LUCRECIA
BORJA
OBRAS DEL AUTOR
Relaciones entre España y Austria durante el reinado de la Emperatriz Doña Margarita, Infanta de España, esposa del Emperador Leopoldo I.—Madrid, 1905.—En 4.º
España en el Congreso de Viena según la correspondencia oficial de D. Pedro Gómez Labrador, Marqués de Labrador.—Madrid, 1907.—En 4.º con un fotograbado.
Ocios diplomáticos. La jornada del Condestable de Castilla a Inglaterra para las paces de 1604. La embajada de Lord Nottingham a España en 1605.—Rubens diplomático.—Antonio Van Dyck.—Madrid, 1907.—En 4.º
Relaciones entre España e Inglaterra durante la guerra de la Independencia. Apuntes para la Historia diplomática de España, de 1808 a 1814, con prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Maura. Tomo 1. 1808-1809. Desde el Dos de Mayo hasta la batalla de Talavera. Madrid, 1911.—Tomo II. 1809-1812. Desde la batalla de Talavera hasta la de Arapiles. Madrid, 1912.—Tomo III. 1812-1814. La Embajada del Conde de Fernán-Núñez.—El Congreso de Viena. Madrid, 1914.—En 4.º, tres volúmenes.
La Misión del Barón de Agra a Londres en 1808.—Madrid, 1909.—En 4.º
El Rey José Napoleón.—Madrid, 1911.—En 4.º
La Embajada del Conde de Gondomar a Inglaterra en 1613. Discurso leído ante la Real Academia de la Historia, en el acto de su recepción pública, el 25 de Mayo de 1913.—Madrid, 1913.—En 4.º mayor.
El estilo diplomático. Discurso leído ante la Real Academia Española en el acto de su recepción pública, el 4 de Junio de 1916.—En 4.º mayor.
Las Mujeres de Fernando VII.—Madrid, 1916.—En 4.º, con cinco retratos.
El Palacio Barberini. Recuerdos de España en Roma.—Madrid, 1919.—En 4.º, con una lámina.
El Papa de Velázquez.—Madrid, 1920.—En 4.º mayor, con una lámina-retrato.
La Embajada del Marqués de Cogolludo a Roma en 1687.—Madrid, 1920.—En 4.º, con una lámina.
El Duque de Medinaceli y la Giorgina.—Madrid, 1920.—En 4.º
Algunos cuadros del Museo del Prado. Cómo se recobraron y salvaron de segura ruina los de Rafael que se llevó Bonaparte. París.—En 8.º mayor, con láminas.
Fernando VII, Rey Constitucional.—Historia diplomática de España de 1820 a 1823.—Madrid, 1922.—En 4.º
Pinturicchio
Marqués de Villa-Urrutia
DE LAS RR. ACADEMIAS ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA
LUCRECIA
BORJA
ESTUDIO HISTÓRICO
FRANCISCO BELTRÁN
LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA
PRÍNCIPE, 16—MADRID
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
El porqué de este libro.
No es sólo en España donde los historiadores modernos, impulsados acaso por el espíritu caballeresco de la raza, han salido a la palestra, enristrando algún potísimo documento, en defensa de la honra de egregias damas asendereadas y maltrechas, y así como a Don Quijote se le antojaron en la venta hermosas doncellas las mozas del partido que ayudaron a armarle caballero, así también las que gozaron en vida fama de impenitentes pecadoras, se nos presentan ahora con ropa de pudibundas matronas y esposas ejemplares, que murieron casi casi en olor de santidad y sin el menor tufillo de carnal y pecaminoso ayuntamiento.
Un historiador alemán, como sus compatriotas concienzudo y minucioso, dedicó, a orillas del Tíber, largas horas de paciente busca en los archivos, y no pocas vigilias al estudio de la Roma medioeval, y en sus andanzas topó, en la Corte de Alejandro VI, con la hija de aquel Papa, la sin par Lucrecia Borja, puesta en solfa por Víctor Hugo y Donizetti. Prendóse de ella, como tantos otros, y se propuso, siquiera fuese tardíamente, rehabilitarla ante la mal informada posteridad, acabando con la leyenda romántica y con los adjetivos denigrantes que afeaban los amores de una dama que no había nacido ciertamente para figurar un día con aureola en los altares ni en la Historia como heroína, ejecutora o inspiradora de gloriosas hazañas. Era una mujer por cuyas venas corría la sangre española y ardentísima de los Borjas, no entibiada en su mezcla con la romana y plebeya, no menos alborotada de la Vannozza, y ni heredó de sus padres virtudes que ellos no poseyeron ni pudo tampoco sustraerse al ambiente de abominación y de lujuria que se respiraba en la Corte pontificia. Pecó como otras muchas hijas de Eva que probaron y saborearon la fruta prohibida y de ella luego se nutrieron y hartaron; mas pudo alegar como disculpa la de un temperamento excesivo, al que servía de aguijón el mal ejemplo de cuantos la rodeaban: padres y hermanos, tías, cuñadas y primas, sin que bastaran a apaciguarlo y refrenarlo ni su voluntad flaquísima ni su conciencia por completo embotada. Predominó en Lucrecia la hembra enamorada, y más que a su belleza, cuidada con esmero y realzada por el exquisito y dispendioso gusto con que se vestía y adornaba, rendíanse a su encanto cuantos se le acercaban y disfrutaban de su trato. Sumisa en Roma para sus enlaces matrimoniales a los antojos de la familia, vióse obligada en Ferrara, para satisfacer los propios, a contenerlos dentro de los límites de la honestidad y la prudencia, impuestos por un marido celoso y una Corte hipócritamente pudibunda. Falleció en edad temprana, antes de que el tiempo le hiciera sentir demasiado sus ultrajes; pero sus últimos años, muertos ya sus padres, sus tres hermanos, sus hijos Rodrigo y Alejandro, fueron de preparación para la muerte, que por obra de la divina misericordia presintió ya próxima. Apartóse de los placeres mundanos, que tanto le gustaron; entregóse a lecturas ascéticas poco amenas, atenazó con cilicios la carne hermosa y pecadora, fundó conventos y enriqueció los existentes, y cuando llegó la Descarnada, hallóla tan bien dispuesta al duro trance, que no quedó en el ánimo de los ferrareses duda alguna de que aquella alma bendita había ido derechamente al cielo.
Con estos datos, un historiador español se hubiera apresurado a instruir el expediente de beatificación de la Duquesa de Ferrara, para aumentar el ya crecido número de santos famosísimos con que ha poblado España la Corte celestial, pues española era, y muy mucho en sus sentimientos, gustos y aficiones, la gentilísima Lucrecia. No se ha atrevido, sin embargo, a tanto el historiador alemán. Propúsose Gregorovius solamente limpiar a su heroína de todo el fango que sobre ella había vertido la calumnia, tanto la de sus contemporáneos italianos, como la del dramaturgo francés que la sacó a las tablas sin el más mínimo respeto a la verdad, y rehabilitarla, dejándola reducida a las modestas proporciones de una pecadora común y corriente, sin los descomedidos apetitos meretricios de una Mesalina, y sin otra participación que la de mera comparsa en el terrible drama de que fueron protagonistas los Borjas, y Roma teatro durante el papado de Alejandro VI[1]. Lograra o no el sabio tudesco su propósito, ello es que su libro sobre Lucrecia Borgia fué muy leído y acreció el interés que la hija de Alejandro inspiró siempre, no sólo durante su vida, intensa y breve, sino después a cuantos se aficionaron a la historia del Renacimiento italiano y se sintieron poderosamente atraídos por la magia de la grande enamorada, que cada cual veía y pintaba a su manera, según su fantasía, y sin poner mano en el velo que cubría la esfinge. Rasgólo Gregorovius, y su libro pareció una revelación que satisfizo, sin embargo, a pocos. La diosa bajó del pedestal y las gentes quedaron muy mohinas al ver que el supuesto monstruo apocalíptico era una mujer de carne y hueso, de la talla y condición de los demás mortales y con las flaquezas propias de su sexo. Era el fin de una leyenda que, como tantas otras, desaparecía por obra de uno de esos roedores de bibliotecas y de archivos que se nutren de libros y papeles viejos y se complacen en rehacer la Historia, arrancando a la Humanidad sus ilusiones respecto del pasado.
Pero si acabó la leyenda para los que creyeron, y fueron los más, que era el Evangelio cuanto les decía Gregorovius, hubo también no pocos, entre los que profesan o por afición cultivan la Historia, que se permitieron tratar de apócrifo el tal Evangelio, y siguieron revolviendo archivos a caza de papeles que pusieran en claro la vida y milagros de Lucrecia Borja, la cual, a través de los siglos, nos atrae con la misma irresistible fuerza del encanto con que sedujo a sus contemporáneos. El autor de la Historia de los Papas desde el fin de la Edad Media, el Barón Luis de Pastor, que representa hoy a la República austriaca cerca de la Santa Sede, sin dejar de la mano la obra magna, de la que lleva publicadas ya seis tomos que alcanzan hasta el Pontificado de Pablo IV, al tratar del de Alejandro VI, con su escrupuloso y desapasionado amor a la verdad, no deja bien parados al Papa y a su hija predilecta. Y la pelea sigue encarnizada entre los caballeros andantes, dispuestos a romper lanzas en favor de Lucrecia, y los que ponen todavía en duda su honestidad, muy discutida en Roma, y la sinceridad de su arrepentimiento y conversión en Ferrara.
Esto ha dado lugar a una literatura copiosísima, obra de historiadores y novelistas, dramaturgos y pornógrafos que en Italia como en Francia, en Alemania como en Inglaterra, inspirados por las gestas de los Borjas, dedicáronse a escribirlas, los unos con ánimo de arrancar a los archivos su secreto, los otros con fines puramente literarios, deformando o transformando los hechos según los gustos y el propósito del autor. En España no ha despertado el debido interés entre los historiadores la vida de esta ilustre española, hija de un Papa.
El marqués de Laurencín ha publicado una Relación de los festejos que se celebraron en el Vaticano con motivo de las bodas de Lucrezia Borgia con Don Alonso de Aragón, que escribió la hermana del novio Doña Sancha, acrecentándola con muy curiosas noticias y aclaraciones, en su mayor parte inéditas, que nos dan a conocer los principales personajes que a las bodas asistieron y en la Relación se nombran, uniendo su elogio a los del autor de Las Quincuagenas y batallas, el buen capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, que vió a Lucrecia muchas veces y la tuvo por «persona muy hermosa, sabia e valerosa señora, e por dicho de muchos de aquel tiempo, era clarísima e pocas a ella semejantes, cuyas excelencias no se podrían decir sin muchos renglones y en poco tiempo». Pero el vulgo se contenta con conocer a Lucrezia Borgia por la ópera de Donizetti aún más que por el drama de Víctor Hugo, y la gente culta se ha dado por enterada y satisfecha con el libro de Gregorovius.
En este caso me encontraba cuando vine a Roma. Mis aficiones diplomáticas habían pasado por una crisis dolorosa y padecido un amargo desengaño. La fortuna, como mujer, al fin y al cabo antojadiza y más apegada a jóvenes que a viejos, después de haberme otorgado durante muchos años, y acaso con inmerecido exceso, sus favores, volvióme las espaldas y se acopló con quien, en acecho, aguardaba mi caída. En las postrimerías de una vida consagrada a la luciente ociosidad con que los profanos, que aspiran a gozarla, estigmatizan a los profesionales de la carrera diplomática, no cabía ya el cambiar de oficio, viniendo éste a ser una segunda naturaleza por fuerza de la costumbre, que tenía ya más de cincuenta años en su abono. Gracias a un ilustre y bondadoso amigo que me tendió la mano para que pudiera, no sin trabajo, levantarme, vime restituído a mi carrera y volví a servir al Rey en la Embajada de Roma con no menor celo que en las de Londres y París. Y teniendo en cuenta, aquí como en todas partes, que la ociosidad, siquiera sea luciente, es madre de todos los vicios, procuré evitarla y dediqué los ratos de vagar a la lectura de libros y papeles viejos, siendo los libros amigos que no cambian, y el más seguro trato el de los muertos, nunca engañoso.
Entre los libros que cayeron en mis manos, interesáronme sobre manera los referentes a Lucrecia Borja, que no son pocos, extrañando, como queda dicho, que no hubiera tentado la pluma de los historiadores españoles tan ilustre dama, en cuyo favor ha salido únicamente a la palestra, dispuesto a romper lanzas con su caballeresco espíritu, mi buen amigo el Marqués de Laurencín, director de nuestra Real Academia de la Historia. No pretendo recoger el guante, ni aporto al pleito ningún nuevo documento que pueda servir para su fallo. Mi propósito, mucho más modesto y proporcionado a mis fuerzas, se reduce a dar a conocer a Lucrecia Borja a los españoles que ignoran quién fué o que sólo la conocen por el libro de Gregorovius o la ópera de Donizetti. Es un mero trabajo de vulgarización, basado sobre los datos publicados por los historiadores que hicieron objeto de sus pesquisas a los Borjas. En Inglaterra, como en Francia, abundan esta clase de libros en que la Historia no se nos presenta como maestra de la vida, palmeta en mano y con las severas tocas de dueña quintañona, sino como garrida institutriz, risueña y parlera, que nos divierte al par que nos instruye con su amena charla. Se guardan muy bien los autores de entrar en liza de erudición con esos varones sesudos en cuyas obras se masca el polvo del archivo; pero no se recatan de aprovechar los papeles que éstos encontraron y publicaron, para levantar con los acopiados materiales, no un palacio de sólidos cimientos y vastas proporciones, sino un modesto pabellón de recreo para que en él se cobijen los aficionados a las cosas de antaño, que prefieren la Historia ilustrada con anécdotas y estampas a la que abunda en documentos inéditos y se cae por pesada de las manos.
Muy digna de encomio es la intención de los que quieren despojar a la Historia del manto y del coturno para ponerla al alcance de los simples mortales; mas no siempre corresponden las obras a la sana intención, y pudiera suceder lo propio en el presente caso. Si así fuere, perdónenmelo Lucrecia Borja y el lector amigo, a cuya benevolencia me encomiendo.
I
Don Alonso de Borja, Obispo de Valencia, viene a Italia acompañando al Rey D. Alfonso V de Aragón.—Cúmplese la profecía de San Vicente Ferrer y es elegido Papa, como Calixto III, a la muerte de Nicolás V.—Su Pontificado.—El disculpable nepotismo.—Los hijos de su hermana Isabel: Pedro Luis, Prefecto de Roma, y Rodrigo, Cardenal Vicecanciller de la Iglesia.—Los Borjas.—Antigüedad de su linaje.—La política de Calixto III.—La cruzada contra los turcos.—La batalla de Belgrado.—Su disputa con el Rey D. Alfonso.—Su fallecimiento.—Estalla el odio de los romanos contra los catalanes.—Huye y muere en Civitavecchia Pedro Luis.—Regresa a Roma Rodrigo.—Su influencia en la elección de Pablo II, de Sixto IV y de Inocencio VIII.—Su carrera eclesiástica.—Cursa el Derecho en la Universidad de Bolonia.—Es nombrado Cardenal a los veinticinco años y al siguiente Vicecanciller de la Iglesia.—Pasa a España, en 1472, como Legado a latere de Sixto IV.—Su riqueza.—Elección simoníaca de Alejandro VI.—Elogios que del nuevo Papa hacen los Prelados españoles.—La inmoralidad de Rodrigo de Borja y la del Renacimiento en Italia.—El uomo carnalesco que era el Papa.—Sus amores con Julia Farnesio.—Su hija Laura Orsini casa con el sobrino de Julio II.—D. Juan, el infante romano.—Los hijos de la Vannozza y de Rodrigo de Borja.
El primer Borja que vino a Italia en 1420, acompañando a D. Alfonso V de Aragón, el Magnánimo, Rey de Nápoles, fué D. Alonso, hijo de Domingo de Borja, Señor del lugar y de la Torre de Canals, cerca de Játiba, calificado de Mosén y de Doncel, que casó con Francina o Francisca Martí. Nació D. Alonso en dicha Torre de Canals el 31 de Diciembre de 1378, y fué estudiante y luego profesor de Derecho en la Universidad de Lérida y uno de los más reputados jurisperitos de su tiempo. Siendo todavía un modesto clérigo se encontró con San Vicente Ferrer, el cual le dijo que «sería un día ornamento de su patria y de su familia y se vería revestido de la más alta autoridad que puede alcanzar un mortal»; profecía que, andando el tiempo, se cumplió y no la olvidó el Papa Calixto III, que canonizó al elocuente predicador dominicano. Era don Alonso, no sólo peritísimo en jurisprudencia, sino también especialmente apto para la diplomacia, y habiéndose de ello percatado el Rey D. Alfonso de Aragón, lo tomó a su servicio como secretario y consejero, y pudo apreciar su gran capacidad y su destreza en cuantos asuntos puso mano, tanto eclesiásticos como políticos y civiles. A él se debió la renuncia del antipapa Clemente VIII[2], que premió Martino V con el Obispado de Valencia[3], y obra suya fué también la reconciliación del Rey D. Alfonso con Eugenio IV, que le valió la púrpura, asignándosele como iglesia titular la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados. Vino entonces a establecerse en Roma desde Nápoles, donde había estado ayudando muy eficazmente a su soberano a reorganizar aquel reino, y a la muerte del Papa Nicolás V, no habiéndose podido poner de acuerdo los Cardenales italianos, por la rivalidad entre los Orsini y los Colonna, recayó la elección del Cónclave, el 8 de Abril de 1455, en D. Alonso de Borja, a cuya amistad con el Rey de Nápoles, muy digna de tenerse en cuenta, uníanse los muchos años y los muchos achaques, que prometían un brevísimo Pontificado.
El nuevo Papa, que tomó el nombre de Calixto III, era un respetable anciano probo y recto, ducho en negocios, erudito en leyes y cánones, afable en su trato, de vida honesta y buena fama, sin que la pública maledicencia pudiera echarle en cara, en punto a castidad, ningún pecado de los que eran a la sazón harto frecuentes en la Corte de Roma y de los que no se vieron exentos muchos Cardenales y aun algunos Papas[4]. Pero con todas estas excelentes cualidades faltábale a Calixto III, para su popularidad, una condición esencialísima: la de ser italiano. Y no sólo era extranjero, sino español o catalán, que así llamaban a cuantos, atraídos por el esplendor de la tiara y el nepotismo del Pontífice español, su ilustre compatriota cuando no pariente, acudieron a Roma para engrandecerse, según Escolano, a costa de la bolsa de San Pedro y con apetitos tales que para satisfacerlos hubiéranse necesitado diez pontificados. Malquistos y temidos eran estos catalanes, gente soberbia, batalladora y prepotente, con sentada reputación de avara[5], cuya dominación en Sicilia y Nápoles llegó a hacerse insoportable y odiosa. El nepotismo del Papa tenía fácil explicación, y de haberse mantenido dentro de prudentes límites no hubiesen sido justificadas las censuras e indignación de los romanos. La avanzada edad y precaria salud de Calixto III moviéronle a buscar en los suyos los instrumentos necesarios para el gobierno de la Iglesia, que confió a sus sobrinos, y principalmente a los hijos de su hermana Isabel, casada con Jofre de Borja, hijo de Rodrigo Gil de Borja y de la catalana Sibila D’Oms o Doms. Fué Isabel madre de Pedro Luis, Príncipe Nepote, Capitán general, Prefecto de Roma y Duque de Spoleto; y del Cardenal Rodrigo, Obispo de Valencia y Vicecanciller de la Iglesia, sobre el que derramó el Pontífice las más altas dignidades y los más pingües beneficios eclesiásticos y seculares[6]. Otras tres hermanas tuvo el Papa: Juana, que casó con Mateo Martí y no tuvo sucesión; Catalina, mujer de Juan del Milán o Milá, cuarto Barón y Señor de Masalavés, y madre de Pedro del Milá, Camarero mayor del Rey D. Alfonso V, de cuya hija Adriana, casada con Ludovico Orsini, Señor de Bassanello, hemos de hablar más adelante, y de Luis Juan del Milá, que llegó tempranamente a Cardenal y a Obispo de Segorbe y luego de Lérida, y al fallecimiento de su tío regresó a España, donde vivió oscurecido y murió casi octogenario; y Francisca, que hizo en su casa vida religiosa y gozó fama de beata.
Fué la Naturaleza con los Borjas pródiga en extremo, dotándoles de todas aquellas cualidades en que estriba el secreto de la irresistible influencia que ejercen algunos seres privilegiados, hembras y varones, en el ánimo de los demás mortales. Eran de cuerpos bien trazados, de sangre alborotada y ardentísima, de despierta inteligencia, de valor temerario y de una voluntad férrea que les hacía aptos para las grandes empresas a que la desmedida ambición les empujaba. Presumían de ilustre y antiquísima prosapia, que hacían remontar hasta el siglo XI, pretendiendo entroncar con la Casa Real de Aragón en Don Ramiro I, quien tuvo, fuera de matrimonio, a D. Sancho, primer Señor de Aybar y abuelo de Pedro de Atarés, el insigne caudillo que acompañó a su pariente D. Alfonso el Batallador en la conquista de la tierra baja, y al ganarse la villa de Borja fué su primer Señor, y en su palacio residió y descansó de las fatigas bélicas, habiendo contraído matrimonio con D.ª Garcenda de Bearne y rehusado la Corona de Aragón, que los navarros y aragoneses le ofrecieron a la muerte de el Batallador. Pero descendieran o no de Pedro de Atarés, lo cual no aparece suficientemente probado, ello es que hallamos a los Borjas heredados en Játiba, después de la conquista de Valencia, en cuyo repartimiento figuraron en 1240, y los vemos dos veces elevados a la Silla de San Pedro, primero con Calixto III, Alonso de Borja, en 1455, y luego, en 1492, con su sobrino Rodrigo de Borja, que fué Alejandro VI.
Pero no debió ciertamente Alonso de Borja a la antigüedad de su linaje y a los méritos de sus antepasados: primero, el Obispado de Valencia; luego, la púrpura, y por último, la tiara. Cuando con él se enemistó su antiguo soberano y protector el Rey D. Alfonso, por no haber hallado en el Papa la ductilidad y sumisión que esperaba del Secretario a quien tanto había favorecido, recordóle, por boca del enviado napolitano en Roma, su humilde origen y el haber enseñado a leer en el pueblecillo de Canals y cantado la epístola en la iglesia de San Antonio; como si no fuera razón de más para sentirse ufano y satisfecho el llegar, por el propio valer y los servicios prestados a su Rey y a la Iglesia, a la alta autoridad que San Vicente Ferrer habíale predicho.
Tres años duró el Pontificado de Calixto III, y su principal preocupación fué la política oriental y la cruzada que promovió contra los turcos, los cuales, apoderados de Constantinopla, constituían una seria amenaza para la Europa. El ánimo esforzado y varonil del Papa no decayó un instante, a pesar de las trabas que a su actividad ponían los quebrantos de su gastada naturaleza y la poca ayuda que encontró en los Príncipes de quienes más la esperaba. Oriundo de una nación en que el puñar con infieles había sido durante siete siglos la cotidiana labor de todo buen cristiano[7], creía que la voz del Papa sería por todos escuchada y que bastarían las bendiciones e indulgencias, juntamente con el producto de los diezmos, para alistar un ejército poderoso al que Dios daría la victoria; habiendo hecho voto solemne de reconquistar Constantinopla y siendo esta reconquista, según frecuentemente repetía, la cosa que, después de su salvación eterna, más ardientemente deseaba. No logró Calixto ver a los turcos expulsados de Constantinopla, ni parece probable que hayamos de verlo en nuestros días por las mismas razones que entonces lo frustraron, o sea por el desacuerdo entre las Potencias europeas; pero sí tuvo el Papa la satisfacción, que fué la mayor de su vida, de ver contenida en Belgrado la avanzada turca y deshechas las huestes de Mohamed por un puñado de húngaros y cruzados y por obra de tres Juanes, de quienes se dijo, como del vencedor de Lepanto, que habían sido enviados por Dios: el héroe húngaro Hunyadi, que levantó a su costa un ejército de siete mil hombres y dirigió la batalla; el septuagenario fraile Capistrano, que capitaneó y alentó a los cruzados, y el Cardenal Carvajal, Legado y compatriota del Papa, uno de los más grandes purpurados de su tiempo, que fué el alma de la empresa y el organizador de la victoria, y si de ella no se sacó mayor partido no fué por culpa del Papa y su Legado.
Faltóle desde luego el eficaz apoyo de los Príncipes a quienes acudió, y sobre todo el del poderoso Rey de Aragón, que lo era entonces de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y cuyas disputas con el Papa amargaron el Pontificado de Calixto III. A tal punto se agriaron las relaciones entre el Rey y el Papa, que éste le dirigió un Breve en que le decía: «Sepa Vuestra Majestad que el Papa puede deponer al Rey»; a lo que contestó el aragonés: «Sepa Su Santidad que si el Rey quiere, encontrará los medios para deponer al Papa». Así las cosas, llegó a Roma, con un numeroso y lucido séquito, la hermosa Lucrecia de Alagno, que la voz pública tenía por manceba del Rey, aunque D. Alfonso pretendiera que no pasaban de platónicas sus amorosas relaciones con la dama. Recibióla el Papa con gran agasajo; pero se negó a la anulación del matrimonio que el Rey solicitaba, fundado en la esterilidad de la Reina María, para poder contraer segundas nupcias; con lo cual, lejos de haber servido el viaje para suavizar asperezas, contribuyó a hacerlas mayores. Causa principal de la enemistad era la negativa del Papa a reconocer como heredero de Nápoles al Infante D. Fernando, hijo natural de D. Alfonso[8], que en 1436 vino a Italia con el futuro Calixto III, que fué también su maestro. Al fin vióse libre el Papa de su acérrimo enemigo, que murió el 27 de Junio de 1458; mas no le sobrevivió mucho Calixto, que después de haber luchado tenazmente con la muerte durante quince días, entregó su alma a Dios el 6 de Agosto.
La exagerada afición a los suyos, llamáranse Borjas o fueran simplemente catalanes, única debilidad de Calixto III, suscitóle la animadversión de los romanos, y como quiera que se hablase del matrimonio del Prefecto de Roma, D. Pedro Luis de Borja, con una Colonna, bastó esto para que se echaran al campo en guerra abierta contra el Papa los Orsini. Un historiador moderno compara a los nepotes Borjas con los Claudios de la Roma Imperial, y pudiera decirse de Calixto III lo que de Napoleón dijo Stendhal: que hubiese sido una suerte para él no tener familia. Corría por las venas de los Borjas sangre de conquistadores. Calixto III españolizó la Curia y Alejandro VI y su hijo César intentaron crear para el Papado el poder temporal a que después dió vida Julio II; mas su dominación fué efímera en Italia, y a la muerte de Calixto estalló fragoroso y potente el odio amasado contra aquellos catalanes que habían sido, durante tres años, señores de Roma. En la madrugada del día en que expiró el Papa huyó el nepote Prefecto, temeroso de caer en manos de los Orsini, y se refugió en Civitavecchia, en cuyo castillo falleció de la malaria el 26 de Septiembre siguiente. Y no le faltó razón a D. Pedro Luis para temer el odio popular que se sació en los españoles, muriendo asesinados no pocos de los que ejercían mando. Saqueó la plebe el palacio del Cardenal D. Rodrigo de Borja, a la sazón ausente, y las casas de muchos españoles que se habían puesto en salvo, y aun las de algunos romanos afectos a los Borjas. Dió entonces el Cardenal D. Rodrigo prueba de valor, pues después de haber favorecido la fuga de su hermano el Prefecto, regresó a Roma y aquí permaneció sin que le intimidara la cólera de sus enemigos, ni le afligiera el desamparo en que le dejaron sus antes numerosos amigos. Debióle su elección Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, de Siena, e intervino también muy principalmente en la de sus sucesores, el veneciano Pedro Barbo, Pablo II; Francisco de la Rovère, Sixto IV, y el genovés Cibo, Inocencio VIII, hasta que, al fin, llegó su hora, y como era el Cardenal que tenía más que dar, sea con buenos medios, sea con malos, salió del Cónclave con la tiara adjudicada al mejor postor, como se dijo en Roma.
Apenas puso el pie en Italia tuvo Rodrigo de Borja por amiga a la fortuna, que le otorgó con largueza y sin tasa sus favores. Dedicado casi desde la infancia a la carrera eclesiástica, entonces una de las más conspicuas y lucrativas, sobre todo para los parientes del Papa, que gracias al imperante nepotismo se ennoblecían y enriquecían a su sombra, cuidó Calixto III de prepararlo para los más altos destinos dándole por preceptor de Humanidades a Gaspar de Verona y enviándole luego a Bolonia con su primo Luis Juan del Milá, que iba a encargarse del gobierno de aquella ciudad, donde residió Rodrigo quince meses en el Colegio de San Clemente, fundado por el Cardenal Gil de Albornoz para estudiantes españoles, y cursó el Derecho canónico en aquella Universidad, no menos reputada que la de Salamanca. Durante su ausencia, y en un Consistorio secreto, confirió el Papa el capelo a sus dos sobrinos, el 20 de Febrero de 1456, y el joven Cardenal, que apenas contaba veinticinco años[9], fué enviado como Legado a Ancona, y al año siguiente, con escándalo de toda la Curia, obtuvo el codiciado cargo de Vicecanciller, que era la primera dignidad eclesiástica después del Papa. En él proveyó también Calixto III, en cuanto falleció el Rey D. Alfonso, el Arzobispado de Valencia, que desde su elevación al Pontificado había quedado vacante por no haberse rendido el Papa a los apremios del Rey, que lo pretendía para su hijo bastardo D. Fernando.
Con la muerte del Papa Calixto padeció un eclipse la estrella de los Borjas, mas no así la del Cardenal Vicecanciller, que continuó en su puesto y sin menoscabo de su influencia en los Cónclaves y en la Curia. Como Legado a latere, para preparar la cruzada contra los turcos que proyectaba Sixto IV, pasó a España en 1472, desembarcando el 20 de Junio en el Grao de Valencia.
Salió a recibirle, por encargo del Rey de Castilla don Enrique IV, el Obispo de Sigüenza D. Pedro González de Mendoza, que andaba harto desabrido por la tardanza del Papa en darle el capelo que pretendía y que esperaba ahora lograr por medio del Cardenal Legado. Fué éste muy festejado en Valencia, si bien no plugo a sus paisanos, que le habían conocido apenas sacristán de Játiba, la excesiva ostentación de su riqueza, de la que daba muestra su lujosamente ataviada comitiva. De Valencia pasó por tierra a Tarragona para hablar con el Rey de Sicilia, D. Fernando, y luego a Barcelona para avistarse con el Rey D. Juan II, partiendo de aquellos Estados para Castilla el 29 de Octubre. Recibiéronle en Madrid con gran acompañamiento, debajo de palio: los Grandes y Prelados iban delante y el Rey le llevaba a su mano derecha, costumbre de España de mucha honra. No sabemos si con los agasajos y festejos pudo el Legado darse cuenta de que la ignorancia estaba apoderada de los eclesiásticos en España en tanto grado, según dice Mariana, que muy pocos se hallaban que supiesen latín, dados de ordinario a la gula y a la deshonestidad, y lo menos mal a las armas. En cuanto a la simonía, muy común y reputada mera granjería en España, no podía sorprender a quien venía de Roma y de ella había luego de valerse para llegar a la Silla de San Pedro. Fué portador de la dispensa del Papa para el matrimonio que D. Fernando había contraído tres años antes con la Princesa D.ª Isabel, hermana del Rey de Castilla, y aunque usó de gran diligencia para apaciguar y sosegar aquel Reino, no pudo conseguirlo por estar las voluntades enconadas y ser él mismo más aficionado, como era natural, al partido de D. Fernando, que con todas sus fuerzas pretendía adelantar. Con este intento pasó a Alcalá de Henares, donde estaban D. Fernando y D.ª Isabel, y de allí a Guadalajara, sin otro objeto que el de granjearse la Casa de Mendoza y apartarlos del Rey y del Maestre de Santiago. No olvidó D. Fernando los servicios que el Legado prestara a su causa, y comprendió, desde luego, la importancia y conveniencia de contar en la Curia con un Cardenal tan hábil, tan influyente y tan español como el de Borja, amistándose con él estrechamente. Apadrinó el Cardenal al Príncipe D. Juan, primogénito de D. Fernando y D.ª Isabel, nacido en 1478, y cuando tuvo noticia de la toma de Granada, hecho glorioso y fausto para la Cristiandad y para España, lo celebró con una fiesta genuínamente española y nunca vista en Roma, a saber: con una corrida de toros. Y siendo ya Papa otorgó a los Reyes de España el título de Católicos, y en las tres famosas Bulas de 3 y 4 de Mayo de 1493 reconoció nuestra soberanía en América y fijó la línea de demarcación entre las posesiones españolas y portuguesas. Era la Italia entonces teatro de intrigas y de guerras en que cupo parte principal y muy lucida al astuto D. Fernando. La sangre aragonesa de Alejandro VI movíale a seguir la política de aquel gran Rey, cuyas altas dotes había tenido ocasión de apreciar como Legado del Papa en España. Durante veinticinco años mantúvose fiel a la política española, y cuando en los últimos de su vida se apartó de ella, no por propia convicción, sino rendida su voluntad a la de su hijo, el prepotente César, los hechos probaron que el afrancesamiento había sido para los Borjas una lamentable y desastrosa equivocación.
Ya hemos dicho, con Mariana, que como el Cardenal Borja era el que tenía más que dar, sea con buenos medios o con malos, salió del Cónclave con el Pontificado. Superaba en riqueza, según Giacomo de Volterra, a todos los Cardenales, excepto a Estouteville. Las rentas que percibía de numerosos beneficios eclesiásticos, de muchas Abadías en Italia y España y de sus tres Obispados de Valencia, Porto y Cartagena, además de su oficio de Vicecanciller, que producía 8.000 ducados de oro al año, eran enormes. Grande era también la cantidad de su vajilla de oro y plata, de sus perlas y joyas, de sus trajes, de sus ornamentos de seda y oro, de sus libros de varia disciplina, y todo de tan fastuosa magnificencia, que sería digna de un Rey o de un Papa.
