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CRÓNICA
DE LA CONQUISTA
DE GRANADA.


CRÓNICA
DE LA CONQUISTA
DE GRANADA.

ESCRITA EN INGLÉS
por Mr. Washington Irving.

TRADUCIDA AL CASTELLANO
POR DON JORGE W. MONTGOMERY,
Autor de las Tareas de un Solitario.


TOMO II.


MADRID:
Imprenta de I. SANCHA.


JUNIO DE 1831.


CRÓNICA
DE LA CONQUISTA
DE GRANADA.

CAPÍTULO PRIMERO.

El Rey don Fernando, con una hueste poderosa, se pone sobre Velez-málaga.

Año 1487.

Hasta aqui los sucesos de esta ilustre guerra, han sido principalmente una série de hazañas brillantes, pero pasageras, como correrías, cabalgadas, y sorpresas de lugares y castillos. Mas ahora se trata de operaciones importantes y detenidas, y del asedio formal y rendicion de las plazas mas fuertes del reino de Granada, cuya capital quedó asi aislada, y desnuda de los baluartes que la defendian.

Los grandes triunfos de los Reyes de Castilla habian resonado en el oriente, llenando de consternacion al Gran Señor, Bayaceto II, y al Soldan de Egipto; y estos príncipes, suspendiendo por entonces las sangrientas guerras que traian entre sí, entraron en una confederacion para defender la religion de Mahoma y el reino de Granada, contra el poder hostil de los cristianos. Á fin de distraer la atencion de los Soberanos, acordaron de enviar un armamento poderoso contra la isla de Sicilia, que pertenecia entonces á la corona de Castilla, y de expedir al socorro de Granada una fuerza considerable desde las costas vecinas del África.

Con la noticia que tuvieron de estos sucesos, resolvieron don Fernando y doña Isabel dirigir sus fuerzas contra los pueblos marítimos de Granada, y apoderándose de todos los puertos, privar á los moros de los auxilios que les pudieran venir de fuera. El punto que mas particularmente llamaba su atencion, era Málaga, por ser el puerto principal del reino, y el emporio de un comercio vasto que se hacia entre aquellas partes y las costas de la Siria y del Egipto. Por este conducto se mantenia tambien una comunicacion activa con el África, y se recibian de Tunez, Trípoli, Fetz y los demas estados Berberiscos, socorros pecuniarios, tropas, armas y caballos; por lo que se llamaba enfáticamente la mano y boca de Granada. Pero antes de poner sitio á esta formidable ciudad, pareció indispensable asegurarse de la de Velez-málaga y sus dependencias, que, por su proximidad á aquella, podria entorpecer las operaciones del ejército.

Para esta importante campaña fueron convocados nuevamente los grandes del reino, con sus gentes respectivas, en la primavera de 1487. La guerra que amenazaban las potencias del oriente despertó en los pechos generosos de aquellos caballeros un ardor extraordinario; y con tal celo acudieron al llamamiento de sus Soberanos, que en breve se juntó en la antigua ciudad de Córdoba un ejército de doce mil hombres de á caballo y cincuenta mil infantes, la flor de la milicia española, capitaneada por los caudillos mas valientes de Castilla. La noche anterior á la marcha de esta poderosa hueste hubo un terremoto, que estremeció la ciudad y llenó de espanto á sus moradores, principalmente á los que vivian cerca del antiguo alcázar de los Reyes moros, donde fue mayor el movimiento: y este suceso muchos lo tuvieron por presagio de alguna calamidad iminente, al paso que otros lo celebraron como anuncio de que el imperio de los moros iba á estremecerse hasta su centro[1].

La víspera del Domingo de Ramos partió de Córdoba el Rey con su ejército dividido en dos cuerpos; en uno de los cuales puso toda la artillería, guardada por una buena escolta, y mandada por el maestre de Alcántara y Martin Alonso, señor de Montemayor. Se dispuso que marchase esta division por el camino mas llano, para que no faltase el forrage á los bueyes que llevaban la artillería. La otra division, que era el grueso del ejército, iba capitaneada por el Rey en persona, y se dirigió por las montañas, sin que le arredrasen las asperezas de un camino que á veces se reducia á una vereda, perdiéndose entre peñas y precipicios, y otras conducia al borde de una sima espantosa, ó á un torrente cuyas aguas, acrecentadas por las recientes lluvias, interceptaban la marcha del ejército. Para vencer en algun modo las dificultades del terreno, se envió delante al alcaide de los Donceles con cuatro mil gastadores, prevenidos unos de picos, palas y azadones, para allanar los caminos, y otros, de los instrumentos necesarios para construir puentes de madera en los arroyos, mientras que algunos tuvieron órden de poner piedras en los charcos para el paso de la infantería. Á don Diego de Castrillo se le despachó con alguna gente de á caballo y de á pié, para que tomase los pasos de las montañas, cuyos habitantes, por la ferocidad de su carácter, no dejaban de inspirar al ejército algun cuidado.

Despues de una marcha penosa por montañas tan agrias, que á veces no habia disposicion para formar el campamento, y con pérdida de muchos bagages, que rendidos de fatiga perecieron por el camino, llegaron felizmente á dar vista á la vega de Velez-málaga. Defendido por una cordillera de montañas, se extendia este delicioso valle hasta la ribera del mar, cuyos aires le refrescaban, al paso que le hacian fértil las aguas del rio Velez. Estaban los collados cubiertos de viñedos y olivares, lozanas mieses ondeaban en las llanuras, y numerosos rebaños pacian en las dilatadas dehesas. En torno de la ciudad se veia florecer los jardines de los moros, y blanquear en ellos sus pabellones por entre infinitos naranjos, cidros y granados, sobre los cuales descollaba la erguida palma, amiga de los climas meridionales y de un cielo benigno y puro.

En un extremo del valle, y á la falda de un cerro aislado, estaba fundada la ciudad de Velez-málaga, bien fortificada con torres y muros muy espesos. En lo mas alto del cerro habia un castillo poderoso é inaccesible por todas partes, que dominaba todo el pais circunvecino, y junto á los muros dos arrabales, defendidos con albarradas y grandes fosos. Contribuian á la seguridad de esta plaza las inmediatas fortalezas de Benamarhoja, Comares y Competa, guarnecidas por una raza de moros muy fuertes y belicosos, que habitaban aquellas montañas.

Al mismo tiempo que llegó el ejército cristiano á la vista de Velez-málaga, arribó á aquella costa la escuadra que mandaba el conde de Trevento, compuesta de cuatro galeras armadas, y de muchas caravelas con mantenimientos para el ejército.

Despues de reconocer el terreno determinó el Rey acampar en la ladera de una montaña, que es la última de una cordillera que se extiende hasta Granada. En su cumbre habia un lugar de moros muy fuerte, llamado Bentomiz, que, por su proximidad á Velez-málaga, se creyó podria proporcionar socorros á esta plaza. Á muchos de los generales pareció peligrosa la posicion escogida por el Rey, pues quedaba el campo expuesto á los ataques de un enemigo tan inmediato; pero Fernando resolvió conservarla, diciendo que asi cortaria la comunicacion entre el lugar y la ciudad, y que en cuanto al peligro, estuviesen sus soldados mas alerta para evitar una sorpresa. Salió, pues, el Rey á caballo con algunos caballeros, para distribuir las estancias, y despues de colocar cierta gente de á pié en un cerro que dominaba la ciudad, se retiró á su pavellon para tomar algun alimento. Sentado apenas á la mesa, sintió un alboroto repentino, y saliendo fuera, vió correr á sus soldados delante de una fuerza superior enemiga. Asiendo una lanza, y sin mas armas defensivas que su coraza, saltó Fernando á caballo, dirigiéndose con los pocos que le acompañaban al socorro de sus soldados. Éstos, que vieron venir en su auxilio al mismo Rey, cobraron aliento, y revolviendo contra los moros, los acometieron con denuedo. Llevado del ardor que le animaba, se metió Fernando por medio de los enemigos: un caballerizo que iba á su lado, fue muerto á los primeros tiros; pero antes que pudiera escapar el moro que le matára, le dejó el Rey atravesado con su lanza. Echó mano entonces á la espada, pero por mas esfuerzos que hizo, no pudo sacarla de la vaina; de manera que rodeado de enemigos, y sin armas con que defenderse, se halló el Rey en el mas iminente peligro. En esta hora crítica llegaron el marqués de Cádiz, el conde de Cabra y el adelantado de Murcia, con Garcilaso de la Vega y Diego de Ataide, los cuales, cubriendo al Soberano con sus cuerpos, le defendieron contra los tiros del enemigo. Al marqués de Cádiz mataron su caballo, y aun él mismo corrió gran riesgo; pero con la ayuda de sus valientes compañeros logró rechazar á los moros, persiguiéndolos hasta meterlos por las puertas de la ciudad.

Pasado este rebato, rodearon al Rey sus grandes y caballeros, representándole cuán mal hacia en exponer su persona en los combates, teniendo en su ejército tantos y tan buenos capitanes á quienes tocaba pelear; que mirase que la vida del príncipe era la vida de su pueblo, y que muchos y grandes ejércitos se habian perdido por la pérdida de su general; por lo que le suplicaban que en adelante les ayudase con la fuerza de su ánimo gobernando, y no con la de su brazo peleando. Á esto respondió el Rey confesando que tenian razon, pero que no le era posible mirar el peligro de sus gentes sin acudir á su socorro; cuyas palabras llenaron á todos de contento, pues veian que no solo les gobernaba como buen Rey, sino que les protegia como capitan valiente. Esta hazaña no tardó en llegar á los oidos de la Reina, haciéndola temblar el arrojo de su esposo, aun en medio de su regocijo al saber que el peligro era pasado. Posteriormente concedió doña Isabel á Velez-málaga, por armas de la ciudad, y en conmemoracion de este suceso, la figura de un Rey á caballo, con un caballerizo muerto á sus pies y los moros en huida[2].

Estaba ya formado el campamento, pero faltaba la artillería, que por el mal estado de los caminos aun no habia podido llegar. Entretanto mandó el Rey combatir los arrabales de la ciudad, los cuales fueron entrados despues de una lucha sangrienta de seis horas, y con pérdida de muchos caballeros muertos ó heridos, siendo entre éstos el mas distinguido, don Alvaro de Portugal, hijo del duque de Braganza. Se procedió entonces á fortificar los arrabales con trincheras y empalizadas, se puso en ellos una guarnicion competente, al mando de don Fadrique de Toledo, y se abrieron en derredor de la ciudad otras trincheras, con que se cortó enteramente la comunicacion de los sitiados con los pueblos del contorno. Para mayor seguridad de las recuas que traian los mantenimientos al real, se colocaron en los pasos de las montañas varios destacamentos de infantería; pero la aspereza de aquellos lugares favorecia de manera á los moros, que no fue posible impedir que hiciesen éstos salidas repentinas, en que arrebataban los convoyes, y cautivaban las personas, retirándose luego á sus guaridas con toda seguridad. Á veces, por medio de grandes fuegos encendidos en las cumbres de las montañas, se concertaba el enemigo con las guarniciones de las torres y castillos inmediatos, para atacar al campo de los cristianos, á quienes convenia por esto estar de continuo alerta y apercibidos para pelear.

Creyendo el Rey haber intimidado á los de Velez-málaga con la manifestacion de sus fuerzas, les dirigió una carta, ofreciéndoles condiciones muy ventajosas si desde luego capitulaban, y amenazando llevar la ciudad á sangre y fuego si persistian en defenderse. El portador de esta carta fue un caballero llamado Carvajal, que, poniéndola en la punta de una lanza, la entregó á los moros que estaban en la muralla, los cuales contestaron diciendo, que el Rey de Castilla era demasiado noble para llevar á efecto una amenaza semejante, y que ellos no se entregarian, porque no era posible llegase al campo la artillería, y porque estaban seguros de ser socorridos por el Rey de Granada.

Al mismo tiempo que esta noticia, recibió el Rey la de haberse juntado en Comares, lugar fuerte distante de alli dos leguas, las gentes de la Ajarquía, cuya sierra era capaz de proporcionar hasta quince mil hombres de pelea, y era la misma donde, al principio de la guerra, se habia hecho tan gran matanza de cristianos.

La situacion del ejército, desunido y encerrado en pais enemigo, no dejaba de ser peligrosa, y exigia la mayor disciplina y vigilancia. Asi lo entendió Fernando, haciendo publicar en los reales ciertas ordenanzas, por las que se prohibian los juegos, las blasfemias y las pendencias: las mugeres mundanas, y los rufianes que las acompañaban, fueron echados del campamento: ninguno habia de salir á las escaramuzas que los moros moviesen, sin licencia de su capitan, ni pegar fuego á los montes inmediatos; y el seguro concedido á cualquier pueblo ó individuo moro se habia de guardar inviolablemente. Estas ordenanzas, mandadas observar bajo penas muy severas, tuvieron tan buen efecto, que en medio de ser tan grande el concurso de varias gentes que alli habia, no se vió á nadie sacar armas contra otro, ni se oyó palabra, de que pudiese nacer escándalo.

Entretanto los guerreros de la serranía, reuniéndose en las cumbres de las montañas á la par de una tormenta que amenaza las llanuras, bajaron á las cuestas de Bentomiz, que dominaban el real, con intento de abrirse paso con las armas hasta la ciudad; pero un destacamento fuerte que se envió contra ellos, los arrojó de alli despues de un combate muy reñido, y se recogieron los moros á los lugares ásperos de la sierra, donde no se les pudo seguir.

Habian pasado ya diez dias desde que se asentó el real, y la artillería aun no habia llegado. Las lombardas y otras piezas de mayor calibre quedaron en Antequera, de donde no pudieron pasar por la fragosidad de los caminos: las demas, con muchos carros de municiones, llegaron, á duras penas, hasta media legua del campo; y los cristianos, animados con este refuerzo, se dispusieron á batir en forma las fortalezas de Velez-málaga.

CAPÍTULO II.

Sale el Rey de Granada para levantar el sitio de Velez-málaga; intenta sorprender á los cristianos: resultado de esta empresa.

En tanto que el estandarte de la cruz tremolaba delante de Velez-málaga, las facciones rivales del Albaicin y la Alhambra seguian afligiendo con sus disensiones á la infeliz Granada. La noticia de hallarse sitiada aquella plaza llamó al fin la atencion de los viejos y alfaquís, los cuales, dirigiéndose al pueblo, le representaron el peligro que á todos amenazaba. “¿Qué contiendas son estas, decian, en que aun el triunfo es ignominioso, y en que el vencedor oculta sonrojado sus heridas? Los cristianos están devastando la tierra que ganaron vuestros padres con su valor y sangre, habitan las mismas casas que éstos edificaron, gozan la sombra de los árboles que plantaron; y entretanto vuestros hermanos andan por el mundo desterrados y peregrinos. ¿Buscais á vuestro enemigo verdadero?... acampado está en las alturas de Bentomiz. ¿Quereis ocasion en que mostrar vuestro valor?... hallareis no pocas bajo los muros de Velez-málaga.”

Habiendo asi conmovido los ánimos del pueblo, se presentaron á los dos Reyes contrarios, á quienes dirigieron iguales reconvenciones. La situacion del Zagal era en extremo delicada: dos enemigos, uno de casa, otro de fuera, le guerreaban al mismo tiempo: si dejaba á los cristianos apoderarse de Velez-málaga, era consiguiente la perdicion del Reino: si salia á contenerlos, debia temer que Boabdil, en su ausencia, se levantase con el mando. En tal estado determinó concertarse con su sobrino, á quien hizo presente cuanto sufria la pátria por efecto de sus discordias, y cuán fácil seria habiendo union, remediarlo todo, y acabar de una vez con los cristianos, que de suyo se habian metido en la sepultura, sin que faltase mas que echarles la tierra encima: ofreció dejar el título de Rey, reconocer como tal á su sobrino, y pelear bajo su bandera; solo pedia que se le permitiese marchar al socorro de Velez-málaga, y castigar á los cristianos. Pero Boabdil, tratando de artificiosas estas proposiciones, las desechó con indignacion: “¿Cómo, dijo, he de fiarme de un traidor, que se ha ensangrentado en mi familia, y que ha buscado mi muerte por tantos modos y en tantas ocasiones?”

Quedó el Zagal confuso y despechado con esta repulsa; pero no habia tiempo que perder: los clamores del pueblo, que veia abandonadas al enemigo las mejores ciudades del reino, y el ardor de los caballeros de su corte, impacientes por salir al campo, exigian una pronta resolucion, y se decidió á marchar contra el enemigo. Poniéndose, pues, á la cabeza de una fuerza de mil caballos y veinte mil infantes, salió repentinamente una noche, y se dirigió por las montañas que se extienden desde Granada hasta Bentomiz, tomando los caminos menos transitados, y marchando con tal rapidez, que llegó á las alturas de este pueblo, antes que el Rey Fernando tuviese noticia de sus movimientos.

