BIBLIOTECA DE «LA NACION»
GUILLERMO LE QUEUX
———
EL
TESORO MISTERIOSO
BUENOS AIRES
1909
INDICE
| [I.] | —El desconocido de Manchester |
| [II.] | —Donde aparecen ciertos hechos misteriosos |
| [III.] | —En el que se refiere una historia extraña |
| [IV.] | —En el que se cruza por un terreno peligroso |
| [V.] | —En el cual el misterio aumenta considerablemente |
| [VI.] | —En el que figuran tres aes mayúsculas |
| [VII.] | —El misterioso extranjero |
| [VIII.] | —En el que se habla la verdad |
| [IX.] | —La casa del silencio |
| [X.] | —El hombre de los secretos |
| [XI.] | —En el que se explica el peligro de Mabel Blair |
| [XII.] | —El señor Ricardo Dawson |
| [XIII.] | —Se revela el secreto de Burton Blair |
| [XIV.] | —La opinión de un perito |
| [XV.] | —Ciertas cosas que descubrimos en Mayvill |
| [XVI.] | —En el que se confirman dos hechos curiosos |
| [XVII.] | —Que se refiere puramente a un desconocido |
| [XVIII.] | —Las encrucijadas de Owston |
| [XIX.] | —En el que se encuentra un rastro |
| [XX.] | —La lectura del registro |
| [XXI.] | —Peor que la muerte. |
| [XXII.] | —El misterio de una aventura nocturna |
| [XXIII.] | —Que es en muchos conceptos asombroso |
| [XXIV.] | —Terrible revelación |
| [XXV.] | —El nombre sagrado |
| [XXVI.] | —Frente a frente |
| [XXVII.] | —Las instrucciones de su Eminencia |
| [XXVIII.] | —Descripción de un descubrimiento asombroso |
| [XXIX.] | —En el que se refiere una historia extraña |
| [XXX.] | —El móvil y la moral |
| [Conclusión] |
DEL AUTOR AL LECTOR
En estos tiempos modernos, de agitada precipitación y grandes combinaciones, cuando el origen de familia no tiene valor alguno, las fortunas se hacen en un día, y las reputaciones se pierden en una hora, los secretos de los hombres son, algunas veces, muy extraños. Uno de éstos es el que revelo en este libro; uno que será, aseguro anticipadamente, enigmático y sorprendente para el lector.
El misterio ha sido tomado de la vida diaria, y hasta hoy la verdad concerniente a él ha sido considerada estrictamente confidencial por las personas mencionadas aquí, aun cuando ahora me han permitido que haga públicas estas notables circunstancias.
William Le Queux
EL TESORO MISTERIOSO
I
EL DESCONOCIDO DE MANCHESTER
—¡Muerto! ¡Y se ha llevado su secreto a la tumba!
—¡Jamás!
—Pero se lo ha llevado. ¡Mira! Tiene la quijada caída. ¡No ves el cambio, hombre!
—¡Entonces, ha cumplido su amenaza, después de todo!
—¡La ha cumplido! Hemos sido unos tontos, Reginaldo... ¡verdaderamente tontos!—murmuré.
—Así parece. Confieso que yo esperaba confiadamente que nos diría la verdad cuando comprendiese que le había llegado el fin.
—¡Ah! tú no lo conocías como yo—observé con amargura.—Tenía una voluntad de hierro y un nervio de acero.
—Combinados con una constitución de caballo, porque, si no, haría mucho tiempo que se hubiera muerto. Pero hemos sido engañados... completamente engañados por un moribundo. Nos ha desafiado, y hasta el último momento se ha burlado de nosotros.
—Blair no era un tonto. Sabía lo que el conocimiento de esa verdad significaba para nosotros: una enorme fortuna. Lo que ha hecho, sencillamente, es guardar su secreto.
—Y dejarnos sin un centavo. Aunque hemos perdido miles, Gilberto, no puedo menos de admirar su tenaz determinación. Recuerdo que ha tenido que atravesar por momentos aciagos, y ha sido un buen amigo, pero muy bueno, con nosotros; por lo tanto, creo que no debemos abusar de él, aun cuando nos cause mucho sentimiento el hecho de que no nos haya dejado su secreto.
—¡Ah, si esos labios blancos pudiesen hablar! Una sola palabra, y los dos seríamos hombres ricos—exclamé con pena, contemplando la cara pálida del muerto, con sus ojos cerrados y su barba afeitada, que yacía sobre la almohada.
—Desde un principio su intención fue ocultar su secreto—observó, cruzando los brazos, mi amigo Reginaldo Seton, que estaba de pie al otro lado de la cama.—No a todos los hombres les es dado hacer un descubrimiento como el suyo. Años ocupó para resolver el problema, cualquiera que fuese; pero no podemos dudar, ni por un momento, que consiguió su objeto.
—Y el beneficio que sacó fue de más de un millón de libras esterlinas—agregué yo.
—Más bien dos, calculando por lo bajo. Recuerda que, cuando por primera vez lo conocimos, pasaba las mayores estrecheces de dinero... ¿y ahora? En la semana pasada solamente, regaló veinte mil libras al fondo del Hospital. Y todo esto lo debe a haber podido resolver el enigma que hace tiempo nosotros nos esforzamos por descubrir. No, Gilberto, no ha procedido bien con nosotros. Debes acordarte que fuimos nosotros quienes le ayudamos, lo enderezamos, y, en fin, hicimos todo lo que pudimos por él, y en vez de revelarnos la clave del secreto que descubrió, y lo colocó entre los hombres más ricos de Londres, se ha negado a hacerlo, a pesar de que sabía que iba a morir. Le prestamos dinero cuando su situación era precaria, le costeamos la educación de Mabel cuando él no tenía con qué pagarla y...
—Y él nos pagó hasta el último centavo... con intereses—le interrumpí.—Vamos; dejémonos de discutir aquí su proceder. El secreto se ha perdido para siempre: eso basta.—Y cubrí con la sábana la cara del pobre muerto; el semblante de Burton Blair, el hombre que, durante los últimos cinco años, había sido uno de los misterios de Londres.
Una vida extraña y aventurera, una carrera más notable quizá que muchas de esas que forjan los novelistas, se había cortado repentinamente, mientras el secreto del origen de su enorme fortuna (secreto que ambos habíamos anhelado compartir durante los últimos cinco años, porque en cierto grado tenemos justos títulos para participar de sus ventajas) había desaparecido junto con él para nunca más volver.
La pieza en que estábamos era un pequeño dormitorio, bien amueblado, del Queen's Hotel, de Manchester. La ventana daba sobre la obscura fachada del Hospital, y el ruido y bullicio del tráfico de Piccadilly ascendían hasta la habitación del muerto. Su historia era ciertamente una de las más extrañas que hombre alguno haya referido. Su misterio, como lo veremos, era verdaderamente pasmoso.
La luz de aquella tarde triste de febrero desaparecía con rapidez, y al darnos vuelta lentamente para bajar e informar al gerente del establecimiento del fin desgraciado que había tenido un pasajero, noté que en un rincón estaba la maleta del muerto, y las llaves colocadas en sus cerraduras.
—Mejor es que tomemos posesión de ellas—observé, cerrando la maleta y poniendo en mi bolsillo el pequeño manojo de llaves.—Sus albaceas las necesitarán.
Luego, cerramos la puerta, y dirigiéndonos a la oficina, comunicamos la desagradable noticia de la muerte ocurrida en el hotel.
El gerente estaba preparado, sin embargo, pues, media hora antes, el médico le había manifestado que el desconocido no tenía remedio. Desde el principio su enfermedad había sido un caso sin esperanza.
He aquí, en breves palabras, lo que había sucedido: Burton Blair se había despedido de su hija Mabel, partiendo en la mañana del día anterior de su mansión de la plaza Grosvenor, para ir a tomar el expreso de las diez y media que de Euston salía para Manchester, donde tenía que arreglar algunos negocios particulares, según había dicho. Antes que el tren llegara a Crewe, se sintió mal repentinamente, y uno de los sirvientes del coche-restaurant lo encontró desmayado en uno de los compartimientos de primera.
Le dieron brandy y algunas otras bebidas reconfortantes, que le hicieron revivir lo bastante para llegar hasta Manchester, donde le ayudaron a bajar del tren en London Road, y dos mozos de cordel lo subieron después a un cab y lo acompañaron al hotel.
Una vez allí, al acostarlo, volvió a caer en un estado de completo desvanecimiento. Se llamó a un médico, pero no pudo emitir ningún diagnóstico sobre la enfermedad, contentándose con decir que el paciente tenía gravemente afectado el corazón, y que, en vista de eso, el desenlace sería fatal y rápido.
A las dos de la mañana del día siguiente, Blair, que no había dado su nombre ni había manifestado quién era, a la gente del hotel, pidió que telegrafiaran a Seton y a mí, lo que dio por resultado que ambos, llenos de ansiedad y de sorpresa, nos pusiéramos en viaje para Manchester, adonde llegamos una hora antes del desenlace final, encontrándonos con que nuestro amigo estaba en un estado desesperante.
Al entrar en la pieza nos encontramos con el médico, un tal doctor Glenn, hombre joven y más bien agradable, que estaba asistiéndolo. Blair se hallaba en ese momento completamente consciente, y escuchó la opinión médica sin alterarse.
En verdad, parecía que acogía con gusto la muerte en vez de temerla, pues cuando oyó que se encontraba en tan crítica situación, una débil sonrisa se dibujó en su pálida cara arrugada, y observó:
—Todos tenemos que morir; así, pues, lo mismo da que sea hoy que mañana.—Luego, volviéndose a mí, añadió:—Ha sido mucha bondad en usted, Gilberto, venir expresamente a despedirse—y alargó su delgada mano fría, buscó la mía y la estrechó fuertemente, mientras sus ojos se clavaban en mí con esa extraña mirada fija que sólo aparece en los ojos de un hombre cuando se encuentra al borde de la tumba.
—Es el deber de un amigo, Burton—respondí con profunda solemnidad.—Pero todavía puede tener esperanza; los médicos se equivocan a menudo. ¿No tiene usted, acaso, una espléndida constitución?
—Desde que era muy chico no recuerdo haber estado casi un solo día enfermo—contestó el millonario en voz baja y débil;—pero este ataque me ha vencido completamente.
Tratamos de cerciorarnos con exactitud de cómo se había enfermado, pero ni Reginaldo ni el doctor pudieron sacar nada en claro.
