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Fernando IV de Castilla o Dos muertes a un tiempo

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos. Así mismo, la puntuación ha sufrido ligeros retoques para su modernización.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.
  • En el pie de la [lámina de la pág. 166], y en la «[Pauta...]» de final del libro, la expresión original «don Alfonso Carvajal» ha sido sustituida por «don Juan Alonso Carvajal», para preservar la coherencia en el relato.

¡Santiago y Cisneros!

FERNANDO IV DE CASTILLA,

o

DOS MUERTES A UN TIEMPO.

NOVELA HISTÓRICA DEL SIGLO XIV

ORIGINAL

de D. V. África Bolangero.

MADRID—1849.

Establecimiento tipográfico de D. José G. Márquez,

CALLE DE LA GREDA, NÚM. 3 Y 5.

Publicada por J. RUIZ.

V. A. Bolangero

Dedicada al Excmo. Sr. D. Francisco Javier de Aspiroz y Jalón, Duque de Retuerta, grande de España de primera clase, Senador del Reino, Teniente General de los ejércitos nacionales y Director del cuerpo de Artillería de España e Indias, etc., etc.

En prueba de alta consideración y profundo reconocimiento,

El autor.

FERNANDO CUARTO

INTRODUCCIÓN.

I.

Expiraba el día 31 de diciembre, y con él, el año de 1301. Las primeras pálidas sombras de la noche envolvían las pequeñas torres de un edificio negruzco y de arquitectura desconocida, que servía entonces de alojamiento a los guardias y comitiva del poderoso infante don Juan, tío del gran monarca de Castilla. Una estrecha y oscura galería, cuyas maltratadas paredes estaban cubiertas por tapices de raídos colores que representaban las brillantes campañas de los vencedores de las Navas y Clavijo, disminuyendo la luz que por ojivas ventanas penetraba en aquel paraje, le daba un tinte sombrío que más que en ninguna otra parte se reflejaba en los rostros severos de dos personajes que al parecer con la mayor cautela platicaban. Permitido nos será, a fuer de verdaderos cronistas, introducirnos en la lúgubre morada que acabamos de describir, para de este modo poder relatar con más exactitud el misterioso asunto que a los dos caballeros ocupaba. Uno de ellos, que parecía reconocer la influencia de su compañero, revelada por sus ademanes imperiosos y por sus breves pero enérgicas palabras, le dijo apagando cuanto pudo la voz:

—¿No os parece, señor, que altos intereses nos llaman a Castrojeriz, y que no debemos dilatar ni un solo momento la partida?

—Pensara como vos, querido amigo, si otros negocios de más alta importancia no me obligaran a permanecer por ahora en Burgos.

—Pero es necesario que no echéis en olvido que con el rey ha quedado el nuestro siempre terrible adversario abad de San Andrés, sostenedor por interés propio de las pretensiones de la reina madre, enemiga declarada de la parcialidad a cuya frente figura uno de los más ilustres caballeros de Castilla. El abad, aprovechándose de nuestra momentánea ausencia, influirá inmediatamente en el ánimo del rey para conducirle a lo que él llama su buen camino.

—Basta, por Dios, buen conde; la influencia de la palabra es pasajera; la de la espada, y esta es la mía, dura, en estos tiempos de desgraciados azares tanto como el más largo reinado del más débil monarca, y va veis si tiene aplicación...

—Oh, sí, sí; niño y débil el rey, y los tiempos de intestinas guerras, largo, muy largo debe ser el verdadero reinado del más ilustre de los guerreros y el más querido de las in...

—¡Silencio! —dijo el apuesto caballero, concluyendo entre dientes una frase que no dejó murmurar a su compañero.

Y tendiéndole su diestra, añadió en alta voz:

—Si os agrada, seguidme a casa del judío Juffep Aben-Ahlamar, donde podremos continuar nuestra plática.

No bien acabara de pronunciar estas palabras, cuando resonó por todo el ámbito de la plaza un grito unánime que decía:

—¡La gitana! ¡La gitana!

El eco de esta voz atronadora, que llegó mal apagada al lugar en que conversaban nuestros dos misteriosos personajes, entregados enteramente a sus planes políticos, vino a distraerlos lo bastante para que corrieran ambos a averiguar la causa de aquel repentino alboroto.

En el ángulo de la plaza contiguo a la casa de donde acababan de salir los dos caballeros, había un grupo de gentes del pueblo que se estrechaban y comprimían entre sí para escuchar la argentina voz de una hermosa gitana pronta a decir a los que a ella se llegaban el secreto de sus vidas o los misterios del porvenir.

Era la gitana una niña de catorce a quince años, y ya su rostro revelaba los tesoros de voluptuosidad y belleza que parece ser patrimonio de las hijas del Oriente. Sus grandes y rasgados ojos negros estaban velados por una arqueada y larga pestaña; su cutis, quemado por los rayos del sol del mediodía, era sin embargo finísimo; su talle era esbelto y aéreo, como el de los seres ideales que pueblan el paraíso del falso profeta; su voz, pura y argentina, vibraba en el corazón de sus entusiasmados espectadores como una sentida nota; sus maneras eran expresivas y de graciosa desenvoltura, a pesar del pobre traje que la cubría, y era, como el de todas las hijas del pueblo, una tunicela de tosco buriel con bandas y rapacejos, ceñida a su delgada cintura por una correa negra, de la que pendía una escarcela de la misma clase donde guardaba el dinero que recogía de sus generosos parroquianos.