Alarmáronse los cristianos una tarde, viendo arder grandes hogueras en las montañas inmediatas á Bentomiz. Á la roja luz de las llamas se descubria el brillo de las armas y el aparato de la guerra, y se oia á lo lejos el sonido de los timbales y trompetas de los moros. Á los fuegos de Bentomiz respondian otros fuegos desde las torres de Velez-málaga, y el grito de, ¡el Zagal, el Zagal! resonaba de cerro en cerro, anunciando á los cristianos que el belicoso Rey de Granada campeaba en las alturas que dominaban al real. Iguales eran con este motivo la sorpresa del Rey de Castilla y el regocijo de los moros. El conde de Cabra, con su ardor acostumbrado, queria escalar aquellos cerros, y atacar al Zagal antes que pudiese formar su campo; pero no lo consintió Fernando por no exponerse á tener que levantar el sitio, y mandó que permaneciesen todos guardando sus respectivos puestos, sin moverse para buscar al enemigo.

Toda aquella noche ardieron los fuegos que coronaban las montañas. Al dia siguiente presentaban las cercanías de Bentomiz una escena marcial y pintoresca. Los rayos del sol naciente doraban los altos picos de la sierra, y deslizándose por la ladera abajo, caian de soslayo sobre las tiendas de los guerreros castellanos, dando á su blancura un realce singular, y mayor viveza á los colores de las banderetas con que se distinguian. El suntuoso pabellon del Rey descollaba sobre todo el campamento; y plantados en una eminencia, ondeaban al aire libre los estandartes de Castilla y de Aragon. Mas allá se descubria la ciudad, su encumbrado castillo, y sus fuertes torres, en que relumbraban las armas de los infieles; siendo remate de esta perspectiva el campamento moro, que guarnecia el perfil de la sierra, y que, á los resplandores del nuevo sol, se mostraba reluciente de armas, pabellones y divisas. Veíanse subir columnas de humo donde la noche anterior se habian encendido las hogueras; y la aguda voz de la trompeta, el ronco sonido de las cajas, y el relincho de los caballos, se oia confusamente desde aquella elevacion aérea; que es tan puro y diáfano el atmósfera en esta region, que se oyen los sonidos y se distinguen los objetos á una gran distancia, y asi pudieron fácilmente los cristianos ver la multitud de enemigos que se reunian contra ellos en las montañas inmediatas.

La primera disposicion del Rey moro fue destacar una fuerza competente al mando de Rodovan de Vanegas, gobernador de Granada, con órden de dar sobre el convoy de artillería que se encaminaba al real cristiano; pero la diligencia con que salió á impedirlo el maestre de Alcántara, le obligó á revocar esta órden; permaneciendo asi unos y otros sin osar venirse á las manos, y el Zagal contemplando desde arriba el campo enemigo, como tigre que espera la ocasion de saltear alguna presa. Habiéndosele frustrado este proyecto, concibió el de sorprender á los cristianos por medio de un ataque repentino concertado con los moros de la ciudad. Al efecto escribió al alcaide de ella, previniéndole que á la medianoche, cuando viese la señal de un fuego en cierto punto de la sierra, saliese con toda su guarnicion para dar furiosamente sobre las guardias del real: el Rey acometeria al mismo tiempo por la parte opuesta; de modo que envolviendo al enemigo en el silencio de la noche, seria fácil arrollarlo y destruirlo.

Iba ya el sol tocando el término de su carrera, y las largas sombras que caian de las montañas, empezaban á oscurecer la vega. Veia el fiero Zagal llegar la hora de ejecutar sus planes, y ya miraba como víctimas suyas á los cristianos, agenos, al parecer, del peligro que los amenazaba. “¡Alá achbar!, exclamó, señalando el campo enemigo, ¡Dios es grande! El ha traido á nuestras manos este Rey infiel con toda su caballería, para que con un glorioso triunfo recobremos todo lo perdido. ¡Aqui de nuestro valor y esfuerzo!, y dichoso el que muere peleando por la causa del profeta, que ese pasará en derechura al paraiso de los fieles, y gozará la belleza inmortal de las houris celestiales: dichoso el que sobreviva á esta victoria, pues él volverá á Granada, y la verá en toda su hermosura, libre de enemigos, y restituida á su primitiva gloria.”

Llegó al fin la hora señalada, y por órden del Rey moro se encendió una llama viva en la parte mas elevada de Bentomiz; pero en vano fue esperar la señal correspondiente que debia hacerse en la ciudad. Apurada la paciencia del Zagal con esta tardanza, empezó á mover la sierra abajo con su gente, para atacar al real cristiano. Avanzando por un desfiladero que conducia al llano, dieron de improviso con un cuerpo numeroso de cristianos: oyese al mismo tiempo una vocería terrible, y se ven los moros acometidos cuando menos lo esperaban. Confuso y sobresaltado, manda el Zagal retirar sus tropas, y se recoge á las alturas: hace una señal, y al punto empiezan á arder por todos aquellos cerros muchas y grandes hogueras que estaban ya prevenidas. El resplandor de las llamas iluminaba el horizonte, esparciendo en aquellos contornos una luz tan viva, que todo se descubria, las entradas y pasos de la sierra, el campo cristiano, su situacion y sus defensas. Donde quiera que volvia los ojos veia el Zagal relumbrar á la luz de los fuegos, las espadas, yelmos y corazas de sus enemigos; no habia paso que no estuviese herizado de lanzas cristianas, ni punto que no estuviese guardado por escuadrones de á caballo y de á pié ordenados en batalla.

Conviene saber que la carta que el Rey moro dirigió al alcaide de Velez-málaga habia sido interceptada por el vigilante Fernando, que tomó con prontitud y sigilo las medidas convenientes para recibir al enemigo.

Desesperado y furioso el Zagal al ver que se habian descubierto y frustrado sus designios, mandó avanzar sus tropas al ataque. En efecto, bajaron los moros aquellas cuestas impetuosamente y con grandes alaridos; pero de nuevo los detuvieron y rechazaron los cristianos apostados en la hondonada, los cuales eran la division de don Diego Hurtado de Mendoza, hermano del gran cardenal. Los moros, retirándose como antes á las alturas, donde no podian seguirles los soldados de don Diego, hicieron desde alli un fuego bien sostenido de arcabuces y ballestas, correspondiéndoles los cristianos con descargas de artillería. Asi se pasó la mayor parte de la noche: al estruendo de los tiros retumbaban los montes y valles, y el lúgubre resplandor de las hogueras hacia resaltar lo terrible de aquella nocturna escena.

Venida el alba, y viendo los moros que no habia cooperacion por parte de la ciudad, empezaron á desanimarse, y á temer que subiesen al asalto de aquellas cuestas las tropas cristianas que guardaban en gran número todas las entradas y pasos de la sierra. Á esta sazon fue cuando envió Fernando al marqués de Cádiz con gente de á caballo y de á pié para apoderarse de un cerro que ocupaba uno de los batallones del enemigo. Subió allá el Marqués, y con su intrepidez acostumbrada atacó á los moros, que luego abandonaron el puesto huyendo. Los demas, que ocupaban otros puntos, alarmados al ver huir á sus compañeros, se retiran en desórden. Un terror pánico se apodera de toda la hueste; y arrojando las armas, se entrega aquella numerosa morisma á una fuga desordenada. Derramándose por las montañas, se precipitan por todos los pasos y desfiladeros, y huyen sin saber de que, y sin que nadie los persiga, sembrando el suelo de espadas, lanzas, corazas y ballestas, que dejan para correr mas fácilmente. Solo Rodovan de Venegas pudo en tanta confusion reunir algunos pocos, con los cuales efectuó su entrada en Velez-málaga; todos los demas gefes, y el Rey con ellos, tuvieron que seguir á los fugitivos. El marqués de Cádiz, como viese despejado el campo, y que no se le hacia oposicion, movió adelante con sus gentes; y subiendo de cuesta en cuesta con mucha circunspeccion por el temor de alguna estratagema, llegó al sitio que el ejército moro acababa de abandonar: alli ningun enemigo se le presentó: todo estaba tranquilo; y solo se veia por el suelo armas, tiendas, banderas y trofeos. La fuerza con que venia era demasiado corta para perseguir al enemigo; asi que, cargando con los despojos, se volvió á los reales.

Una derrota tan señalada y milagrosa, llenó de admiracion al Rey Fernando, haciéndole recelar algun ardid de los que usaban los moros con frecuencia. Con esta sospecha mandó que toda aquella noche estuviesen las tropas sobre las armas; dobló las guardias, y en su tienda la hicieron mil caballeros é hidalgos bien armados, sin que se disminuyese un punto esta vigilancia, hasta que se tuvo noticia cierta de la dispersion del ejército del Zagal.

La noticia de tan feliz acontecimiento, llegó á Córdoba á tiempo que la Reina doña Isabel hacia grandes aprestos para reforzar con nuevas tropas el ejército de Fernando. Los avisos que se tenian alli de la situacion peligrosa del ejército real, y de la salida del Rey de Granada, habian llenado la corte de consternacion, y afligian el corazon de la Reina con mil temores y presentimientos. Se habia convocado, para que tomase las armas, á toda la gente de la Andalucía, exceptuando solo á los ancianos que pasaban de setenta años: el gran cardenal Mendoza, religioso, estadista y guerrero á un mismo tiempo, habia prometido mantener á su costa toda la caballería, y ya la Reina se disponia á partir para el Real cristiano con los primeros socorros, cuando se suspendió todo con la plausible noticia de la total derrota de los moros: los cuidados se convirtieron en alegría, las tropas fueron licenciadas, y este señalado triunfo se celebró con Te Deum en todas las Iglesias.

CAPÍTULO III.

Ingratitud de los Granadinos para con el valiente Muley Audalla, el Zagal: rendicion de Velez-málaga y otras plazas.

La salida del anciano guerrero Muley Audalla, el Zagal, para defender su territorio, dejando en Granada un rival poderoso, se celebró alli como una bizarría digna de admiracion: sus pasadas hazañas y su valor acreditado inspiraban á todos las mas lisongeras esperanzas, al paso que la apatía de Boabdil, que miraba tranquilo la invasion y ruina de su pátria, tenia exasperados los ánimos del pueblo, y llenos de temor á los que seguian su partido. Se habian suspendido las sangrientas conmociones de la ciudad, y la atencion pública se dirigia únicamente á las operaciones del Zagal, á quien contemplaban ya victorioso y de vuelta para Granada, conduciendo prisionero al Rey de Castilla y á toda su caballería. Estando todos en tan alegre expectacion, vieron llegar algunos ginetes fugitivos del ejército moro, que corriendo la vega, fueron los primeros que anunciaron aquella fatal derrota y dispersion. Al referir este desastroso suceso, parecia que recordaban confusamente algun sueño espantoso: no sabian decir cómo ni por qué habia sucedido: hablaban de un combate empeñado en la oscuridad de la noche entre rocas y precipicios; de millares de enemigos emboscados en los pasos y desfiladeros de las montañas; del horror que se apoderó del ejército, de su fuga, dispersion y ruina.

La llegada de otros fugitivos confirmó en breve estas infaustas nuevas; y el pueblo de Granada, pasando desde el colmo de la alegría al extremo del abatimiento, prorumpió en exclamaciones no de dolor, sí de indignacion: confundian al general con el ejército, á los abandonados con los desertores; y el Zagal, que habia sido el ídolo del pueblo, vino á ser el objeto de su execracion. En esto se oyó de improviso el grito de ¡viva Boabdil el chico! y al punto resuena por todas partes la misma voz; ¡viva Boabdil el chico!, decian, ¡viva el legítimo Rey de Granada! y ¡mueran los usurpadores! Llevado de aquel impulso momentáneo, corre el pueblo al Albaicin, y los mismos que poco antes habian sitiado á Boabdil, rodean ahora su palacio con aclamaciones. Conducido á la Alhambra en triunfo, y dueño ya de Granada y de todas sus fortalezas, se vió este príncipe sentado otra vez sobre el trono de sus mayores.

Al ceñir aquella corona que tantas veces le habia arrebatado la inconstante multitud, trató Boabdil de consolidar su poder, y por órden suya rodaron al suelo las cabezas de cuatro moros principales, que mas celosos se habian mostrado en la causa de su rival. Estos castigos eran tan comunes en toda mudanza de gobierno, que el público, lejos de ofenderse, alabó la moderacion de su Soberano: cesaron las facciones, y ensalzando todos á Boabdil hasta las nubes, quedó el Zagal entregado al olvido y menosprecio.

Confundido y humillado por un revés tan repentino cual nunca, acaso, cupo en suerte á ningun caudillo, se dirigia el Zagal tristemente hácia Granada: la víspera de aquel dia se habia visto á la cabeza de un ejército poderoso, sus enemigos le temblaban, y la victoria parecia que iba á coronarle de laureles: ahora se contemplaba fugitivo entre los montes; su ejército, su prosperidad, su poderío, todo se habia desvanecido como un sueño ligero, ó como una ficcion de la fantasía. Llegando cerca de la ciudad, se detuvo en las márgenes del Jenil, y envió delante algunos ginetes para tomar lengua; los cuales volviendo en breve con semblantes decaidos, le dijeron: “Señor, las puertas de Granada están cerradas para vos; el estandarte de Boabdil tremola sobre las torres de la Alhambra.” Volvió el Zagal las riendas á su caballo, y partió silencioso la vuelta de Almuñecar: desde alli pasó á Almería, y por último se refugió en Guadix, donde permaneció procurando reunir sus fuerzas, por si alguna mudanza política le llamaba á nuevas empresas.

Entretanto reinaba en Velez-málaga una penosa incertidumbre sobre lo que pasaba por fuera: durante la noche anterior habian notado por los fuegos encendidos en las alturas de Bentomiz, que se les hacian señales cuyo sentido no comprendian: al amanecer del dia siguiente vieron que el campamento moro habia desaparecido como por encanto; y todo se volvia conjeturas y recelos, cuando vieron llegar á rienda suelta, y entrar por las puertas de la ciudad, al bizarro Rodovan de Venegas con un escuadron de caballería, triste fragmento de un ejército florido. La noticia de tan gran revés llenó á todos de consternacion; pero Rodovan los animó á la resistencia con la seguridad de ser en breve socorridos desde Granada, y con la esperanza de que la artillería gruesa de los cristianos se atascaria en los caminos, y nunca llegaria al campo. Pero esta esperanza en breve se desvaneció: al dia siguiente vieron entrar en el real un tren poderoso de lombardas, ribadoquines, catapultas, y una larga fila de carros con municiones, escoltados por el maestre de Alcántara.

Sabido por los sitiados que Granada habia cerrado sus puertas contra el Zagal, y que no habia que esperar socorros, trataron de capitular, aconsejándolo el mismo Rodovan de Venegas, que conocia ser ya inútil la resistencia. Las condiciones se ajustaron entre Rodovan y el conde de Cifuentes, que se conocian y estimaban mútuamente; y aprobadas por Fernando, que deseaba proseguir mas adelante sus conquistas, y marchar contra Málaga, se entregó la ciudad, permitiéndose salir á los habitantes con todos sus efectos, menos las armas, y dejando á cada uno la eleccion de su morada, no siendo en lugares inmediatos á la mar. Ciento y veinte cristianos de ambos sexos debieron su libertad á la rendicion de Velez-málaga; y enviados á Córdoba, fueron recibidos por la Reina y la Infanta doña Isabel en aquella famosa catedral, donde se celebró con toda solemnidad tan gran victoria.

Á la entrega de Velez-málaga se siguió la de Bentomiz, Comares, y todos los lugares y castillos de la Ajarquía. Vinieron diputaciones de unos cuarenta pueblos de las Alpujarras, cuyos moradores se sometieron á los Soberanos, jurando obedecerlos como mudejares ó vasallos moriscos. Se tuvo al mismo tiempo noticia de la revolucion acaecida en Granada; con cuyo motivo solicitaba Boabdil la proteccion del Rey en favor de los pueblos que habian vuelto á su obediencia, ó que renunciasen á su tio, asegurando que no dudaba ser en breve reconocido por todo el reino, al cual tendria entonces como vasallo de la corona de Castilla. Accedió Fernando á esta súplica, extendiendo su proteccion á los habitantes de Granada, los cuales pudieron asi salir en paz á cultivar sus campos, y comerciar con el territorio cristiano: iguales ventajas se ofrecieron á los pueblos que dentro de seis meses abandonasen al Zagal, y volviesen á la obediencia de Boabdil.

Dadas estas disposiciones, y proveido todo lo necesario al gobierno del territorio nuevamente adquirido, dirigió Fernando su atencion al objeto principal de esta campaña, la conquista de la ciudad de Málaga.

CAPÍTULO IV.

De la ciudad de Málaga, y de sus habitantes.

