesto
Y estrecho paso, dó se llora y arde,
Ya casi en medio de las llamas puesto:
Que, aunque me llame la ocasion cobarde,
Más vale, errando, arrepentirse presto,
Que conocer los desengaños tarde.
Tal vez á su regreso de Italia, Espinel habia ya perdido sus padres en Ronda. Ello es que al volver á Andalucía, no se dirigió desde luego á la ciudad que le vió nacer, sino á Málaga, á echarse en brazos de su antiguo amigo y camarada don Francisco Pacheco de Córdoba, que desde 1575 ocupaba la mitra de esta diócesis, y desde Málaga, por la costa de Marbella, á la Sauceda de Ronda, en una de cuyas pequeñas poblaciones de la propiedad del duque de Arcos, Casares, á la orilla derecha del Guadiaro, residia aquel Pedro Ximenez de Espinel, hermano de Juana Martin, madre del poeta, de quien éste hace la descripcion, presentándolo como el hombre perfecto de la filosofía natural en la sencillez de su trato, en la templanza de sus costumbres, en la prudencia de su consejo y en la modestia y rectitud de su sano discurso. Ciertamente aquellas dos visitas fueron para nuestro protagonista del mayor interes, pues por los hechos posteriores resulta como indudable que si con la primera se allanó el camino para su ingreso al sacerdocio, con la segunda debieron removerse cualesquiera clase de obstáculos que para el disfrute de la desamparada capellanía hubieran surgido desde 1572. No obstante, es de presumir que, conocidas sus intenciones en Ronda por las emulaciones y envidias que en el país natal levanta siempre toda capacidad que sabe elevarse sobre el nivel comun, se trató de suscitarle inconvenientes, cuyas asperezas Espinel procuró limar mediante aquella Cancion á su patria, uno de los poemas más ardientes que brotaron de su lira, y en que humilde, modesto, postrado, pidió á su cuna nuevo amoroso regazo y á sus compatricios benevolencia y proteccion. Tambien se duda de que nunca las obtuviera, pues por aquel tiempo dirigió á su nuevo Mecenas, el obispo de Málaga, Pacheco de Córdoba, la enérgica Epístola, donde sin declinar nada de las licencias de su juventud, apostrofaba á sus enemigos y condenaba la ruindad de las pasiones que contra él concitaban, con el vigor y la elocuencia propias de su pluma varonil abandonada á los arrebatos de su altivo corazon. Hé aquí algunos de estos robustos tercetos:
Bien sé, que yendo la razon delante,
De virtuoso no merezco el nombre,
Más que de docto y sabio un ignorante;
Bien sé que no soy ángel, sino un hombre,
Y no quizá de inclinacion tan buena,
Que de Florencia y de Turin se asombre.
Tuve en la juventud, de abrojos llena,
Virtudes pocas, abundantes vicios,
Que me amenazan con ardiente pena.
De la templanza traspasé los quicios:
De Baco y Céres ocupé el regazo;
Y en Chipre hice alegres sacrificios.
De mal sufrido tuve mi pedazo;
Y al maldecir de la figura muda
Levanté contra el cielo rostro y brazo.
Acostumbré, con libertad desnuda,
Decir mi parecer al más pintado
En torpe estilo ó con razon aguda;
Algo fuí maldiciente y confiado;
Juez severo; en alabar remiso;
Á todos los extremos inclinado;
Tal vez Gorgonio fuí, tal vez Narciso;
Y para no cansaros ni cansarme,
Dejé el humor correr por donde quiso.
Yo lo confieso: pueden condenarme
Por mi dicho, mejor que por mi dicha:
Que ni quiero, ni quieren perdonarme...
Tras esta confesion leal é ingénua, aunque valiente, el poeta revuelve, como quien de su superioridad tenia tan hecha la conciencia, contra sus detractores, y así los apostrofa:
¿De qué le sirve aquel andar compuesto
Al virtuoso, trafagando el mundo,
Á mil peligros y borrascas puesto;
Andar surcando el ancho mar profundo,
Seis dedos de la muerte, en pino y brea,
Sujeto al soplo de Eolo furibundo;
Atravesar de la biforme y fea
Scila y Caribdis el estrecho seno,
Por ver el monte dó llegar desea;
Si un torreznero, de malicias lleno,
Y de cecina y nabo el tosco pancho,
De ciencia falto y de virtud ajeno,
Se ha de poner repantigado y ancho
Á escudriñar las cosas reservadas
En su estrecha pocilga y bajo rancho?
¡Oscuras sabandijas levantadas
Del polvo de la paja, y de la escoria
De las putrefacciones engendradas!
¿Podreis meter la mar en una noria;
Tener el viento en un costal atado;
Cubrir el sol, privarnos de su gloria?
Ni más ni menos estará encerrado
En vuestro pecho aquel profundo abismo
De la virtud, á pocos reservado.
Entre la discrecion y el barbarismo,
¿Qué parentesco dais? ¿Qué descendencia
Entre la ciencia y vuestro ingenio mismo?
Entre la necedad y la prudencia
¿Qué símbolos hallais: que á tanto llega
De un atrevido pecho la insolencia?
¡Oh carcoma infernal! ¡oh envidia ciega,
Rabioso cáncer que en el alma imprime
Gota coral que al corazon se pega!
Envidia es ocasion que no se estime
Al virtuoso, y que le den de codo,
Y que, olvidado, á la pared se arrime.
Envidia es ocasion, en cierto modo,
Que no esté puesto en el lugar más alto,
Quien vos sabeis, y sabe el mundo todo...
En medio de estas adversidades, tal vez inesperadas, Espinel completó sus estudios de moral en Ronda, y llegó de una en otra á todas las órdenes del sacerdocio en Málaga. Es lástima que en los archivos de aquella mitra el desórden y el saqueo hayan hecho total estrago de muchos papeles interesantes para la historia, pues contra la desaparicion absoluta de todos los que conciernen al registro de órdenes de aquel tiempo han tenido que estrellarse los esfuerzos de mi querido hermano el licenciado don Leonardo Perez de Guzman, mi colaborador asiduo con su inteligencia, su saber y sus recursos en las investigaciones sobre Espinel, y á quien yo dí el encargo de buscar el modo de puntualizar las fechas que á esta parte de la vida de nuestro protagonista corresponden. Este silencio de los documentos textuales, por fortuna no se prolonga; pues el Archivo general de Simancas, ya desde 1587 nos suministra nuevos instrumentos diplomáticos desde el primer cargo eclesiástico que desempeñó Espinel. Fué éste un medio beneficio en Ronda, el cual hasta aquí se habia atribuido tambien el favor del obispo Pacheco, cuando este prelado se hallaba ya en posesion de la sede de Córdoba, estando vacante la de Málaga, como se advierte por el siguiente documento que traslado íntegro. Dice así:
A su Magestad
Del Dean y cabildo de la Yglesia de Málaga: 4 de Mayo 1587.
Nominacion de medio beneficio de Ronda,
a Vizente Spinel.
«Señor: en la yglesia de la çiudad de Ronda está vaco vn medio benefiçio, por asçension que dél hizo á vn beneficio entero en la misma yglesia el bachiller Joan Reynaldos; para el qual se pusieron edictos, y de las personas que se oppusieron al dicho beneficio se hizo exámen de la çiençia, vida y costumbres y limpieça, como V. Mag.d por sus çedulas tiene ordenado y mandado, y juntos en nuestro cabildo, sede vacante, llamados para la elecçion del dicho beneficio: en el primer lugar, por la mayor parte, salió nombrado Vicente Espinel, vezino de dicha çiudad de Ronda: es clérigo presuítero, buen latino y buen cantor de canto llano y de canto de órgano.—En el segundo lugar salió nombrado, por la mayor parte de los Capitulares, Gonçalo Gil ginete, beneficiado del burgo, vezino asimismo de la dicha çiudad de Ronda: es clérigo, presuítero; dió buena quenta de la gramática y de sacramentos; canta con buena voz.—En el Tercero lugar salió nombrado, por la mayor parte de los Capitulares, BARTOLOMÉ XIMENEZ, clérigo presuítero, vezino asimismo de la dicha çiudad de Ronda y benefiçiado de Villaluenga: Tiene Tres cursos de Cánones; canta medianamente.—Todos estos tres así nombrados Tienen buena opinion de vida y costumbres y son limpios christianos viejos. Vuestra Magestad hará merçéd á aquella su Yglesia que con breuedad se prouea este beneficio por la falta que en ella ay de ministros. Dios guarde la cathólica persona de Vuestra Magestad, de Málaga á quatro de Mayo de 1587 años.—El licenciado don bartolomé abrio, dean.—Su rúbrica.—Diego fernandez, racionero.—Su rúbrica.—Por el Dean y Cabildo de la Santa yglesia de Málaga, FRANCISCO PIÑOSO BARRANTES, secretario.—Su rúbrica.—Al márgen hay un decreto que dice:—Dese al primero.—Hay una rúbrica[18].»
Insoportable debió ser para Espinel la monótona vida de Ronda, bien que por aquel tiempo se hubieran calmado algo las tempestades que la envidia le levantó á su vuelta. Así al menos lo corroboran la Epístola dedicatoria de sus Rimas á su jóven alumno don Antonio Álvarez de Beaumont y Toledo, duque de Alba y de Huéscar, su amigo y su Mecenas; otra Epístola que desde Granada escribió tambien á su no menos estrecho camarada don Juan Tellez Giron, marques de Peñafiel, primogénito de don Pedro Giron, tercer duque de Osuna, tan afecto á poetas como el anterior, y á quien Juan de la Cueva de Gazoza, Luis Barahona de Soto y otros ingenios, dedicaron obras inmortales. Por último, hay otra tercera carta de Espinel en tercetos al doctor Luis de Castilla, mayordomo del jóven duque de Alba, en el mismo sentido que las dirigidas á los dos mencionados egregios magnates. Espinel probablemente pasó á Granada á fines del año de 1589, con ánimo de tomar el grado de bachiller en artes, que desde entonces va junto á su nombre en algunos documentos públicos. En su Epístola al marques de Peñafiel describe con minuciosidad pasmosa de brillantes detalles, el incendio de la casa de un polvorista en Granada, junto á la iglesia de San Pedro y San Pablo, y cuyo fuego propagándose en breve, llevó su horrible estrago hasta el palacio árabe, cuyos destrozos reconoció en 18 de febrero de 1590, de órden del alcaide de la Alhambra, don Miguel Ponce de Leon, el aparejador de las obras reales del alcázar, Juan de Vega.
Todas estas tres cartas están llenas de desaliento y de tristeza, y sobre todo del hastío del suelo patrio. Á Peñafiel Espinel le escribia:
La destemplanza de este invierno frio,
Y entre estos riscos el levante y cierzo
Encojerán al mas lozano brio.
Estoy cual sapo ó soterrado escuerzo,
Cual el lagarto ó rígida culebra
La cerviz corva, sin valor, ni esfuerzo.
Voy á escribir, y el brazo se me quiebra:
Si quiero asir el hilo antiguo roto,
Tiembla la mano al enhilar la hebra.
Ya, gallardo marques, estoy remoto
De mí: que la inclemencia de este cielo
Tiene el ingenio remontado y boto.
Dicen algunos que antes este suelo
Por la estrañeza de estos altos riscos
Dará ocasion bastante al dios de Delo.
¡Mirad qué gusto ofrecerán lentiscos,
Chaparros y torcidas cornicabras
Entre enconosos, fieros basiliscos!
Que aquí todo el lenguaje y las palabras
Es cochinos, bellota, ovejas, roña;
Cultivar huertas y ordeñar las cabras;
Si crece el pan; si el alcacel retoña;
Si Abbu-Hassen promete viento ó pluvia;
Y todo el resto es vértigo y ponzoña...
Entretanto, procurando mejorar de posicion, y habiendo quedado vacante en Santa María la Mayor un beneficio de los enteros, por muerte del bachiller Alonso Gomez, su último poseedor, aspiró á él, presentándose en Coin á las oposiciones ante el obispo de Málaga, D. García de Haro, que sucedió á su favorecedor Pacheco. Á 4 de agosto de 1591 se elevó la propuesta del prelado á la resolucion del Rey. Ocupaba el primer lugar en la terna Alonso Dominguez, bachiller en cánones por Osuna y beneficiado de Marbella, el cual antes habia sido durante once años cura y vicario de Ronda. Otro beneficiado de Santa Cecilia, que tambien habia desempeñado los curatos de Júzcar, Farajan, Córtes y Jimera, y el del Espíritu Santo en la ciudad natal, Juan Perez, iba en el segundo, y en el tercero Espinel, sin mas títulos que el de bachiller en artes, el de su medio beneficio en la Iglesia de Santa María, su conocimiento en el latin y en el contrapunto y su destreza en canto, ansi llano, como de órgano. Esta vez el bachiller Dominguez fué mas afortunado, y Espinel, que acababa de publicar sus Rimas, no se detuvo desde Málaga hasta Madrid. No fué estéril su viaje. Habia en Ronda un Hospital Real, llamado de Santa Bárbara, fundado y dotado desde el tiempo de la reconquista por los señores Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel. Disfrutaba pingüe renta con los acrecentamientos que despues se le habian ido agregando, y tenia un capellan de nombramiento real y con consignacion no escasa para los ministerios espirituales. El licenciado Francisco Diaz Gil, habia sido el primero en este oficio que sirvió por espacio de mas de treinta años desde 1520, en que el emperador Cárlos V organizó aquella fundacion. Sucedióle hasta edad muy avanzada el licenciado Pedro Diaz Cansino, y á su muerte, ocurrida en la primavera de 1591, la ciudad nombró capellan interino entretanto que S. M. resolvia. No se allanó á aprobar esto el obispo de Málaga, y en tal disputa Espinel, presentándose en Madrid, obtuvo que en él se resolviese la cuestion. Mal sentó en la ciudad su nombramiento; pero él quiso salvar el conflicto, quedándose personalmente en Madrid á caza de pretensiones mas ventajosas y nombró para el Hospital Real de Ronda sustituto en el licenciado Gabriel Espinosa de los Mossos, beneficiado de la Mayor y Comisario del Santo Oficio. Desde entonces comenzó en Ronda una nueva y cruda guerra contra Espinel, de quien se pretendia nada menos que renunciara el cargo. En 12 de enero de 1594 la ciudad elevó un papel al Rey, en el cual le exponia que el Hospital se hallaba abandonado, que el beneficiado Vicente Espinel, á quien dió el Rey su capellanía, «está en essa corte y no la a ydo ni ba a servir, de que a auido algunos ynconvenientes», y por último solicitaba mandase «al dicho uiçente Espinel la baya a seruir dentro de vn mes, donde no que V. mag.d mande nombrar otro capellan, pues no es justo que los pobres padezcan por no querer y a cabo de tanto tiempo.» Por cédula de S. M. mandóse á Espinel fuera á residir su destino; pero él halló medio de excusarlo presentando en 28 de abril instancia acompañada de una informacion de médicos hecha ante el vicario de Madrid, Alonso Serrano, canónigo de Toledo, en la cual el doctor Maximiliano de Céspedes y el licenciado Baltasar de Leon declararon que, á causa del mal de orina y carnosidad que Espinel padecia, á ponerse en camino sin curarse, quedaba su vida en peligro. Á pesar de todo, no fué posible prolongar mucho tiempo este estado, y al cabo, en la primavera de 1595, hizo el poeta su cuarta y última expedicion á su patria.
¿Volvió verdaderamente en ella á los desenfrenos de su juventud? ¿Fueron todo armas de enemistad y venganza contra él? En 1596 por gestiones de Ronda se le quitó el medio beneficio de Santa María, y luego se redactó en su daño una informacion sobre su vida y costumbres desarregladas que el corregidor de Ronda, Alonso de Espinosa Calderon, elevó al Rey en 24 de octubre de 1597. Habiendo sido remitida de órden de Felipe II al vicario de aquella ciudad, se ha perdido este documento y no consta por lo tanto en la copiosa coleccion diplomática de Simancas. Seria curioso verlo. Lo que consta en cambio son ciertas cartas del corregidor citado y de la ciudad en pleno, fechas de 24 de octubre de 1597 y de 18 y 27 de enero de 1598, con las sentidas quejas que las produjeron. Espinosa Calderon acusó á Espinel de que con la renta del Hospital «lo pasa muy bien, sin que en ninguna cosa se ocupe en el servicio de V. mag.d como fundador dél, ni en munchas cosas a questá obligado del seruicio de dios, nuestro señor;... y apurando al capellan lo haga, se escusa con dezir no está obligado, ni á otra cosa alguna, ni lo haze mas de tirar la rrenta.» No tuvo efecto este aviso, y entonces se escribió otro, en que se agravaban los cargos y se decia:—«a el presente sirue el dicho ospital Viçente Espinel. Este capellan es hombre de tales costumbres, trato y manera de bibir, que paresce por la ynformacion que va con esta por sus vicios y culpas y excessos y neglixençias y cobdiçia, conviene al seruiçio de dios, nuestro señor, y de Vuestra Mag.d que se sirua Vuestra mag.d de mandar proueer rremedio, mandando nombrar otro capellan qual convenga, porque con rreprehencion ni castigo entendemos no podrá auer rremedio contra lo ques condiçion propia y costumbres antiguas.» Á esta representacion, además de la del corregidor, acompañaban las firmas de los caballeros regidores Diego Ximenez Bustos, Don Bartolomé de Villalon, Rodrigo Espinosa de la Rua, Martin Gonzalez Gil, D. Gutierre de Escalante y D. Gaspar Vazquez de Mondragon. No obstante el castigo para Espinel no debió ser muy duro, pues se satisfizo con nombrar un nuevo sustituto, que lo fué hasta su muerte, en la persona del beneficiado José Ruiz Parra, y en volverse él á la córte á su vida brillante de las letras y del arte que profesaba.