El palacio que edificó entre el puente de Sant’Angelo y el Campo dei Fiori, y que regaló, al ser elegido Papa, al Cardenal Ascanio Sforza, hoy propiedad del Duque Sforza Cesarini, con cuyo nombre se conoce, estaba alhajado con extraordinario lujo, del que podemos darnos cuenta por una carta que el Cardenal Ascanio Sforza escribió a su hermano Ludovico el Moro, el 22 de Octubre de 1484, y en la que al hablarle de una cena con que le obsequió aquel día el Vicecanciller, en unión de otros tres Cardenales, describía la magnificencia de la decoración interior del palacio. Las paredes de la primera sala estaban todas cubiertas con tapices de asuntos históricos. De allí se pasaba a otra sala más pequeña, cubierta también con preciosos tapices las paredes y con alfombras el pavimento, en armonía con los demás adornos de la sala, en la que había una cama con dosel de raso carmesí y un aparador en que lucía la vajilla de oro y plata con piezas primorosamente labradas que eran una maravilla. Seguían dos salas: la una con tapices y alfombras y una cama de parada con dosel de terciopelo alejandrino, y la otra, aún más rica, con cama de aparato con dosel de brocado de oro y en el centro una mesa con un tapete de terciopelo alejandrino, rodeada de unas sillas de madera de finísima talla.
No es, pues, extraño que cuando a la muerte de Inocencio VIII se reunió el Cónclave, entre los aspirantes a la tiara se contara el Cardenal Borja, que si bien como español era malquisto, poseía tan cuantiosa riqueza, que podía ser ésta la que decidiera la elección en su favor, según acertadamente preveía el enviado de Ferrara Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena. Con siete votos seguros y cuatro probables contaba Sforza, y no pasaban de nueve los de Julián de la Rovère, que era el candidato de Francia y de Génova[10]. El 6 de Agosto empezó el Cónclave, y cuando el día 10, después de varias votaciones, se convenció Sforza de que no tenía ninguna probabilidad de sentarse en la Silla de San Pedro, prestó oídos a las tentadoras promesas de Borja, que le ofreció, no sólo el Vicecancillerato y su palacio de Roma, sino también el castillo de Nepi, el Obispado de Erlau y otros beneficios. Al Cardenal Orsini le aseguraron las importantes ciudades de Monticelli y Soriano, la Legación de la Marca y el Obispado de Cartagena; al Cardenal Colonna, la Abadía de Subiaco con todos los castillos adyacentes; al Savielli Cività Castellana y el Obispado de Mallorca; al Pallavicino, el de Pamplona; al Michiel, el de Porto; a los demás, ricas Abadías y pingües beneficios, llegando así a reunir catorce votos. Faltábale uno, y con el soborno de sus familiares se obtuvo el del Cardenal Gherardo, anciano de noventa y cinco años cumplidos y notoriamente desmemoriado que decidió la elección. Esta fué anunciada al rayar el día 11 de Agosto de 1492.
Cuantos conocieron al Papa Alejandro VI están conformes en pintarlo como hombre de gallarda presencia, alto, fornido y bien trazado, reconociéndole todos grandes dotes de inteligencia, siquiera fuese mediocre su cultura, una astucia natural y una vasta pericia en el manejo de los negocios, sobre todo cuando había en ellos dinero de por medio. El Obispo español Bernardino López de Carvajal, creado Cardenal de Santa Cruz en Jerusalén, encomiaba, en 1493, la soberana belleza y la fuerza física del nuevo Pontífice, belleza que, por los retratos que de él se conocen, y especialmente por el del Pinturicchio, en el famoso fresco del apartamento de los Borjas, en el Vaticano, no sería hoy igualmente apreciada. Otro prelado español, Juan López, el futuro Cardenal de Capua, Secretario del Papa, escribía, el 28 de Marzo de aquel mismo año, a don Enrique Enríquez, padre de la Duquesa de Gandía: «Estos otros Pontífices antepasados ninguno ovo de tan sublime natura, ni tan temido cuanto Papa Alejandro por su luenga experiencia, acertísimo ingenio y vehemencia en las acciones... Se viésedes, Señor, y contemplásedes como nosotros acá vemos en su regimiento y gobierno Su Beatitud, con qué gracia y suavidia fabla, con qué justicia y clemencia donde conviene se tempra, con qué devoción religiosa y liberalidad en las cosas pías se porta, vos maravillaríades por cierto. Da sus audiencias públicas speso (a menudo) fasta a las pobres vegezuelas, y con qué paciencia y sufrimiento. Espende y gasta lo que tiene en justos y buenos usos la mayor parte; e dá y dará tal razón delante Dios y el mundo de su gloriosa vida que todos devemos de estar contentos y asombrados.»
Era natural que esto pensasen y escribiesen del Papa los prelados españoles que habían de ser por él agraciados con la púrpura, y que el advenimiento de Alejandro VI fuese saludado con júbilo por los catalanes, parientes y conterráneos de Su Santidad, que a Roma acudieron de nuevo, atraídos por el dinero de San Pedro y con ánimo de recobrar el menoscabado señorío. De la inmoralidad de Rodrigo de Borja nada nos dicen los escritores, sus contemporáneos, italianos y españoles, porque era cosa común y corriente, no sólo en Italia, sino en España, donde abundaban, en los más ilustres linajes, los hijos fornecinos, y no era óbice la bastardía para llegar a los más altos puestos, incluso el trono. No podía, por tanto, causar sorpresa la vida licenciosa del Cardenal Borja y de sus hijos bastardos, porque así vivían los Príncipes italianos de su tiempo, los eclesiásticos como los seglares. Siete Príncipes, ninguno de ellos fruto de legítimo matrimonio, recibieron, en Ferrara, a Pío II, y en el mismo caso se encontraban, según escribió aquel Papa, la mayor parte de los que, a la sazón, gobernaban la Italia: Fernando de Aragón, en Nápoles; Francisco Sforza, en Milán; Borso de Este, en Ferrara; Segismundo Malatesta, en Rimini.
El Renacimiento con el culto de la antigüedad pagana, que resurgió en las letras y las artes, hizo que también resurgieran vicios y costumbres que al amparo de la filosofía florecieron en Grecia, patria de pensadores y de estetas. La prostitución vulgar del siglo XV, aceptada como mal menor y tenida por oficio vil, y aunque necesario, despreciable, pasó a ser a principios del siglo XVI artículo, no sólo de necesidad, sino de lujo, y adquirió formas más afinadas y atractivas. Las que se llamaban simplemente pecadoras se convirtieron, a imitación de las heteras griegas, en cortesanas, nombre que, según Burchard, se daba a las meretrices honestas, las cuales vivían suntuosamente en Roma y no se contentaban con poseer todos los secretos del arte para conservar, realzar y adornar la corporal belleza, haciéndola más seductora y lucrativa, sino que también nutrían con provechosa enseñanza su entendimiento para que la plática, culta y amena, fuera un encanto más que les captara el ánimo de los Príncipes de la Iglesia y de los grandes señores que las frecuentaban. Una de las más famosas entre las romanas, la Imperia, tuvo por amigo al banquero Agustín Chigi[11], y por maestro al Strascino de Siena[12], y esmaltaba sus cartas con citas griegas y latinas, y sólo otorgaba a escogidos primates sus codiciados favores. Tulia de Aragón[13] se distinguió como cortesana y poetisa, y también Verónica Franco[14]. Bandello conoció en Milán a la majestuosa Catalina de San Celso, que tañía y cantaba maravillosamente y recitaba poesías, y acaso fuera ella la cortesana de quien dice Aretino que se sabía de memoria a Petrarca y Bocaccio e innumerables versos latinos de Virgilio, Horacio y Ovidio, y por su amena conversación, tenía fama la española Isabel de Luna, mezcla bizarra de bondad de corazón y de procaz e impudente malignidad.
Mas no bastó a los humanistas para su solaz el renacimiento de aquellas ilustres cortesanas. No les bastaron los placeres a que naturalmente nos inclina la flaqueza humana. Parecióles digno de imitación y de encomio el ejemplo de los filósofos helenos, y ensalzaron y practicaron el pecado nefando a que los griegos dieron nombre. Ya desde principios del siglo XIV se conocía en Venecia, en Nápoles, en Siena. Dante tropezó en el Infierno con estos pecadores, entre los cuales estaba su propio maestro, Brunetto Latini, y el Obispo de Florencia, Andrés de Mozzi, y otros que fueron todos clérigos o letrados insignes de gran fama, y San Bernardino de Siena los amenazó en sus sermones con todas las iras y castigos del cielo. No se puede decir, como Ariosto, que de este vicio estaban infestados todos los humanistas; pero es indudable que en el número de los que por ahí pecaron figuró Angel Poliziano, cabeza de los humanistas en la Corte de Lorenzo de Médicis, y el cronista veneciano Sanuto, y el Embajador de Venecia cerca de Inocencio VIII, Antonio Loredano, que por el escándalo perdió su puesto, caso que pudiera en nuestros días repetirse, si el nefando pecado, público y notorio ya en varias residencias, llegase alguna vez a cometerse en forma que, traspasando los límites de la maledicencia diplomática, adquiriese las proporciones del manifiesto escándalo.
Consideróse entonces como uno de los castigos del cielo, anunciados por San Bernardino, un mal que causó aún mayores estragos que la peste, y que los italianos llamaron francés por suponerlo importado de Francia por el ejército de Carlos VIII, que ocupó a Nápoles y allí vivió entregado a Baco y a Venus; mientras que los franceses lo bautizaron de napolitano, teniéndolo por enfermedad propia de aquel reino.
No respetó el terrible mal ni aun a los que habían de sentarse en la Silla de San Pedro. No era, a la verdad, ejemplar la vida de aquellos Cardenales mundanos como Ascanio Sforza, Riario, Orsini, Balue, Savelli, Sanseverino, Julián de la Rovère, que nada tenían que echar en cara a Rodrigo de Borja. Vivían todos como príncipes seculares, en regios palacios, con centenares de servidores, los más de ellos armados, y paseaban por la ciudad a caballo, ataviados militarmente y con la espada al cinto, y acompañados de lucida escolta. Cazaban, jugaban, banqueteaban, cortejaban a casadas y doncellas, tomaban parte en las fiestas del Carnaval y se permitían toda clase de desenfrenos, sin desdeñar el meretricio. Profundamente mundana era la personalidad más importante del Sacro Colegio, el Cardenal Julián de la Rovère, que fué luego el Papa Julio II, verdadero hombre del siglo XV por la fuerza de la voluntad, la impetuosidad de la acción y la grandeza de sus proyectos e ideas, el cual tampoco guardó el celibato, pero sí cierta decorosa seriedad.
Hubo ésta de echarse de menos en Rodrigo de Borja, a quien nadie pudo disputar la palma de mujeriego y lujuriante. El Papa Pío II, que profesaba al Cardenal Vicecanciller un verdadero afecto, hubo de amonestarle por cierta fiesta que dió en Siena, de la que excluyó a padres, hermanos y maridos, para que no presenciaran cosas que el pudor obligaba a callar y no permitía llamar por su nombre[15]. Pero las amonestaciones y consejos, siquiera fuesen tan autorizados y prudentes, de poco sirvieron para morigerar a aquel uomo carnalesco, que de mozo como de viejo, de Cardenal como de Papa, amó con pasión y hasta el fin a las mujeres, a quienes atraía como el imán al hierro[16].
Frisaba en los sesenta cuando empezaron sus amores con Julia Farnesio, que apenas contaba quince abriles, y de cuya peregrina hermosura se hicieron lengua los romanos, que por antonomasia llamábanla la Bella y también, impíamente, la esposa de Cristo. Lorenzo Pucci, el Embajador florentino, que la vió un día en casa de Adriana Milá, calentándose al fuego con Madonna Lucrecia, la hija de Nuestro Señor, después de haberse lavado la cabeza, operación frecuente y necesaria para las que, como Lucrecia, se enrubiaban a la veneciana, dice que parecía Julia un sol con la dorada cabellera que le llegaba hasta los pies. No tuvo la fortuna de pasar a la posteridad retratada por un gran artista, como le sucedió a Laura di Dianti, la amiga del Duque de Ferrara, Alfonso del Este, cuya belleza fijó en el lienzo el famoso Tiziano. Pretende el Vasari que Pinturicchio la pintó en una sobrepuerta del apartamento de los Borgias, en el Vaticano, como una Virgen a quien adora el Papa Alejandro VI; pero ni la Virgen que está en la sobrepuerta de la Sala de la Vida de los Santos se parece en nada a Julia, por los retratos que de ella trazaron con la pluma sus contemporáneos, ni está ante ella en adoración el Papa, maravillosamente retratado en el fresco de la Resurrección, en la Sala de los Misterios. Hay quien supone que es Julia, y no Lucrecia Borja, como hasta ahora se ha creído, la protagonista de la Disputa de Santa Catalina, la joven que, ricamente vestida de azul y rojo y suelta la dorada y copiosa cabellera, aparece ante el trono del Emperador; porque Julia Farnesio, que tenía entonces diecinueve años, gozaba en la Corte Pontificia de lugar preeminente como favorita oficial de Alejandro VI[17].
En ella tuvo el Papa una hija que se llamó Laura, y cuyo indecente parecido proclamaba a voces su paternidad, la cual tampoco ocultaban los Farnesios, que en el lenocinio fundaron su grandeza, ni podía ignorarla el apartado y pacientísimo marido, Orsino Orsini, el Tuerto, que para el caso resultaba ciego, emparentado asimismo con el Papa por su madre Adriana Milá, sobrina de Alejandro VI, y zurcidora del matrimonio de su hija y del adulterio de su nuera.
Esta Laura Orsini, apenas cumplidos los trece años y declarada núbil a ojo y fe de notario[18], casó el 16 de Noviembre de 1505 con Nicolás de la Rovère, sobrino del reinante Julio II, enemigo declarado de Alejandro VI, a quien públicamente llamaba Marrano, nombre con que se designaba a los judíos conversos. Celebróse la boda con gran pompa en el Vaticano, y a la ceremonia y al banquete de familia, presididos por el Papa, asistió la madre de la novia, doblemente viuda[19], llamando la atención por su gran dignidad y espléndida belleza, no afectada por los años ni por los escrúpulos de una conciencia estrecha. La sobrina de Su Santidad pasó a Urbino en compañía de la Duquesa Leonor de Gonzaga, mujer de intachable reputación; mas no pudo decirse lo mismo de la de Donna Laura, que sin duda heredó de sus padres descomedidos apetitos que no bastaba a satisfacer el cuitado marido. Ello es que pocos años después escribía el poeta Tebaldeo al Conde Baltasar Castiglione, que era D.ª Laura mujer de quien se debía huir, pues por haberla él servido quince días, temía que le durara quince años el recuerdo de aquella intimidad, por lo que aconsejaba al árbitro de las elegancias del Renacimiento que añadiera a sus letanías: A consuetudine Lauræ, libera nos Domine.
Casada su hija, desapareció Julia Farnesio de Roma, y a principios de 1509 contrajo segundas nupcias con un napolitano oscuro, que si bien tenía escasos medios de fortuna, poseía, al decir de las mujeres, inestimables prendas naturales que despertaron la curiosidad y la afición de Madonna Julia, la cual se hallaba a los treinta y cinco años solicitada por el recuerdo de las pasadas concupiscencias, seniles y sacrílegas, y por el ansia de arder, sin asomo alguno de pecado, al fuego de una sangre moza, que se le antojaba dispuesta a cumplir espontáneamente y con largueza todos sus deberes. Apartóse de las gentes para que no le robasen, las siempre envidiosas amigas, el tesoro de que quería gozar a solas, y cuando llegó su hora, antes de los cincuenta[20], pudo estimarse dichosísima por no haber conocido los desmedros y achaques de la vejez, que son en este mundo el mayor padecer y castigo de la mujer hermosa.
Yriarte cree[21] que no fué Laura Orsini el único fruto de los amores de Alejandro VI con la bella Julia, y pretende que en ellos tuvo a un D. Juan, infante romano, nacido en 1498 y reconocido por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, primero como hijo de César y de mujer soltera, y luego por hijo suyo y de la dicha mujer, que se ignora quién fuese. Otorgóle el Papa el Ducado de Nepi y después el de Camerino, y túvolo a su lado en el Vaticano, donde se crió con Rodrigo, el hijo de Lucrecia y de Alfonso de Aragón, demostrando Alejandro VI una especial predilección por ambos pequeñuelos. Esto dió lugar a que la maledicencia pública propalara la voz, que acogieron los poetas Sannazzaro y Pontano, y los historiadores y políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Guicciardini y otros, de que el Papa tuvo a D. Juan en su propia hija Lucrecia, separada a la sazón de su marido Juan Sforza, cuyo matrimonio se anuló por impotencia; pero el Tribunal de la Historia, por falta de pruebas, ha absuelto a Alejandro VI del nefando incesto, reputándolo calumniosa especie a que no fué extraño el despedido y despechado Sforza. Del infante romano habremos de tratar más adelante.
Otros bastardos tuvo el Cardenal Borja en diferentes y desconocidas mujeres. De Jerónima de Borja tenemos noticia, por su contrato de boda con Juan Andrés Cesarini, de 24 de Enero de 1482, en el que la reconoce el Cardenal por hija y la llama hermana del noble adolescente Pedro Luis y del infante Juan. Otra hija, Isabel, casó el 1.º de Abril de 1483 con el noble romano Pedro Juan Mattuzi, y cuando a la muerte de Alejandro VI se derramaron por Roma los Orsini clamando venganza, entraron en casa de Mattuzi y se llevaron a su mujer y a una bellísima hija casada para vengar en ellas los ultrajes de que habían sido víctimas, por parte de los Borjas, las mujeres de la familia Orsini.
Pero los bastardos más famosos fueron los que engendró Rodrigo en la romana Vannozza de Cattaneis, con quien mantuvo amorosas relaciones durante veinte años, siendo de ellas fruto, según rezaba la lápida, ya desaparecida, que cubría su sepultura en la Iglesia de Santa María del Popolo, en Roma, César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y Lucrecia, Duquesa de Ferrara.
No se cita en la lápida, obra del fideicomisario y albacea Jerónimo Pico, a Pedro Luis, a quien tuvo Mariana por primogénito de la Vannozza, y cree Gregorovius muy probable que lo fuera, y lo mismo opinan Oliver[22] y Höfler[23]. Debió nacer en 1463, porque en la Bula de su legitimación, de 5 de Noviembre de 1481, le llama Sixto IV adolescente romano, hijo tunc Diacono Cardenali et soluta, y al ser nombrado tutor de su hermano menor, Juan, en 29 de Enero de 1483, debía tener al menos veinte años. El Rey Fernando el Católico le concedió privilegio de legitimación y naturalización el 9 de Octubre de 1481, y en 20 de Mayo de 1485, el título de Egregius, extensivo a sus hermanos, a quienes nombra por este orden: a César, a Juan y a otro, cuyo nombre está en blanco, que debe ser Jofre; fundándose este título en los méritos que contrajo en la conquista de Ronda, en cuyo arrabal entró el primero por la fuerza de las armas, según afirma el Rey haberlo visto por sus propios ojos. En igual año y con fecha 3 de Diciembre, en Alcalá de Henares, le vendió el Rey en 63.121 timbres, tres sueldos y nueve dineros, la villa de Gandía, y como había sido ya vendida el 4 de Junio de 1470 a la ciudad de Valencia por su padre don Juan II de Aragón, que fué Duque de Gandía, le impuso D. Fernando la obligación de satisfacer a la ciudad las cantidades entregadas por ella y de depositar las sobrantes en la Tesorería Real, como se hizo el 14 de Diciembre, y el día 20 le hizo el Rey merced del título de Duque perpetuo y hereditario, que continuó en la Casa de Borja hasta su extinción, por línea directa y varonil, de esta famosa raza en 1748[24].
Tanto por el afecto que profesaba a su antiguo Camarlengo, como por el interés de atraerse la benevolencia del Cardenal Vicecanciller, arregló el Rey Fernando el matrimonio del Duque de Gandía con D.ª María Enríquez y Luna, hija de D. Enrique Enríquez de Quiñones, hermano de la Reina de Aragón D.ª Juana, y Mayordomo mayor de su sobrino el Rey D. Fernando; pero D. Pedro Luis murió en Roma, en Agosto de 1488[25], sin haber consumado el matrimonio y dejando por heredero del Ducado de Gandía y demás bienes a su hermano Juan, aún menor de edad, según testamento otorgado el 14 del mismo mes y año, en el cual legó 11.000 timbres como dote a su hermana Lucrecia. El Ducado de Gandía dejado a Juan, la dote legada a Lucrecia y la fecha del nacimiento de Pedro Luis, cuando ya habían empezado las relaciones de la Vannozza con el Cardenal Rodrigo, son datos que confirman la opinión de Mariana y la de los autores que la siguen.
Entre los recientes apologistas de Alejandro VI, que para rehabilitarle han apelado, según Pastor, a la indigna alteración de la verdad histórica, figuran el dominicano Ollivier[26] y el escolapio Leonetti[27]. Niega el primero la autenticidad del epitafio, mientras el segundo, haciendo caso omiso de Bulas de legitimación, despachos de diplomáticos y testimonios contemporáneos, pretende que los hijos de Vannozza no lo fueron del Papa, sino de un su hermano que quedó rezagado en España o de un hijo del Prefecto de Roma, Pedro Luis, hermano de Rodrigo, que murió soltero y sin conocida sucesión en 1458 o del padre del Cardenal Juan de Borja el joven, porque César le llamó hermano al participar su fallecimiento, o de cualquiera de los treinta Borjas que se encontraban en Roma. Compadecido el Papa de aquellos hijos de la Vannozza, engendrados por un Borja que se contentó con darles su apellido, sin que esto conste en documento alguno, viéndolos condenados a padecer varios padrastros, los recogió, los educó, los casó, los encumbró y los quiso como si fueran sus propios hijos, dando así lugar a que muchos los tuvieran por tales. ¡Hipótesis peregrina la de que estos hijos de la Vannozza, que Alejandro VI reconoció por suyos y carnales en documentos fehacientes, tuvieran por padre a un hermano de Rodrigo, hasta ahora desconocido, que quedó en España y desde allí los procreó en una romana que no salió de Roma!
II
Quién era la Vannozza.—Sus maridos.—Domenico d’Arignano.—Jorge de Croce.—Carlos Canale.—A la muerte de Alejandro VI estalla de nuevo en Roma, y con más fuerza, el odio contra los Borjas y los españoles.—Elección de Francisco Piccolomini, Pío III, y de Julián de la Rovère, Julio II.—Negociaciones y disputas del Papa con César Borja.—Capitulación de las fortalezas de la Romaña.—César pasa a Nápoles con un salvoconducto del Gran Capitán, que lo prende y envía a España.—Se evade del castillo de la Mota, de Medina del Campo, y muere frente a Viana peleando al servicio de su cuñado, el Rey Juan de Navarra.—Los últimos y devotos años de la Vannozza.—Sus hijos.—Juan II, Duque de Gandía, casa con D.ª María Enríquez, viuda de su hermano Pedro Luis.—El retrato del Pinturicchio en el apartamento de los Borjas.—Se desacredita como Gonfaloniero de la Iglesia, derrotado por los Orsini en la batalla de Soriano.—César, el Duque Valentino.—Su ambición.—Su carrera eclesiástica.—A la muerte de su hermano Juan cuelga los hábitos, aunque no le estorbaban en sus aventuras amorosas.—Casa en Francia con Carlota de Albret.—Jofre, Príncipe de Squillace.—Destinado primeramente a la Iglesia, contrae después matrimonio con Sancha de Aragón, hija natural de Alfonso II de Nápoles y se resigna a la constante infidelidad de su mujer.—Muere ésta y pasa a segundas nupcias con María Milá de Aragón.
¿Quién era esta Vannozza, durante largos años fiel amiga del Cardenal Rodrigo de Borja y la feliz e infeliz madre de sus ilustres hijos, según la antefirma de las cartas que les escribía? Sábese que se llamaba Vannozza, diminutivo de Juana, y que su apellido era de Cataneis, aunque usaba en sus cartas familiares el de Borja[28]; que era romana y vivía en la Plaza Pizzo di Merlo, llamada hoy Sforza Cesarini, en una casa de su propiedad cercana al palacio del Cardenal; que fué madre de cuatro de sus hijos, según rezaba su epitafio; que tuvo dos o tres maridos, de los cuales había ya enviudado antes de que muriera Alejandro VI; que alcanzó después tres Pontificados y murió en el de León X en avanzada edad y gozando fama de respetable, piadosa y benéfica señora, habiendo repartido, en vida y en muerte, su fortuna entre iglesias, hospitales y cofradías.
No fué una de tantas famosas cortesanas de las que entonces pululaban en Roma y entre las que descollaron, por cantidad y calidad, las españolas, según el testimonio de la Lozana Andaluza, de Francisco Delicado, digna compañera de la Nanna, protagonista de los Ragionamenti, de Pedro Aretino. Debió ser, en su mocedad, doncella honesta, y figúrasela Gregorovius como una de esas hermosas romanas, recias y voluptuosas, que tienen algo de la grandeza de Roma y en las que se juntan y acoplan Venus y Juno. Pero no pudo sustraerse a los ultrajes del tiempo, para las mujeres hermosas tan sensibles, y cuando pasaron los cuarenta no fué la costumbre, a pesar de su fuerza de atar, bastante poderosa para retener al ya maduro amante que por ley fatal de la edad se refocilaba y creía remozarse con el íntimo trato de las apenas núbiles doncellas. Una de éstas, la Bella, Julia Farnesio, vino a ocupar el puesto que durante veinte años había fecundamente usufructuado la Vannozza, la cual se jubiló con honores de madre, por serlo de los hijos predilectos de Alejandro VI, y continuó el Papa dispensándole a título, por decirlo así, familiar y en forma menos íntima, su bondadosa protección.
Tuvo, según Pastor, tres maridos: el primero de ellos un tal Domenico d’Arignano, con quien la casó el Papa en 1474. Cuando Alejandro VI quiso, en 1493, dar el capelo a su hijo César, Arzobispo ya de Valencia, al que para poder ordenarlo había dispensado Sixto IV, el 1.º de Octubre de 1480, del impedimento canónico, por defecto de nacimiento honesto, como nacido de Cardenal Obispo y de mujer casada[29], «salió nombrado Cardenal con probanza de muchos testigos, que juraron no ser hijo del Papa, sino de Dominico Ariñano, marido que era de la Zanozia; probanza que pasó por Rota y por el Consistorio, sin que casi persona se atreviese a hacer contradicción; tal era el poco miramiento de aquel tiempo». Esto dice Mariana, siguiendo en este punto al cronista Infessura; pero Gregorovius pone en duda que existiera este marido o que el matrimonio fuera legalmente reconocido, y se funda en que el contrato de boda con Carlos Canale expresa que pasa con éste a segundas nupcias, y en una donación a la iglesia de Santa María del Popolo, en que se declara viuda del dicho Canale y llama a Jorge de Croce su primer marido, obligándose los Agustinos a decir una misa en el aniversario del fallecimiento de cada uno de ellos, sin hacer mención del Arignano, de quien dice no hay más noticia que la del Infessura. Pero no conoció, sin duda, Gregorovius la Bula de 19 de Septiembre de 1493 en que se dice a César que había nacido del legítimo y constante matrimonio de Domenico d’Arignano, militar y doctor en leyes, y de Vanotia de Cathaneis, mujer romana, y habiendo fallecido el Domenico y quedado viuda, en ella procreamos a nuestro querido hijo el noble varón Juan de Borja, Duque de Gandía.
Después de haber sido Vannozza por largo tiempo la amiga del Cardenal Borja, dióla éste por marido, en 1480, al milanés Jorge de Croce, para encubrir así unas relaciones que continuaron, sin embargo, a ciencia y paciencia del elegido esposo. De éste tuvo un hijo, o al menos pasó por tal, el llamado Octaviano, que murió en 1486, el mismo año que su padre, y en 1481 dió a luz Vannozza otro, a quien pusieron por nombre el de su abuelo paterno, Jofre, y el Papa lo reconoció, el 6 de Agosto de 1493, por hijo suyo y de mujer viuda[30]. Para Croce obtuvo el Cardenal, del Papa Sixto IV, un empleo de Secretario apostólico, y era natural que con el aumento de familia y la paternal munificencia del Vicecanciller fuera Vannozza adquiriendo casas y viñas y las tres conocidas hosterías el León, la Vaca y el Gallo, y se enriqueciera a la par el predestinado y bonísimo marido, que fundó para él y los suyos una capilla en la iglesia de Santa María del Popolo.
No le parecía al Cardenal que la viudez fuese estado que conviniese a la Vannozza, por lo que la instó para que tomara nuevo marido que pudiera defenderla, administrar su fortuna y mantener el decoro de la casa. Y por complacerle, a los pocos meses de enterrado Croce, casó, el 8 de Junio de 1486, con el mantuano Carlos Canale, conocido como humanista en su ciudad natal, donde estuvo al servicio del Cardenal Francisco Gonzaga, y a la muerte de éste pasó a Roma con el Cardenal Sclafetano, de Parma. Habíalo conocido Borja en casa de ambos Cardenales y parecióle que, como hombre de ingenio y bien relacionado, sería para la Vannozza un buen marido. No le había servido, sin embargo, su ingenio para hacer fortuna, por lo que si aceptó la mano que le ofrecían, fué con ánimo y esperanza de que tuvieran la merecida recompensa los servicios que pudiera prestar a un Cardenal de la pujanza y largueza de Rodrigo Borja. No se sabe si Vannozza llegó a tener sucesión del Canale como del Croce; pero síntomas hubo de ella, puesto que Ludovico Gonzaga, Obispo de Mantua, dió poder a su agente en Roma para que le representara como padrino. Lo que sí se sabe es que Canale se mostraba muy satisfecho de haber emparentado, por conducto de la Vannozza, con el Papa, y de tener por hijastros[31] a los que con un elegante eufemismo llamaban los romanos «sobrinos de un hermano de Su Santidad». Canale, cuyas armas cuartelaba Vannozza con la de los Borjas, según puede verse en una pila de agua bendita donada a la iglesia de Santa María del Popolo, que se conserva en la sacristía, murió antes que el Papa[32], de suerte que al fallecimiento de éste buscó la viuda la protección de la gente de armas de su hijo César, a cuyo frente, por la enfermedad del Valentino, estaba el Príncipe de Squillace, Jofre, con el valenciano Miguel Corella, el Don Michelotto, de siniestra memoria, ejecutor de las justicias del Duque. Envió César a su madre, a su cuñada D.ª Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo, a Cività Castellana, y de allí pasó con ellas a Nepi, hasta que por enfermo, y a instancias de los Cardenales españoles, obtuvo, del bondadoso y compasivo Pío III, permiso para regresar a Roma y vino entonces a habitar con su madre el Palacio del Cardenal de San Clemente, en el Borgo, que había el Papa Alejandro dado al de Squillace; pero no considerándose en él seguro, trasladóse luego con los suyos al castillo de Sant’Angelo.
Contra los Borjas y los españoles desatóse por segunda vez, con más fuerza, la cólera de los romanos, exacerbada por la mayor duración del Pontificado. Era natural que Alejandro VI, como Calixto III, ateniéndose al consejo de «a los tuyos con razón o sin ella», favoreciese en primer término a sus parientes y luego a sus conterráneos. De los cuarenta y tres Cardenales que creó Alejandro, diecinueve eran españoles, no menos merecedores de la púrpura que los italianos. Españoles fueron sus médicos, Pedro Pintor, autor de un tratado De morbo gallico dedicado al Papa, y el valenciano Gaspar Torella; su bibliotecario, el catalán Pacell, que obtuvo el puesto que pretendía Poliziano; su camarero, Pedro Calderón, el Perotto, asesinado, según la leyenda, por el propio César en presencia del Papa; su bufón, Gabrielleto, y los soldados que formaban su guardia, capitaneada por su sobrino Rodrigo Borja, mercenarios reclutados en España, de donde vino también una legión de pecadoras, igualmente mercenarias, dispuestas siempre a entrar en la amorosa lid y a señorear, como el soldado español, la tierra extranjera que pisaban. Y fué tan grande el número de ellas[33], que se dijo había más en Roma que frailes en Venecia. Pero cuando llegó el fin del Pontificado de Alejandro VI, que las tales tuvieron por su mejor tiempo, a duras penas se salvaron los españoles de la sañuda persecución de los romanos; distinguiéndose en aquella ocasión, por la acogida que dispensó en su casa a sus perseguidos compatriotas, el Cardenal Carvajal, según lo atestiguó Alonso Hernández, de Sevilla, paniaguado de su Eminencia y autor del poema Historia parthenopea, escrito en honor del Gran Capitán[34].
César puso todas sus esperanzas en el Cardenal d’Amboise, Ministro y privado de Luis XII, que aspiraba a la tiara, y a quien prometió los votos de los once Cardenales españoles; pero éstos, manteniéndose unidos, se atuvieron a las instrucciones del Rey Católico, y se negaron a votar al francés. No era, sin embargo, posible sacar triunfante a ningún español, siquiera tuviese las dotes del Cardenal Carvajal, por lo que aceptaron al anciano y achacoso Francisco Piccolomini, propuesto por Julián de la Rovère como Papa depósito, según se llamó después al elegido sólo para poco tiempo. En efecto, no duró un mes el Pontificado de Pío III.
Aspiraba Julián de la Rovère hacía ya mucho, y con hartos méritos, a la tiara, que no había obtenido en el último Cónclave por la oposición de Ascanio Sforza, y para que no se malograran de nuevo sus deseos, que dependían de la voluntad de los Cardenales españoles, hechuras de los Borjas, abocóse con ellos y con César, y se los ganó, prometiendo al Duque el nombramiento de Gonfaloniero de la Iglesia y otras mercedes. Para obtener los votos restantes hasta el número necesario para asegurar la elección, no tuvo Julián más escrúpulos que Rodrigo, y adonde no llegaron las promesas alcanzaron las dádivas. Así es que del Cónclave, que fué el más breve en la larga historia del Papado, puesto que no duró más que un día, salió Papa, con el nombre de Julio II, Julián de la Rovère.
