COLECCIÓN UNIVERSAL
VICTOR HUGO
Bug-Jargal
NOVELA
Traducción de D. Alcalá Galiano,
revisada y corregida.
MADRID-BARCELONA
MCMXX
ES PROPIEDAD
Copyright by Calpe, 1920.
Papel fabricado especialmente por La Papelera Española.
“Estamos aniquilados todos”, decía Alejandro Dumas hablando del autor de Marion Delorme; y lo decía sin conocer de él más que este drama, estrenado en 1831, seis años después de la aparición de Bug-Jargal.
Por entonces era ya célebre Víctor Hugo. Su popularidad fué creciendo tan rápidamente, que poco después desaparecían en breves días las copiosas ediciones de sus libros; cualquier trabajo suyo, por insignificante que fuera, despertaba general interés; en los últimos tiempos de su vida, el pedestal de su fama había alcanzado toda la altura que puede soñar un poeta.
Víctor Hugo nació en 1802. Su existencia fué una lucha constante contra todo: contra el teatro clásico, primero; contra la política de su tiempo, después. Este proceder agresivo valió al gran novelista la hostilidad de una legión de adversarios que combatieron encarnizadamente sus ideas y su literatura, acusándolo de pueril y de ridículo. El infortunio también se cebó en él: vió morir a sus hijos, sufrió miserias y persecuciones, fué desterrado y escarnecido; pero siguió trabajando impertérrito hasta vencer todos los obstáculos que el Destino y la Envidia pusieron en su camino. Murió el 22 de mayo de 1885, cargado de años y de obras, glorificado y aplaudido por sus partidarios, cuyo inconsciente entusiasmo le fué, en varias ocasiones, tan perjudicial como los ataques de sus enemigos.
Cuando compuso la novela que publicamos en este tomito, Hugo tenía, según él mismo nos dice, diez y seis años. Había apostado con unos amigos que escribiría un volumen en dos semanas. Así nació Bug-Jargal, relato basado en la insurrección de los esclavos de Santo Domingo, en 1791, y lleno, como todos los suyos, de vigor y de vida. Estaba destinado a formar parte de una obra de mayor extensión, que no llegó a publicar. No es ésta la única que Víctor Hugo dejó en proyecto; lo mismo hizo con Quiquengrogne, siempre prometida, nunca comenzada.
En esta novela puede verse palpablemente aquella atracción que nuestro país ejercía sobre el genial poeta, hija, tal vez, de las impresiones recibidas de pequeño durante el viaje que hizo a España en compañía de su padre, general del Imperio.
Conviene notar que tiene cierto parentesco, en nuestra opinión no sólo físico, el deforme obí de Bug-Jargal con Han de Islandia, Quasimodo y El hombre que ríe. Víctor Hugo, como Velázquez, era aficionado a pintar seres monstruosos.
El lector encontrará noticias más concretas acerca de esta novela en los prólogos que el autor puso al frente de su obra.
La versión que le ofrecemos es la que en 1841 publicó D. Dionisio Alcalá Galiano. A pesar de que su estilo resulta algo prolijo, quizá por un exceso de purismo, tiene esta traducción el valor de las cosas hechas a conciencia. Se ve que Alcalá Galiano trabajó con cariño, esforzándose en encontrar el vocablo exacto, la frase adecuada, cosa que no siempre ha conseguido. A veces yerra en la interpretación de una palabra, emplea giros anticuados, suprime un párrafo u omite una nota. Hemos procurado subsanar estos ligeros descuidos y enmendar las numerosas erratas y faltas de ortografía de la edición de 1841 cotejándola con el texto francés.
J. R.
PRIMERA EDICION
Enero de 1826
El episodio que vais a leer, cuyo fondo está tomado de la rebelión de los esclavos de Santo Domingo en 1791, tiene cierto aire de circunstancia que hubiese bastado para que el autor no pudiera publicarlo. Sin embargo, habiendo sido ya impreso y distribuído un corto número de ejemplares de un bosquejo de este opúsculo en 1820, en una época en que la política del día se ocupaba muy poco de Haití, es evidente que si el asunto que trata ha tomado luego mayor interés, el autor no tiene la culpa. Los acontecimientos se han conciliado con el libro y no el libro con los acontecimientos.
Sea como sea, el autor no pensaba sacar esta obra de la penumbra en que estaba como sepultada; pero al saber que un librero de la capital se proponía reimprimir su anónimo boceto, se ha creído en la obligación de evitar esta reimpresión poniendo él mismo al día su trabajo revisado y en cierto modo rehecho, precaución que ahorra una molestia a su amor propio de autor, y al susodicho librero una mala especulación.
