La Tosca

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • Para facilitar la lectura, se han expandido las abreviaturas en los nombres de los personajes.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

LA TOSCA


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LA TOSCA

DRAMA TRÁGICO

EN CUATRO ACTOS DIVIDIDOS EN CINCO CUADROS, EN PROSA

ORIGINAL DE

V. SARDOU

traducido y adaptado a la escena española

POR

FÉLIX G. LLANA y JOSÉ FRANCOS RODRÍGUEZ

MADRID

R. VELASCO, IMPRESOR, MARQUÉS DE SANTA ANA, 11

Teléfono número 551

1904

PERSONAJES


  • FLORIA, llamada La Tosca.
  • LUCIANA (camarista).
  • BARÓN DE SCARPIA.
  • MARIO CAVARADOSSI.
  • CÉSAR ANGELOTTI.
  • EL PADRE EUSEBIO, sacristán en el Quirinal.
  • SCHIARRONE.
  • COLOMETTI.
  • GENARINO.
  • CECCO.
  • ROBERTI.
  • UN SARGENTO.

Criados, policías, soldados y gentes del pueblo


La acción en Roma, en el año 1800


Derecha e izquierda, las del espectador

ACTO PRIMERO


Iglesia de San Andrés en el Quirinal en Roma. Arcos a todo foro sobre pilastras de mármol. El espectador solo ve la nave derecha. Entre sombras distínguese el coro. En primer término derecha, una puerta practicable con ventanillo y llamador y cerca de ella una pila de agua bendita. La parte de la izquierda está ocupada por un andamio colocado cerca de un altar. Sobre el andamio un gran lienzo para pintar, en el cual hay algunas figuras abocetadas, y útiles de pintor, pinceles, paleta, paños, etc., etc. Se sube al andamio por una escalera de tres peldaños y en uno de ellos hay una cesta con el almuerzo de Cavaradossi. En medio de la escena y en un pedestal dorado la imagen de la Virgen, y al pie de la imagen flores y un candelabro con velas.

ESCENA PRIMERA

GENARINO y el PADRE EUSEBIO. El primero está dormido sobre el andamio y el segundo le despierta haciendo ruido con el manojo de llaves que trae en la mano.

P. Eusebio

¡Eh! ¡Genarino, Genarino!

Genarino

(Despertándose sobresaltado.) ¿Qué ocurre?

P. Eusebio

¡Durmiendo!

Genarino

(Frotándose los ojos.) Sí, me quedé traspuesto.

P. Eusebio

¡Holgazán!... Por de contado que yo voy a hacer lo mismo en seguida. Han dado las doce y es hora de cerrar las puertas; y el maestro ¿dónde está?

Genarino

Ha ido a buscar una tela que le hace falta para el cuadro.

P. Eusebio

Sí; el cuadro del francés.

Genarino

(Bajando.) El señor Mario Cavaradossi no es francés, padre Eusebio, sino romano como nosotros y de antigua familia patricia.

P. Eusebio

Su padre era romano, verdad, pero la madre nació en Francia y al cabo y al fin el carácter de la madre se adquiere. Si fuera romano de pura sangre no trabajaría a la hora de la siesta, que es hora de descanso.

Genarino

(Preparando la mesa.) Dice el maestro que las horas mejores para pintar son, en este tiempo, las del centro del día. Cerrada la iglesia no pueden distraerle ni curiosos ni visitantes, y el templo solitario excita su inspiración y acrecienta su fantasía.

P. Eusebio

(Con malicia.) Y además a solas puede recibir la visita de alguna señora.

Genarino

¿Qué decís?

P. Eusebio

Nada, cosas mías... pero, en fin, lo que yo siento es que tu maestro sea poco religioso.

Genarino

¿Poco? Nada.

P. Eusebio

No se le ha visto asistir a las ceremonias del culto. En París frecuentaba el trato de los impíos revolucionarios. Cuida, hijo mío, de que la compañía de tu maestro no te lleve derechamente al infierno.

Genarino

¿Se duerme en el infierno?

P. Eusebio

No lo sé a punto fijo; pero me imagino que uno de los mayores tormentos de los condenados ha de ser el del insomnio.

Genarino

¡Tal creo!

P. Eusebio

Y por si acaso, procura conducir a tu maestro por el buen camino; sugiérele ideas santas y hasta si es posible inclínale a que nos ofrezca para el culto de la misa una de esas botellas de Marsala que veo sobre la mesa.

Genarino

No es Marsala, es Gargnano, padre Eusebio.

P. Eusebio

(Cogiendo la botella y mirándola.) ¡A ver! Por el color apostaría a que es Marsala.

Genarino

Pues perderíais si apostaseis.

P. Eusebio

(Escanciando un vaso y bebiéndoselo con delicia.) Por mi salud que he de convencerme.