Acompañábala una mujer anciana vestida aun mucho peor que ella, cargada de espalda y de rostro repugnante y asqueroso. Sus ojillos verdosos y siempre húmedos se abrían extraordinariamente de alegría, cuando la joven metía algún dinero en la escarcela de cuero.

La bella gitana alcanzó a ver a dos hombres de gallarda presencia y de nobles y delicados ademanes cubiertos de pies a cabeza con ricas armaduras de bruñido acero, que pugnaban por llegar adonde ella estaba. Entonces dijo, esforzando cuanto pudo la voz:

—¿Quién quiere que le diga la buenaventura?

—¡Yo! —repuso uno de los armados, abriéndose paso por entre aquella masa compacta, y penetrando en el círculo donde se hallaba la aventurera.

—¿Qué hacéis, don Juan? —dijo sorprendido el conde—. ¡Vive Cristo, que un niño hubiera estado más prudente que vos! ¿Y si os conocen?

—Nada temáis, amigo mío —contestó don Juan quitándose la manopla derecha y descubriendo a los circunstantes una blanca pero poco delicada mano.

La vieja que acompañaba a la gitana se acercó a esta y le dijo con mal reprimido gozo:

—Hinca, hija mía, una rodilla en tierra, y di de ese modo la buenaventura a este poderoso señor, a quien Dios guarde y dé salud para defender la religión cristiana y conquistar en los torneos y apuestas todos los premios para su dama, que estoy segurísima será la más hermosa y cumplida doncella de la corte de nuestro buen rey y señor don Fernando IV.

Movió el desconocido la cabeza en señal de despecho haciendo ondear graciosamente la pluma blanca que adornaba a su casco de acero y oro.

La gitana obedeció a la anciana y dijo al caballero casi imperceptiblemente:

—No os puedo conocer por más que hago.

—Lo creo —contestó don Juan con aire satisfecho—. ¿Cómo te llamas? —repuso apretando entre sus manos las de la aventurera.

—Piedad.

—Oh, me gusta tu nombre. Y ¿tienes padres, hermosa Piedad?

—Si los tengo, no los conozco. Esa mujer, que veis ahí, se dice mi abuela; ¿lo podréis creer?

—¿La amáis? —repuso el armado desentendiéndose.

—¡Que si la amo! ¡Bien sabe Dios, señor, que la aborrezco con todas mis fuerzas!

—¿Y por qué, hija mía?

La gitana lanzó un lastimero suspiro y guardó silencio.

—¿Os da mal trato?

—¡Terrible, terrible, noble caballero!

—¡Infame!... Queréis variar de vida y...

—¡Oh, sí, sí, al instante! —contestó Piedad restregándose las manos de alegría e interrumpiendo a don Juan.

—Bien —dijo este—, queda de mi cuenta libraros de esa mujer. Ahora da principio al cuento de mis felicidades o de mis desgracias.

Cogió entonces la gitana la diestra del desconocido, y haciéndole en la palma una cruz, habló en alta voz de esta suerte:

—Tu vida, noble señor, maguer me cueste trabajo decírtelo, tu vida, azarosa en demasía, se verá siempre amenazada por personas que llegarán a arrebatarte el mando que ahora tienes..., pero el rey tu so...

—¡Calla, calla!, que ya que tú me has conocido, no me conozcan los demás.

—Bien está.

—Guarda silencio, hermosa Piedad, y haré tu felicidad.

—Perded cuidado, gran señor. ¿Queréis que continúe?

—No, basta —repuso el armado calzándose la manopla.

Y arrojando en la falda de la gitana una moneda de oro, desapareció con su compañero.

Poco tiempo después, cuando ya la noche cubría de tinieblas la ciudad, y cuando la gente se marchaba, porque se disponía a hacer otro tanto Piedad, presentose nuevamente el caballero, llamado don Juan por el conde, acompañado de un personaje que por su traje indicaba ser judío, y le dijo señalando a la gitana:

—Distinguís, Juffep Aben-Ahlamar, a aquella muchacha...

—Sí, sí, perfectamente.

El infante don Juan y Aben-Ahlamar

—La necesito.

—En hora buena.

—Esta misma noche ha de venir con nosotros a Castrojeriz.

—¡Diablo!, y ¿cómo te vas a componer, señor?

—Tú te encargarás de esa comisión.

—¿Yo, el médico de su alteza el rey de Castilla y León?

—¡Toma, miserable! —dijo el armado, pasando de sus manos a las del judío una bolsa repleta de dinero.

—No era mi ánimo...

—No te disculpes.

—Bien, señor, ¡soy tan pobre!

—¿Conque te encargas de llevarla esta misma noche a la villa?

—Te lo prometo a fe de Juffep Aben-Ahlamar —contestó el físico del rey, guardando al mismo tiempo por entre los pliegues de su ancho y largo ropón de seda morada, la bolsa que le diera el desconocido.

A poco de esto, quedó la Plaza mayor de Burgos solitaria.

II.