—Perdí el conocimiento de pronto, y no recuerdo nada más—fue todo lo que el moribundo dijo.—Pero—añadió, volviéndose otra vez a mí,—no avisen a Mabel hasta que todo haya terminado. ¡Pobre criatura! Mi única pena al irme de este mundo, es tener que dejarla. Ustedes dos fueron en los años pasados sumamente buenos con ella; ¿no es verdad que ahora no la abandonarán?—imploró, hablando lentamente y con grandísima dificultad, mientras sus ojos brillaban llenos de lágrimas.
—Ciertamente que no, viejo amigo—contesté yo.—Viéndose sola, necesitará de alguien que la aconseje y se ocupe de sus intereses.
—Los pillos de los abogados se encargarán de eso—exclamó con una extraña dureza en su voz, como si no hubiera tenido estimación alguna por sus abogados.—No, quiero que usted vele por ella, que se cuide de que ningún hombre la haga su esposa por amor a su dinero, ¿me comprende? Docenas de individuos andan en este momento detrás de ella, lo sé, pero preferiría antes verla muerta que casada con uno de ellos. Debe casarse por amor... sí, por amor, ¿me oye? Prométame, Gilberto, que la protegerá, que velará por su suerte, ¿quiere?
Reteniendo todavía su mano entre las mías, le prometí cumplir lo que me pedía.
Estas fueron las últimas palabras que pronunció. Sus pálidos labios se contrajeron de nuevo, pero no brotó de ellos ningún sonido. Sus ojos vidriosos estaban fijos en mí con una mirada terrible y dura, como si hubiera estado esforzándose por decirme algo.
Tal vez me estaba revelando el gran secreto, el secreto de cómo había resuelto el misterio de hacer fortuna y de poseer más de un millón de libras esterlinas, o tal vez me hablaba de Mabel. Pero nosotros no pudimos saber lo que fue. Su lengua se negaba a articular una palabra más; el silencio de la muerte habíase apoderado de él.
Así desapareció de este mundo, y así fue cómo yo me encontré ligado a una promesa que tenía la intención de cumplir, aun cuando él no nos había revelado su secreto, como nosotros confiadamente lo habíamos esperado. Cuando nos mandó llamar, habíamos creído que, dándose cuenta de su estado agonizante, lo hacía para darnos a conocer ese misterioso medio que nos haría más ricos de lo que jamás habíamos soñado. Pero en este caso el desengaño había sido cruelísimo. Durante cinco años, lo confieso, habíamos esperado confiados en que algún día repartiría con nosotros parte de su fortuna en compensación de los servicios que le habíamos hecho en lo pasado. Sin embargo, parecía ahora que fríamente había despreciado la deuda de gratitud que tenía para con nosotros, y al mismo tiempo me había impuesto a mí una obligación no muy fácil de cumplir: la tutela de Mabel, su única hija.
II
DONDE APARECEN CIERTOS HECHOS MISTERIOSOS
Debo declarar que, teniendo en cuenta todas las misteriosas y curiosas circunstancias de lo pasado, la situación, para mí, estaba muy lejos de ser satisfactoria.
Al encaminarnos juntos aquella noche fría por la calle Market discutiendo el asunto, porque habíamos preferido salir a quedarnos en el salón del hotel, a Reginaldo se le vino a la imaginación la idea de que tal vez entre los objetos pertenecientes al muerto estuviese el secreto escrito y sellado.
Pero en este caso, salvo que estuviera dirigido a nosotros, sería abierto por las personas que el moribundo había designado con el calificativo de «los pillos de los abogados,» y, según todas las probabilidades, ellos sabrían sacarle para sí todo el provecho posible.
Sus abogados eran, como nosotros lo sabíamos, los señores Leighton, Brown & Leighton, firma eminentemente honorable de Bedford Row; por lo tanto, les dirigimos un telegrama desde la oficina central, informándolos de la muerte repentina de su cliente, y pidiéndoles que uno de ellos viniera en el acto a Manchester, para que estuviese presente en las indagaciones que se iban a efectuar, por haber declarado el doctor Glenn que serían necesarias. Como el muerto había manifestado el deseo de que, por entonces, Mabel ignorase la realidad, no le avisamos el trágico y doloroso suceso.
La curiosidad nos hizo volver pronto al hotel y subir a la habitación del muerto, para examinar el contenido de su maleta y pequeña valija, pero, fuera de sus ropas, un libro de cheques y unas diez libras esterlinas en oro, no encontramos nada. Sin embargo, no creo estar equivocado al afirmar que ambos habíamos tenido la esperanza de encontrar la clave del notable secreto que de una manera desconocida había conseguido, aun cuando no era creíble que un objeto tan valioso lo hubiera tenido en su equipaje.
En el bolsillo de una pequeña cartera de apuntes, que formaba parte de lo que había en la maleta, descubrí varias cartas, todas las cuales examiné y vi que no eran de importancia, salvo una, sucia y mal escrita en incorrecto italiano, que contenía algunas frases que despertaron mi curiosidad.
Verdaderamente, tan extraño era el tenor en que estaba escrita esa carta, que, con aprobación de Reginaldo, resolví guardarla y hacer algunas averiguaciones.
Muchas cosas y hechos secretos habían rodeado la vida de Burton Blair, los cuales durante años nos habían intrigado, y en consecuencia, estábamos dispuestos, si era posible, a aclarar el extraño misterio que lo había envuelto en vida, a pesar de haberse llevado a la tumba el secreto de su enorme fortuna.
Nosotros éramos los únicos en el mundo que conocíamos la existencia del secreto, pero ignorábamos la clave necesaria para poder abrir esa fuente de inagotables riquezas. Para todos era un misterio indescifrable el medio de que se había valido para hacer esa enorme fortuna, y hasta su hija Mabel no lo conocía.
En la City y en sociedad creían algunos que poseía grandes sumas invertidas en minas, y que era un feliz especulador en acciones, mientras otros declaraban que era dueño, por lo menos, del terreno, o, mejor dicho, de toda la planta urbana de dos grandes ciudades de los Estados Unidos, afirmando algunos, con más aplomo, que el origen de su fortuna provenía de concesiones que había conseguido del Gobierno otomano.
Todos, sin embargo, se equivocaban en sus suposiciones. Burton Blair no poseía un acre de tierra, no tenía un solo chelín invertido en compañía alguna, no se interesaba, ni estaba comprometido en concesiones de ningún Gobierno o empresas industriales. No. El origen de la gran fortuna que en el espacio de cinco años lo había puesto en condiciones de comprar, decorar y amueblar de una manera regia, una de las más espléndidas mansiones de la plaza Grosvenor, mantener tres de los más costosos Panhards (los automóviles eran su pasión favorita), y poseer esa magnífica morada antigua de tipo jacobiano, conocida con el nombre de Mayvill Court, en Herefordshire, era completamente desconocido para todo el mundo y procedía de donde nadie sospechaba siquiera. Sus millones eran ciertamente muy misteriosos.
—Me asombraría de que se sacara algo en claro de las averiguaciones que se van a hacer—exclamó Reginaldo, algunas horas más tarde.—Indudablemente sus abogados tampoco saben nada.
—Puede ser que haya dejado algunos papeles que revelen la verdad—contesté.—Los hombres que en vida son silenciosos y reservados, a menudo suelen confiar sus secretos al papel.
—No creo que Burton lo haya hecho.
—Recuerda que puede haberlo hecho en beneficio de Mabel.
—¡Ah! ¡por Job!—murmuró mi amigo,—no había pensado en eso. Si deseaba que fuera para ella, debe haber dejado su secreto en manos de alguna persona en quien confiara implícitamente. Sin embargo, él confiaba en nosotros... hasta cierto punto. Somos los únicos que tenemos algún conocimiento verdadero del estado de sus asuntos.—Y mi amigo Reginaldo, rubio, de piernas largas y seis pies de alto, el tipo perfecto del inglés muscular y flexible, aun cuando estaba dedicado al comercio de frivolidades y monadas femeninas, se calló lanzando un sordo gruñido de disgusto, y encendió cuidadosamente un nuevo cigarro.
Pasamos una noche triste vagando por las principales calles de Manchester, sintiendo que con la muerte de Burton Blair habíamos perdido un amigo sincero; pero, cuando a la mañana siguiente nos encontramos en el hall del Queen's Hotel con Herberto Leighton, el abogado, y tuvimos una larga consulta con él, el misterio que rodeaba al muerto, aumentó considerablemente.
—Ustedes dos conocían muy bien a mi difunto cliente—observó el abogado, después de algunos preliminares.—¿Saben si existe alguna persona a quien pudiera ser de provecho su muerte repentina?
—Esa es una pregunta extraña—dije yo.—¿Por qué?
—Es que tengo motivos para creer—explicó con cierta vacilación aquel hombre moreno y de facciones afiladas,—que ha sido víctima de una infamia.
—¡De una infamia!—exclamé atónito.—Usted no cree seguramente que ha sido asesinado, ¿no es verdad? Eso no puede ser, estimado amigo. Se enfermó en el tren, y ha muerto aquí en nuestra presencia.
El abogado, cuya fisonomía había tomado un aspecto más grave aún, se encogió de hombros sencillamente, y dijo:
—Debemos, por cierto, aguardar el resultado de la investigación, pero tengo la creencia, por ciertos informes que poseo, de que Burton Blair no ha fallecido de muerte natural.
Aquella misma noche, el «coroner» (médico de policía) efectuó su investigación en una pieza privada del hotel, y, en conformidad con la opinión de los dos médicos que habían comprobado la defunción y hecho la autopsia en la mañana de ese mismo día, declaró que la muerte se debía únicamente a causas naturales. Se descubrió que Burton Blair había padecido de debilidad natural al corazón, y que el desenlace fatal había sido acelerado por el movimiento del tren.
No había absolutamente nada que pudiera inducir a sospechar que se hubiese cometido un crimen; por lo tanto, el jurado pronunció el veredicto, de acuerdo con la prueba pericial, de que la muerte era debida a causas naturales, y concedió permiso para trasladar el cadáver a Londres, donde debía ser sepultado.
Una hora después de terminada la investigación llamé aparte al señor Leighton, y le dije:
—Como usted sabe, desde hace varios años he sido uno de los íntimos amigos de Blair, y, naturalmente, estoy muy interesado en saber qué razones ha tenido usted para sospechar que se ha cometido una infamia.
—Mis sospechas eran bien fundadas—fue su contestación, algo enigmática.
—¿En qué se fundaban?
—En el hecho de que mi cliente fue amenazado, y que, a pesar de no haberlo comunicado a nadie más que a mí y reírse de las precauciones que yo le indiqué, vivía constantemente temeroso de ser asesinado.