VII.
Á 13 de setiembre de aquel año de 1598 murió en el Escorial el rey Felipe II, y no fué antes llegar á Ronda la noticia, que disponer su vuelta á la córte el inquieto capellan de Santa Bárbara. Al principio de 1599 entró en Madrid, y para mayo del mismo año ya se le habia dado colocacion permanente, en uno de los cargos que más podian halagar la idea que él mismo tenia de sus propias habilidades. La facultad y los conocimientos musicales de Espinel, y su invencion de la quinta cuerda de la guitarra española, más bien han sido considerados hasta aquí, como adorno de su persona y perfeccion de su ingenio, que como progresos positivos en una profesion, que á él le valió en vida tanta dignidad como el sacerdocio. El papel que en el arte divino ha representado siempre la guitarra no ha sido por otra parte, el más adecuado para conceder importancia á los adelantos reflejados sobre este instrumento. Sin embargo en el acto I, escena 8.ª de la Dorotea hace Lope de Vega decir á Gerarda:—«Á peso de oro avíades vos de comprar un hombron de hecho y de pelo en pecho, que la desapasionase de estos sonetos y de estas nuevas décimas ó espinelas que se usan; perdóneselo Dios á Vicente Espinel, que nos trujo esta novedad y las cinco cuerdas de la guitarra con que ya se van olvidando los instrumentos nobles.»
El doctor Cristóbal Suarez de Figueroa en su Plaza universal de todas las ciencias en 1615, llamó á Espinel, autor de las sonadas y cantar de sala, al tratar de los tañedores insignes de guitarra como Benavente, Palomares, Juan Blas de Castro y otros. El portugués Nicolas Doyzi de Velasco, músico de S. M. y del Sr. Infante Cardenal D. Fernando, en su Nuevo modo de cifra para tañer la guitarra que publicó en 1630 en Nápoles, hallándose al servicio del virey duque de Medina de las Torres, dijo que en Italia, en Francia y las demás naciones llevaba la guitarra el nombre de española, desde que Espinel, á quien conoció en Madrid, la aumentó la quinta cuerda, á que llamamos prima, con lo que quedó tan perfecta como el órgano, el clavicordio, el arpa, el laud ó la tiorba, y aun más abundante que estos instrumentos. De la misma invencion de Espinel dedujo la perfeccion que la otorga el licenciado Gaspar Sanz en su Instruccion de música sobre la guitarra española, que publicó en 1674 en Zaragoza y dedicó á D. Juan José de Austria, el bastardo de Felipe IV. El mismo Lope de Vega, apenas nombra una sola vez á Espinel en alguna de sus obras, y lo nombra en muchas, sin celebrar al músico tanto como al poeta. En su dedicatoria de El caballero de Illescas dice á Espinel que el bello arte «no olvidará jamás en los instrumentos el arte y dulzura de vuesa merced.» En la dedicatoria de La viuda valenciana, á D.ª Marta de Nevares, haciendo encomios de las bellas prendas que adornaban á esta señora, dijo Lope de Vega tambien: «si toma en las manos un instrumento, á su divina voz é incomparable destreza el padre de la música, Vicente Espinel, se suspendiera atónito.» Que esta era opinion comun entre los contemporáneos, no es preciso acreditarlo con los pasajes del Márcos de Obregon que á ello se refieren: basta registrar los libros dogmáticos ó rituales de la música de aquel tiempo, y muchos son los que entre sus precedencias contienen la autorizada firma de Espinel en el catálogo de sus censuras. Sabido es que estas no se confiaban sino á personas competentes en lo que habian de examinar. Sirvan de ejemplo los Tres cuerpos de música, compuestos por Juan Gil de Esquivel Barahona, racionero y maestro de capilla de la catedral de Ciudad Rodrigo, los cuales son misas, magnificat, himnos, salmos y motetes y otras cosas tocantes al culto divino, todo conforme al rezo nuevo, que por mandado del Sr. D. Martin de Córdova, presidente del Consejo de la santa Cruzada, aprobó Espinel en diciembre de 1611, hallando en ellos «muy apacible consonancia y gentil artificio y música de muy buena casta así en lo práctico, como en lo teórico.»
Seria un error creer que Espinel no sacara el debido provecho de esta tan educada capacidad que poseia; así se le vió en 1599, salir de Madrid para Alcalá de Henares, en cuya Universidad se graduó aquel año de Maestro en artes, y desde la regia academia, fundada por el cardenal Ximenez de Cisneros, dirigirse á la Capilla del obispo de Plasencia, cuyo protector D. Fadrique de Vargas Manrique le tenia reservado una plaza de capellan con 30,000 mrs. anuales de emolumentos y 12,000 más como Maestro de la linda capilla de música de que estaba dotada aquella fundacion y por enseñar á los seizes. Nada más curioso que registrar en los libros de cuentas de aquel tiempo las partidas otorgadas á Espinel por gastos de su ministerio en la capilla del obispo. En el libro II de dichas cuentas, á la primera vista que por ellas se pasa en las de 1599, al fól. 29 vto. se tropieza con esta partida: «Item, da por descargo (el capellan mayor licenciado Alonso Hernandez) 46 rs. que pagó por un libro de las Magníficas, para la dicha capilla, como pareció por certificacion del maestro de capilla Espinel.»—En las de 1601, al fól. 45 vto. tambien se le aprobó al mayordomo y capellan, Juan de Arganda, el siguiente capítulo: «Item: se le reciben y pasan en cuenta 3 rs. de una mano de papel que dió al Maestro Espinel para los villancicos.» En la capilla del obispo Vicente Espinel perseveró hasta el término de sus dias, y aunque algunos meses antes de su muerte ascendió por antigüedad al cargo de capellan mayor, que era el último grado de los que en ella se obtenian, nunca dejó el de maestro de la de música, pues todavía en las cuentas de 1622 y de 1623, se hallan capítulos como los siguientes:—1622—«Recíbense en cuenta al dicho mayordomo (Gabriel del Espinar) 8000 mrs. por tantos que pagó al maestro Espinel, maestro de capilla, de su salario de ocho meses.»—1623—«Mas se le pasan en cuenta al dicho 4000 mrs. por tantos que pagó al maestro Espinel, maestro de capilla, del salario de cuatro meses.»—¿No son estas noticias tan auténticas, un solemne mentís contra los que hasta aquí han venido sosteniendo que, pobre é imbele pasó Espinel el resto de sus dias, recogido en el asilo eclesiástico de santa Catalina de los Donados, que no era sino un Hospicio? Pero con esta ligereza está sostenido en España por los hombres más serios y de reputacion más voluminosa, todo lo que hasta aquí está escrito en materia de biografía y de historia.
La época más brillante de la vida de Espinel, es la que corre por todo este tiempo hasta el término de sus dias. Cervantes le llamaba amigo; Lope de Vega maestro, como en nuestro siglo Espronceda, Ventura de la Vega, Pezuela, Pardo, Escosura daban este mismo nombre al venerable Lista. Apenas habia solemnidad literaria que Espinel no graduara con su presencia, ni produccion de ingenio de aquella edad que no se ufanara con su censura. Cuando al estilo de Italia se importaron á España las Academias poéticas bajo la proteccion de los Príncipes y Grandes, la de Madrid y su protector D. Félix Arias Giron, de la casa condal de Puñonrostro, segun Lope de Vega en su Laurel de Apolo, laurearon con grande aplauso de señores é ingenios á Vicente Espinel, único poeta latino y castellano de estos tiempos. Fundóse en 1608 bajo la proteccion del duque de Lerma, el poderoso favorito de Felipe III, la Esclavonía del Santísimo Sacramento, que no era sino una gran comunidad de grandes y gentes de letras, parecida á lo que ahora es un partido político, y en la que Lerma se apoyaba para sostenerse en el poder, y á ella fué la autoridad del nombre de Vicente Espinel, entre los de la flor de la aristocracia de la sangre y de las letras por aquel tiempo. Se canonizó san Isidro, patron de Madrid, cuyo suceso fué un gran acto de la política de aquel tiempo, y á sus justas y certámenes llevó Espinel el óbolo de sus versos, no por la codicia del premio, sino por tributo de altos respetos. Toda Sevilla leyó en 1609 en manos de Rodrigo Caro una carta de Juan Melio de Sandoval en que le decia:—«El discurso de vuesa merced sobre la definicion de la poesía tiene el señor conde de Lemos con noticia de su dueño, y ha parecido muy bien; como al maestro Vicente Espinel la Cancion á las ruinas de Itálica, que yo se la mostré en la calle Mayor de Madrid, y leyéndola dijo, antes que le dijéramos cuya era:—Este es ingenio andaluz.—Díjele que sí y el nombre. ¡Bien puede vuesa merced creer es buena, pues ha sido graduada por tan gran censurante!»
No prodigó Espinel entonces, ni nunca, los elogios de su pluma, para las precedencias de libros, aunque tampoco por esto debe creerse fué tacaño de su ingenio en las aras de la amistad. El primer libro que en 1586 se autorizó con sus versos laudatorios, fué el Cancionero de Lopez Maldonado. Despues escribió en 1599 un epígrama latino para la primera edicion del Guzman de Alfarache, de Mateo Aleman. En 1599 tambien, habiendo hallado en Madrid un antiguo camarada de las mocedades de Sevilla, D. Antonio de Saavedra Guzman, que á la sazon imprimia su Peregrino Indiano, dióle unos sonetos de alabanza. Con otra poesía para las precedencias del Modo de pelear á la gineta, obsequió en 1605 á D. Simon de Villalobos y Benavides, su amigo en Bélgica, y con otra, en 1610, al capitan Gaspar de Villagrá, que entonces publicó su Historia de Nueva Méjico. Favores idénticos hizo en 1616, 1619 y 1622 respectivamente, á Céspedes y Meneses para su Español Gerardo, al padre Fray Hernando Camargo, fraile agustino, para su Muerte de Dios por vida del hombre y á Gabriel Perez de Barrio Angulo para el Secretario de Señores. Gabriel Laso de la Vega, cuando publicó en 1601 en Zaragoza los Elogios en loor de los tres famosos varones D. Jaime de Aragon, D. Fernando Cortés y D. Álvaro de Bazan, no pidió nuevas obras al númen de Espinel, pero tomó de su poema titulado Casa de la Memoria los elogios que el poeta habia hecho de Bazan y Cortés. Si el antequerano Pedro de Espinosa proyectaba sus Flores de poetas ilustres de España, tributario hacia á su casi paisano de su interesante Antología: del mismo modo que Fray Diego de san José cuando en 1615 describió las fiestas á la beatificacion de santa Teresa de Jesus, y el licenciado D. Pedro de Herrera al celebrar la reedificacion del santo Sagrario de Toledo por el cardenal arzobispo Sandoval y Rojas, cuyas fiestas y regocijos se celebraron con tan espléndido aparato.
Lo mismo se solicitaban sus censuras y aprobaciones. El primero en reclamarlas era el mismo Lope de Vega. En 1615 apareció la Sexta parte de sus Comedias, y Espinel en su aprobacion un año antes, decia solamente que aquel libro era muy digno de imprimirse, para que todos gozaran de sus excelentísimos versos y conceptos. Vino en 1617 la parte séptima, y aquí fué ya más expresivo, contestando puntualmente á los tres extremos que la censura debia abrazar.—«Cuanto á lo primero, decia, no hallo mal sonante, ni cosa que ofenda á la religion y buenas costumbres. Cuanto á lo segundo tienen lenguaje muy cortesano, puro y honesto: las personas guardan la propiedad del arte; de manera que ni el señor se humilla al modo inferior del criado, ni la matrona á la condicion de la sierva, y todo con pensamientos y conceptos ajustados á la materia de que se trata. Cuanto á lo tercero, si pueden imprimirse, digo, que si hay permision y es lícito representarse con los adornos, palabras y talle de una mujer hermosa y de un galan bien puesto y mejor hablado; ¿por qué no lo será que cada uno en su rincon pueda leerlas, donde solo el pensamiento es el juez, sin los movimientos y acciones que alegran á los oyentes? ¿Dónde es más poderosa la vista que el oido? Signia irritant animos demissa per aures: quam quae sunt oculis subjecta fidelibus.» Otra vez en 1617 volvió el Consejo Real á encomendarle el exámen de la Docena parte de las Comedias de Lope, y otra vez él las elogiaba, en lugar de censurarlas, y escribia:—«y porque en esta obra campea la elocuencia española y el vuelo grande de la retórica y poesía de su insigne autor, la cual va acompañada con mucha erudicion de lectura y varia, es bien que se imprima, para que los venideros escritores tengan que imitar y los presentes que aprender.» Para poner cima á la opinion que Espinel tenia de Lope, hay que leer todavía la censura del primero á la Décima quinta parte de las Comedias del segundo, en 1620. Hé aquí las palabras de Espinel:—«Deleita y suspende, dice, con la elegancia, suavidad y pureza del verso; enseña y regala con la abundancia de sentencias morales; edifica con la honestidad y admira con la multitud nunca vista. Es mi parecer, y de toda la república, que será bien recibido que se imprima esto y cuanto de sus manos saliere.» De 1620 á 1622 todavía Espinel tuvo del Consejo la comision de examinar cuatro partes más de estas comedias, desde la décima sexta á la décima nona inclusive. Y por si esto no fuera bastante, tambien en 1622 se le encargaron las de don Juan Ruiz de Alarcon, de las que aplaudió el gentil estilo y los conceptos honestos y agudos.
Otras obras de diversa índole antes y áun despues, hasta 1623, vinieron con este objeto á sus manos; mas por no parecer cansado, solamente citaré la Patrona de Madrid restituida, poema de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, impreso en 1609; la misma Historia de la Nueva Méjico del capitan Gaspar de Villagrá, en 1610; La Filomena de Lope de Vega, de 1621; las Prosas y versos del pastor de Cleonarda, de Miguel Botello de Carvalho, y El mejor príncipe Trajano Augusto del licenciado don Francisco de Barreda, de 1622, y finalmente las Novelas amorosas, de José de Camerino, y las Divinas y humanas flores, de Faria y Sousa, de 1623. Ni es probable que sus dolencias, cada vez más agudas, por la gota que padecia, le dejaran ya en lo corto que le quedó de vida volver á emplearse en ningun género de tareas del ingenio, del juicio ó de la erudicion. Céspedes y Meneses en la introduccion á la Fortuna vária del soldado Píndaro, dice: «era el rigor del más airado y proceloso invierno que vió nuestro siglo en España, últimos y primeros dias de los años de 1623 y 1624: memorias prodigiosas á la posteridad, pues nunca rodearon nuestra península tan contínuas y perdurables nieves.» Si la edad y los padecimientos no vencieran ya por esta época á Espinel, ellas bastaran para agotar la salud, en una naturaleza, toda fogosa, á quien dañaban extremadamente las humedades y los frios. Espinel no pudo resistir la crudeza de aquel invierno. Rodeado en su lecho de muerte por perennes amigos, el primero de febrero de 1624, otorgó su testamento ante Juan Serrano, hallándose presente el padre Fray Felipe de Madrigal, de la órden de Santo Domingo, Juan Ruiz Aragonés, Francisco Sotomayor, Custodio Sohotes y Martin Lopez. Dejó por albaceas y testamentarios al maestro Franco Alonso, cura de San Andrés y al licenciado Jerónimo Martinez, capellan de la capilla del obispo de Plasencia, de que Espinel era presidente. Instituyó su heredero á su sobrino Jacinto Espinel Adorno, que residia en Ronda. Entregóse despues á los cuidados del alma, y el dia 4 del mismo mes de febrero de 1624 entregó al Criador su espíritu, en su habitacion de la mencionada capilla, siendo enterrado el cuerpo en la bóveda de San Andrés, para cuya fábrica de sepultura consignó en el testamento cuatro ducados.
VIII.
¿Termina verdaderamente con la muerte la biografía de Vicente Espinel? No hay escritor español sobre cuyas obras más se haya discutido. Todo el siglo XVII permaneció Espinel en el más profundo olvido, sobre todo desde que con la muerte de Lope de Vega Carpio y de don Francisco Gomez de Quevedo desaparecieron tambien sus dos últimos amigos. Desde el primer tercio del siglo XVIII volvió á estar otra vez Espinel en moda; pero de la manera más desagradable que pueden ponerse á la polémica del dia las obras y el ingenio de un autor. Ademas de la invencion de la quinta cuerda de la guitarra, debíase á nuestro poeta la de una nueva combinacion métrica y rítmica en nuestra poesía, combinacion de tal llaneza y flexibilidad de estructura, que muy luego fué aceptada por todos nuestros poetas, inundando el Parnaso con las composiciones escritas en el nuevo metro. Llamóse este, décima ó Espinela, de su inventor Espinel, como los versos sáficos de Safo[19]. Aunque esta verdad no admitia réplica y todo el mundo la sabia, la erudicion pedante, esa que no se entretiene sino en fátuas fruslerías y que no se para en deslustrar glorias, con tal de hacer entender que el que hace de ella su profesion posee la quinta esencia de la más sutil sabiduría, trató de arrebatar este parco honor á la memoria del poeta, pretendiendo sostener que las estrofas de diez versos octosílabos eran conocidas y usadas desde mucho antes que Espinel viniese al mundo. No era así enteramente: antes de Espinel se componian estas estrofas con la reunion de dos quintillas, completamente distintas entre sí, en la segunda de las cuales se pareaban indeclinablemente los consonantes de los dos primeros versos. Cualquiera de los poetas de casi todo el siglo XVI nos ofrece abundantes ejemplos de este género de composicion. El mismo Miguel de Cervantes Saavedra coetáneo de Espinel, las prodigó bastante, antes de conocer la invencion de su docto amigo; y hé aquí cómo las construia, segun se encuentran entre los versos laudatorios que preceden al antes referido Cancionero de Lopez Maldonado.
