NUESTRA PAMPA

W. Jaime Molins

Nuestra Pampa

LIBRO DE LECTURA

Obra aprobada por la Dirección
General de Escuelas de la
Provincia de Buenos Aires, como
texto de lectura para los años
(grados) Cuarto, Quinto y Sexto.

BUENOS AIRES
Establecimiento Gráfico “Oceana"—Chile 525
1923

Queda hecho el depósito
que marca la ley sobre
propiedad literaria.

[AL ÍNDICE]

La lectura moderna
Dos palabras sobre “Nuestra Pampa"

Comprende Nuestra Pampa,—arreglo metodizado y ampliación de mi libro «La Pampa»—una serie de crónicas objetivas sobre el más importante y rico de nuestros territorios, prolongación de la campaña de Buenos Aires. Su confección artística, como se advierte claramente, es marginal entre la literatura y el periodismo. Podrían, y posiblemente con propiedad, designarse sus capítulos, como crónicas de «alto reportaje». Y en cuanto a sus materias, bastará una ligera lectura, para encontrar que la historia, la sociología, la geografía, la economía rural, etc., han servido de base al estudio más completo que se haya hecho hasta ahora sobre la conquista del desierto[A].

Por sobre el anhelo, fuertemente acariciado, de escribir un libro de lectura de generalizaciones argentinas, con descripciones de costumbres, paisajes y acontecimientos,—diluyendo en un volumen, siempre limitado, toda la inmensa fuente de inspiración que nos brinda el país—he preferido, lógicamente, la labor constructiva, robusta, completa, sobre determinada región, sobre esta Pampa tan universal y tan nuestra; tan próxima a los grandes centros urbanos y tan desconocida a la vez; tan legendaria y tan moderna; tan joven y tan promisora.

Siempre he creído que los textos de lectura poligráficos, lejos de encauzar el espíritu y la vocación de los niños, contribuyen a pervertir y extraviar el concepto artístico o científico que deben formarse sobre las obras bellas. Los mosaicos, las antologías, ordenadas con o sin método, hechas de «menudillas» literarias, confecciones editoriales, inescrupulosas casi siempre, no serán jamás auxiliar poderoso del maestro en la inclinación artística o en la educación sentimental de sus alumnos en los grados superiores del curso de aplicación. La antología de Cossón,—permítaseme puntualizar—podrá recordarse con el valor del «vademecum» literario, de fragancias híbridas, con flores y malezas y donde la juventud inquieta, libara al acaso algunas mieles, como el gorrión en las cerezas del huerto abandonado. En cambio, «El Tempe Argentino» de Sastre, sacó triunfante la nota emotiva, llena de sabiduría, de bondad y de belleza, y dió con sus páginas, matices fundamentales para el estilo de muchos de sus niños, que debían de brillar, más tarde, en el libro, en la cátedra y en la prensa. ¡Lástima que aquel libro tenga sobre sí el achaque glorioso de los cincuenta años, mientras el Delta eglógico de los ceibales y la «canoa, sencilla como los afectos», remozado de civilización, se ha vestido con los atavíos de la agricultura científica, ha abierto sus puertos al frigorífico y sus arterias al «ferry boat»!...

Tal es mi juicio sobre la confección material e intelectual de un libro de lectura. La época, sin duda, reclama otras exigencias en su contextura general. Es posible que la prosa movida, ágil, robusta a ratos, amena siempre, sea el punto central de la materia. De ello informaría el sistema dialogado que uso a menudo, las ligeras informaciones estadísticas y la discreción de los cuadros y pinturas fugaces, a título de suavizar el aspecto de algunos estudios que pudieran parecer pesados. En suma: he tratado de organizar un libro que dentro del más acrisolado nacionalismo, sea sano en gramática, en pedagogía y en sentimiento.

En este arreglo escolar y didáctico de mi «Pampa» he desbrozado de la obra original todos los asuntos que he creído superfluos dentro de la asignatura. He arrasado con todas las notas personales e innocuas, evitando, en lo posible, los nombres propios. La estancia del señor A, la cabaña de B, la colonización de X, la gran empresa de H, pasan al libro escolar en el anónimo, destacándose solamente en su fuerza representativa, como elementos máximos del gran desarrollo pampeano. Dejo, únicamente, los nombres de los precursores, de los «pioneers» autóctonos, de los héroes de verdad, sean humildes o poderosos. Así, no puedo pasar por alto el nombre del primer humilde agricultor que llevó los primeros manzanos al valle de General Acha, y que queda incorporado de hecho a la historia agrícola de la República; como el de ese francés de garra, sembrador de pueblos, que fundó Telén, y que vitalizó con su energía y con su franco optimismo, toda la zona noroeste del territorio.

Aspiro, con esta obra, a poner en manos de los educandos un libro lleno de sencillez y verdad, sanamente patriótico y eminentemente objetivo; fiel a la tradición y al progreso; un libro, en suma, constructivo, de una sola pieza, dentro de su contextura, su idealidad y su estilo; que reuna todas las condiciones exigidas por la moderna asignatura y concrete, en capítulos ordenados, la evolución pampera, legendaria y universal,—¡tan argentina, tan nuestra!—desde los tiempos bravos de la dominación aborigen, hasta las más nobles conquistas en materia rural, las grandes invernadas y la colonización científica. Aspiro, a impregnar en los niños de las escuelas de la República, estos mismos sentimientos de tonificante nacionalismo; a que gusten, a través de mi pluma, de las mismas bellezas que yo he gustado y sientan como yo, el noble orgullo de la nacionalidad. Sólo así, comprendiendo la grandeza de la Pampa Argentina, cada lector será capaz a la vez, de revelarla con impresión personal y juicio sereno. Habremos conseguido entonces, en nuestros educandos el resultado de que hablaba Ernesto Leguové a Saint Beuve: despertar el espíritu crítico, sobre la base de obras bellas y sanas. Y se afirmaba para ello el eminente profesor, en la lectura en alta voz, que «nos daba un poder de análisis al que nunca llegaríamos por la lectura muda».

Nunca más que ahora al verificar este arreglo escolar de «La Pampa», he pensado en aquel famoso discurso de Racine sobre Corneille, discurso que tendía el puente de oro entre el teatro francés, antes y después del ilustre comediógrafo. Ora suave como un arroyo valletano, ora violento como un turbión; vigoroso en sus signos admirativos; persuasivo y blando en sus descripciones; lleno de unción siempre, Racine no sólo había querido describir el teatro, si no pintarlo. Modelo tan eterno y tan admirable, no puede menos que arrastrar nuestra simpatía. Tal he querido en Nuestra Pampa: describir y pintar. Describir el choque del pueblo aborigen con las armas de la nación; la heredad salvaje bajo la influencia de la sangre nueva, que llevó el germen de futuros pueblos; la atrevida conquista del riel; la implantación de las grandes empresas rurales; la invasión colónica, que ha convertido en campos de cereal aquellas ásperas tierras, empenachadas de dunas; pintar la fuerza panteísta de los bosques de caldén, el cuadro pastoril, la chacra sencilla, el panorama silvestre y la obra de civilización, estilizada y potente...

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A fin de facilitar la tarea ilustrativa de mis lectores—maestros y alumnos—y después de una juiciosa encuesta entre el personal docente de diversos establecimientos educacionales, he resuelto incorporar a «Nuestra Pampa», un vocabulario—«prontuario», más bien dicho—sobre palabras difíciles, términos, expresiones, neologismos, indianismos y modismos empleados en el texto.

La necesidad de este aporte lexicológico es bien justificada y no necesita mayores explicaciones. Lo que debo recalcar, aunque sea someramente, es la razón de incorporar a un texto de lectura, netamente argentino y dedicado a los grados superiores de la enseñanza primaria, una buena cantidad de expresiones ajenas a nuestra lengua matriz. Pueblo nuevo el nuestro, formado por todas las razas, todas las religiones, todos los idiomas, sería un error craso constreñir nuestra «lengua corriente» entre las fronteras del castellano clásico, impecaminoso y hermético. Las ciencias, las artes, las industrias, la geografía misma, los deportes, crean día a día, términos nuevos, expresiones ajustadas, desprendidas de otras lenguas, y que es necesario adoptar so pena de regresión en el proceso evolutivo de la humanidad y en el agitado intercambio de los pueblos, vale decir en el ejercicio de las necesidades prácticas de la vida. España misma, en plena reacción literaria, ha debido dar paso para sus novísimos diccionarios, a la avalancha de galicismos que trasponen sus Pirinenos, mientras Francia academiza el término anglicano, que se filtra en su léxico por obra y gracia de la novelería deporticia. Y la España de hoy, que gallardea con la gloria secular de su «Quijote», no puede menos de sentirse cómoda con la incorporación a su lengua oficial, de todo ese ejército de neologismos, creados, en su mayoría, por la ciencia y por las artes. Tal lo que nos dice el propio jefe de la interpretación de lenguas del ministerio de Estado de España, don Julio Casares, en el prólogo de uno de sus diccionarios, sentando, como una necesidad fundamental, este ensanchamiento del idioma, de acuerdo con las exigencias modernas. «La prosa—dice—recoge de la multitud heteróclita de palabras extranjeras, las nuevas palabras inventadas, por la ciencia, el deporte, el periodismo, las múltiples incursiones de las diversas lenguas que contribuyen al concierto de nuestra nacionalidad.»

Respetando las bases fundamentales de nuestro idioma—la gramática, más que el léxico—sería una absurdo que en nuestros libros americanos, nuestros libros didácticos, hiciéramos abstracción de todas esas palabras y modismos ajustados a nuestro temperamento de pueblo cosmopolita, para circunscribirnos a la expresión racial y a solo título de no infringir irreverencia con el léxico hispano. Tendríamos, entonces, que mientras en el libro de lectura, acrisolado, impoluto, en lo que a expresión castiza se refiere, trataríamos obstinadamente de conservar la tradición lingüística, frente por frente y en abierta oposición con los intereses escolares entregados a nuestra dirección y encauzamiento, se interpondrían al alcance del niño, esos factores que se llaman el diario moderno, el cinematógrafo, la revista de actualidades y el teatro, abiertos a las necesidades de la vida y no al intransigente purismo del idioma.