A siete leguas de Burgos encuéntrase la villa de Castrojeriz, uno de los pueblos más principales de la provincia, tanto en los tiempos a que nos referimos como en los presentes. Sus fértiles praderas, bañadas por los ríos Odra y Garbanzuela, y sus abundosos y espesos montes, ricos de todo género de caza, habían merecido la predilección del joven rey de Castilla don Fernando. Y en efecto, en este delicioso lugar, de acuerdo con su tío el infante don Juan y el conde de Lara, uno de los grandes más poderosos de aquella época, dispuso invertir, entregado a su diversión favorita, los cuatro días de término otorgados por la reina madre.

Largo tiempo hacía que intentaban el infante don Juan y el poderoso conde de Lara separar al joven e inexperto monarca de la tutela de su madre, señora tan prudente como desgraciada, para de ese modo tener ellos más mano en el gobierno de Castilla y León.

No creía doña María Alfonsa de Molina, a pesar de su despejado talento y natural penetración, que aquellos hombres llevasen su maldad hasta el extremo de querer arrebatarle al hijo que amaba con frenesí, y al cual hasta entonces había salvado de las asechanzas de sus encarnizados enemigos, a costa de innumerables padecimientos y de onerosos sacrificios, y conservándole la corona de su padre una y muchas veces amenazada. Pero bien pronto hubo de convencerse, en vista de que la ausencia de cuatro días se prolongaba demasiado, de que el designio de sus malos parientes era desviar al joven monarca de sus maternales caricias y de sus saludables y prudentes consejos.

Al mismo tiempo estos procuraban captarse la voluntad del rey y malquistarlo con su madre, propósito poco digno, en verdad, pero que les costó muy poco trabajo conseguir, por ser el rey demasiado niño y de suyo inconstante y voltario, aunque de bondadoso carácter. Hallábase este tan distraído con la persecución de la corza y el jabalí, que jamás se hubiese acordado de que existía para su bien una persona tan buena y entendida como doña María la Grande.

Los tibios rayos del sol poniente doraban apenas las altas y desnudas copas de los árboles, deslizando trémulos y fugitivos destellos sobre la menuda yerba. Acababa uno de esos días más brillantes y menos fríos del mes de enero. Como a cosa de una legua de Castrojeriz, una compañía de cazadores, lujosamente engalanados, turbaban con el ruido del cuerno y trompeta de caza la tranquilidad que naturaleza concede a los montes y a las selvas. Acababa de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho, esperaban a que asomase la presa para precipitarse sobre ella con el venablo aguzado y tenderla en tierra del primer golpe. Varias magníficas tiendas, con las armas de Castilla y León colocadas en la parte exterior de los tapices abiertos para penetrar en ellas, indicaban que aquel placer había durado algunos días. En una de las tiendas de peor apariencia daban vueltas dos hombres a un asador que contenía una pieza no muy grande, y cuyo lomo se iba poniendo del mismo color que entonces tenían los rayos del sol; otros aderezaban varios platos y atizaban al mismo tiempo la brasa con prisa. Dos hombres, los dos jóvenes y bien vestidos, observaban a los encargados de confeccionar las viandas que había de comer, tal vez dentro de un minuto, la regia partida. El que parecía más joven dijo a su compañero:

—¿Puedo saber, maguer sea descortesía preguntarlo, cómo no se encuentra al señor Peranzúlez en la partida de su alteza, con su amo el muy noble y egregio señor don Juan Núñez de Lara?

—Me encontraba algo indispuesto —contestó el interpelado—, y mi ilustre señor permitió me quedara aquí. Pero lo que a mí me llena de extrañeza y curiosidad es saber cómo es que habéis abandonado a vuestro augusto amo.

—De buen grado os diré, señor escudero del conde de Lara, que su alteza me ha enviado aquí para que mande activar lo que haya de yantar, pues nos vamos de este lugar tan luego como el rey y su comitiva reparen en algún tanto sus fuerzas.

—¡Cómo! —repuso el escudero del conde lleno de sorpresa—; pues ¿no dijo hoy su alteza que se prolongase un día más la partida?

—¿Y no sabéis, señor mío, que don Fernando se casa con su prima doña Constanza, hija de los reyes de Portugal?

—Lo sé, Hernando; pero también sé a punto fijo que ese enlace no se celebrará hasta dentro de unos días.

—Engañado vivís sobre este particular, Peranzúlez, que el rey se casa al momento.

—Vuestras noticias, señor paje, me han llenado de sorpresa y decididamente las creyera poco exactas si no temiese ofenderos.

—Pues tenedlas por tan ciertas como cierto es que los dos estaremos, dentro de cien años, en el seno de nuestra común madre.

—En ese caso iremos desde aquí a Burgos sin detenernos —repuso Peranzúlez deseando saber más noticias aunque le causasen sorpresa.

—Creo que tocaremos en Castrojeriz.

—¿Y sabéis el motivo porque se apresura el enlace de su alteza?

—No; solo sé que vuestro amo y el infante han recibido un pliego, bastante voluminoso por cierto, y que a consecuencia de eso salimos de Castrojeriz.

—Esa mujer nos va a dar mucho que hacer, ¡qué os parece! —dijo el escudero a ver si se espontaneaba el joven Hernando.

—Soy de vuestro mismo parecer. Figuraos —dijo el paje con el mayor sigilo— que doña María quiere llevarse al rey a su lado, y como nada puede conseguir, trata de llevárselo a la fuerza, haciendo valer sus derechos de regenta del reino y de tutora de su hijo. Ahí tenéis la razón...

—Por la que se apresura el casamiento, ¿verdad? —dijo el escudero con aire de triunfo.