La ciudad de Málaga era la plaza mas importante, y al mismo tiempo la mas fuerte, del reino de Granada. Fundada en un valle hermoso á la ribera del mar, la defendia por un lado una cordillera de montañas, y por otro bañaban el pié de sus baluartes las olas del mediterráneo. Sus murallas eran altas, macizas, y coronadas de muchas torres. Dos castillos formidables dominaban la poblacion: el uno la Alcazaba ó ciudadela, que estaba en la pendiente de una cuesta junto al mar: el otro, Gibralfaro, situado en la cumbre de la misma cuesta en un sitio donde antiguamente hubo un faro ó fanal, de donde tomó su nombre, por una corrupcion de Gibel fano, cerro del fanal; y este castillo era tan fuerte por su situacion y defensas, que se tenia por inexpugnable. De la una á la otra fortaleza se comunicaba por medio de un camino cubierto, seis pasos de ancho, que corria de arriba abajo entre dos murallas paralelas. Inmediatos á la ciudad habia dos grandes arrabales; en el uno, por la parte del mar, estaban las casas de recreo y jardines de los ciudadanos mas opulentos; en el otro, por la parte de tierra, habia una poblacion numerosa, defendida por murallas y torres de mucha fuerza.

La ciudad de Málaga, rica, mercantil y populosa, estimaba en mas la conservacion de un comercio lucrativo que mantenia con el África y Levante, que el honor de resistir á un asedio, cuyas ruinosas consecuencias no ignoraba: la paz era sus delicias; y en sus consejos influia no tanto el voto del guerrero, como el interés del comerciante. De esta clase era Alí Dordux, uno de los principales; sus riquezas eran sin cuento, sus navíos cubrian todos los mares, y su palabra era ley en la ciudad. Reuniendo á los primeros y mas ricos de sus compañeros, acudió Alí á la Alcazaba, donde hizo al alcaide Aben Connixa un discurso, representándole la inutilidad de toda resistencia, los males que debia acarrear un sitio, y la ruina que se seguiria á la toma de la ciudad á fuerza de armas. Por otra parte le puso delante el favor que podrian esperar del Monarca de Castilla, si pronta y voluntariamente reconocian á Boabdil por Rey, la segura posesion de sus bienes, y el comercio provechoso con los puertos de los cristianos. El alcaide escuchó con atencion estos consejos, y cediendo á las instancias que se le hicieron, salió al real cristiano para tratar de conciertos con el Rey, habiendo dejado á su hermano con el mando.

Mandaba á esta sazon en el castillo de Gibralfaro aquel moro belicoso, enemigo implacable de los cristianos, aquel Hamet el Zegrí, alcaide de Ronda, tan valiente y tan temido. Tenia Hamet consigo el remanente de sus Gomeles, y otros de la misma tribu que se le habian agregado. Mirando estos bárbaros la ciudad de Málaga desde los antiguos torreones de su encumbrado castillo, donde se anidaban como aves de rapiña, contemplaban con todo el desprecio del orgullo militar aquella poblacion mercantil, que tenian cargo de defender, estimando en mas que á sus moradores, sus fortalezas y defensas. La guerra era su oficio, las escenas de peligro y sangre sus delicias; y confiados en la fuerza de la plaza y en la de su castillo, tenian en poco la guerra con que el cristiano les amenazaba.

Tales eran los elementos de la guarnicion de Gibralfaro, y el furor de sus soldados al saber que se trataba de la entrega de Málaga, y que el alcaide de la Alcazaba lo consentia, puede fácilmente concebirse. Para evitar una degradacion semejante, no reparó Hamet en la violencia de los medios: bajó con sus Gomeles á la ciudadela, y entrando en ella repentinamente dió la muerte al hermano del alcaide Aben Connixa, asi como á todos los que presentaron la menor resistencia, y en seguida convocó á los habitantes de Málaga para deliberar sobre las medidas que convenia tomar en defensa de la plaza[3].

Á consecuencia de esta intimacion, acudieron de nuevo á la Alcazaba los principales de la ciudad. Llegando á la presencia de Hamet, vieron con temeroso respeto la feroz guardia africana que le rodeaba, y las señales de la reciente carnicería que alli se habia cometido. “El alcaide Aben Connixa, dijo el Zegrí con tono altivo y mirar torvo, ha sido un traidor á su Soberano y á vosotros, pues ha conspirado para entregar la ciudad á los cristianos: el enemigo se acerca, y conviene que luego elijais otro gefe mas digno del honroso cargo de defenderos.”

Á esto respondieron todos que solo él era capaz de mandar en aquellas circunstancias; y quedando asi Hamet constituido alcaide de Málaga, procedió á guarnecer todas las fortalezas y torres con sus partidarios, é hizo las demas prevenciones necesarias para una vigorosa resistencia.

Con la noticia de estos acontecimientos, cesaron las negociaciones entre Fernando y el destituido alcaide Aben Connixa; y pues parecia que no quedaba otro recurso, se trató de emprender el asedio de aquella plaza. En esto el marqués de Cádiz, que habia hecho conocimiento en Velez con un moro principal, amigo de Hamet, y natural de Málaga, manifestó al Rey que por este conducto se podrian hacer proposiciones al alcaide de Málaga para la entrega de la ciudad, ó á lo menos para la del castillo de Gibralfaro. Vino Fernando en ello, y aprobando el pensamiento del Marqués, le dijo: “En vuestras manos pongo este negocio, y la llave de mi tesoro; no repareis ni en el gasto ni en las condiciones, y haced á mi nombre lo que mejor os pareciere.” El moro, que estaba ya prevenido y conforme, partió en compañía de otro moro amigo suyo, para desempeñar esta comision, habiendo el Marqués provisto á entrambos de armas y caballos. Llevaban cartas secretas del Marqués para Hamet, ofreciéndole la villa de Coin en herencia perpetua, y cuatro mil doblas de oro, si entregaba el castillo de Gibralfaro; juntamente con una suma cuantiosa para distribuir entre los oficiales y la tropa: para la entrega de la ciudad los ofrecimientos eran sin límites[4].

Hamet, que apreciaba el carácter guerrero del marqués de Cádiz, recibió á sus mensageros en el castillo de Gibralfaro, con atencion y cortesía, escuchó con paciencia las proposiciones que le hicieren, y los despidió con un salvo conducto para la vuelta; pero se negó absolutamente á entrar en ningun trato.

La respuesta de Hamet no pareció tan perentoria, que no debiese hacerse otra tentativa. En efecto, despacho el Marqués otros emisarios con nuevas proposiciones; los cuales llegando á Málaga una noche, hallaron que se habian doblado las guardias, que rondaban patrullas por todas partes, y que habia una vigilancia extraordinaria: en fin, fueron descubiertos y perseguidos, debiendo solo su seguridad á la ligereza de sus caballos, y al conocimiento práctico que tenian del pais.

Visto por el Rey que la fidelidad de Hamet el Zegrí no sucumbia á las ofertas que se le hacian, mandó intimarle públicamente la rendicion, ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una sumision voluntaria, y amenazando á todos con la cautividad en el caso de resistencia.

Recibió Hamet esta intimacion en presencia de los habitantes principales, de los que ninguno se atrevió á interponer palabra, por el temor que le tenian. La respuesta fue que la ciudad de Málaga le habia sido encomendada, no para entregarla como el Rey pedia, sino para defenderla como veria[5].

Vueltos los mensageros al real, informaron sobre el estado de la ciudad, ponderando el número de la guarnicion, la extension de sus fortalezas, y el espíritu decidido del alcaide y de la tropa. El Rey expidió inmediatamente sus órdenes para que se adelantase la artillería, y el dia 7 de mayo marchó con su ejército á ponerse sobre Málaga.

CAPÍTULO V.

Marcha del ejército real contra la ciudad de Málaga.

Tomando la ribera del mar, avanzó con direccion á Málaga el ejército real, cuyas largas y lucidas columnas se extendian por el pié de las montañas que guarnecen el mediterráneo, al paso que una flota de naves cargadas de artillería y pertrechos, seguia su marcha á corta distancia de tierra. Hamet el Zegrí, viendo que se acercaba esta fuerza, mandó poner fuego á las casas de los arrabales mas inmediatos á la ciudad, é hizo salir tres batallones al encuentro de la vanguardia del enemigo.

Para penetrar en la vega y cercar la ciudad, era preciso que desfilase el ejército por un paso angosto, al que por una parte defendia el castillo de Gibralfaro, y por otra lo dominaba un cerro alto y escabroso que se junta con las montañas inmediatas. En este cerro colocó Hamet uno de los tres batallones, otro en el paso por donde habian de marchar las tropas, y el tercero en una cuesta no muy lejos. Llegando por este lado la vanguardia del ejército, pareció necesario tomar el cerro, y con este objeto se destacó un cuerpo de peones, naturales de Galicia, al mismo tiempo que ciertos hidalgos y caballeros de la casa real atacaron á los moros que estaban abajo guardando el paso, siguiéndose en una y otra parte una pelea muy reñida. Los moros se defendieron con valor: los gallegos repetidas veces fueron rechazados, y otras tantas volvieron al asalto. Por espacio de seis horas se sostuvo esta cruel lucha, en que se peleó no solo con arcabuces y ballestas, sino con espadas y puñales: ninguno daba cuartel ni lo pedia, ninguno curaba de hacer cautivos, y sí solo de herir y matar.

Los demas cuerpos del ejército oian desde lejos el rumor de la batalla, los tiros y los lelilies de los moros; pero no podian pasar adelante para auxiliar á la vanguardia, pues venian por una senda tan estrecha, entre el mar y las montañas de la costa, que solo podian marchar en fila, impidiéndose unos á otros el paso, y sirviéndoles de mucho embarazo la caballería y los bagages. Empero algunas compañías de las hermandades, sostenidas por las tropas que mandaban Hurtado de Mendoza y Garcilaso de la Vega, avanzaron al asalto del cerro, y con gran trabajo pasaron adelante, peleando siempre, hasta llegar á la cumbre, donde el porta-estandarte, Luis Maceda, plantó su bandera. Los moros se retiraron de esta posicion, dejándola ocupada por los cristianos; y á su ejemplo los que defendian el paso se retrajeron al castillo de Gibralfaro.[6]

Ganado el cerro, y libre ya de enemigos aquel paso, pudo el ejército seguir adelante sin estorbos. En esto iba entrando la noche, y no hubo lugar de sentar los reales en los puntos que convenia: las tropas cansadas y rendidas, acamparon por entonces en la mejor forma que permitian las circunstancias; y el Rey, acompañado de algunos grandes y caballeros de su hueste, pasó la noche reconociendo el campo, poniendo guardias, partidas avanzadas y escuchas, para que estuviesen en observacion de la ciudad, y avisasen de cualquier movimiento que hiciese el enemigo.

Á otro dia cuando amaneció, pudo el Rey contemplar y admirar aquella ciudad hermosa que esperaba en breve añadir á sus dominios. Por una parte estaba rodeada de arboledas, huertas y viñedos, que hacian verdear los cerros convecinos: por otra le bañaba un mar tranquilo, en cuyo plácido seno se reflejaban sus palacios, sus torres y fortalezas; obras de grandes varones, en muchos y antiguos tiempos construidas, para mayor seguridad de los habitadores de una morada tan deliciosa. Por entre las torres y edificios se descubrian los pensiles de los ciudadanos, donde florecian el cidro, el naranjo y el granado, y con ellos la erguida palma y el robusto cedro, indicando la opulencia y lujo que reinaban en el interior.

Entretanto el ejército cristiano, distribuyéndose en derredor de la ciudad, la cercó por todas partes; se tomó posesion de todos los puntos importantes, y á cada capitan se le señaló su estancia respectiva. El encargo de guardar el cerro, que con tanto trabajo se habia ganado, fue confiado á Rodrigo Ponce de Leon, marqués de Cádiz, que en todas las ocasiones aspiraba al puesto de mas peligro: su campamento se componia de mil y quinientos caballos y catorce mil infantes, extendiéndose desde la cumbre de aquella altura hasta la orilla del mar, y cerrando asi enteramente por este lado el paso para la plaza. Desde este punto partia una línea de campamentos fortificados con fosos y vallados que rodeaban toda la ciudad hasta la marina, donde las naves y galeras del Rey apostadas en el puerto, acababan de bloquear la plaza por mar y tierra. En ciertos parages habia talleres de varios artífices; herreros, con fraguas siempre encendidas; carpinteros que al golpe de sus martillos hacian resonar el valle; ingenieros que construian máquinas para el asalto de la plaza; en fin, picapedreros y carboneros, que los unos labraban las piedras para la artillería, y los otros hacian el carbon para los hornos y fraguas.

Sentados los reales, se desembarcó la artillería gruesa, se construyeron baterías, y en el cerro que ocupaba el marqués de Cádiz se plantaron cinco lombardas grandes para batir el castillo de Gibralfaro que estaba enfrente. Los moros hicieron los mayores esfuerzos para estorbar estas operaciones, y con el fuego de su artillería molestaron de tal manera á la gente ocupada en los trabajos, que fue menester abandonarlos de dia para continuarlos por la noche. Tiraron asimismo con tanto acierto contra la tienda real, que se habia colocado en un punto al alcance de las baterías, que fue necesario mudarla de alli para ponerla tras de una cuesta. Estando concluidos los trabajos, rompieron el fuego las baterías cristianas, y contestaron á las de la plaza con un cañoneo tremendo; al mismo tiempo que los navíos de la flota, acercándose á tierra, combatieron vigorosamente la ciudad por aquella parte.

Era un espectáculo grandioso é imponente ver tanto aparato militar, tanta batería, tanto cerro poblado de tiendas, con las enseñas de los mas ínclitos guerreros de Castilla; las galeras y navíos que cubrian el mar, las embarcaciones que iban y venian, y el contínuo llegar de tropas, provisiones y pertrechos. Empero causaba horror el estruendo de la artillería, y el estrago que hacian las lombardas, singularmente las de una batería cristiana, que se llamaban las siete hermanas Jimenas. De dia no cesaba el bombardeo; de noche se veian resplandecer en los aires los combustibles que se arrojaban á la plaza, y subir iluminando el cielo las llamas de las casas incendiadas; y entretanto Hamet el Zegrí y sus Gomeles miraban complacidos la tempestad que habian suscitado, y se gozaban con los horrores de la guerra.

CAPÍTULO VI.

Sitio de Málaga, y obstinacion de Hamet el Zegrí.

El sitio de Málaga se prosiguió por algunos dias con la mayor actividad, pero sin producir mucha impresion en los baluartes; tanta era la fuerza de los que defendian á aquella plaza antigua. El primero que se distinguió fue el conde de Cifuentes, que con algunos caballeros de la casa real se arrojó al asalto de una torre que estaba medio desmantelada por los tiros de la artillería. La resistencia de los moros fue pertinaz y terrible: desde las ventanas y troneras de la torre arrojaron sobre los cristianos pez y resina hirviendo, piedras, dardos y saetas. Pero todo fue poco contra el valor del Conde y de sus compañeros; los cuales volviendo á poner las escalas, subieron á la torre, y plantaron en ella su bandera. Procedieron entonces á atacarla los que habian sido echados de ella: mináronla por la parte de dentro, y poniendo bajo los cimientos unos puntales de madera, los pegaron fuego y se retiraron: de alli á poco cedieron los puntales, se hundió la torre, y cayó con un rumor tremendo; quedando muchos de los cristianos sepultados en las ruinas, y expuestos los demas á los tiros del enemigo.

Entretanto se habia abierto una brecha en la muralla que cercaba uno de los arrabales; y acudiendo á ella sitiados y sitiadores, los unos para defender la entrada, los otros para forzarla, comenzó una lucha cruel, en que no se ganó paso que no fuese regado con sangre de los unos y de los otros. Al fin hubieron de ceder los moros al esfuerzo de los cristianos, y quedaron éstos dueños de la mayor parte del arrabal.

Estas ventajas aunque cortas, hubieran podido animar las tropas de Fernando; pero las defensas principales de la plaza estaban aun enteras, la guarnicion se componia de soldados veteranos, que habian servido en muchas de las plazas conquistadas por el Rey; y los moros, acostumbrados á los efectos de la artillería, no se confundian ya, ni se amedrentaban con el estruendo de los cañones, sino que reparaban las brechas, y construian nuevas defensas con mucha habilidad. Por otra parte, los cristianos ensoberbecidos con la rapidez de sus conquistas anteriores, se mostraban impacientes por los pocos progresos que hacian en este sitio. Algunos temian una carestía en los mantenimientos, cuya conduccion por tierra era en extremo trabajosa, y por mar estaba sugeta á mil incertidumbres. Muchos se alarmaron por una pestilencia que se manifestó en aquellos contornos; y tanto pudo con ellos el temor, que no pocos abandonaron los reales, y se volvieron á sus casas. Otros, pensando hacer fortuna, y persuadidos que por todas estas causas tendria el Rey que levantar el sitio, desertaron al enemigo, á quien dieron noticias exageradas de los temores y descontentos del ejército, de la desercion diaria de los soldados, y sobre todo de la escasez de pólvora, que aseguraban haria en breve callar la artillería.