Las lenguas, como las industrias, como las artes, como el comercio, necesitan de movimiento, de intercambio constante, de algo así como el flujo y reflujo de los vocablos, buscando para su armonía y su utilidad, no de las expresiones altisonantes, sino de los matices, de los términos claros, precisos, ajustados, propios. Por su intransigencia, perdieron su prestigio de lenguas vivas, el latín y el griego, hasta que los siglos las borren en absoluto de la memoria de los pueblos, segadas por las palpitaciones de otras lenguas que evolucionan, que se mueven, que trafican, que abren sus fronteras a la libre migración de las palabras.

Y si nosotros, los de Sudamérica, por las características geo-sociológicas de nuestras repúblicas, estamos destinados a la gran evolución lingüística, sobre la base de nuestro glorioso castellano, debemos estar alerta para no incurrir en la incongruencia de enseñar a nuestros escolares a pensar en americano, valiéndose, como instrumento de expresión del diccionario inmoble y perpetuamente academizado. Debemos pensar, en primer término, que aun no hemos plasmado el tipo definitivo de nuestra raza continental y que todavía somos por aquí un conglomerado de pueblos, en donde deben tener honrosa participación todos sus componentes, por razones de étnica y de autonomía nacional.

En auxilio de nuestra tesis podríamos traer el ejemplo francés en la evolución de su literatura. En Rabelais se operan los primeros pasos firmes del latín al francés. Montaigne se deja llevar a menudo por las citas de la lengua del Lacio; pero, más regionalista y muy original, prefiere amalgamar las lenguas y dialectos que se desarrollan en pleno territorio francés, y así en sus «Ensayos» declara que «no titubea en usar del gascón cuando el francés no le basta para la más franca expresión de su temperamento.» Descartes, que con Bossuet, pertenece a los grandes ingenios del siglo XVII, escribe en francés su «Tratado de las pasiones»; pero no puede apartar su estilo bebido en la sintaxis del genio latino. Y así Racine, a pesar de su originalidad. Quien francamente rompe las ligaduras, es Voltaire, abanderado de la revolución del siglo XVIII en la prosa francesa, cultivador feliz, que vuelca en el surco de la literatura francesa, la simiente de nuevas expresiones. Con él acaba la elocuencia romana «porque había la necesidad de expresar claramente y no de componer discursos.»

¡Loado sea nuestro rico, fecundo y armonioso castellano, que trajo a América en su verbo, las palpitaciones viriles de la raza! ¡Loado sea! Pero al eternizar su glorioso dominio, su brava alcurnia, pensemos que para su propia perpetuación y generoso expandimiento, ningún campo más propicio que estos jóvenes pueblos en donde confraternizan en el trabajo, en el patriotismo y en la acción todas las razas de la tierra.

W. Jaime Molins.

Buenos Aires, 1922.

PRELIMINARES DE LA CONQUISTA DEL DESIERTO

La primera impresión del territorio pampeano, renueva en el viajero una gloriosa remembranza: la conquista del desierto por las armas de la nación.

“Cuando la ola humana invada estos desolados campos que ayer eran el escenario de correrías destructoras y sanguinarias, para convertirlos en emporio de riquezas y en pueblos florecientes, en que millones de hombres puedan vivir ricos y felices—decía a sus soldados el general Roca, en la orden del día, en Carhué el 26 de abril de 1879—recién entonces se estimará en su verdadero valor el mérito de vuestros esfuerzos. Extinguiéndose estos nidos de piratas terrestres y tomando posesión real de la vasta región que los abriga, habéis abierto y dilatado los horizontes de la patria hacia las comarcas del sur, trazando, para decirlo así, con vuestras bayonetas, un radio inmenso para el desenvolvimiento y grandeza futuras.”

Y en verdad, el vaticinio del ilustre jefe se ha cumplido. La ola humana se ha diseminado por la rica campaña. La tierra salvaje, se rinde como una madre próvida al tajo del arado. Se inmoviliza el médano bajo el manto de las plantas forrajeras. Florecen los trigos y florecen los pueblos como una inmensa constelación. Y mientras los ferrocarriles se bifurcan en todas direcciones sobre la campaña infinita y ondulada, se tonaliza el predio rústico con el verde intenso de los alfalfares, se extienden nuevas sementeras sobre el desmonte de los caldenes, y la colonización sistemada se rinde a Ceres, estira el alambrado civilizador en el latifundio inviolado y se arraiga al amor del clima y bajo la certeza augural del porvenir.

La expedición al desierto tiene para el país una significación trascendental: como acontecimiento militar interno, importa la campaña más fructífera de cuantas han podido realizarse después de la consolidación de la independencia nacional. Con economía de sangre y de recursos, se logró para la civilización el patrimonio de 20.000 leguas, entregadas al arbitrio de las tribus indómitas. Como acontecimiento político llegó aún más lejos la brillante cruzada: se cortó a Chile el recurso ilegal y cuantioso de la rapiña indígena. Según cálculos “grosso modo”, excedía de 200.000 el número de cabezas de ganado vacuno y caballar que pasaba los boquetes de la cordillera en arrias indígenas apañadas por deshonestos acopiadores e industriales de ultracordillera. Este predominio, tradicional en el desierto, sobre el pueblo indígena extendido desde los campos de Buenos Aires hasta los Andes y desde las fronteras de Córdoba, Mendoza y San Luis, hasta la Patagonia, tenía su explicación natural en el origen araucano de las tribus. La corriente salvaje se inclinaba al Pacífico donde la impunidad del robo se hacía fuerte al amparo de la tolerancia política. Cierto es que la opinión sensata del país vecino, repudió con energía el procedimiento y más de una vez se alzó la voz enérgica de los legisladores protestando de aquel comercio subrepticio que era un atentado contra la civilización y la amistad internacional. Pero es cierto también que durante largas décadas, el ganado de nuestras pampas y la sal de nuestras lagunas, adquiridos malamente, constituyeron la industria del tasajo con que Chile dominó el mercado pacífico, desde Antofagasta al Ecuador.

El famoso cacique Juan Agustín, de la tribu de Las Barrancas, que tanto daño causó en Mendoza con sus cuatrerías y sus malones sangrientos, tenía en Chile concepto de honestísimo propietario y las prerrogativas de juez y subdelegado en las poblaciones indocriollas. El cacique Caepé, del Neuquen, de crueldad proverbial, afianzaba su impunidad en un parentesco empingorotado por parte de su mujer; y el cacique Aillal, regentaba sin control y en pleno territorio argentino, un establecimiento del general Bulnes, vale decir que tenía vara alta en el tránsito libre de las cordilleras. Cita Olascoaga—nuestro más veraz historiador del desierto—que el coronel Bulnes, pariente del general del mismo nombre, y que vivió muchos años en la frontera de Araujo, vino en diversas ocasiones al territorio del Neuquen, cultivando relaciones con los primeros jefes indios. De una de estas entrevistas, que siempre fueron de carácter comercial, nació el propósito de sublevar las tribus ranqueles que poblaban la Pampa y mantenían tratados de

paz con el gobierno nacional. Los caciques Rouan, Cheuquel y Udelman, engolosinados por las promesas del jefe chileno, desprendieron sus emisarios a Baigorrita, Epumer y Cayupan, incitándolos a la rebeldía y a la invasión. “Chile gobierna a los indios”, era la voz de orden. Allí estaba la génesis de la raza que idealizó Ercilla en la soberbia indómita de Caupolicán. Las tribus de la Pampa no eran más que las ramas de aquel tronco que había afianzado sus raíces en las costas del mar, desde Santiago al archipiélago del sur. Esta premisa que tenía todos los contornos de una política subterránea, capaz de influir en el diferendo territorial que nos tenía al borde de la guerra, trajo como consecuencia, el parlamento salvaje de Poytahué entre los ranquelinos y la embajada de Meliqueo que tenía la plenipotencia de sus amigos del Neuquen, para formalizar un plan subversivo contra las autoridades argentinas, llevando una invasión conjunta a las indefensas poblaciones del interior.

Acontecimientos de tal trascendencia tenían que traer consecuentemente una campaña formal sobre el desierto. Era menester hacer la guerra al indio que era la guerra a Chile. Había que quebrar, con las armas de la nación, el bandidaje desalmado puesto al servicio de aquella rivalidad internacional que podía ser nefasta para nuestra integridad. La milicia chilena, puesta en tensión, con las perspectivas de la guerra al Perú y Bolivia, tentaba por medio de nuestros indios, de avocarnos al problema de la lucha interior, temerosa tal vez, de que pudiéramos tomar una participación decidida en la contienda. Mientras tanto—cabe a nuestra hidalguía reconocerlo—no faltaron estadistas prudentes y sabios legisladores que se opusieron abiertamente a este juego peligroso sobre la base, no siempre leal, de las lanzas nómades que bien pudieran esgrimirse contra Chile si al gobierno argentino se le hubiese ocurrido conquistarlas con el halago de la tolerancia y de la protección...

Es de suponer que graves exigencias de política interna, obligaron al gobierno chileno a mantenerse reacio a nuestras reclamaciones. Sólo así se explica el vacío que rodeó las quejas de nuestro representante Miguel Góyena cuando exigía control y castigo para el infamante comercio de ganado, producto del más descarado latrocinio. Para contraste del proceder de la Moneda, aquel mismo año—1876—el Canadá, con motivo de haberse internado en su territorio las mesnadas de Sitting Bull, producía en su protocolo oficial la siguiente declaración: “Conforme a todos los principios de la ley internacional, cada gobierno está obligado a proteger el territorio del Estado vecino y amigo contra actos de hostilidades de parte de refugiados que, escapando a la persecución, cruzan las fronteras.”

Sea como fuere, la actitud insólita del gobierno chileno, mató las más bellas iniciativas de hombres de ponderación. Ya en 1870, el señor Puelma, desde su banca legislativa por San Carlos, sosteniendo la imperiosa necesidad de adoptar un sistema civilizador sobre el pueblo araucano, había dicho, bien alto, en sesión del 18 de agosto:

—Analicemos lo que sucede. En cuanto al comercio, vemos que el de animales, que es el que más se hace con los araucanos, proviene siempre de animales robados en la República Argentina. Es sabido que últimamente se han robado allí 40.000 animales, más o menos. Y nosotros, sabiendo que son robados, los compramos sin escrúpulo ninguno. Y luego decimos que los ladrones son sólo los indios...