No eran hombres que pudieran entenderse César y el Papa, siendo igualmente grandes e irreconciliables las ambiciones del uno y del otro; pero como la fortuna, cansada de proteger al primero, se hubiera puesto de parte del segundo, era fácil de prever el fin de la dominación de los Borjas en Italia. Concertó César con el Papa que le entregaría las fortalezas que en la Romaña presidiaban sus gentes, y con este intento enviaron, de común acuerdo, a Pedro de Oviedo, cubiculario del Papa y Ministro que fué del Duque; pero arrepentido éste de lo concertado, escribió al alcaide que tenía en Cesena y se llamaba Diego de Quiñones, que prendiese y ahorcase a Oviedo, e hízolo así; lo cual tuvo el Papa por gran desacato, y mandó detener al Duque en Palacio hasta que se entregaran Cesena, Forli y Bertinoro. Entre tanto que esto se cumplía, acordaron estuviera el Duque detenido en Ostia, en poder del Cardenal Carvajal, el cual, cuando se entregaran las fuerzas, le pondría en libertad y le daría dos galeras para pasar a Francia. Luego que supo estos conciertos el Gran Capitán, envió a Ostia a Lezcano para que tratara con el Cardenal y le advirtiese que sería de grande importancia si pudiese persuadir al Duque se fuese a Nápoles, por excusar que aquel tizón no pasase a otra parte donde hiciese más daño, y le dejó para el efecto un salvoconducto del Gran Capitán. Entregáronse sin dificultad Cesena y Bertinoro; pero el alcaide de Forli, Gonzalo de Mirafuentes, navarro, no quiso entregar aquel castillo si no se le contaban quince mil ducados, que el Duque libró en Venecia. Púsole en libertad el Cardenal, y a su persuasión tomó César el camino de Nápoles, yendo a alojarse en casa del Cardenal Borja. Recibióle muy bien y agasajóle el Virrey; pero enterado éste de que el Duque, arrepentido ya de su resolución de ir a Nápoles, intentaba salirse del Reino por la posta, lo detuvo algún tiempo en Castelnovo, donde entregó su espada a Núñez Docampo, Gobernador del castillo, y después de haber alcanzado de él, con buenas palabras y la promesa de ponerlo en libertad, que se entregara Forli al Papa, acordó que don Antonio de Cardona y Lezcano lo llevaran a España, como se verificó el 20 de Agosto de 1504. Echóse en cara al Gran Capitán que hubiese faltado a su palabra, por lo que, al saberlo, dijo el Rey de Francia que «de aquí en adelante la palabra de españoles y la fe cartaginesa corrían parejas»; pero, a juicio de Mariana, el Gran Capitán, como tan prudente que era, tuvo en cuenta que los grandes Príncipes deben obrar lo que conviene y es justo sin mirar mucho a su fama y qué dirán.
Estuvo el Duque Valentino preso en España, primero en Chinchilla y luego en Medina del Campo, hasta el 20 de Octubre de 1506 en que logró evadirse, no sin peligro de su vida y harto maltrecho. Presentóse a su cuñado el Rey de Navarra, Juan de Albret, y peleando a sus órdenes, contra el Conde de Lerín, halló frente a Viana la muerte honrosa del soldado.
Muerto César, refugiado en Nápoles Jofre y reinante Lucrecia en Ferrara, donde nunca se atrevió Vannozza a presentarse, la feliz e infeliz madre de los Borjas quedó en Roma y volvió a su casa de la plaza Branca, hoy Cairoli, contando con la protección de los Farnesios, emparentados con el Papa por la boda de Laura Orsini, la hija de Alejandro VI y de la Bella. Para salvar su fortuna donó, el 4 de Diciembre de 1503, a su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, las casas que poseía en la plaza Pizzo di Merlo, reservándose el usufructo vitalicio y comprometiéndose los Padres Agustinos a decir una misa el 24 de Marzo por el alma de Carlos Canale, otra el 13 de Octubre por la de Jorge de Croce, y otra el día en que ella muriera. Los últimos quince años de su vida fueron para Vannozza de apacible y digno reposo. Gozó de la grandeza de los hijos, que alcanza refleja a los que tuvieron la fortuna de engendrarlos, y en ella no vieron ya los romanos a la concubina de Alejandro VI, sino a la magnifica e nobile Madonna Vannozza, que Paulo Jovio llamó donna dabene; es decir: señora honrada, madre de la Duquesa de Ferrara, que cantó Ariosto en su Orlando furioso, y del famoso César que fué el Príncipe ideal de Maquiavelo. Contaba con medios bastantes de fortuna para que no le faltasen amigos en el Sacro Colegio, aunque de él hubiesen ya desaparecido los Cardenales hechuras de los Borjas. A la vida devota la inclinaban, naturalmente, sus muchos años; los recuerdos de la lejana mocedad, alborotada y pecadora; la muerte del potente protector y de los hijos y maridos, y el ambiente romano con sus iglesias, que pasaban entonces de trescientas, sus poblados conventos de frailes y de monjas y sus innumerables hermandades y obras pías, que servían para que el alma adormida despertase a tiempo, y la descarriada oveja, que abundaba en Roma, cansada de triscar por montes y por valles, se restituyera al redil con las primeras sombras de la noche. La vida devota y la frecuentación del confesor en busca de absolución y de consejo, no la obligó a apartarse del trato de las gentes que gustó de cultivar, no sólo en edad propicia a tentaciones, sino cuando después de haber a ellas sucumbido estaba ya harta y satisfecha.
Murió a los setenta y seis años, el 26 de Noviembre de 1518, y fué su fallecimiento anunciado, según la costumbre romana, por un pregonero que gritó: «El Señor Pablo participa que ha muerto Madonna Vannozza, madre del Duque de Gandía. La difunta pertenecía a la Hermandad del Gonfalone.» Fué enterrada con gran pompa, como si fuera un Cardenal, en su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, junto a su hijo D. Juan, el Duque de Gandía, y a sus honras acudió la aristocracia y burguesía romana, que formaba parte del Gonfalone, y el Papa León X se hizo representar, cosa nunca vista, por dos de sus camareros.
Siete años después, Marcantonio Altieri, guardián del Gonfalone, haciendo el inventario de los bienes de la Hermandad, enumeraba los valiosos donativos de joyas y otros socorros de la Vannozza que habían permitido cancelar obligaciones y alimentar crecido número de pobres y niños, por lo que la Hermandad acordó por unanimidad, no sólo solemnizar sus exequias con toda esplendidez de honores y pompa, sino también recordar su memoria con un magnífico y grandioso monumento, que no se llevó a efecto. Por pública aclamación se resolvió igualmente festejar en adelante el día de las exequias en Santa María del Popolo, donde estaba enterrada, con misas, concurso de hermanos, profusión de cirios y hachas y toda clase de devociones, y esto, no sólo para recomendar su alma a Dios, sino para demostrar al mundo que odiaban la ingratitud.
Dijéronse, por los Padres Agustinos de Santa María del Popolo, las convenidas misas durante doscientos años, al cabo de los cuales, según Gregorovius, las suprimió la autoridad eclesiástica, bien fuera porque las estimara bastantes para sacar de penas el alma de Vannozza, si estaba aún purgando en el otro mundo sus pecados, bien porque empezaba a levantar cabeza una conciencia crítica e histórica. Más tarde, añade, un sentimiento de odio, y quizá de vergüenza, hizo desaparecer la lápida sepulcral con su epitafio. Creemos, sin embargo, que esta desaparición no se debió a un sentimiento de odio, harto tardío, sino simplemente a la acción destructora del tiempo que acabó por borrar el epitafio y por gastar la piedra, como sucedió con otras tumbas que sin motivo alguno corrieron igual suerte que la de Vannozza en Santa María del Popolo.
Según el tal epitafio, era Vannozza madre de los Duques César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y de la Duquesa Lucrecia de Ferrara. ¿Quiere esto decir que el mayor de los cuatro fuese César? No andan los autores de acuerdo respecto de la fecha de su nacimiento, que varía de 1474 a 1476. Gregorovius sostiene que nació en 1476, fundándose en los despachos de los Embajadores del Duque Hércules de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio y Saracini; el primero de los cuales, en Febrero y Marzo de 1493, daba a César dieciséis o diecisiete años, y el segundo, en 26 de Octubre de 1501, refería una conversación que había tenido con el Papa, quien le dijo que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en Abril veintidós años y el Duque de Romaña veintiséis. De mayor peso son las razones, basadas en Bulas pontificias, en favor de la fecha de 1474, que es la asignada por Burchard. En la primera Bula de legitimación, de 1.º de Octubre de 1480, se dice que tenía seis años cumplidos y no había llegado al séptimo, y en otra Bula de Inocencio VIII, de 12 de Septiembre de 1484, se dice que estaba en el nono; de suerte que, según Oliver, la época de su nacimiento queda reducida al espacio que hay entre el 13 de Septiembre y el 1.º de Octubre de 1475. Esta es la fecha que fija Pastor, teniendo a la vista un documento por él hallado en el Archivo Vaticano, y es el nombramiento de César para el Arzobispado de Valencia en 31 de Agosto de 1492, en el que le dice el Papa que, nombrado por Inocencio VIII Obispo de Pamplona a los diecisiete años, había desempeñado laudablemente el cargo y tenía ya unos dieciocho años[35]. Tanto de esta Bula como de las otras dos citadas por Oliver se deduce que César nació en 1474 y no 1475, puesto que el 1.º de Octubre de 1480 tenía seis años cumplidos y dieciocho el 31 de Agosto de 1492.
En cuanto a la cuestión de la primogenitura, a pesar de la respetable opinión del Barón Pastor[36], que es la de Gregorovius, Oliver, Höfler, el Marqués de Laurencín y la generalidad de los historiadores, que tienen por mayor a Juan, creemos, con el Sr. Sanchís, que lo fué César. Además del epitafio de Vannozza y del orden en que el Rey Católico los nombra al hacer a ellos extensivo el título de Egregio concedido a Pedro Luis de Borja, hay en abono de esta opinión, no sólo la de Burchard[37], que es terminante, sino varias pruebas documentales, como el instrumento de tutela a favor de Pedro Luis, hecho en 29 de Enero de 1483, en que se llama a Juan infante, el testamento otorgado por Pedro Luis el 14 de Agosto de 1488, en que al nombrar a Juan su heredero le sujeta a curadoría hasta que llegue a los veinte, y, en fin, la dispensa ex defectu ætatis, dada el 28 del propio mes y año por el Papa Inocencio VIII al segundo Duque de Gandía para las capitulaciones matrimoniales con D.ª María Enríquez, por no haber cumplido los catorce años, contando entonces sólo doce, según el Breve de dispensa, por lo que debió nacer en 1476. Por último, la antes citada Bula del 19 de Septiembre de 1493, que declara a César hijo legítimo, dice que Juan fué procreado después, cuando Vannozza era ya viuda.
Heredó D. Juan de su hermano Pedro Luis el Ducado de Gandía, y por su enlace con D.ª María Enríquez emparentó con el Rey Católico. Del de Nápoles obtuvo, al casarse Jofre, el Principado de Tricarico, y luego el de Teano y el Ducado de Sessa, que su viuda vendió en 1506 al Rey Católico y éste hizo de él merced al Gran Capitán. Era Gandía el predilecto de su padre, el ojo de Su Santidad, según decía Canale. Dedicáronlo a la carrera de las armas para que fuera estirpe de un linaje que había de ser, tal como Alejandro lo soñaba, uno de los más ilustres en Italia y España. César y Jofre se vieron, sin vocación, destinados a la Iglesia. Al de Gandía lo retrató Pinturicchio en el fresco de la Disputa de Santa Catalina, siendo el gallardo mozo, jinete en un caballo blanco y tocado con un turbante, porque gustaba mucho de vestir a la turca en competencia con el Príncipe Djem, que también figura en el fresco[38]. En punto a costumbres, pecaba de enamorado y mujeriego, como el padre, y tenía además la pasión del juego y la afición al vino, sin que estos vicios se vieran compensados por virtudes o calidades que los hicieran disculpables; siendo justificada la opinión de los españoles que, según Bernáldez[39], le tenían por un muy mal hombre, soberbio, muy enlodado de grandeza e de mal pensamiento, muy cruel y muy fuera de razón. Ansiaba el Papa tener a su lado a aquel hijo predilecto, a quien suponía grandes dotes militares, y para apresurar su regreso de España nombróle Capitán general de la Iglesia, aun reconociendo su poca edad e inexperiencia, pero dando como razón del nombramiento el haberlo pedido el Rey D. Alfonso y los principales condotieros, el Señor de Pesaro (su yerno), el de Piombino, D. Próspero Colonna y otros Señores y Barones que no querían estar a las órdenes de un Capitán que no fuera de la sangre del Papa. Puesto al frente de las tropas pontificias destinadas a castigar a los Orsini, quedó en la batalla de Soriano derrotado su ejército y demostrada su incapacidad, viéndose obligado Alejandro a hacer las paces con aquellos poderosos Barones romanos, émulos de los Colonnas. Y para rescatar a Ostia, que había quedado en poder de los franceses, apeló el Papa a la amistad de Gonzalo de Córdoba, que con mil infantes y seiscientos caballos se apoderó en ocho días de la plaza. Hizo su entrada en Roma el Gran Capitán acompañado del Duque de Gandía, y allí se vió la diferencia entre un verdadero General, hombre de Estado, y un Príncipe de teatro, cubierto de oro y alhajas.
Cuentan los historiadores aragoneses Abarca y Zurita que le recibió el Papa sentado en su solio y rodeado de su familia, de los Cardenales y de la Corte, y que cuando se inclinó Gonzalo para besarle el pie se levantó Alejandro y le besó en la frente, manifestándole su gratitud por el servicio que le había hecho y dándole por su mano la rosa de oro con que solían los Papas premiar cada año a los beneméritos de la Santa Sede. Mas como al despedirse le diese el Papa algunas quejas de los Reyes Católicos, que él mejor que nadie conocía, respondióle el Gran Capitán con libertad y rudeza de soldado, llegando a decirle «que le valía más no poner la Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas, teniendo con tanta publicidad cerca de sí y en tanto favor sus hijos, y que le requería reformase su persona, su casa y su Corte, que bien lo necesitaba la cristiandad». Enmudeció el Papa, asombrado de que supiese apretar tanto con palabras un soldado, y que así hablara al Pontífice, en punto de reformas, un hombre no aparecido del cielo.
Muy otro era César; no porque tuviera menos vicios que su hermano, sino porque estaba dotado de mucho mayor entendimiento y sagacidad. Animoso condotiero y astuto político, desleal y falso, según era entonces uso, león y raposo a la par, como debía ser, a juicio de Maquiavelo, el perfecto Príncipe, había heredado del padre la jocunda serenidad propia de la familia; pero era terrible en sus odios y venganzas, y su crueldad pareció, aun en aquellos tiempos, excesiva. Su desmedida ambición no conocía obstáculos ni escrúpulos, y fiel a su lema aut Cesar aut nihil, después de haber sido señor potísimo en Italia, murió en España oscuramente, no como Capitán, sino como soldado al servicio de una causa mezquina e ingloriosa. Claro es que no le llamaba Dios por el camino de la Iglesia, aunque lo recorrió en breve tiempo, sin pararse en barras. A los siete años era Protonotario Apostólico; diez años después, Obispo de Pamplona; al siguiente, Arzobispo de Valencia, y al otro, Cardenal. Para que pudiera ordenarse le dispensó Sixto IV el impedimento de honestidad por ser hijo de Cardenal y de mujer casada, y para hacerlo Cardenal lo declaró Alejandro VI hijo legítimo de la Vannozza y de su marido Domenico d’Arignano. Harto sabía César que en la carrera eclesiástica no podría llegar a la meta, o sea al papado, y como no bastara a su ambición la púrpura cardenalicia, aspirando a más altas grandezas mundanas y aun a coronas reales, colgó en cuanto pudo los rojos hábitos talares. No le estorbaron, sin embargo, para sus aventuras amorosas, que tempranamente empezaron con la Fiammetta y siguieron después con honestas meretrices y deshonestas damas, demostrando en ellas que al heredado apetito acompañaban las dotes necesarias para dejar satisfechas a cuantas invitaba a compartirlo. Entre las damas figuró durante algún tiempo su cuñada D.ª Sancha de Aragón, mujer de su hermano Jofre, y la leyenda, que ha hecho de estos Borjas unos monstruos de crueldad y de concupiscencia, no se ha detenido ante el incesto, acusando a Lucrecia de haberlo cometido con su padre y con su hermano.
César, que tenía puestos los ojos en la corona de Nápoles, aspiró a enlazarse con Carlota de Aragón; pero ni ésta ni el Rey Fadrique, su padre, prestáronse a la boda, y Luis XII, deseoso de ganárselo, hízolo Duque de Valencia, en Francia, y cuando fué a Chinon como portador del capelo para Amboise y de la dispensa para que pudiera el Rey casarse con Ana de Bretaña, ofrecióle la mano de la bellísima Carlota de Albret, hermana del Rey Juan de Navarra. El 12 de Mayo de 1499 celebróse en Chinon, con gran pompa, el matrimonio; que aquel mismo día y noche quedó ocho veces consumado, según lo participó César a su padre por medio de un correo despachado al efecto[40]. Escribió también Carlota a Su Santidad, muy contenta con el marido, que la había dejado satisfecha. Mas duró poco la luna de miel, pues a los cuatro meses partió el Duque Valentino para Italia, y su azarosa vida y temprana muerte le impidieron volver a reunirse con su esposa y conocer a su hija, fruto de su efímera temporada conyugal[41].
Jofre, Príncipe de Squillace en el Reino de Nápoles, el menor de los hijos que tuvo Rodrigo de Borja en la Vannozza, y a quien, por Bula de 6 de Agosto de 1493, reconoció como hijo suyo y de mujer viuda[42], estaba destinado a seguir, como César, la carrera eclesiástica que empezó tempranamente, puesto que era ya canónigo de Valencia a los diez años; pero razones políticas movieron al Papa a cambiar de parecer y a casarlo con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey D. Alfonso II de Nápoles; habiéndose celebrado el matrimonio por poder, en Roma, el 16 de Agosto de 1493, y representando a la novia su tío Fadrique, Príncipe de Altamura, que recibió el anillo nupcial con risa de los asistentes y del Papa, que lo abrazó. El 11 de Mayo del año siguiente se casaron de presente en Nápoles, cuando Jofre sólo contaba trece años. Dos más tenía Sancha, que a los ocho se había desposado con Honorato de Gaetani, desposorios anulados por una Bula de 17 de Septiembre de 1493, casando Gaetani el 8 de Diciembre con Lucrecia, hija natural del Rey Fernando.
Era Sancha mujer de gran belleza, como su madre Trusia, hija de Ursula Caraffa, de Gaeta, y de Antonio Gazella, Señor de Campello, Secretario de Fernando y su Embajador en Milán y en Roma. La sangre real aragonesa que corría por sus venas, al mezclarse con la napolitana, resultó ferventísima e hízola por demás enamorada y pecadora, sin que para su salacidad hallase freno ni remedio el cuitado marido, que apenas varón la noche de la boda tuvo que habérselas con aquella hembra harto viripotente[43]. Jofre, que según decía su hermano César era hombre para poco, resignóse a la constante infidelidad de su mujer, y mientras ésta llamaba la atención de los romanos por su hermosura y sus amores, y pasaba de los brazos del Cardenal de Valencia a los del Duque de Gandía, causa, según se dijo, del fratricidio atribuido a César, buscaba el pacientísimo marido el venal consuelo que en su infortunio le ofrecían las menos honestas meretrices y andaba con otros españoles a caza de nocturnas aventuras, en una de las cuales tuvo un encuentro con los esbirros y quedó malherido, con gran disgusto de Su Santidad. A la muerte de Alejandro VI púsose al lado de César y le acompañó a Nepi, mientras D.ª Sancha, a quien, para mayor seguridad, dejó en el Castillo con los dos pequeñuelos Rodrigo y Juan, tomó el camino de Nápoles con Próspero Colonna para tratar de recuperar sus bienes en aquel reino. Reuniósele el marido cuando fué con César a Nápoles; pero no duró la unión más que una semana y tuvo que volverse el Príncipe con su hermano a casa del Cardenal Borja, cuyos esfuerzos, así como los del Gran Capitán y los de la Reina de Hungría y la Duquesa de Milán, resultaron vanos para reconciliar a los mal avenidos cónyuges. No es cierto que Jofre corriera la misma suerte que César y estuviera con él preso. Veíasele todos los días con el Gran Capitán, con quien cabalgaba y triunfaba, faltándole solamente para colmar su felicidad, según escribía Pandolfini, recobrar a su mujer, que no quería saber nada con él. Un año después[44], y en edad tempranísima, falleció sin sucesión D.ª Sancha, y pasó el viudo a segundas nupcias con doña María Milán de Aragón, de los Condes de Albaida por su padre, y Villahermosa por su madre, en quien tuvo descendientes, siendo la última D.ª Ana de Borja, que a principios del siglo XVII trajo a la Casa de Gandía el principado de Squillace por su matrimonio con D. Francisco de Borja. Dice Gregorovius que no se sabe el fin que tuvo Jofre; pero en una carta de 2 de Enero de 1517 daba Lucrecia al Marqués Francisco Gonzaga la noticia del fallecimiento de su querido hermano el Príncipe de Squillace, que le había sido comunicada por un correo enviado por don Francisco de Borja, hijo del difunto.
III
Nacimiento de Lucrecia.—Su educación encargada a Adriana Milá.—La religión.—Las lenguas y letras clásicas.—Las mujeres italianas del Renacimiento.—Las Claras Mujeres de Jacobo de Bérgamo.—Los conocimientos de Lucrecia según el biógrafo de Bayard.—Sus retratos.—Las medallas de Filippino Lippi y Caradosso.—Los cuatro retratos que Yriarte supone reproducción del único retrato de Lucrecia, obra de Dossi.—La placa de plata del arca de San Maurelio.—La Schiavona, del Tiziano.—La Santa Catalina, del Pinturicchio.—Lucrecia según la describieron sus contemporáneos.—Los áureos cabellos de Lucrecia.—Su dulzura y su gracia.—La alegría de los Borjas.—Sus dos pasiones, según Catalano: el flirt y las fiestas.—Su afición a los trajes y las joyas, y su rivalidad con Isabel de Este.—Carácter opuesto de las dos cuñadas.—Las fiestas y diversiones de la Corte de Ferrara.
Nació Lucrecia en Roma, el 18 de Abril de 1480, según el documento valenciano de sus esponsales con don Cherubín Joan de Centelles, hermano del Conde de Oliva[45], fecho el 26 de Febrero de 1491, en el cual se expresa que el matrimonio se llevaría a cabo en el mes de Abril del año 1492, en que cumplía Lucrecia, el día 18, los doce años. Y el Papa Alejandro VI, en una conversación que tuvo con el agente del Duque Hércules de Ferrara, y que éste refiere en despacho de 26 de Octubre de 1501, díjole que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en el siguiente Abril veintidós años. Esto no obstante, Pastor, siguiendo a L’Epinois y a Citadella, le echa un par de años más, dándola por nacida en 1478.
Educóse en casa de Adriana Milá, hija de Pedro Milá, primo hermano del Cardenal Borja, y mujer de Ludovico Orsini, señor de Bassanello, de quien tuvo a Orsino Orsini, el Tuerto, marido de Julia Farnesio. Gozó Adriana de gran valimiento con su tío el Cardenal, aun antes de ser suegra de la Bella, y lo atribuye Gregorovius a que había ya mediado en otras intrigas y aventuras de Rodrigo y estaba al tanto de sus secretos y pecados. Pero la razón de que le confiara la educación de su hija predilecta debió ser porque Vannozza, concubina y madre ejemplar, no era mujer de letras ni había todavía adquirido, con el íntimo trato cardenalicio, esa culta gracia natural femenina, desenvuelta y perfeccionada, que se designaba entonces con la palabra latina pudor, y que hubo de poseer Lucrecia en alto grado.
No hay ningún dato que permita afirmar o suponer que estuvo de educanda en el convento de San Sixto, en la vía Appia, pues sólo se sabe que a él se retiró en 1498, cuando, separada de su primer marido, dió a luz un hijo cuya paternidad se atribuyó a Pedro Calderón, el primer Camarero de Su Santidad, y que pudo ser el infante romano Juan, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501 como hijo de César y del Papa.
En la educación de toda mujer italiana entraba entonces, como ahora, en primer término, la religión, cuyas prácticas se consideraban esenciales y se guardaban ostensiblemente hasta por las más grandes y empedernidas pecadoras. Es, pues, seguro que tanto Vannozza como Adriana cuidarían de que conociese Lucrecia, desde su más tierna infancia, las verdades de nuestra santa religión y cumpliera todos los preceptos de la Iglesia. En esto mostróse Lucrecia siempre puntualísima, y mereció los elogios del Embajador de Ferrara en Roma, quien escribía al Duque que era no menos católica, temerosa de Dios e iba a confesarse en Nochebuena para comulgar el día de la Natividad.
Además de la religión, era base de la enseñanza, común a ambos sexos, el conocimiento de las lenguas clásicas y de los tesoros literarios, griegos y latinos, cultivando también las mujeres la elocuencia y la poesía, la música y el dibujo, a que, naturalmente, las convidaba el florecimiento de las Bellas Artes. Brillaron las mujeres italianas del Renacimiento por su superior cultura en varias disciplinas, siendo tanto más admiradas cuanto que no andaban reñidos el entendimiento y el saber con la belleza y con la gracia. Jacobo de Bérgamo, en el libro que escribió en 1496 sobre Las Claras Mujeres, cita, entre otras, a la veneciana Casandra Fedeli, que era a fines del siglo XV maravilla de su tiempo y tan maestra en Filosofía y Teología, que competía con los más doctos varones, y con ellos discutía públicamente en presencia del Dux Agustín Barbarigo, suscitando con su elocuencia y con su gracia el entusiasmo del auditorio. La bella mujer de Alejandro Sforza, de Pesaro, Constanza Varano, era también muy versada en poesía, elocuencia y Filosofía, trayendo siempre entre manos a San Agustín y San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio y a Séneca y Cicerón. No fué menos erudita su hija Bautista Sforza, que casó con Federico de Urbino. La famosa Isotta Nugarola de Verona estaba también muy familiarizada con los Santos Padres, que tampoco les eran desconocidos a Isabel de Este y a Isabel Gonzaga. De Hipólita Sforza, la mujer de Alfonso II de Aragón, Rey de Nápoles, dice el de Bérgamo que reunía una cultura finísima, una maravillosa elocuencia, una belleza rara y un nobilísimo pudor femenino. Gran renombre alcanzó como poetisa Vittoria Colonna y de la Trivulzia, de Milán, que a los catorce años llamaba la atención por su elocuencia; dícese que cuando los padres se dieron cuenta de las extraordinarias dotes de la niña, que tenía apenas siete años, la dedicaron a las Musas para que éstas la educaran.
LUCRECIA BORJA
Medalla de Filippino Lippi.
ANVERSO
REVERSO
En la pléyade de Las Claras Mujeres del Renacimiento no tiene derecho a figurar Lucrecia Borja. Había aprendido lenguas, música y dibujo en Roma, y más tarde, en Ferrara, admiráronse mucho sus bordados de seda y oro, para los que debió tener por maestro al bordador de Leonor de Aragón, el español Jorba[46] famosísimo en su arte. El biógrafo de Bayard decía de ella, en 1512, que «hablaba español, griego, francés y un poquito también correctamente el latín, y en todas estas lenguas escribía y hacía versos». Tenía Lucrecia tanto de española como de italiana, y no es extraño que ambas lenguas le fueran igualmente familiares, y sobre todo, el valenciano, que era la lengua materna que hablaba siempre el Papa con los suyos. Sus cartas a Bembo, dos en español y siete en italiano, muestran algún sentimiento, pero ninguna profundidad espiritual. La caligrafía es desigual: a veces los trazos enérgicos y duros recuerdan la del padre, otras veces la escritura clara y menuda se asemeja a la de Vittoria Colonna. En ninguna de sus cartas se ve que poseyera el latín; mas algo debía entenderlo puesto que el Papa la dejó en el Vaticano como representante suyo, con facultad de abrir sus cartas. Muy somero debía ser también su conocimiento del griego, que es posible aprendiera con Ludovico Podocatharo, médico de Inocencio VIII y secretario de Rodrigo Borja, que lo hizo Obispo y Cardenal. Y aunque en alguna Historia de la Literatura italiana figura Lucrecia como poetisa, ni sintió el estro divino, ni de sus versos se conoce más que una canción española en una de sus cartas a Bembo, canción que debió tomar de alguno de los cancioneros españoles que poseía[47], como las que se tuvieron por poesías de Bembo, compuestas en español para Lucrecia, y fueron simplemente copias que hizo para su uso, de estrofas de Alonso de Cartagena, Juan de Tapia, Juan Alvarez Gato y Diego López de Haro. Verdad es que el enamorado Bembo, en una poesía latina dedicada a Lucrecia, la llama poetisa y dice que cuando declama versos en lengua vulgar parece nacida en tierra italiana, y cuando toma la pluma y compone versos y poemas, son versos y poemas que emanan de las Musas. Pero ni los Strozzi, ni Ariosto, ni Aldo, ni otros muchos de sus contemporáneos, que no anduvieron parcos en el elogio de Lucrecia, no hubieran dejado de otorgarle las palmas de la poesía de haber sabido que también la cultivaba la Duquesa de Ferrara, y aun hubiera salido a relucir su tía D.ª Tecla de Borja, hermana de Alejandro VI, poetisa muy loada por el gran poeta Mosén Ausias March. Para lo que sí tenía dotes y gracia especialísimas era para el baile y, sobre todo, para las danzas españolas. El Prete que informaba a la Marquesa de Mantua de cuanto pasaba en la Corte de Ferrara, le escribió que tenía la Duquesa dos bufones españoles que cuando bailaba iban gritando por la sala: «Miren la gran señora, qué linda es de cara y qué bien baila: poco y bueno.»
De Lucrecia no existe, según Gregorovius, más retrato que el de las dos conocidas medallas. La de Filippino Lippi (reproducida en este libro), modelada en cera en Bolonia en 1502 y ejecutada en 1505, cuando ya era Duquesa de Ferrara[48], es una de las más bellas del Renacimiento. En ésta, que llama Yriarte la medalla heroica, Lucrecia está con el cabello suelto, sin adorno ni detalle ninguno indumentario. En el reverso, que es precioso, hay un amorcillo atado a un laurel, teniendo a sus pies un violín y un papel de música: del árbol pende, rota, la aljaba, y en el suelo está el arco con la cuerda rota; alrededor se lee la siguiente inscripción: Virtuti ac forma pudicitia prœciosissimum, que quería decir que había pasado el tiempo de los amores libres, estando ya atada al laurel, que simbolizaba la Casa de Este. La otra medalla, atribuída a Caradosso y llamada la de la redecilla por el peinado, tiene más carácter de retrato y sus detalles coinciden con los que Yriarte cree retratos de Lucrecia, si bien, en punto a traje y peinado, existe igual coincidencia con los de otras damas de su época. El cabello, aplastado en ondas regulares, que cubren parcialmente la frente y baja en cocas que ocultan por completo las orejas, está recogido por detrás en una coleta, que llamaban cuazzone las milanesas, dejando libres dos rizos o tirabuzones que caen a ambos lados de la cara. La lenza o hilo que ciñe la cabeza y la bordada redecilla en la parte posterior del cráneo, completan el peinado. Esta descripción del de Lucrecia es la del de Beatriz de Este en el busto de Cristóforo Romano, que se conserva hoy en el Louvre.
Crowe y Cavalcaselle, después de discutir los supuestos retratos de Lucrecia, creen, como Gregorovius, que no existe ninguno auténtico y que hay que atenerse a las medallas, y de la misma opinión es el Marqués Campori. Pero si no se ha podido encontrar ningún retrato de mano de un gran artista contemporáneo, hay cuatro, a juicio de Yriarte, que son la reproducción del único retrato de Lucrecia. Uno es el de Ferrara, que poseía Mgr. Antonelli; otro, el del Museo de Nimes; el tercero, el de Florencia, de Mr. Spence, y el último, reproducido en color por Yriarte en su libro Autour des Borgia, el del Sr. Gugenheim, de Venecia. Estas cuatro Lucrecias, dice, vistas por el mismo artista el mismo día, con la misma redecilla, el mismo collar, el mismo traje del dibujo de Dosso Dossi, representan el mismo personaje que fué, probablemente, retratado por un hermano de este artista, pintor oficial de la Corte de Ferrara[49].
Los demás supuestos retratos, el del Tiziano, de la Galería Doria, de Roma; el de Giorgione, del Museo de Dresde, y el de Dosso Dossi, de Londres, de Mr. Henry Doetsche, no tienen el menor parecido con Lucrecia. El de la Galería Doria, y el del Museo Nacional de Stockholmo, son réplicas o copias del que hoy está en la Galería de Sir Herbert Cook, en Richmond. De Venecia pasó a Praga a poder del Emperador Rodolfo II; de allí a Stockholmo, como botín de guerra; vino a Roma con la Reina Cristina de Suecia; a su muerte pasó a la familia Azzolini, de quien lo adquirió el Príncipe Livio Odescalchi, y luego a la Galería del Duque de Orleans, en el Palacio Real, en 1721; vendiólo Felipe Igualdad a un banquero de Bruselas, y fué, por último, a parar a Londres; lo compró allí el Conde de Suffolk en 52.000 francos, y de otras manos pasó a las de su actual poseedor. Lo grabó Sadeler, en Praga, y le dió el nombre de Lucrecia Borgia; pero Malœvre, que lo grabó, en 1786, para la Galerie du Palais Royal, lo cambió por el de La Esclavona, con el que figuraba en el catálogo de Roma[50]. Aunque esta Esclavona en nada se asemeja a Lucrecia, un autor italiano, Portigliotti, que recientemente ha maltratado a los Borgias[51], cree, sin embargo, inducido a error por Sadler y por Ridolfi, que éste es el retrato de la Duquesa de Ferrara, que pintó Tiziano al mismo tiempo que el del Duque, que se encuentra en el Museo del Prado. En cuanto al del Duque, ya probó cumplidamente Justi que no es Alfonso de Este el retratado, e intentó, equivocadamente, demostrar, por semejanza con unas medallas, que era Hércules II, el hijo de Alfonso y de Lucrecia. Los Sres. Allendesalazar y Sánchez Cantón[52] identifican, con fehacientes datos, el personaje, que es Federico Gonzaga, primer Duque de Mantua, hijo de Isabel de Este, a quien retrató Tiziano, en Mantua, en 1530.
