VOLVORETA
OBRAS
DE
WENCESLAO FERNÁNDEZ-FLÓREZ
La procesión de los días. (Novela.) (3.ª edición.)—4 pesetas.
Volvoreta. (Novela premiada en el concurso del Círculo de Bellas Artes.) (5.ª edición.)—5 pesetas.
Silencio. (Novelas.) (2.ª edición.)—4 pesetas.
Las gafas del diablo. (Ensayos de humorismo, obra premiada por la Real Academia Española.) (3.ª edición.)—4 pesetas.
Acotaciones de un oyente. (Crónicas parlamentarias.)—4 pesetas.
Ha entrado un ladrón.—5 pesetas.
El espejo irónico. (Ensayos de humorismo.)—5 pesetas.
WENCESLAO FERNÁNDEZ-FLÓREZ
VOLVORETA
(NOVELA PREMIADA EN EL CONCURSO DEL CÍRCULO DE BELLAS ARTES)
(QUINTA EDICIÓN)
MADRID
EDITORIAL PUEYO
ARENAL, 6
1920
ES PROPIEDAD
Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.—Madrid.
CARTA AL ILUSTRE DOCTOR FIAÑO
Cuando terminé de corregir las pruebas de este libro, amado y culto doctor Fiaño, en ese angustioso momento que precede a la aparición de una obra propia ante el público, pensé en ti con terror, con un terror hondo y repentino. Súbitamente vi tus grandes bigotes caídos, tu cráneo calvo, tus ojos menudos en los que luce toda la sabiduría de un doctorado en Filosofía y Letras; te vi detrás de la ventana del Casino y en la tribuna del Ateneo, bajo la terrible oleografía de nuestro señor el Rey, esa oleografía azul, amarilla y roja—irrespetuosamente maculada por todas las moscas de avanzadas ideas que han tenido el honor de volar en ese sabio ambiente, de quince años a esta fecha—y hacia la que tú has extendido fervorosamente tu mano pidiendo un «viva» siempre que al final de tus discursos te ha faltado la inspiración.
Cuando leas esta novela, ¿qué gesto será el tuyo, eminente crítico?... Yo lo sé. Yo sé que con este puñado de cuartillas te voy a producir un lamentable disgusto. Al llegar al final, tú arrojarás el volumen con desaliento; tú harás un gesto de tristeza que será corregido por un gesto de desdén.
Habrás descubierto que esta novela no tiene tesis.
No tiene tesis, ¡ay de mí!, es verdad. ¿Qué viene, entonces, a hacer al mundo?... ¡Dios mío, no lo sé!... Yo bien comprendo que mi deber sería enriquecer la moral del lector con una máxima, o su experiencia con un relato instructivo. Yo no puedo ni aun alegar ignorancia de mis obligaciones. He leído muchos libros en los que hombres más profundos practicaban esa conducta ejemplar. En unos se convencía a las gentes de que el amor de un anciano a una joven es fuente de desgracia; en otros nos advertían los peligros de querer a una mujer morena y voluptuosa; tal novela me enseñó que el ideal huye delante de nosotros; alguna me instruyó acerca de la crueldad de enamorar a una doncellita provinciana cuando uno está de paso por el pueblo. He visto muchos dramas en los que la fatalidad desanudaba las corbatas de los personajes, por esa extraña relación que la tragedia guarda siempre con las corbatas de los cómicos. Todo esto templa el espíritu, es elevado, es educador. Sin duda las moralejas de los libros van delante de la Humanidad, guiándola por el camino del bien y de la ética escrupulosa, y es triste pecado de banalidad haber escrito estas páginas sin que de ellas pueda salir al final, como de una cajita de sorpresa, un apotegma más que se agarre a las riendas del alma y las separe del sendero del mal, por el que han ido tantos estudiantes enamorados de tantas modistas.
No supe, formidable Fiaño, no supe. Cogí, para hacer la novela, el espejo aquel de la frase de Saint-Real que tomó por lema Enrique Beyle, el que amó la Sencillez tanto como yo la amo, y lo paseé, como él quería, a lo largo de un trozo de camino. Nunca copió mi espejo más que la misma vida, y al rebuscar en ella no encontré el sistemático triunfo de una idea, ni el de la acción moral, ni el de la acción impura. Hace tiempo que ha muerto aquella cruel Fatalidad que pasaba lentamente, con sus ojos inmóviles y sin luz, como los de una estatua, a lo largo de las viejas fábulas. Los hombres la vemos apenas como una sombra alta y negra en los horizontes de la antigüedad. Tras ella hicimos surgir otro fantasma: el del Destino moral. Y el Destino moral pasó por nuestras novelas también rígido, también inconmovible, llevando en una mano el premio y en la otra el castigo, para repartirlos con una severa equidad.
Pasó... Yo no alcancé a verlo en los caminos de la Vida, considerable Fiaño. En las novelas que va tejiendo esa Vida, muy pocas veces se preocupa de escribir moraleja. Las mejores páginas son las que ella sabe trazar, y, sin embargo... ¡cuánta sería tu indignación, erudito Fiaño, si un osado escritor recogiese en un libro alguna de esas novelas!... ¿Te acuerdas de Martín?... Martín era joven, era amable, tenía una existencia lógica y feliz. Un día jugó su partida de tresillo en el Club, comentó las murmuraciones del momento, te dió una palmadita en la espalda y se marchó a dormir. Fué a dormir, naturalmente, tranquilamente. Había de madrugar para despedir a su novia, que iba a un balneario.
Martín se acostó tarareando una mazurka, desprendió los tirantes de sus pantalones con una habitual sencillez... Al día siguiente os enterasteis con sorpresa de que Martín había muerto de una inesperada manera repentina. Algo se le había roto en el corazón. Medita, Fiaño, ¡qué absurda manera de terminar el libro! El protagonista ha jugado a las cartas, tiene una novia que va a emprender un viaje, no hay asomos de tragedia, todo circula por un cauce suave y normal. De pronto la novela termina: el hombre hizo una contorsión entre las sábanas y murió estúpidamente. La vida es así, y en la vida, sin embargo, todo puede ser una novela.
Quizás, austero Fiaño, en el rostro de alguno de los personajes que van a desfilar ante ti creas advertir rasgos conocidos, de seres reales. Entonces te indignarás. En mi descargo yo te suplico que recuerdes aquellas palabras de Beyle, mi consejero:
«—¿Cómo se ha atrevido usted a decir tal cosa? Ha pintado usted a lo vivo a Fulano o a Fulana: eso es indiscreto, poco delicado, terrible.» «Los interpelados sonríen. ¿Qué es lo que han tomado ellos de esas personas? Su superficie de muñecos moviéndose en el aire, mientras que ellos mismos, dando vida a esos muñecos, nos han revelado otras cosas. En su ficción nos dejan ver que han sido los amantes, los amigos cobardes o atrevidos de los personajes que han creado en su novela. Han vivido la vida de todos en una ubicuidad mortífera; han sembrado en cada uno los trastornos, los cariños, los errores, las bellezas, las sequedades, las desesperaciones, los sufrimientos, las alegrías que su personaje, diversificándose, ha imaginado sentir. Y todo esto lo ha exagerado o atenuado según el capricho de su fantasía.»
Lo que mi espejo copió aquí está: una brizna de dolor, una brizna de ironía; una sonrisa y algunos de esos episodios que todos pueden vivir. Si no existieses tú, inmenso Fiaño, yo estaría contento, con la ilusión de haber hecho una labor sencilla y clara. Pero el terrible gesto desdeñoso que adivino bajo tus bigotes me preocupa y me amedrenta.
Fiaño: comparezco ante ti con una novela sin tesis... ¡Perdón, Fiaño!
W. Fernández-Flórez.
I
Erguida en el umbral, doña Rosa Abelenda clavaba el mirar agudo de sus ojos en la rapaza, recogida en una modesta actitud.
—¿Quién te mandó venir?
—Mandóme la señora de la Cruz del Souto.
—¿Serviste tú a la señora de la Cruz del Souto?
—Serví en casa de su hermana, en la ciudad, hay dos años por San Martín.
—Y ¿qué sabes hacer?
La moza balanceó el hatillo que llevaba colgante en la diestra. Miró al ama serenamente:
—Sé hacer lo que manden. Pero en la tierra no puedo trabajar; me enferma. Por eso me puse a servir. La señora del Souto me dijo que aquí se necesitaba una muchacha para la labor casera nada más.