Esta valiente afirmación, que era toda una apotegma, cayó en el vacío. No queremos, sin embargo, en esta suscinta relación de los acontecimientos que ocasionaron la campaña civilizadora, dejar de mano las propias lacras, desarrolladas como enfermedad endémica intra-cordillera y hasta en las propias puertas de Buenos Aires, en campo sometido por el fortín y hasta por el riel. Siempre el abigeato encontró pie en el comercio inmoral de los acopiadores. La pulpería pampeana, lugar de regocijo y de pelea, no siempre contribuyó al estímulo civilizador de las armas que abrieron paso a la inmigración y a la colonia. La vida de fronteras tiene a menudo episodios que desdicen con el noble propósito de la civilización. No recordamos si Alvaro Barros o qué cronista de la gran expedición, narra el caso de un pulpero inmoral protector de montesinos y carneadores de ajeno, castigado en su propio delito.

—Tráime todos los cueros que te vengan a mano—reclamaba a un paisano ladino, un negociante crapuloso de la campaña de Olavarría.

—¿Voltiaré alzaos, nomás?... Porque los ajenos...

—De todo, che. Hay que hacer plata. Y vos que andás con pandiya noche a noche, podés hacer una buena rejunta. Yo compro todo... Voltiá, nomás. Ya sabés qu’el jujao está a mi cargo...

Emprendió la tarea el gaucho. Por muchas mañanas, entre dos luces, se apareció en la casa del pulpero, trayendo una buena cosecha de cuerambre. El pulpero pagaba poco, pero pagaba. Los paisanos eran diestros para cuerear a campo; y el producto de la correría fué copioso en un par de semanas.

Pasó por fin la partida a las estacas. Se tendieron las pieles en una enorme superficie. Y cuando el viento del sur barrió el secadero, se patentizaron las marcas sobre los cueros de vacuno y caballar. ¡Eran del propio herraje del pulpero, era su misma hacienda la que había hecho sacrificar por ambición del lucro inmoral y desmedido!

—¡Ah, canaya!—le dijo al gaucho, cuando se acercó con la última remesa.—¡Vas a pagar caro, ladrón!...

—¡No s’enoje patroncito!... Usté me dijo que carniara ¿y de’ai?... Yo creí que fueran de los suyos... ¡Natural! Porque yo no nací para ladrón ¿sabe?... Y vaya pagando esta última partidita porque tengo que dar cuenta a los muchachos que m’esperan afuera... ¡Que ni pa los vicios, con sus cuatro riales locos que aflueja!...

VOCABULARIO

Pampa. Expresión indígena introducida por los pueblos autóctonos que llegaron del norte. Directamente, y en nuestro territorio, la popularizaron los quechuas. Pero los quechuas la tomaron de los aymaras. “Pampa” quiere decir llano, llanura.

Remembranza. Recuerdo de alguna cosa pasada.

Emporio. Mercado.

Vaticinio. Predicción, adivinanza, pronóstico, profecía.

Próvida. Benéfica, liberal, generosa, dispensadora de bienes.

Constelación. (Usada en sent. figur.) Conjunto de estrellas fijas.

Predio. Finca heredad, tierra, posesión, inmueble.

Ceres. Diosa de la agricultura. (Expresión poética).

Latifundio. Amplia extensión de tierra.

"Grosso modo". Expresión latina que significa: de cualquier modo, ligeramente, sin ningún cuidado.

Boquete. Entrada angosta en una montaña.

Arria. Conjunto de bestias de carga.

Subrepticio. Lo que se hace o toma ocultamente.

Tasajo. Carne seca y salada.

Cuatrería. Robo de hacienda realizado por cuatreros o cuadrilleros.

Malón. Ataque de indios a poblaciones o haciendas.

Empingorotado. Levantado, empinado.

Génesis. (Por extensión) origen, principio.

Ercilla (Alonso de). Poeta español, autor del poema “La Araucana".

Premisa. Circunstancia precursora de alguna cosa.

Subversivo. De “subvertir”: alterar, perturbar, trastornar, destruir.

Nefasta. Que es de malos resultados o consecuencias.

Estadista. Hombre versado y práctico en asuntos de Estado y labores de alto gobierno.

Nómade. Errante, que no tiene domicilio.

Latrocinio. Robo, hurto, defraudación, usurpación.

Moneda (La). En este caso se refiere al palacio de gobierno de Santiago de Chile.

Mesnada. Compañía de gente armada. (Expresión anticuada, pero en uso por aplicación).

Protocolo. Registro de negociaciones diplomáticas.

Insólita. Inusitada, que no es común.

Apotegma. Sentencia breve, aguda y oportuna.

Sucinto. Breve, lacónico, preciso.

Lacra. Falla o defecto de alguna cosa, moral o material.

Abigeato. Robo de ganado.

Pulpería. Despacho de bebidas en la campaña.

Crapuloso. De “crápula”: degradación moral y física del hombre; pérdida de su dignidad.

Meliqueo, Caepé, Ronán, Cheuquel, Udelmán, Cazupán. (Voces araucanas). Nombres de caciques indígenas.

LA PAMPA DE AYER Y LA DE HOY

Tuvo también su alcance moralizador la partida militar, sobre este desquicio social de la campaña. El ejército argentino llevó la seguridad territorial, la paz indígena y la depuración. Se vió claro, además, aquel misterio de la Pampa que a los ojos de Buenos Aires era el dragón terrorífico puesto en guardia para velar los pasos de la Cordillera. Nuestra pampa, la de Echeverría, reclamada por las musas y por Minerva terminaba en Mercedes y en Areco. La llanura dilatada, “inmenso piélago verde”, se perdía con el ombú, junto a los ríos dóciles y claros de la provincia. La otra Pampa, la ondulante, la eterna Pampa, la

“de Dios sólo conocida,
que El sólo pudo sondar”,

la del calden milenario, la de las dunas caprichosas, la del silvestre alfilerillo, la de las lagunas, la de los bosques, tenía que romper el velo de la leyenda y abrir su misterio a la civilización. Nos imaginamos la sorpresa que causaría en los austeros padres de la patria, el alegato de Avellaneda, robusteciendo en su mensaje al congreso, del 14 de agosto de 1878, la petición de acuerdo para arbitrar los recursos reclamados por la campaña civilizadora. “El ministro actual de la guerra—decía el ilustre presidente—ha recorrido personalmente estos lugares y puede asegurarse que son inmejorables para la ganadería y aún para la colonización. Abundan pastos de varias clases; el agua dulce y clara se encuentra en grandes lagunas, al pie de los médanos de arena; y donde no se la ve en la superficie, se oculta tan de cerca, que basta levantar algunas paladas de arena para que surja en abundancia del seno de la tierra.”

Y sin embargo, la idea de la ocupación civilizadora hasta Río Negro, para fijar una frontera natural a la nación aborigen, databa de un siglo atrás. Durante el virreinato del marqués de Loreto, el capitán don Francisco de Viedma, llevó una expedición parcial hasta los valles del Colorado y más allá. Esta primer tentativa en tierra salvaje originó un precioso informe en donde el intrépido explorador puso de relieve la importancia estratégica del Río Negro, como línea militar defensiva. Tiempo después, el naturalista don Félix de Azara—1796—aconsejaba la necesidad de ocupar Río Negro, “como el único medio de asegurar la tranquilidad y posesión de las pampas”, compartiendo de igual opinión, el capitán don Sebastián Undiano y Castelú, jefe de guarnición en Mendoza y hábil conocedor de la extendida región de los mapuches. Pero ningún gobierno mueve la iniciativa. Pasa la vorágine de la revolución. Pasa la lucha gloriosa. Se afianza la emancipación americana. Se inician los primeros tanteos del gobierno libre. Y recién cuando Rozas asume el primer mandato popular, recién se echa de ver la necesidad de poner los ojos en el desierto. La campaña de Rozas fué el primer triunfo. Y hubiera bastado este título de “héroe del desierto” para asegurar a su nombre la gratitud nacional, si la hazaña gloriosa no hubiera cimentado el abismo de la dictadura. Cincuenta años más tarde, el general Roca, en plena juventud, preparaba, sobre las propias bases, la presidencia de la República. ¡Grande debió ser la obra como grande fué el premio!

Y en verdad, difícil hubiera sido concebir y ejecutar un plan más estratégico, más político, más sobrio, más definitivo. Los Estados Unidos, con más recursos que nosotros, no solucionaron con mayor lucidez y economía su problema autóctono sobre las tribus del oeste. Y eso que sus salvajes no contaron con la protección vecina, como los nuestros. El plan de Alsina, de ir ganando paulatinamente el dominio de la Pampa, con el foso artificial y la línea de fortines, tenía su indiscutible y acertada orientación; pero era largo y dispendioso. Tres años gastaron nuestras tropas en abrir aquella zanja que ha borrado el tiempo. Pero fué un envión noble en el sentido de la incorporación territorial pacífica. Después de este iniciador, la empresa armada debía caber a Roca. Ya la ley que autorizaba el avance y la posesión real del desierto, dormía un encarpetamiento de diez años—1867—y posiblemente a Mitre le hubiera tocado en suerte esta campaña, para mayor lustre de su nombre, si la guerra con el Paraguay no se prolonga con el incruento sacrificio de cuatro naciones.

No bien se inicia Roca en el ministerio de la guerra, dedica toda su atención a las fronteras del sur, de las cordilleras y del Chaco. Su plan, conocido ya por sus comunicaciones epistolares con Alsina, tiende a concentrar un movimiento simultáneo con fuerzas destacadas convenientemente a flor del extenso perímetro y que deben operar de norte a sur y de este a oeste, estrechando cada vez más al pueblo indígena hasta llevarlo al otro lado del caudaloso Río Negro. Como prolegómenos de este plan, los diversos cuerpos del ejército comienzan a ejercitar su acción en las distintas zonas del imperio bárbaro. Se suceden los primeros encuentros, felices siempre para las armas de la nación. Estos preliminares abarcan el espacio de tiempo comprendido de julio del 78 a mayo del 79. Buenos Aires, descreído hasta entonces de estas incursiones al país de los indios, ve regresar a sus soldados trayendo infinidad de prisioneros, que la previsión oficial destina a la marina y a las colonias agrícolas de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y Corrientes, a emporios industriales y establecimientos de educación. Y recién entonces se comienza a creer en la eficacia de la gran empresa militar.