Animados los moros con estas amonestaciones, y no dudando que si perseveraban en su defensa obligarian al Rey á retirarse de sus muros, cobraron nuevos brios, hicieron nuevas salidas, y tan vigorosas, que fue preciso estar en todo el real con una continua y penosa vigilancia. Asimismo fortificaron las murallas en los lugares menos fuertes, con zanjas y empalizadas, é hicieron otras demostraciones de un espíritu pertinaz y decidido.

Entretanto el Rey, instruido de las noticias que se habian comunicado á los moros, y de la persuasion en que estaban de que muy pronto se alzaria el sitio, habia escrito á la Reina para que se trasladase al campo, juzgando ser este el medio mas seguro de desmentir tan falsos rumores, y de desvanecer las vanas esperanzas del enemigo. En efecto, pasados algunos dias se presentó doña Isabel en los reales, y no fue poco el entusiasmo de los soldados cuando vieron llegar á su magnánima Reina, dispuesta á partir con ellos los peligros y trabajos de aquella empresa. Venian acompañándola muchos grandes y caballeros de su corte; á un lado iba la Infanta su hija, al otro el gran cardenal de España; despues el prior de Praxo, su confesor, con otros prelados; y últimamente, un séquito numeroso, para manifestar que no era una visita pasagera la que la Reina se proponia hacer.

Con la venida de doña Isabel se suspendieron los horrores de la guerra, cesó el fuego contra la plaza, y se despacharon mensageros á los sitiados para ofrecerles la paz en los mismos términos que se habia concedido á los de Velez-málaga: se les intimó la resolucion de los Soberanos de no levantar el campo hasta apoderarse de la ciudad, y se les amenazó con el cautiverio y la muerte si persistian en la resistencia.

Hamet el Zegrí oyó esta amonestacion con desprecio, y despidió á los mensajeros sin dignarse dar una respuesta. “El Rey cristiano, dijo á los suyos, nos quiere ganar con ofrecimientos, porque desespera de vencernos con las armas: la falta que tiene de pólvora se conoce por el silencio de sus baterías: se le acabaron ya los medios de destruir nuestras defensas; y por poco que permanezca aqui, las próximas lluvias y temporales arrebatarán sus convoyes, dispersarán sus flotas, y llenarán su campo de hambre y mortandad. Entonces, quedando el mar abierto para nosotros, podremos recibir del África socorros y mantenimientos.”

Estas palabras, acompañadas de terribles amenazas contra todo el que tratase de capitulacion, impusieron silencio á los que pensaban de otro modo y suspiraban por la paz. No obstante, algunos de los moradores entraron en correspondencia con el enemigo; pero habiendo sido descubiertos, los bárbaros Gomeles, para quienes una insinuacion de su gefe tenia fuerza de ley, se echaron sobre ellos, y los mataron, confiscando en seguida sus efectos. Intimidóse el pueblo con estos rigores, y los que mas habian murmurado eran ya los que mas diligentes se mostraban en la defensa de la plaza.

Instruido el Rey del menosprecio con que habian sido tratados sus mensageros, se indignó sobremanera; y sabiendo que la suspension del fuego se atribuia á la falta de pólvora, mandó hacer una descarga general de todas las baterías. Esta explosion repentina convenció á Hamet de su error, y acabó de confundir á los habitantes, que ya no sabian á quien mas temer, si á los que les guerreaban de fuera, ó á los que les señoreaban de dentro, si al cristiano ó al Zegrí.

Aquella tarde fueron los Soberanos á visitar las estancias del marqués de Cádiz, desde donde se descubria gran parte de la ciudad y del campamento. La tienda del Marqués era de mucha capacidad, y construida al estilo oriental; sus colgaduras de brocado y de finísimo paño de Francia. Estaba colocada en lo mas alto del cerro, frente de Gibralfaro, rodeándola otras muchas tiendas de diferentes caballeros; de modo que presentaban juntas un contraste vistoso y alegre con las torres sombrías de aquel antiguo castillo. Aqui se sirvió á los Soberanos un refresco espléndido, de que participaron damas hermosas é ilustres caballeros; y viéronse reunidas en un punto la flor de la belleza de Castilla y la gala de la caballería.

Mientras aun era de dia, propuso el Marqués á la Reina que presenciase los efectos de la artillería, y al intento mandó disparar algunas lombardas gruesas contra la plaza. La Reina y sus damas, sintiendo temblar la tierra bajo sus pies, y viendo caer al ímpetu de las balas grandes fragmentos de las murallas, se llenaron de temor y de admiracion. Estando el Marqués entreteniendo asi á sus reales huéspedes, levantó los ojos, y quedó confundido al ver su misma bandera desplegada en una de las torres de Gibralfaro. Un sonrojo irresistible cubrió sus mejillas, pues aquella bandera era la que habia perdido en la memorable matanza de los montes de Málaga. Para agravar aun mas este insulto, se presentaron los moros en las almenas vestidos con los cascos y corazas de muchos caballeros que habian quedado muertos ó cautivos en aquella ocasion[7]. El marqués de Cádiz disimuló su indignacion, y sin proferir palabra, remitió para otro dia la satisfaccion de aquel agravio.

CAPÍTULO VII.

Combate del castillo de Gibralfaro por el marqués de Cádiz.

La mañana despues del banquete que se dió en obsequio de la Reina, rompieron las baterías del marqués de Cádiz un fuego tremendo contra el castillo de Gibralfaro. Todo el dia estuvo aquella altura envuelta en una nube de denso humo; ni cesó el estruendo de las lombardas con la entrada de la noche, sino que siguió durante toda ella, hasta la mañana, cuando el cañoneo, lejos de disminuirse, continuó con mayor viveza. Muy pronto se reconocieron en aquellos baluartes los efectos de estas máquinas terribles; pues la torre principal del castillo, donde se habia desplegado aquella insolente bandera, quedó luego desmantelada, y reducida á escombros otra mas pequeña; habiéndose tambien abierto en la muralla inmediata una brecha considerable. Muchos de aquellos jóvenes fogosos que seguian las banderas del Marqués, pidieron que se les llevase al asalto de la brecha; otros, mas prudentes y experimentados, reprobaron esta empresa como una temeridad; pero todos convinieron en que las estancias podrian acercarse mas á las murallas, y que esto debia hacerse en pago del insolente desafio del enemigo.

Dudoso estuvo el Marqués al adoptar una medida tan arriesgada; pero porque no pareciese que rehusaba este peligro el que nunca habia mostrado temer ninguno, determinó complacer á aquella juventud briosa, y mandó adelantar su campo hasta ponerlo á un tiro de piedra de los baluartes.

El estruendo de las baterías habia cesado: la mayor parte de la tropa se habia entregado al sueño para descansar de las fatigas y desvelos de las noches anteriores, y la demas, esparcida por el campamento, lo guardaba con negligencia, sin recelar peligro alguno de una fortaleza medio arruinada. En tal estado salieron repentinamente del castillo hasta dos mil moros, conducidos por Aben Zenete, el capitan principal de Hamet, los cuales dieron sobre las primeras estancias del Marqués con ímpetu tan arrebatado, que mataron á muchos de los soldados mientras dormian, y á los demas pusieron en huida. Estaba el Marqués en su tienda, distante de alli como un tiro de ballesta, cuando oyó el tumulto de la embestida, y vió la fuga y confusion de sus gentes. Saliendo fuera sin tardanza, y sin mas acompañamiento que el alférez que llevaba su bandera, corrió el marqués á detener á los fugitivos. “¡Vuelta hidalgos! les decia, ¡vuelta!, que ¡yo soy el Marqués!, ¡yo soy Ponce de Leon!” é iba su bandera delante de él. Al oir aquella voz tan conocida, se detuvieron los soldados, y reuniéndose bajo la bandera del Marqués, volvieron rostro al enemigo. Felizmente llegaron al mismo tiempo varios caballeros de las estancias inmediatas con algunos soldados gallegos, y otros de las hermandades. Trabóse entonces una porfiada y sangrienta lucha en las quebradas y barrancos del monte, peleando unos y otros á pié, y cuerpo á cuerpo; por manera que llegaban á herirse con los puñales, y á veces abrazados rodaban aquellos precipicios. La bandera del Marqués estuvo á pique de caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanto el valor de los caballeros que la guardaban, hubiera sido cierta esta desgracia, pues llegaron á verse rodeados de enemigos, y heridos muchos de ellos; entre otros don Diego y don Luis Ponce, yerno éste, y hermano aquel, del marqués de Cádiz. Duró el combate por espacio de una hora, y el cerro, cubierto de muertos y heridos, se humedeció con la sangre de unos y otros; pero al fin cedieron los moros, viendo mal herido de una lanzada á su capitan Aben Zenete, y se retrajeron al castillo.

Viéronse entonces los cristianos expuestos á un fuego atroz de arcabuces y ballestas, que se les hizo desde los adarves de Gibralfaro: las guardias avanzadas del campamento padecieron en extremo; y como quiera que los tiros se dirigian principalmente contra el Marqués, le acertó uno en el broquel, y pasándolo, le barreó la coraza sin hacerle daño. Con ésto vieron todos el peligro é inutilidad de una posicion tan inmediata á aquella fortaleza, y los mismos que habian aconsejado se estableciesen alli las estancias, solicitaban ahora con empeño que se volviesen á poner donde estaban al principio. Asi lo ejecutó el Marqués á quien por su valor y por el que infundia á sus soldados con su presencia, se debió en aquel peligro la salvacion de toda aquella parte del ejército.

Entre los muchos caballeros de estimacion que perecieron en este rebato, fue uno Ortega de Prado, capitan de escaladores, el mismo que proyectó la sorpresa de Alhama, y que plantó la primera escala para subir al muro. Su pérdida se sintió en extremo especialmente por el marqués de Cádiz, que le habia dispensado siempre su amistad y confianza, como quien sabia apreciar á los hombres de mérito, y aprovecharse de sus talentos[8].

CAPÍTULO VIII.

Continuacion del sitio: descontento de los habitantes.

Tanto sitiados como sitiadores hicieron ahora los mayores esfuerzos para proseguir la contienda con vigor. El vigilante Hamet recorria los muros, doblaba las guardias, todo lo reconocia. Entre otras medidas dividió la guarnicion en partidas de cien hombres con un capitan; los unos para rondar, los otros para escaramuzar con el enemigo, y otros de reserva y prontos á auxiliar á los combatientes. Hizo tambien armar seis albatozas ó baterías flotantes provistas de piezas de gran calibre para atacar la flota.

Los Soberanos de Castilla por su parte, hicieron venir mantenimientos en gran cantidad de diferentes puntos de España, y mandaron traer pólvora de Barcelona, Valencia, Sicilia y Portugal. Para el asalto de la plaza construyeron unas torres de madera montadas sobre ruedas que podrian contener hasta cien hombres. De estas torres salian unas escalas para echar sobre los muros; y para descender desde el muro á la ciudad, habia otras escalas ingeridas en las primeras. Habia tambien galápagos ó grandes escudos de madera, cubiertos de cueros, con los cuales se defendian los soldados en los asaltos, ó cuando minaban las murallas: en fin, se abrieron minas en diferentes puntos, unas para volar el muro, otras para la entrada de las tropas en la ciudad, y entretanto se distraia la atencion de los sitiados con el incesante fuego de la artillería.

El infatigable Hamet, que conocia todos los puntos combatibles del real cristiano, no cesaba de atacar á los sitiadores, ya por tierra con sus Gomeles, ya por mar con las albatozas; de manera que dia y noche no les dejaba punto de reposo. Con tan continuos trabajos estaba el ejército real rendido y desvelado, y ya no cabian los heridos en las tiendas llamadas hospital de la Reina. Para mejor resistir los asaltos repentinos de los moros, mandó el Rey profundizar los fosos en derredor del campamento, y plantar una estacada hácia la parte que miraba á Gibralfaro. El cargo de guardar estas defensas, y proveer lo necesario á su conservacion, se dió á Garcilaso de la Vega, á Juan de Zúñiga, y á Diego de Ataide.

En muy poco tiempo fueron descubiertas por Hamet las minas que con tanto secreto habian empezado los cristianos. Al punto mandó contraminarlas, y trabajando mútuamente los soldados hasta encontrarse, se trabó en aquellos subterráneos un combate sangriento y de cuerpo á cuerpo, por desalojar los unos á los otros. Consiguieron al fin los moros lanzar á los cristianos de una de las minas, y cegándola la destruyeron. Animados con este pequeño triunfo, determinaron atacar á un mismo tiempo todas las minas y la escuadra que bloqueaba el puerto. El combate duró seis horas, por mar, por tierra, y debajo de la tierra, en las trincheras, en los fosos, y en las minas. La intrepidez que manifestaron los moros, excede á toda ponderacion; pero al fin fueron batidos en todos los puntos, y tuvieron que encerrarse en la ciudad, sin tener ya recursos propios ni poderlos recibir de fuera.

Á los padecimientos de Málaga se añadieron ahora los horrores del hambre; el poco pan que habia se reservó exclusivamente para los soldados, y aun éstos no recibian sino cuatro onzas por la mañana y dos por la tarde, como racion diaria. Los habitantes mas acomodados, y todos los que estaban por la paz, deploraban una resistencia tan funesta para sus casas y familias; pero ninguno osaba manifestar su sentimiento, ni menos proponer la capitulacion, por no despertar la cólera de sus fieros defensores. En tal estado, se presentaron á Alí Dordux, que con otros ciudadanos estaba encargado de guardar una de las puertas, y comunicándole sus penas y los trabajos que padecian, le persuadieron á intentar una negociacion con los Soberanos, para la entrega de la ciudad y la conservacion de sus vidas y propiedades. “Hagamos, le dijeron, un concierto con los cristianos antes que sea tarde, y evitemos la destruccion que nos amaga.”

El compasivo Alí cedió fácilmente á las instancias que se le hicieron; y poniéndose de acuerdo con sus compañeros de armas, escribió una proposicion al Rey de Castilla, ofreciendo dar entrada en la ciudad al ejército cristiano por la puerta que le estaba confiada, con solo que le diese seguro para las vidas y haciendas de los moradores. Este escrito se confió á un fiel emisario, para que lo llevase al real cristiano, y trajese á una hora convenida la respuesta de Fernando. Partió el moro, y llegando felizmente al campo, fue admitido á la presencia de los Soberanos, los cuales, con el deseo de ganar aquella plaza sin mas sacrificios de hombres y dinero, prometieron por escrito conceder las condiciones. Venia ya el moro de vuelta para la ciudad, y se hallaba no muy lejos del parage donde le esperaban Alí Dordux y sus compañeros, cuando le descubrió una patrulla de Gomeles que rondaba aquellos sitios. Teniéndole por espía, lo acechan los Gomeles, y cayendo sobre él de improviso, le prenden á la vista misma de los confederados, que se dieron por perdidos. Conducido por los soldados, llegó el infeliz hasta cerca de la puerta; pero haciendo entonces un esfuerzo, se escapó de sus manos, y huyó con tal ligereza, que parecia llevar alas en los pies. Los Gomeles le persiguieron, pero perdiendo luego toda esperanza de alcanzarle, se detuvieron, y apuntándole uno de ellos con la ballesta, le disparó una vira que se le clavó en mitad de las espaldas: cayó el fugitivo, y ya iban á asirle los soldados, cuando volvió á levantarse, y huyendo con las fuerzas que la desesperacion le daba, pudo llegar al real, donde poco despues murió de su herida, pero con la satisfaccion de haber guardado el secreto y salvado las vidas de Alí y sus compañeros.

CAPÍTULO IX.

De los padecimientos del pueblo de Málaga.

La extrema necesidad que padecian los de Málaga, y el peligro de que cayese esta hermosa ciudad en poder de los cristianos, tenian llenos de temor y sentimiento á los moros de otras partes. El anciano y belicoso Rey Muley Audalla, el Zagal, estaba aun en Guadix, procurando rehacer poco á poco su desbaratado ejército, cuando supo la situacion crítica en que se hallaba aquella plaza. Animado por las exhortaciones de los alfaquís, y dejándose llevar de su aficion á la guerra, determinó socorrer á Málaga, y con la fuerza que tenia disponible envió allá un capitan escogido para que entrase en la ciudad.

El Rey chico Boabdil, noticioso de este movimiento, y dispuesto siempre á hostilizar á su tio, despachó una fuerza superior de á pié y de á caballo para interceptar los socorros. Trabóse un combate muy reñido; y las tropas del Zagal, derrotadas con mucha pérdida, se retiraron en desórden á Guadix. Ensoberbecido Boabdil con tan triste triunfo, y deseoso de acreditar su lealtad á los Soberanos de Castilla, les envió mensajeros con la noticia de esta victoria, suplicándoles le tuviesen siempre como el mas leal de sus vasallos. Asimismo envió (como regalo para la Reina) preciosas telas de seda, perfumes orientales, un vaso de oro curiosamente labrado, y una cautiva de Reveda; con cuatro caballos árabes suntuosamente enjaezados, una espada y una daga con guarniciones primorosas, muchos albornoces, y otras ropas ricamente bordadas, para el Rey.