Doña Rosa aclaró:
—Pero tendrás que lavar y tendrás que cuidar de la comida del ganado.
—Bien está, sí, señora.
—Y te daré doce reales al mes y un traje por la fiesta.
—En la ciudad ganaba más.
—Pero esto no es la ciudad. Tú dirás si te conviene.
—Bien está, sí, señora.
—Entonces, entra; te voy a enseñar tu habitación.
La moza entró. En la mitad del pasillo inquirió doña Rosa, sin detenerse:
—¿Cómo te llamas?
—Federica.
—¿Federica?... Ese no es un nombre de criada.
Y se volvió para mirar recelosamente el aspecto poco rústico de la moza, en la que la sencilla blusa blanca y la negra saya y los cabellos rizados junto a las sienes delataban un leve refinamiento ciudadano. Doña Rosa observó con cierto disgusto que los zapatos de la muchacha tenían alto el tacón y que llevaba al aire la rubia cabeza, sin el habitual abrigo del pañuelo de seda atado bajo el mentón, con el que doña Rosa había visto, sin excepción alguna, a toda cuanta criada llamó a sus puertas en busca de jornal.
Federica soportó el examen moviendo un brazo en aquel vaivén que imprimía al hatillo, y que era en ella la expresión de un ligero azoramiento. Explicó, sonriente:
—En mi tierra me llamaban también Volvoreta.
—¿Por qué te llamaban Volvoreta?
—No sé.
Tampoco se mostró doña Rosa muy satisfecha del poético apodo: Mariposa... ¡Hum!... Más bien creía ella descubrir en el remoquete condiciones de travesura y de holganza, de vano ir y venir, de ligereza, que mal se acomodarían al cumplimiento de los deberes de trabajo; siguió andando, y gruñó:
—Más valía que te llamasen Pepa o Manuela, como se suelen nombrar las muchachas humildes. Las mejores criadas que yo tuve se llamaban así.
Subieron unos crujientes escalones. En el último piso, en un cuarto formado por tabiques de madera, sin cal y sin papel, y cuyo techo en declive se juntaba al suelo en una tenebrosa angostura, estaba la alcoba de la sirvienta: el catre de lona, y sobre él el jergón de secas hojas de maíz, que mostraba su contenido en las dos aberturas por las que habían de entrar a diario las manos que hubiesen de mullirlo. Una estampa de Santiago el Mayor, tieso en su cabalgadura, que atropellaba a unos pobres moros despavoridos, era todo el adorno de la pared. El viento marino pasaba, estremeciendo una alta ventana casi horizontal, por cuyas uniones hacía entrar, en los días de lluvia, algunas gotas de agua. Y aquella ventana inundaba la estancia de una luz a la que hacía dorada el dorado tono de las desnudas tablas de castaño de la pared.
La casa estaba en medio de la gándara verde y riente. Había sido construída con pretensiones de chalet, con arreglo a un gusto poco común, sin la pesada abundancia de granito que las lluvias frecuentes aconsejan en el país galiciano, con balcones de madera pintada bajo tejados puntiagudos y de salientes aleros. Parecía una casa arrancada de un cromo holandés. Seguramente fuera construída para recreo de veraneantes, y, en algún tiempo, todos los terrenos que la rodeaban habían sido jardín. Aun ahora, frente a la entrada principal, se conservaban unos macizos con camelios y rosales pobres; la hierba que antes bordaba cenefas en sus orillas había aprovechado la ausencia de jardineros para invadir la tierra, y sólo sucumbía en el centro de los caminos, donde las pisadas frecuentes la extirpaban. Las tenaces matas de alhelíes se habían salvado de aquella catástrofe y sobresalían multiplicadas, entre la hierba, con su tono más apagado. Y en primavera, todo su aroma delicioso invadía la vieja casa y el viejo jardín y pasaba a la carretera—entoldada de olmos gigantescos—sobre la verja de barrotes aguzados, rota en tantos sitios y que mal zurcía la hiedra. Un mirto, en algún tiempo recortado en forma de cono, crecía ahora libremente; el antiguo estanque se había ido llenando poco a poco de tierra, y sólo su borde de cemento, cubierto de musgo, sobresalía del nivel del jardín. El angelote mofletudo que soplaba el surtidor a lo alto por un caracol, yacía, roto, con una pierna encogida, como si le doliese aún el quebranto de la otra. Al lado opuesto del edificio extendíanse los campos de labranza, repentinamente cortados por un bosque. Más allá estaba el mar tranquilo de la ría, y los árboles bajaban de la gándara casi hasta la misma orilla y se detenían allí, como gigantes que vacilasen ante un vado.
En su interior la casa perdía aquel exotismo de sus fachadas; pero guardaba en sus muebles y en sus paredes una estrecha relación de ancianidad con lo externo. En las alcobas las camas de hierro habían perdido en parte su barniz, no todas las sillas poseían íntegros sus travesaños; las obscuras maderas de los pisos estaban, en el centro de los corredores y en torno a los muebles de colocación inmutable, desgastadas hasta quedar sus nudos en relieve, y el retrato del señor Abelenda—jefe de la familia, cuyos huesos estaban ya, seguramente, mondos en el camposanto de la ciudad—difícilmente podía conservar el grave prestigio que le daban su condición de jefe y de difunto y la severa toga y el austero birrete de abogado con que el lápiz del dibujante se había complacido en representarle, dentro del marco cuyos dorados se descascarillaban lamentablemente. Rafaela, la vieja fámula que había sido acicalada doncella al servicio de la señora en la casa de la ciudad en los primeros años del matrimonio, la mocita traída por doña Rosa de su solar como azafata, y por ella pulida y educada hasta en los más pequeños ademanes que convienen a una doncella de casa señorial, solía detenerse frecuentemente ante este retrato, con las manos bajo el mandil azul, reposando sobre el vientre, para considerar con una honda tristeza:
—¡Ay, si el difuntiño viese estas cosas!...
Lo primero que «el difuntiño» desconocería, probablemente, sería a la propia Rafaela. En la ruina de las casas los criados son siempre los que, aun a su pesar, revelan claramente, milímetro a milímetro, la velocidad de la caída. Los señores saben, con frecuencia, guardar un gesto de disimulo y un traje cuidadosamente repasado y teñido; los criados, con menos vanidad que defender, se entregan antes a los arañazos de la suerte, así como un vendaval arranca primero todas las hojas secas de un árbol, y aun sus débiles ramas, antes de romperlo. Cuando el señor Abelenda murió y se perdió el pleito contra sus hermanos y se fué a pique su pesquero Rosita en los bajos de la Lobeira—cuatro años seguidos de malaventuras—, la viuda se refugió en aquella casa de la Gándara, que era toda su riqueza, y después de unos meses de desorientación y de anonadamiento, se dedicó, con aquella gran decisión de espíritu, con aquella fuerte voluntad que constituía el fondo de su carácter, a explotar por sí misma las escasas tierras anejas a la finca, y que, dadas en arrendamiento, producían apenas para tapar las goteras del chalet. Licenció a sus terratenientes, y era ella la que discutía el precio del pino cortado y el del ferrado de trigo, y la que alguna noche aparecía en el umbral de la amplia cocina, ordenando:
—Que se acueste Chinto en seguida, que mañana hay que ir temprano con los terneros a la feria del Quince.
Siguiendo la evolución, Rafaela, la doncellita meticulosa, que había ido envejeciendo junto al ama, abandonó poco a poco el negro vestido y el menudo delantal de encajes, y fueron entrando en sus baúles y acumulándose en los clavos de la pared de su alcoba los rojos refajos, los pañuelos de lana y las chambras de franela; engordó lentamente, se tostó su faz y fué cubriéndose de arrugas, desdeñó las tenacillas para peinar sus cabellos, muy estirados hacia atrás, y ató el cabo finísimo de su trenza con cintas de algodón; finalmente, olvidó el castellano. De la cámara de la señora pasó a la cocina; ella hacía el condumio de los jornaleros y empuñaba alguna vez la azada o volvía del campo oculta bajo un enorme y verde haz de hierba, y, despertado atávicamente el cariño a los animales provechosos, común a los labriegos de que descendía, jamás nombraba a la vaca, ni al cerdo ni a las gallinas, sin aplicarles uno de los diminutivos cariñosos en que es tan pródiga la lengua gallega:
—¿Diste de comer a la vaquiña, hom?