—¡Extraño!—exclamé.—¡Muy extraño!
Nada le dije de esa notable carta que había encontrado en el equipaje del muerto. Si lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en la muerte de Burton Blair se encerraba un secreto de los más extraordinarios, reflejo fiel del de su extraña, romántica y misteriosa vida; secreto que era inescrutable, pero absolutamente sin igual.
Pienso que será necesario explicar las curiosas circunstancias que nos pusieron en contacto con Burton Blair, y describir los hechos misteriosos que se produjeron después que hicimos relación. Es tan notable esta historia desde el principio hasta el fin, que muchos de los que la lean se sentirán inclinados a dudar de mi veracidad. A éstos, antes de empezar, les indicaré que pueden hacer averiguaciones en Londres, en ese pequeño mundo de aventureros, especuladores, prestamistas y perdedores de dinero, conocido con el nombre de la City, donde estoy seguro que no tendrán dificultad alguna en obtener aún más detalles interesantes sobre el hombre de los misteriosos millones a que en parte se refiere esta narración.
Y, ciertamente, los hechos fieles concernientes a él se verá que forman, no vacilo en decirlo, uno de los más notables romances de la vida moderna.
III
EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA
Con el fin de explicar la verdad sencilla y llanamente, debo, en primer lugar, decir que yo, Gilberto Greenwood, era un hombre de escasos recursos, a quien una tía, ascética y de la iglesia bautista, pero poseedora de una pequeña fortuna, le había dejado una renta vitalicia; mientras mi amigo Reginaldo Seton, a quien conocía desde niño, cuando juntos habíamos estado en Charterhouse, era hijo de Jorge Seton, dueño de un negocio de encajes de la calle Cannon y concejal de la Municipalidad de Londres, el que murió dejando a Reginaldo de veinticinco años, con una pesada carga de deudas y un negocio anticuado y noble, pero que iba decayendo rápidamente. Sin embargo, como Reginaldo se había formado en una fábrica de Nottingham, conociendo el comercio de encajes, continuó valientemente los pasos de su padre, y, debido a su dedicación al negocio, consiguió desenvolverse lo bastante bien para evitar presentarse en quiebra ante los tribunales, y pudo asegurarse una renta anual de algunos cientos de libras.
Ambos éramos solteros, y compartíamos las confortables habitaciones que habíamos tomado en la manzana de casas, divididas en pisos, recientemente construidas en la calle Great Russell; y como éramos aficionados a la caza de zorros, el único deporte que podíamos concedernos como goce, también alquilábamos juntos una casa anticuada y barata, en una aldea rural, conocida con el nombre de Helpstone, a ochenta millas de Londres, situada en la posesión de los Fitzwilliams. Allí solíamos ir todos los inviernos a pasar generalmente dos días de la semana.
Como ninguno de nosotros disponía de muchos recursos, teníamos, como puede imaginarse, que hacer bastantes economías, porque la caza de zorros es una distracción costosa para un hombre pobre.
Sin embargo, poseíamos afortunadamente un par de buenos caballos cada uno, y apretando un poquito en una cosa y otro poquito en otra, podíamos darnos el goce de esas excitantes carreras a través del campo, en las cuales la sangre se pone en movimiento y bulle de agitación a la vez que rejuvenece a todos los que toman parte en ellas.
Reginaldo veíase obligado algunas veces a quedarse en la ciudad por las exigencias de su negocio; de modo que frecuentemente residía solo en la vieja casa revestida de verde hiedra, teniendo a mi lado a Glave, mi sirviente, para que me atendiera.
Era una tarde de enero, terriblemente fría; Reginaldo estaba ausente en Londres, y yo, que había pasado todo el día cazando, volvía a caballo completamente desfallecido. El encuentro de la partida esa mañana había sido en Kat's Cabin, Huntingdonshire, y después de dos buenas carreras me hallé más allá de Stilton, a dieciocho millas de mi casa.
Sin embargo, el rastro había sido excelente, y habíamos gozado de un deporte muy bueno. Una vez que terminó la cacería, tomé un buen trago de mi frasco y partí a través del campo, en medio de la obscuridad que empezaba a tender su manto.
Felizmente pude vadear el río a la altura del molino Water Newton, lo que me economizó la larga vuelta por Wansford, y cuando me encontré a una milla de casa, dejé que mi caballo marchara al paso, como siempre lo hacía, para que pudiera tranquilizarse antes de llegar a su caballeriza. Ya las sombras de la tarde iban convirtiéndose en profunda obscuridad, y el fuerte viento me cortaba las carnes como cuchillo al pasar las encrucijadas que hay a media milla de la aldea de Helpstone, cuando de repente surgió de junto del alto seto de acebos la figura de un hombre corpulento, y una voz profunda exclamó:
—Disculpe, señor, pero soy un forastero en estos lugares, y tengo a mi hija desmayada. ¿Hay por aquí cerca alguna casa?
Entonces, al acercarme, vi arrinconada contra un montón de piedras, a un lado del camino, la delgada figura débil de una niña como de dieciséis años, envuelta en una capa gruesa y de color obscuro, mientras, a la luz de los últimos destellos del día, distinguí que el individuo que me hablaba era un hombre de aspecto tosco, barba negra, lenguaje bastante correcto y como de unos cuarenta y cinco años, más o menos, vestido con un traje usado de sarga azul y un gorro con visera, que le daba cierto aire de marino. Su cara era curtida y con algunas cicatrices, mientras sus anchas y enérgicas quijadas demostraban fuerza de carácter y tenaz determinación.
—¿Se ha enfermado su hija?—le pregunté cuando la hube examinado bien.
—Hemos caminado mucho hoy, y creo que está rendida. Hace como media hora que sintió un desvanecimiento, y al sentarse perdió el conocimiento y quedó insensible.
—No debe permanecer aquí—observé cuando me hube dado cuenta de que el padre y la hija eran unos vagabundos.—Es tan grande el frío, que se helará completamente. Mi casa está un poco más allá. Voy en el acto y volveré con una persona que ayude a llevarla.
El hombre empezó a agradecerme, pero yo espoleé mi caballo, y pronto estuve en el patio de la cuadra. Llamé a Glave y le ordené que me acompañara al sitio donde habían quedado mis dos caminantes.
Un cuarto de hora después colocábamos a la pobre niña desmayada sobre un canapé en mi confortable y abrigado gabinete; le hacíamos beber a la fuerza un poco de brandy, y al fin abría sus ojos, llenos de asombro, mirando con infantil temor lo que la rodeaba, que era para ella completamente desconocido.
Su mirada se encontró con la mía, entonces vi que su rostro era de una belleza extraordinaria, de ese tipo moreno medio trágico, y que sus ojos resaltaban más brillantes por la palidez mortal de su cara.
Las facciones eran bien modeladas, hermosas y finas en todas sus líneas, y cuando se dirigió a su padre, para preguntarle qué había sucedido, noté que no era una simple criatura hija de los caminos, sino, al contrario, una niña sumamente inteligente, bien amanerada y de buena educación.
Su padre, en pocas palabras, le explicó nuestro inesperado encuentro y mi hospitalidad; entonces ella me sonrió dulcemente y pronunció algunas palabras de agradecimiento.
—Debe haber sido el intenso frío, me parece—añadió.—Me sentí de pronto entumecida, mi cabeza empezó a girar y no pude tenerme en pie. Pero realmente es mucha bondad en usted. Cuánto siento hayamos tenido que molestarle de esta manera.
Le aseguré que mi único deseo era verla completamente restablecida, y, mientras hablaba, no pude dejar de reconocer que su belleza era notable. Aun cuando muy niña, pues su figura no había acabado de desarrollarse completamente, su cara era, sin embargo, una de las más perfectas que he visto.
Desde el primer momento que mis ojos la vieron, me pareció indescriptiblemente encantadora. Era evidente que se encontraba sin fuerzas, como lo demostraba el modo penoso e inquieto con que se movía en el canapé. Su pobre falda negra y sus gruesas botas estaban llenas de barro y gastadas por las caminatas, y comprendí, por la manera cómo despejó su frente y echó abajo la desordenada masa de sus cabellos, que le dolía la cabeza.
Glave, que no se hallaba de muy buen humor por la presencia de esos dos vagabundos desconocidos, entró y me anunció que la comida estaba servida; pero ella, firmemente, aun cuando con dulzura y gracia, rehusó mi invitación a comer, diciendo que, si yo se lo permitía, prefería más bien quedarse allí delante del fuego media hora más.
En vista de esto, le envié un plato de sopa caliente por la anciana señora Axford, nuestra cocinera, mientras su padre, después de lavarse las manos y arreglarse un poco, me acompañó al comedor.
Parecía medio muerto de hambre, y al principio se mostró taciturno y reservado; pero luego, cuando hubo apreciado lo bastante mi carácter, me dijo que se llamaba Burton Blair, que hacía diez años que había perdido a su esposa, durante su ausencia en el extranjero, y que la pequeña Mabel era su única hija. Como su aspecto lo demostraba, la mayor parte de su vida la había pasado en el mar, y tenía su certificado de capitán de buque menor, pero últimamente había residido en tierra.
—Hace ya tres años que estoy aquí—continuó,—y puedo asegurarle que han sido bastante duros. ¡Pobre Mabel! Es un verdadero tesoro, como lo era su pobre y querida madre. Hace tres años que padece hambres y penas, y, sin embargo, jamás se ha quejado. Ya conoce mi carácter, sabe que cuando Burton Blair resuelve hacer una cosa ¡por Job! la hace—y apretó fuertemente sus enérgicas quijadas, mientras en sus ojos se reflejó una mirada de decisión y persistencia tenaz, la más terrible que he visto en un hombre.
—Pero ¿por qué razón, señor Blair, ha abandonado usted el mar para perecer de necesidad en la tierra?—le pregunté, pues la curiosidad habíase despertado en mí.
—Porque... porque tengo una razón... una razón muy poderosa—fue su contestación vacilante.—Usted me ve esta noche sin hogar y hambriento (rió amargamente Burton Blair), pero tal vez mañana podré ser un millonario.
Y su cara asumió una misteriosa expresión, inescrutable como la de una esfinge, que me dejó penosamente confundido.
Muchas y muchas veces desde entonces he recordado esas extrañas palabras proféticas que pronunció sentado en mi mesa, cuando no era más que un pobre vagabundo de los caminos, muerto de frío, hambriento, sucio, mal vestido y exhausto, pero que abrigaba la firme creencia, por absurdo que parezca, de que antes de mucho tiempo poseería millones.