Tal era la fatalidad de Boabdil, que hasta en sus victorias era desgraciado: su reciente expedicion contra el Zagal, y la derrota de unas tropas destinadas al socorro de Málaga, habia entibiado el amor de sus vasallos, haciendo vacilar en su lealtad á muchos de sus partidarios mas adictos. “Muley Audalla, decian, era soberbio y sanguinario, pero tambien era fiel á la pátria, y sabia sostener el decoro de la corona. Este Boabdil sacrifica la religion, la pátria, los amigos, todo, á un simulacro de Soberanía.”

Instruido Boabdil de estas murmuraciones, y temiendo algun nuevo revés, escribió á los Reyes Católicos solicitando con urgencia le enviasen tropas para ayudar á mantenerle sobre el trono. Esta súplica, tan favorable á las miras políticas de Fernando, fue al punto concedida; y por órden del Rey marchó para Granada un destacamento de mil caballos y dos mil infantes al mando de Gonzalo de Córdoba, despues tan celebrado por sus hazañas.

No era el Rey chico el único príncipe moro que solicitaba la proteccion de Fernando é Isabel: vióse un dia entrar en el puerto de Málaga una galera pomposamente engalanada, llevando el pabellon de la medialuna, y juntamente una bandera blanca en señal de paz. Enviado por el Rey de Tremecen, venia en esta galera un embajador con regalos para los Soberanos de Castilla, á quienes pasó luego á cumplimentar, presentando al Rey caballos berberiscos con jaezes de oro, mantos moriscos ricamente bordados, y otros objetos de mucho precio; con vestiduras de seda de diversas maneras, aderezos de finísimas piedras, y perfumes exquisitos de la Arabia para la Reina.

Manifestó el embajador á los Soberanos que el Rey de Tremecen, admirando el gran poder y rápidas conquistas de SS. AA. deseaba le reconociesen como vasallo de la corona de Castilla, y que en este concepto diesen favor y proteccion á los naturales y navíos de Tremecen, de la misma suerte que á los demas moros que se habian sometido á su dominio: pidió asimismo un modelo de las armas de Castilla, para que el Rey, su amo, y sus vasallos pudiesen conocer y respetar su bandera donde quiera que la viesen; y por último les suplicó extendiesen á los habitantes de la infeliz Málaga la misma clemencia que habian dispensado á los de otras plazas conquistadas.

Esta embajada fue recibida por los Reyes Católicos con el mayor agrado; concedióse el seguro que pedia el Rey de Tremecen para sus buques y vasallos, y se le enviaron las armas reales fundidas en escudos de oro del tamaño de una mano[9].

Los sitiados entretanto veian crecer la hambre de dia en dia, y disminuirse las esperanzas de recibir socorros de fuera: los mas se mantenian de carne de caballos; y diariamente perecian muchos de pura necesidad. Esta penosa situacion se les hacia aun mas sensible al ver cubierto el mar de embarcaciones que entraban de continuo con víveres para los sitiadores. Todo sobraba en el campo cristiano; el ganado que no cesaba de llegar, y el trigo y la harina, que amontonados en medio del real blanqueaban al sol para tormento de los sitiados, los cuales veian á sus hijos perecer de necesidad, al paso que reinaba la abundancia á un tiro de ballesta de sus muros.

CAPÍTULO X.

Atentado que cometió un Santon de los moros.

Vivia por este tiempo en una aldea cerca de Guadix un moro anciano, llamado Abrahan Alguerbí, natural de Guerba, en el reino de Tunez, el cual por muchos años habia hecho vida de ermitaño. La soledad en que vivia, sus ayunos y penitencias, junto con las revelaciones que decia tener por un ángel enviado por Mahoma, le granjearon en breve entre los habitantes del contorno la opinion de santo; y los moros, naturalmente crédulos, y afectos á este género de entusiastas, respetaban como inspiraciones proféticas los desvarios de su imaginacion.

Presentóse un dia este visionario en las calles de Guadix, pálido el semblante, extenuado el cuerpo, y los ojos encendidos. Convocando el pueblo, declaró que Alá le habia revelado allá en su retiro, un medio de libertar á Málaga, y de confundir á los enemigos que la cercaban. Los moros le escucharon con atencion; y mas de cuatrocientos de ellos, fiando ligeramente de sus palabras, ofrecieron aventurarse con él á cualquier peligro, y obedecerle ciegamente. De este número muchos eran Gomeles, que ardian en deseos de socorrer á sus paisanos, de quienes se componia principalmente la guarnicion de Málaga.

Pusiéronse en camino para esta ciudad, marchando de noche por sendas secretas al través de las montañas, y ocultándose de dia por no ser observados. Al fin llegaron á unas alturas cerca de Málaga, y dieron vista al real cristiano. El campamento del marqués de Cádiz, por la parte que se extendia desde la falda del cerro frente de Gibralfaro hasta la orilla del mar, pareció el punto mas combatible, y consiguiente á esto tomó el ermitaño sus medidas. Aquella noche se acercaron los moros al campamento, y permanecieron ocultos; pero la mañana siguiente, casi al alba, y cuando apenas se divisaban los objetos, dieron furiosamente y de improviso en las estancias del Marqués, con intento de abrirse paso hasta la ciudad. Los cristianos, aunque sobresaltados, pelearon con esfuerzo: los moros, saltando unos los fosos y parapetos, y otros metiéndose en el agua por pasar las trincheras, lograron entrar en la plaza en número de doscientos: los demas casi todos fueron muertos ó prisioneros.

El santon ni tomó parte en la contienda, ni quiso entrar en la ciudad: era muy otro el propósito con que venia; por lo que apartándose del lugar donde peleaban, se hincó de rodillas, y alzadas las manos al cielo, fingió estar en oracion. En esta actitud le hallaron los cristianos, que despues del combate andaban buscando á los fugitivos por aquellas quiebras y barrancos, y viendo que se mantenia en la misma postura, inmóvil como una estátua, llegaron á él con una mezcla de admiracion y respeto, y lo llevaron al marqués de Cádiz. Á las preguntas que le hizo el Marqués, respondió el moro, que era santo, y que Alá le habia revelado todo lo que habia de acontecer en aquel sitio. Quiso el Marqués saber cómo y cuándo se tomaria la ciudad; pero á esto dijo el santon que no le era permitido descubrir un secreto tan importante sino solo al Rey ó á la Reina en persona. El marqués de Cádiz, aunque nada supersticioso, todavia porque notaba en este moro algo de misterioso, y podria ser tuviese que comunicar alguna noticia interesante, determinó ponerlo en presencia de los Reyes, y en la misma forma en que fue hallado, vestido un albornoz, lo envió al pabellon real, rodeándole las gentes, que le llamaban el Moro Santo; pues ya la fama de este supuesto profeta habia cundido por el campo.

Dió la casualidad de hallarse el Rey durmiendo cuando lo trajeron, y la Reina, aunque deseaba ver á este hombre singular, mandó, por un efecto de su delicadeza, que lo guardasen fuera hasta que despertase el Rey. Entretanto, lo entraron en una tienda inmediata donde estaban doña Beatriz de Bobadilla, y don Alvaro de Portugal, hijo del duque de Braganza, con algunas otras personas. El moro que no sabia la lengua, creyó, segun el aparato y magnificencia que veia, ser aquella la tienda real, y que don Alvaro y la Marquesa eran el Rey y la Reina. Pidió entonces un jarro de agua, que luego le fue traido; y levantando el brazo para tomarlo, aparta el albornoz con disimulo, suelta el jarro, y tirando de un terciado ó espada corta que traia oculta, dió á don Alvaro tan fiera cuchillada en la cabeza, que le postró por tierra y puso á punto de morir. En seguida se volvió contra la Marquesa, á quien tiró otra cuchillada, pero no con igual acierto, por habérsele enredado el arma en las colgaduras de la tienda[10]. Antes que pudiese repetir el golpe, se arrojaron sobre él el tesorero Rui Lopez de Toledo, y un religioso llamado Fr. Juan de Velalcazar, los cuales abrazándose con él, le tuvieron sugeto hasta que llegaron las guardias del Marqués que alli mismo le hicieron pedazos al instante[11].

Sabido por los Reyes este suceso, se llenaron de horror al considerar el eminente peligro de que acababan de escapar. Los soldados tomaron el cuerpo destrozado del santon, y metiéndolo en un trabuco, lo arrojaron á la ciudad. Alli lo recogieron los Gomeles, y despues de lavado y perfumado, lo enterraron con el mayor decoro y con grandes demostraciones de sentimiento. En seguida, para vengar su muerte, mataron á un cristiano de los principales que tenian cautivos, y poniendo su cadáver sobre un asno, echaron fuera el animal con direccion al campamento.

Desde entonces se nombraron para la custodia de las personas reales, ademas de la guardia ordinaria, doscientos caballeros hijos-dalgo de los reinos de Castilla y de Aragon; se prohibió la entrada en el real á todo moro, que no se supiese primero quién era y á qué venia, y se mandó saliesen del campo los mudejares ó vasallos moriscos, á quienes la traicion que acababa de cometerse, habia puesto en mal concepto con los cristianos.

CAPÍTULO XI.

Hamet el Zegrí animado por un Dervís, persevera en su defensa; destruccion de una torre por el ingeniero Francisco Ramirez.

Hecho apenas el entierro del santon con los mismos honores que se pudieran tributar á un mártir, se levantó en su lugar un Dervís, que protestaba tener el don de la profecía. Mostrando á los moros una bandera blanca, que aseguraba ser cosa sagrada, les dijo que Alá le habia revelado que bajo aquella enseña saldrian los habitantes de Málaga contra el ejército sitiador, alcanzarian una victoria cumplida, y gozarian de los mantenimientos que abundaban en el real[12]. Los moros entusiasmados con este vaticinio, hubieran querido hacer en el acto una salida; pero díjoles el Dervís que aun no habia llegado la hora, y que era necesario esperar que el cielo le descubriese el dia señalado para tan gran triunfo. Hamet el Zegrí escuchó al Dervís con el mas profundo respeto, lo llevó consigo á su castillo de Gibralfaro, consultando con él en todo, y para animar al pueblo, enarboló la bandera blanca en la torre mas elevada.

Entretanto venian acudiendo al servicio de los Reyes varios grandes y caballeros, cuyos auxilios se hacian necesarios para relevar en parte al ejército de los muchos trabajos y fatigas que habia pasado en tan largo sitio. De cuando en cuando se veia entrar en el puerto de Málaga algun gallardo navío, ostentando la enseña de una casa ilustre, y conduciendo tropas y municiones: ni eran menos frecuentes los refuerzos que llegaban por tierra, atronando las montañas con el sonido marcial de cajas y trompetas, y deslumbrando la vista con el brillo de sus armas. Un dia se vió blanquear el mar con las velas de una flota numerosa, y fondearon en la bahía cien buques, armados unos para la guerra, y cargados otros con provisiones y pertrechos. Este poderoso socorro habia sido enviado por el duque de Medinasidonia, que llegó al mismo tiempo por tierra, y entró en el real con una fuerza considerable de caballeros deudos suyos, y gentes de su casa, todo lo cual puso á disposicion de los Reyes, juntamente con veinte mil doblas de oro, que les prestó.

Reforzado asi el ejército, aconsejó la Reina, con el fin de evitar las miserias de un sitio prolongado, ó la efusion de sangre consiguiente á un asalto general, que de nuevo se propusiese á los moros la rendicion en los términos mas benignos. En su consecuencia se les ofreció seguridad para sus vidas y haciendas, y la libertad personal, si desde luego venian á partido, y denunciando todos los horrores de la guerra si persistian en defenderse. Pero Hamet, confiando en la fuerza de sus defensas, que aun estaban muy enteras, desechó estas proposiciones con el mismo desprecio que las primeras: animábale tambien la consideracion de los azares á que está expuesto un ejército sitiador, las inclemencias de la estacion que se acercaba, y sobre todo los vaticinios y consejos del Dervís.

Volvieron entonces los cristianos á hostilizar al enemigo: algunos caballeros de la casa real, conducidos por Rui Lopez de Toledo, tesorero de la Reina, emprendieron el asalto de dos torres del arrabal cerca de la puerta llamada de Granada, y peleando desesperadamente, las tomaron, las perdieron, y las volvieron á tomar, sin que quedasen por los unos ni por los otros, pues pegándoles fuego los moros, fueron al fin abandonadas por ambas partes. Á este combate se siguió otro por la mar, en que fueron aun menos afortunados los cristianos; pues saliendo los moros con sus albatozas, atacaron tan vigorosamente los navíos del duque de Medinasidonia, que echaron uno á pique, é hicieron retroceder á los demas.

Entretanto Hamet el Zegrí, mirando estos combates desde la torre mas alta de Gibralfaro, atribuia el triunfo de sus armas á las artes y encantos del Dervís; y este impostor, que no se apartaba de su lado, señalándole el ejército cristiano, acampado por todo el valle, y la numerosa flota que cubria el mar, le decia que cobrase esfuerzo, porque en breves dias seria presa de los elementos aquella flota, y saliendo ellos con la bandera sagrada, derrotarian de todo punto aquella hueste, ganarian grandes despojos, y Málaga victoriosa y libre, triunfaria de sus enemigos.

Viendo la pertinacia de los sitiados, determinaron los cristianos aproximar sus estancias á los muros; y ganando una posicion despues de otra, llegaron cerca de la barrera de la ciudad, donde habia un puente con cuatro arcos, y en cada extremo una torre de mucha fuerza. Dióse órden de tomar este puente á Francisco Ramirez de Madrid, general de la artillería. La empresa era peligrosa, y los aproches no podian hacerse sin exponer la tropa á un fuego destructor; por lo que mandó Ramirez abrir una mina, que se llevó hasta debajo de los cimientos de la primera torre, donde puso boca abajo y bien cargada una pieza de artillería, para volar la torre cuando llegase la ocasion. Acercándose entonces al puente cuanto pudo, levantó un reducto, plantó en él algunos cañones, y empezó á batir la torre. Los moros contestaron desde los adarves con vigor; pero estando en la furia del combate, se puso fuego al cañon que estaba armado bajo la torre, rebentó la tierra con una explosion tremenda, y vino al suelo gran parte de la torre, sepultando en sus escombros á muchos de los moros que la defendian: los demas huyeron amedrentados por aquel estremecimiento, y confundidos por un ardid de que no tenian noticia. Quedando asi desamparado este puesto, se apoderaron de él los cristianos, y procedieron á combatir la torre que estaba al otro extremo del puente. Hiciéronse entonces mútuamente las torres un fuego terrible de arcabuces y ballestas, y por mucho tiempo no se atrevieron los combatientes á salir de ellas para batirse; pero al fin logró Francisco Ramirez pasar el puente, y llegar á la torre contraria por medio de parapetos que levantó de trecho en trecho para defenderse de la artillería de los moros, los cuales, despues de una larga y sangrienta lucha, fueron forzados á ceder, y á dejar aquel importante paso en poder de los cristianos.

En premio de esta hazaña, y del valor y pericia que habia desplegado el capitan Ramirez, le armó el Rey caballero, despues de la rendicion de Málaga, en la misma torre que tan gloriosamente habia ganado[13].

CAPÍTULO XII.

Crece la hambre en la ciudad; quejas del pueblo, y salida de Hamet el Zegrí con el pendon sagrado para atacar á los cristianos.

Era ya excesiva la hambre que se padecia en la ciudad. Los Gomeles, buscando que comer, entraban en las casas, rompian las arcas, y derribaban las paredes; y los habitantes reducidos al último extremo, se mantenian de cueros de vaca, y daban á sus criaturas hojas de parra cocidas con aceite. Todos los dias perecian muchos de necesidad; y algunos, forzados á elegir entre el cautiverio y la muerte, salian al real cristiano á ofrecerse por esclavos. Al fin pudo mas con ellos el rigor de la hambre que el respeto que tenian á los Gomeles; y reuniéndose en casa de Alí Dordux, el comerciante rico, le suplicaron intercediese por ellos con Hamet el Zegrí, para que consintiese en la entrega de la ciudad. Alí, viendo que la necesidad iba dando osadía á los ciudadanos, al paso que amortiguaba la fiereza de los soldados, se animó á entablar con el alcaide esta peligrosa conferencia, y asociándose con un alfaquí llamado Abrahan Alhariz, y un habitante principal, cuyo nombre era Amar-ben-Amar, se dirigió con este objeto al castillo de Gibralfaro.

Llegando alli hallaron á Hamet, no como antes rodeado de armas y soldados, sino solo en su aposento con el Dervís, y sentado á una mesa de piedra con varios cartones y pergaminos delante, en que habia trazados signos cabalísticos, y caractéres místicos y extraños: distribuidos en derredor habia tambien instrumentos raros y desconocidos; y el Dervís que le acompañaba parecia haberle estado explicando el sentido misterioso de aquellos signos[14].