O bien:
—Mañana hay que matar al cerdiño pequeño.
Y era un poco cómico ver cómo ella misma ayudaba a sujetar al puerco sobre el banco de la matanza y le dirigía tiernas expresiones mientras el animal lanzaba sus berridos agónicos.
Al servir la cena, Federica curioseó con disimulo el grupo familiar. Isabel, la primogénita, delgada y alta, con el rostro alargado, lo mismo que su madre, y la misma contracción de voluntad en su boca; pálida, a pesar de la vida campestre; perdidas las redondeces de las formas en el frío de sus treinta años de soltera, cumplidos ya. Sergio—al otro lado de doña Rosa, en la mesa de albo mantel—, menudo, enmarañado el pelo, naciente apenas el bozo sobre su boca un poco sensual. Cuando los dos hermanos la miraron, Federica bajó los ojos, recogió la fuente vacía y se marchó.
—¿Es la nueva criada?—inquirió Isabel.
—Es. ¿Qué te parece?
Isabel contestó a su madre con un mohín:
—Bien. Los primeros días todas parecen bien.
Y se sirvió agua, tocando antes con el índice y el pulgar en cruz el borde de la jarra y de la copa, rápidamente. Era uno de los que pudiéramos llamar en ella tics de misticismo. Sin ser de exaltada devoción, más bien fría cumplidora de sus deberes religiosos, estaba poseída y esclavizada por cien preocupaciones de una extravagancia inverosímil. Antes de coger un objeto había de tocarle con sus dedos en cruz; suponía que su mano y su pie izquierdos tenían funesta influencia en sus contactos con las cosas, había dentro de ella una voz misteriosa que le hacía las más absurdas amenazas. Le decía, por ejemplo, esa voz, yendo ella por los campos:
—Debes cambiar de vereda e ir hasta aquel pino alto que hay cerca del trigal.
Y aunque llevase prisa y el camino que le designaba la voz le obligase a un rodeo, iba y tocaba el árbol con sus dedos en cruz; y seguía después, satisfecha. Otras veces se le ocurría pensar, al sonar una hora en el reloj de la casa:
—Debo rezar una salve para que en esta hora no muera mamá.
Y rezaba, y a la hora siguiente volvía a ocurrírsele el mismo temor, y aquella salve la rezaba ya siempre que el timbre del reloj abría una nueva hora. Era, en verdad, una esclavitud que se le hacía muchas veces acongojante. En ocasiones había intentado resistirse a esa tiranía; pero quedaba tan sobresaltada y medrosa, tan desasosegada por la certeza de que había de ocurrirle algún mal, que prefería obedecer el impulso histérico.
Terminada la cena de los amos, Federica ocupó su puesto en la gran mesa de blanco pino, cerca del hogar, en la amplísima cocina de la casa. Rafaela le señaló un lugar, bajo la lámpara de petróleo colgada en la pared. Rafaela era el ama en aquel recinto. Colorada por el fuego, iba y venía distribuyendo el caldo sabroso y el pan dorado de maíz. Sólo Chinto no comía en la mesa. Falto de costumbre, apenas rebosaban en su cuenco las verdes coles tronzadas en menudos pedazos y humeaba entre ellas el caldo en que las costillas de cerdo habían dejado pequeños discos de grasa, Chinto, el mozo de labor, alargaba para cogerlo sus anchas manos recias, deformadas por el rudo trabajo, negras por la tierra, con cicatrices de cortes de hoz, grandes, de dura piel callosa; y apartaba su taburete de la mesa y se encorvaba sobre la taza, izando el contenido hasta la boca con su fuerte cuchara de boj. Cuchara de boj: Chinto no concebía que se pudiese comer el caldo con una cuchara de metal. Ningún sibarita puso jamás en el saboreo de manjar alguno la delectación con que el labriego engullía el clásico alimento, hasta limpiar con sus labios endurecidos la harina de la deshecha patata, que se adhería al boj; en los días señalados, cuando bajaba el vino a la cocina, Chinto vertía una parte de su ración en el cuenco de barro esmaltado para limpiarlo con él, y lo bebía tras de agitar la taza lentamente.
—¡Por eso!—alababa—... no hay casa de rico en la Gándara donde se tome el caldo como en la casa de Abelenda. ¡Así Dios me salve!
Federica comió calladamente, oyendo la charla de los jornaleros, que despertaba en ella el recuerdo de las charlas en torno al hogar, en su casita de Dumbría, entre los pinares abundantes que llenaban montes y montes. Desde la pared la lámpara daba luminosidad de halo a sus rubios cabellos. Después, poco a poco, dejó de escuchar porque su alma marchó tras el recuerdo. Doña Rosa apareció bruscamente en lo sumo de la breve escalera que daba acceso a la cocina. Se destacaba sobre el negro vano.
—Chinto, puedes cerrar. Buenas noches a todos.
—Buenas noches nos dé Dios—contestó el coro de voces.
Y los zuecos claveteados de Chinto resonaron, arrastrándose por el cemento. Los jornaleros marcháronse tras él. Rafaela fregoteaba, envuelta en un mandil de arpillera. Menguaba la llama en el quinqué. La vieja servidora advirtió a Federica:
—Puedes irte a acostar.
Y la moza se puso en pie:
—¿Quiere que le ayude?
—No; vete a acostar.
Se oyó en toda la casa el chirrido del pasador de hierro que Chinto corría en la recia puerta. Federica deseó, humildemente:
—¡Descansar!...
Aún le avisó Rafaela, sacando del barreño un brazo humeante:
—Si tienes miedo por la noche, llamas a la pared. Yo duermo al lado.
La moza sonrió:
—Nunca tengo miedo.
Y subió a su alcoba y se acostó. Vió lucir una estrella sobre su cabeza al través del amplio tragaluz; después vió cómo una nube la tapaba; luego sintió el rumor de los árboles, y oyó correr, empujada por el viento, una arenita por el cinc del tejado. En el crujiente jergón de hojas su cuerpo hizo pronto un hueco profundo. Y todas esas pequeñas cosas: la estrellita lejana, y la arena, y el remoto rumor, y la sensación de estar hundida blandamente, la llenaron de dulce pereza y estiró su cuerpo entre el alboroto de las hojas, y sonrió, pensando:
—En invierno se debe de dormir muy bien aquí.
II
En las tardes serenas, Sergio bajaba a estudiar al viejo jardín. Más que a estudiar, a dejar correr su alma, libre de fiscalizaciones que leyesen la distracción en sus ojos fijos en las páginas. Doña Rosa se había obstinado en que Sergio fuese bachiller. Se abrió luego un paréntesis duradero de vacilaciones y de dudas respecto a su porvenir. Doña Rosa hubiera querido hacerle abogado para que la toga y el birrete tuviesen en la familia otra representación más eficaz que en el retrato del difunto; pero ni aun con grandes esfuerzos podría sostenerse el largo derroche de una estancia en Santiago. Un día, al fin, don Miguel, el cura de Santa María de la Gándara, al volver de un viaje a la ciudad se detuvo en la quinta para ofrecer a doña Rosa la solución del porvenir del pequeño Abelenda. Desplegó un ejemplar de la Gaceta y leyó una convocatoria para cubrir buen número de plazas del Cuerpo de Correos.
—Un porvenir, doña Rosa, un porvenir. Esto es cosa que está naciendo aún y puede hacerse carrera. Y nada de gastos, ¿sabe?; se le compran los libros y que estudie en casita, ¡caramba!, que algo ha de hacer.
Doña Rosa torció un poco el gesto. Y aquello, ¿qué era?... Verdaderamente, don Miguel no debía olvidar que los Abelendas eran gente de distinción, que habían tenido siempre profesiones brillantes. Mal estaban los tiempos; pero también... convertir en cartero a un Abelenda... Quizás valiese más esperar, con la ayuda de Dios...
Mas don Miguel protestó, indignado. ¿Cómo, cartero?... Entonces su señora doña Rosa no tenía ni la más remota idea de lo que se trataba. Eran plazas de oficial, de o-fi-cial de Correos. Los hijos del coronel Varela se estaban preparando ya, y un sobrino del fiscal de la Audiencia con ellos. Mucho señorío.