—Cabalmente.

—¿No oís ruido? —dijo Peranzúlez.

—Son ellos, la partida, ¡el rey! —repuso el mozo metiendo prisa a los criados.

Con efecto: oíase en lontananza el galope de los caballos y los ladridos de la jauría.

Poco tiempo después presentose la regia partida.

Distinguíase entre los caballeros un joven de dieciséis a diecisiete a años, de rostro bondadoso, mirada dulce y aire noble y majestuoso. Adornaba la parte superior de su boca un pequeño bigote tan rubio como sus largos y rizados cabellos; su tez, de suyo blanca, estaba algo tomada del sol, consecuencia, sin duda, de la diversión a que estaba entregado desde su permanencia en Castrojeriz, pero este color hacía resaltar mucho más la blancura de sus iguales dientes. Vestía este joven, que era efectivamente el rey, jubón de terciopelo recamado de oro, cinto tachonado, calzas justas, escarcela de terciopelo y plata, birrete con pluma blanca, camisola de holanda, y un capotillo oscuro de caza completaba el traje que llevaba el adolescente rey de Castilla y León.

Apeose con ligereza del brioso corcel que montaba y penetró, seguido de sus magnates, en una tienda sencillamente alhajada, pero cuyas alfombras y tapices representaban escenas alegóricas a aquel lugar.

Don Fernando y su corte se sentaron alrededor de una mesa cubierta de asados, morcón, y de buen vino de Toro, entonces muy apreciado.

—Buen día hemos tenido hoy —dijo el rey dirigiéndose a su tío—. ¡Lástima que las circunstancias, como decís, nos obliguen a salir de Castrojeriz! En verdad, señores, que les voy tomando cariño a estos sitios.

Una persona que estaba parada en la entrada de la tienda al empezar el rey las anteriores palabras, llegó con paso mesurado a la mesa, sin ser notado de nadie.

El infante don Juan contestó a su sobrino con tono risueño.

—Eh, señor, no merece la pena la momentánea ausencia que vamos a hacer de Castrojeriz, para que tu alteza se entristezca de este modo.

—Sí, sí, tenéis razón —dijeron a una todos los caballeros.

—¿Qué, volveremos? —preguntó el rey a su tío lleno de alegría.

—Volveremos, señor, y vuestra alteza unido para siempre a la linda Constanza.

El intruso tosió fuertemente.

—Ah, padre mío —dijo don Fernando, conociendo a su confesor—, no os he visto desde esta mañana: ¿qué habéis hecho?

—Orar por tu felicidad y la de tus pueblos, mientras tu alteza se divertía en la persecución de la inocente corza y del fiero jabalí —contestó el anciano echando sobre sus hombros la capucha del hábito que vestía.

—¡Y sufres esto, señor! —exclamó el infante dando una fuerte puñada en la mesa y lanzando una torva mirada en el venerable abad de San Andrés.

—Sois, infante don Juan —repuso con la mayor mansedumbre el anciano—, poco dueño de vuestros impetuosos arranques, y si no os enojaseis os diría cómo debéis tratar otra vez a un anciano que no ha sido nunca traidor a su patria ni a su rey.

El infante se mordió los labios de despecho, y hubiera contestado a la fría impasibilidad del confesor de don Fernando, si este no se levantara y repusiese al instante:

—¡Silencio!

—Señor —se apresuró a decir el abad—, pido a tu alteza mil perdones si he proferido alguna palabra que te pueda haber ofendido.

—No, ninguna, padre mío.

El anciano se acercó al rey y le besó con respeto una de sus manos. Viendo esto don Fernando, dijo conmovido:

—Bien sabéis, padre mío, que os quiero.

—¡Oh, gracias, gracias noble rey! —exclamó el abad radiante de alegría.

Y procurando herir enteramente a los irreconciliables enemigos de doña María continuó de esta suerte:

—¿Me permitirá tu alteza, ya que nunca has dudado de la lealtad de mis intenciones, darte un consejo hijo de mi experiencia y mi mucho amor que hacia ti y hacia tu augusta madre tengo?

—Si, padre mío, hablad, que con el mayor placer os escucho.

—Pues bien, señor, tenía que decirte que equivocados o torcidos consejos te arrastran irremisiblemente a un hondo precipicio que tu poca edad desconoce: ¡vuelve en ti, hijo de Sancho IV!, ¡vuelve en ti y acuérdate de lo que debes a tu desgraciada madre!

Un murmullo de desagrado reinó por algún tiempo en la tienda. El abad se apresuró a decir:

—Cesad, caballeros, que mis palabras no acusan más que a dos.

Todas las miradas se fijaron a un tiempo en el infante y el conde de Lara. Sus rostros permanecieron sin alterarse, pero sus pechos rugieron a un tiempo de cólera.

El rey se puso de pie y gritó, esforzando la voz cuanto pudo para que apareciese más varonil de lo que era en realidad:

—Mi armadura, Hernando, que vamos a partir.

En el rostro del conde y de su amigo brillaba la alegría y el triunfo.

Dejose poner el monarca, de manos de su paje favorito, la loriga y demás arreos de la armadura, y después salió de la tienda diciendo a sus cortesanos:

—A Castrojeriz, señores.