Se ha dicho, y se ha repetido tantas veces, que el Pinturicchio retrató a Lucrecia, y que ésta es la Santa Catalina de Alejandría, del famoso fresco de la Sala de los Santos, del apartamento de los Borjas en el Vaticano, reproducida al frente de este libro, que ha llegado a tenerse por cosa cierta, aunque para afirmarlo no haya ningún dato ni fundamento serio. No hay autor contemporáneo que lo diga. El propio Vasari, que ha creído ver a Julia Farnesio en una Virgen, que está, según ya queda dicho, en una sobrepuerta de la Sala de los Santos, no hubiera dejado de hacernos saber que la protagonista de la disputa de Santa Catalina era la hija de Alejandro VI. En nuestros días surgió la idea de que Pinturicchio no se había contentado con retratar al Papa, sino que había querido dejar a la posteridad el recuerdo de la prole y de la Corte de Alejandro VI, retratándola en sus frescos de las salas de los Borjas. Y el Conde Lemmo Rossi Scotti, que había pasado largas horas contemplando y copiando estos frescos, se persuadió de ello y quedó convencido de que la Santa Catalina de Alejandría no era otra que la propia Lucrecia, siquiera no se pareciese a la Lucrecia de las medallas y de los cuatro retratos que Yriarte tiene por reproducciones del perdido de Dossi; mas hay que tener en cuenta la diferencia de edad, pues apenas contaba trece años cuando pintó su fresco el Pinturicchio[53].
No podía competir Lucrecia con Julia Farnesio en hermosura. Los que la miraron con enamorados ojos la tuvieron por la propia Venus, y puestos en el caso de Paris no hubieran vacilado en darle la fatal manzana. Pero si no reunió el conjunto de perfecciones físicas, que valieron a Julia Farnesio el ser llamada la Bella por antonomasia, y si, a juicio de la Marquesa de Cotrone, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara: Isabel de Este, Isabel Gonzaga y Lucrecia Borja, llevábase la palma de la belleza la primera; reconocía la Marquesa que Lucrecia, sin ser una hermosura, tenía una dolce ciera, frase italiana que, literalmente traducida, sería una cara dulce, pero que expresa algo intraducible, un especial encanto, que seducía a cuantos la veían y trataban, y cuyos efectos se hacían sentir con más fuerza en los hombres, a quienes, por natural instinto de femenina coquetería, se complacía en someter dulcemente a sus antojos y mandatos.
El primer documento diplomático que cita Yriarte para darnos a conocer a Lucrecia, tal como la vieron y pintaron sus contemporáneos, es la carta que escribió el 23-24 de Diciembre de 1493 a su hermano Giannozzo, Lorenzo Pucci, Embajador florentino cerca del Papa, que vió a Lucrecia con Julia Farnesio y Adriana Milá calentándose al fuego de la chimenea en el Palacio de Santa María dei Portici. Dice Yriarte, incurriendo en grave error, que Pucci encontró a Lucrecia parecida al Papa, adeo ut vere ex ejus semine orta dici possit. Mas no era a Lucrecia a quien se refería Pucci, sino a Laura, la hija de Julia Farnesio, la cual Julia, dice, «quiso que viese yo a la niña, que ya es grande, et ut mihi videtur est simili Pontifici». Dió suelta Julia a la rubia cabellera, que le llegaba hasta los pies, para que la peinaran, y parecióle a Pucci un verdadero sol. De Lucrecia sólo dice que se fué a quitar un peinador que tenía a la napolitana y volvió al poco rato lujosamente ataviada.
No sabemos si Julia era naturalmente rubia o si debía la dorada cabellera a alguna lexía para enruviar, como la que recomendaba Celestina, o a alguna de las recetas a far capelli biondi come oro de las que juntó en sus Experimenti Catalina Sforza, la señora de Forli. En cuanto a los decantados áureos cabellos de Lucrecia, aunque los autores del libro Les femmes blondes selon les peintres de l’école de Venise, los Sres. Baschet y Feuillet de Conches[54], la citen con Beatriz de Este y Juana de Aragón, como las tres únicas rubias verdaderas, no cabe duda de que había nacido morena, como era natural lo fuera, siendo hija de un valenciano[55] y una transteverina, y de que se teñía el pelo cada cinco días por lo menos, y cuando dejaba pasar una semana sin lavarse la cabeza quejábase de dolores que pudieran atribuirse a la mala condición del tinte. Cada cinco días tuvo que detenerse en su viaje de Roma a Ferrara, que duró veintisiete, y porque una vez transcurrió una semana sin haberse lavado la cabeza, hubo de dolerle, y se retrasó con este motivo la llegada a Ferrara.
Bernardo Zambotto, que la vió en Roma el día de su boda con Alfonso de Este, escribía: «Tiene veinticuatro años (tenía dos menos), es bella de cara, tiene hermosos ojos despiertos, es derecha de cuerpo y de estatura regular.» Cagnolo, que aquel día asistió a la ceremonia en representación de Parma, la describe: «De estatura mediana, esbelta; la cara más bien larga, la nariz bella y bien perfilada, los cabellos dorados, los ojos blancos, la boca un poco grande, los dientes relucientes, el pecho firme y blanco, ornato con decente valore: todo respiraba en ella la alegría y la sonrisa.» Si Cagnolo calificó de blancos los ojos de Lucrecia fué porque el blanco del ojo debió llamarle más la atención que el color de la pupila, pues hubiera dicho que eran azules o negros si hubiesen sido decididamente de uno u otro color. El preferido de los griegos y de los italianos, según el florentino Firenzuola en su tratado Della perfetta bellezza di una donna, eran los ojos blancos con la pupila castaña. El color de los ojos de Lucrecia acaso fuera gris, pero desde luego no muy marcado, porque ninguno de los muchos poetas que cantaron en Ferrara su dulce mirar hizo mención del color de sus ojos[56]. Fijándose Yriarte en estas descripciones y en los retratos que tiene por auténticas copias del de Dossi, nos la pinta así: «La cara era llena, sin rasgos bien definidos; los ojos grandes, blancos, muy abiertos y distantes de las cejas, y almendrados de forma; la frente lisa y muy descubierta; el mentón entrante, que fué redondeándose cuando engordó con los años. En lo físico, como en lo moral, resulta algo dulce, blando, sin voluntad ni arranques, sin exaltadas alegrías y sin cóleras terribles, una mujer sin nervios, incapaz de oponerse al destino que la hace, en manos de Alejandro y de César, un instrumento demasiado dócil.»
La dulzura y la gracia constituían el principal encanto de Lucrecia, además de la ingénita alegría heredada del padre, que caracterizaba a todos los Borjas. No heredó la lujuria paterna, que hubiera hecho de ella una ménade; pero mujer, al fin y al cabo, flaca de voluntad y no desprovista de temperamento, no pudo resistir a las tentaciones y a ellas sucumbió, debiendo parecerle sus amorosos lances pecadillos de poca monta, acostumbrada a los que cometían sin recato alguno cuantos la rodeaban.
La escasa fortuna que tuvo en sus dos primeros enlaces matrimoniales, disuelto el de Sforza por la supuesta impotencia del marido, y el segundo por el asesinato de D. Alfonso de Aragón, obra de César, no turbó en ella la alegría de vivir y pasó a terceras nupcias con Alfonso de Este, sonriente y regocijada, sin que la amedrentara la suerte que cupo en la Corte de Ferrara a la infeliz y enamorada Parisina. Y tanto bailó la noche que se publicó en Roma la noticia de la concertada boda, que tuvo un acceso de fiebre que la obligó a guardar cama el día siguiente.
Tampoco la afligió grandemente la muerte del Duque de Gandía ni la de Pedro Calderón, el Perotto, Camarero de Su Santidad, asesinados ambos por orden o por mano del Cardenal de Valencia. Otras eran o debían ser, en aquellos momentos, sus preocupaciones, porque anulado ya su matrimonio con Sforza, de quien estaba hacía tiempo separada, dió a luz un hijo que tuvo, según se dijo, por obra del tal Perotto y que creemos fuera el infante romano Juan, reconocido, cuando tenía tres años, por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, como hijo primero de César y luego del propio Papa habido en mujer soltera.
Gregorovius y los ferrareses pretenden hacer de Lucrecia dos mujeres distintas: la Lucrecia romana, que viviendo en la Corte de Alejandro VI fué acaso pecadora, sin que de sus pecados haya noticia cierta, y la Lucrecia, Duquesa de Ferrara, dechado de virtudes, que vivió adorada por sus vasallos y murió casi en olor de santidad.
Las dos pasiones de Lucrecia, dice Catalano, fueron el flirt y las fiestas. Respecto al flirt cree que las relaciones amorosas de la Duquesa con el veneciano Bembo y con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, acreditadas por cartas fehacientes, fueron pecados de pensamiento y de palabra, que no llegaron a ser obras; pero fuera o no un mero flirt, que de ello hablaremos en su lugar, resulta desde luego evidente que Lucrecia era naturalmente enamoradiza y que en Ferrara dió al corazón, por lo menos, lo suyo, cuidando de no comprometer su reputación y la honra del marido, porque si bien éste, como joven, anduviese de día buscando su placer en varias partes, y hacía muy bien, según decía Su Santidad, era hombre capaz, si se creía afrentado, de tomar cruenta y cruelísima venganza.
La otra pasión de Lucrecia, no menos femenina, pero mucho más inocente, era la de los trajes, las joyas y las fiestas. En Roma competía en el vestir con su cuñada Sancha; pero en Ferrara la competencia fué más seria, porque la entabló con otra cuñada, Isabel de Este, que pasaba por ser la mujer más elegante de Italia y por tal se la tenía también en Francia, donde la moda no había todavía sentado sus reales para ejercer desde allí, sobre todas las partes del mundo, un perdurable imperio.
Isabel, como mujer honrada a carta cabal, y religiosa, había visto con malos ojos la boda de su hermano Alfonso con la hija del Papa, sobre cuyas costumbres llegaron hasta Ferrara y Mantua las voces poco halagüeñas que corrían en Roma. Mas se resignó, sabiendo que obedecía a la razón de Estado que aconseja tales enlaces entre Príncipes, soliendo los italianos mitigar sus rigores con alguna bella y complaciente amiga, que les ayudaba a soportar el matrimonio y contribuía al aumento de la familia con una abundante prole de reconocidos bastardos, y esto sucedía en todas partes, en Roma y en Nápoles, y en Milán, y en Florencia, y en Ferrara. Las relaciones de Isabel de Este y Lucrecia Borja fueron siempre corteses, pero nunca llegaron a ser amistosas, porque lo estorbaba el opuesto carácter de las dos cuñadas. La Marquesa de Mantua era la encarnación del Renacimiento triunfante. Su prodigiosa actividad se ejercitaba en múltiples y variadas esferas. Poseída de una insaciable curiosidad, quería saberlo todo, verlo todo, hacerlo todo. Ocupábase en los negocios de Estado, supliendo las deficiencias del marido y concibiendo la política, como se practicaba entonces en Italia, para vivir al día, que no era poco, dados los revueltos tiempos que alcanzó, desde la invasión francesa de Carlos VIII hasta el saqueo de Roma por las tropas del Emperador Carlos V, coronado después en Bolonia por el Papa Clemente VII. No sintió el arte, pero protegió a los artistas, que se llamaban Mantegna y Francia, Miguel Angel y Rafael, Lorenzo Costa y Perugino, Tiziano y Correggio, y con sus obras adornó el Paradiso y los Camerini del palacio de Mantua. Fué ardiente coleccionista de antigüedades y viajera infatigable, y cantó acompañándose con el laúd, e inventó trajes y cofias y empeñó a menudo sus joyas para sufragar las empresas bélicas del versátil Marqués o los caprichos artísticos de la Marquesa, y no dió a su espíritu ni a su cuerpo instante de reposo, ni dejó que el amor le robara momento alguno de su atareada vida. Y como era, además de amable, hermosa, tuvo muchos amigos y pocos enemigos, y la cantaron los poetas, y de ella hizo el Ariosto honrosa mención en su Orlando furioso.
Claro es que también obtuvo Lucrecia puesto no menos honroso en el poema del poeta ferrarés; pero desde luego se comprende que no congeniara ni pudiera competir con su cuñada de Mantua. No atraían a la hija de Alejandro las letras ni las artes: su biblioteca era exigua y copioso el inventario de sus ropas y alhajas. Su perezosa actividad no traspasaba los límites del cuidado de su persona y del cultivo de aquellas artes que, como la danza, contribuían a realzar su ingénita gracia y a conquistarle la admiración y el aplauso cortesano. Los trajes y las joyas eran su principal preocupación, y fué su mayor afán el empuñar el cetro de la moda, que estaba entonces en manos de la Marquesa de Mantua. En cuanto a las alhajas, túvolas en abundancia y muy valiosas, siendo su especial predilección las perlas. Su padre había dicho a los enviados del Duque de Ferrara, mostrándoles un cofrecillo lleno de perlas: Quiero que mi hija sea la princesa que en Italia tenga más perlas y las más hermosas. Y, por su parte, díjole el Duque de Ferrara que aunque no era tan rico como el de Saboya, podría enviar a su futura nuera joyas tan bellas como las de éste, y que tendría Lucrecia piedras preciosas más valiosas y en mayor número que las que había poseído la Duquesa su esposa. Y entre las alhajas que le regaló, cumpliendo lo ofrecido, figuró un collar de gruesas perlas que había sido de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón[57]. Otro collar de brillantes y rubíes, también de su madre, lo vió Isabel, con tanto disgusto como envidia, ciñendo el cuello de su cuñada el día de su entrada en Ferrara.
Acostumbrada Lucrecia a las fiestas de la Corte pontificia, quiso renovarlas en la de Ferrara, tan luego como por el fallecimiento del Duque Hércules heredó sus Estados D. Alfonso. Encantaban a la nueva Soberana los saraos y los bailes, que le permitían lucir sus naturales gracias y sus trajes y joyas y recibir los homenajes y agasajos de sus amartelados admiradores, entre los que se encontraban, en primer término, Pedro Bembo y sus dos cuñados el Cardenal Hipólito de Este, que había cortejado también a D.ª Sancha, y por temor a César había huído de Roma, y el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Con estas diversiones alternaban otras más groseras que para entretenerla le ofrecía el Duque, una de las cuales era la de mantear a unos cuantos infelices cortesanos, y para que el espectáculo resultara más regocijado, quiso una vez que se hiciera lo propio, no con hombres, sino con mujeres, y mandó traer a tres deshonestas meretrices, quienes al verse por los aires vigorosamente manteadas, lejos de atender al pudor y de pensar en arroparse, mostraron gratuitamente y sin el menor recato, a la escogida concurrencia, las herramientas de su oficio. Mas no se escandalizó la Duquesa de Ferrara, que cosas peores había visto en Roma.
IV
Las proyectadas bodas españolas de Lucrecia Borja con don Cherubín de Centelles y D. Gaspar de Prócida.—Su matrimonio con el Señor de Pesaro, Juan Sforza.—La ceremonia nupcial.—La boda del Duque de Gandía, D. Juan, con su cuñada Doña María Enríquez, viuda del primer Duque.—Consejos que le dió el Papa.—Celébrase la boda en Barcelona.—La de D. Jofre de Borja con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey Alfonso II de Nápoles.—Los Sforza.—Relaciones de la Corte de Milán con las demás de Italia.—El Señorío de Pesaro.—Lucrecia en Pesaro.—Ludovico el Moro abre las puertas de Italia a Carlos VIII de Francia.—Caen en poder de los franceses Julia Farnesio, su hermana Jerónima y su suegra Adriana Milá, y las rescata el Papa.—Carlos VIII en Roma.—Encamínase a Nápoles.—Fuga de César y muerte de Djem.—Fácil conquista de Nápoles y sus desastrosos efectos para el ejército francés.—La Liga contra Francia.—La batalla de Fornovo.—Regresa a Roma a fines de Octubre de 1495 Lucrecia, y en Mayo de 1496 hacen su entrada Jofre y Sancha.—Tres meses después llega de España el Duque de Gandía para capitanear el ejército pontificio en la campaña contra los Orsini, y es derrotado en la batalla de Soriano.—Asesinato del Duque de Gandía.—Dolor del Papa.—¿Quién fué el asesino?—Aunque no probada, parece probable la culpabilidad de César.—Cae en desgracia en el Vaticano el Señor de Pesaro.—Se declara nulo, por impotencia, su no consumado matrimonio con Lucrecia.—Del ofendido marido parte la acusación de incesto contra el Papa.
El grande amor que Alejandro VI profesó a los hijos que tuvo en la Vannozza, y especialmente a Lucrecia, hízole procurar, por toda clase de medios, el engrandecimiento y encumbramiento de los varones, al par que el de la hija predilecta, a quien buscó marido desde su más tierna edad, y sin que en el matrimonio contara para nada la voluntad de la contrayente. Trató primero de casarla en España con un D. Cherubín Joan de Centelles, Señor del valle de Ayora, en el Reino de Valencia, y hermano del Conde de Oliva[58], firmándose el contrato en Roma el 26 de Febrero de 1491, y como hasta el 18 de Abril de 1492 no cumplía ella los doce años, en el mes de Junio siguiente debía confirmarlo por palabras de presente. Ignórase el motivo de que quedara sin efecto este contrato; pero pocos meses después, el 30 de Abril de 1491, concertóse la boda de Lucrecia con otro noble español, don Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, hijo del Conde de Aversa D. Juan Francisco y nieto de D.ª Leonor de Prócida y de Castelleta, familia que vino con la Casa de Aragón a Nápoles, donde afincó. El advenimiento de Rodrigo Borja al solio pontificio hizo que le pareciera don Gaspar poco partido para la hija del Papa, y el 8 de Noviembre de 1492 quedó disuelto el concertado enlace y anulado el 10 de Junio de 1498 por Breve de Su Santidad, en que se consideraba ilegal la disolución que por error y sin la suficiente dispensa indujo a Lucrecia a unirse en matrimonio con Juan Sforza; matrimonio que tampoco se había consumado y había sido declarado nulo; pero el Breve se expedía a solicitud de Lucrecia, para evitar escándalo, por haberse casado D. Gaspar con otra mujer de quien tenía sucesión.
El primer marido de Lucrecia fué el Señor de Pesaro, Juan Sforza de Aragón[59], hijo natural de Constanzo y nieto de Alejandro, hermano de Francisco, Duque de Milán, que en 1445 compró en 20.000 florines de oro el Señorío de Pesaro a Galeazzo Malatesta[60]. En 1490 había enviudado Juan de Magdalena Gonzaga, hermana del Marqués de Mantua Francisco I, y su tío el Cardenal Ascanio sugirió al Papa esta boda, que por los apellidos y parentescos del novio parecía ventajosa, y fué aceptada. Firmóse el contrato el 2 de Febrero de 1493, y el 9 de Junio hizo su entrada en Roma el Señor de Pesaro con una lucida comitiva, en la que figuraba el indispensable bufón Pedro Mambrino. La ceremonia nupcial se celebró el día 12 siguiente en el Vaticano, y están esencialmente de acuerdo en su descripción el Embajador del Duque de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena, y Pier Gentile de Varano, uno de los muchos corresponsales que hoy llamaríamos reporteros, de la Marquesa de Mantua, Isabel de Este. No asistieron más Embajadores que el dicho de Ferrara, el veneciano, el milanés y uno del Rey de Francia. La novia estaba lujosamente vestida y se adornaba con muchas joyas; pero quien entre las mujeres llamóles más la atención por su belleza fué Julia Farnesio, «de la que tanto se habla», dice Bocaccio; y el Varano, al nombrarla, añade: la quale invero e una bella cosa da vedere e dicessi essere la favorita del Papa. A la ceremonia religiosa siguió una égloga pastoral en honor del Papa, obra de Seraphin, y la comedia de Plauto Menechmes, «Los gemelos», en latín, que no gustó a Su Santidad y no dejó que se acabara. Bailaron luego las damas, «y con asistencia del Papa y de todos nosotros, dice el Obispo de Módena, se pasó la noche: si bien o mal, queda a juicio de Vuestra Señoría».
Apenas falleció D. Pedro Luis de Borja, primer Duque de Gandía, cuando el 28 de Agosto de 1488, según ya queda dicho, el Deán de Valencia D. Juan López, como Notario apostólico, otorgó poder a D. Francisco Prats para que, en nombre de D. Juan de Borja y como procurador suyo, se trasladase a España y firmase las capitulaciones matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez, y en la propia fecha dispensaba el Papa Inocencio VIII los impedimentos de edad y parentesco. El 13 de Diciembre de aquel año se firmaron en Valladolid las nuevas capitulaciones, debiendo celebrarse el matrimonio in facie Ecclesiæ tres años después y obligándose los padres de doña María Enríquez a pagar la dote pasados treinta días de la consumación del matrimonio. Pasaron, sin embargo, cuatro años sin que el concertado enlace se llevase a cabo, por razones políticas o particulares del Rey D. Fernando; pero con la elevación de Rodrigo de Borja al solio pontificio cambiaron las cosas de aspecto. Pocos días después de la boda de Lucrecia, el 19 de Junio de 1493, llegó a Roma, para prestar la obediencia como Embajador de los Reyes Católicos, D. Diego López de Haro, «caballero de mucho valor y de los más señalados que hubo en su tiempo», según Zurita, el cual manifestó a Su Santidad que el nuevo Duque de Gandía sería bien recibido en la Corte de España y que le harían graciosa donación de un buen Estado. Regocijó esto al Papa, y el 2 de Agosto embarcó D. Juan en Civitavecchia, colmado de regalos, obra de los mejores orífices italianos y con el equipaje de un magnate, como se ve en el inventario escrito por Ginés Fira, de sus alhajas, ropas y otros objetos, que se conserva en el archivo de la Catedral de Valencia y ha sido publicado por el Sr. Sanchís y Sivera con otros interesantes Documentos y cartas privadas que pertenecieron al segundo Duque de Gandía[61]. Igualmente numeroso y escogido eran el personal y servidumbre que le acompañaba, compuesto de gentiles-hombres, pajes, mayordomos, camareros, escuderos, músicos, burberestador (desbravador) y el patje que porta les camises a la senyoria.
Entrególe el Papa a mano una carta llena de excelentes consejos y encargos, que reiteró en las instrucciones que hizo redactar a Mosén Fira, que como secretario había de acompañar al Duque. Debía oír misa todos los días; no ser mentiroso ni chismoso; servir con asiduidad y diligencia al Rey, la Reina, el Príncipe y los Infantes, ganándose sobre todo la voluntad de la Reina; guardarse de cualquier clase de juegos, especialmente el de dados, pues si los tocaba para jugar jamás volvería a verle la cara. Encargábale en las instrucciones que al llegar a Valencia fuese a besar las manos a su tía D.ª Beatriz de Arenós, guardándole cuantas atenciones pudiese, por ser dicha tía la única hermana de Su Santidad y persona de tanta virtud y merecer, y que tratase de granjearse su voluntad, porque tenía muchos bienes y no era cosa de que fuera a disponer de ellos en favor de alguna otra persona. Y siendo la intención de Su Santidad que regresase el Duque a Roma lo más pronto posible para servirle, consultaría con el Papa respecto a cuándo debía venir y si debía traer a la Duquesa si no estuviese preñada, pudiendo venir con ella D.ª Beatriz. Y en otra carta dábale instrucciones respecto al traje y joyas con que debía hacer su entrada en Barcelona, y le recomendaba que no se quitase los guantes hasta que llegase a Barcelona, pues la mar estropeaba las manos y debía cuidárselas, porque era cosa que en nuestra tierra se miraba mucho.
El 24 de Agosto se celebró la boda en Barcelona, y de ella daba cuenta Carlos Canale a un su amigo en los siguientes términos:
«Esperaban la llegada del Duque los más altos dignatarios de la Corte, e hizo su entrada en una mula parda, que le estaba preparada, guarnecida toda de brocado, y él suntuosamente vestido con un valioso collar de rubíes y un hermosísimo diamante en la gorra. Cabalgó entre el Infante de Granada y el Duque de Cardona, que lo acompañaron por la calle que llaman Larga hasta el palacio donde estaban el Rey y la Reina y el Príncipe su hijo. Cuando llegaron ante Sus Majestades se puso el Rey en pie y el Duque se arrodilló y le besó la mano, e hizo lo mismo con la Reina y habló a Sus Majestades dignamente. Y hecho esto, vino el Príncipe, que estaba en otra cámara del palacio, trayendo de la mano a la novia. El Duque se desposó con ella ante Sus Majestades, y no la besó, porque no es costumbre el besar, como se hace entre nosotros.»
De los consejos del Papa no hizo gran caso D. Juan, mozo a la sazón de diecisiete años, jugador, bebedor y mujeriego, y cuando llegó a noticia de Su Santidad que de los 2.600 ducados que llevara el Duque a mano había gastado 2.000 en el juego y en ribalderías, y que, lejos de haber consumado el matrimonio, en lo que ponía Alejandro gran empeño, había tenido abandonada a la Duquesa para andar de noche por la ciudad matando perros y gatos, acaso en compañía del Príncipe heredero D. Juan, con quien vivió bastante íntimamente tan luego como los reyes se marcharon, dejándole de lugarteniente general; airóse mucho el Papa e hízoselo así saber al Duque en carta de fin de Noviembre. Pero si no se corrigió el Duque en punto al gasto, pudo sí dar gusto a Su Santidad participándole, en 27 de Febrero siguiente, que ya estaba encinta la Duquesa.
Mientras en Barcelona se celebraba con regia pompa el matrimonio del Duque de Gandía, su hermano D. Jofre se desposaba por poder en Roma, el 16 de Agosto, con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey de Nápoles, D. Alfonso II, el Bizco, y hermana del Duque de Bisceglia, que había de ser el segundo marido de Lucrecia. El 11 de Mayo del año siguiente[62] el Cardenal Juan de Borja, Legado pontificio enviado a Nápoles para la coronación del Rey D. Alfonso, casaba de presente a Jofre, que sólo contaba trece años, con la hija del Monarca aragonés, que llevaba en dote el Principado de Squillace. El 20 de Mayo de 1496 hicieron su entrada en Roma, él vestido a la española y ella a la napolitana. Era él, según Scalona, moreno de cara y de mirada lasciva, el pelo largo y tirando a rojo, y pareciendo tener catorce o quince años. Ella, que cabalgaba entre Lucrecia y el Embajador de España, aparentaba tener unos veintidós años (aunque no pasaba de los diecisiete), era naturalmente morena, de ojos glaucos, nariz aguileña y con una buena mano de colorete. Fué el matrimonio de Jofre infelicísimo, y según pública voz de que se hizo eco un Embajador ferrarés, no llegó nunca a consumarse, y no porque pecara de esquiva la hermosa y enamoradiza Sancha, que después de haber otorgado sus favores al Cardenal de Valencia, no supo negarlos al Duque de Gandía, y a celos de rivales y envidias de hermanos atribuyóse el fratricidio.
No alcanzó Lucrecia mayor ventura, si bien por distintos motivos que su hermano Jofre, en su matrimonio con el Señor de Pesaro. Con título de Duques gobernaban los Sforzas a Milán desde que en 1540 vino a señorearla Francisco Sforza, uno de los más grandes capitanes de su tiempo, tipo cabal del condotiero italiano del siglo XV, que sirvió con igual celo a los Visconti contra los venecianos y a éstos contra aquéllos, y casó con Blanca Visconti, última descendiente de los Visconti milaneses. Tuvo Francisco veinte hijos, once de ellos bastardos, y entre los legítimos a Galeazzo María, casado con Bona de Saboya, que le sucedió y murió asesinado; a Hipólita, esposa de Alfonso II de Nápoles, que gozó fama de culta entre las mujeres italianas del Renacimiento; al Cardenal Ascanio, que más de una vez estuvo a punto de ser Papa, y a Ludovico el Moro, que casó con Beatriz de Este[63], hija del Duque Hércules de Ferrara y de D.ª Leonor de Aragón, hermana de Alfonso II, e hizo de la Corte de Milán una de las más renombradas y fastuosas de Italia. Cuando en 1493 se desposó con Lucrecia Juan Sforza, reinaba nominalmente en Milán Juan Galeazzo, el nieto de Francisco, casado con su prima hermana Isabel de Aragón, la hija legítima de Alfonso II, que no sin razón se firmaba Isabella d’Aragonia Sforcia, unica en disgrazia; pero quien en verdad reinaba era el entonces Duque de Bari, Ludovico el Moro, que a la muerte de su sobrino Juan Galeazzo, atribuída a un veneno, y que pudo ser mero efecto de la gula, usurpó la corona que correspondía a Francisco, el hijo del difunto, que se llevó después Luis XII a Francia, y allí murió sin sucesión y muy mozo de una caída de caballo en una cacería. Aunque eran los Sforzas de cuna modestísima, se ennoblecieron con la espada y el tálamo y emparentaron, directa o indirectamente, con los soberanos de las más famosas cortes italianas, y hasta con el Emperador y con el Papa. Con la de Nápoles, por los repetidos enlaces mencionados; con la de Mantua, en que brillaba Isabel de Este, mujer del Marqués Francisco Gonzaga y hermana de Beatriz; con la de Ferrara, por el matrimonio de Alfonso I de Este, el tercer marido de Lucrecia, que casó en primeras nupcias con Ana Sforza, hermana de Juan Galeazzo. La hermana de Ana, Blanca María, fué la segunda mujer del Emperador Maximiliano, y su media hermana Catalina, una de las hijas bastardas de Galeazzo María, mujer primero de Jerónimo Riario, Conde de Forli, después de Jacobo Feo de Savona y, por último, de Juan de Médicis, de quien tuvo a Juan de Médicis, Capitán de las Bandas Negras, adquirió fama de hembra casi virago y de gran ánimo[64], y cuando se vió sitiada en Forli por los asesinos de Riario, que para rendir la fortaleza en que se había refugiado, la amenazaron con dar muerte a sus hijos, que tenían en rehenes, portóse como el más esforzado varón, y lejos de ocultar su sexo, hizo de él deshonesto alarde desde la muralla, para que los sitiadores vieran que no habían de faltarle hijos, como, en efecto, los tuvo de sus dos sucesivos maridos.
Estrechas fueron también las relaciones de la Corte de Mantua con la de Urbino, a la que dió tanto renombre el Conde Baltasar Castellón con su libro El Cortesano, primorosamente traducido al castellano por Boscán. El Duque Guidobaldo, último de los Montefeltro, casó con Isabel Gonzaga[65], cuñada de la gran Marquesa Isabel de Este, y la hija de ésta, Leonor Gonzaga, fué después Duquesa de Urbino por su enlace con Francisco de la Rovère, sobrino e hijo adoptivo de Guidobaldo, que murió sin sucesión. Otra hermana de Guidobaldo, Inés, se desposó con Fabrizio Colonna y tuvo por hija a la famosa poetisa Victoria Colonna, Marquesa de Pescara, que entre sus muchos e ilustres amigos contó a Miguel Angel, y le inspiró no pocos madrigales y sonetos. Disfrutó asimismo en Urbino de la hospitalidad de aquellos Duques, tan amantes de las letras y las artes, el desterrado Julián de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico y hermano del Cardenal Juan, que fué luego León X; hombre flaco de suyo, y a mayor flaqueza reducido por el frecuente comercio con las damas, una de las cuales le hizo en Urbino padre del célebre Cardenal Hipólito, tan admirablemente retratado por Tiziano. Este comercio, aún más que el trato con Castellón, Bembo y otros discípulos de Apolo, de que hablaba Ariosto en una de sus sátiras, hacíale el destierro más humano. Vuelto a Florencia en 1512, fué Capitán general y Gonfaloniero de la Santa Iglesia, y después Duque de Nemours por su matrimonio con Filiberta de Saboya, tía de Francisco I, Rey de Francia. No olvidó Julián la hospitalidad de Urbino, y mientras vivió, cediendo a sus ruegos, se abstuvo León X de realizar su propósito de despojar a Francisco de la Rovère del Ducado para dárselo a su sobrino Lorenzo, hijo de su hermano mayor Pedro y de la ambiciosa Alfonsina Orsini, a quien casó con Magdalena de la Tour d’Auvergne, hija del Conde Juan de Boulogne, que por su madre Catalina de Borbón estaba emparentada con la Casa Real de Francia. Murió Magdalena al dar a luz a Catalina de Médicis, esposa de Enrique II y madre de tres Reyes, y pocos días después falleció Lorenzo del mal francés que padecía.
El Señorío de Pesaro era uno de los menos importantes de las Marcas. La antigua Pisaurum, ciudad edificada, según se dice, por los sículos, que de España pasaron a Sicilia, tomó su nombre del río, que hoy se llama Foglia, a cuya orilla derecha se extiende hasta el mar en un risueño y espacioso valle. Fué colonia romana, y a la caída del Imperio corrió la suerte de las demás ciudades italianas: Vitiges la destruyó; Belisario la reedificó, e incorporada al Exarcado, formó la Pentápolis con otras cuatro ciudades sobre el Adriático: Ancona, Fano, Sinigaglia y Rimini. Pasó a ser longobarda cuando se apoderó Astolfo de Rávena y luego al poder del Papa por donación de Pepino y Carlomagno. Se hicieron después Señores de Pesaro los Malatesta, que lo eran de Rimini, y por un tratado de tiempo del Cardenal Gil de Albornoz quedaron reconocidos como Vicarios de la Iglesia. Establecióse en Pesaro una rama secundaria de los Malatesta, hasta que, viéndose amenazado Galeazzo Malatesta por su pariente Gismundo, y no teniendo fuerzas con que defenderse, vendió en 1445 la ciudad en 20.000 florines de oro, según se ha dicho, a Francisco Sforza, que la cedió a su hermano Alejandro, casado con una sobrina de Galeazzo.
El 8 de Junio de 1494 hizo Lucrecia su entrada en Pesaro bajo una lluvia torrencial que deslució el recibimiento que le tenían preparado sus vasallos y no permitió a la bella y risueña ciudad presentarse como tal a los ojos de la nueva Señora, que debió encontrar también harto modesto el palacio en que se alojó, comparándolo con los que había habitado y visto en Roma. Dice, sin embargo, Gregorovius, que si en su matrimonio con Sforza gozó Lucrecia la felicidad de la vida, fué ciertamente en los días que pasó en Pesaro, que la hicieron vivir como reina de un pastoral idilio; pero quizás ella misma, añade, empezó a encontrar monótona y vacía su existencia en Pesaro, sobre todo por las frecuentes ausencias del marido como condotiero del Papa y de los venecianos. Parécenos que la imaginación de Gregorovius, que unas veces suple y otras desfigura la copiosa documentación, no siempre fielmente transcrita, que acompaña la historia de Lucrecia Borja, estuvo más acertada al suponer que Lucrecia se aburría soberanamente en Pesaro, que no al pintarla feliz con su marido y echándole de menos cuando los deberes militares le obligaban a ausentarse; porque no bastan su indolente pasividad y su absoluta sumisión a la voluntad paterna para explicar y justificar su conducta respecto a Sforza en el proceso de anulación del matrimonio. Era Lucrecia apegadísima a los suyos, parientes y españoles. A Ferrara la acompañaron como damas dos Borjas, Jerónima y Angela, hermanas del Cardenal Juan de Borja, el Joven, y entre las españolas que llevó a Pesaro iba Juana López, sobrina del Datario y después Cardenal Juan López, que allí casó con Juan Francisco Ardizio, médico y confidente de Juan Sforza.