—No; no es cosa trivial.
Argumentó aún, como para derrotar todo escrúpulo:
—Además tienen uniforme con espadín. Y digo yo que un hombre que lleva un espadín lleva un diploma. ¿No es esto?
Doña Rosa meditó:
—¿Llevan espadín?
—Llevan espadín, doña Rosa. Me consta.
La madre se dejó vencer. Como pariente del coronel, el cura comprometióse a suministrar más amplios detalles y a traer de la ciudad los libros precisos; más aún: él ayudaría a Sergio en los estudios conforme su humilde ciencia se lo permitiese. Un par de veces por semana que fuese a la rectoral. Ya era tiempo de decidirse: diez y ocho años hechos por San Juan y sin camino abierto... Los vicios podrían posarse en él, a pesar del edificante ambiente de la casa. ¡A estudiar, señor!... Y así quedó decidido el porvenir de un Abelenda.
Pero Sergio acogió de mala gana las áridas materias de la preparación. Especialmente entre los millares y millares de nombres de la Geografía postal, su memoria naufragaba. Bajo la vigilancia de su madre o de Isabel, sentado cerca de ellas en la galería, le irritaba, en medio de una distracción, la voz que le recriminaba con acento eternamente igual:
—Estudia, Sergio.
Y optó por hacer del jardín su lugar de estudio, al amparo de sutiles pretextos. Una hora después de comer bajaba con sus libros y se tumbaba sobre la hierba, bajo la sombra de los manzanos y de los perales mandados plantar por doña Rosa en un triunfo del utilitarismo sobre la estética. Y tumbado cara al cielo, se dejaba mecer en el poderoso runrún de vida del campo: el insecto zumbador, la inquietud de las hojas, el agua de los surcos... todo, en fin, lo que entraba en aquella vibración perenne, en aquel hervor de existencias a ras de la tierra, sobre la tierra y bajo la tierra; la mies que ondea, los pájaros piadores, el topo que socava, y el viento y el mar y los regatos y las nubes lentas, de formas cambiantes, que al pasar ante el sol hacían correr unas largas manchas de sombra por el suelo.
A veces, por entre los podridos barrotes que separaban ambos jardines venía Juan, el hijo de la vecina señora de Solís, a solicitar de Sergio una fruta. La casa de los Solís estaba contigua. La envolvía siempre una preocupación de tristeza. Ni en las ferias, ni en las romerías, ni en las reuniones en que se juntaban de cuando en cuando los señores de la Gándara, se vió jamás a los vecinos de los Abelendas. Tan sólo alguna vez, en las mañanas veraniegas, doña María, envuelta en sus negros vestidos, flaca y adolorida, paseaba por la carretera el cochecito en que su hijo menor estaba, hacía tres meses ya, entablillado, tieso, siempre mudo, lívido, como un cadáver que sólo conservase vivos sus ojos, ojos grandes que parecían tener la grave mirada de un hombre maduro, en aquel cuerpecito enclenque de siete años.
Doña María de Solís había tenido cinco hijos. Al cumplir los diez y seis años murió el mayor; cerca de ellos también murió la segundogénita. Doña María, arrebatada de horror y de duelo, se propuso defender a los aún vivos contra aquel horrible destino. Y se enterró en el campo para siempre, dispuesta a la lucha diaria y heroica con la muerte, pero invadida de tristes presentimientos. Todos cuantos medios de prevención pudo conocer los puso en práctica. Se dormía en la casa con las ventanas abiertas, entre el susto de las criadas aldeanas; se ajustaban las comidas a métodos dispuestos por el doctor; una fámula fué despedida por haber dejado beber a los niños un sorbo de leche sin hervir; ante el temor de que pudiesen, a hurtadillas, comer fruta verde en el huerto, los árboles fueron talados. En el centro del jardín, doña María hizo construir una choza de tablas bien unidas, techada de cristal. Allí, tendidos sobre un colchón, todos los días sus hijos tomaban, bajo su dirección meticulosa, un largo baño de sol. El sol era la máxima esperanza de la madre infeliz; ella había oído asegurar a alguien la salvación de un hemoptísico por ese medio. El doctor consultado no negó la posibilidad. Doña María entonces sintió encenderse la llamita de la fe en su pecho. Si podía curar, ¿cómo no había de prevenir?... Y el sol iba tostando, a la hora de sus mayores energías, los cuerpos delgados y angulosos, de fina piel, de Maruja y de Juan—al pequeñín no podía sacársele de su tabla—, cuyos quince y cuyos diez años iba viendo doña María, con una mezcla de temor y de confianza, aproximarse al plazo fatal.
Esta tarde, como casi todas, Juan asomó el estrecho cráneo entre los barrotes y siseó, para advertir a Sergio de su presencia.
—¿Me das una manzana?
Pedía con una vocecita triste, con acento aldeano, alargando las vocales. Estaba envuelto en un mandilón de luto que hacía mayor su palidez de raquítico. A Sergio le inspiraba una piedad mezclada con repulsión, una repulsión orgánica: la del fuerte para el débil. Cuando, alguna vez, tocaba las manos del niño, siempre frías, frotaba luego las suyas, sin darse cuenta, contra las ropas.
—¿Me das una manzana?
—No hay manzanas hoy.
Retiró un poco la cabeza el pequeño, y se elevaron más los arcos de sus cejas inclinadas hacia afuera, en una constante expresión penosa. La mirada de sus grandes ojos vagó por los árboles. Volvió a hablar, lento, con su tono de mendigo:
—Sí las hay. Yo las veo.
El joven le entregó la fruta apetecida, de mal humor. Luego fingió abstraerse en el estudio. Pasó un rato aún. Federica apareció de pronto en el extremo de la calle de arbustos, con un cestón vacío en sus manos. Sergio miró rápidamente para la verja donde, entre yedra, la pálida cara de Juan permanecía aún, contemplándole.
—¿Todavía estás ahí?—gruñó él, incorporándose.
Se sentían cercanos, al otro lado de la valla, los pasos de la criada de los Solís, que volvía arrastrando el cochecito del enfermo. Juan ocultó apresuradamente la manzana bajo su ropa y huyó, temeroso. Entonces Sergio volvió a inclinar su cuerpo, medio soliviado, para contemplar a Federica, que había arrojado al suelo el cestón y comenzaba a llenarlo con los frutos de que despojaba a las ramas. Y cuando el joven se vió sorprendido en su mirada por la de la moza, preguntó, como si quisiera justificar su curiosidad:
—¿Para quién son?
—No sé, señorito; me mandó doña Rosa.
Y él volvió los ojos al libro. Pero sentía palpitar su corazón en el cobarde deseo de hablar algo más. Poco a poco, en los quince días que la joven llevaba en la casa, había ido sintiendo crecer su interés por ella. La tez levemente rosada, los grandes ojos cándidos, de verde tono; el pelo del color de la miel, de un rubio apagado; el joven cuerpo arrogante, lleno sin abundancia, de turgencias firmes, había ido grabándose, detalle por detalle, en el recuerdo de él. Noches atrás, en el obscuro corredor que conducía a la cocina, se habían tropezado sin verse. La mano del varón, en la instintiva defensa, se apoyó fuertemente en el pecho de Federica. Ella rió, tras un «¡Jesús!» de susto. Él quiso reir también; pero su mano conservaba la sensación del dulce contacto, y al evocarla aún quemaba más la sangre en sus venas.
El deseo de hablar, de decir a la joven cualquiera palabra, por banal que fuese, se acrecentaba en aquella soledad del rincón huertano y se hacía en Sergio casi doloroso. Miraba ir y venir la gentileza de aquella figura—quizás demasiado plena ya, demasiado hecha para sus diez y seis años—, y la frase que parecía ir a brotar no se formulaba en su cerebro.
Federica, al fin, llena la cesta, volvióse hacia él:
—¿Quiere ayudarme, señorito?
Y él acudió, y alzaron la carga hasta la cabeza de la servidora.
—¿Va bien?
—Va bien; muchas gracias.