Puesto en juego el plan general de la campaña, las diversas divisiones del ejército debían de operar en la siguiente forma: Levalle se iniciaría por Traru-Lauquen hasta Toay o Naicó y se correría hasta Lihuel Calel; Racedo, desde Villa Mercedes de San Luis, haría una descubierta en toda la comarca ranquelina; destacaría su jefe de vanguardia hacia Chadi-Leuvu y trataría de ponerse en comunicación con las fuerzas que salieran de Trenque Lauquen y que alcanzaría en Toay; Napoleón Uriburu, destacado en el fuerte General San Martín (Mendoza), emprendería su marcha en dirección al Neuquen, limpiando de indios las pampas mendocinas y los valles intracordilleranos; Hilario Lagos, saldría de Carhué, camino de Llanquil-co hasta Toay o Malal; el comandante Enrique Godoy recorrería de Guaminí a Naicó. Centro de concentración general de todo este movimiento sería Choele Choel, a las órdenes inmediatas del propio ministro de la guerra, general Roca.

La campaña se llevó punto por punto con una precisión admirable. Comenzó el desbande de las tribus. Pincén, Epumer, los Catriel, Baigorrita, Mariano Rozas, Namuncurá, y cien capitanes más, desorientados ante este avance sistemado y uniforme sobre sus dominios, o caen prisioneros, o se someten, o huyen hacia el sur, a recaudo del avance arrollador. La nación ranquelina, extendida en setecientas leguas sobre la Pampa, en medio de espesos bosques y grandes praderas, tiembla ante esta irrupción civilizadora, se defiende al principio con recursos infructuosos de montonera; pero desprevenida y desorganizada para la lucha, cae, se rinde o huye. Lo propio ocurre con las demás tribus enseñoreadas hasta entonces del desierto. No hay derramamiento de sangre en nuestras tropas. Y ese es, precisamente, el mayor de los triunfos, del punto de vista militar. Las travesías, sin embargo, son penosas. Aquella naturaleza montaraz supo tener sus dolorosas sorpresas para nuestros soldados, desconocedores del amplio e ignorado país. A veces la sed; el hambre a veces. La engañadora laguna, daba salitre en vez de agua cristalina; el campo de totoras ocultaba el temible tembladeral. ¿Y la falta de forraje para las bestias? ¿Y la arena cruel de los médanos? ¿Y los vientos? ¿Y el despiadado temporal?...

—Si no te hallas en actitud con estos medios, de dar debido cumplimiento a lo que se te va a encomendar y crees que se te sacrifica—le decía el general Roca a uno de sus jefes, quejoso por la escasez de elementos con que debía de iniciar su marcha—dilo con tiempo, que yo no quiero forzarte a marchar contra tu voluntad. Debo prevenirte, que ni Uriburu, ni Racedo, ni el comandante Roca, ni Levalle, ni García, llevan carros ni carruajes. El único que lleva esas cosas soy yo y yo no sé si tendré que tirarlas en el camino...

Meses después, el ilustre jefe podía asegurar con entera confianza en la eficacia de la magna obra:

“Los indios se han visto asediados, confundidos y oprimidos en todas partes y en todas direcciones. No ha quedado un sólo lugar del desierto donde pueda crearse una nueva acechanza contra la seguridad de los pueblos que tocan con sus pertenencias en la Pampa, ni de las personas e intereses que vengan en lo futuro a radicarse en estas vírgenes y generosas tierras que por sus cualidades naturales de producción y de clima, revelan hoy claramente la razón de ser del arraigo secular, la vida y fortaleza relativa de sus habitantes bárbaros.

“Los pocos indios que quedaban en el territorio así dominado, han caído en poder de nuestras fuerzas o se han apresurado a presentarse; otros han huído abandonando a sus familias a la muerte en la travesía. Namuncurá debe su temporaria salvación a la anticipación de tiempo en que emprendió su retirada a los valles interiores de la cordillera donde hoy se encuentra amparado por su pariente Ranque-Curá, que tendrá que responder perentoriamente de este hecho. Baigorrita y los restos de su tribu, quedan aún dentro del cerco de nuestros dominios: se tienen noticias por prisioneros tomados, del estado de aniquilamiento de recursos de movilidad y mantención con que se trataba de escapar a la persecución de nuestras partidas, en cuyas manos es casi seguro caerá, ya sea en la parte occidental de Chadi-Leuvu, donde le sigue una columna de la tercera división, o en la cordillera, en las guardias de la cuarta o en el Colorado donde cruzan las que he desprendido de las de mi inmediato mando.

“En los valles de los Andes, ha recibido golpe de muerte el tráfico tan inmoral y tan antiguo, como la plaga de los indios, que allí tenía lugar con el robo que éstos hacían de nuestras haciendas. La presencia de las fuerzas de la cuarta división ha cortado definitivamente ese mal que hoy ha podido apreciarse cuánto ha debido perjudicar a nuestro país.

“Los ganados argentinos no pasarán en adelante los anchos y multiplicados boquetes de la cordillera del sur, sino por la consignación de sus legítimos dueños; y serán de hoy más aquellos campos una nueva ventajosa expansión del comercio ganadero legal, especialmente para las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Buenos Aires, que podrán hacer su itinerario directo por el paso de los ranqueles, vías del Colorado y Río Negro para sus compras, invernadas y transportes al mercado trasandino.

“No ha sido menos fructífera esta campaña en lo que toca a la adquisición de conocimientos sobre la geografía y topografía de esta región hasta hoy desconocida y en los que han venido a rectificarse muy favorablemente las noticias o conjeturas que había a su respecto. Muy lejos de la aridez desconsolante que algunos han supuesto en la mayor parte del territorio que se llama la Pampa, se tienen, en general, los mejores datos acerca de la buena calidad de los campos que han recorrido las divisiones y las partidas sueltas, que han llevado unas y otras especial encargo de estudiar esto con interés; y en cuanto a la dilatada extensión que yo mismo he recorrido, me ha producido el convencimiento de que en ningún punto de ella se verían defraudadas las esperanzas del agricultor o criador de cualquier especie, dado los trabajos a que debe responder toda buena tierra y mejor clima.”

Así hablaba el general Roca en el parte general, como comandante en jefe del ejército de operaciones y elevado al ministro de guerra interino. Quedaba con ésto entregado al acervo nacional el vasto territorio. Asegurada la tranquilidad territorial; destruído el señorío salvaje; francos los caminos; libres los campos; garantida la propiedad privada con el amparo de la ley; se abría la Pampa como un tesoro invalorado al empuje civilizador. Sobre las huellas frescas de nuestra caballería, se plantaba la colonia. Eclosionaron los pueblos. El tren, detenido en el Azul, avanzó campo afuera mientras nuevas ferrovías pobladoras debían llegar al corazón del país de los caldenes, llevando el éxodo emigrador. Cuarenta años después de aquella gran cruzada, capaz de consagrar por sí sola la figura del héroe, el viajero de hoy mira desde el tren la campiña florida. Se renueva el paisaje con la loma tapizada de verdura, la arboleda de sauces, de eucaliptus y de aromos, el chalet elegante, el camino decidor y geométrico, linde y motor de la propiedad subdividida y cultivada. Un hálito de vida nueva invade el solar infinito. Y todo se transforma. ¡Hasta los vientos! Cae el bosque hirsuto bajo el hacha del leñador. Mueren los pastos punas al cruce del arado y se alegran los oteros con las gramillas y el aromado trebolar. ¡Y qué transformación! Ya no se queja en los senderos el chirrión de dos ruedas que conducía a nuestros bravos oficiales del ejército a su destartalada estación telegráfica en donde, por estrechez, se fumaban hasta los libros. El salto ha sido brusco, fundamental, imprevisto, vertiginoso. De la carreta, al automóvil; de la vaca cueruda y flaca, a los más nobles ejemplares de alta mestización; del trigo salvaje, cultivado a la buena de Dios, al trigo campeón consagrado en el más significativo de nuestros certámenes con el nombre bautismal

de “trigo argentino”; del lanar pampa, al Lincoln, a la cruza fina, desiderátum en textil, en carne y en sabor. Quiere decir que sobre la redención territorial, vino de golpe y porrazo la savia nueva. La Pampa es el único de nuestros territorios del que puede decirse que no ha tenido adolescencia. Y de este espécimen de colonización es posible que no pueda jactarse ninguna nación de la tierra. No sólo no hay indios. ¡No hay gauchos! Es de Europa el entrevero que ha venido a plasmar esta generación uniforme, inteligente y definitiva. El misterio ha quedado a la espalda, en el devocionario de la tradición. Los descendientes de los indios son hoy inteligentes colonos y criadores técnicos. De esta raza bravía que dominó el desierto—¡suyo era al fin!—no es difícil encontrar hoy retoños de significación en el ganadero acomodado, en el industrial y hasta en la maestra de escuela.

Queda, sin embargo, un rastro de aquel pueblo salvaje y varonil: la nomenclatura de su dominio accidentado. ¡Y bien! conservémosla, siquiera sea por el recuerdo, por la misma étnica tan ajustada al concepto geográfico que consagró el valor de su lingüística, por la propia noción del sacrificio que costó al ejército y a la tutela nacional. Cuando este gran campo de actividad humana se consolide de firme; cuando las colonias sean pueblos y los pueblos ciudades, la posteridad podrá entonces adjudicar el justo premio a los próceres de la noble expedición.

Ya se inicia el pago de la deuda, con modestia, pero con devoción. Santa Rosa ha levantado su pirámide. Ya Pico ha puesto en su plaza pública el busto de Alsina. Mientras la gratitud nacional unifica en una sola voluntad rememorativa el bronce que ha de retar a los siglos, abramos nuestro corazón a este gran territorio destinado a ser una de las primeras provincias argentinas.

VOCABULARIO

Minerva. Diosa de la sabiduría y del trabajo, según leyenda religiosa de la antigüedad.

Caldén. Arbol pampeano, coposo, de crecimiento tardío, de larga vida y cuya madera es un excelente combustible.

Duna. Médano; montículos de arena menuda y liviana, extendidos sobre los campos, y que cambian de local bajo la influencia de los vientos.

Alfilerillo. Yerba silvestre, excelente como forraje.

Aborigen. El habitante primitivo de un país.

Estratégica. De “estrategia”: arte de dirigir las operaciones militares para alcanzar la victoria.

Mapuche. Palabra araucana: de “mapu” (tierra) y “che” (gente).

Vorágine. (Expresión figurada): revuelta violenta, impetuosa.

Autóctono. Aborigen, primitivo.

Epistolar. Propio de la epístola, carta, misiva.

Perímetro. Ambito, contorno de una figura.

Prolegómeno. Principio de alguna obra.

Irrupción. Invasión, acometimiento impetuoso y repentino.

Montonera. Guerrilla; partida militar de caballería, sin residencia fija e irregular en sus movimientos como fuerza armada.

Totora. Junco, espadaña.

Secular. Que dura uno o más siglos.