Habiendo sabido varias personas distinguidas que, ya como colonos, ya como funcionarios, estuvieron interesadas en los disturbios de Santo Domingo, la próxima publicación de este episodio, han tenido gusto en prestar espontáneamente al autor materiales tanto más preciosos cuanto que en su mayoría son inéditos. El autor les atestigua aquí su agradecimiento. Tales documentos le han sido de gran utilidad para rectificar lo que el relato del capitán d’Auverney presentaba de incompleto en lo que se refiere al color local y de falso en lo relativo a la verdad histórica.
En fin, debe también advertir a los lectores que la historia de Bug-Jargal no es más que un fragmento de una obra más extensa, que habría de ser titulada Contes sous la tente. El autor supone que, durante las guerras de la revolución, varios oficiales franceses conciertan entre sí ocupar alternativamente las largas noches del vivac en el relato de alguna de sus aventuras. El episodio que aquí se publica formaba parte de esta serie de narraciones; puede ser separado sin inconveniente; además, la obra de que debía formar parte no está terminada, ni lo estará nunca, ni vale la pena de que lo esté.
1832
En 1818, el autor de este libro tenía diez y seis años; apostó que escribiría un volumen en quince días, e hizo Bug-Jargal. A la edad de diez y seis años se apuesta por todo y se improvisa sobre todo.
Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que Han de Islandia. Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya corregido y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por muchos detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus lectores por hablarle de cosas tan insignificantes.
Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de Bug-Jargal; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven en medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues del horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un recuerdo a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en que abordaba de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros de Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados en la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de batalla.
24 de marzo de 1832.
BUG-JARGAL
I
Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún incidente de su vida que mereciese llamar la atención.
—Pero ¿cómo es eso, capitán—le respondió el teniente Enrique—, cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola, capitán; ahí tiene usted su perro cojo.
D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él.
El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no hizo alto.
El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando:
—Vamos, Rask, vamos.
Por fin, volviendo en sí, exclamó:
—Pero ¿quién te ha traído?
—Con licencia, mi capitán...—dijo el sargento Tadeo, que había levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la Odisea.
Por fin se aventuró a soltar estas palabras:
—Con licencia, mi capitán...
Y D’Auverney levantó la vista.
—¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro! Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste, dime?
—Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella relación: “Cornu, un cuerno; cornu, de un cuerno...”
—Pero, vamos, dime: ¿dónde le encontraste?
—No le encontré, mi capitán, que le fuí a buscar.
El capitán se puso en pie y le alargó al sargento la mano; pero, en vez de hacer lo mismo, el sargento se quedó con la suya metida dentro del capote. El capitán ni lo reparó.
—La cosa es, mi capitán, que desde que se perdió el pobre Rask parecía, con licencia, que le faltaba a usted alguna cosa; y, hablando claro, la noche que no vino, como solía, a comer conmigo el pan de munición, en poco estuvo que el viejo de Tadeo no se pusiera a llorar como un chiquillo. Pero no, a Dios gracias, que no me han visto llorar sino dos veces en mi vida: la primera, cuando... el día que...—y el sargento miró a su amo con sobresalto—; la segunda, el día que al pícaro del cabo Baltasar se le ocurrió hacerme pelar un manojo de cebollas.
—Se me figura, Tadeo—contestó Enrique riéndose—, que se te quedó en el tintero el decir por qué lloraste la primera vez.
—¿Sin duda sería cuando te dió un abrazo Latour d’Auvergne, el primer granadero francés?—preguntó con tono afectuoso el capitán, sin parar de hacer caricias al perro.
—No, mi capitán; si el sargento Tadeo pudo llorar, usted mismo debe confesarnos que no pudo ser sino el día que mandó fuego para Bug-Jargal, por otro nombre Pierrot.
Todas las facciones del capitán se anublaron, y acercándose con ímpetu al sargento, quiso apretarle la mano; pero, a pesar de tamaño honor, no sacó Tadeo el brazo del capote.
—Sí, mi capitán—prosiguió, dando algunos pasos atrás, mientras D’Auverney le echaba una mirada dolorosa—; aquella vez lloré porque él lo merecía. Es verdad que era negro; pero también la pólvora es negra, y... y...
El buen sargento hubiese preferido salir con honra del atolladero de su comparación, porque había algo que halagaba su fantasía en este símil; pero habiendo probado inútilmente a expresarse, y después de embestir, por decirlo así, con su idea por todos los frentes, hizo lo que hacer suele el general de un ejército delante de alguna fortaleza: levantó el sitio y continuó su jornada, sin hacer alto en la sonrisa de los oficiales.
—Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!, ¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar en un baile? Y cuando su perro, este mismo Rask que tenemos aquí, comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta...