Media hora después de lo que acabamos de referir, veíanse sentados en magníficas y cómodas poltronas, disfrutando del calor que despedía un hogar de mármol blanco lleno de encendidos leños, al rey y a sus consejeros el infante y el conde. Una lluvia fuerte y obstinada, empujada por un aire que parecía querer arrancar al edificio de sus cimientos, hacía ya rato hería los oídos de los tres personajes que se calentaban sin mirarse y sin dirigirse ni una sola palabra.

Moviose don Fernando en su poltrona, que era la de en medio, y dijo a sus ministros con aire de mal humor:

—¡Por santa Polonia, que no he conocido una noche peor que esta! Ahora que yo quería marcharme cuanto antes de este maldito villorrio, se empeña el tiempo, alborotado sin duda por las brujas, en que no salga de aquí. Pero mañana, esté como quiera el tiempo, dispondréis, señor mayordomo mayor de mi casa, los preparativos necesarios para emprender sin demora la marcha a Valladolid.

—¡A Valladolid! —exclamó sorprendido el mayordomo, conde de Lara.

—Sin duda —repuso el rey acariciando su pequeño bigote.

—¿Pues no dijo ayer mismo tu alteza —insistió el conde— que tu enlace con la hija de don Dionisio se celebraría en Burgos?

—Oh, mi matrimonio, mi matrimonio se efectuará cuando mi querida madre disponga. Para el efecto quiero verla cuanto antes.

La derrota no podía ser más completa. Así lo comprendieron los dos amigos y ambos se creían perdidos si el rey volvía a poder de su buena y desinteresada madre. El conde miró a don Juan, y este dijo a su sobrino con tono doliente e hipócrita:

—He llegado a comprender, señor, que estáis descontento con nosotros.

El rey guardó silencio.

—Si es así —continuó don Juan—, dígnate decirlo para no importunar tu atención con consejos que tu alteza cree contrarios a tu causa. ¿Pueden, señor, hacer más estos tus servidores que devolverte la majestad y el poder que la desmedida ambición de tu madre te tenía usurpado? ¿Pueden haber hecho más que librarte de la vergonzosa tutela de una mujer que además de quererte arrancar la corona que ciñe tan justamente tu frente, ganada por tu padre y mi hermano don Sancho, de feliz recordación, ha malversado tus rentas y desmembrado parte de tus reinos para recompensar a los que le ayudaban en su política?[1] ¿Te has visto al lado de tu desnaturalizada madre rodeado de tanto esplendor como ahora te cerca? No: pues, entonces, ¿qué quieres de nosotros? ¿Nuestra sangre? Hace ya tiempo que la hemos derramado por ti, y dispuestos estamos a derramarla de nuevo siempre que sea por tu bien y felicidad. Mira, don Fernando, si quieres ser tan buen rey como tu bisabuelo don Fernando III, tan sabio como tu abuelo don Alfonso X, mi querido padre, y tan estimado como el tuyo, sé magnánimo con todos, justiciero, humano con el vencido, desecha ese carácter irascible que a veces tienes, recompensa a los que bien te sirven y no des oído jamás a los que se entretengan en malquistarte con tus vasallos. Si sigues esta marcha, que aunque mal trazada es la de la razón y la de la justicia, serás bendecido en vida y llorado en muerte.

[1] Todo esto es histórico.

»Ahora voy a hacerte una revelación que tú sin duda no esperarás. ¿Has visto a ese anciano que se decía ministro de Jesucristo, y que hace poco osó insultarme ante tu augusta presencia? Pues ese hombre que ya pertenece a la muerte, ese mal sacerdote es un espía de tu madre, y el encargado por ella de desbaratar tu ya concertado enlace, enlace que, como sabes, tantas ventajas te reportan a ti y a tus reinos. Por último, señor, ese hombre es el mismo que aconseja a doña María que case a tu hermana Isabel con don Alfonso de la Cerda y que le dé en dote la corona de Castilla, quedándote solo con la de León y Galicia. ¡Se puede dar más infamia! ¡Se puede dar más maldad! ¿Hay situación más espinosa que la nuestra?

No pudo resistir más el joven e inexperto monarca. Levantose bruscamente del sillón y dijo al mismo tiempo que daba largos paseos por la estancia:

—¡A Valladolid mañana mismo, amigos míos!

Los dos amigos se miraron llenos de alegría y satisfacción.

—¡Es nuestro! —dijo el infante a media voz.

—¡Oh, sí!; pero lo malo es que mañana partimos para Valladolid, donde se halla la que puede más que nosotros.

—No tengáis miedo, señor conde, que ya haremos a ese muñeco que no salga de aquí si es necesario —repuso el infante, pasándose una mano por la frente como llamando alguna idea.

El rey se acercó a una de las ventanas que daban al patio principal del palacio y la abrió maquinalmente permaneciendo en ella largo rato. Visto esto por don Juan, dijo, poniéndose de pie:

—¿Habéis oído al rey que quiere salir mañana de madrugada para Valladolid?

—Sí.

—Pues no tarda el tiempo que se invierte en rezar un credo en daros orden para que no se hagan preparativos de viaje.

—¡Cuerpo de tal! ¿Y cómo haréis, señor?

—Oh, oh, es un secreto, ¡un secreto!

Y salió de la estancia murmurando entre dientes las palabras anteriores.