Perentoriamente. Con urgencia.

Tráfico. Acción de comerciar o negociar, comprando o vendiendo.

Fructífera. Que produce fruto, recompensa o utilidad.

Acervo. Tesoro común.

Eclosionar. Aparecer en forma rápida, violenta.

Exodo. Peregrinación de un pueblo.

Hálito. Soplo, aliento.

Hirsuto. Disperso, duro.

Pasto puna. Pasto silvestre y amargo.

Chirrión. Carro fuerte que chirría mucho.

Certamen. Concurso, torneo.

Desiderátum. (Voz latina): objeto y fin de un constante deseo.

Espécimen. Modelo.

Plasmar. Hacer o formar alguna cosa.

Nomenclatura. Nómina, lista, catálogo de personas o cosas.

Étnica. Perteneciente a una nación, raza o pueblo.

Toay. (Voz araucana). Rodeo. Puede ser abra. Según algunos araucanistas: árbol caído.

Naicó. Manantial. (Voz araucana).

Trenque-Lauquen. (Voces araucanas). Trenque (redonda); Lauquén (laguna).

Pincén, Epumer, Catriel, Namuncurá. Nombres de caciques indígenas. (Voces araucanas).

A LA PAMPA[B]

¡Oh, mi pampa, mi pampita, con tus bosques, con tus dunas!
Mi pampita, de los recios pastos punas,
De los verdes trebolares,
Del caldén!...
La que teje con la flor de sus chañares
La corona de su sién;
Mi pampita, que conserva con amor
La leyenda de sus gauchos y el calor de sus cantares,
La armonía de su cielo y el perfume de su flor.

Yo te quiero, pampa buena, pampa mía,
Por tu brava, por tu dulce poesía,
Por agreste, por sencilla, por que tú eres inmortal;
Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañas
El poema universal;
Y unificas en tu adusta conjunción,
Fuerzas nuevas, y aborígenes y extrañas
Con la fibra bondadosa de un inmenso corazón.

Yo conozco tu lenguaje,
Yo interpreto tu salvaje
Soledad.
Yo traduzco de tus bosques milenarios, el dolor;
De tus campos sometidos, la piedad;
De tus fúlgidas estrellas, el temblor;
Y lo grande, y lo sencillo;
Y tus galas importadas y tus nativos despojos;
Tus modernas praderías, tu silvestre alfilerillo,
La bondad de tus trigales, la ambición de tus rastrojos,
La armonía de tus tréboles en flor...
¿Y tú sabes, pampa buena, por qué siento tu poesía?
Por amor... por amor...

¡Que perduren tus troqueles!
¡Que haya rastros en tu selva que poblaron los ranqueles!
Y si han muerto tus Catrieles, tu Pincén,
Haya siempre una corona con las flores amarillas
De tus bosques de caldén!
Que germinen las semillas
Aborígenes y extrañas
De tus razas pobladoras, en su cita fraternal,
Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañas
El poema más poema de la lira universal!

VOCABULARIO

Chañar. Arbol leñoso de la región pampásica, de fronda espinosa, flores amarillas y frutos pequeños y dulces.

Agreste. Lo que pertenece al campo o lo que crece sin cultivo.

Adusta. Severa, recia.

Milenario. Que tiene mil años o más.

Fúlgida. Resplandeciente, brillante.

Rastrojo. El terreno cultivado después que se ha recogido la cosecha.

Pradería. Pedazo de prado muy fértil.

Troquel. Cuño, molde. En el caso presente, este vocablo tiene un sentido figurado y se refiere a la influencia primitiva y perdurable de la Pampa, bajo su aspecto de región con características propias.

UN TREN MADRUGADOR

Por el tren de las seis de la mañana, vía General Acha, hemos realizado nuestro viaje hasta Toay, en donde la línea del Pacífico combina con el Oeste, en amplia curva hacia Buenos Aires. No obstante frisar en septiembre, hace mucho frío. Los pasajeros—pocos—que vienen en el convoy, son en su mayoría agricultores que se van diseminando en los pueblos y estaciones del trayecto. Todo el mundo pasa al coche-comedor en tren de refacción mañanera. Bien arropados, con media cara escondida en la bufanda, establecemos en un rincón nuestro observatorio cerca del calorcito de la cocina. El sol se insinúa en el espacio anunciando un día primaveral. En las mesas próximas se han formado grupos de chacareros que hablan con calor de las perspectivas del año. No se necesita oír las conversaciones para penetrar en el franco optimismo de los circunstantes. Basta mirar la risueña esperanza de los campos...

A veces en una parada del tren llegan hasta nosotros diálogos interesantes:

—¿Esquiló, Apesteguía?

—Sí. Las ovejas que tengo en El Rincón. Es una puntita, nomás. Tenía compromiso de vender.

—¿Y a cómo?

—A 17.50. Poca cosa. Es fina, pero es lana pesada y con semilla...

—¡No sea chambón! El otro día se ha pagado por fina terrosa y corta de Nueva Roma, a 23...

—Es que la mía era un lotecito. Tenía que liquidar... Y como se empeñó mi consignatario...

En una mesa más retirada, un joven de marcada pronunciación francesa, se empeña en convencer a un chacarero de que no deben vivir en la eterna zozobra hasta el resultado final de las cosechas. Se diría que este Aristarco no ha pasado las amarguras del labriego cuando divisa la nube de voladora o recibe el anuncio de la helada con el barrido del viento sur, intemperante y glacial.

—Hasta cuando tienen los trigos en las planchadas, están temblando ustedes—dice el mozo.—Que si se quedarán con el stock, por falta de marchantes; que si se vendrán abajo los precios, por un juego de bolsa o por que no hay bodegas; que si se incendiarán... Y recién les viene el alma al cuerpo, cuando han pescado al comprador y tienen la platita en el bolsillo...

—¡Cómo se conoce que usted no ha sembrado nunca!—responde el chacarero.—La vida del agricultor está sujeta por un hilito a los caprichos del tiempo. Si estuviéramos más adelantados, si fuéramos más previsores, es cierto que no nos iría tan mal. Con la chacra mixta, por ejemplo. Siembre usted variado, cultive su alfalfarcito y métale a la chacra unas vaquitas y unas ovejas. Pero si no sale del trigo, siempre va a tener que andar de la cuarta al pértigo, salvo que los años sean excepcionales...

—¿Y ahora de qué se quejan?

—¿Yo?... De nada. Hay algunos pobres que les ha tocado la lotería de la isoca... Ahí andan desesperados a puras consultas y a puros ensayos. A usted no le supone nada la isoca ¿verdad? por que si encuentra una en el jardín de su casa, la mata con el pie... Pero en los campos!...

Y atenuando la ironía campechana y sincera que desconcierta un tanto a su interlocutor, le enseña por la ventanilla el predio verde y parejo tendido junto al tren como un golpe de espátula.

—Vea los campos. ¡Eso es trigo! Buen madrugador ha sido ese colono. Si parece una bendición de Dios.

Y en verdad que están verdegueantes y lozanos los trigales de la comarca.

Se suceden los centros poblados sin interrupción. Cada estación es un foco de actividad y movimiento a la hora del tren. El vecindario y los colonos que vienen a recoger su correspondencia, tienen consagrado este mentidero del andén de la estación en donde se toma lenguas sobre el estado de las sementeras, se palpita el porvenir del año agrícola y se formalizan transacciones.

Predomina en esta masa de población el elemento europeo, rubio casi siempre y de origen inmigratorio. En Villa Iris, centro comercial de mucha importancia, numerosos vehículos de todo tamaño y calidad ocupan el canchón de espera: un par de autos norteamericanos, media docena de bateas rusas con sus cuádrigas fornidas, arañas voladoras y flexibles “boggys"... Al paso del tren se ven las calles rectas y amplias con sus faroles a hidro-carburo o alcohol. Cada estación está provista de sus espaciosos galpones de hierro y tinglados, síntoma evidente de riqueza cerealera. El molino de viento se alza en todas partes. El rancho de paredes quinchadas y techo de paja, tan vulgarizado en la provincia de Buenos Aires, no se conoce por aquí. Las casas de los colonos son de hierro galvanizado en casi su totalidad. Nos llama la atención, por cierto, la difusión de estos materiales. Bien está que la chapa de hierro pueda suplir la pared en las poblaciones inestables; pero nos parece inadmisible que se utilice como techo. El clima de la Pampa es recio, sin términos medios, dentro de una indiscutida salubridad. En consecuencia, el hierro se hace insoportable durante la intensidad de las estaciones. El material más adaptable, óptimo si se quiere, es el “ru-ber-oir”, una especie de yute hecho de fibras, amianto y substancias especiales, inaccesible a la lluvia, al frío y al calor. Resiste además, al fuego. Este material se elabora en rollos de 36 pulgadas de ancho, conteniendo 216 pies cuadrados para una superficie de 200 pies. Es absolutamente liviano y su costo, menor de la tercera parte del fierro galvanizado. Un metro de “ru-ber-oid” cuesta alrededor de 1.50 pesos, comprendiendo, además, los clavos y ruberinos. Hay también una derivación en color, de este material denominado “kaloroid” para chalecitos y viviendas elegantes.

Pero sigamos en la marcha del tren. El terreno es ligeramente ondulado. Mucho ganado lanar pace en los potreros, a uno y otro lado de la vía. Hasta Jacinto Arauz, entrada a la Pampa, abundan las praderas naturales. De allí el tren corre por entre sementeras a uno y otro lado. La tierra en esta gran zona está más subdividida. El aspecto externo de cada vivienda demuestra que está bajo el cuidado del propietario. Son campos de colonias subdivididas los que vamos cruzando. Es rara la casita de material, pelada y sin árboles que la cobijen y le presten su simpática tonalidad.

Antes de llegar a Villa Alba, alegra la vista el monte de una chacra donde, de entre el verde suave de sus sauces y las ramas color siena de los álamos erectos, se destaca el rosado de los durazneros en flor. Villa Alba es uno de los focos de colonias rusas más significativos de la Pampa. Desde lejos advertimos el letrero de un almacén en el que, junto al nombre polaco de su poseedor, con un “insky” inconfundible, se destaca el título sintomático de “La Pampa Moderna"...

Sigue otra vez la llanura tendida. Un jinete, a lo lejos, galopa en un camino en sentido contrario al tren. Parece que estuviera desprendido de la tierra. Y más allá, mucho más lejos, un remolino de polvo se eleva en amplia columna hasta desaparecer confundido con el azul terroso del cielo. El día es magnífico. Un sol de las once castiga la tierra e improvisa su espejismo a lo lejos. Vuelven a ralear los árboles en las viviendas diseminadas por todas partes, blanqueadas unas, otras de chapas, sin molino ni reparos.