—Por lo general, Tadeo—le interrumpió el capitán—, no solías dejar pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a Rask; repara y cómo te mira.
—Tiene su merced razón, mi capitán—respondió Tadeo, algo cortado—; el pobre Rask me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida me ha dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda.
—Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?—preguntó D’Auverney sorprendido y reparando por la vez primera en el brazo envuelto entre el capote y en la palidez de Tadeo.
La confusión del sargento subió de punto.
—Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco.
El capitán dió un salto desde su asiento.
—¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco, Dios mío!
Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo ensangrentado.
—¡Ah, Dios mío!—tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con suma precaución el lienzo—. Pero, Tadeo, explícame...
—Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza de usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre Rask, al perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y traérmelo, aun cuando me costara el pellejo, para poder cenar con apetito. Por eso, después de haber recomendado a Mathelet, su asistente de usted, que cepillase con cuidado el uniforme de gala para la gran acción de mañana, me salí a la calladita del campamento, sin más arma que mi sable, y me metí por entre las cercas, para llegar antes adonde están los ingleses. Todavía no había yo llegado ni a la primer línea de parapetos, cuando, con licencia, mi capitán, reparé en un corro de casacas coloradas que estaban en un bosquecillo, hacia la izquierda. Como no hacían alto en mí, me acerqué para ver mejor, y lo primero que descubrí fué a Rask, atado a un árbol en medio de ellos, mientras dos milores, en cueros como los herejes, se estaban repartiendo sobre las costillas unos puñetazos que hacían más ruido que la tambora de nuestro regimiento. Eran dos señores ingleses, que probablemente se habían desafiado por vuestro perro; pero Rask, que me conoció, dió de repente un estrechón tal, que rompió la cuerda, y en un abrir y cerrar de ojos estaba el tunante corriendo tras de mí. Ya puede usted figurarse que los otros no se estuvieron quietos. Yo me zambullí entre las matas, y Rask siguiéndome, mientras alrededor de nosotros silbaba una nube de balas. Rask se puso a ladrar en respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron oír a causa de sus gritos de french dog, french dog, como si el perro no fuera de la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos saltado por encima de los cercados y me creía ya en salvo cuando se nos ponen delante dos de los colorados. Con el sable me zafé de uno de ellos, y lo mismo hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una pistola cargada con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no importa: el french dog le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo antiguo, y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino a tierra degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por fin, aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y Rask con él. Mi única pesadumbre es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla de mañana. Conque... se acabó.
Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber recibido su herida en una batalla.
—¡Tadeo!—exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con más blandura—: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro?
—No fué por un perro, mi capitán; fué por Rask.
El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió en su discurso:
—Fué por Rask, por el perro de Bug...
—Basta, basta, Tadeo—dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una mano—. Vamos—añadió después de un breve silencio—, apóyate sobre mí y vamos al hospital.
Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y les fué siguiendo a entrambos.
II
Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los bulliciosos espectadores.
El capitán Leopoldo d’Auverney era uno de aquellos hombres que, sea cual fuere el escalón en que el acaso de la suerte o el remolino de la sociedad los haya colocado, inspiran siempre cierta especie de respeto mezclado de afecto. Quizá nada ofrecía de notable a primera vista: sus modales eran fríos y sus miradas indiferentes. El sol de los trópicos, aun cuando le tostó el cutis, no le había inspirado aquella viveza de gestos y palabras que suele hermanarse en los criollos con cierto abandono, a menudo lleno de gracia. D’Auverney hablaba poco, escuchaba rarísima vez y siempre se mostraba pronto a obrar. El primero en montar a caballo, el postrero en volver al pabellón, parecía como si buscase en las fatigas personales un amparo contra sus pensamientos. Estos pensamientos, que habían estampado su melancólica y severa huella en las precoces arrugas de su frente, no eran de aquella clase que se alivian con el desahogo de una confianza, ni eran de aquellos tampoco que se evaporan en una frívola conversación y se confunden gustosos con las ideas ajenas. Leopoldo d’Auverney, cuyo cuerpo no alcanzaban a rendir las penosas tareas de la guerra, manifestaba una aversión y cansancio inconcebibles en cuanto suele llamarse ejercicios de la fantasía. Huía de las disputas con tanto anhelo como buscaba las batallas, y si a veces se dejaba arrastrar hasta tomar parte en algún debate, soltaba tres o cuatro palabras llenas de grave juicio y profundas razones, y luego, en el momento mismo de convencer a su adversario, se paraba, exclamando: “¿De qué sirve...?”, y se salía para pedirle al comandante algo en que entretener el tiempo, ínterin llegaba la hora de la carga o del asalto.