Admirados y temerosos, se acercaron Alí Dordux y sus compañeros á Hamet, sin atreverse por de pronto á declarar el objeto de su venida; pero el alfaquí confiando en lo sagrado de su carácter, tomó al fin la palabra y le arengó en estos términos. “Te requerimos en nombre de Dios todo poderoso que desistas de una resistencia tan inútil como funesta, y que entregues la ciudad al cristiano mientras aun hay esperanzas de que nos trate con clemencia. Considera cuantos de nuestros guerreros tiene postrados el cuchillo del enemigo, y no quieras tú que la hambre acabe con los que quedan, ni con nuestras mugeres é hijos, que gimiendo nos piden pan, y se nos mueren ante nuestros ojos, sin que nos quede remedio con que acudirles. ¿De qué sirve nuestra defensa? ¿Son por ventura mas fuertes los muros de Málaga que los muros de Ronda? ¿ó son nuestros guerreros mas valientes que los caballeros de Loja? La fortaleza de Ronda sucumbió, y la caballería de Loja tambien tuvo que ceder. ¿Esperaremos que nos socorran? Ya no hay tiempo de esperanza; ya Granada perdió su fuerza, perdió su orgullo; ya Granada no tiene caballeros, ni Rey que la gobierne, ni capitanes que la defiendan. Por Alá te conjuramos, pues eres nuestro capitan, que no seas nuestro mas duro enemigo, sino que entregues lo que queda de esta Málaga, otro tiempo tan feliz, y nos saques de las miserias que nos abruman.”

Tales fueron las quejas que la desesperacion arrancó á los habitantes de la ciudad. Hamet el Zegrí las escuchó sin alterarse, porque respetaba el carácter privilegiado del alfaquí: pero lleno de vanas esperanzas, insistió en aguardar algunos dias. “Tened todavia paciencia, les dijo, y confiad en este varon santo que veis aqui, el cual me asegura terminarán en breve nuestros males; el hado es inmutable; y en el libro del destino está escrito que saldremos á pelear con los cristianos, que los venceremos, y serán nuestros esos montones de harina que blanquean en los reales. Asi lo ha prometido Alá por boca de su profeta. ¡Alá achbar! ¡Dios es grande! Nadie se oponga á los decretos del Altísimo.”

Esto dijo Hamet, y los diputados no atreviéndose á replicarle, regresaron á la ciudad, y exhortaron al pueblo á tener paciencia. “En breves dias, le dijeron, habrán cesado vuestros trabajos: cuando desaparezca la bandera blanca de las torres de Gibralfaro, la hora de vuestro triunfo estará cerca, pues entonces habrá llegado la de salir contra el enemigo.”

Todos los dias, y todas las horas del dia volvian aquellos habitantes los ojos hácia el estandarte sagrado, que continuaba tremolando en el castillo. Por fin, estando Hamet un dia en consulta con sus capitanes para determinar el partido que se habia de tomar en tan apuradas circunstancias, se presentó el Dervís. “Disponeos, dijo, á obedecer la voluntad de Alá, que la hora de nuestro triunfo está ya cerca. Salid mañana al campo, y pelead como varones esforzados: yo con el pendon sagrado iré delante, y entregaré en vuestras manos el enemigo; pero antes perdonaos mútuamente las ofensas, pues solo siendo caritativos podreis ser vencedores.”

Las palabras del Dervís fueron recibidas con el mayor aplauso; al punto se recogió la bandera blanca, y toda aquella noche se pasó en prevenciones para la mañana siguiente, cuando Hamet, con el capitan Abrahan Zenete y los Gomeles, bajó á la ciudad para ejecutar aquella salida que habia de acabar con los cristianos. Delante iba el Dervís, que llevaba la sagrada enseña; y al verla pasar el pueblo entusiasmado y lleno de esperanzas, exclamaba: “¡Alá achbar!” y se postraba humildemente, animando al mismo tiempo con alabanzas las tropas de aquella empresa. El temor y la esperanza agitaban en Málaga á todos los corazones: los ancianos, las mugeres y los niños, en fin, todos los que no salieron al combate subieron á las almenas, á las torres, ó á las azoteas, para ver una batalla que habia de ser decisiva de su suerte.

Antes de salir al campo hizo Alí Dordux una amonestacion á los soldados, previniéndoles que no abandonasen la bandera, que fuesen siempre delante peleando, y que á ninguno diesen cuartel. Volviendo entonces á ponerse en movimiento, fueron á dar con ímpetu tan furioso en las estancias del maestre de Santiago y del maestre de Alcántara, que tuvieron lugar de matar y herir á mucha de la gente que las guardaba. En este rebato llegó el capitan Zenete á una tienda donde halló algunos niños cristianos, á quienes el rumor de las armas acababa de despertar de su sueño. El moro compadeciendo su tierna edad, ó porque desdeñaba un enemigo tan débil, se contentó con darles de plano con el alfange, diciendo: “andad rapaces á vuestras madres” y como le riñese el fanático Dervís por este acto de clemencia, respondió: “no los maté porque no vide barbas”[15].

Cundió la alarma por el campo, y los cristianos acudieron de todas partes para defender las entradas del real. Don Pedro Portocarrero, señor de Moguer, don Alonso Pacheco, y Lorenzo Suarez de Mendoza, corrieron con sus gentes á defender los portillos por donde pretendian entrar los moros, á quienes con gran pena impidieron el paso, mientras llegaba nuevo socorro. Hamet furioso al encontrar tanta resistencia, cuando esperaba una victoria fácil, llevó repetidas veces sus tropas al asalto de los portillos, y otras tantas hubo de retroceder con mucha pérdida. Los cristianos, al abrigo de sus defensas, hicieron un destrozo terrible en las filas de los moros: pero ellos confiando ciegamente en los vaticinios del Dervís, volvian á la pelea cada vez mas enardecidos, arrostrando los peligros y la muerte por vengar á sus compañeros. Por último, intentaron escalar la cerca que defendia el real, y acometieron en medio de una lluvia de dardos y saetas, cayendo á cada paso, y llenando los fosos con sus cuerpos. Hamet el Zegrí, siempre á la cabeza de sus guerreros, siempre en lo mas encendido del combate, corria de fila en fila, y animaba á sus Gomeles con la voz y con el ejemplo. Al ver la terrible matanza de los suyos, bramaba de corage, y discurria delante de la cerca buscando por donde entrar, y pasando como por ensalmo por entre mil tiros que le asestaron los cristianos sin que ninguno le tocase. El Dervís tambien acudia como frenético á todas partes, ondeando la bandera blanca, y excitando á los moros con alaridos; pero en medio de su frenesí, una piedra arrojada por una catapulta, le alcanzó en la frente, dando fin á un mismo tiempo á su vida y á sus delirios[16].

Los moros, viendo muerto á su profeta y postrado por tierra el pendon sagrado, perdieron inmediatamente el ánimo, y huyeron en desórden á la ciudad. Hamet hizo algunos esfuerzos para contenerlos, pero confundido él mismo por la pérdida del Dervís, tan solo acertó á cubrir la retirada de las tropas, y se retrajo con ellas á los muros de la plaza.

Los habitantes de Málaga, suspensos entre el temor y la esperanza, miraron esta contienda desde las almenas y torres. Al principio, cuando vieron huir delante de los moros las guardias del real, exclamaron: “¡Alá nos da la victoria!” y prorumpian en gritos de alegría; pero cuando las tropas, rechazadas cuantas veces volvian al asalto, empezaron á retroceder, cuando vieron caer el mandante, y volver huyendo al mismo Hamet perseguido por los cristianos, el regocijo se convirtió en lamentos, y el horror y la desesperacion se apoderó de todo el pueblo.

Al entrar el Zegrí en Málaga se vió expuesto á los furores de una multitud exasperada: todo se volvia quejas y reconvenciones: las madres, cuyos hijos habian muerto, le seguian con imprecaciones, y algunas poniéndole delante sus criaturas á punto de espirar, le decian: “Holladlas con los pies de vuestro caballo, pues ni tenemos alimento que darles, ni valor para oir sus quejas.” Los ciudadanos que habian tomado las armas, y muchos de los guerreros que habian venido de fuera para defender la ciudad, unieron sus clamores á los del pueblo; de modo que Hamet, perdido el ascendiente militar, é incapaz de resistir aquel torrente de quejas y maldiciones, renunció el mando de la plaza, y se recogió con los Gomeles que le quedaban á su castillo de Gibralfaro.

CAPÍTULO XIII.

Rendicion de la ciudad de Málaga; cumplimiento del pronóstico del Dervís, y suerte de Hamet el Zegrí.

Los moradores de Málaga, libres ya del dominio de Hamet, acudieron á Alí Dordux: y pusieron en sus manos la suerte de la ciudad. Alí, asociándose el alfaquí Abrahan Alhariz y otros cuatro moros principales, formó una junta provisional, en que se acordó enviar mensajeros al Rey de Castilla, ofreciendo entregar la plaza con tal que á los habitantes se les asegurase en sus personas y bienes en calidad de mudejares, ó vasallos tributarios. Salieron los mensageros al real cristiano, y oida por el Rey la peticion de los moros, respondió airado: “Ya no es tiempo de pedir ni de conceder partidos, pues bien se que la hambre, y no vuestra voluntad, es la que os mueve á capitular. Entregaos pues á discrecion y disponeos á sufrir la ley que imponga el vencedor: los que merezcan la muerte, morirán, y los que cautiverio, quedarán cautivos.”

Grande fue la turbacion de los moros cuando supieron la respuesta de Fernando; pero Alí Dordux los consoló ofreciendo ir en persona á solicitar condiciones mas favorables; como en efecto lo hizo acompañado de dos cólegas suyos, aunque sin adelantar nada, pues el resultado de esta embajada tan lejos estuvo como la primera de corresponder á las esperanzas de los sitiados. Fernando ni aun consintió que llegasen los embajadores á su presencia. “Dadlos al diablo, dijo con enfado al comendador de Leon, que no los quiero ver, ni los he de tomar sino como á vencidos, dándose á mi merced[17].” Con esta nueva repulsa, vinieron los moros á un estado que rayaba en desesperacion; pero resolviendo tentar el último recurso, escribieron al Rey manifestándole que ellos le darian la ciudad con todas sus fortalezas, y con todos los bienes que en ella habia; pero que si no se les daba seguro para la libertad de sus personas, ellos colgarian de las almenas de la plaza hasta mil y quinientos cautivos cristianos que tenian de ambos sexos; y poniendo á las mugeres, viejos y niños, en la Alcazaba, darian fuego á la ciudad, y saldrian á morir matando, para que al fin tuviesen los Reyes la victoria sangrienta, y aquel hecho de la ciudad de Málaga fuese celebrado por todos los vivientes, y en todos los siglos que durase el mundo.

Á consecuencia de esta carta se suscitaron algunos debates en el real, y fueron varios los votos de los caballeros. Muchos de ellos indignados contra los moros por las grandes pérdidas que habian ocasionado á los cristianos en tan larga resistencia, quisieron irritar el ánimo del Rey para que los tratase con el último rigor; pero la generosa Isabel, reprobando consejos tan sanguinarios, insistió en que no se empañase aquel triunfo con algun acto de crueldad[18]. Los moros entretanto, se abandonaron á los extremos de su desesperacion: por una parte veian la hambre y la muerte; por otra, la esclavitud y las cadenas. Aquellos cuyo oficio era la guerra, ardian por señalar su caida con una accion ilustre. “¡Perezcan los cautivos!, decian, ¡arda la ciudad, muramos, y acometamos al enemigo!” En medio del clamor general alzó Alí Dordux la voz, y dirigiéndose á los habitantes principales y padres de familia, les dijo: “Los que viven de la espada perezcan, pues lo quieren, con la espada; pero no sigamos nosotros tan loco ejemplo. ¡Quién sabe si la vista de nuestras inocentes esposas y tiernos hijos, despertará en el pecho real de Fernando una centella de conmiseracion! y cuando no, la Reina cristiana dicen que es la piedad misma.”

Animados los moros por este rayo de esperanza, autorizaron á Alí Dordux para que entregase la ciudad á merced de los Soberanos. Partió de nuevo Alí con este encargo; empeñó en su favor á muchos caballeros del real, y al fin obtuvo una audiencia de los Soberanos, á quienes presentó regalos de telas de seda y oro, piedras preciosas, joyas, aromas, y otros objetos de gran valor, que habia acumulado en su comercio con los paises orientales; y poco á poco ganó la gracia de Fernando y de Isabel[19]. Alí entonces renovó las súplicas, representando que él y otros muchos habian procurado desde un principio que se entregase la ciudad, pero que las amenazas de hombres arbitrarios, en cuyas manos estaba la fuerza, se lo habian impedido; por lo que esperaba no se confundiese al inocente con el culpado.

Los Soberanos habiendo admitido los regalos de Alí Dordux, no pudieron ya cerrar el oido á sus súplicas. Asi, pues, le indultaron á él y á cuarenta familias que nombró, dándoles seguro para sus personas, con facultad para residir en Málaga en clase de mudejares[20]. Hecho este arreglo, hizo Alí venir veinte habitantes principales, á quienes entregó en rehenes, hasta que toda la ciudad quedase en posesion de los cristianos.

Don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon entró entonces en la ciudad armado y á caballo, y tomó posesion en nombre de los Soberanos de Castilla. Entrando despues varios capitanes y caballeros del ejército, ocuparon todas las fortalezas, y enarbolaron el pendon de la cruz, el de Santiago, y el estandarte real, en la torre de homenage de la Alcazaba.

Entregada la ciudad, imploraron aquellos infelices habitantes se les permitiese salir al real para comprar pan para ellos y sus familias. Obtenida la licencia, acudieron arrebatados y famélicos á los montones de grano y harina que tantas veces habian mirado con ansia desde sus muros. Todo se repartió entre ellos, y satisfecha su necesidad, quedó en cierto modo cumplido el vaticinio del Dervís, cuando dijo que aquellos bastimentos los habian de comer ellos.

Entretanto Hamet el Zegrí, indignado y pesaroso, miraba desde las torres de su fortaleza la ocupacion de Málaga por los batallones de Castilla; veia tremolar el pendon de la Cruz donde poco antes ondeaba el de la medialuna, y si los suyos le siguieran, bajára allá espada en mano, y muriera gustoso á trueque de tomar venganza de los cristianos. Mas ya no animaba á los Gomeles el mismo espíritu que en otro tiempo: los lentos progresos de la hambre habian minado las fuerzas asi del alma como del cuerpo, y casi todos aconsejaban la rendicion. Muy duro se le hacia al altivo Hamet el someterse á pedir partido: empero confiando que su valor le haria respetar de un contrario noble, envió un parlamentario al Rey, ofreciendo capitular en términos honrosos. La respuesta de Fernando fue lacónica y terminante: “que se entregase á discrecion.”

Todavia permaneció Hamet dos dias encerrado en su castillo despues de la toma de la ciudad; pero al fin hubo de ceder á los clamores de sus secuaces, y bajó con ellos á someterse al vencedor. Los Gomeles todos quedaron cautivos, con la excepcion de Abrahan Zenete, á quien, por haber procedido tan piadoso con aquellos niños cristianos cuando la última salida de los moros, se concedió un partido favorable. En cuanto á Hamet, se le puso inmediatamente en hierros; y preguntado qué le movió á tan pertinaz resistencia, respondió, que él habia tomado aquel cargo con obligacion de morir, ó ser preso, defendiendo su ley, su Soberano, y la ciudad que éste le habia confiado, y que á tener ayudadores, antes le vieran muerto que prisionero[21].

CAPÍTULO XIV.

Entrada de los Reyes Católicos en la ciudad de Málaga, y distribucion de los cautivos.

Una de las primeras disposiciones de los vencedores, despues de la rendicion de Málaga, fue celebrar la emancipacion de los cautivos cristianos con una funcion religiosa. Á corta distancia de la ciudad mandaron erigir una tienda, y poner en ella un altar con las decoraciones de iglesia correspondientes; pasando alli los Reyes para recibir á los cautivos. Éstos, en número de mil y seiscientos de ambos sexos, entre ellos algunas personas de distincion, salieron de la ciudad en procesion, con una cruz, cantando himnos y dando gracias á Dios y á los Soberanos por haberles librado del duro cautiverio en que yacian. Á medio camino se reunió con ellos, y les fue acompañando, un gran concurso de gentes del real, con cruces y pendones, y una música solemne. Llegando á presencia de sus libertadores, se hubieran postrado los cautivos á sus pies para besárselos; pero el Rey y la Reina les dieron benignamente sus manos á besar, sin consentir otro acatamiento. Arrodillándose entonces los cautivos delante del altar, se pusieron en oracion, y de nuevo prorumpieron en alabanzas al Altísimo por tan gran victoria. En seguida se mandó quitarles los hierros, que aun llevaban, se les dió de comer, ropa, dinero, y todo lo que necesitaban para retirarse á sus casas. El aspecto de los cautivos, pálidos, desfallecidos y extenuados, su admiracion y su agradecimiento, las lágrimas y la alegría de todos los presentes, constituyeron un espectáculo verdaderamente grande, y que á todos enterneció.