Debió éste a la desmedida ambición de su tío Ludovico la mayor de sus desventuras. Llamado por el Moro entró en Italia Carlos VIII, el 3 de Septiembre de 1494, a la cabeza de un poderoso ejército, con el propósito de conquistar a Nápoles. Dos años duraron, para preparar esta guerra, las negociaciones de la Corte de Milán con la de Francia y las demás de Italia, negociaciones que fueron el origen netamente italiano de la diplomacia moderna y en las que rayó a tal altura la habilidad del Moro, que su nombre hízose verbo, y se llamó entonces ludovicheggiare el arte de la intriga en que parecía el milanés maestro, así como el nombre de Maquiavelo adjetivándose tomó carta de naturaleza en todas las lenguas y hasta en nuestros días sirve para designar la poco escrupulosa astucia florentina. Contaba a la sazón Carlos VIII unos veinticuatro años y no valía gran cosa, ni de cuerpo ni de espíritu, a juicio de los Embajadores venecianos, siendo pequeñuelo y mal formado, feo de cara, con ojos abultados que debían ver poco, nariz aguileña más grande y gorda de lo debido, boca de labios gruesos siempre abierta, con un movimiento espasmódico de la mano muy desagradable, y tardo y confuso de palabra. Halagábale la idea de la conquista de Nápoles, porque creía que quedaría así la Italia bajo su dominio y el Papa dependiente de nuevo de Francia, y que vendría él a ser señor de Europa. Los primeros pasos de Carlos VIII en Italia acrecentaron sus ilusiones, pues apenas encontraron sus tropas seria resistencia, y las pocas guarniciones que se defendieron fueron pasadas a cuchillo, sin perdonar a los inermes viejos, mujeres y niños. El 17 de Noviembre entró lanza en ristre, al frente de su ejército, en Florencia, y el 28 abandonó la ciudad, encaminándose a Roma, no sin haber antes robado los franceses, según Commines, cuanto pudieron del tesoro de antigüedades juntado por los Médicis, que había ya sufrido el previo saqueo de la plebe.
Había el 22 publicado un manifiesto dirigido a la Cristiandad, en que declaraba no ser su ánimo el hacer conquistas, sino el libertar del poder de los turcos los Santos Lugares, para lo que iba a tomar posesión del reino de Nápoles, que le correspondía, y sólo pedía al Papa el paso por los Estados de la Iglesia, que si le fuese negado obtendría por la fuerza, a pesar de las tristes consecuencias a que esto pudiera dar lugar, amenazando, de una manera apenas velada, con la reunión del Concilio y la deposición de Alejandro VI.
Con tal rapidez caminaron los franceses, que en sus manos cayeron Adriana Milá, Julia Farnesio y su hermana Jerónima, mujer del florentino Giannozzo Pucci, que salieron de Capodimonte para reunirse en Viterbo con el Cardenal. Lleváronlas a Montefiascone con las veinticinco o treinta personas que componían su comitiva, y el Capitán Ives d’Allegre dió parte al Rey, que no quiso ver a la bella Julia, por cuyo rescate pidió el Capitán tres mil ducados. Consternado el Papa, acudió al Cardenal Ascanio Sforza y a Galeazzo de San Severino[66] para que intervinieran cerca de Carlos VIII, el cual dió orden de que fueran puestas en libertad aquellas damas. Escoltadas por cuatrocientos franceses llegaron, el 1.º de Diciembre, a las puertas de Roma, donde se hizo cargo de ellas el Camarero de Su Santidad, Juan Marrades, y el Papa salió a su encuentro vestido de jubón negro, listado de brocado de oro, una bella faja a la española, con puñal y espada, botas españolas y gorra de terciopelo muy galana. Cuando lo supo Ludovico censuró a su hermano y a San Severino por haber contribuído a la restitución de aquellas mujeres, que eran el corazón y los ojos del Papa, y por cuyo medio se hubiese de él obtenido cuanto se quisiera, pues no podía vivir sin ellas. Los franceses no habían sacado más que tres mil ducados por el rescate, cuando el Papa hubiese dado más de cincuenta mil.
Llegó Carlos VIII a Roma, según lo había anunciado, a fines de Diciembre; y el día de San Silvestre, declarado fausto por los astrólogos, hizo su entrada en la Ciudad eterna por la puerta del Pueblo y la vía Lata, el actual Corso. Seis horas, de las tres a las nueve, duró el desfile del lucido ejército francés, a cuya cabeza marchaban, armados de picas y alabardas, los gallardos mercenarios suizos y tudescos, seguidos de los ballesteros gascones, los arqueros escoceses, la caballería pesada y ligera, los treinta y seis cañones de bronce de grueso calibre, con las culebrinas y falconetes, siendo esta artillería la que más honda impresión produjo en los romanos. Cabalgaba el Rey entre el Cardenal Ascanio Sforza y el de la Rovère, y tras él venían otros seis Cardenales; D. Próspero y don Fabricio Colonna, con todos los Generales italianos, entremezclados con los altos dignatarios y nobles franceses, que le acompañaron hasta el Palacio de San Marcos, que se le destinó como alojamiento.
Empezaron luego las pláticas. Pretendía Carlos que le entregara el Papa el castillo de Sant’Angelo y a Djem, el hermano del Sultán, y que César Borja le acompañara como legado; es decir, como rehén, hasta Nápoles. A la entrega del castillo negóse el Papa, y en él se encerró con seis Cardenales y la guardia española, que mandaba su sobrino Rodrigo Borja, hermano del Cardenal Juan. Los cinco Cardenales que rodeaban constantemente al Rey, y sobre todo, Ascanio Sforza y Julián de la Rovère, enemigos entrambos del Papa, y entre sí no menos enemigos, insistían en que se convocase el Concilio para la reforma de la Iglesia y la deposición de Alejandro VI como simoníaco. La palabra reforma, como reconoce el propio Commines, no era más que un pretexto, y en cuanto a la simonía, siendo la acusación fundada, no parecía el más indicado para formularla el Cardenal Ascanio, que había sido el trujamán de la feria. Asestados los cañones contra el castillo, que hubiera podido ser fácilmente batido, y convencido de ello el Papa, decidióse a capitular, y el 15 de Enero de 1495 se firmó un convenio, cuyas principales condiciones fueron que César siguiera al ejército francés durante cuatro meses, que Djem quedase en poder del Rey mientras peleaba contra los turcos; que el castillo de Sant’Angelo continuase en poder del Papa, y que el Rey prestase obediencia al Papa y no le molestase en cosa alguna espiritual ni temporal, antes bien, le defendiese contra cualquier ataque. Ratificado el convenio y prestada en consistorio la obediencia, tomó Carlos VIII el camino de Nápoles, con gran satisfacción de los romanos, que habían tenido que mantener y soportar un ejército numeroso, cuyos discordes elementos eran harto levantiscos e indisciplinados, y con no menor alegría de Alejandro VI, que había salido con bien del más apretado lance de su vida, en que tan a punto estuvo de perder la tiara.
En Velletri, los Embajadores del Rey Católico formularon sus quejas y protestas, y no habiéndolas atendido el francés, D. Antonio de Fonseca rasgó los capítulos del convenio hecho con Francia y arrojó los pedazos a los pies del Rey. Pidiéronle que dejase en libertad a César, pero éste cuidó de recobrarla por sí mismo y desapareció de Velletri, disfrazado de palafrenero, sin cuidarse del bagaje, cargado en diecisiete mulos; mas cuando se abrieron los baúles, que debían contener sus ropas y enseres de casa, porque la plata había quedado rezagada, halláronlos vacíos los franceses.
Otro contratiempo fué la repentina muerte de Djem, natural efecto de su licenciosa vida; pero aunque en nada pudo aprovechar al Papa, atribuyóse al veneno de los Borjas.
La campaña de Nápoles se redujo, para los franceses, a un triunfal paseo. El Rey Alfonso abdicó en su hijo Fernando II (Ferrantino) y se refugió en Sicilia, adonde también vino a parar el nuevo Rey cuando entró Carlos VIII en la ciudad de Nápoles. No volvió a hablarse de la cruzada contra los turcos, ni el Rey de Francia pensó más que en gozar de aquel paraíso terrenal, poblado de seductoras Evas, que con toda clase de frutas le tentaban[67]. Y si a la tentación sucumbió el Rey, con harta más facilidad hubieron de rendirse sus capitanes y soldados, que, como buenos hijos de Marte, sentían la poderosa atracción de Venus. No les fué, sin embargo, benigna la alma Diosa: el implacable mal que cantó Fracastoro[68] hizo en los invasores gran estrago, y de él no se libraron Reyes ni Papas.
Mientras Carlos VIII y su ejército campaban en Nápoles sin cuidarse del resto de Italia, Ludovico el Moro, arrepentido de haber traído a los franceses y ofendido de la altanería con que el Rey le había tratado, dió oídos a los venecianos y entró en la Liga contra Francia, que formaron con el Papa los Reyes Católicos y el de Romanos, que fué luego el Emperador Maximiliano, dándosele el mando del ejército al Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Alzáronse también los napolitanos, cansados del mal gobierno extranjero, y el 20 de Marzo tuvo Carlos que emprender la retirada. Quiso, a su paso por Roma, ver al Papa; pero Alejandro esquivó la entrevista, yendo primero a Orvieto y luego a Perugia. El 6 de Julio se encontraron los dos ejércitos en Fornovo, junto al Faro, y trabaron reñidísima batalla, atribuyéndose ambas partes la victoria: los italianos, porque quedaron dueños del campo, y los franceses, por haber conseguido su propósito de abrirse paso. Aprovechó la ocasión el Moro para hacer, el 9 de Octubre, en Vercelli, las paces con Carlos VIII, prescindiendo de los venecianos, con lo que creyó verse libre de unos y de otros, y sólo logró enemistárselos más hondamente.
Estando en Perugia el Papa hizo venir a Juan Sforza, que llegó con su mujer el 16 de Junio de 1495, pasó allí cuatro días y se volvió a Pesaro. Había estado Sforza a sueldo de los venecianos; pero no se le vió en la batalla de Fornovo ni en el sitio de Novara, y hechas las paces en Vercelli regresó a fines de Octubre a Roma con Lucrecia.
Jofre de Borja siguió la suerte del Rey de Nápoles; acompañóle a Sicilia y con él volvió a Nápoles, haciendo su entrada en Roma con D.ª Sancha, el 20 de Mayo del año 1496. El Papa los recibió en el Vaticano, en su trono, rodeado de once Cardenales, e hizo sentar a sus pies, en sendas almohadas, a Lucrecia a la derecha y a Sancha a la izquierda. Era entonces Pascua, y a las fiestas con que la Iglesia las celebra concurrieron las dos jóvenes princesas, que se sentaron, con escándalo de los romanos, en las sillas de coro, entre los Canónigos.
Tres meses después, el 10 de Agosto, hizo su entrada, no menos solemne, en Roma el Duque de Gandía, que dejó a la Duquesa en Valencia y trajo al Papa, según se dijo, como recuerdo de España, una bellísima valenciana; mas debió ser chisme propalado por los Embajadores venecianos y por el Moro, enemistado ya con Alejandro. Ardía éste en deseos de castigar a los Orsini, que por odio a los Colonna se habían puesto de parte de los franceses. Cuando tuvieron que capitular en Atella, a fines de Julio, los que al mando de Montpensier habían quedado en el reino de Nápoles para defenderlo, cayeron en poder del Rey Fernando II, Virginio Orsini y su hijo Juan Giordano, con lo que se vieron privados los Orsini del jefe de la familia y del más valiente de sus capitanes. Parecióle a Alejandro la ocasión propicia para acabar con aquellos poderosos Barones y apoderarse de sus bienes, y llamó al Duque de Gandía para ponerle al frente del ejército pontificio como Capitán general, a quien acompañaría el Duque de Urbino Guidobaldo. Pero la batalla de Soriano, en que quedaron los pontificios completamente derrotados, el Duque de Urbino prisionero y el de Gandía herido levemente en la cara, obligó al Papa a hacer las paces con los Orsini y acabó con las ilusiones que se había forjado sobre los talentos militares de su hijo predilecto, a quien más le hubiera valido morir como soldado en el campo de batalla.
La noche del 14 de Junio de 1497 tuvo lugar, en la viña de la Vannozza, junto a San Pedro ad vincula, un banquete a que asistieron sus dos hijos, Juan y César, y gran número de amigos, entre ellos el Cardenal Juan Borja el Joven. Era ya tarde cuando los dos hermanos y el Cardenal montaron sus mulas y se encaminaron con una pequeña escolta al Vaticano. Al llegar al Palacio Cesarini, que habitaba el Cardenal Ascanio Sforza, se despidió el Duque de Gandía de sus dos compañeros con el pretexto de una cita a que debía ir solo, y sin hacer caso a los Cardenales que trataron de persuadirle de que se hiciese escoltar por unos cuantos hombres de los que llevaban consigo, fuese con un solo lacayo y un enmascarado que había traído al banquete y que desde hacía un mes iba todos los días a visitarle[69]. En la plaza de los Hebreos despidió el Duque al lacayo con orden de que le aguardara allí una hora, y que si al cabo de ella no volvía, tornase a palacio, y tomando a las ancas al enmascarado, espoleó la mula y al trote desapareció en la oscuridad. Como no regresara el Duque a palacio a la mañana siguiente, sus familiares dieron parte al Papa, el cual atribuyó la ausencia a alguna aventura galante que le obligaba a aguardar las sombras de la noche para abandonar la casa hospitalaria en que se albergaba. Pero llegó la noche, y no habiendo Gandía parecido, inquietóse sobremanera Su Santidad y ordenó se le buscara por todas partes. Encontraron la mula que montaba y al lacayo gravemente herido, que no pudo dar explicación ninguna, y finalmente, el 16 de Junio, por un eslavo, mercader de leña, que tenía su almacén a orillas del Tíber, junto al hospital de su nación, y se hallaba de guardia en una barca, se supo que en la noche del martes 14, a las dos de la madrugada, desembocaron por la izquierda del hospital dos hombres, que después de haber mirado a su alrededor y visto que no había nadie, se marcharon. Vinieron a poco por el mismo sitio otros dos hombres, que cerciorados de la soledad, hicieron una señal y apareció entonces un caballero en un caballo blanco, que llevaba atravesado en la silla un hombre muerto, cuya cabeza y brazos pendían de un lado y las piernas del otro, sosteniéndolos a uno y otro lado los otros dos hombres, todos ellos enmascarados. Llegaron a la orilla del Tíber, al sitio en que se echan al río las inmundicias, y allí arrojaron el cadáver. A la pregunta del caballero de si se había ido bien a fondo, contestaron afirmativamente, y los cinco hombres, dos de los cuales montaban la guardia, desaparecieron por otra calle que daba al Hospital de Santiago. Y habiéndosele echado en cara al mercader eslavo que no hubiese dado aviso al Gobernador, respondió, y esto pinta la Roma de los Borjas, que había visto en su vida echar al río más de cien cadáveres sin que a nadie le importase nada.
Aquel mismo día los pescadores encargados de arrancarle al río su secreto, encontraron el cadáver del Duque no lejos de Santa María del Pueblo y cerca de un jardín perteneciente a Ascanio Sforza. Halláronle degollado y con nueve heridas en el cuerpo; pero nada le faltaba, ni del traje, ni de las joyas, ni del dinero que tenía en la bolsa. Era, pues, evidente que no había sido el robo el móvil del delito[70].
Grande fué el dolor de Alejandro por la muerte de aquel hijo que compartía con Lucrecia la predilección paterna. Encerróse en el castillo de Sant’Angelo y no quiso ver a nadie, ni en dos días probó alimento ni bebida, ni pudo conciliar el sueño, llorando amargamente y lamentándose a voces. En el Consistorio del 19 de Junio, a que asistieron todos los Cardenales presentes en Roma, excepto Ascanio Sforza, y los Embajadores de la liga, el español, el napolitano, el veneciano y el milanés, dió el Papa rienda suelta a su pena. «Amábamos, dijo, al Duque de Gandía sobre todas las cosas del mundo, y daríamos con gusto siete tiaras por volverlo a la vida. Dios, por nuestros pecados, ha querido mandarnos esta prueba, porque no merecía el Duque de Gandía muerte tan terrible y misteriosa. Ha corrido la voz de que el autor de ella es Juan Sforza. Estamos seguros de que no es verdad, y aún menos de que lo sea su hermano o el Duque de Urbino. Dios perdone a quien lo haya cometido. Estamos resueltos a atender de aquí en adelante a nuestra reforma y a la de la Iglesia. Confiaremos ésta a seis Cardenales y a dos auditores de la Rota. Los beneficios se conferirán únicamente a los que los merezcan. Queremos renunciar al nepotismo y empezar la reforma por nosotros mismos para pasar después a la de los demás miembros y llevar esta obra hasta el fin.» El Embajador español, Garcilaso, excusó la ausencia del Cardenal Ascanio Sforza, que rogaba a Su Santidad no diese crédito a la voz de que era el asesino, y se había puesto a la cabeza de los Orsini, y que si lo permitía el Pontífice, comparecería para justificarse personalmente, no habiendo asistido al Consistorio por temor a la furia y venganza de los españoles. «Dios nos libre—contestó el Papa—de tener tan terrible sospecha de un Cardenal que siempre tuve por hermano, y será, cuando comparezca, el bienvenido.» Pero a pesar de estas buenas palabras y de que no se sentía el Cardenal culpable, creyó más prudente, en vista de la hostilidad de los españoles, apartarse de Roma y pasó a Genazzano.
Nombróse inmediatamente la comisión para la reforma de la Iglesia, y los Cardenales que la compusieron tomaron muy a pechos su encargo y redactaron una Bula que ponía coto a todos los más conocidos abusos; pero a su aprobación y publicación se fueron dando largas y quedó, por fin, condenada a perpetuo olvido cuando se aplacaron, con el tiempo, el dolor y el arrepentimiento de Alejandro VI y de él se enseñorearon de nuevo y con más fuerza sus pasiones y carnales apetitos.
Quién fuera el asesino del Duque de Gandía no se sabe hasta hoy con absoluta certeza. Además del Cardenal Ascanio y del Señor de Pesaro, atribuyóse el crimen a los Orsini, y a esta opinión se inclina la autorizada del Barón de Pastor, en su Historia de los Papas, aunque sin datos bastantes que la afirmen. Rechaza, en cambio, la versión del fratricidio, universalmente admitida algunos años más tarde. La primera alusión a César la hallamos en un despacho del Enviado de Ferrara en Venecia, de 22 de Febrero de 1498, es decir, ocho meses después del crimen, y dos años más tarde, cuando por orden de César fué estrangulado el segundo marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón; el Embajador veneciano Capello escribía desde Roma que «el asesino era el mismo que mató al Duque de Gandía y lo echó al Tíber». A raíz del crimen daba de él cuenta a su Gobierno el Embajador florentino Bracci, y le decía: «Quien ha dirigido la cosa tiene entendimiento y valor y es un gran maestro»[71]. Y Scalona escribía al Marqués de Mantua: «La cosa, si no ha sido hecha, ha sido mandada hacer o aconsejada por persona que tiene los dientes largos.»
Dientes largos teníanlos los Orsini; mas después de haber obtenido con la victoria de Soriano y el subsiguiente acuerdo cuanto apetecían, no parece que sólo por vengar anteriores agravios hubieran cometido el crimen. Y no es tampoco verosímil que si el Papa los tuvo por asesinos de su hijo los hubiese dejado en paz buen número de años, puesto que no comenzó hasta fines de 1502 la implacable persecución de aquellos poderosos Barones. Es más: en los primeros meses de 1498, pocos después del asesinato de Gandía, trató el Papa de casar a Lucrecia con un Orsini, y si el proyecto matrimonial no se llevó a cabo, debióse al deseo de Alejandro VI de enlazar a sus hijos con los de la Casa de Aragón para favorecer las ambiciosas miras de César, que soñaba con la corona de Nápoles.
De no ser los asesinos los Orsini, ¿quién sino César tenía los dientes largos y podía considerarse gran maestro, según lo acreditó más tarde con el engaño de Sinigaglia? Manteníase todavía el Cardenal de Valencia en la sombra, entregado al toreo de reses bravas, la caza y las mujeres, por lo que no recayeron en él las primeras sospechas; pero como las pesquisas de la policía para descubrir a los sicarios resultasen vanas y el delito quedase impune y envuelto en el más profundo misterio, se creyó que había un interés en echar tierra al asunto, siendo la impunidad preferible al escándalo. Y la voz pública designó entonces a César como autor del fratricidio. ¿Qué razón pudo tener para deshacerse tan criminalmente de su hermano? Dicen los que defienden su inocencia que no pudo ser el codicioso deseo de apoderarse de los bienes del Duque de Gandía, puesto que tenía éste un hijo que había de heredarle, ni tampoco porque fuera D. Juan obstáculo a sus ambiciones, después de haber demostrado en su campaña contra los Orsini su completa incapacidad. No eran ciertamente los bienes de Gandía los que el Cardenal codiciaba, sino el puesto del hijo predilecto, ojo derecho de Alejandro[72], que le disputaba la primacía con el Papa y los favores de Sancha y el cariño de Lucrecia, que los maldicientes suponían incestuoso. Prescindiendo de los celos del amante, bastábale la envidia de Caín para impulsarle al crimen, sin el cual no hubiera podido señorear la voluntad del padre y ser, mientras vivió Alejandro, el alma y el brazo del Pontífice.
El 7 de Junio había sido nombrado Legado para coronar al Rey D. Fadrique, último de los Monarcas napolitanos de la Casa de Aragón. Después del asesinato de Gandía pensó el Papa enviar, en lugar del Cardenal de Valencia, al Vicecanciller Ascanio Sforza, con quien tuvo una conferencia el 21 de Junio; pero al fin fué César, que salió el 22 de Julio para Capua con numeroso séquito y la fastuosidad que tanto le placía, llevando al cinto la reina de las espadas, que pasó a poder del Duque de Sermoneta, y ha heredado su hijo el Príncipe de Bassiano, obra maestra del aurífice de Ferrara, Hércules de Fideli, cuyo cincel supo expresar emblemática y admirablemente el pensamiento del joven Cardenal que aspiraba a ser César, valiéndose de la espada, después de haberse abierto camino con la daga del sicario. El 6 de Septiembre regresó a Roma. Su Santidad lo recibió en su trono con el Sacro Colegio y lo besó según el ceremonial; pero ni el Valentino dijo una palabra al Papa, ni éste al Cardenal. En Octubre hicieron las paces padre e hijo, y éste manifestó su propósito de renunciar la púrpura, para lo que parecían suficiente razón su mala vida y sus notorias deshonestidades, aun para lego hartas. En el Consistorio secreto del 17 de Agosto de 1498 obtuvo la dispensa y renunció el capelo, con no poco escándalo, por ser cosa hasta entonces nunca vista.
Ya hemos dicho que uno de los primeros a quien la voz pública imputó el asesinato de Gandía fué Juan Sforza, habiendo el Papa públicamente declarado que estaba seguro de que no era verdad. Hacía tiempo que el Señor de Pesaro había dejado de ser para los Borjas persona grata. A ello contribuyó primeramente el haber abierto Ludovico el Moro las puertas de Italia al Rey de Francia para la conquista de Nápoles, y a oídos del Papa debieron llegar también los horrores que de él decía el Duque de Milán a los diplomáticos italianos acreditados en su Corte. Pesóle a Alejandro VI la alianza con los Sforza, y pensó en buscarle a Lucrecia marido de más fuste que el Señor de Pesaro y que mejor sirviera para sus combinaciones matrimoniales y políticas, que tenían por principal objeto el encumbramiento de sus hijos y el engrandecimiento de su Casa. Hiciéronle indicaciones a Juan Sforza para que espontáneamente se prestara a la disolución del matrimonio, a lo que se negó, y teniendo sospechas o habiéndole avisado Lucrecia por habérselo dicho César[73] que iba a ser asesinado, salió de Roma el Viernes Santo, 24 de Marzo de 1497, con el pretexto de ir a confesarse en San Crisóstomo; fuera de Roma, montó allí a caballo y no paró hasta Pesaro. El Papa mandó al Padre Mariano, célebre predicador de Genazzano, para persuadirle de que volviera a Roma; mas resultó vana toda su elocuencia, en vista de lo cual y de que en los cuatro años que llevaban de casados no había habido fruto ninguno de bendición que confirmara la consumación del matrimonio, aunque Scalona la tenía por cierta, resolvió el Papa disolverlo por impotencia del marido, y así lo hizo saber al Sacro Colegio en el Consistorio del 19 de Junio, encargando la instrucción del expediente a dos Cardenales que por no ser parientes ni españoles pudiesen parecer imparciales.
Le dolía a Sforza verse tachado de impotente, puesto que su primera mujer, Magdalena Gonzaga, había muerto de parto, y la tercera, Ginebra Tiepolo, con quien casó en 1500, le hizo padre de un hermoso hijo varón; pero no quiso someterse a la prueba pericial de su virilidad en Milán en presencia de testigos fidedignos y del Legado del Papa, según ingenuamente le propuso el Moro, y al fin, tanto pesó en el ánimo de éste y en el de su hermano el Cardenal el temor a las iras de Alejandro y a la venganza de los Borjas, que lograron arrancar al acobardado Juan la declaración, escrita de su puño y letra, indispensable para el fallo que se dictó el 20 de Diciembre, de que nunca había consumado el matrimonio, y Lucrecia se declaró, por su parte, dispuesta a jurar que estaba intacta[74]. Pero el marido manifestó de palabra al Duque de Milán, según escribía al de Ferrara Castaldi, su representante, «que la había conocido infinidad de veces y el Papa se la había quitado sólo para disfrutarla». De Milán y del ofendido marido partió la calumniosa acusación de incesto, que la maledicencia acogió en Roma, como asimismo atribuyó a Sforza el asesinato de Gandía, porque la voz pública reputaba incestuosa la intimidad de Lucrecia con su hermano. Y de Venecia y quizá del propio Sforza surgió la acusación contra César de haber asesinado por celos a Gandía.
V
Conducta de Lucrecia después de la fuga de Sforza.—Abandona su palacio y se refugia en el convento de San Sixto.—Proyectos del Papa de casar a César con Carlota de Aragón, la hija del Rey Fadrique de Nápoles, y a Lucrecia con D. Alonso, hijo natural de D. Alfonso II.—Desliz de Lucrecia con Perote. Da a luz un hijo.—Razones que hacen creer sea el Juan Borja, infante romano, a que se refieren las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501.—La leyenda del incesto.—Oposición de D. Fadrique al matrimonio de su hija con César.—Consiente el del Duque de Bisceglia, D. Alonso, con Lucrecia.—La Princesa de Squillace, D.ª Sancha, escribe la relación de los festines que con motivo de esta boda se celebraron en el Vaticano.—La corrida de toros.—Matrimonios concertados por el Papa de sus dos sobrinas Jerónima y Angela Borja.—Se seculariza César y es nombrado por Luis XII Duque de Valence.—Pasa a Francia y casa con Carlota d’Albret.—Acuerdo de los Reyes Cristianísimo y Católico para repartirse el reino de Nápoles.—Huye de Roma Ascanio Sforza y sigue su ejemplo el Duque de Bisceglia.—Nombra el Papa a Lucrecia Regente de Spoleto y luego Señora de Nepi.—Reúnese con ella su marido y regresan a Roma, donde da a luz a su hijo Rodrigo.—Paz de que disfruta durante la ausencia de César, ocupado en la conquista de la Romaña.—Regresa a Roma triunfador.—El atentado contra el Duque de Bisceglia. Escapa con vida y se la quita Micheletto por orden de César.—Dolor de Lucrecia.—La envía el Papa a Nepi.—Antes de dos meses vuelve a Roma y se dispone a contraer un nuevo matrimonio que se proyectaba con Alfonso de Este, primogénito del Duque de Ferrara.—La negativa del Duque.—Para vencer la prevista resistencia de Ferrara acude el Papa a Francia, que para la empresa de Nápoles necesitaba el apoyo de la Santa Sede.—Cede el Duque con ciertas condiciones previas.—Larga y laboriosa negociación en que interviene Lucrecia en defensa de los intereses de Ferrara y obtiene la aceptación del Papa, firmándose el contrato en Ferrara el 1.º de Septiembre de 1501.—Queda Lucrecia en el Vaticano como Lugarteniente del Papa, mientras éste marcha a Sermoneta.—Júbilo de Roma y de Lucrecia al saberse la firma de las capitulaciones.—Fiestas romanas.—La de las castañas.—La entrada de los ferrareses en Roma el 23 de Diciembre.—Más fiestas con motivo de la boda.—El 6 de Enero despídese Lucrecia de Roma y de los suyos, y toma el camino de Ferrara.
El 24 de Marzo de 1497 escapó de Roma a uña de caballo y no paró hasta Pesaro, creyendo su vida amenazada, Juan Sforza, el marido de Lucrecia. Ésta, que en un principio tomó el partido de su esposo, riñó luego con él, y en Junio fué completa la ruptura entre los cónyuges. El día 14 escribía el Cardenal Ascanio a su hermano Ludovico el Moro, que tanto el Papa como César y el Duque de Gandía le habían declarado que no estaban dispuestos a consentir que volviese Lucrecia a poder de aquel hombre, que el matrimonio no se había consumado, y que, por consiguiente, podía y debía disolverse. Y en el Consistorio del día 19 había hablado Su Santidad del matrimonio de su hija con el Señor de Pesaro, que hubiese deseado fuese perpetuo; pero que no habiéndose consumado por impotencia, no quería el Papa decidir como juez, dejando al Sacro Colegio que entendiese en la causa y procediese en justicia.
El 4 de Junio había abandonado Lucrecia su palacio insalutato hospite, o sea sin despedirse del Papa, refugiándose en el convento de San Sixto, en la vía Appia. Decían unos, según escribía al Cardenal Hipólito de Este Donato Aretino, el 19 de Junio, que pensaba hacerse monja, y los demás decían otras cosas que no eran para escritas. En el convento recibió Lucrecia la noticia del asesinato del Duque de Gandía, y conociendo a César debió sospechar fuera el autor de tan nefando crimen, del que pudiera ser causa ocasional, si no primera, su cuñada Sancha, cuyos favores se disputaban ambos hermanos. Ignóranse los motivos que hicieron a Lucrecia refugiarse en el convento de San Sixto, así como la duración de su clausura. Díjose que cuando Alejandro VI quiso reformarse y reformar la Iglesia, ante el dolor por la pérdida del hijo predilecto, que consideraba castigo y aviso del cielo, pensó alejar a los demás de Roma. El 22 de Julio partió César para Nápoles como Legado pontificio, para la coronación del Rey D. Fadrique. El 7 de Agosto se fueron a Squillace Jofre y Sancha, y se habló de que Lucrecia iría a Valencia[75]. Mas ya estaba entonces el Papa, según escribía a su hermano Ludovico el Cardenal Ascanio el 20 de Agosto, en tratos con el Príncipe de Salerno para casar a Lucrecia con el hijo de dicho Príncipe, en ciertas condiciones que, de ser ciertas, no redundarían en provecho de la Majestad Real ni de Italia. Al propio tiempo había oído decir que el Cardenal de Valencia se secularizaría y casaría con la Princesa de Squillace, dándosele los estados que posee en el Reino de Nápoles el Príncipe, que hasta ahora no ha conocido carnalmente a la Princesa, y que sucedería al Cardenal en todos sus beneficios eclesiásticos. Que César estuviese resuelto a despojarse de la púrpura era cierto; mas no que lo hiciese para casarse con su cuñada Sancha, porque eran más altas sus aspiraciones. Tenía puestos los ojos en la corona de Nápoles, la que creía poder alcanzar por medio de su enlace con Carlota de Aragón, la hija del Rey Fadrique, contentándose por lo pronto con el Principado de Taranto, y estos ambiciosos proyectos de César, que eran también los del Papa, movieron a éste, en su deseo de granjearse a los aragoneses, a negociar la boda de Lucrecia con Alfonso, Duque de Bisceglia, hijo natural, como Sancha, de Alfonso II y de la bella Trusia. Pero necesitábase ante todo anular el matrimonio de Lucrecia con el Señor de Pesaro, para lo que era preciso probar la impotencia del marido, y al fin se obtuvo por la declaración conforme de ambos cónyuges.
Mientras se ocupaba el Papa en buscar a Lucrecia un buen marido, como prometía serlo el Duque de Bisceglia, mozo que no se había visto ninguno más bello en Roma, al decir del cronista romano Falini, encontraba Lucrecia sin ayuda de nadie un buen amante en la persona del primer Camarero de Su Santidad, Pedro Calderón, conocido por Perote entre sus compatriotas españoles, y por Perotto entre los italianos, al que tenía el Papa gran afición por ser quien diariamente le afeitaba. Un año después de la fuga de Sforza, ella, que según su declaración había quedado intacta, mostró muy a pesar suyo, como consecuencia del último trato con Perote, evidentes señales de una próxima maternidad. El 2 de Marzo de 1498 escribía al Marqués de Mantua, desde Bolonia, Cristóbal Poggio, Secretario de Bentivoglio: «No tengo de Roma más noticia sino que aquel Perotto, primer Camarero de Nuestra Santidad, a quien no se encuentra, está preso por haber dejado encinta a la hija de Su Santidad, D.ª Lucrecia.» Sobre el misterioso fin de Perote corrieron varias voces. Burchard decía el 14 de Febrero que se había encontrado su cadáver en el Tíber, y pocos días después apareció el de una tal Pantasilea, doncella de Lucrecia, que acaso sirviera de tercera de estos amores. El Embajador veneciano Capello cuenta, y ésta es también la versión de Oviedo, que César mató a Perote en presencia del Papa, cerca del cual se había refugiado el Camarero, manchando con su sangre el traje y hasta la cara de Su Santidad. El 15 de Marzo siguiente, Juan Alberto de la Pigna, agente del Duque de Ferrara en Venecia, participaba que Lucrecia había dado a luz un hijo ilegítimo.