Sus camaradas excusaban su porte seco, reservado y taciturno, porque en toda ocasión le encontraban bueno, valiente y bondadoso. Había salvado la vida de muchos, con peligro de la suya propia, y era sabido que, si rara vez abría la boca, su bolsa, al menos, nunca estaba cerrada. Era querido en el ejército, y hasta le perdonaban el hacerse respetar, por decirlo así.
Sin embargo, era aún joven: treinta años aparentaba, y en realidad estaba aún lejos de tenerlos. Aun cuando hacía ya algún tiempo que combatía en las filas republicanas, todos ignoraban sus aventuras; y el único ente que, aparte de Rask, podía arrancarle alguna señal de vivo interés, era el sargento veterano Tadeo, que había entrado a la par en el regimiento, que nunca se le separaba del lado y que solía contar de una manera confusa algunas circunstancias de su vida. Sabíase, pues, que D’Auverney había experimentado en América grandes desgracias, y que, casado en Santo Domingo, había perdido a su mujer y su familia entera entre los horrores de la revolución que dió por tierra con aquella magnífica colonia. En aquella época, los infortunios de esta clase se habían hecho tan comunes que se había formado una especie de fondo de compasión general, en que cada uno metía y sacaba su parte; de modo que si el capitán D’Auverney excitaba lástima en grado algo extraordinario, no tanto era por las pérdidas que había sufrido cuanto por su manera de sobrellevarlas. En efecto, al través de su glacial indiferencia no fuera difícil rastrear a veces los movimientos convulsivos que procedían de una llaga secreta, pero incurable.
Así que principiaba el combate se serenaba su rostro. En la pelea se mostraba tan intrépido cual si aspirase a ser general; después de la victoria, tan modesto cual si se contentara con ser mero soldado. Sus camaradas, al ver semejante desdén de los grados y honores, no podían alcanzar por qué antes de la acción parecía desear algo con ansia, y no comprendían que, de todos los azares de la guerra, la muerte tan sólo era lo que D’Auverney apetecía.
Los representantes del pueblo en el ejército le nombraron un día jefe de batallón sobre el campo de batalla; pero rehusó admitirlo porque, saliendo de la compañía, le hubiera sido forzoso separarse del sargento Tadeo. Algunos días después se ofreció de voluntario para el mando de una expedición arriesgada, de donde regresó en salvo contra la creencia general y contra sus propios deseos. Entonces se le oyó arrepentirse de no haber aceptado el grado ofrecido, porque “los cañones enemigos—decía—siempre me respetan; y la guillotina, que hiere a cuantos descuellan sobre el común nivel, quizá se hubiese acordado de mí”.
III
Tal era el carácter del personaje, sobre el cual, al salir de la tienda, se entabló la conversación siguiente:
—Apostaría—dijo el teniente Enrique, limpiándose sus botas de tafilete encarnado, que el perro manchó de lodo al pasar—, apostaría a que el capitán no daba la pata coja de su perro por aquella docena de canastas de vino de Madera que vimos el otro día en los furgones del general...
—Vaya, vaya—contestó de broma el ayudante de campo Pascual—; eso sería mal negocio, porque las canastas no tienen a la hora esta nada dentro, que yo puedo dar testimonio. Por consiguiente—añadió con suma seriedad—, ustedes convendrán en que treinta botellas vacías no valen la pata del perro, que al fin y al cabo pudiera muy bien servir para mango de un cordón de campanilla.
El auditorio soltó la risa por el tono solemne con que el ayudante pronunció las últimas palabras; pero Alfredo, el oficial de húsares, único que no participó de la broma, tomó un aire de descontento.
—No veo, señores—dijo—, qué motivo de risa hay en lo que acaba de pasar. Este perro y este sargento, que andan siempre pegados a D’Auverney desde que le conozco, me parecen muy capaces de excitar interés. Por fin, esta escena...—Pascual, picado tanto de la seriedad de Alfredo cuanto de la burla de los restantes, le interrumpió diciendo:
—¡Ah! Eso sí: la escena es muy sentimental; pues vaya, ¡encontrar un perro y quebrarse el brazo!...
—Capitán Pascual, se equivoca usted—le respondió Enrique, arrojando fuera de la tienda la botella que acababa de vaciar—; ese Bug, por otro nombre Pierrot, me tiene en mucha curiosidad.
Pascual, que iba a enfadarse de veras, se apaciguó reparando en que le habían llenado el vaso, y en esto entró D’Auverney y se fué a sentar en su antiguo puesto, sin pronunciar palabra; estaba pensativo, pero con el semblante menos agitado, y tan distraído, que nada oía de cuanto hablaban alrededor suyo. Rask, que le acompañaba, se echó a sus pies, mirándole con sobresalto.