Después de Bernasconi se advierte el paisaje genuinamente pampeano: la loma poblada de arbustos naturales ensombreando la hondonada.

En Abramo nos cruzamos con el primer tren leñatero, con disposición de seguir a Bahía Blanca. Empieza el dominio de los caldenes. Grandes pilas de leña aguardan turno junto a los desvíos. A menudo cruzamos predios que fueron tupido monte, entregados hoy a la agricultura y sobre los cuales queda aun la remembranza de uno que otro árbol salvaje y disperso en la sabana verde del trigal.

Son los últimos vestigios de la Pampa de ayer, desgarrados del misterio secular para incorporarse a la civilización.

VOCABULARIO

Frisar. Acercarse, lindar, tocar.

Refacción. Alimento moderado, reparador.

Chambón. Poco diestro o torpe.

Aristarco. Crítico severo, censor de cosas ajenas.

Stock. Expresión inglesa, incorporada a nuestro vocabulario comercial, y que significa acopio de producción, mercaderías, etc.

De la cuarta al pértigo". Expresión criolla que significa andar con poca fortuna en los negocios o empresas.

Isoca. Insecto perjudicial (oruga) que devasta los plantíos.

Mentidero. El sitio donde se junta la gente ociosa a tener conversación.

Batea. Carro sin elásticos, en forma de batea, usado comúnmente por los agricultores rusos.

Cuadriga. El tiro de cuatro caballos de frente.

Araña. Los sulkys sencillos, livianos y altos.

Buggi". Carro norteamericano de cuatro ruedas, liviano, tipo de jardinera. (Pronúnciase: bogui).

Quinchado. Cerco o pared de ramas y barro.

Sementera. Tierra sembrada.

SANTA ROSA

A medio día llega el tren del Oeste a Santa Rosa. La impresión primera es agradable. La línea del ferrocarril ha venido bordeando el centro urbano. La estación es el remate de las calles principales en cuyo perímetro se recuesta el conglomerado macizo de la población. Transitamos un par de cuadras sobre pavimento de madera—tacos de caldén sobre portland—adoquín de ensayo que se afianzó hace cinco o seis años con un costo de 11.000 pesos por cuadra, o sea ocho pesos el metro cuadrado. La población es compacta, elegante la edificación. Se nota, de entrada, un ambiente de buen tono, en pequeño, si se quiere, algo así como una suave aristocratización, una sosegada estabilidad vecinal, que no condice con la agilidad urbana con que se han organizado los demás pueblos del territorio, bajo el aluvión de la colonia. ¡Claro! estamos en la capital, foco de fuerzas directrices, si no económicas, y donde se han recostado elementos significativos en la administración pública, la magistratura, el foro, el profesorado y la prensa.

Después de dejar nuestro equipaje en un hotel vecino a la plaza central, recorremos la población, al azar, para impresionarnos en conjunto. Es recto su trazado. Las calles están arborizadas con ligustros. La plaza Mitre donde se levanta un prisma conmemorativo a la conquista del desierto, es un paseo umbroso y bien lineado, con sus plantas ornamenticias, sus alamedas coposas y sus escaños de “laqué”, con su gimnasio infantil al aire libre, como en los grandes paseos de Buenos Aires, manifestaciones de edilidad que hablan con elocuencia de munícipes diligentes. Son polvorosas y pesadas las calles; correcta es su nomenclatura; tonificante el aspecto general de sus comercios; amplias y bien pavimentadas las veredas. No hay agua corriente todavía. El molino y las cisternas suplen la falta. El agua es potable y cristalina.

El día patronal del municipio, nos tomó en Santa Rosa. La procesión sacramental de la virgen abogada, congregó a numerosas familias. Pudimos advertir en este acto religioso la homogeneidad del concurso social, manifestado en una porción ponderable de su vecindario. Abría las filas, después de las congregaciones y de la imagen que se veneraba, el anciano fundador del pueblo, acompañado de un grupo de vecinos de significación, que contribuyen con su validez a prestigiar la obra colectiva.

Después hemos recurrido a la fuente oficial en procura de informaciones. Visitamos en su despacho al gobernador, quien dentro de breves días debía delegar su mandato, por terminación de período. El gobernador es un caballero de fino trato. Nos habla con la conciencia del deber cumplido. No deja ponderables iniciativas, a pesar de sus tres períodos; pero esta infecundidad no es culpa suya. Es el sistema de las gobernaciones territoriales, lo que ahoga todo buen propósito. Un gobernador de territorio es un delegado, sujeto de pies y manos al ministerio del interior y que se mueve según la cuerda que le tiran. Es un funcionario, subalternizado injustamente a la política oficial, despojado de toda facultad inicial y sometido a recibir, para los servicios del territorio, al excedente de paniaguados que flota en Buenos Aires por falta de acomodo. El gobernador no deja obras pero tampoco deja enconos. Ha sido un funcionario correcto y digno de la estimación pública. Con él discurrimos sobre diversos tópicos de actualidad.

—¿Qué le parece el proyecto sobre el “homestead”?—le interrogamos, girando sobre un asunto de tanto interés que está en el tapete de la discusión parlamentaria aquellos días.

—Sería muy buena su implantación en la Pampa—nos responde.—Pero en la Pampa no se podría aplicar el “homestead” por falta de tierra pública. Apenas quedan al Estado algunos lotes en la parte oeste y sudoeste, donde no ha llegado la agricultura todavía. Lo que podría hacerse, en caso de legislación, sería expropiar...

—¿Y cuál es el valor de la tierra?

—En los alrededores de Santa Rosa, el campo virgen, monte sucio o rastrojo, tiene precios entre 100 y 150 pesos. Al sur, hasta General Acha, a ambos lados del ferrocarril Pacífico, puede valer 60. Donde los campos han alcanzado precios excepcionales es en la zona pastoril de Pico. Allí las tierras alfalfadas pueden valer hasta 500 y 600 pesos la hectárea.

Nuestra interlocución se extiende alrededor de diversos temas, mostrándosenos el gobernante como un observador sagaz. Para él, en la zona sur de la Pampa hay pocos agricultores de profesión. Son sembradores los más. No es la primera vez que oímos este concepto que define una colonización ambulatoria. Fuertes comerciantes del sur—sobre todo de la zona tributaria de Bahía Blanca—opinan lo mismo. Esto se debe, creemos nosotros, al temperamento ancestral de ciertos núcleos de población. Ya lo decimos por ahí en un capítulo referente a los rusos de Doblas y Rivera, procedentes de la región de Odessa, comparados con sus connacionales de otras latitudes. Sin duda alguna, las pampas del sur están más retrasadas que las del norte. Los centros coloniales suelen, por mayoría de nacionalidad, imponerse, no sólo en la vida urbana si no hasta en las orientaciones de la instrucción pública. En Villa Alba, por ejemplo, población en la que predomina el elemento ruso judío, el carnicero criollo no puede faenar sin que mate sus reses el rabí, de acuerdo con sus ritos. En otra forma caería bajo el “boycott” de la colectividad y se vería obligado a levantar su tienda. Hay un egoísmo recalcitrante en todas sus ceremonias, reflejo de la necesidad instintiva de defenderse en tierra extraña y con lengua y religión, extrañas también. Por lo menos queremos, por tolerancia, imaginarlo así.

Nos interesa conocer las relaciones policiales con la provincia de Buenos Aires. Ese meridiano quinto, que separa la provincia del territorio, se nos antoja como los burladeros de las plazas taurinas, usados por los matadores para zafar a las furias del toro. Hemos pensado que la delincuencia puede escurrirse allí por arte de tramoyar. El gobernador nos hace notar, efectivamente, que la policía del territorio tropieza con sus dificultades en aquella larga frontera, debido a las continuas incursiones del elemento maleante y a los robos de haciendas y carneadas a ambos lados de la línea divisoria, no muy abundantes pero no por eso menos atrevidos. Con policía escasa es imposible hacer proezas; y la consumación de estos hechos delictuosos no puede hablar en menoscabo ni del gobierno territorial, ni del jefe de policía.

VOCABULARIO

Aristocratización. Tomar el aspecto aristocrático.

Aluvión. (En sentido figurado). La corriente de nuevos pobladores.

Arborizada. Arbolada.

Ligustro. Arbusto de follaje perenne, muy usado para formar cercos vivos.

Ornamenticia. De adorno.

Edilidad. La acción de los ediles, o funcionarios a cuyo cargo corren los asuntos municipales.

Homogeneidad. De homogéneo: lo que está constituído por partes o elementos muy semejantes, como una reunión de personas de la misma condición, de la misma raza, de la misma estatura, etc., según el aspecto que se considere.

Paniaguados. Se dice de los sujetos favorecidos por un personaje influyente, y que están al servicio de éste. Tiene significado despectivo.

Homestead. Palabra inglesa que significa: la casa habitación, con todas sus dependencias. Se emplea en Estados Unidos para designar cierta ley que asegura a los pequeños propietarios la posesión del “hogar propio”, inembargable. Pronúnciase: jómsted.

Interlocución. Diálogo, conversación entre dos personas.

Ancestral. Heredado de los antepasados.

Rabí. Título que se da entre los judíos a los que son doctos en la ley de Moisés.

Recalcitrante. Terco, obstinado.

Burladeros. Pequeños refugios de entrada muy angosta, que hay en las barreras de las plazas de toros, para que en caso de apuro se guarezcan en ellos los toreros.

Taurinas. Plazas taurinas o de toros.

Tramoya. Trampa, enredo; mecanismo usado en los teatros para figurar ciertas escenas y representar transfiguraciones y sucesos fantásticos.

Delictuoso. Lo que constituye delito.

Menoscabo. Disminución.

PUEBLO Y CAMPAÑA

El éjido del municipio de Santa Rosa comprende una superficie de 8.000 hectáreas. La planta urbana tiene 155 hectáreas, con una población superior a 6.500 habitantes. Corresponde, políticamente, al departamento segundo del territorio. Está regida por una municipalidad compuesta por cinco miembros y su presidencia es, a la vez, departamento ejecutivo. Cuenta con un cálculo de recursos que oscila alrededor de 60.000 pesos, siendo sus principales rubros patentes fiscales, rodados, contribución directa, alumbrado y limpieza y carnicería municipal.

Dentro de las iniciativas comunales, la que más ha llamado nuestra atención, por ser de beneficios comunes y posiblemente la única de tal carácter en el país, es la municipalización de la carne. En el deseo de poner freno a la especulación de vendedores y matarifes y abaratar este artículo de primera necesidad, sin violentar la libertad de comercio, se llevó a la práctica el proyecto de municipalización de la carne, dictando una ordenanza en la que se encarecía tendenciosamente los derechos de abasto. Se prohibía, por esta resolución, el faenamiento de reses fuera del matadero municipal y se fijaba los derechos de matanza con las siguientes cifras: por cada animal vacuno, 30 pesos; por cada cabrío o lanar, 10; por cada yeguarizo, 25; por cada ternero mamón, 25. Esta ordenanza comenzó a regir el 2 de mayo de 1916.

La exorbitancia del arancel impositivo, fué, sin duda, una cortapisa para el negocio de los abastecedores. Pero fué también, la única forma de moderar los precios, hacer un servicio de higiene y economía públicas y beneficiar las rentas de la comuna.

Acto seguido de ponerse en vigencia la ordenanza, la municipalidad llamó a licitación pública para la adquisición de la carne de lanar y vacuno necesaria al consumo de la población.

Debemos hacer constar que el temperamento adoptado por la municipalidad para oficializar el artículo, no fué resultado de una violenta y caprichosa restricción. El sistema surgió de la imposibilidad de poner de acuerdo, en mediación amigable, al gremio de expendedores de carne y matarifes, para fijar precios equitativos. Los beneficios fueron inmediatos. El cálculo de recursos asigna hoy una partida que no baja de 10.000 pesos, por concepto de la venta oficial de carne, mientras el vecindario come carne higiénica, nutritiva y barata. Este recurso que es diario y parejo y no obedece a dilaciones, suele ser rubro castigado para las erogaciones, como que es el más seguro. No es extraño, pues, que algún “Boletín Municipal” nos anuncie que un edil, solicite que se autorice la inversión de 3.000 pesos de la reserva de fondos de la carnicería, para la construcción de un veredón de cemento portland de seis metros de ancho en la avenida norte de la plaza Mitre y la adquisición de veinte bancos “laqué” y dos hamacas para el gimnasio de los niños...

Pasemos revista por otros servicios de importancia que ha establecido la municipalidad.

Ha instituído dos becas de 30 pesos cada una para alumnos del colegio nacional, pobres y aplicados; entrega a los niños de las escuelas del Estado útiles escolares, a la presentación de vales de pobreza otorgados por la dirección de la escuela; ha establecido el gimnasio de que hemos hecho mención, en la plaza Mitre, aprovechando dos cuadros del jardín de árboles coposos; ha establecido en su local propio, un servicio de baños públicos, con libre acceso; ha organizado un vivero municipal, con el objeto de difundir el árbol en el departamento.

Una obra destinada a tener resonancia, será la instalación del servicio de aguas corrientes, cuyos estudios, formalizados ya, asignan un costo de 200.000 pesos, labor que corresponde al ministerio de obras públicas de la nación, y que bien merece ser realizada a la brevedad, en atención, siquiera, al aporte material valiosísimo con que la Pampa contribuye al engrandecimiento nacional.

Posee Santa Rosa establecimientos culturales de significación, tales como la escuela normal y el colegio nacional bajo la docencia de personales competentes. Tiene, además, diversas escuelas nacionales, entre las que descuella la Sarmiento, no sólo por el número crecido de sus educandos, si no por las condiciones pedagógicas de su hermoso local. La biblioteca pública, bajo el patrocinio de la municipalidad, presta sus buenos servicios al elemento estudioso. En lo administrativo y judicial, sus tribunales con dos juzgados letrados y su correspondiente fiscalía, han congregado un núcleo forense de primer orden, cuya radicación ha contribuído a enaltecer los contornos intelectivos y sociales del municipio. Diversos diarios y periódicos dan la nota acabada de la cultura vecina, como portavoces de la opinión, pudiendo hacerse notar que a la iniciativa de uno de ellos se debe la organización del primer congreso de la prensa territorial del país.

Foco de intensas actividades agrícolas, en Santa Rosa se han celebrado dos certámenes de alta figuración y de perdurable recuerdo: el primero en 1913—la fiesta del grano—algo así como el santoral de las cosechas; y el segundo, el congreso agrícola del territorio, que ha tenido lugar bajo los mejores auspicios y tutelado por el ministerio de agricultura de la nación.

La zona circunvecina a Santa Rosa es eminentemente cerealera. Esta circunstancia circunscribe la intensidad de su movimiento comercial a la época de las cosechas. No han transcurrido todavía diez años de las últimas explotaciones leñateras en los campos vecinos. Pero los montes, descuajados ya, han dado campo a las sementeras y el departamento se ha sembrado de colonias. Es lástima que el latifundio sea todavía la eterna rémora en estas feraces campiñas y que la expansión urbana de Santa Rosa se encuentre con la trabazón de dos heredades que constriñen en sus extramuros a manera de ajustado dogal... Pero la razón, el tiempo o la testamentaría, tarde o temprano se encargarán del desembarazo, obviando la legítima expansión municipal.

Poco desarrollada está la ganadería en los campos del departamento, como asimismo la horticultura. Para la industria de la huerta, hubo al principio sus reparos. Reacias eran las tierras y bravíos los vientos, según el pesimismo vulgarizado. Paulatinamente se ha ido rompiendo el prejuicio, sin que por esto deje de traerse, para las necesidades del abasto local, verduras de Chivilcoy y de Mercedes y aun de Mendoza, dato que hemos podido confirmar en las oficinas del ferrocarril. Todo puede dar esta tierra de Santa Rosa. Nuestra visita a la quinta Villa Concepción, situada en la proximidad del municipio, ha sido para nosotros el mejor comprobante de la feracidad de estas tierras. Su dueño, que es un progresista vecino de la capital, no sólo ha dominado al médano, si no que ha logrado su cultura agrícola, aun para las plantas más exigentes. Son una maravilla sus parras, sus frutales y sus hortalizas. Posiblemente esta quinta, tecnificada con las exigencias de los modernos cultivos, es una de las más hermosas y bien cuidadas que hemos encontrado en el territorio. Pero lo que más debía de halagarnos fué la comprobación de lo que puede hacerse en Santa Rosa y que venía a dar al traste con el poco de escepticismo y de rutina que retrasan los cultivos caseros, tan útiles para la economía familiar.

La quinta se destaca como un oasis sobre la duna conquistada. Desde allí, y bajo el sol radioso de una mañana de noviembre, contemplábamos la campiña, ancha cenefa de verde y siena circuyendo en gracioso panorama la capital.

VOCABULARIO

Ejido. El trazado de un pueblo, con sus chacras.

Exorbitancia. Exageración.

Arancel. Tarifa.

Cortapisa. Obstáculo.

Equitativos. Justos.

Erogaciones. Gastos.

Santoral. Nómina o lista de los santos que venera la Iglesia, con indicación de sus respectivas fiestas. Por extensión puede decirse de las fiestas de otra clase.

Trabazón. Obstáculo, estorbo.

Dogal. La cuerda o soga que sirve para ahorcar a los reos. En el caso presente, está tomado en el sentido siguiente: que constriñe, que ahoga, que ahorca.

Obviando. Facilitando.

Horticultura. Cultivo de las huertas.

Cenefa. Colgadura; por extensión, el fondo de color que rodea a algo.

EL VALLE FRUTICOLA

Dos valles pintorescos y alegres se disputan la supremacía productora en el departamento de Utracán: el de Utracán y el de General Acha. Los dos corren entre médanos bravos; los dos son de tierra morena y fácil; y rinden los dos con igual feracidad. Utracán es largo y angosto. Por quince leguas, desde Doblas a la Hachita, se prolonga la hondanada dentro del marco de las lomas separadas por un kilómetro y medio de extensión. El agua dulce y clara que viene del sur, afluye de la arena como una bendición, para empapar los sembríos. Los primeros predios cultivados, diminutos los más, que constelan el valle con su verde matiz, han dado resultados excelentes. Todo rinde aquel valle providencial: frutas delicadas, frescas hortalizas; exuberantes forrajeras. Pero los cultivos no han pasado aun de ensayos incipientes. El incentivo agrícola está en las doce mil hectáreas circunvecinas entregadas a las sementeras. Numerosos “fundatarios”, dedican la heredad a los cultivos sobre firme: trigos, avenas y alfalfares. Podrán ser muy exquisitas las peras valletanas y el moscatel dar óptimos racimos; pero mientras la tierra se abra en surcos para recibir la caricia de Céres y haya lluvias germinativas y soles benignos que apresuren la macolla y doren las espigas, debe ser un lirismo aquello de engalanar el valle con manzanos, con guindos y perales y ver florecer los cerezos por la primavera...

Pero esto no ocurre en el valle de General Acha. La población aquí es de hortelanos y quinteros genuinos. La tierra está subdividida y cultivada. Cincuenta fincas se extienden desde las cercanías de la estación del ferrocarril hasta los últimos médanos que encajonan el valle y se desparraman, como pequeños oasis, entre las lomas caprichosas. El plantel primitivo de esta colonización fué a base de los lotes donados por el gobierno nacional, allá por el año 83, meses después de fundar el pueblo de General Acha—12 de agosto del 82.—Cada predio tenía dimensiones de 220 metros de frente por 400 de fondo. Sobre esta dádiva, que venía como un corolario a complementar la campaña al salvaje, se delineaban las quintas pobladoras cuyos vestigios nos hablan hoy, en achacosos manzanos, de aquel esfuerzo civilizador. Fueron franceses en su mayoría los primeros colonos. Los hubo también españoles, italianos y criollos. La quinta del general Manuel J. Campos, hoy parque del Estado, situada fuera del valle, fué la primera revelación. La tierra era pródiga y había que aprovecharla. El primer poblador del valle de General Acha fué el francés Adolfo Laffeuillade. Vinieron después el italiano Cirilo P., el argentino Pantaleón T. y el español Guillermo G. Y más tarde, la segunda generación de quinteros, mientras un grupo numeroso de quinteros fundadores, emigraba a Victorica, buscando las nuevas praderas que despertaba el ferrocarril.