Recuerdo bien cómo me sonreí al oír su vaga afirmación. Todo hombre que desciende mucho en la escala social, se aferra a la débil creencia de que su suerte cambiará, y que, debido a algún capricho de la fortuna, volverá sonriente a subir a su antiguo nivel. La esperanza jamás muere dentro del pecho del hombre arruinado.
Valiéndome de ciertas preguntas prudentes, traté de conseguir mayores informes sobre la esperanza que abrigaba de llegar a tener fortuna, pero no quiso decirme nada, absolutamente nada.
Después que comió bien, aceptó un cigarro, tomó su café con brandy, y fumó con la tranquilidad del hombre satisfecho, que no tiene un solo pensamiento que lo aflija ni ninguna preocupación en el mundo, o, mejor dicho, como un hombre que sabe exactamente lo que el destino le tiene reservado.
Así, desde el principio, Burton Blair fue un misterio. Cuando volvimos adonde estaba Mabel, la encontramos durmiendo tranquilamente, postrada por la fatiga. Entonces persuadí a su padre de que se quedara en mi casa aquella noche, con el fin de que la pobre niña pudiese descansar, y, como consintiera, nos volvimos al comedor, donde nos sentamos a fumar y permanecimos varias horas conversando.
Me refirió la historia de sus crueles años pasados en el mar, las extrañas aventuras que le habían sucedido en países salvajes, cómo escapó de una muerte segura en las manos de una tribu de nativos en Camarones, y cómo, por espacio de tres años, había sido capitán de un vapor de río en el Congo, representando en esas regiones el papel de un pioneer de la civilización.
Sus conmovedoras aventuras las relataba tranquila y naturalmente, sin fanfarronadas ni demostraciones de alarde, y su manera sencilla y verdadera me demostró que era uno de esos hombres que aman la vida de aventuras por sus vicisitudes y peligros.
—Y ahora ando detrás de los molinetes de Inglaterra—añadió riendo.—Usted debe pensar, no hay duda, que todo esto es muy extraño; pero, hablándole con sinceridad, señor Greenwood, le diré que me ocupo activamente en una investigación muy curiosa, cuyo feliz resultado me hará algún día poseedor de una fortuna que ni en mis sueños más extravagantes me forjé jamás. ¡Vea!—exclamó de pronto, con una mirada de extraña fiereza en sus grandes ojos obscuros, al desabotonarse rápidamente su saco azul y sacar de debajo de él un pedazo cuadrado y chato de gamuza muy usada y manchada, dentro de la cual parecía que se encerraba algún precioso documento u otro objeto de valor.—¡Mire! Mi secreto está aquí. Algún día descubriré la clave; puede ser mañana, pasado, o tal vez en el año próximo, pero al fin se producirá. ¿Cuándo? eso es absolutamente indiferente y sin valor. El resultado será el mismo. Mis años de continuo viaje e investigación se verán premiados, seré rico, y el mundo quedará maravillado.—Y, riéndose satisfecho, casi triunfante, volvió a guardar en su pecho, con todo cuidado, su precioso tesoro; luego se puso de pie y quedó parado dando la espalda al fuego, en la actitud de un hombre que confía completamente en lo que está escrito en el libro del destino.
Aquella escena de media noche, con todos sus románticos y extraños detalles, aquel episodio de lo pasado, cuando el fatigado caminante y su hija habían sido mis huéspedes por vez primera, y todos sus recuerdos acudieron a mi memoria la tarde fría y brillante en que descendí de un coche, al siguiente día de la investigación verificada en Manchester, delante de la gran mansión blanca de la plaza Grosvenor, y supe por Carter, el solemne sirviente, que la señorita Mabel estaba en casa.
Aquella espléndida morada, con sus exquisitas decoraciones, mobiliario verdaderamente de estilo Luis XIV, sus valiosas pinturas y magníficos ejemplares de esculturas del siglo diecisiete, morada de una persona para quien no significaban nada todo ese lujo y todo ese gasto, era seguramente un testimonio suficiente de que el pobre y mal traído vagabundo que había pronunciado esas misteriosas palabras en mi pequeño comedor cinco años antes, no había sido un charlatán o un necio fanfarrón.
El secreto encerrado dentro de esa sucia bolsita de gamuza, cualquiera que hubiese sido, le había producido más de un millón de libras esterlinas, y seguía siempre produciendo enormes sumas, hasta que la muerte había venido a poner fin repentinamente a su explotación. El misterio de todo aquello no tenía solución; el enigma era completo e indescifrable.
Estas y otras reflexiones cruzaron por mi mente al subir detrás del lacayo la ancha escalera de mármol y ser introducido en el gran salón oro y blanco, cuyas paredes estaban tapizadas por entrepaños de seda color rosa pálido, mientras sus cuatro grandes ventanas tenían vista sobre la plaza.
Todas esas pinturas inapreciables, esos hermosos muebles, gabinetes e incomparables bric-a-brac, habían sido comprados con el producto del misterioso secreto; de ese secreto que en el corto espacio de cinco años había transformado en millonario al vagabundo extenuado y sin hogar.
Contemplando distraídamente la melancólica plaza con sus árboles sin hojas, quedeme parado sin saber cómo haría para comunicar de la mejor manera posible la triste nueva de que era portador, cuando oí a mi espalda un suave «frou-frou» de una falda de seda, y, dándome vuelta prontamente, me encontré delante de la hija del muerto, cuyo aspecto era ahora, a la edad de veintitrés años, mucho más dulce, bello, gracioso y femenino, que cuando por vez primera nos habíamos conocido, tiempo ha, de una manera extraña y en medio de un camino.
Su negro traje, su figura temblorosa y sus pálidas mejillas, humedecidas por las lágrimas, me indicaron que esta joven, por quien tenía que velar, conocía ya la penosa y triste realidad. Se paró delante de mí, resaltando aún más su hermosa y trágica presencia, con su pequeña y blanca mano nerviosamente apoyada en el respaldo de una de las doradas sillas del salón, como buscando sostén en medio de su dolor.
—¡Lo sé!—exclamó con voz cortada, cosa desconocida en ella, y sus ojos fijos en mí.—Sé para qué ha venido a verme, señor Greenwood. Hace una hora que lo he sabido por el señor Leighton, que ha estado aquí. ¡Ah, mi pobre padre querido!—suspiró, y las palabras se anudaban en su garganta al correrle las lágrimas.—¿Para qué iría a Manchester? Sus enemigos han triunfado, como yo lo temía desde hace tiempo. Sin embargo, él no pensaba mal de nadie, ni creía en la perversidad de ningún hombre, pues tenía un corazón muy generoso. Siempre se negó a escuchar mis advertencias, y se reía de todas mis aprensiones. Pero ¡ay! la terrible realidad es ya un hecho. ¡Mi pobre padre!—tartamudeó, con su bello rostro blanco hasta los labios.—¡Está muerto... y su secreto ha desaparecido!
IV
EN EL QUE SE CRUZA POR UN TERRENO PELIGROSO
—¿Sospecha usted, Mabel, que su papá ha sido víctima de una mala acción?—le pregunté a la pálida y enervada joven que estaba de pie delante de mí.
—Sí, lo sospecho—fue su contestación clara y sin vacilación.—Usted conoce su historia, señor Greenwood; usted sabe que él llevaba a todas partes un objeto guardado en una bolsita de gamuza, objeto que era su más precioso tesoro. El señor Leighton me ha dicho que se ha perdido.
—Desgraciadamente es así—repliqué.—Los tres la hemos buscado entre sus ropas y demás equipaje; hemos hecho averiguaciones e interrogado al sirviente del coche-restaurant que lo encontró sin conocimiento en el tren, a los mozos de cordel que lo llevaron hasta el hotel, y, en fin, a todo aquel que podía saber algo, pero no ha sido posible encontrar el menor rastro del objeto buscado.
—Porque ha sido robado deliberadamente—observó.
—Entonces usted abriga la creencia de que ha sido asesinado para ocultar el robo.
Movió la cabeza afirmativamente, con su cara siempre pálida y rígida.
—Pero recuerde, Mabel, que no existe prueba alguna de que se haya cometido un crimen. Ambos médicos, dos de los mejores de Manchester, han declarado que la muerte se ha producido debido a causas enteramente naturales.
—A mí no me importa nada de lo que ellos digan. La bolsita que mi pobre padre cosió con sus propias manos, que durante todos estos años pasados guardó tan cuidadosamente, y que por algún motivo extraño no quiso depositarla en ningún banco o en una segura caja de hierro, ha desaparecido. Sus enemigos se han posesionado de ella, como yo tenía la certeza de que lo harían.
—Recuerde que él me mostró esa bolsita de gamuza, la primera noche que nos conocimos—le dije.—Me declaró entonces que lo que en ella se encerraba le daría fortuna... y ciertamente que ha sido así—añadí, paseando la mirada por el magnífico salón.
—Le dio riquezas, pero no felicidad, señor Greenwood—respondió tranquilamente.—Esa bolsita, cuyo contenido jamás vi, ni supe lo que era, la llevó siempre consigo, ya en su bolsillo, ya pendiente del cuello, desde que vino a su poder, muchos años ha. En todos sus trajes tenía un bolsillo especial para guardarla, y de noche la colocaba en un cinturón, hecho también especialmente para el objeto, que usaba bien ajustado a la cintura. Creo que la consideraba como una especie de hechizo, o talismán, que, además de ser la fuente de su gran fortuna, lo preservaba de todas las desgracias y males. La razón de esto no puedo decirla, porque no la conozco.
—¿Nunca se cercioró usted de qué índole era el objeto que él consideraba tan precioso?
—Traté muchas veces de hacerlo, pero nunca quiso revelármelo. «Era su secreto» me decía, y no añadía una palabra más.
Reginaldo y yo habíamos tratado innumerables veces de saber lo que encerraba esa misteriosa bolsita, pero no habíamos tenido mejor éxito que la encantadora joven que estaba de pie delante de mí. Burton Blair era un hombre raro, tanto en actos como en palabras, muy reservado en sus asuntos particulares, y, sin embargo, aunque parezca bastante extraño, cuando la prosperidad le sonrió, convirtiose en un príncipe de bondad y de nobleza.
—¿Pero quiénes eran sus enemigos?—le inquirí.
—¡Ah! eso también lo ignoro completamente—respondió.—Como usted lo sabe, durante los dos últimos años se ha visto rodeado por aventureros y parásitos de todas clases, como les sucede siempre a los hombres ricos, a los cuales, Ford, su secretario, ha conseguido mantener a buena distancia. Puede ser que les fuera conocida la existencia de ese precioso objeto, y que mi pobre padre haya sido víctima de alguna trama infame. A lo menos esa es mi firme idea.