De los cristianos que desertaron á los moros, y les habian informado de lo que pasaba en el real, fueron hallados doce, y se les sentenció á morir acañaverados: castigo harto severo, que consistia en atar al delincuente á una estaca en medio de una plaza, mientras que los soldados, corriendo á caballo, los atravesaban con cañas puntiagudas: los moros conversos y relapsos fueron entregados á las llamas[22].

Estando ya limpia la ciudad de las inmundicias y malos olores que se habian acumulado en tan largo sitio, entraron en ella los obispos y otros eclesiásticos que seguian la corte, con los cantores y capellanes del Rey; y pasando en procesion solemne á la mezquita mayor, la consagraron é intitularon santa María de la Encarnacion. Concluido este acto, entraron el Rey y la Reina acompañados del gran cardenal y de los grandes y caballeros del ejército, oyeron misa, y en seguida erigieron aquella iglesia en catedral, y á Málaga en obispado. La Reina se aposentó en la Alcazaba, desde donde se descubria toda la ciudad: el Rey estableció su alojamiento en el antiguo castillo de Gibralfaro.

Se procedió entonces á disponer de los moros que habian quedado prisioneros. Divididos en tres porciones, se destinó una á la redencion de los cautivos cristianos en el reino de Granada y tierras de África; otra se repartió entre los capitanes y caballeros que habian concurrido á aquella empresa, segun su clase y los servicios que habian prestado; y la tercera se tomó para indemnizacion de los grandes gastos ocasionados en tan largo sitio. Cien moros Gomeles fueron enviados al Papa Inocencio VIII, quien los bautizó y convirtió á la fé cristiana. Á la Reina de Nápoles, hermana del Rey, se le hizo regalo de cincuenta moras, doncellas; treinta fueron enviadas á la de Portugal, y otras muchas fueron repartidas por doña Isabel entre las damas de su corte y señoras principales de Castilla.

Cuatrocientos y cincuenta judios moriscos, que se hallaron en la ciudad, fueron rescatados por otro judío, rico contratista de Castilla, que pagó por ellos veinte mil doblas de oro, y se los llevó en dos galeras armadas.

Á la masa general de los habitantes se concedió la facultad de rescatarse mediante á suma que pagarian dentro de un término señalado. El contingente de cada individuo, sin distincion, se fijó en treinta doblas de oro, y á buena cuenta del pago general se les habian de recoger todas las alhajas de oro y plata, con los demas objetos de valor que poseian. El plazo se fijó á los ocho meses, con la condicion que si al espirar este término no hubiesen satisfecho la cantidad estipulada, serian todos tratados como esclavos. Para asegurar por parte de los moros el cumplimiento de estas condiciones, se hizo una enumeracion rigurosa de las casas y familias, se tomó razon de todos sus efectos, y se les mandó acudiesen con ellos á unos corrales grandes que habia en la Alcazaba, rodeados de una muralla alta, y que en otro tiempo habian servido para encerrar á los cristianos que los moros cautivaban.

Viérase entonces á estos infelices pasar tristemente por las calles con direccion á la Alcazaba; asi ancianos como jóvenes, asi matronas como doncellas, de las que algunas eran bien nacidas, y criadas con el mayor regalo; y habiendo de desamparar sus casas para sufrir el cautiverio en las agenas, se torcian las manos, y levantaban los ojos al cielo, diciendo: “¡Ó Málaga, ciudad nombrada y hermosa como ninguna! ¿Do está la fortaleza de tus castillos? ¿Do está la hermosura de tus torres? ¿Tus poderosos muros de qué aprovecharon á sus moradores, que desterrados de la dulce pátria van á morir entre extrangeros, ó á vivir en la esclavitud? ¿Qué harán tus viejos y tus matronas, cuando no haya quien honre sus canas? ¿Qué harán tus doncellas, criadas con tanta delicadeza y señorío, cuando se vean en dura servidumbre? ¡Ah, tus naturales, separados para siempre, nunca mas volverán á verse! al hijo arrancan de los brazos de su padre; apartan al marido de su muger, y á los tiernos niños arrebatan del seno de sus madres. ¡Ó Málaga, ciudad de nuestro nacimiento! ¿quién podrá ver tu desolacion, que no derrame lágrimas de amargura?[23]

Estando ya bien asegurada la posesion de la ciudad, se envió un fuerte destacamento contra las villas de Mijas y Osuna, situadas á la orilla del mar, y se les intimó la rendicion. Los habitantes pidieron las mismas condiciones que se habian concedido á los de Málaga, ignorando cuales fuesen; y habiéndoseles prometido, se rindieron, y fueron todos presos y conducidos con sus efectos á los corrales de la Alcazaba.

Éstos, asi como los cautivos de Málaga, fueron distribuidos entre varios pueblos y familias, hasta tanto que se cumplia el plazo señalado para el pago total de su rescate; pero habiendo espirado los ocho meses estipulados, antes que pudiesen verificarlo, quedaron todos, en número de once mil, segun refieren algunos, y de quince mil, segun otros, condenados á la esclavitud.

CAPÍTULO XV.

De la situacion en que se hallaban respectivamente el Rey Católico, Boabdil y el Zagal, y de la incursion de éste en tierra de cristianos.

Toda la parte occidental del reino de Granada reconocia ya el dominio de los Reyes Católicos: el puerto de Málaga obedecia sus leyes; y los belicosos naturales de la serranía de Ronda les rendian vasallage, subyugados y sumisos: aquellas soberbias fortalezas, que tanto tiempo habian señoreado los valles de Andalucía, desplegaban ahora el estandarte de Castilla y Aragon; y las atalayas que coronaban todas las alturas, estaban desmanteladas, ó guardadas por las tropas del Rey Católico.

Mientras que en esta parte del territorio moro se establecia el imperio de los cristianos, en la parte central, que es lo que rodea á Granada, se mantenia el Rey chico Boabdil gobernando como vasallo de la corona de Castilla. Este desgraciado príncipe no perdia ocasion de propiciar á los conquistadores de su pátria con actos de sumision, y con demostraciones en que no podia tener parte el corazon. Apenas supo la toma de Málaga, envió sus mensageros á felicitar al Rey, acompañando regalos de caballos suntuosamente enjaezados, telas de seda y oro, y perfumes orientales; todo lo cual fue admitido benignamente; y Boabdil, con poca advertencia, se figuró haber ganado un lugar distinguido en los afectos de Fernando. Pero la política de Boabdil algunas ventajas, aunque pasageras, producia á sus vasallos: el territorio que reconocia su dominio estaba libre de las calamidades de la guerra; el labrador cultivaba en paz sus campos, y la vega de Granada, volviendo á florecer, se manifestaba en su primitiva lozanía. Restablecido el comercio, prosperaba el traficante, y en las puertas de la ciudad habia un tránsito continuo de caballerías cargadas con los productos de todos los climas. Pero el pueblo de Granada, aunque apreciaba estas ventajas, aborrecia en secreto los medios con que se habian conseguido, y miraban á Boabdil casi como apóstata é infiel.

Los moros que aun no se habian sometido al dominio cristiano, fundaban ahora sus esperanzas en el anciano Rey Muley Audalla el Zagal. Este príncipe, aunque no reinaba en la Alhambra, todavia se hallaba con mayores fuerzas que su sobrino: sus dominios se extendian desde Jaen, por los confines de Murcia, hasta el mediterráneo, y comprendian las ciudades de Baza y Guadix, y el importante puerto de Almería, que en algun tiempo habia rivalizado con Granada por su poblacion y riquezas. Tenia ademas bajo su jurisdiccion una gran parte de las Alpujarras, ó serranía de Granada. Esta region montuosa es el centro del poder y riqueza de los moros. Su grande elevacion y su fragosidad la hacian casi inaccesible á los enemigos; pero en el seno de aquellos riscos se abrigaban unos valles deliciosos, donde reinaba una temperatura suave y una pródiga fertilidad. Por todas partes brotaban manantiales y fuentecillas, que creciendo en ciertas estaciones con las aguas que bajaban de Sierra nevada, cubrian de verdor y frescura las faldas de aquellos cerros, y formaban al fin arroyos caudalosos, que corrian serpeando por entre plantíos de moreras, almendros, higueras y granados. Aqui tambien se producia la seda mas fina de toda España, se cultivaban grandes viñedos, y se criaban numerosos rebaños con los ricos pastos que ofrecian los valles y las quebradas. Aun en la parte mas árida y estéril proporcionaban estos montes inmensas riquezas, por la diversidad de minerales de que estaban impregnados. En fin, las Alpujarras eran un raudal copioso que acrecentaba en gran manera las rentas de los Monarcas de Granada: sus naturales eran robustos y guerreros, y al llamamiento del Rey salian de aquellos lugares hasta cincuenta mil hombres de pelea.

Tal era la porcion de este imperio que tocó al anciano Muley el Zagal. La guerra aun no habia llegado á esta poderosa comarca, pues le servian de barrera contra sus estragos los elevados riscos y áridos peñascos que la defendian. Mas no por eso dejó el Zagal de añadirle nuevas defensas, mandando reparar todas las fortalezas, á fin de hacer alli el último esfuerzo contra los progresos de los cristianos. Entretanto, conociendo la necesidad de acometer alguna empresa para conservar en su punto al afecto y fidelidad de sus vasallos, ordenó una correría por el territorio enemigo, cuya manera de guerrear sabia él ser la mas grata á los moros, para quienes tenia mas atractivos un corto botin arrebatado á fuerza de armas, que todos los provechos de un comercio pacífico y seguro.

Reinaba entonces la mayor tranquilidad en la frontera de Jaen, y los alcaides de las fortalezas cristianas vivian descuidados, y seguros de toda agresion, por tener tan cerca á su aliado Boabdil, y contemplar distante á su fogoso tio el Zagal. De repente salió este príncipe de Guadix con una fuerza escogida, atravesó rápidamente las montañas que se extienden detras de Granada, y fue á dar como un rayo en la campiña de Alcalá la Real. Primero que cundiese la alarma, ni pudiese la comarca acudir á su defensa, habia hecho en ella el Zagal un estrago enorme, saqueando y quemando aldeas, arrebatando ganados, y llevándose gran número de cautivos. Reuniéronse las gentes de la frontera; pero ya estaba muy lejos el enemigo, que volviendo á pasar las montañas, entró triunfante por las puertas de Guadix, cargado de despojos cristianos, y conduciendo una numerosa cabalgada. Con esta y otras empresas semejantes fomentaba el Zagal el espíritu guerrero de sus vasallos, granjeaba su opinion y afecto, y disponia los ánimos á resistir una invasion que se esperaba por parte del Rey Católico.

CAPÍTULO XVI.

Disposiciones del Rey Fernando para continuar la guerra; sale á campaña; varias empresas de moros contra cristianos.

Año 1488.

Iba ya entrando el año de 1488, y los Soberanos Católicos, resueltos á proseguir en la triunfante carrera que habian comenzado, hasta acabar con el imperio sarraceno en España, se dispusieron á hacer nuevos sacrificios, y á pasar nuevos trabajos y fatigas. Los apuros del erario obligaron á discurrir medios, y á buscar recursos, para la continuacion de los aprestos que se hacian; pero á todo ocurrió el celo del estado eclesiástico contribuyendo con subsidios de consideracion en tropas y dinero. Con todo esto no pudo el Rey reunir su ejército hasta junio de este año, cuando á los cinco dias del mes partió de Murcia con un campo volante de cuatro mil caballos y catorce mil infantes, conduciendo la vanguardia el marqués de Cádiz, á quien seguia el adelantado de Murcia. Entró el ejército en la frontera enemiga por la ribera del mar, esparciendo el terror donde quiera que llegaba: á su vista se rendian los pueblos sin hacer resistencia, temerosos de experimentar los males que habian desolado la frontera opuesta; y en esta forma los pueblos de Vera, Velez el rubio, Velez el blanco y otros de menos nota, se entregaron á la primera intimacion.

Hasta llegar cerca de Almería, no halló el ejército oposicion alguna. En esta importante ciudad mandaba á la sazon el príncipe Zelim, pariente del Zagal. Á la vista del enemigo salió este valeroso moro capitaneando su guarnicion, y en las huertas inmediatas á la ciudad trabó una escaramuza muy reñida con las tropas de la vanguardia. Llegando el Rey con el grueso del ejército, mandó cesar la escaramuza, y recoger las gentes; y pues conocia que la fuerza que llevaba era poca para combatir la ciudad, se contentó con reconocer su asiento, y se retiró con direccion á Baza, donde se hallaba el Zagal con una guarnicion poderosa.

El Rey moro se apercibió para recibirlos, y en un valle que está delante de la ciudad, donde habia muchas huertas, colocó una celada de arcabuceros y ballesteros. Llegaron los cristianos, y como se acercasen á este sitio, salió el Zagal á su encuentro con gente de á caballo y de á pié, y empezó una escaramuza con el marqués de Cádiz y el adelantado de Murcia, que conducian la vanguardia. Despues de pelear un rato fingieron los moros ceder, y se retrajeron poco á poco á las huertas, para atraer alli á los cristianos, como en efecto lo consiguieron. Saliendo entonces los que estaban en la celada, abrieron un fuego atroz contra los cristianos por flanco y por retaguardia, matando é hiriendo á muchos, y poniendo á los demas en confusion. Reforzado el Zagal con mas tropas que salieron de la ciudad, atacó de nuevo al enemigo, le obligó á volver las espaldas, y lo persiguió dando horribles alaridos, y haciendo en él un estrago enorme. Á este tiempo llegó felizmente el Rey con la demas tropa, y cubriendo la retirada de los suyos, se opuso con tanta firmeza á la furia de los moros, que los hizo retroceder, y encerrarse en la ciudad. Muchos caballeros de nota perecieron en esta refriega; entre otros don Felipe de Aragon, maestre de Montesa, sobrino del Rey é hijo natural de don Cárlos su hermano.

Con el descalabro de la vanguardia, se suspendió la marcha victoriosa del ejército cristiano; y Fernando, mas cauto ya por la leccion severa que acababa de recibir, acampó en las orillas del rio Guadalquiton que pasa por alli cerca, sin atreverse, con la fuerza que llevaba, á emprender el sitio de aquella plaza. Desesperando, pues, de desalojar de Baza al anciano guerrero el Zagal, levantó Fernando sus reales, y se retiró de alli como antes lo habia hecho de delante de Loja.

Vuelto á Murcia, tomó el Rey las medidas convenientes para la seguridad de las plazas conquistadas en este año: puso en ellas fuertes guarniciones y víveres en abundancia, y nombró por capitan mayor de todas á Luis Fernandez Portocarrero. Dadas estas disposiciones, y despedida la gente de guerra, se retiró el Rey á hacer oracion á la cruz de Carabaca.

Apenas fueron licenciadas las tropas del ejército invasor, salió de Baza el Zagal, y entrando á fuego y sangre por las tierras que acababan de someterse á Fernando, sorprendió el castillo de Nijar, que se guardaba con poca vigilancia, y pasó á cuchillo la guarnicion. Corrió despues con furor sanguinario toda la frontera, matando, hiriendo, y haciendo prisioneros á los cristianos donde quiera que los hallaba desprevenidos. El alcaide de Cullar, confiando en la fortaleza de este pueblo, que por su situacion y por su castillo parecia inexpugnable, se habia ausentado sin recelar ningun peligro. Presentóse alli el vigilante Zagal, asaltó el lugar, y á viva fuerza echó de él á los cristianos, que se refugiaron en el castillo. Un capitan veterano é intrépido, que se llamaba Juan de Avalos, tomó entonces el mando, resuelto á defenderse hasta el último extremo. Los moros, dueños ya del lugar, acometieron la fortaleza: los ataques fueron recios y repetidos, y la resistencia del alcaide obstinada y ejemplar; pero habiendo el enemigo minado una torre con parte de la muralla, penetró en el átrio del castillo. Aqui los cristianos redoblaron los esfuerzos, y subiendo á las torres se defendieron contra los moros con una lluvia de piedras, con pez hirviendo, flechas, y todo género de armas arrojadizas, logrando al fin lanzarlos del castillo. Cinco dias duró este combate. Los cristianos, rendidos por el cansancio y las heridas, estaban á punto de sucumbir; pero les animaban las exhortaciones de su animoso alcaide, y temian la muerte si caian en manos del Zagal. La llegada de Portocarrero, con una fuerza numerosa, los sacó de este peligro: el Rey moro abandonó el asalto; pero en su rabia y despecho incendió la villa, y se puso en marcha la vuelta para Guadix.