Genarino

(Quitándole la botella.) ¡Padre Eusebio!

P. Eusebio

(Paladeando el vino.) Es Gargnano y del más exquisito.

Genarino

No veis que el maestro creerá...

P. Eusebio

Quita, tonto. El maestro no se entera de nada y además de algún modo he de cobrarme su tardanza.

Genarino

Le retendrán los preparativos de la fiesta que ha de celebrarse en el palacio de Farnesio, esta misma noche.

P. Eusebio

Pues poco ha de agradarle porque se celebra en honor del nuevo triunfo que han conseguido las armas austriacas sobre las francesas. Oye lo que dice la Gaceta: (Saca un impreso y lee.) «Recibimos nuevas noticias acerca de la lucha sostenida en Génova. El general Masena ha huido de la ciudad, Soult está prisionero y gravemente herido. El desastre es tremendo para las indisciplinadas fuerzas que pomposamente se llaman el ejército francés.» Y más adelante añade: «S. M. María Carolina ha dispuesto que se celebre una gran fiesta para honrar la victoria de las tropas austriacas.» Ya lo ves, Genarino; la cosa marcha y el general Melas dará buena cuenta de Bonaparte el falso.

Genarino

¿El falso?

P. Eusebio

¡Del falso, sí! (Con misterio.) Sé de muy buena tinta que el auténtico general Bonaparte murió en Egipto, ahogado en el mar Rojo como Faraón. Ahora le suplanta su hermano José. ¿Verdad que da risa?

Genarino

¡El maestro! (Viendo a Cavaradossi que viene por la puerta de la derecha trayendo un rollo de tela en la mano.)

ESCENA II

DICHOS y MARIO CAVARADOSSI

Mario

Perdonad, padre Eusebio; me he retrasado un poco.

P. Eusebio

Le estaba contando a Genarino las últimas noticias de la guerra. Todo está ya cerrado. ¿Puedo marcharme?

Mario

Sí, y tú también, Genarino, puedes irte. Hasta que se abran las puertas de la iglesia no me haces falta.

Genarino

Hasta luego, maestro. (Vanse los dos.)

ESCENA III

MARIO y ANGELOTTI

Mario

(Después de colocar la tela coge la paleta y se pone a pintar, poniéndose una blusa larga. En este momento aparece Angelotti por la izquierda, mira a todas partes con desconfianza y va hacia la puerta de la derecha para escuchar. El pintor se vuelve y le ve.) ¿Un hombre?

Angelotti

Os suplico que no alcéis la voz. ¿Estamos solos?

Mario

Solos estamos.

Angelotti

¿No vendrá nadie?

Mario

¡Cuántas precauciones! ¿Sois algún malhechor?

Angelotti

¡Para algunos, sí! Para vos, espero que no.

Mario

(Bajando del andamio.) Ahorremos palabras inútiles ¿Quién sois?

Angelotti

A vos me confío. Soy un prisionero fugado del castillo de Santángelo.

Mario

¿Un fugitivo?

Angelotti

Y quizá no desconocido para vos. Fui en Nápoles uno de los más ardientes defensores de la vencida república partenopea. Mi nombre está en las listas de los proscritos. Me llamo César...

Mario

(Interrumpiéndole.) ¿Angelotti?

Angelotti

El mismo.

Mario

(Corriendo hacia la puerta de la derecha y echando el candado.) ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no os habéis apresurado a declarar vuestro nombre? ¿Cómo os habéis refugiado en esta iglesia?

Angelotti

Os lo explicaré todo. Pero antes, caballero, dadme algo con que reponga mis abatidas fuerzas. La sed y el hambre me agobian.

Mario

(Escanciándole un vaso de vino.) Tomad; este licor os confortará.

Angelotti

(Bebiendo con ansia.) ¡Gracias a Dios que hallo una mano generosa que me socorra! ¡He pasado tantos días luchando con esbirros y carceleros!

Mario

Comed. (Le acerca las viandas.) ¿Cómo lograsteis evadiros?

Angelotti

Nada hice para conseguirlo. (Mirando hacia la puerta.) Pero ¿estáis seguro de nuestra soledad?

Mario

Segurísimo. Todas las puertas están cerradas. (Angelotti se pone a comer ansiosamente.) Podemos disponer de una hora para que repongáis vuestras fuerzas. ¿Y decís que en la evasión nada habéis puesto de vuestra parte?...

Angelotti

Absolutamente nada. Mi fuga la preparó mi hermana la marquesa de Atavantti. ¿La conocéis?

Mario

De vista.