—Entonces, si es así, hay que informar a la policía—exclamé.—La bolsita de gamuza que él me mostró la noche de nuestro primer encuentro, se ha perdido, y aun cuando todos la hemos buscado con el mayor empeño y cuidado, ha sido inútil. Sin embargo, ¿qué beneficio podrá reportar a la persona que la posea, si le falta la clave de lo que en ella se encierra?
—¿Pero no estaba también esa clave, sea lo que fuere, en manos de mi padre?—preguntó Mabel Blair.—¿No fue el descubrimiento de esa misma clave lo que nos dio todo esto que poseemos?—repitió, con esa encantadora dulzura femenina que era su más atrayente característica.
—Exactamente. ¡Pero su papá, que era tan prudente y sagaz, no debía llevar consigo ambas cosas: el problema y la clave! No puedo creer que cometiese semejante necedad.
—Ni yo tampoco. Aun cuando era su única hija, y la depositaria de toda la historia de su vida, había una cosa que me ocultaba persistentemente, y era la índole de su secreto. Algunas veces he abrigado la sospecha de que tal vez no era muy honorable; que probablemente sería uno de esos que un padre no se atreve a revelar a su hija. Y, sin embargo, nadie lo ha acusado jamás ni le ha echado en cara un acto doloso o deshonesto. Otras veces me parecía notar en su fisonomía y maneras un sello de verdadero misterio, que me hacía pensar que el origen de nuestra fortuna ilimitada era extraño y romántico, y que si el mundo tenía conocimiento de él, lo consideraría como una cosa increíble. Una noche que estábamos sentados aquí después de la comida, y mientras fumaba, se entretuvo en hablarme de mi pobre madre, que murió en unas habitaciones de una obscura calle de Manchester, cuando él estaba ausente en un viaje por la costa occidental de Africa; pero en el correr de la conversación declaró que, si Londres llegaba a conocer alguna vez el origen de sus riquezas, se quedaría asombrado. «Pero—añadió—es un secreto que tengo la firme intención de llevármelo a la tumba.»
Muy extraño era, pero estas mismas palabras me las había dicho dos años antes, estando sentado delante del fuego en nuestras habitaciones de la calle Great Russell, al hacerle yo alusión a su maravillosa suerte. Estaba muerto, y una de dos, o había cumplido su amenaza de destruir toda prueba de su secreto, encerrado en la usada bolsilla de gamuza, o le había sido hábilmente robado.
La curiosa y mal escrita carta que había encontrado en el equipaje de mi amigo, a la vez que me había llenado de confusión, había hecho nacer en mí ciertas sospechas que hasta ese momento no había abrigado. No le dije nada de esto a Mabel, porque no deseaba causarle mayores penas ni ansiedades. Desde que nos habíamos conocido la primera vez, y durante todos los años transcurridos, siempre habíamos sido buenos amigos. Aun cuando Reginaldo era quince años mayor que ella, y yo trece, creo que a los dos nos consideraba como si hubiéramos sido sus hermanos mayores.
Nuestra amistad había principiado desde el día que encontramos a Burton Blair muriéndose de hambre y vagando por los caminos, y nos unimos para costear, con nuestros modestos recursos, su educación y la pusimos en una escuela de Bournemouth para que se acabara de perfeccionar.
Resolvimos que era completamente imposible permitir que una niña tan joven y delicada anduviera vagando por toda Inglaterra sin objeto determinado, en busca de algún vago informe secreto que parecía ser el fin de su errante padre; por lo tanto, después de aquella noche en que nos conocimos por vez primera en Helpstone, Burton Blair y su hija permanecieron una semana como nuestros huéspedes, y al cabo de muchas consultas y pequeñas economías, conseguimos poner a Mabel en la escuela, servicio que después ella nos agradeció con la más noble sinceridad.
Pobre criatura, cuando el destino nos hizo encontrarla, estaba completamente debilitada y exhausta. La pobreza ya había impreso su marca indeleble en su dulce rostro, y su belleza empezaba a marchitarse bajo el peso de los sufrimientos, decepciones y viajes errantes, cuando tan felizmente la descubrimos y nos fue posible arrancarla de esa vida de privaciones, dolorosas caminatas y fatigas, a través de interminables caminos.
Contra lo que nosotros esperábamos, transcurrió bastante tiempo antes que pudiéramos conseguir que Blair consintiese en que su hija volviera al colegio, porque, en verdad, tanto el padre como la hija se amaban entrañablemente y estaban muy apegados. Sin embargo, al fin triunfamos, y cuando el tosco y barbudo caminante llegó a ver realizados sus deseos, no se olvidó de agradecernos de una manera muy positiva lo que por ellos habíamos hecho. Realmente, nuestra desahogada posición actual se la debíamos a él, porque no sólo le había regalado a Reginaldo un generoso cheque que lo puso en condiciones de pagar todas las deudas que pesaban sobre su negocio de encajes de la calle Cannon, sino que a mí me había enviado, hacía tres años, con motivo de ser el día de mi cumpleaños, dentro de una modesta caja de plata, una letra contra sus banqueros, por una buena cantidad, lo cual me proporcionó, desde entonces, una pequeña renta anual muy confortable.
Burton Blair nunca olvidó a sus amigos... ni tampoco perdonó una mala acción que se cometiera con él. Mabel era su ídolo, la única y verdadera depositaria de sus secretos, y parecía todavía más extraño que ella no supiera absolutamente nada sobre la misteriosa fuente de donde surgían sus colosales entradas.
Permanecimos sentados más de una hora en ese gran salón, cuyo mismo esplendor respiraba misterio. La señora Percival, la agradable dama patrocinadora y compañera de Mabel, viuda de cierta edad de un cirujano naval, entró donde estábamos nosotros, pero pronto se retiró, completamente trastornada, al tener conocimiento del trágico suceso.
Cuando le comuniqué a Mabel la promesa que le había hecho a su padre, sus pálidas mejillas se cubrieron de un leve carmín.
—Ciertamente, es mucha bondad la suya, señor Greenwood, molestarse por mis asuntos—me dijo, mirándome y bajando luego sus ojos modestamente.—Supongo que en adelante tendré que considerarlo como mi tutor—y riose ligeramente, dando vuelta a su anillo en derredor de su dedo.
—No como a su tutor legal—contesté.—Los abogados de su papá serán, no hay duda, quienes ocuparán ese puesto, pero sí, más bien, como su protector y amigo.
—¡Ah!—respondió tristemente,—creo que necesitaré ambas cosas, ahora que ya no existe mi pobre padre.
—Hace ya más de cinco años que soy su amigo, Mabel, y, por lo tanto, confío en que me permitirá cumplir la promesa que hice a su papá—exclamé, poniéndome de pie delante de ella y hablándole con profunda solemnidad.—Sin embargo, desde el principio debemos entendernos de una manera clara y formal. Por consiguiente, permítame, Mabel, que le hable en este momento con toda la mayor ingenuidad posible, como un hombre lo debe hacer con una mujer que es su verdadera amiga. Es usted joven, Mabel, y... vamos, usted lo sabe, muy... muy bella...
—No, señor Greenwood, le aseguro que hace usted muy mal en decir eso—me interrumpió, sonrojándose al escuchar mi cumplimiento.—Estoy convencida de que...
—Escúcheme, le ruego—continué con fingida severidad.—Es usted joven, muy bella y rica; posee, por lo tanto, los tres atributos necesarios que hacen que una mujer sea preferida en nuestra actual época moderna, ya que ahora se estiman en tan poca cosa el amor y los sentimientos. Bien entonces; las personas que observen nuestra íntima amistad declararán, no hay duda, con mala intención, que estoy tratando de casarme con usted por su dinero. Estoy seguro de que el mundo dirá esto, pero yo quiero que usted me prometa refutar en el acto semejante afirmación. Deseo que usted y yo seamos amigos firmes y sinceros, como lo hemos sido siempre, sin el más ligero pensamiento de afecto recíproco. Puedo admirarla, como siempre la he admirado, lo declaro ahora, pero todo amor de mi parte hacia usted está completamente descartado, teniendo presente que soy un hombre de recursos limitados. Comprenda bien, Mabel, que no deseo hacer méritos por lo pasado, ahora que su padre no existe y se encuentra usted sola. Comprenda también, desde el principio, que al tenderle mi mano lo hago como amigo sincero, lo mismo que lo haría con Reginaldo, mi antiguo condiscípulo y mejor amigo, y que, en adelante, defenderé sus intereses como si fuesen los míos propios.—Y, entonces, le tendí mi mano.
Durante un momento vaciló, porque mis palabras, al parecer, le habían producido la más profunda impresión.
—Muy bien—dijo tartamudeando, y me miró a la cara un segundo.—Es un convenio, si así lo quiere usted.
—Deseo, Mabel, cumplir la promesa que le hice a su padre. Como usted sabe, tengo para con él una gran deuda de gratitud por su generosidad, y anhelo, por consiguiente, como prueba de mi agradecimiento, ocupar su lugar y proteger a su hija, proteger a usted, Mabel.
—¿Pero no somos, acaso, nosotros dos, mi padre y yo, los que estamos, en primer término, endeudados con usted?—exclamó.—Si no hubiera sido por la benevolencia del señor Seton y de usted, yo habría seguido vagando, tal vez, hasta morir en algún camino.
—¿Y qué es lo que su papá buscaba?—le pregunté.—Seguramente, él se lo debió decir.
—No, nunca me lo dijo. Ignoro la razón que tuvo para andar tres años recorriendo toda Inglaterra. Tenía un fin expreso, no hay duda, que al cabo realizó, pero jamás me reveló lo que era.
—Supongo que debía ser algo que se relacionara con el objeto que llevaba siempre consigo, ¿no es verdad?
—Creo que sí—fue su contestación. Luego añadió, volviendo a sus observaciones anteriores.—¿Por qué habla usted de su deuda para con él, señor Seton, cuando yo bien sé que usted, con el fin de poder pagar la pensión de mi colegio en Bournemouth, vendió su mejor caballo, y no pudo, por consiguiente, gozar de sus cacerías esa temporada? Se privó usted del único placer que tenía, para que yo pudiera estar en las mejores condiciones posibles.
—Le prohíbo que vuelva a mencionar eso—le dije rápidamente.—Recuerde ahora que somos amigos, y que entre amigos no puede haber cuestiones de deudas.
—Entonces no debe usted hacer alusión a los pequeños servicios que mi padre le hizo—respondió riendo.—¡Vamos, voy a ser ingobernable, si usted no sabe cumplir la parte que le toca en el convenio!