Bien donado sale al mundo
Este libro, dó se encierra
La paz de amor y la guerra
Y aquel fruto sin segundo
De la castellana tierra,—
Que, aunque la da Maldonado,
Vá tan rico y bien donado
De ciencia y de discrecion;
Que me afirmo en la razon
De decir que es bien-donado.
El sentimiento amoroso
Del pecho más encendido
En fuego de amor, y herido
De su dardo ponzoñoso,
Y en la lid suya cogido;—
El temor y la esperanza
Con que el bien y el mal se alcanza
En las empresas de amor
Aquí muestra su valor,
Su buena ó su mala andanza...
Cito la composicion que conozco más perfecta y que más se acerca á la estructura de la décima inventada por Espinel, por lo mismo que la diferencia que entre una y otra combinacion métrica existe, es tan fácil de observar. La décima de Espinel constituye una composicion tan perfecta como el soneto, sin sus pretensiones heróicas, por cuya razon ha sido siempre preferida á éste para expresar un pensamiento completo, aunque más sencillo que el que al soneto corresponde. La décima se compone de dos estrofas de cuatro versos octosílabos cada una con consonantes del primero con cuarto, y del segundo con tercero, entre las que se introducen otros dos versos octosílabos auxiliares del pensamiento para ligar entre sí la tésis y la conclusion: los consonantes de estos dos auxiliares se ligan el primero con el cuarto y el segundo con el séptimo. La tésis de la composicion, en la décima, se presenta y desenvuelve en la primera redondilla; el silogismo para la prueba del pensamiento se establece en los dos versos posteriores, y la segunda cuarteta completa con perfeccion el raciocinio poético. Esto no era lo conocido ni practicado antes de Espinel, aparte del elemento armónico en la rima de su nueva composicion. Espinel sólo nos dejó un modelo de su obra: aquellos versos que comienzan así:
No hay bien que del mal me guarde
Temeroso y encogido,
De sin razon ofendido,
Y de ofendido cobarde.
Y aunque mi queja ya es tarde,
Y razon me la defiende,
Más en mi daño se enciende:
Que voy contra quien me agravia,
Como el perro, que con rábia
Á su propio dueño ofende.
Ya esta suerte, que empeora,
Se vió tan en las estrellas,
Que formó de mí querellas,
De quien yo las formo ahora.
Y es tal la falta, señora,
De este bien, que de pensallo
Confuso y triste me hallo,
Que si por vos me preguntan
Los que mi daño barruntan,
De pura vergüenza callo...
¡Lástima grande que un nombre tan ilustre como el de D. Gregorio Mayans y Císcar fuese el que se distinguiera más en esta clase de acérrima oposicion al mérito de esta invencion!
No habia de estar, sin embargo, solo entre los impugnadores de las obras del infortunado poeta de Ronda. Al fin de las Rimas, impresas en 1591, Espinel, que presumia de gran latino y de buen discípulo de Horacio, habia publicado una traduccion de la Epístola á los Pisones, dedicada á D. Pedro Manrique de Castilla, de la casa de los Vargas, que fueron siempre tan favorecedores suyos. Era la primera traduccion del Arte poética de Horacio que se hacia en castellano y una tambien de las primeras en las lenguas neolatinas. Comentaristas del preceptista del Lacio los habia á centenares dentro y fuera de España; pero estos comentarios estaban escritos en latin bárbaro moderno y abundaban más en audacias pedantescas que en sabia doctrina para la mejor inteligencia del texto. Por último, todos los datos que resultan del exámen de la traduccion de Espinel, y sobre todo el de su defectuosa versificacion castellana, inducen á sospechar que esta fué ensayo de sus primeros aleteos poéticos, probablemente practicado en las mismas escuelas rondeñas de Juan Cansino, antes de visitar por vez primera las celebradas aulas de Salamanca. Ni en bien ni en mal se habia ocupado la crítica de esta produccion, ciertamente la menos pretenciosa de Espinel, cuando proyectando D. Juan José Lopez Sedano comenzar la publicacion de su Parnaso Español en 1768, ocurriósele encabezar su obra con la produccion poética del Arte de Horacio, hecha por nuestro poeta. Verdaderamente ningun editor que publica un libro, empieza por desacreditarlo; antes bien lo encomia y prepara á fin de que obtenga el favor del público. Esto hizo Lopez Sedano con aquella obrilla, y esto bastó para alborotar los nervios al famoso D. Tomás Iriarte, que no tardó en abrir en las Gacetas de la época la polémica más descomunal contra la traduccion, contra el editor, contra Espinel y contra el Parnaso. El secreto de esta contienda estaba en que Iriarte, valiéndose de un inmenso catálogo de traductores y comentaristas, principalmente franceses, posteriores al poeta de Ronda, los más modernos y aun casi modernísimos, habia emprendido una nueva traduccion del Arte poética en verso castellano, y él, como apasionado autor, la creia la mejor cosa que se habia hecho en el mundo. Por otra parte con la discusion arrebatada, casi escandalosa, lograba llamar y aun interesar la opinion hácia su nueva obra.
La traduccion de Iriarte no oscureció la de Espinel, aunque el nombre de éste fué objeto de toda clase de irreverencias, y el migajon de la disputa se contiene en varios folletos de la época, de estéril y cansada lectura. La primera impugnacion de Iriarte se halla en el tomo IV de la Coleccion de obras en verso y prosa de D. Tomás Iriarte, (Madrid: impr. de Benito Cano: 1777). Contestó Lopez de Sedano en las Notas al tomo IX y último del Parnaso Español, (Madrid: impr. de D. Antonio de Sancha: 1778, pág xlvj á ljv). Replicó nuevamente Iriarte en el tomo VI de sus obras (1783) con un largo folleto titulado: «Donde las dan las toman, diálogo joco-serio sobre la traduccion del Arte poética de Horacio y sobre la impugnacion que de aquella obra publicó D. Juan José Lopez de Sedano al fin del tomo IX del Parnaso Español,» y finalmente en dos volúmenes en octavo y bajo el pseudónimo del doctor D. Juan María Chavero y Eslava, vecino de la ciudad de Ronda, dió Lopez de Sedano en 1785 á las prensas de D. Félix de Casas y Martinez, en Málaga sus «Coloquios de la Espina entre D. Tirso Espinosa, natural de la ciudad de Ronda y un amanuense natural de la villa del Espinar, sobre la traduccion de la Poética de Horacio hecha por el licenciado Vicente Espinel y otras espinas y flores del Parnaso Español.» La disputa fué cansada, larga y fatigosa, y aquí no queda más espacio que para dar la noticia ya apuntada.
Lo mismo casi tengo que hacer con la cuestion más importante que suscita el nombre de Espinel, despues de la larga y honda polémica de carácter nacional á que han dado ocasion los raptos verificados en sus obras por el novelista francés Mr. Alain René Le Sage y la publicacion del Gil Blas de Santillana. Dos acusaciones casi simultáneas cayeron en el siglo último sobre el autor francés poco escrupuloso, que ha usurpado á la fama española una de esas reputaciones, que en la esfera intelectual los frívolos escritores de Francia deben con suma frecuencia á los robos que practican sobre las literaturas extranjeras. La primera de estas denuncias se hizo en la misma Francia, por uno de los hombres de más verdadero mérito propio que aquel país ha producido; por el mismo Mr. Voltaire, el cual describiendo el siglo de Luis XIV, al llegar á la figura, poco noble por sus escritos de Mr. Le Sage, y al referirse á su novela del Gil Blas, que por aquel tiempo alborotaba á la opinion dentro y fuera de su país, decia textualmente:—«il est entiérement pris du roman espagnol intitulé La vidad del Escudiero Dom Márcos d’Obrego.[20]» Cuidaron los franceses, solícitos guardadores del honor patrio, de tener velada esta acusacion de Voltaire, la cual no demuestra ciertamente la ligereza que le han atribuido despues en su juicio los escritores que por defender el prestigio de la literatura nacional se han puesto del lado del plagiario, sino por el contrario, que aunque Voltaire no se habia detenido en hacer un prolijo cotejo capítulo por capítulo entre la obra de Espinel y la de Le Sage, ni una ni otra le eran desconocidas y aun que guardaba bien frescas y puntuales reminiscencias de las dos.
En 1787 apareció en Madrid bajo el pseudónimo de D. Joaquin Federico Is-salps, anagrama del nombre del P. Jesuita José Francisco de Isla, una traduccion española de la obra de Le Sage, que ya habia recorrido el mundo, hallando por todas partes aplausos é imitadores, con el título de Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas á España, y adoptadas en Francia por Mr. Le Sage: restituidas á su patria y á su lengua nativa por un español celoso que no sufre se burlen de su nacion. En su Conversacion preliminar el P. Isla no atribuia á Espinel la paternidad de la obra; pero sostenia que habia sido sacada de original español. Por último, sin tener conocimiento de las obras, ni mucho menos de los juicios de Voltaire, el diligente vicario de Ronda, secretario que habia sido del obispo de Málaga, D. Jacinto José de Cabrera y Rivas, hombre frenéticamente entusiasta del autor de Márcos de Obregon, mantuvo de 1793 hasta 1819 frecuente trato literario con Don José Lopez de la Torre Ayllon y Gallo, con el que sostenia que el autor verdadero del Gil Blas era Vicente Espinel, en corroboracion de lo cual le trasladaba repetidos pasajes de aquella obra y su correspondencia idéntica con otros del Márcos de Obregon, para que se viera la verdad de lo que aseveraba. No habian dejado de causar impresion por Europa las indicaciones del P. Isla á las que se unieron otros trabajos publicados en Paris por el escritor español don Juan Antonio Llorente. Entonces á título de abogado defensor de la nacion francesa, como él mismo se decia, salió á la palestra el conde Francisco de Neufchateau, miembro del Instituto de Francia y Ministro del Interior que habia sido, ante cuyo adversario elevando Llorente nuevas Observaciones críticas al seno de la misma Academia francesa, generalizó la erudita discusion, logrando tomaran parte en ella los literatos de todas las naciones. En esta cuestion, aunque literaria, del mismo modo que en todas cuantas afectan á España, harto visiblemente se han dibujado en el campo de la contienda las simpatías históricas y tradicionales. Quiso hacer la crítica británica alianza con la de Francia, y Walter Scott, hallándose en la cima de su crédito, declaró sin exámen, que Le Sage era un escritor completamente original; M. Everet, norte-americano aspiró á poner la cuestion en la balanza de la justicia; el aleman Ludwig Tieck aplicó á su censura todos los recursos de un análisis concienzudo y demostró que en el Gil Blas todo eran raptos de la literatura española, á escepcion del estilo ligero, irónico y gracioso del escritor frances. Despues de la defensa de Llorente, España no ha vuelto á decir una palabra, y en tal estado se hallaria el asunto, si los escritores franceses viéndose horriblemente cogidos en el doble lazo del análisis y de la crítica, no se hubieran resuelto espontáneamente á transigir. Todos los pasajes hurtados á la novela y á la comedia española por Mr. Le Sage, están ya perfectamente deslindados. Gran parte de ellos, en efecto, corresponden á las Relaciones de la vida del Escudero Márcos de Obregon del maestro Vicente Espinel, como Voltaire con gran firmeza de penetracion y de criterio aseveró: de modo que la ligereza sólo ha estado en aquellos escritores que sin exámen negaran lo que tan fácilmente habia de corroborar despues el más leve trabajo de comparacion. Mr. Baret en estudios especiales sobre este asunto fija en diez los lugares del Gil Blas en que el Márcos de Obregon fué traducido por Le Sage; pero en esto no ha hecho sino seguir servilmente lo apuntado por el aleman Tieck, el cual declara en el prólogo de su traduccion de la obra de Espinel, que por la pérdida de algunos papeles donde conservaba sus apuntes, no ha podido puntualizar todas sus observaciones de la manera que lo habia hecho en la idea del prefacio de Gil Blas donde se ha tomado la anécdota de los estudiantes de la introduccion del Márcos del Obregon; en la historia del barbero Diego de la Fuente; en la aventura de la cortesana Camila; en la de la casa de los ladrones; en la de los amores del barbero con D.ª Margelina, etc. Con esto se ha dado por concluido el pleito.
Ciertamente se me tachará de dejar aquí la cuestion incompleta, cuando ningun lugar parece más oportuno para dilucidarla. No puede ser así, sin embargo; trabajos de esta índole para ser completos demandan el auxilio de largos textos, y necesitaria para un cómodo desenvolvimiento de los estudios que tengo practicados, un tomo de mayores proporciones que la suma de todo el actual. No es, sin embargo, obligacion que declino, y me reservo llenarla, como antes dije, en coyuntura mejor. Entre tanto no puedo menos de sentirme lisonjeado en haber sido el primero en bosquejar aquí, como ya queda bosquejado, el rápido cuadro de una vida bastante ignorada hasta ahora por nuestros hombres de letras, y que de todas maneras resulta siempre interesante. Autores que, como Vicente Espinel, tienen la honra de que sus obras periódicamente se reproduzcan y frecuentemente promuevan polémicas como las que dejo reseñadas, son siempre primeras figuras en el vasto teatro de la literatura brillante de su nacion. Sus producciones nunca palidecen; y en todo momento en que se impriman de nuevo, su aparicion será oportuna. Las ediciones del Gil Blas de Santillana no podrian fácilmente enumerarse. Todos los idiomas cultos del mundo han vertido del frances esta novela, y el lápiz y el buril harto se han ensayado en trazar los pintorescos cuadros de sus variados episodios. Nunca alcanzará, sin embargo, esta obra francesa el rango de la inmortal española de Miguel de Cervantes Saavedra. La razon es óbvia: el brillante ingenio español del siglo de Felipe II fué el creador sublime de un libro que perpétuamente hablará al corazon y á la mente de todas las generaciones, de todos los hombres, de todos los pueblos. El Gil Blas de Santillana, aunque en círculo más estrecho, pues está desprovisto de idealidad, será tambien un libro universal; pero no su pretendido autor, pues suprimidos diversos ingenios españoles, de quienes tomó las diversas partes de su obra, y muy principalmente Vicente Espinel que en el Márcos de Obregon le proporcionó los mejores materiales, queda de todo punto suprimido, como Voltaire pretendia, el carácter buscon y plagiario del decantado Le Sage.
Juan Perez de Guzman.
Madrid 5 de Mayo de 1881.
PRÓLOGO DEL AUTOR.
Muchos dias, y algunos meses y años estuve dudoso si echaria en el corro á este pobre Escudero, desnudo de partes y lleno de trabajos, que la confianza y la desconfianza me hacian una muy trabada é interior guerra. La confianza llena de errores, la desconfianza encogida de terrores; aquella muy presuntuosa, y estotra muy abatida; aquella desvaneciendo el celebro, y ésta desjarretando las fuerzas; y así me determiné de poner por medio á la humildad, que no solamente es tan acepta á los ojos de Dios, pero á los de los más ásperos jueces del mundo. Comuniquélas con el Licenciado Tribaldos de Toledo, muy gran poeta latino y español, docto en la lengua griega y latina, y en las ordinarias hombre de consumada verdad; y con el maestro fray Hortensio Félix Paravesin, doctísimo en letras divinas y humanas, muy gran poeta y orador; y alguna parte de ello con el Padre Juan Luis de la Cerda, cuyas letras, virtud y verdad están muy conocidas y loadas; y con el divino ingenio de Lope de Vega, que como él se rindió á sujetar sus versos á mi correccion en su mocedad, yo en mi vejez me rendí á pasar por su censura y parecer; con Domingo Ortiz, secretario del Supremo Consejo de Aragon, hombre de excelente ingenio y notable juicio; con Pedro Mantuano, mozo de mucha virtud, y versado en mucha leccion de autores graves que me pusieron más ánimo que yo tenia; y no sólo me sujeté á su censura, pero á la de todos cuantos encontraren alguna cosa digna de reprehension, suplico me adviertan de ella, que seré humilde en recibilla. El intento mio fué ver si acertaria á escribir en prosa algo que aprovechase á mi república, deleitando y enseñando, siguiendo aquel consejo de mi maestro Horacio, porque han salido algunos libros de hombres doctísimos en letras y en opinion, que le abrazan tanto con sola la doctrina, que no dejan lugar donde pueda el ingenio alentarse y recibir gusto: y otros tan enfrascados en parecerles que deleitan con burlas y cuentos entremesiles, que despues de haberlos leido, revuelto, aechado y aun cernido, son tan fútiles y vanos, que no dejan cosa de sustancia ni provecho para el lector, ni de fama y opinion para sus autores. El padre maestro Fonseca escribió divinamente del amor de Dios, y con ser materia tan alta, tiene muchas cosas donde puede el ingenio espaciarse y vagarse con deleite y gusto, que ni siempre se ha de ir con el rigor de la doctrina, ni siempre se ha de caminar con la flojedad del entretenimiento: lugar tiene la moralidad para el deleite, y espacio el deleite para la doctrina; que la virtud (mirada cerca) tiene grandes gustos para quien la quiere; y el deleite y entretenimiento dan mucha ocasion para considerar el fin de las cosas.