Angelotti

Ella me proporcionó este vestido para disfrazarme; ella me franqueó la salida de mi prisión. Conseguido esto, advertí con espanto que las puertas de la ciudad estaban cerradas. ¿Dónde refugiarme? En casa de mi hermana era imposible, porque su marido es un defensor fanático del altar y del trono. Entonces pensamos en esta capilla, que es propiedad de mis antepasados, y aquí permanecí, esperando a Travelli, el único de mis amigos que conoce el lugar donde me he refugiado, y que debía auxiliarme hasta salir fuera de los Estados romanos. Pero Travelli no llega; y ya angustiado me decido a salir de mi escondite. ¿Se habrá descubierto mi fuga? ¿Estará preso Travelli?

Mario

Si hubiesen descubierto la fuga, se habría anunciado a la ciudad con un cañonazo.

Angelotti

Cierto.

Mario

La tardanza de vuestro amigo estará motivada por un accidente cualquiera. Tranquilizaos; si él no viene yo me encargo de poneros en salvo.

Angelotti

¡Gracias con toda mi alma, caballero! Pero mi hermana estará impaciente.

Mario

No hay medio de avisarla. Y por cierto que ahora me explico la visita que hizo ayer a esta capilla la Marquesa.

Angelotti

¿La visteis?

Mario

La vi y la contemplé el tiempo suficiente para dejar sobre la tela recuerdos de su peregrina belleza. (Señalando el cuadro.) ¡Mirad!

Angelotti

(Acercándose para mirarlo.) Admirable parecido.

Mario

No es más que un boceto.

Angelotti

¡Qué bien han copiado vuestros pinceles la dulce expresión de los ojos azules de mi hermana! ¡Pobre Julia! ¡Cuánto se esfuerza por salvarme! Pero, ¡ay de mí!, que el cariño de una mujer es menos poderoso que el odio de otra.

Mario

¡El odio de una mujer!

Angelotti

Es el origen de mis infortunios. Hace veinte años conocí en Londres a una de esas desdichadas que venden sus encantos al mejor postor. Me cautivó su belleza y seguí la aventura unos cuantos días, los precisos para que se extinguiera el capricho. Pasó el tiempo, y hallándome de regreso en Nápoles, me presentaron en la Embajada de Inglaterra, donde se celebraba un baile. ¡La esposa del embajador era la misma mujer con quien había trabado amores pasajeros en Londres!

Mario

Conozco la historia de Lady Hamilton, la famosa Emma Liona, chicuela abandonada, criada de una fonda, que pasó por todos los lugares de la degradación para concluir en embajadora del Reino Unido de Inglaterra.

Angelotti

No supe disimular mi sorpresa. Lady Hamilton comprendió que la había reconocido. En la mesa, senteme a su lado; pero entre ambos hubo un invitado más, el odio. Ya sabéis que la Hamilton ejerce un verdadero imperio sobre la reina y sobre el almirante Nelson, y que todos juntos persiguen a los partidarios de la revolución. Molestado por la hostilidad de la embajadora, cometí la imprudencia de revelar el secreto de nuestros amores, y dos días después los esbirros asaltaron mi casa, acusándome de auxiliar a los republicanos. Me encerraron en una prisión donde cumplí dos años de condena en Nápoles, y después me trasladaron a Roma. En este tiempo fueron confiscadas mis propiedades, y para colmo de males la corte envía aquí como Regente de policía a un italiano, a un miserable que se rodea de una legión feroz de verdugos.

Mario

El barón Scarpia.

Angelotti

Sí, un hombre implacable que de seguro no me olvida.

Mario

¡Infame! ¡Cubre con apariencias de cortesía y de ferviente devoción instintos perversos! ¡Cuántas esposas, hijas o hermanas de infelices acusados pueden ser testigos de la crueldad lasciva de Scarpia!

Angelotti

¿Quién mejor que yo para corroborar lo que decís? Mi hermana tuvo que huir horrorizada de tal monstruo de corrupción. De no haberme fugado, Scarpia me habría enviado a Nápoles para entregarme a Lady Hamilton, mi antigua amante. Pero ni ella ni él gozarán con el espectáculo de mi suplicio. En este anillo puedo encontrar el remedio para eludir los tormentos.

Mario

(Escuchando.) ¡Silencio!

Angelotti

¿Llaman?

Mario

No... Alguien que habrá pasado... No hay peligro.

Angelotti

¡Cuánto me apena mezclaros en mis inquietudes! Nunca os pagaré el favor que reciba de vos, cuyo nombre aún no conozco.

Mario

Mario Cavaradossi, romano como vos.

Angelotti

Creí que vuestra familia se había extinguido.

Mario

Estuvo alejada de Roma. Mi padre se casó con una francesa y yo estudié en París con el famoso pintor David, durante el período de la revolución.

Angelotti

¿Y habéis vuelto a Roma?

Mario

Por azar. Tengo que resolver algunos asuntos en esta ciudad, y además encuentro en ella un ambiente muy a propósito para mi profesión de artista.

Angelotti

¿Solo por el arte?

Mario

No quiero engañaros. Lo que principalmente me retiene en Roma es el cariño de una mujer.