Y así fue cómo nos vimos obligados, desde ese momento, a renunciar a todo, y volver a reanudar nuestra amistad sobre una base firme y perfectamente bien definida.
Sin embargo, ¡qué extraño era! La belleza de Mabel Blair, al contemplarla de pie, delante de mí, en aquella magnífica mansión, que ahora le pertenecía exclusivamente, era, no hay duda, capaz de trastornar la cabeza de cualquier hombre que no fuese un juez severo o un cardenal católico; muy diferente, por cierto, de la pobre niña, desmayada y sin fuerzas, que por primera vez vi caída, junto al camino, en medio del triste crepúsculo invernal.
V
EN EL CUAL EL MISTERIO AUMENTA CONSIDERABLEMENTE
La desaparición o pérdida del precioso objeto, documento o lo que fuese, encerrado dentro de la bolsita de gamuza, que el muerto había conservado tan cuidadosamente durante tantos años, era ahora, por sí sola, una circunstancia muy sospechosa, mientras las vagas pero firmes aprensiones de Mabel, que no quería o no podía definir, habían despertado en mí nuevos recelos sobre la muerte de Burton Blair, recelos que me hacían pensar que había sido víctima de una infamia.
En el acto que me despedí de ella, me encaminé a Bedford Row, donde tuve otra consulta con Leighton, al cual le expliqué mis serios temores.
—Como ya le dije, señor Greenwood—exclamó el abogado cuando hube terminado, recostándose en su silla y mirándome gravemente a través de sus anteojos,—creo que mi cliente no ha fallecido de muerte natural. En su vida ha habido algún misterio, alguna extraña circunstancia romántica que, desgraciadamente, nunca creyó conveniente confiármela. Poseía un secreto, según me dijo, y, debido al conocimiento de ese secreto, obtuvo su gran fortuna. Hace media hora que he hecho un cálculo aproximado del valor actual de sus bienes, y, por lo bajo, creo que la suma pasará de dos y medio millones de esterlinas. Pero decirle, en confianza, que el total de esta fortuna pasa derecho a su hija, exceptuando varios legados, entre los cuales están incluidas diez mil libras para el señor Seton y otras diez mil para usted; dos mil para la señora Percival, y algunas pequeñas sumas para los sirvientes. Pero—añadió,—hay una cláusula en el testamento muy enigmática, y que le afecta a usted íntimamente. Como ambos tenemos sospechas de que se ha cometido un acto infame, pienso que puedo mostrársela ahora mismo, sin aguardar el entierro de mi infortunado cliente, y la lectura formal de su testamento.
Se levantó, y de una gran caja negra de papeles, con la siguiente inscripción: «Burton Blair, Esquire», sacó el testamento del muerto, y, abriéndolo, me mostró la siguiente cláusula:
«(10) Dono y lego a Gilberto Greenwood, de Los Cedros, Helpstone, la bolsita de gamuza que se encontrará en mi persona en el momento de mi muerte, con el objeto de que pueda sacar provecho de lo que hay dentro de ella, y como compensación de ciertos servicios valiosos que me hizo. Pero es preciso que recuerde siempre esta rima:
Henry the Eighth was a knave to his queens,
He'd one short of seven—and nine or ten scenes!
y que sepa ocultar muy bien el secreto a todos los hombres, exactamente como yo lo he hecho.»
Era todo. ¡Una cláusula extraña, ciertamente! ¡Burton Blair, después de todo, me había legado su secreto; el secreto que le había dado su colosal fortuna! Sin embargo, había desaparecido... robado, probablemente, por sus enemigos.
—Es una copla curiosa—sonrió el abogado.—Pero el pobre Blair tenía, según creo, poca cultura literaria. Poseía mayores conocimientos marinos que poéticos. Empero, después de todo, la situación es bien molesta e intrigada para usted, el secreto del origen de la enorme fortuna de mi cliente le ha sido legado, y, ahora, se encuentra con que le ha sido robado de esta extraña manera.
—Pienso que sería mejor consultar a la policía, y explicar nuestras sospechas—dije con amarga pena al ver que la bolsita de gamuza había caído en otras manos.
—Estoy completamente de acuerdo con usted, señor Greenwood. Iremos juntos a la Scotland Yard y solicitaremos que inicien las pesquisas necesarias. Si, en efecto, el señor Blair ha sido asesinado, entonces el crimen se ha cometido de la manera más secreta y notable, para decir lo menos posible. Pero hay otra cláusula en el testamento, que es algo inquietante, y que se relaciona con su hija Mabel.
El testador ha designado como su secretario y administrador de sus bienes, a una persona desconocida para mí, de quien nunca he oído hablar: a un tal Paolo Melandrini, italiano, que, según parece, vive en Florencia.
—¡Qué!—grité, atónito.—¡A un italiano para secretario de Mabel! ¿Quién es ese hombre?
—Una persona que no conozco, como ya he dicho, cuyo nombre, en verdad, nunca se lo oí mencionar a mi cliente. Cuando hice el testamento, no hizo más que dictármelo para que yo lo escribiese.
—¡Pero eso es absurdo!—exclamé.—Ciertamente que no es posible permita usted que un extranjero desconocido, que bien puede ser un aventurero por todo lo que sabemos, tenga completo contralor sobre sus bienes.
—Temo que no se pueda evitar—replicó Leighton, gravemente.—Aquí está escrito, y nos veremos obligados a comunicarle a este hombre, sea quien sea, su nombramiento, con un sueldo de cinco mil libras anuales.
—¿Y tendrá, en efecto, completo poder sobre sus asuntos?
—Absolutamente. Para decir verdad, ella hereda toda la fortuna con la condición de que acepte a este individuo como su secretario y consejero confidencial.
—¡Blair debía estar loco!—exclamé.—¿Conoce Mabel a este misterioso italiano?
—No ha oído nunca nada sobre él.
—En ese caso, pienso que antes de informarlo de la muerte del pobre Blair y de la buena fortuna que le aguarda, debemos, por lo menos, descubrir quién es él. De cualquier modo, podemos vigilarlo cuidadosamente, una vez que esté en su puesto, y ver que no malgaste el dinero de Mabel.
El abogado suspiró, limpió lentamente sus anteojos, y observó:
—Tendrá en sus manos la administración de todo, y, por lo tanto, será difícil saber lo que desaparece, o cuánto guarda en su bolsillo.
—Pero, ¿qué motivo pudo tener Blair, o qué se posesionó de él, para haber dictado semejante cláusula? ¿Usted no le hizo notar la locura que cometía?
—Sí, se lo hice notar.
—¿Y qué le dijo?
—Reflexionó un momento, pensó mis palabras, suspiró, y luego me contestó: «Es imperativo, Leighton. No tengo otra alternativa.» Por eso he sospechado que procedió así bajo presión.
—¿Cree usted que este extranjero estaba en condiciones de exigírselo?
El abogado sacudió afirmativamente la cabeza. Era evidente que él opinaba que existía una razón secreta para introducir en la casa de Mabel a este desconocido, razón sólo conocida por Burton Blair y este individuo. Me pareció extraño que Mabel no me lo hubiera dicho, pero quizá habría vacilado al manifestarle yo la promesa que le habría hecho a su padre, y en vista de eso, no se habría animado a herir mis sentimientos. La situación se hacía, cada hora que pasaba, más misteriosa y complicada.
Yo estaba, sin embargo, decidido a efectuar dos cosas: primero, recuperar el objeto más precioso del millonario, el cual me lo había legado junto con la orden expresa de recordar esa copla extraordinaria, que se había impreso en mi mente; y segundo, hacer averiguaciones secretas sobre este extranjero desconocido, que tan repentinamente había aparecido tomando parte en el asunto.
Aquella misma tarde, a eso de las seis, habiéndome reunido con Reginaldo, pues así lo habíamos convenido, en el estudio del señor Leighton, los tres subimos a un coche y nos dirigimos a la Scotland Yard, donde tuvimos una larga conferencia con uno de los oficiales superiores de la policía, a quien explicamos las circunstancias y nuestras sospechas de que se hubiera cometido un crimen.
—Voy a ordenar, por cierto, que se hagan averiguaciones en Manchester y en otras partes—contestó al fin,—pero como el testimonio médico ha demostrado tan concluyentemente que ese caballero ha muerto por causas naturales, no me es posible abrigar muchas esperanzas de que nuestro departamento policial de detectives o el de Manchester pueda ayudarles. Los motivos que alegan ustedes para suponer que ha sido víctima de un acto infame, son muy vagos, como deben ustedes mismos reconocerlo, y, según mi entender, la única base verdadera que tienen para estas sospechas es el robo de ese documento, objeto o lo que sea, que llevaba consigo. Sin embargo, no se mata a un hombre, por lo general, a la plena luz del día, con el fin de cometer un robo, que cualquier ratero hábil lo puede hacer sin recurrir a ese medio. Además, si sus enemigos o rivales sabían lo que era o conocían la costumbre que tenía de llevarlo siempre consigo, habrían podido apoderarse de él fácilmente sin asesinarlo.
—Pero él estaba en posesión de cierto secreto—observó el abogado.
—¿De qué índole era el secreto?
—Desgraciadamente, no tengo la menor idea sobre ello. Nadie lo conoce. Todo lo que sabemos es que su posesión lo sacó de la pobreza y lo enriqueció, y que había una persona, por lo menos, que estaba ansiosa por conseguir poseerlo.
—Naturalmente—observó el anciano director auxiliar de la oficina de investigaciones criminales.—Pero ¿quién es esa persona?
—Tengo la desgracia de no saberlo. Mi cliente me lo manifestó hará un año, pero no me indicó ningún nombre.
—¿Entonces, no abriga usted sospechas sobre alguien, sea quien sea?
—A nadie puedo señalar. La bolsita de gamuza, dentro de la cual estaba el documento u objeto, ha sido robada, y este hecho ha despertado nuestros recelos.
El enjuto y grave empleado movió la cabeza muy dudosamente.
—Esa no es bastante base para fundar una sospecha de asesinato, especialmente cuando hay que tener en cuenta que poseemos todos los testimonios de la pesquisa que se ha efectuado, de la autopsia y del veredicto unánime del jurado de los coroner. No, caballeros—añadió,—no encuentro un fundamento serio para abrigar sospechas verdaderas. Después de todo, puede ser que el documento no haya sido robado. Parece que el señor Blair era de un carácter algo excéntrico, como muchos hombres que repentinamente surgen y se elevan en el mundo, y es posible lo haya ocultado en algún punto seguro. Para mí, esto me parece que es lo más probable, especialmente cuando él había expresado el temor de que sus enemigos trataran de apoderarse de él.