En tanto que no tuve determinacion (así por la persecucion de la gota, como por la desconfianza mia) para sacar al teatro público mi Escudero, un caballero amigo me pidió unos cuadernillos de él, y llegando á la noticia de cierto gentil-hombre (á quien yo no conozco) aquella novela de la tumba de San Ginés, pareciéndole que no habia de salir á luz, la contó por suya, diciendo y afirmando que á él le habia sucedido; que hay algunos espíritus tan fuera de la estimacion suya, que se arrojan á entretener á quien los oye, con lo que se ha de averiguar no ser suyo.
Si á alguno se le asentare bien tratar de personas vivas, y alegar con sugetos conocidos y presentes, digo que yo he alcanzado la monarquía de España tan llena y abundante de gallardos espíritus en armas y letras, que no creo que la Romana los tuvo mayores, y me arrojo á decir que ni tantos ni tan grandes. Y no quiero tratar de las cosas que los españoles han hecho en Flandes tan superiores á las antiguas, como escribió Luis de Cabrera en su Perfecto Príncipe, sino de los que nuestros ojos han visto cada dia, y nuestras manos han tocado, como los que hizo Don Pedro Enriquez, conde de Fuentes, con tan increible ánimo; la toma y saco de Amiens, que escribió en sus Comentarios don Diego de Villalobos, donde fué valeroso Capitan de lanzas é infantería, que con un carro de heno y un costal de nueces, seis capitanes tomaron una ciudad tan grande, plataforma y amparo de toda Francia; la felicidad y determinacion con que acuden al servicio de su rey los españoles, poniendo sus vidas á peligro de perderlas, como se vió ahora en lo de la Mámora, que anduvieron nadando toda la noche, no hallando bajel ni tierra donde ampararse, sobrepujando con valor á su fortuna, cosas que no se vieron en la Monarquía romana. ¿Qué autores antiguos escedieron á los que ha engendrado España en los pocos años que ha estado libre de guerras? ¿Qué oradores fueron mayores que Don Fernando Carrillo, Don Francisco de la Cueva, el Licenciado Berrio, y otros que con excelentísimos y levantados conceptos persuaden á la verdad de sus partes? De no leer los autores muertos, ni advertir los vivos los secretos que llevan encerrados en lo que profesan, nace no darles el aplauso que merecen; que no es sólo la corteza lo que se debe mirar, sino pasar con los ojos de la consideracion más adentro. Ni por ser los autores más antiguos son mejores, ni por ser más modernos son de menos provecho y estimacion. Quien se contenta con sola la corteza, no saca fruto del trabajo del autor; mas quien lo advierte con los ojos del alma, saca milagroso fruto.
Dos estudiantes iban á Salamanca desde Antequera, uno muy descuidado, otro muy curioso: uno muy enemigo de trabajar y saber, y otro muy vigilante escudriñador de la lengua latina; y aunque muy diferentes en todas las cosas, en una eran iguales, que ambos eran pobres. Caminando una tarde de verano por aquellos llanos y vegas, pereciendo de sed, llegaron á un pozo, donde habiendo refrescado, vieron una pequeña piedra, escrita en letras góticas ya medio borradas por la antigüedad, y por los piés de las bestias, que pasaban y bebian, que decian dos veces: Conditur unio, conditur unio. El que sabia poco, dijo: ¿Para qué esculpió dos veces una cosa este borracho? (que es de ignorantes ser arrojadizos). El otro calló, que no se contentó con la corteza, y dijo: Cansado estoy, y temo la sed; no quiero cansarme más esta tarde. Pues quedaos como poltron, dijo el otro. Quedóse, y habiendo visto las letras, despues de haber limpiado la piedra, y descortezado el entendimiento, dijo: Unio quiere decir union, y unio quiere decir perla preciosísima; quiero ver qué secreto hay aquí, y apalancando lo mejor que pudo, alzó la piedra, donde halló la union del amor de los dos enamorados de Antequera, y en el cuello de ella una perla más gruesa que una nuez, con un collar que le valió 4,000 escudos: tornó á poner la piedra y echó por otro camino.
Algo prolijo, pero importante es el cuento, para que sepan cómo se han de leer los autores, porque ni los tiempos son unos, ni las edades están firmes. Yo querria en lo que he escrito que nadie se contentase con leer la corteza, porque no hay en todo mi Escudero hoja que no lleve objeto particular, fuera de lo que suena. Y no solamente ahora lo hago; sino por inclinacion natural en los derramamientos de la juventud lo hice en burlas y veras; edad que me pesa en el alma que haya pasado por mí, y plegue á Dios que lleguen los arrepentimientos á las culpas.
RELACION PRIMERA
DE LA VIDA DEL ESCUDERO
MARCOS DE OBREGON.
E
Este largo discurso de mi vida, ó breve relacion de mis trabajos, que para instruccion de la juventud, y no para aprobacion de mi vejez, he propuesto manifestar á los ojos del mundo, aunque el principal blanco á que va inclinado es aligerar por algun espacio, con alivio y gusto, la carga que, con justos intentos, oprime los hombros de V. S. I., lleva tambien encerrado algun secreto, no de poca sustancia para el propósito que siempre he tenido, y tengo, de mostrar en mis infortunios y adversidades cuánto importa á los escuderos pobres, ó poco hacendados, saber romper por las dificultades del mundo, y oponer el pecho á los peligros del tiempo y de la fortuna, para conservar con honra y reputacion un don tan precioso como el de la vida, que nos concedió la divina Magestad para rendirle gracias y admirarnos, contemplando y alabando este órden maravilloso de cielos y elementos, los cursos ciertos é innumerables de las estrellas, la generacion y produccion de las cosas, para venir en verdadero conocimiento del universal Fabricador de todas ellas. Y aunque me coge este intento en los postreros tercios de la vida, como á hombre que por viejo y cansado se le hizo merced de darle una plaza tan honrada, como la de Santa Catalina de los Donados de esta Real villa de Madrid (donde paso lo mejor que puedo), en los intérvalos que la gota me concediere, iré prosiguiendo mi discurso, guardando siempre brevedad y honestidad: que en lo primero cumpliré con mi condicion y inclinacion natural, y en lo segundo con la obligacion que tienen todos aquellos á quien Dios hizo merced de recibir el agua del bautismo, Religion que tanta limpieza, honestidad y pureza ha profesado, profesa, y profesará desde su principio y medio, hasta el último fin de esta máquina elemental. Y con el ayuda de Dios procuraré que el estilo sea tan acomodado á los gustos generales, y tan poco cansado á los particulares, que ni se deje por pesado, ni se condene por ridículo. Y así en cuanto mis fuerzas bastaren procederé deleitando al lector, juntamente con enseñarle, imitando en esto á la próvida naturaleza, que antes que produzca el fruto que cria para mantenimiento y conservacion del individuo, muestra un verde apacible á la vista, y luego una flor que le regala el olfato: y al fruto le da color, olor, y sabor, para aficionar al gusto que se coma, y tome de él aquel sustento que le alienta y recrea, para la duracion y perpetuidad de su especie. Ó haré como los grandes médicos, que no luego que llegan al enfermo le martirizan con la violencia del ruibarbo, ni con otras medicinas arrebatadas, sino primero disponen el humor con la blandura y suavidad de los jarabes, para despues aplicar la purga, que ha de dejar el sugeto limpio y libre de la corrupcion que le aquejaba. Y si bien son muy trilladas estas comparaciones de los médicos, y las medicinas pueden traerse muy bien entre manos, por ser fáciles é inteligibles, y más yo, que por la escelente gracia que tengo de curar por ensalmos puedo usar de ellos como uso del oficio con tanta aprobacion y opinion de todo el pueblo, que me ha valido tanto el buen puesto en que estoy junto con traer unas cuentas muy gruesas, unos guantes de nutria, y unos antojos que parecen más de caballo que de hombre, y otras cosas que autorizan mi persona, que estoy tan acreditado, que toda la gente ordinaria de esta Corte, y de los pueblos circunvecinos acuden á mí con criaturas enfermas de mal de ojo, con doncellas opiladas, ó con heridas de cabeza, y de otras partes del cuerpo, y con otras mil enfermedades, con deseo de cobrar salud; pero curo con tal dulzura, suavidad y ventura, que de cuantos vienen á mis manos no se mueren más de la mitad, que es en lo que estriba mi buena opinion: porque estos no hablan palabra, y los que sanan dicen mil alabanzas de mí, aunque quedan perdigados para la recaida, que todos vuelan sin remedio. Mas la gente que más bendiciones me echa es la que curo de la vista corporal, porque como todos la mayor parte son pobres y necesitados, con la fuerza de cierta confeccion que yo sé hacer de atútia, y cardenillo y otros simples, y con la gracia de mis manos, á cinco ó seis veces que vienen á ellas los dejo con oficio, con que ganan la vida muy honradamente, alabando á Dios y á sus Santos con muchas oraciones devotas, que aprenden sin poderlas leer.
DESCANSO I.
E
Estando pocos dias há con los ojos altos y humildes al cielo, el rostro sereno y grave, las manos sobre un muy blanco lenzuelo en los oidos del enfermo, y pronunciando con mucho silencio las palabras del ensalmo, pasó cierto cortesano, y dijo: No puedo sufrir los embelecos de estos embusteros: yo callé, y proseguí con mi acostumbrada compostura la medicinal oracion, y en acabándola me dijo mi compañero: ¿No oisteis cómo os llamó aquel gentil hombre de embustero? Él no habló conmigo, dije yo, y de lo que á mí no se me dice derechamente no tengo obligacion de responder, ni hacer caso; y deseo persuadir esto á los que por la poca esperiencia, ó por la condicion alterada y presta que naturalmente tienen, se dan por sentidos de las ignorantes libertades de quien no tiene atrevimiento para decirlas descubiertamente, que ni llevan órden de agravio, ni arguyen ánimo, ni valor en quien las dice: ella es ignorancia grande, introducida de gente que trae siempre la honra y la vida en las manos: que no tengo yo de persuadirme á que pues no me hablan libremente me ofenden, aunque tengan intencion de hacerlo: que los tiros que estos hacen son como los de una escopeta cargada de pólvora y vacía de bala, que con el ruido espantan la caza, y no hacen otra cosa. Los agravios no se han de recibir si no van muy descubiertos, y aun de esto se ha de quitar cuanto fuere posible, desapasionándose, y haciendo reflexion en si lo son ó nó, como discretísimamente lo hizo Don Gabriel Zapata, gran caballero y cortesano, y de excelentísimo gusto, que enviándole un billete de desafío á las seis de la mañana cierto caballero con quien habia tenido palabras la noche antes, y habiéndole despertado sus criados por parecerles negocio grave, en leyendo el billete dijo al que le traia: decidle á vuestro amo que digo yo, que para cosas que me importan de mucho gusto no me suelo levantar hasta las doce del dia, ¿que por qué quiere que para matarme me levante tan de mañana? Y volviéndose del otro lado se tornó á dormir; y aunque despues cumplió con su obligacion, como tan gran caballero, se tuvo aquella respuesta por muy discreta.
Don Fernando de Toledo, el tio (que por discretísimas travesuras que hizo le llamaron el pícaro), viniendo de Flandes, donde habia sido valeroso soldado y Maestro de campo, desembarcándose de una salva en Barcelona, muy cercado de Capitanes, dijo uno de dos pícaros que estaban en la playa, en voz que él lo pudiese oir: Este es D. Fernando el pícaro. Dijo don Fernando, volviendo á él: ¿En qué lo echaste de ver? Respondió el pícaro: Hasta aquí en lo que oía decir, y ahora en que no os habeis corrido de ello. Dijo don Fernando muerto de risa: Harta honra me haces, pues me tienes por cabeza de tan honrada profesion como la tuya. Así que aun de aquellas injurias que derechamente vienen á ofendernos, habemos de procurar por los mismos filos hacer triaca del veneno, gusto del disgusto, donaire de la pesadumbre, y risa de la ofensa. Que pues procura un hombre entender por donde camina una espada, los círculos y medios, la fortaleza y flaqueza, la ofensa y la defensa, y lo ejercita con grandísima perseverancia hasta hacerse muy diestro para que no le maten ó hieran, ¿por qué no se ejercitará en lo que estorba á venir á tan miserable estado, que es la paciencia? Que puesta la cólera en su punto, y vistas dos espadas desnudas, una con otra han de herir, ó huir; cosa que por tan infame se ha tenido siempre en todas las naciones del mundo; y si con mucho menos trabajo y ejercicio se puede hacer un hombre diestro en la paciencia, que es quien refrena los ímpetus bestiales de la cólera, la potencia de los poderosos, la braveza de los valientes, la descortesía de los soberbios ignorantes, y ataja otros mil inconvenientes, ¿por qué no se procurará esto por no llegar á lo otro? En Italia dicen que la paciencia es manjar de poltrones. Mas esto se entiende de una paciencia viciosa, que el que la profesa por comer, beber y holgar, sufre cosas indignas de imaginar entre hombres. Aquí se trata de la paciencia que acicala y afina las virtudes, y la que asegura la vida, la quietud del ánimo, y la paz del cuerpo; y la que enseña á que no se tenga por injuria la que no lo es ni lleva modo de poderse estimar por tal: que en solo el uso de esta divina virtud se aprende cómo se han de rechazar los agravios paliados, cómo se han de resistir los descubiertos, qué caso se debe hacer de los que se dicen en ausencia, que es otro yerro notable que anda derramado entre la gente que ni sabe sufrir, ni lo quiere aprender, que así se ofenden de un agravio encañado por arcaduces, como de una cuchillada en el rostro, como si hubiese alguno en el mundo (por justo que sea) que tenga las ausencias sin alguna calumnia. Y porque la materia de suyo es algo pesada, quiero aligerarla con decir lo que me pasó sirviendo al más desazonado colérico del mundo: porque tras de muchos infortunios que toda mi vida he sufrido, me vine á hallar desacomodado al cabo de mi vejez; de manera, que porque no me prendiesen por vagamundo, hube de encomendarme á un amigo mio, Cantor de la Capilla del Obispo (que estos todo lo conocen, sino es á sí propios) y él me acomodó por escudero y ayo de un médico y su mujer, tan semejante el uno al otro en la vanidad de valentía y hermosura, que no les quedó que repartir en los vecinos, con los cuales me pasaron lances harto dignos de saberse.
DESCANSO II.
L
Llamábase el Doctor Sagredo, hombre mozo, de muy gentil disposicion, algo locuaz, y aun loco, más colérico y fácil de enojarse que gozque de panadero, presuntuoso y estimador de su persona, y (para que no se echasen á perder dos casas, sino una) casado con una mujer de su misma condicion, moza, y muy hermosa, alta de cuerpo, cogida de cintura, delgada y no flaca, derecha de espaldas, el movimiento con mucho donaire, ojos negros y grandes, pestaña larga, cabello castaño, que tiraba un poco á rubio, briosa, y no muy poco soberbia, vana y presuntuosa.
Llevóme á su casa el buen Doctor, y lo primero que encontré fué una mula muy flaca en una caballeriza, tan ajustada con ella, que si tuviera alas no pudiera caber dentro. Subimos una escalerilla, y representóseme luego la sala donde estaba la señora Doña Mergelina de Aybar, que así se llamaba, á quien yo miré de muy buena gana, que aunque viejo incapaz de semejantes apetitos, por razon y por edad, la miré como á hermosa, que á todos ojos es la hermosura agradable. Dijo el Doctor: Veis aquí á quien habeis de servir, que es mi mujer. Yo le dije: Por cierto bien merece tan gentil dama á tal galan. Ella respondió, como mujer hermosa ignorante, ó por mejor decir, preguntó: ¿Quién os mete á vos en eso? Señora, dije yo, advierta vuesa merced que cuando la llamé gentil no quise decir que no era cristiana, sino que tenia muy gentil talle y cuerpo. Que bien os entendí, dijo ella, sino que no quiero que nadie se me atreva á decirme requiebros. Es la honra del mundo, dijo el Doctor, servidla con gusto y cuidado, que yo os lo pagaré muy bien. Miré la casa muy de espacio, aunque se podia ver muy de presto, porque no ví en toda ella sino es un espejo muy grande en un poyo muy pequeño de una ventana, y unas redomillas que lo acompañaban, con un cofrecillo pequeñuelo: y mirando á un rincon, ví á un montante, con ciertas espadas de esgrima, dagas, y espadas blancas, una rodela, y broquel. Díjome el Doctor: ¿Qué os parece de mi recámara? Miradla bien, que en Alcalá era temida aquella espada. No miraba, dije yo, sino á donde estaban los libros, que soy aficionado á ellos. Estos son, dijo, mis Galenos y mis Avicenas, que por la negra y la blanca nadie me igualó en Alcalá; y que no se meneó contra mí hombre de noche que no fuese lastimado de mis manos. Luego vuesa merced, dije yo, más aprendió á matar que á sanar. Yo aprendí, respondió él, lo que los demás médicos; y por haber poco que vine de mis estudios no me he reparado de libros, que bien parece en los profesores de las facultades tener cada uno los de la suya. Pero dejemos eso, y llevad á vuestra ama á Misa, que es ya tarde. Púsose su manto mi señora Doña Mergelina, y llevéla, ó acompañéla hasta S. Andrés, que vivian en la Morería vieja, y en el camino (como es costumbre) muchos de los que la topaban le decian alguna cosa de su buen talle y rostro: á lo cual ella respondia tan aceleradamente que todos iban disgustados de sus respuestas. Yo le decia: Mire, señora, que ya que no responda bien, á lo menos tiene obligacion de callar como mujer principal, que en el silencio no puede haber que notar.