Se alejó hacia la casa. Volvió Sergio a tenderse y a mirar al cielo y a soñar, ahora con un fuerte latido en sus arterias. En el ensueño se refugiaba su timidez de muchacho alejado por la vida aldeana del trato con el sexo femenino. Sus vagos anhelos, los requerimientos de su sana juventud no habían tenido nunca más que una sola concreción sentimental, grotesca—él se lo confesaba: grotesca—. A los diez años Sergio se había enamorado profundamente de Celsa Ruiz, ya casada entonces con Poupariña, José Poupariña, el dueño de la casa del Pinar. Celsa Ruiz era gran amiga de Isabel y solía pasar las tardes en la quinta de los Abelendas. Desde su rincón, Sergio la miraba arrobado. ¿Sabéis lo que son esas prematuras pasiones de los niños, tan frecuentes, tan tiernas, conservadas en un extraño secreto, llenas de detalles conmovedores, que después la gravedad de los años va haciendo olvidar?... Sergio guardó una horquilla caída de la amada cabeza y el hueso de una claudia que ella comió, y vagaba por el Pinar para extasiarse en la blanca casa de Poupariña, y un día en que Celsa le besó como se besa a un niño, Sergio corrió a su alcoba, enloquecido, y se arrojó sobre la blanca cama y rompió a llorar.
Nunca otro nombre tuvo para él la dulce música de aquel nombre. Su exaltación cristalizó en unos versos absurdos en los que mezcló todos cuantos tópicos habían ido dejando en su memoria las lecturas escolares. Les tituló A C***, con tres estrellitas junto a la C, como escapándose por su boca abierta, como él había visto en dedicatorias análogas. Luego pensó que el nombre de Celsa tenía cinco letras y le pareció imprescindible añadir una estrellita más. Tus ojos—decía el primer verso—Tus ojos causan enojos...
Dos años duró esta pasión. Celsa dejó de pronto de hacer tan frecuentes visitas a Isabel. Advertía Sergio, alarmado, un evidente desmejoramiento en la amada. Celsa estaba pálida. Celsa tenía unos cercos obscuros en los ojos. El mal fué creciendo. Se hundieron las suaves mejillas, se ensanchó la cintura, se deformó el cuerpo adorado en una lamentable hinchazón. Celsa caminaba lentamente, gemía alguna vez, y, cuando engullía en el amplio mirador, a la hora de la merienda, el sabroso dulce de cerezas de doña Rosa, se lamentaba:
—Acaso mañana no pueda venir a probarlo. Sírvame un poco más, doña Rosa. ¡Qué manos de mujer! ¡Cómo sabe darle el punto al almíbar!
Y un día, en efecto, no fué; ni al siguiente, ni en la semana, ni en el mes. Sergio supo que no salía de la casa del Pinar. ¡Oh, si ella muriese!... El rapazuelo se entenebreció, obsesionado por la fúnebre idea; comía poco; vagaba, siempre que podía escapar, por los alrededores de la blanca casita, jaula de la doliente. Cierta noche, después de un día angustioso en que la lluvia había impedido su habitual correría, oyó pronunciar entre la servidumbre, sentada en torno a la amplia mesa de la cocina, el nombre del señor del Pinar. Chinto había estado allí aquella tarde, a llevar un regalo de la señora: un bote del dulce tan grato a la enferma. Entonces Sergio inquirió:
—Y ¿sabes cómo está doña Celsa?
—Va marchando—contestó el labriego.
El niño insistió, tras una pausa, fijos sus ojos en el ascua del hogar, con la emoción de quien teme perder para siempre algo muy caro:
—¿Quedará siempre así, tan hinchada?
Estallaron risas unánimes. Chinto, socarrón, uniendo sus manazas en torno al cuenco de barro, replicó:
—No quedará, hom, si Dios quiere.
Sergio indagó, cándidamente intrigado por las risas:
—Entonces, ¿qué tiene?
—¡Ay—zumbó Chinto—, lo que tiene que te lo explique el señor Poupariña, a ver qué demontres le hizo, que él lo sabe bien!
Tornaron a sonar las carcajadas chillonas. Rafaela, riente también, censuró:
—¡Vaya, Chinto!...
Sergio, azorado ante la hilaridad inexplicable, enmudeció y se fué; pero a solas interrogó al criado:
—Dime ahora qué tiene doña Celsa.
—Y ¿qué va a tener, rapaz?... Está embarazada.
E hizo un breve y brutal comento, riéndose apagadamente, con la negruzca punta del cigarrillo colgando, pegada a un solo labio.
Aquello fué un golpe de hacha en la pasión infantil. Vibró de indignación y de asco su tierno espíritu. Durante varios días se obsesionaron en su oído las palabras del gañán, y le martirizaban más agudamente aún que un sufrimiento físico. Nada fué entonces tan innoble para él como Celsa. Su imaginación se la representaba de continuo entregada a actos repugnantes, que él no podía precisar concretamente, en unión del protervo Poupariña. Y odió a Poupariña, a sus ojos saltones, que se le antojaron desencajados por curiosidades abyectas, a su barbita de chivo, a sus manos peludas... ¿Cómo podría Celsa soportar las caricias de aquellas manos de ogro?... Celsa murió dolorosamente en el corazón del rapaz; quedó bajo la losa de un recuerdo de humillación y asqueamiento. La revelación brusca de la triste y miserable verdad de la vida casi enfermó al niño. Una noche, heroicamente, rompió sus versos y tiró por la ventana, al obscuro jardín, el hueso de claudia amorosamente guardado. Lo tiró con tanta rabia y con tanto desprecio como si hubiese estado en la boca de Poupariña, bajo el bigote, en el que un día, comiendo en el Pinar, vió quedar colgantes unos pequeños trozos de fideos.
Desde aquella ocasión desventurada, Sergio no volvió a sentir al amor llamar francamente a las puertas de su corazón ya juvenil. Pero el ansia palpitaba en su interior y él sentía muchas veces sus estremecimientos, como las madres sienten los de los hijos ocultos aún en sus entrañas. Y ahora era Federica la que le agigantaba, de una manera bien distinta, ciertamente, a aquella de los años de la niñez, sin tópicos en verso, sin el ensueño candoroso, sin huesos de claudia guardados a hurtadillas, con una mareante emoción en el alma trémula. Ahora, Sergio, más que manías de fetichismos amorosos, tenía la de recorrer frecuentemente el obscuro pasillo que unía el comedor con la cocina, y cuando, por casualidad, la nueva criada transcurría al mismo tiempo por él, irremediablemente tropezaban.
Aquella tarde, caídas ya las primeras sombras azules sobre la aldea, Sergio halló a Federica en el umbral. Con esa brusca valentía que a veces tienen los tímidos, él, alentado por el ambiente y la soledad confidencial de los anocheceres, le asió una mano por la espalda, como en juego, y al volverse la moza, aun sin intentarlo, el brazo de Sergio rodeó el talle femenil, libre de corsé, en el que la carne palpitaba. Los grandes ojos verdes lo miraron con su cándida serenidad. Sonreía él, azorado. Dijo Federica, en voz baja, con un misterio de cómplice:
—Suelte, que van a vernos.
Y marchó hacia el campo. Sergio entró en su casa, tembloroso de dicha.
III
Al día siguiente, doña Rosa y su hija disponíanse a salir para visitar a los Poupariña. Celsa ya no aparecía por la Gándara sino de tarde en tarde; la prole había aumentado en aquellos nueve años, y los quehaceres de la casa con ella; Celsa, además, estaba siempre entregada a las molestias de la concepción. Su prolijidad era tal, que no se la concebía sin el vientre hinchado y la tez pálida, hundidas las mejillas, lento el andar. Doña Rosa e Isabel, cuando algún ocio se lo consentía, si las corredoiras estaban sin barro, iban a charlar un rato con la vieja amiga, y estas visitas, cada vez más rareadas, se revestían de caracteres de acontecimiento, en la soledad en que unas y otras veían transcurrir su vida.
Sergio esperaba con impaciencia el momento en que la marcha de las mujeres le dejase dentro de la casa en libertad de arrojar sus libros y consagrarse a la persecución de Federica. Vió irse rehaciendo sobre la cabeza de su madre el alto moño que nunca quiso trocar por otro peinado; vió cómo Isabel se empolvaba ligeramente ante el espejo... Al fin las vió dirigirse a la puerta. Pero desde la carretera llegó el sonido de un cascabel, y un tílburi tirado por un caballo del país, pequeño y peludo, se detuvo ante la verja; Isabel adivinó:
—Es Rodeiro.