La llama de indignación que se había encendido en el pecho del joven rey, con las palabras de don Juan, fue apagada de pronto y sustituida por otra que, extendiéndose por todo su cuerpo como una chispa eléctrica, le inflamó la sangre y le hizo sentir, por primera, una afección desconocida de él, y, por otra, que le hizo palpitar el corazón violentamente y perder la razón por un momento.

Sus ojos, extraordinariamente abiertos, no los quitaba ni un instante de una mujer de singular belleza, ricamente vestida y con el cabello tendido por los hombros en forma de rizados bucles, que muellemente recostada en una banqueta de terciopelo carmesí, veíase por entre las celosías de una ventana del piso bajo.

Poco tiempo le duró al rey su halagüeña aparición, pues un hombre de larga barba y traje judaico cerró la ventana.

—¡No cerréis, Aben-Ahlamar! —exclamó don Fernando conociendo en el personaje a su físico—. ¡No cerréis, que quiero verla más tiempo, quiero contemplarla de nuevo!

Como queda dicho la ventana se cerró y el desgraciado Fernando, víctima de los hechizos de la gitana Piedad, se quedó triste y admirado.

Poco después una voz de querubín, acompañada de los acordes sones de un laúd suave y diestramente pulsado, hirió los oídos del extasiado joven.

—¡He aquí la mujer que a mí me faltaba para ser feliz! —exclamó el hijo de doña María Alfonsa, cerrando la ventana a pesar suyo; porque la lluvia y el viento, que no había cesado un momento, le azotaba demasiado el rostro.

—Mañana, señor conde de Lara, no saldremos de Castrojeriz —dijo el rey tomando posesión de la poltrona, pero en muy distinta situación su ánimo de cuando la había dejado.

—Dice bien su alteza —repuso el infante, penetrando en la estancia lleno de gozo—, porque se han puesto los caminos con la lluvia punto menos que intransitables.

—Sí, sí —replicó el monarca—, ya he visto que no ha cesado ni un solo instante. De manera que por este motivo seremos, por unos días más, vecinos de estos fieles lugareños.

No comprendiendo el conde cómo se había obrado en el rey tan súbita mudanza, pidió con la vista explicaciones a su amigo.

Este se sonrió y dijo a media voz:

—Ya no tenemos nada que temer. El rey está enamorado y el objeto de su amor es hechura y cosa mía. ¿Comprendéis, amigo mío?

—Sí, sí, perfectamente.

FIN DE LA INTRODUCCIÓN.

CAPÍTULO I.

De cómo la maldición que lanzó Dios sobre don Alfonso el sabio alcanzó hasta su quinta descendencia.

Por el año de 1310, concluida felizmente la guerra con los moros, después de haberles tomado don Fernando, el cuarto de este nombre, Gibraltar, Vedmar y Quesada, y a más de esto exigídoles cuarenta mil escudos para subsanar los gastos de la guerra, se celebró con mucha ostentación y aparato en la ciudad de Burgos el casamiento de la infanta Isabel, hermana del rey, con Juan, duque de Bretaña.

Con este motivo acudían de todas partes multitud de personas de todas clases, sexos, edades y distinciones, incluso el rey que con su corte se hallaba en Sevilla despidiendo al ejército y premiando a aquellos que más se habían distinguido en la guerra.

La reina doña María Alfonsa de Molina y su hija la futura esposa del duque de Bretaña ocupaban parte del alcázar de Burgos; pues lo restante, y era lo más principal, estaba destinado a servir de alojamiento al rey y a su corte, que a marchas dobles venían a presenciar las bodas de la infanta.

Hallábase suntuosamente alhajada la parte que en el alcázar ocupaba esta señora; costosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, ostentosos tapices y cuanto el lujo de la época podía permitir veíase allí reunido con el más refinado gusto. Ardían lentamente, en los cuatro ángulos de un magnífico salón, pebeteros de plata de los cuales salían otras tantas columnas de denso y azulado humo que exhalaban deliciosos y delicados aromas del Oriente. En un frente del salón y junto a un hogar de jaspeada piedra, encontrábase una mujer de bello y apacible semblante, vestida con exquisita elegancia y muellemente arrellanada en una colosal poltrona, notable por su rica madera y por la profusión de adornos y relieves con que la mano inteligente del artista se había divertido en recargarla. Descansaban sus delicados pies en un almohadón de preciosa tela, y sus ebúrneas manos sostenían un crecido volumen en cuya cubierta se leía en gruesos caracteres: «Vida del rey San Hermenegildo».

Acompañábala otra mujer que guardaba profundo silencio, y se entretenía en mover con unas tenazas de acero las brasas que ardían en el hogar. Esta, más joven y hermosa que la primavera, pero ataviada con menos riqueza, vestía un traje talar de terciopelo color de guinda; sus rubios y sedosos cabellos, que contrastaban maravillosamente con su nevado cutis y el azul celeste de sus lánguidos ojos, quedaban recogidos por una aguja de oro, de la cual pendía un velo blanco que llegaba a besar las pieles de que estaba guarnecido el vestido.

La mujer que hemos visto sentada en la poltrona cerró el manuscrito que leía y dijo a la otra en tono afable.

—¿No sentís hoy un frío horroroso, querida Beatriz?

—Lo hace en efecto, señora; pero si te acercases más al hogar, no lo sintieras tanto.

—Tienes razón; ayúdame a aproximar un poco la poltrona, y da orden después para que avisen a mi confesor, el abad de San Andrés.