Ahora bien: ¿fué este hijo bastardo de Lucrecia el infante romano Juan de Borja, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501, cuando contaba ya tres años, como hijo, primero de César y luego del Papa, habido en mujer soltera? La primera Bula Illegitime genitus es un acto público; la segunda, Spes futuræ, un documento privado, de cuya autenticidad no cabe duda, porque no sólo existen copias en el Archivo de Módena y en el de Osuna, en Madrid, sino también en el archivo secreto pontificio, en los registros oficiales de Alejandro VI, donde las ha hallado el Barón Pastor. La edad que en ambas Bulas se atribuye al reconocido infante coincide con la del bastardo que tuvo Lucrecia en la primavera de 1498, y los que patrocinan, como Portigliotti en su reciente libro[76], la acusación de incesto lanzada por Juan Sforza y acogida velada o claramente por los poetas Sannazzaro y Pontano; los historiadores y políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Pedro Mártir, Priuli, Machiavelli y Guicciardini, dan por probable que la mujer soltera, madre de D. Juan, sea Lucrecia, que por la anulación de su matrimonio con Sforza recobró su primitiva soltería, y la paternidad adjudícansela al Papa, sin excluir que hubiera también podido caber en ella alguna parte a César y a Juan, por haber asimismo usufructuado los favores de Lucrecia.
Este cúmulo de complicados incestos y horrores con que se ha nutrido la fecunda imaginación de los poetas, dramaturgos, novelistas y pseudo-historiadores tuvo por origen la calumnia, flecha del Partho, con que se vengó de los Borjas el fugitivo Sforza. Y si la calumnia se extendió como mancha de aceite por toda Italia, debióse, en mucho, a que no eran ciertamente intachables las costumbres del Papa y de sus hijos, concupiscentes en extremo, y a que su calidad de españoles los hacía, en Italia, blanco del odio popular, propicio a acoger cuantas acusaciones contra ellos se lanzaban, fueran fundadas o calumniosas. Así se formó la opinión pública, en cuyas turbias fuentes bebieron los historiadores contemporáneos, transmitiendo a la posteridad la leyenda del incesto que recogieron del fango del arroyo.
De este nefando crimen ha absuelto a los Borjas, por falta de pruebas, el tribunal de la Historia; lo cual no quiere decir que hayan quedado, tanto Lucrecia como el Papa, limpios de toda mancha de impureza, salvo la del pecado original, como hoy pretenden los panegiristas que con laudable esfuerzo y piadosa intención andan aportando datos y buscando milagros para el expediente de beatificación de Alejandro VI y de Lucrecia Borja.
Volviendo ahora al caso del infante romano Juan de Borja, que no fué fruto de los supuestos amores incestuosos del Papa con su hija, hay quien lo tiene por hijo de Lucrecia y quien lo cree hijo de Alejandro, porque así lo declara éste en la Bula Spes futuræ de 1.º de Septiembre. Los que sostienen esta última opinión no saben, ni sospechan, quién fué la mujer soltera, mulier soluta, con la cual pecó Su Santidad, cuando hacía ya más de cinco años que ceñía la tiara. No pudo ser, como pretenden Woodward[77] e Iriarte[78], Julia Farnesio, porque en 1498 vivía su marido Orsino Orsini, que no hubiera tenido inconveniente en dar su nombre a Juan, como se lo dió a Laura. Burchard la llama solamente una cierta romana.
Nos inclinamos a creer que el infante romano es el hijo bastardo de Lucrecia. No sólo hay la coincidencia de la edad, sino el reparto que hizo ella el 17 de Septiembre de 1501, pocos días después de las famosas Bulas, de las tierras del Lazio, arrebatadas a los Barones romanos, con las que se formaron dos Ducados: el de Sermoneta, que había pertenecido a los Gaetani, fué para su hijo legítimo Rodrigo, habido en su matrimonio con el Duque de Bisceglia, y el de Nepi, para el infante Juan, reconocido luego por el Papa como hijo suyo. Preparábase Lucrecia en aquellos días a celebrar su tercer enlace con Alfonso de Este, el primogénito del Duque de Ferrara, y a abandonar para siempre la Ciudad Eterna. Era natural que tanto ella como el Papa tratasen de ocultar el desliz que costó la vida a Perote, y que la madre quisiera asegurar el porvenir de aquel hijo que, con el legítimo, dejó confiado a Su Santidad cuando partió para Ferrara. Las dos Bulas de legitimación no tuvieron quizá otro objeto que el de dar al bastardo el apellido, las armas y los derechos de los Borjas, de la manera que podía hacerlo el Papa, poniendo a salvo el honor de la hija en el momento en que se enlazaba con una de las más ilustres familias soberanas de Italia. Quiso primero atribuir la paternidad a César, mas luego la reclamó para sí propio, siendo curioso que ambas Bulas se encuentren hoy en el Archivo de Este y provengan de la cancillería de Lucrecia, que, probablemente, las llevó consigo cuando se fué a Ferrara.
Las negociaciones matrimoniales de Alejandro VI con la Corte de Nápoles no tuvieron el resultado que el Papa y el Valentino deseaban. El Rey D. Fadrique se negó resueltamente a dar la mano de su hija Carlota al Cardenal, estando dispuesto, según escribió a Gonzalo de Córdoba, a perder el reino y la vida antes de consentir en semejante boda. Tampoco logró César vencer la repugnancia de Carlota de Aragón cuando la vió en la Corte de Luis XII, donde se educaba y adonde fué en su busca el Valentino, que de allí volvió a Italia, casado por mano del Rey de Francia con Carlota d’Albret, hermana del de Navarra. Pero si se frustró la boda de César con la aragonesa no pudo D. Fadrique oponerse a la de Lucrecia con el Duque de Bisceglia, hijo natural de Alfonso II[79].
Anulado, el 20 de Diciembre de 1497, el matrimonio de Lucrecia con Juan Sforza, y el 10 de Junio del año siguiente, por Breve del Papa, la promesa de matrimonio de Lucrecia a D. Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, pudo Lucrecia, sin impedimentos legales y sin escrúpulos de conciencia, contraer nuevas y justas nupcias con D. Alonso de Aragón, firmándose en el Vaticano, el 20 de Junio, el contrato en que intervino, representando al Rey de Nápoles, el Cardenal Ascanio Sforza, autor del primero e infortunado enlace de Lucrecia.
En Roma entró, sin ceremonia alguna y casi furtivamente, D. Alonso, el 15 de Julio, y el 21 se celebró y consumó secretamente el matrimonio. La misa de las bodas tuvo lugar el domingo 5 de Agosto, y la relación de los festines que con este motivo se celebraron en el Vaticano escribióla D.ª Sancha, la hermana del novio, y la ha publicado, acrecentada con noticias y aclaraciones, el Marqués de Laurencín, Director de nuestra Academia de la Historia. Es esta Relación una carta que dirigió la Princesa de Squillace a su tío, el Rey D. Fadrique, a juzgar por el encabezamiento y texto de la epístola, y «resulta una amena y detallada descripción de los banquetes pantagruélicos que en el Vaticano se celebraron con tan fausto motivo; una pintura exacta, un cuadro animado y fidelísimo de las costumbres, de las malas costumbres de aquella corrompida Corte, y nos muestra a los Cardenales y Prelados bailando con las damas de Palacio, alanceando toros, haciendo una montería con disfraces y otras cosas extrañas. Narra con primor hasta los más nimios y singulares pormenores, como tal vez no lo hicieran un afamado modisto parisino o un competente cronista de salones, los trajes, atavíos y tocados de damas y galanes; enumera los espléndidos regalos de joyas y orfebrería con que a la desposada obsequiaron su padre Alejandro VI y la Corte cardenalicia, ofreciéndonos, en suma, esta epístola narrativa, escrita con deliciosa ingenuidad y no afectado realismo por testigo presencial de tanta monta, una página vibrante, llena de luz y color, de tan espléndidas fiestas, útil y aprovechable para la Historia, para la indumentaria y para el arte.» A ella remitimos al curioso lector, que advertirá fácilmente que andaba entonces D.ª Sancha en amorosos tratos con su cuñado el Cardenal, cuyos trajes se complace en describir con tanta minuciosidad como los suyos[80]. Danzó César, a menudo, con ella una baja y una alta, sentóse en sus faldas, obsequióla con motes sugestivos y convidóla a una corrida de toros, a que asistieron diez mil personas, y en un palco D.ª Sancha, el Príncipe su marido y sus doncellas. «Vestía el Cardenal una camisa muy rica de canyutillo de oro y otras labores de seda, sembrada toda ella, con unas mangas de nueva manera hechas, la cual yo se la di para aquel día; encima de ella traía una marlota toda blanca, con una espada labrada de oro de martillo, un bonete de terciopelo carmesí, con unos torzales de oro, y un penacho blanco y unos borceguíes azules de zumaque, labrados todos de hilo de oro muy ricos. Salió a caballo en un caballo todo blanco, morisco, muy hacedor, con un jaez esmaltado y unos cordones azules y de canutillo de oro y piedras, y una lanza en la mano con una bandera labrada de plata y de oro, muy gentil, la cual yo le di para aquel día. Llevaba el Cardenal consigo doce caballeros, que eran: D. Juan de Cervellón, D. Guillén Ramón de Borja, D. Ramón Castellar, Mosén Alegre[81], el Prior de Santa Finna[82], D. Miguel de Corella, D. Juan Castellar, mi mestresala, mi trinchante, el caballerizo del señor Cardenal y mi caballerizo, todos muy buenos caballeros de la jineta. Corrieron ocho toros desde las 19 horas hasta las 24; mató el señor Cardenal, sólo de su mano, dos toros de aquesta manera: que después de haber corrido mucho el primero, dióle una lanzada cerca de la cabeza que le pasó la mitad de la lanza por el pescuezo con la bandera, después de cansado un rato corriendo con los otros caballos; ya descansado, fué para mudar de caballo, aunque había mudado otros tres; él solo se agarró con otro toro muy bravo, y porque había muerto el primero con la lanza, dejó aquélla y tomó otra de la misma manera y corrió este toro por espacio de media hora; después arrojó la lanza y puso la mano a la espada, y dióle una tan gran cuchillada en el pescuezo, que le echó en tierra muerto luego sin más ferida; y ansí fueron, en la tarde, todos los otros toros corridos y muertos por su señoría.» Bueno es que conste, para los aficionados a la fiesta nacional, cómo se corrían los toros a la española en Roma, a fines del siglo XV, y cómo se acreditó de gran matador César Borja. Cuando terminó la corrida, el Cardenal, y todos los del juego vinieron a la posada de D.ª Sancha y allí cenaron y estuvieron seis horas cantando y tomando otros placeres.
Las fiestas de la boda que describe D.ª Sancha no duraron, en rigor, más que dos días. El domingo 5 de Agosto, después de la misa, pasaron la mañana en casa de Lucrecia, donde comieron, y después fueron al Vaticano. Aguardábalos el Papa en la Sala de los Pontífices, y allí danzaron durante tres horas; vino luego la cena, y no cenó Sancha porque servía la copa a Su Santidad, teniendo de sota-copero a D. Ramón Guillén de Borja, pariente del Papa, y de paje del pañizuelo a Mosén Alegre. A la cena siguió una montería, aparejada por el Cardenal de Valencia, que, vestido de raso amarillo, representaba el unicornio, y acabados los bailes de los momos, cambiaron de trajes y se reanudaron las danzas altas y bajas, hasta que amaneció y se sirvió su colación al Papa, y éste despidió al Duque y a D.ª Lucrecia, que se fueron a su casa, y con ellos se fueron todos, con muchos sones y ya salido el sol.
El lunes se gastó todo el día en dormir, y cuando despertaron el martes era la misma hora a que se habían acostado el día anterior. Ese día, el 7, fué el Cardenal quien convidó e hizo la fiesta en el Belveder, casa y huerta de placer de Su Santidad, repitiéndose las danzas, la cena y la colación con motes e invenciones que presentaba el Cardenal, y cuando amaneció, mandó el Papa que fuese cada cual a su posada. Y con esto acabaron las fiestas del señor D. Alonso y la señora D.ª Lucrecia.
Todo presagiaba un matrimonio felicísimo. La mocedad de D. Alonso, casi dos años menor que Lucrecia, su varonil hermosura, su apacible carácter, la simpatía de la sangre, bastardos ambos, hijo él de un Rey aragonés y ella de un Papa valenciano, hasta el afecto que se tenían Lucrecia y Sancha, ahora doblemente cuñadas, hacían que fuera el Duque de Bisceglia un marido a quien no es extraño cobrara Lucrecia, desde luego, grandísima afición.
Poco después, y con fines también políticos, concertó Alejandro otras dos bodas: las de sus sobrinas Jerónima y Angela, hermanas ambas del Cardenal Juan de Borja, el menor; de Rodrigo, el Capitán de la Guardia palatina y del Prior de Santa Eufemia, Pedro Luis, torero como César, que fué también Cardenal, y a la muerte de su hermano, el último Borja, Arzobispo de Valencia. Casó Jerónima, el 8 de Septiembre de 1498, con Fabio Orsini, hijo de Pablo y sobrino de Juan Bautista, el Cardenal, celebrándose el matrimonio con gran pompa, en el Vaticano, en presencia del Papa e interviniendo como testigo el Duque de Bisceglia, que tuvo la espada desnuda sobre la cabeza de los jóvenes esposos mientras duró la ceremonia. D.ª Jerónima acompañó a Lucrecia a Ferrara, y viuda de Fabio Orsini, contrajo, en 1507, segundas nupcias en Nápoles, con Tiberio Caraffa, Duque de Nocera, Conde de Soriano y de Terranova. Angela se desposó en el Vaticano el 2 de Septiembre de 1500, en presencia de los Embajadores de Francia, con Francisco de la Rovère, que contaba sólo ocho años, hijo del Prefecto de Roma y sobrino del Cardenal Julián, con quien se congració el Papa por medio de estos desposorios que no se llevaron luego a cabo. Francisco de la Rovère casó con Leonor Gonzaga, la hija de Isabel de Este, y fué Duque de Urbino, y Angela Borja, que era dechado de hermosura y gracia, pasó a Ferrara con su parienta la Duquesa y trajo aquella Corte a mal traer, siendo por el Ariosto citada en la octava cuarta del último canto del Orlando Furioso. Casó, el 6 de Diciembre de 1506, con Alejandro Pío de Saboya de los Píos de Sassuolo[83], de los que desciende el actual Príncipe Pío de Saboya, Marqués de Castel Rodrigo, y un hijo de ellos llamado Gilberto se desposó con Isabel, hija natural del Cardenal Hipólito de Este, el cuñado de Lucrecia, que estando enamoradísimo de Angela y celoso de su hermano Julio, mandó sacarle los ojos por haberle a ella oído decir que los tenía muy hermosos.
El 17 de Agosto de aquel año, de 1498, César, cuyas notorias deshonestidades aun para lego eran muy grandes, según solía decir el Embajador de España, renunció, con autorización del Sacro Colegio, el capelo cardenalicio para la salvación de su alma, y aquel mismo día llegó a Roma Luis de Villeneuve, Embajador de Luis XII, que le traía el nombramiento de Duque de Valence en Francia, por lo que siguieron llamándole el Valentino, y le invitaba a ir a Chinon, donde a la sazón residía la Corte. Largos y costosos fueron los preparativos para el viaje, que hasta el 1.º de Octubre no pudo emprender el nuevo Duque, revistiendo su partida de Roma la solemnidad y el fausto de la de un Soberano. En este viaje tenía puestas el Papa grandes esperanzas, más que para bien de la Iglesia y acrecentamiento de su poder temporal, para el encumbramiento de su hijo César, que, según decía en Breve dirigido a Luis XII el 28 de Septiembre, era lo que tenía en el mundo de más caro. Por mediación del Rey de Francia esperaba que obtendría César la mano de Carlota de Aragón, que en aquella Corte se educaba; mas no fué posible vencer la resistencia de la doncella, no menor que la del padre, que jamás quiso venir en deudo que tan mal la estaba, ni ella en ser llamada la Cardenala, y tuvo César que contentarse con otra Carlota, la francesa d’Albret, y dióse el Papa también por satisfecho, porque los franceses ayudarían al Valentino, como en efecto lo hicieron, a conquistar la Romaña, para lo que empezó Alejandro por declarar desposeídos de sus feudos, por no haber pagado a la Santa Sede el debido tributo, a los Señores de Rimini, Pesaro, Imola, Forli, Urbino, Faenza y Camerino, y hasta se pensó en Ferrara.
Aguardaba el Papa con impaciencia noticias de Francia para saber por quién decidirse, si por el Rey Cristianísimo, que con la ayuda de Venecia aspiraba a conquistar el Milanesado y Nápoles, o por el Rey Católico, que temía se opusiera a ello y se declarase en favor de los Sforzas y los Aragoneses. Los Embajadores de España le habían amenazado con el Concilio y la Reforma, y como llegaran a decirle que eran conocidos los medios de que se había valido para conseguir la tiara, los interrumpió diciéndoles la había obtenido por los votos del Cónclave y era Papa con mejor derecho que los Reyes de España, que eran unos intrusos sin título ninguno jurídico y contra toda conciencia. Uno de los Embajadores aludió a la muerte del Duque de Gandía, calificándola de castigo de Dios, y el Papa repuso indignado: «Más castigados han sido vuestros Reyes, que no tienen prole.» Pero estos desahogos poco diplomáticos, si es que tales palabras se dijeron, no tuvieron ninguna consecuencia. El Papa se tranquilizó por completo cuando supo que el Rey Católico estaba de acuerdo con el Cristianísimo para repartirse los Estados de su pariente, el último Rey de la Casa de Aragón, en Nápoles.
Quien no se tranquilizó con las noticias que de Milán le daba su hermano Ludovico el Moro, fué el Cardenal Ascanio Sforza, y juzgando su situación harto precaria en Roma, abandonó la ciudad secretamente en la noche del 13 al 14 de Julio de 1499 y se dirigió a Nepi, propiedad de los Colonna, con ánimo de embarcar en una nave napolitana que lo llevara a Génova, desde donde se trasladaría a Milán. El 2 de Agosto partió también de Roma, y se refugió en Genazzano, al amparo de los Colonna, el Duque de Bisceglia. Debieron influir en el ánimo apocado y contristado de D. Alonso los consejos del Cardenal Ascanio, su mejor amigo en Roma, que le recordaría el caso del anterior marido de Lucrecia, que debió a la fuga el salvar la vida amenazada por César. Furioso el Papa envió gente a caballo, que no logró dar alcance al fugitivo. Lucrecia, que estaba embarazada de seis meses, después de haber malparido el 18 de Febrero a consecuencia de una caída en el jardín en que jugaba con una de sus doncellas, que le cayó encima, no hacía más que llorar y lamentarse. El marido le escribió que la aguardaba en Genazzano, y el Papa, en cuyas manos cayó esta carta, hizo que ella le contestara exhortándolo a regresar a Roma, y para distraerla la nombró el 8 de Agosto Regente de Spoleto, ciudad hasta entonces gobernada por Legados pontificios, los más de ellos Cardenales. Púsose Lucrecia en camino aquel mismo día con un numeroso séquito, del que formaban parte su hermano Jofre, Fabio Orsini, el marido de Jerónima Borja, y una compañía de arqueros, y al cabo de seis días de viaje, ya en mula, ya en litera, llegó a Spoleto. D. Alonso, para su desgracia y por lo muy enamorado que estaba de su esposa, se decidió a reunirse con ella, obedeciendo al Papa, que le ordenó fuese a Spoleto por Foligno y que vinieran después ambos a Nepi, donde él se encontraba, y de cuyo feudo, perteneciente a Ascanio Sforza, había investido a Lucrecia. El 25 de Septiembre se trasladó Alejandro, con cuatro Cardenales, a Nepi y allí recibió a la nueva señora, acompañada de su marido y de su hermano Jofre. El 1.º de Octubre regresó el Papa al Vaticano y el 14 Lucrecia. El día de todos los Santos dió ésta a luz un hijo, que fué con gran solemnidad bautizado en la Capilla Sixtina, poniéndole por nombre el de su abuelo materno, lo que hizo decir al enviado de Mantua, Juan Lucio Cattanei, «que se había encontrado el filón que no pudo explotar el Señor de Pesaro». Poco después la Señora de Spoleto y Nepi acrecentó sus Estados con el de Sermoneta, del que se vieron los Gaetani despojados.
Había también regresado de Nápoles a Roma D.ª Sancha, levantado el destierro de algunos meses que le impuso el Papa, y ausente César, ocupado en guerrear en la Romaña contra Catalina Sforza y en rendir las fortalezas de Imoli y Forli, disfrutábase, tanto en el Vaticano como en el Palacio de Santa María in Pórtico, de un reposo siempre amenazado por la ambición y los amores del siniestro y temido Valentino. Si fueron para Lucrecia, según Gregorovius, los días más felices de su vida los del idilio de Pesaro, con mayor razón pudiera decirse que conoció la dicha en su segundo y breve matrimonio con Alonso de Aragón. La varonil belleza del adolescente marido, el ardor, no de perito capitán, sino de soldado bisoño, con que cumplía sus deberes conyugales; su ingenuidad y mansedumbre, y la afición que le cobró a Lucrecia, hicieron que ella correspondiese a este afecto con no menor vehemencia, y que hallase en los nupciales y legítimos goces igual satisfacción que la obtenida del pecaminoso ayuntamiento. Pero las dichas humanas duran poco, y la de Lucrecia, en su segundo matrimonio, había de tener pronto y terrible fin.
El 26 de Febrero de 1500 celebró César su entrada triunfal en Roma, trayendo prisionera a Catalina Sforza, a quien el vencedor hizo sufrir, según voz pública, los últimos ultrajes[84]. Recibiéronlo solemnemente los Cardenales y los Embajadores, y el Papa, que lloraba y reía de gozo, le confirió las insignias de Gonfaloniero de la Iglesia y la rosa de oro. Habíase visto César obligado a suspender las hostilidades en la Romaña, porque la reaparición de Ludovico el Moro en Lombardía, llevó allí las tropas francesas, que al mando de Allegre servían a las órdenes del Valentino; pero la batalla de Novara acabó con los Sforza. El Moro cayó prisionero y fué encerrado en la fortaleza de Loches, donde murió tras largo cautiverio; su sobrino Francisco il Duchetto, el hijo de Isabel de Aragón, desposeído por el Moro, pasó a la Corte de Francia y se convirtió en el Abate de Noirmoutiers, muriendo tempranamente, en una cacería, de una caída de caballo; y el Cardenal Ascanio, que cayó en manos de los venecianos, los cuales lo entregaron a los franceses, estuvo preso en Bourges y obtuvo su libertad por mediación del Cardenal d’Amboise, con quien vino a Roma para la elección de Pío III, y aquí murió de la peste a fines de Mayo de 1505, y yace en el magnífico sepulcro que para él labró, en Santa María del Popolo, por orden de Julio II, Andrea Sansovino. Llegaron las faustas noticias de Milán a Roma, cuando la ciudad eterna, rebosante de peregrinos, celebraba el jubileo.
En la noche del 15 de Julio, al regresar del Vaticano el Duque de Bisceglia, atacáronle, en la Plaza de San Pedro, unos seis sicarios disfrazados de mendigos, que después de herirlo a puñaladas quisieron arrastrarlo hacia el Tíber para hacer desaparecer las trazas del delito; pero los gritos del Príncipe en el silencio de la noche y las irritadas voces de los asesinos dieron el alarma a la guardia palatina, que salió, aunque no a tiempo para detener a los falsos mendigos, que se reunieron con unos cuantos jinetes que los aguardaban en un apartado y oscuro rincón de la plaza, y a rienda suelta se alejaron de Roma. Transportado el malherido Duque a su palacio, pudo llegar hasta la estancia en que se hallaba Lucrecia, la cual, al verle en aquel estado, cayó desmayada. Sanó, sin embargo, de las graves heridas; mas temeroso de ser envenenado, no se dejó curar sino por los médicos que le envió el Rey de Nápoles[85] ni probó más alimento que el que Lucrecia y Sancha preparaban. Atribuyóse el atentado a la misma mano criminal que había perpetrado el del Duque de Gandía, que entonces se tenía por obra de César, y de ello estaba convencido el propio D. Alonso, que había cobrado mortal odio y temor a su cuñado[86].
Ello es que un mes después, el 18 de Agosto, estando ya convaleciente el Duque de Bisceglia, se presentó en su cuarto Miguel Corella, que lo estranguló por orden de César. Según refiere el Embajador veneciano Paolo Capello, y esta es la versión del Vaticano para justificar aquella muerte y disculpar a César, desde su ventana vió Alonso a César que paseaba en el jardín del Belvedere. Cogió rápido un arco y disparó una flecha contra el que era objeto de su odio. La cólera de César no conoció límites, y su capitán de guardias hizo pedazos al Duque. Aquella misma noche el cadáver del desdichado Príncipe fué transportado a San Pedro, y amedrentado, al tener noticia del nefando crimen, el Embajador de Nápoles se refugió en casa de su colega de España.
Era natural que Lucrecia, mujer al fin y al cabo, siquiera no dejaran las penas en su corazón apenas huella, sintiera la muerte del gallardo mozo que fué durante dos años su marido y pereció villanamente asesinado por la misma mano que ultimó al Duque de Gandía. Era natural que derramara abundantes lágrimas y prorrumpiera en amargas quejas; pero ni las lágrimas ni las quejas enternecieron a Su Santidad, y para librarse de ellas, porque también molestaban a César, por cuyos ojos veía el Papa todas las cosas, envió a Lucrecia a Nepi.
El 30 de Agosto, con un séquito de seiscientos jinetes, salió Lucrecia para la ciudad de que era Señora. Como era de temer, dado que se hallaba encinta cuando ocurrió el asesinato de su marido, malogróse la criatura. En el solitario castillo, reconstruído por Alejandro VI, pudo la tierna viuda dar rienda suelta a su dolor, tanto menos duradero cuanto más vehemente, y antes de dos meses estaba de regreso en Roma dispuesta a gozar de la vida y a pasar a terceras nupcias que la hicieran olvidar por completo, tanto al asesinado Duque de Bisceglia, como al fugitivo Señor de Pesaro, porque era, como César, super omnia clara et jocunda e tutta festa, según decía el Obispo de Módena Juan Andrés Bocaccio.
Ya en vida de Alonso de Aragón, el Papa, siempre previsor, pensando en quién pudiera ser el futuro marido de Lucrecia, pues el Reino de Nápoles estaba llamado a desaparecer y no había esperanza ninguna, por la oposición del Rey Fadrique al matrimonio de su hija Carlota, de que recayera en César la corona, habíase fijado en otro Alfonso, el de Este, Príncipe heredero de Ferrara, viudo sin hijos, que contaba entonces unos veinticuatro años. A los catorce se había casado con Ana Sforza, la bellísima y bonísima hermana del Duque de Milán Juan Galeazzo[87], cuya madre, al enviudar en 1476, renovó la alianza con Ferrara y concertó la boda de su hija Ana con el recién nacido Alfonso[88], hijo y heredero de Hércules. Al año siguiente se firmó en Ferrara el contrato matrimonial, y siete años después, cuando cumplía diez la novia, su futura suegra la Duquesa Leonor le envió una muñeca con un equipo completo, obra de los mejores artistas ferrareses. Habíase convenido que la boda se celebraría en 1490, en que cumpliría los catorce Alfonso, y al propio tiempo la de su hermana Beatriz con Ludovico el Moro; mas tenía éste entonces por amiga a Cecilia Gallerani, dama milanesa de noble alcurnia, singular belleza y gran cultura, retratada por Leonardo de Vinci y cantada por todos los poetas cortesanos, la cual hablaba y escribía el latín corrientemente, componía sonetos italianos y discutía en latín con los teólogos y filósofos que frecuentaban su casa. Había Ludovico tenido en ella un hijo a quien hubiera deseado legitimar por subsiguiente matrimonio[89], por lo que andaba aplazando la boda concertada con la Estense, hasta que, al fin, teniendo en cuenta la razón de Estado, casó con Beatriz en el castillo de Pavía, el 17 de Enero de 1491, que era martes, porque, consultado el médico y astrólogo de la Corte, Ambrosio de Rosate, declaró que el día de Marte era propicio para el matrimonio de un señor que deseaba sobre todo tener sucesión masculina. Y el lunes 23 se verificaron en la capilla del palacio ducal de Milán los desposorios de Alfonso de Este con Ana Sforza, pronunciando la oración nupcial el maestro de Ludovico, Filelfo, a pesar de ser lego y casado. Un mes después recibieron la bendición con gran pompa en la catedral de Ferrara. Fué el matrimonio felicísimo y muy sentida, tanto en Ferrara como en Milán, la temprana muerte de Ana, al dar a luz un hijo muerto, el 30 de Noviembre de 1497. Igual fin, muy común entonces, había tenido el 2 de Enero de aquel año su cuñada Beatriz, que vió amargados los últimos meses de su vida por los públicos amores del Duque con Lucrecia Crivelli, una de sus damas[90].
Eran los Este, reinantes en Ferrara como Duques feudatarios de la Santa Sede, una de las Casas más ilustres y encopetadas de Italia. Aunque en ella había, como en todas las demás, no pocos bastardos, no lo era D. Alfonso, y a Alejandro halagaba que su hija entrase, y no por mano de bastardo, en una familia muy principal y estuviese llamada a reinar como consorte en un Estado cuya amistad era preciosa para los ambiciosos planes de César, que no se contentaba con la Romaña, de que era ya Duque, y tenía puestos sus ojos en Bolonia y en Florencia.
Había venido a Roma Alfonso de Este muy mozo, en Noviembre de 1492, enviado por su padre para felicitar a Alejandro VI por su elevación al solio pontificio. El Papa, que era padrino de bautismo del joven Príncipe, lo acogió con mucha amabilidad, alojándolo en el Vaticano; de suerte que pudo ver a su sabor a la que había de ser nueve años después su mujer y era entonces la prometida esposa de Juan Sforza, linda chicuela de ojos claros y cabellos rubios, siempre alegre y dispuesta a divertirse.
En Noviembre de 1500 hablábase ya en Roma de la boda de Lucrecia con el heredero de Ferrara, y el 26 de aquel mes se lo participaba a la Señoría el nuevo Embajador de Venecia, Marin Gorzi. Los primeros pasos cerca del Duque de Ferrara los dió Alejandro por medio de un modenés, Juan Bautista Ferrari, antiguo servidor de Hércules, a quien el Papa hizo Datario y luego Cardenal. Al oír la proposición del Papa quedó el Duque tan perplejo y disgustado como el Rey D. Fadrique cuando le pidieron la mano de su hija Carlota para César. Tenía ya en tratos la boda de su primogénito con una Princesa de la Casa Real de Francia, Luisa, la viuda del Duque de Angulema, y la que le proponía Alejandro heríale en su orgullo. Repugnaba también a Alfonso, y tanto la Marquesa de Mantua como la Duquesa de Urbino se indignaron al pensar en semejante alianza. Y no era la bastardía lo que les escandalizaba, sino que fuera hija del Papa, habida cuando éste era sacerdote, y la mala reputación de que, además, gozaba, sabiéndose en Ferrara cuanto de ella se decía en Roma y era a todas las Cortes de Italia transmitido por los despachos de los Embajadores y las cartas de los agentes oficiosos. La respuesta de Hércules fué, pues, una rotunda negativa.
Preveíala el Papa y no se dió por ofendido ni vencido. Encargó a su mandatario que hiciera presente al Duque las ventajas que ofrecía su propuesta y el daño que podría resultarle de rechazarla: por una parte, la seguridad y el engrandecimiento de sus Estados; por otra, la enemistad del Papa, la de César y acaso la de Francia. Sabía Alejandro que la opinión de Luis XII había de ejercer decisivo influjo en Ferrara, y aunque el Monarca francés se mostró en un principio contrario al matrimonio de Lucrecia, porque deseaba estrechar con Ferrara y estorbar el engrandecimiento del poder papal, necesitaba, sin embargo, entonces, para su empresa de Nápoles, la ayuda de Alejandro y el permiso al ejército para que pudiese pasar desde la Toscana a Nápoles a través de los Estados de la Iglesia. Contaba asimismo el Papa con el apoyo del Cardenal d’Amboise, grande amigo de César, que le había llevado el capelo y le había prometido la tiara, para cuando muriera Alejandro, contando con los votos de los Cardenales españoles. Vino César a Roma en Junio de 1501, púsose de acuerdo con los franceses, y juntando luego sus tropas a las que mandaba el Mariscal Aubigny, entró a sangre y fuego en el Reino de Nápoles, que, según lo convenido, había de repartirse entre Francia y España, y desapareció, por obra del Rey Católico, la Casa de Aragón, que César tanto odiaba, recibiendo su último Rey, D. Fadrique, que pasó a Francia, el Ducado de Anjou. Su hijo el Duque de Calabria, D. Fernando, fué llevado a España, adonde le acompañó su preceptor Crisóstomo Colonna[91], y andando el tiempo, casó con la viuda del Rey Católico, Germana de Foix, y a la muerte de ésta con D.ª Mencía de Mendoza, segunda Marquesa de Zenete. Vivió y murió en Valencia, y allí, como Virrey, tuvo Corte, que describe Luis Milán en su libro El Cortesano, renovando en el alcázar del Real las cultas y regocijadas fiestas del Rey D. Juan el Amador de gentileza. Al morir dejó su cuantiosa fortuna al Monasterio, que fundó, de San Miguel de los Reyes.
A la guerra de Nápoles debió Lucrecia el haber llegado a ser Duquesa de Ferrara. La Corte de Francia, cediendo a los deseos del Papa, empezó en Junio a hacer pesar su influencia en la de Ferrara, aconsejando al Duque que diera su asentimiento al matrimonio con ciertas condiciones, como la de que trajera la novia una dote de 200.000 ducados, se eximiera a Ferrara del pago del canon anual y se concedieran algunos beneficios a miembros de la Casa de Este. Amboise envió a Ferrara al Arzobispo de Narbona para que convenciera al Duque, y el propio Rey le escribió con igual empeño, negándole la mano de la Princesa francesa prometida a D. Alfonso. A estas instancias uníanse las de los enviados del Papa y los agentes de César, que no dejaban momento de reposo al Duque, por lo que éste tuvo, al fin, que rendirse, y el 8 de Julio participó a Luis XII que estaba dispuesto a darle gusto con tal de que pudiese llegar a ponerse de acuerdo con el Papa respecto a las condiciones de la boda.