—¡Pero, si hay sospecha de crimen, es deber de la policía investigarlo, ciertamente!—exclamé yo, con algún resentimiento.
—Convencido. Pero ¿dónde está la sospecha? Ni los médicos, ni el coroner, ni la policía local, ni el jurado, abrigan la menor duda de que no ha muerto por causas naturales—arguyó.—En este caso, la policía de Manchester no tenía derecho ni necesidad de intervenir en el asunto.
—Pero ha habido un robo.
—¿Qué prueba tienen ustedes de eso?—preguntó, levantando sus cejas encanecidas y golpeando la mesa con su pluma.—Si pueden ustedes demostrarme que se ha cometido un robo, entonces pondré en movimiento las varias influencias bajo mi mando. Por el contrario, ustedes sólo sospechan que esa bolsita, cuyo contenido se ignora, ha sido robada. Sin embargo, puede ser que esté oculta en algún punto difícil de descubrir, pero, no obstante, bien segura. Como ustedes tres, empero, sostienen que el desgraciado caballero ha sido asesinado con el fin de apoderarse de este misterioso y pequeño objeto, que él guardaba con tanto cuidado, me comunicaré con la policía de la ciudad de Manchester y le pediré que hagan todas las averiguaciones que le sea posible. Más que eso, caballeros—añadió suavemente,—temo que mi departamento no pueda ayudarles.
—Entonces, todo lo que me queda que responder—observó el señor Leighton, duramente,—es que está completamente justificada la opinión pública sobre la futilidad de esta rama de la policía, para el descubrimiento de los crímenes, y no dejaré de llamar la atención del público en este asunto por medio de la prensa. Es, sencillamente, una vergüenza.
—Yo, señor, procedo según mis instrucciones, como también en conformidad con lo que usted mismo me ha manifestado—respondió.—Le aseguro a usted que, si yo ordenase que se hiciesen investigaciones en todos los casos en que se sospecha o se afirma que se han cometido homicidios, necesitaría una fuerza de detectives tan grande como la del ejército inglés. No pasa un día sin que reciba docenas de visitantes secretos y de cartas anónimas, todas ellas comunicando supuestos asesinatos, en que, generalmente, se mencionan personas por quienes tienen algún motivo de antipatía. Dieciocho años al frente de este departamento pienso que me han enseñado a saber distinguir los casos que merecen ser investigados, y el de ustedes no lo es.
Todo argumento probó ser inútil. El funcionario policial tenía la convicción de que Burton Blair no había sido víctima de un crimen, y, por lo tanto, no podíamos esperar ninguna ayuda de él. Con marcado disgusto nos levantamos y salimos de la Scotland Yard, volviendo a Whitehall.
—¡Es un escándalo!—declaró enojado Reginaldo.—El pobre Blair ha sido asesinado, todo parece indicarlo, y la policía, sin embargo, no quiere levantar ni un dedo para ayudarnos a conocer la verdad, porque un médico ha descubierto que el corazón era su punto débil. Es fijar un premio al crimen—añadió, cerrando los puños ferozmente.—Voy a referirle todo el asunto a mi amigo Mill, el miembro del Parlamento por Derbyshire del Oeste, y pedirle que haga una interpelación en la Cámara de los Comunes. ¡Veremos qué dice a esto el nuevo secretario del interior! Será una píldora bien desagradable para él, no lo dudo.
—¡Oh! ya tendrá preparada alguna disculpa oficial escrita a máquina, no tema usted—rió Leighton.—Si ellos no quieren ayudarnos, nosotros debemos hacer las investigaciones por nuestra cuenta.
El abogado se despidió de nosotros en la plaza Trafalgar, conviniendo en reunirse con nosotros en la de Grosvenor, después del funeral, para leer formalmente el testamento delante de la hija del muerto y de su compañera, la señora Percival.
—Y, después—añadió,—tendremos que dar pasos activos para descubrir a este misterioso individuo que en lo porvenir deberá manejar su fortuna.
—Yo seré quien me encargue de las averiguaciones—dije.—Felizmente, hablo el italiano, y, por consiguiente, antes de comunicarle la muerte de Blair, iré a Florencia y me cercioraré de quién es este hombre.
En verdad, abrigaba la sospecha de que la carta que había tomado de entre los papeles del muerto, la cual la había guardado secretamente para mí, había sido escrita por este individuo, Paolo Melandrini. Aun cuando no tenía dirección ni firma, y estaba escrita con un carácter de letra pesado y falto de educación, era, evidentemente, la carta de un toscano, pues descubrí en ella cierta ortografía fonética, que es puramente florentina. La extraña comunicación decía lo siguiente:
«Su carta me llegó esta mañana. El ceco (ciego) está en París, de paso para Londres. Lo acompaña la niña, y es evidente que algo saben. Por lo tanto, tenga mucho cuidado. El y sus ingeniosos amigos tratarán, probablemente, de jugarle una mala partida.
»Yo estoy todavía en mi puesto, pero el agua ha subido tres metros, debido a las grandes lluvias que se han producido. Sin embargo, la explotación ha sido buena, así es que espero verme con usted, a la hora de las vísperas, en San Frediano, en la tarde del día 6 del próximo. Tengo algo muy importante que decirle. Recuerde que «el ceco» tiene malas intenciones, y proceda en conformidad a ellas. Addio.»
Innumerables veces traduje, palabra por palabra, esta curiosa misiva. Me parecía llena de un significado y doble sentido ocultos.
Lo más probable era que la persona conocida con el sobrenombre de «el ciego», que era el enemigo de Blair, según se adivinaba por la carta, había conseguido apoderarse de la preciosa bolsita de gamuza, que, por derecho, me pertenecía ahora, como también del misterioso secreto que encerraba.
VI
EN EL QUE FIGURAN TRES AES MAYÚSCULAS
El acto que se llevó a cabo la siguiente tarde en la biblioteca de la mansión de la plaza Grosvenor fue, como puede suponerse, muy triste y penoso.
Mabel Blair, vestida de luto, con sus ojos llenos de lágrimas, permaneció sentada y silenciosa mientras el abogado leyó secamente el testamento, cláusula por cláusula.
No hizo ni un comentario, cuando ni siquiera proclamó la designación que había hecho el muerto, nombrando al italiano desconocido para administrador de la fortuna de su hija.
—Pero ¿quién es ese hombre, me hace el favor de decir?—preguntó la señora Percival, con su voz tranquila y educada.—Jamás oí al señor Blair hablar de esa persona.
—Ni yo tampoco—declaró Leighton, que había suspendido un momento para arreglarse bien los anteojos, y después prosiguió la lectura del documento hasta el fin.
Todos nos alegramos cuando terminó la grave ceremonia. En seguida, Mabel me indicó, en voz baja, que deseaba verse a solas conmigo en el salón de la mañana; y cuando estuvimos los dos allí y hube cerrado la puerta, me dijo:
—Anoche he estado registrando la pequeña caja de hierro que hay en el dormitorio de mi padre, donde algunas veces guardaba sus papeles particulares, cartas confidenciales y otras cosas. Encontré una cantidad de cartas de mi pobre madre, que le había escrito hacía años, cuando andaba navegando, pero nada más, salvo esto.—Y sacó de su bolsillo una pequeña carta de juego, manchada y arrugada, un as de copas, sobre la cual había escritas ciertas mayúsculas cabalísticas, en tres columnas.
Con el fin de que mis lectores puedan darse clara cuenta del arreglo y posición en que estaban las letras, creo conveniente reproducirla aquí.
| A | A | |
| O | | O |
| N | I | |
| O | I | |
| S | N | |
| T | ||
| G | ||
| K | ||
| A | ||
—¡Es curioso!—observé, dándole vuelta en mi mano ansiosamente.—¿Ha tratado usted de descubrir qué significado encierran estas palabras?
—Sí, pero creo que son cifradas. Notará usted que las dos columnas superiores empiezan con A, y que la de abajo termina con la misma letra. La carta es el as de copas, y, en todos estos puntos, descubro algún significado oculto.
—No hay duda—respondí.—¿Pero se ha fijado usted si estaba guardada cuidadosamente?
—Sí, estaba dentro de un sobre de hilo, bien sellado, y con un letrero de mi padre, que decía: «Burton Blair, privado». ¿Qué podía significar?
—¡Ah! yo también cavilo en lo mismo—exclamé, reflexionando profundamente en el asunto y contemplando aún las tres columnas de catorce letras. Traté de descifrar aquel enigma por los métodos de uso general y conocidos, pero no pude sacar nada inteligible. Aquí se encerraban algunas palabras ocultas, y siendo completamente indescifrables, me producían ansiedad y me daban mucho que pensar. La razón por qué Blair había conservado esa carta con tan profunda reserva, era un misterio, por no decir otra cosa.
Sospeché que en ella debía haber algún hilo oculto de su secreto, pero no pude adivinar de qué naturaleza sería.
Después que discutimos largamente el asunto, sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria, le aconsejé que hiciera un viaje al extranjero con la señora Percival, por unas pocas semanas, para que cambiara de ambiente y se esforzara en olvidar su inesperada desgracia, pero sacudió la cabeza, murmurando:
—No, prefiero quedarme aquí. La pérdida de mi querido padre me será tan dolorosa aquí como en el extranjero.
—Pero debe tratar de olvidar—insistí con profunda simpatía en presencia de su pena.—Nosotros estamos haciendo los mayores esfuerzos para descubrir el misterio que rodeaba las acciones de su padre y las causas que han producido su muerte. Esta noche parto para Italia, con el objeto de hacer averiguaciones secretas sobre este individuo que ha sido nombrado su secretario.
—¡Ah! sí—suspiró.—¿Qué motivo podrá haber tenido mi padre para poner mis asuntos en manos de un extranjero? ¿Quién será este hombre?
—Probablemente, debe ser algún antiguo amigo de su papá—le indiqué.
—No—contestó.—Yo conozco a todos sus amigos. Sólo tuvo un secreto para mí, el del origen de su fortuna. Siempre se negó a decírmelo.
—Parto directamente para Florencia, y veré de descubrir todo lo que pueda antes que los abogados le notifiquen a este misterioso individuo el fallecimiento de su papá—le dije.—Puede ser que consiga saber algo que nos sea de mucho beneficio en el porvenir.
—¡Ah! es usted muy bueno, señor Greenwood—replicó, levantando sus hermosos ojos y mirándome con una expresión de profunda gratitud. Debo confesar que la idea de tener que verme íntimamente ligada a un desconocido, y que este desconocido es un extranjero, me produce un gran temor y recelo.