Angelotti

Siempre fue privilegio de la hermosura el de encadenar la voluntad de los hombres. ¿Y se puede saber?

Mario

¿Su nombre? Floria Tosca.

Angelotti

¿La Tosca? ¿La célebre cantante?

Mario

Sí. ¿La conocéis?

Angelotti

Por su fama, solamente.

Mario

¡Su fama de cantante! Es grande, incomparable. ¡Pero la mujer vale más, mucho más que la artista!... ¡Quién creería que la que hoy escucha aclamaciones y recibe tributos del más ardiente entusiasmo fuese hace pocos años una pobre muchacha sin educación, recogida por las monjas de un convento! El organista que la enseñó el solfeo se quedó maravillado al notar sus adelantos y a los diez y seis años iba la gente al templo para extasiarse oyéndola cantar. Cimarrosa, atraído por la celebridad de su nombre, quiso oírla, y después de una lucha empeñada con las religiosas, consiguió llevarla al teatro. A los cuatro años los triunfos de la Tosca ensordecían a Roma, y desde aquel instante fue la artista más celebrada del mundo y en Milán, en Venecia, en Viena, se aclamaba su nombre. En este último punto conocí a la Tosca.

Angelotti

¿Y ella os ama?

Mario

Sí, me ama. Llena mi nombre su corazón y solo me disputan su albedrío dos cosas: los celos y el fervor religioso. Por ella permanezco en Roma, expuesto a grandes peligros, pues mi traje despierta sospechas, mi barba es revolucionaria y de fijo que Scarpia habría dado buena cuenta de mi persona si yo no me hubiese valido de una estratagema.

Angelotti

¿Cuál?

Mario

La de brindarme al Capítulo de esta iglesia para restaurar varios cuadros sin pedir retribución alguna por mi trabajo. Mis pinceles conjuran el peligro que me amenazaba y en Roma estaré, mientras en ella permanezca Floria, y con Floria partiré para Venecia, donde podremos amarnos sin sobresalto.

Angelotti

Y con entera libertad.

Mario

Yo no oculto mi amor. Al palacio Cavaradossi va la Tosca y aun a este templo viene a buscarme. De no retenerla el ensayo para la fiesta de esta noche, la habríais encontrado aquí y por cierto que lo hubiera sentido.

Angelotti

¿Por qué? A ella como a vos le hubiese confiado mi secreto.

Mario

Por lo mismo. No quiero mezclar en estas aventuras a ninguna mujer.

Angelotti

¿Ni siquiera a la que os ama?

Mario

A esa menos que a las demás. El concurso de Floria no nos es necesario, y con solo mezclarla en este asunto podríamos exponerla a peligros ciertos.

Floria

(Desde la puerta.) ¡Mario! (Llamando.)

Mario

¡Ella! (Alto y dirigiéndose a la puerta.) ¿Eres tú? (A Angelotti.) Pronto, escondeos. Procuraré que la visita sea breve.

Floria

(Llamando más fuerte.) ¿Pero no abres?

Mario

(Oculta a Angelotti, después coge los pinceles y la paleta y descorre el candado.) Aguarda. Ya voy... Pasa.

ESCENA IV

MARIO y FLORIA, esta entra elegantemente vestida y con un ramo de flores en la mano.

Floria

¡Cuánto has tardado en abrirme!

Mario

El tiempo indispensable para bajar del andamio.

Floria

(Mirando alrededor con desconfianza.) ¿Por qué corres el candado de la puerta?

Mario

Es el Padre Eusebio quien lo echa.

Floria

¿No está Genarino?

Mario

Le di permiso para que se fuera. Pero, ¿qué pasa? ¿Parece que estás inquieta?

Floria

¿Con quién hablabas?

Mario

No hablaba; cantaba.

Floria

¡No es cierto! Yo te oí hablar en voz baja.

Mario

¡Qué disparate! ¿Quién podía estar aquí?

Floria

Acaso alguna devota.

Mario

¿Celos? ¿Una escena de celos en este sitio? ¡Bah, no seas tonta! (Cogiéndole las manos.) ¿Un ramo de flores?

Floria

Para la Virgen. Tengo que implorar su perdón.

Mario

¿Por qué?

Floria

Por lo que tú haces.

Mario

Nada de malo hago.

Floria

¿Que no? ¿Y tus ideas? (Mario va a cogerla la mano y ella la retira.) No, permíteme que antes salude a Nuestra Señora.

Mario

¡Como gustes!

Floria

(Se dirige a la imagen que está en la columna central y pone las flores en un búcaro. Se arrodilla y reza. Entretanto Cavaradossi hace señas a Angelotti que asoma la cabeza para que se retire.) Cumplí mi deber con la Santísima Virgen.

Mario

(Besándole las manos apasionadamente.) ¡Y ahora yo!

Floria