No soy yo mujer, decia ella, á quien nadie ha de perder el respeto. Si alguno le decia que era muy hermosa, ella le decia: Y él hermoso majadero. Díjole un dia un mozalvillo, no de mal talle: Así se me tornen las pulgas en la cama; al cual muy de propósito respondió: Debe dormir en alguna zahurda de lechon. Era tan descortés y sacudida, que todos lo iban de sus respuestas, y ella lo quedaba de mis reprehensiones. Á cierto clérigo de San Andrés, pequeño de cuerpo y grande de ánimo, conocido mio, que yendo muy pulido con una sobrepelliz muy blanca, porque le dijo que no se saliese de casa á hacer el oficio de la muerte, le replicó: Tambien habla el escarabajo hinchado, que con aquel sacudimiento tenia mucho donaire y gusto en cualquiera materia. Yo, entre muchas veces que la reprendí su vanidad, me arrojé una á decirle todo lo que me pareció, que aunque ella estaba confiada en su buen parecer, quise ver si podia enmendarla con el mio, y le dije: Vuesa merced usa de su hermosura lo peor del mundo; porque pudiendo ser querida y loada de cuantos andan en él, quiere ser aborrecida de todos: quien dice hermosura, dice apacibilidad, dulzura, suavidad de condicion y trato, y mezclándola con soberbia y desapacibilidad, se viene á convertir en ódio lo que habia de ser amor: que don tan excelente como la hermosura, concedido por merced de Dios, es razon que tenga alguna correspondencia con el ánimo, que si no parece lo uno á lo otro, arguye mal entendimiento, ó poco agradecimiento á la merced que Dios hace á quien lo da. Hermosura con mala condicion, es una fuente clarísima que tiene por guarda una víbora, y es sobrescrito y carta de recomendacion, que en abriéndola tiene un demonio dentro. ¿Hay en el mundo quien quiera ser aborrecido? ¿Hay quien quiera ser estimado en poco? No por cierto. Pues quien tiene consigo porque le amen y estimen, ¿por qué quiere que le aborrezcan y menosprecien? ¿Es por fuerza que la hermosura ha de estar acompañada con vanidad, desdorada con ignorancia, y conservada con locura? ¿Por qué cuando se mira vuesa merced al espejo no procura que lo interior se parezca al exterior? Pues adviértole que suele el tiempo, y aun Dios, castigar de manera las vanidades, que los montes se allanan, y las torres vienen al suelo. ¿Cuántas hermosuras se han visto y ven cada dia en esta máquina ó ejemplo del mundo rendidas á mil desdichas y calamidades, por faltarles el gobierno y cordura? Que aunque la hermosura, el tiempo que dura, es querida y estimada, en marchitándose no le queda otra prenda sino las que grangeó, y el crédito y amistades que á fuerza de buen término conquistó, cuando estaba en su fuerza y vigor. Y es el mundo de tan baja condicion, que á nadie acaricia por lo que tuvo, sino por lo que tiene. ¿Qué hermosura se ha visto que no se estrague con el tiempo? ¿Qué vanidad que no venga á dar en mil bajíos? ¿Qué estimacion propia que no padezca mil azares? Cierto, que fuera bien que como hay para las mujeres maestros de danzar y bailar, los hubiese tambien de desengaño, y que como se enseña el movimiento del cuerpo, se enseñase la constancia del ánimo. Yo digo, y aun aconsejo á vuesa merced, lo que como hombre de experiencia me parece que es razon, y lleva camino. Mire no la castigue su presuncion y demasiada estimacion de su persona. Estas y otras muchas cosas le dije, y decia cada dia; pero ella se estuvo siempre en sus trece, y quien no admite consejo para escarmentar en cabeza ajena, serále forzoso escarmentar en la suya, por seguir las inclinaciones propias, como sucedió á la señora Doña Mergelina, teniendo las suyas por ley, y al tiempo por verdugo de ellas, desta manera.
Venia casi todas las noches á visitarme un mocito barbero, conocido mio, que tenia bonita voz y garganta: traia consigo una guitarra con que sentado al umbral de la puerta, cantaba algunas tonadillas, á que yo llevaba un mal contrabajo; pero bien concertada (que no hay dos voces que si entonan y cantan verdad, no parezcan bien), de manera, que con el concierto y la voz del mozo, que era razonable, juntábamos la vecindad á oir nuestra armonía. El mozuelo tañia siempre la guitarra, no tanto para mostrar que lo sabia, como por rascarse con el movimiento las muñecas de las manos, que tenia llenas de una sarna perruna. Mi ama se ponia siempre á escuchar la música en el corredorcillo, y el Doctor, como venia cansado de hacer sus visitas (aunque tenia pocas), no reparaba en la música, ni en el cuidado con que su mujer se ponia á oirla. Como el mozuelo era contínuo todas las noches en venir á cantar, si alguna faltaba, mi ama lo echaba de menos, y preguntaba por él, con alguna demostracion de gustar de su voz. Vino á parecerle tan bien el cantar, que cuando el mozuelo subia un punto de voz, ella bajaba otro de gravedad, hasta llegar á los umbrales de la puerta para oirle más cerca las consonancias; que la música instrumental de sala, tanto más tiene de dulzura y suavidad, cuanto menos de vocería y ruido, que como el juez que es el oido, está muy cerca, percibe mejor y más atentamente las especies que envia al alma, formadas con el plauso de la media voz. El mozuelo dejó de venir cinco ó seis noches, por no sé qué remedio que tomaba para curarse, y en las cosas que son muy ordinarias, en faltando, hacen mucha falta: y así mi ama cada noche preguntaba por él. Yo le respondí, más por cortesía que por falta que le hiciese: Señora, este mozuelo es oficial de un barbero, y como sirve no puede siempre estar desocupado: fuera de que ahora se está curando un poquillo de sarna que tiene. ¿Qué haceis, dijo ella, de aniquilarle y disminuirle, mozuelo barbero? sarna, pues á fé que no falta quien con todas esas que vos le poneis, le quiera bien. Bien puede ser, dije yo, que el pobrecillo es humilde y fácil para lo que le quieren mandar; y cierto que muchas veces le guardo yo de mi racion un bocadillo que cene, porque no todas veces ha cenado. En verdad, dijo ella, que á tan buena obra os ayude yo: y de allí adelante siempre le tenia guardado un regalillo todas las noches que venia: una de las cuales entró quejándose, porque de una ventana le habian arrojado no sé qué desapacible á las narices: á las quejas suyas salió mi ama al corredor; y bajó al patio, estándose limpiando el mozuelo, y con grande piedad le ayudó á limpiar, y sahumó con una pastilla, echando mil maldiciones á quien tal le habia parado.
Fuése el mozuelo con su trabajo, sintiéndolo la señora Doña Mergelina, tan llena de cólera como de piedad, y con harta más demostracion de lo que yo quisiera, loando la paciencia del mozuelo, y agravando la culpa de quien le habia salpicado con tanto estremo, que me obligó á preguntarle por qué lo sentia tanto, siendo sucedido inadvertidamente y sin malicia. Á que me respondió: ¿No quereis que sienta ofensa hecha á un corderillo como este? ¿Á una paloma sin hiel, á un mocito tan humilde y apacible, que aun quejarse no sabe de una cosa tan mal hecha? Cierto que quisiera ser hombre en este punto para vengarle, y luego mujer para regalarle y acariciarle. Señora, le dije yo, ¿qué novedad es esta? ¿Qué mudanza de rigor en blandura? ¿De cuándo acá piadosa? ¿De cuándo acá sensible? ¿De cuándo acá blanda y amorosa? Desde que vos, respondió ella, vinisteis á mi casa, que trujisteis este veneno envuelto en una guitarra, desde que me reprehendisteis mis desdenes, desde que viendo mi bronca y áspera condicion, quise ver si podia quedar en un medio lícito y honesto, y he venido de un estremo á otro: de áspera y desdeñosa, á mansa y amorosa: de desamorada y tibia, á tierna de corazon: de sacudida y soberbia, á humilde y apacible: de altiva y desvanecida, á rendida y sujeta. ¡Oh pobre de mí, dije yo, que ahora me quedaba por llevar una carga tan pesada como esta! ¿Qué culpa puedo yo tener en sus accidentes de vuesa merced, ó qué parte en sus inclinaciones? ¿Hay quien sea superior en voluntades agenas? ¿Hay quien pueda ser profeta en las cosas que han de suceder á los gustos y apetitos? Pero pues por mí comenzó la culpa, por mí se atajará el daño, porque no venga á ser mayor con hacer que él no vuelva más á esta casa, ó irme yo á otra: que si con la ocasion creció lo que yo no pude pensar, con atajarla tornarán las cosas á su principio. No lo digo, dijo ella, por tanto, padre de mi alma, que la culpa yo la tengo, si hay culpa en los actos de voluntad: no os enojeis por mis inadvertencias, que estoy en tiempo de hacer y decir muchas: antes os admirad de las pocas que verédes y oyéredes en mí; ni hagais lo que habeis dicho, si quereis mi vida, como quereis mi honra: porque estoy en tiempo, que con poca más contradicion, haré algun borron que tizne mi reputacion, y la deje más negra que mi ventura; no estoy para que me desampareis, ni para admitir reprehension, sino para pedir socorro y ayuda. Bien me decíades vos que mi presuncion y vanidad habian de caer de su trono; cuanto me podeis repetir y traer á la memoria, yo lo doy por dicho, y lo confieso; favorecedme, y no me desampareis en esta ocasion; y no me mateis con decir que os ireis desta casa. Y con esto y otras cosas que dijo, lloró tan tiernamente, cubriendo el rostro con un lienzo, que por poco fuera menester quien nos consolára á entrambos; y si fué grande la reprehension que le dí por soberbia, mayor fué el consuelo que le dí por afligida: mas animándome en lo que era más razon, acudiendo á mi obligacion, á su consuelo y honra de su casa, le dije, con la mayor demostracion que pude: ¿Es posible que en tan estraordinaria condicion ha podido caber tanta mudanza, y que por ojos tan llenos de hermosura y desdenes hayan salido tan piadosas lágrimas, y que por mejillas tan recatadas haya corrido un licor tan precioso, que siendo bastante á enternecer las entrañas de Dios, se haya derramado y echado á mal por un miserable hombre? ¿Y ya que se habia de precipitar y arrojarse, y desdecir de sí propia, no hiciera eleccion de una persona de muchas partes y merecimientos? Ya que se rinda quien no podia ser rendida, ¿habia de ser una sabandija tan desventurada? Que se rinda la hermosura á la fealdad, la limpieza á la inmundicia y asquerosidad, no sé qué me diga de tal eleccion, y tan abominable gusto. ¡Oh cuán engañados, dijo ella, están los hombres en pensar que las mujeres se enamoran por eleccion, ni por gentileza de cuerpo, ó hermosura de rostro, ni por más ó menos partes, grandeza de linage, soberbia de estado, abundancia de riqueza! (trato de lo que verdaderamente es amor); pues para que se desengañen, sepan, que en las mujeres el amor es una voluntad continuada, que de la vista crece, y con la comunicacion se cria y conserva, sin hacer eleccion de este ni de aquel, y la que no se guardáre de esto, caerá sin duda: de esta continuacion ha nacido mi llama, y con ella se ha criado, hasta ser tan grande, que me tiene ciegos los ojos para ver otra cosa, y las orejas cerradas para admitir reprehension, y la voluntad incapaz de recibir otro sello. Y cuanto más lo deshaceis y aniquilais, tanto más se enciende la voluntad y el deseo. ¿Por ventura los barberos son de diferente metal que los demás hombres, para que aniquileis un oficio que tanta merced hace á los hombres en tornarlos de viejos á mozos? ¿Llamaisle sarnoso por unas rascadurillas que tiene en las muñecas, que parecen hojas de clavel? ¿No echais de ver aquella honestidad de rostro? ¿La humildad de sus ojos? ¿La gracia con que mueve aquella voz y garganta? No me le deshagais, ni reprehendais mi gusto, que no está para contradecirlo ni rechazarlo. ¡Ojalá, dije yo, fuera pelota, que yo la echara y rechazara! Pero pues ha llegado á tan estrecho paso, haré con vuesa merced lo que con mis amigos, que es, en la eleccion aconsejarles lo mejor que sé, y en la determinacion ayudarles lo mejor que puedo. Díjele esto por no desconsolarla, hasta que poco á poco fuese perdiendo el cariño, que pudiera traer la ofensa de Dios y de su marido, y con esto me aparté aquella noche de ella, espantándome de ver cuán poderosa es la comunicacion, y considerando cuán mal hacen los hombres que donde tienen prendas que les duela, consienten visitas ordinarias, ó comunicaciones que duren: y cuánto peor hacen los padres que dan á sus hijas maestros de danzar, ó tañer, cantar ó bailar; si han de faltar un punto de su presencia, y aun es menos daño que no lo sepan: que si han de ser casadas, bástales dar gusto á sus maridos, criar sus hijos y gobernar su casa: y si han de ser monjas, apréndanlo en el monasterio; que la razon de estar algunas disgustadas, quizás es por haber ya tenido fuera comunicaciones de devociones, que por honestas que sean, son de hombres y mujeres, sujetos al comun órden de naturaleza.
DESCANSO III.
E
El dia siguiente vino el mozuelo más temprano de lo que solia, puesto un cuello al uso, como hombre que se veia favorecido de tan gallarda mujer. Sucedió que dentro de tres ó cuatro dias vinieron á llamar al doctor Sagredo, su marido y mi amo, para ir á curar un caballero estranjero que estaba enfermo en Carabanchel, ofreciéndole mucho interés por la cura de que él recibió mucho contento por el provecho, y ella mucho más por el gusto. Cogió su mula y lacayo, y un braco, que siempre le acompañaba, y á las cuatro de la tarde dió con su persona en Carabanchel. Ella, visto la buena ocasion, hízome aderezar de cenar lo mejor que fué posible, regalándome con palabras, y prometiéndome obras, no entendiendo que yo le estorbaria la ejecucion de su mal intento: vino el mozuelo al anochecer, y comenzando á cantar como solia, ella le dijo que no era lícito, ni parecia bien á la vecindad, estando su marido ausente, cantar á la puerta, y así mandó que entrase más adentro. Mandó sentar al mozuelo á la mesa, deseando que la cena fuese breve, porque la noche fuese larga; pero apenas se comenzó la cena cuando entró el braco haciendo mil fiestas á su ama con las narices y la cola. El doctor viene, dijo ella, desdichada de mí, ¿qué haremos, que no puede estar lejos, pues ha llegado el perro? Yo cogí al mozuelo, y púsele en un rincon de la sala, cubriéndolo con una tabla, que habia de ser estante para los libros, de suerte que no se podia parecer cuando entró el doctor por la puerta, diciendo: ¿Hay bellaquería semejante, que envien á llamar á un hombre como yo, y por otra parte llamen á otro médico? Vive Dios, si en años atrás me cogieran, que no se habian de burlar conmigo. ¿Pues de eso teneis pena, dijo ella, marido mio? ¿No vale más dormir en vuestra cama y en vuestra quietud, que desvelaros en velar un enfermo? ¿Qué hijos teneis que os pidan pan? Vengais muy en hora buena, que aunque pensé tener diferente noche, con todo eso me dió el espíritu que habia de suceder esto, y así os tuve, por sí ó por no, aderezada la cena. ¡Hay tal mujer en el mundo! dijo el doctor; ya me habeis quitado todo el enojo que traia. Váyanse con el diablo ellos y sus dineros, que más aprecio veros contenta, que cuanto interés hay en la tierra. ¿Cuántos engaños, dije yo entre mí, hay de estos en el mundo, y cuántas á fuerza de artificios y bondad fingida se hacen cabezas de sus casas, que merecen tenerlas quitadas de los hombros? Apeóse de la rucia el doctor, y el lacayo púsola en razon, y fuese á su posada con su mujer, que le daban racion y quitacion. Sentóse el doctor á cenar muy sin enojo, loando mucho el cuidado de su mujer. El diablo del braco, que por la fuerza que estos animalejos tienen en el olfato, no hacia sino oler la tabla que encubria al mozuelo, rascando y gruñendo de manera que el doctor lo echó de ver, y preguntó ¿qué habia detrás de la tabla? Yo de presto respondí: Creo que está allí un cuarto de carne. Tornó el braco á gruñir, y aun ladrar algo más alto: mi amo lo miró con más cuidado que hasta allí; yo eché de ver el daño que habia de suceder si no se remediaba, y conociendo la condicion del doctor dí en una buena advertencia, que fué decir que iba por unas aceitunas sevillanas, de que eran muy amigos, y estúveme al pié de la escalerilla esperando su determinacion: el braco no dejaba de rascar y ladrar, tanto que mi amo dijo que queria ver por qué perseveraba tanto el perro en ladrar. Entonces yo púseme en la puerta, y comencé á dar voces diciendo: Señor, que me quitan la capa; señor doctor Sagredo, que me capean ladrones. Él con su acostumbrada cólera y natural presteza se levantó corriendo, y de camino arrebató una espada, poniéndose de dos saltos en la puerta, y preguntando por los ladrones; yo le respondí, que como oyeron nombrar al doctor Sagredo echaron á huir por la calle arriba como un rayo. Él fué luego en seguimiento suyo, y ella echó al mozuelo de casa sin capa y sin sombrero, poniendo el cuarto de carne detrás de la tabla, como ya le habia dado la advertencia. Hasta aquí habia caminado el negocio; mas el mozuelo iba turbado, lleno de miedo y temblor, que no pudo llegar á la puerta de la calle tan presto que no topase mi amo con él á la vuelta. Aquí fué menester valernos de la presteza en remediar este segundo daño, que tenia más evidencia que el primero, y así antes que él preguntase cosa, le dije: Tambien han capeado y querido matar á este pobre mocito, y por esto se coló aquí dentro huyendo, que de temor no osa ir á su casa: mire vuesa merced qué lástima tan grande; y como es muy de coléricos la piedad, túvola mi amo del mozuelo, y dijo: No tengais miedo, que en casa del doctor Sagredo estais, donde nadie os osará ofender. Ofender, dije yo; en oyendo nombrar al doctor Sagredo les nacieron alas en los piés. Yo os aseguro, dijo el doctor, que si los alcanzára, que os habia de vengar á vos y á mi escudero de manera que para siempre no capearan más. Mi ama, que estaba hasta allí turbada y temblando en el corredor, como vió tan presto reparado el daño, y vuelta en piedad la que habia de ser sangrienta cólera, ayudó á la compasion del marido de muy buena gana, diciendo: ¿Hay lástima como esta? No dejeis ir á ese pobre mozo, bástenle los tragos en que se ha visto, no le maten esos ladrones. No le dejaré, dijo el doctor, hasta que le acompañe. ¿Y cómo sucedió esto, gentil hombre? Iba, señor, respondió el mozo, á hacer una sangría por Juan de Vergara, mi amo, á cierta señora del tobillo, y con harto gusto; pero como no duerme este ángel de los piés aguileños, sucedió lo que vuesa merced ha visto. Que no faltará ocasion para hacerla, dijo la señora, sosiéguese ahora, hermano, que en casa del doctor Sagredo está. Subíos acá, dijo el doctor, que en cenando yo os llevaré á vuestra casa. El braco, aunque salió á los ladrones imaginados, no por el ruido dejó de tornar á la tema de su tabla, y si antes la habia rascado por el mozuelo, entonces lo hacia por la tentacion de sus narices contra la carne: mi amo, como vió perseverar al braco, fué á la tabla, y halló el cuarto de carne detrás de la tabla, con que se sosegó, loando mucho el aliento de su perro. Ella, aunque se habia librado de esos trances, todavía, durando en su intento, me dió á entender que no dejase ir al mozuelo, que era lo que yo más aborrecia.