—Pero tal vez sea joven y buen mozo el verdadero Paolo del romance... y usted su Francesca—le indiqué sonriendo.
Sus dulces labios se entreabrieron ligeramente, pero sacudió la cabeza, suspirando al contestar:
—Hágame el favor de no anticipar nada sobre eso. Confío y espero que sea viejo y muy feo.
—De modo que no pueda despertar mis celos, ¿no es verdad?—exclamé riendo.—Le aseguro, Mabel, que si nuestra amistad no estuviese apoyada sobre bases tan bien definidas, me permitiría representar el papel de amante. Usted sabe que yo...
—Vamos, déjese de necedades—interrumpió, levantando su pequeño dedo con fingida reprobación.—Recuerde lo que dijo ayer.
—Dije lo que pensaba y tengo intención de hacer.
—Y lo mismo hice yo. Hablándole con franqueza, le diré que me gusta considerarlo como si fuese mi hermano mayor—declaró.—Creo que nunca amaré a nadie—añadió, pensativamente, mirando el brillante fuego de la chimenea.
—No, no; no diga eso, Mabel. Algún día encontrará a un hombre de su misma condición, lo amará, se casará con él y será feliz—le observé, con mi mano apoyada en su hombro.—Recuerde que con su fortuna puede elegir la flor del mercado matrimonial.
—¿Algún joven aristócrata empobrecido, quiere usted significar? No, gracias. He tenido oportunidad de conocer a un buen número de ellos, pero su afecto simulado ha sido siempre demasiado débil. La mayoría de ellos querían mi dinero para poder levantar los gravámenes de sus posesiones. No, preferiría, más bien, a un hombre pobre... aun cuando es seguro que nunca me casaré... nunca, jamás.
Permanecí callado un momento; luego le dije con torpeza:
—Yo siempre pensé que se casaría usted con el joven lord Newborough. Parecían muy buenos amigos.
—Lo éramos... hasta que él me propuso casamiento.
Y mirome a la cara con esa franca y serena mirada de sus espléndidos ojos, en los cuales se reflejaba una expresión llena de asombro, casi como los de una criatura.
Su carácter era extrañamente complejo. Cuando era una niña alta y de figura sinuosa, en los primeros días de nuestra amistad, conocí que era altiva, de elevados pensamientos y tenaz, pero, al mismo tiempo, de una índole dulce y afectuosa, que la hacía atrayente y simpática para todos aquellos que la conocían y tenían contacto con ella. Su natural era tan tranquilo y suave, que el amor en ella parecía un impulso inconsciente.
A menudo había pensado que era demasiado buena, demasiado dulce y demasiado bella, para ser lanzada en medio de los zarzales del mundo, verse expuesta a caer y herirse con las espinas de la vida. El mundo es tan cruel y despiadado y está tan lleno de trampas para la juventud incauta de la alta sociedad, como para la de las clases bajas. Por lo tanto, era mi deber, si me hallaba dispuesto a cumplir mi promesa hecha al hombre que descansaba silencioso en su tumba, protegerla de los mil y un engaños de aquellos que se esforzarían en tratar de aprovecharse de su sexo e inexperiencia.
Sus privaciones y vida de sufrimientos cuando niña, mientras su padre se encontraba ausente en el mar, y esos meses de fatiga y caminatas en busca de los molinetes de Inglaterra, habían hecho su efecto en ella. Para Mabel, el amor casi no era una pasión o sentimiento, sino más bien un encanto ilusorio, un sueño que un hechizo de hadas destruía o afirmaba a su capricho. Era tan exquisitamente delicado su carácter, como lo era su rostro, que parecía que hasta el más leve contacto lo profanaría. Como las notas de una dulce y melancólica música que llega notando en las alas de la noche y del silencio, y que más bien sentimos que oímos; como la suave exhalación de la violeta que fenece sobre el sentido que hechiza; como el copo de nieve que se disuelve en el aire antes que lo haya empañado la tierra; como la ligera marea separada de la fuerte ola que una ráfaga la destruye, tal era su naturaleza, rebosante de esa modestia, gracia y ternura, sin las cuales una mujer no es mujer.
Mientras la veía allí de pie delante de mí, delicada y frágil figura vestida de riguroso luto, con su mano entre las mías, agradeciéndome la investigación que iba a emprender en favor de ella, y deseándome bon voyage, me estremecí al pensar qué sería de ella viéndose arrojada en medio de una suerte adversa y cruel, de todas las corrupciones y lobos hambrientos de la sociedad, tal vez sin energía para resistir, sin voluntad para proceder, o sin fuerza para sufrir.
Sola y desamparada en semejante caso, el fin tenía que ser inevitablemente desastroso.
Me despedí de Mabel, alejándome con el sentimiento de que, amándola como confieso que la amaba, sin embargo era indigno de ella. Ciertamente, ¡estaba jugando una partida peligrosa!
Desde aquella noche de invierno en que nos conocimos en Helpstone, había concebido un afecto poderoso, sincero y creciente por ella; pero ahora que era dueña de grandes riquezas, me daba cuenta de que había dos barreras que se oponían a nuestro casamiento: la diferencia de edades y el hecho de ser yo un hombre pobre. En verdad, ella jamás había desplegado para cautivarme ninguna de las coqueterías femeninas, ni nunca me había dado el menor motivo o pretexto que me hiciese pensar que yo la había conquistado. Había hablado con franqueza y sinceridad: ella me consideraba como si hubiese sido su hermano mayor; eso era todo.
Aquella misma noche, mientras me paseaba por la cubierta del vapor que atravesaba el canal en medio de un fuerte viento de invierno, contemplando la luz giratoria de la bahía de Calais, que a cada momento se distinguía mejor, mis pensamientos estaban dedicados a ella.
El amor es el maestro, la pena es el domesticador, y el tiempo es el médico del corazón humano. Mientras las máquinas se movían, el viento rugía y el agitado mar se sacudía violentamente, yo me paseaba de arriba abajo, cavilando, confundido en la carta de juego que llevaba en mi bolsillo, y reflexionando en todo lo que había sucedido. Las fértiles fantasías de la juventud, las visiones de esperanzas ha tiempo fenecidas, las sombras de alegría no producidas, los vivos colores de la aurora de la existencia; en fin, todo lo que mi memoria había atesorado, desfilaron por delante de mí, pero ya no existían dentro de mi corazón.
Recordé esa verdad de Rochefoucauld: «Il est difficile de définir l'amour: ce qu'on en peut dire est que, dans l'âme, c'est une passion de régner, dans les esprits, c'est une sympathie; et dans le corps, ce n'est qu'une envie cachée et délicat de posséder ce que l'on aime, après beaucoup de mystères.» Sí, yo la amaba con todo mi corazón, con toda mi alma, pero reconocía que no me era permitido hacerlo. Mi deber, el deber que había prometido cumplir al moribundo cuya vida había sido un romance secreto, era asumir el carácter de protector de Mabel, y no convertirme en su amante y así sacar provecho de su fortuna. Blair me había legado su secreto, con el fin, no hay duda, de ponerme en condiciones de no andar a la caza de riquezas, y como se había extraviado, era mi deber no ahorrar esfuerzo alguno para recuperarlo.
Con estos sentimientos, firmemente arraigados en el fondo de mi corazón entré en el wagonlit en Calais, empezando la primera etapa de mi viaje a través de Europa desde el canal hasta el Mediterráneo.
Tres días después me paseaba por la vía Fornabuoni, en Florencia, por esa calle de palacios medioevales, bancos y consulados, que durante tantos inviernos me ha sido tan familiar, hasta que preferí las partidas de caza en Inglaterra a los rayos solares del Lung'Arno y el Cascine.
Esa brillante mañana de febrero, al recorrer la larga y tortuosa arteria nombrada, llena de ociosos florentinos y de ricos extranjeros que habían salido de paseo, vi a varios caballeros y señoras de mi relación. Lo de Doney y Giacosa, los puntos favoritos de reunión para los hombres, estaban atestados de ricos holgazanes tomando coktails, o ese agradable petit verre conocido en la vía Fornabuoni con el nombre de piccolo, mientras los canastos de los vendedores de flores transmitían un suave y agradable matiz al sombrío, severo y colosal palacio de Strozzi.
Las banderas de diferentes naciones que flameaban en los consulados, sobresaliendo entre todas las del siempre popular «Mayor», me recordaron que era la fiesta de Santa Margarita.
En los años pasados, cuando solía vivir «en pensión» con dos oficiales de artillería de ejército italiano y un holandés, estudiante de arte, en el último piso de uno de esos grandes y viejos palacios de la calle dei Banchi, la vía Fornabuoni era el lugar elegido para mi paseo matinal, porque allí se encuentra uno con todo el mundo: las damas ocupadas en sus compras en las tiendas o de paso para las bibliotecas y librerías; los hombres charlando en las aceras, hábito que pronto adquieren todos los ingleses que establecen su residencia en Italia.
Era asombroso ver cuántas caras conocidas encontré esa mañana; pares ingleses y sus esposas, miembros del parlamento, magnates financieros, tiburones de la City, grandes fabricantes y turistas de todas las nacionalidades y condiciones.
Su alteza el Conde de Turín, que volvía de los ejercicios, pasó a caballo riendo con su edecán y saludando a todos aquellos que conocía. La mayoría de las mujeres vestían sus más elegantes toilettes con pieles, porque soplaba un viento frío venido del Arno; la esencia de las flores vagaba en el ambiente, y las risas e incesante charla resonaban por todos lados, porque la antigua ciudad de rojas azoteas estaba llena de alegría. Tal vez no hay en el mundo una ciudad tan llena de encantos, ni tampoco de mayores contrastes, que la vieja y extraña Florencia, con su maravillosa Catedral, su antiguo puente, con sus hileras de joyerías, sus magníficas iglesias, sus pesados palacios y sus obscuras calles, silenciosas y medioevales, algunas de las cuales poco han cambiado desde la época en que Giotto y el Dante las cruzaban. El tiempo ha asentado muy levemente su mano sobre la ciudad de las flores, pero cuando lo ha hecho ha sido alternado lo existente hasta quedar desconocido, y la extravagante modernidad de ciertas calles y plazas de la actualidad disgusta ciertamente a aquellos que, como yo, han conocido a la vieja ciudad antes de que se construyera la plaza Vittorio, siempre la plaza Vittorio, sinónimo de vandalismo, y cuando existía aún el antiguo Ghetto, pintoresco aunque sucio.