La negociación fué larga y laboriosa. Apremiaba el Papa al Duque, pero éste, para concluir el trato, necesitaba, por una parte, vencer la resistencia del hijo, tenazmente opuesto a la que reputaba vergonzosa boda, y por otra, la de Alejandro al cumplimiento de todas las condiciones que Hércules tenía por indispensables y previas para poder firmar las capitulaciones matrimoniales. Habíale mandado a decir el Rey Cristianísimo que si la cosa podía hacerse, tratara de sacar el mayor partido posible, y que si no podía hacerse, él estaba dispuesto a dar a D. Alfonso la mano que quisiera pedir en Francia. Parecíale al Papa excesiva la dote de 200.000 ducados, muy superior a la que llevó Blanca María Sforza al Emperador Maximiliano, y ofreció dar la mitad al contado. Para la exención del canon que pagaba el Duque por el feudo de Ferrara era preciso obtener el consentimiento del Sacro Colegio, y el del Cardenal Julián de la Rovère para la cesión de Cento y de Pieve, ciudades ambas, que exigía Hércules, del Arzobispado de Bolonia, del que era titular aquel Cardenal. Pero si grande era el deseo de Alejandro de ver a su hija establecida en Ferrara, mayor era el de Lucrecia de que se realizara la boda, a pesar de la repugnancia que sabía inspiraba a su futuro esposo y de las condiciones, para ella tan humillantes, de que dependía el éxito de la negociación. Fué Lucrecia quien, tomando en manos el asunto y los intereses del Duque de Ferrara, que eran entonces los suyos, acabó por conseguir del padre que aceptara las condiciones previas exigidas por el Duque para el matrimonio, lo cual tuvo lugar por acta legal estipulada en el Vaticano el 26 de Agosto de 1501, firmándose el contrato de matrimonio el 1.º de Septiembre en Ferrara.
Mientras se seguían las negociaciones matrimoniales, César ayudaba en Nápoles a los franceses a apoderarse de aquel Reino y el Papa aprovechaba la ocasión para despojar de sus bienes en el Lacio a los Barones Romanos, amigos de la Casa de Aragón, como los Colonna, los Savelli, los Estouteville. El 27 de Julio, con infantes y caballos, se trasladó el Papa a Sermoneta; pero antes de ponerse en camino dejó a Lucrecia por lugarteniente suyo en el Vaticano, «confiándole todo el palacio y los asuntos corrientes, con facultad de abrir las cartas dirigidas a Su Santidad, y en los casos de mayor importancia debía aconsejarse con el Cardenal de Lisboa», que era el portugués Jorge da Costa. Y añade Burchard que habiendo llegado un caso en que Lucrecia se dirigió a dicho Cardenal, exponiéndole el asunto y el encargo que le había dado el Papa, le dijo el Cardenal que cuando el Papa hacía alguna propuesta al Consistorio, el Vicecanciller u otro Cardenal la firmaba en su nombre y tomaba nota de la opinión de los votantes, y así también se necesitaba ahora que alguien suscribiese lo que se hubiera dicho. A lo que replicó Lucrecia que ella sabía muy bien escribir.—¿Y dónde tiene usted su pluma?—preguntó el Cardenal. Comprendió Lucrecia el chiste y se sonrió, acabando de buena manera la consulta.
Claro es que los negocios de que dejó el Papa encargada a Lucrecia no se referían al gobierno de la Iglesia, que le correspondía como Vicario de Cristo; pero no puede decirse, como Leonetti en su apología de Alejandro VI, que es como si un cura al ausentarse encargase a una cercanísima parienta que le cuidase la casa y recibiese su correspondencia. Al Maestro de ceremonias de Su Santidad no debió parecerle cosa tan trivial, sino antes bien censurable, como asimismo el que Lucrecia y Sancha asistieran a una función en San Pedro sentándose en el coro entre los Canónigos, a título de hija y nuera del Papa, y es de suponer, dado el carácter de ambas, que no dejarían de charlar alegremente. Gregorovius cree que si Alejandro dispensó a Lucrecia tan señalada prueba de favor, la mayor que podía darle, fué para hacer ver a la Corte de Ferrara, durante la negociación matrimonial, el alto concepto que tenía de las dotes políticas de su hija, que podía empuñar en caso necesario las riendas del gobierno, siendo frecuente que los príncipes italianos, cuando se veían obligados a ausentarse, confiasen a sus mujeres el manejo de los negocios de Estado.
La fausta nueva de la firma de las capitulaciones nupciales en Ferrara, se recibió en Roma con grandes muestras de júbilo. El castillo de Sant’Angelo la saludó con salvas, iluminóse el Vaticano y los partidarios de los Borjas recorrieron ruidosamente las calles de la ciudad eterna, haciéndolas resonar con sus alegres voces. En cuanto a Lucrecia no tuvo límites su gozo. El sentarse en el trono de Ferrara, y reinar en una de las Cortes más antiguas e ilustres de Italia, era la realización de un sueño que llegaba tras nueve años de inquieta vida y de tremendos infortunios conyugales. Había visto anulado su primer matrimonio por la declarada impotencia de un marido de notoria virilidad, y el segundo disuelto por mano fratricida. Mal fin tuvo también la amorosa aventura con Perote, y si incurrió en algún otro desliz, pequeño o grande, pasó inadvertido y no hallamos de él mención en los despachos y cartas que recogían cuidadosamente cuantas noticias alimentaban la pública curiosidad. Y es que la atroz calumnia del incesto, lanzada por Sforza y revestida de forma literaria en los epigramas de Sannazzaro,[92] habíase de tal manera esparcido en Roma, que las gentes acabaron por creerla cierta y no les parecía posible que hubiese quien se atreviera a cortejar a la hija del Papa y hermana de César, y si había algún mozo audaz al que ayudaba en su empresa la fortuna, nadie se fijaba en tales amores clandestinos, que eran pecados veniales oscurecidos y eclipsados por el nefando que se suponía cometido por Lucrecia. No podía ella ignorar, aunque no se sintiese culpable, que gozaba en Roma de mala reputación y que ésta era la causa de la resistencia de Alfonso de Este a aquella boda, para cuyo logro no había omitido Lucrecia ningún esfuerzo. Quizás la moviera, no sólo el afán de llegar a la cumbre de la humana grandeza con que soñaba, sino el deseo, dice un historiador moderno, de apartarse para siempre de Roma y de olvidar un pasado que no podía borrar mientras viviese en compañía y bajo la férula del padre y del hermano. Pero tal deseo no responde al carácter de Lucrecia, que harto moza y de suyo casquivana, acostumbrada a vivir en un ambiente de notoria concupiscencia, no estaba todavía en sazón para sentir el arrepentimiento, que es merced que suele otorgar Dios en el otoño o en el invierno de la vida a las que en edad propicia amaron mucho, sirviendo de disculpa a su flaqueza el natural encanto, el excesivo temperamento, los pocos años y el poquísimo seso. Educóse Lucrecia en casa de su parienta Adriana Milá y en compañía de Julia Farnesio, y vivió luego en la intimidad de su cuñada Sancha. Ninguna de ellas era ejemplo de virtud, y si acaso no se dió cuenta de las relaciones de la Bella con el Papa, no podían ocultársele las de Sancha con César. Todo aquello debía parecerle, por la fuerza de la costumbre, muy natural, y quien a los dos meses de asesinado su marido sólo pensaba en divertirse y en disponerse a un nuevo enlace, sin que el recuerdo del difunto le turbara el sueño, no podía sentir remordimiento alguno ni arrepentirse de la vida pasada. No puede creerse, dice Gregorovius, que permaneciera Lucrecia inmaculada en medio de la corrupción romana y del círculo en que vivía, y hasta le parece perdonable su amoroso y fecundo desliz tras la fuga de Sforza; mas si Lucrecia hubiese cometido los nefandos actos que le achacaba la voz pública, no hubiera podido ocultarlos bajo la máscara de una sonriente gracia, porque sería preciso entonces reconocerle, en punto a hipocresía, una fuerza que traspasa los límites de lo humano. Mas peca en esto de ingenuo Gregorovius. No necesitaba Lucrecia mayor hipocresía que la humana, común y corriente, con que cada cual oculta instintivamente sus propios defectos. Y en cuanto a la gracia siempre serena y jovial que tanto entusiasmó a los de Ferrara, era en ella ingénita y nunca la abandonó, ni durante su inquieta vida romana, ni en sus últimos años, cuando la muerte le arrebató a los suyos y acabó el poder de los Borjas en Italia. En su corazón no hacía mella el dolor, y la alegría del vivir, que se reflejaba en su sonrisa, era tan grande que prevalecía sobre todas las contrariedades y amarguras que afligen al común de los mortales.
Firmadas las capitulaciones, no quiso, sin embargo, el Duque que se celebrara por poder el matrimonio hasta que hubiera el Papa cumplido todas las condiciones estipuladas. Envió a Roma a Saraceni y Berlingeri para que discutieran el asunto con Su Santidad, y a estas conferencias asistía Lucrecia, y con tanto calor apoyaba a los agentes del Duque que, según ellos escribían, parecía ya una óptima ferraresa. Al fin se obtuvo del Consistorio, el 17 de Septiembre, la rebaja del canon de Ferrara de 400 ducados a 100 florines. Aquel mismo día renunció Lucrecia el Ducado de Sermoneta en favor de su hijo Rodrigo, Duque de Bisceglia, y el de Nepi en favor del infante romano, Juan, a quien hizo después el Papa Duque de Camerino.
Mientras llegaba a Roma la embajada y comitiva que debía venir a buscar a Lucrecia para conducirla a Ferrara, no paraban las fiestas en el Vaticano. Allí había todas las noches música, y canto, y baile, porque uno de los mayores placeres de Alejandro era ver bailar a mujeres hermosas, y a estas fiestas, que duraban hasta las dos o las tres de la mañana y a veces hasta el alba, solían ser invitados los enviados ferrareses para que admiraran la belleza de Lucrecia y la gracia con que bailaba, y para que vieran—decía el Papa—que la Duquesa no era coja.
A la que no estuvieron ciertamente invitados, y de ella, si tuvieron noticia, nada dijeron al Duque de Ferrara, fué a una bacanal con que obsequió César a su padre y hermana el último domingo de Octubre[93] y que el Maestro de ceremonias del Papa, Burchard, refiere en su Diario; y también el Materazzo de Perugia como cosa de todos conocida, no sólo en Roma, sino en Italia. Trátase del famoso baile llamado de las Castañas, en que tomaron parte unas cincuenta cortesanas, que, primero vestidas y luego enteramente desnudas, bailaron con los servidores del Duque, y acabada la cena pusiéronse los candelabros en el suelo, sobre el que se esparcieron gran cantidad de castañas que las desnudas cortesanas, andando a gatas entre las encendidas antorchas, debían ir recogiendo. El Papa, el Valentino y Lucrecia presenciaban desde una tribuna el espectáculo, y con sus aplausos animaban a las más diestras, que recibieron en premio ligas bordadas, borceguíes de terciopelo y cofias de brocado y encaje. Y después se pasó a otros placeres. Esto escribió Burchard, y es la única vez en que, al hablar de Lucrecia, la deja harto mal parada, por lo que Gregorovius, atribuyendo a la tradición popular la escandalosa relación a que Burchard dió cabida en su Diario, cree verosímil que en las habitaciones de César, en el Vaticano, tuviera lugar la referida fiesta; pero no el que a ella asistiera Lucrecia, ya legalmente esposa de Alfonso de Este y a punto de partir para Ferrara.
La designación de las personas, tanto ferrareses como romanas, que habían de acompañar a Lucrecia de Roma a Ferrara, fué cuestión ardua y discutida. La lista que mandó el Duque mereció la aprobación del Papa, así como la de César, que conocía a algunas de las personas escogidas. Más tardó el Papa en dar su lista y, según dijo, irían pocas damas, porque las romanas eran muy hurañas y poco diestras en cabalgar. Tenía Lucrecia unas siete doncellas que la seguirían a Ferrara, así como D.ª Jerónima, la hermana del Cardenal Borja, casada con un Orsini. De caballeros andaban escasos, porque salvo los Orsini, estaban en su mayor parte fuera de Roma. Sobraban, en cambio, curas y gente docta que no servían para el caso. De todos modos no irían menos de cien personas. Y como los enviados expresaran su sentimiento por no haberles concedido el Duque de Romaña la audiencia que le habían pedido, mostróse Su Santidad muy disgustado y dijo que el Duque acostumbraba hacer del día noche y de la noche día, y que era muy otra la Duquesa (Lucrecia) que como mujer prudente era fácil para las audiencias, e hizo de ella los mayores elogios por la gracia con que había gobernado el Ducado de Spoleto.
Pero el séquito ferrarés de Lucrecia, tan impacientemente aguardado en Roma, no se ponía en camino, a pesar de estar ya pronto. Sospechaba el Papa que en el retraso pudiera influir alguna razón política, y en efecto: el Emperador Maximiliano seguía insistiendo cerca del Duque para que aplazase la boda a que se había mostrado siempre opuesto. De más peso que esta opinión del Emperador era para el Duque el deseo de tener en su poder las Bulas y los 100.000 escudos contantes de la dote, que debían satisfacer los Bancos de Venecia, Bolonia y otras ciudades, amenazando, para el caso de que no estuviesen entregados al llegar la comitiva a Roma, con que le daría la orden de volverse a Ferrara. Enfurecióse el Papa cuando se lo dijeron los agentes del Duque, y los colmó de improperios, calificando de mercader al propio Hércules, que de ello se dolió.
Al fin, el 9 de Diciembre salió de Ferrara, precedida de trece trompetas y ocho pífanos, la lucida cabalgata de 500 jinetes que capitaneaba el Cardenal Hipólito, y de la que formaban parte sus hermanos D. Ferrante y D. Segismundo, los Obispos de Adria y Comacchio, Nicolás María y Meliaduse de Este y un Hércules, sobrino del Duque, además de otros muchos parientes y amigos ferrareses o feudatarios de Ferrara, personas todas de rango. Trece días duró el viaje, y desde el castillo de Monterosi, a unas quince millas de Roma, al que llegaron harto maltrechos, empapados y embarrados por efecto de las invernales lluvias y pésimos caminos, envió el Cardenal un mensajero a pedir las órdenes del Papa, quien dispuso hicieran su entrada por la puerta del Pueblo. Esta entrada de los ferrareses en Roma fué el más espléndido espectáculo del Pontificado de Alejandro VI. A las diez de la mañana del 23 de Diciembre llegaron al Ponte Molle, donde los recibieron el Senador de Roma, el Gobernador y el Barigello o jefe de la policía con unos dos mil hombres a pie y a caballo. A medio tiro de ballesta de la puerta del Pueblo salió a su encuentro la comitiva de César, 100 gentiles-hombres a caballo y 200 suizos a pie, armados de alabarda, con el uniforme pontificio de terciopelo negro y paño amarillo y gorra empenachada, y tras ellos, a caballo, el Duque de Romaña y el Embajador de Francia, vestidos ambos a la francesa. Desmontaron todos los jinetes, abrazó César al Cardenal Hipólito, y cabalgando a su lado dirigiéronse hacia la puerta, donde los aguardaban diecinueve Cardenales, con un séquito cada cual de 200 personas. Dos horas duró el recibimiento con un diluvio de discursos de bienvenida y gracias, y ya atardecido, al son de trompetas, pífanos y cuernos, encaminóse la cabalgata, por el Corso y el campo de Fiori, al Vaticano. Aguardábalos Alejandro rodeado de doce Cardenales, y después de haber cumplido con el Papa los Príncipes de Ferrara, llevólos César a casa de Lucrecia, la cual salió a recibirlos a la escalera, del brazo de un caballero anciano, con traje de terciopelo negro y cadena de oro al cuello, y según el ceremonial preestablecido, no besó a sus cuñados, saludándolos con una inclinación de cabeza como era moda en Francia. Vestía una camora o traje blanco de brocado de oro, y una sbernia o manto forrado de zibelina; las mangas también blancas, de brocado de oro, acuchilladas a la española; tocada con una cofia de gasa verde sujeta con un listón de oro y orlada de perlas, y al cuello un collar de gruesas perlas del que pendía un rubí. Se sirvieron refrescos, repartió Lucrecia unos cuantos regalitos, obra de joyeros romanos, y los Príncipes y su séquito se fueron muy contentos, habiéndoles parecido Lucrecia muy gentil y graciosa, según escribía el Prete a la Marquesa de Mantua[94].
Este Prete, que asistió a las fiestas de la boda en Roma y las describió con no menor lujo de detalles respecto de los trajes de Lucrecia que los que hallamos en la antes citada relación de D.ª Sancha, era un familiar de Nicolás de Cagnolo, a quien encargó Isabel de Este se fijase especialmente en la indumentaria, a la que atribuía grandísima importancia la Marquesa. Superaron las fiestas en fausto a las de las otras dos bodas de Lucrecia. Hubo cabalgatas triunfales, y luchas de atletas, y carreras de caballos, y comedias, bailes y banquetes, y además corridas de toros, que los italianos llamaban cacie al toro; habiendo el Papa anticipado el Carnaval, para que los romanos pudiesen entregarse libremente a toda clase de locuras, y se echasen a la calle enmascaradas desde la mañana hasta la noche las honestas y deshonestas meretrices que abundaban en Roma.
Las corridas de toros importáronlas los españoles en Italia desde el siglo XIV, pero no se generalizaron hasta el siguiente, en que los aragoneses las llevaron a Nápoles y los Borjas a Roma, placiendo a César porque en ellas lucía su fuerza y su destreza. Una carta, dirigida a Alfonso de Este por el ferrarés Adornino Feruffino, protonotario apostólico, describe la corrida, que tuvo lugar el 2 de Enero de 1502, en la que se lidiaron ocho toros y dos búfalos, que dieron poco juego. Con el Duque salieron a la plaza ocho caballeros, armados de rejones, y a uno de los toros se lo clavó el Duque en medio de los cuernos y cayó al suelo muerto. Después de esta hazaña dejó el caballo y volvió a pie, con doce compañeros, con unos rejones de asta fuerte y hierro largo, y cuando el toro venía hacia ellos se ponían muy juntos y lo herían de muerte. El mejor lance fué el de un toro bravísimo, que embistió a los peones, derribó a dos con poco daño y a otro lo enganchó y lo echó al aire, y cuando cayó en tierra no se movió, y se dijo que estaba muerto. Tres caballos de gran precio de los caballeros en plaza fueron destripados por los toros.
El Embajador de Ferrara, Juan Lucas Pozzi, para quien obtuvo Lucrecia el Obispado de Reggio, escribía al Duque, el 23 de Diciembre de 1501, que había ido a visitar a Lucrecia, después de la cena, y había tenido con ella larga plática sobre varios asuntos y había podido conocer que era muy prudente y discreta, afectuosa, de buena índole y en extremo respetuosa para con el Duque y D. Alfonso, por lo que creía que ambos quedarían satisfechos. Tenía mucha gracia para todo con modestia, simpática y honesta. Era también católica: mostraba temor de Dios e iba a confesarse al día siguiente para comulgar el día de Navidad. Su belleza era suficiente, pero sus agradables maneras, y su buena cara y gracia (la buona ciera et gratia) la aumentaban y hacían parecer mayor, y en resumen, eran tales sus cualidades, que no se debía ni podía sospechar cosa siniestra, sino más bien presumir, creer y esperar de ella óptimas acciones.
Ya hemos dicho que lo que más gustaba a Alejandro eran los bailes, porque en ellos se distinguía Lucrecia por su pericia y gracia, que encantaban al Papa. El Prete describe una fiesta que tuvo lugar en casa de Lucrecia, el domingo 26, día de San Esteban. Abrió el baile un caballero valenciano con una doncella de la Duquesa, que se llamaba Nicolasa. Bailó luego Lucrecia, muy lindamente, con D. Ferrante. Con las doncellas de Lucrecia podían competir las de Ferrara, a juicio del Prete. Había dos o tres graciosas. Una valenciana, Catalina, bailó bien, y había otra, un ángel de bondad (la Angela Borja), que el Prete, sin que ella lo supiera, escogió por favorita.
El personal femenino que había de llevar a Ferrara la Duquesa era objeto de especial predilección para el Prete, quien escribía que irían con ella Jerónima Borja, la hermana del Cardenal, mujer de Fabio Orsini, que se decía tenía el mal francés; Angela Borja, su hermana, que creía sería la preferida de Isabel de Este, porque a él también le placía; una Catalina, valenciana, que a unos gustaba y a otros no; una perusina guapa; otra Catalina[95]; dos napolitanas, Cintia y Catalina, que no eran bellas, pero sí agraciadas, y una mora, que nunca vió persona más hermosa y galana y bien vestida, con brazaletes de oro y perlas, creyéndola favorita de la Duquesa[96].
El 30 de Diciembre celebróse en el Vaticano el matrimonio. Salió Lucrecia de su Palacio, llevada de la mano por sus cuñados D. Ferrante y D. Segismundo, y seguida de toda su Corte y de cincuenta damas. Vestía de brocado de oro, a la francesa, con mangas abiertas que llegaban hasta el suelo y manto carmesí, forrado de armiño, cuya larga cola llevaban sus doncellas, y en la cabeza una cofia de seda y oro y sujeto el pelo por una sencilla cinta negra. El collar era de perlas y el colgante se componía de una esmeralda, un rubí y una perla de gran tamaño. Aguardábala el Papa en la sala Paolina, sentado en su trono y teniendo a su lado a su hijo César y a trece Cardenales. Presentes estaban también los Embajadores de Francia, España y Venecia, pero no el de Alemania. Empezó la ceremonia con la lectura del poder del Duque de Ferrara, a la que siguió la plática de rigor que pronunció el Obispo de Adria, el cual tuvo que abreviarla por habérselo así ordenado el Papa. D. Ferrante, en representación de su hermano D. Alfonso, dirigió a Lucrecia la pregunta de rúbrica, y habiendo ella respondido afirmativamente, le puso al dedo el anillo nupcial y se levantó acta en instrumento que redactó un notario. El Cardenal Hipólito presentó entonces las joyas que regalaba el Duque, por valor de 70.000 ducados, y de las cuales no se hizo mención en el acta notarial, «para que en el caso de que faltara la Duquesa a sus deberes para con D. Alfonso no se viese éste obligado más de lo que quisiera respecto a las alhajas», según escribía el Duque a su hijo Hipólito. La entrega hízola el Cardenal con mucha gracia: colocó ante el Papa el cofrecito, lo abrió, y ayudado por el tesorero ferrarés, Juan Ziliolo, fué presentando las joyas, de la manera más adecuada para realzar su valor y hacerlas mejor apreciadas. El Papa las tomó en sus manos y mostró a Lucrecia las cadenas, sortijas, pendientes, las piedras preciosas y, sobre todo, un magnífico collar de perlas, que había sido de Leonor de Aragón, siendo conocida la pasión que por las perlas sentía Lucrecia.
Desde las ventanas del Vaticano presenciaron las carreras de caballos y una justa, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro, y de la que resultaron cinco heridos, por servirse los combatientes de armas de filo. Trasladáronse después a la Cámara del Papa y allí empezaron los bailes, danzando Lucrecia con César por orden de Su Santidad, que se regocijó mucho. Bailaron asimismo muy bien las doncellas de Lucrecia por parejas, y al cabo de una hora empezaron las comedias, con una de Plauto, que por lo larga no se terminó, y luego otra igualmente en latín, muy bonita, pero cuyo significado no pudo alcanzar a comprender el Prete.
A esta fiesta siguieron otras, trayendo cada día aparejada la suya. Hubo una cabalgata, organizada por la ciudad de Roma, con trece carros alegóricos: comedias, Morescas, bailes a la moda, en uno de los cuales tomó parte César. El día de la corrida de toros se representó la comedia del Menechino, de Plauto, la misma con que había sido obsequiada Lucrecia cuando casó con Sforza.
El 5 de Enero cobraron los ferrareses el resto de la dote en dinero contante y se entregaron a Lucrecia todas las Bulas pedidas por el Duque de Ferrara, con lo que pudo ponerse en marcha al día siguiente la comitiva, que quería Alejandro fuese la más fastuosa que se hubiese jamás visto en Italia. Formaba de ella parte, como Legado del Papa, el Cardenal Francisco de Borja, Arzobispo de Cosenza, hijo natural de Calixto III y muy amigo de Lucrecia, a quien debía la púrpura. Iban, además, tres Obispos, cuatro enviados de la ciudad de Roma, dos representantes del patriciado romano, que fueron Francisco Colonna, de Palestrina, y Julián, Conde de Anguillara, a los que se juntaron Ranucio Farnesio y el Capitán de la guardia pontificia, D. Guillén Ramón de Borja, sobrino del Papa, y ocho gentiles-hombres de segundo orden. César envió una lucida escolta de doscientos caballeros: españoles, franceses, romanos e italianos de otras varias provincias, con música y bufones para entretener a la hermana en el camino. La Corte oficial de Lucrecia se componía de ciento ochenta personas, y entre sus damas llamaba la atención Angela Borja, cuya belleza había sido ya cantada en Roma por el poeta Diómedes Guidalotto, y mereció que la citara en su Orlando Furioso, Ludovico Ariosto. Con ella iba su hermana Jerónima, Madonna Adriana, que había servido de aya a Lucrecia; otra Adriana, mujer de Francisco Colonna, y una Orsini, que no podía ser su nuera Julia la Bella, pero que quizá fuera la hija de esta Laura, que contaba entonces unos diez años y era ya prometida esposa de Federico Farnesio.
No cesaba Alejandro de alabar, en sus conversaciones con los enviados ferrareses, la castidad y pudicicia de su hija, que deseaba no la rodeara su suegro sino de damas y caballeros que fuesen gente de bien, y ellos escribían a Ferrara que Lucrecia les había dicho que por sus acciones jamás habría de sonrojarse Su Santidad, lo cual tenían por cierto, pues cada día tenían mejor opinión de su bondad, honestidad y discreción, viviéndose en su casa, no sólo cristiana, sino religiosamente. Y el Cardenal Ferrari, al recomendar a Lucrecia, por sus méritos y virtudes, creía oportuno avisar al Duque de Ferrara que cuanto por ella hiciera lo apreciaría el Papa como si por él lo hiciese.
El 6 de Enero despidióse Lucrecia de sus padres (porque es de suponer que lo hiciera a solas de Vannozza, que no asistió visiblemente a fiesta ninguna de la boda) y de su hijo Rodrigo, a quienes jamás había de volver a ver, y a las tres de la tarde se puso en camino, montada en una mula blanca, con riquísima gualdrapa y arreos de plata y vestida con un precioso traje de viaje que daba gusto verla, cabalgando entre los Príncipes de Ferrara y el Cardenal de Cosenza y con un séquito de más de mil personas. Hasta la Plaza del Pueblo la acompañaron todos los Cardenales, los Embajadores y los Magistrados de Roma, y un buen trecho fuera de la ciudad, César y el Cardenal Hipólito, que regresaron luego al Vaticano. Alejandro, después de despedirse, en la sala del Papagayo, de su hija, con la que estuvo solo largo rato, fué a verla pasar de cuantas partes pudo, y con los ojos y el corazón la siguió, ansioso, hasta que, desapareciendo a lo lejos, envuelta en polvo, la lucida cabalgata, perdió de vista, y para siempre, a la hija predilecta que había querido de un modo superlativo, según escribía una vez a su Rey un Embajador napolitano.
VI
Viaje de Lucrecia de Roma a Ferrara.—La entrada y fiestas de la boda.—Asisten a ellas Isabel de Este e Isabel Gonzaga.—Rivalidad de la primera con Lucrecia.—Despedida de la servidumbre española.—Queda en Ferrara Angela Borja y es causa involuntaria de la tragedia de la Casa de Este.—Los alfileres de Lucrecia.—Su primer desgraciado alumbramiento pone en peligro su vida.—Visítala su hermano César.—Conquista éste la Romaña y se apodera de Urbino y Camerino.—La rebelión de sus capitanes.—El bellísimo engaño de Sinigaglia.—Muerte de Alejandro VI.—Suerte que corrieron el hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, y el infante romano Juan de Borja.—La del Valentino en España.—Su muerte en Viana.—Partos y duelos de Lucrecia.
En el viaje de Roma a Ferrara, que se hace hoy sin gran fatiga y en pocas horas, tardó Lucrecia veintisiete días, siguiendo el itinerario que el Papa había trazado y prescrito, y aunque las etapas fueron muchas y breves las jornadas, no dejó de ser en extremo cansado para ella y las damas que la acompañaban, poco aficionadas a cabalgar, siquiera fuese en mula. El 13 de Enero llegaron a Foligno tan molidas que resolvieron descansar allí todo el día, con lo que no era posible estar antes del martes 18 en Urbino, donde pasarían el 19, y saldrían el 20 para Pesaro, según escribían desde Foligno al Duque Hércules sus Embajadores. Y añadían que, como la Duquesa querría ciertamente tomarse algún otro día de descanso en el camino, para no llegar estropeada y descompuesta, no estarían en Ferrara antes del último día del mes o en los primeros del siguiente.
En todos los pueblos en que era Lucrecia conocida por su gobierno de Spoleto, fué muy agasajada, y a Foligno salieron a recibirla los Baglioni, que la convidaron a ir a Perugia, pero la Duquesa había resuelto ir embarcada de Bolonia a Ferrara para evitar las molestias de la vía terrestre. De Foligno se siguió el viaje por Nocera y Gualdo a Gubbio, una de las más notables ciudades del Ducado de Urbino, y desde allí regresó a Roma el Cardenal Borja. A dos millas de la ciudad salió al encuentro de Lucrecia la Duquesa Isabel, hermana del Marqués de Mantua, que la acompañó hasta Ferrara, según lo había prometido, compartiendo con ella la litera que con este objeto había mandado hacer Alejandro. En Urbino la recibió el Duque Guidobaldo con su Corte, y Lucrecia se alojó con los Príncipes de Este en el magnífico palacio de Federico, que los Duques, por cortesía, les cedieron. Conocían a Lucrecia de Roma, donde el Duque había servido como condotiero al Papa en la campaña contra los Orsini a que puso fin la batalla de Soriano, y de Pesaro, durante el idilio con Juan Sforza, y aunque no habían visto con gusto el matrimonio con Alfonso de Este, agasajáronla, fiando a su amistad el porvenir de Urbino, sin sospechar que a los pocos meses habían de verse despojados por César de sus Estados y obligados a buscar refugio primero en Mantua y luego en Venecia.
De Urbino pasaron a Pesaro, donde fué Lucrecia recibida con grandes demostraciones de júbilo y respeto, como en todas las ciudades conquistadas por César, que constituían el Ducado de Romaña. Alojóse en el palacio y permitió a las damas de su séquito que bailasen aquella noche con las de Pesaro, entre las que figuraba Juana López, a quien ella casó con el médico Juan Francisco Ardizzi; pero no asistió a la fiesta ni salió de su cuarto en todo el día, bien porque lo dedicase a lavarse el pelo, bien porque no quisiera dejarse ver de sus antiguos vasallos. Se detuvo luego en Rimini, Cesena, Forli, Faenza e Imola, donde también dedicó otro día a lavarse la cabeza, que ya empezaba a dolerle porque hacía ocho días que no había podido hacerlo. El 28 de Enero tomó la cabalgata el camino de Bolonia. El tirano Juan Bentivoglio, que debía al Rey de Francia el haber salvado sus Estados de la rapacidad de César, y su mujer, Ginebra Sforza, tía de Juan, el Señor de Pesaro, cuidaron de que no se traslucieran los sentimientos que les inspiraban los odiados Borjas y no omitieron esfuerzo ni gasto para festejar suntuosamente a Lucrecia en Bolonia. El 31 de Enero embarcó en el canal que unía a Bolonia con el Po, y aquella misma tarde llegó Lucrecia al castillo de Bentivoglio, a veinte millas de Ferrara, apareciéndosele disfrazado Alfonso de Este, su marido, con el que no había cruzado palabra alguna desde la firma del contrato nupcial el 1.º de Septiembre. Conmovióse Lucrecia al verle, mas pronto se repuso y lo acogió con devoción y gracia, a que él correspondió con mucha galantería, según escribió Bernardino Zambotto, volviéndose al cabo de dos horas a Ferrara. Debió el rudo Alfonso sentir todo el encanto seductor de Lucrecia durante la larga plática, de la que ella quedó muy satisfecha, y se apresuró a hacérselo saber al Papa, a quien escribía diariamente, habiendo sido aún mayor, si cabe, la satisfacción de Su Santidad, que abrigaba el temor de que no fuera su hija bien acogida por su tercer marido y su nueva familia ferraresa.
El 1.º de Febrero encontró en Malalbergo a Isabel de Este, llamada por su padre el Duque para hacer con él los honores en Ferrara, y aunque ella de mejor gana se hubiera quedado con el marido en Mantua, saludó y abrazó con furia gozosa a su cuñada, según escribía al Marqués, y la acompañó a bordo hasta Torre della Fossa, donde el canal desemboca en uno de los brazos del Po. Allí la esperaba el Duque con D. Alfonso y la Corte. Saltó Lucrecia a tierra y la besó su suegro, después de haberle ella besado la mano, y subieron todos a un bucentauro o barca lujosamente aparejada, en la que fueron presentados a la Duquesa los Embajadores y muchos caballeros ferrareses, a quienes dió la mano, desembarcando en Borgo de San Lucas. Alojóse en el palacio de Alberto de Este, hermano bastardo de Hércules, donde la aguardaba la hija natural del Duque, Lucrecia, mujer de Aníbal Bentivoglio. Habían acudido a Ferrara todos los grandes vasallos del Estado, mas no compareció ningún Príncipe reinante. Los Señores de Mantua y de Urbino estuvieron representados por sus respectivas mujeres, Isabel de Este e Isabel Gonzaga. A los Bentivoglio los representó Aníbal, el yerno del Duque. Roma, Venecia, Florencia, Luca, Siena y el Rey de Francia, enviaron Embajadores. César quedó en Roma, y su mujer, Carlota d’Albret, que debía venir a pasar un mes en Ferrara, no se movió de Francia.