Cenaron, y el que primero habia sido cabecera de mesa, despues comió en la mano como gavilan, y no como galan en la mesa, que la fuerza puede más que el gusto. En cenando quiso el doctor llevarlo á su casa, y aunque yo le ayudé, mi ama dijo que no queria que fuese á ponerse en riesgo de topar con los capeadores, especialmente habiendo de pasar por el pasadizo de San Andrés, donde suele haber tantos capeadores retraidos. Y aunque esto, dijo, para vuestro ánimo es poco, será para mí de mucho daño, porque estoy en sospecha de preñada, y podria sucederme algun accidente ó susto que pusiese mi vida en cuidado; que ese mocito podrá dormir con el escudero, que es conocido suyo, y por la mañana irse á su casa. Alto, dijo el doctor, pues vos gustais de eso, sea en hora buena, yo me quiero acostar, que estoy un poco cansado. Fuéronse á la cama juntos (que siempre llevaba la mujer por delante), aunque como ella vivia con diferentes pensamientos, no dió lugar al sueño hasta que dió en una traza endiablada, que le costó pesadumbre y le pudiera costar la vida. La sala era tan pequeña que desde mi cama á la suya no habia cuatro pasos, y cualquiera movimiento que se hacia en la una se sentia en la otra; y así no le pareció bien lo que por aquí podia intentar. La mula era de manera inquieta que en viéndose suelta alborotaba toda la vecindad antes que pudiesen cogerla. Parecióle á la señora doña Mergelina que desatándola podria volver á la cama antes que su marido despertase para ir á ponerla en razon, y en el espacio que se habia de gastar en cogerla y trabarla, le tendria ella para destrabar su persona. Y como las mujeres son fáciles en sus determinaciones, en sintiendo al marido dormido, levantóse paso á paso de la cama, y yendo á la caballeriza desató la mula, entendiendo que pudiera volver á la cama antes que la mula hiciese ruido y el marido despertase, con que tendria lugar para ejecutar su intento. Pero parece que la mula y él se concertaron; la mula en salir presto de la caballeriza haciendo ruido con los piés, y él sentirlo tan presto que se levantó en un instante de la cama, dando al diablo á la mula y á quien se la habia vendido; y si no se entrara la mujer en la caballeriza, topara con ella el marido. Él cogió una muy gentil vara de membrillo, y pególe á la mula, que huyendo á su estrecha caballeriza, apenas cupiera, por la huéspeda que halló dentro. Ella no tuvo donde encubrirse por la estrecheza sino con la misma mula, de suerte que alcanzó, como la vara era cimbreña, gran parte de los muchos varazos que le dió con los tercios postreros en aquellas blancas y regaladas carnes. Yo estaba en la escalera como si aguardara al verdugo que me echara de ella, turbado y sin consejo, porque veia lo que pasaba y sin poder remediarlo. El braco, sintiendo el ruido, y oliendo carne nueva en mi cama, comenzó á darle buenos mordiscones al mozuelo y á ladrarle, de suerte que la mujer en manos del marido, y el mozuelo en los dientes del braco, pagaron lo que aun no habian cometido. Yo viendo la ejecucion de su cólera, sin saber lo que hacia, le dije: Mire vuesa merced lo que hace, que cuantos palos da en la mula los da en el rostro de mi señora, que la quiere de manera por andar vuesa merced en ella, que no consiente que la toque el sol. Agradeced, señora mula, lo que me han dicho de vuestra ama, que hasta la mañana os estuviera pegando. ¿Hay con qué trabar esta mula? Yo respondí: En ese corralillo hallará vuesa merced una soguilla, que yo estoy con un dolorcillo de ijada, y no me atrevo á salir. Así como fué por ella, púseme á la puerta, haciendo pala á la señora, y subióse á su cama callando, aunque lastimada. Yo como siempre procuré que no llegase la ofensa á ejecucion, aunque no iba con mucho gusto para ello; en saliendo el doctor le tomé la soguilla, y enviélo á la cama. Trabé la mula, y subíme á reposar á la mia, donde hallé al mozuelo quejándose del braco, y á ella en la suya llorando tiernamente; y preguntándole el marido la causa, respondió muy enojada: Vuestras cóleras y arrebatamientos, que como tan de repente os alborotastes, y yo estaba en lo mejor del sueño, sobresaltada y despavorida, caí detrás de la cama, y dí con el rostro en mil baratijas que estaban aquí, con que me he lastimado muy bien. Sosególa el marido lo mejor que pudo, y pudo muy bien, porque las mujeres honradas cuando tropiezan y no caen en el yerro, caen en la cuenta, que habiendo de ser muy estrecha, es de perdones, y como vió que á tres va la vencida, y ella lo quedó saliendo mal de ellas, no quiso probar la cuarta. Al mozuelo con los peligros y los dientes del braco se le quitó el poco amor y desvanecimiento como con la mano.
DESCANSO IV.
C
Como toda la noche hasta allí habia sido tan inquieta y llena de disgustos, pesadumbres y alteraciones, efectos propios de semejantes devaneos, fundados en deshonor, ofensa y pecado, lo que hasta la mañana quedaba, se durmió tan profundamente, que siendo yo de poquísimo sueño, no desperté hasta que por la mañana dieron golpes á la puerta, llamando al doctor para cierta visita muy necesaria. Alcé el rostro y ví que el sol visitaba ya mi aposento, que en mi vida le miré de más mala gana, y llamé al lastimado mozuelo, que más parecia embelesado que dormido, y hallándolo con determinacion de no tornar á las burlas pasadas, le dije: Pues el mayor peligro queda por pasar, si no vivís con cuidado y recato, que aunque es verdad que vos actualmente no habeis hecho ofensa en esta casa, y los deseos, ya que manchan la conciencia, no estragan la honra, con todo eso, para la reputacion de ella y seguridad vuestra, importa guardar el secreto, que como muchacho de poca experiencia, podíades revelar pareciéndoos que son lances muy dignos de saberse, y que diciéndolos por cifras no se entenderian, que es un engaño en que caen todos los habladores, pues adviértoos que no os va menos que la vida en saber callar, ó la muerte en querer hablar. Ningun delito se ha cometido por callar, y por hablar se cometen cada dia muchos: el hablar es de todos los hombres, y el callar de solos los discretos: yo creo que cuantas muertes se hacen sin saber los autores, nacen de ofensas de la lengua: guardar el secreto es virtud, y al que no le guarda por virtuoso, le hacen que le guarde por peligroso: el callar á tiempo es muy alabado, porque lo contrario es muy aborrecido: hablar lo que se ha de callar, nos precipita en el peligro y en la muerte, y lo contrario asegura el daño, y preserva la vida y quietud. Nadie se ha visto reventar por guardar el secreto, ni ahogado por tragar lo que va á decir: las abejas pican á su gusto; pero dejan el aguijon y la vida, ¿y á los que dicen el secreto que les importa callar, les sucede lo mismo? y en resolucion el callar es excelentísima virtud, y tan estimada entre los hombres, que de la suerte que se admiran de ver hablar bien á un papagayo que no lo sabia, se admiran de ver callar bien á un hombre que sabe hablar. Y para no cansaros más, si no calláredes porque es razon, callareis por el peligro en que os poneis, tratando de la honra de un hombre tan valiente como el Doctor. Con estas, y otras muchas cosas que le dije, lo envié á su casa con más temor que amor, ó más temeroso que enamorado. El Doctor se vistió tan de priesa que no tuvo lugar de mirar el señalado rostro de su mujer, que lo primero que hizo antes de vestirse, y sin aguardar á poner los piés en las mulillas, fué á mirarse al espejo; y viéndose el sobrescrito con algunos borrones, lo sintió de manera, que en muchos dias no se quitó del rostro un rebozo (que como era tan apacible y suave) parecia más que le traia por gala, que por necesidad. En estando para poderla hablar me llegué á donde estaba aderezándose el temeroso rostro, y lastimándome de los muchos cardenales que le alcancé á ver (que en personas muy blancas, de cualquier accidente se hacen) le dije, con la mayor blandura que pude, y supe: ¿Qué le parece de su buena ventura? Que tal lo ha sido, pues en cuantas veces la ha probado, la ha guardado de que los pensamientos no viniesen á la ejecucion de las obras, para que su honra (ya que ha estado para despeñarse) quedase salva en un aprieto tan grande, que arrojándose con tan determinada voluntad, le ha puesto tantos impedimentos para la caida, y tantas ayudas para el arrepentimiento. ¿Si cayera en un rio muy hondo, y saliera sin mojarse la ropa, no lo tuviera á milagro, y cosa nunca vista? ¿Si se arrojara entre mil espadas desnudas sin salir herida, no le pareceria obra de la mano de Dios? Pues crea, y tenga por cierto, que ha sido tanta evidencia de la misericordia divina, usada con vuesa merced con su marido, pues de su misma voluntad ha librado: que la más poderosa fuerza que hay con nosotros es la voluntad propia, ella nos rinde, y hace al entendimiento tan esclavo que no le deja libertad para conocer la razon, ó á lo menos para volver por ella; pues la voluntad depravada rindió un pecho tan libre: ella misma con el arrepentimiento y la razon le han de volver á su libertad. El arrepentirse, y volver sobre sí, es de ánimos valerosos: el escarmiento nos hace recatados, como la determinacion arrojadizos. Cuando la voluntad nos arroja con atrevimiento, el mal suceso lo remedia con temor: mejor es arrepentirse temprano, que llorar tarde. Un mal principio arrojado, mejora el medio, y asegura el fin: más vale, considerando este mal suceso, detenerse, que perseverando, esperar que se mejore. ¡Dichoso aquel á quien le viene el escarmiento antes que el daño! Los malos intentos al principio errados, engendran recato para los venideros: quien no yerra no tiene de qué enmendarse, mas quien yerra tiene en qué mejorarse: que Dios juzgó por mejor que hubiese males, porque les siguiesen los arrepentimientos, que tener el mundo sin ellos; que más grandeza suya es sacar de los males bienes, que conservar el mundo sin males. ¡Ojalá cuantos males se cometen, tuviesen tan ruines principios como este! que los males serian menores por el escarmiento. Vuesa merced vuelva en sí, estimando su hermosura, igualmente con su honra, que este daño tengo yo atajado, y le atajaré más. Á todas estas cosas que yo le decia, estuvo destilando unas lágrimas tan honestas y vergonzosas por las rosadas megillas, que enternecieran al más tirano ejecutor del mundo. Mas alzando el temeroso rostro, despues de haberse enjugado con un lienzo la humedad que lo habia bañado, con voz un poco baja, me dijo lo siguiente: Quisiera que fuera posible sacarme el corazon, y ponerle en vuestras manos para que se viera el efecto que ha hecho en él vuestra justa reprehension, y fuera para mí algun descuento de mis desdichas, si me creyérades como os he creido, no sólo para admitir el consejo, sino para obedecerlo, y ponerlo en ejecucion: que quien oye de buena gana, enmendaráse si quiere.