Hemos recorrido el valle en toda su extensión deteniéndonos en sus fincas mejores. La impresión es halagadora, desde que se desciende a la amplia hoyada. Por entre las macizas arboledas que deslindan cada propiedad, se advierte el lote de frutales en plena floración, la huerta y el pequeño viñedo extendido en hileras o en parral sombreador, acotado a las viviendas. Se nota un franco espíritu de previsión que debió anticiparse a los cultivos: el reparo forestal. Gruesos álamos, en hileras dobles, alineados como cancerberos junto al alambre divisor, ponen vallas a las furias del pampero. A veces la barrera es combinada—álamos con mimbres o con sauces—pues la situación del valle abierto de norte a sur, reclama toda defensa precaucional. Guarnecida así, aquella tierra no tiene reatos para brindar su tesoro. ¡Y qué frutos!

Visitamos la quinta de don Pedro O., vasco francés establecido en General Acha desde 1885. Un mocetón de veinte años entrega a la labor una media fanega de tierra, desmontada recién, y en donde los últimos raigones del saucedal se desparraman sin medida por la superficie muelle y fresca.

—Es como manteca—nos dice el labriego.—Fíjese la yunta... ¡Ni mella que le hace!

—¿Y qué dá esa tierra?

—De lo que le ponga, señor. Dá hasta por lujo. ¿Ve esas papas que asoman en los surcos? No vaya a creer que son de siembra. Aquí había monte y basura. Son papas tiradas al azar...

Y sigue en pos de su yunta, manejando con pericia la esteva, mientras la cuchilla destripa con facilidad los terrones y se revuelcan los pájaros en la tierra removida que deja a la espalda.

Aquella misma quinta era la que en la exposición universal de París—1889—se aseguraba un primer premio con sus espigas de maíz piamontés.

Nos encantan, en verdad, los prolegómenos de esta colonización. Los primeros vecinos, hechos en Europa sobre la rutina del surco, ajenos a todo tecnicismo agrícola, muy sagaces y valientes debieron ser para afrontar el valle desconocido, luchar con los vientos y reclamar de la tierra inviolada todo lo que la tierra podía dar. Sobre los primeros tanteos debió consagrarse la rutina que ha perdurado hasta hoy. La herramienta moderna, el grano seleccionado, el procedimiento reformador, no debieron llegar hasta esta fértil cuenca, perdida en la inmensidad del desierto. Cuando se escriba la historia de la agricultura de la República Argentina, bella y fundamental debe ser la página que consagre el esfuerzo de estos argonautas.

Lo que ocurre en General Acha es un caso de agricultura que pudiéramos llamar “autóctona”, dada la forma en que se ha producido y las condiciones de aislamiento en que ha podido intensificarse, marcando un provechoso ejemplo para las tierras pampeanas.

La fruta de este valle ha alcanzado justa celebridad, no sólo en el territorio de la Pampa, si no en las rotiserías de Buenos Aires, en donde no siempre pasa con el informe de su procedencia nativa—como que la fruta cuyana o los ejemplares de California, tienen éxito indiscutido, tanto por sabor como por novelería.

—¿Le dan bien sus perales?—interrogamos a un viejo quintero, que ha venido a la reunión de vecinos citada por el agrónomo regional, en propaganda del congreso agrícola a celebrarse en diciembre.

—Espléndidamente—nos responde.

—¿Y qué clase?

—Eso sí que no le puedo decir. Tengo unas peras largas, grandes, en forma de brevas, que maduran en invierno; otras chatas, panzonas, amarillas, de febrero a abril... ¿qué serán, pues?

Nos suponemos, por la reseña superficial, que se trata de la “belle Angevine” y la “duchese d’Angouleme”, de exquisito paladar.

Otro nos explica lo propio de sus manzanas.

—¡Viera qué ejemplares!—nos dice con legítimo orgullo.—Me han dicho que son del país, nomás, pero tienen un sabor exquisito... ¿Conoce esas manzanas retaconas, angulosas, grandes, de color verde claro?... De esas... Tengo también de la misma clase de las californianas que importan a Buenos Aires.

Sin duda alguna nuestro informante se refiere a la manzana “de las cordilleras” y a una clase de la familia de las “renettas”, muy vulgarizadas en todas las quintas.

—¿Y cuál fué el origen de los manzanos fundadores?—interrogamos.

—En un viaje que hizo mi padre a Guaminí—nos dice don Leopoldo Laffeuillade—se le ocurrió traer algunas semillas de manzanas cultivadas en aquella población. Las plantó y dieron. De ese almácigo provienen las primeras plantas que se han desparramado por todo el valle. Si fuera usted por la finca que fué del viejo, vería alguno de esos manzanos que plantó mi madre. ¡Y cómo cargan! No diría usted que llevan treinta años bien cumplidos sin cansarse de florecer y producir...

¡Es bella la añoranza de este colono sencillo, que evoca con emoción el recuerdo maternal en la planta solariega, incansada y generosa!

En esa forma surgieron los plantíos. La necesidad, madre previsora, se anticipaba a la civilización forestal, para alegrar la mesa del labriego. Así se prodigaron los durazneros y los guindos y los perales: por simiente, a la ventura, obra del empuje rústico puesto sobre la tierra providencial. Cuatrocientos años atrás, hacían lo propio los conquistadores, trayendo en las pasas de Málaga, las primeras semillas que serían sarmientos criollos después, hasta culminar con las clases tecnificadas del cabernet, malbec y semillón, lo más ilustre en la nomenclatura vitícola. Estas quintas, no son solamente las primeras de General Acha; son las primeras de la Pampa. Vive aun el viejo que trajo el primer arado a la yerma soledad y que nos habla con amor de aquella colonización familiar en donde han retoñado dos generaciones.

—Estos solares no nos costaron nada—nos dice.—Ya ve la tierra; es una maravilla. Nuestro esfuerzo debía concentrarse más en el reparo que en la propia tierra. Ya ve, con arboledas hemos domado los vientos. ¡Si pudiéramos hacer lo mismo con la langosta y las heladas! Pero esto es un mal general y cuando viene no hay más que conformarse. Nosotros seríamos unos ingratos si nos quejásemos. La buenaventura nunca nos ha abandonado... Los gobiernos fueron buenos con el colono. No nos dieron consejos para sacarnos del camino trillado, pero no nos pusieron trabas tampoco. De quien guardamos un gran recuerdo es del general Campos. ¡Ese sí que era buen criollo para amparar al agricultor!

Y a renglón seguido, el anciano nos hace una semblanza del tiempo pasado y de aquel jefe de la brigada de Acha, figura heroica y tutelar.

Estos colonos de General Acha, son dignos de la más decidida protección de parte del gobierno. Con hacer algo, y mucho, en su favor, no se haría más que reparar una deuda. Demasiado abandonados del amparo oficial han vivido para que se siga incurriendo en la omisión. Aquí la agricultura ha sido obra del prodigio silvestre. Las parras—moscatel rosada, en su mayor parte—algunas veintenarias, cargan porque hay una providencia en este valle. ¡Qué podas tan mal hechas! Como que están libradas a zagalejos que no han salido del solar. Virgilio nos habla con más técnica de esta preparación de sus viduños, dos mil años atrás. Esta inexperiencia preliminar, se justifica con el propio amor a las plantas que profesa el colono. Descargar al sarmiento de los troncos inocuos, sería herir en la entraña aquella vid, cuya conservación ha costado sacrificios. Se prefiere que se prodigue en ramas aunque no cargue en racimos. Viene un Tomba con nosotros—Sylla—de abolengo viticultor y mendocino por añadidura. No es posible permanecer impávido ante este espectáculo del espaldero protector, en donde las plantas se enseñorean en ramas inservibles. Nuestro acompañante coge la podadera y ofrece un ejemplo práctico sobre la forma eficaz de descargar las vides.

No para en esto la rutina. El ejemplo de sembrar las cucurbitáceas—zapallos, melones y sandías—se tomó de los indios, sin que se hayan reemplazado hasta ahora los procedimientos. La reproducción de los manzanos sigue haciéndose por hijuelos, en forma primitiva. Este sistema tradicional de cultivos ha desaparecido en muchas quintas. No faltan los fruticultores imbuídos ya en los beneficios de la agricultura científica.

—Mis duraznos—nos dice Bonifacio R.—proceden de ingertos que compré en lo de Peluffo. Es una hectárea y media, nomás, pero me está dando muy bueno.

Y sabedlo bien: este buen criollo, casi pampeano, orgulloso con su granjita La Nena, que es una monada, ha obtenido el gran premio en la exposición internacional de San Francisco, por su semilla de alfalfa.

—La cosecha es poca—nos dice casi con rubor—pero a mí me gusta que sea de calidad. No siempre los criollos hemos de quedar dejados de mano. Este agricultor tiene una pradera alfalfada de 150 hectáreas, que le da, a conciencia, dos cortes anuales. Cultiva, además, un predio de hortalizas y algunos estadales de maíz.

Largo sería enumerar la nómina de colonos que dan vida a este valle próvido. Es lógico que no se hayan improvisado fortunas, pero no será aventurado asegurar que no hay ninguna familia que no tenga su buen pasar. La tierra se ha valorizado notablemente. Pero nadie vende su heredad. Fuera de la cuenca, se han hecho transacciones a 240 pesos la hectárea alfalfada. En las abras vecinas, estrechadas por los médanos, quedan aun muchos claros sin cultivo, entregándose los prados naturales al ganado lanar. El valle es fructícola por excelencia; y mucho nos equivocamos o su verdadero porvenir está en la viticultura.

—La manzana y la uva no fallan nunca—nos manifiesta un experimentado agricultor.—¡Lástima las heladas que a veces suelen ser crueles! Contra estas sí que no hay reparo...

—Pero se van atemperando—asegura un tercero.—Después de aquella famosa que cayó en marzo de 1912, que heló la alfalfa alta y achaparró hasta los eucaliptus, no han sido tan malignas las otras. Los vientos fuertes del sur nos tienen con el Jesús en la boca, porque siempre se anticipan a una noche polar. Hasta en diciembre... Pero ya nos estamos acostumbrando a estas amenazas, menos perjudiciales que la langosta cuando se viene a embolsar en el valle.

Hemos pasado una tarde deliciosa entre estas arboledas que nos traen el recuerdo de las quintas del delta del Paraná. El agrónomo regional ha congregado a los colonos del valle para gestionar su concurrencia al congreso agrícola que se celebrará en Santa Rosa el 16 de diciembre. De esta cita numerosa e interesante, ha salido el delegado de la comarca. La reunión ha sido franca, numerosa, al aire libre, con sencillez vecinal.

Una hora más tarde regresábamos a la vieja capital del territorio.

VOCABULARIO