La entrada de Lucrecia en Ferrara tuvo lugar el 2 de Febrero y debió ser, según la descripción que de ella hicieron los que la presenciaron, un hermosísimo espectáculo. A las dos de la tarde fué a buscarla el Duque con los Embajadores y la Corte al Palacio Alberto, de donde partió la procesión. Abrían la marcha cuarenta y cinco ballesteros a caballo, con el uniforme blanco y rojo de la Casa de Este; seguíanles ochenta trompetas y muchos pífanos, y luego los nobles de Ferrara y las Cortes de la Marquesa de Mantua y la Duquesa de Urbino, y a caballo, rodeado de ocho pajes y vestido a la francesa, de rojo terciopelo, D. Alfonso con su hermano Fernando y su cuñado Aníbal Bentivoglio. Tras D. Alfonso venía la cabalgata de Lucrecia, los caballeros españoles, los cinco Obispos, los Embajadores, los cuatro Diputados de Roma, seis tambores y los dos bufones favoritos. La esposa, radiante de belleza y de felicidad, en un blanco corcel, con la dorada cabellera suelta sobre el manto de brocado de oro forrado de armiño, y al cuello el magnífico collar de perlas y rubíes de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón, que le envidiaba Isabel de Este, cabalgaba sola bajo palio, cuyas varas llevaban ocho doctores de Ferrara. Fuera del palio, y a su izquierda, por expresa invitación de Lucrecia, iba a caballo el Embajador de Francia, Felipe Rocaberti, como protector de Ferrara y de los Borjas. Y detrás de Lucrecia, asimismo a caballo y vestidos ambos de terciopelo negro, iban el Duque de Ferrara y la Duquesa de Urbino, con un séquito de parientes de la Casa de Este y las damas que acompañaban a Lucrecia, de las que sólo tres Orsini iban a caballo: Jerónima Borja, otra Orsini y Madonna Adriana, viuda y noble dama pariente del Papa. Venían, por último, cuatro carrozas con una docena de doncellas ferraresas destinadas a la Corte de la joven Duquesa, que fueron escogidas entre las de mejor presencia; dos mulas y dos caballos blancos de respeto, con lujosos arneses, y ochenta y seis mulas cargadas de efectos pertenecientes a Lucrecia. Al llegar ésta a la puerta de Castel Tedaldo, con el estruendo de las salvas y de los fuegos artificiales, se espantó y empinó el caballo que montaba, y antes de que pudieran sujetarla dió en tierra con la gentil amazona, en cuya ayuda acudió inmediatamente el Duque, y sin más daño que el susto montó en una de las blancas mulas y continuó la marcha de la lucida cabalgata, que al anochecer llegó al Palacio Ducal, llamado del Cortile, o sea del patio, al pie de cuya escalera de mármol se apeó Lucrecia.
Aguardaban allí la Marquesa de Mantua con un escogido ramillete de bastardas Estenses para saludar a la Borja; Lucrecia, la hija del Duque, casada con Aníbal Bentivoglio, y las tres hijas naturales de Segismundo de Este; Lucrecia, Condesa de Carrara; Diana, Condesa Uguzoni, y Blanca Sanseverino. En Palacio tuvo que oír pacientemente los encomiásticos epitalamios de los poetas cortesanos Ludovico Ariosto, Celio Calcagnini y Nicolás María Panizzato, y sobre todo el discurso latino de rigor, lleno de alusiones mitológicas y recuerdos clásicos del grave y solemne Pellegrino Prisciano.
Al fin dejaron solos a los esposos y aun les perdonamos la serenata y la maitinata entonces en uso. Recordaba Alfonso de Este las de su boda con Ana Sforza, que en estos términos describían Ermes María Visconti y Juan Francisco de Sanseverino en carta al Duque de Milán, de 14 de Febrero de 1491: «Puestos en la cama el esposo y la esposa, los acompañamos todos, y del lado de D. Alfonso estaba el Marqués de Mantua con otros muchos, buscándole las cosquillas, y él se defendía con un cacho de bastón que tenía en la mano, y ella estaba de muy buen humor; pero a ambos les parecía raro verse rodeados de tanta gente extraña, que cada cual les decía alguna cosa de las que suelen decirse en tales casos. Nos marchamos, y a la mañana siguiente volvimos para ver cómo se habían portado y supimos que ambos habían dormido muy bien, como nos lo figurábamos.» Preparábase Isabel con sus hermanos y hermanas di fare la maitinata a li sposi secretamente peró et cum pochi, según escribía al marido; mas renunciaron a ello, y el 3 de Febrero le decía al Marqués: «esta noche el señor D. Alfonso ha dormido con D.ª Lucrecia, su mujer, sin ninguna ceremonia previa, y según he oído ha caminado tres millas, aunque todavía no he hablado con ninguno de ellos. No les hemos hecho la maitinata como escribí estaba dispuesto, porque a decir verdad son éstas nozze fredde»[97].
Bien fuera por la aversión que tenía a su cuñada, bien porque las fiestas pecaran realmente de largas y pesadas, ello es que la Marquesa de Mantua y los que la rodeaban y adulaban no se cansaban de decir que eran unas bodas frías. Seis días, hasta que terminó el Carnaval, duraron las fiestas con que el Duque celebró el segundo matrimonio de su primogénito, y que consistieron principalmente en banquetes, bailes y comedias, a las que era Hércules en extremo aficionado, ufanándose de ser uno de los fundadores del teatro italiano del Renacimiento. Hacía ya algunos años que había hecho representar en Ferrara, traducidas al italiano por varios autores, las comedias de Plauto y de Terencio. En 1486 se habían representado los Menechmes, la comedia predilecta de Plauto, que fué puesta de nuevo en escena en Febrero de 1491 para la boda de Alfonso de Este con Ana Sforza. Tenían lugar estas funciones en el salón del Palacio del Podestá, llamado hoy Palazzo della Ragione, que contenía más de tres mil personas, distribuídas en trece filas de sillas, y del 3 al 8 de Febrero se representaron todas las noches, salvo en una que hubo de reposo, cinco comedias de Plauto, acompañadas de morescas, que eran primitivamente danzas pírricas, y fueron luego peleas de moros y cristianos, de donde les vino el nombre de morescas, tomando en ellas parte los principales personajes de la Corte, como César Borja en Roma, y Alfonso y Julio de Este en Ferrara.
Entre la batalla del marido y el cansancio del viaje durmió mal Lucrecia la noche de su entrada en Ferrara, según escribió al Marqués Gonzaga la Marquesa Cotrone, por lo que no se levantó hasta el mediodía, y después de una frugal colación se presentó vestida ricamente, a la francesa, y acompañada de los Embajadores. Todo el día se pasó bailando, y por la noche se representó el Epidicus, o el Pendenciero, con cinco bellísimas morescas. Tampoco se levantó más temprano Lucrecia al día siguiente, en que se bailó igualmente hasta las seis, y se representó por la noche Bacchides, que duró cinco horas y pareció a Isabel demasiado larga y fastidiosa. Por ser viernes, la mayor parte de las damas asistieron a la comedia vestidas de negro. El sábado 5 no se dejó ver Lucrecia en todo el día, que dedicó a lavarse la cabeza y a escribir cartas, y los huéspedes se contentaron con callejear por la ciudad, no habiéndose celebrado fiesta alguna. Aquel día el Embajador francés repartió los regalos que enviaba su Rey, siendo el de D. Alfonso una imagen de María Magdalena, a quien, según hizo notar, se asemejaba en gracia y virtud la esposa que había escogido. A la bellísima Angela Borja tocóle un collar de oro de gran precio. Por la noche invitólo a cenar la Marquesa de Mantua, que lo hizo sentar entre ella y la Duquesa de Urbino, y por complacerle cantó, acompañándose con el laúd, varias canciones y se lo llevó después a su Cámara, donde, en presencia de dos de sus doncellas, tuvo con él un coloquio secreto, y quitándose, por último, los guantes se los regaló amorosamente y con amorosas palabras, y el Embajador los aceptó con afectuosa reverencia. El domingo 6 oyó Lucrecia misa en la Catedral, donde un Camarero del Papa entregó a D. Alfonso una espada y una gorra, benditas por Su Santidad. Después del mediodía, los Príncipes y Princesas fueron a buscar a Lucrecia para conducirla a la sala del festín, y ella bailó con una de sus doncellas, unas bajas francesas, muy galanamente, según escribía la Marquesa de Mantua, y por la noche fueron al aburridísimo espectáculo de la comedia Miles gloriosus, el Soldado fanfarrón, la cual, aunque ingeniosa, no gustó por larga y por el estrépito de la gente. La Asinaria, o el Padre indulgente, que se representó el lunes 7, fué verdaderamente bella y deleitable, a juicio de la Marquesa, tanto por no haber sido demasiado larga, cuanto por haber estado mejor recitada y con menor estrépito. Por último, el martes se puso en escena la Casina, o la Ramera, que, como lasciva y deshonesta, nada dejó que desear. En el tercer acto hubo música de seis violas, una de las cuales tocó D. Alfonso.
Acabó el Carnaval y acabaron las fiestas de la boda y empezó el desfile de los convidados. Volvieron a sus palacios de Mantua y Urbino, tras una breve excursión a Venecia, las dos Isabeles, y la de Este, al decir de los muchos que en su loor cultivaban la lisonja cortesana, fué, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara, la que hubiese obtenido la manzana que el pastor troyano adjudicó en el monte Ida a la más hermosa de las diosas. Pero, a pesar del incienso que en las aras de Isabel quemaron sus admiradores, y que aun trasmina de los libros de su moderno y gran turiferario Alejandro Luzio; a pesar de los elogios que la Marquesa de Cotrone y los demás corresponsales del Marqués de Mantua la tributaron en sus cartas, celebrando su gran belleza, su suprema distinción y elegancia, su extraordinario entendimiento y exquisito tacto y la delicadeza y dulzura de su canto, no debió quedar enteramente satisfecha la Marquesa, que aspiraba, acaso con razón, a la primacía entre las mujeres italianas de su tiempo, y padecía, como suele acontecer a las personas que sienten tales ansias, por efecto de un exceso de protagonismo. No la superaba Lucrecia en hermosura, pero era más joven, competía con ella en la riqueza y gusto del vestir, adornábase con más valiosas joyas, y, sobre todo, en el bailar era maestra, no reconociendo rival en ninguna clase de danzas, porque con igual gracia y soltura bailaba las francesas, las españolas y las romanas, como no pudo menos de reconocerlo y declararlo en una de sus cartas la propia Isabel. Sentía ésta por Lucrecia, aun antes de conocerla, la aversión que inspira a la mujer honrada la que tiene fama de no serlo, aversión, a veces, acrecida por la envidia, que recuerda a las hijas de Eva la fruta prohibida, causa del pecado original y de otros muchos que por culpa de aquél viene desde entonces la Humanidad gozando y padeciendo. El difícil parentesco, la natural rivalidad femenina y aun quizás el presentimiento de que los encantos de Lucrecia le robarían algún día el afecto del marido, hicieron que las relaciones entre las dos cuñadas fuesen tan frías como las bodas, mientras duraron las fiestas. La Marquesa llegó a Mantua el lunes 14 de Febrero, y cuatro días después escribió a Lucrecia una carta en términos de extrema cortesía, a la que contestó de igual manera Lucrecia el 22 de Febrero, empezando así una correspondencia que duró diecisiete años, y que no prueba, sin embargo, como pretende Gregorovius, que la Marquesa, en un principio hostil, se convirtiera más tarde en sincera amiga de su cuñada. Las 339 cartas de Lucrecia, que se conservan en el Archivo Gonzaga, son todas pálidas e insignificantes: tratan de regalos, gracias, pésames, recomendaciones, escritas siempre en el estilo cancilleresco de la época, sin que haya una sola en que aparezca la supuesta amistad.
Llamó la atención, y es digna de notarse, la despedida de los Embajadores de Venecia, Nicolás Dolfini y Andrés Foscolo, que asistieron a las fiestas vestidos a costa de la Señoría con lujosos mantos de terciopelo carmesí, forrados de armiño. Habíanlos estrenado en Venecia, en la sala del Gran Consejo y en la Plaza de San Marcos, para satisfacer la legítima curiosidad de sus conciudadanos, y tenían encargo de ofrecérselos a Lucrecia, cuando terminaran su misión, como regalo de la Serenísima República. Al despedirse de la Duquesa pronunciaron largos y sendos discursos, uno en latín y otro en italiano, y se retiraron luego a la antecámara para quitarse los trajes de la boda, volviendo al salón para hacer de ellos entrega a Lucrecia, según se les tenía ordenado.
Las que no se marchaban, a pesar de las ganas que tenía Hércules de quitárselas de encima, eran madonna Adriana, Jerónima Borja y la otra Orsini, que tenían encargo de Alejandro de esperar en Ferrara a la Duquesa de Romaña, Carlota d’Albret, la cual siguió en Francia, sin hacer caso de las instancias del Nuncio, y sólo vino a Ferrara, el 6 de Febrero, el Cardenal d’Albret, de paso para Roma. Quejábase el Duque a su Embajador en Roma del grande e insoportable gasto que le causaba la presencia de estas damas y la del gran número de hombres y mujeres que esperaban su partida, y que ascendían a unas 450 personas y 350 caballos. Los víveres se habían consumido, la Duquesa de Romaña no vendría para la Pascua y él no podía seguir soportando el gasto, porque le habían costado más de 25.000 ducados las fiestas de la boda. A los gentiles-hombres del Duque de Romaña los había despedido, después de doce días de estancia, por impertinentes, y porque su presencia no beneficiaba a Su Santidad ni al Duque. Mas si no tan pronto como deseaba el Duque, fuéronse, al fin, casi todas las damas y doncellas españolas y romanas que a Ferrara vinieron con Lucrecia, y que ésta vió partir con harto y mal disimulado sentimiento. El 26 de Febrero escribía a la Marquesa de Mantua Teodora Angelini, que ya había partido Jerónima Borja y la hermosa Catalina y las otras dos que cantaban y la mayor parte de los españoles de la familia, quedando tan sólo madonna Adriana, Angela Borja y las dos hermanas napolitanas, con la madre, que quizás se marcharían antes de Pascua.
Duró poco tiempo la Angelini en casa de Lucrecia, y en cambio Angela Borja permaneció hasta su boda al lado de su tía la Duquesa, y no sólo fué su amiga y confidente, sino que cautivó con sus encantos a cuantos en la Corte de Ferrara la vieron y trataron. Ya escribía el Prete a Isabel de Este, desde Roma, que esta Angela era su preferida, y creía lo sería también de la Marquesa, y Polissena Bentivoglio le decía, desde Ferrara: Questa Madonna Angela e la più cara cosa che l’habia al mondo et benemerito perchè non praticai mai Madonna più piacevole et più humana. En un principio, cuando Lucrecia andaba malhumorada por el licenciamiento de sus españoles, mostróse esquiva con los ferrareses, y éstos se quejaban de que la señora no gustase sino de Angela y de las otras españolas. A una de éstas, la Nicolasa, la cortejaba, sin pecar, D. Ferrante, por lo que el Duque puso coto a sus visitas a Palacio; y el Prete había tomado por su cuenta a la morita, a quien obsequiaba, como a los niños, con golosinas, y para que no recelase la señora la llamaba hija y decía que sentía por ella cariño de padre. Poco a poco fué Angela adueñándose de la Corte de Ferrara. Uno de sus admiradores le envió las siguientes quintillas:
A LA SEÑORA DOÑA ANGELA
Es aquel ángel del cielo,
Es doña Angela escogida,
Que si anda en este suelo
Es para darnos consuelo
En los daños de la vida:
Tan hermosa, tan galana,
Tan graciosa, tan apuesta,
Tan airosa y tan ufana,
De una condición muy llana,
Muy humana y muy dispuesta.
Y así como ella gozaba del favor de Lucrecia, solicitaron y se disputaron los suyos los dos cuñados de la Duquesa, el Cardenal Hipólito y su hermano D. Julio, hijo natural del Duque. Un día, el 3 de Noviembre de 1505, apremiando a la Angela el libertino Cardenal, ocurriósele a ella, con o sin mala intención, hablarle de los hermosos ojos de su hermano Julio, lo cual enfureció tanto a Su Eminencia, que dió orden a unos sicarios para que, cogiendo a su hermano en una celada, al regresar de la caza, le sacaran los ojos que Angela reputaba tan hermosos. Y así lo hicieron, en presencia del Cardenal; pero los médicos pudieron salvarle un ojo y no quedó ciego, sino tuerto. El hecho causó gran ruido en la Corte, y de ella fué desterrado, temporalmente, el Cardenal por su hermano don Alfonso, ya entonces reinante. La benigna pena no podía satisfacer a D. Julio, que ardía en deseos de venganza, y para llevarla a cabo urdió una conjura, en que entraron el Conde Albertino Boschetti de San Cesario, el yerno del Conde, Capitán de la guardia palatina, un cantante, un camarero y otros varios servidores del Duque, juntamente con su hermano D. Ferrante, a quien pondrían en el trono en lugar de D. Alfonso, dando a éste muerte en un baile de máscaras y envenenando previamente al Cardenal Hipólito. Enterado el Cardenal por sus espías de cuanto se tramaba, lo participó a su hermano, y descubierta la conspiración, trataron de ponerse en salvo los conjurados, lográndolo tan sólo Julio y el cantante de Cámara, Guasconi, que se refugiaron, el primero en Mantua y el segundo en Roma. No intentó la fuga D. Ferrante; conducido a la presencia del Duque, se echó a sus pies y le pidió perdón; mas su airado hermano sacóle un ojo con el estoque que empuñaba y lo hizo encerrar en un calabozo del castillo, adonde bien pronto llegó también D. Julio, entregado, no sin alguna resistencia, por el Marqués de Mantua. Condenados a muerte los conspiradores, fueron decapitados y descuartizados en la plaza, frente al Palacio de la Razón, el Conde Boschetti y dos de sus cómplices, cuyas cabezas, en sendas picas, se fijaron en la torre del castillo para que sirvieran de escarmiento. Los dos Príncipes debían ser ahorcados, el 12 de Agosto de 1506, en el patio del castillo, en presencia del Duque, el cual, en el momento de irse a ejecutar la sentencia, indultó de la pena de muerte a los dos infelices, que fueron llevados de nuevo al calabozo. En él permanecieron, no sólo durante toda la vida de Alfonso, sino aun años después. Allí murió D. Ferrante, el 22 de Febrero de 1540, a los sesenta y tres años de edad, y D. Julio, puesto en libertad en 1559, tras un cautiverio de más de medio siglo, murió, a los ochenta y tres años, el 24 de Marzo de 1561. Y el 6 de Diciembre de aquel infausto año de 1506, en que estuvo D. Julio a punto de morir ahorcado por la culpa original de Angela Borja, contrajo ésta matrimonio con Alejandro Pío de Saboya, Señor de Sassuolo, y un hijo que tuvieron, llamado Gilberto, casó con Isabel, hija natural del Cardenal Hipólito.
El malhumor de Lucrecia, la mosca, decía el Prete, no reconocía sólo por causa, en sus primeros tiempos de Ferrara, el licenciamiento de la familia española, sino también los dimes y diretes en que andaba con el suegro por la cantidad que éste quería darle para alfileres, y que ella consideraba mezquina e insuficiente. El Duque le señaló 6.000 ducados anuales. Lucrecia, que era muy liberal y gastadora, pedía el doble. Sabiendo Hércules que a su hija Isabel le daba 8.000 el Marqués de Mantua, ofreció 10.000, que Lucrecia se negó a recibir, diciendo que prefería morirse de hambre, y el suegro, por su parte, decía que ni Dios ni el Papa le harían dar más; pero, según Gregorovius, salióse al fin Lucrecia con la suya.
En cuanto a las relaciones conyugales, que preocupaban harto al Papa, porque temía que D. Alfonso, de quien podía decirse que había contraído matrimonio muy a su pesar, no tratase a Lucrecia como su mujer, supo Alejandro, con gran satisfacción, y así se lo manifestó al enviado ferrarés Beltrando Costabili, que seguían durmiendo juntos por la noche, y que de día, como mozo que era don Alfonso, buscaba su placer en otras partes, y hace muy bien, decía Su Santidad.
La sucesión que aguardaba impacientemente Alejandro tardó en venir y no pudo disfrutarla el Papa. Lucrecia, que fué en sus embarazos y partos poco afortunada, dió a luz, el 5 de Septiembre de 1502, una niña muerta, y estuvo a punto de perder la vida, que le salvó el Obispo de Venosa, el más hábil de los médicos de Alejandro VI. Para reponerse se trasladó, el 8 de Octubre, con toda la Corte, desde el Castel Vecchio, que se le había hecho odioso, al convento del Corpus Domini, donde pasó quince días, y Alfonso fué en peregrinación a Loreto, en cumplimiento del voto que hizo por la salud de su esposa. El interés que en este trance mostraron por Lucrecia todos los ferrareses, probó que empezaban a quererla, y así se lo escribía el Duque a su Embajador en Roma.
El 19 de Septiembre, durante la gravedad de Lucrecia, se presentó César en Ferrara y pasó allí dos días, en uno de los cuales el médico Francisco, hijo de Jerónimo Castelli, sangró a la Duquesa en un pie, sujetándole la pierna su hermano. Andaba ocupado entonces el Valentino en la conquista de la Romaña, que aspiraba a convertir en reino, con Bolonia por capital, y redondeado con parte de Toscana. Los vasallos y Vicarios de la Iglesia, los Malatesta de Rimini, los Sforza de Pesaro, los Riario de Imola y Forli, los Varano de Camerino, los Manfredi de Faenza habían sido despojados de sus investiduras por el Papa y de sus Estados por César. Cayeron primero en sus manos, según ya dijimos, Imola y Forli, cuyo castillo defendió la varonil Catalina Sforza. Apoderóse luego fácilmente de Pesaro y de Rimini y sitió a Faenza, que resistió valientemente, por el amor que tenían sus vasallos a Astorre Manfredi, y se rindió por hambre, pero con la formal promesa de que quedaría en libertad Astorre. Contaba éste apenas dieciséis años y era reputado el más hermoso efebo de Italia, habiéndolo querido casar el Cardenal Farnese con la hija de su hermana la Bella Julia. Lejos de cumplir César lo pactado, tuvo encerrados en el castillo de Sant’Angelo a los dos hermanos Manfredi más de un año. Y antes de salir de Roma para continuar su empresa, hizo estrangular al hermoso mancebo, después de haber saciado en él nefandos apetitos, lo cual hubo de decirlo el cadáver hallado en el Tíber, y túvose, aun en aquellos tiempos, por cosa fea.
El 13 de Junio de 1502 salió César de Roma con sus tropas y se dirigió a Urbino para despojar de sus Estados, con engaño, al ingenuo Duque, que cayó en la celada y por milagro escapó vivo y pudo refugiarse en Mantua, de donde se trasladó a Venecia con la Duquesa Isabel. Peor la hubieron los Varano, Señores de Camerino, de los que sólo uno salió con vida de las manos de Micheletto, el ejecutor de las sentencias del Valentino.
La noticia de lo acaecido a los Duques de Urbino produjo penosa impresión, tanto en Mantua como en Ferrara, y aun entre los mismos españoles, y Lucrecia mostró gran disgusto recordando las atenciones que con ella había tenido Isabel Gonzaga. A la de Este lo que más le preocupó no fué la triste suerte de sus desposeídos cuñados, sino el obtener del Valentino, por medio del Cardenal Hipólito, que vivía en Roma en estrecha amistad con César, «dos estatuas, una Venus antigua de mármol, pequeña, pero muy buena, y un Cupido, de Miguel Angel, regalo del Duque de Romaña, que estaban en el Palacio del de Urbino, y con las que ella quería adornar su estudio»; y, en efecto, pudo satisfacer este deseo, habiéndoselas César regalado.
Desde Urbino le escribió a su hermana Lucrecia, participándole la toma de Camerino, que creía le sería muy grata, y el 28 de Julio se presentó en Ferrara disfrazado y acompañado de cinco caballeros, permaneciendo sólo un par de horas, de paso para Lombardía, donde iba a avistarse con el Rey de Francia. Durante su ausencia, y no a su gusto, dispuso Alejandro VI de la conquistada Camerino, erigiéndola en Ducado, que otorgó, el 2 de Septiembre de 1502, al infante romano Juan de Borja, investido ya del Ducado de Nepi, y cuyos bienes administraba el Cardenal de Cosenza, Francisco de Borja. Tomó entonces el Valentino el título de César Borgia de Francia, por la gracia de Dios, Duque de Romaña, de Valenza (Valence) y de Urbino, Príncipe de Andría, Señor de Piombino, Gonfaloniero y Capitán General de la Iglesia.
Pero mientras César soñaba con acrecentar sus Estados con Bolonia y la Toscana, lo que no pudo lograr por el veto de Francia, los condotieros que capitaneaban sus tropas, para no ser devorados uno a uno por el dragón, como escribía Juan Pablo Baglioni al Conde de Montebiviano, último Podestá de Florencia, resolvieron tomar las armas y rebelarse contra el Duque, pareciéndoles la ocasión propicia por verlo abandonado por el Rey de Francia. El 9 de Octubre reuniéronse en la Magione, cerca de Perugia, para acordar la Liga, y se obligaron a la común defensa, a no promover guerra sino de mutuo acuerdo, a levantar y sustentar un ejército de unos diez mil hombres, bajo pena de 50.000 ducados, y tacha de traidor a quien faltara a lo pactado. Acudieron en demanda de ayuda a Florencia y Venecia, y sin aguardarla entraron en campaña, levantándose en armas el Ducado de Urbino en favor de su antiguo Señor. Dióse cuenta César de la gravedad de la situación y despachó a Miguel Corella y a Hugo de Moncada con las tropas que le habían quedado fieles, las cuales, en Fossombrone, vinieron a las manos con los rebeldes, que alcanzaron un completo triunfo. Moncada cayó prisionero y Corella logró escapar a duras penas. No conoció límites el gozo de los vencedores. Volvió Guidobaldo de Montefeltro a Urbino, y a Camerino Juan María de Varano, el único sobreviviente de la familia. Pero ni Florencia ni Venecia se prestaron a intervenir en la contienda contra César, que obtuvo del Rey de Francia que le mandara unas cuantas lanzas al mando de Carlos de Amboise, Señor de Chaumont. Cambió esto por completo la situación, infundiendo un terror pánico en los conjurados el ver de nuevo al Valentino protegido por Francia. Optaron, pues, por entrar en tratos con el Duque y el 28 de Octubre juraron las paces, y en su nombre firmó Pablo Orsini un acuerdo por el que se obligaron a restituir a la obediencia a Urbino y Camerino, y el Duque prometió seguir teniendo a sueldo, a su servicio, a los Orsini y Vitelli, quedando el Cardenal Orsini libre de residir en Roma tan sólo cuando quisiese.
Se ha creído y dicho que Maquiavelo, a la sazón enviado de Florencia cerca del Duque de Romaña, servía a éste de guía y consejero; pero sus cartas prueban cuán errónea es esta opinión. Si no pecaba en los negocios de Estado el Secretario florentino por escrúpulos de conciencia, no era, sin embargo, de la índole cruel y sanguinaria de los hombres que le rodeaban, dispuestos siempre a la traición y al crimen y respetuosos sólo de la fuerza. Limitóse a tener enterado a su Gobierno de cuanto llegaba a su noticia, y a defenderse de las insidias del Duque, que si no era un gran Capitán ni un gran político, supo deshacerse de sus enemigos con una audacia grande y un arte infernal que le granjeó la admiración de Maquiavelo.
No se fiaba César de sus condotieros, a pesar de las paces, y habiéndose retirado las lanzas francesas que tanto le habían servido para amedrentarlos, reclutó unos dos mil quinientos hombres entre suizos y gascones, y con ellos tomó el camino de Sinigaglia, ciudad que pertenecía al Prefecto de Roma, Francisco María de la Rovère, niño de once años, en cuyo nombre gobernaba su madre, Juana, la hermana de Guidobaldo de Urbino, aconsejada por el tutor Andrés Doria. Viéndose éste amenazado por los ejércitos de los Orsini y de César, puso en salvo a la madre y al hijo, refugiándose en Florencia. Entraron en Sinigaglia Vitellozzo y los Orsini, y luego que lo supo el Duque les ordenó pusieran su gente fuera de las murallas, y él, con su ejército, llegó allí en la mañana del 31 de Diciembre. Salió primero a su encuentro Vitellozzo, y siguiéronle el Duque de Gravina, Francisco Orsini, candidato in petto de Alejandro VI a la mano de Lucrecia, Pablo Orsini, el suegro de Jerónimo Borja, y Oliverotto de Fermo, acompañándole los cuatro por las calles de la ciudad hasta la casa que se alojó, y entrados en ella, a una señal del Duque fueron presos y aquella misma noche murieron estrangulados por Micheletto, Vitellozzo y Oliverotto. Pocos días después perecieron también a sus manos los dos Orsini, Pablo y Francisco, cuando tuvo César noticia de que había sido preso en Roma el Cardenal Orsini, que murió en el castillo de Sant’Angelo, según pública voz, envenenado.
Este, que Pablo Jovio en su Vida de César Borja llamó bellísimo engaño de Sinigaglia, le valió los elogios de Maquiavelo y los plácemes de Estes y Gonzagas. La Marquesa Isabel le escribió una carta afectuosísima, a la que acompañaba un regalo de cien antifaces, sabiendo la afición que tenía el Duque a enmascararse. El Papa aguardaba con tanta impaciencia noticia de los progresos de César, que cuando le llegó la de su detención por algún tiempo en Cesena, andaba gritando fuera de sí: «¿Qué diablos hace allí?; le hemos escrito que se dé prisa», y en alta voz repitió tres veces, de suerte que todos le oyeron, hideputa bastardo, con otras palabras y blasfemias españolas[98]. El día de Año Nuevo, acabada la misa, llamó a los Embajadores y les comunicó la fausta nueva, añadiendo que el Duque, de cuya virtud y magnanimidad hizo el elogio, jamás perdonaba a quien le ofendía ni dejaba a otros la venganza.
Los audaces a quienes la fortuna, con razón o sin ella, otorga desmedidamente sus favores, padecen tarde o temprano sus desaires, y cuanto mayor es la altura a que subieron más grande y dolorosa es la caída. Así sucedió al soberbio y temido César Borja cuando creía próxima la soñada meta. Todo lo había previsto y calculado menos el encontrarse, a la muerte de Alejandro VI, postrado por la misma enfermedad e imposibilitado de hacer cosa alguna de las que tenía pensadas para cuando llegara el inevitable trance. Se dijo que habían sido envenenados el padre y el hijo en una cena con que les obsequió en su viña el Cardenal Adrián de Corneto, y que el veneno era el de los propios Borjas destinado al Cardenal, y que por error bebieron el Papa y César. Gregorovius no se atreve a negarlo ni a afirmarlo, y da el hecho todavía por incierto; pero el Diario de Burchard y los despachos del Embajador veneciano Giustinian, que diariamente participaba a la Señoría el curso de la enfermedad, prueban que Alejandro VI murió de la malaria o fiebre romana, siempre peligrosa en el mes de Agosto, y que en aquel año de 1503 se había presentado con mayor fuerza y causaba mayores estragos. La edad del Papa, que contaba entonces setenta y tres años, agravaba el mal, y aunque se le sangró copiosamente por temor a la congestión cerebral, de ella murió, al atardecer del día 18, después de haber confesado y comulgado. Durante su enfermedad no pidió noticias de Lucrecia ni de César, que estuvo en peligro de muerte, y de él escapó gracias a sus pocos años y robusta naturaleza. Cuando se supo el fallecimiento del Papa, entró en sus habitaciones Miguel Corella con unos cuantos hombres armados, y amenazando con un puñal al cuello al Cardenal Casanova, le obligó a entregar las llaves y el dinero del Papa, y así se apoderó, por orden y en nombre de César, de 100.000 ducados en moneda contante y de la plata labrada y alhajas, cuyo valor se estimaba en 300.000; pero olvidó que en una cámara contigua a la mortuoria estaban las tiaras preciosas, los anillos y los vasos sagrados, los cuales cayeron con cuanto encontraron a mano en las de la servidumbre pontificia. Terminado el saqueo, abriéronse las puertas, y se anunció públicamente la muerte del Pontífice.
De ella daba cuenta a su mujer el Marqués de Mantua, haciéndose eco de las voces que corrieron en Roma, y le decía que cuando Alejandro VI cayó enfermo, las personas que le rodeaban oyéronle decir: «Iré, iré; pero espera todavía un poco», y los que estaban en el secreto daban la explicación de que en el Cónclave, a la muerte de Inocencio, pactó con el diablo, comprando con su alma el Papado, que debía durar doce años. Había quien afirmaba que en el momento de expirar había siete diablos en la cámara, y en cuanto murió empezó el cuerpo a hervir y la boca a echar espuma, y así continuó hasta que le enterraron, hinchándose además de tal manera que no parecía cuerpo humano[99]. El Cartujano (Juan de Padilla) en su poema Los doce triunfos de los doce apóstoles, imitación de La Divina Comedia, coloca a Alejandro VI en el Infierno.
La noticia de la muerte se la comunicó a Lucrecia el Cardenal Hipólito. Fué para ella un duro golpe, no sólo por la entrañable devoción que la había siempre unido a su padre, sino por el desamparo en que su falta la dejaba en la Corte de Ferrara, donde no se había todavía adueñado ni del afecto de su marido ni del de su suegro. En la carta que éste escribió a Giangiorgio Seregni, en Milán, le manifestaba «que la muerte del Papa no le había disgustado, y que por el honor de Dios Nuestro Señor y por el bien universal de la cristiandad había deseado que la Divina Bondad y Providencia quisiese dar a la Iglesia un pastor bueno y ejemplar, que acabase con tanto escándalo. Por nuestra parte te diremos que, a pesar del parentesco de afinidad, es el Papa de quien menos favores hemos recibido, habiéndonos dado únicamente aquello a que estaba obligado. Fuera de esto, no nos complació en cosa alguna, ni grande, ni mediana, ni pequeña, y creemos sea por culpa del Duque de Romaña, que no habiendo podido hacer de nosotros lo que hubiera querido, nos trató como extraños. E inclinándose ellos, por último, a los españoles, y viéndonos tan buenos franceses, nada teníamos que esperar ni del Papa ni de Su Señoría».