Salió Beatriz y regresó al momento diciendo:

—Ya están tus órdenes cumplidas, señora.

—Bien, hija mía, sentaos ahora cerca de mí y decidme si sabéis algo de vuestro amante.

—¡Oh, nada, señora, nada absolutamente! —exclamó la joven llevándose las manos a los ojos para contener una lágrima que de ellos brotaba.

—No te aflijas, querida mía —dijo la reina con dulzura.

—¿Y qué queréis que haga, cuando nadie me da razón de él ni de su hermano?

—¿No me has dicho que han ido de mesnaderos con su alteza el rey a la guerra de los moros?

—Así es, señora.

—Pues entonces tal vez el abad traiga noticias del rey, y en ese caso sabremos pronto lo que ha sido de tu futuro.

—¡Dios lo haga! —exclamó Beatriz tranquilizándose algún tanto con las palabras de la reina.

Una voz estentórea se dejó oír por la parte de fuera.

—¡El abad, señora! —dijo la joven llena de júbilo.

—¡Oh, cuánto me alegro!

—¿Da permiso tu alteza? —dijo el anciano antes de penetrar en la estancia.

—Adelante, padre mío, adelante —repuso doña María, saliendo al encuentro del anciano.

Y besándole una mano con religioso respeto, lo condujo al hogar.

—Perdonad, señora, si no he venido...

—Está bien, padre mío. Tomad asiento aquí —dijo la reina dando a su canciller una silla que presentó Beatriz.

El confesor y canciller de la viuda de Sancho IV frisaba en los sesenta y cinco años: sus cabellos eran blancos y largos, y su mirada dulce y benigna infundía un religioso respeto; no obstante lo avanzado de su edad, su cuerpo se mantenía erguido y había en su rostro tanta dignidad como mansedumbre.

Acostumbrado a aquellas deferencias, tomó con desembarazo posesión del asiento que le presentó Beatriz, preguntando con afectuoso interés a esta:

—Y de tu amante, ¿qué sabes, hija mía?

Las mejillas de la joven se cubrieron de un vivo carmín y sus ojos se inyectaron de lágrimas. Quiso hablar y su voz se anudó en la garganta. Conociendo doña María la crítica situación de su dama, se apresuró a responder por ella.

—Nada sabe; como que esperaba con vivos deseos vuestra venida, creyendo que vos nos diríais algo.

El abad se encogió de hombros. Doña María preguntó balbuciente:

—¿Y de mi hijo tampoco sabéis nada?

—Ni una palabra señora. ¿Y vos?

—Retiraos, Beatriz —dijo la reina a la joven sin contestar a su consejero.

Esta alegrose en extremo de la orden de doña María porque de ese modo podía desahogar su corazón más libremente.

—Decidme, padre mío —prosiguió la reina así que hubo salido la joven—, ¿qué pensáis de ese prolongado silencio que guarda su alteza?

—¿Qué he de pensar, señora? —repuso el anciano.

—¿Nos querrá sorprender?

—Mucho me holgara que así fuera.

—Oh, pues en ese caso, he hecho perfectísimamente en mandar alhajar la parte principal del alcázar.

La favorita de la reina madre presentose en el salón con tono risueño y placentero.

—¡Beatriz! —exclamó doña María con enfado.

—Perdona, señora, pero un paje...

—¿Un paje?

—Que viene de parte de su alteza el rey, desea verte. ¿Le hago entrar?

—¡Oh, sí, sí, al instante! Quedaos, padre mío —añadió la reina viendo que el anciano se disponía a retirarse.

Volvió a aparecer la doncella seguida de un joven bien vestido, y con las armas reales bordadas en el pecho. Antes de acercarse a la reina hizo tres profundas reverencias, y esperó inclinado con gran respeto a que doña María se dignara hablarle.

—Dime, paje, ¿de dónde vienes?

—Su alteza —contestó Hernando inclinándose de nuevo— el rey de Castilla y León, tu ilustre y digno hijo, me envía a tu grandeza para que te avise de su parte que, queriendo hallarse en la boda de su noble hermana la infanta Isabel, desea se suspenda la ceremonia hasta su llegada.

—Bien. ¿Y cómo está su alteza?

—Nunca lo he visto más saludable y contento.

—¡Gracias, Dios mío! ¿Y no sabes cuando llegará a Burgos el rey?

—De hoy a mañana, señora; pues en el mismo día en que salí de Sevilla, se preparaba su alteza para emprender tan largo y penoso viaje.

Y alargando doña María su mano al paje para que tuviese el muy alto y particular honor de besársela, repuso:

—Retiraos que ya quedo enterada de vuestra embajada.

Salió enseguida el paje de la real cámara precedido de Beatriz, que no tardó en satisfacer su justa curiosidad informándose minuciosamente de la suerte de su amado.

—Lo veis, padre mío —dijo la reina radiante de alegría—, como al fin viene el hijo de mis entrañas a presenciar el casamiento de su hermana.

—Y por ello, señora, te felicito de buen grado. Pero me asalta una idea bien triste.

—¿Qué decís?

—Que le acompañan tus eternos enemigos, el infante y don Juan Núñez de Lara.

—¡Oh, callad por Dios —replicó doña María inmutada—, es imposible que sea ahora mi hijo como cuando estaba en Castrojeriz! Imposible, señor: ¿no veis que entonces tenía dieciséis años?