—Mire usted su vaso, capitán D’Auverney; y pruebe éste, que es de lo...
—¡Oh! A Dios gracias—contestó el capitán, figurándosele que acertaba en responder a Pascual—, la herida no es peligrosa, porque el hueso está sano.
Sólo el respeto involuntario que inspiraba el capitán a todos sus compañeros contuvo la carcajada que ya asomaba entre los labios de Enrique.
—Puesto que ya se ha sosegado usted en lo que toca a Tadeo—dijo conteniéndose—, y que nos hemos convenido en contar cada cual nuestras aventuras para distraer esta noche de vivac, espero, querido, que cumplirá usted su empeño contándonos la historia del perro cojo y la de Bug... qué sé yo cuántos, aquel peñón de Gibraltar.
A esta pregunta, hecha en tono medio serio, medio de broma, no hubiera respondido D’Auverney si todos los demás concurrentes no hubiesen reunido sus instancias a las del teniente. Por fin cedió a tantos ruegos.
—Voy a complacer a ustedes, señores; pero no esperen otra cosa que la relación de una anécdota sencilla, en que no represento sino un papel muy subalterno. Si las relaciones de cariño que existen entre Tadeo, Rask y yo les han hecho esperar algo de extraordinario, desde ahora les aviso que se equivocan, y con esto principio.
Reinó entonces de súbito profundo silencio. Pascual se echó de un trago la calabaza de aguardiente, y Enrique se embozó en su piel de oso, medio roída, para guarecerse del frío, mientras Alfredo cantaba medio entre dientes la canción gallega de La muñeira. D’Auverney se quedó pensativo por unos instantes, como para retraer a la memoria el recuerdo de algunos sucesos, ya casi borrados por impresiones más recientes, y al fin tomó la palabra lentamente, casi en voz baja y con frecuentes pausas.
IV
—Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi familia.
Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho, castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no estaba a nuestro alcance el impedir.
—¡Vaya, y qué bonito está eso!—dijo a media voz Enrique, inclinándose al oído del oficial más vecino—. Espero que el capitán no dejará pasar las desdichas de los ex negros sin hacer una disertacioncita acerca de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera. Lo que es en la sociedad patriótica de Massiac[1] no escapábamos a menos.
—Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en ridículo—respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en seguida prosiguió su relación—.
Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al servicio doméstico como los criados europeos, daban en cierto modo a su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título de su bufón, imitando así a aquellos antiguos barones feudales que mantenían un gracioso entre el séquito de su corte. Es preciso en este punto confesar que la elección había sido en extremo acertada. El mulato Habibrah—que así se llamaba—era uno de aquellos entes cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían como monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era bajo, rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez, sostenido en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando al sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su enorme cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta de un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas. Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso abanico de plumas para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades; no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de un perro.
Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil: porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece. Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros, a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo, que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que hubieran debido mirarle con celos y desconfianza, no le daban muestras de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un obí[2].”
Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores, me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación, de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento presente y de halagüeñas esperanzas para el porvenir. Rodeado, casi desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa, ¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años?
El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento melancólico:
—Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie pasará en mayor amargura sus últimos momentos.
Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus desgracias, continuó con acento sereno.
FOOTNOTES:
[1] Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club Massiac, citado por el teniente Enrique, era una sociedad de negrófilos que se instituyó en París a principio de la Revolución, y que provocó la mayor parte de las insurrecciones que estallaron entonces en las colonias.
También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven teniente se burla de los filántropos que aún reinaban en aquella época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes, durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la Convención llamaban “los señores del ejército del Rhin”.
[2] Hechicero en el dialecto de los negros.—N. del A.
V
—En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791, para cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi enlace con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de una felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán vagos, por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de las discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban agitando nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier, ni de M. de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo fin fué tan trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea provincial del Norte y aquella otra asamblea colonial que usurpó el título de general, juzgando que la palabra colonial olía demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial, en que mi tío tenía asiento.
Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad del Cabo, muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos. No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:
—Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.
Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella.
De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al descargar, desarraigar todos nuestros destinos. No que aun los ánimos más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido, envolviese a la colonia entera entre sus escombros.
En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud imprevista con mis tranquilas esperanzas.
VI
Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo, que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró, con terror y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz, que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que por fortuna encontrara estorbo.
Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas se dirigieron al mestizo con quien acababa de tener tan serio altercado; pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso alguno de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por su seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en que me fuera lícito protegerla sin disfraz.
Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso, ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado de un puñal, me puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano. Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica: ¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas, cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas palabras: Te tengo, te tengo[3].
Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras, cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí, exclamó en francés:
—No, no, que lloraría ella demasiado.
Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su presencia o el rastro de sus huellas.
Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de deberle la vida. En el fondo del negocio—me decía mi amor propio—, a María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era? Me confundía en sospechas, que se desvanecían las unas a las otras. No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién sería, pues? Determiné callarme y observar.
FOOTNOTES:
[3] Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el lenguaje y la literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces y frases en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en letra bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso en general para lo sucesivo—N. del T.
VII
María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial, la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto, cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin, de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso, me autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo, empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás anteriormente.
Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que tenía de costumbre ofrecer a María.
Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio; la nodriza vino con nosotros.
María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día anterior, entró primero en la glorieta.
—Mira, Leopoldo—me dijo—, todo está aquí en el mismo desorden que lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas y marchitas; pero lo que me asombra—añadió, cogiendo el ramo de caléndulas silvestres—, lo que me asombra es que este odioso ramo no se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece acabado de coger.
Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto, mi tarea de la mañana estaba allí deshecha delante de mis ojos; y aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por mí colocadas.
—Sosiégate—me dijo ella, que percibió mi turbación—; sosiégate, que es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.
Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla, y sin decirle que el que nunca volvería había ya vuelto, le dejé pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice sentarse en silencio entre su nodriza y yo.
Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son, debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas, acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.
—Detente, Leopoldo—me dijo a media voz—; repara en que va a cantar y a decirnos así probablemente quién sea.
Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos respiraban a un tiempo mismo algo de varonil y de lastimero, salió en breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones[4]:
“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!
“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas, que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión celeste.
“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.
“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las regiones de mi patria.
“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!
“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti; olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y delicioso, que tan tardo crece.”
La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró un acento de terrible energía.
“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.
“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso cual una real corona y elegante cual una verde caballera.
“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española[5]! ¡Tiembla! ¡No sea que todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia mí como el alegre kata, el pájaro de amparo en el desierto, guía hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento peregrino.
“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”
FOOTNOTES:
[4] Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece inútil copiar el romance español que comenzaba: ¿Por qué me huyes, María? Como tal romance o canción en castellano, por supuesto, no existe, habremos de contentarnos con traducir la prosa francesa.—N. del T.
[5] Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió Cristóbal Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año del descubrimiento.—N. del A.
VIII
Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí: “¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético, la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la arboleda en todas direcciones, metí el cañón de mi arma por entre los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival, tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle, ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al lado con el enano Habibrah.
—Buenos días, amo mío—me dijo, haciéndome una reverencia con sumo respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo, juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.
—Habla—le grité con aspereza—y dime si has visto a alguien en este bosque.
—A nadie más que a usted, señor mío—me respondió con serenidad.
—¡Pues qué! ¿No has oído una voz?—le repliqué.
El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:
—Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?
Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato montés, y contestó:
—¿Qué quiere decir usted con eso de una voz, mi amo? Hay voces dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...
Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole:
—¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una canción española?
—Sí, señor—me replicó, sin parecer conmovido—; y también oí la letra de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que me decían al oído los cascabeles de la gorra, cuando el viento vino de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil; me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.
—¿Y qué?—repuse yo impaciente—. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?
—Sí, señor, amo hermoso; pero si usted quiere, le diré quién era el hombre que cantaba.
Creí que iba a abrazar al enano.
—¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!
Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.
—¡Diez bolsas más llenas que ésta! ¡Qué demonio! ¡Eso haría una fanega llena de pesos con el retrato del rey Luis quince, tantos cuantos bastarían para sembrar las tierras del mágico de Granada Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer buenos doblones! Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, que allá voy al grano. Acuérdese usted, señor, de las últimas palabras de la canción: “Tú eres blanca y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, el mulato Habibrah, su humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una negra, es más hermoso que usted mismo, señorito. Yo soy el producto de la unión del día y de la noche; yo soy la aurora o la tarde de que habla la canción española, y usted no es más que la luz del día. Luego yo soy más hermoso que usted, si usted lo quiere; yo soy más hermoso que un blanco...
Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:
—¿Adónde vas a parar con tales extravagancias? ¿Acaso nada de lo que hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?
—Exactamente, mi amo—repuso el bufón con una mirada maliciosa—. ¡Claro está que el hombre que llegó a cantar tales extravagancias, como usted las llama, ni podía ser ni es sino un loco como yo! Así me gané las diez bolsas.
Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a caer a mis plantas, exclamando:
—¡Ya estoy salva!
A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha, iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si, poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas, y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente, volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo; clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María, que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la desesperación:
—¿Por qué le has muerto?
Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó entre la espesura de los árboles.
IX
Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto, y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo rompí el silencio diciendo:
—Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto.
Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso, y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez, anunciaba bien claro su ínfima condición.
—Ese hombre—respondió María—es, sin la menor duda, alguno de los esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se lanzó del bosque para acudir en mi ayuda.
—¿Y de qué lado vino?—le pregunté.
—Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por donde acababas tú de meterte entre los árboles.
Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo; pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa, sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano, todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en su conjunto grandioso, el aspecto de este esclavo, y conocí que bien pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas? Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España, resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo, sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender a mi María...? En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos:
—¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde.
Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron, sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo; ahora, para dar una recompensa.
Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija, y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de tantos desgraciados.
X
Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando, a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los trabajadores al libertador de mi adorada María.
En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este poderío! Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio no se encubría bajo aquel temor!
De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero, le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala, que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de repente la mano del blanco, y un negro—el mismo que yo buscaba—, le dijo en francés:
—Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano, que tan sólo tocó a tu rosal.
La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me hirieron cual un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja, y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego, y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos:
—Blanco—le dijo—, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha.
Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una noria vecina.
—¿Qué haces?—preguntó mi tío con arrebato.
—Ahorrarle a usted—le respondí—el pesar de injuriar al defensor de su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y para el que tengo obtenida promesa de libertad.
El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis palabras apenas hicieron el menor efecto en el ánimo enconado de su autor.
—¡Su libertad!—me replicó con aire sombrío—. Sí, merece el término de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le concede el consejo de guerra.
Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco, crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital.
XI
Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera a los negros criollos, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan por lo común el más profundo desprecio hacia los negros congos, expresión, impropia por lo demasiado general, con la que se designaba en la colonia a todos esclavos traídos del Africa.
Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa secreta: era una especie de culto.
—Lo que hay de más extraño—me decían—es el verle tan blando y llano de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo y orgulloso con los capataces de nuestras cuadrillas.
Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados, eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo, que no podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como si en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este hombre extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de Pierrot.
XII
Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los medios de hablarle.
Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul. El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve la fortuna de poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo tanto, a sacrificarse por mí...
En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.
—Lo han adivinado, señores—repuso el capitán—; y ahora les será fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío, encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me entré adentro.
El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en seguida y vino hacia mí gruñendo.
—¡Rask!—gritó el negro.
Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde acabó de devorar algunos miserables alimentos.
Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a distinguir quién yo fuese.
—Estoy pronto—me dijo con tono sereno.
Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:
—Estoy pronto.
—Yo creía—le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos—que tenías grillos.
La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla. Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido metálico, y respondió:
—¡Los grillos! Los he roto.
Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”
Yo repuse:
—Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.
—Yo le he dado entrada—replicó.
A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya, que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque, levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía, movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.
La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo de luz, entrando por la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía, cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como a un desconocido, diciendo:
—Puedo vivir aún dos días sin comer.
Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su aspecto, y él prosiguió:
—Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre Rask. Más vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo, de cualquier modo he de morir.
—¡No!—exclamé—. ¡No perecerás tú de hambre!
No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura:
—Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que pido es que no se le haga daño a Rask.
Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase estoy pronto. Acusado de un crimen que se castigaba con pena de muerte, creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre, dotado de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño Estoy pronto, cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio.
—Que no se le haga daño a Rask—repitió de nuevo.
A esto no pude contenerme:
—Pues ¿qué—le dije—, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho?
Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano:
—Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los tuyos—añadió después de una breve pausa—, los tuyos me han causado muchos males.
Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté:
—Pues qué, ¿no me conoces?
—Sabía que eres un blanco, y para los blancos, por buenos que sean, ¡es un negro tan poca cosa! Además, no me faltan razones para quejarme de ti.
—¿En qué?—repuse atónito.
—¿Pues no me has conservado por dos veces la vida?
Tan extraña acusación me movió a risa, y, apercibiéndose, añadió con amargura:
—Sí, debería guardarte rencor. Me has salvado de un caimán y de un amo blanco, y, lo que es peor, me has arrebatado el derecho de aborrecerte. ¡Oh, soy muy desgraciado!
La singularidad de sus ideas y su lenguaje no me movían ya casi a admiración, porque estaban en armonía consigo propio, y sin hacer alto en ello, le respondí:
—Mucho más te debo de lo que tú a mí, porque te debo la vida de mi futura esposa, de María.
Padeció como si fuese una conmoción eléctrica.
—¡María!—dijo con voz apagada.