No digo que totalmente estoy fuera del caso, que como estos accidentes tienen su asiento en el alma, no pueden desampararla tan presto; pero como el amor y desamor nunca paran en el medio, porque en el modo de engañarse van por una misma senda, así yo voy pasando de un extremo á otro; porque despues que me ví acardenalada, y lastimado el rostro por quien tanta honra me hace todo el mundo, se me ha revestido un ódio mortal contra quien ha sido la causa de ello. Fuera de lo que esta noche, en lo poco que mis ojos descansaron, soñé que estando cogiendo una hermosa y olorosa manzana del mismo árbol, al tiempo que con los dedos la apreté, salió de ella mucho humo, y una culebra tan grande, que me dió dos vueltas al cuerpo por la parte del corazon, y me apretaba tanto, que pensé morir: y como ninguno de los circunstantes se atreviese á quitármela, un hombre anciano llegó y la mató con sola su saliva, echada en la cabeza de la culebra, y que al punto cayó muerta dejándome libre, y despierta del sueño. Y haciendo reflexion sobre él, á pocas vueltas le dí alcance, de modo, que con los malos principios, y la buena consideracion vine á cobrar mi honra y vida, y á tener mi corazon en el estremo de ódio, que tenia de amor por vuestros buenos y saludables consejos. Por donde, si hasta aquí habeis sido mi escudero, de aquí adelante seais mi padre y consejero: y si alguna cosa habeis visto en mí, que sea en vuestros ojos agradable, por ella os pido y ruego que no me dejeis ni desampareis en esta ocasion, ni en todo el restante que os queda de vida, que el amor que yo tengo á vuestra persona, es tan grande como el cuidado que vos habeis tenido con mi honra: el desengaño me ha cogido antes que el gusto me asalariase; aunque la voluntad se dobló, la honra quedó en pié. Si el consentimiento fuera obra, yo confesára mi flaqueza por infamia: quien tiene aliento para asirse tropezando, tambien lo tendrá para levantarse cayendo: quien se arrepiente cerca está de la enmienda: ni me desanimo por tierna ni me acobardo por derribada. Si está en mí quien pudo derribarme, ¿por qué no lo estará para levantarme? Sin consejo me rendí, pero con él tengo de librarme. Si me dejé llevar sin persuasion agena, ¿por qué no volveré en mí por la vuestra? Para caer fuí sola, y para levantarme somos vos y yo: más agradece el enfermo la medicina que le cura, que no el consejo que le preserva. ¿No admití primero vuestro saludable consejo, y ahora me rindo al cautiverio de vuestra medicina? Al enfermo que no se ayuda, no le aprovechan los remedios: mas al que se esfuerza y vuelve en sí, todo le ayuda y alienta. La caridad ha de comenzar de sí propia. Si yo no me quiero á mí bien, ¿qué importa que me quiera quien no está en mí? Si yo aborrezco la salud, en vano trabaja quien me la procura. Mas si yo deseo convalecer, la mitad del camino tengo andado. Quien obedece al consejo, acertar desea: y quien no replica á la reprehension, no está lejos de convertirse. Cuando la culebra despide el pellejo, renovarle quiere: no hay más cierta señal para venir el fruto, que caerse la flor; ni mayores muestras de arrepentimiento, que aborrecer el daño, y conocer el desengaño. Yo lo conozco, padre de mi alma, y estoy con deseo de levantarme, y determinacion de no tornar á caer: ayudadme con vuestro consejo y consuelo, para que vuelva en mí, cobre lo perdido, y remedie lo pasado, me anime en lo presente, y arme para lo venidero. Más iba á decir la hermosa escarmentada, sino que por llamar el marido á la puerta fué necesario dejar la más que apacible disculpa, ó enmienda. Entró el Doctor, y ella se fingió de la enojada, cubriéndose el lastimado, aunque bello rostro, haciendo algunos melindres fingidos, para que la desenojase, que amándola tan tiernamente, fácil era el hacerlo. Vióle el rostro, y sintiólo mucho más que ella, y despues de haberse blandamente disculpado, le dijo: Amiga, sacaos un poco de sangre. ¿Para qué, dije yo, se ha de sangrar? Respondió el Doctor: Por la caida. ¿Pues cayó, pregunté yo, de la torre de San Salvador, para que se saque la sangre? Sabeis poco, dijo el Doctor, que de aquella contusion del lapso, que habiéndose removido las partes hipocóndricas y renes, podria sobrevenir un profluvium sanguinis irreparable, y del livor del rostro quedar una cicatriz perpétua. Y luego, dije yo, vendrá el arturo meridional á circunferencia metafísica del vegetativo corporal, y evacuarse la sangre del hepate. ¿Qué decís, dijo el Doctor, que no os entiendo? ¿No me entiende? dije yo; pues menos entiende su mujer á vuesa mercé, que para decir que del golpe de la caida puede venir algun flujo de sangre, y quedar señal en el rostro, se han de decir tantas pedanterías, contusion, lapso, hipocóndrios, profluvio, cicatriz, livor. Póngase un poco de bálsamo ó ungüento blanco, ó zumo de hojas de rábano, y ríase de lo demás. Y aun creo que es lo mejor, dijo ella riendo, mas es lo peor que se me ha quitado la gana del comer. Poneos, dijo el Doctor, unos absintios en la boca del ventrículo, y echaos un clistel; que con esto y una fricacion en las partes inferiores, junto con la exoneracion del ventrículo cesará todo eso. Otra vez dije yo: ¿Que no se podria acabar con los médicos mozos que hablen en un lenguaje que no los entiendan? Pues qué, ¿quereis vos, dijo el Doctor, que hablen los hombres doctos como los ignorantes? Cuanto á la substancia, dije yo, no por cierto; pero cuanto al lenguaje, ¿por qué no hablarán como los entiendan? Al conde de Lemos, Don Pedro de Castro, el de las grandes fuerzas, yendo á visitar su estado á Galicia, como era tan grande y grueso, y muy bebedor de agua, del cansancio del camino le dió una enfermedad que los médicos llaman hemorrois: y como no iba preparado de médico, díjole Diego de Osma: Aquí hay uno que desea tomar el pulso á V. S. dias há. Pues llamadle, dijo el Conde; llamáronle, y el buen hombre que supo la enfermedad fué muy reparado de retórica medicinal, pareciéndole que por allí entraria en la voluntad del Conde; y vistiéndose una ropa muy raida entre azul y negra, y una sortija que parecia remate de asador, entró por la sala donde estaba el Conde diciendo: Beso las manos á S. S., y el Conde: Vengais en hora buena, Doctor. Prosiguió el Médico: Dícenme que su señoría está malo del orificio. El Conde, que tenia estremado gusto de bueno, conocióle luego, y preguntóle: Doctor, ¿qué quiere decir orificio, platero de oro, ó qué? Señor, dijo el Doctor; orificio, es aquella parte por donde se inundan, exoneran y espelen las inmundicias interiores que restan de la decoccion del mantenimiento. Declaraos más, Doctor, que no os entiendo, dijo el Conde: y el Médico: Señor, orificio se dice de os, oris, y facio facis, quasi os faciens; porque como tenemos una boca general por donde entra el mantenimiento, tenemos otra por donde sale el resíduo. El Conde, aunque enfermo, pereciendo de risa, le dijo: Pues este de este modo se llama en castellano (nombrándolo por su nombre): andad, que no sois buen médico, que lo echais todo en retórica vana. De manera, que por donde pensó acreditarse con el Conde, se echó á perder: él se fué corrido, y el Conde quedó de manera riendo que hacia temblar la cama, y aun la sala: yo creo cierto que es alivio para los enfermos que el médico hable en lenguaje que le entiendan, para no poner en cuidado al paciente. Tienen, fuera de esto, obligacion de ser dulces y afables, de semblante alegre, y de palabras amorosas: es bien que les digan algunos donaires y cuentecillos breves, con que los alegren: sean corteses, limpios y olorosos: acaricien tanto al enfermo, que parezca que sola aquella visita es la que le da cuidado: miren si tiene bien hecha la cama, con aseo y limpieza, y hagan lo que el Doctor Luis del Valle, que á todos juntamente con hacerles sacramentar, los alienta con darles buenas esperanzas de salud; que hay algunos tan ignorantes en la buena policía y trato, que sin estar una persona enferma, por encarecer su trabajo y subir su ganancia, dicen al enfermo que está peligroso, para que lo esté de veras: y es bien, que pues se tienen por ministros de naturaleza, lo sean en todo. No digo mil descuidos que hay en el conocimiento de las enfermedades, y en la aplicacion de las medicinas. Es muy de médicos viejos, dijo mi amo, andar tan de espacio como vos quereis, y en mirar esas niñerías: ya los neotóricos vamos por otro camino, que para lo que es curar tenemos el método purgar y sangrar, con algunos remedios empíricos, de que nos valemos. Y aun por eso, dije yo, huyo de curarme con médicos mozos; porque un amigo mio, que lo era en edad y en esperiencia, muy gentil estudiante, habiéndose acreditado conmigo con ciertos aforismos de Hipócrates, que sabia de memoria, traidos en buena ocasion, y pronunciados á lo melindroso, me entregué en sus manos la primera vez que me dió la gota, de las cuales salí con veinte y dos sudores y unciones, y me las estuviera dando hasta ahora, si yo propio no me hallara el pulso con intercadencias; y con decir que habíamos errado la cura (como si yo tambien la hubiera errado) me dejó, y se apartó de mí confuso y corrido: mas yo, con la recia complexion que tengo, y con gobernarme bien, en convaleciendo me encontré con él en la plazuela del Ángel cara á cara, la suya de color de pimiento, y la mia de gualda, y me hube con él de manera que salió de mi lengua peor que yo de sus manos. Los grandes médicos que yo he conocido y conozco, en llegando al enfermo procuran con gran cuidado saber el orígen, causa y estado de la enfermedad, y el humor predominante del paciente, para no curar al colérico como al flemático, y al sanguino como al melancólico; y aun si es posible (aunque no hay ciencia de particulares) saber la calidad oculta del enfermo, y de esta manera se acierta la cura, y se acreditan los médicos. No he visto en mi vida, dijo el Doctor, escudero tan licenciado. Pues más tengo de licencioso, dije yo, porque en viendo una verdad desamparada, me arrojo en su ayuda con la vida y el alma. ¿Qué sabeis vos de intercadencias? dijo el Doctor; ¿qué señales teneis de gota, pues os habeis escapado de lo uno, y no padeceis de lo otro? Las intercadencias, respondí yo, otras veces las he tenido, que me he visto con enfermedades apretadas; pero no me he desanimado, antes á un médico mozo, y muy galan, que me curó en Málaga, le animé, porque se turbó hallándomelas en el pulso (que en esto yo fuí médico y él paciente); y aunque me digan que es calidad propia de mi pulso, ellas tienen todas las partes de intercadencias. Y habiéndome escapado de esta ardentísima fiebre, de que me curé con un cántaro de agua fria que me eché á los pechos, me quedaron unas grandísimas ventosidades, para lo cual me dió un remedio tudesco, que si yo le guardara hicieran tanta burla de mí los muchachos como yo hice de él; porque á un hombre colérico, y nacido en region cálida, le mandó que en toda su vida no bebiese gota de agua, y de la gota me preservó con un consejo de Ciceron, que dice, que la verdadera salud consiste en usar de los mantenimientos que aprovechan, y huir de los que nos dañan: no uso de mantenimientos húmedos, no bebo entre comida y comida, no ceno, bebo agua y no vino, hago todas las mañanas una fricacion antes de levantarme de la cama con grande vehemencia desde la cabeza, discurriendo por todos los miembros hasta los pies, y cuando me siento cargado hago un vómito; con esto, y la templanza en otras cosas, me preservo de la gota. Perdóneme V. S. I. si le canso con estas niñerías que me pasaron con este médico, que las digo porque quizá encontrará con ellas alguno á quien aprovechen. Díjome el Doctor entonces: Por vuestra vida que me digais ¿si habeis estudiado, y á dónde, que procedeis con tan buena gracia en todo, que me habeis aficionado de manera, que si fuera un gran príncipe no os apartára de mi lado un punto? Lo mismo, dijo ella, os ruego yo, padre de mi vida, y así os la dé Dios muy larga, que nos deis cuenta de vuestra vida, que vos procedeis de modo que será grandísimo entretenimiento al Doctor por el entendimiento, y á mí por la voluntad. Contar desdichas, dije yo, no es bueno para muchas veces: acordarse de infelicidades el que está caido puede traerlo á desesperacion. Una diferencia hay entre la prosperidad y la adversidad, que la memoria de las desdichas en la adversidad entristece más; pero en la prosperidad aumenta el gusto. No se le ha de pedir al que todavía está en miserias, que cuente las que ha pasado; porque es renovarle la llaga que ya se iba cerrando, con traerle á la memoria lo que desea olvidar. El que se ha escapado de la tormenta no se contenta con solo verse fuera de ella, sino con besar la tierra; pero el que está todavía padeciendo el naufragio solamente se acuerda de lo presente, que solicita el remedio; porque aunque yo tengo condicion de pobre, tengo ánimo de rico, y si no me desanimo por caido, no tengo de qué animarme por levantado; y no son mis trabajos para contados muchas veces.
DESCANSO V.
M
Mas como la privacion puede tanto con las mujeres, por el mismo caso que yo rehusaba, mi ama procuraba más que lo dijese, que como tenia pecho noble, y le parecia que la tenia obligada en alguna manera, sacaba fuerzas de flaqueza, y buscaba modos cómo darme á entender que estaba de mí agradecidísima. Que esta diferencia hace un pecho liso y sencillo, á uno de mala raza y cosecha, que el bueno aun el bien imaginado agradece, mas el bronco y desabrido, no solamente no agradece, pero busca modos cómo desagradecer el bien recibido: pero cuanto más mi ama se esforzaba por dar á entender su agradecimiento, tanto más me ofendia yo en que pensase en que habia hecho algo en servirla, que el saber flaquezas ajenas, que ó todos las cometemos, ó estamos naturalmente dispuestos á ello, no ha de ser parte para estimar en menos á aquellos de quien las sabemos: saber el secreto ajeno ó es acaso, ó por confianza que hacen de nosotros: si es acaso, la misma naturaleza nos enseña que puede suceder lo mismo por nosotros; y si es por confianza, ya entra en guardarle la reputacion del que lo sabe. Encubrir faltas ajenas es de ángeles, y descubrirlas es de perros que ladran cuando más dañan. Querer saber secretos ajenos, nace de pechos sin merecimientos, que lo que no pueden merecer por sí, quieren merecerlo á costa ajena: quien quiere saber faltas ajenas, quiere estar mal con todo el mundo, y que se publiquen las suyas. ¡Dichosos aquellos á cuya noticia no han llegado las faltas ajenas, que ni ofenderán, ni serán ofendidos! Hay algunos ánimos tan fuera del órden natural, que les parece que han alcanzado una gran joya, cuando saben alguna falta de su prógimo: pues no se persuada á entender quien tiene tan abominable costumbre, que no hay contratretas para semejantes desafueros, que todos traen el castigo por sombra; y no hay mala intencion que no tenga su semejante, ó peor. Un fraile, aunque no muy docto, bien intencionado, preguntando en un escrutinio si sabia faltas, ó descuido de sus compañeros, respondió que nó, porque si las habia oido, ó no habia reparado en ellas, ó las habia dejado olvidar, y si venian por relacion, no las habia oido, ó no las habia creido. Y otro, habiendo desacreditado á todos los compañeros, por acreditarse á sí en el escrutinio, salió más culpado que todos. Este almacen de palabras he traido, para decir el recelo que mi ama debia tener, pareciéndole que podia revelar su secreto, ó que á lo menos lo queria tener, como dicen, el pié sobre el pescuezo, y así, prosiguiendo en su intento, dijo, que por buen término y trato, quisiera perpetuarme en su casa, para tenerme en lugar de padre, queriéndome casar con una parienta suya, doncella, y de muy buena gracia, y de poca edad; y declarándose con su marido y conmigo, encareciendo la bondad y virtud de la moza, y cuán bien me estaria para el regalo de mi vejez casarme con ella, yo le dije: Señora, no haré eso por todas las cosas del mundo, porque quien se casa viejo, presto da el pellejo: y riéndose ella, proseguí diciendo, que en Italia traen un refrancete á este modo, que el que casa viejo tiene el mal del cabrito, ó que se muere presto, ó viene á ser cabron. ¡Jesus! dijo mi ama, ¿pues eso ha de imaginar un hombre tan honrado como vos? Señora, dije yo, lo que veo, y he visto siempre es, que al viejo que se casa con moza, todos los miembros del cuerpo se le van consumiendo, sino es la frente, que le crece más. Las mozas son alegres de corazon, y regocijadas en compañía, andan siempre jugando y saltando como ciervas, y los maridos como ciervos, siendo viejos. No es tan perseguida la liebre de los galgos, como la mujer del viejo de los paseantes: no hay mozo en todo el lugar que no sea su pariente, ni vieja rezadera que no sea su conocida: en todas las iglesias tiene devociones, ó por huir del marido, ó por visitar las comadres: si es pobre el marido, se anda quejando de él: si es rico, á pocas vueltas le deja como el invierno á la cornicabra, con solo el fruto en la frente. He rehusado en mi mocedad tomar esa carga sobre mis hombros, ¿y la habia de tomar ahora sobre mi cabeza? Dios me guarde mi juicio, bien me estoy solo; ya me sé gobernar con la soledad, no quiero entrar en nuevos cuidados, afuera consejos vanos. Á todo esto el doctor estaba pereciendo de risa, y su mujer pensando en la réplica que habia de hacer; y así con muy gran donaire y desenvoltura, dijo á su marido, y á mí: Cada dia vemos cosas nuevas, bien es vivir para experimentar condiciones: el primer viejo sois que he visto y oido decir, que haya rehusado casamiento de niña; todos apetecen la compañía de sangre nueva, para conservacion de la suya: los árboles viejos, con un enjerto nuevo los remozan: á las plantas, porque no se hielen, les ponen abrigo: la palma, si no tiene junto á sí su compañera, no lleva fruta: la soledad ¿qué bien puede traer sino melancolía, y aun desesperacion? Todos los animales racionales y brutos apetecen la compañía. No seais como aquel bestial filósofo, que habiéndole preguntado cuál era buena edad para casarse, respondió, que cuando era mozo, era temprano, y cuando viejo, tarde. Mirad, que fuera de ser para mí grande gusto, para vuestra comodidad es bien vivir con abrigo. Yo confieso, le dije, que tan elegantes razones, dichas con tanta gracia y estilo, persuadirán á cualquiera que no estuviera con tanta experiencia de las cosas del mundo, y tan hecho á la soledad como yo; pero verdades tan apuradas, no admiten persuasiones retóricas, porque casarse un viejo con una muchacha, si ella es como debe ser, es dejar hijos huérfanos y pobres, y en pocos años venir á ser entrambos de una misma edad, porque naturaleza va siempre tras su conservacion, y el viejo conserva la suya, consumiendo la juventud de la pobre muchacha; y si no es de esta suerte, tiene puestos los ojos en lo que ha de heredar, y la