Era Rodeiro. Pronto se vió su corpulenta estatura envuelta en el invariable traje de pana de color caramelo. Sus grandes bigotes obscuros dividían en dos la redonda cara picada de viruelas, como si hubiesen pasado por ella un ancho pincel embetunado. Isabel y su madre se miraron, indecisas. Isabel había sentido siempre cierta cordialidad hacia el mocetón. Aun ahora, pese a los cuarenta años de Rodeiro, que hacían resaltar la panza bajo la chaqueta abotonada hasta el cuello como una casaca, la señorita de Abelenda tenía ante él ciertos rubores y ciertas alegres risas inusitadas, y sus ojos vulgares brillaban más. Acaso Rodeiro la había querido secretamente alguna vez. La verdad era que sus atenciones para con ella nunca habían pasado los límites de cortesías de amigo. Cuando perdió casi toda su hacienda y arrendó su casita de la Gándara para marchar a hacerse cargo de su destinejo en Madrid, se afirmó en los contornos que Rodeiro volvería a pedir a Isabel. Rodeiro volvió, pasados tres años, trasladado a la capital gallega; entonces iba frecuentemente a la Gándara, donde una vieja servidora cuidaba de su caserón y del minúsculo huerto. Pero el repatriado no habló jamás de amor con la hija de doña Rosa. Llegaba a veces, bebía un gran vaso de claro vino de la tierra, rogaba a la joven que tocase una canción gallega en el piano, hablaba mal de Castilla, con la estentórea pasión que ponía siempre en sus afirmaciones, y volvía a marchar alegremente. Sergio lo vió ahora entrar, maldiciendo de la inoportuna visita.
—¿Qué?... ¿Iban a salir?... Me marcho.
Isabel le disuadió cortésmente:
—Salíamos por no saber qué hacer. Puede quedarse.
—¿Es que hay misión en la iglesia?
Doña Rosa rechazó la sorna de la pregunta:
—No hay misión, republicanote; no hay misión, aunque buena falta hacía. ¿Es verdad que le da a usted ahora por escribir en El Avance?
Rodeiro sonrió:
—¿Quién lo dijo?
—Lo dijo don Miguel.
Rodeiro se acomodó en una silla, echando hacia adelante el robusto pecho, que parecía ir a hacer estallar la pana.
—No; no es totalmente exacto. No puedo negar que los de El Avance me han pedido que les lleve algo alguna vez. Pero hasta ahora estoy indeciso. Lo que hice el otro día fué un suelto contra don Rosendo, el cacique de la Gándara. Bien lo merece, ¿eh?... Ya sabe usted cuánto daño le debo. ¿Leyeron el artículo?... No estaba mal. Firmaba Oriedor, un seudónimo que se me ocurrió: es el apellido al revés.
Se dejó admirar, retrepado en la silla.
—Pero de eso a que me haya alistado con ellos, hay un abismo... Yo tengo mis ideas; voy más allá. Creía en Rosales, ¿sabe usted?... En Rosales, sí, ¡caramba!... Tan austero, tan grave, tan puro... Toda aquella gente lo adora. A los «fondos» de El Avance que hace él no hay nada que pedirles. Realmente, el partido tiene fuerza en la ciudad y gana elecciones desde que ese hombre está a su frente... Sin embargo, tengo que confesar que hoy... que hoy me encuentro un poco distanciado de él... Hay cosas...
Hizo chasquear la lengua, con un gesto de disgusto en la ancha cara. Luego, como adoptando una resolución, contó:
—Aquí, en confianza... El otro día jugábamos en el Casino... entre amigos... por distraernos... Tallaba yo. Entonces entró Rosales y dió unas vueltas alrededor de la mesa, y al cabo de un rato apuntó una peseta. Ganó. Se me ocurrió pensar: «He aquí una ocasión de conocer a este hombre», y al pagarle grité, como si me distrajese: «Dos, que hacen cuatro», y le dí cuatro pesetas. «Si es el hombre austero que imagino, las devolverá», me dije. Pero Rosales se guardó las cuatro pesetas y se marchó. Al llegar a casa anoté en mi diario: «Todos son unos.» Y para mí es como si le hubiese puesto un epitafio.
Doña Rosa opinó:
—No debe usted jugar.
Él hizo un mohín:
—No juego casi nunca, más que por distracción. Jugar alguna vez está bien. Debiera ser obligatorio. Presta energía, acostumbra a la conformidad con la desgracia. El jugador piensa: «Ha venido la mala»; y tiene la fortaleza de la fatalidad.
Isabel le miraba cariñosamente:
—Y ese ascenso, ¿cuándo llega?
Él hizo un gesto ambiguo:
—No sé; le temo mucho al ascenso. Pudieran trasladarme, alejarme de aquí, quizás hacerme marchar otra vez a Castilla. ¡Aquella Castilla horrible, seca, amarillenta!...
Su amor a la tierra, siempre extremoso desde que advirtió el menosprecio fuera de ella, se agudizó en aquel instante. Suplicó:
—¿Quiere tocar algo, Sabeliña?
Isabel sonrió, abriendo con lentitud la tapa del viejo piano de teclas gastadas a través de los años por sus dedos. Pasó el índice y el pulgar en cruz por toda la escala suavemente, sin despertar los sonidos. Inquirió, mirando al techo:
—¿Y qué quiere que toque?
—Negra sombra. Haga el favor, Sabeliña.
Y Sabela continuó un momento mirando al techo, como si estuviese recordando la melodía que tantas veces había tocado ya. Era la favorita de Rodeiro. Como su voz, un poco dura, no le permitía cantar, seguía a boca cerrada las inflexiones de la triste sonata, elevando las cejas, estirando lentamente el cuello con un leve balanceo de su humanidad, cabeceando. Alguna vez se atrevía a pronunciar en falsete una frase del canto, pronto cortada:
ô pe d’os meus cabezales...
Una noche en Madrid, oyendo cantar inesperadamente en el Real a las masas Clavé este coro, rompió en sollozos, invadido por una morriña gigantesca, y si al salir del teatro pudiese hacerlo, aquella misma noche hubiese tomado el tren para Galicia.
Del viejo piano salieron de pronto las primeras notas melancólicas de la balada. Sergio, oculto en un extremo de la amplia galería, abandonó su libro y se asomó. Con esa admirable facilidad con que el alma sabe encontrar en los paisajes el mismo matiz de su sentimiento, le pareció que la gándara toda estaba invadida de aquella misma suave y enamorada tristeza del cantar. Moría el sol, y al morir besaba a la casita y parecía encenderla en rubor. Los pinos del bosque se iban tornando negros. Todo el campo estaba en una gran quietud, y en una negra parcela recientemente roturada, los montoncitos de tierra y raíces ardían lentamente, dejando escapar columnitas de humo blanco y azul. Cuando el disco luminoso y sangriento se hundió subieron haces de luz enrojecida al sereno cielo de otoño, y la serenidad misma de los cielos cayó sobre la tierra toda. Se hicieron más sombríos los hondos surcos de las corredoiras que cruzaban los sembrados como cauces secos; nació tras el bosque la sutil neblina del mar callado; una creciente vaguedad envolvió el verdor de la tierra, la blancura de las casitas diseminadas, el grupo de castaños de un soto; y en una heredad, el agua de un regato brilló de pronto metálicamente, como una lanza de plata tendida en el suelo. La noche nacía abajo, como nace en la aldea; en los surcos hondos y entre las copas de los árboles y bajo los rústicos alpendes y en las laderas de los montes, donde el rudo tojo comenzaba a cubrirse con su hermosa flor dorada. Y en los montoncitos de rastrojo que ardían se hizo más blanco el humo, y en uno de ellos se vió—cuando las sombras crecieron—la mancha roja del ascua. Al final de la gándara, al través de la noche, parpadeó una luz blanquecina: la de la casa del Pinar...
Sintiéronse, bajo la galería, los pasos pesados de los bueyes que tornaban, conducidos por Chinto, invisibles todos en las tinieblas.