Á ejemplo del Zagal, dos capitanes moros, Alí Alatan el uno é Izá Alatan el otro, salieron de Alhendin y Salobreña, y asolaron todas las tierras que estaban sujetas á Boabdil, robando y destruyendo muchos de los lugares que se habian declarado por los cristianos. Los moros de Almería, de Tabernas y de Purchena, hicieron tambien entradas, y devastaron las tierras mas fértiles de Murcia, al paso que en la frontera opuesta, los pueblos de sierra bermeja corrieron á las armas, y sacudieron el yugo que acababan de admitir. El marqués de Cádiz con su actividad y vigilancia habia logrado suprimir una insurreccion de los moros de Gausin, lugar fuerte de la serranía; pero los que se habian hecho fuertes en castillos roqueros, ó torres, siguieron hostilizando á los cristianos, dando sobre ellos de improviso, y llevándose los hombres, los ganados, y todo género de botin á sus guaridas, donde quedaban al abrigo de toda persecucion.

Tales fueron las operaciones y sucesos que terminaron la campaña de este año, señalado por otra parte con un acontecimiento que parece digno de recordarse. Muy grandes (dicen los antiguos coronistas) fueron las aguas y tempestades que en este año prevalecieron en Castilla y Aragon. Parecia que se habian vuelto á abrir las cataratas del cielo, y que un nuevo diluvio iba á inundar la naturaleza. Los arroyos convertidos en rápidos torrentes, arrollaban en su hervoroso curso las casas y los molinos, destruian las mieses, y arrebataban los ganados. Los pastores veian anegarse sus rebaños, y huyendo del peligro se refugiaban en las torres y lugares altos. El plácido Guadalquivir se volvió un mar embravecido, cuyas olas inundaban todo el campo de Tablada, llenando de terror á los habitantes de Sevilla. Compelida por un viento recio, y acompañada de temblores de tierra, vino una negra y espesa nube, que donde quiera que pasaba arrebataba los tejados de las casas, y estremecia hasta sus cimientos las torres y las fortalezas. Los navíos en los puertos eran arrancados de sus amarras, y los que andaban por la mar, arrojados sobre las costas por la furia del huracan, se estrellaban contra las rocas, volando por el aire sus fragmentos. Grande fue la desolacion y ruina, que señaló el curso de esta perniciosa nube, asi por mar como por tierra. Á muchos pareció este trastorno de los elementos un evento prodigioso, fuera del órden natural, y no pocos lo consideraban como presagio de alguna calamidad iminente.

CAPÍTULO XVII.

De las disposiciones del Rey Católico para sitiar la ciudad de Baza, y de las medidas que tomaron los moros para defenderse.

Año 1489.

Al borrascoso invierno del año pasado, se siguió la primavera de 1489, y las tropas cristianas convocadas para la prosecucion de la guerra, se pusieron en movimiento para reunirse en Jaen, donde llegaron tarde, y con no poca dificultad, porque las grandes aguas recientes habian hecho casi intransitables los caminos, y muy trabajoso el vado de los rios. Pero juntándose al fin en aquella ciudad trece mil caballos y cuarenta mil infantes, pudo el Rey abrir la campaña, y á últimos de mayo pasó la frontera con su ejército. La Reina, con el Príncipe don Juan y las Infantas, permaneció en Jaen, servida y acompañada por el gran cardenal de España, y otros prelados que asistian en sus consejos. El propósito de Fernando era sitiar la ciudad de Baza, que era la llave de las posesiones que le quedaban al moro. Tomada esta importante plaza, tendrian que someterse luego las de Guadix y Almería; el Zagal quedaria sin apoyo, y se daba el último golpe á su poder. Á medida que avanzaba el ejército, tuvieron los cristianos que combatir varios castillos y lugares fuertes en las cercanías de Baza, para asegurarse contra la molestia que pudieran ocasionarles. Pero esto no siempre se conseguia sin trabajo: la villa de Cujar hizo una resistencia porfiada; y su alcaide el bizarro Hubec Adalgar, oponiendo la fuerza á la fuerza, y los ingenios á los ingenios, frustró varias tentativas de los cristianos ya para ganar el muro por asalto, ya para derribarlo con pertrechos. Defendíanse los moros desde sus almenas con toda clase de armas arrojadizas; y por medio de unas calderas asidas unas á otras con cadenas, arrojaban fuego sobre el enemigo, quemándole los manteletes y otras máquinas que tenia para el asalto. Duró este sitio algunos dias; pero al fin hubo de ceder el valor del alcaide á la fuerza superior de los sitiadores, y se entregó la plaza, concediéndola el Rey un partido honroso. Los habitantes y la guarnicion salieron con sus efectos y armas, y conducidos por el valiente Hubec Adalgar tomaron la direccion de Baza.

El Zagal, que se hallaba en Guadix, distante pocas leguas de Baza, se aprovechó de las demoras que por estas causas sufria el ejército cristiano, para hacer las prevenciones necesarias á su defensa. Sabia que habia llegado el caso de hacer el último esfuerzo para la conservacion de los dominios que le quedaban, y que esta campaña iba á determinar si permaneceria Monarca ó viviria vasallo. Confiando en la fortaleza de la ciudad de Baza, no creyó necesario acudir allá en persona, pero aumentó la guarnicion enviando desde Guadix toda la fuerza que tenia disponible, abasteció la plaza completamente, y convocó en su defensa á todo el que se tenia por verdadero musulman, y amaba la religion, su pátria y su libertad. Las ciudades de Purchena y de Tabernas, y otras de aquella serranía obedeciendo esta intimacion, corrieron á las armas: las Alpujarras arrojaron de su pedregoso seno una multitud de hombres de pelea, que acudieron á la defensa de Baza; y muchos caballeros de Granada, desdeñando el ócio y tranquilidad en que vivian bajo el gobierno de un Rey tributario, salieron ocultamente de la ciudad, y se reunieron con sus valientes patriotas para el mismo objeto. Pero las esperanzas del Zagal se fundaban principalmente en el valor y lealtad de Cidi Yahye Alnayar Aben Zelim, deudo suyo y alcaide de Almería, á quien habia mandado venir á Baza con todas las tropas de su mando. Llegaban éstas á diez mil hombres, soldados aguerridos y avezados á los trabajos, asi como de mucha experiencia en todo género de ardides, emboscadas y evoluciones. Gobernados á una sola voz de su capitan, acometian impetuosos, ó se detenian en medio de su carrera; y al sonido de la trompeta, se recogian, se ordenaban, ó revolvian contra el enemigo con maravillosa prontitud y destreza. Semejantes á una tempestad, daban sobre sus contrarios de repente, esparciendo el estrago y la consternacion, y luego con increible ligereza se retiraban; de manera que pasado el sobresalto, no se veia mas que una nube de polvo, ni se oia sino el galopear de los caballos.

Entrando Cidi Yahye por las puertas de Baza con sus diez mil valientes, fue recibido por el pueblo con aclamaciones. El Zagal, aunque permanecia en Guadix, se creia seguro de aquella plaza por la confianza que tenia en su pariente, y se felicitaba de tener un general de su sangre y tan valiente á la cabeza de sus tropas. Con estos refuerzos llegaba la guarnicion á veinte mil hombres, mandados por tres capitanes principales; el uno Mohamed Ben Hazen, llamado el veterano, el otro Abu Halí, alcaide de la guarnicion primitiva, y el tercero Hubec Adalgar, que lo habia sido de la de Cujar. Pero sobre todos éstos ejercia la autoridad suprema el príncipe Cidi Yahye, por su nacimiento real, y porque gozaba la confianza particular del Rey.

La ciudad de Baza está fundada en un valle espacioso, ocho leguas de largo y tres de ancho, que se llamaba la Hoya de Baza, y la rodea una sierra que es la de Habalcohol, de donde descienden las aguas de dos rios que riegan y fertilizan el pais. Por una parte protegian á la ciudad las ramblas y cuestas de la sierra inmediata, y un castillo poderoso; y por otra, la defendia un fuerte muro guarnecido de muchas y grandes torres: los arrabales eran grandes, pero mal fortificados con una cerca de tapia y casa-muro. Enfrente de los arrabales, habia una frondosa huerta con muchos árboles y frutales, que ocupaban casi una legua en circuito. Aqui tenian los vecinos pudientes sus torres ó casas de campo, aqui sus jardines y huertos llenos de flores y legumbres, y regados por las abundantes aguas de la sierra; sirviendo de proteccion á la ciudad esta multitud de árboles, torres y acequias, por los impedimentos que ofrecian al paso de un enemigo.

No obstante que la prevencion hecha en Baza de armas, municiones y víveres, era mas que suficiente para un sitio de quince meses, continuaban todavia los preparativos cuando se presentó á vista de la ciudad el ejército de Fernando. Veíanse por una parte cuadrillas de á caballo y de á pié, dirigiéndose presurosas hácia las puertas, y arrieros con numerosas recuas, aguijando sus cansadas caballerías, todo con el afan de ponerse á cubierto de la tormenta que amenazaba: por otra, venia por el valle adelante á par de una nube preñada, el ejército cristiano con estruendo de cajas y trompetas, que hacian retumbar la sierra, y con armas resplandecientes, cuyo brillo reverberaba desde lejos. Sentó Fernando sus reales un poco desviados de aquella espesura de huertas, y envió á intimar la rendicion á la ciudad, ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una sumision inmediata, y protestando del modo mas solemne no alzar mano del sitio hasta quedar dueño de la plaza.

Recibida esta intimacion, tuvieron los caudillos moros un consejo de guerra. El príncipe Cidi Yahye, irritado por las amenazas del Rey, queria que se le contestase declarando que la guarnicion, lejos de entregarse, se batiria hasta quedar sepultada en las ruinas de sus muros. Pero á esto dijo el veterano Mohamed: “¿De qué sirve una declaracion que tal vez nuestros hechos desmentirán? las amenazas deben medirse por las fuerzas que se tiene para cumplirlas, y los hechos deben ser siempre mayores que los ofrecimientos.”

Conforme á este consejo se envió al Monarca cristiano una respuesta lacónica, agradeciéndole la oferta de un partido ventajoso, pero diciéndole que ellos estaban en aquella ciudad, no para dársela sino para defenderla.

CAPÍTULO XVIII.

Batalla de las huertas delante de Baza.

Sabida por el Rey la resolucion de los caudillos moros, se dispuso á sitiar la plaza con vigor; y pareciéndole necesario adelantar el campo para que la artillería batiese con mas efecto las murallas, lo mandó poner en las huertas cerca de los arrabales. Mientras se verificaba esta operacion, y se fortificaban las estancias, avanzó un destacamento fuerte para ocupar las huertas y contener las salidas del enemigo. Entraron en ellas los capitanes por diferentes puntos con sus batallas ordenadas, mas no sin algun recelo de verse comprometidos en aquel verde laberinto. El maestre de Santiago, que iba delante, previno á sus soldados que se mantuviesen firmes y unidos, asegurándoles que si peleaban con osadía y duraban en el esfuerzo, saldrian triunfantes de cualquiera dificultad y peligro.

Á poco de haber entrado en las huertas, oyeron desde los arrabales el sonido de cajas y trompetas, mezclado con alaridos, y en seguida vieron salir á su encuentro un cuerpo numeroso de infantería mora. Á su cabeza venia el príncipe Cidi Yahye, que los animaba diciéndoles, que iban á pelear por la vida y por la libertad, por sus bienes, por la pátria y por la religion[24]. “Para nosotros, decia, no hay mas recurso que la fuerza de nuestras manos, el valor de nuestros corazones, y la divina proteccion de Alá.” Á esta exhortacion respondieron los moros con aclamaciones, y se arrojaron animosos al combate. Juntáronse entonces las armas enemigas unas con otras en medio de las huertas, y empezaron á herirse con espadas, lanzas, arcabuces y ballestas. Pero las muchas torres y otros edificios, la espesura de los árboles, y las acequias, daban mayor ventaja á los moros que estaban á pié, que á los cristianos que iban á caballo. Visto este inconveniente, mandaron los capitanes cristianos que se apeasen los ginetes y se juntasen con los peones. Entonces se encendió de nuevo la pelea, y con tal furia, que cada uno parecia disponerse con voluntad á la muerte por dársela al enemigo. Á medida que se empeñaba el combate, las tropas de la una y de la otra parte iban separándose de sus banderas por la estrechez y dificultades del terreno, hasta llegar á batirse sueltos ó por pelotones, sin órden de batalla, y sordos asi á las señales de las trompetas como á la voz de los capitanes. Asi es que mientras en una parte vencian los moros, en otra triunfaban los cristianos. En esta confusion sucedia á veces que los combatientes, ciegos de temor, huian de los suyos mismos, y corrian á refugiarse entre los enemigos, no pudiendo distinguir los unos de los otros en aquella oscura frondosidad. Pero la contienda mas reñida fue la que se trabó al derredor de las torres, donde unos y otros se alojaban como en unas fortalezas pequeñas, y que ganaban y perdian alternativamente. Muchas de estas torres fueron incendiadas, aumentándose los horrores del combate con el humo y llamas que envolvian aquellas arboledas, y con los alaridos de los que morian en el fuego.

Algunos de los capitanes cristianos, en vista de aquel desórden y carnicería, quisieran retraerse de la huerta con sus gentes; pero perdido el tino de la salida no supieron efectuar su retirada. Estando asi las cosas, sucedió que una bala derribó el brazo al alférez de uno de los batallones del gran cardenal, y ya la bandera iba á caer en manos del enemigo, cuando Rodrigo de Mendoza, sobrino del cardenal, mozo de pocos años pero intrépido, se abalanzó á salvarla en medio de una lluvia de balas y saetas, y recobrándola, pasó delante contra los moros con sus soldados, que le siguieron con aclamaciones.

Entretanto quedaba el Rey con la demas tropa á la entrada de la huerta, desde donde expedia sus órdenes, y enviaba socorros á los puntos donde parecia necesario. Pero estaba con mucha pena, porque con el impedimento de los árboles y torres, y del humo que todo lo envolvia, le era imposible descubrir lo que pasaba; y los que salian de la pelea, heridos ó desalentados, no le daban mas que noticias confusas ó contradictorias. De los que se le presentaron en este estado fue uno don Juan de Luna, jóven de un mérito particular, muy favorecido del Rey, y de todos bien quisto por sus buenas prendas. Estaba recien casado con doña Catalina de Urrea, dama de no menos hermosura que nobleza[25]. Poniéndole al pié de un árbol, procuraron estancar la sangre que le brotaba de una profunda herida; pero fue diligencia inútil; y el malogrado jóven espiró á los pies de su Soberano, que sintió vivamente esta desgracia.

Por otra parte Mohamed Ben Hazen, rodeado de sus capitanes, contemplaba ansiosamente desde los muros esta escena sanguinaria. Doce horas sin intermision habia durado la batalla, impidiendo los árboles y casas que los de la ciudad supiesen el estado en que se hallaba; pero al través de aquella espesura veian relumbrar las lanzas y cimitarras, y subir por diferentes partes de la huerta columnas de humo, al paso que el estrépito de las armas, el tronar de ribadoquines y espingardas, el clamor de los vencedores, y los gemidos de los moribundos, anunciaban el fatal conflicto de los combatientes. Á éstos se añadian los gritos y lamentos de las mugeres, cuando, traidos en hombros de sus compañeros, veian llegar á las puertas de la ciudad sus parientes mas caros, heridos y ensangrentados. Pero cuando vieron exánime á Reduan de Zalfarga, que era uno de sus capitanes mas valientes, fue general el sentimiento, y subió de todo punto la confusion y espanto de los moros. Poco á poco se fue acercando el rumor de la batalla, y al fin vieron á sus guerreros salir de la huerta peleando, y retraerse á un lugar junto á los arrabales, que habian fortificado con palizadas. Llegando aqui los cristianos, establecieron sus estancias junto á las de los moros, fortificándolas igualmente con palizadas, y mandó el Rey que se sentase el campo en la huerta, que con tanto trabajo se habia ganado.

Mohamed Ben Hazen hizo una salida para socorrer al príncipe Cidi Yahye, é intentó desalojar á los cristianos de la importante posicion que ocupaban; pero iba ya entrando la noche, y la oscuridad hizo inútiles sus esfuerzos. Mas no por eso dejaron los moros de dar varios ataques y rebatos en el discurso de la noche; por manera que los cristianos, rendidos con las fatigas y trabajos de aquel dia, no pudieron disfrutar un momento de reposo[26].

CAPÍTULO XIX.

Sitio de Baza; compromiso del ejército cristiano, y disposiciones con que el Rey completó el cerco de la ciudad.

Al dia siguiente presentaba el campo delante de Baza una escena lastimosa. Los cristianos mostraban en la palidez de sus semblantes los trabajos que habian pasado, y los cadáveres que yacian á montones delante de los cuerpos de guardia, daban indicios de los fieros asaltos sostenidos en el discurso de la noche. Las acequias corrian tintas en sangre; las torres incendiadas humeaban todavia; y el suelo, hollado por las pisadas de hombres y caballos, manifestaba haber sido teatro de terribles conflictos entre sitiados y sitiadores. El Rey, con la experiencia de la noche pasada, se convenció del peligro y trabajo que habria en conservar la posicion que ocupaba, y despues de haber consultado con los cabos principales del ejército, determinó retirar el campo y abandonar las huertas.