Y dejó caer la cabeza entre las manos, que se retorcían con violencia, mientras penosos gemidos querían como reventarle el pecho. Confieso que mis amortiguadas sospechas se despertaron, pero sin cólera ni celos. Estábamos ambos demasiado próximos, yo a la dicha y él a la muerte, para que semejante rival, aun siéndolo, pudiese excitar en mí otras ideas que las de afecto y lástima.
Levantó, por fin, la cabeza, y me dijo:
—Anda, no me lo agradezcas.
Y después de otra pausa, prosiguió:
—¡Y, sin embargo, yo no soy de sangre inferior a la tuya!
Esta frase revelaba un género de ideas que excitó vivamente mi curiosidad, y le insté que me manifestase quién era y lo que había padecido; pero él se mantuvo en tétrico silencio. Con todo, mi acción le había afectado, y mis ofertas de servirle y mis instancias parece que vencieron su disgusto hacia la vida, porque salióse y volvió a entrar, trayendo en las manos algunos plátanos y un enorme coco, y, cerrando en seguida la abertura, se puso a comerlos. Conversando con él, noté que hablaba con soltura el francés y el español, y que su ingenio no parecía desprovisto de cultura; entre otras cosas, sabía algunas canciones españolas, que cantaba con suma expresión. Este hombre era tan inexplicable bajo otros mil conceptos, que hasta ahora no me había chocado la pureza de su lenguaje; pero cuando traté de investigar la causa, permaneció callado. Al fin nos separamos, dejando yo orden dada a mi fiel Tadeo para que tuviera con él todos los miramientos y atenciones posibles.
XIII
Todos los días regresaba a verle a la misma hora; pero su causa me inspiraba grandes temores, pues, a pesar de todos nuestros ruegos, mi tío se obstinaba en acusarle. No le oculté mis inquietudes a Pierrot, pero él me escuchaba siempre con indiferencia.
A menudo entraba Rask mientras estábamos juntos, llevando por collar una gran hoja de palma. El negro se la desataba, leía los caracteres desconocidos que venían allí grabados y la rompía en seguida. En cuanto a mí, estaba ya enseñado por la experiencia a no hacerle preguntas ociosas.
Un día que entré sin que, al parecer, hiciese alto en mí, estaba vuelto de espaldas hacia la puerta del calabozo, cantando con tono melancólico la canción española Yo, que soy contrabandista. Cuando hubo concluído, se volvió precipitadamente y me dijo:
—Hermano, prométeme, si en algún tiempo desconfías de mí, disipar todas tus sospechas si me oyes cantar esta tonada.
Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que significaban tales palabras: si en algún tiempo desconfías de mí, le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco que cogió el día de mi primera visita, y que desde aquel momento conservaba, la llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los labios y luego bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel momento ya no me dió otro nombre que el de hermano.
Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de sus esclavos—porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se contentaba con su vida—; que él, a solas, trabajaba tanto como otros diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía; pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando se lo manifesté, respondió con frialdad:
—Juzgarían que tengo miedo.
XIV
Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más puro. Era el pensamiento de una buena acción.
—Escucha—me dijo—: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y nuestra boda. Pronto...
Yo le interrumpí, contestando:
—No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún.
Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió:
—No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar los tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes ni esas joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque yo daría todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me quitó el tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere colmarme de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle. Ayer vimos una basquiña floreada de raso de China, metida en un cofrecito de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa muy cara, pero muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho que yo la miraba, y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera concederme una súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes cuánto le gusta que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró, pues, por su honor que me concedería la primera cosa que le pidiera, fuese cual fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China; pero nada de eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de boda.
No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo.
—¡Hermano!—le grité al entrar—. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda.
El esclavo se estremeció.
—¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas?
—Es muy sencillo—le respondí—. María, a quien le salvaste la vida también, se casa...
—¿Con quién?—exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y terribles.
—¿Pues no lo sabes?—le repliqué con blandura—. Conmigo.
Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado.
—¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!—me dijo—. ¿Y cuál es el día señalado?
—El 22 de agosto.
—¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?—repuso con expresión de temor y congoja.
Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio, me estrechó la mano con fervor.
—Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda, ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22.
En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras.
—Adiós—me dijo con voz solemne—. Quizá ya he dicho demasiado; pero aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio.
Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura.
Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo para dar suelta a Pierrot. Tadeo, sabiendo que estaba libre, entró conmigo en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. Rask, que se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que sigue: Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la vida. Hermano, no olvides tus promesas. Y debajo estaban escritas, en lugar de firma, las palabras Yo, que soy contrabandista.
Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara, contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado. También quise llevarme a Rask; pero al salir del castillo se metió por las malezas, y luego le perdí de vista.
XV
Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en caso de encontrarlo.