Y hacia aquel tierno desleimiento de las cosas, hacia aquella dulzura, volaban por las ventanas abiertas las notas de las baladas de melancolía, como si volviesen a la tierra que les hizo nacer, para transformarse en el grato misterio de la noche y ser al día siguiente florecillas de tojo o mariposas, o sumarse perpetuamente al rumor de los pinos o al ronroneo del mar, donde el músico las había hecho cautivas, y en aquella dulzura crecía en Sergio la multiforme ansia juvenil: obscuro deseo de llorar, obscuro deseo de cariño, confuso despertar acongojado de recuerdos: el de un verso, el de un rincón umbroso del pinar, el del cuerpo tibio y duro de Federica...
Y Federica entró. Dibujóse toda ella en la luz que llegaba del comedor hasta la galería y hasta un trozo del huerto. Fué descolgando del cordel donde se secaban los encajes trabajados por Isabel, puestos aquella tarde al sol. Cuando se acercó al extremo obscuro donde Sergio anhelaba, los brazos del joven la ciñeron fuertemente. En voz muy tenue, junto al rostro de la rapaza, afirmó como si suplicase:
—¡Te quiero; te quiero!
Y la besó. El cuerpo de la joven, sudoroso por el ajetreo de la jornada, olía a romero, un humano olor a romero. Y aquel olor se obstinó toda la noche en la memoria de Sergio y le permitió volver a gozar el instante dichoso y paladearlo diez veces, cien veces, con la misma fuerza de la realidad gustada.
Cuando Sergio veía salir a Federica por el portón con el enorme lío de ropa, bien atado, puesto sobre la rubia cabeza, marchaba él hacia el río por caminos recónditos. Se encontraban allí. Ocurría una vez por semana. El resto del tiempo, encerrados en un disimulo cuidadoso, apenas si podían concederse una breve charla en el jardín, un furtivo beso en un pasillo, un contacto de apariencia casual cuando Federica servía a la mesa. Todo con un sobresalto, con un temor que hacía palpitar sus corazones.
El río estaba distante, oculto de la casa por la suave curva de la gándara y por tojos crecidos. A sus orillas erguíanse sanguiños y álamos jóvenes de hojas plateadas, que cruzaban sus copas de una a otra margen. Charlaban los novios mientras ella batía en la piedra blanqueada del lavadero las telas chorreantes y enturbiaba el agua con el jabón. Sentía Sergio, viéndola así, un sordo rencor contra la injusticia de la suerte.
—No debías tú venir al río. Mi madre hace mal en mandarte...
Ella le miraba riente, sin compartir su cólera:
—No me hace daño.
—Tú naciste más bien para señorita.
Se sentía halagada y suspendía el recio frote en la tela:
—¿Por qué?
Y le gustaba oir cómo él analizaba sus gracias: las cejas de trazo fino, el suave color de miel del pelo recogido sobre la nuca, los grandes ojos, la silueta airosa, pese a la redondez especial de las formas. Terminaba él:
—Tú eres la hija de unos señores que te abandonaron en la aldea. Cuando menos lo pienses te reclama el príncipe, tu padre.
Una vez preguntó:
—¿Por qué te llaman Volvoreta?
Y ella, sencillamente:
—Por ser así, ¿sabes?, un poco traviesa... Tenía muchos novios... A lo mejor, tres a un tiempo... Los sábados llegaban los mozos de aldeas distantes a llamar a la puerta de nuestra casa para tunar conmigo.
Él calló, pensativo y celoso.
—Era por risa, no creas: no me gustaban. Ya ves, en cuanto pude me marché a la ciudad.
Los domingos eran para el enamorado los días más felices. Esperaba, soñando, la hora de la tarde en que Federica había de obtener licencia para alejarse del chalet. Por la mañana era preciso acompañar a su familia a la misa de Santa María de la Gándara. Atravesaba los caminitos aldeanos sin advertir el airecillo mañanero, lleno de todos los perfumes del monte, ni el brillo del sol, ni aquel aspecto especial de los campos, sin gente más que en las veredas; mujeres engalanadas con pañuelos en la cabeza y refajos chillones o negras faldas de merino, y aldeanos que lucían la blanca camisa de lienzo, y sobre un hombro la chaqueta de remontas de pana; gentes que saludaban respetuosamente, cediendo el angosto paso:
—Buenos días nos dé Dios, doña Rosa y la compaña. ¿Y luego?... ¿Se va a oir la misa?
—Para allá vamos.
—¡Vaya, que Dios les ayude!
La pequeña iglesia, cercana al mar, amarilleaba bajo los líquenes. La cuerda de las campanas caía sobre la fachada, y el acólito las hacía sonar desde el mismo atrio. Don Miguel decía la misa con lentitud. Después, en el presbiterio, pronunciaba invariablemente un sermón, en el que a veces hasta hacía reproches a personas determinadas, a las que nombraba sin eufemismo. Los aldeanos le oían con sumisión. Sus homilías tenían a veces este tono:
—Ved el caso de Mingos, el del Pinar, que hizo un pozo en la Xesteira y se gastó todo el dinero que le dieron en la taberna de la Miñoca. Y su mujer anda layando con el hambre y sus hijos también. Después queréis que con estos ejemplos en la feligresía ampare Dios vuestras cosechas, y cuando pedís que cesen las lluvias no vos acordáis de vuestros pecados. En cuanto a María, la de Gayoso, y a Rosendo el Tolo, que den gracias a que están presentes los señores de Abelenda y de la Cruz del Souto, más los del Pinar; si no, bien les iba a poner colorados por los ejemplos que están dando en todas las corredoiras de la Gándara, que parece que no, pero yo bien me entero de todo.
Después de la misa, en el atrio, los aldeanos formaban grupos pintorescos. Los señores de los contornos que tenían asiento en el presbiterio se detenían también a charlar brevemente antes de seguir los divergentes caminos. El atrio estaba alfombrado de hierba. En un rincón veíase el sepulcro de los Rodeiros—el más hidalgo apellido de la Gándara—, humilde y blanco, con un escudo borroso. Cerca de él, un corpulento castaño lo envolvía totalmente en sombra, y a veces sentábanse las rapazas en la losa para palicar. Poco a poco se diseminaba por el campo el gentío, alegrándolo con los colorines de sus trajes, y don Miguel salía presuroso hacia la blanca y vecina casa rectoral, en hambrienta demanda del desayuno.
Por la tarde doña Rosa y su hija salían casi siempre a visitar a alguna amistad. Entonces Volvoreta, bien rizada, bien gentil dentro de su blanca blusa y de su falda negra, con una anilla de cobre, brillante a fuerza de frotarla con arena, en un dedo, se presentaba a pedir permiso y salía a pasear. Sergio la esperaba en la arboleda y por ella vagaban, al abrigo de las miradas de todos, hundiendo sus zapatos en el musgo, un poco sojuzgado él por esa solemne gravedad misteriosa de los bosques.
Los árboles iban cambiando lentamente el tono de sus hojas. Desde la quinta se veían sus copas como masas moradas y amarillentas y de color sepia y verdes aún.
Cubrían a veces los senderillos del bosque las hojas caídas, y estallaban bajo los pies las pequeñas ramas secas desprendidas por los vientos de otoño. El mar iba tomando un color plomizo, entre la augusta calma de las altas riberas.
Al fin vinieron las primeras nubes en masas formidables, por el Sur. El sol, débil, miró tristemente a la tierra, en una despedida para sabe Dios cuántas semanas. Las nubes avanzaron y cubrieron la redondez del cielo. Aún se sostuvo el tiempo así algunos días. Las primeras gotas sorprendieron a los novios en lo alto del monte, cierta tarde en que Volvoreta había ido a recoger, para el fuego, las piñas caídas de las ramas. Abandonaron el saco a medio llenar y corrieron los jóvenes a ocultarse bajo el saliente de una roca quebrantada por la dinamita para alguna construcción aldeana. Todo el paisaje de la gándara estaba ante ellos. Vieron blanquear, bajo el choque de la lluvia, las aguas pizarrosas de un trozo de la ría; vieron el turbión deshacerse en largos hilos y borrar los horizontes, y, en una cañada frontera, al otro lado de la gándara, fingir humo en los remolinos a que le obligaba el viento. Brillaron las tejas de las casitas, y todas las parcelas que guardaban ya entre sus surcos la siembra de los cereales, se ennegrecieron más aún bajo la lluvia. Recogidos, apretados sus cuerpos, un poco inclinados bajo el reborde de la roca, veían los jóvenes llover, con esa alegría extraña que la lluvia produce cuando se presencia bajo la guarida segura. No hablaban. El espectáculo de un labriego que allá abajo abandonaba su labor, saltando sobre la húmeda tierra, para recogerse bajo un alpende vecino, les hizo reir, gozosos. Y nuevamente enmudecieron, y del vasto espectáculo de la lluvia en el monte redujeron su mirar, un poco abstraídos, a la visión de cómo unos erizos de castaña, vacíos ya, tirados ante la roca, iban siendo limpiados de tierra por el golpear de las gotas, y cómo otros, con sus púas hacia abajo, iban llenando de agua la blancura de su concavidad.