voluntad é intencion en el marido que ha de escoger. Mas, ¿qué tal pareciera yo con mis blancas canas junto á una niña rubia y blanca, bien puesta y hermosa, que cuando alzara los ojos á mirarme el copete lo viera más liso que el carcañal, las entradas como el colodrillo de la ocasion, la barba más crespa y cana que la del Cid? Eso no os dé pena, dijo ella, que Juan de Vergara tiene una tinta tan negra y fina, que á cuantos hombres y mujeres entran en su casa con canas los pone de manera que á la salida no los conocen. Ni aun ellos propios se conocen á sí mismos, dije yo, con un engaño como ese, y creo cierto, que nace esta flaqueza de no conocer nuestra hechura, porque disfrazar y entretener las canas, no sé de qué sirve, sino de una ocupacion de zurradores, que no rehusan traer las manos como ébano de Portugal. Y realmente los que lo hacen tienen tanta ventura que á nadie engañan sino á sí solos, porque todos lo saben; de modo, que les añaden muchos más años de los que tienen; y ellos no se desengañan, hasta que por alguna enfermedad dejan de teñirse, y se hallan cuando se miran la barba, como Urraca ahorcada. Pues si la tinta no acierta á ser del color de la barba, que es muy ordinario, en dándoles el sol, hace visos como el arco del cielo. Si con el teñir se reparara la flaqueza de la vista, se supliera la falta de los dientes, se cobrara la fuerza de piernas y brazos, ó se entretuvieran los años para engañar la muerte, todos lo hiciéramos; pero hace la muerte con los teñidos, como la zorra con el asno de Cumas, que se vistió una piel de leon para espantar á los animales y pacer con seguridad: mas la zorra, viéndole andar tan despacio, miróle las patas, y dijo: asno sois vos. Así la muerte mira los teñidos, y les dice: viejo sois vos. Tíñase quien quisiere, que yo tengo por mejor lo claro que lo obscuro, el dia que la noche, lo blanco que lo negro. Más quiero parecer paloma que no cuervo, más hermoso es el marfil que el ébano. Si como las barbas que pasan de negras á blancas, pasaran de blancas á negras, ¿cuánto mas odiosas fueran por el color tapetado? En fin, la plata es más alegre que el ébano: ¿no bastaba casado, sino tiznado? Andad, dijo mi ama, que con eso se disimulan algunos años, y sin eso no se pueden negar. Aunque los hombres de bien, dije yo, jamás han de mentir, en todas las cosas del mundo puede aprovechar una mentira, si no es en los años y en el juego; porque ni los años pueden ser menos por negarlos, ni la ganancia se ha de quitar por confesarla. Pero volviendo á nuestro propósito, que el matrimonio es cosa santísima no se puede negar, ni yo lo niego, que el no apetecerlo yo nace de la incapacidad mia, y no de la excelencia suya; apetézcalo quien está en edad y disposicion para ello con la igualdad que la misma naturaleza pide, que ni sean ambos niños ni ambos viejos, ni él viejo y ella niña, ni ella vieja ni él niño. Sobre lo cual hay diversas opiniones entre filósofos, y la más cierta es que el varon sea mayor que la mujer diez ó doce años; pero que tenga yo cincuenta años, y mi señora mujer quince ó diez y seis, es como querer que un contrabajo y un tiple canten una misma voz, que por fuerza han de ir apartados ocho puntos el uno del otro. ¿Pues nunca habeis sido enamorado? dijo mi ama. Y tanto, dije yo, que he compuesto coplas y tenido pendencias, que la mocedad está llena de mil inconsideraciones y disparates. No lo serán, dijo ella, que los hombres de buen discurso sazonan las cosas diferentemente, que los demás. Reniego, dije yo, de ejercicio que ha de traer á un hombre hecho lechuza, guardando cimenterios, sufriendo frios y serenos, incomodidades y peligros tan ordinarios como suceden de noche, y aun cosas dignas de callar. El que anda de noche ve los daños ajenos, y no conoce los suyos, consume presto la mocedad, y se desacredita para la vejez: vénse de noche cosas que se juzgan por malas, no siéndolo; ¡qué de temores y espantos cuentan los que pasean de noche, que vistos de dia nos provocarian á risa! Acuérdome, que teniendo cierto requiebro al barrio de San Ginés, con otro juicio tal como el mio era entonces, mártes de carnestolendas por la tarde me envió á decir la señora que le llevase algo bueno para despedirse de la carne, que en estos dias hay libertad para pedirlo, y aun para negarlo; pero por usar de fineza, por ser la primera cosa que hacia en su servicio, vendí ciertas cosillas, que me hicieron harta falta, y en acabándose la grita de jeringas y naranjazos, y el martirio perruno, causado de las mazas (de quien sin saber por qué, huyen hasta reventar) dí conmigo en un tabernáculo de la gula, donde henchí un paño de manos de una empanada, un par de perdices, un conejo y frutillas de sarten, y atándolo muy bien, caminé á darlo por una ventana á más de las once de la noche; y como el dia siguiente, por ser miércoles de ceniza, era dia de mucha recoleccion, aunque todo el pasado habia sido alegría para los muchachos y trabajos para los perros, habia silencio general; de suerte, que aunque yo iba bien cargado, no me podia ver nadie: llegando á la plazuela de San Ginés sentí que venia la ronda, y retiréme debajo de aquel cobertizo, donde suele haber una tumba para los aniversarios y exequias, y antes que pudiesen llegar á mí los de la ronda, metí el paño de manos, atado como estaba, por un agujero grande que tenia la tumba por la parte de abajo, y sacando un rosario, que siempre traigo conmigo, comencé á fingir que rezaba. Llegó la ronda y pensando que fuese algun retraido asieron de mí, preguntando qué hacia allí. Llegó el alcalde, y visto el rosario y poca turbacion, que importa mucho en cualquier ocasion no perturbarse el ánimo, dijo que me dejasen, y me recogiese: hice que me iba, y trasponiendo la ronda torné por mi paño de manos y cena á la negra tumba, donde lo habia dejado, y aunque con un poco de temor por la hora y la soledad, alargué la mano y brazo todo lo que pude alcanzar, y no topé con el paño ni con lo que estaba en él: de lo cual quedé temblando y helado; y es de creer que me causaria horrible miedo una cosa tan espantosa en un cimenterio, debajo de una tumba, á más de las once de la noche, y con tan gran silencio, que parecia se habia acabado el mundo; pues junto con esto, sentí dentro en la tumba tan gran ruido de hierro, que se me representaron mil cadenas, y otras tantas ánimas, padeciendo su purgatorio en aquel mismo lugar. Fué tanta mi turbacion y desatiento, que se me olvidó el amor y la cena, y quisiera hallarme mil leguas de allí; pero lo mejor que pude, ó lo menos mal que acerté, volví las espaldas, y fuíme poco á poco, arrimándome á la pared, pareciéndome que iba tras mí un ejército de difuntos; pues yendo con esta turbacion me sentí por detrás tirar de la capa, desanimándome de manera que dí un golpazo con mi persona en el suelo, y con los hocicos en la guarnicion de la espada; volví á mirar si era algun cadáver descarnado, y no ví otra cosa sino mi capa asida al calvario que está en aquella pared; con esto respiré un poco, y fuí cobrando aliento, y descansando el temor del clavo y de la capa; pero no el de la tumba.
Sentéme, y miré alrededor á ver si habia cosa que pudiese acompañar, y descansé, porque estaba tan cansado que lo hube menester, que no lo estuviera más si hubiera andado cien leguas por los altos y bajos de Sierra-Morena. Hice reflexion sobre lo pasado, considerando qué cuenta daria yo de mí el dia siguiente, contando lo que habia sucedido, sin haber visto cosa que fuese de momento; porque decir un terror tan horrible sin haber averiguado el fundamento, era desacreditarme y quedar en fama de cobarde ó mentiroso: dejar de contarlo era quedar en opinion de miserable con la señora Daifa, habiendo gastado lo que no tenia sin decir el fin que tuvo. Por otra parte veia que si fuera algun difunto no tenia necesidad de mi pobre cena, pues hombre no podia estar tan abreviado que no topara con él cuando extendí el brazo. Al fin hice mi cuenta de esta manera: Si es demonio, mostrándole la señal de la cruz huirá; si es ánima, sabré si pide algunos sufragios; y si es hombre, tan buenas manos y espada tengo como él, y con esta resolucion fuíme animosamente á la tumba, desenvainé la espada y rodeando la capa al brazo, dije con muy gentil determinacion: yo te conjuro, y mando de parte del cura de esta iglesia, que si eres cosa mala te salgas de este lugar sagrado, y si eres ánima que andas en pena, que me reveles qué quieres, ó qué has menester (y el ruido del hierro con mi conjuro andaba más agudo): una y dos, y tres veces te lo digo y torno á decir; pero cuanto más le decia, tantos más golpes de hierro sonaban en la tumba que me hacian temblar. Visto que mi conjuro no era válido, y que si dejaba enfriar la determinacion que tenia, tornaria el temor á desanimarme, púseme la espada entre los dientes, y con ambas manos así de la tumba por el agujero de abajo, y en alzándola salió corriendo por entre mis piernas un perrazo negro, con un cencerro atado á la cola, que huyendo de los muchachos se habia recogido á descansar á sagrado; y como despues de haber reposado olió la comida, retiróla para sí, y sacó el vientre de mal año; pero con el grande y no pensado ruido que hizo saliendo, fué tanto mi espanto, que como él fué huyendo por una parte, yo fuera por otra, sino por un espinillazo que al salir me dió con el cencerro, de que no me pude menear tan presto; pero fué tanta la pasion de risa que despues de quitado el dolor me dió, que siempre que me acuerdo de ello, aunque sea á solas y por la calle, no puedo dejar de dar alguna demostracion de ello. Fué menester que el Doctor y su mujer acabasen de reir, para proseguir el intento para que truje el cuento; y habiéndolo solemnizado, les dije: No se podrá creer lo que yo me holgué de averiguar aquella duda que en tanta confusion me habia de poner, para contar lo que habia visto, por donde pusiera mal nombre á aquel lugar, como lo han hecho otros muchos, que por no averiguar los temores ó las causas de ellos, desacreditan mil lugares, y quedan desacreditados por temerosos y espantables sin haber causa para ello, más de haber visto alguna extraordinaria cosa, y sin averiguarla van á contar mil deslumbramientos y disparates. Uno dijo, que habia visto un caballo lleno de cadenas y descabezado, y era una bestia que venia del prado á su casa, con las trabas de hierro.
Son infinitos los disparates que en esto se dicen; de manera, que no hay poblacion, donde no haya un lugar desacreditado por temeroso, y ninguno, si no es burlando ó haciendo donaire, dice la verdad. En Ronda hay un paso temeroso despues que se subió de noche una mona en un tejado, que con la maza y cadena atoró, ó encalló en una canal, y desde allí echaba tejas á cuantos pasaban, y todo es de esta manera. Solas dos cosas hallo yo que pueden hacer mal de noche, que son los hombres y los serenos, que los unos pueden quitar la vida y los otros la vista.
DESCANSO VI.
A
Al tiempo que me iba hallando mejor con el Doctor Sagredo, y mi señora Doña Mergelina de Aybar, por el amor que me tenian, como mi suerte ha sido siempre variable, hecha y acostumbrada á mudanzas de fortuna, y ejercitada en ellas toda mi vida, vinieron á llamar de un pueblo de Castilla la Vieja al doctor Sagredo con un gran salario, el cual no pudo rehusar por haberlo menester, y para ejercitar lo que habia estudiado, que ni la grandeza del ingenio, ni el contínuo estudio hacen á un hombre docto, si le falta experiencia, que es la que sazona los documentos de las escuelas, sosiega las bachillerías que hacen al ingenio confiado por las filoterias de la dialéctica, que realmente no podemos decir que tenemos entero conocimiento de la ciencia hasta que conocemos los efectos de las causas que enseña la experiencia, que con ella se comienza á saber la verdad. Más sabe un experimentado sin letras, que un letrado sin experiencia, la cual faltaba al Doctor Sagredo, y así le estuvo bien aceptar aquel partido por esto, y por repararse de las cosas necesarias para la conservacion de la vida humana. Aceptado el partido, pidiéronme con toda la fuerza posible que me fuese con ellos, lo cual yo hiciera, si no fuera que no me atreví á los frios de Castilla la Vieja, que estando un hombre en los postreros tercios de la vida, no se ha de atrever á hacer lo que hace en la mocedad. El frio es enemigo de la naturaleza, y aunque uno muera de ardentísimas fiebres, al fin queda frio. Las acciones del viejo son tardas por la falta de calor; como la mocedad es cálida y húmeda, la vejez es fria y seca; por falta de calor viene la vejez, y por esto han de huir los viejos de regiones frias, como yo lo hice, que me quedé desacomodado por no ir á donde me acabase el frio en breve tiempo. Fuéronse, y quedéme solo y sin arrimo que me pudiese valer; que los que dejan pasar los verdes años sin acordarse de la vejez, han de sufrir estos y otros mayores daños y trabajos. Nadie se prometa esperanzas de vida, ni piense que sin diligencia puede asegurarla, que hay tan poco de la mocedad á la vejez, como de la vejez á la muerte; no puede creerlo sino quien ha entregado sus años á la dilacion de las esperanzas. Cada dia que se pasa en ociosidad, es uno menos en la vida, y muchos en la costumbre que se va haciendo. Siendo estudiante en Salamanca el Licenciado Alonso Rodriguez Navarro, varon de singular prudencia é ingenio, le hallé una noche durmiendo sobre un libro, y diciéndole que mirase lo que hacia, que se quemaba las pestañas, respondió, que apelaria para el tiempo que le diese otras; pero que si perdia el tiempo, no tenia para quien apelar sino para el arrepentimiento. Al mismo, preguntándole por qué camino habia venido á ser tan bien quisto en su ciudad, que es Murcia, respondió, que haciendo placer, y disimulando desagradecimientos, pero que nunca llegaron á engendrar en su pecho arrepentimientos de haber hecho el bien: que los hombres de bien no han de hacer cosas de que se deban arrepentir; y si el arrepentimiento viene tarde, y es bien recibido, aprovecha para el reparo de la vida, que como el arrepentimiento sigue á los daños sucedidos por propia culpa, viene acompañado con asomos de virtud, nacida del escarmiento y ayudado de la prudencia. Mas no hay arrepentimiento que venga tarde como sea bien recibido.
Cuatro efectos suelen resultar del tiempo mal gastado y peor pasado; dejamiento de sí propio, desesperacion de cobrar lo perdido, confusion vergonzosa, y arrepentimiento voluntario; estos dos postreros arguyen buen ánimo, y estar cercanos á la enmienda; pero entiéndese, que como el yerro fué con tiempo, el arrepentimiento no ha de ser sin tiempo: que si el mucho tiempo se pasó presto, el poco se pasará volando, y llegará tarde el arrepentimiento, como el tiempo que se pasa al descuido con gusto no se cuenta por horas, como el que se pasa trabajando, no se echa de ver hasta que es pasado. Yo quedé solo y pobre, y para reparo de mis necesidades, me topó mi suerte con cierto hidalgo que se habia retirado á vivir á una aldea, y habia venido á buscar un maestro ó ayo para dos niños que tenia de poca edad, y preguntándome si queria criárselos, le respondí, que criar niños era oficio de amas, y no de escuderos; rióse, y dijo: Buen gusto teneis, á fé de caballero que habeis de ir conmigo: ¿no os hallareis bien en mi casa? Yo respondí: Ahora sí, pero despues no sé. ¿Por qué? preguntó el hidalgo. Porque hasta tomar el tiento á las cosas, dije yo, no se puede responder afirmativamente; y no se ha de preguntar á los criados si quieren servir, sino, si saben servir, que el querer servir arguye necesidad, y saber servir, habilidad y experiencia en el ministerio que los quieren; y de aquí nace, que muchos criados, á pocos dias de servicio, ó se despiden, ó los despiden, porque entraron á servir por necesidad, y no por habilidad, como tambien en algunos estudiantes perdidos, que en viéndose rematados, entran en religion tan llenos de necedad como de necesidad, y á pocos lances, ó desamparan el hábito, ó el hábito los desampara. Primero se ha de inquirir y escudriñar si es bueno y suficiente el criado para el cargo que le quieren dar, que no si tienen voluntad de servir: porque de tener criados ociosos, y que no saben acudir al oficio para que fueron recibidos, fuera del gasto impertinente, se siguen otros mayores inconvenientes. Aunque cierto Príncipe de estos reinos, diciéndole un mayordomo suyo que reformase su casa, porque tenia muchos criados impertinentes, respondió: El impertinente sois vos, que los valdíos me agradecen y honran; y esotros, pagándoles, les parece que me hacen mucha merced en servirme, y el que no obliga con buenas obras, ni es amado, ni ama, y en las buenas se parece un hombre á Dios. Paréceme, dijo el hidalgo, que quien sabe eso, sabrá tambien servir en lo que le mandaren, especialmente que mi hijo el mayor os podrá hacer bien en algun tiempo, que tiene accion, y espectativa á un mayorazgo de parte de su madre, que ahora posee su abuela; y del hijo mayor, á quien le viene, no tiene sino dos nietecillos enfermizos; y muriendo ellos y su padre, queda mi hijo por heredero. Eso es, dije yo, como el que deseando hartarse de dátiles, fué á Berbería por una planta de palma y compró un pedazo de tierra en que la plantó, y está esperando todavía que dé el fruto; así yo tengo de esperar á tres vidas, estando la mia en los últimos tercios, para la poca merced que se aguarda de quien aún no tiene esperanza, que como ella vive entre la seguridad y el temor, es necesario que tenga larga vida quien se sustenta de ella; que no hay cosa que más la vaya consumiendo que una esperanza muy dilatada; y es de creer, que el que se va á pasar la suya entre robles y jarales, ni la tiene muy cerca, ni muy cierta, que por no martirizarme con ellos ni verme en los tragos en que ponen á quien los sigue, he tenido por mejor y más seguro abrazarme con la pobreza que abrazarme con la esperanza. Esa, dijo el hidalgo, es la cuenta de los perdidos, que por no esperar ni sufrir, quieren ser pobres toda la vida. ¿Y qué mayor pobreza, dije yo, que andar bebiendo los vientos, echando trazas, acortando la vida y apresurando la muerte, viviendo sin gusto, con aquella insaciable hambre y perpétua sed de buscar hacienda y honra? Que la riqueza, ó viene por diligencia buscada, ó por herencia poseida, ó por antojo de la fortuna prestada: si por diligencia, no da lugar á otra cosa de virtud; y si por herencia, ordinariamente se posee acompañada de vicios y envidiada de parientes; si por antojo ó arrojamiento de la fortuna, hace al hombre olvidarse de lo que antes era, y de cualquier manera que sea, todos en la muerte se despiden de mala gana de la hacienda y de las honras que por ella les hacian. Una diferencia hallo en la muerte del rico y la del pobre, que el rico á todos los deja quejosos, y el pobre piadosos.