—Sin embargo, doña María, os aconsejo que estéis prevenida...

—¡Prevenida con un hijo, padre mío! —exclamó la reina enjugándose dos lágrimas que a manera de perlas rodaban lentamente por sus mejillas.

—Habéis olvidado que a su vuelta de Castrojeriz, y en presencia de toda la corte os llamó malversadora de sus bienes, hipócrita, desnaturalizada, y por último, no vaciló en apostrofar con los más horribles dicterios a tu alteza, a la madre que le diera el ser, a la mujer magnánima y generosa que, a costa de sacrificios mil, habíale conservado una corona vacilante en sus sienes. ¿Esto es justificable, señora?

—¡Oh, callad, por Dios, señor, y tened en cuenta que ese que acusáis es un hijo a quien idolatro con frenesí! ¡No sabéis lo que me hacen padecer vuestras palabras!

—Lo creo; pero deber mío es avisaros de cualquier peligro que os amague...

—Os lo agradezco, padre mío; pero ese riesgo ha desaparecido ya, porque mi hijo no es ahora tan débil e inconstante como en sus primeros años.

—Sin embargo...

—Gracias por vuestro vaticinio, señor.

—Bien sabéis, reina, que rara vez me suelo equivocar. En la muerte de vuestro augusto esposo vinisteis a mí, toda trémula y llorosa, a preguntarme si sería venturoso o desgraciado el reinado de vuestro entonces tierno hijo; y ¿qué os contesté yo, señora? Que había de ser tan azaroso e intranquilo como próspero y dichoso fuera el de su bisabuelo don Fernando III.

—¡Y qué, padre mío! ¿Insistís todavía en lo mismo? —dijo la reina con temor.

—Harto siento decirlo, señora, pero lo creo así.

—¡Cómo! ¿Pues no veis ya sujetos en su mayor parte a los grandes que se habían sublevado? ¿No veis a los pueblos tranquilos y a los infantes de la Cerda gozar contentos de las villas y señoríos que se les han dado? ¿No veis, padre mío, a mi muy querido hijo, regresar de una campaña movida contra los enemigos de la fe de Cristo, lleno de gloria y de noble orgullo, porque ha sido abatido por la milésima vez el poder del imperio musulmán? ¿No le veis, por último, amigo y aliado de todos los reyes de España y del extranjero? ¡Pues si negáis, señor, todas estas cosas, sois en verdad bastante injusto!

—No tengo la dicha, doña María —repuso el anciano—, de que la Providencia me confíe sus designios; pero hace ya algún tiempo, en el reinado don de Alfonso X, que esa misma Providencia, cuyos arcanos son tan incomprensibles, maldijo hasta la quinta generación del sabio rey.

—Oh, padre mío, ¿y es posible que haya de cumplirse ese fatal pronóstico?

—Sí, porque los decretos de la justicia divina son irrevocables. Desgraciadamente, señora, vuestro hijo es el segundo a quien comprende aquel anatema.

—¡Oh, qué horror, qué horror! ¡Sin causa, sin motivo!

—¿Sin motivos? Escuchadme y sabréis la causa que impulsó a la justicia divina a lanzar sobre los reyes de Castilla su maldición. El arrogante y orgulloso don Alfonso X, por los grandes conocimientos que tuvo de las ciencias humanas, se permitió decir en desprecio de la Providencia y de la suma sabiduría del supremo Hacedor que si él fuera de su consejo al tiempo de la general creación del mundo, se hubieran producido y formado algunas cosas mejor que fueron hechas; y otras no se hicieran o se enmendaran y corrigieran.

—¡Oh cielos! —exclamó la reina fuera de sí—, y eso solo movió a la divina Providencia a lanzar sobre los reyes de este pobre país un anatema tan...

—Detén la lengua, reina de Castilla, y no pronuncien tus labios palabras que...

El abad no pudo concluir. Un grande estruendo de armas y de voces comprimidas, interrumpió al indignado anciano.

—¿No oís, padre mío? —dijo doña María pálida como un cadáver, levantándose de su asiento involuntariamente.

—¡Sí, sí, oigo, señora, oigo! ¡Corramos, corramos a ver qué es!

En el aquel momento se oyó la voz de doña Beatriz que decía entre sollozos:

—¡Favor, doña María, favor!...

Cuando salió la reina y su confesor solo alcanzaron a ver a varios enmascarados que, defendiéndose de los guardias reales, arrastraban fuera de la estancia a doña Beatriz.

—¡A ellos, soldados, a ellos, no perdedlos de vista! —exclamó el anciano abad, golpeando fuertemente con sus pies el mosaico pavimento.

La voz del sacerdote fue ahogada por un repique general de campanas y los gritos de «¡Viva el rey!» que profería la multitud dentro y fuera del regio alcázar.

—¡Mi hijo, padre mío! —dijo la reina con indecible gozo.

—Con efecto, señora; pero se ha inaugurado mal su entrada en Burgos.

—¡Qué decís! —repuso doña María sorprendida.

—¿No has visto que unos cuantos enmascarados, aprovechándose, sin duda, de la confusión que reina en el alcázar y en la ciudad, han robado a tu inocente dama doña Beatriz de Robledo?

—¡Lo veo, señor! —repuso la reina con amargura—, pero...

—¡El rey! —exclamó el anciano inclinando su blanca y despojada cabeza.