IV
Al través de los surcos que las gotas de lluvia trazaban en los cristales de la galería veíase el campo tan sólo como una informe mancha verde. Sergio, en pie, frotaba sus dedos húmedos contra las láminas de vidrio, y se complacía en arrancar estridentes gorjeos que crispaban los nervios de Sabela.
—¿Quieres estar quieto?—le gritó.
Y él enfundó sus manos en los bolsillos y dió un suspiro ruidoso que empañó el cristal:
—Entonces... ¿qué quieres que haga?... No he visto cosa más desagradable que la lluvia.
Doña Rosa intervino, mirándole severamente sobre sus gafas:
—Yo creo que sí: los libros de estudio.
Él calló. Realmente estaba desesperado contra aquel incesante aguacero que encharcaba los campos desde hacía una semana ya. Las deliciosas entrevistas con Volvoreta habían terminado desde entonces. ¡Oh, aquel tedio de la casa, llena siempre del rumor de la lluvia, alterada alguna vez la quietud por los gritos de Rafaela contra los aldeanos que no limpiaban sus zuecos antes de entrar y manchaban de lodo los pisos!... Sergio iba frecuentemente a la cocina, con el pretexto de fumar. Aunque doña Rosa lo sabía, no consentiría jamás que su hijo arrancase ante ella una bocanada a un cigarro. Desde que era bachiller, Sergio podía fumar en la cocina, por un acuerdo tácito. En alguna de sus frecuentes ausencias, preguntaba ahora la madre a Isabel:
—¿Dónde está tu hermano?
—Debió de ir a fumar.
Doña Rosa observaba:
—Fuma mucho estos días. No me gusta eso.
—¿Qué le vas a hacer?... Se aburre.
Federica entró aquella tarde en el comedor a anunciar:
—Está ahí doña María, la de Solís, que pregunta por la señora.
Doña Rosa alzó la cabeza de la costura para inquirir, con un leve asombro:
—¿Doña María, la de Solís?
—Sí, señora.
—Que pase, mujer.
Y madre e hija abandonaron sus quehaceres, y sacudieron de sus regazos los trozos de hilo que se habían desprendido de las labores.
Avanzaron al encuentro de su vecina. Sabela dió, como siempre, un ligero saltito para no pisar una baldosa de la galería, donde el pico del carpintero había trazado, quizás para distinguirla, una pequeña cruz.
La señora de Solís entró. No eran frecuentes sus visitas. Tan sólo en alguna ocasión señalada—Año Nuevo, fiesta de días, enfermedad—la triste señora aparecía un momento «para cumplir», y, pretextando el cuidado de los hijos, volvía a marchar sin haber reído, sin haber hablado apenas, sin haber aceptado un dulce ni una fruta, ni un dedalito del vino tostado del Rivero que doña Rosa solía ofrecer sólo en esas grandes ocasiones.
—¿Qué milagro, doña María?... Siéntese.
A pesar de la vecindad, se veían, en efecto, mucho menos que los demás señores de la Gándara. Doña María se sentó, quedamente, con aquel aire silencioso que le había impuesto su dolorosa costumbre de andar por alcobas de enfermos. Resaltaba su palidez sobre las negras vestiduras, y el carmesí de los párpados, irritados por el llanto y el insomnio, sobre su palidez. Pero en toda su figura había una gran distinción, y en su rostro esa dignificación amarga que dan los pesares. Cruzó las manos lívidas, y habló:
—A molestarlas, doña Rosa, a molestarlas.
—¡Por Dios!...
—Quería saber si tienen ustedes alguna estufa, algún calorífero, para pedírselo prestado.
Doña Rosa miró a su hija, como en consulta.
—Hay mucha humedad—continuó doña María—; ya ve, para dormir los niños con las ventanas abiertas... Y como la casa es grande... Yo encargué a la ciudad una salamandra. Pasado mañana me la traerán, y pasado mañana les devolvería la estufa.
Doña Rosa se lamentó:
—¡Dios mío, nosotras no hemos tenido jamás nada de eso! ¡Qué pena, doña María!... Gracias al Señor, como salud tenemos, y el frío no es mucho en esta tierra...
—No, el frío no; pero la humedad, la humedad...
Casi gimió, con los ojos espantados:
—¡Un catarro viene tan pronto!... ¡Y después!...
Hubo un silencio. Doña María miró al través de los cristales el cielo plomizo, cubierto por una sola nube inmóvil.
—Hace siete días que no hay sol...
Luego clavó sus ojos en las pálidas manos cruzadas:
—¡Yo no sé qué hacer...; no sé qué hacer!...
Doña Rosa intervino con consuelos. ¿No era exagerado todo aquel temor?... Los niños no parecían estar mal; paliduchos y delgados, sí; pero la aldea se encargaría de darles colores y grasas. Allí estaban los hijos de los labriegos, semidesnudos, durmiendo en paja, mojados cuando llovía y quemándose con el sol; comiendo tan sólo borona y caldo de unto. Y tan fuertes y colorados. La aldea es salud. No había que tener preocupaciones extremadas. Dios es bueno: aprieta, pero no ahoga. Y si Maruja tenía quince años ya, y Dios se había llevado a los otros a los diez y seis, ¿iba a suponerse que se había de repetir la desgracia?... ¿No era absurdo?...
Doña María la miraba sin cambiar su expresión de pena. Después suspiró hondamente. Se levantó como una sombra:
—¡En fin!... Perdonen la molestia.
—¿Qué molestia?... Lo que siento yo es no tener lo que desea, doña María. Ya sabe que toda la casa y todos nosotros... Y cualquier cosa que se le ocurra...
Acompañáronla hasta los mismos umbrales del portón. Ella marchó como una sombra negra, entre la lluvia; y doña Rosa suspiró al volver, penetrada de toda aquella honda angustia de madre que en su propia maternidad hallaba un eco de compasión gigantesca.
Por la noche, deslizándose al amparo de los salientes aleros, esperó Sergio bajo el alpende la presencia de Federica, avisada por él. Esperó unos minutos que se le antojaron inacabables. Desde los canalillos que las tejas formaban caían al suelo chorros de agua, que habían cavado débilmente la tierra, a lo largo del cobertizo, en su persistente choque. Cuando Sergio chupaba el cigarrillo, se avivaba el ascua y veía brillar los goterones en su rápido descenso. La lluvia, invisible en la noche, dejaba oir su sordo rumor en todo el campo encharcado.
Federica llegó al fin, cubriendo su cabeza con parte de la falda, recogida sobre los rubios cabellos como un mantón:
—¿Qué quieres?
Él arrojó el cigarrillo, que se apagó en el agua:
—Que no podemos seguir así. Es preciso idear algo para vernos.
Ella meditó:
—¡Esta dichosa lluvia!...
Callaron un instante. A sus espaldas, hasta tocar con el techo del alpende, se hacinaba el tojo tierno, dispuesto para mullir los establos y hacer de él, ya pisado, cama para las bestias, y después abono de las tierras. Y su recio olor de monte bravo se diluía en el ambiente húmedo. Sergio opinó:
—¿Quieres que le hable a Mingos, el casero, para que nos deje reunir en su choza?
Receló ella:
—Lo sabría tu madre.
—¡Entonces... no sé!
Descubrió de pronto Volvoreta:
—Podías subir a mi alcoba cuando todos durmiesen.
Sergio quedó un momento confuso. Le latió más fuerte el corazón al escuchar la proposición inesperada, como si antes de precisarse en su magín, toda la encantadora sensación de la aventura le hubiese ya recorrido la sangre, en un giro loco. Pero Volvoreta había sugerido el recurso con un absoluta naturalidad. Sergio, temeroso de despertar un arrepentimiento, dijo con sencillez: